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miércoles, 28 de junio de 2023

Leonardo Castellani: El buen sentido de Chesterton

 

EL BUEN SENTIDO DE CHESTERTON

 

“La vraie philosophie se moque de la philosophie”

Pascal

 

El 15 de diciembre de 1929 oí una conferencia de Chesterton sobre los Mártires Ingleses entonces beatificados, en el Colegio Inglés de Roma, de que algunos como el bienaventurado Roberto Southwell fueran alumnos. El gran periodista comenzó su amenísima charla con una alusión chistosa a su retardo y a su figura jovial y maciza, para muchos de nosotros recienvista,

“Ustedes se habrán alarmado por mi tardanza —dijo— creyéndome víctima de algún choque en estas terrible calles de Roma, peores que las de Londres. My dear friends, nunca se asusten por mí en ese caso: el auto donde yo voy lo barre al otro”.

Esta imagen del gordo periodista londinense en su autito destartalado, acometedor e invencible, como todas sus imágenes es un símbolo. El genial periodista que acaba de morir tenía el gusto endemoniado de los choques. Fue como un chófer de colectivo que fuese un empresario de demoliciones. Se lo puede imaginar como un outlaw gigantesco de melena alborotada y risa de niño grande, que sube al ómnibus que va de Hammersmith a Oxford Circus, se apodera del volante con apoyo de la pasajería a quien arenga, y lo lanza como una catapulta contra los slums, vergüenza del corazón humano que circuyen la metrópoli del mundo: paredes ramosas, montes de escombros y basura, casuchas chatas con chinches, conventillos abominables, donde la plebe amada suya se asfixia bajo la presión de LA RIQUEZA DE LAS NACIONES de Adam Smith. Hacer espacio y aire. Y la razón de por qué todo lo que atropella, como él dijo, incólume lo barre, es justamente su gordura, su bienestar aplastante, su sentido común de a tonelada, su buena salud mental, su alegría de vivir (porque el saber es vivir, es justamente la vida más vida del hombre), su alegría de saber, de ver, de comprender, de convencer, de disputar. Y lo mejor del caso es que los dueños mismos de lo demolido no tienen más remedio que reír, y hasta aplaudir. Este Gordo, el más peleador del mundo, pero peleador con bonachonía de boxeador obeso, ha muerto sin dejar un enemigo. Sus palizas eran tan sinceras, humildes y caritativas, tan impregnadas de humana simpatía, que había que agarrarlas y callarse. No hay poder contra la vida 1.

Sería empero un error ver en Chesterton un puro polemista, él fue un catequista. Voltaire es un puro polemista, un espadachín falaz 2. La polémica en Chesterton es un episodio y un pretexto.

—¡Cuánto sabe usted, don Gilberto!

—Nada más que el Catecismo, hijo.

—Pero lo mete en todo, como el tomate.

—Para eso se nos dio.

 

Para poder reenseñar el Catecismo a los ingleses había que entrar en una pub, sentarse ante un vaso de gin, saber de todo, amar a Londres, ser un poco raro, siempre buen humor, un vozarrón tronituante y un modo excéntrico a la vez modesto y triunfal. Había que tener una alegría de niño, una salud de toro, una fe de irlandés, un buen sentido de cockney, una imaginación shekspiriana, un corazón de Dickens, y las ganas de disputar más formidables que se han visto desde que el mundo es mundo.

En The Thing (Sheed Ward, 1929) reunió Chesterton una selección de sus últimos artículos polémico-catequísticos. Técnicamente son simples maravillas, tan bien cinceladas como joyas o como poemas. (Leánse por ejemplo Logic and Lawn Tennis, The Roots of Sanity, What do They Think). Una introduccioncita sentenciosa inesperada, venida no se sabe de dónde —una presentación de la víctima, del desdichado que se dejó decir algo contra la Iglesia de Roma bienamada—; una batida a fondo por el sistema de y vos más, y yo nada; un knock-out fulminante; —y cuando lo tiene al suelo con el pie encima, un sermoncito cristiano al público regocijado, que termina con una fanfarria triunfal, con un trozo de bravura donde cada una de las sílabas canta como un millar de chingolos.

Su misión fue predicar la Buena Nueva de la salvación por el gozo y de la libertad por la fe. Dios le encargó dibujar durante 40 años a través de 70 volúmenes una pantagruélica Silly Symphony, a base del Credo de Nicea. Sólo que Chesterton encontró tanto que decir en el primer artículo:

 

Creo en Dios Padre Todopoderoso

creador del cielo y de la tierra,

de todo lo visible y lo invisible,

 

que se pasó toda la vida en todos los tonos posibles parafraseándolo.

Cierto, él conoce todos los misterios, la Cruz, la Redención, el Pecado Original, que hacen el fondo negro y rojo de sus cuadros, María, Santo Tomás y San Francisco, con quienes habla como un niño atrevido; pero en suma Chesterton es el poeta creacionista. Es un poeta existencial como dicen los locos de hoy. Parece haber estado con Adán cuando se hacían todas las cosas, cuando el Cosmos era un cuento de hadas, en el tiempo del Lenguaje Nuevo. ¡Oh hermano Francisco, todo lo que es, en cuanto es, hermoso es! Toda su vida se la pasó adhiriéndole calurosamente a la opinión de Dios Padre cuando dijo que todo lo por El creado era bueno. “Et vidit Deus quod esset bonum”. El hombre que escribió dos páginas perfectas sobre dos tremendous trifles: sobre la llave (Orthodoxy ) y el buzón (What ’s Wrong With the World), y los volvió símbolos de altos charismas: el hombre que escribió un gracioso madrigal al Burro:

When fishes flew and forest walked

and figs grew upon thorn,

some moment when the moon was blood

then surely I was born.

With monstrous head and sickening cry

and ears like errant wings

the devil’s walking parody

on all four footed things…

figurémonos cómo sentiría las magnas bellezas del magno Universo, de las cuales (entre paréntesis) en nuestra época triste, él fue una.

Dios creó las cosas bien, y Adán les puso el nombre que se debía; pero Gilberto Chesterton sabe cómo ellas hubieran podido ser y les pone toda clase de apodos: y eso lo divierte terriblemente. Tiene un mirar nuevo de baby, que ve a los hombres introducir en su cuerpo cosas extrañas por un agujero que tienen en la cabeza, a lo cual llaman comer. Fue todo un hombre, tuvo por junto todo lo que es del hombre: la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combativa del joven, la petulancia del muchacho, la risa y la juguetonía del niño, y encima, como dije antes, la mirada asombrada y seria, definiendo todas las cosas, del bebé. La Mirada ontológica del recién nacido, de quien dice Santo Tomás que lo primero que intelectualmente ve es el SER.

Chesterton es el Rey del Buensentido y el Poeta de la Sensatez, el poeta de Dos-y-dos-son-cuatro.

Up my lads, and lift the ledgers, sleep and ease are o’er

hear tte stars of morning shouting “Two and two are four”.

Es el rey del buen sentido, porque no hay hombre en el mundo que tanto se haya “hecho el loco”.

Esto es una paradoja, pero es una gran verdad. ¿Qué puede impedir que una paradoja sea una verdad? Un crítico literario y eminente profesor muy mi amigo me decía una vez: “Yo no amo a Chesterton porque gustó del pensamiento arrevesado. Yo soy del partido de Cervantes y no del de Quevedo; y sobre todo, soy del partido de Anatole France, el maestro. La verdad no ama las gambetas, la verdad no hace cabriolas, ella anda vestida de apotegma y de sentencia y no de retruécano. En todo caso se viste de ironía”. Yo me fui impresionado por la calle Santa Fe pensando la objeción: “La Verdad no hace cabriolas”; siguiendo con la vista a mi amigo el profesor que se alejaba meditabundo por Anchorena. Y he aquí que un auto con intenciones manifiestamente sospechosas, que hizo dar en este momento a mi amigo, que se creía todavía en la cátedra, una inverosímil cabriola, me trajo la solución buscada. “La verdad no hace cabriolas”. ¿De qué verdad habla usted? La verdad hace lo que puede, y no es dable discernirla sólo por su vestido. Pero hay una verdad especial, la cual amó Chesterton más que su vida, que hace todo género de cosas inconvenientes y antiprofesorales: grita en las plazas, juega con los niños, tira hondazos a los pedantes y se pasea por el mundo jugueteando con todas las cosas. “Ludens in orbe terrarium”.  Así por lo menos la describe el libro de la Sabiduría.

Relaciones del sentido Común con la Locura y con la Metafísica. Otra vez, ¿con qué Locura? Porque hay que saber que al Verbo de Dios varias veces lo llamaron loco, Hamlet fue loco, Don Quijote fue loco, ¿y Don Bosco y San Felipe Neri? Así pues muchos llaman a Gilberto Chesterton el Rey del Sentido Común y aseguran que nomás ahondando en esa cordura natural que es patrimonio universal de todo analfabeto llegó a profundas intuiciones filosóficas; y entonces vas y lo lees, sobre todo traducido (mal traducido: no es dable bien traducer a Chesterton) y lo encuentras más loco que una cabra 3.

¡Válgame el cielo! Un cura católico detective, un criminal jefe de Policía, un Quijote vestido de pintor prerrafaelista, un lad de Notting-Hill vuelto Bonaparte, unos atorrantes que se divierten en trasladar casa por casa un letrero de taberna, con las previsibles fenomenales consecuencias, un ateo y un católico que se baten a espada sobre si “Dios sí o no existe” en un duelo que nunca acaba, un profesor alemán que es Luzbel en persona, una casa de locos que es el mundo, Dios mismo el Ser Inefable simbolizado quizá en un señor gordo, capitán de gángsters, que resulta un policía distraíado, y sobre todo, un señor escritor prodigiosamente informado que pasa su vida negando minuciosamente las cosas que todos repiten (en lo cual está justamente la esencia del sentido común, repetir lo que todos dicen) y peor aún, tratando de probarlo. ¿Es esto Buen Sentido? ¿Es esto Lógica?

Pues sí señor; pero es la lógica haciéndose la loca; esa filosofía que según Pascal se burla de la filosofía. Es el Sentido Común borracho.

—¿De qué borracho?

—Borracho de Poesía y Teología. De bracete con su hija la Alegría de Vivir.

 

Nadie es como quiere sino como puede. Me hace acordar de aquel buen rey sajón Alfredo el Grande, a quien Chesterton dedico un romance maravilloso. El danés Guthorm, bárbaro sombrío, había invadido el reino cristiano, asesinado al rey Etelredo y usurpado sn corona; y este alegre mancebo Alfredo, hermano del rey muerto, ese niño boca grande y ojos picaros, con dos grandes dientes de roedor, cuya cabeza está pregonada, mora justamente allí al lado del ogro viejo, disfrazado de bufón del rey. Es tanta la fe que se tiene (su fe en Dios y en su derecho) que no hace más que titear a los orondos cortesanos y hacer carcajear al rey cruel y estólido, decir locuras que tienen detrás un tremendo sentido, y hacer sonar los cascabeles para tapar el ruido de los aceros fieles. Todos se ríen de él, del capovolgitore. Pero él es el jefe real, es el rey legítimo, no pueden negar que con su fuerza vital desbordante los señorea, no pueden ocultar que lo temen, lo respetan y en el fondo quizá un poco lo envidian y lo aman. Si las fuerzas leales no lo hubieran repuesto en el trono al grito de “¡San Aidán!” , si toda la vida el vero Rey hubiese quedado loco del Rey, no importa, él era por linaje primero y después por mérito y grandor de alma, donde quiera y como quiera que estuviese, aun en los momentos en que caminaba patasarriba, el señor auténtico y nativo. “Sentaos allá, majagranzas —dijo el Duque a Don Quijote—, que donde quiera que yo asiente será vuestra cabecera”. En lo cual se equivocó prodigiosamente el Duque y el marrullero de Sancho; pues en realidad doquiera esté Don Quijote es la cabecera natural de cuanto Duque falso y quier legítimo existe en el mundo.

Supongamos que en el trono del Buen Sentido se sienta un usurpador entre una escolta de piratas y mercaderes. Gente solemne, gente práctica, gente responsable, grandes financistas y prestamistas. “Facts and figures, facts and figures”. La Ciencia con mayúscula, la Nueva Psicología, la Psicoanálisis, Economics and Politics, la respetabilidad, los dons de Oxford y Cambridge, el pudor Victoriano, la revolución industrial, la oligarquía de las grandes fortunas, el Imperio, toda la tierra para explotar, la Cultura, el Progreso y la Civilización con la predestinada supremacía de la raza nórdica, precisamente por ser nórdica. ¿Qué hará Dios contra esa mole de materia? Enviará dos gotas de espíritu. Dos góblins. Un góblin inmensamente compasivo en un cuerpo flaco, Dickens. Un góblin inmensamente chacotero en un cuerpo gordo, Chesterton. Pero los dos van a tener que disfrazarse de bufones, de otro modo en su nuda faz de místicos y sociólogos serán al punto trastocados, serán al menos desoídos, Porque la locura a veces es demencia, a vecs es disfraz, a veces las dos cosas, como en Hamlet. David bailó delante del arca para evitar el éxtasis. San Felipe Neri de miedo que el arrobo le impidiese consagrar se volvía al monaguillo al empezar la misa y le contaba chistes de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno. Estos dos eran santos. Pero los otros dos eran también santos a su manera, eran servidores y prometidos de la desconocida, gritona, invisible, regia y emborrachadora verdad que danza y juega. “Ludens in orbe terrarium”.

Jugar toda la vida. Otra paradoja. Sólo un hombre que no hizo más que jugar en su vida, pudo haber trabajado tanto 4.

Me gustaría ver a Chesterton en el cielo enseñándole a San Pedro (a ese San Pedro tan parecido al de las leyendas folklóricas) a jugar al poker.

Entonces yo le diría:

San Gilberto del Buensentido, que fuiste en la tierra el Sentido Común outlaw y la Cordura en danza dionisíaca,

Gilberto Chesterton que para ser más inglés llevabas de apellido una villa de Cambridge-Couaty,

 Falstaff devoto que tuviste por vocación enseñar el Catecismo ilustrado a los ingleses

Demostrándoles al mismo tiempo que Dios no tiene precisamente interés en quitarles el Imperio del Mundo.

(Y no tiene per se objeciones contra su jamón frito, bifes argentinos, golf y bridge, y mucho menos contra la Libertad y la Alegría.)

Sino el interés de darnos a toda costa el Imperio del Cielo,

Con la Cruz oculta de Tomás Moro en precio de mercaduría,

Y un poco más de Luz bajo del pelo…

Gargantúa de las letras, Miguel Angel eufista, especie de Robin Hood y de Sherlock Holmes hecho eremita.

Muy exquisito para Rebelais y demasiado bruto para Benvenuto o la monja Hroswita,

Que podías recitar y recitabas todo Shakespeare y toda la Biblia en dialecto cokney al revés y salteado.

Y nunca pudiste resistir a la tentación de la travesura y el whisky helado.

San Gilberto que estás en el cielo entre San Simón el Loco, Marta Estuardo y el Bembo,

San Gilberto, acuérdate de nosotros ante el trono de la Eterna Sabiduría.

Y dale gracias de haberte hecho nacer en nuestro tiempo,

En este tiempo de porquería

 

For we all praise famous men

ancients of the College:

for they taught us common sense

tried to teach us common sense

Truth and God’s Own Common Sense

Which is more than knowledge!

LEONARDO CASTELLANI

Crítica Literaria

 

NOTAS:

1 No ignoramos que esta razón próxima de la amabilidad de G. K. Chesterton se inserta en otra razón general, que es la posición de minoría sin gravitación política, que es la de los católicos en Inglaterra. Este es también el porqué hay ahora lucha religiosa en Alemania y en Inglaterra (aparentemente) no la hay. El todo prima siempre sobre las partes. “One of the loveliest characters I have ever known was G. K. Chesterton”, dice "Wells en su sañudo libro The New World Order (1940). Y después explica que eso no era precisamente por ser católico, sino más bien a pesar de ello. Se equivoca en gran parte.

2 Interesante ver gladiar a estos dos: contra el apóstata de una nación cristiana armado de estoque, el convertido de una nación hereje armado de montante, abeja contra avispa, en The Maid of Orleans. (A shilling for my thoughts, Methue Co. 36 Essex, St. W. C. Ld., 2da, 1927.)

3 Ello aun cuando uno se esfuerza en traducir bien; ¿Qué sera en una traducción como la reciente argentina que traduce The Thing por Lo que es; spiritualist por espiritualista; spanish desperadoes por españoles desesperados y así por el estilo, con una falta de estilo y una prosa empachada que es un horror? ¿Traducción hecha por un católico y una editorial católica y dítitambizada por el grupo de católicos de la revista Nuestro Tiempo?

4 Father Brown’s Stories, 4 volúmenes; The Return of Don Quixotte; The Napoleon of Notting Hill; The Flyinfg Inn; The Ball and the Cross; The Poet and the Lunatics; The Man who was Thursday; On Evrything; Tremendous Trifles; Alarms and Discussions; All Things Considered; A Miscellany of Men; The Club of Queer Trades; Short History of England; The Crimes of England; The Resurrection of Rome; As I was saying; Letters to an Old Garibaldian; A Shilling for my Thoughts; The Outline of Sanity; The Queen of Seven Swords; Short Stories of Today and Yesterday; Colección de prólogos: G.K.C as M.C.; The Turky and the Turk; All is Christ; Chaucer; Charles Dickens; Robert Browning; Christendom in Dublin; St Thomas Aquinas; George Bernard Shaw; Autobiography, etc., más de 60 volúmenes originales desde 1900 a 1936 en la incompleta bibliografía de Miss Dorothy Collins, reproducida por Cammaerts en The Laughing Prophet (Methuen, 1937, pág. 233).



 


miércoles, 31 de mayo de 2023

Leonardo Castellani: La apologética de Chesterton

LA APOLOGÉTICA

¿Apologética en una novela y en una novela policial?

¿Pero dónde?

1. Superficialmente está la apologética en los chistes, en las alusiones, en los apotegmas, en las definiciones y distingos fulminantes en los famosos saetazos con que Chesterton hace 25 años clava contra la pared al dean Inge, al arzobispo de Westminster Barnes, al novelista Wells, a todo el que se atreva a tocar ignorantemente o neciamente el Catecismo: está en la definición del socialismo del periodista Crook, en el sermoncito del Padre Brown a Flambeau trepado al árbol 1, en el suicidio de Mr. Armstrong, profesor de optimismo, en las tajantes moralejas del Libro III LA INCREDULIDAD DEL PADRE BROWN.

2. Una capa más profunda de apologética hay en la hábil construcción de las novelitas, en el carácter del Padre Brown por ejemplo. Yo veo en el pimpante curita de Essex, un gracioso y exacto símbolo, Chenterton no ha perdido su inveterada afición al símbolo. El Padre Brown es el católico tal como lo ven los ojos protestantes y tal como es en realidad, el católico visto por fuera y por dentro. El curita petizo cara de luna, simple, distraído, insignificante, extraño y vago (“o you little celibate simpleton” ) solteroncito sonso, le dice Flambeau en el momento en que creyendo haberlo vencido está en realidad en sus manos), es un ser soportable y bueno, pero que se deja a un lado hasta que se llega a un atolladero. Pero cuando se llega a un atolladero (y todo mortal llega por lo menos a un Atolladero), entonces el curita tonto se crece como un campanario, dice una palabra extraña, una palabra misteriosa que es una explosión de magnesio que ilumina todo: porque él ve las cosas como son y los otros solo las apariencias. Así el papista es un ser pobrete, atrasado, infeliz y retrógrado; pero en realidad, él tiene la clave de toda cosa, el cabo de todo nudo y sobre todo tiene la Dicha.

3. Pero la gran apologética de este libro está en la Dicha. Todos sabemos y decimos que es una dicha la fe, conforme a Cristo: “Gaudium meum do vobis” ; pero pocos han recibido el don de que esa dicha se transparente en ellos en forma de ejercer un influjo atrayente en otros. No está la cosa en que Chesterton diga en cada página de sus libros: “Yo tengo la Fe” , sino en que lo dice a carcajadas, así como Claudel lo dice a gritos. Las razones que los mártires daban ante cónsules y pretores de su creencia en Cristo, son sublimes muchas veces; pero no era eso lo que convertía a los verdugos, sino el que las dijesen riendo. Chesterton ha sido fiel a la misión que en 1908 le asignara Claudel: “rehacer una imaginación y una sensibilidad católicas, marchitadas hace cuatro siglos gracias al triunfo de la literatura puramente laica”. Pero diversamente. La mission de Claudel ha sido la de “rassembleur de la terre de Dieu”, recoger todas las cosas visibles e invisibles, ponerlas juntas para que se iluminen unas a otras y sacrificarlas a Dios en una gran hecatombe de palabras; mientras que la misión de este otro enfant terrible es la de reír, fantasear, disputar, tirarse en el pasto y hacer pininos, cantar las verdades más gordas a la tiesa Inglaterra, decir siempre lo contrario de lo que dicen Ellos, denigrar copiosamente a los políticos, banqueros, aristócratas, dentistas y literatos, embromar a sus enemigos y creer en la Iglesia Católica Romana. Pero la gracia está en que esto último es lo que le da poder y derecho a todo lo primero. La fe es lo que le permite su risa franca, insoportable, irreverente, inextinguible, inexorable. “Tan humilde y sincero, que es el único en el mundo capaz de triunfar de uno en el campo de las ideas, permaneciendo amigo suyo íntimo en la vida privada”, dijo un crítico. Es un hecho perfectamente histórico, es el caso entre Chesterton y Bernard Shaw. Comprendo ahora la devoción de este niño grande a San Francisco de Asís —cuya estatua adorna el hall de su casita de Beaconfield—, otro poeta de la dicha de creer, y otro enfant terrible que hace niñadas sublimes en los caminos dorados de la Umbría, y otro hombre inmensamente creyente y humilde, y por lo tanto inmensamente independiente y libre.

EL ÚLTIMO LIBRO DE CHESTERTON

Gilbert K. Chesterton acaba de escribir sobre Roma 2 un libro de ensayos, que no desdice de los buenos suyos. Venido a la Ciudad Eterna para notar las cosas que en ella renacen (desde el fascismo hasta el arte barroca, a la cual van saliendo ahora defensores ilustres, Croce, Claudel, Hugo Ojetti, Chesterton) ha pergeñado durante este otoño desde el observatorio de su hotel sobre el monte Pincio cinco ensayos caprichosos al modo suyo —The Story of the Statues o defense del barroco, The Pillar of the Lateran o el retorno de la Edad Media, The return of the Gods o sea el Renacimiento, The return of the Romans o sea el facismo, The Holy Island o la reaparición del poder temporal del Papa—, cinco sinfonías en tomo de la frase resurrección, llenas de fugas, fiorituras, injertos y staccati al modo suyo, porque si es verdad como él dice “que el arte barroco más bien que escultura es dibujo” , también los ensayos suyos más bien que arquitectura son música. Ha añadido un capítulo inicial The outline of a city pare dar unidad a los cinco (es inútil: no lo consigue) y dos apéndices para disculparse de no conseguirlo (es inútil: no se lo reprochamos). Ha tenido el tino de limitar y concentrar su asunto, hablar de lo que sabe solamente; y el acierto de elaborar sus impresiones (visita al Papa, entrevista con Mussolmi, visiones de arte, paisajes y notas de color) y encajarlas en unas meditaciones, haciendo así algo más que un vulgar libro de viajes. El dice que no lo pretende, antes bien protesta en el prólogo su intención de “no hacer convertidos, sino buenos turistas; no pretendo que usted acepte a Roma; solamente que comprenda a Roma” . Pero es de balde que Chesterton las eche de dibujante o de humorista, no puede sustraerse a su sino fatal de apologeta; o será que Roma es una ciudad tan papista y papal que “no se puede hablar inteligentemente de ella sin meter en el medio al Papa” , como notó cuando era secretario de Roca aquí nuestro Ingenieros, una de las pocas veces en que habló inteligentemente. El caso es que Chesterton en medio de sus salidas y sus juegos de pasapasa se encuentra al rato enseñando Catecismo a los ingleses, por medio del sentido común inglés. A los ingleses imperials que se creen únicos en el mando les recuerda que existe Italia:

…y si alguno no sabe aún que Italia vive, lo major es que venga y vea.

A los ingleses protestantes para quienes la historia de Inglaterra comienza en la Reforma, él les muestra que comienza en Julio César y mejor todavía en Gregorio el Magno:

…y si alguno piensa aún que Roma ha muerto, tolle, lege.

Y ésta es la profunda unidad de esta obra que habla de todo, unidad que no conseguía Chesterton con símbolos y paradojas: explicar. Explicar cosas malquistas a un auditorio muy irritable; mantener la atención en una clase inquieta a una materia despreciada, no hay profesor que no me entienda. Hay que agarrarlo por sorpresa. Hay que hacer milagros. Hay que hacer cabriolas. Y dichoso aquél que ha recibido de Dios la habilidad de malabarista y prestidigitador, de saber contar chistes e imitar a los gallegos, todo sirve. Así Don Bosco un día, santo hombre, enseñó el catecismo en su terruño.

En su peligroso y complicado oficio de deshacer prejuicios dañosos aunque haya que hacer a ratos el bufón para eso, Chesterton topa con un prejuicio ingles o mejor norteamericano sobre Sud América, el apodo de Dago con el cual ñas designan en Yanquilandia y en Londres. Es muy interesante para nosotros el trozo, así que lo traduzco:

“Y seguramente la hez de la borra que se nos ha ocurrido tomar o recibir del más bajo nivel de la americana inteligencia (o ininteligencia) es ahora la comunísima moda inglesa de usar la palabra Dago.

Los supuestos históricos de este apodo son muy divertidos. El Dago, generalmente hablando, es un miembro de esas oscuras razas que han colonizado Sur América y cuyo original plantel ha de buscarse en las penínsulas del Mediterráneo. Las características principales del Dago son cuchillos, harapos, pasiones románticas, conducta frenética, ajo, cebollas y guitarras. Con estas cosas los seres en cuestión originan un perpetuo barullo, enormemente desproporcionado a su importancia (o en otras palabras, a sus riquezas) y han sido un terrible estorbo a las otras sólidas sociedades que están informadas del Reino de la Ley. Hace un tiempo considerable, por ejemplo, una manga de estos matachines se agarraron en una feroz pelea a cuchillo, en la cual uno fue dejado por muerto y el resto fue perseguido por los amigos del finado en una típica “vendetta” . Este sórdido incidente fue exagerado y hecho el asunto de unos dramas o melodramas, de modo que hasta los chicos de la escuela aprenden hoy que el nombre del muerto era Julio César, y que el otro tipo que lo mató hizo una especie de protesta oratoria de ser su hijo o su amigo. Otros incidentes por el estilo, miserables y sensacionales, han halagado desgraciadamente la vanidad de los Dagos; un Dago de uno de esos sucios islotes parece que se disparó y sentó de soldado, como tantos otros chiflados, y causó notable agitación en toda Europa, hasta que su criminal carrera acabó naturalmente en ser agarrado y metido en una cárcel en Santa Elena. Hoy otra sórdida historia, en la cual no hay que parar mucho, acerca de un mariner vagabundo que se alababa verdaderamente de un modo poco respetable y que acabó después por descubrir América. Se ha dicho una vez con malhumor que el descubrimiento éste hay que pasarlo por alto. Pero es que no es fácil ignorar que fue otro Dago quien descubrió la Gran Bretaña; posiblemente hay que pasarlo también por alto. Sería de muchísimo mejor gusto que los Dagos hubiesen pasado por alto todas las cosas que hicieron en la historia; solamente que entonces quedaría poca historia. No conviene detenernos en este desagradable tema; pero habiendo hablado de harapos, basta añadir que hubo una vez un Dago por lo menos, que decididamente declaró que él prefería ser pobre. Vivió en Asís y el obispo Barnes cree que su manera de vivir absolutamente no sería decente en Bírmingan...

En fin, si realmente hubiera que tomar la leyenda de los sucios y negros Dagos como un specimen de la cultura de Norte América, temo que mucha gente que ha saludado la historia va a seguir tomando sus nociones del viejo mundo. Y habiendo encontrado la leyenda tan lindamente inadecuada en el caso de los Dagos de Sur Europa, quizá empezarán a dudar de su infalible exactitude respecto de los Dagos de Sur América. Por lo demás, si todo lo que es despreciable en ellos es ser una nidada de republiquetas bailando en revoluciones, pueden extender su desprecio a la Hélade en el siglo de Pericles y la Italia en el siglo de Dante.

En suma, es todo tontería. Insubstancial inhistórica tontería…”

Hasta aquí Chesterton.


Al que sepa inglés y tenga dos días libres, le conviene leer este libro. No le conviene esperar de él propiamente historia o filosofía o crítica de arte, aunque de todo hay en un cajón de sastre. Topará con inexactitudes o ligerezas de detalle, como una comparación demasiado forzada entre Venus y Nuestra Señora (!) , un grossissement en la narración del Iconoclasrno, una opinión muy opinable sobre las causas de la guerra, y muchas veces se le va la mano en busca del retruécano:

“The Popes fasted and made their city beautiful, the Puritan feasted and left their city hideous.” 1

Pero no hay que enredarse en los adornos ni querer comer del rábano las hojas. Muchos tropiezan en las paradojas de Chesterton, sin dejar de confesar que son graciosas, pero ¿serán verdaderas? ¿Y por qué no? Ninguno que aepa leer debe tropezar jamás (por lo menos si aprobó cuarto año nacional) en un tropo y una figura, sea de las lógicas o sea de la pintorescas, como allí se dice. Se puede decir verdad en metáforas, como Isaías, y también mentir derecho, como France; y hacer historia y metahistoria sólida se puede usando la paradoja, la perogrullada, la aliteración y el retruécano, tan caro a don Francisco de Quevedo, con el cual el humorista inglés no tiene un punto de contacto solo. Chesterton habla en paradojas, como Hugo en antithesis o los poetas en rima. Y así como nunca, a ningún poeta que tal sea, le ha estorbado nada la rima para decir al fin lo que quiere, así estas bizarrías verbales si se hacen sonar contra la mesa (contra la mesa de estudio) dan un son limpio de historia y de sentido común de 18 quilates,

Basta decir, pues, de este estilo que es un estilo. Se podría decir más. Se podría probar que en Chesterton es el estilo. Que es natural y necesario en Chesterton dados sus dotes y sus designios, como es necesario al cristal ser poliédrico y es el estilo de la rosa ser polipétala y es natural a nuestro mundo moderno o al menos, a su mundo inglés, ser artificioso.

“Me dicen que yo no puedo hablar de nada sin hablar de todo” , sonríe el ensayista al cerrar sus pirotecnias sobre la Capital del Mundo Católico. Pero aquí tiene la culpa también un poco el tema. Es natural que para considerar la Ciudad Católica haya que superponer el Universo o, para decirlo a la Chesterton (otra y basta): que para poder ver la Urbe haya que mirar el Orbe.

Roma, 1930.

LEONARDO CASTELLANI 

Crítica literaria. Notas a caballo de un país en crisis (1945)

NOTAS:

1 The flying Stars.

2 Chesterton, The Resurrection of Rome, Hodder Stoughton, London, 1931.

3 Los Papas ayunaban y hacian su ciudad hermosa, el Puritano banquetea y deja su ciudad fea (aliteracion intraducihle de fasted - feasted).




domingo, 2 de abril de 2023

Leonardo Castellani: G.K. Chesterton. Sherlock Holmes en Roma

GILBERT K. CHESTERTON

SHERLOCK HOLMES EN ROMA

Cuando Conan Doyle mató a su héroe popularísimo, se levantó tal tormenta de enojo en los lectores y comenzaron a lloverle tantas cartas reprochándolo, que el novelista tuvo que resucitar a su hijo el detective, usando de los poderes dictatoriales del artista, como hiciera Walter Scott en Ivanhoe con el rey sajón. ¿Qué hubieran dicho los ingleses si Sherlock Holmes se hubiese hecho cura? He aquí que ha sucedido: el policía se ha ordenado, y se llama Padre Brown.

El hecho de la enorme boga de la novela policial será una calamidad, pero es un hecho. Sobre él filosofa indulgente el crítico de la revista Études , Alphonse de Parvillez, en una interesante crónica (abril de 1930) , refiriéndose a una reciente tesis sorbonal sobre el tema 1 y al éxito extraordinario de la colección Pigalle que publica exclusivamente novelas de pesquisas y cuyas cubiertas amarillas con títulos tenebricosos he visto en todas las librerías de Italia. Se puede hacer un poco de psicología buena sobre la razón porque nuestra época se apasiona siguiendo las laberínticas aventuras de un caco y un chafle, que es la misma por la cual el siglo XV se apasionó por los libros de caballería, el XVI por la novela picaresca, el XVII y XVIII por la pastoril. Concluye el jesuita que es posible y plausible que uno de los grandes escritores de Europa tomando en sus manos este género que ya con Doyle, Poe, Leroux ha superado el folletín y ha entrado en la literatura, haga una obra maestra.

 “Uno de los grandes escritores de Europa.” ¿Dónde he oído yo poco ha esta frase? En el Vaticano, en el gran vuelo de escaleras color de hielo que circuyendo el Cortile de San Dámaso me llevaba a la sala del consistorio a oír el decreto Tuto procedi de los 136 mártires ingleses (8 de diciembre de 1929). Un camarlengo de la corte pontificia decía a un suizo de guardia a mi lado: “Ese… es uno de los más grandes escritores de Europa”. Miré curioso a un gigantesco gentleman, corpulento y leonino que subía delante de mí, casi levantando en vilo a una anciana, delgada, distinguida señora de negro, tan evidentemente inglesa como un taro de pickles. ¿Dónde he visto yo esta melena blanca y estos bigotes caídos, esta carota radiante y jovial y estos hombros cuadrados? Señor, en el dibujo de Barnes que tengo sobre mi mesa, regalo del Padre Furlong, con los perfiles del más popular y pintoresco de los escritoires católicos de hoy: Gilbert Keith Chesterton.

Al otro día las librerías de Roma ostentaban las obras del londinense, entre las cuales se destacaban las cubiertas rojas y las 1.040 páginas de la últimamente editada Father Brown’s Stories, copiosa colección de cuentos policiales cuyo protagonista es un sacerdote católico, Sherlock Holmes transformado en cura, pero que ha ganado inmensamente, con las sacras órdenes. La obra maestra que desea Parvillez está hecha 2.

            EL AUTOR

Chesterton es hoy universal y no necesita que lo presente. Emiliano Mac Donagh lo ha hecho muy bien en Criterio (1929). Está en Roma enviado por la gran editorial Hodder Stoughlon que le paga viajes y gastos para que escriba su Resurrection of Rome, que se anuncia para setiembre, como le pagó el viaje a Palestina para su New Jerusalem (1925). El muchacho salido de la St. Paul’s School, que en 1892 escribía bibliografías de arte a una guinea en el Daily News, es hoy disputado por los editores. Su obra literaria es inmensa y sólida, ha escrito más de 60 volúmenes, ha escrito de todo, y casi todo magníficamente. Crítica de arte (Art-Books ) ; novela (Napoleon of Notting Hill, The Ball and the Cross) ; ensayos (Orthodoxy, Dickens, Shaw, Heretics, The Everlasting Man) ; artículos (What ’s wbong with the world) ; filosofículas (A Shilling for my Thoughts, 1916); biografía (Stevenson); hagiografía (St Francisco of Assisi, 1925); polémica (The chimes of England, 1917); viajes (What I saw in America, 1922; My Irish Impressions, 1919); teatro (Magic, The judgment of Dr. Johnson, 1929); sociología (Superstition of Divorce, The Evil of Eugenics, 1917); poesía (Poems, 1915; New Poems, 1929); filosofía, y hasta teología.

¿Cómo se llama esto, uno que escribe sobre todo? ¿Periodista? Por su actualidad, su flexibilidad, su vivo interés, su constante renovación, Chesterton es un periodista, el modelo del periodista; pero esta palabra puede tener un sentido peyorativo sobre la calidad, aunque se le añada de talento. ¿Ensayista? Define major el gran humorista pero deja fuera el teatro, la poesía, la novela, la polémica. ¿El hombre que pone su nombre a todas las cosas y juega con ellas, no se llama poeta?

—Descubrí que Chesterton es un poeta.

—Yo creía que era un pensador.

—¡Es un pensador! ¿Se puede ser poeta sin ser pensador? Piensa, puesto que es el rey del sentido común. Y es el rey del sentido común porque es el hombre que ha puesto el sentido común británico no en verso, pero sí en poesía. Es el sentido Común mismo, que al fuego de una imaginación juguetona se ha puesto a hervir y juega, vuela, canta, danza.

Los razonamientos de Chesterton sobre la razonamientos de Chesterton sobre las cosas más seria del mundo, la Ortodoxia —es decir, la fe católica—, son verdaderas razones y no juegos de palabras pero son razones bailadas; es decir, juegos de ideas

Porque jugar no es necesariamente engañar. El hombre cuando juega finge, pero el niño al jugar hace una cosa importante y seria. Chesterton es un niño terrible. Se puede jpgar con fantasmas y jugar con cosas. Dios jugó con cosas cuando hizo el mundo y juega todos los días haciéndolas, “ludens in orbe terrarum”. Y al hombre le es dado jugar con las ideas, fantasmas de las cosas, el cual juego es llamado vulgarmente poesía, de una palabra griega que significa crear (1924, después de leer Orthodoxy). 

E. P. BROWN

En el venerable Colegio Inglés de Roma, donde se formaron muchos de los mártires ingleses, Chesterton, el infatigable, daba una conferencia sobre Mis impresiones de Italia como había dado otra en el Escocés sobre El carácter de Escocia y su religiosidad. Después del five o’clock tea lo rodean y lo acribillan a preguntas los seminaristas El gran escritor se defiende paternalmente, oportuno e incisivo. Tenía que salir el Padre Brown, ¿De dónde ha sacado usted al Padre Brown? Sonríe.

—Les voy a decir un secreto. ¿Conocen al Padre O’Connor, irlandés, de Bradford, a quien está dedicada la cuarta parte? 3 Es mi confesor. Es un hombre inteligentísimo y humilde, tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto. Es un tipo chic, Claro que yo exageré la nota de la simplicidad exterior para hacerlo más romancesco; pero la nota de la inteligencia intuitiva y fulmínea no la he exagerado. Es muy listo. El es quien me convirtió. Es decir, remotamente a mí me convirtió Newman, pero…

—¿Cómo fue su conversión, please, Mr. Chester? —interrumpe uno.

—Mi conversión fue como mía, paradojal. Yo abjure errores y fui recibido en el seno de mi madre la Iglesia Católica de Roma (el escritor hace una pausa reverente) ¡en el tercer piso de una Pub! (Pub: café o pulpería en la jerga londinense.) En el hamlet donde estábamos no hay iglesia y el Padre O’Connor se alojaba en una Pub. Y entonces, cuando se acabaron los exorcismos y me desnudé del hombre viejo, bajamos al primer piso a tomar cerveza.

 

LA OBRA

Chesterton no nos da más datos sobre su novela policíaca, y yo me veo obligado a imaginármelos.

Me parece ver al enorme y distinguido escritor en en chalet Top-Meadow de Beaconfield, a 20 kilómetros de Londres, en 1911, después del éxito dudoso de su enrevesado The Man who was Thursday, que es también una novela policial a su modo. Aun la más favorable crítica se desconcertó con esta obra despatarrada, subtitulada por su autor en este género nuevo Pesadilla (Nightmare).

“No sabemos lo que Mr. Chesterton quiere decir”, decía The Universe. Los críticos más agudos proponían esta interpretación: “Es un enorme cuento filosófico simbólico, o mejor aún, metafísico, cuyo personaje principal es nada menos que Dios Padre” (Evening News). Pero el asendereado escritor no se rinde:

—Y bien, escribiré otra novela policial. Hoy todos leen novelas policiales ¿Por qué no puedo yo, apologista católico, enseñar el Catecismo también en Scotland Yard? ¡San Pablo lo enseñó a los pretorianos! Y bien, ¿en qué está la esencia de una buena novela policial? 1. un misterio lo más misterioso posible, con una solución lo más simple posible; 2. un detective privado protagonista, un criminal tremendo antagonista, un confidente íntimo ¡y dejar siempre mal a la policía!; 3. lo demás de communi, materia novelable lo más linda posible, caracteres, peripecias, apuntes de paisajes, notas psicológicas, ideas filosóficas, costumbres, ambientes ¡y paradojas! It’s all.

Pero yo soy Chesterton. Es preciso que sea una obra original y una obra apologetic. Esta mission me ha dado el Señor de explicar el Catecismo a la merry England de tan original modo, que entre el inmenso bullicio de sus negocios, sus vanidades y sus prejuicios, ella escuche. Siempre he envidiado la misión del sacerdote, pero mi misión es también grande, y me atrevo a decir, sacerdotal. ¡Ah! By Jove! ¡Lo he encontrado! ¡Un sacerdote! ¡Un sacerdote católico detective! ¡Qué idea!

(Chesterton escribe sobre la cuartilla un nombre tembloroso: Father Brown —e incontinenti se da otro puñetazo en la amplia frente redonda.)

—¡Otra idea! ¡El criminal! El criminal antagonista es convertido por el cura detective y se vuelve su confidente, su Dr. Watson. (Y escribe: Flambeau,)

Chesterton se sienta con la cabeza en erupción.

—Me han llamado descabellado porque en The Man who was Thursday solté las riendas de mi imaginación a ver dónde llegaba. Voy a demostrar que puedo dominarla. Escribiré cuentos ceñidísimos, fantásticos sí, y paradojales más que Hoffman, pero al mismo tiempo cerrados y lógicos como un icosaedro, como un Hugh Benson que fuera un Bernard Shaw.

Y salieron una tras otra estas deliciosas narraciones escritas en un estilo denso, plúmbeo, más refinado que una joya de Benvenuto como esas estatuillas platerescas de bronce que he visto en el taller de Mastroianni, donde todo es artificio y poesía, estilo, exquisitez y sugerencia.

Siempre la misma fórmula y el escritor no se repite. Son problemas descomunales, paradojales, chestertonianos, pero todos guisados diversamente. A veces afina tanto que parece que se va a romper la punta. The three tools of death, es un hombre asesinado y a su lado tres armas, revólver vacío, puñal ensangrentado y lazo roto; y en su casa tres personas, un criado fúnebre, un secretario borracho y una hija maltratada, cada uno de los cuales es acusado sucesivamente y confiesa de plano. ¡Y sin embargo el ateo Armstrong no ha sido muerto ni con lazo ni con puñal ni con revólver, ni por el criado o el secretario o la hija, sino por su ateísmo! Adóbame esos candiles.

En The Secret Garden (que se publicó traducido entre nosotros), el misterio es más descomunal si cabe, el hombre que ha entrado y no ha entrado al mismo tiempo.

—¡Pero, o se entra o no se entra! —grita el doctor Simón con su lógica francesa.

—No siempre —contesta suavemente el Padre Brown con su intuición celta.

—¡Un hombre sale de un jardín o no sale!

—¡No del todo!

El absurdo (léase misterio) es lógico. El hombre que entre los hombres no quiere encontrar absurdos, es él un hombre absurdo. El católico es un hombre que cree que no todo se puede entender, que ha admitido una vez la existencia de una Cosa Incomprensible (es decir, mayor que él) con la cual se comprenden todas las otras. Es la gran tesis chestertoniana, uno de los motives de su apologética, que reaparece aquí en forma jocosa, con fugas y fiorituras que suenan como risadas. Los enemigos de Chesterton dicen que es el defensor del absurdo contra la razón. Es falso, Chesterton es el defensor de la inteligencia contra la razón, o mejor dicho, sobre la razón, el panegirista invencible de la intuición sobre el raciocinio. Es nuestra facultad más profunda, esa Inteligencia amada de Santo Tomás, la vista del alma que en su forma casera es el humilde y santo Sentido Común, los ojos del alma con que el hombre conoce los primeros principios, el ángel todas las cosas y el beato en el cielo (supuesta la elevación) directamente a Dios —la vindicada por Chesterton sobre la razón orgullosa raciocinante, ]a lógica hermética del positivista, el bistur[i y el microscopio del cientista, lo que llamó Taine “la razón clásica” y Pascal “el espíritu geométrico” . Y como Chesterton fue educado en ella y estuvo muchos años en el calabozo esférico (The Ball and the Cross), abora recobrada la libertad se venga cruelmente de ella —véase el primer capítulo de Orthodoxy—, la maltrata, la desprecia, la insulta quizá más de lo justo 4.

(continuará)


LEONARDO CASTELLANI

Crítica literaria. Notas a caballo de un país en crisis (1945)

NOTAS: 1 Messac, La méthode scientifique et le détective novel, Plon, París, 1930.

2 Cassell de Londres ha reunido en un gran volumen muy elegante los cuatro libros del Padre Brown, The Innocence of F. Brown (1911), The Wisdom of F. Brown (1914), The Incredulity of F. Brown (1926), The Secret of F. Brown (1926). Por sabido se calla que en una colección de 40 novelitas, algunas pocas como The God of the Gongs, The Paradise of Thieves, han salido flojas.

3. To Father John O'Connor — of St. Cuthbbert’s, Bradford — whose Truth is Stranger than Fiction — with a gratitude greater than the World...

4 Es el reparo que le ponía en 1920 Tonguédec en su estudio Chesterton (Études, tom. 163). Pero hoy conocemos major la filosofía del apologeta. El Padre Brown responde a Flambeau, que le pregunta cómo conoció que él era un seudocura, un ladrón disfrazado (después de contarle la graciosa trampa que le tendiera):

—Pero en realidad, otra parte de mi oficio hacía cierto de que usted no era sacerdote.

—¿Cuál? —preguntó el ladrón, sofocado.

—Usted atacaba la razón —respondió el Padre Brown—; usted no sabe teología.


martes, 6 de febrero de 2018

Chesterton y Leonor Acevedo de Borges: El triunfo de la tribu

EL TRIUNFO DE LA TRIBU

Toda persona con edad suficiente para recordar, siquiera de un modo borroso, los últimos días de la reina Victoria, así como el paulatino cambio de la Gran Guerra, se asombrará de dos cosas referentes al triunfo que hoy festeja Alemania.
El primer hecho desconcertante es que una generación joven pueda hervir con tan inútil alboroto a causa de algo tan totalmente anticuado. El segundo hecho desconcertante es que todo un vasto país pueda basar su tradición histórica en algo que es menos una leyenda que una mentira.
Una leyenda es algo que crece lentamente y de una manera natural, y que simboliza algo así como una relativa verdad histórica. La leyenda del rey Arturo es legendaria en este sentido, pero simboliza la enorme y hoy día olvidada verdad de que si Inglaterra no hubiera tenido una base romana, hubiera carecido de toda base. Pero el mito de los alemanes modernos, especialmente en sus relaciones con los antiguos germanos, ha sido fabricado hace poco y de manera artificial. Fue inventado por profesores y divulgado por maestros de escuela. Desde luego, no tiene la más remota conexión con ninguna verdad histórica.
El primer hecho, la extraña ranciedad que hace llegar a nuestro olfato la religión racial con un olor a podrido, a algo exhumado tras haber permanecido largo tiempo enterrado, no es lo que más nos interesa. Un hombre que se entusiasmó con Carlyle, cuando era muchacho, que reaccionó contra él, como hombre, que volvió a reaccionar con más sano juicio y que ha concluido, le parece, por verlo más o menos tal como era, sólo puede asombrarse de esta brusca resurrección de cuanto había en Carlyle de bárbaro, de estúpido, y de ignorante, sin un adarme de lo que había en él de realmente original y humorístico. El verdadero Carlyle, que era escocés, y por lo tanto comprendía las bromas, ha sido substituido enteramente por el Carlyle teórico, que era prusiano, y al que no le era dado comprender bromas. Y que, desde luego, nunca apreció la inefable broma que significaba aquella gran Teoría Teutónica que en mi juventud era la chifladura de moda en la educación tanto inglesa como alemana.
El que todas estas estupideces infantiles pudieran surgir de pronto, como un fantasma en mi camino normal hacia la sepultura, es cosa casi increíble.  Tan increíble como ver al príncipe Alberto bajando del Albert Memorial para pasearse por los jardines de Kensington. Y es especialmente increíble dado que, a partir de aquel día, la teoría histórica que Froude y Freeman compartieron con Carlyle (teoría de una raíz teutónica en toda verdadera nobleza de Europa) ha sido criticada por historiadores más lúcidos, con una amplitud de miras que los victorianos no pudieron imaginar, y, a menudo, con un cúmulo de hechos nuevos que no pudieron conocer. Actualmente, ninguna persona informada tiene derecho a ignorar el papel efectivo desempeñado en la civilización —o semicivilización— de todos los países (incluso de Alemania) por el orden romano y la fe católica, no por el caos germánico. Examinemos a la luz de este grado elemental de educación algunas declaraciones hechas recientemente por los más aplaudidos y entusiastas escritores nazis  —pasando de largo, por ahora, los ejemplos de crasa contradicción, en los que el dictamen, nórdico contradice, no solamente toda virtud cristiana, sino toda la común generosidad humana, al decir que “el concepto de la caridad cristiana provoca la degeneración nacional, puesto que propugna el cuidado de los físicamente débiles o inválidos”.  Consideremos, para empezar, aquellas virtudes en que tanto el cristiano como el nórdico están de acuerdo,  aunque el nórdico tiene la insolencia de reclamarlas como únicamente suyas. Tomemos la declaración ridícula, tantas veces repetida, de que hay algo esencialmente alemán en el “concepto del honor”.  Esta pretensión carece por completo de verdad histórica, y ni siquiera tiene significado histórico. Imaginemos a un profesor prusiano leyendo, lenta y cuidadosamente, la versión de Horacio de la historia de Régulo y anotando debidamente el hecho de que ni los latinos ni los hombres del Mediterráneo tuvieron jamás la menor idea del honor. El más torpe comprende en seguida que semejante afirmación es absurda. Todo el mundo sabe, de un modo general, que el concepto de fidelidad a la palabra dada, de renuncia a un cobarde y cómodo retraimiento, de considerar la rendición como un deshonor, son características que han llegado hasta nosotros a través de los filósofos paganos que desafiaban a los tiranos, a través de los mártires que aceptaban el tormento, a través de los caballeros y paladines cristianos, celosos en el cumplimiento de un voto o en las condiciones de una proeza. Considerar que esto es una idea alemana es tan ridículo como considerarla finesa o islandesa. Puesto que todos los hombres, incluso los más rudos, tienen alguna forma tosca de conciencia, este concepto, indudablemente, existió en algunos teutones, del mismo modo que en algunos celtas, eslavos y árabes semitas. Pero los ejemplos más poderosos, los más claros y lógicos, la más larga tradición, llegan a nosotros por el largo camino romano que une la antigua civilización a la nueva.
En estas pocas líneas me he limitado a la literatura nazi, que se opone al sentido común y a la verdad histórica, a la conciencia católica y a la principal autoridad religiosa de Europa. Vale la pena notar hasta qué punto los dos elementos del instinto normal y de la doctrina sobrenatural se hallan momentáneamente de acuerdo. En estos momentos, Roma defiende no sólo la razón, sino más bien, y especialmente, el sentido común. Y en este caso, la justicia común del común de las gentes. Esta influencia del Sur, que, penetrando hacia el Norte, por las selvas vírgenes, corrompió a los sencillos germanos acostumbrándolos a edificar casas, construir caminos, montar a caballo, y hablar de una manera inteligible, o más o menos inteligible. Porque aquellos grandes dioses, aquellos primeros germanos de las selvas a quienes se debe toda la energía “creadora”, no levantaron un solo edificio que haya perdurado, ni tallaron una sola estatua de valor prehistórico, ni expresaron en ningún ara o símbolo la confusa mitología con que algunos quisieron sustituir la lucidez de la fe. La gran civilización alemana ha sido creada por la gran civilización cristiana, y sus antecesores paganos no le legaron nada, salvo un intermitente afán de alardear.

The End of the Armistice.
Revista Sur, julio-octubre de 1947, año XVI.
THE TRIBAL TRIUMPH

ANYONE old enough to remember even faintly the last days of Queen Victoria, and the gradual change in international information which had appeared even before the Great War, will be astounded at two things about the tribal triumph now parading among the Germans.  The first staggering fact is the fact that a fresh generation can boil up again, in so frothy a fuss, over anything so utterly stale.  The second staggering fact is that a whole huge people should base its whole historical tradition on something that is not so much a legend as a lie.  A legend is something that grows slowly and naturally and generally does symbolize some sort of relative truth about history.  The legend of Arthur is legendary in this sense; but it does symbolize the enormous and once neglected truth, that if Britain had not once had a Roman basis, it would never have had any basis at all.  But the myth of the modern Germans, especially in its relation to the ancient Germans, was made quite recently and quite artificially; it was invented by professors and imposed by schoolmasters; and it has not even the remotest connection with any historical truth whatever.
The first fact, the strange staleness which makes the racial religion stink in our nostrils with the odours of decay, and of something dug up when it was dead and buried, need not principally concern us.  A man who has reveled in Carlyle as a boy, reacted against him as a man, re-reacted with saner appreciation as an older man, and ended, he will hope, by seeing Carlyle more or less where he really stands, can only be amazed at this sudden reappearance of all that was bad and barbarous and stupid and ignorant in Carlyle, without a touch of what was really quaint and humorous in him. The real Carlyle, who was a Scotchman and therefore understood a joke, has been entirely replaced by the theoretical Carlyle, who was a Prussian and not allowed to see a joke. And he seems never to have seen the joke of the great Teutonic Theory, which he handed on to Kingsley and in a less degree to Freeman and Froude; and which was in my childhood the fashionable fad in English as well as German education.  That all this nonsense of the nursery should suddenly start up like a spectre in my path, in my normal journey towards the grave, strikes me as something quite incredible. It is as incredible as seeing Prince Albert come down from the Albert Memorial and walk across Kensington Gardens. But it is specially incredible because, since that day, the historical theory which Froude and Freeman and others shared with Carlyle, the theory of a Teutonic root of all the real greatness of Europe, has been criticized by saner historians, with a broader outlook which the Victorians never imagined, and often with a number of new facts which the Victorians could not be expected to know.  To-day, no well-informed person has any right to be ignorant of the part really played, not by the Germanic chaos, but by the Roman order and the Catholic faith, in the making of everything civilized or half-civilized, including Germany.
In the light of this elementary degree of education, examine some of the statements lately made by the most popular and enthusiastic Nazi writers —passing over for the moment the cases of flat contradiction, where the Nordic notion contradicts not only every Christian virtue but every common human generosity, as in saying that “the conception of Christian charity causes national degeneration inasmuch as it involves caring for the physically weak and infirm.” Let us take first the virtues on which the Christian and the Nordic man would agree; though the Nordic man has the cheek to claim them as his alone. Take the ridiculous statement, repeated again and again, the notion that there is something especially German about “the idea of honour”. There is not the faintest historical truth, or even historical meaning, in this claim.  Imagine the Prussian professor slowly and carefully reading Horace’s version of the story of Regulus and duly noting down the fact that no Latins or men of the Mediterranean have had any idea of honour. One would suppose that anybody could see the absurdity of that; that everybody can, in a general way, trace the conception of keeping faith, refusing cowardly comfort or safety, feeling surrender as a stain, through all the great story of antiquity, through the Pagan philosophers defying tyrants, through the Christian martyrs accepting torments, through the Christian knights and paladins careful to keep the vow, or fulfill the conditions of the quest.  To call it a German idea is about as sensible as to call it a Finnish idea or an Icelandic idea. Since all men, even the rudest, have some rude form of conscience, it did doubtless exist more or less in various Teutons, as in various Celts and Slavs and Semitic Arabs.  But the most powerful examples of it, the clearest praises of it, the longest tradition of it, descend to us all down that long Roman road which connects ancient with modern civilization.
In these few lines I have confined myself to the Nazi literature, which is on the face of it opposed to common sense and common historical information and is in conflict with the Catholic conscience and the principal religious authority of Europe.  It is worth while to note how much the two elements of normal instincts and of supernatural doctrine are at this moment in agreement. Rome stands just now not only for reason, but rather especially for common sense; and, as in this case, for common justice to the common people. It is this influence which the Nazi writers describe as so subtle a social poison; the southern influence which, creeping north into the virgin forests, corrupted the simple Germans with the habit of building houses, of making roads, of riding horses, of talking in an intelligible, or more or less intelligible manner. For those great gods, the early Germans of the forests, to whom all “creative” energy is due, did not of themselves set up one building that has remained, or carve one statue of even prehistoric value, or express in any shrine or symbol the confused mythology which some would substitute for the radiant lucidity of the Faith.  The great German civilization was created by the great Christian civilization; and its heathen forerunners left it nothing whatever; except an intermittent weakness for boasting.

Note: This essay was written as an Introduction to a pamphlet containing a selection of Nazi writings, edited by Lord Tyrrell.