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jueves, 4 de enero de 2024

Remy de Gourmont: Baudelaire y el Sueño de Atalía

BAUDELAIRE Y EL SUEÑO DE ATALÍA

Que Baudelaire haya imitado el sueño de Atalía y que esa imitación se haya convertido en Las metamorfosis del vampiro es algo que resulta sorprendente. Pero nada es más cierto.

Sabemos que Baudelaire afirmaba admirar a los poetas del gran siglo, e incluso a Boileau; pero sabemos muchas cosas que sólo tienen una tenue apariencia de verdad. El gusto de Baudelaire por Boileau y Racine no era una afectación, y lo demostró cuando escribió sus poemas, cuya forma poco romántica dio motivos de preocupación a Victor Hugo. En Las Flores del Mal había algo más que una “nueva emoción”; había un retorno al verso francés tradicional. Tras los caprichos orientales, volvíamos a ver jinetes firmemente asentados sobre un caballo sólido, seguros de sí mismos y de su montura, dispuestos a cualquier ejercicio útil o estético, sin ánimo alguno para desfiles vanos.

Incluso en su malestar nervioso, Baudelaire conserva algo de sano; a menudo se nota el esfuerzo que hace el poeta por mantener el equilibrio, pero equilibrio existe. Sus poemas están compuestos. Quiere decir algo y lo dice. Sus metáforass son coherentes; sobre todo, son visibles y proporcionan visiones lógicas:

 

Sé bueno, oh mi Dolor, tranquilízate un poco,

Anhelabas la noche: aquí llega; ya está:

Una atmósfera oscura envuelve la ciudad,

A algunos trae la paz, a otros la inquietud.

(Recogimiento.)

 

Conocía muy bien a los poetas razonadores del siglo XVII, también a los teólogos y moralistas católicos. Este hombre, al que los magistrados condenaron como a un monstruo de impiedad y lujuria, se arrodillaba muy sinceramente, tras una buena francachela, para pedir perdón, y aceptaba el castigo:


Bendito seas, Dios mío, que das el sufrimiento

Cual bálsamo divino para nuestras torpezas.

(Bendición.)

 

Atribuir esta actitud a una paradójica necesidad de contradicción sería admitir que conocemos muy poco a Baudelaire. Basta con leer los Cohetes y Mi corazón al desnudo, cuadernos que sin duda no destinaba a una inmediata publicidad. La religiosidad que confiesa en ellos, sólo para sí mismo, provisionalmente, tiene incluso, por su ingenuidad, algo de penoso. Pero, ¿no es esto ya evidente en Las Flores del Mal? En ese libro, realmente abusa de la moral cristiana. Casi siempre, cuando ha dicho algo un poco fuerte, siente la necesidad de excusarse con una conclusión moral. Esta debilidad no escapó a sus acusadores públicos. En los considerandos de la condena dicen:

 

“En materia de prevención de delitos contra la moral pública y las buenas costumbres:

Considerando que la intención del poeta, en el objetivo que quería alcanzar y en el camino que tomó, sin importar el esfuerzo estilístico que haya hecho, fuere cual fuere la culpa que haya precedido a sus pinturas o de ellas proviniere, no puede eliminar el efecto desastroso de las escenas que presenta al lector y que, en las piezas en cuestión, conducen necesariamente a la estimulación de los sentidos por medio de un realismo grosero y que resulta ofensivo para el pudor”.

 

Cuando abrí, con vistas a una investigación, el segundo volumen de El Genio del Cristianismo, me encontré con el capítulo XI, Continuación sobre los artificios poéticos: Sueño de Eneas, Sueño de Atalía. Leí el Sueño de Eneas, traducido por uno de los amigos de Chateaubriand, sin duda Fontanes, y el pasaje me pareció a la vez sin valor y de una fea chatura. Sin embargo, comparado con el Sueño de Atalía, presenta el interés de parecer el prototipo. Pero Racine lo ha perfeccionado mucho, sobre todo al poner en escena el vuelco que, en Virgilio, es anterior al sueño propiamente dicho. En Racine, es una verdadera escena viviente; vemos la metamorfosis. El quantum mutatus ab illo ocurre delante de los ojos del lector, que tiene una visión clara del mismo.

En toda esa parte de su libro, Chateaubriand, emulador casi desafortunado de La Harpe, escribe un comentario muy exhaustivo sobre esa pieza de literatura artificial, fingiendo que siente una intensa emoción ante esa lectura banal. Apenas se atreve a admitir lo superior que le parece la poesía de Racine, al menos en este caso. Muy sometido a la jerarquía de las admiraciones, le resulta “difícil decidir aquí entre Virgilio y Racine”. Sin embargo, señala la inversión, “una especie de cambio de estado, de peripecia, que le da al sueño de Racine una belleza de la que carece el de Virgilio”.

Un día, mientras releía Atalía, Baudelaire quedó impresionado por ese vuelco y, tomando la escena e incorporándola a un sueño de mal amor, escribió Las metamorfosis del vampiro.

Transcribir las dos piezas una tras otra evitará muchos comentarios. Aquí están:

 

Se apareció delante de mi lecho

Mi madre Jezabel, con el pomposo

Ornamento del día de su muerte.

Humillado no había

Su altivez lo espantoso de su suerte;

Ni en su rostro faltaba

El mentido esplendor, con que solía

Suplir el enojoso irreparable

Ultraje de la edad. Tiembla, me dice,

Oh tú de mis entrañas digna hija,

Del iracundo Dios de los judíos,

Que su venganza contra ti previene.

¡Cuánto te compadezco de que caigas

bajo el poder de sus terribles manos!

No bien estas palabras espantosas

Articuló, cuando hacia el lecho mío

Reparé que su sombra se acercaba

Abrazarla intenté, mas hallé sólo

De rotos huesos, carne magullada

Un confuso montón y mezcla horrible

Por ciénagas inmundas arrastrada;

Sangrientas jiras de asquerosos miembros

Que los voraces canes a porfía

Despedazaban con rabioso diente.

 

(Atalía, II, 5. Versión de Eugenio de Llaguno.) 

(Fue durante el horror de una noche profunda; / Mi madre Jezabel apareció ante mí, / Como el día de su muerte, pomposamente engalanada; / Sus desgracias no habían disminuido su orgullo; / Incluso seguía teniendo ese brillo prestado, / Con el que se preocupaba en pintar y en adornar su rostro, / Para reparar el ultraje irreparable de los años, / “Tiembla”, dijo, “hija digna de mí, / ¡El cruel Dios de los judíos también prevalece sobre ti! / Te compadezco por caer en sus formidables manos, / Hija mía”. Mientras terminaba estas atroces palabras, / Su sombra hacia mi cama pareció descender, / Y yo extendí los brazos para besarla; / Pero todo lo que encontré fue una mezcla horrible / De huesos y de carne magullada arrastrada por el fango, /  De jirones sangrientos y de miembros horribles, / Que los perros devoradores se arrebataban entre ellos.)


El poema de Baudelaire es perfectamente paralelo al de Racine. Ambos constan de tres actos (el tercer acto de Baudelaire tiene dos escenas). Primer acto: una descripción del lugar y de la figura que aparece; segundo acto: un impulso de simpatía hacia la aparición a la que se quiere besar; tercer acto: la metamorfosis se completa en el momento del impulso y vemos el resultado. Por supuesto, el relato de Baudelaire debe considerarse un sueño; su naturaleza fantástica lo exige absolutamente, aunque el poeta, para aumentar la impresión de miedo que quiere dar, presenta la escena como real, es decir, como si fuera vista en un estado de alucinación.

 

LAS METAMORFOSIS DEL VAMPIRO

 

La mujer, mientras tanto, con su boca de fresas,

retorciéndose como serpiente en las pavesas,

estrujaba sus senos del corsé en las ballenas,

decía estas palabras de suave almizcle llenas:

 

—“¡Tengo los labios húmedos y conozco la ciencia

que en el fondo del lecho disuelve la conciencia.

Puedo enjugar las lágrimas en mis senos triunfantes,

y hago reír al viejo igual que a los infantes.

Para quien quiere verme desnuda, sin mi velo,

soy la luna y el sol, otros astros del cielo.

Para el sabio yo soy dulce y voluptuosa,

cuando ahogo a los hombres con mis brazos de diosa,

o cuando a sus mordiscos abandono mi busto,

tímido o libertino, o frágil o robusto,

que sobre los colchones, locos de frenesí,

hasta los mismos ángeles se perdieran por mí!”.

 

Cuando toda mi médula succionó de mis huesos,

y, ya lánguidamente aún le pedía besos,

¡advertí que en sus flancos, en un solo momento,

resbalaba un humor viscoso, purulento!

Espantado, cerré los ojos, con terror,

y cuando los abrí, al vivo resplandor

de la lámpara, vi que a mi lado no estaba

el maniquí potente que el vigor ostentaba,

sino sólo despojos de huesos que temblaban

y el chirrido de las veletas imitaban,

o de un cartel colgado que en un mástil ondea,

y en las noches de invierno el viento balancea.

 

(Los despojos, VII. Versión de Lluís Guarner y Andreu Jaume)

 

Y ahí es adonde conduce la voluptuosidad ilícita, ¡en lo que se convierten aquellas que se la procuran a los libertinos, y los placeres posteriores que los libertinos exhaustos encuentran en sus crueles lechos! El cuadro de Racine, menos pintoresco, es superior por su misma sobriedad. Como parte de una acción extensa y compleja, no conlleva ninguna moraleja inmediata. La moraleja de Baudelaire, aunque sarcástica, es muy conmovedora; se burla, como la calavera y las tibias cruzadas en que se ha convertido la cabeza irónicamente tierna de la docta mujer, pero su burla es un consejo, y Baudelaire se lo da a sí mismo.

Nos sorprende, creo, la similitud del impulso durante el cual se produce la metamorfosis. Los dos pasajes giran exactamente en torno al mismo eje:

 

...No bien estas palabras espantosas

Articuló, cuando hacia el lecho mío

Reparé que su sombra se acercaba

Abrazarla intenté...

 

Cuando toda mi médula succionó de mis huesos,

y, ya lánguidamente aún le pedía besos...

 

Es bastante difícil definir este tipo de imitación con un término preciso. No hay plagio, ni pastiche, ni préstamo. No es la transposición de lo trágico a lo cómico, o viceversa. A lo sumo, podríamos ver una especie de parodia, pero del todo oculta y que Baudelaire podría haber considerado impenetrable.

Como la poesía clásica sigue siendo el primer alimento de los niños en los colegios, es natural que se encuentren reminiscencias de Racine y Boileau en las obras aparentemente más divergentes de la tradición. Analizado desde este punto de vista, el propio Victor Hugo parece estar lleno de reminiscencias, incluso en medio de su más soberbia originalidad. El abate Delille fue su maestro, y por eso tantos pasajes fulgurantes del gran poeta no son, en definitiva, más que un Delille apocalíptico.

En el siglo XVII, la imitación de los antiguos era obligatoria. Tomar prestados pasajes enteros de Virgilio o de Séneca era enriquecer la lengua francesa. Aunque ignoraban a Du Bellay, seguían al pie de la letra sus consejos ingenuos. Pero también imitaban a sus predecesores inmediatos. Corneille tomó las imprecaciones de Camila de la hermosa Sofonisba de Mairet; Racine se acordó del Hipólito de Gilbert en Fedra, y del Triunfo de la Liga de Nérée en Atalía. De esa oscura tragedia toma prestado el famoso “Je crains Dieu, cher Abner...” (Temo a Dios, querido Abner...), y los famosos pajaritos a los que Dios les da de comer. Esa tontería del poeta convertido en devoto no es más ridícula en Nérée que en Racine; incluso está mejor situada en el primero, y lamentamos que no haya quedado allí escondida.

Parecería que la táctica de tomar prestado voluntariamente estribaría en recurrir a los desconocidos. Es una táctica astuta; el beneficio es mayor y el peligro mucho menor al robarles a los pobres que a los ricos. Los que toman prestado involuntariamente, en cambio, recurren a los ricos, y eso los beneficia poco, porque la razón del más fuerte es siempre la mejor.

Baudelaire, al metamorfosear el sueño de Atalía, ¿actuó conscientemente u obedeció a una reminiscencia? Es muy difícil decidirlo. Tal vez podríamos suponer que la obra en cuestión, El vampiro, es como una secuela de la obra que comienza así:

 

Una noche, en la cama de una horrible judía.

 

La conexión de ideas podría haberlo conducido a Atalía, y el sueño volverle a la memoria...

Pero basta con haber contado esta anécdota literaria. No es más que una rareza.

1905.

 

REMY DE GOURMONT

Promenades littéraires, Deuxième série

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


BAUDELAIRE ET LE SONGE D’ATHALIE

Que Baudelaire ait imité le songe d’Athalie et que cette imi­tation soit devenue Les Métamorphoses du vampire, voilà de quoi surprendre. Rien n’est pourtant plus véritable.

On sait que Baudelaire affectait d’admirer les poètes du grand siècle, et même Boileau ; mais on sait beaucoup de choses qui n’ont qu’une très faible apparence de vérité. Ce goût pour Boileau, pour Racine n’était pas, chez Baudelaire, une affectation, et il le prouva bien en écrivant ses poèmes dont la forme, très peu romantique, ne fut pas sans donner à Victor Hugo quelques inquiétudes. Il y avait autre chose dans Les Fleurs du Mal qu’un « frisson nouveau », il y avait un retour au vers français traditionnel. Après les caprices orien­taux, on revoyait des cavaliers bien assis sur un cheval solide, sûrs d’eux-mêmes et de leur monture, prêts à tous les exercices utiles ou esthétiques, nullement disposés à la vaine parade.

Jusque dans le malaise nerveux, Baudelaire garde quelque chose de sain ; on sent assez souvent l’effort que le poète s’im­pose pour garder l’équilibre, mais il y a équilibre. Ses poèmes sont composés. Il veut dire quelque chose et il le dit. Ses méta­phores sont cohérentes ; surtout, elles sont visibles et donnent des visions logiques :

Sois sage, ô ma Douleur, et tiens-toi plus tranquille,

Tu réclamais le Soir : il descend ; le voici :

Une atmosphère obscure enveloppe la ville,

Aux uns portant la paix, aux autres le souci.

(Recueillement.)

Habitué des poètes raisonneurs du XVIIe siècle, il l’était aussi des théologiens et des moralistes catholiques. Cet homme, que les magistrats condamnaient tel qu’un monstre d’impiété et de luxure, s’agenouillait très sincèrement, après une belle dé­bauche, pour demander pardon, et il acceptait le châtiment :

Soyez béni, mon Dieu, qui donnez la souffrance

Comme un divin remède à nos impuretés.

(Bénédiction.)

Attribuer cette attitude à quelque besoin paradoxal de contradiction, ce serait avouer que l’on connaît bien mal Bau­delaire. On n’a qu’à lire les Fusées et Mon cœur mis à nu, cahiers qu’il ne destinait pas sans doute à une publicité im­médiate. La religiosité qu’il y avoue, pour lui seul, provisoire­ment, a même, par son ingénuité, quelque chose de pénible. Mais n’est-ce point déjà sensible dans Les Fleurs du Mal ? Il y abuse vraiment de la morale chrétienne. Presque toujours, quand il a dit quelque chose d’un peu fort, il éprouve le besoin de s’en excuser par une conclusion morale. Cette faiblesse n’avait pas échappé à ses accusateurs publics. Ils disent, dans l’avant-propos de la condamnation :

« En ce qui concerne la prévention d’offense à la morale pu­blique et aux bonnes mœurs :

« Attendu que l’intention du poète, dans le but qu’il voulait atteindre et dans la route qu’il a suivie, quelque effort de style qu’il ait pu faire, quel que soit le blâme qui précède ou qui suit ses peintures, ne saurait détruire l’effet funeste des tableaux qu’il présente au lecteur et qui, dans les pièces incriminées, conduisent nécessairement à l’excitation des sens par un réa­lisme grossier et offensant pour la pudeur. »

En ouvrant pour une recherche, au tome deuxième, le Génie du Christianisme, je tombe sur le chapitre XI, Suite des Ma­chines poétiques : Songe d’Énée, Songe d’Athalie. Je lis le Songe d’Énée, traduit par un des amis de Chateaubriand, sans doute Fontanes, et le morceau me paraît et d’une valeur nulle et d’une laide platitude. Cependant, confronté avec le Songe d’A­thalie, il a cet intérêt d’en paraître le prototype. Mais Racine l’a beaucoup perfectionné, surtout en mettant en scène le revire­ment qui, dans Virgile, est antérieur au songe lui-même. Dans Racine, c’est un véritable tableau vivant ; on voit la métamor­phose. Le quantum mutatus ab illo s’opère sous les yeux du lecteur, qui en a la claire vision.

Chateaubriand, dans toute cette partie de son livre, émule, presque malheureux, de La Harpe, rédige sur ce morceau de littérature artificielle un commentaire très serré, feint d’éprou­ver à cette lecture banale une intense émotion. C’est à peine s’il ose avouer combien il trouve supérieure, en cette rencontre, du moins, la poésie de Racine. Très soumis à la hiérarchie des ad­mirations, il trouve « malaisé de décider ici entre Virgile et Racine ». Cependant il note le revirement, « une sorte de chan­gement d’état, de péripétie, qui donne au songe de Racine une beauté qui manque à celui de Virgile. »

Ce revirement, Baudelaire, un jour qu’il relisait Athalie, en fut très frappé et, prenant la scène, l’incorporant dans un rêve de mauvais amour, il écrivit Les Métamorphoses du vampire.

Transcrire les deux morceaux à la suite l’un de l’autre évitera beaucoup de remarques. Les voici :

C’était pendant l’horreur d’une profonde nuit ;

Ma mère Jézabel devant moi s’est montrée,

Comme au jour de sa mort pompeusement parée ;

Ses malheurs n’avaient point abattu sa fierté ;

Même elle avait encor cet éclat emprunté,

Dont elle eut soin de peindre et d’orner son visage,

Pour réparer des ans l’irréparable outrage,

« Tremble, m’a-t-elle dit, fille digne de moi,

Le cruel Dieu des Juifs l’emporte aussi sur toi !

Je te plains de tomber dans ses mains redoutables,

Ma fille ». En achevant ces mots épouvantables,

Son ombre vers mon lit a paru se baisser,

Et moi, je lui tendais les bras pour l’embrasser ;

Mais je n’ai plus trouvé qu’un horrible mélange

D’os et de chairs meurtris et traînés dans la fange,

Des lambeaux pleins de sang et des membres affreux,

Que des chiens dévorants se disputaient entre eux.

(Athalie, II, 5.)

Le poème de Baudelaire est en parallélisme parfait avec le poème de Racine. Tous les deux sont en trois actes (le troisième acte de Baudelaire ayant deux tableaux). Premier acte : des­cription du lieu et de la figure qui apparaît ; deuxième acte : mouvement de sympathie vers l’apparition à laquelle on veut donner un baiser ; troisième acte : la métamorphose s’est ac­complie pendant ce mouvement et l’on en voit le résultat. Bien entendu qu’il faut tenir pour un songe le récit de Baudelaire ; son caractère fantastique l’exige absolument, bien que le poète, pour augmenter l’impression d’effroi qu’il veut donner, pré­sente la scène telle que réelle, c’est-à-dire telle que vue en état d’hallucination.

LES MÉTAMORPHOSES DU VAMPIRE

La femme, cependant, de sa bouche de fraise,

En se tordant ainsi qu’un serpent sur la braise

Et pétrissant ses seins sur le fer de son busc,

Laissait couler ces mots, tout imprégnés de musc :


« Moi, j’ai la lèvre humide, et je sais la science

De perdre au fond d’un lit l’antique conscience.

Je sèche tous les pleurs sur mes seins triomphants

Et fais rire les vieux du rire des enfants.

Je remplace, pour qui me voit nue et sans voiles,

La lune, le soleil, le ciel et les étoiles.

Je suis, mon cher savant, si docte aux voluptés,

Lorsque j’étouffe un homme en mes bras redoutés

Ou lorsque j’abandonne aux morsures mon buste,

Timide et libertine, et fragile et robuste,

Que sur ces matelas qui se pâment d’émoi

Les anges impuissants se damneraient pour moi ! »


Quand elle eut de mes os sucé toute la moelle,

Et que languissamment je me tournais vers elle

Pour lui rendre un baiser d’amour, je ne vis plus

Qu’une outre aux flancs gluants, toute pleine de pus !

Je fermai les deux yeux dans ma froide épouvante,

Et quand je les rouvris à la clarté vivante,

À mes côtés, au lieu du mannequin puissant

Qui semblait avoir fait provision de sang,

Tremblaient confusément des débris de squelette,

Qui d’eux-mêmes rendaient le cri d’une girouette

Ou d’une enseigne, au bout d’une tringle de fer,

Que balance le vent pendant les nuits d’hiver.

(Les Épaves, édit. Lemerre, VI.)

Et voilà où mènent les voluptés illicites, ce que deviennent celles qui les procurent aux libertins et les plaisirs d’après que les libertins exténués trouvent dans leur lit cruel ! Le tableau de Racine, moins pittoresque, est supérieur par sa sobriété même. Faisant partie d’une action étendue et complexe, il ne porte pas de morale immédiate. Celui de Baudelaire est d’une moralité qui, encore que sarcastique, est fort saisissante ; elle ricane, pareille à la tête de mort qu’est devenue la tête ironiquement tendre de la docte créature, mais son ricanement est un avis, et que Baudelaire se donne à lui-même.

On a été frappé, je pense, par la similitude du mouvement pendant lequel s’opère la métamorphose. Les deux morceaux tournent exactement autour du même pivot :

…En achevant ces mots épouvantables,

Son ombre vers mon lit a paru se baisser

Et moi, je lui tendais les bras pour l’embrasser…

Quand elle eut de mes os sucé toute la moelle

Et que languissamment je me tournais vers elle

Pour lui rendre un baiser d’amour…

Il est assez difficile de caractériser par un terme précis ce genre d’imitation. Il n’y a ni plagiat, ni pastiche, ni emprunt. Ce n’est pas la transposition du tragique au comique, ou l’inverse. Tout au plus pourrait-on y voir une sorte de parodie, mais tout à fait inavouée, et que Baudelaire pouvait croire impénétrable.

La poésie classique étant toujours la nourriture première des enfants dans les collèges, il est tout naturel que des rémi­niscences de Racine, de Boileau se retrouvent dans les œuvres en apparence les plus divergentes de la tradition. Analysé à ce point de vue, Victor Hugo lui-même paraîtrait plein de ressouvenirs, jusqu’au milieu de sa plus superbe originalité. L’abbé Delille fut son maître, et c’est pourquoi tant de morceaux ful­gurants du grand poète ne sont, en somme, que du Delille apo­calyptique.

Au dix-septième siècle, l’imitation des anciens était de com­mande. Emprunter des passages entiers de Virgile ou de Sé­nèque, c’était enrichir la langue française. Tout en ignorant du Bellay, on suivait à la lettre ses conseils ingénus. Mais on imi­tait aussi ses devanciers immédiats. Corneille prend à la belle Sophonisbe de Mairet les imprécations de Camille ; Racine se souvient, dans Phèdre, de l’Hippolyte, de Gilbert, et, dans Atha­lie, du Triomphe de la Ligue, de Nérée. C’est à cette obscure tragédie qu’il emprunte le fameux : « Je crains Dieu, cher Ab­ner… », et les célèbres petits oiseaux auxquels Dieu donne leur pâture. Cette niaiserie du poète devenu dévot n’est pas plus ridicule dans Nérée que dans Racine ; elle y est même mieux à sa place et on regrette qu’elle n’y sommeille pas toujours.

Il semble que la tactique des emprunteurs volontaires soit de s’attaquer aux inconnus. Elle est adroite ; le profit est plus sûr et le danger bien moindre à voler les pauvres que les riches. Les emprunteurs involontaires s’adressent au contraire aux riches ; aussi cela ne leur profite guère, car la raison du plus fort est toujours la meilleure.

Baudelaire, métamorphosant le songe d’Athalie, a-t-il agi consciemment, a-t-il obéi à une réminiscence ? Il est très dif­ficile d’en décider. Peut-être pourrait-on supposer que la pièce en question, Le Vampire, est comme une suite à la pièce qui débute ainsi :

Une nuit que j’étais près d’une affreuse Juive.

La liaison des idées pouvait le conduire à cette Athalie, le songe lui revenir à la mémoire…

Mais il suffit d’avoir conté cette anecdote littéraire. Ce n’est qu’une curiosité.

1905.



jueves, 3 de diciembre de 2009

Jean Racine, Mujica Lainez y Robert Bruce Boswell


Manuel Mujica Láinez no es sólo uno de los mejores narradores que ha dado la Argentina, fue el poeta de su ciudad natal con su inolvidable Canto a Buenos Aires, y un traductor ejemplar de Skakespeare, John Keats, William Butler Yeats, Molière, Racine, Sully Prudhomme, Mallarmé...

Entre todas esas páginas, su traducción de la Phèdre de Racine se destaca por la tersura y la nobleza de la lengua: un castellano cristalino digno del prístino francés de Jean Racine.


PHÈDRE, de Jean Racine. Acte II, scène V

Personnages: Phèdre, Hippolyte, Œnone

Phèdre, à Œnone.

Le voici: vers mon cœur tout mon sang se retire.
J'oublie, en le voyant, ce que je viens lui dire.

Œnone.

Souvenez-vous d'un fils qui n'espère qu'en vous.

Phèdre.

On dit qu'un prompt départ vous éloigne de nous,
Seigneur. A vos douleurs je viens joindre mes larmes;
Je vous viens pour un fils expliquer mes alarmes.
Mon fils n'a plus de père; et le jour n'est pas loin
Qui de ma mort encor doit le rendre témoin.
Déjà mille ennemis attaquent son enfance:
Vous seul pouvez contre eux embrasser sa défense.
Mais un secret remords agite mes esprits:
Je crains d'avoir fermé votre oreille à ses cris.
Je tremble que sur lui votre juste colère
Ne poursuive bientôt une odieuse mère.


Hippolyte.

Madame, je n'ai point des sentiments si bas.


Phèdre.

Quand vous me haïriez, je ne m'en plaindrais pas,
Seigneur: vous m'avez vue attachée à vous nuire;
Dans le fond de mon cœur vous ne pouviez pas lire.
A votre inimitié j'ai pris soin de m'offrir:
Aux bords que j'habitais je n'ai pu vous souffrir;
En public, en secret, contre vous déclarée,
J'ai voulu par des mers en être séparée;
J'ai même défendu, par une expresse loi,
Qu'on osât prononcer votre nom devant moi.
Si pourtant à l'offense on mesure la peine,
Si la haine peut seule attirer votre haine,
Jamais femme ne fut plus digne de pitié,
Et moins digne, seigneur, de votre inimitié.


Hippolyte.

Des droits de ses enfants une mère jalouse
Pardonne rarement au fils d'une autre épouse;
Madame, je le sais; Les soupcons importuns
Sont d'un second hymen les fruits les plus communs.
Tout autre aurait pour moi pris les mêmes ombrages.
Et j'en aurais peut-être essuyé plus d'outrages.


Phèdre.

Ah! seigneur! que le ciel, j'ose ici l'attester
De cette loi commune a voulu m'excepter!
Qu'un soin bien différent me trouble et me dévore!


Hippolyte.

Madame, il n'est pas temps de vous troubler encore:
Peut-être votre époux voit encore le jour.
Le ciel peut à nos pleurs accorder son retour.
Neptune le protège, et ce dieu tutélaire
Ne sera pas en vain imploré par mon père.


Phèdre.

On ne voit point deux fois le rivage des morts,
Seigneur; puisque Thésée a vu les sombres bords,
En vain vous espérez qu'un dieu vous le renvoie;
Et l'avare Achéron ne lâche point sa proie.
Que dis-je? Il n'est point mort, puisqu'il respire en vous.
Toujours devant mes yeux je crois voir mon époux:
Je le vois, je lui parle; et mon cœur... je m'égare,
Seigneur; ma folle ardeur malgré moi se déclare.


Hippolyte.

Je vois de votre amour l'effet prodigieux:
Tout mort qu'il est, Thésée est présent à vos yeux;
Toujours de son amour votre âme est embrasée.


Phèdre.

Oui, prince, je languis, je brûle pour Thésée:
Je l'aime, non point tel que l'ont vu les enfers,
Volage adorateur de mille objets divers,
Qui va du dieu des morts déshonorer la couche;
Mais fidèle, mais fier, et même un peu farouche,
Charmant, jeune, traînant tous les cœurs après soi,
Tel qu'on dépeint nos dieux, ou tel que je vous voi.
Il avait votre port, vos yeux, votre langage;
Cette noble pudeur colorait son visage,
Lorsque de notre Crète il traversa les flots,
Digne sujet des vœux des filles de Minos.
Que faisiez-vous alors? Pourquoi, sans Hippolyte,
Des héros de la Grèce assembla-t-il l'élite?
Pourquoi, trop jeune encor, ne pûtes-vous alors
Entrer dans le vaisseau qui le mit sur nos bords?
Par vous aurait péri le monstre de la Crète,
Malgré tous les détours de sa vaste retraite:
Pour en développer l'embarras incertain,
Ma sœur du fil fatal eût armé votre main.
Mais non: dans ce dessein je l'aurais devancée;
L'amour m'en eût d'abord inspiré la pensée;
C'est moi, prince, c'est moi, dont l'utile secours
Vous eût du labyrinthe enseigné les détours:
Que de soins m'eût coûtés cette tête charmante!
Un fil n'eût point assez rassuré votre amante:
Compagne du péril qu'il vous fallait chercher,
Moi-même devant vous j'aurais voulu marcher;
Et Phèdre au labyrinthe avec vous descendue
Se serait avec vous retrouvée ou perdue.

Hippolyte.

Dieux! qu'est-ce que j'entends? Madame, oubliez-vous
Que Thésée est mon père, et qu'il est votre époux?


Phèdre.

Et sur quoi jugez-vous que j'en perds la mémoire,
Prince? Aurais-je perdu tout le soin de ma gloire?


Hippolyte.

Madame, pardonnez; j'avoue, en rougissant,
Que j'accusais à tort un discours innocent.
Ma honte ne peut plus soutenir votre vue;
Et je vais...


Phèdre.

Ah! cruel! tu m'as trop entendue!
Je t'en ai dit assez pour te tirer d'erreur.
Eh bien! connais donc Phèdre et toute sa fureur:
J'aime. Ne pense pas qu'au moment que je t'aime,
Innocente à mes yeux, je m'approuve moi-même,
Ni que du fol amour qui trouble ma raison,
Ma lâche complaisance ait nourri le poison;
Objet infortuné des vengeances célestes,
Je m'abhorre encor plus que tu ne me détestes.
Les dieux m'en sont témoins, ces dieux qui dans mon flanc
Ont allumé le feu fatal à tout mon sang;
Ces dieux qui se sont fait une gloire cruelle
De séduire le cœur d'une faible mortelle.
Toi-même en ton esprit rappelle le passé:
C'est peu de t'avoir fui, cruel, je t'ai chassé;
J'ai voulu te paraître odieuse, inhumaine;
Pour mieux te résister, j'ai recherché ta haine.
De quoi m'ont profité mes inutiles soins?
Tu me haïssais plus, je ne t'aimais pas moins;
Tes malheurs te prêtaient encor de nouveaux charmes.
J'ai langui, j'ai séché dans les feux, dans les larmes:
Il suffit de tes yeux pour t'en persuader,
Si tes yeux un moment pouvaient me regarder.
Que dis-je? Cet aveu que je te viens de faire,
Cet aveu si honteux, le crois-tu volontaire?
Tremblante pour un fils que je n'osais trahir,
Je te venais prier de ne le point haïr:
Faibles projets d'un cœur trop plein de ce qu'il aime!
Hélas! je ne t'ai pu parler que de toi-même!
Venge-toi, punis-moi d'un odieux amour:
Digne fils du héros qui t'a donné le jour,
Délivre l'univers d'un monstre qui t'irrite.
La veuve de Thésée ose aimer Hippolyte!
Crois-moi, ce monstre affreux ne doit point t'échapper;
Voilà mon cœur: c'est là que ta main doit frapper.
Impatient déjà d'expier son offense,
Au-devant de ton bras je le sens qui s'avance.
Frappe: ou si tu le crois indigne de tes coups,
Si ta haine m'envie un supplice si doux,
Ou si d'un sang trop vil ta main serait trempée,
Au défaut de ton bras prete-moi ton épée;
Donne !


Œnone.

Que faites-vous, madame! Justes dieux!
Mais on vient: évitez des témoins odieux.
Venez, rentrez, fuyez une honte certaine.


Fedra. Acto II, escena V.

Fedra, Hipólito, Enona.

Fedra.

Hacia mi corazón mi sangre se retira.
Hele aquí. Olvido ya lo que vine a decirle.

Enona.

Acordaos de un hijo que sólo en vos espera.

Fedra.

Dicen, señor, que en breve de aquí os alejaréis.
A vuestras amarguras vengo a sumar mis lágrimas.
Vengo, en favor de un hijo, mi inquietud a explicaros.
Mi hijo perdió a su padre y el día no está lejos
Que también de mi muerte deba hacerlo testigo.
Ya miles de enemigos atacan a su infancia;
Tan sólo vos podéis asumir su defensa.
Pero un remordimiento secreto me perturba.
Tiemblo de haber cerrado vuestro oído a sus quejas.
Tiemblo de que sobre él vuestro justo rencor
A una madre execrable persiga prestamente.

Hipólito.

Señora, yo no tengo tan bajos sentimientos.

Fedra.

No me lamentaría aunque me detestarais,
Señor, vos me habéis visto consagrada a dañaros,
Mas en mi corazón no podíais leer.
A vuestra enemistad me ocupé de ofrecerme.
Allí donde habitaba soportaros no pude.
En público, en secreto, contra vos decidida,
Quise que a vos y a mí nos separase el mar.
Hasta llegué a prohibir, por una ley expresa,
Que osaran pronunciar ante mí vuestro nombre.
Empero, si en la ofensa se mide la sanción,
Si el odio sólo puede vuestro odio atraer,
Jamás hubo mujer más digna de piedad
Y también menos digna de que la aborrecierais.

Hipólito.

Una madre celosa del bien de sus pequeños
Al hijo de otra esposa perdona raramente.
Señora, yo lo sé. La importuna sospecha
Es el fruto común de un segundo himeneo.
Otra cualquiera hubiese sentido igual zozobra
Y yo hubiera sufrido más ultrajes tal vez.

Fedra.

¡Ay, Señor, ante vos me atrevo a atestiguarlo,
el Cielo, de esa ley ha querido exceptuarme!
¡Qué desazón distinta me turba y me devora!

Hipólito.

Señora, no es aún la ocasión de turbaros.
Vuestro esposo quizás ve aún la luz del día;
El Cielo a nuestras lágrimas puede otorgar su vuelta.
Lo protege Neptuno, y ese Dios tutelar
No será estérilmente por mi padre implorado.

Fedra.

No se ve la ribera de los muertos dos veces,
Señor. Y si Teseo vio las sombrías márgenes,
Vanamente esperáis que un Dios os lo devuelva.
No se arranca la presa del avaro Aqueronte.
¿Qué digo? No murió, puesto que en vos respira.
Ante mis ojos, siempre creo ver a mi esposo.
Yo lo veo... le hablo... mi corazón... me pierdo,
Señor, mi pasión loca pese a mí se declara.

Hipólito.

Veo de vuestro amor el prodigioso efecto.
Aunque muerto, Teseo se presenta ante vos;
Vuestra alma por su amor sigue siempre encendida.

Fedra.

Sí, languidezco y ardo, Príncipe, por Teseo.
Lo amo, mas no tal cual los infiernos lo han visto,
Adorador versatil de mil enamoradas,
Que del Dios de los muertos va a deshonrar el tálamo,
Sino fiel, orgulloso y hasta un poco bravío,
Joven, encantador, dueño de corazones,
Como a los dioses pintan o como os veo a vos.
Tenía vuestro porte, vuestro hablar, vuestros ojos,
Vuestro noble pudor coloreaba sus rasgos,
Cuando de nuestra Creta cruzó los oleajes,
Digno de ser amado por las hijas de Minos.
¿Qué hacíais vos entonces? ¿Y por qué, sin Hipólito,
a la flor convocó de los héroes de Grecia?
¿Por qué, en exceso joven, entonces no pudisteis
entrar en el navío que lo dejó en mis playas?
Hubierais dado muerte vos al monstruo de Creta,
Pese a los escondrijos de su vasto refugio.
Para desenredar su camino complejo,
Mi hermana os armaría con el hilo fatal.
Mas no, pues yo la hubiese con tal fin precedido;
El amor me lo hubiera sugerido en seguida.
Soy, Príncipe, yo, la que debió ayudaros
A aprender los recodos dentro del Laberinto.
¡Cómo hubiera cuidado vuestra dulce cabeza!
Poco sería un hilo para quien os amaba,
Compañera del riesgo que debíais buscar,
Yo, delante de vos hubiera caminado,
Y Fedra, al laberinto descendida con vos,
Habríase con vos encontrado o perdido.

Hipólito.

¡Oh Dioses! Pero ¿qué oigo? ¿Qué, Señora! ¿olvidáis
Que Teseo es mi padre y además vuestro esposo?

Fedra.

¿Y sobre qué juzgáis que yo no lo recuerdo,
Príncipe? ¿Ya mi honor dejó de preocuparme?

Hipólito.

Señora, perdonad. Confieso, confundido,
Que acusé por error a un discurso inocente.
Mi vergüenza no puede prolongar el miraros
Y voy ...

Fedra.

¡Ah, no, cruel, demasiado entendiste!
Demasiado te dije, para que te equivoques.
Conoce, pues, a Fedra y a su amor delirante.
Amo, pero no pienses que mientras que te amo,
Sin culpa ante mis ojos, me apruebo yo a mí misma.
Ni que del amor loco que turba mi razón,
Mi complacencia vil alimentó el veneno.
Objeto infortunado de celestes venganzas,
Me aborrezo yo más de lo que me detestas.
Los Dioses lo atestiguan, los Dioses que en mi entraña
Encendieron el fuego fatal para mi estirpe;
Los Dioses engreídos por el triunfo cruel
De haber desorientado a una pobre mortal.
Evoca tú al pasado, y llámalo a tu espíritu.
Fue poco huir de ti, cruel, yo te expulsé.
Odiosa, quise yo parecerte, inhumana,
Y para resistirte, solicité tu odio.
¿Y de qué me sirvieron mis esfuerzos inútiles?
Por más que tú me odiases yo no te amaba menos.
Te daba tu desdicha renovados encantos.
Me extenué, me agosté, en el fuego, en las lágrimas.
Persuadido estarías, tan sólo con mirarme,
Si tus ojos pudieran mirarme fugazmente.
¿Qué hablo? ¿A la confesión que te acabo de hacer
Y que tanto me humilla, voluntaria la crees?
Temblando por un hijo que traicionar no pude,
Venía a suplicarte que no lo detestaras.
Débil plan de una mente que lo que quiere llena,
¡Ay! no conseguí hablarte de más que de ti mismo.
Véngate, pues, de mí, castiga un amor que odias.
Hijo digno del héroe que la vida te dio,
Libera al universo de un monstruo que te irrita.
¡La viuda de Teseo se atreve a amar a Hipólito!
Sí, ese monstruo terrible no te debe escapar.
He aquí mi corazón. Debes herir aquí.
Desesperado ya por expiar su ofensa,
Siento que se adelanta para enfrentar tu brazo.
Hiere. O si lo juzgaras indigno de tus golpes,
Si tu odio me rehusa tan deseable suplicio,
O si con él tu mano sangre vil rezumase,
A falta de tu brazo, concédeme tu espada.
Dame.

Enona.

¿Qué hacéis, Señora, ? ¡Oh, Dioses justicieros!
Pero vienen. Salvaos de testigos odiosos;
Venid, entrad, huid de una vergüenza cierta.


SCENE V
PHAEDRA, HIPPOLYTUS, OENONE


PHAEDRA (to OENONE)
There I see him!
My blood forgets to flow, my tongue to speak
What I am come to say.

OENONE
Think of your son,
How all his hopes depend on you.

PHAEDRA
I hear
You leave us, and in haste. I come to add
My tears to your distress, and for a son
Plead my alarm. No more has he a father,
And at no distant day my son must witness
My death. Already do a thousand foes
Threaten his youth. You only can defend him
But in my secret heart remorse awakes,
And fear lest I have shut your ears against
His cries. I tremble lest your righteous anger
Visit on him ere long the hatred earn'd
By me, his mother.

HIPPOLYTUS
No such base resentment,
Madam, is mine.

PHAEDRA
I could not blame you, Prince,
If you should hate me. I have injured you:
So much you know, but could not read my heart.
T' incur your enmity has been mine aim.
The self-same borders could not hold us both;
In public and in private I declared
Myself your foe, and found no peace till seas
Parted us from each other. I forbade
Your very name to be pronounced before me.
And yet if punishment should be proportion'd
To the offence, if only hatred draws
Your hatred, never woman merited
More pity, less deserved your enmity.

HIPPOLYTUS
A mother jealous of her children's rights
Seldom forgives the offspring of a wife
Who reign'd before her. Harassing suspicions
Are common sequels of a second marriage.
Of me would any other have been jealous
No less than you, perhaps more violent.

PHAEDRA
Ah, Prince, how Heav'n has from the general law
Made me exempt, be that same Heav'n my witness!
Far different is the trouble that devours me!

HIPPOLYTUS
This is no time for self-reproaches, Madam.
It may be that your husband still beholds
The light, and Heav'n may grant him safe return,
In answer to our prayers. His guardian god
Is Neptune, ne'er by him invoked in vain.

PHAEDRA
He who has seen the mansions of the dead
Returns not thence. Since to those gloomy shores
Theseus is gone, 'tis vain to hope that Heav'n
May send him back. Prince, there is no release
From Acheron's greedy maw. And yet, methinks,
He lives, and breathes in you. I see him still
Before me, and to him I seem to speak;
My heart--
Oh! I am mad; do what I will,
I cannot hide my passion.

HIPPOLYTUS
Yes, I see
The strange effects of love. Theseus, tho' dead,
Seems present to your eyes, for in your soul
There burns a constant flame.

PHAEDRA
Ah, yes for Theseus
I languish and I long, not as the Shades
Have seen him, of a thousand different forms
The fickle lover, and of Pluto's bride
The would-be ravisher, but faithful, proud
E'en to a slight disdain, with youthful charms
Attracting every heart, as gods are painted,
Or like yourself. He had your mien, your eyes,
Spoke and could blush like you, when to the isle
Of Crete, my childhood's home, he cross'd the waves,
Worthy to win the love of Minos' daughters.
What were you doing then? Why did he gather
The flow'r of Greece, and leave Hippolytus?
Oh, why were you too young to have embark'd
On board the ship that brought thy sire to Crete?
At your hands would the monster then have perish'd,
Despite the windings of his vast retreat.
To guide your doubtful steps within the maze
My sister would have arm'd you with the clue.
But no, therein would Phaedra have forestall'd her,
Love would have first inspired me with the thought;
And I it would have been whose timely aid
Had taught you all the labyrinth's crooked ways.
What anxious care a life so dear had cost me!
No thread had satisfied your lover's fears:
I would myself have wish'd to lead the way,
And share the peril you were bound to face;
Phaedra with you would have explored the maze,
With you emerged in safety, or have perish'd.

HIPPOLYTUS
Gods! What is this I hear? Have you forgotten
That Theseus is my father and your husband?

PHAEDRA
Why should you fancy I have lost remembrance
Thereof, and am regardless of mine honour?

HIPPOLYTUS
Forgive me, Madam. With a blush I own
That I misconstrued words of innocence.
For very shame I cannot bear your sight
Longer. I go--

PHAEDRA
Ah! cruel Prince, too well
You understood me. I have said enough
To save you from mistake. I love. But think not
That at the moment when I love you most
I do not feel my guilt; no weak compliance
Has fed the poison that infects my brain.
The ill-starr'd object of celestial vengeance,
I am not so detestable to you
As to myself. The gods will bear me witness,
Who have within my veins kindled this fire,
The gods, who take a barbarous delight
In leading a poor mortal's heart astray.
Do you yourself recall to mind the past:
'Twas not enough for me to fly, I chased you
Out of the country, wishing to appear
Inhuman, odious; to resist you better,
I sought to make you hate me. All in vain!
Hating me more I loved you none the less:
New charms were lent to you by your misfortunes.
I have been drown'd in tears, and scorch'd by fire;
Your own eyes might convince you of the truth,
If for one moment you could look at me.
What is't I say? Think you this vile confession
That I have made is what I meant to utter?
Not daring to betray a son for whom
I trembled, 'twas to beg you not to hate him
I came. Weak purpose of a heart too full
Of love for you to speak of aught besides!
Take your revenge, punish my odious passion;
Prove yourself worthy of your valiant sire,
And rid the world of an offensive monster!
Does Theseus' widow dare to love his son?
The frightful monster! Let her not escape you!
Here is my heart. This is the place to strike.
Already prompt to expiate its guilt,
I feel it leap impatiently to meet
Your arm. Strike home. Or, if it would disgrace you
To steep your hand in such polluted blood,
If that were punishment too mild to slake
Your hatred, lend me then your sword, if not
Your arm. Quick, give't.

OENONE
What, Madam, will you do?
Just gods! But someone comes. Go, fly from shame,
You cannot 'scape if seen by any thus.


Versión en inglés de ROBERT BRUCE BOSWELL

miércoles, 5 de agosto de 2009

Jean Racine y Bretón de los Herreros



Andromaque

ACTE PREMIER

SCENE PREMIERE - ORESTE, PYLADE.

ORESTE.
Oui, puisque je retrouve un ami si fidèle,
Ma fortune va prendre une face nouvelle ;
Et déjà son courroux semble s'être adouci,
Depuis qu'elle a pris soin de nous rejoindre ici.
Qui l'eût dit, qu'un rivage à mes voeux si funeste
Présenterait d'abord Pylade aux yeux d'Oreste ?
Qu'après plus de six mois que je t'avais perdu,
A la cour de Pyrrhus tu me serais rendu ?

PYLADE.
J'en rends grâces au Ciel, qui, m'arrêtant sans cesse,
Semblait m'avoir fermé le chemin de la Grèce,
Depuis le jour fatal que la fureur des eaux
Presque aux yeux de l'Épire écarta nos vaisseaux.
Combien dans cet exil ai-je souffert d'alarmes !
Combien à vos malheurs ai-je donné de larmes,
Craignant toujours pour vous quelque nouveau danger
Que ma triste amitié ne pouvait partager !
Surtout je redoutais cette mélancolie
Où j'ai vu si longtemps votre âme ensevelie.
Je craignais que le Ciel, par un cruel secours,
Ne vous offrît la mort que vous cherchiez toujours.
Mais je vous vois, Seigneur ; et, si j'ose le dire,
Un destin plus heureux vous conduit en Épire
Le pompeux appareil qui suit ici vos pas
N'est point d'un malheureux qui cherche le trépas.

ORESTE.
Hélas ! Qui peut savoir le destin qui m'amène ?
L'amour me fait ici chercher une inhumaine,
Mais qui sait ce qu'il doit ordonner de mon sort,
Et si je viens chercher ou la vie ou la mort ?

PYLADE.
Quoi ! Votre âme à l'amour en esclave asservie
Se repose sur lui du soin de votre vie ?
Par quel charme, oubliant tant de tourments soufferts,
Pouvez-vous consentir à rentrer dans ses fers ?
Pensez-vous qu'Hermione, à Sparte inexorable,
Vous prépare en Épire un sort plus favorable ?
Honteux d'avoir poussé tant de voeux superflus,
Vous l'abhorriez ; enfin, vous ne m'en parliez plus.
Vous me trompiez, Seigneur.

ORESTE.
Je me trompais moi-même.
Ami, n'accable point un malheureux qui t'aime.
T'ai-je jamais caché mon coeur et mes désirs ?
Tu vis naître ma flamme et mes premiers soupirs.
Enfin, quand Ménélas disposa de sa fille
En faveur de Pyrrhus, vengeur de sa famille,
Tu vis mon désespoir ; et tu m'as vu depuis
Traîner de mers en mers ma chaîne et mes ennuis.
Je te vis à regret, en cet état funeste,
Prêt à suivre partout le déplorable Oreste,
Toujours de ma fureur interrompre le cours,
Et de moi-même enfin me sauver tous les jours.
Mais quand je me souvins que, parmi tant d'alarmes,
Hermione à Pyrrhus prodiguait tous ses charmes
Tu sais de quel courroux mon coeur alors épris
Voulut en l'oubliant punir tous ses mépris.
Je fis croire et je crus ma victoire certaine ;
Je pris tous mes transports pour des transports de haine ;
Détestant ses rigueurs, rabaissant ses attraits,
Je défiais ses yeux de me troubler jamais.
Voilà comme je crus étouffer ma tendresse.
En ce calme trompeur j'arrivai dans la Grèce,
Et je trouvai d'abord ses princes rassemblés,
Qu'un péril assez grand semblait avoir troublés.
J'y courus. Je pensais que la guerre et la gloire
De soins plus importants rempliraient ma mémoire ;
Que, mes sens reprenant leur première vigueur,
L'amour achèverait de sortir de mon coeur.
Mais admire avec moi le sort dont la poursuite
Me fait courir alors au piège que j'évite.
J'entends de tous côtés qu'on menace Pyrrhus ;
Toute la Grèce éclate en murmures confus ;
On se plaint qu'oubliant son sang et sa promesse,
Il élève en sa cour l'ennemi de la Grèce,
Astyanax, d'Hector jeune et malheureux fils,
Reste de tant de rois sous Troie ensevelis.
J'apprends que pour ravir son enfance au supplice
Andromaque trompa l'ingénieux Ulysse,
Tandis qu'un autre enfant, arraché de ses bras,
Sous le nom de son fils fut conduit au trépas.
On dit que, peu sensible aux charmes d'Hermione,
Mon rival porte ailleurs son coeur et sa couronne.
Ménélas, sans le croire, en paraît affligé
Et se plaint d'un hymen si longtemps négligé.
Parmi les déplaisirs où son âme se noie,
Il s'élève en la mienne une secrète joie.
Je triomphe ; et pourtant je me flatte d'abord
Que la seule vengeance excite ce transport.
Mais l'ingrate en mon coeur reprit bientôt sa place.
De mes feux mal éteints je reconnus la trace,
Je sentis que ma haine allait finir son cours,
Ou plutôt je sentis que je l'aimais toujours.
Ainsi de tous les Grecs je brigue le suffrage.
On m'envoie à Pyrrhus, j'entreprends ce voyage.
Je viens voir si l'on peut arracher de ses bras
Cet enfant dont la vie alarme tant d'États.
Heureux si je pouvais, dans l'ardeur qui me presse,
Au lieu d'Astyanax lui ravir ma princesse !
Car enfin n'attends pas que mes feux redoublés
Des périls les plus grands puissent être troublés.
Puisqu'après tant d'efforts ma résistance est vaine,
Je me livre en aveugle au destin qui m'entraîne.
J'aime ; je viens chercher Hermione en ces lieux,
La fléchir, l'enlever, ou mourir à ses yeux.
Toi qui connais Pyrrhus, que penses-tu qu'il fasse ?
Dans sa cour, dans son coeur, dis-moi ce qui se passe.
Mon Hermione encor le tient-elle asservi ?
Me rendra-t-il, Pylade, un bien qu'il m'a ravi ?

PYLADE.
Je vous abuserais, si j'osais vous promettre
Qu'entre vos mains, Seigneur, il voulût la remettre :
Non que de sa conquête il paraisse flatté ;
Pour la veuve d'Hector ses feux ont éclaté ;
Il l'aime.
Mais enfin cette veuve inhumaine
N'a payé jusqu'ici son amour que de haine ;
Et chaque jour encor on lui voit tout tenter
Pour fléchir sa captive, ou pour l'épouvanter.
De son fils, qu'il lui cache, il menace la tête,
Et fait couler des pleurs, qu'aussitôt il arrête.
Hermione elle-même a vu plus de cent fois
Cet amant irrité revenir sous ses lois,
Et, de ses voeux troublés lui rapportant l'hommage,
Soupirer à ses pieds moins d'amour que de rage.
Ainsi n'attendez pas que l'on puisse aujourd'hui
Vous répondre d'un coeur si peu maître de lui :
Il peut, Seigneur, il peut, dans ce désordre extrême,
Épouser ce qu'il hait et punir ce qu'il aime.

ORESTE.
Mais dis-moi de quel oeil Hermione peut voir
Son hymen différé, ses charmes sans pouvoir ?

PYLADE.
Hermione, Seigneur, au moins en apparence,
Semble de son amant dédaigner l'inconstance
Et croit que, trop heureux de fléchir sa rigueur,
Il la viendra presser de reprendre son coeur.
Mais je l'ai vue enfin me confier ses larmes :
Elle pleure en secret le mépris de ses charmes.
Toujours prête à partir, et demeurant toujours,
Quelquefois elle appelle Oreste à son secours.

ORESTE.
Ah ! Si je le croyais, j'irais bientôt, Pylade,
Me jeter...

PYLADE.
Achevez, Seigneur, votre ambassade.
Vous attendez le Roi. Parlez, et lui montrez
Contre le fils d'Hector tous les Grecs conjurés.
Loin de leur accorder ce fils de sa maîtresse,
Leur haine ne fera qu'irriter sa tendresse.
Plus on les veut brouiller, plus on va les unir.
Pressez, demandez tout, pour ne rien obtenir.
Il vient.

ORESTE.
Eh bien ! Va donc disposer la cruelle
A revoir un amant qui ne vient que pour elle.

JEAN RACINE


Andrómaca

ACTO I. ESCENA I.
ORESTES, PÍLADES, SÉQUITO DE ORESTES.

ORESTES
Sí, mi ingrata fortuna va a mudarse
Pues a tan fiel amigo he recobrado.
¿Cuándo pude creer que en este clima
Tan contrario a mis votos, tan infausto,
Tú el primero a mis ojos parecieras?
¿Que en la corte de Pirro hubiera hallado
Al que ha seis meses que perdido lloro?

PÍLADES
¡Gracias al Cielo! Desde el día aciago
En que las olas iritadas, casi
A la vista de Epiro, separaron
Nuestras naves, por siempre de la Grecia
Juzgué el camino para mí cerrado.
¡Qué de lágrimas, ay, tus desventuras
Me han hecho derramar! ¡Qué sobresaltos
En tu ausencia sufrí! De nuevos riesgos
Te contempla siempre rodeado
Sin ser de ellos partícipe tu amigo.
Esa melancolía tantos años
De tu alma apoderada me afligía
Sobre todo; temía que no en vano
Alguna vez el fin de tu existencia
Pidieras a los dioses. Mas mi amargo
Pesar tu vista calma, y al Epiro
Me atreveré a decir que te ha guiado
Más próspero destino cuando veo
De tu brillante séquito el ornato.

ORESTES
¿Quién sabe cuál será la suerte mía?
En busca de una ingrata amor mis pasos
Aquí dirige, y la anhelada muerte
Aquí el destino me prepara acaso.

PÍLADES
¡Qué!, siempre esclava del amor tu alma,
¿Tu vida fías sólo a su cuidado?
Tras de tantos tormentos, ¿sus cadenas
De nuevo arrastrarás? ¿Será más blando
De Hermione en Epiro el crudo pecho
Que en Esparta lo ha sido? Avergonzado
De sus desaires no lo aborrecías?
¿Su nombre no ahuyentaste de tus labios? ...
¡Orestes me engañaba!

ORESTES
Y a sí mismo
Se engañaba también. ¿Por qué inhumano
Redoblas el martirio de tu amigo?
¡Ah!, ¿cuándo de mi pecho los arcanos
Te oculté? Tú mi llama y mis suspiros
Viste nacer, tú mi mortal quebranto
Cuando en favor de Pirro, del ilustre
Vengador de su casa, Menelao
Dispuso de su hija, tú me has visto
Errar por esos mares arrastrando
Mi ruda pena y mis pesados grillos.
A pesar mío en tan funesto estado
Doquiera me has seguido; y, de mi furia
Interrrumpiendo el curso temerario,
Mil veces de mí propio me salvaste.
Cuando Hermione todos sus encantos
A Pirro prodigaba, y yo era sólo
De sus desprecios infelice blanco,
Condenando mi amor a eterno olvido
Tú sabes bien que quise castigarlos.
Cierto el triunfo creí. Tenía en menos
Sus gracias, y su orgullo detestando
De aborrecerla fiero me jactaba...
En mi engañosa calma confiado
Llego a la Grecia, do el común peligro
Coligaba a sus príncipes. Ufano
Me presento a su vista. Presumía
Que la guerra y la gloria otros cuidados
Más nobles me ofrecieran, y el antiguo
Vigor de mis sentidos recobrando,
Que libre el corazón respiraría.
Mas yo ignoraba que al funesto lazo
Que quería evitar corría ciego.
¡Oh constante ojeriza de mis hados! ...
En todas partes se amenaza a Pirro,
Toda Grecia murmura que, olvidando
Su sangre y su promesa, el enemigo
De los griegos se cria en su palacio;
El joven Astianacte, el hijo de Héctor,
Resto de tantos reyes sepultados
En las ruinas de Troya. Entonces supe
Que, al ingenioso Ulises engañando,
Pudo salvar Adrómaca a su hijo,
Y al sulplicio otro niño fue entregado.
Es fama que su amor y su corona
Ofrece a la troyana mi adversario,
De Hermione a la beldad poco sensible.
Bien que así no lo crea Menelao,
Siente que se descuide tanto tiempo
El pactado himeneo. Yo, entre tantos
Disgustos, en el alma nacer siento
Un secreto placer que sólo al lauro
Pienso deber de la venganza mía.
Mas, ¡ay!, bien pronto el corazón incauto
La simulada llama reanima
Y de la ingrata se confiesa esclavo.
El odio en él debilitarse siento,
O más bien reconozco, mal mi grado,
Que siempre la adoré... Todos los griegos
A mis ruegos conceden sus sufragios,
Y a Pirro se me envía con designio
De arrancar ese niño de sus brazos
Cuya vida inocente a tantos pueblos
Ha podido alarmar. ¡Fuérame dado
En lugar de Astianacte arrebatarle
Mi querida princesa! Mi conato,
Mi único anhelo es éste, a resistirlo
No bastan mis esfuerzos... Sí, yo la amo,
Pílades. Nada temo; me abandono
A mi ciega pasión, y si no alcanzo
A vencer su rigor, vengo resuelto
A robarla o morir... Háblame claro,
Tú, que a Pirro conoces, sus intentos
Pudiste penetrar, ¿conserva acaso
Hermione en su pecho algún dominio?
¿Querrá volverme un bien que me ha robado?

PÍLADES
Aunque en efecto sola en su albedrío
Reina la viuda de Héctor, en tus manos
Será difícil que a Hermione entregue.
Andrómaca su amor con odio insano
Ha pagado hasta ahora.No hay resorte
Que contra su desdén no emplee en vano.
¡Cuántas veces la pérdida jurada
Del hijo que la oculta amargo llanto
Hace verter a los maternos ojos,
Y rendido después corre a enjugarlo!
¡A los pies de Hermione cuántas veces
De un cariño mentido el holocausto
Ha venido a ofrecer en su despecho!
¿Quién pues de un corazón tiranizado
Hasta tal punto responderte puede?
Quizá, el despecho del amor triunfando,
Podrá unirse a la misma que aborrece,
De ser piadoso y de sufrir cansado.

ORESTES
¿Pero la lapidación de su himeneo
Cómo sufre Hermione, y el agravio
Que se hace a su belleza?

PÍLADES
En la apariencia
Desprecia la inconstancia de un ingrato,
Y espera que algún día se contemple
Dichoso en merecerla. Yo he logrado
Al fin que sus pesares me confíe.
Llora; partir quisiera, y sin embargo
No se resuelve. En su socorro a veces
Suele a Orestes llamar.

ORESTES
¡Ah!, ¿por qué tardo
En mostrar a sus pies...

PÍLADES
A Pirro esperas.
Acaba tu embajada. Conjurados
Contra Astianacte dile que los griegos
Por él te envían... No sería extraño
Que, lejos de entregarle, hacia la madre
Creciese su ternura, y sus contrarios
Consiguiesen unir... Mas aquí viene.

ORESTES
Anda, amigo: prepara tú entretanto
A esa crüel. Di que por ella solo
Las arenas de Epiro he saludado.

MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS