lunes, 26 de febrero de 2024

Evelyn Waugh: El hombre que admiraba a Dickens

EL HOMBRE QUE ADMIRABA A DICKENS 

Aunque el señor McMaster había vivido en el Amazonas durante cerca de sesenta años, nadie, salvo unas pocas familias de indios shirianas, conocía su existencia. Su casa se levantaba en una pequeña sabana de unas tres millas de diámetro, completamente rodeada por la selva; era una de las pocas fracciones arenosas cubiertas de maleza que había en la región.

La corriente de agua que la regaba no se encuentra en ningún mapa; formaba algunos rápidos, siempre peligrosos, e infranqueables durante casi todas las estaciones del año, y corría a desembocar en el curso superior del río Uraricuera. El curso de este río está claramente trazado en todos los atlas escolares, pero más bien de acuerdo con conjeturas que con realidades. Ningún habitante del distrito, excepto el señor McMaster, había oído jamás hablar de las repúblicas de Colombia, Venezuela, Brasil ni Bolivia; cada una de éstas, en diversas épocas, había alegado derechos sobre esa región.

La casa del señor McMaster era mayor que las de sus vecinos, pero semejante a ellas; techo de hojas de palmas, paredes levantadas a la altura del pecho y formadas de barro y cañas, y el piso de tierra. Poseía una docena, más o menos, de ganado flaco que pacía en la sabana, una plantación de mandioca, algunos árboles de banana y de mango, un perro y (cosa única en el vecindario) una escopeta de un solo caño que se cargaba por la culata. Los pocos objetos útiles que recibía del mundo exterior le llegaban por medio de una larga sucesión de mercaderes, después de haber pasado de mano en mano, a través de trueques concertados en una docena de idiomas, en la extremidad de uno de los más largos hilos de la red que el comercio extiende desde Manaos hasta los remotos rincones de la selva.

Un día, mientras McMaster se ocupaba en llenar unos cartuchos, un indio shiriana le trajo la noticia de que un hombre blanco, solo y al parecer muy enfermo, venía del bosque y se acercaba al lugar. McMaster cerró el cartucho, cargó con él la escopeta, guardó en el bolsillo los cartuchos preparados y partió en la dirección indicada por el indio.

El hombre blanco ya salía de la selva cuando McMaster se acercó a el. Se había sentado en el suelo; era evidente que se sentía mal; estaba descalzo, sin sombrero, con las ropas tan desgarradas que solamente la humedad de su cuerpo las mantenía adheridas a la piel; sus pies estaban lastimados y muy hinchados. Cada parte visible de su piel había sido atacada por insectos y murciélagos; la fiebre hacía arder sus ojos, estaba delirando, pero dejó de hablar cuando McMaster se le aproximó y le habló en inglés.

—Estoy cansado; no puedo seguir andando. Me llamo Henty, y estoy cansado. Anderson murió. Hace de eso mucho tiempo. Supongo que usted me encontrará muy raro.

—Creo que usted está enfermo, amigo mío.

—Cansado solamente. Debe hacer ya varios meses que no he comido.

McMaster le ayudó a ponerse de pie, y sosteniéndolo por los brazos, lo condujo por entre las matas de pasto en dirección a la granja.

—Estamos cerca. Cuando lleguemos, le daré algo que le hará sentirse mejor.

—Es usted muy bueno. Veo que habla inglés; yo también soy inglés. Me llamo Henty —dijo el enfermo.

—Y bien, señor Henty, no se preocupe más. Usted está enfermo y ha recorrido un áspero camino. Yo lo cuidaré.

Marchaban con lentitud, pero finalmente llegaron a casa.

—Tiéndase allí, en la hamaca; voy a buscar algo que darle.

McMaster se retiró al cuarto del fondo de la casa y sacó una cajita de latón de debajo de un montón de pieles; estaba llena de hojas secas y pedazos de cortezas mezcladas; tomó un puñado de esta mezcla y salió en dirección al lugar donde ardía fuego. Cuando volvió, levantó con una mano la cabeza de Henty y con la otra le acercó a los labios una calabaza que contenía la tisana. El enfermo sorbía tembloroso el amargo líquido. Cuando acabó de beber, McMaster arrojó al suelo el resto. Henty se recostó en la hamaca, sollozando suavemente, pero no tardó en quedarse profundamente dormido.

“Desgraciada” fue el epíteto que la prensa aplicó a la expedición que Anderson emprendió hacia Parima y la región del alto Uraricuera, en el Brasil. La desgracia persiguió a la empresa en cada una de sus etapas, desde los arreglos preliminares iniciados en Londres hasta que se disolvió, en el Amazonas. Fue debido a uno de los primeros contrastes que Paul Henty llegó a formar parte de ella.

No tenía espíritu de explorador; era un joven bien parecido, de carácter tranquilo, de gustos refinados y posición económica envidiable. nada intelectual, pero eximio juez de la buena arquitectura, de los ballets: no era un conocedor, pero sí coleccionista, y hahía recorrido las partes más accesibles del mundo: era muv apreciado por las damas que daban recepciones, y casi reverenciado por sus tías. Estaba casado con una joven encantadora y de excepcional belleza: ella trastornó el excelente orden de su vida al confesarle su afecto por otro hombre: esto ocurría por secunda vez en ocho años de matrimonio. La primera vez, había sido un fugaz entusiasmo por un profesional de tennis; la segunda pasión se la había inspirado un capitán de los Coldstream Guards, y era cosa más seria.

El primer pensamiento de Henty al recibir el choque de esta revelación. fue salir a comer solo. Era miembro de cuatro clubs, pero en tres de ellos podía suceder que se encontrara con el amante de su mujer. Entonces, eligió uno al que iba con escasa frecuencia: era éste un club semiintelectual, al que acudían publicistas, abogados y universitarios que esperaban ser elegidos en el Ateneo.

Allí, después de comer, conversó con el profesor Anderson y por primera vez oyó hablar de la proyectada expedición al Brasil. La dificultad especial que retardaba los arreglos era causada por el desfalco de dos terceras partes del capital de la expedición, cometido por el secretario. Los principales expedicionarios estaban prontos: eran el profesor Anderson, el antropólogo doctor Simmons, el señor Necker, biólogo, y el señor Brough, inspertor, operador inalámbrico y mecánico. Todos los aparatos científicos y de deportes estaban embalados, prontos para ser embarcados, si las facilidades necesarias hubieran sido selladas y firmadas por las autoridades del ramo: pero toda la empresa quedaría abandonada si no se conseguían mil doscientas libras esterlinas.

Ya se ha dicho que Henty era hombre de buena posición económica; la expedición duraría de nueve meses a un año. Podía cerrar su casa de campo; pensó que su mujer querría permanecer en Londres, cerca de su enamorado. Henty podía cubrir con exceso la suma necesaria. El viaje presentaba cierto aspecto brillante que quizás despertaría las simpatías de su mujer, según esperaba él. Allí mismo, ante el fuego de la chimenea del Club, se decidió a acompañar al profesor Anderson.

Esa noche, al regresar a su casa, comunicó a su mujer la decisión.

—¿Sí, querido?

—¿Estás segura de que has dejado de amarme?

—Querido, tú sabes que te adoro.

—Pero ¿estás segura de que prefieres al capitán Tony No-Sé-Cuántos? [

—¡Oh, sí! Lo amo mucho más. Pero es algo completamente diferente.

—Muy bien. Te propongo que no inicies el divorcio de aquí a un año. Así tendrás tiempo de reflexionar. La semana próxima, yo partiré en viaje al Uraricuera.

—¡Cielos! ¿Dónde es eso?

—No lo sé con certeza, pero es en alguna parte del Brasil, según creo. Es una región inexplorada. Estaré ausente durante un año.

—¡Pero, querido! ¡Qué poco original! ¿Es algo como los hombres de que hablan los libros; quiero decir, los que se ocupan de caza mayor, y... todo eso?

—Es evidente que ya has descubierto que soy muy poco original.

—Vamos, vamos, no te pongas desagradable. ¡Oh, el teléfono! Será Tony, probablemente. Si es él, ¿te molestaría mucho que le hablase a solas durante un momento?

Durante los diez días siguientes de preparativos, ella le demostró gran cariño; por dos veces no recibió a su capitán para acompañar a Henty a las tiendas y elegir su equipo; insistió en que comprara polainas de lana. La última noche que él pasaría en Londres, ella le dio una cena en el Hotel Embassy, permitiéndole que invitara a todos los amigos que quisiera; a él no se le ocurrió invitar a nadie más que al profesor Anderson, quien se presentó vestido de modo muy raro, bailó infatigablemente y dejó una impresión general desagradable. Al día siguiente, la señora acompañó a su marido hasta el tren que lo conduciría al punto de embarque, y le regaló una frazada muv suave, de color celeste, dentro de una bolsa de piel de Suecia, del mismo color, con su monograma y con cierre relámpago. Besó a Henty al despedirse y le encareció que “Se cuidara bien en ese sitio desconocido”.

Si hubiera ido hasta Southampton, la señora hubiera presenciado dos escenas dramáticas. El señor Brough. al cruzar la planchada, fue arrestado por una deuda de treinta y dos libras esterlinas; esta detención fue causada por la gran publicidad que se dio a los peligros de la expedición. Henty arregló la cuenta.

La segunda dificultad no fue tan fácil de allanar; la madre del señor Necker llegó a bordo antes que los expedicionarios; llevaba un diario editado por algunos misioneros en el que acababa de leer la descripción de las selvas del Brasil. Nada pudo inducirla a permitir que su hiio partiera, y afirmó que permanecería a bordo hasta que él desembarcara con ella. En caso necesario, ella iría con él, pero jamás le permitiría ir solo a esas selvas. Todos los argumentos fracasaron ante la tenaz anciana que finalmente, cinco minutos antes del momento de la partida, se llevó en triunfo a su hijo, dejando sin biólogo a la compañía.

Tampoco el señor Brough permaneció durante largo tiempo en su puesto. El barco en que viajaban tomaba pasajeros para un viaje de ida y vuelta. Brough no había estado a bordo ocho días todavía y apenas se había acostumbrado al movimiento del barco, cuando contrajo compromiso de matrimonio. Estaba todavía comprometido, pero con otra dama, cuando el barco llegó a Manaos. Rechazó todas las exhortaciones para que siguiera adelante. Entonces Henty le prestó el importe del viaje de regreso, y al llegar a Southampton, renovó su compromiso con su primera novia, y se casaron inmediatamente.

Los otros llegaron al Brasil y hallaron que todos los funcionarios a quienes estaban dirigidas sus cartas credenciales habían sido reemplazados. Mientras Henty y el profesor Anderson negociaban con los nuevos administradores, el doctor Simmons remontó el río hasta Boa Vista, donde estableció un campamento que serviría de base para las futuras operaciones, y allí depositó la mavor parte del aprovisionamiento; éste fue inmediatamente requisado por la guarnición de los revolucionarios; el doctor fue encarcelado por algunos días y sometido a tantas humillaciones diversas que, cuando fue puesto en libertad, muy irritado, se dirigió a la costa sin perder tiempo. En Manaos no se detuvo sino durante los días necesarios para comunicar a sus colegas que insistía en presentar personalmente su caso ante las autoridades centrales de Río.

Hacía apenas un mes que habían iniciado sus tareas; Henty y Anderson se encontraron solos, despojados de casi todas sus provisiones. No se podía pensar en la ignominia de regresar inmediatamente a Londres. Durante un breve tiempo pensaron que sería conveniente ocultarse unos seis meses en Madeira o Tenerife, pero lo probable era que, aun allí, se descubriría la farsa a causa de las numerosas fotografías publicadas en los diarios ilustrados de Londres. Muy deprimidos, los dos exploradores partieron sols en dirección a Uraricuera, con pocas esperanzas de realizar algo que fuera útil para alguien.

Durante siete semanas, remaron debajo de los verdes y húmedos túneles de la selva. Sacaron algunas instantáneas de indios desnudos y misántropos, y embotellaron algunas víboras; pero todo esto se perdió cuando el bote en que navegaban zozobró en los rápidos; se indigestaron muchas veces ingiriendo nauseabundas bebidas en algunas fiestas de indígenas; un buscador de oro, venido de las Guayanas, les robó lo poco que les quedaba de azúcar. Por último, Anderson cayó enfermo de malaria; tendido en su hamaca, murmuraba débilmente, y al cabo de algunos días cayó en estado comatoso y murió, dejando a Henty solo, con una docena de remeros maku, ninguno de los cuales hablaba en alguno de los idiomas conocidos por el explorador. Volvieron la proa hacia la corriente del río y navegaron llevando un mínimo de provisiones y sin ninguna confianza mutua.

Una semana después de la muerte de Anderson. Henty se despertó un día y descubrió que su bote y sus remeros habían desaparecido durante la noche. A él no le quedaban sino su hamaca y su pijama, y se encontraba a dos o trescientas millas de la habitación brasileña más próxima. Su impulso natural le impedía permanecer donde estaba, pero no sabía adónde ir. Echó a andar, siguiendo el curso del río; al principio tuvo la esperanza de encontrar alguna canoa. Pero no tardó la selva en presentarle apariciones fantásticas, sin ningún motivo razonable. Siguió adelante, vadeando arroyos o atravesando penosamente la selva.

Había creído siempre, aunque de modo vago, que en las selvas había muchas cosas comestibles; que en ellas se corría peligro a causa de las víboras, de los salvajes y de las fieras, pero no del hambre. Ahora veía que no era así. La selva se componía exclusivamente de inmensos troncos de árboles, enclavados en una maraña de zarzas espinosas, y de lianas; nada de esto era nutritivo. El primer día sufrió horriblemente. Después se sintió como anestesiado; lo desconcertaba especialmente la conducta de los indígenes, que salían a su encuentro vestidos con libreas de lacayos, le traían la comida; después desaparecían de modo inexplicable o levantaban las tapas de las fuentes y descubrían tortugas vivas. Muchas personas que lo conocieron en Londres, ahora corrían en torno suyo, burlándose de él y le hacían preguntas a las que no sabía contestar. También apareció su mujer, y él se alegrró de verla, entendiendo que se había cansado de su capitán y había venido a buscarlo; pero también ella desapareció como todos los otros.

Entonces se acordó de que era absolutamente necesario que legara a Manaos. Redobló su energía y siguió adelante, tropezando con grandes piedras en el lecho del río y enredándose en las lianas. “No debo malgastar mi energía” pensó. Después se olvidó de eso y de todo; no se dio cuenta de nada más hasta que se encontró tendido en una hamaca, en la casa de McMaster. Su convalecencia fue lenta. Al principio, sus días de lucidez alternaban con los de delirio; después le bajó la temperatura y recobró el conocimiento, aunque seguía muy enfermo. Los días de fiebre fueron menos frecuentes, y por último se presentaron según el sistema que es normal en los trópicos, es decir, entre largos períodos de salud relativa. McMaster le daba con regularidad sus tisanas de hierbas.

—Es muy desagradable, pero hace bien —decía a Henty.

—En la selva hay remedios para todo —afirmaba McMaster—; los hay para curar y para enfermar. Mi madre era india y me enseñó a conocer muchos de ellos. He llegado a conocer otros, por medio de mis diferentes mujeres. Hay plantas para curar y para dar fiebre, para matar y para enloquecer, para alejar a las víboras, para anestesiar a los peces de manera que puedan tomarse del agua como las frutas de un árbol. Hay muchas medicinas que yo no conozco. Dicen que es posible devolver la vida a un muerto, aun después que ha comenzado a descomponerse, pero eso no lo he visto.

—¿Es usted inglés?

—Mi padre era inglés, de las Barbadas; vino como misionero a la Guayana Inglesa. Estaba casado con una mujer blanca pero la dejó en la Guayana para ir a buscar oro. Entonces tomó a mi madre. Las mujeres shirianas son feas, pero muy fieles. Yo he tenido muchas. La mayoría de los hombres y mujeres que viven en esta sabana son hijos míos. Es por eso que me obedecen, por eso y por la escopeta. Mi padre vivió hasta una edad avanzada. No hace veinte años que murió. Era un hombre educado. ¿Usted sabe leer?

—Sí, naturalmente.

—No todos son tan afortunados. Yo no sé.

Henty se rió.

—Me parece que aquí no hay muchas oportunidades para leer.

—¡Oh, sí! Precisamente, aquí tengo muchos libros. Le mostraré algunos cuando usted esté mejor. Hasta hace unos cinco años había aquí un inglés, un negro que se había educado en Georgetown. Murió. Acostumbraba leerme todos los días hasta que murió. Usted me leerá cuando se encuentre mejor.

—Tendré mucho gusto en hacerlo.

—Sí, usted me leerá —repitió McMaster haciendo inclinaciones de cabeza y con la calabaza en la mano.

Durante los primeros días de su convalecencia, Henty conversó poco con el dueño de casa: permanecía tendido en la hamaca mirando hacia el techo de palmas y pensando en su muier: se repetía una y otra vez diversos incidentes de su vida convugal, incluyendo sus amoríos con el profesional de tenis y con el militar. Los días, de doce horas exactas cada uno, transcurrían sin ninguna diversidad. McMaster se retiraba a dormir al ponerse el sol, y dejaba una pequeña lámpara encendida, que era una mecha tejida a mano y sumergida en un recipiente de grasa, para alejar a los murciélagos vampiros.

La primera vez que Henty salió de la casa, lo llevó a dar un corto paseo en torno de la granja.

—Le mostraré la tumba del negro —dijo conduciéndolo a un montículo que había entre los árboles de mangos. Fue muy bueno conmigo. Todas las tardes, hasta que murió, solía leerme durante dos horas. Creo que voy a poner una cruz para conmemorar su muerte y la llegada de usted; es una linda idea. ¿Cree usted en Dios?

—Nunca he pensado mucho en eso.

—Usted tiene mucha razón. Yo he pensado mucho en ello, y todavía no sé... Dickens lo sabía.

—Supongo.

—¡Oh, sí! Es evidente en todos sus libros. Usted lo verá.

Esa tarde, McMaster comenzó la construcción que colocaría a la cabecera de la tumba del negro. Trabajaba con una gran herramienta, en una madera tan dura que raspaba y resonaba como si fuera metal.

Por último, cuando Henty hubo pasado seis o siete días consecutivos sin fiebre, McMaster le dijo:

—Creo que ahora usted está lo bastante bien para leer los libros.

En un extremo de la choza había una especie de sobrado formado por una tosca plataforma apoyada en los aleros del techo. McMaster apoyó en él una escalera de mano y subió. Henty lo siguió, vacilante todavía, después de su enfermedad. McMaster se sentó en el borde de la plataforma y Henty quedó en lo alto de la escalera de mano mirando en torno suyo. En el sobrado había una cantidad de pequeños envoltorios atados con trapos, hojas de palmera y cueros sin curtir.

—Ha sido difícil alejar a los gusanos y a las hormigas. Dos están casi destruidos, pero hay un aceite muy útil que los indios saben preparar.

Desenvolvió el atado más próximo y dio a Henty un libro encuadernado en cuero de becerro. Era una antigua edición americana de Bleak House.

—No importa con cuál empezaremos.

—¿Le gusta Dickens?

—Sí, naturalmente. Algo más que gustarme, mucho más. Vea usted, son los únicos libros que he oído leer. Mi padre solía leerlos, y después el hombre negro... y ahora usted. Los he oído leer varias veces, pero nunca me canso; siempre hay algo más que aprender y que notar, tantos caracteres, tantos cambios de escena, tantas palabras. .. Tengo todos los libros de Dickens, menos los que las hormigas devoraron. Se tarda mucho tiempo en leerlos todos, más de dos años.

—Y bien —dijo Henty alegremente—, durarán tanto como mi visita.

—¡Oh, espero que no! Encanta comenzar de nuevo. Cada vez yo encuentro algo más que admirar.

Bajaron el primer volumen de Bleak House y esa tarde Henty comenzó su lectura.

Siempre le había gustado leer en voz alta, y durante el primer año de su casamiento, había compartido varios libros leyéndolos con su esposa, hasta que un día, en uno de sus pocos momentos confidenciales, ella le dijo que para ella era una tortura. Algunas veces, después de eso, él había pensado que debía ser agradable tener hijos a quienes leer. Pero McMaster era un auditorio especial, único. El anciano se sentaba a caballo sobre su hamaca, enfrente de Henty, fijando en él los ojos y siguiendo en silencio las palabras, con sus labios. A menudo, cuando se presentaba un nuevo personaje, él decía: “repita el nombre, lo he olvidado”, o también: “sí, sí, lo recuerdo bien... La pobre mujer se muere”. Frecuentemente interrumpía haciendo preguntas; no las que Henty hubiera creído referentes a las circunstancias de la historia, tales como los procedimientos del Tribunal del Lord Chancellor, o las convenciones sociales de la época, aunque debían haber sido ininteligibles para él, amén de que no le interesaban, pero siempre referentes a los personajes.

—Veamos ¿por qué dice eso ella? ¿Lo cree así realmente? ¿Se sentía desvanecer a causa del calor del fuego o de algo que se decía en ese papel?

Celebraba las bromas con grandes risas, hasta en algunos pasaos que a Henty no le parecían humorísticos, y le pedía que se los repitiera dos o tres veces; después, al oír la descripción de los sufrimientos de los abandonados en “Tom-all-alone” le corrían las lágrimas por las mejillas y se perdían entre su barba. Sus comentarios sobre la narración eran generalmente sencillos: “Creo que ese Deadlock es un hombre muy orgulloso”, o si no: “La señora Telliby no cuida bastante de sus hijos”. Henty disfrutaba tanto de aquellas lecturas como McMaster.

Al final del primer día, el anciano dijo:

—Usted lee espléndidamente, con mucho mejor acento que el negro. Y usted explica mejor. Es casi como si mi padre estuviera aquí otra vez.

Y siempre, al terminar una sesión, le agradecía cortésmente a su huésped.

—Me ha gustado mucho eso; fue un capítulo muy angustioso. Pero si es que recuerdo bien, todo terminará de modo satisfactorio.

Cuando comenzaron la lectura del segundo volumen, la novedad y el encanto del viejo habían empezado a disminuir, y Henty se sentía ya bastante fuerte como para inquietarse. Más de una vez abordó el tema de su partida, inquiriendo acerca de las canoas, las lluvias y la posibilidad de encontrar guías. Pero McMaster parecía no comprender y no prestaba la menor atención al tema.

Un día, recorriendo con el pulgar las páginas de Bleak House que les faltaba leer, Henty dijo:

—Nos falta mucho todavía para terminar. Espero poder terminar el libro antes de mi partida.

—iOh, sí! —dijo McMaster—. No se preocupe por eso, amigo mío. Tendrá tiempo para eso.

Por primera vez, Henty notó cierto tono amenazante en la voz de su protector. Esa noche, a la hora de la cena, que consistió en un plato de fariña y carne seca, servido antes de la puesta del sol, Henty renovó el tema.

—Usted ve, señor McMaster, que ha llegado el momento en que debo pensar en volver a la vida civilizada. He abusado ya de su hospitalidad.

McMaster se inclinó sobre su plato ingiriendo grandes bocados de fariña, pero guardó silencio.

—;Cuándo cree usted que podré conseguir un bote?... Digo que ¿cuándo cree usted que podré conseguir un bote? Yo aprecio más de lo que puedo expresar todas las bondades que usted ha tenido para mí, pero...

—Amigo mío. cualquier cosa que yo hava hecho por usted está ampliamente recompensada con su lectura de Dickens. No volvamos a mencionar el tema.

—Me alegro que usted haya disfrutado. Yo también. Pero debo pensar en mi regreso...

—El negro decía lo mismo. Pensaba en eso mismo todo el tiempo. Pero murió aquí...

Al día siguiente, Henty abordó el tema por dos veces, pero el viejo se mostró evasivo. Por ultimo le dijo:

—Discúlpeme, señor McMaster, pero debo insistir sobre el punto. ¿Cuándo podré contar con un bote?

—No hay botes.

—Pero los indios pueden construir uno.

—Hay que esperar las lluvias. No hay bastante agua en el río ahora.

—¿Cuánto hay que esperar?

—Un mes... dos meses...

Habían terminado Bleak House y estaban cerca del-final de Dombey and Son, cuando empezaron las lluvias.

—Ahora es el momento de hacer preparativos para mi partida.

—¡Oh, imposible! Los indios no harán ningún bote durante la estación de las lluvias; es una de sus supersticiones.

—Usted debió habérmelo dicho.

—¿Y no se lo dije? Me habré olvidado.

A la mañana siguiente, mientras McMaster se hallaba ocupado, Henty salió solo, y aparentando estar despreocupado, se dirigió a la sabana, hacia el grupo de cabañas, en la puerta de una de ellas se hallaban sentados cuatro o cinco indios shirianas. Estos no lo miraron cuando Henty se aproximó; el lesd habló empleando las pocas palabras de la lengua maku que había aprendido durante su viaje, pero ellos no dieron señales de haber comprendido. Entonces dibujó la silueta de un bote en la arena y les indicó algunos movimientos de carpintería, señalando de ellos a él, y luego insinuó el gesto de darles revólveres, sombreros y algunos otros artículos de comercio. Una de las mujeres se rio, pero nadie demostró haber comprendido y él se retiró descontento.

Durante el almuerzo, McMaster le dijo:

—Señor Henty, los indios me han dicno que usted intentó hablarles. Es mejor que usted se entienda conmigo para lo que desee, porque ellos no harán nada sin mi autorización, ellos se consideran hijos míos, y en su mayoría tienen razón.

—Es cierto. Fui a preguntarles por una canoa.

—Eso es lo que me dieron a entender. Y ahora, si usted ha terminado su comida, podemos empezar otro capítulo. Estoy completamente absorbido por ese libro.

Terminaron Dombey and Son; había pasado casi un año desde que Henty saliera de Inglaterra, y la terrible perspectiva de su exilio definitivo empezaba a torturarlo cuando, entre las páginas de Martin Chuzzlewit, encontró un papel escrito con lápiz en caracteres irregulares:

“Año 1919. —Yo, James McMaster, de Brasil, hago jurar a Barnabas Washington de Georgetown, que si termina este libro titulado Martin Chuzzlewit, lo dejaré irse tan pronto como termine”.

Seguía una gruesa X hecha con lápiz y luego: “McMaster hizo esta señal; firmado Barnabas Washington”.

—Señor McMaster —dijo Henty—, quiero hablarle francamente. Usted me salvó la vida y estoy dispuesto ha recompensarlo del mejor modo posible cuando vuelva a la civilización. Le daré a usted todo lo que sea razonable. Pero ahora usted me está reteniendo aquí contra mi voluntad. Pido que se me deje en libertad.

—Pero amigo, ¿qué es lo que lo retiene? Usted es libre. Puede irse cuando quiera.

—Bien sabe usted que no puedo irme sin su ayuda.

—En ese caso, usted tiene que conquistar a un viejo. Léame otro capítulo.

—Señor McMaster, juro por lo que usted quiera que cuando yo llegue a Manaos le enviaré una persona que tome mi lugar. Pagaré a un hombre para que le lea durante todo el día.

—Pero es que yo no necesito otro hombre. ¡Lee usted tan bien!

—He leído por última vez.

—Espero que no —repuso McMaster cortésmente.

Esa noche se trajo para la cena un solo plato de carne seca y fariña y McMaster comió solo. Henty permaneció silencioso, mirando al techo de palmas.

Al día siguiente, a la hora del almuerzo, se puso un solo plato delante de McMaster, quien tenía el fusil cargado sobre las rodillas mientras comía. Henty reanudó la lectura de Martin Chuzzlewit donde la había interrumpido.

Las semanas pasaban sin esperanza. Leyeron Nicholas Nickleby y Little Dorrit y Oliver Twist. Entonces llegó a la sabana un extraño mestizo buscador de oro, uno de esos solitarios que vagan por los bosques durante toda su vida, siguiendo los arroyos, y tamizando las arenas y llenando gramo a gramo su bolsita de cuero con polvos de oro, y que a menudo mueren por la intemperie y el hambre, con su carga de oro por valor de quinientos dólares colgada del cuello.

McMaster se sintió contrariado a su llegada, le dio fariña y passo y lo hizo reanudar su marcha al cabo de una hora; pero en esa hora Henty tuvo tiempo de garabatear su nombre en una tira de papel y ponerla en la mano del hombre.

Ahora había una esperanza. Los días continuaron con su invariable rutina; café al amanecer, una mañana de inacción mientras McMaster se ocupaba en los asuntos de la granja, fariña y passo al mediodía, Dickens por la tarde, fariña y passo y, algunas veces, fruta al caer la noche, silencio desde la puesta del sol hasta el alba con el pequeño pabilo ardiendo en grasa y el techo de palmas apenas discernible sobre la cabeza; pero Henty vivía confiado y esperaba.

Alguna vez el buscador de oro llegaría a alguna aldea brasileña con la noticia de su descubrimiento. El desastre de la expedición de Anderson no podía haber pasado inadvertido. Henty se imaginaba los títulos con que la noticia habría aparecido en los diarios; posiblemente había gente que los estaba buscando y recorría la región que ellos habían atravesado; cualquier día podrían oírse voces hablando en inglés en la sabana y un grupo de aventureros amistosos se precipitarían a través de la selva. Cuando estaba leyendo, aunque sus labios seguían maquinalmente las páginas impresas, su pensamiento vagaba lejos de su oyente, que lo escuchaba anhelante. Comenzaba a imaginar los incidentes de su vuelta al hogar, los encuentros graduales con la civilización; se afeitaría y vestiría con ropas nuevas en Manaos, telegrafiaría pidiendo dinero, recibiría telegramas de felicitación; disfrutaría del viaje por la lenta corriente del río hasta Belem; el gran transatlántico que lo llevaría a Europa; saboreaba ya el buen clarete y la carne fresca y las verduras primaverales; se sentía tímido ante su esposa e indeciso acerca de lo que iba a decirle...

—Querido, has tardado mucho más de lo que dijiste. Yo te creía perdido...

De pronto McMaster interrumpió:

—¿Puedo molestarle para que me lea ese pasaje otra vez? Me agrada especialmente.

Pasaron varias semanas; no había señales de rescate, pero Henty soportaba cada día con la esperanza de que podía suceder mañana; hasta llegó a sentir cierta cordialidad hacia su carcelero y se sintió muy bien dispuesto a seguirlo cuando una tarde, después de un conciliábulo con un indio vecino, McMaster propuso celebrar una fiesta.

—Es una fiesta local —explicó— y han estado haciendo piwari. Tal vez a usted no le guste, pero tiene que probarlo. Iremos a casa de ese hombre esta noche.

Después de la comida, se reunieron esa noche con un grupo de indios que estaban alrededor del fuego en una de las cabañas al otro lado de la sabana. Cantaban de modo apático y monótono, pasando de uno a otro una gran calabaza de líquido que iba de boca en boca. A Henty y McMaster se les dio una calabaza a cada uno y hamacas para sentarse.

—Hay que beberlo de una vez sin dejar el recipiente. Ésa es la etiqueta.

Henty probó el líquido oscuro, procurando no paladearlo. Pero no lo halló desagradable; era áspero y denso al paladar, como la mayor parte de las bebidas que había probado en el Brasil, pero tenía gusto a miel y a pan moreno. Se echó atrás en la hamaca sintiéndose insólitamente contento. Tal vez en esos momentos sus salvadores estaban a escasa distancia de allí. Mientras tanto, él se sentía reconfortado y soñoliento. La cadencia del canto se elevaba y descendía, interminable, litúrgica. Le ofrecieron otra calabaza de piwari y él la devolvió vacía. Yacía extendido, mirando el juego de luces y sombras en el techo de palmas, cuando los shirianas comenzaron la danza. Cerró los ojos pensando en Inglaterra y su esposa y se quedó dormido.

Se despertó en la cabaña india con la sensación de haber dormido más de lo acostumbrado. Por la posición del sol, vio que era la tarde. No había nadie allí. Iba a ver la hora y vio con sorpresa que su reloj no estaba en su muñeca. Pensó que tal vez lo habría dejado en la casa, antes de venir a la fiesta.

—Debo haberme embriagado anoche —pensó—. ¡Bebida traidora!

Sentía dolor de cabeza y temía que le volviera la fiebre. Cuando puso los pies en el suelo, halló dificultad en pararse; su andar era inseguro y se sentía mareado, como en los días de su convalecencia. En su camino a través de la sabana, se vio obligado a detenerse más de una vez, cerrando los ojos y aspirando el aire a todo pulmón. Cuando llegó a la casa, encontró a McMaster, esperándolo.

—Amigo mío, se le ha hecho tarde para la lectura de hoy. Apenas queda media hora de luz. ¿Cómo se siente?

—Mal. Esa bebida no me conviene.

—Le daré algo que lo mejore. En el bosque hay remedios para todo, para despertarlo y para hacerlo dormir.

—¿Ha visto mi reloj en alguna parte?

—¿Lo ha perdido?

—Sí. Creí haberlo llevado puesto. Nunca he dormido tanto.

—Seguro que no, desde que era niño. ¿Sabe cuánto tiempo durmió? Dos días.

—No... no puede ser.

—Sí, así es. Es mucho tiempo. Es una lástima porque perdió una visita.

—¿Visitas?

—Sí. He estado muy entretenido mientras usted dormía. Eran tres hombres extranjeros, ingleses. Es una lástima que usted no los haya visto. Y una lástima para ellos también, porque deseaban verlo. Pero ¿qué podía yo hacer? ¡Usted estaba tan profundamente dormido! Vinieron a buscarlo, y como usted no pudo recibirlos, les di su reloj, pensando que a usted no le importaría eso, para que se llevaran ese pequeño recuerdo. Ellos deseaban algo suyo que llevarle a su esposa, que había ofrecido una recompensa a quien le diera noticias suyas. Se mostraron muy satisfechos con el reloj. Tomaron fotografías de la cruz que yo levanté conmemorando su llegada. Les agradó mucho también. Se contentaron muy fácilmente. Pero creo que no nos volverán a visitar; nuestra vida aquí es tan retirada... no hay más placer que la lectura... Supongo que no han de volver. Le daré alguna medicina para que se sienta mejor. Le duele la cabeza, ¿no es cierto?... Hoy no leeremos Dickens... pero sí mañana, y pasado mañana y todos los días. Empecemos otra vez con Little Dorrit. Hay pasajes en ese libro que nunca puedo oír sin sentir ganas de llorar.

 

EVELYN WAUGH

Traducción de Celia Blomberg de Velazco Blanco

Revista Sur192-194, octubre-diciembre de 1950 

THE MAN WHO LIKED DICKENS 

Although Mr. McMaster had lived in Amazonas for nearly sixty years, no one except a few families of Shiriana Indians was aware of his existence. His house stood in a small savannah, one of those little patches of sand and grass that crop up occasionally in that neighbourhood, three miles or so across, bounded on all sides by forest.

The stream which watered it was not marked on any map; it ran through rapids, always dangerous and at most seasons of the year impassable, to join the upper waters of the River Uraricoera, whose course, though boldly delineated in every school atlas, is still largely conjectural. None of the inhabitants of the district, except Mr. McMaster, had ever heard of the republic of Colombia, Venezuela, Brazil or Bolivia, each of whom had at one time or another claimed its possession.

Mr. McMaster’s house was larger than those of his neighbours, but similar in character —a palm thatch roof, breast high walls of mud and wattle, and a mud floor. He owned the dozen or so head of puny cattle which grazed in the savannah, a plantation of cassava, some banana and mango trees, a dog, and, unique in the neighbourhood, a single-barrelled, breech-loading shotgun. The few commodities which he employed from the outside world came to him through a long succession of traders, passed from hand to hand, bartered for in a dozen languages at the extreme end of one of the longest threads in the web of commerce that spreads from Manáos into the remote fastness of the forest.

One day while Mr. McMaster was engaged in filling some cartridges, a Shiriana came to him with the news that a white man was approaching through the forest, alone and very sick. He closed the cartridge and loaded his gun with it, put those that were finished into his pocket and set out in the direction indicated.

The man was already clear of the bush when Mr. McMaster reached him, sitting on the ground, clearly in a very bad way. He was without hat or boots, and his clothes were so torn that it was only by the dampness of his body that they adhered to it; his feet were cut and grossly swollen, every exposed surface of skin was scarred by insect and bat bites; his eyes were wild with fever. He was talking to himself in delirium, but stopped when Mr. McMaster approached and addressed him in English.

“I’m tired,” the man said; then: “Can’t go any farther. My name is Henty and I’m tired. Anderson died. That was a long time ago. I expect you think I’m very odd.”

“I think you are ill, my friend.”

“Just tired. It must be several months since I had anything to eat.”

Mr. McMaster hoisted him to his feet and, supporting him by the arm, led him across the hummocks of grass towards the farm.

“It is a very short way. When we get there I will give you something to make you better.”

“Jolly kind of you.” Presently he said: “I say, you speak English. I’m English, too. My name is Henty.”

“Well, Mr. Henty, you aren’t to bother about anything more. You’re ill and you’ve had a rough journey. I’ll take care of you.”

They went very slowly, but at length reached the house.

“Lie there in the hammock. I will fetch something for you.”

Mr. McMaster went into the back room of the house and dragged a tin canister from under a heap of skins. It was full of a mixture of dried leaf and bark. He took a handful and went outside to the fire. When he returned he put one hand behind Henty’s head and held up the concoction of herbs in a calabash for him to drink. He sipped, shuddering slightly at the bitterness. At last he finished it. Mr. McMaster threw out the dregs on the floor. Henty lay back in the hammock sobbing quietly. Soon he fell into a deep sleep.

“Ill-fated” was the epithet applied by the press to the Anderson expedition to the Parima and upper Uraricoera region of Brazil. Every stage of the enterprise from the preliminary arrangements in London to its tragic dissolution in Amazonas was attacked by misfortune. It was due to one of the early setbacks that Paul Henty became connected with it.

He was not by nature an explorer; an even-tempered, good-looking young man of fastidious tastes and enviable possessions, unintellectual, but appreciative of fine architecture and the ballet, well travelled in the more accessible parts of the world, a collector though not a connoisseur, popular among hostesses, revered by his aunts. He was married to a lady of exceptional charm and beauty, and it was she who upset the good order of his life by confessing her affection for another man for the second time in the eight years of their marriage. The first occasion had been a short-lived infatuation with a tennis professional, the second was a captain in the Coldstream Guards, and more serious.

Henty’s first thought under the shock of this revelation was to go out and dine alone. He was a member of four clubs, but at three of them he was liable to meet his wife’s lover. Accordingly he chose one which he rarely frequented, a semi-intellectual company composed of publishers, barristers, and men of scholarship awaiting election to the Athenaeum.

Here, after dinner, he fell into conversation with Professor Anderson and first heard of the proposed expedition to Brazil. The particular misfortune that was retarding arrangements at that moment was the defalcation of the secretary with two-thirds of the expedition’s capital. The principals were ready —Professor Anderson, Dr. Simmons the anthropologist, Mr. Necher the biologist, Mr. Brough the surveyor, wireless operator and mechanic— the scientific and sporting apparatus was packed up in crates ready to be embarked, the necessary facilities had been stamped and signed by the proper authorities, but unless twelve hundred pounds was forthcoming the whole thing would have to be abandoned.

Henty, as has been suggested, was a man of comfortable means; the expedition would last from nine months to a year; he could shut his country house —his wife, he reflected, would want to remain in London near her young man—a nd cover more than the sum required. There was a glamour about the whole journey which might, he felt, move even his wife’s sympathies. There and then, over the club fire, he decided to accompany Professor Anderson.

When he went home that evening he announced to his wife: “I have decided what I shall do.”

“Yes, darling?”

“You are certain that you no longer love me?”

“Darling, you know, I adore you.”

“But you are certain you love this guardsman, Tony whatever-his-name-is, more?”

“Oh, yes, ever so much more. Quite a different thing altogether.”

“Very well, then. I do not propose to do anything about a divorce for a year. You shall have time to think it over. I am leaving next week for the Uraricoera.”

“Golly, where’s that?”

“I am not perfectly sure. Somewhere in Brazil, I think. It is unexplored. I shall be away a year.”

“But darling, how ordinary! Like people in books —big game, I mean, and all that.”

“You have obviously already discovered that I am a very ordinary person.”

“Now, Paul, don’t be disagreeable —oh, there’s the telephone. It’s probably Tony. If it is, d’you mind terribly if I talk to him alone for a bit?”

But in the ten days of preparation that followed she showed greater tenderness, putting off her soldier twice in order to accompany Henty to the shops where he was choosing his equipment and insisting on his purchasing a worsted cummerbund. On his last evening she gave a supper party for him at the Embassy to which she allowed him to ask any of his friends he liked; he could think of no one except Professor Anderson, who looked oddly dressed, danced tirelessly and was something of a failure with everyone. Next day Mrs. Henty came with her husband to the boat train and presented him with a pale blue, extravagantly soft blanket, in a suède case of the same colour furnished with a zip fastener and monogram. She kissed him good-bye and said, “Take care of yourself in wherever it is.”

Had she gone as far as Southampton she might have witnessed two dramatic passages. Mr. Brough got no farther than the gangway before he was arrested for debt—a matter of £32; the publicity given to the dangers of the expedition was responsible for the action. Henty settled the account.

The second difficulty was not to be overcome so easily. Mr. Necher’s mother was on the ship before them; she carried a missionary journal in which she had just read an account of the Brazilian forests. Nothing would induce her to permit her son’s departure; she would remain on board until he came ashore with her. If necessary, she would sail with him, but go into those forests alone he should not. All argument was unavailing with the resolute old lady, who eventually, five minutes before the time of embarkation, bore her son off in triumph, leaving the company without a biologist.

Nor was Mr. Brough’s adherence long maintained. The ship in which they were travelling was a cruising liner taking passengers on a round voyage. Mr. Brough had not been on board a week and had scarcely accustomed himself to the motion of the ship before he was engaged to be married; he was still engaged, although to a different lady, when they reached Manáos and refused all inducements to proceed farther, borrowing his return fare from Henty and arriving back in Southampton engaged to the lady of his first choice, whom he immediately married.

In Brazil the officials to whom their credentials were addressed were all out of power. While Henty and Professor Anderson negotiated with the new administrators, Dr. Simmons proceeded up river to Boa Vista where he established a base camp with the greater part of the stores. These were instantly commandeered by the revolutionary garrison, and he himself imprisoned for some days and subjected to various humiliations which so enraged him that, when released, he made promptly for the coast, stopping at Manáos only long enough to inform his colleagues that he insisted on leaving his case personally before the central authorities at Rio.

Thus, while they were still a month’s journey from the start of their labours, Henty and Professor Anderson found themselves alone and deprived of the greater part of their supplies. The ignominy of immediate return was not to be borne. For a short time they considered the advisability of going into hiding for six months in Madeira or Tenerife, but even there detection seemed probable; there had been too many photographs in the illustrated papers before they left London. Accordingly, in low spirits, the two explorers at last set out alone for the Uraricoera with little hope of accomplishing anything of any value to anyone.

For seven weeks they paddled through green, humid tunnels of forest. They took a few snapshots of naked, misanthropic Indians; bottled some snakes and later lost them when their canoe capsized in the rapids; they overtaxed their digestions, imbibing nauseous intoxicants at native galas; they were robbed of the last of their sugar by a Guianese prospector. Finally, Professor Anderson fell ill with malignant malaria, chattered feebly for some days in his hammock, lapsed into coma and died, leaving Henty alone with a dozen Maku oarsmen, none of whom spoke a word of any language known to him. They reversed their course and drifted down stream with a minimum of provisions and no mutual confidence.

One day, a week or so after Professor Anderson’s death, Henty awoke to find that his boys and his canoe had disappeared during the night, leaving him with only his hammock and pajamas some two or three hundred miles from the nearest Brazilian habitation. Nature forbade him to remain where he was although there seemed little purpose in moving. He set himself to follow the course of the stream, at first in the hope of meeting a canoe. But presently the whole forest became peopled for him with frantic apparitions, for no conscious reason at all. He plodded on, now wading in the water, now scrambling through the bush.

Vaguely at the back of his mind he had always believed that the jungle was a place full of food; that there was danger of snakes and savages and wild beasts, but not of starvation. But now he observed that this was far from being the case. The jungle consisted solely of immense tree trunks, embedded in a tangle of thorn and vine rope, all far from nutritious. On the first day he suffered hideously. Later he seemed anaesthetized and was chiefly embarrassed by the behaviour of the inhabitants who came out to meet him in footman’s livery, carrying his dinner, and then irresponsibly disappeared or raised the covers of their dishes and revealed live tortoises. Many people who knew him in London appeared and ran round him with derisive cries, asking him questions to which he could not possibly know the answer. His wife came, too, and he was pleased to see her, assuming that she had got tired of her guardsman and was there to fetch him back; but she soon disappeared, like all the others.

It was then that he remembered that it was imperative for him to reach Manáos; he redoubled his energy, stumbling against boulders in the stream and getting caught up among the vines. “But I mustn’t waste my strength,” he reflected. Then he forgot that, too, and was conscious of nothing more until he found himself lying in a hammock in Mr. McMaster’s house.

His recovery was slow. At first, days of lucidity alternated with delirium; then his temperature dropped and he was conscious even when most ill. The days of fever grew less frequent, finally occurring in the normal system of the tropics, between long periods of comparative health. Mr. McMaster dosed him regularly with herbal remedies.

“It’s very nasty,” said Henty, “but it does do good.”

“There is medicine for everything in the forest,” said Mr. McMaster; “to make you well and to make you ill. My mother was an Indian and she taught me many of them. I have learned others from time to time from my wives. There are plants to cure you and give you fever, to kill you and send you mad, to keep away snakes, to intoxicate fish so that you can pick them out of the water with your hands like fruit from a tree. There are medicines even I do not know. They say that it is possible to bring dead people to life after they have begun to stink, but I have not seen it done.”

“But surely you are English?”

“My father was—at least a Barbadian. He came to British Guiana as a missionary. He was married to a white woman but he left her in Guiana to look for gold. Then he took my mother. The Shiriana women are ugly but very devoted. I have had many. Most of the men and women living in this savannah are my children. That is why they obey—for that reason and because I have the gun. My father lived to a great age. It is not twenty years since he died. He was a man of education. Can you read?”

“Yes, of course.”

“It is not everyone who is so fortunate. I cannot.”

Henty laughed apologetically. “But I suppose you haven’t much opportunity here.”

“Oh yes, that is just it. I have a great many books. I will show you when you are better. Until five years ago there was an Englishman—at least a black man, but he was well educated in Georgetown. He died. He used to read to me every day until he died. You shall read to me when you are better.”

“I shall be delighted to.”

“Yes, you shall read to me,” Mr. McMaster repeated, nodding over the calabash.

During the early days of his convalescence Henty had little conversation with his host; he lay in the hammock staring up at the thatched roof and thinking about his wife, rehearsing over and over again different incidents in their life together, including her affairs with the tennis professional and the soldier. The days, exactly twelve hours each, passed without distinction. Mr. McMaster retired to sleep at sundown, leaving a little lamp burning —a hand-woven wick drooping from a pot of beef fat— to keep away vampire bats.

The first time that Henty left the house Mr. McMaster took him for a little stroll around the farm.

“I will show you the black man’s grave,” he said, leading him to a mound between the mango trees. “He was very kind to me. Every afternoon until he died, for two hours, he used to read to me. I think I will put up a cross—to commemorate his death and your arrival—a pretty idea. Do you believe in God?”

“I’ve never really thought about it much.”

“You are perfectly right. I have thought about it a great deal and I still do not know... Dickens did.”

“I suppose so.”

“Oh yes, it is apparent in all his books. You will see.”

That afternoon Mr. McMaster began the construction of a headpiece for the Negro’s grave. He worked with a large spokeshave in a wood so hard that it grated and rang like metal.

At last when Henty had passed six or seven consecutive days without fever, Mr. McMaster said, “Now I think you are well enough to see the books.”

At one end of the hut there was a kind of loft formed by a rough platform erected up in the eaves of the roof. Mr. McMaster propped a ladder against it and mounted. Henty followed, still unsteady after his illness. Mr. McMaster sat on the platform and Henty stood at the top of the ladder looking over. There was a heap of small bundles there, tied up with rag, palm leaf and rawhide.

“It has been hard to keep out the worms and ants. Two are practically destroyed. But there is an oil the Indians know how to make that is useful.”

He unwrapped the nearest parcel and handed down a calf-bound book. It was an early American edition of Bleak House.

“It does not matter which we take first.”

“You are fond of Dickens?”

“Why, yes, of course. More than fond, far more. You see, they are the only books I have ever heard. My father used to read them and then later the black man . . . and now you. I have heard them all several times by now but I never get tired; there is always more to be learned and noticed, so many characters, so many changes of scene, so many words... I have all Dickens’s books except those that the ants devoured. It takes a long time to read them all —more than two years.”

“Well,” said Henty lightly, “they will well last out my visit.”

“Oh, I hope not. It is delightful to start again. Each time I think I find more to enjoy and admire.”

They took down the first volume of Bleak House and that afternoon Henty had his first reading.

He had always rather enjoyed reading aloud and in the first year of marriage had shared several books in this way with his wife, until one day, in one of her rare moments of confidence, she remarked that it was torture to her. Sometimes after that he had thought it might be agreeable to have children to read to. But Mr. McMaster was a unique audience.

The old man sat astride his hammock opposite Henty, fixing him throughout with his eyes, and following the words, soundlessly, with his lips. Often when a new character was introduced he would say, “Repeat the name, I have forgotten him,” or, “Yes, yes, I remember her well. She dies, poor woman.” He would frequently interrupt with questions; not as Henty would have imagined about the circumstances of the story—such things as the procedure of the Lord Chancellor’s Court or the social conventions of the time, though they must have been unintelligible, did not concern him—but always about the characters. “Now, why does she say that? Does she really mean it? Did she feel faint because of the heat of the fire or of something in that paper?” He laughed loudly at all the jokes and at some passages which did not seem humorous to Henty, asking him to repeat them two or three times; and later at the description of the sufferings of the outcasts in “Tom-all-Alone’s” tears ran down his cheeks into his beard. His comments on the story were usually simple. “I think that Dedlock is a very proud man,” or, “Mrs. Jellyby does not take enough care of her children.” Henty enjoyed the readings almost as much as he did.

At the end of the first day the old man said, “You read beautifully, with a far better accent than the black man. And you explain better. It is almost as though my father were here again.” And always at the end of a session he thanked his guest courteously. “I enjoyed that very much. It was an extremely distressing chapter. But, if I remember rightly, it will all turn out well.”

By the time that they were well into the second volume, however, the novelty of the old man’s delight had begun to wane, and Henty was feeling strong enough to be restless. He touched more than once on the subject of his departure, asking about canoes and rains and the possibility of finding guides. But Mr. McMaster seemed obtuse and paid no attention to these hints.

One day, running his thumb through the pages of Bleak House that remained to be read, Henty said, “We still have a lot to get through. I hope I shall be able to finish it before I go.”

“Oh yes,” said Mr. McMaster. “Do not disturb yourself about that. You will have time to finish it, my friend.”

For the first time Henty noticed something slightly menacing in his host’s manner. That evening at supper, a brief meal of farine and dried beef eaten just before sundown, Henty renewed the subject.

“You know, Mr. McMaster, the time has come when I must be thinking about getting back to civilization. I have already imposed myself on your hospitality for too long.”

Mr. McMaster bent over his plate, crunching mouthfuls of farine, but made no reply.

“How soon do you think I shall be able to get a boat?... I said how soon do you think I shall be able to get a boat? I appreciate all your kindness to me more than I can say, but...”

“My friend, any kindness I may have shown is amply repaid by your reading of Dickens. Do not let us mention the subject again.”

“Well, I’m very glad you have enjoyed it. I have, too. But I really must be thinking of getting back…”

“Yes,” said Mr. McMaster. “The black man was like that. He thought of it all the time. But he died here…”

Twice during the next day Henty opened the subject but his host was evasive. Finally he said, “Forgive me, Mr. McMaster, but I really must press the point. When can I get a boat?”

“There is no boat.”

“Well, the Indians can build one.”

“You must wait for the rains. There is not enough water in the river now.”

“How long will that be?”

“A month... two months...”

They had finished Bleak House and were nearing the end of Dombey and Son when the rain came.

“Now it is time to make preparations to go.”

“Oh, that is impossible. The Indians will not make a boat during the rainy season—it is one of their superstitions.”

“You might have told me.”

“Did I not mention it? I forgot.”

Next morning Henty went out alone while his host was busy, and, looking as aimless as he could, strolled across the savannah to the group of Indian houses. There were four or five Shirianas sitting in one of the doorways. They did not look up as he approached them. He addressed them in the few words of Maku he had acquired during the journey but they made no sign whether they understood him or not. Then he drew a sketch of a canoe in the sand, he went through some vague motions of carpentry, pointed from them to him, then made motions of giving something to them and scratched out the outlines of a gun and a hat and a few other recognizable articles of trade. One of the women giggled, but no one gave any sign of comprehension, and he went away unsatisfied.

At their midday meal Mr. McMaster said, “Mr. Henty, the Indians tell me that you have been trying to speak with them. It is easier that you say anything you wish through me. You realize, do you not, that they would do nothing without my authority. They regard themselves, quite rightly in most cases, as my children.”

“Well, as a matter of fact, I was asking them about a canoe.”

“So they gave me to understand... and now if you have finished your meal perhaps we might have another chapter. I am quite absorbed in the book.”

They finished Dombey and Son; nearly a year had passed since Henty had left England, and his gloomy foreboding of permanent exile became suddenly acute when, between the pages of Martin Chuzzlewit, he found a document written in pencil in irregular characters.

Year 1919

I James McMaster of Brazil do swear to Barnabas Washington of Georgetown that if he finish this book in fact Martin Chuzzlewit I will let him go away back as soon as finished.

There followed a heavy pencil X, and after it: Mr. McMaster made this mark signed Barnabas Washington.

“Mr. McMaster,” said Henty. “I must speak frankly. You saved my life, and when I get back to civilization I will reward you to the best of my ability. I will give you anything within reason. But at present you are keeping me here against my will. I demand to be released.”

“But, my friend, what is keeping you? You are under no restraint. Go when you like.”

“You know very well that I can’t get away without your help.”

“In that case you must humour an old man. Read me another chapter.”

“Mr. McMaster, I swear by anything you like that when I get to Manáos I will find someone to take my place. I will pay a man to read to you all day.”

“But I have no need of another man. You read so well.”

“I have read for the last time.”

“I hope not,” said Mr. McMaster politely.

That evening at supper only one plate of dried meat and farine was brought in and Mr. McMaster ate alone. Henty lay without speaking, staring at the thatch.

Next day at noon a single plate was put before Mr. McMaster, but with it lay his gun, cocked, on his knee, as he ate. Henty resumed the reading of Martin Chuzzlewit where it had been interrupted.

Weeks passed hopelessly. They read Nicholas Nickleby and Little Dorrit and Oliver Twist. Then a stranger arrived in the savannah, a half-caste prospector, one of that lonely order of men who wander for a lifetime through the forests, tracing the little streams, sifting the gravel and, ounce by ounce, filling the little leather sack of gold dust, more often than not dying of exposure and starvation with five hundred dollars’ worth of gold hung around their necks. Mr. McMaster was vexed at his arrival, gave him farine and passo and sent him on his journey within an hour of his arrival, but in that hour Henty had time to scribble his name on a slip of paper and put it into the man’s hand.

From now on there was hope. The days followed their unvarying routine; coffee at sunrise, a morning of inaction while Mr. McMaster pottered about on the business of the farm, farine and passo at noon, Dickens in the afternoon, farine and passo and sometimes some fruit for supper, silence from sunset to dawn with the small wick glowing in the beef fat and the palm thatch overhead dimly discernible; but Henty lived in quiet confidence and expectation.

Some time, this year or the next, the prospector would arrive at a Brazilian village with news of his discovery. The disasters to the Anderson expedition would not have passed unnoticed. Henty could imagine the headlines that must have appeared in the popular press; even now probably there were search parties working over the country he had crossed; any day English voices might sound over the savannah and a dozen friendly adventurers come crashing through the bush. Even as he was reading, while his lips mechanically followed the printed pages, his mind wandered away from his eager, crazy host opposite, and he began to narrate to himself incidents of his homecoming —the gradual re-encounters with civilization; he shaved and bought new clothes at Manáos, telegraphed for money, received wires of congratulation; he enjoyed the leisurely river journey to Belem, the big liner to Europe; savoured good claret and fresh meat and spring vegetables; he was shy at meeting his wife and uncertain how to address… “Darling, you’ve been much longer than you said. I quite thought you were lost…”

And then Mr. McMaster interrupted. “May I trouble you to read that passage again? It is one I particularly enjoy.”

The weeks passed; there was no sign of rescue, but Henty endured the day for hope of what might happen on the morrow; he even felt a slight stirring of cordiality towards his gaoler and was therefore quite willing to join him when, one evening after a long conference with an Indian neighbour, he proposed a celebration.

“It is one of the local feast days,” he explained, “and they have been making piwari. You may not like it, but you should try some. We will go across to this man’s home tonight.”

Accordingly after supper they joined a party of Indians that were assembled round the fire in one of the huts at the other side of the savannah. They were singing in an apathetic, monotonous manner and passing a large calabash of liquid from mouth to mouth. Separate bowls were brought for Henty and Mr. McMaster, and they were given hammocks to sit in.

“You must drink it all without lowering the cup. That is the etiquette.”

Henty gulped the dark liquid, trying not to taste it. But it was not unpleasant, hard and muddy on the palate like most of the beverages he had been offered in Brazil, but with a flavour of honey and brown bread. He leant back in the hammock feeling unusually contented. Perhaps at that very moment the search party was in camp a few hours’ journey from them. Meanwhile he was warm and drowsy. The cadence of song rose and fell interminably, liturgically. Another calabash of piwari was offered him and he handed it back empty. He lay full length watching the play of shadows on the thatch as the Shirianas began to dance. Then he shut his eyes and thought of England and his wife and fell asleep.

He awoke, still in the Indian hut, with the impression that he had outslept his usual hour. By the position of the sun he knew it was late afternoon. No one else was about. He looked for his watch and found to his surprise that it was not on his wrist. He had left it in the house, he supposed, before coming to the party.

“I must have been tight last night,” he reflected. “Treacherous drink, that.” He had a headache and feared a recurrence of fever. He found when he set his feet to the ground that he stood with difficulty; his walk was unsteady and his mind confused as it had been during the first weeks of his convalescence. On the way across the savannah he was obliged to stop more than once, shutting his eyes and breathing deeply. When he reached the house he found Mr. McMaster sitting there.

“Ah, my friend, you are late for the reading this afternoon. There is scarcely another half hour of light. How do you feel?”

“Rotten. That drink doesn’t seem to agree with me.”

“I will give you something to make you better. The forest has remedies for everything; to make you awake and to make you sleep.”

“You haven’t seen my watch anywhere?”

“You have missed it?”

“Yes. I thought I was wearing it. I say, I’ve never slept so long.”

“Not since you were a baby. Do you know how long? Two days.”

“Nonsense. I can’t have.”

“Yes, indeed. It is a long time. It is a pity because you missed our guests.”

“Guests?”

“Why, yes. I have been quite gay while you were asleep. Three men from outside. Englishmen. It is a pity you missed them. A pity for them, too, as they particularly wished to see you. But what could I do? You were so sound asleep. They had come all the way to find you, so —I thought you would not mind— as you could not greet them yourself I gave them a little souvenir, your watch. They wanted something to take home to your wife who is offering a great reward for news of you. They were very pleased with it. And they took some photographs of the little cross I put up to commemorate your coming. They were pleased with that, too. They were very easily pleased. But I do not suppose they will visit us again, our life here is so retired... no pleasures except reading... I do not suppose we shall ever have visitors again... well, well, I will get you some medicine to make you feel better. Your head aches, does it not... We will not have any Dickens today... but tomorrow, and the day after that, and the day after that. Let us read Little Dorrit again. There are passages in that book I can never hear without the temptation to weep.”