miércoles, 24 de abril de 2019

Marcel Proust: El tiempo recobrado. Pastiche de Edmond de Goncourt

PASTICHE DEL JOURNAL DE EDMOND DE GONCOURT
en EL TIEMPO RECOBRADO

Anteayer cayó por aquí, para llevarme a cenar a su casa, Verdurin, el antiguo crítico de La Revue, el autor de ese libro sobre Whistler en que realmente el hacer, el coloreado artista del original americano se ve a menudo expresado con una gran delicadeza por el amante de todos los refinamientos, de todas las preciosidades de la cosa pintada que es Verdurin. Y mien-tras yo me visto para seguirlo, él, por su parte, se pone a hacerme todo un relato en el que, por momentos, hay algo así como el deletreo temeroso de una confesión sobre el renun-ciamiento a escribir inmediatamente después de su casamiento con la “Madeleine” de Fromentin, renunciamiento que sería debido al hábito de la morfina y habría tenido el efecto, según dice Verdurin, de que la mayor parte de quienes frecuentan el salón de su mujer, como ni siquiera sabían que el marido hubiese escrito alguna vez, le hablaban de Charles Blanc, de Saint-Victor, de Sainte-Beuve, de Burty, como de individuos a quienes lo creían, a él, completamente inferior. “Vamos, Goncourt, usted bien sabe, y Gautier también lo sabía, que mis crónicas eran algo muy distinto de esos lamentables Maestros de antaño que en la familia de mi mujer todos creían una obra maestra”. Luego, en un crepúsculo en el que hay, cerca de las torres del Trocadero, algo así como el último encenderse de un resplandor que hace de ellas torres absolutamente iguales a las torres untadas de jalea de grosella de los antiguos pasteleros, la charla continúa en el coche que debe conducirnos al Quai Conti, donde está su residencia, de la que su poseedor afirma que era la antigua residencia de los embajadores de Venecia y en la que habría al parecer un salón fumador del que Verdurin me habla como de la sala transportada tal cual, a la manera de las Mil y una noches, de un célebre palazzo cuyo nombre se me olvida, palazzo en el cual el brocal del pozo representa una coronación de la Virgen que, según sostiene Verdurin, es el más hermoso Sansovino, y que serviría a sus invitados para arrojar en él la ceniza de sus cigarros. Y por cierto, cuando llegamos, en lo glauco y lo difuso de un claro de luna realmente parecido a aquellos con los que la pintura clásica reviste a Venecia, y sobre el cual la cúpula silueteada del Instituto hace pensar en la Salute que se ve en los cuadros de Guardi, tengo un poco la ilusión de estar a orillas del Gran Canal. A la ilusión contribuyen la construcción de la residencia, donde, desde el primer piso, no se ve el muelle, y el decir evocador del dueño de casa al afirmar que el nombre de la Rue du Bac —el diablo sabe si alguna vez lo pensé— vendría de la barcaza en la cual ciertas monjas de otros tiempos, las Miramiones, se dirigían a los oficios de la iglesia de Nuestra Señora. Todo un barrio por el que vagabundeó mi infancia cuando mi tía de Courmont vivía en él, y que yo me pongo a “rearmar” cuando vuelvo a encontrar, casi pegado a la residencia de los Verdurin, el cartel del “Pequeño Dunquerque”, una de las pocas tiendas que sobre-viven de otro modo que no sea viñeteadas en el dibujo a lápiz y las capas de barniz de Gabriel de Saint-Aubin, donde el siglo XVIII curioso venía a sentar sus momentos de ocio para el regateo de las monerías francesas y extranjeras y “todo lo nuevo que producen las artes”, como dice una factura de este Pequeño Dunquerque, factura de la que Verdurin y yo somos los únicos, creo, en poseer una prueba de imprenta y que es ciertamente una de las sueltas obras maestras de papel ornamentado sobre el que el reino de Luis XV hacía sus cuentas, con su membrete que representa un mar todo onduloso de olas, cargado de navíos, un mar con olas que parecen una ilustración de la Edición de los Recaudadores de Impuestos de la Ostra y de los Litigantes. La dueña de casa, que va a ubicarme al lado de ella, me dice que ha florecido su mesa exclusivamente con crisantemos japoneses, pero crisantemos dispuestos en floreros que serían rarísimas obras maestras, uno, entre otros, hecho de bronce, sobre el cual unos pétalos de cobre rojizo parecieran ser el viviente deshojamiento de la flor. Están allí Cottard, el doctor y su mujer, el escultor polaco Viradobetski, Swann el coleccionista, una gran dama rusa, una princesa de apellido terminado en “or” que no oigo bien, y Cottard me sopla al oído que es ella la que habría tirado a quemarropa sobre el archiduque Rodolfo y según la cual yo tendría en Galitzia y en todo el norte de Po-lonia una situación absolutamente excepcional, puesto que una muchacha no consiente jamás en prometer su mano sin saber si su novio es un admirador de La Faustin.
“Ustedes los occidentales no pueden comprender eso”, suelta a modo de conclusión la princesa, que, por cierto, me produce la impresión de una inteligencia del todo superior, “esta manera en que un escritor penetra en la intimidad de una mujer”. Un hombre con mentón y labios afeitados, con patillas de maître-d’hôtel, que cuenta con un tono de condescendencia chistes de profesor de quinto de bachillerato que se relaciona con los primeros de la clase para el día de San Carlomagno, es Brichot, el universitario. Cuando oye mi nombre pronunciado por Verdurin no dice una sola palabra que señale que conoce nuestros libros, y siento un descorazonamiento colérico despertado en mí por esta conspiración que organiza contra nosotros la Sorbona, y que trae, hasta en la estimable morada en que se me agasaja, la contradicción, la hostilidad de un silencio deliberado. Pasamos a la mesa y empieza entonces un extraordinario desfile de platos que son sencillamente obras maestras del arte del porcelanista, cuya artista conversación escucha con entera complacencia, durante una comida delicada, la atención alerta de un aficionado —platos de Yung Ching con el color capuchino de sus rebordes, con el azulado, con el deshoje túrgido de sus lirios de agua, con el cruce realmente decoratorio, en la aurora, de un vuelo de martines pescadores y de grullas, aurora que tiene enteramente esos tonos matutinos que entremira cotidianamente, en el bulevar Montmorency, mi despertar —platos de porcelana de Sajonia más delicados en lo gracioso de su hacer, con el adormecimiento, con la anemia de sus rosas viradas al violeta, con el dentado borravino de un tulipán, con el rocío de un clavel o de un nomeolvides —platos de porcelana de Sèvres enrejados por el fino entrecruzamiento de sus estrías blancas, verticilados de oro, o atados, sobre el color liso cremoso de la pasta, por el galano relieve de una cinta de oro —en fin, toda una platería en la que corren esos mirtos de Luciennes que reconocería la Dubarry. Y lo que es quizás igualmente infrecuente es la calidad realmente del todo notable de las cosas que se sirven en ellos, un yantar delicadamente guisado a fuego lento, todo un estofado como los parisinos, hay que decirlo en voz bien alta, nunca tienen en las mejores cenas, y que me recuerda a ciertos buenos cocineros de San Juan de Heurs. Incluso el foie-gras no tiene nada que ver con la insípida mousse que se suele servir con ese nombre, y no conozco muchos lugares donde la simple ensalada de papas esté así hecha con papas que tienen la consistencia de los botones de marfil japoneses, el patinado de esas cucharitas de marfil con que los chinos echan el agua sobre el pez que acaban de pescar. En la copa de cristal veneciano que tengo frente a mí pone una rica joyería de rojos un extraordinario vino de Léoville comprado en la venta del señor Montalivet, y es un entretenimiento para la imaginación de los ojos y también, no temo decirlo, para la imaginación de lo que en otros tiempos se llamaba el pico, ver que traen un barbado que no tiene nada de los barbados nada frescos que se sirven en las mesas más lujosas y los que debido a las tardanzas del viaje tienen modeladas las espinas en el lomo; un barbado que sirven no con el engrudo que preparan, dándole el nombre de salsa blanca, tantos cocineros de casas principales, sino con verdadera salsa blanca, hecha con manteca de a cinco francos la libra; ver que traen este barbado en una maravillosa fuente Ching Hon atravesada por el rayado púrpura de una puesta de sol sobre un mar por el que pasa la navegación drolática de un banco de langostas, dibujadas con una granulosa profusión de puntos ejecutada de manera tan extraordinaria que parecen haber sido moldeadas sobre caparazones vivientes, fuente cuyo filete está constituido por la pesca con caña hecha por un chinito de un pez que es un encanto de nacarado color gracias al azulenco plateado de su vientre. Como le digo a Verdurin que debe de ser para él un delicado placer ese delicado condumio en esa colección tal como ningún príncipe la posee actualmente en sus vitrinas, melancólicamente me dice de pronto la dueña de casa: “Bien se ve que usted no lo conoce”, y me habla de su marido como de un excéntrico maniático, indiferente a todas esas monerías, “un maniático”, repite, “sí, eso mismo, un maniático al que más apetecería una botella de sidra en el frescor un poco canallesco de una granja normanda”. Y la encantadora mujer de habla realmente amante de las coloraciones de una región nos habla con entusiasmo desbordante de esa Normandía en la que vivieron, una Normandía que fuese un inmenso parque inglés, con la fragancia de sus altos oquedales a lo Lawrence, con el terciopelo verde criptómero, en sus bordes aporcelanados de hortensias rosas, de sus céspedes naturales, con sus arrugadas colgaduras de rosas azufre cuya caída sobre una puerta de campesinos, en que la incrustación de dos perales abrazados simula un cartel enteramente ornamental, hace pensar en la libre caída de una rama florida en el bronce de un aplique de Gouthière, una Normandía que fuese absolutamente insospechable para los parisinos de vacaciones y que estuviese protegida por la barrera de cada uno de sus cercados, barreras que, me confiesan los Verdurin, ellos no dejaron de levantar hasta la última. Al final del día, en un apagamiento adormecido de todos los colores en que la luz no proviniese más que de un mar casi coagulado que tuviese el azulado del suero de la leche —“Pero no, nada que ver con el mar que usted conoce”, protesta mi vecina frenéticamente, en respuesta a mi decir que Flaubert nos había llevado, a mi hermano y a mí, a Trouville, “nada, absolutamente nada, tendrá que venir conmigo, de otro modo nunca lo sabrá”—, volvían, a través de los auténticos bosques de flores de tul rosa que formaban los rododendros, completamente embriagados por el olor de los establecimientos de jardinería que le daban al marido abominables crisis de asma —“sí”, insistió ella, “eso es, verdaderas crisis de asma”.
Sin pérdida de tiempo, el verano siguiente volvieron, alojando a una colonia entera de artistas en la admirable vivienda medieval en que habían convertido un antiguo claustro que alquilaron por casi nada. Y, por cierto, al oír a esa mujer que, pasando por tantos medios realmente distinguidos, conservó sin embargo en su habla un poco del verdor de una mujer de pueblo, un habla que le muestra a uno las cosas con el color que su imaginación ve en ellas, se me hace agua la boca al pensar en la vida que ella me confiesa que llevó allá, en que cada uno trabajaba en su celda y donde, antes del almuerzo, todo el mundo iba al salón, tan vasto que tenía dos chimeneas, a enzarzarse en charlas del todo superiores matizadas con jueguitos, lo que me volvía a hacer pensar en las que evoca esa obra maestra de Diderot, las cartas a la señorita Volland. Luego, después del almuerzo, todo el mundo salía, incluso los días de chaparrón con sol, en que la expansión de un chubasco delineaba con su filtrado luminoso las nudosidades de una magnífica partida de hayas centenarias que ponían delante de la reja lo bello vegetal al que era afecto el siglo XVIII, y de arbustos que tenían por yemas florecientes, en la suspensión de sus ramas, gotas de lluvia. Todos se detenían para escuchar el delicado chapoteo, enamorado de frescor, de un pardillo que se bañaba en la primorosa bañera minúscula de porcelana de Nymphenburg que es la corola de una rosa blanca. Y como le hablo a la señora de Verdurin de los paisajes y de las flores de allá, delicadamente dibujadas al pastel por Elstir, ella me dice bruscamente, irguiendo coléricamente la cabeza: “¡Pero si fui yo la que le hice conocer todo aquello! Todo, usted oye bien, todo, los rincones curiosos, todos los motivos, se lo arrojé a la cara cuando nos dejó, ¿no es así, Auguste?, todos los motivos que pintó. Los objetos siempre los conoció, seamos justos, eso hay que reconocerlo. Pero, en cuanto a las flores, nunca había visto una sola, no sabía distinguir una altea de una malvarrosa. Yo fui la que le enseñó a reconocer, usted no va a creerme, a reconocer el jazmín”. Y hay que reconocer que hay algo curioso en pensar que el pintor de las flores que los amantes del arte nos citan hoy como el primero, como superior incluso a Fantin-Latour, quizás nunca hubiera sabido, sin la mujer que está allí, pintar un jazmín. “Sí, palabra de honor, el jazmín; todas las flores que hizo, las hizo en mi casa o bien era yo la que se las llevaba. En casa siempre lo llamábamos señor Tiche. Pregúntele a Cottard, a Brichot, a todos los demás, si aquí lo tratábamos como a un gran hombre. Él mismo se hubiera reído de eso. Yo le enseñaba a arreglar sus flores; al principio no lo conseguía. Nunca supo hacer un ramo. No tenía gusto innato para elegir, yo tenía que decirle: No, no pinte eso, no vale la pena, pinte esto. ¡Ah, si nos hubiera hecho sus flores y no hubiera hecho ese pésimo matrimonio!”. Y bruscamente, con los ojos afiebrados por la absorción de una ensoñación vuelta hacia el pasado, con el nervioso toqueteo, en el alargamiento maniático de sus falanges, de lo flojo de las mangas de su blusa, parece, en lo contorneado de su pose dolorida, un admirable cuadro que, creo, nunca ha sido pintado, y en el que se leyesen toda la indignación contenida, todas las susceptibilidades iracundas de una amiga ultrajada en las delicadezas, en el pudor de la mujer. Acto seguido nos habla del admirable retrato que Elstir hizo para ella, el retrato de la familia Cottard, retrato que ella le dio al Palacio del Luxemburgo en el momento de su pelea con el pintor, confesando que fue ella la que le dio al pintor la idea de hacer al hombre de traje para obtener esa hermosa agitación de la tela y la que eligió el vestido de terciopelo de la mujer, vestido que era un punto de apoyo en medio de todo el revoloteo de los matices claros de las alfombras, de las flores, de las frutas, de los vestidos de gasa de las niñas parecidos a tutús de bailarinas. Ella también habría sido la que le dio la idea de ese peinado, idea por la que luego se alabó al artista, idea que consistía, en suma, en pintar a la mujer no representando sino sorprendida en lo íntimo de su vida de todos los días. “Yo le decía: ¡Pero en la mujer que se peina, que se seca la cara, que se calienta los pies, cuando cree que no la ven, hay un montón de movimientos interesantes, movimientos de una gracia del todo leonardesca!” Pero, a una seña de Verdurin, que indica lo dañino que resulta el despertar esas indignaciones para la gran nerviosa que en el fondo sería su mujer, Swann me hace admirar el collar de perlas negras que lleva la dueña de casa y que ella compró, enteramente blancas, en la venta de un descendiente de Madame de La Fayette, a quien se las había dado Enriqueta de Inglaterra, perlas que se volvieron negras a causa de un incendio que destruyó una parte de la casa donde vivían los Verdurin en una calle cuyo nombre ya no recuerdo, incendio luego del cual encontraron el cofre en que estaban esas perlas, pero ahora completamente negras. “Y yo conozco el retrato de esas perlas, en los hombros mismos de Madame de La Fayette, sí, tal cual, su retrato”, insistió Swann ante las exclamaciones de los invitados un sí es no es pasmados, “su retrato auténtico, en la colección del duque de Guermantes”. Una colección sin igual en el mundo, proclama, y que yo tendría que ir a ver, una colección heredada por el célebre duque, que era su sobrino preferido, de su tía la señora de Beausergent, de la señora de Beausergent que fue después señora de Hayfeld, la hermana de la marquesa de Villeparisis y de la princesa de Hánover. Mi hermano y yo lo hemos amado tanto en otros tiempos bajo los rasgos del encantador nenito llamado Basin, que es realmente, en efecto, el nombre de pila del duque. En este punto el doctor Cottard, con una finura que revela en él al hombre por entero distinguido, vuelve a la historia de las perlas y nos enseña que catástrofes de este tipo producen en el cerebro de las personas alteraciones enteramente similares a las que se observan en la materia inanimada, y cita de una manera verdaderamente más filosófica de lo que harían muchos médicos al propio ayuda de cámara de la señora de Verdurin, que, en el espanto de aquel incendio en el que casi perece, se volvió otro hombre, con una letra tan cambiada que a la primera carta que sus amos, que estaban entonces en Normandía, recibieron de él, anunciándoles el suceso, creyeron en la mistificación de un bromista. Y no tan sólo otra letra, según Cottard, que afirma que de sobrio que era el hombre se volvió tan abominablemente borrachín que la señora de Verdurin se vio obligada a despedirlo. Y la sugerente disertación pasó, a una seña graciosa de la dueña de casa, del comedor al salón fumador veneciano en el que Cottard me dijo que había asistido a verdaderos desdoblamientos de la personalidad, citándonos el caso de uno de sus enfermos, que amablemente se ofrece a llevarme a casa, y al que bastaba con que le tocase las sienes para hacerlo despertar a una segunda vida, vida durante la cual no recordaba nada de la primera, de modo que, siendo en aquella un perfecto hombre de bien, habría sido arrestado varias veces por robos cometidos en la otra, en la que sería pura y simplemente un abominable bribón. Ante lo cual la señora de Verdurin observa agudamente que la medicina podría proveer temas más auténticos a un teatro en el que la comicidad del enredo se basara en equivocaciones patológicas, lo que, pasando de una cosa a la otra, lleva a la señora de Cottard a narrar que una situación enteramente similar ha sido puesta en práctica por un aficionado que es el favorito de las noches de sus hijos, el escocés Stevenson, nombre que pone en boca de Swann esta afirmación perentoria: “Pero si es indiscutiblemente un gran escritor, Stevenson, se lo aseguro, señor de Goncourt, un grandísimo escritor, el igual de los más grandes”. Y como, a través de mi deslumbramiento ante el cielo raso artesonado y armado con escudos provenientes del antiguo palazzo Barberini del salón en que fumamos, dejo asomar mi pesar por el ennegrecimiento progresivo de cierto centro de mesa causado por la ceniza de nuestros habanos, y habiendo contado Swann que unas manchas semejantes dan prueba en los libros que pertenecieron a Napoleón I, libros que posee, a pesar de sus opiniones antibonapartistas, el duque de Guermantes, de que el emperador mascaba tabaco, Cottard, que revela ser un curioso realmente perspicaz en todas las cosas, declara que esas manchas no tienen en absoluto ese origen —lo que se dice en absoluto, insiste con autoridad— sino que provienen de la costumbre que tenía de tener siempre en la mano, incluso en los campos de batalla, pastillas de regaliz, para calmar sus dolores de hígado. “Puesto que estaba enfermo del hígado y de eso murió”, concluyó el doctor.

Ediciones De La Mirándola, abril de 2012 - abril de 2019
ISBN: 978-987-28010-9-0


« Avant-hier tombe ici, pour m’emmener dîner chez lui, Verdurin, l’ancien critique de la Revue, l’auteur de ce livre sur Whistler où vraiment le faire, le coloriage artiste de l’original Américain est souvent rendu avec une grande délicatesse par l’amoureux de tous les raffinements, de toutes les joliesses de la chose peinte qu’est Verdurin. Et tandis que je m’habille pour le suivre, c’est, de sa part, tout un récit où il y a, par moments, comme l’épellement apeuré d’une confession sur le renoncement à écrire aussitôt après son mariage avec la « Madeleine » de Fromentin, renoncement qui serait dû à l’habitude de la morphine et aurait eu cet effet, au dire de Verdurin, que la plupart des habitués du salon de sa femme, ne sachant même pas que le mari eût jamais écrit, lui parlaient de Charles Blanc, de Saint-Victor, de Sainte-Beuve, de Burty, comme d’individus auxquels ils le croyaient, lui, tout à fait inférieur. « Voyons, vous Goncourt, vous savez bien, et Gautier le savait aussi, que mes salons étaient autre chose que ces piteux Maîtres d’autrefois crus un chef-d’œuvre dans la famille de ma femme. » Puis, par un crépuscule où il y a près des tours du Trocadéro comme le dernier allumement d’une lueur qui en fait des tours absolument pareilles aux tours enduites de gelée de groseille des anciens pâtissiers, la causerie continue dans la voiture qui doit nous conduire quai Conti où est leur hôtel, que son possesseur prétend être l’ancien hôtel des Ambassadeurs de Venise et où il y aurait un fumoir dont Verdurin me parle comme d’une salle transportée telle quelle, à la façon des Mille et une Nuits, d’un célèbre palazzo, dont j’oublie le nom, palazzo à la margelle du puits représentant un couronnement de la Vierge que Verdurin soutient être absolument du plus beau Sansovino et qui servirait, pour leurs invités, à jeter la cendre de leurs cigares. Et ma foi, quand nous arrivons, dans le glauque et le diffus d’un clair de lune vraiment semblable à ceux dont la peinture classique abrite Venise, et sur lequel la coupole silhouettée de l’Institut fait penser à la Salute dans les tableaux de Guardi, j’ai un peu l’illusion d’être au bord du Grand Canal. L’illusion est entretenue par la construction de l’hôtel où du premier étage on ne voit pas le quai et par le dire évocateur du maître de maison affirmant que le nom de la rue du Bac – du diable si j’y avais jamais pensé – viendrait du bac sur lequel des religieuses d’autrefois, les Miramiones, se rendaient aux offices de Notre-Dame. Tout un quartier où a flâné mon enfance quand ma tante de Courmont l’habitait, et que je me prends à « raimer » en retrouvant, presque contiguë à l’hôtel des Verdurin, l’enseigne du « Petit Dunkerque », une des rares boutiques survivant ailleurs que vignettées dans le crayonnage et les frottis de Gabriel de Saint-Aubin, où le XVIIIe siècle curieux venait asseoir ses moments d’oisiveté pour le marchandage des jolités françaises et étrangères et « tout ce que les arts produisent de plus nouveau », comme dit une facture de ce Petit Dunkerque, facture dont nous sommes seuls, je crois, Verdurin et moi, à posséder une épreuve et qui est bien un des volants chefs-d’œuvre de papier ornementé sur lequel le règne de Louis XV faisait ses comptes, avec son en-tête représentant une mer toute vagueuse, chargée de vaisseaux, une mer aux vagues ayant l’air d’une illustration de l’Édition des Fermiers Généraux de l’Huître et des Plaideurs. La maîtresse de la maison, qui va me placer à côté d’elle, me dit aimablement avoir fleuri sa table rien qu’avec des chrysanthèmes japonais, mais des chrysanthèmes disposés en des vases qui seraient de rarissimes chefs-d’œuvre, l’un entre autres, fait de bronze, sur lequel des pétales en cuivre rougeâtre sembleraient être la vivante effeuillaison de la fleur. Il y a là Cottard, le docteur et sa femme, le sculpteur polonais Viradobetski, Swann le collectionneur, une grande dame russe, une princesse au nom en or qui m’échappe, et Cottard me souffle à l’oreille que c’est elle qui aurait tiré à bout portant sur l’archiduc Rodolphe et d’après qui j’aurais en Galicie et dans tout le nord de la Pologne une situation absolument exceptionnelle, une jeune fille ne consentant jamais à promettre sa main sans savoir si son fiancé est un admirateur de la Faustin.
« Vous ne pouvez pas comprendre cela, vous autres Occidentaux – jette en manière de conclusion la princesse, qui me fait l’effet, ma foi, d’une intelligence tout à fait supérieure – cette pénétration par un écrivain de l’intimité de la femme. » Un homme au menton et aux lèvres rasés, aux favoris de maître d’hôtel, débitant sur un ton de condescendance des plaisanteries de professeur de seconde qui fraye avec les premiers de sa classe pour la Saint-Charlemagne, et c’est Brichot, l’universitaire. À mon nom prononcé par Verdurin, il n’a pas une parole qui marque qu’il connaisse nos livres, et c’est en moi un découragement colère éveillé par cette conspiration qu’organise contre nous la Sorbonne, apportant, jusque dans l’aimable logis où je suis fêté, la contradiction, l’hostilité d’un silence voulu. Nous passons à table et c’est alors un extraordinaire défilé d’assiettes qui sont tout bonnement des chefs-d’œuvre de l’art du porcelainier, celui dont, pendant un repas délicat, l’attention chatouillée d’un amateur écoute le plus complaisamment le bavardage artiste – des assiettes de Yung-Tsching à la couleur capucine de leurs rebords, au bleuâtre, à l’effeuillé turgide de leurs iris d’eau, à la traversée, vraiment décoratoire, par l’aurore d’un vol de martins-pêcheurs et de grues, aurore ayant tout à fait ces tons matutinaux qu’entre-regarde quotidiennement, boulevard Montmorency, mon réveil – des assiettes de Saxe plus mièvres dans le gracieux de leur faire, à l’endormement, à l’anémie de leurs roses tournées au violet, au déchiquetage lie-de-vin d’une tulipe, au rococo d’un œillet ou d’un myosotis – des assiettes de Sèvres engrillagées par le fin guillochis de leurs cannelures blanches, verticillées d’or, ou que noue, sur l’à-plat crémeux de la pâte, le galant relief d’un ruban d’or – enfin toute une argenterie où courent ces myrtes de Luciennes que reconnaîtrait la Dubarry. Et ce qui est peut-être aussi rare, c’est la qualité vraiment tout à fait remarquable des choses qui sont servies là dedans, un manger finement mijoté, tout un fricoté comme les Parisiens, il faut le dire bien haut, n’en ont jamais dans les plus grands dîners, et qui me rappelle certains cordons bleus de Jean d’Heurs. Même le foie gras n’a aucun rapport avec la fade mousse qu’on sert habituellement sous ce nom, et je ne sais pas beaucoup d’endroits où la simple salade de pommes de terre est faite ainsi de pommes de terre ayant la fermeté de boutons d’ivoire japonais, le patiné de ces petites cuillers d’ivoire avec lesquelles les Chinoises versent l’eau sur le poisson qu’elles viennent de pêcher. Dans le verre de Venise que j’ai devant moi, une riche bijouterie de rouges est mise par un extraordinaire Léoville acheté à la vente de M. Montalivet et c’est un amusement pour l’imagination de l’œil et aussi, je ne crains pas de le dire, pour l’imagination de ce qu’on appelait autrefois la gueule, de voir apporter une barbue qui n’a rien des barbues pas fraîches qu’on sert sur les tables les plus luxueuses et qui ont pris dans les retards du voyage le modelage sur leur dos de leurs arêtes ; une barbue qu’on sert non avec la colle à pâte que préparent, sous le nom de sauce blanche, tant de chefs de grande maison, mais avec de la véritable sauce blanche, faite avec du beurre à cinq francs la livre ; de voir apporter cette barbue dans un merveilleux plat Tching-Hon traversé par les pourpres rayages d’un coucher de soleil sur une mer où passe la navigation drolatique d’une bande de langoustes, au pointillis grumeleux si extraordinairement rendu qu’elles semblent avoir été moulées sur des carapaces vivantes, plat dont le marli est fait de la pêche à la ligne par un petit Chinois d’un poisson qui est un enchantement de nacreuse couleur par l’argentement azuré de son ventre. Comme je dis à Verdurin le délicat plaisir que ce doit être pour lui que cette raffinée mangeaille dans cette collection comme aucun prince n’en possède à l’heure actuelle derrière ses vitrines : « On voit bien que vous ne le connaissez pas », me jette mélancoliquement la maîtresse de maison, et elle me parle de son mari comme d’un original maniaque, indifférent à toutes ces jolités, « un maniaque, répète-t-elle, oui, absolument cela, un maniaque qui aurait plutôt l’appétit d’une bouteille de cidre, bue dans la fraîcheur un peu encanaillée d’une ferme normande ». Et la charmante femme à la parole vraiment amoureuse des colorations d’une contrée nous parle avec un enthousiasme débordant de cette Normandie qu’ils ont habitée, une Normandie qui serait un immense parc anglais, à la fragrance de ses hautes futaies à la Lawrence, au velours cryptomeria, dans leur bordure porcelainée d’hortensias roses, de ses pelouses naturelles, au chiffonnage de roses soufre dont la retombée sur une porte de paysans, où l’incrustation de deux poiriers enlacés simule une enseigne tout à fait ornementale, fait penser à la libre retombée d’une branche fleurie dans le bronze d’une applique de Gouthière, une Normandie qui serait absolument insoupçonnée des Parisiens en vacances et que protège la barrière de chacun de ses clos, barrières que les Verdurin me confessent ne pas s’être fait faute de lever toutes. À la fin du jour, dans un éteignement sommeilleux de toutes les couleurs où la lumière ne serait plus donnée que par une mer presque caillée ayant le bleuâtre du petit lait – mais non, rien de la mer que vous connaissez, proteste ma voisine frénétiquement, en réponse à mon dire que Flaubert nous avait menés, mon frère et moi, à Trouville, rien, absolument rien, il faudra venir avec moi, sans cela vous ne saurez jamais – ils rentraient, à travers les vraies forêts en fleurs de tulle rose que faisaient les rhododendrons, tout à fait grisés par l’odeur des jardineries qui donnaient au mari d’abominables crises d’asthme – oui, insista-t-elle, c’est cela, de vraies crises d’asthme. »

« Là-dessus, l’été suivant, ils revenaient, logeant toute une colonie d’artistes dans une admirable habitation moyenâgeuse que leur faisait un cloître ancien loué par eux, pour rien. Et, ma foi, en entendant cette femme qui, en passant par tant de milieux vraiment distingués, a gardé pourtant dans sa parole un peu de la verdeur de la parole d’une femme du peuple, une parole qui vous montre les choses avec la couleur que votre imagination y voit, l’eau me vient à la bouche de la vie qu’elle me confesse avoir menée là-bas, chacun travaillant dans sa cellule, et où, dans le salon, si vaste qu’il possédait deux cheminées, tout le monde venait avant le déjeuner pour des causeries tout à fait supérieures, mêlées de petits jeux, me refaisant penser à celles qu’évoque ce chef-d’œuvre de Diderot, les lettres à Mademoiselle Volland. Puis, après le déjeuner, tout le monde sortait, même les jours de grains dans le coup de soleil, le rayonnement d’une ondée lignant de son filtrage lumineux les nodosités d’un magnifique départ de hêtres centenaires qui mettaient devant la grille le beau végétal affectionné par le XVIIIe siècle, et d’arbustes ayant pour boutons fleurissants dans la suspension de leurs rameaux des gouttes de pluie. On s’arrêtait pour écouter le délicat barbotis, énamouré de fraîcheur, d’un bouvreuil se baignant dans la mignonne baignoire minuscule de nymphembourg qu’est la corolle d’une rose blanche. Et comme je parle à Mme Verdurin des paysages et des fleurs de là-bas délicatement pastellisés par Elstir : « Mais c’est moi qui lui ai fait connaître tout cela, jette-t-elle avec un redressement colère de la tête, tout vous entendez bien, tout, les coins curieux, tous les motifs, je le lui ai jeté à la face quand il nous a quittés, n’est-ce pas, Auguste ? tous les motifs qu’il a peints. Les objets, il les a toujours connus, cela il faut être juste, il faut le reconnaître. Mais les fleurs, il n’en avait jamais vu, il ne savait pas distinguer un althéa d’une passe-rose. C’est moi qui lui ai appris à reconnaître, vous n’allez pas me croire, à reconnaître le jasmin. » Et il faut avouer qu’il y a quelque chose de curieux à penser que le peintre des fleurs que les amateurs d’art nous citent aujourd’hui comme le premier, comme supérieur même à Fantin-Latour, n’aurait peut-être jamais, sans la femme qui est là, su peindre un jasmin. « Oui, ma parole, le jasmin ; toutes les roses qu’il a faites, c’est chez moi ou bien c’est moi qui les lui apportais. On ne l’appelait chez nous que Monsieur Tiche. Demandez à Cottard, à Brichot, à tous les autres, si on le traitait ici en grand homme. Lui-même en aurait ri. Je lui apprenais à disposer ses fleurs ; au commencement il ne pouvait pas en venir à bout. Il n’a jamais su faire un bouquet. Il n’avait pas de goût naturel pour choisir, il fallait que je lui dise : « Non, ne peignez pas cela, cela n’en vaut pas la peine, peignez ceci. » Ah ! s’il nous avait écoutés aussi pour l’arrangement de sa vie comme pour l’arrangement de ses fleurs et s’il n’avait pas fait ce sale mariage ! » Et brusquement, les yeux enfiévrés par l’absorption d’une rêverie tournée vers le passé, avec le nerveux taquinage, dans l’allongement maniaque de ses phalanges, du floche des manches de son corsage, c’est, dans le contournement de sa pose endolorie, comme un admirable tableau qui n’a, je crois, jamais été peint, et où se liraient toute la révolte contenue, toutes les susceptibilités rageuses d’une amie outragée dans les délicatesses, dans la pudeur de la femme. Là-dessus elle nous parle de l’admirable portrait qu’Elstir a fait pour elle, le portrait de la famille Cottard, portrait donné par elle au Luxembourg au moment de sa brouille avec le peintre, confessant que c’est elle qui a donné au peintre l’idée de faire l’homme en habit pour obtenir tout ce beau bouillonnement du linge et qui a choisi la robe de velours de la femme, robe faisant un appui au milieu de tout le papillotage des nuances claires des tapis, des fleurs, des fruits, des robes de gaze des fillettes pareilles à des tutus de danseuses. Ce serait elle aussi qui aurait donné l’idée de ce coiffage, idée dont on a fait ensuite honneur à l’artiste, idée qui consistait, en somme, à peindre la femme, non pas en représentation mais surprise dans l’intime de sa vie de tous les jours. « Je lui disais : Mais dans la femme qui se coiffe, qui s’essuie la figure, qui se chauffe les pieds, quand elle ne croit pas être vue, il y a un tas de mouvements intéressants, des mouvements d’une grâce tout à fait léonardesque ! » Mais sur un signe de Verdurin indiquant le réveil de ces indignations comme malsain pour la grande nerveuse que serait au fond sa femme, Swann me fait admirer le collier de perles noires porté par la maîtresse de la maison et achetées par elle, toutes blanches, à la vente d’un descendant de Mme de La Fayette à qui elles auraient été données par Henriette d’Angleterre, perles devenues noires à la suite d’un incendie qui détruisit une partie de la maison que les Verdurin habitaient dans une rue dont je ne me rappelle plus le nom, incendie après lequel fut retrouvé le coffret où étaient ces perles, mais devenues entièrement noires. « Et je connais le portrait de ces perles, aux épaules mêmes de Mme de La Fayette, oui, parfaitement, leur portrait, insista Swann devant les exclamations des convives un brin ébahis, leur portrait authentique, dans la collection du duc de Guermantes. » Une collection qui n’a pas son égale au monde, proclame-t-il, et que je devrais aller voir, une collection héritée par le célèbre duc, qui était son neveu préféré, de Mme de Beausergent sa tante, de Mme de Beausergent depuis Mme d’Hayfeld, la sœur de la marquise de Villeparisis et de la princesse de Hanovre. Mon frère et moi nous l’avons tant aimé autrefois sous les traits du charmant bambin appelé Basin, qui est bien en effet le prénom du duc. Là-dessus, le docteur Cottard, avec une finesse qui décèle chez lui l’homme tout à fait distingué, ressaute à l’histoire des perles et nous apprend que des catastrophes de ce genre produisent dans le cerveau des gens des altérations tout à fait pareilles à celles qu’on remarque dans la matière inanimée et cite d’une façon vraiment plus philosophique que ne feraient bien des médecins le propre valet de chambre de Mme Verdurin qui, dans l’épouvante de cet incendie où il avait failli périr, était devenu un autre homme, ayant une écriture tellement changée qu’à la première lettre que ses maîtres, alors en Normandie, reçurent de lui leur annonçant l’événement, ils crurent à la mystification d’un farceur. Et pas seulement une autre écriture, selon Cottard, qui prétend que de sobre cet homme était devenu si abominablement pochard que Mme Verdurin avait été obligée de le renvoyer. Et la suggestive dissertation passa, sur un signe gracieux de la maîtresse de maison, de la salle à manger au fumoir vénitien dans lequel Cottard me dit avoir assisté à de véritables dédoublements de la personnalité, nous citant le cas d’un de ses malades, qu’il s’offre aimablement à m’amener chez moi et à qui il suffisait qu’il touchât les tempes pour l’éveiller à une seconde vie, vie pendant laquelle il ne se rappelait rien de la première, si bien que, très honnête homme dans celle-là, il y aurait été plusieurs fois arrêté pour des vols commis dans l’autre où il serait tout simplement un abominable gredin. Sur quoi Mme Verdurin remarque finement que la médecine pourrait fournir des sujets plus vrais à un théâtre où la cocasserie de l’imbroglio reposerait sur des méprises pathologiques, ce qui, de fil en aiguille, amène Mme Cottard à narrer qu’une donnée toute semblable a été mise en œuvre par un amateur qui est le favori des soirées de ses enfants, l’Écossais Stevenson, un nom qui met dans la bouche de Swann cette affirmation péremptoire : « Mais c’est tout à fait un grand écrivain, Stevenson, je vous assure, M. de Goncourt, un très grand, l’égal des plus grands. » Et comme, sur mon émerveillement des plafonds à caissons écussonnés provenant de l’ancien palazzo Barberini, de la salle où nous fumons, je laisse percer mon regret du noircissement progressif d’une certaine vasque par la cendre de nos « londrès », Swann, ayant raconté que des taches pareilles attestent sur les livres ayant appartenu à Napoléon Ier, livres possédés, malgré ses opinions antibonapartistes, par le duc de Guermantes, que l’empereur chiquait, Cottard, qui se révèle un curieux vraiment pénétrant en toutes choses, déclare que ces taches ne viennent pas du tout de cela – mais là, pas du tout, insiste-t-il avec autorité – mais de l’habitude qu’il avait d’avoir toujours dans la main, même sur les champs de bataille, des pastilles de réglisse, pour calmer ses douleurs de foie. « Car il avait une maladie de foie et c’est de cela qu’il est mort, conclut le docteur. »