viernes, 2 de febrero de 2024

Raymond Roussel: Cómo escribí algunos de mis libros (Tercera y última parte)

  

NOTA ACLARATORIA: La traducción del presente texto de Raymond Roussel requiere conservar el original en francés de los múltiples ejemplos con los que el autor explica su peculiar método compositivo. En tales casos, damos a continuación de los mismos, y entre corchetes, su correspondiente versión en español. Así, la frase: “Parquet (plancher) à chevilles (chevilles de pied) ; 2o parquet (d’agents de change) à chevilles (de vers)”, en la que Roussel expone los dos sentidos en que interpreta la combinación “parquet à chevilles”, queda en español: “Parquet (piso) à chevilles (tobillos del pie) [parqué, entarimado / tobillos: entarimado con o para tobillos] ; 2o parquet (de operadores bursátiles) à chevilles (de versos) [parqué / ripios: parqué con ripios]”, donde, como se ve, se da entre corchetes, en primer lugar, la traducción de cada término, y luego la traducción o interpretación de la combinación misma.

El texto completo de Cómo escribí puede descargarse, en formato epub, en el sitio de Internet Archive.


CÓMO ESCRIBÍ ALGUNOS DE MIS LIBROS

(Tercera y última parte)

Quisiera señalar aquí una curiosa crisis que tuve a los diecinueve años, cuando estaba escribiendo La Doublure. Durante unos meses experimenté una sensación de gloria universal de una intensidad extraordinaria. El doctor Pierre Janet, que me atendió durante muchos años, describió esta crisis en el primer volumen de su libro De la angustia al éxtasis, en el que me designa con el nombre de Marcial, elegido por el Marcial Canterel de Locus Solus.

***

También quisiera rendir homenaje en estas notas a ese hombre de genio inconmensurable que fue  Julio Verne.

Tengo por él una admiración sin límites.

En algunas páginas de Viaje al centro de la Tierra, de Cinco semanas en globo, de Veinte mil leguas de viaje submarino, de De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, de La isla misteriosa, de Héctor Servadac, se elevó hasta las cimas más altas que puede alcanzar la palabra humana.

Tuve la dicha de ser recibido por él una vez en Amiens, donde yo estaba cumpliendo el servicio militar, y de poder estrechar la mano que había escrito tantas obras inmortales.

Oh maestro incomparable, bendito seas por las horas sublimes que pasé toda mi vida leyéndote y releyéndote una y otra vez.

***

También tengo que mencionar aquí un hecho bastante curioso. He viajado mucho. En 1920-1921, especialmente, di la vuelta al mundo pasando por la India, Australia, Nueva Zelandia, los archipiélagos del Pacífico, China, Japón y América. (Durante ese viaje hice una escala bastante larga en Tahití, donde volví a encontrar algunos de los personajes del admirable libro de Pierre Loti). Ya conocía los principales países de Europa, Egipto y todo el norte de África, y más tarde visité Constantinopla, Asia Menor y Persia. Ahora bien, de todos esos viajes nunca saqué nada para mis libros. Me ha parecido importante señalar esta circunstancia, ya que muestra del modo más claro que, en mí, la imaginación lo es todo.

***

Unas breves notas biográficas pondrán fin a este trabajo.

Me crié con mi hermana Germaine, más tarde duquesa de Elchingen y luego princesa de la Moskova a partir del 21 de octubre de 1928, fecha en que murió sin dejar hijos el hermano mayor de mi cuñado, Napoleón Ney, príncipe de la Moskova, casado con Su Alteza Imperial la princesa Eugenia Bonaparte, descendiente directa del rey José y de Lucien Bonaparte. Un hecho curioso es que casi todos los nombres del Imperio se encontraban reunidos en la familia de mi cuñado: su hermanastro era príncipe de Essling y duque de Rívoli; su hermana mayor se había casado con Su Alteza el príncipe Murat, pretendiente al trono de Nápoles; sus otras hermanas eran la princesa Eugène Murat, la duquesa de Camastra, la duquesa de Albufera y la duquesa de Fezensac. Además, el 26 de febrero de 1931, mi sobrino y único heredero, Michel Ney, duque de Elchingen y futuro príncipe de Moskova, se casó con Mlle Hélène La Caze, nieta por parte de madre de Ferdinand de Lesseps y sobrina nieta de Napoleón III y de la emperatriz Eugenia. Fui testigo de su casamiento junto con el príncipe Murat.

Georges, nuestro hermano mayor, fallecido en 1901, ya era casi un muchacho cuando nosotros todavía éramos niños.

Guardo de mi infancia el más encantador de los recuerdos. Puedo decir que durante ella conocí varios años de una felicidad perfecta.

Mi madre amaba la música y, encontrándome dotado para este arte, a los trece años me hizo abandonar la escuela secundaria para que asistiera al Conservatorio, luego de vencer una leve resistencia de mi padre.

Ingresé en la clase de piano de Louis Diémer y obtuve el segundo accésit y más tarde el primero.

Cuando tenía unos dieciséis años intenté componer melodías para las cuales yo mismo escribía los versos. Los versos siempre me brotaban con facilidad, pero la música se mostraba siempre rebelde. Un día, a los diecisiete años, tomé la decisión de dejar la música y escribir, en adelante, sólo versos; así se definió mi vocación.

A partir de ese momento, se apoderó de mí la fiebre del trabajo. Trabajé día y noche, por así decirlo, durante muchos meses, al cabo de los cuales escribí La Doublure, cuya composición coincidió con la crisis descrita por Pierre Janet.

Cuando apareció La Doublure, el 10 de junio de 1897, su fracaso me causó una conmoción terriblemente violenta. Tuve la impresión de haber caído al suelo desde lo alto de una prodigiosa cumbre de gloria. La sacudida llegó a provocarme una especie de enfermedad cutánea que se manifestó con un enrojecimiento de todo el cuerpo, y mi madre hizo que nuestro médico me examinase, creyendo que tenía sarampión. La mayor secuela de esa conmoción fue una terrible enfermedad nerviosa que sufrí durante mucho tiempo.

Volví a trabajar, pero de un modo más prudente que cuando pasé por mi gran crisis de agotamiento. Durante algunos años me dediqué a hacer prospección. Ninguna de mis obras me satisfizo, salvo Chiquenaude, que publiqué hacia 1900.

A los veinticinco años escribí “La vista”. Ese poema apareció en Le Gaulois du dimanche y captó la atención de algunas personas cultas. Incluso se aludió a él en Sire de Vergy, opereta que por entonces se representaba en el teatro de Variétés: uno de los personajes, ya no recuerdo cuál, contemplaba en un portaplumas que le había acercado Ève La Vallière una vista de la batalla de Tolbiac.

Después de “La vista” escribí también “El concierto” y “El manantial”, y luego volví a hacer prospección durante varios años, en el curso de los cuales sólo publiqué (en Le Gaulois du dimanche) El inconsolable y “Cabezas de cartón del carnaval de Niza”. Esa prospección no dejaba de causarme sufrimientos y llegué a revolcarme por el suelo presa de ataques de rabia, sintiendo que no lograba producir en mí las sensaciones de arte a las que aspiraba.

Finalmente, cuando tenía unos treinta años, tuve la impresión de haber encontrado mi camino gracias a las combinaciones de palabras de las que he hablado. Escribí “Nanón”, “Una página del folclore bretón” y luego Impresiones de África.

Impresiones de África se publicó por entregas en Le Gaulois du dimanche y pasó totalmente desapercibido.

De igual modo, cuando esta obra apareció en las librerías nadie le prestó atención. Sólo Edmond Rostand, a quien le envié un ejemplar, la comprendió de entrada, se apasionó por ella y se la comentó a todo el mundo, hasta el punto de leerles fragmentos en voz alta a sus amigos. A menudo me decía: “Con su libro se podría hacer una obra de teatro extraordinaria”. Esas palabras influyeron en mí. Además, la incomprensión me hacía sufrir y pensé que tal vez podría llegar al público más fácilmente mediante el teatro que mediante los libros.

De modo que saqué de Impresiones de África una obra que hice interpretar primero en el teatro Fémina y luego en el teatro Antoine.

Fue más que un fracaso, fue una indignación colectiva. Me tildaron de loco, “chiflaron” a los actores, tiraron monedas al escenario y le enviaron cartas de protesta al director.

Una gira por Bélgica, Holanda y el norte de Francia no conoció mejor suerte.

Mientras tanto, yo estaba escribiendo Locus Solus.

Al igual que Impresiones de África, la obra se publicó por entregas en Le Gaulois du dimanche y, del mismo modo, pasó totalmente desapercibida.

En las librerías el resultado fue nulo.

Nuevamente quise recurrir al teatro y le pedí a Pierre Frondaie que sacara de Locus Solus una obra que hice interpretar con gran lujo en el teatro Antoine.

En el estreno hubo un alboroto indescriptible. Fue una batalla, porque esta vez, si bien casi toda la sala estaba en mi contra, yo contaba al menos con un grupo de simpatizantes muy fervorosos.

El asunto causó gran revuelo y de la noche a la mañana me hice conocido.

Pero, lejos de ser un éxito, fue un escándalo. Ya que, fuera del pequeño grupo favorable que he mencionado antes, todo el mundo se había sublevado contra mí.

Según la expresión de un periodista, fue “un alzamiento de estilográficas”. Una vez más me tildaron de loco, de mistificador; todos los críticos gritaron de indignación.

Pero por fin se había alcanzado un resultado: el título de una de mis obras se hizo famoso. En todas las revistas teatrales de aquel año se incluyó una escena sobre Locus Solus, y dos de ellas lo tomaron de inspiración para su título: Cocus Solus (que, más afortunada que mi obra, su madrina, superó las cien representaciones) y Blocus Solus ou les bâtons dans les Ruhrs.

Pensando que la incomprensión del público se debía quizás al hecho de que hasta entonces sólo le había presentado en el teatro adaptaciones de libros, resolví escribir una obra especialmente para la escena.

Escribí La estrella en la frente, que hice representar en el Vaudeville. Nuevo alboroto, nueva batalla, pero en la que esta vez mis partidarios eran muchos más. En el tercer acto, la efervescencia llegó a tal punto que, en medio de una escena, hubo que bajar el telón para volver a subirlo sólo al cabo de un rato.

Durante el segundo acto, uno de mis adversarios les gritó a los que aplaudían: “Hardi la claque” [hardi se usa en una expresión de este tipo para alentar, pero también significa ‘descarado’, ‘insolente’; la claque eran los falsos espectadores contratados para favorecer, con aplausos y elogios, el éxito de una obra], a lo que Robert Desnos respondió: “Nous sommes la claque et vous êtes la joue” [claque: ‘bofetada’: Nosotros somos la bofetada y ustedes son la mejilla]. La frase fue un éxito y varios periódicos la citaron. (Observación divertida: intercambiando la l y la j se obtiene: “Nous sommes la claque et vous êtes jaloux” [Nosotros somos la bofetada y ustedes tienen envidia], frase que sin duda no hubiera carecido de cierta precisión).

Una vez más la crítica se desató contra mí y, como siempre, se habló de locura o mistificación. Llamaron a la obra “L’Araignée sous le front” [La araña debajo de la frente —en francés, decir que alguien tiene “une araignée au plafond”, ‘una araña en el techo’, equivale a decir “le falta un tornillo”] y algunos periodistas entrevistaron a mis actores para saber si yo escribía mis obras en serio o si mi objetivo era burlarme de la gente. Supe que al final de una de las funciones un grupo de estudiantes me estuvo esperando un rato a la salida para abuchearme.

Mientras tanto, el número de mis partidarios seguía aumentando.

Después de La estrella en la frente escribí El polvo de soles, que hice representar en el teatro de la Porte-Saint-Martin.

Las entradas para el estreno se agotaron rápidamente y la concurrencia fue enorme. Muchos sólo fueron para darse el gusto de asistir a una función tumultuosa y tomar parte de ella. Sin embargo, la representación fue tranquila. Una sola vez, sin embargo, ante un conato de manifestación hostil, uno de mis partidarios gritó: “¡Silencio, idiotas!”.

Nadie comprendió la obra; y salvo por unas pocas excepciones, los artículos de prensa fueron detestables.

Una serie de representaciones que se dio poco después en el teatro de la Renaissance apenas si tuvo éxito. Al bajar el telón, la gente gritaba irónicamente “el autor…, el autor…”. No obstante, en cada una de mis funciones yo veía como se iban poniendo de mi lado nuevas personas.

***

Para escribir La estrella en la frente y El polvo de soles había interrumpido la composición de un libro en verso iniciado en 1915[1].

En aquella época había vuelto a escribir poesía, que tenía abandonada desde hacía muchos años, y el libro en cuestión no era otro que las Nuevas Impresiones de África, que sólo terminé en 1928.

Resultaría difícil creer, en efecto, la enormidad de tiempo que exige la composición de versos de ese tipo

Intentaré dar una idea.

Las Nuevas Impresiones de África debían contener una parte descriptiva. Se hablaba en ella de unos minúsculos gemelos colgantes, cada uno de cuyos tubos, de dos milímetros de ancho y diseñado para pegarse al ojo, encerraba una fotografía en cristal: uno, la de los bazares de El Cairo; el otro, la de un muelle de Lúxor.

Hice la descripción en verso de esas dos fotografías. (Era, en suma, una repetición exacta de mi poema “La vista”).

Ya concluido este primer trabajo, retomé la obra desde su comienzo para poner a punto los versos. Pero al cabo de algún tiempo tuve la impresión de que toda una vida sería insuficiente para hacerlo y renuncié a proseguir la tarea. Todo ese trabajo me llevó cinco años. Si alguien encuentra el manuscrito entre mis papeles, quizás le interese, tal como ha quedado, a algunos de mis lectores.

Ahora bien, si de los trece años y medio transcurridos desde el invierno de 1915 hasta el otoño de 1928 resto los cinco años que acabo de mencionar, más el tiempo que tardé en escribir La estrella en la frente y El polvo de soles, constato que me llevó siete años componer las Nuevas Impresiones de África tal como se las presenté al público.

***

Termino este trabajo volviendo a mencionar el doloroso sentimiento que siempre experimenté al ver como mis obras se encontraban con una incomprensión hostil casi universal.

(Hicieron falta no menos de veintidós años para agotar la primera edición de Impresiones de África).

Sólo conocí realmente el sabor del éxito al cantar acompañándome al piano y, sobre todo, por medio de las muchas imitaciones que hacía de actores o de gente común. Pero en esos casos, al menos, el éxito era enorme y unánime.

Y me refugio, a falta de algo mejor, en la esperanza de que podré alcanzar, quizás, un poco de esplendor póstumo a través de mis libros.

RAYMOND ROUSSEL

Traducción y nota aclaratoria, para Literatura & Traducciones, de CARLOS CÁMARA



[1] Ya que hablo aquí de la parte poética de mi obra, quisiera citar cuatro versos que, cuando era muy joven, añadí, para entretenerme, al poema de Victor Hugo que empieza así: .

¿Cómo, decían ellos,

Con nuestras barcas

Huir de los alguaciles?

—Ramen, decían ellas.

Estos son los cuatro versos que debían seguir a los últimos del poema:

¿Cómo, decían ellos,

Sintiendo que tenemos alas

Dejar nuestros cuerpos viles?

—Mueran, decían ellas.


COMMENT J’AI ÉCRIT CERTAINS DE MES LIVRES
II

Je voudrais signaler ici une curieuse crise que j’eus à l’âge de dix-neuf ans, alors que j’écrivais La Doublure. Pendant quelques mois j’éprouvai une sensation de gloire universelle d’une intensité extraordinaire. Le docteur Pierre Janet, qui m’a soigné pendant de longues années, a fait une description de cette crise dans le premier volume de son ouvrage De l’Angoisse à l’Extase (pages 132 et suivantes) ; il m’y désigne sous le nom de Martial, choisi à cause du Martial Canterel de Locus Solus.

***

Je voudrais aussi, dans ces notes, rendre hommage à l’homme d’incommensurable génie que fut Jules Verne.

Mon admiration pour lui est infinie.

Dans certaines pages du Voyage au centre de la terre, de Cinq Semaines en ballon, de Vingt Mille Lieues sous les mers, de De la Terre à la Lune et de Autour de la Lune, de l’Île mystérieuse, d’Hector Servadac, il s’est élevé aux plus hautes cimes que puisse atteindre le verbe humain.

J’eus le bonheur d’être reçu une fois par lui à Amiens où je faisais mon service militaire et de pouvoir serrer la main qui avait écrit tant d’œuvres immortelles.

Ô maître incomparable, soyez béni pour les heures sublimes que j’ai passées toute ma vie à vous lire et à vous relire sans cesse.

***

Il faut encore que je parle ici d’un fait assez curieux. J’ai beaucoup voyagé. Notamment en 1920-1921 j’ai fait le tour du monde par les Indes, l’Australie, la Nouvelle-Zélande, les archipels du Pacifique, la Chine, le Japon et l’Amérique. (Pendant ce voyage je fis une halte assez longue à Tahiti, où je retrouvai encore quelques personnages de l’admirable livre de Pierre Loti.) Je connaissais déjà les principaux pays de l’Europe, l’Égypte et tout le nord de l’Afrique, et plus tard je visitai Constantinople, l’Asie-Mineure et la Perse. Or, de tous ces voyages, je n’ai jamais rien tiré pour mes livres. Il m’a paru que la chose méritait d’être signalée tant elle montre clairement que chez moi l’imagination est tout.

***

Quelques courtes notes biographiques termineront cet ouvrage.

Je fus élevé avec ma sœur Germaine, plus tard duchesse d’Elchingen, puis princesse de la Moskowa à partir du 21 octobre 1928, date où mourut sans laisser d’enfants le frère aîné de mon beau-frère, Napoléon Ney, prince de la Moskowa, marié à S. A. I. la princesse Eugénie Bonaparte, descendante directe du roi Joseph et de Lucien Bonaparte. Fait curieux : presque tous les noms de l’Empire se trouvaient réunis dans la famille de mon beau-frère : son demi-frère était prince d’Essling et duc de Rivoli ; sa sœur aînée avait épousé S. A. le prince Murat, prétendant au trône de Naples ; ses autres sœurs étaient : la princesse Eugène Murat, la duchesse de Camastra, la duchesse d’Albuféra et la duchesse de Fezensac. De plus, mon neveu et unique héritier Michel Ney, duc d’Elchingen et futur prince de la Moskowa, épousa, le 26 février 1931, Mlle Hélène La Caze, petite-fille, par sa mère, de Ferdinand de Lesseps et petite-nièce de Napoléon III et de l’impératrice Eugénie. À son mariage je fus témoin avec le prince Murat.

Notre frère aîné Georges, mort en 1901, était déjà presque un jeune homme quand nous n’étions encore que des enfants.

J’ai gardé de mon enfance un souvenir délicieux. Je puis dire que j’ai connu là plusieurs années d’un bonheur parfait.

Ma mère adorait la musique et, me trouvant doué pour cet art, elle me fit quitter à treize ans le lycée pour le Conservatoire, après avoir triomphé d’une légère résistance de mon père.

J’entrai dans la classe de piano de Louis Diémer et j’obtins un second puis un premier accessit.

Vers seize ans j’essayais de composer des mélodies dont je faisais les vers moi-même. Les vers venaient toujours facilement, mais la musique restait rebelle. Un jour, à dix-sept ans, je pris le parti d’abandonner la musique pour ne plus faire que des vers ; ma vocation venait de se décider.

À partir de ce moment une fièvre de travail s’empara de moi. Je travaillai, pour ainsi dire, nuit et jour pendant de longs mois, au bout desquels j’écrivis La Doublure, dont la composition a coïncidé avec la crise décrite par Pierre Janet.

Quand La Doublure parut, le 10 juin 1897, son insuccès me causa un choc d’une violence terrible. J’eus l’impression d’être précipité jusqu’à terre du haut d’un prodigieux sommet de gloire. La secousse alla jusqu’à provoquer chez moi une sorte de maladie de peau qui se traduisit par une rougeur de tout le corps et ma mère me fit examiner par notre médecin, croyant que j’avais la rougeole. De ce choc résulta surtout une effroyable maladie nerveuse dont je souffris pendant bien longtemps.

Je me remis au travail, mais d’une façon plus sage que lors de ma grande crise de surmenage. Pendant quelques années ce fut de la prospection. Aucune de mes œuvres ne me satisfit, sauf Chiquenaude que je publiai vers 1900.

À vingt-cinq ans j’écrivis « La Vue ». Ce poème parut dans le Gaulois du dimanche et y fut remarqué par certains lettrés. Une allusion y fut même faite dans le Sire de Vergy, une opérette qu’on jouait alors aux Variétés : un des personnages, je ne sais plus lequel, regardait dans un porte-plume, qu’apportait Ève La Vallière, une vue représentant la bataille de Tolbiac.

Après « La Vue », j’écrivis encore « Le Concert » et « La Source », puis ce fut de nouveau la prospection pendant plusieurs années, au cours desquelles je publiai seulement (dans le Gaulois du dimanche) l’Inconsolable et « Têtes de Carton du Carnaval de Nice ». Cette prospection n’allait pas sans me causer des tourments et il m’est arrivé de me rouler par terre dans des crises de rage, en sentant que je ne pouvais parvenir à me donner les sensations d’art auxquelles j’aspirais.

Enfin, vers trente ans, j’eus l’impression d’avoir trouvé ma voie par les combinaisons de mots dont j’ai parlé. J’écrivis « Nanon », « Une Page du Folk-Lore Breton » puis Impressions d’Afrique.

Impressions d’Afrique parut en feuilleton dans le Gaulois du dimanche et y passa tout à fait inaperçu.

De même, quand cette œuvre parut en librairie, nul n’y fit attention. Seul, Edmond Rostand, à qui j’en avais envoyé un exemplaire, la comprit du premier coup, se passionna pour elle et en parla à tous, allant jusqu’à en lire des fragments à haute voix à ses familiers. Il me disait souvent : « Il y aurait une pièce extraordinaire à tirer de votre livre. » Ces paroles m’influencèrent. En outre je souffrais d’être incompris et je pensai que par le théâtre j’atteindrais peut-être plus facilement le public que par le livre.

Je tirai donc d’Impressions d’Afrique une pièce que je fis jouer au théâtre Fémina d’abord, au théâtre Antoine ensuite.

Ce fut plus qu’un insuccès, ce fut un tollé. On me traitait de fou, on « emboîtait » les acteurs, on jetait des sous sur la scène, des lettres de protestation étaient adressées au directeur.

Une tournée faite en Belgique, en Hollande et dans le nord de la France ne fut pas plus heureuse.

Pendant ce temps j’écrivais Locus Solus.

Comme Impressions d’Afrique l’ouvrage parut en feuilleton dans le Gaulois du dimanche et, de même, y passa tout à fait inaperçu.

En librairie, résultat nul.

De nouveau je voulus recourir au théâtre et je demandai à Pierre Frondaie de tirer de Locus Solus une pièce que je fis jouer avec grand luxe au théâtre Antoine.

À la première il y eut un tumulte indescriptible. Ce fut une bataille, car cette fois, si presque toute la salle était contre moi, j’avais du moins un groupe de très chauds partisans.

L’affaire fit beaucoup de bruit et je fus connu du jour au lendemain.

Mais, loin d’être un succès, ce fut un scandale. Car, à part le petit groupe favorable dont j’ai parlé, tout le monde était ameuté contre moi.

Suivant l’expression d’un journaliste, ce fut « une levée de stylographes ». De nouveau on me traita de fou, de mystificateur ; toute la critique poussa des cris d’indignation.

Mais enfin un résultat était désormais acquis : le titre d’un de mes ouvrages était célèbre. Dans toutes les revues théâtrales, cette année-là, il y eut une scène sur Locus Solus, et deux revues s’en inspirèrent pour leur titre : Cocus Solus (qui, plus heureuse que ma pièce, sa marraine, dépassa la centième) et Blocus Solus ou les bâtons dans les Ruhrs.

Pensant que l’incompréhension du public venait peut-être du fait que je ne lui avais jusqu’alors présenté au théâtre que des adaptations de livres, je résolus de composer un ouvrage spécialement pour la scène.

J’écrivis L’Étoile au Front que je fis représenter au Vaudeville. Nouveau tumulte, nouvelle bataille, mais où mes partisans étaient cette fois beaucoup plus nombreux. Au troisième acte l’effervescence devint telle qu’il fallut, au milieu d’une scène, baisser le rideau pour ne le relever qu’au bout d’un certain temps.

Pendant le second acte, un de mes adversaires ayant crié à ceux qui applaudissaient : « Hardi la claque », Robert Desnos lui répondit : « Nous sommes la claque et vous êtes la joue. » Le mot eut du succès et fut cité par divers journaux. (Remarque amusante, en intervertissant l’l et le j on obtient : « Nous sommes la claque et vous êtes jaloux », phrase qui n’eût sans doute pas manqué d’une certaine justesse.)

Cette fois encore la critique fut déchaînée contre moi, et, comme toujours, on parla de folie ou de mystification. On appela la pièce « l’Araignée sous le front » et des journalistes interviewèrent mes acteurs pour savoir si j’écrivais mes pièces sérieusement ou si mon but était de me moquer du monde. J’appris qu’à la fin d’une des représentations un groupe d’étudiants avait, pendant quelque temps, guetté ma sortie pour me huer.

Cependant le nombre de mes partisans grossissait sans cesse.

Après L’Étoile au Front j’écrivis La Poussière de Soleils que je fis représenter à la Porte-Saint-Martin.

On s’arracha les places pour la première et l’affluence y fut énorme. Beaucoup ne venaient que pour avoir le plaisir d’assister à une séance houleuse et d’y jouer leur rôle. Cependant la représentation fut calme. Une fois pourtant, à un début de manifestation hostile, un de mes partisans cria : « Silence les idiots ! »

La pièce ne fut pas comprise ; et à quelques exceptions près les articles de presse furent détestables.

Une série de représentations donnée un peu plus tard à la Renaissance ne fut guère heureuse. Quand le rideau tombait, des gens criaient ironiquement « l’auteur… l’auteur… » Toutefois, à chacune de mes manifestations, je voyais des gens nouveaux se rallier à moi.

***

Pour écrire L’Étoile au Front et La Poussière de Soleils j’avais interrompu la composition d’un ouvrage en vers commencé en 1915[1].

À cette époque je m’étais remis à la poésie, abandonnée depuis bien des années, et l’ouvrage en question n’était autre que les Nouvelles Impressions d’Afrique, que je n’achevai qu’en 1928.

On ne saurait croire, en effet, quel temps immense exige la composition de vers de ce genre.

Je vais essayer d’en donner une idée.

Les Nouvelles Impressions d’Afrique devaient contenir une partie descriptive. Il s’agissait d’une minuscule lorgnette-pendeloque, dont chaque tube, large de deux millimètres et fait pour se coller contre l’œil, renfermait une photographie sur verre, l’un celle des bazars du Caire, l’autre celle d’un quai de Louqsor.

Je fis la description en vers de ces deux photographies. (C’était, en somme, un recommencement exact de mon poème « La Vue ».)

Ce premier travail achevé, je repris l’œuvre dès son début pour la mise au point des vers. Mais au bout d’un certain temps j’eus l’impression qu’une vie entière ne suffirait pas à cette mise au point et je renonçai à poursuivre ma tâche. Le tout m’avait pris cinq années de travail. Si l’on retrouve le manuscrit dans mes papiers, peut-être intéressera-t-il, tel qu’il est, certains de mes lecteurs.

Or, si, des treize ans et demi qui s’écoulèrent de l’hiver de 1915 à l’automne de 1928, je retranche les cinq ans dont je viens de parler, plus le temps que je mis à écrire L’Étoile au Front et La Poussière de Soleils, je constate qu’il m’a fallu sept ans pour composer les Nouvelles Impressions d’Afrique telles que je les ai présentées au public.

***

En terminant cet ouvrage je reviens sur le sentiment douloureux que j’éprouvai toujours en voyant mes œuvres se heurter à une incompréhension hostile presque générale.

(Il ne fallut pas moins de vingt-deux ans pour épuiser la première édition d’Impressions d’Afrique.)

Je ne connus vraiment la sensation du succès que lorsque je chantais en m’accompagnant au piano et surtout par de nombreuses imitations que je faisais d’acteurs ou de personnes quelconques. Mais là, du moins, le succès était énorme et unanime.

Et je me réfugie, faute de mieux, dans l’espoir que j’aurai peut-être un peu d’épanouissement posthume à l’endroit de mes livres.



[1] Puisque je touche ici à la partie poétique de mon œuvre, je voudrais citer quatre vers que, dans ma grande jeunesse, je m’étais amusé à ajouter à la poésie de Victor Hugo qui débute ainsi :

Comment, disaient-ils,

Avec nos nacelles

Fuir les alguazils ?

— Ramez, disaient-elles.

Voici ces quatre vers qui devaient suivre les derniers de la poésie :

Comment, disaient-ils,

Nous sentant des ailes

Quitter nos corps vils ?

— Mourez, disaient-elles.