sábado, 16 de diciembre de 2017

Madame Aupick: Charles Baudelaire, mi idolatrado hijo

2017 marca los 150 años de la muerte de Charles Baudelaire. Para conmemorar este aniversario, mientras esperamos la inminente publicación del segundo y último volumen de las fundamentales CARTAS A LA MADRE, hoy le damos la palabra a Caroline Archenbaut-Defayis, más conocida como Madame Aupick, la madre del grand Charles.
CHARLES BAUDELAIRE, MI IDOLATRADO HIJO
CARTAS DE MADAME AUPICK


CARTA A THÉODORE DE BANVILLE
Miércoles 18 [1866].
 Señor:
 Ha debido usted enterarse por los diarios de la horrible desgracia que ha golpeado a mi pobre hijo Charles Baudelaire. En cuanto lo supe, acudí a Bruselas para estar a su lado y cuidarlo tres meses, durante los cuales la parálisis fue disminuyendo, pero sigue sin poder hablar, o al menos sólo puede decir muy pocas palabras. Instada por los médicos, tuve que ponerlo en un sanatorio. Como se negaba obstinadamente a venir conmigo a Honfleur, decidió por su propia voluntad entrar en el sanatorio del doctor Duval, donde está instalado muy adecuadamente e incluso con alegría. Es allí, señor, donde usted lo encontrará, si tiene la extrema bondad de ir a verlo; quiero que sepa que, cuando le propuse a Charles enviarle algunos amigos a visitarlo, recibió su nombre con muchísima alegría, porque siente por usted una gran amistad. Esa gran amistad es la que va a servirme de excusa para con usted, así como el dolor profundo que me agobia. Charles, aunque no pueda responderle, oirá y comprenderá todo lo que usted le diga. Aunque los dos ataques de parálisis le hayan dejado el cerebro reblandecido, ha conservado cierta lucidez. Por lo demás, dado que no es capaz de expresar sus ideas, ¿podemos saber hasta qué punto la inteligencia, esa hermosa y elevada inteligencia de élite, ha desaparecido? Si usted se rinde a la súplica que le hago de ir a ver a ese desdichado, le expreso de antemano mi agradecimiento y lo saludo atentamente,

  C. VIUDA DE AUPICK.
El sanatorio del doctor Duval está en la Rue du Dôme n° 2, la calle que desemboca en la Rue Lauriston, cerca del Arco de Triunfo. Se puede visitar a los enfermos todos los días y a cualquier hora.

Monsieur,
Vous avez dû apprendre par les journaux le coup affreux dont mon pauvre fils Charles Baudelaire a été frappé. Dès que je l’ai su, je suis accourue près de lui à Bruxelles pour le soigner pendant trois mois, durant lesquels la paralysie a été diminuant, mais il est resté privé de la parole, ou du moins il ne peut dire que très peu de mots. Pressée vivement par les médecins, j’ai dû le mettre dans une maison de santé. Comme il se refusait obstinément à venir chez moi à Honfleur, il s'est décidé de son plein gré à entrer dans la maison de santé du docteur Duval où il est installé très sainement et même gaîment. C'est là, Monsieur, que vous le trouverez, si vous avez l'extrême bonté d'aller le voir ; vous saurez qu'en lui proposant de lui envoyer quelques amis pour le visiter il a accueilli votre nom avec une grande joie, parce qu'il a pour vous beaucoup d’amitié. C'est cette amitié qui va servir d'excuse près de vous, pour cette importunité, ainsi que la douleur profonde dont je suis accablée. Charles, sans pouvoir vous répondre, entendra et comprendra tout ce que vous lui direz. Quoique à ses deux attaques de paralysie il y ait eu ramollissement du cerveau, il a conservé une certaine lucidité d'esprit. D'ailleurs, peut-on savoir jusqu'à quel point l'intelligence, cette belle et haute intelligence d'élite, a disparu, puisqu'il ne peut exprimer ses idées ? Si vous vous rendez à la supplique que je vous adresse d'aller voir cet infortuné, je vous offre d'avance mes remerciements avec l'assurance de mes sentiments les plus distingués.
C. Vve AUPICK
La maison de santé du docteur Duval, rue du Dôme, 2, donnant dans la rue Laurislon près de l'arc de Triomphe. On peut voir les malades tous les jours, à toute heure.


§

FRAGMENTO DE UNA CARTA A POULET-MALASSIS

18 de septiembre de 1867.
  [...]
 ¡Qué padecimiento el mío! ¡Me he quedado sola en el mundo, ya sin nada que me ate a la vida! ¡Mi pobre hijo, ese hijo al que yo idolatraba, ya no existe! Sufrió cruelmente, en los últimos tiempos, a causa de varias llagas ocasionadas por la prolongada permanencia en la cama, lo que a veces le arrancaba un grito cuando había que moverlo. Sin embargo, en los últimos tiempos se había vuelto afable y resignado. Los dos últimos días y las tres últimas noches que precedieron a su muerte fueron muy calmos. Parecía dormir con los ojos abiertos, se apagó suavemente, sin agonía ni sufrimiento; yo lo tenía abrazado desde hacía una hora, porque quería recoger su último suspiro; le decía mil cosas cariñosas, convencida de que, a pesar de su estado de postración y de mutismo, debía de comprenderme y podía responderme. Aimée, que estaba conmigo, me confirmaba en esta idea. “¡Ah, señora, cómo la mira! ¡Claro que sí, la oye, le sonríe!”. ¿Cómo pude resistir semejante golpe? ¡Y sigo viviendo! Hay que creer que Dios quiere concederme que goce, por algún tiempo aún, con la hermosa reputación que deja y con su gloria. Usted pierde un amigo que le tenía mucho cariño; guarde un buen recuerdo suyo, era digno de él.
[...]

Comme je suis éprouvée ! Me voilà seule au monde sans plus rien qui me rattache à la vie ! Mon pauvre fils, ce fils que j’idolâtrais, n’est plus ! Il a cruellement souffert, dans les derniers temps, de plusieurs plaies survenues par suite du séjour prolongé au lit, ce qui lui arrachait parfois un cri, quand il fallait le remuer. Cependant il était devenu, dans les derniers temps, très doux et résigné. Les deux derniers jours et les deux dernières nuits qui ont précédé sa mort ont été très calmes. Il paraissait dormir avec les yeux ouverts, il s’est éteint tout doucement, sans agonie ni souffrances ; je le tenais embrassé depuis une heure, voulant recueillir son dernier soupir ; je lui disais mille tendresses, persuadée que, malgré son état de prostration et de mutisme, il devait me comprendre et pouvait me répondre. Aimée qui était avec moi, me confirmait dans cette pensée. Elle me disait : « Oh ! madame, comme il vous regarde ! Bien sûr, il vous entend, il vous sourit ! » Comment ai-je pu résister à un tel coup ? Et je vis ! Il faut croire que Dieu veut m’accorder de jouir, quelque peu de temps, de la belle réputation qu’il laisse, et de sa gloire. Vous perdez un ami qui vous était bien tendrement attaché ; conservez-lui un bon souvenir, il en était digne.
[...]

§

FRAGMENTO DE UNA CARTA A CHARLES ASSELINEAU
  [1868.]
Querido señor Asselineau:

Ésta es mi respuesta a lo que usted me pregunta en relación con el viaje de Charles:
En primer lugar, tiene que saber que mi marido, el general Aupick, adoraba a Charles. Cuando éste era niño, se ocupó mucho él mismo de su educación. Había dado con una inteligencia tan hermosa, con una mente tan inquisitiva, tan estudiosa, que lo asombraba en grado sumo, que se apegaba a ella cada día más.
Cuando llegaron los logros escolares, en el Louis-le-Grand, y una vez terminados los estudios, concibió para Charles sueños dorados de un brillante porvenir: quería verlo llegar a una alta posición social, algo no irrealizable, puesto que era amigo del duque de Orleáns. Pero ¡qué estupefacción para nosotros cuando Charles se negó a todo lo que queríamos hacer por él, cuando quiso volar con sus propias alas y ser poeta! ¡Qué desencanto en nuestra vida familiar hasta entonces tan feliz! ¡Qué pesar! Se nos ocurrió entonces, para darle otro curso a sus ideas y sobre todo para romper algunas malas relaciones, hacerlo viajar.
 El general, que era oriundo de un puerto de mar, que amaba el mar con pasión, y a quien, a la edad de Charles, le hubiera encantado navegar, pensó que un viaje por mar era preferible a un viaje por tierra. Puede que se haya equivocado, pero tenía las mejores intenciones para con mi hijo. Éste, sin la menor duda, hubiera preferido quedarse; pero, sin manifestar rechazo, dejó que las cosas siguieran su curso. Así fue como, por intermedio de un amigo que teníamos en Burdeos, confiamos a Charles a los cuidados del capitán Saliz, hombre respetable, alegre y de gran ingenio, que debía de caerle bien a Charles y que, efectivamente, le cayó bien. Ese capitán partió para Calcuta y tenía que ir más lejos; el viaje tenía que durar dieciocho meses. Se embarcaron a fines de mayo de 1841, Charles tenía veinte años. Al cabo de muy poco tiempo, Charles se sumió en un estado de tristeza que inquietó al capitán, que ponía todos sus esfuerzos en distraerlo, sin poder lograrlo; vivía en un aislamiento completo, sin trato con los pasajeros, en su mayoría comerciantes y oficiales. Si hablaba, sólo era para expresar el deseo de volver a Francia.
 Un acontecimiento marítimo terrible, como el capitán Saliz, según me escribió, nunca había visto en su larga carrera de marino, y en el que casi pudieron ver la muerte de cerca, sin que Charles se sintiese, sin embargo, desmoralizado por esto, contribuyó a aumentar quizás su rechazo por un viaje que, a su modo de ver, no tenía objeto. Cuando llegaron a la isla Mauricio, su tristeza no hizo más que crecer. Allí, donde todo era nuevo para él, no vio nada, nada que despertase la facultad de observación que poseía; quería a todo precio partir para volver a París, y, si no había modo de hacerlo, prefería quedarse en la isla Mauricio antes que continuar el viaje. El capitán, temiendo que sufriese esa enfermedad cruel, la nostalgia, cuyos efectos son a veces tan funestos, le aconsejó vivamente que lo acompañara a Saint-Denis (Borbón), y, si allí insistía en querer volver a Francia, le daba su palabra de que le facilitaría los medios para hacerlo. En Borbón declaró, como en la isla Mauricio, que quería partir; de modo que Monsieur Saliz se puso de acuerdo con un capitán elegido por Charles, que se embarcaba para Burdeos, para que lo llevase con él. Así fue como Charles volvió a nuestro lado en el mes de febrero de 1842.
[...]

Mon cher monsieur Asselineau,

Pour répondre à ce que vous me demandez au sujet du voyage de Charles, voici :
D'abord, il faut que vous sachiez que mon mari, le général Aupick, adorait Charles. Quand il était enfant, il s'était beaucoup occupé lui-même de son éducation. Il était tombé sur une si belle intelligence, un esprit si curieux, si studieux, qui l'étonnait au dernier point, qu'il s'y attachait de jour en jour davantage.
Quand sont arrivés les succès de collège, à Louis-le-Grand, et les études terminées, il a fait pour Charles des rêves dorés d'un brillant avenir ; il voulait le voir arriver à, une haute position sociale, ce qui n’était pas irréalisable, étant l’ami du duc d’Orléans. Mais quelle stupéfaction pour nous, quand Charles s'est refusé à tout ce qu’on voulait faire pour lui, a voulu voler de ses propres ailes, et être auteur ! Quel désenchantement dans notre vie d’intérieur si heureuse jusque-là ! Quel chagrin ! Nous avons eu alors la pensée, pour donner un autre cours à ses idées, et surtout pour rompre quelques relations mauvaises, de le faire voyager.
Le général, qui était d’un port de mer, qui aimait la mer passion, qui, à l’âge où était Charles, aurait été enchanté de naviguer, a pensé qu’un voyage par mer était préférable à un voyage par terre. Il a pu se tromper, mais il était pénétré des meilleures Intentions pour mon fils. Celui-ci aurait préféré rester sans nul doute ; mais, sans témoigner de répugnance, il s’est laissé faire. C’est ainsi que, par l’entremise d’un ami, que nous avions à Bordeaux, Charles a été confié aux soins du capitaine Saliz, homme honorable, gai et de beaucoup d’esprit, qui devait plaire à Charles et qui, effectivement, lui a plu. Ce capitaine partait pour Calcutta, il devait aller plus loin ; le voyage devait durer dix-huit mois. Ils se sont embarqués fin de mai 1841, Charles avait vingt ans. Au bout de très peu de temps, Charles est tombé dans des tristesses qui inquiétaient le capitaine, qui faisait tous ses efforts pour le distraire, sans pouvoir y parvenir ; il vivait dans un isolement complet, ne frayant pas avec les passagers, commerçants pour la plupart et officiers. S’il parlait, ce n’était que pour émettre le désir de retourner en France.
Un événement terrible de mer, tel que le capitaine Saliz m’a écrit n’en avoir jamais vu dans sa longue carrière de marin, où ils purent presque toucher la mort du doigt, sans que Charles en fût démoralisé, cependant, vint ajouter peut-être à son dégoût pour un voyage qui, dans ses idées, était sans but. Arrivé à Maurice, sa tristesse ne fit qu’augmenter. Là, où tout était nouveau pour lui, il n’a rien vu, rien qui éveillât la faculté d’observation qu’il possédait  ; il voulait à tout prix partir pour retourner à Paris, et que, s’il n’y avait pas moyen, il préférait rester à Maurice, plutôt que de continuer ce voyage. Le capitaine, craignant qu’ii ne fût atteint de cette maladie cruelle la nostalgie, dont les effets parfois sont si funestes, l’a vivement engagé à l’accompagner à Saint-Denis (Bourbon) et que, s’il persistait là à vouloir rentrer en France, il lui donnait sa parole qu’il lui en faciliterait les moyens. À Bourbon, il a déclaré, comme à Maurice, qu’il voulait partir; de sorte que M. Saliz s’est entendu avec un capitaine du choix de Charles, qui s’embarquait pour Bordeaux, de l’emmener avec lui. Voilà comme Charles nous est revenu au mois de février 1842.
 [...]
§

FRAGMENTO DE UNA CARTA A CHARLES ASSELINEAU

24 de marzo [de 1868].
  [...]
Si el padre de Baudelaire hubiera visto crecer a su hijo, ciertamente no se habría opuesto a su vocación de literato, ¡él, que amaba con pasión la poesía y que tenía un gusto tan puro! [...] ¡Se hubiera sentido muy orgulloso de verlo entrar en esa carrera, pese a todos los sinsabores, todas las torturas ligadas a ella, y que Théo Gautier describe tan bien! ¡Ah, cuán cierto es todo lo que dice acerca de eso! ¿Mi pobre niño no ha sido el mártir de su gran inteligencia? ¡Cómo debía de sufrir, sintiendo su propio valor, cuando mendigaba que le dieran trabajo y lo rechazaban duramente editores que estaban por debajo de su nivel, con el pretexto de que lo que escribía era demasiado excéntrico! Cuando fui a pasar dos meses a París, entre nuestras dos embajadas, Constantinopla y Madrid, ¡en qué cruel situación lo encontré! ¡En qué miseria! ¡Y yo, su madre, con tanto amor en el corazón, tanta buena voluntad para con él, no pude sacarlo de ese estado!
Hay algo que no tengo que reprocharme, como algunos padres cuyos hijos se extravían por no haberse dejado guiar por ellos y que, al ver sus sufrimientos, frente a su desdicha, cometen la barbaridad de decirles: Yo te lo predije, tendrías que haberme hecho caso u otras tonterías semejantes, tan duras como impías. Después de luchar fuertemente contra su vocación, a partir del momento en que publicó algo, cambié de lenguaje, quizás, sin saberlo, de opinión; siempre lo estimulé, lo alenté, tanto como pude. Pero ¿lo necesitaba?
 Salvo por algunos escasos desfallecimientos, siempre me pareció fuerte; nunca vi que se dejara abatir en medio de sus mayores desdichas, ¡porque su amigo fue muy infeliz, más infeliz de lo que usted puede creer! La Venus negra lo torturó de todos los modos posibles. ¡Ah, si usted supiera! ¡Y cuánto dinero le hizo dilapidar! En sus cartas, tengo una pila de ellas, nunca veo una sola palabra de amor. Si lo hubiera amado la perdonaría, la querría, quizás; pero son pedidos incesantes de dinero. Siempre es dinero lo que le hace falta, e inmediatamente. Su última carta, de abril de 1866, cuando yo emprendía el viaje para ir a cuidar a mi hijo a Bruselas, cuando él estaba en su lecho de dolor y paralizado, y sumido en tan grandes apuros de dinero, ella la escribe por una suma que él tiene que enviarle de inmediato. ¡Cómo debió de sufrir por ese pedido que no podía satisfacer! Todos esos tironeos pueden haber agravado su mal, podrían incluso haberlo causado.
[...]

Si le père Baudelaire avait vu grandir son fils, il ne se serait certes pas opposé à sa vocation d'homme de lettres, lui qui était passionné pour la littérature et qui avait le goût si pur ! [...] Il aurait été bien fier de le voir entrer dans cette carrière, malgré tous les déboires, toutes les tortures qui y sont attachés, et que Théo Gautier décrit si bien ! Oh ! que c’est vrai, tout ce qu’il dit là-dessus ! Mon pauvre enfant n’a-t-il pas été le martyr de sa haute intelligence ? Comme il devait souffrir, sentant sa propre valeur, lorsqu’il mendiait de l’ouvrage et qu’il était refusé durement par des éditeurs qui ne le valaient pas, sous prétexte que ce qu’il écrivait était trop excentrique ! Lorsque je suis venue passer deux mois à Paris, entre nos deux ambassades, Constantinople et. Madrid, dans quelle cruelle position je l’ai trouvé ! Quel dénuement ! Et moi, sa mère, avec tant d’amour dans le cœur, tant de bonne volonté pour lui, je n’ai pu le tirer de là !
Je n’ai pas à me reprocher, comme quelques parents dont les enfants se fourvoient pour ne pas s’être laissé guider par eux [et qui], en voyant leurs souffrances, en face de leur malheur, ont la barbarie de leur dire : Je l'avais prédit, il fallait m'écouter [ou] autres sottises semblables, aussi dures qu’impies. Après avoir vivement lutté anciennement contre sa vocation, du moment qu’il a publié quelque chose, j’ai changé de langage, peut-être même, à mon insu, d’opinion ; je l’ai toujours stimulé, encouragé, tant que j’ai pu. Mais en avait-il besoin ?
À quelques rares défaillances près, je l’ai toujours trouvé fort ; je ne l’ai jamais vu se laisser abattre au milieu de ses plus grands malheurs, car votre ami a été bien malheureux, plus malheureux que vous ne pouvez croire ! La Vénus noire l’a torturé de toutes manières. Oh ! si vous saviez ! Et que d’argent elle lui a dévoré ! Dans ses lettres, j’en ai une masse, je ne vois jamais un mot d’amour. Si elle l’avait aimé, je lui pardonnerais, je l’aimerais peut-être ; mais ce sont des demandes incessantes d’argent. C’est toujours de l’argent qu’il lui faut, et immédiatement. Sa dernière, en avril 1866, lorsque je partais pour aller soigner mon pauvre fils à Bruxelles, lorsqu’il était sur son lit de douleur et paralysé, et qu’il était dans de si grands embarras d’argent, elle lui écrit pour une somme qu’il faut qu’il lui envoie de suite. Comme il a dû souffrir à cette demande qu’il ne pouvait satisfaire ! Tous ces tiraillements ont pu aggraver son mal et pouvaient même en être la cause.
[...]

Traducción, prólogo y notas de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.
Ediciones De La Mirándola, diciembre de 2017.
ISBN 978-987-3725-10-4

lunes, 11 de diciembre de 2017

José Lezama Lima: Julián del Casal y Charles Baudelaire

2017 marca los 150 años de la muerte de Charles Baudelaire. Para conmemorar este aniversario, mientras nos preparamos para publicar el segundo y último volumen de las fundamentales CARTAS A LA MADRE, seguimos ofreciendo a nuestros lectores una colección de páginas en honor del grand Charles.

JULIÁN DEL CASAL Y CHARLES BAUDELAIRE
ESTETICISMO Y "DANDYSMO"

La belleza se convierte en mal peligroso, puede encarnar, las manos la asen. Ni su llegada ni su despedida, existía tranquilamente, el dedo podía tocarla con acusadora levedad y el ojo moroso repasarla o reconstruirla incesantemente. En aquella irreconciliable sustancia, es posible situar la ligereza de nuestros dedos mientras se desprende un breve remolino de humo. Por eso el siglo XIX, después de ciertas brusquedades románticas, enarca y confunde los temas del esteticismo y dandysmo. Pero Casal y Baudelaire han de servirnos para establecer precisas delimitaciones. Determinados presupuestos puros, indivisibles ingredientes, caen en su violenta exclusividad y rechazo, para ofrecer después, olvidando la sorpresa de la trasmutación intermedia, una síntesis de anticipadas purezas. En otras ocasiones, terrible seguridad, establece una distinción peligrosa y el poeta conduce o mira fijamente. Las cosas están ahí en su imposible aliento de toro destruido, nos rodean mansamente, pero frente a ellas no un apetito cognoscente, que supone una furia y una resistencia, sino una distinción que establece en el mundo exterior o enemigo una preintencionada categoría, que establece no una fría diferencia resuelta, sino una falsa escala de Jacob, donde el lago romántico tiene más atractivos que la cloaca surrealista, o los chalecos rojos del buen Théophile nos resultan más tolerables que la endiablada pistola de Alfred Jarry.
Casal, en ocasiones, distingue para ver, para prolongar su mirada. Para alcanzar la tregua de adormecer la mirada sobre las cosas que él distinguió o alcanzó. Casal es, quiere ser esteticista. Él adora la belleza como se decía graciosamente en aquellos días, convirtiéndola así en arquetipo fácil, en cosa cercana, burguesa y táctil. Desconociendo tal vez lo otro, a que tiene que ir todo poeta: el vencimiento de una sustancia que motiva en nosotros un incesante índice de refracción, mediante el cual las cosas revierten, se alejan o divierten. Propia pertenencia, tierra poseída. Y aquel invisible y tenaz rumor que le comunica a la sustancia que ha de ser vencida un leve fruncimiento, mediante el cual surge la forma, como un paseo y como un nacer. Pero sin distinguir, sin romper, sin nacer. De tal manera que en aquel vasto sistema de lo homogéneo y de lo indistinto, hay siempre la espera misteriosa, el silencio que se realiza y aquel afuera nuestro, mediante el cual el misterio de los enlaces goza de un suave despertar, invisible deslizarse, donde distinguir es una enojosa espera o una grosera interrupción.
Esteticismo y dandysmo, Casal y Baudelaire, peligros y perdurables soluciones marcan en esos poetas totales separaciones. Si antes señalamos una zona de reciprocidades y confluencias en la temática de ambos poetas, ahora con respecto al modo de acercarse a la poesía, hay radicales disonancias. Desde Baudelaire hasta la poesía que se agita en nuestros días, conviene distinguir entre esteticismo y dandysmo, y conviene tener de esas dos posiciones poéticas una distinción tan precisa como los órdenes de los círculos infernales. El esteticismo llega a nuestros días, dándole vuelta entre sus dedos a la estética de la rosa, pero la brevedad de su tránsito, tema ético, y su misteriosa geometría, donde el misterio es mínimo y la geometría superficial, limitan las vastas agitaciones que tiene que domeñar el poeta y las resultas de sus totales y fieros dolores. Por eso el tema de la rosa se desenvuelve en el poema breve, en la suite y en el solo de arpas, y desde Horacio hasta la venerable figura de Juan Ramón Jiménez, parece olvidar que Dios y el hombre incluyen a la belleza sin nombrarla, porque solo ellos son infinitamente hermosos y están siempre desnudos.
Casal prefiere la cabellera teñida al trigo y el ópalo engastado a la tranquila atmósfera del astro. Pero, ¿qué nos interesa eso y por qué lo subrayamos? Él está rodeado de maravillosas hojas, de la fauna de un trópico breve y calmado, que parece querer retener las delicias y rechazar las abundancias. Pero Casal, influido por la sinfonía de las flores que aparece en el Al revés de Huysmans, detesta el maravilloso trenzado de la hoja que le rodea, y sus amigos señalan como sus flores favoritas los crisantemos, el ixon, amarylis, el ilang, los crolilopsis, que Huysmans había mirado y aspirado por él. El esteticismo tiene como principal enemigo una refinada cursilería, como la excesiva ambición poética tiene como remedo el ridículo, pero acaso no es la primera virtud poética huir del buen gusto cortesano como huye de sí de todos.
Contrastemos ese esteticismo con el dandysmo de Charles Baudelaire, que asoma siempre que se acerca al tema de lo bello, principalmente en su Hymne a la Beauté. De una parte, cielo, Dios, ángel; de la otra, Satán, abismo, sirena, pero el dandy prescinde de una selección, pues ella, la belleza, solo contribuye a hacernos el Universo moins hideux et les instants moins lourds. La terrible indiferencia del dandy —que estrena sus mejores jubones para un paseo solitario o instala sus candelabros en una mesa sin invitados—que todo lo reduce a la persona, que de ella parte y en ella se anega, están patentes en esas declaraciones de Baudelaire. El dandy es en realidad el último de los artesanos de gran estilo que, carente de fe, termina convirtiéndose a sí mismo en piedra y se labra constantemente, con la misma indiferencia que si fuese labrado por el agua o por invisibles instrumentos.
Pero en la repulsa el dandysmo se muestra más decidido que el esteticismo. La poesía más huera e insulsa estaba representada entonces por el señor José Fornaris. Pero Casal, ya en los años en que comenzaba su modernismo, se separa de él sin brusquedades, y con motivo de su muerte Casal se detiene. Hay en eso una exquisita cortesía, pero también una indudable vacilación. Señala los que subrayaban la inutilidad de Fornaris y de ellos, dice Casal: “no serían capaces de componer la peor de sus décimas”. Pero no hay en eso una equivocación de Casal sino el que ve en el pobre Fornaris, el escondido detrás de otras pobrezas enmascaradas. “Hasta por los metros que emplea —dice de nuevo Casal refiriéndose a Fornaris— se conoce que su maestro ha sido Quintana, hueco, vulgarote e insulso rimador de lugares comunes”. Baudelaire se muestra irreductible, acompañado del hastío, solo reconoce a las nubes y su imprescindible innecesario, el dandy y la soledad. “Excepto Chateaubriand, Balzac, Stendhal. Mérimée. Vigny, Flaubert, Banville, Gautier, Leconte de Lisle —nos dice Baudelaire— toda la chusma moderna me da horror. La virtud, horror; el vicio, horror; el estilo fluido, horror; el progreso, horror”. La cantidad de su hastío, sus crecedoras cifras, le permiten aislar las negaciones del mundo exterior con el tiempo distribuido en días favorables. Ocioso mandarín, ocio y hastío, le burlan las cosas al hombre, para hacer de éste un juego de cartas y de hombres, y encuentra al fin en el tiempo empleado en consagrar cada uno de sus movimientos, la propia y mejor distribución de la distracción de sus miradas. El hastío del dandy le impulsa a prescindir de las cosas y queda así posesor poseído, infinito en su interminable línea de puntos; por eso confunde, mejor iguala, un rey y un criado, pues, distraído, le dice Lord Brummel a Jorge V: “Gales, toque el timbre”. Y aunque no le dé mucha importancia, tiene que fugarse a Bolonia, desterrado. No ha querido ofender, estaba abstraído, y tiene que irse al destierro casi igual tiempo que un tirano cansado. Pero he ahí que Charles Baudelaire, dandy perfecto, pretende entrar con la misma poesía en el destino, la gracia y el pecado original. Pero en sus últimos momentos, los esenciales, el dandy se puede trocar en un solitario perdurable. Incapaz de ser abuelo o de despertarse con el trigo en la mañana, el dandy dedica sus últimos años a los sorbos teologales. Ved a Baudelaire coincidiendo con Santo Tomás de Aquino en el rechazo y condenación de lo que los escolásticos llamaban el progreso necesario.


***

Las últimas crisis del láudano, las más soberbias, se truecan en grandes invasiones de agua. Interminable juego de curvas, despeños, palacios submarinos van propiciando una interminable extensión. Ya los maestros antiguos veían en el agua la materia y en el fuego la forma. Los tejidos del agua y la forma comprobada que crece y se reconstruye, se esconde, reaparece, en una exquisita simultaneidad, se tornan en cuerpo intocable. He aquí el dandy apoyado en el láudano, como en un bastón invisible. Proporción, peso y sonido se van borrando ante la furia de lo extenso. Queda así el dandy reducido al hombre y al terrible dominio del agua, de la planicie, de lo lineal absoluto. Las cosas, borradas, han comenzado por no existir para huir de una forma dañada que no sería otra cosa que una incomprensible detención. Por eso irá a sumirse en temas teologales, encontrando en el paraíso y en el ángel, esa vasta zona de lo indistinto y de lo interminable homogéneo.
Desde su esteticismo Théophile Gautier afirmaba que una piel de pantera era más bella que el hombre. Lo primero que nos atrae del dandysmo y su reducción al hombre es su coincidencia con el antropocentrismo católico. El esteticismo, que no puede negar su línea de continuidad con los helenistas alemanes del XVIII, un Winckelmann, un Lessing, nos plantea directas relaciones entre el hombre y el sentido de las apariencias. Del antropomorfismo esteticista al antropocentrismo dandysta hay la diferencia entre dos culturas, dos actitudes que conducen a dos finales poéticos de distinta enemistad. Mientras el dandysmo termina en Charles Baudelaire, buscando el paraíso revelado y las reducciones del pecado original, el esteticismo culmina en las vitrinas, en las colecciones de ídolos muertos, de materia que no quiere ser firmada, que no marcha hacia nosotros. Ved a Casal sigiloso, de manos del cronista teatral Conde Kostia penetrando en el camerino de Sarah Bernhardt, Casal, inquieto, le arranca de la túnica un pedazo de encaje. Sorprended a Casal en las opulentas y graciosas cámaras que gustaba de habitar, cuyo repaso constituyen unas valiosas estampas finiseculares y cuyo trazado me complazco ahora en evitar —colocando como imágenes de su gusto en las paredes, desnudos del Moulin de la Gallete envueltos en las espiras de la serpiente. El encaje está ya hoy amarillento, su polvo no desatará ninguna mariposa, y el desnudo son los que ya se han convertido en estampa finisecular, en postales de imposible pornografía.
Rodeado de sus ídolos, el esteticista sufre de hastío, pero ¿acaso el dandy no se aburre también? Pero he ahí dos clases de hastío. El esteticista sufre el hastío de la riqueza artificial, pero igualmente el dandy está ganado por el hastío de la riqueza natural. Solo que el hastío del dandy está engendrado por la imposibilidad de la pareja. Por eso Baudelaire nos dice: “La mujer es lo contrario del dandy. Debe horrorizarnos. La mujer tiene hambre y quiere comer, sed y quiere beber. El bello mérito. La mujer es natural, es decir, abominable”. En el soneto Castidad, de Casal, no resuelto artísticamente, pero muy significativo para subrayar cómo este dandysmo de Baudelaire se filtra a través de su esteticismo. Ni con voz de ángel ni lenguaje obsceno, logra en mí enardecer al torpe bruto, dice Casal, refiriéndose a la mujer.
Queda así sujeto el dandy a las líneas que parten de él y que en él vuelven a confundirse. Es amarga esa almendra de perpetuo destierro, y una enumeración de dandys literarios, Lawrence Sterne, Villiers, Barbey, Baudelaire, Nerval, lo comprueban alternando el suicidio, con el insoportable tedio y con el lluvioso emigrar. Contrastemos esas enumeraciones dolorosas con el regodeo esteticista: Gautier, los Goncourt, Montesquieu-Fezensac, los chalecos rojos, los salones y las joyas, les ocupan tanto tiempo que su poesía termina en mera verba y exteriores opulencias. El dandy, Baudelaire lo demostró a cabalidad, es el enemigo del snob, el esteticista cuenta con los demás, con sus cegueras para despreciarlos y con sus deslumbramientos para atraerlos. El dandy no tiene que ver nada con el snob. A los esteticistas les faltó no solo propio pozo, sino también trágica objetividad, terrible conocimiento de lo indistinto.
Las categorías del mundo exterior son una de las gustosas fruiciones del esteticismo. Gusta de suponer más bella la rama del almendro que la corrupción del pez, del hambre o del zapato. Las excesivas reducciones del dandysmo al hombre le llevan a crear lo natural excesivo. Esta tensión propuesta por Baudelaire es la enemiga del sueño gobernado dirigido por los surrealistas. Lo natural que se excede, que impulsa al globo de fuego, reducido después a vellón o a paloma. No el sueño convertido en ganancial y alquilado palacio subacuático, Casi toda la poesía contemporánea arranca de ese natural excesivo. Lo maravilloso táctil es otro de los guiños del esteticismo que antecedía ciertas curas, o momentos de la materia en que ésta nos hablaba. Pero lo natural excesivo, cuenta con los primeros recursos que después se transforman en un prolongado balanceo entre los orígenes y el Juicio Final.
Esas violentas de la sustancia y su reflejo y la mentira primera coincidía con el más castigado artificio, llegando en ese juego de timbres a una fatal y desdeñosa coincidencia entre la vibración y el eco. Lo natural excesivo engendraba en el ser una tensión que el análisis podía receptar, uniendo lo inefable provocado a los instrumentos receptores. Ese inefable provocado se prolongaba, junto con lo natural excesivo, en la sustancia que no refracta diabólicamente el pensamiento, no coincidiendo, como en el sueño de Claudel, el conocimiento con el nacimiento de las cosas. Ese mundo de reducciones, de tensiones y de provocaciones, se iba sumergiendo en las delicias de una porosidad maravillosa, cuya sorpresa residual era el hastío de una coincidencia esperada. Lo natural excesivo se transformaba en un nuevo destino, o para decirlo con palabras de Baudelaire, en una fatalidad de nueva especie. Claro está que las reducciones al hombre podían ser reemplazadas por las reducciones a un punto y enclavar la poesía entre el fenómeno de la creación y la nada, En esa caída del ángel no podía prolongarse la etapa de una posición retadora. Entonces Baudelaire, llamado Thibaudet, comprende que cuando la palabra se libera de toda gravitación y logra total nacimiento y pureza, surge entonces por rara adquisición de su reverso, el irreemplazable verbal, igualado con el tema del destino, y el trabajo de su mágica insistencia, adquiere entonces como el residuo de toda libre elección, la más inaudita dignidad. Baudelaire, en esto también como en todo, dandy perfecto, comprende lo que los católicos llaman deliciosamente la buena intención asidua, que resuelve las bruscas agresiones o armonizaciones entre el destino y la dignidad. Lo natural excesivo se ha tornado en un gracioso movimiento del hombre, que ahora lucha irreconciliablemente con los grandes y únicos temas, eliminada toda fatalidad de nueva especie, con la gracia, destino y pecado original. Ahora Baudelaire, que ha alcanzado la ambiciosa madurez, habita el ámbito de Racine, y el paraíso revelado está radicalmente escindido del paraíso comprado o sustitutivo. Desaparecen los excitantes, y Baudelaire une la evocación a la inspiración, como Claudel une la evocación y la creación. Eso ha sido el aporte más cuantioso de Baudelaire a la poesía, la más perfecta e inaudita trayectoria de poeta, la más gananciosa y absoluta de todos aquellos poetas que han pretendido que su conciencia domine su ser; después de él, evocación, creación e inspiración y consecuente método, marcan el inicio de toda poesía que aspira a un absoluto nuestro.
Impedido por el esteticismo no llega Casal a esos grandes temas de la poesía de Baudelaire. El catolicismo de Casal procedía de declaraciones cabales y de comprobaciones en la introducción a la muerte. “Me encuentro muy enfermo, le dice en carta a Darío, tan enfermo que desde julio a la fecha he recibido dos veces los santos sacramentos”. Después de haber recibido a la poesía en la misteriosa propiedad de la carne, ésta se apegaba a la salvación, insistencia ciega de la carne. De su estancia en el jesuita Colegio de Belén había derivado el frío del sustantivo y de su acompañante, pero ahora, tema jesuítico, las postrimerías le rondan. Casal conserva nítidamente el resguardo adolescente de su fe. Sin embargo, el catolicismo no está en su obra, ni mucho menos los temas del Trento jesuita. Sin embargo, en Baudelaire la desesperada brusquedad y tenebrosa angustia, con que se incita cada una de las integraciones de su obra, se agitan en la desesperación o clamor del catolicismo. El grito con que cierra su obra fundamental: sumergido en el fondo del golfo, cielo o infierno, qué importa. Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo. Ya aquí no presenciamos a Baudelaire y su acompañante método. Lo desconocido, clamor o rumor, qué importa, la única novedad tiene que salir de ese desconocido, que huye de la falsa paz de que nos habla Pascal. La época del método de Baudelaire la podemos reconocer en las ediciones con tablas de variantes de Les Fleurs du Mal, allí donde había puesto “porte toujours le chatiment”, rectifica y pone “porte souvent le chatiment”. Un siempre sustituido por un frívolo a veces. Pero en ese desconocido para alcanzar lo nuevo, Baudelaire tocó la más inaudita integración de poeta moderno conocida. Ya en esa frase parece Baudelaire tocar la zona del “speculum per enigmate” de San Pablo, enigma del espejo. De esa manera su poesía, que había utilizado el reflejo de los sentidos, los envíos del perfume, y que alcanza los grandes temas de la gracia y el paraíso revelado, se cierra deslumbradoramente con una postura de desesperado catolicismo, de contracción y clamor.


JOSÉ LEZAMA LIMA.
Ensayos, Julián del Casal (1941).

sábado, 9 de diciembre de 2017

Edmond de Goncourt: Madame Aupick, la madre de Baudelaire

2017 marca los 150 años de la muerte de Charles Baudelaire. Para conmemorar este aniversario, mientras nos preparamos para publicar el segundo y último volumen de las fundamentales CARTAS A LA MADRE, seguimos ofreciendo a nuestros lectores una colección de páginas en honor del grand Charles.

JOURNAL, vol. IX
Lundi 3 juin 1895

Ce soir, Mme Sichel me parlait de ses relations à Honfleur, avec Mme Aupick, la mère de Baudelaire.
Elle me peignait cette femme, petite, délicate, mignonne, un rien boscote, avec de grosses mains noueuses maladroites, pouvant tenir six dominos et, par là-dessus, si aveugle, qu'elle était obligée de coudre contre son nez.
Puis elle me décrivait sa maison, au bas de la côte de Grasse, choisie par le général, autrefois ambassadeur à Constantinople, dans un endroit qui lui rappelait la Corne d'Or, une maison à la chambre du général, tendue avec de la toile, et ressemblant à une tente, et à l'écurie renfermant deux carrosses d'apparat, dont la propriétaire avait été obligée de vendre les chevaux, quand elle avait été réduite à vivre de sa pension de veuve: carrosses, que les bonnes sortaient et promenaient, une heure, tous les samedis, sur les pavés de la cour.
Il semblait à la jeune fille qu'était Mme Sichel, que la vieille femme avait une haute idée de l'intelligence de son fils, mais qu'elle n'osait le témoigner, par suite de l'autorité, qu'avait sur son esprit un vieil ami, regardant son fils comme un chenapan, qui parlait toujours de venir voir sa mère, ne venait jamais, et ne lui écrivait que pour lui demander de l'argent.
Une révélation curieuse de cette causerie, c'est que la mère de Baudelaire, qui mourait après son fils, mourut de la même maladie, mourut aphasique. Ainsi tombe la légende, qui attribue à la vie de désordre de Baudelaire, cette maladie qui ne fut chez lui, qu'un résultat de l'atavisme.


DIARIO, vol. IX
Lunes 3 de junio de 1895

Esta tarde, Madame Sichel me habló de sus relaciones en Honfleur con Mme Aupick, la madre de Baudelaire.
Me describió a esa mujer pequeña, delicada, bonita, un poquitín jorobada, con grandes manos nudosas y torpes, en las que podían caber seis fichas de dominó, y, encima, tan ciega que se veía obligada a coser pegando la nariz.
Luego me describió su casa, al pie de la costa de Grasse, elegida por el general, antaño embajador en Constantinopla, en un sitio que le recordaba el Cuerno de Oro, una casa con la habitación del general tapizada de lona y parecida a una tienda, y con una caballeriza en que se guardaban dos carrozas de gala, cuyos caballos la dueña se vio obligada a vender cuando quedó reducida a vivir de su pensión de viuda: carrozas que las criadas sacaban y paseaban, una hora, todos los sábados, por el empedrado del patio.
A la joven que era Madame Sichel le parecía que la anciana mujer se hacía una gran idea de la inteligencia de su hijo, pero que no se atrevía a manifestarlo, debido a la autoridad que ejercía sobre su espíritu un viejo amigo que consideraba a su hijo un bribón que siempre hablaba de ir a ver a su madre, no iba nunca y sólo le escribía para pedirle dinero.
Una revelación curiosa de esta charla fue que la madre de Baudelaire, que moriría después que su hijo, murió de la misma enfermedad, murió afásica. Así cae la leyenda que atribuye a la vida de desorden de Baudelaire esa enfermedad, que no fue, en él, sino un resultado del atavismo.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Ovidio, Rolfe Humphries y Pedro Sánchez de Viana: Apolo y Marsias

APOLO Y MARSIAS
Metamorfosis, Libro VI, 382-411

Un no sé quién de Lycia que acababa
De relatar lo dicho del tormento
Del Sátiro otro de ellos se acordaba.
Al cual vencido, con el raro acento
De la palustre caña, dio un castigo
Apolo, cual su loco atrevimiento.
Y al vencedor decía: «¿Por qué conmigo
Lo haces tan mal, estando arrepentido?
A mí me pesa competir contigo»,
Gritaba; mas al fin no le ha valido,
Porque de su pellejo fue privado
En pena del pecado cometido.
Todo él era una llaga, y ha manado
Por todas partes sangre, de manera
Que estaba el miserable aparejado
Para que cada cual testigo fuera
De los desnudos nervios, y advirtiendo
Los pulsos y las venas conociera.
Podíase ver el pecho, do moviendo
Se estaba el corazón y las entrañas,
Porque era transparente y estupendo.
Doliéronse de penas tan extrañas
Los Faunos, con los Sátiros hermanos,
Que son la Deidad de las montañas.
Lloraron sus sucesos inhumanos
Las Ninfas, con Olimpo entonces claro,
Pastores y vaqueros comarcanos.
La fértil tierra concibió del raro
Y tierno sentimiento la corriente
De lágrimas, en seno nada avaro.
De do formadas aguas prestamente,
Un río dicho Marsias ha engendrado
En Frigia, liquidísimo, excelente.
Ejemplos semejantes refiriendo,
Al caso torna el vulgo variable
De Amfión y su casa, conociendo
Que la soberbia extraña, detestable,
De Niobe, ocasión de todo era,
A quien con sentimiento lamentable
Lloraba Pelops solo, de manera
Que rasga de los pechos el vestido,
Con ansia congojosa y lastimera.
Y el hombro de marfil se ha parecido
Que era el izquierdo, el cual como el derecho
Al tiempo del nacer de carne ha sido.
Mas después que su padre le ha deshecho,
Y sus miembros los dioses ayuntaron,
Faltándole el siniestro a su despecho,
Al punto de marfil se le formaron,
Con el cual quedó Pelops[1] como de antes
Que el hombro con el alma le tornaron.


Nota de la edición de 1887:
[1] Pelops, rey de la Elida, hijo de Tántalo, es uno de los personajes más célebres de la antigüedad. Instituyó o restableció los juegos olímpicos, y se le tributaron después de su muerte honras divinas. Tenía un templo en Olimpia, inmediato al de Júpiter. Refiere Clemente de Alejandría que el Palladium de Trova estaba hecho con huesos de Pelops.



                                        
                                     So that story
Was ended; somebody began another,
About that satyr whom Latona's son
Surpassed at playing the flute, and punished, sorely,
Flaying him, so the skin all left his body.
So he was one great wound, with the blood flowing,
The nerves exposed, veins with no cover of skin
Over their beating surface, lungs and entrails
Visible as they functioned. The country people,
The woodland gods, the fauns, his brother satyrs,
The nymphs, and even Olympus, whom he loved
Through all his agony, all wept for him
With every shepherd looking after his flocks
Along those mountainsides. The fruitful earth
Drank in those tears, and turned them into water,
And sent them forth to air again, a rill,
A stream, the clearest of all the running Phrygian rivers,
Named Marsyas, for the victim.
                                                   And the people
Came back from those old stories to the present
Mourning the death of Amphion and his children.
Putting the blame on Niobe, but one man,
They say, wept for her even then.
That was her brother Pelops, who, in tearing
The garments from his breast, exposed his shoulder
Showing the patch of ivory on the left.
When he was born, his shoulders both were normal,
The left the same as the right, and both of flesh,
But later, when his father cut him to pieces.
And the gods put him together again, they could not
Find that one portion anywhere, and made
An ivory substitute, which served, and Pelops
Was a whole man again.


Translated by ROLFE HUMPHRIES.



Sic ubi nescio quis Lycia de gente virorum
rettulit exitium, satyri reminiscitur alter,
quem Tritoniaca Latous harundine victum
adfecit poena. 'quid me mihi detrahis?' inquit;
'a! piget, a! non est' clamabat 'tibia tanti.'
clamanti cutis est summos direpta per artus,
nec quicquam nisi vulnus erat; cruor undique manat,
detectique patent nervi, trepidaeque sine ulla
pelle micant venae; salientia viscera possis
et perlucentes numerare in pectore fibras.
illum ruricolae, silvarum numina, fauni
 et satyri fratres et tunc quoque carus Olympus
et nymphae flerunt, et quisquis montibus illis
lanigerosque greges armentaque bucera pavit.
fertilis inmaduit madefactaque terra caducas
concepit lacrimas ac venis perbibit imis;
quas ubi fecit aquam, vacuas emisit in auras.
inde petens rapidus ripis declivibus aequor
Marsya nomen habet, Phrygiae liquidissimus amnis.

Talibus extemplo redit ad praesentia dictis
vulgus et exstinctum cum stirpe Amphiona luget;
mater in invidia est: hanc tunc quoque dicitur unus
 flesse Pelops umeroque, suas a pectore postquam
deduxit vestes, ebur ostendisse sinistro.
 concolor hic umerus nascendi tempore dextro
corporeusque fuit; manibus mox caesa paternis
membra ferunt iunxisse deos, aliisque repertis,
qui locus est iuguli medius summique lacerti,
defuit: inpositum est non conparentis in usum
partis ebur, factoque Pelops fuit integer illo.