miércoles, 11 de febrero de 2026

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Tercera parte

Grandes dolores en pequeñas canciones...

 

Tenía un vecino al que conocía; incluso había utilizado algunas veces sus versos.

Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra vida, ya que él mismo representaba al homo duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón; y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía corazón: sobre los hermosos ojos de mi amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada, hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar. Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.

Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra, y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.

Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas: los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que pertenecía.

Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida, apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única, también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones procedentes del más allá.

El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones, salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan, mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales; para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los poetas, Baudelaire estaba solo.

 

Baudelaire y Edgar Allan Poe

 

A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en Europa, sino en el Nuevo Mundo.

Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un huésped de Dreamland, de Tule, donde hay montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico, una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos, desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia. La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por ser incapaces de retenerlas en su plenitud. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone“Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal vez, a la eternidad…”.

¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo; escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un acento de inmortalidad”.

Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la intimidad de su obra, Poe había muerto.

 

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive

 

De grandes douleurs dans de petites chansons…

 

Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était servi quelquefois de ses vers.

Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers: à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.

Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles. L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement, il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il irait la laver.

Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre. Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les Nazaréens, dont il était.

Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à sourire. Une larme sur un champ de rire, c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine, contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des vibrations venues de l’au-delà.

Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.


Baudelaire et Edgar Poe

 

Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.

Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés, depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même, ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone«Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à la seule éternité...»

Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu, épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»; contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves; sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord, en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un accent d’immortalité».

         Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.

lunes, 9 de febrero de 2026

William Butler Yeats: a la rosa que está sobre la cruz del tiempo

TO THE ROSE UPON THE ROOD OF TIME

 

Red Rose, proud Rose, sad Rose of all my days!

Come near me, while I sing the ancient ways:

Cuchulain battling with the bitter tide;

The Druid, grey, wood-nurtured, quiet-eyed,

Who cast round Fergus dreams, and ruin untold;

And thine own sadness, whereof stars, grown old

In dancing silver-sandalled on the sea,

Sing in their high and lonely melody.

Come near, that no more blinded by man’s fate,

I find under the boughs of love and hate,

In all poor foolish things that live a day,

Eternal beauty wandering on her way.

Come near, come near, come near—Ah, leave me still

A little space for the rose-breath to fill!

Lest I no more hear common things that crave;

The weak worm hiding down in its small cave,

The field-mouse running by me in the grass,

And heavy mortal hopes that toil and pass;

But seek alone to hear the strange things said

By God to the bright hearts of those long dead,

And learn to chaunt a tongue men do not know.

Come near; I would, before my time to go,

Sing of old Eire and the ancient ways:

Red Rose, proud Rose, sad Rose of all my days.

WILLIAM BUTLER YEATS

The Rose, 1893

A LA ROSA QUE ESTÁ SOBRE LA CRUZ DEL TIEMPO

 

¡Rosa roja, orgulloso Rosa, triste Rosa de mis días!

Acércate mientras canto antiguas tradiciones:

Cuchulain combatiendo con la fiera marea,

el canoso Druida, criado en el bosque, de ojos calmos,

que sumió en sueños a Fergus, y en la ruina,

y tu propia tristeza, de la que las estrellas, envejecidas

de bailar con sandalias de plata sobre el mar,

cantan con su alta y solitaria melodía.

Acércate: que, no cegado ya por el destino humano,

bajo las ramas del amor y el odio hallo

en cuantas cosas necias viven sólo un día,

la belleza eterna, errante en su camino.

¡Acércate, acércate, mas deja

un hueco con que llenar tu aliento!

Para no oír más cosas vulgares que imploran,

la larva que se oculta en su agujero,

el ratón que junto a mí cruza la hierba

y esperanzas mortales que se afanan y pasan;

sino que sólo busque las extrañas cosas dichas

por Dios a los que han muerto ya hace mucho

y aprenda a cantar con una lengua ignota.

Acércate; quiero, antes que mi tiempo acabe,

cantar a la vieja Eire y sus leyendas.

¡Rosa roja, orgullosa Rosa, triste Rosa de mis días!

Traducción de Antonio Rivero Taravillo




domingo, 1 de febrero de 2026

Rudyard Kipling: Canción de despedida de Mowgli

OUTSONG IN THE JUNGLE

This is the song that Mowgli heard behind him in the Jun gle till he came to Messua’s door again:

 

BALOO 

For the sake of him who showed

One wise Frog the Jungle-Road,

Keep the Law the Man-Pack make

For thy blind old Baloo's sake!

Clean or tainted, hot or stale,

Hold it as it were the Trail,

Through the day and through the night,

Questing neither left nor right.

For the sake of him who loves

Thee beyond all else that moves,

When thy Pack would make thee pain,

Say: "Tabaqui sings again."

When thy Pack would work thee ill,

Say: "Shere Khan is yet to kill."

When the knife is drawn to slay,

Keep the Law and go thy way.

(Root and honey, palm and spathe,

Guard a cub from harm and scathe!)

Wood and Water, Wind and Tree,

Jungle-Favour go with thee!

                   

KAA 

Anger is the egg of Fear–

Only lidless eyes see clear.

Cobra-poison none may leech–

Even so with Cobra-speech.

Open talk shall call to thee

Strength, whose mate is Courtesy.

Send no lunge beyond thy length.

Lend no rotten bough thy strength.

Gauge thy gape with buck or goat,

Lest thine eye should choke thy throat.

After gorging, wouldst thou sleep?

Look thy den be hid and deep,

Lest a wrong, by thee forgot,

Draw thy killer to the spot.

East and West and North and South,

Wash thy hide and close thy mouth.

(Pit and rift and blue pool-brim,

Middle-Jungle follow him!)

Wood and Water, Wind and Tree,

Jungle-Favour go with thee!

                 

BAGHEERA 

In the cage my life began;

Well I know the worth of Man.

By the Broken Lock that freed–

Man-cub, ware the Man-cub's breed!

Scenting-dew or starlight pale,

Choose no tangled tree-cat trail.

Pack or council, hunt or den,

Cry no truce with Jackal-Men.

Feed them silence when they say:

"Come with us an easy way."

Feed them silence when they seek

Help of thine to hurt the weak.

Make no bandar's boast of skill;

Hold thy peace above the kill.

Let nor call nor song nor sign

Turn thee from thy hunting-line.

(Morning mist or twilight clear,

Serve him, Wardens of the Deer!)

Wood and Water, Wind and Tree,

Jungle-Favour go with thee!

                  

THE THREE 

On the trail that thou must tread

 To the threshold of our dread,

 Where the Flower blossoms red;

 Through the nights when thou shalt lie

 Prisoned from our Mother-sky,

 Hearing us, thy loves, go by;

 In the dawns when thou shalt wake

 To the toil thou canst not break,

 Heartsick for the Jungle's sake;

 Wood and Water, Wind and Tree,

 Wisdom, Strength, and Courtesy,

 Jungle-Favour go with thee!

 RUDYARD KIPLING

CANCIÓN DE DESPEDIDA

Esta es la canción que Mougli oyó a su paso por la selva hasta que otra vez llegó a la puerta de Mesua.

 

BALÚ

Este maestro, el mismo que enseñaba,

la selva y sus caminos a un renacuajo sabio,

este oso, viejo y ciego, te recuerda:

respeta, entre los hombres, la Ley de su manada.

Ya sea nueva o sea vieja, esté limpia o manchada,

síguela día y noche, cual si tu rastro fuera,

sin apartar de ella tu mirada.

Por Balú, que te quiere más que a nada,

si algún día tu manada te hiriese,

debes decir: «Ya se vuelve a oír el canto de Tabaqui».

Y si enfermar te hicieran a fuerza de trabajo,

di: «Todavía hay que dar muerte a Shir Jan».

Cuando el cuchillo veas a punto de clavar,

cumple la Ley y sigue tu camino.

(Raíz y miel, palma y corola,

guardad a este lobato de todo mal).

Viento y arroyos, árboles y madera:

¡te ofrece su favor la selva entera!

 

KA

Del huevo de la rabia nace el miedo:

solo el ojo sin párpado ve con claridad.

El veneno de la cobra mata a todos,

y lo mismo sucede con su forma de hablar.

Conviene que con ella abiertamente hables,

pues la fuerza es hermana de la amabilidad.

No grites más de lo que tu voz pueda.

No le prestes tu mano a una rama podrida.

Calcula bien las cabras o ciervos que devoras,

no dejes que tus ojos te atraganten,

y si vas a dormir después de alimentarte

busca un cubil bien hondo y escondido,

no vaya a ser que por torpe descuido

a tu asesino ayudes a encontrarte.

Mira al Norte y al Sur, al Este y al Oeste,

lava bien tu pelaje y cierra bien tu boca.

(Charca de agua azul y rebosante, pozo y fisura,

¡la selva media es tuya!).

Viento y arroyos, árboles y madera:

¡te ofrece su favor la selva entera!

 

BAGUIRA

En una jaula comenzó mi vida;

y por eso conozco las costumbres del hombre.

Por el cerrojo roto que me liberó un día

te digo, renacuajo: ¡del hombre desconfía!

Cuando pálidas se vuelvan las estrellas

y sientas la fragancia del rocío

ten cuidado: no persigas un rastro a la ligera.

En manada o consejo, en guarida o en caza,

no hagas ninguna tregua con los hombres chacales.

Y si te dicen: «Ven; no hay riesgo ni amenaza»,

responde con silencio a sus palabras.

Y también con silencio contesta si tu ayuda

para herir a los débiles pidieran.

No presumas de tener la habilidad de un bandar-log,

nunca pierdas la calma en la matanza.

Que no te aparte de tu rastro y cacería

ni alarido ni canto ni llamada.

¡Servidle todos: brumas de la aurora,

atardeceres claros, guardianes de los ciervos!

Viento y arroyos, árboles y madera:

¡te ofrece su favor la selva entera!

 

LOS TRES

Por la senda que han de seguir tus pasos,

hasta el umbral que a todos amedrenta,

allí donde la flor da brotes rojos,

y también por las noches, cuando te veas

de nuestro Cielo madre distanciado,

querido compañero, nos oirás pasar cerca.

Al alba, cuando tus ojos se abran

y venga la nostalgia de la selva

a acrecentar la carga del trabajo diario,

recuerda estas palabras:

Viento y arroyos, árboles y madera:

¡te ofrece su favor la selva entera!

Versión de Catalina Martínez Muñoz

 LA DERNIÈRE CHANSON

Ceci est la chanson que Mowgli entendit derrière lui dans la Jungle avant d’arriver de nouveau à la porte de Messua.

 

BALOO

À cause des sentiers, jadis,

De moi, sage Grenouille, appris,

Pour ton vieux Baloo garde comme

La loi de Jungle ta Loi d’Homme.

Claire ou trouble, du jour ou d’hier,

Tiens-la du vouloir et du flair,

Comme tu tiens la piste étroite,

Sans regarder de gauche ou droite,

Pour l’amour de qui t’aimait mieux

Que toute chose sous les cieux.

Si ton Clan t’irrite ou te peine,

Dis-toi : Tabaqui chante en plaine.

S’ils t’offensent : Comme autrefois

Shere Khan erre encor sous bois.

Les couteaux au vent, dans le doute

Garde la loi, passe ta route.

(Palme, racine, baie ou miel

Gardent petit de sort cruel.)

Par l’Eau, le Bois, l’Arbre et le Vent

Faveur de Jungle va devant !

 

KAA

La Colère est l’œuf de la Peur –

Œil sans paupière est le meilleur.

Venin de Cobra, nul remède,

Parler de Cobra, le sort t’aide.

Courtoisie escorte Vigueur.

Et Franc-Parler t’en fait seigneur.

Vise à distance, ne confie

Nul poids à la branche pourrie ;

Jauge à ta faim chèvre ou bélier

Que l’œil n’étouffe le gosier.

Pour dormir ensuite, secrète

Et sombre choisis ta retraite,

Crainte que des torts oubliés

N’amènent là tes meurtriers.

En tous lieux et sur toute chose

Garde flanc net et bouche close.

(Fente, trou, rive d’étang bleu,

Suis-le donc, Jungle du Milieu !)

Par l’Eau, le Bois, l’Arbre et le Vent

Faveur de Jungle va devant !

 

BAGHEERA

Je fus en cage et me souviens

De l’Homme et des façons des tiens.

Mais, par la Serrure Brisée,

Crains ta race ! Au flair des rosées,

Sous l’étoile pâle, ne prends

Pas leur piste de chats errants.

Clan ou conseil, en chasse, au gîte,

Chacals sans pacte qu’on évite,

Qu’ils mangent ton silence quand

Ils diront : Viens, c’est le bon vent !

Jette-leur ton silence encore.

Si contre le faible on t’honore,

Laisse au singe son vain fracas,

Porte sans bruit ton gibier bas.

Qu’en chasse nul cri, chant ou signe

Puisse t’écarter d’une ligne.

(Brumes de l’aube, couchants clairs,

Servez-le bien, Gardiens des Cerfs !)

Par l’Eau, le Bois, l’Arbre et le Vent

Faveur de Jungle va devant !

 

LES TROIS

Par ton nouveau sentier, le leur,

Vers le seuil de notre terreur,

Où flambera la Rouge Fleur ;

Dans les nuits où tu rêveras,

Épiant le bruit de nos pas,

Nous, tes amis, restés là-bas ;

Les matins de triste réveil

Aux labeurs d’un nouveau soleil,

Cœur en deuil de matins pareils –

Par l’Eau, le Bois, l’Arbre et le Vent

Faveur de Jungle va devant !

Traduit par Louis Fabulet et Robert d'Humières



 

 


jueves, 29 de enero de 2026

Robert Frost y Agustí Bartra: Abedules

 

BIRCHES

WHEN I see birches bend to left and right

across a line of straighter darker trees,

I like to think some boy’s been swinging them.

But swinging doesn’t bend them down to stay

As ice-storms do that. Often you must have seen them

Loaded with ice a sunny winter morning

After a rain. They click upon themselves

As the breeze rises, and turn many-colored

As the stir cracks and crazes their enamel.

Soon the sun’s warmth makes them shed crystal shells

Shattering and avalanching on the snow-crust—

Such heaps of broken glass to sweep away

You’d think the inner dome of heaven had fallen.

They are dragged to the withered bracken by the load,

And they seem not to break; though once they are bowed

So low for long, they never right themselves:

You may see their trunks arching in the Woods

Years afterwards, trailing their leaves on the ground

Like girls on hands and knees that throw their hair

Before them over their heads to dry in the sun.

But I was going to say when Truth broke in

With all her matter-of-fact about the ice-storm

I should prefer to have some boy bend them

As he went out and in to fetch the cows—

Some boy too far from town to learn baseball,

Whose only play was what he found himself,

Summer or winter, and could play alone.

One by one he subdued his fathers tres

By riding them down over and over again

Until he took the stiffness out of them,

And not one but hung limp, not one was left

For him to conquer. He learned all there was

To learn about not launching out too soon

And so not carrying the tree away

Clear to the ground. He always kept his poise

To the top branches, climbing carefully

With the same pains you use to fill a cup

Up to the brim, and even above the brim.

Then he flung outward, feet first, with a swish,

Kicking his way down through the air to the ground.

So was I once myself a swinger of birches;

And so I dream of going back to be.

It’s when l’m weary of considerations,

And life is too much like a pathless wood

Where your face burns and tickles with the cobwebs

Broken across it, and one eye is weeping

From a twig’s having lashed across it open.

Y’d like to get away from earth awhile

And then come back to it and begin over.

May no fate willfully misunderstand me

And half grant what I wish and snatch me away

Not to return. Earth’s the right place for love:

I don’t know where it’s likely to go better.

Y’d like to go by climbing a birch tree,

And climb black branches up a snow-white trunk

Toward heaven, till the tree could bear no more,

But dipped its top and set me down again.

That would be good both going and coming back.

One could do worse than be a swinger of birches.

ROBERT FROST

Mountain Interval, 1916


ABEDULES

Cuando veo abedules oscilar a derecha

y a izquierda, ante una hilera de árboles más oscuros,

me complace pensar que un muchacho los mece.

Pero no es un muchacho quien los deja curvados,

sino las tempestades. A menudo hemos visto

los árboles cargados de hielo, en claros días

invernales, después de un aguacero.

Cuando sopla la brisa se les oye crujir,

se vuelven irisados cuando se resquebraja

su esmaltada corteza. Pronto el sol les arranca

sus conchas cristalinas, que mezcla con la nieve…

Esas pilas de conchas esparcidas diríase

que son la rota cúpula interior de los cielos.

La carga los doblega hacia los mustios

matorrales cercanos, pero nunca se quiebran,

aunque jamás podrán enderezarse solos:

durante muchos años las ramas de sus troncos

curvadas barrerán con sus hojas el suelo,

igual que arrodilladas doncellas con los sueltos

cabellos hacia atrás y secándose al sol.

Mas cuando la Verdad se me interpuso

en la forma de un hecho como la tempestad,

iba a decir que quizás un muchacho,

yendo a buscar las vacas, inclinaba los árboles…

Un muchacho que por vivir lejos del pueblo

sólo sabe jugar, en invierno o en verano,

a juegos que ha inventado para jugar él solo.

Ha domado los árboles de su padre uno a uno

pasando por encima de ellos tan a menudo

que nada les dejó de su tiesura.

A todos doblegó; no dejó ni uno solo

sin conquistar. Aprendió la manera

de no saltar de un árbol sin haber conseguido

doblarlo contra el suelo. Conservó el equilibrio

hasta llegar arriba, trepando con cuidado,

con la misma destreza que uno emplea al llenar

la copa hasta el borde, y aun arriba del borde.

Entonces, de un envión, disparaba los pies

hacia afuera y saltaba del aire hasta la tierra.

Yo fui también, antaño, un columpiador de árboles;

muy a menudo sueño en que volveré a serlo,

cuando me hallo cansado de mis meditaciones,

y la vida parece un bosque sin caminos

donde, al vagar por él, sentimos en la cara

ardiente el cosquilleo de rotas telarañas,

y un ojo lagrimea a causa de una brizna,

y quisiera alejarme de la tierra algún tiempo,

para luego volver y empezar otra vez.

Que jamás el destino, comprendiéndome mal,

me otorgue la mitad de lo que anhelo

y me niegue el regreso. Nada hay, para el amor,

como la tierra; ignoro si existe mejor sitio.

Quisiera encaramarme a un abedul, trepar,

por las ramas oscuras del blanquecino tronco

y subir hacia el cielo, hasta que el abedul,

doblándose vencido, me volviese a la tierra.

Subir y regresar sería muy hermoso.

Pues hay cosas peores en la vida que ser

un columpiador de árboles.

Traducción de Agustí Bartra

Antología de la poesía norteamericana, México, 1959