Conferencia pronunciada en La Sorbona
el 29 de marzo de 1883
(Primera parte)
Señoras y señores:
He comprobado tantas veces la indulgente atención de
este auditorio que me he atrevido a elegir, para tratar hoy ante ustedes, un
tema de lo más sutil, lleno de esas delicadas distinciones en las que hay que
adentrarse con determinación cuando se quiere sacar la historia del ámbito de
las aproximaciones. Lo que casi siempre causa malentendidos en historia es la
falta de precisión en el uso de las palabras que designan a las naciones y las
razas. Se habla de los griegos, los romanos, los árabes como si estas palabras
designaran grupos humanos siempre idénticos a sí mismos, sin tener en cuenta
los cambios producidos por las conquistas militares, religiosas, lingüísticas,
por la moda y las grandes corrientes de todo tipo que atraviesan la historia de
la humanidad. La realidad no se rige por categorías tan simples. Nosotros, los
franceses, por ejemplo, somos romanos por la lengua, griegos por la
civilización y judíos por la religión. El hecho de la raza, fundamental en su
origen, va perdiendo importancia a medida que los grandes acontecimientos
universales que se denominan civilización griega, conquista romana, conquista
germánica, cristianismo, islamismo, renacimiento, filosofía, revolución, pasan
como rodillos trituradores sobre las variedades primitivas de la familia humana
y las obligan a confundirse en masas más o menos homogéneas. Me gustaría
intentar aclarar con ustedes una de las mayores confusiones de ideas que se
cometen en este ámbito, me refiero a la ambigüedad que encierran las
expresiones «ciencia árabe», «filosofía árabe», «arte árabe», «ciencia
musulmana» y «civilización musulmana». Las ideas vagas que se tienen sobre este
tema dan lugar a muchos juicios erróneos e incluso a errores prácticos a veces
bastante graves.
Cualquier persona mínimamente informada sobre los
asuntos de nuestro tiempo ve claramente la inferioridad actual de los países
musulmanes, la decadencia de los Estados gobernados por el islam, la nulidad
intelectual de las razas que solo obtienen su cultura y su educación de esa
religión. Todos los que han estado en Oriente o en África se sorprenden de lo
fatalmente limitado que está el espíritu de un verdadero creyente, de esa
especie de círculo de hierro que rodea su cabeza, que la cierra absolutamente a
la ciencia, incapaz de aprender nada ni de abrirse a ninguna idea nueva. A
partir de su iniciación religiosa, hacia los diez o doce años, el niño
musulmán, hasta entonces a veces bastante despierto, se vuelve de repente
fanático, lleno de un orgullo tonto por poseer lo que cree que es la verdad
absoluta, feliz, como si fuera un privilegio lo que constituye su inferioridad.
Este orgullo insensato es el vicio radical del musulmán. La aparente
simplicidad de su culto le inspira un desprecio poco justificado por las demás
religiones. Convencido de que Dios concede la fortuna y el poder a quien le
place, sin tener en cuenta la instrucción ni el mérito personal, el musulmán
siente un profundo desprecio por la instrucción, por la ciencia, por todo lo
que constituye el espíritu europeo. Este rasgo inculcado por la fe musulmana es
tan fuerte que todas las diferencias de raza y nacionalidad desaparecen con la
conversión al islam. Los bereberes, sudaneses, circasianos, afganos, malayos,
egipcios y nubios, al convertirse al islam, dejan de ser bereberes, sudaneses,
egipcios, etc. ; son musulmanes. Solo Persia es una excepción en este sentido,
ya que ha sabido conservar su propio genio, pues ha logrado ocupar un lugar
aparte en el islam; en el fondo, es mucho más chiíta que musulmana.
Para atenuar las desafortunadas conclusiones que se
tiende a sacar contra el islam de este hecho tan generalizado, muchas personas
señalan que, después de todo, esta decadencia puede ser sólo algo transitorio.
Para tranquilizarse sobre el futuro, recurren al pasado. Esta civilización
musulmana, ahora tan degradada, fue en otro tiempo muy brillante. Tuvo sabios,
filósofos. Durante siglos, fue la maestra del Occidente cristiano. ¿Por qué no
podría volver a serlo? Este es precisamente el punto sobre el que me gustaría
centrar el debate. ¿Existió realmente una ciencia musulmana, o al menos una
ciencia aceptada por el islam, tolerada por el islam?
Hay una parte muy real de verdad en los hechos que se traen
a colación. Así es: desde aproximadamente el año 775 hasta mediados del siglo
XIII, es decir, durante unos 500 años, hubo en los países musulmanes sabios y
pensadores muy distinguidos. Se puede incluso decir que, durante ese tiempo, el
mundo musulmán fue superior al mundo cristiano en cuanto a cultura intelectual.
Pero es importante analizar bien este hecho para no sacar conclusiones
erróneas. Es importante seguir siglo a siglo la historia de la civilización en
Oriente para distinguir los diversos elementos que llevaron a esa superioridad
momentánea, que pronto se convirtió en una inferioridad plenamente caracterizada.
Nada más ajeno a todo lo que pueda llamarse filosofía
o ciencia que el primer siglo del islam. Resultado de una lucha religiosa que
duró varios siglos y mantuvo la conciencia de Arabia en suspenso entre las
diversas formas del monoteísmo semítico, el islam está a mil leguas de todo lo
que pueda llamarse racionalismo o ciencia. Los jinetes árabes que se unieron a
él como pretexto para conquistar y saquear fueron, en su momento, los primeros
guerreros del mundo; pero sin duda eran los menos filósofos de los hombres. Un
escritor oriental del siglo XIII, Aboulfaradj, al describir el carácter del
pueblo árabe, se expresa así: «La ciencia de este pueblo, aquella de la que se
enorgullecía, era la ciencia de la lengua, el conocimiento de sus expresiones
idiomáticas, la textura de los versos, la hábil composición de la prosa... En
cuanto a la filosofía, Dios no le había enseñado nada al respecto, ni le había
hecho apto para ella». Nada más cierto. El árabe nómada, el más literario de
los hombres, es de todos los hombres el menos místico, el menos dado a la
meditación. El árabe religioso se contenta, para explicar las cosas, con un
Dios creador, que gobierna el mundo directamente y se revela al hombre a través
de sucesivos profetas. Por eso, mientras el islam estuvo en manos de la raza
árabe, es decir, bajo los cuatro primeros califas y bajo los Omeyas, no se
produjo en su seno ningún movimiento intelectual de carácter profano. Omar no
quemó, como se repite a menudo, la biblioteca de Alejandría; esa biblioteca, en
su época, había desaparecido casi por completo; pero el principio que él hizo
triunfar en el mundo era, en realidad, destructivo para la investigación
científica y el trabajo variado del espíritu.
Todo cambió cuando, hacia el año 750, Persia tomó el
poder y la dinastía de los hijos de Abbas triunfó sobre la de los Beni-Omeyya.
El centro del islam se trasladó a la región del Tigris y el Éufrates. Ahora
bien, est país aún estaba lleno de vestigios de una de las civilizaciones más
brillantes que haya conocido Oriente, la de los persas sasánidas, que había
alcanzado su apogeo bajo el reinado de Cosroes Nuseirvan. El arte y la
industria florecían en esos países desde hacía siglos. Cosroes añadió a ello la
actividad intelectual. La filosofía, expulsada de Constantinopla, se refugió en
Persia; Cosroes mandó traducir los libros de la India. Los cristianos
nestorianos, que constituían el elemento más importante de la población, eran
versados en la ciencia y la filosofía griegas; la medicina estaba totalmente en
sus manos; sus obispos eran lógicos y geómetras. En las epopeyas persas, cuyo
color local se inspira en la época sasánida, cuando Rustam quiere construir un
puente, llama a un djathalik (catholicos, nombre de los patriarcas o
obispos nestorianos) para que actúe como ingeniero.
El terrible vendaval del islam detuvo en seco, durante
un siglo, todo ese hermoso desarrollo iraní. Pero la llegada de los Abasíes
pareció una resurrección del esplendor de los Cosroes. La revolución que llevó
a esta dinastía al trono fue llevada a cabo por tropas persas, con jefes
persas. Sus fundadores, Abul-Abbas y sobre todo Mansur, siempre estuvieron
rodeados de persas. Fueron, en cierto modo, como una resurrección de los sasánidas;
los consejeros íntimos, los preceptores de los príncipes y los primeros
ministros eran los Barmécidas, una familia de la antigua Persia muy ilustrada,
que se mantuvo fiel al culto nacional, el parsismo, y que demoró en convertirse
al islam y lo hizo sin convicción. Los nestorianos pronto rodearon a esos
califas poco creyentes y se convirtieron, por una especie de privilegio
exclusivo, en sus primeros médicos. Una ciudad que tuvo un papel muy especial
en la historia del espíritu humano, la ciudad de Harrán, se mantuvo pagana y
conservó toda la tradición científica de la Antigüedad griega; proporcionó a la
nueva escuela un contingente considerable de sabios ajenos a las religiones
reveladas, sobre todo hábiles astrónomos.
Bagdad se erigió como la capital de esa Persia que
renacía. La lengua de la conquista, el árabe, no pudo ser suplantada, ni
tampoco la religión pudo ser rechazada de plano; pero el espíritu de esa nueva
civilización era esencialmente mixto. Los parsis y los cristianos
prevalecieron; la administración, y en particular la policía, estaba en manos
de los cristianos. Todos esos brillantes califas, contemporáneos de nuestros
carolingios, Mansur, Harún al-Rashid, Mamún, apenas son musulmanes. Practican
exteriormente la religión de la que son jefes, papas, si se puede decir así;
pero su espíritu está en otra parte. Sienten curiosidad por todo, especialmente
por lo exótico y lo pagano; investigan la India, la antigua Persia y, sobre
todo, Grecia. A veces, es cierto, los pietistas musulmanes provocan extrañas
reacciones en la corte; el califa, en ciertos momentos, se vuelve devoto y
sacrifica a sus amigos infieles o librepensadores; luego, el espíritu de
independencia vuelve a imponerse; entonces, el califa llama de nuevo a sus
sabios y compañeros de placer, y la vida libre comienza de nuevo, para gran
escándalo de los musulmanes puritanos.
Tal es la explicación de esta curiosa y entrañable
civilización de Bagdad, cuyos rasgos han quedado grabados en la imaginación de
todos gracias a las fábulas de Las mil y
una noches; una extraña mezcla de rigorismo oficial y relajación secreta,
de juventud e inconsistencia, donde las artes serias y las artes de la vida
alegre florecen gracias a la protección de los jefes malpensantes de una
religión fanática; donde el libertino, aunque siempre bajo la amenaza de los
castigos más crueles, era adulado y buscado en la corte. Bajo el reinado de esos
califas, a veces tolerantes, a veces perseguidores a su pesar, se desarrolló el
libre pensamiento; los motecallemîn o
«disputadores» celebraban sesiones en las que se examinaban todas las
religiones según la razón. Tenemos, en cierto modo, el relato de una de estas
sesiones realizado por un devoto. Permítanme leérselo, tal y como lo tradujo M.
Dozy.
Un doctor de Cairuán le pregunta a un piadoso teólogo
español, que había viajado a Bagdad, si durante su estancia en esa ciudad había
asistido a las sesiones de los moteçallemîn.
«He asistido dos veces», responde el español, «pero me he guardado mucho de
volver». —¿Y por qué? —le preguntó su interlocutor. —Ya lo juzgará usted mismo
—respondió el viajero—. En la primera sesión a la que asistí, no solo había
musulmanes de todo tipo, ortodoxos y heterodoxos, sino también infieles, zoroastrianos,
materialistas, ateos, judíos, cristianos; en resumen, había incrédulos de todo
tipo. Cada secta tenía su jefe, encargado de defender las opiniones que
profesaba, y cada vez que uno de esos jefes entraba en la sala, todos se
levantaban en señal de respeto y nadie volvía a sentarse hasta que el tal jefe
se hubiera sentado. La sala pronto se llenó y, cuando todos estuvieron
presentes, uno de los incrédulos tomó la palabra: «Nos hemos reunido para
razonar —dijo—. Todos ustedes conocen las condiciones. Ustedes, musulmanes, no
nos alegarán razones extraídas de su libro o basadas en la autoridad de su
profeta, pues no creemos ni en uno ni en otro. Cada uno debe limitarse a
argumentos sacados de la razón». Todos aplaudieron estas palabras. Comprenderá,
añade el español, que después de oír tales cosas, no volví a acudir a esa
asamblea. Me propusieron visitar otra, pero era el mismo escándalo».
Esta momentánea relajación del rigor de la ortodoxia produjo
un auténtico movimiento filosófico y científico. Los médicos cristianos sirios,
continuadores de las últimas escuelas griegas, eran grandes conocedores de la
filosofía peripatética, las matemáticas, la medicina y la astronomía. Los
califas los emplearon para traducir al árabe las obras de Aristóteles,
Euclides, Galeno, Ptolomeo, en definitiva, todo el conjunto de la ciencia
griega tal y como se conocía entonces. Mentes activas, como la de Al-Kindi,
comenzaron a especular sobre los eternos problemas que el hombre se plantea sin
poder resolverlos. Se los llamó filsouf
(philosophos), y desde entonces esta
palabra exótica se tomó en sentido peyorativo, como algo ajeno al islam. Filsouf se convirtió entre los
musulmanes en un apelativo temible, que a menudo acarreaba la muerte o la
persecución, como zendik y más tarde farmaçoun (masón). Se trataba, hay que
reconocerlo, del racionalismo más completo surgiendo en el seno del islam. Una
especie de sociedad filosófica, llamada los
Ikhwan es-safa, «los hermanos de la sinceridad», comenzó a publicar una
enciclopedia filosófica, notable por la sabiduría y la elevación de sus ideas.
Dos grandes hombres, Alfarabi y Avicena, pronto se situaron entre los
pensadores más completos que han existido. La astronomía y el álgebra
experimentaron un notable desarrollo, especialmente en Persia. La química
continuó su largo trabajo subterráneo, que se reveló al exterior con resultados
sorprendentes, como la destilación y, quizás, la pólvora. La España musulmana
se sumó a estos estudios siguiendo el ejemplo de Oriente; los judíos
contribuyeron activamente a ellos. Ibn-Badja, Ibn-Tofaïl y Averroes elevaron el
pensamiento filosófico, en el siglo XII, a alturas que no se habían alcanzado
desde la Antigüedad.
Tal es ese gran conjunto filosófico, que se suele
llamar árabe porque está escrito en árabe, pero que en realidad es
greco-sasánida. Sería más exacto decir griego, ya que el elemento
verdaderamente fecundo de todo ello procedía de Grecia. En aquellos tiempos de
decadencia, los hombres valían en proporción a lo que sabían de la antigua
Grecia. Grecia era la única fuente de conocimiento y de pensamiento recto. La
superioridad de Siria y Bagdad sobre el Occidente latino provenía únicamente de
que allí se estaba mucho más cerca de la tradición griega. Era más fácil tener
a un Euclides, un Ptolomeo o un Aristóteles en Harrán o Bagdad que en París.
¡Ah, si los bizantinos hubieran querido ser guardianes menos celosos de los
tesoros que en ese momento apenas leían; si, desde el siglo VIII o IX, hubiera
habido Bessariones y Lascaris! No habría sido necesario ese extraño rodeo que
hizo que la ciencia griega nos llegara en el siglo XII, pasando por Siria,
Bagdad, Córdoba y Toledo. Pero esa especie de providencia secreta que hace que,
cuando la antorcha del espíritu humano se apaga en manos de un pueblo, otro
está ahí para recogerla y volver a encenderla, dio un valor de primer orden a
la obra, sin ello oscura, de esos pobres sirios, de esos filsouf perseguidos, de esos harranianos que su incredulidad ponía
al margen de la humanidad de entonces. Fue gracias a esas traducciones árabes
de las obras científicas y filosóficas griegas que Europa recibió el fermento
de la tradición antigua necesario para el florecimiento de su genio.
De hecho, mientras Averroes, el último filósofo árabe,
moría en Marruecos, en la tristeza y el abandono, nuestro Occidente estaba en
pleno despertar. Abelardo ya había lanzado el grito del renacimiento del
racionalismo. Europa había encontrado su genio y comenzaba esa extraordinaria
evolución, cuyo término final sería la completa emancipación del espíritu
humano. Aquí, en la montaña Santa Genoveva, se creaba un nuevo sensorium para el trabajo del espíritu.
Lo que faltaba eran los libros, las fuentes puras de la antigüedad. A primera
vista, parece que hubiera sido más natural pedirlos a las bibliotecas de
Constantinopla, donde se encontraban los originales, que a las traducciones, a
menudo mediocres, a una lengua que se prestaba poco a transmitir el pensamiento
griego. Pero las discusiones religiosas habían creado una deplorable antipatía
entre el mundo latino y el mundo griego; la funesta cruzada de 1204 no hizo más
que exasperarla. Además, no teníamos helenistas; aún había que esperar
trescientos años para tener un Lefèvre d'Étaples, un Budé.
(continuará)
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
L’ISLAMISME ET LA
SCIENCE
(Première partie)
Mesdames et Messieurs,
J’ai déjà tant de fois fait l’épreuve de l’attention
bienveillante de cet auditoire que j’ai osé choisir, pour le traiter aujourd’hui
devant vous, un sujet des plus subtils, rempli de ces distinctions délicates où
il faut entrer résolument quand on veut faire sortir l’histoire du domaine des
à peu près. Ce qui cause presque toujours les malentendus en histoire, c’est le
manque de précision dans l’emploi des mots qui désignent les nations et les
races. On parle des Grecs, des Romains, des Arabes comme si ces mots
désignaient des groupes humains toujours identiques à eux-mêmes, sans tenir
compte des changements produits par les conquêtes militaires, religieuses, linguistiques,
par la mode et les grands courants de toutes sortes qui traversent l’histoire
de l’humanité. La réalité ne se gouverne pas selon des catégories aussi
simples. Nous autres Français, par exemple, nous sommes Romains par la langue,
Grecs par la civilisation, Juifs par la religion. Le fait de la race, capital à
l’origine, va toujours perdant de son importance à mesure que les grands faits
universels qui s’appellent civilisation grecque, conquête romaine, conquête
germanique, christianisme, islamisme, renaissance, philosophie, révolution,
passent comme des rouleaux broyeurs sur les primitives variétés de la famille
humaine et les forcent à se confondre en masses plus ou moins homogènes. Je
voudrais essayer de débrouiller avec vous une des plus fortes confusions d’idées
que l’on commette dans cet ordre, je veux parler de l’équivoque contenue dans
ces mots: science arabe, philosophie arabe, art arabe, science musulmane,
civilisation musulmane. Des idées vagues qu’on se fait sur ce point résultent beaucoup
de faux jugements et même des erreurs pratiques quelquefois assez graves.
Toute personne un peu instruite des choses de notre temps
voit clairement l’infériorité actuelle des pays musulmans, la décadence des
États gouvernés par l’islam, la nullité intellectuelle des races qui tiennent
uniquement de cette religion leur culture et leur éducation. Tous ceux qui ont
été en Orient ou en Afrique sont frappés de ce qu’a de fatalement borné l’esprit
d’un vrai croyant, de cette espèce de cercle de fer qui entoure sa tête, la
rend absolument fermée à la science, incapable de rien apprendre ni de s’ouvrir
à aucune idée nouvelle. À partir de son initiation religieuse, vers l’âge de
dix ou douze ans, l’enfant musulman, jusque-là quelquefois assez éveillé,
devient tout à coup fanatique, plein d’une sotte fierté de posséder ce qu’il
croit la vérité absolue, heureux comme d’un privilège de ce qui fait son
infériorité. Ce fol orgueil est le vice radical du musulman. L’apparente
simplicité de son culte lui inspire un mépris peu justifié pour les autres
religions. Persuadé que Dieu donne la fortune et le pouvoir à qui bon lui
semble, sans tenir compte de l’instruction ni du mérite personnel, le musulman
a le plus profond mépris pour l’instruction, pour la science, pour tout ce qui
constitue l’esprit européen. Ce pli inculqué par la foi musulmane est si fort
que toutes les différences de race et de nationalité disparaissent par le fait
de la conversion à l’islam. Le Berber, le Soudanien, le Circassien, l’Afghan,
le Malais, l’Égyptien, le Nubien, devenus musulmans, ne sont plus des Berbers,
des Soudaniens, des Égyptiens, etc.; ce sont des musulmans. La Perse seule fait
ici exception ; elle a su garder son génie propre; car la Perse a su prendre
dans l’islam une place à part ; elle est au fond bien plus chiite que
musulmane.
Pour atténuer les fâcheuses inductions qu’on est porté à
tirer de ce fait si général, contre l’islam, beaucoup de personnes font
remarquer que cette décadence, après tout, peut n’être qu’un fait transitoire.
Pour se rassurer sur l’avenir, elles font appel au passé. Cette civilisation
musulmane, maintenant si abaissée, a été autrefois très brillante. Elle a eu
des savants, des philosophes. Elle a été, pendant des siècles, la maîtresse de
l’Occident chrétien. Pourquoi ce qui a été ne serait-il pas encore? Voilà le
point précis sur lequel je voudrais faire porter le débat. Y a-t-il eu
réellement une science musulmane, ou du moins une science admise par l’islam,
tolérée par l’islam?
Il y a dans les faits qu’on allègue une très réelle part
de vérité. Oui ; de l’an 775 à peu près, jusque vers le milieu du treizième
siècle, c’est-à-dire pendant 500 ans environ, il y a eu dans les pays musulmans
des savants, des penseurs très distingués. On peut même dire que, pendant ce
temps, le monde musulman a été supérieur, pour la culture intellectuelle, au
monde chrétien. Mais il importe de bien analyser ce fait pour n’en pas tirer
des conséquences erronées. Il importe de suivre siècle par siècle l’histoire de
la civilisation en Orient pour faire la part des éléments divers qui ont amené
cette supériorité momentanée, laquelle s’est bientôt changée en une infériorité
tout à fait caractérisée.
Rien de plus étranger à tout ce qui peut s’appeler
philosophie ou science que le premier siècle de l’islam. Résultat d’une lutte
religieuse qui durait depuis plusieurs siècles et tenait la conscience de l’Arabie
en suspens entre les diverses formes du monothéisme sémitique, l’islam est à
mille lieues de tout ce qui peut s’appeler rationalisme ou science. Les
cavaliers arabes qui s’y rattachèrent comme à un prétexte pour conquérir et
piller furent, à leur heure, les premiers guerriers du monde ; mais c’étaient
assurément les moins philosophes des hommes. Un écrivain oriental du treizième
siècle, Aboulfaradj, traçant le caractère du peuple arabe, s’exprime ainsi : «
La science de ce peuple, celle dont il se faisait gloire, était la science de
la langue, la connaissance de ses idiotismes, la texture des vers, l’habile
composition de la prose... Quant à la philosophie, Dieu ne lui en avait rien
appris, et ne l’y avait pas rendu propre. » Rien de plus vrai. L’Arabe nomade,
le plus littéraire des hommes, est de tous les hommes le moins mystique, le
moins porté à la méditation. L’Arabe religieux se contente, pour l’explication
des choses, d’un Dieu créateur, gouvernant le monde directement et se révélant
à l’homme par des prophètes successifs. Aussi, tant que l’islam fut entre les
mains de la race arabe, c’est-à-dire sous les quatre premiers califes et sous
les Omeyyades, ne se produisit-il dans son sein aucun mouvement intellectuel d’un
caractère profane. Omar n’a pas brûlé, comme on le répète souvent, la
bibliothèque d’Alexandrie ; cette bibliothèque, de son temps, avait à peu près
disparu ; mais le principe qu’il a fait triompher dans le monde était bien en
réalité destructeur de la recherche savante et du travail varié de l’esprit.
Tout fut changé, quand, vers l’an 750, la Perse prit le
dessus et fit triompher la dynastie des enfants d’Abbas sur celle des
Beni-Omeyya. Le centre de l’islam se trouva transporté dans la région du Tigre
et de l’Euphrate. Or, ce pays était plein encore des traces d’une des plus
brillantes civilisations que l’Orient ait connues, celle des Perses Sassanides,
qui avait été portée à son comble sous le règne de Chosroès Nousehirvan. L’art
et l’industrie florissaient en ces pays depuis des siècles. Chosroès y ajouta l’activité
intellectuelle. La philosophie, chassée de Constantinople, vint se réfugier en
Perse ; Chosroès fit traduire les livres de l’Inde. Les chrétiens nestoriens,
qui formaient l’élément le plus considérable de la population, étaient versés
dans la science et la philosophie grecques ; la médecine était tout entière
entre leurs mains ; leurs évêques étaient des logiciens, des géomètres. Dans
les épopées persanes, dont la couleur locale est empruntée aux temps
sassanides, quand Roustem veut construire un pont, il fait venir un djathalik (catholicos, nom des patriarches ou évêques nestoriens) en guise d’ingénieur.
Le terrible coup de vent de l’islam arrêta net, pendant
une centaine d’années, tout ce beau développement iranien. Mais l’avènement des
Abbasides sembla une résurrection de l’éclat des Chosroès. La révolution qui
porta cette dynastie au trône fut faite par des troupes persanes, ayant des
chefs persans. Ses fondateurs, Aboul-Abbas et surtout Mansour, sont toujours
entourés de Persans. Ce sont en quelque sorte des Sassanides ressuscités ; les
conseillers intimes, les précepteurs des princes, les premiers ministres sont
les Barmékides, famille de l’ancienne Perse, très éclairée, restée fidèle au
culte national, au parsisme, et qui ne se convertit à l’islam que tard, et sans
conviction. Les nestoriens entourèrent bientôt ces califes peu croyants et
devinrent, par une sorte de privilège exclusif, leurs premiers médecins. Une
ville qui a eu dans l’histoire de l’esprit humain un rôle tout à fait à part,
la ville de Harran, était restée païenne et avait gardé toute la tradition scientifique
de l’antiquité grecque ; elle fournit à la nouvelle école un contingent
considérable de savants étrangers aux religions révélées, surtout d’habiles
astronomes.
Bagdad s’éleva comme la capitale de cette Perse
renaissante. La langue de la conquête, l’arabe, ne put être supplantée, non
plus que la religion tout à fait reniée ; mais l’esprit de cette nouvelle
civilisation fut essentiellement mixte. Les Parsis, les chrétiens, l’emportèrent;
l’administration, la police en particulier, fut entre les mains des chrétiens.
Tous ces brillants califes, contemporains de nos Carlovingiens, Mansour, Haroun
al-Raschid, Mamonn sont à peine musulmans. Ils pratiquent extérieurement la
religion dont ils sont les chefs, les papes, si l’on peut s’exprimer ainsi;
mais leur esprit est ailleurs. Ils sont curieux de toute chose, surtout des
choses exotiques et païennes; ils interrogent l’Inde, la vieille Perse, la
Grèce surtout. Parfois, il est vrai, les piétistes musulmans amènent à la cour
d’étranges réactions ; le calife, à certains moments, se fait dévot et sacrifie
ses amis infidèles ou libres penseurs ; puis le souffle de l’indépendance
reprend le dessus ; alors le calife rappelle ses savants et ses compagnons de
plaisir, et la libre vie recommence, au grand scandale des musulmans puritains.
Telle est l’explication de cette curieuse et attachante
civilisation de Bagdad, dont les fables des Mille
et une Nuits ont fixé les traits dans toutes les imaginations; mélange
bizarre de rigorisme officiel et de secret relâchement, âge de jeunesse et d’inconséquence,
où les arts sérieux et les arts de la vie joyeuse fleurissent grâce à la
protection des chefs mal pensants d’une religion fanatique ; où le libertin,
bien que toujours sous la menace des plus cruels châtiments, était flatté,
recherché à la cour. Sous le règne de ces califes, parfois tolérants, parfois
persécuteurs à regret, la libre pensée se développa ; les motecallemîn ou « disputeurs » tenaient des séances où toutes les
religions étaient examinées d’après la raison. Nous avons en quelque sorte le
compte rendu d’une de ces séances fait par un dévot. Permettez-moi de vous le
lire, tel que M. Dozy l’a traduit.
Un docteur de Kairoan demande à un pieux théologien
espagnol, qui avait fait le voyage de Bagdad, si, pendant son séjour dans cette
ville, il avait assisté aux séances des moteçallemîn.
« J’y ai assisté deux fois, répond l’Espagnol, mais je me suis bien gardé d’y
retourner. — Et pourquoi ? lui demanda son interlocuteur. — Vous allez en
juger, répondit le voyageur. À la première séance à laquelle j’assistai, se
trouvaient non seulement des musulmans de toute sorte, orthodoxes et
hétérodoxes, mais aussi dés mécréants, des guèbres, des matérialistes, des
athées, des juifs, des chrétiens ; bref, il y avait des incrédules de toute
espèce. Chaque secte avait son chef, chargé de défendre les opinions qu’elle
professait, et, chaque fois qu’un de ces chefs entrait dans la salle, tous se
levaient en signe de respect, et personne ne reprenait sa place avant que ce
chef se fût assis. La salle fut bientôt comble, et, lorsqu’on se vit au complet,
un des incrédules prit la parole : « Nous sommes réunis pour raisonner, dit-il.
Vous connaissez tous les conditions. Vous autres, musulmans, vous ne nous
alléguerez pas des raisons tirées de votre livre ou fondées sur l’autorité de votre
prophète ; car nous ne croyons ni à l’un ni à l’autre. Chacun doit se borner à
des arguments tirés de la raison. » ..Tous applaudirent à ces paroles. Vous
comprenez, ajoute l’Espagnol, qu’après avoir entendu de telles choses, je ne
retournai plus dans cette assemblée. On me proposa d’en visiter une autre ;
mais c’était le même scandale. »
Un véritable mouvement philosophique et scientifique fut
la conséquence de ce ralentissement momentané de la rigueur orthodoxe. Les
médecins syriens chrétiens, continuateurs des dernières écoles grecques,
étaient fort versés dans la philosophie péripatéticienne, dans les
mathématiques, dans la médecine, l’astronomie. Les califes les employèrent à
traduire en arabe l’encyclopédie d’Aristote, Euclide, Galien, Ptolémée, en un
mot tout l’ensemble de la science grecque tel qu’on le possédait alors. Des
esprits actifs, tels qu’Alkindi, commencèrent à spéculer sur les problèmes
éternels que l’homme se pose sans pouvoir les résoudre. On les appela, filsouf (philosophos), et dès lors ce mot exotique fut pris en mauvaise part
comme désignant quelque chose d’étranger à l’islam. Filsouf devint chez les musulmans une appellation redoutable,
entraînant souvent la mort ou la persécution, comme zendik et plus tard farmaçoun
(franc-maçon). C’était, il faut l’avouer, le rationalisme le plus complet qui
se produisait au sein de l’islam. Une sorte de société philosophique, qui s’appelait
les Ikhwan es-safa, « les frères de
la sincérité, » se mit à publier une encyclopédie philosophique, remarquable
par la sagesse et l’élévation des idées. Deux très grands hommes, Alfarabi et
Avicenne, se placent bientôt au rang des penseurs les plus complets qui aient
existé. L’astronomie et l’algèbre prennent, en Perse surtout, de remarquables
développements. La chimie poursuit son long travail souterrain, qui se révèle en
dehors par d’étonnants résultats, tels que la distillation, peut-être la
poudre. L’Espagne musulmane se met à ces études à la suite de l’Orient ; les
juifs y apportent une collaboration active. Ibn-Badja, Ibn-Tofaïl, Averroès
élèvent la pensée philosophique, au douzième siècle, à des hauteurs où, depuis
l’antiquité, on ne l’avait point vue portée.
Tel est ce grand ensemble philosophique, que l’on a
coutume d’appeler arabe, parce qu’il est écrit en arabe, mais qui est en
réalité gréco-sassanide. Il serait plus exact de dire grec; car l’élément
vraiment fécond de tout cela venait de la Grèce. On valait, dans ces temps d’abaissement,
en proportion de ce qu’on savait de la vieille Grèce. La Grèce était la source unique
du savoir et de la droite pensée. La supériorité de la Syrie et de Bagdad sur l’Occident
latin venait uniquement de ce qu’on y touchait de bien plus près la tradition
grecque. Il était plus facile d’avoir un Euclide, un Ptolémée, un Aristote à
Harran, à Bagdad qu’à Paris. Ah ! si les Byzantins avaient voulu être gardiens
moins jaloux des trésors qu’à ce moment ils ne lisaient guère ; si, dès le
huitième ou le neuvième siècle, il y avait eu des Bessarion et des Lascaris ! On
n’aurait pas eu besoin de ce détour étrange qui fit que la science grecque nous
arriva au douzième siècle, en passant par la Syrie, par Bagdad, par Cordoue,
par Tolède. Mais cette espèce de providence secrète qui fait que, quand le
flambeau de l’esprit humain va s’éteindre entre les mains d’un peuple, un autre
se trouve là pour le relever et le rallumer, donna une valeur de premier ordre
à l’œuvre, sans cela obscure, de ces pauvres Syriens, de ces filsouf persécutés, de ces Harraniens
que leur incrédulité mettait au ban de l’humanité d’alors. Ce fut par ces traductions
arabes des ouvrages de science et de philosophie grecque que l’Europe reçut le
ferment de tradition antique nécessaire à l’éclosion de son génie.
En effet, pendant qu’Averroès, le dernier philosophe arabe, mourait à Maroc, dans la tristesse et l’abandon, notre Occident était en plein éveil. Abélard a déjà poussé le cri du rationalisme renaissant. L’Europe a trouvé son génie et commence cette évolution extraordinaire, dont le dernier terme sera la complète émancipation de l’esprit humain. Ici, sur la montagne Sainte-Geneviève, se créait un sensorium nouveau pour le travail de l’esprit. Ce qui manquait, c’étaient les livres, les sources pures de l’antiquité. Il semble au premier coup d’œil qu’il eût été plus naturel d’aller les demander aux bibliothèques de Constantinople, où se trouvaient les originaux, qu’à des traductions souvent médiocres en une langue qui se prêtait peu à rendre la pensée grecque. Mais ,les discussions religieuses avaient créé entre le monde latin et le monde grec une déplorable antipathie; la funeste croisade de 1204 ne fit que l’exaspérer. Et puis, nous n’avions pas d’hellénistes ; il fallait encore attendre trois cents ans pour que nous eussions un Lefèvre d’Étaples, un Budé.


