Grandes dolores
en pequeñas canciones...
Tenía un vecino al que conocía; incluso había
utilizado algunas veces sus versos.
Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra
vida, ya que él mismo representaba al homo
duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich
Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón;
y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas
y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera
consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador
moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de
su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de
ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con
tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las
suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía
corazón: sobre los hermosos ojos de mi
amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada,
hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé
magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese
corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y
voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el
mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la
fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el
tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar.
Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y
París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria
de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de
amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.
Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en
que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase
el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la
lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo
poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra,
y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni
tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana
espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de
inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un
aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a
los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros
proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir
que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.
Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado
a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se
estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de
su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas:
los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que
pertenecía.
Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas
luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico
quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas
reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich
Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser
profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento
en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida,
apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una
lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se
burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus
tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún
reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única,
también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo
de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades
del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese
escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores
en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan
extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones
procedentes del más allá.
El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de
oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca
han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos
la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está
poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia
las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros
días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o
nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones,
salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el
contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera
exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia
lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de
fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan,
mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales;
para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse
mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan
a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para
intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los
poetas, Baudelaire estaba solo.
Baudelaire y
Edgar Allan Poe
A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en
Europa, sino en el Nuevo Mundo.
Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su
prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su
entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en
las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un
huésped de Dreamland, de Tule, donde hay
montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas
doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles
de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres
amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico,
una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los
enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el
teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que
conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos,
desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia.
La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda
de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por
aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un
impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos
hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la
emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas
de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por
ser incapaces de retenerlas en su plenitud.
We struggle by multiform combinations
among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness
whose very elements perhaps appertain to eternity alone… “Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en
medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por
alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal
vez, a la eternidad…”.
¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la
consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar
Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo
que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió
como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de
que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que
había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo
tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió
en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo;
escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al
público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el
inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con
él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su
rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los
sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera
en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y
secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía
más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un
acento de inmortalidad”.
Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba
tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la
intimidad de su obra, Poe había muerto.
Solitude de Baudelaire
Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de
1937.
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive
De grandes douleurs
dans de petites chansons…
Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était
servi quelquefois de ses vers.
Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre
vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo
duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances
ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la
petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et
l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses
d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le
rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de
sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines
riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si
perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait
toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il
voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur
les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche
mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma
mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais
sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois
tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des
collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil
qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers:
à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même
la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la
France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la
patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute
mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.
Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait
qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté
réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles.
L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient
rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait
plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur
ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur
confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui
fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement,
il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de
n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes
et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les
camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et
il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il
irait la laver.
Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de
goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un
Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre.
Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se
partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les
Nazaréens, dont il était.
Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et
cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique
gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des
ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme
fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il
s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester
qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine
essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à
sourire. Une larme sur un champ de rire,
c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans
cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs
tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais
tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il
faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La
manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller
jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine,
contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni
cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette
veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire
est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des
vibrations venues de l’au-delà.
Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.
Baudelaire et Edgar Poe
Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous
devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.
Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait
été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et
de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa
vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis
artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses
tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour
des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux
des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit
analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un
rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le
théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui
connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés,
depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend
l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation
plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle
est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons
par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque
nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même,
ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce
sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des
harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude.
We struggle by multiform combinations
among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose
very elements perhaps appertain to eternity alone… «Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu
des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une
portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à
la seule éternité...»
Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la
considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar
Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais
vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur
fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu,
épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés
vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites
vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double
d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses
œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à
faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à
l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était
d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»;
contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves;
sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord,
en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des
choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste
et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un
accent d’immortalité».
Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.












