lunes, 4 de mayo de 2026

Séverine: Entrevista a León XIII. El Papa y el antisemitismo

EL PAPA Y EL ANTISEMITISMO

ENTREVISTA A LEÓN XIII

Séverine se encuentra actualmente en Roma, adonde ha viajado, en nombre de Le Figaro, para preguntarle a Su Santidad León XIII lo qué hay que pensar sobre la cuestión antisemita.

Esta idea, que nos sedujo por su originalidad y para cuyo desarrollo, como es lógico, hemos dejado total libertad a su autora, nos ha proporcionado la curiosa página que aquí se presenta sobre el Sumo Pontífice y el Vaticano, con declaraciones papales del mayor interés.

Roma, 3 de agosto de 1892.

 

En un momento en que el antisemitismo se presenta como la ortodoxia, en el que tiende a mostrarse, si no como una inspiración de la Iglesia, al menos como su emanación, me pareció de gran interés acudir, a este respecto, al jefe supremo de la Iglesia, a aquel que ata y desata, al piloto indiscutible de las conciencias católicas.

No he ido a pedirle al Santo Padre que se pronuncie —la situación política del Papa lo aleja, y es comprensible, de todo debate en el que su veto no sea inmediatamente necesario, de toda intervención susceptible de suscitar discusiones, polémicas, de irritar a tal o cual potencia, a tal o cual partido, al margen de las cuestiones estrictamente técnicas, que traten de puntos de dogma o de los intereses de la Fe.

En una palabra, no me he preocupado por saber qué desaprueba León XIII... ¡únicamente qué es lo que no aprueba!

He aquí, a primera vista, una casuística con la que no estoy muy familiarizada; mi claridad se adapta mal, por costumbre, a distinciones tan sutiles, ¡pero eso es algo que se aprende en la Corte de Roma!

Aquí todo procede por matices, por gradaciones de tonos apenas perceptibles, y rara vez supera el término medio en la escala ascendente, hacia la acentuación. Al igual que en el Vaticano, en la penumbra de las salas, todos caminan en silencio, todos hablan en voz baja, del mismo modo, también, todos piensan en voz baja. Los pasos se acortan y la iniciativa repliega sus alas, voluntariamente, obligándose a moverse dentro del estrecho marco del ámbito eclesiástico.

De ahí proviene el resplandor retumbante, el extraordinario vuelo, en cada excepción a esta regla, en cada ruptura de esta reserva, en cada acto decisivo: ¡está hecho de impulsos reprimidos, de ímpetus contenidos!

Hay que leer, pues, entre líneas, escuchar entre palabras...

Me daría vergüenza, consideraría indigno y desleal atribuir al Santo Padre una sola palabra que no fuera rigurosamente exacta, ni siquiera exagerar lo que le ha placido responderme. Ahora bien, si ni una sola vez ha dicho: «Condeno», diez veces en una hora ha dicho: «No apruebo».

Les dejo a los católicos la tarea de sacar de esta actitud la conclusión que les plazca.

Por mi parte, al margen y a pesar de mis opiniones —quizás precisamente a causa de ellas—, siento respeto por todo lo grande, aunque vaya en contra de mi ideal o difiera de él en algún punto. Y preferiría perder los mejores argumentos del mundo antes que añadir una aflicción a las de ese rey sin trono, ese anciano tan conmovedor y tan augusto, ajeno al anatema, que solo alza la diestra para bendecir, para absolver, para derramar la indulgencia divina sobre todas las criaturas, sea cual sea su raza, sea cual sea su religión.

*

* *

Aquí, un breve paréntesis, ocioso, según parecerá a quienes me conocen, pero que, no obstante, me empeño en hacer, previendo, sin demasiada perspicacia, de qué naturaleza será la réplica antisemita y, a juzgar por la calumnia de ayer, la calumnia de mañana.

Aunque, según ciertos sectarios, pertenezco a la «prensa vil»; aunque esté —¡eso es bien sabido!— «a sueldo» de la rue Laffitte, tendré el cinismo de declarar que he emprendido esto por mi propia iniciativa. No he escrito este artículo «por encargo», lo he propuesto por mi cuenta, porque a veces tengo ideas que nadie me inspira y que pongo en práctica porque me gusta..., ¡por amor al arte!

Me he concedido este lujo inaudito de hacer una obra de misericordia para con los judíos, sin que me paguen —la precisión del término no me asusta— los israelitas... mi socialismo no se detiene en cuestiones de creencia u origen, ¡no reconoce otro enemigo que el acaparador, youtre o goym! Es el ladrón de los pobres... . ¡eso me basta!

Y todos los pobres son míos: lamentables hebreos errantes por la estepa, atravesando Europa a pie, tirando, como bestias de carga, de la rienda de los carros donde se amontonan sus enfermos, sus ancianos, sus niños, unas pocas harapos que escaparon al desastre; y desplomándose, extenuados, en el patio del gran rabino, en París, agotados por el cansancio, tambaleándose por la inanición... ¡miserables despojados por los financieros católicos de allá, como son despojados aquí, por sus correligionarios ricachones, los campesinos y los trabajadores de la cristiandad!

¿Qué vienen a hablar de guerra de razas, de guerra de religión?... —¡Tengo hambre! —dice el pobre. Y un eco quebrado, distorsionado, pero altivo, responde desde el Vaticano: —¡Todos los bienes de la naturaleza, todos los tesoros de la gracia pertenecen, en común y sin distinción, a toda la humanidad! (Encíclica del 15 de mayo de 1891, cap. III.)

*

* *

He llegado aquí sin recomendaciones, sin apoyos; no tengo más aliada que mi tenaz voluntad y una carta de un compañero dirigida a un alto dignatario de la Santa Sede.

Pero creo en ese magnetismo que se ejerce a través de la distancia y el tiempo, que acorta a una, suprime al otro; en la influencia de ese ardiente deseo que impregna la atmósfera entre la meta y el esfuerzo; que acerca a unos de otros, fatalmente, sin que haya nada que hacer más que hipnotizar su sueño...

Y aquí estoy sentada en una de las salas del Vaticano, perdida en la inmensa estancia, idéntica, con mi vestido negro, mi velo negro, la ausencia de la más humilde joya y mis manos sin guantes, a todas las devotas que vienen solo a satisfacer su piadosa curiosidad. Su corazón, sin duda, no late más fuerte que el mío y Dios sabe, sin embargo, que este permanecería tranquilo si los azares del oficio me llevaran al palacio de cualquier monarca. Sé lo que valen los cetros y lo que pesan las coronas, bajo el puño pesado de la multitud o el dedo ligero del destino.

¡Pero el Papa!... Todos los recuerdos de mi piadosa infancia se alzan como una bandada de gorriones entre la hierba de un cementerio. Ayer, ¿no le dije al clérigo que me explicaba el ceremonial del triple saludo (uno en la puerta; uno en medio de la sala, uno ante el sillón del Santo Padre): « ¿Como en el mes de María, entonces?», recordando la época en que estaba de guardia en la capilla, encargada de cambiar las flores y fomentando revueltas —¡ya entonces!— entre dos Ave Marías.

Él me miró, alegremente sorprendido, y luego con una inclinación de cabeza indulgente: «Sí; ¡como en el mes de María!».

Mi gran temor es cometer algún desliz; no es que haya en ello ni una pizca de vanidad, ni me acuse en absoluto de ser una experta en etiqueta, sino porque cualquier descuido podría pasar —por mi parte— por una afectación hiriente y de gusto odioso. Por eso, me repito a mí misma las fórmulas, como los respuestas del catecismo antes de la recitación... ¡en otros tiempos!

¡Qué inmenso es este Vaticano, para llegar a la zona restringida donde vive confinado el Papa! ¡Y qué alto, sobre todo! Hay que subir la escalinata de la entrada, recorrer la galería monumental donde conversan los guardias suizos, vestidos aún como los mercenarios de Julio II; subir la escalera de mármol —¡tres pisos que bien valen seis!—, atravesar el Cortile San—Damaso; subir otros tres pisos, igualmente con el doble de altura; y atravesar tantas salas que a uno le da vueltas la cabeza y acaba por no distinguir nada.

Solamente vislumbré, de pasada, en un maravilloso tapiz, a Cristo acogiendo a la pecadora acurrucada a sus pies, buscando refugio contra la crueldad humana...

De repente, en esa soledad y ese silencio, un cañonazo, discordante como una nota falsa. Les anuncia a los romanos que es mediodía. Y he aquí que le responden, trotando unas tras otras como ancianas que corren a misa, todos los relojes del antiguo palacio. Hay algunas vivaces y otras lentas, algunas alertas y otras cansadas; las pequeñas con timbre agudo, las grandes con voz de contralto.

Es un carillón familiar y de una gracia ingenua.

Un deslizamiento de suelas sobre el pavimento de mármol que brilla como si estuviera mojado; un murmullo de sílabas apenas distinguibles, en ese idioma ya de por sí tan melodioso; una sotana que se inclina y espera, luego camina hacia delante, se postra en el umbral de una habitación contigua, se desvanece, parece desaparecer en la pared...

Es mi turno de audiencia.

Entro, me inclino tres veces; una mano toma la mía, me levanta suavemente:

«Siéntese, hija mía, y sea bienvenida...»

*

* *

Muy pálido, muy erguido, muy delgado, apenas perceptible a la vista, tan poca materia terrenal queda en esa envoltura de tela blanca, el Santo Padre está sentado, al fondo de la sala, en un amplio sillón adosado a una consola coronada por un Cristo doloroso.

La luz, procedente de frente, cae de forma perpendicular sobre ese admirable rostro de prelado latino, resaltando sus planos, las sutilezas del modelado, la estructura «primitiva», en el sentido pictórico de la palabra, vivificada, animada, galvanizada por así decirlo por un alma tan juvenil, tan vibrante, tan combativa por el bien, tan comprensiva de las miserias morales, tan compasiva ante las angustias físicas, que la mirada sorprende, parece un amanecer milagroso que se impone sobre el ocaso del día...

Únicamente el incomparable retrato de Chartran puede dar una idea de esa agudeza de visión. Pero aún así es de un brillo un tanto suntuoso, y toda la púrpura que resplandece tras la sotana nívea imprime en las mejillas un reflejo, en las pupilas una chispa que se suavizan en la realidad.

Para expresar mi impresión, diré que me pareció que el Papa era «más blanco»; de un resplandor más íntimo y conmovedor; menos soberano, más apostólico —¡casi un ancestro!

Una bondad tierna, tímida, al parecer, se esconde en el fruncimiento de los labios, y solamente se delata en la sonrisa. Y, al mismo tiempo, la nariz larga y firme revela la voluntad, una voluntad inflexible —¡que sabe esperar!

León XIII se asemeja a los modelos de Perugino y a todos esos retratos de donantes que se ven en los cuadros de santidad, en las vidrieras de las antiguas catedrales, arrodillados, de perfil, con sus trajes de lana, los dedos extendidos y humildemente unidos, entre las apoteosis, las Natividades, el triunfo de los santos y la gloria de Dios.

Me parece también que encarna el escudo de su casa, el blasón de los Pecci, con su estatura tan esbelta, tan altiva como el pino que se recorta en forma de i sobre el cielo azul, y, entre sus párpados, ¡esa claridad de estrella matutina y precursora del alba que tiembla en la copa del gran árbol heráldico!

Pero lo que, casi tanto como el rostro, atrae y retiene la atención, son las manos; manos largas, finas, diáfanas, de una pureza de trazo incomparable; manos que parecen, con sus uñas de ágata, exvotos de un marfil muy precioso, sacados de su estuche para alguna fiesta.

La voz es como lejana, exiliada por el uso de la oración, más acostumbrada a elevarse hacia el cielo que a descender hacia nosotros. Y, sin embargo, en la conversación, vuelve, con algún que otro recuerdo de entonación mayor que interrumpe su canto gregoriano.

Entonces, un detalle, una costumbre del terruño, confiere a las palabras pronunciadas un sabor particular, las especias de la nacionalidad. Mientras el pontífice se expresa de forma muy correcta, muy elegante en francés, en cualquier momento resurge la exclamación italiana por excelencia: «Ecco!» (¡Eso es!), haciendo chocar sus dos sílabas, como un ligero latigazo que activa o desvía la conversación.

Y las palabras, dóciles, se lanzan al galope, se desvían, llevan adonde le place ir al Santo Padre.

*

* *

Lo sigo respetuosamente, anotando de memoria, sobre la marcha, las respuestas que bien quiere darme, provocándolas con una breve pregunta cuando puedo; observando cuánto su pensamiento, de esencia siempre evangélica, reviste de buen grado el peplum latino, se traduce en períodos cadenciosos, armoniosos, revelando al delicado y docto letrado.

Como yo hablé de Jesús perdonando a sus verdugos, alegando su ignorancia como excusa de su ferocidad; como pregunté si, ante todo, no era deber cristiano imitar su ejemplo:

  «—Cristo —dice León XIII— derramó su sangre por todos los hombres, sin excepción; y más aún por aquellos que, al no creer en él y obstinarse en ese desconocimiento, eran los que más necesitaban ser redimidos. A su Iglesia le encomendó una misión para con ellos: llevarlos de vuelta a la verdad...»

—¿Por la persuasión o por la persecución, Santo Padre?

  «¡Por la persuasión!», responde con vivacidad el Pontífice. La tarea de la Iglesia es, y no es más que la dulzura y la fraternidad. Es el error lo que debe alcanzar, lo que debe esforzarse por derribar; pero toda violencia hacia las personas es contraria a la voluntad de Dios, a sus enseñanzas, al carácter del que estoy revestido, al poder del que dispongo».

—Entonces, ¿la guerra de religiones?...

«—¡Esas dos palabras no van juntas!».

Y la mano que lleva el anillo episcopal hizo un gesto imperativo.

—Queda, Santo Padre, la guerra de razas...

  «—¿Qué razas? Todas proceden de Adán, a quien Dios creó. ¿Qué importa que los individuos, según las latitudes, tengan un tono de piel diferente, un aspecto distinto, si sus almas son de la misma esencia, amasadas por el mismo rayo? Si enviamos misioneros a los infieles, a los herejes, a los salvajes, es porque todos los humanos, todos, ¿me oye usted bien?, son criaturas de Dios! Hay quienes tienen la suerte de tener la Fe y quienes a quienes tenemos el deber de dársela, ¡eso es todo! Son iguales ante el Señor, ya que su existencia es obra de su voluntad común.»

Luego, el Pontífice añade:

«—Incluso cuando existía el gueto en Roma, nuestros sacerdotes lo recorrían en todas direcciones, conversando con los israelitas, esforzándose por conocer sus necesidades, cuidando a sus enfermos, tratando de inspirarles la confianza suficiente para llegar a discutir los textos, ¡para convertirlos, en fin!».

—¿Y cuando la plebe quería masacrar a los judíos?

«—Los judíos se ponían bajo la protección del Papa... ¡y el Papa extendía sobre ellos su protección!»

*

* *

  «Sólo que —continúa el Santo Padre—, si la Iglesia es una madre indulgente, con los brazos siempre abiertos, tanto para los que llegan a ella como para los que vuelven a ella, no se deduce que los impíos que la rechazan deban ser sus preferidos. No siente ira contra ellos, son su dolor, su llaga, pero reserva sus predilecciones para los fieles que la consuelan, que son para ella hijos piadosos y fervientes. En fin, si la Iglesia tiene la misión de defender a los débiles, también tiene la misión de defenderse a sí misma contra todo intento de opresión. Y he aquí que, tras tantas otras plagas, ha llegado el reinado del dinero...»

El sucesor de San Pedro enderezó aún más su torso y, con la mirada de repente dura:

  «—¡Quieren vencer a la Iglesia y dominar al pueblo mediante el dinero! ¡Ni la Iglesia ni el pueblo lo permitirán!»

—Entonces, Santo Padre, ¿los grandes judíos?...

Bajo el velo de los párpados, el brillo ha desaparecido. Y, de repente descolorida, la voz responde:

  «—Yo estoy con los pequeños, los humildes, los desposeídos, aquellos a quienes Nuestro Señor amó...»

Entiendo que se ha acabado el tema y no insisto. Por otra parte, ahora León XIII habla de Francia, del profundo cariño que le profesa, de su deseo de verla prosperar bajo cualquier gobierno que haya elegido.

Y de repente, sin previo aviso, con una malicia que aparece de pronto en las comisuras de su boca, en el rabillo de sus ojos:

 «—¿Y en su país, qué se piensa del Papa? ¿Están contentos con él?»

—Santo Padre...

Es que no sé qué responder, en verdad. Él ve mi desconcierto y, con bonhomía, frotándose sus largas manos pálidas:

 «—¡Vamos, vamos! ¡No tenga miedo!»

Reúno mi valor:

—Santo Padre, ¿me permite emplear ante usted un término muy atrevido?

  «—¡Vamos, vamos!»

—¡Pues bien! Si los monárquicos le guardan rencor al Papa, los republicanos del Gobierno lo detestan... ¡es «la competencia»!

Una risita muy leve, velada, discreta, acoge la palabra.

  «—¿Y los socialistas?»

—Para los socialistas del Gobierno, los altos mandos, ¡otra vez la competencia!

  «—¿Y el pueblo?»

—¿El pueblo? Nunca me atrevo a hablar en su nombre. Es más bien indeciso, creo, vagamente desconfiado... ¡tanto lo han engañado!

Pero, aun así, le sorprende que un Papa se ocupe de él... ¡y que someta a los cardenales!

Las largas manos pálidas acentúan su gesto de satisfacción. Y, sonriendo:

  «—¡Pero yo no quiero ser rey de Francia! (sic).»

*

* *

Ahora, sin que me atreva a interrumpirlo, la voz débil, sola, rompe el silencio:

  «—¿Cuándo comprenderán, todos ellos, que la Iglesia no quiere, no tiene por qué hacer política, que pretende permanecer ajena a ella, mantenerse resueltamente al margen? Mi Maestro dijo: «Mi reino no es de este mundo». ¡Pues el mío tampoco! Aspiro al dominio de las almas, porque quiero su salvación, porque deseo el reino de la fraternidad entre los hombres, el olvido de las discordias, el advenimiento de la santa paz, de la santa piedad. ¡Pero nada más que eso... únicamente eso!».

El anciano de alta estatura está casi de pie, y sus ojos, aún más luminosos, se nublan.

Se ha callado. Entonces, muy rápido, casi en voz baja, contenta como estaba de oír hablar bien de Francia, en esta ciudad oficialmente llena de otras tendencias:

—Santo Padre, ¿sabe usted de ese abate Jacot, ese renegado, ese alsaciano-lorenés que predica a los nuestros de allá el olvido de la patria, y se jacta de ser el intérprete de los mandamientos del Santo Padre? ¿Es cierto? ¿Aprueba usted su acto?

  «—Lo deploro... responde gravemente el pontífice. Amo a Francia. Hacia ella se dirigen siempre mi mirada cuando mi voz se eleva desde el fondo de estas habitaciones donde deambulo desde hace quince años... ¡sin salir jamás!

¡Sin salir jamás!, repitió melancólicamente, ese cautivo sin paja ni calabozo, prisionero de su sola dignidad, pero más atado por esos lazos invisibles que por las pesadas cadenas de hierro.

Me inclino para despedirme; la larga mano pálida se posa suavemente sobre mi frente:

  «—¡Anda, hija mía, y que Dios te guarde!...»

  SÉVERINE

LE FIGARO, jueves 4 de agosto de 1892  

LE PAPE  ET L’ANTISÉMITISME

INTERVIEW DE LÉON XIII

 

Séverine est en ce moment à Rome où elle est allée, pour Le Figaro, demander à S. S. Léon XIII ce qu’il fallait penser de la question antisémitique.

Cette idée, qui nous a séduit par son originalité, et pour le développement de laquelle nous avons laissé, bien entendu, toute liberté à son auteur, nous a valu la très curieuse page que voici sur le Souverain Pontife et le Vatican, avec des déclarations papales du plus haut intérêt.

Rome, 3 août 1892.

 

Alors que l’Antisémitisme fait état d’orthodoxie, tend à se présenter, sinon comme une inspiration de l’Église, du moins comme son émanation, il m’a semblé d’un puissant intérêt d’aller voir, à ce propos, le chef suprême de l’Église, celui qui lie et délie, le pilote incontesté des consciences catholiques.

Je n’ai pas été demander au Saint-Père de se prononcer —la situation politique du Pape l’éloigne, et cela se conçoit, de tout débat où son veto n’est pas immédiatement nécessaire, de toute intervention susceptible de soulever des discussions, des polémiques, d’émouvoir l’irritabilité de telle ou telle puissance, de tel ou tel parti, en dehors des questions strictement techniques, traitant des points de dogme ou des intérêts de la foi.

En un mot, je ne me suis pas attachée à connaître ce que Léon XIII désapprouve... seulement, ce qu’il n’approuve pas!

Voici, au premier abord, une casuistique qui m’est peu familière; ma netteté s’accommodant mal, d’habitude, de si subtiles distinctions mais cela se gagne, en Cour de Rome!

Tout ici procède par demi-teintes, par gradations de nuances à peine indiquées, et dépassant rarement le médium sur l’échelle ascendante, vers l’accentuation. De même qu’au Vatican, dans la pénombre des salles, chacun marche sourd, chacun parle étouffé, de même, aussi, chacun y pense tout bas. Les pas s’y raccourcissent et l’initiative y replie ses ailes, volontairement, s’astreignant à évoluer dans le cadre étroit du domaine ecclésiastique.

De là, l’éclat retentissant, l’extraordinaire envolée, lors de chaque exception à cette règle, de chaque rupture de cette réserve, de chaque acte decisive —il est fait d’élans refoulés, d’essors contenus!

Il faut donc lire entre les lignes, écouter entre les paroles...

J’aurais honte, je considérerais comme indigne et déloyal de prêter au Saint-Père un seul mot qui ne soit rigoureusement exact, ni même d’amplifier ce qu’il lui a plu de me répondre. Or, si, pas une fois, il n’a dit: «Je blâme», dix fois en une heure, il a dit: «Je n’approuve pas.»

Je laisse aux catholiques le soin de tirer de cette attitude telle conclusion qui leur plaira.

Pour ma part, en dehors, en dépit de mes opinions —peut-être justement à cause d’elles— j’ai le respect de toute chose grande, même si elle va à l’encontre du mien idéal, ou si elle en diffère par quelque point. Et je préférerais perdre les meilleurs arguments du monde qu’ajouter une affliction à celles de ce roi sans trône, de ce vieillard si touchant et si auguste, ignorant de l’anathème, ne levant la dextre que pour bénir, pour absoudre, pour épandre l’indulgence divine sur toutes les créatures quelle que soit leur race, quelle que soit leur religion!

*

* *

Ici, une brève parenthèse, oiseuse, semblera-t-il à ceux qui me connaissent, mais que je tiens quand même à faire, prévoyant, sans trop de perspicacité, de quelle nature sera la riposte antisémite et, d’après la calomnie d’hier, la calomnie de demain.

Quoique, d’après certains sectaires, j’appartienne à la «presse vile»; quoique je sois——cela est bien connu! —«stipendiée» par la rue Laffitte, j’aurai le cynisme de déclarer que j’ai entrepris ceci de mon seul mouvement. Je n’ai pas écrit cet article «sur commande», je l’ai proposé de moi—même, parce que j’ai parfois des idées que personne ne m’inspire et que je mets à exécution parce que cela me plaît...... pour l’amour de l’art!

Je me suis offert ce luxe inouï de faire œuvre de miséricorde envers les juifs, sans me faire payer —la précision du terme ne m’effraie pas— par les israélites.... mon socialisme ne s’attardant point aux questions de croyance ou d’origine, ne reconnaissant d’autre ennemi que l’Accapareur, youtre ou goym! Il est le voleur des pauvres... cela me suffit!

Et tous les pauvres sont miens: lamentables Hébreux errant dans le steppe, traversant l’Europe à pied, tirant, comme des bêtes de somme, sur le licol des charrettes où sont entassés leurs malades, leurs vieillards, leurs enfants, quelques nippes échappées au désastre; et s’abattant, exténués, dans la cour du grand—rabbin, à Paris, fourbus de fatigue, chancelants d’inanition——misérables spoliés par les financiers catholiques de là-bas, comme sont spoliés, ici, par leurs coreligionnaires richissimes, les paysans et les travailleurs de la chrétienté!

Que vient-on parler de guerre de races, de guerre de religion?... —J’ai faim!... dit le pauvre. Et un écho brisé, distendu, hautain cependant, répond, du Vatican: —Tous les biens de la nature, tous les trésors de la grâce appartiennent, en commun et indistinctement, à tout le genre humain! (Encyclique du 15 mai 1891, ch. III.)

*

* *

Je suis arrivée ici sans recommandation, sans appui; je n’ai d’autre alliée que ma volonté tenace et une lettre d’un camarade pour un haut dignitaire du Saint-Siège.

Mais je crois à ce magnétisme qui s’exerce à travers la distance et le temps, qui abrège l’une, supprime l’autre; à l’influence de ce vouloir ardent dont s’imprègne l’atmosphère entre le but et l’effort; qui rapproche l’un de l’autre, fatalement, sans qu’on ait rien à faire qu’hypnotiser son rêve...

Et me voici assise dans l’une des salles du Vatican, perdue dans la pièce immense, toute semblable, avec ma robe noire, mon voile noir, l’absence du plus humble bijou, et mes mains dégantées, à toutes les dévotes qui viennent, seulement satisfaire leur pieuse curiosité. Leur cœur, certes, ne bat pas plus fort que le mien et Dieu sait, pourtant, ce que celui-ci demeurerait calme si les hasards du métier me menaient dans le palais de n’importe quel monarque. Je sais ce que valent les sceptres et ce que pèsent les couronnes, sous le poing lourd de la foule ou le doigt léger du destin!

Mais le Pape!... Tous les souvenirs de ma pieuse petite enfance se lèvent comme un vol de moineaux dans les herbes d’un cimetière. Hier, n’ai-je pas dit à l’ecclésiastique qui m’expliquait le cérémonial du triple salut (un à la porte; un au milieu de la salle, un devant le fauteuil du Saint-Père): «Comme au mois de Marie, alors?» me rappelant le temps où j’étais de garde dans la chapelle, chargée du renouvellement des fleurs et fomentant des révoltes —déjà!— entre deux Ave.

Il m’a regardée, surpris gaiement, puis avec une inclinaison de tête indulgente: «Oui; comme au mois de Marie!»

C’est ma grande peur de commettre quelque impair; non que j’y apporte ombre d’amour-propre, ne me taxant aucunement d’être ferrée sur l’étiquette, mais parce que toute négligence pourrait passer —de ma part— pour une affectation blessante et de goût odieux. Aussi, je me répète à moi-même les formules, comme les répons du catéchisme avant la récitation... autrefois!

Que c’est immense, ce Vatican, pour arriver à atteindre la partie restreinte où le Pape vit confiné! Que c’est haut, surtout! Il faut gravir le perron d’entrée, longer la galerie monumentale où devisent les gardes suisses, vêtus encore comme les reîtres de Jules II; monter l’escalier de marbre —trois étages qui en valent bien six! —franchir le Cortile San-Damaso; regrimper trois autres étages, également de valeur double; et traverser des salles en si grand nombre que la tête vous tourne et qu’on finit par ne plus distinguer rien!

J’ai entrevu seulement, au passage, sur une merveilleuse tapisserie, le Christ accueillant la pécheresse blottie à ses pieds, y cherchant refuge contre la cruauté humaine...

Tout à coup, dans cette solitude et ce silence, un coup de canon, discordant comme une fausse note. Il apprend aux Romains qu’il est midi. Et voici que lui répondent, trottinant les unes après les autres comme des vieilles femmes courant à la messe, toutes les pendules de l’antique palais. Il en est de vives et de lentes, d’alertes et de fatiguées; des petites au timbre aigu, des grosses à voix de contralto.

C’est un carillon familier et d’une grâce ingénue.

Un glissement de semelles sur le pavé de marbre luisant comme s’il était mouillé; un murmure de syllabes à peine distinctes, en cet idioma déjà si mélodieux; une soutane qui s’incline et attend, puis marche devant, se prosterne au seuil d’une pièce voisine, s’efface, semble disparaître dans le mur...

C’est mon tour d’audience.

J’entre, m’incline trois fois; une main prend la mienne, me relève doucement:

«Asseyez-vous, ma fille, et soyez la bienvenue...»

*

* *

Très pâle, très droit, très mince, à peine accessible au regard, tant il reste peu de matière terrestre en cette gaine de drap blanc, le Saint-Père siège, au fond de la pièce, dans un vaste fauteuil adossé à une console que surmonte un Christ douloureux.

La lumière, venant de face, tombe d’aplomb sur cet admirable visage de prélat latin, en fait ressortir les méplats, les finesses de modelé, la structure «primitive», au sens pictural du mot, vivifiée, animée, galvanisée pour ainsi dire par une âme si juvénile, si vibrante, si combative pour le bien, si compréhensive des misères morales, si pitoyable aux détresses physiques, que le regard étonne, semble une aube miraculeuse surmontant un déclin de jour...

L’incomparable portrait de Chartran peut seul donner idée de cette acuité de vision. Mais encore est-il d’un éclat un peu bien somptueux, et toute la pourpre qui flamboie derrière la soutane neigeuse met-elle aux joues un reflet, aux prunelles une étincelle qui s’adoucissent dans la réalité.

Pour rendre mon impression, je dirai que j’ai trouvé le Pape «plus blanc»; d’un rayonnement plus intime et plus émouvant; moins souverain, davantage apôtre —presque aïeul!

Une bonté attendrie, timide, semblerait—il, est tapie dans la moue des lèvres, se dénonce seulement dans le sourire. Et, en même temps, le nez long, solide, révèle la volonté, une volonté inflexible —qui sait attendre!

Léon XIII ressemble aux modèles du Pérugin et à tous ces portraits de donateurs qu’on voit dans les tableaux de sainteté, sur les vitraux des antiques cathédrales, agenouillés, de profil, en leurs habits de laine, les doigts allongés et humblement rejoints, parmi les apothéoses, les Nativités, le triomphe des saints et la gloire de Dieu.

Il me paraît aussi incarner les armes de sa maison, le blason des Pecci, avec sa taille aussi svelte, aussi altière que le pin qui se silhouette en i sur le ciel bleu, et, entre ses paupières, cette clarté d’étoile matutinale et précurseuse d’aurore qui tremble à la cime du grand arbre héraldique!

Mais ce qui, presque autant que le visage, attire et reticent l’attention, ce sont les mains; des mains longues, fines, diaphanes, d’une pureté de dessin incomparable; des mains qui semblent, avec leurs ongles d’agate, des exvoto d’un ivoire très précieux, sortis pour quelque fête de leur écrin.

La voix est comme lointaine, exilée par l’usage de la prière, plus accoutumée à monter vers le ciel qu’à descendre vers nous. Et, pourtant, dans la causerie, elle revient, avec, de-ci, de-là, un ressuvenir d’intonation majeure qui en coupe la mélopée grégorienne.

Puis un rien, une habitude du terroir donne aux propos tenus une saveur particulière, les épices de nationalité. Alors que le pontife s’exprime très correctement, très élégamment en français, à toute minute l’exclamation italienne par excellence: «Ecco!» (Voilà!) revient, fait claquer ses deux syllabes, comme un léger coup de fouet qui active ou détourne la conversation.

 

Et les mots, dociles, prennent le galop, bifurquent, mènent où il plaît au Saint-Père d’aller.

*

* *

 

Je le suis respectueusement, notant au passage, de mémoire, les réponses qu’il veut bien me faire, les provoquant d’une breve interrogation lorsque je le puis; remarquant combien sa pensée, d’essence toujours évangélique, revêt volontiers le peplum latin, se traduit en périodes cadencées, harmonieuses, révélant le délicat et docte lettré.

Comme j’ai parlé de Jésus pardonnant à ses bourreaux, alléguant leur ignorance pour excuse à leur férocité; comme j’ai demandé si, avant toute chose, il n’était pas du devoir chrétien d’imiter son exemple:

  «—Le Christ, dit Léon XIII, a versé son sang pour tous les hommes, sans exception; et même de préférence pour ceux qui, ne croyant pas en lui, s’obstinant dans cette méconnaissance, avaient le plus besoin d’être rachetés. Envers ceux-là, il a laissé une mission à son Église: les ramener à la vérité...»

—Par la persuasion ou la persécution, Saint-Père?

  «—Par la persuasion! répond avec vivacité le Pontife. La tâche de l’Église est, n’est que douceur et fraternité. C’est l’erreur qu’elle doit atteindre, s’efforcer d’abattre; mais toute violence envers les personnes est contraire à la volonté de Dieu, à ses enseignements, au caractère dont je suis revêtu, au pouvoir dont je dispose.»

—Alors, la guerre de religion?...

 «—Ces deux mots—là ne vont pas ensemble!»

Et la main qui porte l’anneau épiscopal a fait un geste impératif.

—Reste, Saint-Père, la guerre de races...

  «—Quelles races? Toutes sont issues d’Adam, que créa Dieu. Que les individus, suivant les latitudes, aient un teint différent, un aspect dissemblable, qu’importe cela, puisque leurs âmes sont de même essence, pétries du même rayon? Si nous envoyons des missionnaires chez les infidèles, chez les hérétiques, chez les sauvages, c’est parce que tous les humains, tous, vous entendez bien, sont des créatures de Dieu! Il y a celles qui ont le bonheur d’avoir la foi et celles auxquelles nous avons le devoir de la donner, voilà tout! Elles sont égales devant le Seigneur, puisque leur existence est l’œuvre de sa commune volonté.»

Puis le Pontife ajoute:

  «—Même quand le Ghetto existait à Rome, nos prêtres le sillonnaient en tous sens, causant avec les israélites, s’appliquant à connaître leurs besoins, soignant leurs malades, s’efforçant de leur inspirer assez confiance pour parvenir à discuter les textes, à les convertir, enfin!»

Et quand la populace voulait massacrer les juifs?

  «—Les juifs se mettaient sous la protection du Pape... et le Pape étendait sur eux sa protection!»

 

*

* *

 

  «Seulement, reprend le Saint-Père, si l’Église est une mere indulgente, aux bras toujours ouverts, pour ceux qui lui arrivent  comme pour ceux qui lui reviennent, il ne s’ensuit pas que les impies qui se refusent à elle doivent être ses préférés. Elle est sans colère contre eux, ils sont sa douleur, sa plaie, mais elle garde ses prédilections pour les fidèles qui la consolent, qui lui sont des fils pieux et fervents. Enfin, si l’Église a mission de défendre les faibles, elle a mission aussi de se défendre elle-même contre toute tentative d’oppression. Et voici qu’après tant d’autres fléaux, le règne de l’argent est venu...»

Le successeur de saint Pierre raidit plus encore son torse droit et, le regard soudainement dur:

  «—On veut vaincre l’Église et dominer le peuple par l’argent! Ni l’Église ni le peuple ne se laisseront faire!»

—Alors, Saint-Père, les grands Juifs?...

Sous le voile des paupières, la lueur a disparu. Et, décolorée soudain, la voix répond:

  «—Je suis avec les petits, les humbles, les dépossédés, ceux que Notre-Seigneur aima...»

Je comprends que c’en est fini sur ce sujet, et n’insiste pas. D’ailleurs, maintenant, Léon XIII parle de la France, de la tendresse profonde qu’il lui porte, de son désir de la voir prospère sous quelque gouvernement qu’elle ait choisi.

Et brusquement, sans préparation, avec une malice apparue soudain aux angles de sa bouche, aux coins de ses yeux:

 «—Et chez vous, que pense-t-on du Pape? Est-on content de lui?»

—Saint-Père...

C’est que je ne sais quoi répondre, en vérité. Il voit mon embarras, et avec bonhomie frottant ses longues mains pâles:

 «—Allez, allez! N’ayez pas peur!»

Je rassemble mon courage:

—Saint-Père, voulez-vous me permettre d’employer envers vous un terme très hardi?

  «—Allez, allez!»

—Eh bien! si les monarchistes en veulent au Pape, les républicains de gouvernement l’exècrent... il est «la concurrence»!

Un tout petit rire, tout voilé, tout discret, accueille le mot.

  «—Et les socialistes?»

—Pour les socialistes de gouvernement, les états-majors, encore la concurrence!

  «—Et le peuple?»

—Le peuple? Jamais je ne me permets de parler en son nom. Il est plutôt indécis, je crois, vaguement méfiant... il a tant été trompé!

Mais tout de même, ça l’étonne, un Pape qui s’occupe de lui... et qui soumet les cardinaux!

Les longues mains pâles accentuent leur geste satisfait. Et, souriant:

  «—Je ne veux pourtant pas être roi de France! (sic).»

 

*

* *

 

Maintenant, sans que j’ose l’interrompre, la grêle voix, seule, troue le silence:

  «—Quand donc comprendront-ils, tous, que l’Église ne veut pas, n’a pas à faire de politique, qu’elle entend y demeurer étrangère, s’en tenir résolument écartée? Mon Maître a dit: «Mon royaume n’est pas de ce monde.» Donc, le mien non plus! J’aspire à la domination des âmes, parce que je veux leur salut, parce que je souhaite le règne de la fraternité entre les hommes, l’oubli des discordes, l’avènement de la sainte paix, de la sainte pitié! Mais rien que cela.....cela seulement!»

Le haut vieillard est presque debout, et ses yeux, plus lumineux encore, s’ourlent d’une brume.

Il s’est tu. Alors, très vite, presque bas, contente que j’ai été d’entendre bien parler de la France, dans cette ville toute pleine officiellement d’autres tendances:

—Saint-Père, vous savez, cet abbé Jacot, ce renégat, cet Alsacien-Lorrain qui prêche aux nôtres de là-bas l’oubli de la mère-patrie, il se vante d’être l’interprète de vos commandements? Est-ce vrai? Approuvez-vous son acte?

  «—Je le déplore... répond gravement le pontife. J’aime la France. C’est vers elle que mes yeux se tournent toujours quand ma voix s’élève du fond de ces chambres où j’erre depuis quinze ans... sans jamais sortir!»

Sans jamais sortir! A-t-il répété mélancoliquement, ce captif sans paille ni cachot, prisonnier de sa seule dignité, mais plus entravé par ces invisibles liens que par les lourdes chaînes de fer.

Je m’incline pour prendre congé; la longue main pâle se pose doucement sur mon front:

  «—Allez, ma fille, et que Dieu vous garde!...» 

LE FIGARO, Jeudi 4 Août 1892