EL PAPA Y EL ANTISEMITISMO
ENTREVISTA A LEÓN XIII
Séverine se encuentra
actualmente en Roma, adonde ha viajado, en nombre de Le Figaro, para preguntarle a Su Santidad León XIII lo qué hay que
pensar sobre la cuestión antisemita.
Esta idea, que nos
sedujo por su originalidad y para cuyo desarrollo, como es lógico, hemos dejado
total libertad a su autora, nos ha proporcionado la curiosa página que aquí se
presenta sobre el Sumo Pontífice y el Vaticano, con declaraciones papales del
mayor interés.
Roma, 3 de
agosto de 1892.
En un momento en que
el antisemitismo se presenta como la ortodoxia, en el que tiende a mostrarse,
si no como una inspiración de la Iglesia, al menos como su emanación, me pareció
de gran interés acudir, a este respecto, al jefe supremo de la Iglesia, a aquel
que ata y desata, al piloto indiscutible de las conciencias católicas.
No he ido a pedirle al
Santo Padre que se pronuncie —la situación política del Papa lo aleja, y es comprensible,
de todo debate en el que su veto no sea inmediatamente necesario, de toda
intervención susceptible de suscitar discusiones, polémicas, de irritar a tal o
cual potencia, a tal o cual partido, al margen de las cuestiones estrictamente
técnicas, que traten de puntos de dogma o de los intereses de la Fe.
En una palabra, no me
he preocupado por saber qué desaprueba León XIII... ¡únicamente qué es lo que
no aprueba!
He aquí, a primera
vista, una casuística con la que no estoy muy familiarizada; mi claridad se
adapta mal, por costumbre, a distinciones tan sutiles, ¡pero eso es algo que se
aprende en la Corte de Roma!
Aquí todo procede por
matices, por gradaciones de tonos apenas perceptibles, y rara vez supera el
término medio en la escala ascendente, hacia la acentuación. Al igual que en el
Vaticano, en la penumbra de las salas, todos caminan en silencio, todos hablan
en voz baja, del mismo modo, también, todos piensan en voz baja. Los pasos se
acortan y la iniciativa repliega sus alas, voluntariamente, obligándose a
moverse dentro del estrecho marco del ámbito eclesiástico.
De ahí proviene el
resplandor retumbante, el extraordinario vuelo, en cada excepción a esta regla,
en cada ruptura de esta reserva, en cada acto decisivo: ¡está hecho de impulsos
reprimidos, de ímpetus contenidos!
Hay que leer, pues,
entre líneas, escuchar entre palabras...
Me daría vergüenza,
consideraría indigno y desleal atribuir al Santo Padre una sola palabra que no
fuera rigurosamente exacta, ni siquiera exagerar lo que le ha placido
responderme. Ahora bien, si ni una sola vez ha dicho: «Condeno», diez veces en
una hora ha dicho: «No apruebo».
Les dejo a los
católicos la tarea de sacar de esta actitud la conclusión que les plazca.
Por mi parte, al
margen y a pesar de mis opiniones —quizás precisamente a causa de ellas—,
siento respeto por todo lo grande, aunque vaya en contra de mi ideal o difiera
de él en algún punto. Y preferiría perder los mejores argumentos del mundo
antes que añadir una aflicción a las de ese rey sin trono, ese anciano tan
conmovedor y tan augusto, ajeno al anatema, que solo alza la diestra para
bendecir, para absolver, para derramar la indulgencia divina sobre todas las
criaturas, sea cual sea su raza, sea cual sea su religión.
*
* *
Aquí, un breve
paréntesis, ocioso, según parecerá a quienes me conocen, pero que, no obstante,
me empeño en hacer, previendo, sin demasiada perspicacia, de qué naturaleza
será la réplica antisemita y, a juzgar por la calumnia de ayer, la calumnia de
mañana.
Aunque, según ciertos
sectarios, pertenezco a la «prensa vil»; aunque esté —¡eso es bien sabido!— «a
sueldo» de la rue Laffitte, tendré el cinismo de declarar que he emprendido
esto por mi propia iniciativa. No he escrito este artículo «por encargo», lo he
propuesto por mi cuenta, porque a veces tengo ideas que nadie me inspira y que
pongo en práctica porque me gusta..., ¡por amor al arte!
Me he concedido este
lujo inaudito de hacer una obra de misericordia para con los judíos, sin que me
paguen —la precisión del término no me asusta— los israelitas... mi socialismo
no se detiene en cuestiones de creencia u origen, ¡no reconoce otro enemigo que
el acaparador, youtre o goym! Es el ladrón de los pobres... .
¡eso me basta!
Y todos los pobres son
míos: lamentables hebreos errantes por la estepa, atravesando Europa a pie,
tirando, como bestias de carga, de la rienda de los carros donde se amontonan
sus enfermos, sus ancianos, sus niños, unas pocas harapos que escaparon al
desastre; y desplomándose, extenuados, en el patio del gran rabino, en París,
agotados por el cansancio, tambaleándose por la inanición... ¡miserables
despojados por los financieros católicos de allá, como son despojados aquí, por
sus correligionarios ricachones, los campesinos y los trabajadores de la
cristiandad!
¿Qué vienen a hablar
de guerra de razas, de guerra de religión?... —¡Tengo hambre! —dice el pobre. Y
un eco quebrado, distorsionado, pero altivo, responde desde el Vaticano: —¡Todos los bienes de la naturaleza, todos
los tesoros de la gracia pertenecen, en común y sin distinción, a toda la
humanidad! (Encíclica del 15 de mayo de 1891, cap. III.)
*
* *
He llegado aquí sin
recomendaciones, sin apoyos; no tengo más aliada que mi tenaz voluntad y una
carta de un compañero dirigida a un alto dignatario de la Santa Sede.
Pero creo en ese magnetismo
que se ejerce a través de la distancia y el tiempo, que acorta a una, suprime
al otro; en la influencia de ese ardiente deseo que impregna la atmósfera entre
la meta y el esfuerzo; que acerca a unos de otros, fatalmente, sin que haya
nada que hacer más que hipnotizar su sueño...
Y aquí estoy sentada
en una de las salas del Vaticano, perdida en la inmensa estancia, idéntica, con
mi vestido negro, mi velo negro, la ausencia de la más humilde joya y mis manos
sin guantes, a todas las devotas que vienen solo a satisfacer su piadosa
curiosidad. Su corazón, sin duda, no late más fuerte que el mío y Dios sabe,
sin embargo, que este permanecería tranquilo si los azares del oficio me
llevaran al palacio de cualquier monarca. Sé lo que valen los cetros y lo que
pesan las coronas, bajo el puño pesado de la multitud o el dedo ligero del
destino.
¡Pero el Papa!...
Todos los recuerdos de mi piadosa infancia se alzan como una bandada de
gorriones entre la hierba de un cementerio. Ayer, ¿no le dije al clérigo que me
explicaba el ceremonial del triple saludo (uno en la puerta; uno en medio de la
sala, uno ante el sillón del Santo Padre): « ¿Como en el mes de María,
entonces?», recordando la época en que estaba de guardia en la capilla,
encargada de cambiar las flores y fomentando revueltas —¡ya entonces!— entre
dos Ave Marías.
Él me miró,
alegremente sorprendido, y luego con una inclinación de cabeza indulgente: «Sí;
¡como en el mes de María!».
Mi gran temor es
cometer algún desliz; no es que haya en ello ni una pizca de vanidad, ni me
acuse en absoluto de ser una experta en etiqueta, sino porque cualquier
descuido podría pasar —por mi parte— por una afectación hiriente y de gusto
odioso. Por eso, me repito a mí misma las fórmulas, como los respuestas del
catecismo antes de la recitación... ¡en otros tiempos!
¡Qué inmenso es este
Vaticano, para llegar a la zona restringida donde vive confinado el Papa! ¡Y
qué alto, sobre todo! Hay que subir la escalinata de la entrada, recorrer la
galería monumental donde conversan los guardias suizos, vestidos aún como los
mercenarios de Julio II; subir la escalera de mármol —¡tres pisos que bien
valen seis!—, atravesar el Cortile San—Damaso; subir otros tres pisos,
igualmente con el doble de altura; y atravesar tantas salas que a uno le da
vueltas la cabeza y acaba por no distinguir nada.
Solamente vislumbré,
de pasada, en un maravilloso tapiz, a Cristo acogiendo a la pecadora acurrucada
a sus pies, buscando refugio contra la crueldad humana...
De repente, en esa
soledad y ese silencio, un cañonazo, discordante como una nota falsa. Les anuncia
a los romanos que es mediodía. Y he aquí que le responden, trotando unas tras
otras como ancianas que corren a misa, todos los relojes del antiguo palacio.
Hay algunas vivaces y otras lentas, algunas alertas y otras cansadas; las
pequeñas con timbre agudo, las grandes con voz de contralto.
Es un carillón
familiar y de una gracia ingenua.
Un deslizamiento de
suelas sobre el pavimento de mármol que brilla como si estuviera mojado; un
murmullo de sílabas apenas distinguibles, en ese idioma ya de por sí tan
melodioso; una sotana que se inclina y espera, luego camina hacia delante, se
postra en el umbral de una habitación contigua, se desvanece, parece
desaparecer en la pared...
Es mi turno de
audiencia.
Entro, me inclino tres
veces; una mano toma la mía, me levanta suavemente:
«Siéntese, hija mía, y
sea bienvenida...»
*
* *
Muy pálido, muy
erguido, muy delgado, apenas perceptible a la vista, tan poca materia terrenal
queda en esa envoltura de tela blanca, el Santo Padre está sentado, al fondo de
la sala, en un amplio sillón adosado a una consola coronada por un Cristo
doloroso.
La luz, procedente de
frente, cae de forma perpendicular sobre ese admirable rostro de prelado
latino, resaltando sus planos, las sutilezas del modelado, la estructura
«primitiva», en el sentido pictórico de la palabra, vivificada, animada,
galvanizada por así decirlo por un alma tan juvenil, tan vibrante, tan
combativa por el bien, tan comprensiva de las miserias morales, tan compasiva
ante las angustias físicas, que la mirada sorprende, parece un amanecer
milagroso que se impone sobre el ocaso del día...
Únicamente el
incomparable retrato de Chartran puede dar una idea de esa agudeza de visión.
Pero aún así es de un brillo un tanto suntuoso, y toda la púrpura que
resplandece tras la sotana nívea imprime en las mejillas un reflejo, en las
pupilas una chispa que se suavizan en la realidad.
Para expresar mi
impresión, diré que me pareció que el Papa era «más blanco»; de un resplandor
más íntimo y conmovedor; menos soberano, más apostólico —¡casi un ancestro!
Una bondad tierna,
tímida, al parecer, se esconde en el fruncimiento de los labios, y solamente se
delata en la sonrisa. Y, al mismo tiempo, la nariz larga y firme revela la
voluntad, una voluntad inflexible —¡que sabe esperar!
León XIII se asemeja a
los modelos de Perugino y a todos esos retratos de donantes que se ven en los
cuadros de santidad, en las vidrieras de las antiguas catedrales, arrodillados,
de perfil, con sus trajes de lana, los dedos extendidos y humildemente unidos,
entre las apoteosis, las Natividades, el triunfo de los santos y la gloria de
Dios.
Me parece también que
encarna el escudo de su casa, el blasón de los Pecci, con su estatura tan
esbelta, tan altiva como el pino que se recorta en forma de i sobre el cielo
azul, y, entre sus párpados, ¡esa claridad de estrella matutina y precursora
del alba que tiembla en la copa del gran árbol heráldico!
Pero lo que, casi
tanto como el rostro, atrae y retiene la atención, son las manos; manos largas,
finas, diáfanas, de una pureza de trazo incomparable; manos que parecen, con
sus uñas de ágata, exvotos de un marfil muy precioso, sacados de su estuche
para alguna fiesta.
La voz es como lejana,
exiliada por el uso de la oración, más acostumbrada a elevarse hacia el cielo
que a descender hacia nosotros. Y, sin embargo, en la conversación, vuelve, con
algún que otro recuerdo de entonación mayor que interrumpe su canto gregoriano.
Entonces, un detalle,
una costumbre del terruño, confiere a las palabras pronunciadas un sabor
particular, las especias de la nacionalidad. Mientras el pontífice se expresa
de forma muy correcta, muy elegante en francés, en cualquier momento resurge la
exclamación italiana por excelencia: «Ecco!»
(¡Eso es!), haciendo chocar sus dos sílabas, como un ligero latigazo que activa
o desvía la conversación.
Y las palabras,
dóciles, se lanzan al galope, se desvían, llevan adonde le place ir al Santo
Padre.
*
* *
Lo sigo
respetuosamente, anotando de memoria, sobre la marcha, las respuestas que bien
quiere darme, provocándolas con una breve pregunta cuando puedo; observando
cuánto su pensamiento, de esencia siempre evangélica, reviste de buen grado el peplum latino, se traduce en períodos
cadenciosos, armoniosos, revelando al delicado y docto letrado.
Como yo hablé de Jesús
perdonando a sus verdugos, alegando su ignorancia como excusa de su ferocidad;
como pregunté si, ante todo, no era deber cristiano imitar su ejemplo:
«—Cristo —dice León XIII— derramó su sangre
por todos los hombres, sin excepción; y más aún por aquellos que, al no creer
en él y obstinarse en ese desconocimiento, eran los que más necesitaban ser
redimidos. A su Iglesia le encomendó una misión para con ellos: llevarlos de
vuelta a la verdad...»
—¿Por la persuasión o
por la persecución, Santo Padre?
«¡Por la persuasión!», responde con vivacidad
el Pontífice. La tarea de la Iglesia es, y no es más que la dulzura y la
fraternidad. Es el error lo que debe alcanzar, lo que debe esforzarse por
derribar; pero toda violencia hacia las personas es contraria a la voluntad de
Dios, a sus enseñanzas, al carácter del que estoy revestido, al poder del que
dispongo».
—Entonces, ¿la guerra
de religiones?...
«—¡Esas dos palabras
no van juntas!».
Y la mano que lleva el
anillo episcopal hizo un gesto imperativo.
—Queda, Santo Padre,
la guerra de razas...
«—¿Qué razas? Todas proceden de Adán, a quien
Dios creó. ¿Qué importa que los individuos, según las latitudes, tengan un tono
de piel diferente, un aspecto distinto, si sus almas son de la misma esencia,
amasadas por el mismo rayo? Si enviamos misioneros a los infieles, a los
herejes, a los salvajes, es porque todos los humanos, todos, ¿me oye usted
bien?, son criaturas de Dios! Hay quienes tienen la suerte de tener la Fe y
quienes a quienes tenemos el deber de dársela, ¡eso es todo! Son iguales ante
el Señor, ya que su existencia es obra de su voluntad común.»
Luego, el Pontífice
añade:
«—Incluso cuando
existía el gueto en Roma, nuestros sacerdotes lo recorrían en todas
direcciones, conversando con los israelitas, esforzándose por conocer sus
necesidades, cuidando a sus enfermos, tratando de inspirarles la confianza
suficiente para llegar a discutir los textos, ¡para convertirlos, en fin!».
—¿Y cuando la plebe
quería masacrar a los judíos?
«—Los judíos se ponían
bajo la protección del Papa... ¡y el Papa extendía sobre ellos su protección!»
*
* *
«Sólo que —continúa el Santo Padre—, si la
Iglesia es una madre indulgente, con los brazos siempre abiertos, tanto para
los que llegan a ella como para los que vuelven a ella, no se deduce que los
impíos que la rechazan deban ser sus preferidos. No siente ira contra ellos,
son su dolor, su llaga, pero reserva sus predilecciones para los fieles que la
consuelan, que son para ella hijos piadosos y fervientes. En fin, si la Iglesia
tiene la misión de defender a los débiles, también tiene la misión de
defenderse a sí misma contra todo intento de opresión. Y he aquí que, tras
tantas otras plagas, ha llegado el reinado del dinero...»
El sucesor de San
Pedro enderezó aún más su torso y, con la mirada de repente dura:
«—¡Quieren vencer a la Iglesia y dominar al
pueblo mediante el dinero! ¡Ni la Iglesia ni el pueblo lo permitirán!»
—Entonces, Santo
Padre, ¿los grandes judíos?...
Bajo el velo de los
párpados, el brillo ha desaparecido. Y, de repente descolorida, la voz
responde:
«—Yo estoy con los pequeños, los humildes,
los desposeídos, aquellos a quienes Nuestro Señor amó...»
Entiendo que se ha
acabado el tema y no insisto. Por otra parte, ahora León XIII habla de Francia,
del profundo cariño que le profesa, de su deseo de verla prosperar bajo
cualquier gobierno que haya elegido.
Y de repente, sin
previo aviso, con una malicia que aparece de pronto en las comisuras de su
boca, en el rabillo de sus ojos:
«—¿Y en su país, qué se piensa del Papa?
¿Están contentos con él?»
—Santo Padre...
Es que no sé qué
responder, en verdad. Él ve mi desconcierto y, con bonhomía, frotándose sus
largas manos pálidas:
«—¡Vamos, vamos! ¡No tenga miedo!»
Reúno mi valor:
—Santo Padre, ¿me permite
emplear ante usted un término muy atrevido?
«—¡Vamos, vamos!»
—¡Pues bien! Si los
monárquicos le guardan rencor al Papa, los republicanos del Gobierno lo
detestan... ¡es «la competencia»!
Una risita muy leve,
velada, discreta, acoge la palabra.
«—¿Y los socialistas?»
—Para los socialistas
del Gobierno, los altos mandos, ¡otra vez la competencia!
«—¿Y el pueblo?»
—¿El pueblo? Nunca me
atrevo a hablar en su nombre. Es más bien indeciso, creo, vagamente
desconfiado... ¡tanto lo han engañado!
Pero, aun así, le
sorprende que un Papa se ocupe de él... ¡y que someta a los cardenales!
Las largas manos
pálidas acentúan su gesto de satisfacción. Y, sonriendo:
«—¡Pero yo no quiero ser rey de Francia!
(sic).»
*
* *
Ahora, sin que me
atreva a interrumpirlo, la voz débil, sola, rompe el silencio:
«—¿Cuándo comprenderán, todos ellos, que la
Iglesia no quiere, no tiene por qué hacer política, que pretende permanecer
ajena a ella, mantenerse resueltamente al margen? Mi Maestro dijo: «Mi reino no
es de este mundo». ¡Pues el mío tampoco! Aspiro al dominio de las almas, porque
quiero su salvación, porque deseo el reino de la fraternidad entre los hombres,
el olvido de las discordias, el advenimiento de la santa paz, de la santa
piedad. ¡Pero nada más que eso... únicamente eso!».
El anciano de alta
estatura está casi de pie, y sus ojos, aún más luminosos, se nublan.
Se ha callado.
Entonces, muy rápido, casi en voz baja, contenta como estaba de oír hablar bien
de Francia, en esta ciudad oficialmente llena de otras tendencias:
—Santo Padre, ¿sabe
usted de ese abate Jacot, ese renegado, ese alsaciano-lorenés que predica a los
nuestros de allá el olvido de la patria, y se jacta de ser el intérprete de los
mandamientos del Santo Padre? ¿Es cierto? ¿Aprueba usted su acto?
«—Lo deploro... responde gravemente el
pontífice. Amo a Francia. Hacia ella se dirigen siempre mi mirada cuando mi voz
se eleva desde el fondo de estas habitaciones donde deambulo desde hace quince
años... ¡sin salir jamás!
¡Sin salir jamás!, repitió melancólicamente, ese cautivo sin
paja ni calabozo, prisionero de su sola dignidad, pero más atado por esos lazos
invisibles que por las pesadas cadenas de hierro.
Me inclino para
despedirme; la larga mano pálida se posa suavemente sobre mi frente:
«—¡Anda, hija mía, y que Dios te guarde!...»
LE FIGARO, jueves 4 de agosto de
1892
LE PAPE ET L’ANTISÉMITISME
INTERVIEW DE LÉON XIII
Séverine est en ce
moment à Rome où elle est allée, pour Le
Figaro, demander à S. S. Léon XIII ce qu’il fallait penser de la question antisémitique.
Cette idée, qui nous a
séduit par son originalité, et pour le développement de laquelle nous avons
laissé, bien entendu, toute liberté à son auteur, nous a valu la très curieuse
page que voici sur le Souverain Pontife et le Vatican, avec des déclarations
papales du plus haut intérêt.
Rome, 3 août 1892.
Alors que l’Antisémitisme
fait état d’orthodoxie, tend à se présenter, sinon comme une inspiration de l’Église,
du moins comme son émanation, il m’a semblé d’un puissant intérêt d’aller voir,
à ce propos, le chef suprême de l’Église, celui qui lie et délie, le pilote
incontesté des consciences catholiques.
Je n’ai pas été
demander au Saint-Père de se prononcer —la situation politique du Pape l’éloigne,
et cela se conçoit, de tout débat où son veto
n’est pas immédiatement nécessaire, de toute intervention susceptible de
soulever des discussions, des polémiques, d’émouvoir l’irritabilité de telle ou
telle puissance, de tel ou tel parti, en dehors des questions strictement
techniques, traitant des points de dogme ou des intérêts de la foi.
En un mot, je ne me
suis pas attachée à connaître ce que Léon XIII désapprouve...
seulement, ce qu’il n’approuve pas!
Voici, au premier
abord, une casuistique qui m’est peu familière; ma netteté s’accommodant mal, d’habitude,
de si subtiles distinctions mais cela se gagne, en Cour de Rome!
Tout ici procède par
demi-teintes, par gradations de nuances à peine indiquées, et dépassant
rarement le médium sur l’échelle ascendante, vers l’accentuation. De même qu’au
Vatican, dans la pénombre des salles, chacun marche sourd, chacun parle
étouffé, de même, aussi, chacun y pense tout bas. Les pas s’y raccourcissent et l’initiative y
replie ses ailes, volontairement, s’astreignant à évoluer dans le cadre étroit
du domaine ecclésiastique.
De là, l’éclat retentissant, l’extraordinaire
envolée, lors de chaque exception à cette règle, de chaque rupture de cette
réserve, de chaque acte decisive —il est fait d’élans refoulés, d’essors
contenus!
Il faut donc lire
entre les lignes, écouter entre les paroles...
J’aurais honte, je
considérerais comme indigne et déloyal de prêter au Saint-Père un seul mot qui
ne soit rigoureusement exact, ni même d’amplifier ce qu’il lui a plu de me
répondre. Or, si, pas une fois, il n’a dit: «Je blâme», dix fois en une heure,
il a dit: «Je n’approuve pas.»
Je laisse aux
catholiques le soin de tirer de cette attitude telle conclusion qui leur
plaira.
Pour ma part, en
dehors, en dépit de mes opinions —peut-être justement à cause d’elles— j’ai le
respect de toute chose grande, même si elle va à l’encontre du mien idéal, ou
si elle en diffère par quelque point. Et je préférerais perdre les meilleurs
arguments du monde qu’ajouter une affliction à celles de ce roi sans trône, de
ce vieillard si touchant et si auguste, ignorant de l’anathème, ne levant la
dextre que pour bénir, pour absoudre, pour épandre l’indulgence divine sur
toutes les créatures quelle que soit leur race, quelle que soit leur religion!
*
* *
Ici, une brève
parenthèse, oiseuse, semblera-t-il à ceux qui me connaissent, mais que je tiens
quand même à faire, prévoyant, sans trop de perspicacité, de quelle nature sera
la riposte antisémite et, d’après la calomnie d’hier, la calomnie de demain.
Quoique, d’après certains sectaires, j’appartienne à la «presse vile»; quoique je sois——cela est bien connu! —«stipendiée» par la rue Laffitte, j’aurai le cynisme de déclarer que j’ai entrepris ceci de mon seul mouvement. Je n’ai pas écrit cet article «sur commande», je l’ai proposé de moi—même, parce que j’ai parfois des idées que personne ne m’inspire et que je mets à exécution parce que cela me plaît...... pour l’amour de l’art!
Je me suis offert ce
luxe inouï de faire œuvre de miséricorde envers les juifs, sans me faire payer —la
précision du terme ne m’effraie pas— par les israélites.... mon socialisme ne s’attardant point aux
questions de croyance ou d’origine, ne reconnaissant d’autre ennemi que l’Accapareur,
youtre ou goym! Il est le voleur des pauvres... cela me suffit!
Et tous les pauvres sont miens:
lamentables Hébreux errant dans le steppe, traversant l’Europe à pied, tirant,
comme des bêtes de somme, sur le licol des charrettes où sont entassés leurs
malades, leurs vieillards, leurs enfants, quelques nippes échappées au
désastre; et s’abattant, exténués, dans la cour du grand—rabbin, à Paris,
fourbus de fatigue, chancelants d’inanition——misérables spoliés par les financiers
catholiques de là-bas, comme sont spoliés, ici, par leurs coreligionnaires
richissimes, les paysans et les travailleurs de la chrétienté!
Que vient-on parler de
guerre de races, de guerre de religion?... —J’ai faim!...
dit le pauvre. Et un
écho brisé, distendu, hautain cependant, répond, du Vatican: —Tous les biens de la nature, tous les
trésors de la grâce appartiennent, en commun et indistinctement, à tout le genre humain! (Encyclique du 15 mai 1891, ch. III.)
*
* *
Je suis arrivée ici
sans recommandation, sans appui; je n’ai d’autre alliée que ma volonté tenace
et une lettre d’un camarade pour un haut dignitaire du Saint-Siège.
Mais je crois à ce
magnétisme qui s’exerce à travers la distance et le temps, qui abrège l’une,
supprime l’autre; à l’influence de ce vouloir ardent dont s’imprègne l’atmosphère
entre le but et l’effort; qui rapproche l’un de l’autre, fatalement, sans qu’on
ait rien à faire qu’hypnotiser son rêve...
Et me voici assise dans l’une des salles du Vatican, perdue dans la pièce immense, toute semblable, avec ma robe noire, mon voile noir, l’absence du plus humble bijou, et mes mains dégantées, à toutes les dévotes qui viennent, seulement satisfaire leur pieuse curiosité. Leur cœur, certes, ne bat pas plus fort que le mien et Dieu sait, pourtant, ce que celui-ci demeurerait calme si les hasards du métier me menaient dans le palais de n’importe quel monarque. Je sais ce que valent les sceptres et ce que pèsent les couronnes, sous le poing lourd de la foule ou le doigt léger du destin!
Mais le Pape!... Tous
les souvenirs de ma pieuse petite enfance se lèvent comme un vol de moineaux
dans les herbes d’un cimetière. Hier, n’ai-je pas dit à l’ecclésiastique qui m’expliquait
le cérémonial du triple salut (un à la porte; un au milieu de la salle, un
devant le fauteuil du Saint-Père): «Comme au mois de Marie, alors?» me rappelant
le temps où j’étais de garde dans la chapelle, chargée du renouvellement
des fleurs et fomentant des révoltes —déjà!— entre deux Ave.
Il m’a regardée,
surpris gaiement, puis avec une inclinaison de tête indulgente: «Oui; comme au
mois de Marie!»
C’est ma grande peur de commettre quelque impair; non que j’y apporte ombre d’amour-propre, ne me taxant aucunement d’être ferrée sur l’étiquette, mais parce que toute négligence pourrait passer —de ma part— pour une affectation blessante et de goût odieux. Aussi, je me répète à moi-même les formules, comme les répons du catéchisme avant la récitation... autrefois!
Que c’est immense, ce
Vatican, pour arriver à atteindre la partie restreinte où le Pape vit confiné!
Que c’est haut, surtout! Il faut gravir le perron d’entrée, longer la galerie
monumentale où devisent les gardes suisses, vêtus encore comme les reîtres de
Jules II; monter l’escalier de marbre —trois étages qui en valent bien six! —franchir
le Cortile San-Damaso; regrimper trois autres étages, également de valeur double;
et traverser des salles en si grand nombre que la tête vous tourne et qu’on finit par ne plus distinguer rien!
J’ai entrevu
seulement, au passage, sur une merveilleuse tapisserie, le Christ accueillant
la pécheresse blottie à ses pieds, y cherchant refuge contre la cruauté
humaine...
Tout à coup, dans cette solitude et ce silence, un coup de canon, discordant comme une fausse note. Il apprend aux Romains qu’il est midi. Et voici que lui répondent, trottinant les unes après les autres comme des vieilles femmes courant à la messe, toutes les pendules de l’antique palais. Il en est de vives et de lentes, d’alertes et de fatiguées; des petites au timbre aigu, des grosses à voix de contralto.
C’est un carillon
familier et d’une grâce ingénue.
Un glissement de
semelles sur le pavé de marbre luisant comme s’il était mouillé; un murmure de
syllabes à peine distinctes, en cet idioma déjà si mélodieux; une soutane qui s’incline
et attend, puis marche devant, se prosterne au seuil d’une pièce voisine, s’efface,
semble disparaître dans le mur...
C’est mon tour d’audience.
J’entre, m’incline trois fois;
une main prend la mienne, me relève doucement:
«—Asseyez-vous, ma fille, et soyez la bienvenue...»
*
* *
Très pâle, très droit, très mince, à peine accessible au regard, tant il reste peu de matière terrestre en cette gaine de drap blanc, le Saint-Père siège, au fond de la pièce, dans un vaste fauteuil adossé à une console que surmonte un Christ douloureux.
La lumière, venant de
face, tombe d’aplomb sur cet admirable visage de prélat latin, en fait
ressortir les méplats, les finesses de modelé, la
structure «primitive», au sens pictural du mot, vivifiée, animée, galvanisée pour ainsi dire par une
âme si juvénile, si vibrante, si combative pour le bien, si compréhensive des
misères morales, si pitoyable aux détresses physiques, que le regard étonne,
semble une aube miraculeuse surmontant un déclin de jour...
L’incomparable
portrait de Chartran peut seul donner idée de cette acuité de vision. Mais
encore est-il d’un éclat un peu bien somptueux, et toute la pourpre qui
flamboie derrière la soutane neigeuse met-elle aux joues un reflet, aux
prunelles une étincelle qui s’adoucissent dans la réalité.
Pour rendre mon impression, je
dirai que j’ai trouvé le Pape «plus blanc»; d’un rayonnement plus intime et
plus émouvant; moins souverain, davantage apôtre —presque aïeul!
Une bonté attendrie, timide,
semblerait—il, est tapie dans la moue des lèvres, se dénonce seulement dans le
sourire. Et, en même temps, le nez long, solide, révèle la volonté, une volonté
inflexible —qui sait attendre!
Léon XIII ressemble aux modèles du Pérugin et à tous ces portraits de donateurs qu’on voit dans les tableaux de sainteté, sur les vitraux des antiques cathédrales, agenouillés, de profil, en leurs habits de laine, les doigts allongés et humblement rejoints, parmi les apothéoses, les Nativités, le triomphe des saints et la gloire de Dieu.
Il me paraît aussi
incarner les armes de sa maison, le blason des Pecci, avec sa taille aussi
svelte, aussi altière que le pin qui se silhouette en i sur le ciel bleu, et,
entre ses paupières, cette clarté d’étoile matutinale et précurseuse d’aurore
qui tremble à la cime du grand arbre héraldique!
Mais ce qui, presque
autant que le visage, attire et reticent l’attention, ce sont les mains; des
mains longues, fines, diaphanes, d’une pureté de dessin incomparable; des mains
qui semblent, avec leurs ongles d’agate, des exvoto d’un ivoire très précieux,
sortis pour quelque fête de leur écrin.
La voix est comme lointaine,
exilée par l’usage de la prière, plus accoutumée à monter vers le ciel qu’à
descendre vers nous. Et, pourtant, dans la causerie, elle revient, avec, de-ci,
de-là, un ressuvenir d’intonation majeure qui en coupe la mélopée grégorienne.
Puis un rien, une
habitude du terroir donne aux propos tenus une saveur particulière, les épices
de nationalité. Alors que le pontife s’exprime très correctement, très
élégamment en français, à toute minute l’exclamation italienne par excellence:
«Ecco!» (Voilà!) revient, fait
claquer ses deux syllabes, comme un léger coup de fouet qui active ou détourne
la conversation.
Et les mots, dociles, prennent le
galop, bifurquent, mènent où il plaît au Saint-Père d’aller.
*
* *
Je le suis
respectueusement, notant au passage, de mémoire, les réponses qu’il veut bien
me faire, les provoquant d’une breve interrogation lorsque je le puis;
remarquant combien sa pensée, d’essence toujours évangélique, revêt volontiers
le peplum latin, se traduit en périodes cadencées, harmonieuses, révélant le
délicat et docte lettré.
Comme j’ai parlé de
Jésus pardonnant à ses bourreaux, alléguant leur ignorance pour excuse à leur
férocité; comme j’ai demandé si, avant toute chose, il n’était pas du devoir
chrétien d’imiter son exemple:
«—Le Christ, dit Léon XIII, a versé son sang pour tous les hommes, sans exception; et même de préférence pour ceux qui, ne croyant pas en lui, s’obstinant dans cette méconnaissance, avaient le plus besoin d’être rachetés. Envers ceux-là, il a laissé une mission à son Église: les ramener à la vérité...»
—Par la persuasion ou
la persécution, Saint-Père?
«—Par la persuasion! répond avec vivacité le Pontife. La tâche de l’Église est, n’est que douceur et fraternité. C’est l’erreur qu’elle doit atteindre, s’efforcer d’abattre; mais toute violence envers les personnes est contraire à la volonté de Dieu, à ses enseignements, au caractère dont je suis revêtu, au pouvoir dont je dispose.»
—Alors, la guerre de
religion?...
«—Ces deux mots—là ne vont pas ensemble!»
Et la main qui porte l’anneau
épiscopal a fait un geste impératif.
—Reste, Saint-Père, la
guerre de races...
«—Quelles races? Toutes sont issues d’Adam,
que créa Dieu. Que les individus, suivant les latitudes, aient un teint
différent, un aspect dissemblable, qu’importe cela, puisque leurs âmes sont de
même essence, pétries du même rayon? Si nous envoyons des missionnaires chez
les infidèles, chez les hérétiques, chez les sauvages, c’est parce que tous les
humains, tous, vous entendez bien, sont des créatures de Dieu! Il y a celles
qui ont le bonheur d’avoir la foi et celles auxquelles nous avons le devoir de
la donner, voilà tout! Elles sont égales devant le Seigneur, puisque leur
existence est l’œuvre de sa commune volonté.»
Puis le Pontife
ajoute:
«—Même quand le Ghetto existait à Rome, nos
prêtres le sillonnaient en tous sens, causant avec les israélites, s’appliquant
à connaître leurs besoins, soignant leurs malades, s’efforçant de leur inspirer
assez confiance pour parvenir à discuter les textes, à les convertir, enfin!»
Et quand la populace
voulait massacrer les juifs?
«—Les juifs se mettaient sous la protection
du Pape... et le Pape étendait sur eux sa protection!»
*
* *
«Seulement, reprend le Saint-Père, si l’Église
est une mere indulgente, aux bras toujours ouverts, pour ceux qui lui arrivent comme pour ceux qui lui reviennent, il ne s’ensuit
pas que les impies qui se refusent à elle doivent être ses préférés. Elle est
sans colère contre eux, ils sont sa douleur, sa plaie, mais elle garde ses prédilections
pour les fidèles qui la consolent, qui lui sont des fils pieux et fervents.
Enfin, si l’Église a mission de défendre les faibles, elle a mission aussi de
se défendre elle-même contre toute tentative d’oppression.
Et voici qu’après tant d’autres fléaux, le règne de l’argent est
venu...»
Le successeur de saint Pierre
raidit plus encore son torse droit et, le regard soudainement dur:
«—On veut vaincre l’Église et dominer le peuple par l’argent! Ni l’Église
ni le peuple ne se laisseront faire!»
—Alors, Saint-Père, les grands
Juifs?...
Sous le voile des
paupières, la lueur a disparu. Et, décolorée soudain, la voix répond:
«—Je suis avec les petits, les humbles, les
dépossédés, ceux que Notre-Seigneur aima...»
Je comprends que c’en
est fini sur ce sujet, et n’insiste pas. D’ailleurs, maintenant, Léon XIII
parle de la France, de la tendresse profonde qu’il lui porte, de son désir de
la voir prospère sous quelque gouvernement qu’elle ait
choisi.
Et brusquement, sans préparation,
avec une malice apparue soudain aux angles de sa bouche, aux coins de ses yeux:
«—Et chez vous, que pense-t-on du Pape? Est-on
content de lui?»
—Saint-Père...
C’est que je ne sais
quoi répondre, en vérité. Il voit
mon embarras, et avec bonhomie frottant ses longues mains pâles:
«—Allez, allez! N’ayez pas peur!»
Je rassemble mon courage:
—Saint-Père, voulez-vous me
permettre d’employer envers vous un terme très hardi?
«—Allez, allez!»
—Eh bien! si les
monarchistes en veulent au Pape, les républicains de gouvernement
l’exècrent... il est «la concurrence»!
Un tout petit rire, tout voilé,
tout discret, accueille le mot.
«—Et les socialistes?»
—Pour les socialistes
de gouvernement, les états-majors, encore la concurrence!
«—Et le peuple?»
—Le peuple? Jamais je
ne me permets de parler en son nom. Il
est plutôt indécis, je crois, vaguement méfiant... il a tant été trompé!
Mais tout de même, ça
l’étonne, un Pape qui s’occupe de lui... et qui soumet les
cardinaux!
Les longues mains pâles
accentuent leur geste satisfait. Et, souriant:
«—Je ne veux pourtant pas être roi de France! (sic).»
*
* *
Maintenant, sans que j’ose l’interrompre,
la grêle voix, seule, troue le silence:
«—Quand donc comprendront-ils, tous, que l’Église ne veut pas, n’a pas à faire de politique, qu’elle entend y demeurer étrangère, s’en tenir résolument écartée? Mon Maître a dit: «Mon royaume n’est pas de ce monde.» Donc, le mien non plus! J’aspire à la domination des âmes, parce que je veux leur salut, parce que je souhaite le règne de la fraternité entre les hommes, l’oubli des discordes, l’avènement de la sainte paix, de la sainte pitié! Mais rien que cela.....cela seulement!»
Le haut vieillard est presque
debout, et ses yeux, plus lumineux encore, s’ourlent d’une brume.
Il s’est tu. Alors, très vite, presque bas, contente que j’ai été d’entendre bien
parler de la France, dans cette ville toute pleine officiellement
d’autres tendances:
—Saint-Père, vous
savez, cet abbé Jacot, ce renégat, cet Alsacien-Lorrain qui prêche aux nôtres
de là-bas l’oubli de la mère-patrie, il se vante d’être l’interprète de vos
commandements? Est-ce vrai? Approuvez-vous son acte?
«—Je le déplore... répond gravement le pontife.
J’aime la France. C’est vers elle que mes yeux se tournent toujours quand ma
voix s’élève du fond de ces chambres où j’erre depuis
quinze ans... sans jamais sortir!»
Sans jamais sortir! A-t-il
répété mélancoliquement, ce captif sans paille ni cachot, prisonnier de sa
seule dignité, mais plus entravé par ces invisibles liens que par les lourdes
chaînes de fer.
Je m’incline pour
prendre congé; la longue main pâle se pose doucement sur mon front:
«—Allez, ma fille, et que Dieu vous garde!...»
LE FIGARO, Jeudi 4 Août 1892


