martes, 27 de febrero de 2024

Gabrielle de Villeneuve: La Bella y la Bestia y la primera transmisión televisiva en directo

LA PRIMERA TRANSMISIÓN TELEVISIVA EN DIRECTO

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En varias ocasiones, la Bella había visitado todos los aposentos de aquel palacio encantado; pero de buena gana volvemos a ver las cosas poco comunes, curiosas y magníficas. Sus pasos la llevaron a un gran salón que sólo había visto una vez. Esa habitación tenía cuatro ventanas en cada uno de sus lados: solamente dos estaban abiertas y dejaban pasar muy poca luz. La Bella quiso darle más claridad, pero en lugar de la luz del día que creía hacer entrar sólo se encontró con una abertura que daba a un lugar cerrado. Ese lugar, aunque espacioso, le pareció oscuro, y sus ojos no pudieron percibir más que un tenue resplandor lejano que sólo parecía llegar hasta ella a través de una gasa negra y sumamente gruesa. Mientras pensaba para qué podía servir aquel lugar, una luz intensa la deslumbró de pronto. La tela se levantó y la Bella descubrió un teatro de los mejor iluminados. En las gradas y en los palcos, vio a personas de uno y otro sexo de lo más agraciadas y hermosas.

De inmediato, una encantadora sinfonía, que empezó a dejarse oír, sólo terminó para permitir que actores muy distintos de monos y loros representasen una hermosísima tragedia, seguida de una obrita que, en su género, igualaba a la primera. A la Bella le gustaban los espectáculos: era el único placer que había echado de menos luego de dejar la ciudad. La curiosidad que tenía por saber de qué tela estaba hecha la alfombra del palco contiguo al suyo se vio frustrada por un vidrio que los separaba, lo que le hizo descubrir que aquello, que había creído real, no era más que un artificio que, por medio de ese vidrio, reflejaba los objetos y los enviaba hacia ella desde lo alto del teatro de la ciudad más hermosa del mundo. Producir una reverberación desde tan lejos es la obra maestra de la óptica.

Después de la representación, la Bella permaneció un rato más en su palco para ver salir al público elegante. La oscuridad que colmó el lugar la obligó a orientar sus reflexiones en otro sentido. Contenta con su descubrimiento, del que se prometió hacer uso frecuente, bajó a los jardines. Los prodigios comenzaban a volvérsele familiares, se daba cuenta con placer de que sólo ocurrían por su bien y para agradarle.

Después de la cena, la Bestia, conforme a su costumbre, fue a preguntarle lo que había hecho durante el día. La Bella le dio cuenta con exactitud de todas sus diversiones y le dijo que había estado en el teatro.

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Todo el tiempo de su sueño transcurrió de ese modo y, a pesar de la agitación que le causaba, le pareció, sin embargo, que terminó demasiado pronto, puesto que el despertar la privaba del objeto de su cariño. Una vez aseada y vestida, distintas labores, los libros y los animales la entretuvieron hasta el momento de la representación teatral. Ya era hora de que asistiera a ella. Pero no estaba en el mismo teatro sino en la ópera, que comenzó en cuanto ella ocupó su lugar. El espectáculo era magnífico y los espectadores no lo eran menos. Los espejos le mostraban nítidamente hasta el menor de los atuendos de la platea. Encantada de ver caras humanas, muchas de las cuales conocía personalmente, hubiera sido un gran placer para ella poder hablarles y hacerse oír.

Quedó más satisfecha con ese día que con el precedente, y el resto se pareció a lo que había ocurrido desde que estaba en aquel palacio. La Bestia llegó por la noche; luego de su visita, se retiró como de costumbre. La noche fue semejante a las otras, quiero decir que estuvo llena de sueños agradables.

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El día anterior, al abrir otra ventana, se había encontrado en la Ópera; para variar sus entretenimientos, abrió una tercera, que le procuró los placeres de la feria de Saint-Germain, mucho más brillante por entonces de lo que es hoy en día. Pero como todavía no era la hora en que llegaba la gente de buen tono, tuvo tiempo para verlo y examinarlo todo. Allí vio las curiosidades más raras, las producciones extraordinarias de la naturaleza, las obras de ingeniería; las cosas más insignificantes pasaron delante de sus ojos. Las mismas marionetas, a la espera de algo mejor, no fueron una distracción indigna de ella. La ópera cómica estaba en su esplendor. La Bella quedó muy contenta con todo aquello.

A la salida de ese espectáculo, vio a todas las personas selectas que se paseaban por las tiendas de los comerciantes. Entre ellas reconoció a jugadores profesionales, que iban a ese lugar como a su lugar de trabajo. Reparó en algunos que, perdiendo su dinero por la habilidad de aquellos contra los que jugaban, salían de allí con semblantes menos alegres de los que tenían al entrar. Los jugadores prudentes, que no exponen su fortuna al azar del juego, y que juegan para sacar provecho de su talento, no pudieron ocultarle sus trampas a la Bella. Hubiera querido advertirles a sus víctimas del mal que les estaban haciendo, pero, a más de mil leguas de ellos, tal cosa no estaba en su poder. Oía y veía todo de manera muy nítida, sin que le fuera posible hacerles oír su voz, ni tampoco lograr que la vieran. Los reflejos que llevaban hasta ella lo que veía y oía no eran lo bastante perfectos como para hacer el camino inverso. Estaba situada por encima del aire y el viento, todo llegaba a ella como si lo pensase. 

GABRIELLE DE VILLENEUVE

La Bella y la Bestia, Ediciones de La Mirándola, 2012,2016, 2021

Traducción, prólogo, apéndices y notas de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

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À plusieurs reprises, elle avait visité tous les appartements de ce palais enchanté ; mais on revoit volontiers des choses rares, curieuses et riches. La Belle porta ses pas dans un grand salon qu’elle n’avait vu qu’une fois. Cette pièce était percée de quatre fenêtres de chaque côté : deux seulement étaient ouvertes et n’y donnaient qu’un jour sombre. La Belle voulut lui donner plus de clarté, mais au lieu du jour qu’elle croyait y faire entrer, elle ne trouva qu’une ouverture qui donnait sur un endroit fermé. Ce lieu, quoique spacieux, lui parut obscur, et ses yeux ne purent apercevoir qu’une lueur éloignée, qui ne semblait venir à elle qu’au travers d’un crêpe extrêmement épais. En rêvant à quoi ce lieu pouvait être destiné, une vive clarté vint tout d’un coup l’éblouir. On leva la toile, et la Belle découvrit un théâtre des mieux illuminé. Sur les gradins, et dans les loges, elle vit tout ce que l’on peut voir de mieux fait et de plus beau dans l’un et l’autre sexe.

À l’instant, une douce symphonie, qui commença de se faire entendre, ne cessa que pour donner à d’autres acteurs que des comédiens singes et perroquets, la liberté de représenter une très belle tragédie, suivie d’une petite pièce qui, dans son genre, égalait la première. La Belle aimait les spectacles : c’était le seul plaisir qu’en quittant la ville elle eût regretté. Curieuse de voir de quelle étoffe était le tapis de la loge voisine de la sienne, elle en fut empêchée par une glace qui les séparait, ce qui lui fit connaître que ce qu’elle avait cru réel n’était qu’un artifice, qui par le moyen de ce cristal réfléchissait les objets et les lui renvoyait de dessus le théâtre de la plus belle ville du monde. C’est le chef d’œuvre de l’optique de faire réverbérer de si loin.

Après la comédie, elle demeura quelque temps dans sa loge pour voir sortir le beau monde. L’obscurité qui se répandit dans ce lieu l’obligea de porter ailleurs ses réflexions. Contente de cette découverte, dont elle se promettait de faire un usage fréquent, elle descendit dans les jardins. Les prodiges commençaient à lui devenir familiers, elle sentait avec plaisir qu’il ne s’en faisait qu’à son avantage et pour lui procurer de l’agrément.

Après souper, la Bête, à son ordinaire, vint lui demander ce qu’elle avait fait dans la journée. La Belle lui rendit un compte exact de tous ses amusements, en lui disant qu’elle avait été à la comédie.

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Tout le temps de son sommeil se passa de la sorte : et malgré l’agitation qu’il lui causait, elle trouva cependant qu’il finissait trop tôt pour elle, puisque son réveil la privait de l’objet de sa tendresse. Au sortir de sa toilette, différents ouvrages, les livres, les animaux l’occupèrent jusqu’à l’heure de la comédie. Il était temps qu’elle s’y rendît. Mais elle n’était plus au même théâtre, c’était celui de l’opéra, qui commença dès qu’elle fut placée. Le spectacle était magnifique, et les spectateurs ne l’étaient pas moins. Les glaces lui représentaient distinctement jusqu’au plus petit habillement du parterre. Ravie de voir des figures humaines, dont plusieurs étaient de sa connaissance, c’eût été pour elle un grand plaisir de leur parler et de s’en faire entendre.

Plus satisfaite de cette journée que de la précédente, le reste fut semblable à ce qui s’était passé depuis qu’elle était dans ce palais. La Bête vint le soir ; après sa visite, elle se retira comme à l’ordinaire. La nuit fut pareille aux autres, je veux dire remplie de songes agréables.

[…]

Le jour précédent, en ouvrant une autre fenêtre, elle s’était trouvée à l’Opéra ; pour diversifier ses amusements, elle en ouvrit une troisième qui lui procura les plaisirs de la foire Saint-Germain, bien plus brillante alors qu’elle ne l’est aujourd’hui. Mais comme ce n’était pas l’heure où la bonne compagnie se présentait, elle eut le temps de tout voir et de tout examiner. Elle y vit les curiosités les plus rares, les productions extraordinaires de la nature, les ouvrages de l’art ; les plus petites bagatelles lui tombèrent sous les yeux. Les marionnettes même ne furent pas, en attendant mieux, un amusement indigne d’elle. L’Opéra-Comique était dans sa splendeur. La Belle en fut très contente.

Au sortir de ce spectacle, elle vit toutes les personnes du bon air se promener dans les boutiques des marchands. Elle y reconnut des joueurs de profession, qui se rendaient en ce lieu comme à leur atelier. Elle en remarqua qui, perdant leur argent par le savoir faire de ceux contre lesquels ils jouaient, sortaient avec des contenances moins joyeuses que celles qu’ils avaient en y entrant. Les joueurs prudents, qui ne mettent point leur fortune au hasard du jeu, et qui jouent pour faire profiter leur talent, ne purent cacher à la Belle leurs tours d’adresse. Elle eût voulu avertir les parties souffrantes du tort qu’on leur faisait, mais éloignée d’eux de plus de mille lieues, elle ne le pouvait pas. Elle entendait et remarquait tout très distinctement, sans qu’il lui fût possible de leur faire entendre sa voix, ni même d’en être aperçue. Les reflets qui portaient jusqu’à elle ce qu’elle voyait, ce qu’elle entendait, n’étaient pas assez parfaits pour rétrograder de même. Elle était placée au-dessus de l’air et du vent, tout arrivait jusqu’à elle en pensant.

[…]

MADAME DE VILLENEUVE
La Belle et la Bête