sábado, 30 de mayo de 2026

Benjamin Disraeli: Aristóteles y Platón

 
ARISTÓTELES Y PLATÓN

Ningún filósofo ha sido tan alabado y criticado como Aristóteles; pero él contaba con una ventaja de la que se han visto privados algunos de los eruditos más eminentes: la de haber gozado durante su vida de una espléndida reputación. Felipe de Macedonia debió de sentir una fuerte convicción de su mérito cuando le escribió, con motivo del nacimiento de Alejandro: «Recibo hoy de los dioses un hijo; pero no les agradezco tanto el favor de su nacimiento como el hecho de que haya venido al mundo en un momento en que tú puedas encargarte de su educación; y que, gracias a ti, se haga digno de ser mi hijo».

Diógenes Laercio describe la persona del Estagirita: tenía los ojos pequeños, la voz ronca y las piernas delgadas. Tartamudeaba, le gustaba vestir con elegancia y llevaba anillos costosos. Tenía una amante a la que amaba apasionadamente, y por la que a menudo actuaba de forma incompatible con el carácter filosófico; algo tan común entre los filósofos como entre los demás hombres. Aristóteles no tenía nada de la austeridad del filósofo, aunque sus obras sean tan austeras: era abierto, agradable e incluso encantador en su conversación; fogoso y voluble en sus placeres; magnífico en su vestimenta. Se le describe como feroz, desdeñoso y sarcástico. Unía a su gusto por la erudición profunda el de una elegante disipación. Su pasión por el lujo le ocasionó tales gastos cuando era joven, que consumió toda su fortuna. Laercio ha conservado el testamento de Aristóteles, que resulta curioso. La parte principal gira en torno al bienestar futuro y al matrimonio de su hija. «Si, después de mi muerte, decide casarse, los albaceas velarán para que no se case con ninguna persona de rango inferior. Si reside en Calcis, ocupará la casa contigua al jardín; si elige Estagira, residirá en la casa de mi padre, y mis albaceas amueblarán cualquiera de los dos lugares que ella elija».

Aristóteles había estudiado con el divino Platón; pero el discípulo y el maestro no podían estar de acuerdo en sus doctrinas: tenían gustos y talentos opuestos. Platón era el jefe de la escuela académica, y Aristóteles, de la peripatética. Platón era sencillo, modesto, frugal y de modales austeros; un buen amigo y un ciudadano celoso, pero un político teórico: un verdadero amante de la benevolencia y deseoso de difundirla entre los hombres, pero que sabía poco de ellos tal y como los encontramos; su «República» es tan quimérica como las ideas de Rousseau o la Utopía de Sir Thomas More.

Rapin, el crítico, ha esbozado un ingenioso paralelismo entre estos dos célebres filósofos: «El genio de Platón es más pulido, y el de Aristóteles más vasto y profundo. Platón tiene una imaginación viva y desbordante; fértil en invención, en ideas, en expresiones y en figuras; mostrando mil giros, mil colores nuevos, todos acordes con su tema; pero, al fin y al cabo, no es más que imaginación. Aristóteles es duro y seco en todo lo que dice, pero lo que dice es todo razón, aunque se exprese con sequedad: su dicción, por pura que sea, tiene algo inusualmente austero; y sus oscuridades, naturales o afectadas, disgustan y cansan a sus lectores. Platón es igualmente delicado en sus pensamientos y en sus expresiones. Aristóteles, aunque sea más natural, carece de delicadeza: su estilo es sencillo y uniforme, pero denso y tenso; el de Platón es grandioso y elevado, pero suelto y difuso. Platón siempre dice más de lo que debería decir; Aristóteles nunca dice lo suficiente, y deja al lector siempre pensando más de lo que él dice. El uno sorprende a la mente y la encanta con un carácter florido y chispeante; el otro la ilumina y la instruye con un método justo y sólido. Platón transmite algo de genio, por la fecundidad del suyo; y Aristóteles, algo de juicio y razón, por esa impresión de buen sentido que se desprende de todo lo que dice. En una palabra, Platón a menudo únicamente piensa en expresarse bien; y Aristóteles únicamente piensa en pensar con justicia».

Se cuenta una anécdota interesante sobre estos filósofos: Aristóteles se convirtió en rival de Platón. Las disputas literarias subsistieron durante mucho tiempo entre ellos. El discípulo ridiculizaba a su maestro, y el maestro trataba con desdén a su discípulo. Para hacer manifiesta su superioridad, Aristóteles deseaba una disputa formal ante un público donde prevalecieran la erudición y la razón; pero se le denegó esa satisfacción.

Platón siempre estaba rodeado de sus alumnos, que se interesaban vivamente por su gloria. A tres de ellos les enseñó a rivalizar con Aristóteles, y menospreciar sus méritos se convirtió en su interés mutuo. Desgraciadamente, un día Platón se encontró en su escuela sin esos tres alumnos favoritos. Aristóteles acudió a él; una multitud se reunió y entró con él. Se les presentó el ídolo cuyos oráculos deseaban derribar. Era entonces un anciano respetable, cuyo muchos años habían debilitado su memoria. El combate no duró mucho. Unos rápidos sofismas pusieron en aprietos a Platón. Se vio rodeado por las inevitables trampas del lógico más sutil. Vencido, reprochó a su antiguo discípulo con una bella metáfora: «Nos ha dado una patada como un potro a su madre».

Poco después de esta humillante aventura, dejó de dar conferencias públicas. Aristóteles permaneció como maestro en el campo de batalla. Fundó una escuela y se dedicó a convertirla en la más famosa de Grecia. Pero los tres discípulos favoritos de Platón, deseosos de vengar la causa de su maestro y de reparar su imprudencia al haberlo abandonado, se armaron contra el usurpador. Jenócrates, el más ardiente de los tres, atacó a Aristóteles, dejó en ridículo al lógico y restableció a Platón en todos sus derechos. Desde entonces, las sectas académica y peripatética, animadas por el espíritu de sus respectivos jefes, se declararon una hostilidad eterna. La forma en que sus obras han llegado hasta nosotros se ha contado en un artículo anterior, sobre la destrucción de libros. Aristóteles, tras haber hablado irreverentemente de los dioses y temiendo el destino de Sócrates, deseaba retirarse de Atenas. De una manera hermosa señaló a su sucesor. Había dos rivales en sus escuelas: Menedemo de Rodas y Teofrasto de Lesbos. Aludiendo delicadamente a su propia situación crítica, dijo a sus discípulos reunidos que el vino que solía beber le resultaba perjudicial, y les pidió que trajeran los vinos de Rodas y Lesbos. Probó ambos y declaró que ambos hacían honor a su tierra, siendo cada uno excelente, aunque diferentes en su calidad; el vino de Rodas es el más fuerte, pero el de Lesbos es el más dulce, y dijo que él mismo lo prefería. Así, con su ingenio, designó a su favorito, Teofrasto, autor de los «Caracteres», como su sucesor.

BENJAMIN DISRAELI

Curiosities of Literature

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

ARISTOTLE AND PLATO

No philosopher has been so much praised and censured as Aristotle: but he had this advantage, of which some of the most eminent scholars have been deprived, that he enjoyed during his life a splendid reputation. Philip of Macedon must have felt a strong conviction of his merit, when he wrote to him, on the birth of Alexander:—"I receive from the gods this day a son; but I thank them not so much for the favour of his birth, as his having come into the world at a time when you can have the care of his education; and that through you he will be rendered worthy of being my son."

Diogenes Laertius describes the person of the Stagyrite.—His eyes were small, his voice hoarse, and his legs lank. He stammered, was fond of a magnificent dress, and wore costly rings. He had a mistress whom he loved passionately, and for whom he frequently acted inconsistently with the philosophic character; a thing as common with philosophers as with other men. Aristotle had nothing of the austerity of the philosopher, though his works are so austere: he was open, pleasant, and even charming in his conversation; fiery and volatile in his pleasures; magnificent in his dress. He is described as fierce, disdainful, and sarcastic. He joined to a taste for profound erudition, that of an elegant dissipation. His passion for luxury occasioned him such expenses when he was young, that he consumed all his property. Laertius has preserved the will of Aristotle, which is curious. The chief part turns on the future welfare and marriage of his daughter. "If, after my death, she chooses to marry, the executors will be careful she marries no person of an inferior rank. If she resides at Chalcis, she shall occupy the apartment contiguous to the garden; if she chooses Stagyra, she shall reside in the house of my father, and my executors shall furnish either of those places she fixes on."

Aristotle had studied under the divine Plato; but the disciple and the master could not possibly agree in their doctrines: they were of opposite tastes and talents. Plato was the chief of the academic sect, and Aristotle of the peripatetic. Plato was simple, modest, frugal, and of austere manners; a good friend and a zealous citizen, but a theoretical politician: a lover indeed of benevolence, and desirous of diffusing it amongst men, but knowing little of them as we find them; his "Republic" is as chimerical as Rousseau's ideas, or Sir Thomas More's Utopia.

Rapin, the critic, has sketched an ingenious parallel of these two celebrated philosophers:—"The genius of Plato is more polished, and that of Aristotle more vast and profound. Plato has a lively and teeming imagination; fertile in invention, in ideas, in expressions, and in figures; displaying a thousand turns, a thousand new colours, all agreeable to their subject; but after all it is nothing more than imagination. Aristotle is hard and dry in all he says, but what he says is all reason, though it is expressed drily: his diction, pure as it is, has something uncommonly austere; and his obscurities, natural or affected, disgust and fatigue his readers. Plato is equally delicate in his thoughts and in his expressions. Aristotle, though he may be more natural, has not any delicacy: his style is simple and equal, but close and nervous; that of Plato is grand and elevated, but loose and diffuse. Plato always says more than he should say: Aristotle never says enough, and leaves the reader always to think more than he says. The one surprises the mind, and charms it by a flowery and sparkling character: the other illuminates and instructs it by a just and solid method. Plato communicates something of genius, by the fecundity of his own; and Aristotle something of judgment and reason, by that impression of good sense which appears in all he says. In a word, Plato frequently only thinks to express himself well: and Aristotle only thinks to think justly."

An interesting anecdote is related of these philosophers—Aristotle became the rival of Plato. Literary disputes long subsisted betwixt them. The disciple ridiculed his master, and the master treated contemptuously his disciple. To make his superiority manifest, Aristotle wished for a regular disputation before an audience, where erudition and reason might prevail; but this satisfaction was denied.

Plato was always surrounded by his scholars, who took a lively interest in his glory. Three of these he taught to rival Aristotle, and it became their mutual interest to depreciate his merits. Unfortunately one day Plato found himself in his school without these three favourite scholars. Aristotle flies to him—a crowd gathers and enters with him. The idol whose oracles they wished to overturn was presented to them. He was then a respectable old man, the weight of whose years had enfeebled his memory. The combat was not long. Some rapid sophisms embarrassed Plato. He saw himself surrounded by the inevitable traps of the subtlest logician. Vanquished, he reproached his ancient scholar by a beautiful figure:—"He has kicked against us as a colt against its mother."

Soon after this humiliating adventure he ceased to give public lectures. Aristotle remained master in the field of battle. He raised a school, and devoted himself to render it the most famous in Greece. But the three favourite scholars of Plato, zealous to avenge the cause of their master, and to make amends for their imprudence in having quitted him, armed themselves against the usurper.—Xenocrates, the most ardent of the three, attacked Aristotle, confounded the logician, and re-established Plato in all his rights. Since that time the academic and peripatetic sects, animated by the spirits of their several chiefs, avowed an eternal hostility. In what manner his works have descended to us has been told in a preceding article, on Destruction of Books. Aristotle having declaimed irreverently of the gods, and dreading the fate of Socrates, wished to retire from Athens. In a beautiful manner he pointed out his successor. There were two rivals in his schools: Menedemus the Rhodian, and Theophrastus the Lesbian. Alluding delicately to his own critical situation, he told his assembled scholars that the wine he was accustomed to drink was injurious to him, and he desired them to bring the wines of Rhodes and Lesbos. He tasted both, and declared they both did honour to their soil, each being excellent, though differing in their quality;—the Rhodian wine is the strongest, but the Lesbian is the sweetest, and that he himself preferred it. Thus his ingenuity designated his favourite Theophrastus, the author of the "Characters," for his successor.




jueves, 28 de mayo de 2026

Joseph Joubert: El autor se retrata a sí mismo

EL AUTOR SE RETRATA A SÍ MISMO

He dado mis flores y mis frutos: ya no soy más que un tronco resonante; pero quien se sienta a mi sombra y me escucha, se vuelve más sabio.

Me parezco en muchas cosas a la mariposa: como ella, amo la luz; como ella, quemo allí mi vida; como ella, necesito, para desplegar mis alas, que en la sociedad haga buen tiempo a mi alrededor, y que mi espíritu se sienta envuelto y como impregnado de una temperatura suave, la de la indulgencia; tengo el espíritu y el carácter friolentos.

Necesito que las miradas favorables brillen sobre mí. De mí es cierto lo que se dice: «Quien agrada es rey, quien ya no agrada no es nada». Voy adonde se me desea al menos con tanta voluntad como adonde me place.

Me cuesta dejar París, porque tengo que separarme de mis amigos, y me cuesta dejar el campo, porque tengo que separarme de mí mismo.

Tengo una mente muy afectuosa y un corazón obstinado. Todo lo que admiro me es querido, y todo lo que me es querido no puede llegar a serme indiferente.

Filantropía y arrepentimiento es mi lema.

No me gusta mucho la prudencia si no es moral. Tengo mala opinión del león desde que sé que su paso es oblicuo.

Cuando mis amigos son tuertos, los miro de perfil.

No quiero ni una mente sin luz, ni una mente sin venda. Hay que saber cegarse valientemente por la felicidad de la vida.

En lugar de quejarme de que la rosa tiene espinas, me felicito de que la espina esté coronada de rosas y de que el arbusto dé flores.

No hay buen gusto sin un poco de desprecio por los demás. Ahora bien, me resulta imposible despreciar a un desconocido.

Me son familiares las expresiones propias de la confianza, pero no las propias de la familiaridad.

Nunca he aprendido a hablar mal, a injuriar ni a maldecir.

Imito a la paloma: a menudo le tiro una brizna de hierba a la hormiga que se ahoga.

Cuando recojo conchas y encuentro perlas en ellas, extraigo las perlas y tiro las conchas.

Si tuviera que elegir, preferiría la indulgencia que les da a los hombres tiempo para mejorar, antes que la severidad que los empeora, y la precipitación que no espera al arrepentimiento.

Prefiero aún más a quienes hacen amable el vicio que a quienes degradan la virtud.

Cuando rompo los cristales, quiero que se sientan tentados a pagármelos.

El dolor de la disputa supera con creces su utilidad. Toda disputa ensordece el espíritu, y cuando los demás están sordos, yo me quedo mudo.

No llamo razón a esa razón brutal que aplasta con su peso lo que es santo y lo que es sagrado; a esa razón maligna que se regocija de los errores cuando puede descubrirlos; a esa razón insensible y desdeñosa que insulta a la credulidad.

La bondad ajena me complace tanto como la mía.

Mis descubrimientos, y cada uno tiene los suyos, me han hecho volver a los prejuicios.

Mi alma habita un lugar por donde han pasado las pasiones: las he conocido todas.

He cruzado el río del olvido.

¡El camino de la verdad! He dado un largo rodeo por él; por eso, el país en el que ustedes se pierden me es bien conocido.

La revolución ha expulsado mi espíritu del mundo real al hacerlo demasiado horrible para mí.

Pero, en efecto, ¿cuál es mi arte? ¿Cuál es el nombre que lo distingue de los demás? ¿Qué fin se propone? ¿Qué cosa hace nacer y existir? ¿Qué pretendo y qué quiero al ejercerlo? ¿Es escribir en general y asegurarme de ser leído, única ambición de tanta gente? ¿Es eso todo lo que quiero? ¿No soy más que un erudito, o tengo una clase de ideas que sea fácil de definir y cuya naturaleza y carácter, mérito y utilidad se puedan determinar? Es esto lo que hay que examinar atentamente, largamente y hasta que lo sepa.

Habré soñado con lo bello, como otros dicen que sueñan con la felicidad. Pero el mío es un sueño mejor, pues la muerte misma y su aspecto, lejos de perturbar su continuidad, le dan mayor extensión. Este sueño, que se mezcla con todas las vigilias, con toda la sangre fría, y que se fortalece con todas las reflexiones, ninguna ausencia, ninguna pérdida puede causar su interrupción de manera irreparable.

Soy apto para sembrar, pero no para construir ni fundar.

El cielo sólo ha puesto en mi inteligencia rayos, y sólo me ha dado como elocuencia palabras bellas. Solo tengo fuerza para elevarme, y como virtud sólo una cierta incorruptibilidad.

Soy, como Montaigne, incapaz del discurso continuo.

A menudo he rozado con los labios la copa donde estaba la abundancia; pero es un agua que siempre se me ha escapado.

Soy como un arpa eólica, que produce algunos sonidos hermosos, pero que no ejecuta ninguna melodía. Ningún viento constante ha soplado sobre mí.

Me paso la vida persiguiendo mariposas, dando por buenas las ideas que se ajustan a las comunes, y las demás sólo por mías.

Como Dédalo, me forjo alas; las voy haciendo poco a poco, añadiendo una pluma cada día.

A mi espíritu le gusta viajar por espacios abiertos y jugar en oleadas de luz, donde no ve nada, pero donde se impregna de alegría y claridad. ¿Y qué soy yo… sino un átomo en un rayo?

Mis efluvios son los sueños de una sombra.

Me parezco al álamo, ese árbol que siempre parece joven, incluso cuando es viejo.

Doy gracias al cielo por haber hecho de mi espíritu algo ligero, capaz de elevarse a lo alto.

Madame Victorine de Châtenay decía de mí que parecía un alma que se había topado por casualidad con un cuerpo y que se las apañaba como podía. No puedo negar que esa frase sea acertada.

Me gusta, como a la alondra, pasear lejos y por encima de mi nido.

En mis moradas, quiero que siempre haya mucho cielo y poca tierra. Mi nido será de pájaro, pues mis pensamientos y mis palabras tienen alas.

¡Oh, qué difícil es ser a la vez ingenioso y sensato! Durante mucho tiempo me vi privado de las ideas que convenían a mi espíritu, o del lenguaje que convenía a esas ideas. Durante mucho tiempo soporté los tormentos de una fecundidad que no puede ver la luz.

Mi espíritu necesita trabas, como los pies de ese Ligero del cuento de hadas, cuando quería alcanzar algo.

No me gusta la filosofía, y sobre todo la metafísica, ni cuadrúpeda ni bípeda; la quiero alada y cantarina.

Ustedes llegan a la verdad por la poesía, y yo llego a la poesía por la verdad.

Se puede tener tacto muy pronto y gusto muy tarde; eso es lo que me ha pasado a mí.

Me gustan pocos cuadros, pocas óperas, pocas estatuas, pocos poemas, y sin embargo me gustan mucho las artes.

¡Ah! Si pudiera expresarme mediante la música, la danza, la pintura, como me expreso mediante la palabra, ¡cuántas ideas tendría que no tengo, y cuántos sentimientos que siempre me serán desconocidos!

Todo lo que me parece falso no existe para mí. Para mi espíritu es una nada que no le ofrece ningún punto de apoyo. Por eso no sabría combatirlo ni refutarlo, salvo asimilándolo a algo existente y razonando por alguna vía de comparación.

Las claridades ordinarias ya no me bastan cuando el sentido de las palabras no es tan claro como su sonido, es decir, cuando no ofrecen a mi pensamiento objetos tan transparentes en sí mismos como los términos que los denominan.

Tengo muy estrecha esa parte de la cabeza destinada a recibir las cosas que no son claras.

¿Por qué me canso tanto al hablar? Es que, cuando hablo, una parte de mis fibras se pone en ejercicio, mientras que la otra permanece en el abatimiento; la que actúa soporta sola el peso de la acción, por lo que pronto se ve abrumada; hay al mismo tiempo una distribución desigual de fuerzas y una distribución desigual de actividad. De ahí el cansancio total, cuando lo que era fuerte se cansa; pues entonces la debilidad está por todas partes.

Cuando brillo… me consumo.

Solo puedo hacer las cosas bien con lentitud y con un cansancio extremo. Detrás de mi debilidad hay fuerza; la debilidad está en el instrumento. Detrás de la fuerza de mucha gente hay debilidad. Ésta reside en el corazón, en la razón, en la falta de buena voluntad sincera.

Tengo demasiado cerebro para mi cabeza; no puede moverse a gusto en su estuche.

Tengo muchas formas de ideas, pero muy pocas formas de frases.

En todas las cosas, me parece que me faltan las ideas intermedias, o me aburren demasiado.

He querido prescindir de las palabras y las he desdeñado: las palabras se vengan con la dificultad.

Si hay un hombre atormentado por la maldita ambición de poner todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esa frase en una palabra, ese soy yo.

Ciertas partes nacen en mí de forma demasiado acabada como para que pueda dispensarme de acabar del mismo modo todo lo que debe acompañarlas. Sé demasiado bien lo que voy a decir, antes de escribir.

La atención se mantiene, en los versos, gracias al placer del oído. La prosa no cuenta con esa ayuda; ¿podría tenerla? Lo intento; pero creo que no.

Me gustaría sacar todo mi efecto del sentido de las palabras, como ustedes lo sacan de su sonido; de su elección, como ustedes de su multitud; de su propio aislamiento, como ustedes de sus armonías; deseando, sin embargo, que haya también armonía entre ellas, pero una armonía de naturaleza y conveniencia, no de artificio, de mera mezcla o de encadenamiento.

Ignorantes, que solo conocen sus clavicordios o sus órganos, y para quienes los aplausos son necesarios, como un acompañamiento sin el cual sus acordes serían incompletos, yo no puedo imitarlos. Toco la lira antigua, no la de Timoteo, sino la lira de tres o cinco cuerdas, la lira de Orfeo, esa lira que causa tanto placer al que la sostiene como a los que la miran, pues está absorto en su melodía, se ve obligado a escucharse; se oye a sí mismo, se juzga, se encanta a sí mismo.

Se dirá que hablo con sutileza. A veces es el único medio de penetración que el espíritu tiene en su poder, ya sea por la naturaleza de la verdad a la que quiere llegar, ya sea por la de las opiniones o ignorancias a través de las cuales se ve reducido a abrirse penosamente una salida.

Me gusta ver dos verdades a la vez. Toda buena comparación ofrece al espíritu esa ventaja.

Siempre tengo una imagen que plasmar, una imagen y un pensamiento, dos cosas por una y doble trabajo para mí.

No es mi frase lo que pulo, sino mi idea. Me detengo hasta que la gota de luz que necesito se forma y cae de mi pluma.

Me gustaría acuñar la sabiduría, es decir, plasmarla en máximas, en proverbios, en frases fáciles de recordar y transmitir. ¡Ojalá pudiera desacreditar y desterrar del lenguaje de los hombres, como una moneda falsificada, las palabras de las que abusan y que los engañan!

Me gustaría trasladar el sentido exquisito al sentido común, o hacer común el sentido exquisito.

Necesitaba la vejez para aprender lo que quería saber, y necesitaría la juventud para expresar bien lo que sé.

El cielo solamente le había dado a mi espíritu fuerza por un tiempo, y ese tiempo ha pasado.

Los hombres deben rendir cuentas de sus acciones; pero yo, de mis pensamientos tendré que dar cuenta. No sólo sirven de fundamento a mi obra, sino a mi vida.

¡Mis ideas! Es la casa para alojarlas lo que me cuesta construir.

El gusano de seda hila sus capullos, y yo hilo los míos; pero no se desenrollarán. ¡Como le plazca a Dios!

JOSEPH JOUBERT

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

L’AUTEUR PEINT PAR LUI-MÊME

J’ai donné mes fleurs et mon fruit : je ne suis plus qu’un tronc retentissant ; mais quiconque s’assied à mon ombre et m’entend, devient plus sage.

Je ressemble en beaucoup de choses au papillon : comme lui j’aime la lumière ; comme lui j’y brûle ma vie ; comme lui j’ai besoin, pour déployer mes ailes, que dans la société il fasse beau autour de moi, et que mon esprit s’y sente environné et comme pénétré d’une douce température, celle de l’indulgence ; j’ai l’esprit et le caractère frileux.

J’ai besoin que les regards de la faveur luisent sur moi. C’est de moi qu’il est vrai de dire : « Qui plaît est roi, qui ne plaît plus n’est rien. » Je vais où l’on me désire pour le moins aussi volontiers qu’où je me plais.

J’ai de la peine à quitter Paris, parce qu’il faut me séparer de mes amis, et de la peine à quitter la campagne, parce qu’il faut me séparer de moi.

J’ai la tête fort aimante et le cœur têtu. Tout ce que j’admire m’est cher, et tout ce qui m’est cher ne peut me devenir indifférent.

Philanthropie et repentir est ma devise.

J’aime peu la prudence si elle n’est morale. J’ai mauvaise opinion du lion depuis que je sais que son pas est oblique.

Quand mes amis sont borgnes, je les regarde de profil.

Je ne veux ni d’un esprit sans lumière, ni d’un esprit sans bandeau. Il faut savoir bravement s’aveugler pour le bonheur de la vie.

Au lieu de me plaindre de ce que la rose a des épines, je me félicite de ce que l’épine est surmontée de roses et de ce que le buisson porte des fleurs.

Il n’y a point de bon ton sans un peu de mépris des autres. Or, il m’est impossible de mépriser un inconnu.

Les tournures propres à la confidence me sont familières, mais non pas celles qui sont propres à la familiarité.

Je n’ai jamais appris à parler mal, à injurier et à maudire.

J’imite la colombe : souvent je jette un brin d’herbe à la fourmi qui se noie.

Quand je ramasse des coquillages et que j’y trouve des perles, j’extrais les perles et je jette les coquillages.

S’il fallait choisir, j’aimerais mieux la mollesse qui laisse aux hommes le temps de devenir meilleurs, que la sévérité qui les rend pires, et la précipitation qui n’attend pas le repentir.

J’aime encore mieux ceux qui rendent le vice aimable que ceux qui dégradent la vertu.

Quand je casse les vitres, je veux qu’on soit tenté de me les payer.

La peine de la dispute en excède de bien loin l’utilité. Toute contestation rend l’esprit sourd, et quand on est sourd, je suis muet.

Je n’appelle pas raison cette raison brutale qui écrase de son poids ce qui est saint et ce qui est sacré ; cette raison maligne qui se réjouit des erreurs quand elle peut les découvrir ; cette raison insensible et dédaigneuse qui insulte à la crédulité.

La bonté d’autrui me fait autant de plaisir que la mienne.

Mes découvertes, et chacun a les siennes, m’ont ramené aux préjugés.

Mon âme habite un lieu par où les passions ont passé : je les ai toutes connues.

J’ai passé le fleuve d’oubli.

Le chemin de la vérité ! j’y ai fait un long détour ; aussi le pays où vous vous égarez m’est bien connu.

La révolution a chassé mon esprit du monde réel en me le rendant trop horrible.

Mais, en effet, quel est mon art ? quel est le nom qui le distingue des autres ? quelle fin se propose-t-il ? que fait-il naître et exister ? que prétends-je et que veux-je en l’exerçant ? Est-ce d’écrire en général et de m’assurer d’être lu, seule ambition de tant de gens ? est-ce là tout ce que je veux ? ne suis-je qu’un polymathiste, ou ai-je une classe d’idées qui soit facile à assigner et dont on puisse déterminer la nature et le caractère, le mérite et l’utilité ? C’est ce qu’il faut examiner attentivement, longuement et jusqu’à ce que je le sache.

J’aurai rêvé le beau, comme ils disent qu’ils rêvent le bonheur. Mais le mien est un rêve meilleur, car la mort même et son aspect, loin d’en troubler la continuité, lui donnent plus d’étendue. Ce songe, qui se mêle à toutes les veilles, à tous les sang-froids, et qui se fortifie de toutes les réflexions, aucune absence, aucune perte ne peuvent en causer l’interruption d’une manière irréparable.

Je suis propre à semer, mais non pas à bâtir et à fonder.

Le ciel n’a mis dans mon intelligence que des rayons, et ne m’a donné pour éloquence que de beaux mots. Je n’ai de force que pour m’élever, et pour vertu qu’une certaine incorruptibilité.

Je suis, comme Montaigne, impropre au discours continu.

J’ai souvent touché du bout des lèvres la coupe où était l’abondance ; mais c’est une eau qui m’a toujours fui.

Je suis comme une harpe éolienne, qui rend quelques beaux sons, mais qui n’exécute aucun air. Aucun vent constant n’a soufflé sur moi.

Je passe ma vie à chasser aux papillons, tenant pour bonnes les idées qui se trouvent conformes aux communes, et les autres seulement pour miennes.

Comme Dédale, je me forge des ailes ; je les compose peu à peu, en y attachant une plume chaque jour.

Mon esprit aime à voyager dans des espaces ouverts, et à se jouer dans des flots de lumière, où il n’aperçoit rien, mais où il est pénétré de joie et de clarté. Et que suis-je…, qu’un atome dans un rayon ?

Mes effluvions sont les rêves d’une ombre.

Je ressemble au peuplier, cet arbre qui a toujours l’air jeune, même quand il est vieux.

Je rends grâce au ciel de ce qu’il a fait de mon esprit une chose légère, et qui est propre à s’élever en haut.

Madame Victorine De Châtenay disait de moi que j’avais l’air d’une âme qui a rencontré par hasard un corps, et qui s’en tire comme elle peut. Je ne puis disconvenir que ce mot ne soit juste.

J’aime, comme l’alouette, à me promener loin et au-dessus de mon nid.

Dans mes habitations, je veux qu’il se mêle toujours beaucoup de ciel et peu de terre. Mon nid sera d’oiseau, car mes pensées et mes paroles ont des ailes.

Oh ! qu’il est difficile d’être à la fois ingénieux et sensé ! J’ai été privé longtemps des idées qui convenaient à mon esprit, ou du langage qui convenait à ces idées. Longtemps j’ai supporté les tourments d’une fécondité qui ne peut pas se faire jour.

Il faut à mon esprit des entraves, comme aux pieds de ce Léger du conte des Fées, quand il voulait atteindre.

Je n’aime la philosophie, et surtout la métaphysique, ni quadrupède ni bipède ; je la veux ailée et chantante.

Vous allez à la vérité par la poésie, et j’arrive à la poésie par la vérité.

On peut avoir du tact de bonne heure et du goût fort tard ; c’est ce qui m’est arrivé.

J’aime peu de tableaux, peu d’opéras, peu de statues, peu de poëmes, et cependant j’aime beaucoup les arts.

Ah ! si je pouvais m’exprimer par la musique, par la danse, par la peinture, comme je m’exprime par la parole, combien j’aurais d’idées que je n’ai pas, et combien de sentiments qui me seront toujours inconnus !

Tout ce qui me paraît faux n’existe pas pour moi. C’est pour mon esprit du néant qui ne lui offre aucune prise. Aussi ne saurais-je le combattre ni le réfuter, si ce n’est en l’assimilant à quelque chose d’existant, et en raisonnant par quelque voie de comparaison.

Les clartés ordinaires ne me suffisent plus quand le sens des mots n’est pas aussi clair que leur son, c’est-à-dire quand ils n’offrent pas à ma pensée des objets aussi transparents par eux-mêmes que les termes qui les dénomment.

J’ai fort étroite cette partie de la tête destinée à recevoir les choses qui ne sont pas claires.

Pourquoi me fatigué-je tant à parler ? C’est que, lorsque je parle, une partie de mes fibres se met en exercice, tandis que l’autre demeure dans l’affaissement ; celle qui agit supporte seule le poids de l’action, dont elle est bientôt accablée ; il y a en même temps distribution inégale de forces et inégale distribution d’activité. De là, fatigue totale, lorsque ce qui était fort est fatigué ; car alors la faiblesse est partout.

Quand je luis… je me consume.

Je ne puis faire bien qu’avec lenteur et avec une extrême fatigue. Derrière ma faiblesse il y a de la force ; la faiblesse est dans l’instrument. Derrière la force de beaucoup de gens, il y a de la faiblesse. Elle est dans le cœur, dans la raison, dans le trop peu de franche bonne volonté.

J’ai trop de cervelle pour ma tête ; elle ne peut pas jouer à l’aise dans son étui.

J’ai beaucoup de formes d’idées, mais trop peu de formes de phrases.

En toutes choses, il me semble que les idées intermédiaires me manquent, ou m’ennuient trop.

J’ai voulu me passer des mots et les ai dédaignés : les mots se vengent par la difficulté.

S’il est un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, et cette phrase dans un mot, c’est moi.

De certaines parties naissent naturellement trop finies en moi pour que je puisse me dispenser de finir de même tout ce qui doit les accompagner. Je sais trop ce que je vais dire, avant d’écrire.

L’attention est soutenue, dans les vers, par l’amusement de l’oreille. La prose n’a pas ce secours ; pourrait-elle l’avoir ? J’essaie ; mais je crois que non.

Je voudrais tirer tous mes effets du sens des mots, comme vous les tirez de leur son ; de leur choix, comme vous de leur multitude ; de leur isolement lui-même, comme vous de leurs harmonies ; désirant pourtant aussi qu’il y ait entre eux de l’harmonie, mais une harmonie de nature et de convenance, non d’industrie, de pur mélange ou d’enchaînement.

Ignorants, qui ne connaissez que vos clavecins ou vos orgues, et pour qui les applaudissements sont nécessaires, comme un accompagnement sans lequel vos accords seraient incomplets, je ne puis pas vous imiter. Je joue de la lyre antique, non de celle de Timothée, mais de la lyre à trois ou à cinq cordes, de la lyre d’Orphée, cette lyre qui cause autant de plaisir à celui qui la tient qu’à ceux qui le regardent, car il est contenu dans son air, il est forcé à s’écouter ; il s’entend, il se juge, il se charme lui-même.

On dira que je parle avec subtilité. C’est quelquefois le seul moyen de pénétration que l’esprit ait en son pouvoir, soit par la nature de la vérité où il veut atteindre, soit par celle des opinions ou des ignorances au travers desquelles il est réduit à s’ouvrir péniblement une issue.

J’aime à voir deux vérités à la fois. Toute bonne comparaison donne à l’esprit cet avantage.

J’ai toujours une image à rendre, une image et une pensée, deux choses pour une et double travail pour moi.

Ce n’est pas ma phrase que je polis, mais mon idée. Je m’arrête jusqu’à ce que la goutte de lumière dont j’ai besoin soit formée et tombe de ma plume.

Je voudrais monnayer la sagesse, c’est-à-dire la frapper en maximes, en proverbes, en sentences faciles à retenir et à transmettre. Que ne puis-je décrier et bannir du langage des hommes, comme une monnaie altérée, les mots dont ils abusent et qui les trompent !

Je voudrais faire passer le sens exquis dans le sens commun, ou rendre commun le sens exquis.

J’avais besoin de l’âge pour apprendre ce que je voulais savoir, et j’aurais besoin de la jeunesse pour bien dire ce que je sais.

Le ciel n’avait donné de la force à mon esprit que pour un temps, et ce temps est passé.

Les hommes sont comptables de leurs actions ; mais moi, c’est de mes pensées que j’aurai à rendre compte. Elles ne servent pas seulement de fondement à mon ouvrage, mais à ma vie.

Mes idées ! C’est la maison pour les loger qui me coûte à bâtir.

Le ver à soie file ses coques, et je file les miennes ; mais on ne les dévidera pas. Comme il plaira à Dieu !

miércoles, 20 de mayo de 2026

Jacques Rivière: Baudelaire

BAUDELAIRE

 

Sed testigos de que cumplí con mi deber

como un perfecto químico y como un alma santa.

Baudelaire.

(Proyecto de epílogo para la segunda edición.)

 

Está entre nosotros. No se retira a la soledad para volver como poeta y profeta. No le pide a la naturaleza que lo convierta en divino. —Pero está con nosotros. Lo veo en la calle: está preocupado por sus deudas, camina calculando. Va fundando sus esperanzas en artículos cuyo precio le ayudará a liberarse. O tal vez medita alguna broma dirigida al amigo al que va a visitar. O tal vez está trabajando mentalmente en un poema, ordenando palabras que no encajan bien. Quizás, al frecuentarlo, nunca hubiera conocido de él más que sus fantasías y sus estados de ánimo. Pero tenía alma. La llevaba consigo en su vida. Estaba presente cuando surgía un sufrimiento o algún placer. Estaba dispuesta a sentirlo todo; no con diletantismo, sino como un alma pobre y verdadera, hecha para el dolor y el trabajo. ¡El alma, esa cosa desconocida en nosotros, que nos espía en todas nuestras aventuras! De vuelta a casa, la dejaba liberarse. Hablaba con sensatez, contaba sus pruebas sin arranques, sin estridencias. Hacía su examen de conciencia. Y he aquí que ya no es sólo ella la que se acusa, sino también mi alma y la de ustedes, esa alma que, sin embargo, hemos dominado con tanto esmero, a la que no sabíamos capaces de todas esas pasiones.

 

I

POESÍA GOBERNADA

 

Semejas un navío que sale a mar abierto [1].

Y siempre parece describir una curva pronunciada bajo el timón. Es dócil y plena. Navega obediente, con su fantasía doblegada. Nunca se encuentran en ella esos versos que se apresuran en una interminable línea recta, que se añaden unos a otros, que se multiplican espontáneamente. Pero cada pieza es el puro desvío de una corriente, la fidelidad del agua entre orillas giratorias.

Esta poesía conducida arrastra en su número todas las palabras. Las más raras se mezclan con las más familiares, las más humildes con las más atrevidas. Pero, sumergidas en el movimiento seguro y delicado del conjunto, ninguna sorprende. ¡Extraño tren de palabras! A veces como un cansancio de la voz, como una modestia repentina que se apodera del corazón, como un paso vacilante, una palabra llena de debilidad:

¿Quién sabe si los nuevos capullos que yo sueño

hallen en este suelo, cual arenal isleño,

el místico alimento para su floración? [2].

O bien:

Cibeles, que los ama, derrocha sus verduras [3]

Sutil restricción que disminuye la densidad del verso. Elección de la pequeñez. Compromiso con el silencio.

A veces, por el contrario, las palabras más fuertes se debaten, arrastradas, ahogadas. Ruedan sin gritar. Han sido arrancadas de las orillas y se pierden en la fuerza muda y contenida del curso poético:

Crin azul, pabellón de sombras extendidas,

el combo azul del cielo tus abismos me dan;

en el borde afelpado de tus crenchas torcidas

me embriago ardientemente de esencias confundidas

de aceite de palmera, de almizcle y de alquitrán. [4].

Sobre sus poemas, el poeta no cesa de ejercer su dominio. Los conduce, lentos y armoniosos. Inclina a su antojo su intención. Los dirige mediante la influencia de su gusto. Le gusta llamar a su servicio a las palabras imprevistas, —casi se podría decir descabelladas. Pero es para reducir de inmediato su extrañeza, para hacer fluir sobre ella una armonía, para moderar la brecha que por capricho abrió[5]. Como aquellos que se sienten perfectamente dueños de lo que quieren decir, busca primero los términos más alejados; luego los acerca, los apacigua, les infunde una propiedad que no se les conocía.

Es poeta, es decir, que moldea los versos como una obra audaz, útil y bien calculada.

Semejante poesía no puede ser fruto de la inspiración. Tiene, sin duda, impulsos, pero estos no son más que la liberación de la facultad poética en acción. El propio Baudelaire se describe a sí mismo vagando y

chocando con versos mucho tiempo soñados [6].

El brote de las frases que parecen más espontáneas es siempre como una solución repentina, como un relámpago preparado. Y así como el pensamiento que surge, por fin liberado, se arranca sin prisa de la oscuridad en que se encontraba, así también el chorro poético conserva de su larga virtualidad una lentitud:

Amo de vuestros ojos la clara luz verdosa [7]...

Es solitario como una gran flor. Nunca en Baudelaire abundan las imágenes en el lugar mismo como en los inspirados. El poeta aborrece las situaciones poéticas, las ideas cuya simple enunciación hace que las metáforas salten a su alrededor como llamas. No le gusta estar rodeado y encerrado por el resplandor de su fantasía. No se entrega a nada al comenzar. Pero las imágenes nacen en torno a su palabra; se alzan despertadas por ella; permanecen unidas a él; le forman un séquito disciplinado. Se elevan a lo largo de un simple vocativo, lo sostienen, lo iluminan con una luz densa y sombría:

Te adoro igual que amo la bóveda nocturna,

oh vaso de tristeza, oh grande taciturna [8]...

Son la forma misma de la elocución, siguen el movimiento de la frase, quedan atrapadas en su curva:

cuando parten mis ansias rumbo a ti en caravana

tus ojos son cisternas que abrevan mis reproches [9].

Se deslizan en el diálogo; están en la pregunta y en la respuesta:

¿De qué os brota, inquirís, esta tristeza extraña

que sube como un mar a un peñón desolado? [10]

Y en La Cabellera:

¿no eres tú mi oasis y la crátera plena

donde a sorbos el vino de la memoria aspiro? [11]

Cada poema de Baudelaire es un movimiento; no se estanca, no es una descripción inmóvil, sino que exalta, mediante repeticiones y superaciones, un tema elegido. Es una frase, una pregunta, un recuerdo, una invocación o una dedicatoria que tiene sentido. Es una proposición muy breve, pero respaldada por imágenes que se apoyan en ella, inclinadas hacia la misma intención:

la muy buena, a la muy bella

que me llena de claridad,

al ángel, inmortal estrella,

¡salud en la inmortalidad!

…………..

Fresca almohadilla que permea

con su efluvio un reducto amado,

y fiel turíbulo que humea

toda la noche, abandonado. [12]

Estas imágenes, lejos de apartarnos de la palabra que acompañan, al contrario, nos devuelven a ella innumerables veces. En lugar de desarrollarla e ilustrarla, la profundizan, la repliegan, la hacen resonar en nuestro interior. No tienen ningún destino poético, no buscan acariciar nuestra imaginación; son distantes y estudiadas, como ese desvío de la voz cuando insiste[13]. Palabra que tal vez habría pasado sin que yo la reconociera. Pero las imágenes que la rodean son para mí una advertencia; me la hacen íntima, personal; hacen que se dirija a mí mismo; me obligan a aceptarla con toda su intención. Su sensualidad nunca se desata. La mantienen condensada como un licor hecho para seducir el recuerdo. Vienen así a tentar nuestra memoria, a hacer latir el corazón con la insistencia de las olas; fuerzan suavemente nuestros secretos desconocidos; despiertan nuestro pasado inconfesado; evocan con su encantamiento toda la vida que no hemos vivido; piden la resurrección de lo que nunca fue[14]. Como una palabra al oído en el momento en que menos lo esperábamos, el poeta dice de repente muy cerca de nosotros: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de lo que digo? ¿Dónde lo vimos juntos, nosotros que no nos conocemos? Así que te has acercado a esats costas; hasta ellas te ha extraviado también a ti tu viaje». Y esa voz

… cantaba cual brisa de litoral isleño,

fantasma de quién sabe cuáles rumbos llegado,

que acaricia el oído y a la vez amedrenta. [15].

Canta esa voz, y renacen todas las adorables sonrisas del recuerdo:

Y el verde paraíso de amores infantiles,

los paseos, los cantos, ramilletes y besos,

las cuerdas que vibraban tras los montes, sutiles,

con el vino, al ocaso, en los bosques espesos;

y el verde paraíso de amores infantiles,

el edén inocente de los goces furtivos,

¿está más lejos que la India o que la China?

¿Lo podrán evocar nuestros clamores vivos

y darle vida aún una voz argentina,

el edén inocente de los goces furtivos? [16]

JACQUES RIVIÈRE

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

Los poemas citados corresponden a la versión en español de Manuel Santayana

 

[1] Le beau navire, Les Fleurs du Mal.

[2] L’ennemi.

[3] Bohémiens en voyage.

[4] La chevelure.

[5] Claudel decía del estilo de Baudelaire: «Es una mezcla extraordinaria del estilo raciniano y del estilo periodístico de su época».

[6] Le soleil.

[7] Chant d’automne.

[8] XXIV, Je t’adore à l’égal

[9] Sed non satiata, p. 123.

[10] Semper eadem, p. 145.

[11] La chevelure, p. 120.

[12] Hymne, p. 227.

[13] «Lo sobrenatural comprende el color general y el acento, es decir, la intensidad, la sonoridad, la limpidez, la vibración, la profundidad y el retumbar general en el espacio y en el tiempo.» (Œuvres Posthumes. Librairie du Mercure de France, p. 86.)

[14] «De la lengua y de la escritura, consideradas como operaciones mágicas, brujería evocadora.» (Œuvres Posthumes, p. 86.) «El misterio, el pesar son también rasgos de lo Bello.» (Ibid., p. 85.) «... Toque de alarma de recuerdos amorosos, tenebrosos, de años pasados.» (Ibid., p. 84.) «Evocación de la inspiración. Arte mágico.» (Ibid., p. 135.)

[15] La Voix, p. 225.

              [16] Mœsta et Errabunda, p. 185. 



BAUDELAIRE

 

O vous, soyez témoin que j'ai fait mon devoir

Comme un parfait chimiste et comme une âme sainte

Baudelaire.

 

Il est au milieu de nous. Il ne se retire pas dans les solitudes pour en revenir poète et prophète. Il ne va pas demander à la nature de le rendre divin. —Mais il est avec nous. Je l'aperçois dans la rue: il est préoccupé de ses dettes, il marche tout en calculant. Il est en train de fonder des espérances sur des articles dont le prix l'aidera à se libérer. Ou bien peut-être il médite quelque plaisanterie à l'adresse de cet ami qu'il va voir. Ou bien encore il travaille mentalement un poème, il arrange des mots qui ne vont pas bien ensemble. —Peut-être, à le fréquenter, n'eussé-je jamais connu de lui que ses fantaisies et ses humeurs. Mais il avait une âme. Il la portait parmi sa vie. Elle était présente quand survenait une souffrance ou quelque volupté. Elle était prête à tout ressentir; non pas avec dilettantisme, mais comme une pauvre âme véritable faite pour la peine et la besogne. L'âme, cette chose inconnue en nous, et qui nous épie dans toutes nos aventures! Rentré chez lui, il la laissait se délivrer. Elle parlait sagement, elle racontait ses épreuves sans déchaînement, sans éclat. Elle faisait son examen de conscience. Et voici que ce n'est plus elle seulement qui s'accuse, mais mon âme aussi et la vôtre, que nous avons pourtant contenues si soigneusement, que nous ne savions pas capables de toutes ces passions.

 

I

POÉSIE GOUVERNÉE

 

Tu fais l'effet d'un beau vaisseau qui prend le large[1].

Et toujours elle semble sous la barre décrire une courbe appuyée. Elle est docile et pleine. Elle vogue obéissante, avec sa fantaisie ployée. On n'y trouve jamais de ces vers qui s'empressent dans une interminable voie droite, qui s'ajoutent les uns aux autres, qui se multiplient spontanément. Mais chaque pièce est le détour pur d'un courant, la fidélité de l'eau entre des rives tournantes.

Cette poésie conduite entraîne dans son nombre tous les mots. Les plus rares y sont pris avec les plus familiers, les plus humbles avec les plus hardis. Mais, plongés dans le sûr et délicat mouvement de l'ensemble, aucun ne surprend. Etrange train de paroles! Tantôt comme une fatigue de la voix, comme une modestie soudaine qui prend le cœur, comme une démarche pliante, un mot plein de faiblesse:

Et qui sait si les fleurs nouvelles que je rêve

Trouveront dans ce sol lavé comme une grève

Le mystique aliment qui ferait leur vigueur[2].

Ou bien:

Cybèle, qui les aime, augmente ses verdures[3].

Subtile restriction qui vient diminuer la densité du vers. Choix de la petitesse. Compromis avec le silence.

Tantôt au contraire les mots les plus forts se débattent emportés, étouffés. Ils roulent sans cri. Ils ont été arrachés aux rives et se perdent dans la puissance muette et contenue du cours poétique:

Cheveux bleus, pavillon de ténèbres tendues,

Vous me rendez l'azur du ciel immense et rond;

Sur les bords duvetés de vos mèches tordues

Je m'enivre ardemment des senteurs confondues

De l'huile de coco, du musc et du goudron[4].

Sur ses poèmes le poète ne cesse d'exercer son empire. Il les mène, lents et suivis. Il fléchit à son gré leur intention. Il les dirige par l'influence de son goût. Il aime appeler à son service les mots imprévus, —on pourrait presque dire saugrenus. Mais c'est pour réduire aussitôt leur étrangeté, pour faire couler sur elle une harmonie, pour modérer l'écart que par caprice il ouvrit[5]. Comme ceux qui se sentent parfaitement maîtres de ce qu'ils veulent dire, il cherche d'abord les termes les plus éloignés; puis il les ramène, il les apaise, il leur infuse une propriété qu'on ne leur connaissait pas.

Il est poète, c'est-à-dire qu'il façonne des vers comme un ouvrage audacieux, utile et bien calculé.

Une telle poésie ne peut pas être d'inspiration. Elle a des élans sans doute, mais qui ne sont que la délivrance de la faculté poétique en travail. Baudelaire lui-même se décrit en train d'errer et

Heurtant parfois des vers depuis longtemps rêvés[6].

Le jaillissement des phrases qui semblent le plus spontanées, est toujours comme une subite solution, comme un éclair préparé. Et de même que la pensée qui monte, enfin déliée, s'arrache sans hâte à l'obscurité qu'elle fut, de même le jet poétique retient de sa longue virtualité une lenteur:

J'aime de vos longs yeux la lumière verdâtre[7]...

Il est solitaire comme une grande fleur. Jamais chez Baudelaire les images ne foisonnent sur place ainsi que chez les inspirés. Le poète a horreur des situations poétiques, des idées dont la simple énonciation fait bondir à l'entour les métaphores comme des flammes. Il n'aime pas à être environné et enfermé par le resplendissement de sa fantaisie. Il ne se donne rien en commençant. Mais les images naissent autour de sa parole; elles se lèvent éveillées par celle-ci; elles lui restent jointes; elles lui font un cortège discipliné. Elles montent au long d'un simple vocatif, le soutiennent, l'éclairent d'une lumière dense et sombre:

Je t'adore à l'égal de la voûte nocturne,

O vase de tristesse, ô grande taciturne[8]...

Elles sont la forme même de l'élocution, elles suivent le mouvement de la phrase, elles sont prises dans sa courbe:

Quand vers toi mes désirs partent en caravane,

Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis[9].

Elles se glissent dans le dialogue; elles sont dans la question et dans la réponse:

D'où vous vient, disiez-vous, cette tristesse étrange,

Montant comme la mer sur le roc noir et nu[10]?

Et dans la Chevelure:

N'es-tu pas l'oasis où je rêve, et la gourde

Où je hume à longs traits le vin du souvenir[11]?

Chaque poème de Baudelaire est un mouvement; il ne piétine pas, il n'est pas une description immobile, exaltant par des reprises et des surenchères un thème choisi. Il est une certaine phrase, question, rappel, invocation ou dédicace qui a un sens. Il est une proposition très courte, mais appuyée d'images qui se tiennent contre elle, penchées dans la même intention:

A la très chère, à la très belle

Qui remplit mon cœur de clarté,

A l'ange, à l'idole immortelle,

Salut en immortalité!

. . . . . . . . . . . .

Sachet toujours frais qui parfume

L'atmosphère d'un cher réduit,

Encensoir oublié qui fume

En secret à travers la nuit[12].

Ces images, bien loin de nous écarter de la parole qu'elles accompagnent, au contraire nous y ramènent innombrablement. Au lieu de la développer et de l'illustrer, elles l'approfondissent, elles la replient, elles la font retentir à l'intérieur. Elles n'ont aucune destination poétique, elles ne cherchent pas à caresser notre imagination; elles sont lointaines et étudiées comme ce détour de la voix quand elle insiste[13]. Parole qui peut-être eût passé sans que je la reconnaisse. Mais les images qui l'environnent, me sont un avertissement; elles me la rendent intime, personnelle; elles la font à moi-même adressée; elles m'obligent à la subir avec toute son intention. Leur sensualité jamais n'est épanouie. Elles la gardent condensée comme une liqueur faite pour séduire le souvenir. Elles viennent ainsi tenter notre mémoire, battre le cœur avec l'insistance des vagues; elles forcent doucement nos secrets inconnus; elles réveillent notre passé inavoué; elles évoquent par leur incantation toute la vie que nous n'avons pas vécue; elles demandent la résurrection à ce qui ne fut jamais[14]. Comme une parole à l'oreille au moment où l'on ne s'y attendait pas, le poète soudain tout près de nous: "Te rappelles-tu? Te rappelles-tu ce que je dis? Où le vîmes-nous ensemble, nous qui ne nous connaissons pas? Tu les as donc approchés, ces rivages; jusque vers eux ton voyage t'a donc égaré toi aussi." Et cette voix

...... chantait comme le vent des grèves,

Fantôme vagissant, on ne sait d'où venu,

Qui caresse l'oreille et cependant l'effraie[15].

Elle chante, cette voix, et renaissent tous les adorables sourires du regret:

Mais le vert paradis des amours enfantines,

Les courses, les chansons, les baisers, les bouquets,

Les violons vibrant derrière les collines,

Avec les brocs de vin, le soir, dans les bosquets,

—Mais le vert paradis des amours enfantines,

L'innocent paradis, plein de plaisirs furtifs,

Est-il déjà plus loin que l'Inde ou que la Chine?

Peut-on le rappeler avec des cris plaintifs,

Et l'animer encor d'une voix argentine,

L'innocent paradis plein de plaisirs furtifs[16]?

 

 NOTES:

[1]Le Beau Navire. Les Fleurs du Mal, p. 164.

[2]L'Ennemi, p. 101.

[3]Bohémiens en voyage, p. 104.

[4]La Chevelure, p. 120.

[5]Claudel disait du style de Baudelaire: "C'est un extraordinaire mélange du style racinien et du style journaliste de son temps."

[6]Le Soleil, p. 251.

[7]Chant d'Automne, p. 173.

[8]p. 121.

[9]Sed non satiata, p. 123.

[10]Semper eadem, p. 145.

[11]La Chevelure, p. 120.

[12]Hymne, p. 227.

[13]"Le surnaturel comprend la couleur générale et l'accent, c'est-à-dire intensité, sonorité, limpidité, vibrativité, profondeur et retentissement général dans l'espace et dans le temps." (Œuvres Posthumes. Librairie du Mercure de France, p. 86.)

[14]"De la langue et de l'écriture, prises comme opérations magiques, sorcellerie évocatoire." (Œuvres Posthumes, p. 86.) "Le mystère, le regret sont aussi des caractères du Beau." (Ibid. p. 85.) "... Tocsin des souvenirs amoureux, ténébreux, des anciennes années." (Ibid. p. 84.) "Evocation de l'inspiration. Art magique." (Ibid. p. 135.).

[15]La Voix, p. 225.

[16]Mœsta et Errabunda, p. 185.