BAUDELAIRE
Sed testigos de que cumplí con mi deber
como un perfecto químico y como un alma santa.
(Proyecto
de epílogo para la segunda edición.)
Está entre nosotros. No se retira a la soledad para
volver como poeta y profeta. No le pide a la naturaleza que lo convierta en
divino. —Pero está con nosotros. Lo veo en la calle: está preocupado por sus
deudas, camina calculando. Va fundando sus esperanzas en artículos cuyo precio
le ayudará a liberarse. O tal vez medita alguna broma dirigida al amigo al que
va a visitar. O tal vez está trabajando mentalmente en un poema, ordenando
palabras que no encajan bien. Quizás, al frecuentarlo, nunca hubiera conocido
de él más que sus fantasías y sus estados de ánimo. Pero tenía alma. La llevaba
consigo en su vida. Estaba presente cuando surgía un sufrimiento o algún
placer. Estaba dispuesta a sentirlo todo; no con diletantismo, sino como un
alma pobre y verdadera, hecha para el dolor y el trabajo. ¡El alma, esa cosa
desconocida en nosotros, que nos espía en todas nuestras aventuras! De vuelta a
casa, la dejaba liberarse. Hablaba con sensatez, contaba sus pruebas sin
arranques, sin estridencias. Hacía su examen de conciencia. Y he aquí que ya no
es sólo ella la que se acusa, sino también mi alma y la de ustedes, esa alma que, sin
embargo, hemos dominado con tanto esmero, a la que no sabíamos capaces de todas
esas pasiones.
I
POESÍA GOBERNADA
Semejas un
navío que sale a mar abierto [1].
Y siempre parece describir una curva pronunciada bajo
el timón. Es dócil y plena. Navega obediente, con su fantasía doblegada. Nunca
se encuentran en ella esos versos que se apresuran en una interminable línea
recta, que se añaden unos a otros, que se multiplican espontáneamente. Pero
cada pieza es el puro desvío de una corriente, la fidelidad del agua entre
orillas giratorias.
Esta poesía conducida arrastra en su número todas las
palabras. Las más raras se mezclan con las más familiares, las más humildes con
las más atrevidas. Pero, sumergidas en el movimiento seguro y delicado del
conjunto, ninguna sorprende. ¡Extraño tren de palabras! A veces como un
cansancio de la voz, como una modestia repentina que se apodera del corazón,
como un paso vacilante, una palabra llena de debilidad:
¿Quién
sabe si los nuevos capullos que yo sueño
hallen en
este suelo, cual arenal isleño,
el
místico alimento para su floración? [2].
O bien:
Cibeles,
que los ama, derrocha sus verduras [3]
Sutil restricción que disminuye la densidad del verso.
Elección de la pequeñez. Compromiso con el silencio.
A
veces, por el contrario, las palabras más fuertes se debaten, arrastradas,
ahogadas. Ruedan sin gritar. Han sido arrancadas de las orillas y se pierden en
la fuerza muda y contenida del curso poético:
Crin azul, pabellón de sombras extendidas,
el combo azul del cielo tus abismos me dan;
en el borde afelpado de tus crenchas torcidas
me embriago ardientemente de esencias confundidas
de aceite de palmera, de almizcle y de alquitrán. [4].
Sobre
sus poemas, el poeta no cesa de ejercer su dominio. Los conduce, lentos y armoniosos.
Inclina a su antojo su intención. Los dirige mediante la influencia de su
gusto. Le gusta llamar a su servicio a las palabras imprevistas, —casi se
podría decir descabelladas. Pero es para reducir de inmediato su extrañeza,
para hacer fluir sobre ella una armonía, para moderar la brecha que por
capricho abrió[5]. Como aquellos que se sienten perfectamente dueños de lo que
quieren decir, busca primero los términos más alejados; luego los acerca, los
apacigua, les infunde una propiedad que no se les conocía.
Es
poeta, es decir, que moldea los versos como una obra audaz, útil y bien
calculada.
Semejante
poesía no puede ser fruto de la inspiración. Tiene, sin duda, impulsos, pero
estos no son más que la liberación de la facultad poética en acción. El propio
Baudelaire se describe a sí mismo vagando y
chocando con versos mucho tiempo soñados [6].
El
brote de las frases que parecen más espontáneas es siempre como una solución
repentina, como un relámpago preparado. Y así como el pensamiento que surge,
por fin liberado, se arranca sin prisa de la oscuridad en que se encontraba,
así también el chorro poético conserva de su larga virtualidad una lentitud:
Amo de vuestros ojos la clara luz verdosa [7]...
Es
solitario como una gran flor. Nunca en Baudelaire abundan las imágenes en el lugar
mismo como en los inspirados. El poeta aborrece las situaciones poéticas, las
ideas cuya simple enunciación hace que las metáforas salten a su alrededor como
llamas. No le gusta estar rodeado y encerrado por el resplandor de su fantasía.
No se entrega a nada al comenzar. Pero las imágenes nacen en torno a su
palabra; se alzan despertadas por ella; permanecen unidas a él; le forman un
séquito disciplinado. Se elevan a lo largo de un simple vocativo, lo sostienen,
lo iluminan con una luz densa y sombría:
Te adoro igual que amo la bóveda nocturna,
oh vaso de tristeza, oh grande taciturna [8]...
Son
la forma misma de la elocución, siguen el movimiento de la frase, quedan
atrapadas en su curva:
cuando parten mis ansias rumbo a ti en caravana
tus ojos son cisternas que abrevan mis reproches [9].
Se
deslizan en el diálogo; están en la pregunta y en la respuesta:
¿De qué os brota, inquirís, esta tristeza extraña
que sube como un mar a un peñón desolado? [10]
Y
en La Cabellera:
¿no eres tú mi oasis y la crátera plena
donde a sorbos el vino de la memoria aspiro? [11]
Cada
poema de Baudelaire es un movimiento; no se estanca, no es una descripción
inmóvil, sino que exalta, mediante repeticiones y superaciones, un tema
elegido. Es una frase, una pregunta, un recuerdo, una invocación o una
dedicatoria que tiene sentido. Es una proposición muy breve, pero respaldada
por imágenes que se apoyan en ella, inclinadas hacia la misma intención:
la muy buena, a la muy bella
que me llena de claridad,
al ángel, inmortal estrella,
¡salud en la inmortalidad!
…………..
Fresca almohadilla que permea
con su efluvio un reducto amado,
y fiel turíbulo que humea
toda la noche, abandonado. [12]
Estas
imágenes, lejos de apartarnos de la palabra que acompañan, al contrario, nos
devuelven a ella innumerables veces. En lugar de desarrollarla e ilustrarla, la
profundizan, la repliegan, la hacen resonar en nuestro interior. No tienen
ningún destino poético, no buscan acariciar nuestra imaginación; son distantes
y estudiadas, como ese desvío de la voz cuando insiste[13]. Palabra que tal vez
habría pasado sin que yo la reconociera. Pero las imágenes que la rodean son
para mí una advertencia; me la hacen íntima, personal; hacen que se dirija a mí
mismo; me obligan a aceptarla con toda su intención. Su sensualidad nunca se
desata. La mantienen condensada como un licor hecho para seducir el recuerdo.
Vienen así a tentar nuestra memoria, a hacer latir el corazón con la
insistencia de las olas; fuerzan suavemente nuestros secretos desconocidos;
despiertan nuestro pasado inconfesado; evocan con su encantamiento toda la vida
que no hemos vivido; piden la resurrección de lo que nunca fue[14]. Como una
palabra al oído en el momento en que menos lo esperábamos, el poeta dice de
repente muy cerca de nosotros: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de lo que digo?
¿Dónde lo vimos juntos, nosotros que no nos conocemos? Así que te has acercado
a esats costas; hasta ellas te ha extraviado también a ti tu viaje». Y esa voz
… cantaba cual brisa de litoral isleño,
fantasma de quién sabe cuáles rumbos llegado,
que acaricia el oído y a la vez amedrenta. [15].
Canta
esa voz, y renacen todas las adorables sonrisas del recuerdo:
Y el verde paraíso de amores infantiles,
los paseos, los cantos, ramilletes y besos,
las cuerdas que vibraban tras los montes, sutiles,
con el vino, al ocaso, en los bosques espesos;
y el verde paraíso de amores infantiles,
el edén inocente de los goces furtivos,
¿está más lejos que la India o que la China?
¿Lo podrán evocar nuestros clamores vivos
y darle vida aún una voz argentina,
el edén inocente de los goces furtivos? [16]
(continuará)
Traducción, para Literatura & Traducciones, de
Miguel Ángel Frontán
Los poemas citados corresponden a la versión en
español de Manuel Santayana
[1]
Le beau navire, Les Fleurs du Mal.
[2]
L’ennemi.
[3]
Bohémiens en voyage.
[4]
La chevelure.
[5]
Claudel decía del estilo de Baudelaire: «Es una mezcla extraordinaria del
estilo raciniano y del estilo periodístico de su época».
[6]
Le soleil.
[7]
Chant d’automne.
[8]
XXIV, Je t’adore à l’égal…
[9]
Sed non satiata, p. 123.
[10]
Semper eadem, p. 145.
[11]
La chevelure, p. 120.
[12]
Hymne, p. 227.
[13]
«Lo sobrenatural comprende el color general y el acento, es decir, la
intensidad, la sonoridad, la limpidez, la vibración, la profundidad y el
retumbar general en el espacio y en el tiempo.» (Œuvres Posthumes. Librairie du Mercure de France, p. 86.)
[14]
«De la lengua y de la escritura, consideradas como operaciones mágicas,
brujería evocadora.» (Œuvres Posthumes,
p. 86.) «El misterio, el pesar son también rasgos de lo Bello.» (Ibid., p. 85.)
«... Toque de alarma de recuerdos amorosos, tenebrosos, de años pasados.»
(Ibid., p. 84.) «Evocación de la inspiración. Arte mágico.» (Ibid., p. 135.)
[15]
La Voix, p. 225.
[16] Mœsta et Errabunda, p. 185.
BAUDELAIRE
O vous,
soyez témoin que j'ai fait mon devoir
Comme un
parfait chimiste et comme une âme sainte
Il est au milieu de nous. Il ne se retire pas dans les
solitudes pour en revenir poète et prophète. Il ne va pas demander à la nature
de le rendre divin. —Mais il est avec nous. Je l'aperçois dans la rue: il est
préoccupé de ses dettes, il marche tout en calculant. Il est en train de fonder
des espérances sur des articles dont le prix l'aidera à se libérer. Ou bien
peut-être il médite quelque plaisanterie à l'adresse de cet ami qu'il va voir.
Ou bien encore il travaille mentalement un poème, il arrange des mots qui ne
vont pas bien ensemble. —Peut-être, à le fréquenter, n'eussé-je jamais connu de
lui que ses fantaisies et ses humeurs. Mais il avait une âme. Il la portait
parmi sa vie. Elle était présente quand survenait une souffrance ou quelque
volupté. Elle était prête à tout ressentir; non pas avec dilettantisme, mais
comme une pauvre âme véritable faite pour la peine et la besogne. L'âme, cette
chose inconnue en nous, et qui nous épie dans toutes nos aventures! Rentré chez
lui, il la laissait se délivrer. Elle parlait sagement, elle racontait ses
épreuves sans déchaînement, sans éclat. Elle faisait son examen de conscience.
Et voici que ce n'est plus elle seulement qui s'accuse, mais mon âme aussi et
la vôtre, que nous avons pourtant contenues si soigneusement, que nous ne
savions pas capables de toutes ces passions.
I
POÉSIE GOUVERNÉE
Tu fais l'effet d'un beau
vaisseau qui prend le large[1].
Et toujours elle semble sous la barre décrire une courbe appuyée. Elle est
docile et pleine. Elle vogue obéissante, avec sa fantaisie ployée. On n'y
trouve jamais de ces vers qui s'empressent dans une interminable voie droite,
qui s'ajoutent les uns aux autres, qui se multiplient spontanément. Mais chaque
pièce est le détour pur d'un courant, la fidélité de l'eau entre des rives
tournantes.
Cette poésie conduite entraîne dans son nombre tous les mots. Les plus
rares y sont pris avec les plus familiers, les plus humbles avec les plus
hardis. Mais, plongés dans le sûr et délicat mouvement de l'ensemble, aucun ne
surprend. Etrange train de paroles! Tantôt comme une fatigue de la voix, comme
une modestie soudaine qui prend le cœur, comme une démarche pliante, un mot
plein de faiblesse:
Et qui sait si les fleurs
nouvelles que je rêve
Trouveront dans ce sol lavé
comme une grève
Le mystique aliment qui ferait
leur vigueur[2].
Ou bien:
Cybèle, qui les aime, augmente
ses verdures[3].
Subtile restriction qui vient diminuer la densité du vers. Choix de la
petitesse. Compromis avec le silence.
Tantôt au contraire les mots les plus forts se débattent emportés,
étouffés. Ils roulent sans cri. Ils ont été arrachés aux rives et se perdent
dans la puissance muette et contenue du cours poétique:
Cheveux bleus, pavillon de
ténèbres tendues,
Vous me rendez l'azur du ciel
immense et rond;
Sur les bords duvetés de vos
mèches tordues
Je m'enivre ardemment des
senteurs confondues
De l'huile de coco, du musc et
du goudron[4].
Sur ses poèmes le poète ne cesse d'exercer son empire. Il les mène, lents
et suivis. Il fléchit à son gré leur intention. Il les dirige par l'influence
de son goût. Il aime appeler à son service les mots imprévus, —on pourrait
presque dire saugrenus. Mais c'est pour réduire aussitôt leur étrangeté, pour
faire couler sur elle une harmonie, pour modérer l'écart que par caprice il
ouvrit[5]. Comme ceux qui se sentent parfaitement maîtres de ce qu'ils veulent
dire, il cherche d'abord les termes les plus éloignés; puis il les ramène, il
les apaise, il leur infuse une propriété qu'on ne leur connaissait pas.
Il est poète, c'est-à-dire qu'il façonne des vers comme un ouvrage
audacieux, utile et bien calculé.
Une telle poésie ne peut pas être d'inspiration. Elle a des élans sans
doute, mais qui ne sont que la délivrance de la faculté poétique en travail.
Baudelaire lui-même se décrit en train d'errer et
Heurtant parfois des vers
depuis longtemps rêvés[6].
Le jaillissement des phrases qui semblent le plus spontanées, est toujours
comme une subite solution, comme un éclair préparé. Et de même que la pensée
qui monte, enfin déliée, s'arrache sans hâte à l'obscurité qu'elle fut, de même
le jet poétique retient de sa longue virtualité une lenteur:
J'aime de vos longs yeux la
lumière verdâtre[7]...
Il est solitaire comme une grande fleur. Jamais chez Baudelaire les images
ne foisonnent sur place ainsi que chez les inspirés. Le poète a horreur des
situations poétiques, des idées dont la simple énonciation fait bondir à
l'entour les métaphores comme des flammes. Il n'aime pas à être environné et
enfermé par le resplendissement de sa fantaisie. Il ne se donne rien en
commençant. Mais les images naissent autour de sa parole; elles se lèvent éveillées
par celle-ci; elles lui restent jointes; elles lui font un cortège discipliné.
Elles montent au long d'un simple vocatif, le soutiennent, l'éclairent d'une
lumière dense et sombre:
Je t'adore à l'égal de la voûte
nocturne,
O vase de tristesse, ô grande taciturne[8]...
Elles sont la forme même de l'élocution, elles suivent le mouvement de la
phrase, elles sont prises dans sa courbe:
Quand vers toi mes désirs
partent en caravane,
Tes yeux sont la citerne où
boivent mes ennuis[9].
Elles se glissent dans le dialogue; elles sont dans la question et dans la
réponse:
D'où vous vient, disiez-vous,
cette tristesse étrange,
Montant comme la mer sur le roc
noir et nu[10]?
Et dans la Chevelure:
N'es-tu pas l'oasis où je rêve,
et la gourde
Où je hume à longs traits le
vin du souvenir[11]?
Chaque poème de Baudelaire est un mouvement; il ne piétine pas, il n'est
pas une description immobile, exaltant par des reprises et des surenchères un
thème choisi. Il est une certaine phrase, question, rappel, invocation ou
dédicace qui a un sens. Il est une proposition très courte, mais appuyée
d'images qui se tiennent contre elle, penchées dans la même intention:
A la très chère, à la très
belle
Qui remplit mon cœur de clarté,
A l'ange, à l'idole immortelle,
Salut en immortalité!
. . . . . . . . . . . .
Sachet toujours frais qui
parfume
L'atmosphère d'un cher réduit,
Encensoir oublié qui fume
En secret à travers la nuit[12].
Ces images, bien loin de nous écarter de la parole qu'elles accompagnent,
au contraire nous y ramènent innombrablement. Au lieu de la développer et de
l'illustrer, elles l'approfondissent, elles la replient, elles la font retentir
à l'intérieur. Elles n'ont aucune destination poétique, elles ne cherchent pas
à caresser notre imagination; elles sont lointaines et étudiées comme ce détour
de la voix quand elle insiste[13]. Parole qui peut-être eût passé sans que je
la reconnaisse. Mais les images qui l'environnent, me sont un avertissement;
elles me la rendent intime, personnelle; elles la font à moi-même adressée; elles
m'obligent à la subir avec toute son intention. Leur sensualité jamais n'est
épanouie. Elles la gardent condensée comme une liqueur faite pour séduire le
souvenir. Elles viennent ainsi tenter notre mémoire, battre le cœur avec
l'insistance des vagues; elles forcent doucement nos secrets inconnus; elles
réveillent notre passé inavoué; elles évoquent par leur incantation toute la
vie que nous n'avons pas vécue; elles demandent la résurrection à ce qui ne fut
jamais[14]. Comme une parole à l'oreille au moment où l'on ne s'y attendait
pas, le poète soudain tout près de nous: "Te rappelles-tu? Te rappelles-tu
ce que je dis? Où le vîmes-nous ensemble, nous qui ne nous connaissons pas? Tu
les as donc approchés, ces rivages; jusque vers eux ton voyage t'a donc égaré
toi aussi." Et cette voix
...... chantait comme le vent
des grèves,
Fantôme vagissant, on ne sait
d'où venu,
Qui caresse l'oreille et
cependant l'effraie[15].
Elle chante, cette voix, et renaissent tous les adorables sourires du
regret:
Mais le vert paradis des amours
enfantines,
Les courses, les chansons, les
baisers, les bouquets,
Les violons vibrant derrière
les collines,
Avec les brocs de vin, le soir,
dans les bosquets,
—Mais le vert paradis des
amours enfantines,
L'innocent paradis, plein de
plaisirs furtifs,
Est-il déjà plus loin que
l'Inde ou que la Chine?
Peut-on le rappeler avec des
cris plaintifs,
Et l'animer encor d'une voix
argentine,
L'innocent paradis plein de
plaisirs furtifs[16]?
[1]Le Beau Navire. Les Fleurs du Mal, p. 164.
[2]L'Ennemi, p. 101.
[3]Bohémiens en voyage, p. 104.
[4]La Chevelure, p. 120.
[5]Claudel disait du style de Baudelaire: "C'est un extraordinaire
mélange du style racinien et du style journaliste de son temps."
[6]Le Soleil, p. 251.
[7]Chant d'Automne, p. 173.
[8]p. 121.
[9]Sed non satiata,
p. 123.
[10]Semper eadem,
p. 145.
[11]La Chevelure, p. 120.
[12]Hymne, p. 227.
[13]"Le surnaturel comprend la couleur générale et l'accent,
c'est-à-dire intensité, sonorité, limpidité, vibrativité, profondeur et
retentissement général dans l'espace et dans le temps." (Œuvres Posthumes.
Librairie du Mercure de France, p. 86.)
[14]"De la langue et de l'écriture, prises comme opérations magiques,
sorcellerie évocatoire." (Œuvres Posthumes, p. 86.) "Le mystère, le
regret sont aussi des caractères du Beau." (Ibid. p. 85.) "... Tocsin
des souvenirs amoureux, ténébreux, des anciennes années." (Ibid. p. 84.)
"Evocation de l'inspiration. Art magique." (Ibid. p. 135.).
[15]La Voix, p. 225.
[16]Mœsta et Errabunda, p. 185.


