PANTAGRUEL ENCUENTRA UN LIMOSIN QUE TERGIVERSA LA
LENGUA FRANCESA
Yo no sé cuándo, cierto día, Pantagruel se paseaba
después de cenar con sus compañeros, por la puerta que da hacia el camino de
París, y encontró allí a un alegre estudiante que venía hacia la ciudad;
después de haber cambiado el saludo le preguntó:
—¿De dónde vienes a estas horas, querido amigo?
—De la ilustre, ínclita y célebre academia que se
vocita Lutecia— respondió el escolar.
—¿Qué quiere decir?—preguntó Pantagruel a uno de los
suyos.
—Que viene de París—contestó el interpelado.
—¿Y cómo pasáis el tiempo en París los señores
estudiantes?— volvió a preguntar Pantagruel.
—Transfretamos la ribera Sequana desde el dilúculo
hasta el crepúsculo; deambulamos por los compartimentos y las vías de la urbe; espumamos
la verbocinación latial; como verosímiles amorhabientes nos captamos la
benevolencia del omnipotente, omniforme y omnigenuo sexo femenino. Ciertos
diículos nos inmiscuímos en los lupanares de Champ-gaillard, Matcón,
Cul-de-sac-de-Bourbon, de Huslien, etc., y en éxtasis venéreo, inculcamos
nuestras véretras en los penitentes receptáculos de las pudendas de aquellos
meretrículos amigabilísimos; después aprehendemos en las tabernas meritísimas de
la Pomme, Castell, Madeleine y Mulle, bellas espáldulas de carnero,
perforamiminadas de perejil, y si por fuerte fortuna hay raridad o penuria de
pecunia en nuestras escarcelas y están exhaustas del metal ferrugíneo para el
escote, dimitimos nuestros códices y vestidos, pignorados hasta la llegada de
los tabúlanos procedentes de los penates y lares patrios.
—¿Pero qué diablo de lenguaje es éste?—objetó
Pantagruel—. ¡Por Dios que tú eres algún herético!
—Señor, no; porque libentísimamente, en cuanto
ilucerce un minutículo del día, emigro a uno de esos tan bien arquitectados
monasterios y allí, irrigándome de hermosa agua lustral, mastico un pedazo de
cualquiera mística precación de nuestros sacrificifices y mascullando además
mis precíficas horas hago abstersión en mi alma de las iniquidades nocturnas.
Yo reverenció a los olimpícolas. Yo venero latrialmente al sobrenatural
Astripotente. Yo amo a mis prójimos. Yo guardo las prescripciones decalógicas y
según el poderículo de mis tuerzas no me aparto de ellas un negrículo de uña;
si bien es cierto que, a causa de que Fortuna no superpurgita gota en mis alcancías,
soy un poco raro y lento para supergurgitar la limosna a estas gentes pidientes
de su estipendio ostialmente.
—¡Mierda! ¡Mierda!—gritó Pantagruel—, ¿qué quiere
decir ese loco? Yo creo que nos forja aquí un lenguaje diabólico y nos encanta como
un fascinador.
—Señor—le dijo uno de sus compañeros—, sin duda este
buen mozo quiere tergiversar la lengua de los parisienses; pero no hace más que
descortezar el latín y señalar pretensiones de pindarizar; sin duda cree que es
un gran orador en lengua francesa porque retuerce la manera ordinaria de
hablar.
A lo cual dijo Pantagruel al recién llegado:
—¿Es cierto eso?
—Señor monseñor, mi carácter no es nativamente apto,
como dice ese corrompido mentor, para escoriar el cutis de nuestro léxico gálico;
pero viceversamente me ocupo y atareo por hojas y ramas de acoplarlo a la redundancia
latinicoma.
—Por Dios, que he de enseñaros a hablar; pero antes
contestadme: ¿De dónde eres?
—El origen primitivo de mis abuelos y bisabuelos fue
indígena de las regiones lemosínicas en donde requiesce el cuerpo del santo sacrosanto
San Marcial.
—¿Tú eres Iemosín por tu papilia y quieres destrozar
el parisiense? Ven acá y te peinaré un poco—. Y lo cogió de la garganta diciendo:
— Tú descortezas el latín y, por San Juan, te enseñaré
a descortezar zorros, porque te descortezaré vivo.
Al oír esto comenzó el pobre lemosín a decir:
—Déjame, gentilastre, déjame. ¡Ay, San Marcial,
ayúdame en nombre de Dios, que me rompen la garganta!
—¡Hola! -exclamó Pantagruel—. Ahora parece que hablas
con naturalidad—y lo dejó porque el pobre hombre se cagaba en las calzas,
gritando:
— ¡Cuerno, qué cebollino! [¡Y qué mal huele!] ¡Al
diablo el masca nabos!
Pero el muchacho quedó tan alterado, que toda su vida
le pareció que Pantagruel lo tenía cogido del cuello. Al cabo de algunos años
murió de la muerte de Rolando, operándose así en él la venganza divina y
confirmando lo que dice el filósofo Aulo Gelio, esto es, que se debe hablar del
modo corriente, y lo que observaba Octavio Augusto, que se debe huir de las
palabras extrañas y difíciles, como los patrones de navío huyen de las rocas en
el mar.
Pantagruel, VI
Traducción de Eduardo Barriobero y Herrán
COMMENT PANTAGRUEL RENCONTRA UN LIMOSIN, QUI CONTREFAISOIT LE LANGAIGE FRANÇOYS
Quelque jour je ne sçay quand Pantagruel se pourmenoit aprés soupper avecques
ses compaignons par la porte dont l’on va à Paris, là rencontra un escholier
tout jolliet, qui venoit par icelluy chemin : et aprés qu’ilz se furent
saluez, luy demanda, Mon amy dont viens tu à ceste heure ? L’escholier luy
respondit. De l’alme inclyte et celebre academie, que l’on vocite Lutece.
Qu’est ce à dire ? dist Pantagruel à un de ses gens. C’est (respondit il)
de Paris. Tu viens doncques de Paris, dist il. Et à quoy passez vous le temps
vous aultres messieurs estudiens audict Paris ? Respondit l’escolier. Nous
transfretons la Sequane au dilucule, et crepuscule, nous deambulons par les
compites et quadriviers de l’urbe, nous despumons la verbocination Latiale et
comme verisimiles amorabonds captons la benevolence de l’omnijuge omniforme et
omnigene sexe feminin, certaines diecules nous invisons les lupanares, et en
ecstase Venereique inculcons nos veretres es penitissimes recesses des pudendes
de ces meritricules amicabilissimes, puis cauponizons es tabernes meritoires,
de la pomme de pin, du castel, de la Magdaleine et de la Mulle, belles spatules
vervecines perforaminées de petrosil. Et si par forte fortune y a rarité ou
penurie de pecune en nos marsupies et soyent exhaustes de metal ferruginé, pour
l’escot nous dimittons nos codices et vestes opignerées, prestolans les
tabellaires à venir des penates et lares patriotiques. À quoy Pantagruel dist.
Que diable de langaige est cecy ? Par dieu tu es quelque heretique.
Seignor non dist l’escolier, car libentissiment dés ce qu’il illucesce quelque minutule
lesche du jour je demigre en quelcun de ces tant bien architectez
monstiers : et là me irrorant de belle eaue lustrale, grignotte d’un
transon de quelque missicque precation de nos sacrificules. Et submirmillant
mes precules horaires elue et absterge mon anime de ses inquinamens nocturnes.
Je revere les olimpicoles. Je venere latrialement le supernel astripotent. Je
dilige et redame mes proximes. Je serve les prescriptz decalogicques, et selon
la facultatule de mes vires, n’en discede le late unguicule. Bien est veriforme
que à cause que Mammone ne supergurgite goutte en mes locules, je suis quelque
peu rare et lend à supereroger les eleemosynes à ces egenes queritans leurs
stipe hostialement. Et bren bren dist Pantagruel, qu’est ce que veult dire ce
fol ? Je croys qu’il nous forge icy quelque langaige diabolique, et qu’il
nous cherme comme enchanteur. À quoy dist un de ses gens. Seigneur sans doubte
ce gallant veult contrefaire la langue des Parisians, mais il ne faict que
escorcher le latin et cuide ainsi Pindariser, et luy semble bien qu’il est
quelque grand orateur en Françoys : par ce qu’il dedaigne l’usance commun
de parler. À quoy dict Pantagruel. Est il vray ? L’escolier respondit.
Seignor missayre, mon genie n’est poinct apte nate à ce que dict ce flagitiose
nebulon, pour escorier la cuticule de nostre vernacule Gallicque, mais vice
versement je gnave opere et par vele et rames je me enite de le locupleter de
la redundance latinicome. Par dieu (dist Pantagruel) je vous apprendray à
parler. Mais devant responds moy dont es tu ? À quoy dist l’escholier.
L’origine primevere de mes aves et ataves fut indigene des regions Lemovicques,
où requiesce le corpore de l’agiotade sainct Martial. J’entends bien, dist
Pantagruel. Tu es Lymosin, pour tout potaige. Et tu veulx icy contrefaire le
Parisian. Or vien çza que je te donne un tour de pigne. Lors le print à la
gorge, luy disant. Tu escorche le latin, par sainct Jan je te feray escorcher
le renard, car je te escorcheray tout vif. Lors commença le pauvre Lymosin à
dire. Vee dicou, gentilastre. Ho sainct Marsault adiouda my. Hau hau laissas a
quau au nom de dious, et ne me touquas grou. À quoy dist Pantagruel. À ceste
heure parle tu naturellement. Et ainsi le laissa : car le pauvre Lymosin
conchioit toutes ses chausses qui estoient faictes à queheue de merluz, et non
à plein fons, dont dist Pantagruel. Sainct Alipentin, quelle civette ? Au
diable soit le mascherable, tant il put. Et le laissa.
Mais ce luy fut un tel remord toute sa vie, et tant fut alteré, qu’il disoit souvent que Pantagruel le tenoit à la gorge. Et aprés quelques années mourut de la mort Roland, ce faisant la vengeance divine et nous demonstrant ce que dit le Philosophe et Aule Gelle, qu’il nous convient parler selon le langaige usité. Et comme disoit Octavian Auguste qu’il fault eviter les motz espaves en pareille diligence que les patrons des navires evitent les rochiers de mer.


