miércoles, 11 de febrero de 2026

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Tercera parte

Grandes dolores en pequeñas canciones...

 

Tenía un vecino al que conocía; incluso había utilizado algunas veces sus versos.

Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra vida, ya que él mismo representaba al homo duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón; y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía corazón: sobre los hermosos ojos de mi amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada, hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar. Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.

Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra, y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.

Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas: los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que pertenecía.

Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida, apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única, también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones procedentes del más allá.

El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones, salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan, mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales; para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los poetas, Baudelaire estaba solo.

 

Baudelaire y Edgar Allan Poe

 

A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en Europa, sino en el Nuevo Mundo.

Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un huésped de Dreamland, de Tule, donde hay montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico, una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos, desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia. La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por ser incapaces de retenerlas en su plenitud. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone“Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal vez, a la eternidad…”.

¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo; escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un acento de inmortalidad”.

Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la intimidad de su obra, Poe había muerto.

 

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive

 

De grandes douleurs dans de petites chansons…

 

Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était servi quelquefois de ses vers.

Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers: à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.

Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles. L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement, il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il irait la laver.

Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre. Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les Nazaréens, dont il était.

Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à sourire. Une larme sur un champ de rire, c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine, contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des vibrations venues de l’au-delà.

Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.


Baudelaire et Edgar Poe

 

Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.

Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés, depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même, ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone«Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à la seule éternité...»

Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu, épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»; contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves; sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord, en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un accent d’immortalité».

         Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.