martes, 28 de abril de 2026

Antoine Blanc de Saint-Bonnet: El dolor. Prefacio y capítulo I

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Este libro va dirigido a unas pocas almas que, en nuestros días, permanecen sumidas en la aflicción. Llenas de una ternura que parecía hecha para el cielo, tienen toda una vida por delante en la tierra. El cristianismo ha creado razas elegidas, y los corazones que han surgido del tallo de esas nobles generaciones abren su cáliz con éxtasis a la existencia, para recibir el rocío amargo de las lágrimas. El ser bueno ha comprendido la palabra del amor, y cuando la vida se la arrebata, la herida ya no sabe cómo cerrarse.

Los desarrollos de la conciencia, la amplitud de la imaginación, la perspectiva de las alegrías infinitas y esa aptitud para la emoción que, en cierto modo, aumenta nuestro ser, todo ello contribuye hoy a arrojar almas ricas, tiernas y maravillosas en medio de una existencia amarga o desencantada. Hay una flor del amor que no debe abrirse por completo en esta vida: cuando la rama ha reverdecido hacia arriba, ya no se sabe dónde protegerla de las exhalaciones de la tierra.

La sensibilidad ha adquirido proporciones que no tenía en la Antigüedad. Ese tipo de dolor que nuestros tiempos llaman melancolía nace de una inquietud particular cuyo nombre desconocían los antiguos. Hoy parece venir a raíz de toda gran facultad. ¡Comparemos el alma de Manfredo o de René con la de los héroes de Homero! Los antiguos se contentaban con la naturaleza: ¿qué decir al moderno agitado por el sentimiento de lo Infinito, y que espera encontrar en él una satisfacción en este mundo?

El amor se ha vuelto demasiado sensible como para no dejar el corazón expuesto a todas las heridas en el orden completo de los afectos, y la conciencia, demasiado iluminada como para encerrarse plácidamente en la práctica de cada día. Exaltaciones generosas, amores insaciables, entusiasmos inaplicables injertados en voluntades debilitadas, todo nos asalta y todo se dispone a devorarnos como una presa interior. El hombre se encuentra al mismo tiempo cargado con el misterio de su existencia y con el peso cada vez más grande de su corazón.

Únicamente la exaltación  de una Fe que, por desgracia, se apaga podría sacarlo de sus crueles inquietudes. De hecho, el hombre sólo puede sostenerse acercándose cada vez más al Creador. Que recuerde, pues, lo que ha venido a hacer en esta vida. Que sepa que su alma debe formarse y purificarse en ella, para poder penetrar un día en las alegrías del bien supremo, lo cual no podría tener lugar sin una transformación del yo obrada por el amor. ¡Es necesario que nuestra alma se entregue poco a poco al Infinito, para poder contraer con él una Alianza inefable!

La santidad no es más que el don de la personalidad humana. Pero hay que ser para entregarse; y, para vivir eternamente, es necesario que esa personalidad se funde en el mérito. He aquí por qué el esfuerzo está presente en toda la tierra, y por qué el dolor se suma tan a menudo al esfuerzo… Pero, en este momento, la confusión aumenta en el seno del hombre, porque, cada vez más abrumado por su propia debilidad, pierde de vista el objetivo de sus dolores. Ya no parece convencido de la sublimidad de la existencia; ya no está lo suficientemente persuadido de que el Infinito se dedica por completo a la obra de una santificación de la que brotarán nuestras alegrías eternas. Por fin, ¡ya no ve cómo la vida misma lleva a cabo una operación tan sabia!

Por temor a que una multitud de hombres lleguen a odiar su destino, tal vez haya que volver a explicarles el misterio de la vida.

Chateaubriand ya hacía esta observación en 1802: «Las persecuciones que sufrieron los primeros fieles aumentaron en ellos el disgusto por las cosas de la vida. La invasión de los bárbaros fue la gota que colmó el vaso, y el espíritu humano recibió una impresión de tristeza que nunca se ha borrado del todo. Por todas partes surgieron conventos, a los que se retiraron los infelices engañados por el mundo, y las almas que preferían ignorar ciertos sentimientos de la vida antes que exponerse a verlos cruelmente traicionados. Pero, en nuestros días, cuando los monasterios, o las virtudes que a ellos conducen, les han faltado a estas almas ardientes, se han encontrado extrañas en medio de los hombres. Disgustadas de su siglo, tal vez asustadas por la Fe, se han quedado en el mundo sin entregarse a él. Se han convertido entonces en presa de mil quimeras, y ha surgido esa melancolía culpable que nace cuando las pasiones sin objeto se consumen en un corazón solitario. »

Esas almas se encuentran ahora en caminos donde el corazón sólo encuentra sacrificios que hacer, y la voluntad, obstáculos que superar. Viven en medio del mundo sólo para ver crecer su abnegación, pues están rodeadas de personas vanidosas, en quienes la personalidad ha tomado la delantera al corazón, y que piden ser llevadas en andas o admiradas más que ser amadas. Por último, la falta de educación, demasiado generalizada, el egoísmo creciente, la impotencia derivada de las enfermedades y la inestabilidad de las fortunas crean situaciones sin compensación en este mundo y dan lugar a dolores ante los cuales se turba la propia piedad, y que la caridad se sorprende a cada instante de no poder curar.

No hay que sorprenderse demasiado de ciertos dolores. Las hagiografías dicen también que las almas favorecidas con gracias extraordinarias están muy a menudo destinadas a sufrir por aquellas que no sabrían soportar el dolor. Atraviesan entonces circunstancias que se convierten para ellas mismas en una escuela de renuncia perfecta. Al entrar en lucha con sus propias debilidades, adquieren las virtudes que más les cuestan y que más cuestan a los hombres, por quienes se ofrecen a Dios como víctimas expiatorias. Pero tales almas, es cierto, no se lamentan.

El declive intelectual provocado por la Revolución también ha aumentado sin medida la masa de los dolores. No hablamos aquí de las multitudes en las que el abuso de la industria abre el abismo de la pobreza, sino de innumerables individuos en los que lecturas inoportunas hinchan la imaginación y producen un desarrollo totalmente artificial del corazón. Las fortunas rápidas, aquí proporcionadas por la expansión del comercio, allá por la especulación misma, han multiplicado de repente las familias en las que una instrucción demasiado superficial, seguida de la lectura de novelas, despliega la sensibilidad a expensas de la voluntad y del carácter. Antiguamente, las familias que participaban en la instrucción literaria contaban entre sus antepasados a hombres formados, ya fuera por la dura vida del campo, ya por la no menos áspera vida de los campamentos militares. En esos linajes circulaba un espíritu de valentía que elevaba los corazones. De ellos surgían razas más aptas para soportar el aumento de sensibilidad e imaginación del que la instrucción se convierte a menudo en la fuente desafortunada. ¿Cómo podrían las almas que han florecido en la tibia atmósfera de nuestras ciudades, y que se ven tristemente reducidas a la búsqueda del bienestar, soportar ahora todo el peso de la vida y convivir entre hombres cuyos sentimientos no pueden responder a su delicadeza enfermiza?

Tampoco se puede perder de vista a la multitud cada vez mayor sobre la que el trabajo industrial, vinculado a diario a la miseria, se cierne con toda la fuerza de su ley. ¿No habría que explicar a esas almas desconcertadas el propósito divino del heroico esfuerzo que el trabajo aquí abajo impone diariamente al hombre para regenerarlo, sacarlo de sí mismo y conducirlo, purificado, hacia sus sorprendentes destinos? Si pudiéramos vislumbrar lo que ocurre con respecto a nosotros en la otra vida, cuando, por la virtud, por el trabajo o por el esfuerzo, luchamos en ésta, nos embargaría un éxtasis que nos arrebataría el mérito. Pero hay que saber algo al respecto cuando la voluntad se rebela, o cuando el espíritu, haciéndose más grande que el corazón, ya no piensa en iluminarlo, y ya no sabe apartarlo de los caminos que rayan en la desesperación.

Ahora bien, si este libro, oh lector, te abre un paso hacia la luz, aprovéchalo para ascender por ti mismo hasta donde el autor no supo llegar. Porque este último no escribe para los santos, sino más bien para aquellos que, tan turbados como él, tendrían gran necesidad de llegar a serlo. Y si aquí defiende el lado noble del hombre, guárdate de envanecerte de ello y confía en sus palabras únicamente redoblando tu humildad. Las almas que se creen más cerca de Dios apenas pueden asegurarse de ello más que mediante una mayor sumisión; Dios mira menos la dignidad de las virtudes que la dulzura de la modestia con la que se llevan.

Estas páginas verán la luz en días en los que ya no es posible callar. Los dolores del interior siempre ocuparán su lugar; pero los del exterior amontonan nubes tan densas que, como viajeros en peligro, debemos reencontrar nuestros caminos. ¡El dolor! Es de temer que esta palabra, y no la de progreso o de goce, encierre el enigma de los tiempos presentes. Dios, al ver que su palabra es rechazada por los sabios y despreciada por la multitud, pone al descubierto los cimientos del mundo para que su enseñanza vuelva a aparecer viva en los hechos. Los hombres han excavado para sí moradas en las que ya no entra la luz. Han encontrado la manera de pervertir la Fe y de hacer que la verdad sea inútil para la tierra. Una mentira ha venido a ocupar violentamente el lugar de cada enseñanza. Pero, cuando se creían a salvo tras su impostura, oyeron esta voz:

PORQUE HABÉIS dejado desiertos mis templos, haré crecer el desierto a vuestro alrededor; y porque ya no poseía un pensamiento en vuestros corazones, ¡no dejaré en ellos ni una esperanza! Porque habéis enseñado a otros pueblos a olvidar mi nombre, y porque lo habéis borrado de vuestras leyes, lo pronunciaréis en la angustia sin que mi oído lo oiga; y porque os habéis reído de mi palabra, vuestros enemigos, pronto, se reirán de vuestros gemidos...

Sin embargo, Dios no quiere abandonar a este pueblo, que ya lleva tanto de la substancia de Su Hijo. Los principios se desvanecen y las naciones sucumben; pero cuando, con sinceridad, clamen a Él, Él las acogerá en sus brazos…

Mayo de 1848

¡Apresurada en el camino de los siglos, oh alma! ¿Qué llevas ahí que no se reconoce? ¿Cómo encontrar en el Infinito el objeto que proyecta esa sombra sobre ti? ¿Será una mancha traída de la nada? pues te vemos atravesando la noche con una llama en el pecho. ¿Es para iluminarte o para consumirte? no te lo has preguntado. Cuando esa llama se detuvo sobre mí, quise mirar, y tal vez te diré lo que es…

 

EL DOLOR

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

EL DOLOR DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL INFINITO

 

El hombre es como una creación del ser fuera del Infinito.

¿Por qué salir del Infinito? ¿Cómo volver al Infinito? Ahí radica todo el problema del hombre.

Debe salir del Infinito para establecer su yo y desplegar su personalidad; debe entrar en el Infinito para ocupar su lugar en la eterna Bienaventuranza.

Porque la felicidad es el fin supremo del ser.

Pero hay que entrar en el Infinito sin confundirse con él, y sin embargo hay que tener su naturaleza para poseer su felicidad.

Ahora bien, la personalidad se despliega al penetrar en el mérito, y el corazón se diviniza en el amor. El mérito es la forma que hace visible al hombre en medio de la Gloria, y el amor es el signo de la raza que debe reunirlo con Dios.

Siendo el amor la felicidad del Infinito, el hombre sólo podrá participar de la felicidad participando del amor. Pero será necesario que el hombre, que al principio no existía, constituya su persona, mediante el mérito, para contener esa felicidad.

Tales son los elementos de la formación del hombre. Y tal vez sea para asegurar estos dos elementos por lo que la esencia humana se dividió, desde el origen, en dos sexos: uno dotado sobre todo de fuerza, para el trabajo de la personalidad; el otro, dotado sobre todo de amor, para la labor del corazón.

Así, todo el destino del hombre en la tierra consiste en formar su personalidad imprimiéndole el mérito, y en formar su corazón purificando en él el amor. Forma lo primero mediante la lucha, que está en el trabajo; prepara lo segundo mediante el amor, que nace en la familia y que la Fe diviniza.

Así, dos cosas llenan toda su existencia: el trabajo y la familia. Trabajar y amar, no se cumplen otras funciones aquí abajo. El hombre sale de su casa para luchar, y regresa de la lucha para amar.

Lucha para establecer su yo y su persona; ama para abrir su corazón a la felicidad. ¡Dolor y amor, el hombre únicamente conoce dos suspiros!

De ahí provienen las guerras, las enfermedades y la miseria universal: todo lo que puede multiplicar el esfuerzo. De ahí, la sociedad y los afectos dispuestos a lo largo de la vida: todo lo que puede asegurar el amor. Nuestro propio cuerpo no deja tras de sí más que lágrimas y sudor.

De ahí, igualmente, existen dos alegrías que no pueden ser arrancadas del alma, siempre viva en dos aspectos: la alegría que se une a la personalidad, y la alegría que emana del corazón, el amor propio y el amor.

Quien, perteneciente a otros cielos, viniera por primera vez a la tierra, vería efectivamente dos hechos universales ligados a la existencia del hombre: el trabajo y la familia; dos cosas que llenan toda su vida: el dolor y los afectos. A los ojos del observador, estas dos grandes condiciones de la vida humana en el tiempo indicarán siempre el fin de esta vida más allá del tiempo.

Es necesario que el hombre tenga la vida del Infinito, pero que entre en ella sin confundirse con ella. Parece que el fin de la creación, en relación con el hombre, es evitar que su naturaleza se absorba en el Infinito, lo cual se obtiene por el mérito; y luego hacer que esta naturaleza sea capaz de saborear el Infinito, lo cual se obtiene por el amor.

El hombre vendrá a extraer aquí abajo un principio de distinción por el mérito, que se le vuelve propio, y un principio de unión por el amor, que debe reunirlo con lo que es eterno. Porque el Infinito existe por sí mismo; además, vive del amor de sus tres Personas inefables: el ser llamado al Infinito deberá, pues, acercarse a esa naturaleza inefable.

Está obligado a atravesar las mismas leyes del Ser: nada podría eximirlo de estas condiciones gloriosas. Pero, debido a su debilidad, solamente puede realizar en un orden cronológico lo que en Dios se opera en un orden lógico infinito, eterno e indivisible.

De ahí que todo lo que pueda purificar y desarrollar la personalidad, o aumentar la vida del amor, conducirá al alma hacia sus destinos absolutos. Pero un hecho que favoreciera al mismo tiempo a la personalidad y al amor sería el hecho inseparable de la condición humana, el gran auxiliar de la creación.

Ahora bien, junto a la familia y al trabajo, se encuentra el misterioso hecho del dolor.

ANTOINE BLANC DE SAINT-BONNET

La Douleur, 1848

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

AVANT-PROPOS

DE LA PREMIÈRE ÉDITION

CE livre s’adresse à quelques âmes qui, de nos jours, restent dans l’affliction. Pleines d’un attendrissement qui semblait formé pour le ciel, elles ont toute une vie à écouler sur la terre. Le Christianisme a créé des races choisies, et les cœurs venus sur la tige de ces nobles générations ouvrent leur calice avec extase à l’existence, pour recevoir la rosée amère des pleurs. L’être bon a compris la parole de l’amour, et quand la vie la lui retire, la blessure ne sait plus se refermer.

Les développements de la conscience, l’étendue de l’imagination, la perspective des joies infinies, et cette aptitude à l’émotion qui accroît en quelque sorte notre être, tout concourt aujourd’hui à jeter des âmes riches, tendres, merveilleuses, au milieu d’une existence amère ou désenchantée. Il est une fleur de l’amour qui ne doit pas éclore entièrement en cette vie : quand la branche a verdi vers le haut, on ne sait plus où l’abriter des souffles de la terre.

La sensibilité a pris des proportions qu’elle n’avait pas dans l’antiquité. Cette sorte de douleur que nos temps appellent mélancolie naît d’une inquiétude particulière dont les anciens ont ignoré le nom. Elle semble venir aujourd’hui à la suite de toute grande faculté. Comparons l’âme de Manfred ou de René à celle des héros d’Homère ! Les anciens se contentaient de la nature : que dire au moderne agité du sentiment de l’Infini, et qui s’attend à y donner une satisfaction en ce monde?

L’amour est devenu trop sensible pour ne pas tenir le cœur exposé à toutes les blessures dans l’ordre entier des affections, et la conscience, trop éclairée pour s’enfermer paisiblement dans la pratique de chaque jour. Exaltations généreuses, amours irrassasiés, enthousiasmes inapplicables entés sur des volontés affaiblies, tout nous assaille et tout s’apprête à nous dévorer comme une proie intérieure. L’homme se trouve en même temps chargé du mystère de son existence et du poids de plus en plus lourd de son cœur.

Les transports d’une Foi qui par malheur s’éteint pourraient seuls le tirer de ses cruelles inquiétudes. En fait, l’homme ne saurait se soutenir qu’en s’approchant toujours plus près du Créateur. Qu’il se rappelle donc ce qu’il vient faire en cette vie. Qu’il sache que son âme doit s’y former et s’y purifier, afin de pénétrer un jour dans les joies du souverain bien, ce qui ne saurait avoir lieu sans une transformation du moi opérée par l’amour. Il faut nécessairement que notre âme se donne peu à peu à l’Infini, pour pouvoir contracter avec lui une ineffable Alliance!

La sainteté n’est que le don de la personnalité humaine. Mais il faut être pour se donner ; et, pour vivre éternellement, il faut que cette personnalité se fonde par le mérite. Voilà pourquoi l’effort est partout sur la terre, et pourquoi la douleur vient si souvent s’ajouter à l’effort… Mais, à cette heure, le trouble augmente au sein de l’homme, parce que, toujours plus accablé de sa propre faiblesse, il perd de vue le but de ses douleurs. Il ne semble plus convaincu de la sublimité de l’existence ; il n’est plus assez persuadé que l’Infini s’emploie tout entier à l’œuvre d’une sanctification d’où jailliront nos joies éternelles. Enfin, il ne voit plus comment la vie conduit elle-même une opération si savante !

De crainte qu’une foule d’hommes ne prennent en haine leur destinée, il faut peut-être de nouveau leur expliquer le mystère de la vie.

M. de Chateaubriand faisait déjà cette remarque eu 1802 : « Les persécutions qu’éprouvèrent les premiers fidèles augmentèrent en eux le dégoût des choses de la vie. L’invasion des Barbares y mit le comble, et l’esprit humain en reçut une impression de tristesse qui ne s’est jamais bien effacée. De toutes parts s’élevèrent des couvents, où se retirèrent des malheureux trompés par le monde, et des âmes qui aimaient mieux ignorer certains sentiments de la vie que de s’exposer à les voir cruellement trahis. Mais, de nos jours, quand les monastères, ou les vertus qui y conduisent, ont manqué à ces âmes ardentes, elles se sont trouvées étrangères au milieu des hommes. Dégoûtées de leur siècle, effrayées peut-être par la Foi, elles sont restées dans le monde sans se livrer au monde. Elles sont alors devenues la proie de mille chimères, et l’on a vu naître cette coupable mélancolie qui s’engendre lorsque les passions sans objet se consument elles-mêmes dans un cœur solitaire. »

Ces âmes se trouvent maintenant engagées dans les voies où le cœur ne rencontre que des sacrifices à faire, et la volonté que des obstacles à surmonter. Elles ne vivent au milieu du monde que pour voir croître leur abnégation, car elles y sont entourées de caractères vains, chez qui la personnalité a pris l’avance sur le cœur, et qui demandent à être portés ou admirés plutôt qu’à être aimés. Enfin, l’absence trop générale d’éducation, l’égoïsme croissant, l’impuissance provenant des maladies et l’instabilité des fortunes créent des états sans compensation ici-bas et donnent cours à des douleurs dont la piété elle-même se trouble, et que la charité à chaque instant s’étonne de ne pouvoir guérir.

Il ne faut pas s’étonner trop de certaines douleurs. Les hagiographies disent aussi que les âmes favorisées de grâces extraordinaires sont très souvent destinées à souffrir pour celles qui ne sauraient pas supporter la douleur. Elles traversent alors des circonstances qui deviennent pour elles-mêmes une école de renoncement parfait. Entrant en lutte avec leurs faiblesses propres, elles acquièrent les vertus qui leur coûtent le plus et qui coûtent le plus aux hommes, pour qui elles se voient offertes à Dieu comme victimes expiatoires. Mais de telles âmes, il est vrai, ne se lamentent pas.

Le déclassement intellectuel amené par la Révolution a aussi augmenté sans mesure la masse des douleurs. Nous ne parlons pas ici des multitudes sous lesquelles l’abus de l’industrie ouvre le gouffre du paupérisme, mais bien des individus sans nombre chez qui des lectures intempestives enflent l’imagination et produisent un développement tout factice du cœur. Les fortunes rapides, ici fournies par l’extension du commerce, là par l’agiotage même, ont tout à coup multiplié les familles où une instruction trop légère, suivie de la lecture des romans, déploie la sensibilité aux dépens de la volonté et du caractère. Autrefois, les familles qui avaient part à l’instruction littéraire comptaient pour ancêtres des hommes formés, soit par la rude vie des champs, soit par la vie non moins âpre des camps. Il circulait dans ces lignées un esprit de vaillance qui relevait les cœurs. Il en sortait des races plus aptes à porter l’accroissement de sensibilité et d’imagination dontl’instruction devient souvent la source malheureuse. Comment les âmes écloses dans la tiède atmosphère de nos villes, et tristement réduites à la recherche du bien-être, seraient-elles capables de porter maintenant tout le poids de la vie, et d’habiter parmi des hommes dont les sentiments ne peuvent répondre à leur délicatesse maladive?

On ne saurait non plus perdre de vue la foule toujours croissante sur laquelle le travail industriel, journellement lié à la misère, s’appesantit de toute la force de sa loi. Ne faut-il pas expliquer à ces âmes déconcertées le but divin de l’héroïque effort que le travail ici-bas impose quotidiennement à l’homme pour le régénérer, le tirer de lui-même et le conduire, purifié, à ses destinées surprenantes? Si nous pouvions apercevoir ce qui se passe à notre égard dans l’autre vie, lorsque, par la vertu, par le travail ou par l’effort, nous combattons dans celle-ci, nous serions saisis d’une extase qui nous ravirait le mérite. Mais il faut en savoir quelque chose quand la volonté se cabre, ou quand l’esprit, se faisant plus grand que le cœur, ne pense plus à l’éclairer, et ne sait plus le retirer des chemins qui confinent au désespoir.

Or, si ce livre, ô lecteur, te fraye un passage vers la lumière, profites-en pour monter de toi-même où ne sut point aller l’auteur. Car ce dernier n’écrit pas pour les saints, mais bien plutôt pour ceux qui, tout aussi troublés que lui, auraient grand besoin de le devenir. Et s’il tient ici le côté noble de l’homme, garde-toi de t’en prévaloir et ne te fie à ses paroles qu’en redoublant d’humilité. Les âmes qui se croiraient plus près de Dieu ne peuvent guère s’en assurer que par une soumission plus grande; Dieu regarde moins la dignité des vertus que la douceur de modestie avec laquelle on les porte.

Ces pages vont paraître en des jours où il n’est plus possible de se taire. Les douleurs du dedans occuperont toujours leur place ; mais celles du dehors amoncellent de si gros nuages que, comme des voyageurs en péril, il faut retrouver nos sentiers. La douleur! il est à craindre que ce mot, et non celui de progrès ou de jouissance, ne renferme l’énigme des temps présents. Dieu, voyant sa parole repoussée par les sages et méprisée par la foule, remet à nu les fondements du monde pour que son enseignement reparaisse tout vivant dans les faits. Les hommes se sont creusé des demeures où la lumière n’entre plus. Ils ont trouvé moyen de tourner la Foi, et de rendre la vérité inutile à la terre. Un mensonge est venu violemment se mettre à la place de chaque enseignement Mais, lorsqu’ils se croyaient à l’abri derrière leur imposture, ils ont entendu cette voix :

PARCE QUE VOUS avez rendu mes temples déserts, je ferai le désert autour de vous; et parce que je ne possédais plus une pensée dans vos cœurs, je n’y laisserai pas un espoir! Parce que vous avez appris aux autres peuples à oublier mon nom, et parce que vous l’avez effacé de vos lois, vous le prononcerez dans la détresse sans que mon oreille l’entende ; et parce que vous avez ri de ma parole, vos ennemis, bientôt, riront de vos gémissements.....

Cependant, Dieu ne veut point abandonner ce peuple, qui porte déjà tant de la substance de son Fils. Les principes s’en vont, et les nations succombent; mais lorsque, avec sincérité, elles crieront vers Lui, Il les reprendra dans ses bras…

Mai 1848        

PRESSÉE sur la route des âges, ô âme! que portes-tu là qu’on ne reconnaît point? Comment trouver dans l’Infini l’objet qui projette cette ombre sur toi? Serait-ce une tache apportée du néant? car on te voit traversant la nuit avec une flamme sur la poitrine. Est-ce pour t’éclairer ou pour te consumer? tu ne te l’es pas demandé. Quand cette flamme s’est arrêtée sur moi, j’ai voulu regarder, et je te dirai peut- être ce que c’est…


LA DOULEUR

PREMIÈRE PARTIE

 

CHAPITRE PREMIER

LA DOULEUR AU POINT DE VUE DE L’INFINI

 

L’homme est comme une production de l’être en dehors de l’Infini.

Pourquoi sortir de l’Infini? comment rentrer dans l’Infini? c’est là tout le problème de l’homme.

Il doit sortir de l’Infini pour établir son moi et déployer sa personnalité; il doit rentrer dans l’Infini pour prendre place dans l’éternelle Béatitude.

 

Car le bonheur est la fin suprême de l’être.

Mais il faut rentrer dans l’Infini sans s’y confondre, et cependant il faut en avoir la nature pour en posséder le bonheur.

Or, la personnalité se déploie en pénétrant dans le mérite, et le cœur se divinise dans l’amour. Le mérite est la forme qui rend l’homme visible au milieu de la Gloire, et l’amour est le signe de race qui doit le réunir à Dieu.

L’amour étant la félicité de l’Infini, l’homme ne pourra participer à la félicité qu’en participant de l’amour. Mais il faudra que l’homme, qui d’abord n’était pas, constitue sa personne, par le mérite, pour contenir cette félicité.

Tels sont les éléments de la formation de l’homme. Et c’est peut-être pour assurer ces deux éléments que l’essence humaine a été, dès l’origine, divisée en deux sexes : l’un surtout doué de force, pour le travail de la personnalité; l’autre surtout doué d’amour, pour le travail du cœur.

Ainsi toute la destination de l’homme sur la terre est de former sa personnalité en y imprimant le mérite, et de former son cœur en y purifiant l’amour. Il forme la première par la lutte, qui est dans le travail ; il prépare le second par l’amour, qui naît dans la famille et que divinise la foi.

Aussi deux choses remplissent toute son existence : le travail et la famille. Travailler et aimer, on n’accomplit pas d’autres fonctions ici-bas. L’homme sort de chez lui pour lutter, et il rentre de la lutte pour aimer.

Il lutte, pour établir son moi et sa personne; il aime, pour ouvrir son cœur à la félicité. Douleur et amour, l’homme ne connaît que deux soupirs !

De là les guerres, les maladies et l’universelle misère : tout ce qui peut multiplier l’effort. De là, la société et les affections disposées le long de la vie : tout ce qui peut assurer l’amour. Notre corps même ne laisse sur ses traces que des larmes et des sueurs.

De là, pareillement, deux joies ne sauraient être ôtées de l’âme, toujours vivante sur deux points : la joie qui s’attache à la personnalité, et la joie qui relève du cœur, l’amour-propre et l’amour.

 

Celui qui, appartenant à d’autres cieux, viendrait pour la première fois sur la terre, y verrait effectivement deux faits universels se lier à l’existence de l’homme : le travail et la famille; deux choses remplir toute sa vie : la peine et les affections. Aux yeux de l’observateur, ces deux grandes conditions de la vie humaine dans le temps indiqueront toujours le but de cette vie au delà du temps.

Il faut que l’homme ait la vie de l’Infini, mais qu’il y entre sans s’y confondre. Il semble que le but de la création, par rapport à l’homme, est d’éviter que sa nature ne s’absorbe dans l’Infini, ce qu’on obtient par le mérite; puis de rendre cette nature capable de goûter l’Infini, ce qu’on obtient par l’amour.

L’homme viendra puiser ici-bas un principe de distinction par le mérite, qui lui devient propre, et un principe d’union par l’amour, qui doit le réunir à ce qui est éternel. Car l’Infini existe par lui-même; de plus, il vit de l’amour de ses trois ineffables Personnes: l’être appelé dans l’Infini devra donc se rapprocher de cet ineffable nature.

 

II est tenu de traverser les lois même de l’Être  : rien ne saurait le dispenser de ces conditions glorieuses. Mais, par suite de sa faiblesse, il ne peut réaliser que dans un ordre chronologique ce qui en Dieu s’opère dans un ordre logique infini, éternel et indivisible.

Dès lors, tout ce qui pourra purifier et déployer la personnalité, ou augmenter la vie de l’amour, conduira l’âme à ses destinées absolues. Mais un fait qui favoriserait en même temps la personnalité et l’amour serait le fait inséparable de la condition humaine, le grand auxiliaire de la création.

Or, à côté de la famille et du travail, on voit le fait mystérieux de la douleur.

domingo, 26 de abril de 2026

Ernest Hello: Contradicciones y síntesis I

 

EL MANTO DE DIOS

El sol es una mancha y la luz una sombra. La creación es una nube que oculta a Aquel que Es, y cuyo Rostro es el esplendor que atrae los deseos inexpresables y sacia a los insaciables. Todo pensamiento humano es una sombra, una nube, una disminución, una negación, incluso cuando afirma. Siendo toda criatura negación por naturaleza, y siendo el límite nuestro carácter, para soportar a las personas y las cosas, y la salida del sol y el genio humano, y las rosas, y las estrellas, hay que penetrarlas con el Espíritu que es la alegría, hay que considerarlas no en sí mismas, donde serían aburrimiento y vacío, sino como el manto de Aquel que es la alegría.

Aleluya. Amén.

 

LO INFINITO Y EL LÍMITE

Somos tan finitos que para expresar lo infinito nos servimos de una palabra negativa: infinito, no finito. Nos vemos obligados a tomar lo finito como base de la palabra, y luego a negarlo. La palabra infinito tiene tres sílabas, y lo finito ocupa dos de ellas. Dos de tres es mucho. Cuando intentamos hablar de lo infinito, lo finito nos llena la boca. La afirmación absoluta se convierte en nuestros labios en una negación. Lo mismo hay que decir de lo inmenso. Nos vemos obligados a hablar de medida para decir que no hay ninguna.

Nuestro límite estalla y se afirma a través de los mismos esfuerzos que hacemos por hablar de otra cosa. Para hablar de lo infinito, parece que tengamos que tomar la palabra «finito» como víctima y ofrecerla en sacrificio. ¿Habría alguna relación entre este acto del lenguaje humano y ese acto de la llama que, queriendo hablar de lo infinito a su manera, busca una víctima para quemarla? En un caso como en el otro, ¿nos diría lo infinito: «¿Qué hay de común entre ustedes y yo?»

 

LOS DIVERSOS ASPECTOS DEL LÍMITE

El límite considerado en la criatura es una negación.

En Dios es una afirmación: de ahí la creación del mundo. Añadido a los tipos, el límite edifica en lugar de destruir. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima mea Dominum.

El amor propio es el amor al límite adorado por sí mismo. La caridad es el amor a la criatura limitada, percibida en Dios con su límite.

La transfiguración es el esplendor del límite clarificado por el fuego.

La Santísima Virgen María Inmaculada es la glorificación del límite; la humildad es la espada de fuego que monta guardia alrededor del límite glorificado.

La Santísima Virgen representa a la vez el Ser de Dios y el límite de la criatura.

La cruz es la forma del límite, símbolo en sí mismo de la nada.

El ángulo es lo que no es, la superficie sin sustancia.

La cruz glorificada es, pues, el arma del poder.

El signo de la cruz contiene el nombre del Ser y la forma de la nada transfigurada.

En las criaturas, la belleza es un límite percibido en la luz.

La fealdad es un límite percibido en sí mismo.

La belleza está en manos de la luz que la distribuye por medio del ministerio del límite. La calavera, el esqueleto son feos porque el ángulo se ve en ellos en sí mismo.

La belleza es la transfiguración del ángulo percibido en la luz y en la vida.

El sol hace resplandecer las gotas de rocío y las telas de araña. No tiene conocimiento del bien y del mal: transfigura a los más indignos.

Las cosas horribles, los animales horribles buscan la sombra como su patria, y cuanto más la encuentran, más horribles son. Su horror aumenta, por la noche, en los rincones y en las sombras. Podría disminuir por la mañana, en el campo, bajo el sol radiante. La luz visible los atenuaría envolviéndolos.

La luz invisible les quitaría su horror porque su horror es su propiedad. Los tomaría en sus alas y los transportaría al orden donde todo es bello.

En el orden todo es bello porque los límites se transfiguran.

Por la ciencia del bien y del mal, el hombre que veía las cosas en la luz las percibió en sí mismas. En lugar de referirlas a Dios, se las refirió a sí mismo, se las atribuyó a sí mismo para ser como un dios, conociendo el bien y el mal y determinando en relación con él estas dos cosas consideradas desde entonces como dos accidentes situados uno frente al otro.

Había conocido los nombres de los animales, es decir, los había conocido en su esencia.

A partir de entonces los conoció en sí mismos y dejaron de obedecerle, pues he aquí una ley general: toda criatura obedece a quien conoce su nombre.

El límite solamente tiene realidad en Dios; el yo, que es el límite, solamente tiene realidad en Dios. Fuera de Él somos la nada. Por eso la cruz, figura de la nada, era un signo de vergüenza antes de la encarnación del Verbo en quien fue circunscrito el abismo. Ahora es un signo de gloria porque la nada es glorificada en Dios. Por eso San Pablo dice que únicamente hay que gloriarse en la cruz, es decir, en la nada visitada por el Señor.

 

LOS LÍMITES DE LA PALABRA: LAS INTENCIONES DEL SILENCIO

Si bien es cierto que el hombre no conoce el todo de la nada, también lo es que no puede expresar el todo de la nada, ni siquiera en la medida en que lo conoce, o más bien en que lo siente. El alma querría comprender a Dios porque es infinita en potencia. No comprende a Dios porque Él es infinito en acto, pero la palabra humana querría al menos expresar completamente el alma humana; tampoco puede hacerlo, porque el alma es infinita en potencia.

¿Qué recurso les queda a los vencidos: al alma para contemplar a Dios, a la palabra para expresar el alma? El silencio.

El silencio es la palabra suprema que expresa lo inexpresable, de manera muy incompleta, pero tanto como es posible.

Cuando cada una de las palabras humanas repasadas de un vistazo por el alma le dice: «No soy yo, no soy yo, no soy yo quien soy tu expresión», llega el silencio y, de rodillas al borde del abismo, declara que el hombre calla y deja la palabra a la palabra de Dios. La palabra de Dios, al ver al hombre reducido al silencio, le dice: Has hecho bien en callar, pues de todas tus palabras, tu silencio es la más elevada: es ella la que declara que no me comprendes, que no comprendes, y que hay un mediador. Cállate, tú que fuiste la nada. Yo, que soy el Ser, entre el Padre y tú, daré cuenta y daré gracias. No te preocupes por nada. Yo oigo lo que no dices, y expreso lo que ignoras.

Lo más bello que el hombre dice no deja huella en el mundo visible: son palabras inarticuladas, oraciones inefables que los ángeles oyen y llevan a los pies del trono. Lo que el hombre hace y dice, accesible a los hombres, es el eco debilitado de un grito inmenso, es la moneda del gran tesoro.

 

EL ALCANCE DEL SILENCIO

En los momentos solemnes en que el hombre nada en plena luz, en el sentimiento de lo infinito, si siente la necesidad del silencio, no es porque no tenga nada que decir, es porque tiene todo que decir; no es el objeto lo que le falta a la palabra, es la palabra lo que le falta al objeto. Teme emplear palabras que también se llaman términos, y circunscribir y aniquilar, al determinarla, esa alegría inmensa y tímida que surge del fondo de su alma y planea sobre el mundo sin posarse en él, sintiéndolo demasiado pequeño para ella. Teme apagar la llama si la aprisiona. Teme volver a caer en la esclavitud, en el mismo instante en que intentara expresar lo inefable y narrar la liberación.

 

NATURALEZA Y LIBERTAD

¿Es la vida humana únicamente obra de la libertad humana? No. Somos dueños de nuestras decisiones, pero no tenemos en nuestras manos las consecuencias. ¿Es la vida humana obra de una fuerza ajena, y carece nuestra libertad de poder sobre nuestro destino? No. El hombre depende de sí mismo, es decir, de su libertad, y de las circunstancias externas, es decir, de la naturaleza, y la historia de la humanidad es el resultado de estas dos fuerzas.

Pero, ¿qué pueden crear estas dos acciones separadas, indiferentes, incluso enemigas, que no se entienden y se contradicen? Queremos y no podemos. La resistencia más estúpida, al menos en apariencia, pone un freno a nuestros proyectos más grandiosos.

Una mosca que vuela le impide a un hombre pensar. Un grano de arena mató a Cromwell. El hombre desea, la naturaleza se resiste: no se presta. La libertad quiere, la naturaleza no quiere. Carece esencialmente de complacencia. Nuestras combinaciones más ingeniosas, las más profundas, se ven frustradas por el accidente más extraño, a veces también el más simple, el más fácil de prever y, sin embargo, el más inesperado.

Y, sin embargo, por sí sola, ¿qué puede la libertad? Todo como intención, nada como resultado. ¿De dónde viene, pues, que el hombre comience, emprenda? No emprendería si nunca esperara terminar. Ahora bien, siente que por sí solo no puede llevar nada a buen término, que no puede prescindir de la ayuda de las cosas externas, que no puede someterlas por su propio poder, que la naturaleza es una enemiga necesaria, a la vez obstáculo y medio.

Si la libertad y la naturaleza fueran irreconciliables, si estas dos magnitudes permanecieran eternamente inconmensurables entre elllas, un desánimo invencible se apoderaría del hombre. Ya no actuaría, sin atreverse a esperar el final de su acción. Y, sin embargo, actúa. ¿De dónde viene, pues, que actúe? Este problema es simple y fundamental: ¿Cómo es que el hombre actúa?

Actúa, y esta verdad es cierta en todos los sentidos; actúa en virtud de una creencia implícita de la que no siempre es consciente. Actúa porque siente en lo más profundo de sí, sin verla, esta convicción: la naturaleza no es autónoma, no es ciega, no más que el hombre. La naturaleza tiene su ley, como el hombre tiene la suya: esas dos leyes, que parecen contradecirse en sus diferentes aplicaciones, se funden, se armonizan en su esencia y se resuelven en el Verbo. Sólo que esta ley se adhiere a la naturaleza, que obedece de manera invencible y por la fuerza. Ella solicita al hombre, que obedece libremente y por amor. La ley única, que rige tanto a Dios como a la creación, se impone a la naturaleza y se ofrece a la libertad. Si, pues, la libertad y la naturaleza tienden, cada una según su modo de ejercicio, a manifestar la misma esencia y a glorificar la misma ley, su desacuerdo no puede ser más que aparente, y cuando se reconozcan, se hará la paz entre ellas. Las oposiciones que la naturaleza opone a la libertad son los juegos del amor que solo lucha para rendirse. Si, pues, renunciando a las apariencias, penetramos en la esencia de las cosas, es decir, en su realidad ideal, nuestra libertad saludará de antemano a la naturaleza como a una amiga enmascarada, cuyos mismos obstáculos conducen a la meta, y que entorpece el camino tan sólo para incitar a los viajeros. Por encima de ambas, el hombre siente un poder que se encarga de la síntesis, puesto que es la vida y la ley, ley única que ambas deben manifestar y que, por su propia virtud, debe hacer surgir de las profundidades de su sabiduría la concordancia de las manifestaciones.

 

LA NADA DESEADA Y LA NADA SENTIDA: PECADO Y DESGRACIA

El ser creado y libre, cediendo a la tendencia que tenía hacia la nada de la que había salido, prefirió libremente la nada al Ser, y sintió los efectos de esa nada preferida hacia la que acababa de dar un paso. En otras palabras, pecó y fue infeliz: pues el pecado es la nada querida; y la desgracia, la nada sentida.

El sufrimiento es al pecado lo que un sentimiento es a una voluntad. Es la consecuencia, el eco del pecado en el orden sensible, su marca, su prueba, su advertencia. Se convierte en su remedio, en virtud de la ley que quiere que en el fondo del mal germine, como consecuencia última, su remedio, mientras el mal no haya entrado en el ámbito de las cosas eternas.

El hombre prefirió la criatura al infinito: ahí está el pecado. Se entregó a la criatura, ahí está el sufrimiento. Todo sufrimiento es el sentimiento de la nada. Toda alegría es el sentimiento del infinito. El Infinito le dijo al hombre: Preferiste a la criatura, a la mujer, a la manzana, antes que a mí. Disfruta de la criatura, de la mujer y de la manzana, y sé feliz si puedes.

¿Cómo se convierte el sufrimiento en el instrumento del retorno al Ser? No lo sé. No tengo la menor idea. ¿Cómo compensa la nada sentida a la nada querida? ¿Será porque la negación debe contener en sí misma un principio que, al pasar al estado de acto, retorna a la afirmación?

Siendo el nacimiento de Cristo, en esta hipótesis, la afirmación primera; la cruz, la negación; el pecado absoluto, el dolor absoluto, y la resurrección nacida de la cruz, la afirmación soberana y definitiva, la síntesis de la vida…

¿Y no tendría cada uno de nosotros que volver a comenzar en su vida la historia de la humanidad, la afirmación, la negación? Entonces la pregunta es esta: ¿Seguirá la negación dominando el campo de batalla, o será a su vez negada?

 

ORDEN Y DESORDEN: CIENCIA Y VIDA

La ciencia es la afirmación, la vida es la negación. La ciencia constata las leyes del orden; la vida muestra el desorden. Puede producir la desesperación, que es el sentimiento del desorden no corregido, del desorden considerado como permanente y eterno.

Contra la vida, que es la prueba y que puede conducir a la desesperación, solamente hay refugio en la sumisión completa de lo finito a lo infinito.

La sumisión libera lo finito y desarma lo infinito.

Frente a cualquier ley, esta verdad resulta cierta. Si uno se rebela contra las leyes físicas, contra las que rigen la gravedad, el vapor, la electricidad, será aplastado por ellas.

Si uno las obedece quedarán vencidas.

Quien obedece a la naturaleza puede mandar sobre la naturaleza. Las dos chispas de la electricidad dan luz a quien conoce y observa las leyes de la electricidad.

La ciencia es afirmativa porque está en el orden de la ley.

La vida es negativa porque está en el orden del accidente.

Este hombre, tras haberlo oído, diría:

— Sí, eso es cierto.

—Entonces, mire, actúe en consecuencia.

—No —responderá—, me han parecido buenos sus razonamientos, pero ¿es cierta la consecuencia que se deriva de ellos? No lo sé.

Este hombre dice: sí y no. Puede ser sincero en ambos casos, pero es doble y no es el mismo quien ha dado las dos respuestas.

Cree cuando se trata de hablar.

No cree cuando se trata de actuar.

El pensamiento puramente científico, cuando se trasplanta al terreno de los hechos, duda de sí mismo y ya no se reconoce; no es allí donde nació, no está en su patria.

El Espíritu quiere afirmar, necesita creer en la ley, en el orden. Necesita de la ciencia que dice: sí, pero toda afirmación provoca en el espíritu que la acaba de hacer una reacción contra sí misma:

Sí, pero ¿es eso cierto?

Sí, primera palabra. ¿Es eso cierto? Segunda palabra.

Esto es lo que importa constatar: estas dos palabras no son pronunciadas por la misma voz.

Cuando la ciencia se plantea objeciones a sí misma, sus objeciones son pueriles y ridículas. Son las objeciones de los libros. La ciencia no tiene objeciones que plantear. Por su parte, cualquier objeción sería un suicidio. La objeción que plantearía contra el orden se levantaría contra ella misma y equivaldría a esta palabra: ¿existo?

La objeción parte, por otra parte, de la vida. La miseria y el aburrimiento están ahí. Ante ese feo desorden, la voz que detesta el orden exclama: el orden no existe.

La objeción corre por las calles. Está en el arroyo que arrastra sus basuras, en el corazón cansado, en el cuerpo enfermo, en la fealdad de la araña que parece decirle a Dios:

¡Oh Belleza de la que se habla, si existieras, yo no existiría!

 

LA PLENITUD A TRAVÉS DEL VACÍO

La ley de este mundo es la alternancia. La naturaleza la sufre, el espíritu creado la sufre. Dios da algo del Ser, luego lo retira, y acerca a la criatura a su nada primitiva. Es el flujo y reflujo del gran mar.

Cuanto más elevado es el hombre, más se aplica la ley desde lo alto. Cuanto más hace sentir Dios al alma la cercanía del Ser, más le hace sentir la cercanía de la nada. Cuanto más la llena, más la vacía.

Pero este vacío llama a la plenitud, cuando es aceptado. Así, la libertad humana se ejerce como la libertad divina, y las leyes, que son la expresión de los hábitos de Dios, se ejercen por la naturaleza que no lo sabe, por el hombre que puede saberlo y que, si ve desde lo suficientemente alto como para ver su miseria y su grandeza, puede elevarse aún más hasta el punto de desearlas. A la palabra que dice: «Yo soy el que es, y tú eres el que no es», el hombre tiene derecho a responder libremente y a decir: Amén, Amén, Señor, Amén, Tu autem, Domine, miserere nostri.

 

LOS DOS MOVIMIENTOS DE LA VIDA: EXPANSIÓN Y CONTRACCIÓN

La expansión es la ley de la vida, y todo ser que tiene más vida de la que puede contener sufre y tiende a comunicársela a otros seres semejantes a él. Pero la vida, tras haberse derramado, se contrae.

El cielo, en verdad, inunda la tierra con los rayos de su sol. Pero todos los cuerpos terrestres le devuelven al cielo cálidas emanaciones. Lo que recibe en forma de luz, la tierra lo devuelve en forma de calor.

Y cuando el hombre que habla ilumina al hombre que escucha, éste se estremece y devuelve la chispa recibida al lugar de donde partió: ambos disfrutan del espíritu que va y viene. El que ha recibido la limosna de la luz ha dado la limosna del calor.

Los planetas que describen una curva alrededor de los soles obedecen a una ley de síntesis como el amor que esta fuerza representa, y que es la resultante de dos fuerzas: la fuerza centrípeta, en virtud de la cual toda vida se contrae hacia el centro, y la fuerza centrífuga, en virtud de la cual toda vida se dilata hacia los extremos. De ahí nace la forma esférica, que es la forma universal de los globos y de sus movimientos en el espacio, la forma de la vista cuando se posa sobre la montaña, la forma del horizonte, la forma de la belleza, la forma de lo femenino que tiende a redondear los contornos.

Si esas dos fuerzas reinan en la tierra y en el cielo para producir esta forma, es porque cumplen en el cielo y en la tierra la voluntad de Aquel que estableció en el mundo moral la ley centrífuga y la ley centrípeta, la ley del retiro y la de la acción.

¿Por qué el flujo y el reflujo? ¿Por qué este inmenso ir y venir de todas las cosas, vida y muerte, sueño y vigilia, día y noche, luz, tinieblas? ¿Por qué la alternancia es la ley de este mundo? La creación física no puede ser más que la imagen del mundo invisible. La creación refleja a Dios, que es inmutable. ¿Cómo vive en una evolución incesante? ¿Por qué el ir, por qué el volver, cuando solamente hay una cosa que hacer, que es manifestar a un Dios eterno?

 

LAS LEYES DE LA NATURALEZA Y EL DIOS DE LA GLORIA

Parece que las leyes conocidas, o al menos vistas, o al menos vislumbradas por sus efectos, las leyes de la vida y de la muerte, por ejemplo, revelan, significan algo de Dios, algo de lo que tenemos una idea, idea imperceptible, vacilante, casi nula, idea cualquiera, sin embargo.

Pero hay hechos que no se rigen por leyes conocidas, la Eucaristía, por ejemplo, que parece una creación aparte, el milagro que parece revelar no tal o cual perfección divina, sino la gloria misma.

El hecho natural que hace oportuno el milagro ha manifestado una ley natural, la cual manifestaba un poco de Dios, como si esa palabra tuviera sentido. El milagro manifiesta al Dios superior a sus leyes, superior a sí mismo, pues esas leyes son imágenes, y aquel es el Dios de la gloria. La gloria es la exaltación del Ser por encima del Ser. Parece la resurrección de quien no ha muerto. La gloria está por encima de la ley: pues llamamos ley a la fuerza divina que rige un sistema cuya unidad percibimos.

Cuando la unidad de la concepción está fuera de nuestro horizonte visual, creemos que la ley se ha roto y la cosa nos parece un accidente. Pero esta unidad, al estar por encima de nosotros, no es sino más real, y en lugar de salir de la ley, nos hemos acercado a ella. Cuanto más elevada es la ley, más desconocida es; cuanto más simple es, más se asemeja a la ley primordial y radical que domina todas las leyes a una distancia inconmensurable. La ley que hace a los cuerpos impenetrables es vencida por la ley que los hace penetrables, y esta es la ley de la gloria.

Las leyes son el velo del Templo; pero a veces el velo se rasga y la Ley se vislumbra por un instante en el Santo de los Santos. Esta ley simple, que a veces se deja entrever, como por una rendija entre las rocas abiertas, a través del océano dividido que se eleva a derecha e izquierda, a través del desgarro de un universo quebrantado, esta ley es la gloria misma, cuya esencia es estar por encima de las leyes, pisotearlas y hacerlas temblar.

 

EL VÉRTIGO ANTE LO ABSOLUTO

Lo absoluto no puede abordarse mediante el análisis. Se niega a los argumentos de la mente y únicamente se rinde cuando el corazón ha rezado. Por eso la oración del niño que no sabe nada y la del gran hombre que ha superado la ciencia, agotado lo múltiple y vive en la unidad deben parecerse mucho.

Los apóstoles, que aún no comprendían porque el amor no había descendido en ellos, buscaban la grandeza y apartaban a los niños. Aquel que tiene, o más bien, que es la grandeza, llama a sí toda debilidad, acaricia las cabecitas con esa mano real que rompe las grandes, y bendice la nueva creación en la persona de los más sencillos.

El vértigo es un monstruo que se encuentra en el fondo de todos los abismos. Todo pensamiento profundo, todo sentimiento profundo tiene el suyo. El genio y el amor se asoman constantemente a los precipicios que los llaman. Las grandes naturalezas, porque aman más las profundidades, son arrastradas más terriblemente hacia ellas en virtud del veredicto: mi peso es mi amor.

Pero la ley de este mundo, que quiere que toda cosa provoque su contrario, ha colocado en esos mismos hombres un contrapeso, cuyo nombre desconozco, aunque conozco su naturaleza. Es una fuerza que frena y que está en relación directa con la velocidad adquirida. Quizás una emoción parezca anulada por su propio exceso, como un movimiento demasiado rápido para ser percibido se asemeja a la inmovilidad. Quizás el pensamiento, incluso cuando parece apagado, conserve aún el dominio supremo y apacigüe con su voz moribunda la voz atronadora del abismo.

Quizás, al fin y al cabo, la Soberanía vela por los suyos. En sueños, en el instante del escalofrío, el hombre se dice a veces: «No tengo miedo». Y cuando sueña despierto, en sus delirios, el hombre destinado a la victoria pronuncia una palabra tranquila, y esa calma, aunque engañosa, pasa un poco de sus labios a su alma.

Inclinado sobre el abismo, observa en el fondo el juego de un arroyo que se desliza sobre las piedras, y esa mirada valiente es recompensada por no sé qué fuerza íntima e inconsciente que lo sostiene sin que él la sienta: va a caer y no cae.

Tal es el poder de la palabra que un acto de fe pronunciado sin convicción por unos labios temblorosos puede armar el alma contra el vértigo de la duda. Quizá el hombre, en esos momentos de gran lucha en los que parece mentir, porque su palabra está por encima de su pensamiento, pronuncia, por el contrario, la verdad suprema, en sintonía no con él, sino con la voz que habla en su interior, que está por encima de él y que lo guía sin que él lo sepa.

 

ERNEST HELLO

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

LE MANTEAU DE DIEU

Le soleil est une tache et la lumière une ombre. La création est une nuée qui cache Celui qui Est, et dont la Face est la splendeur qui attire les désirs inexprimables et qui rassasie les insatiables. Toute pensée humaine est une ombre, une nuée, une diminution, une négation, même quand elle affirme.Toute créature étant négation par nature, et la limite étant notre caractère, pour supporter les personnes et les choses, et le lever du soleil et le génie humain, et les roses, et les étoiles, il faut les pénétrer de l’Esprit qui est la joie, il faut les considérer non en eux-mêmes où ils seraient ennui et vide, mais comme le manteau de Celui qui est la joie.

Alléluia. Amen.

 

L’INFINI ET LA LIMITE

Nous sommes tellement finis que pour exprimer l’infini nous nous servons d’un mot négatif : infini, non fini. Nous sommes obligés de prendre le fini pour base du mot, et puis de le nier. Le mot infini a trois syllabes, et le fini occupe deux d’entre elles. Deux sur trois c'est beaucoup.Quand nous essayons de parler de l’infini, le fini nous remplit la bouche. L’affirmation absolue devient entre nos lèvres une négation.Autant faut-il en dire de l’immense. Nous sommes obligés de parler de mesure pour dire qu’il n’y en a pas.

Notre limite éclate et s’affirme par les efforts même que nous faisons pour parler d’autre chose. Pour parler d’infini, on dirait qu’il nous faut prendre le mot : fini, comme victime, et l’offrir en sacrifice. Est-ce qu’il y aurait quelque rapport entre cet acte de la langue humaine et cet acte de la flamme qui, voulant parler d’infini à sa manière, cherche une victime pour la brûler ? Dans un cas comme dans l’autre, est-ce que l’infini nous dirait : Qu’y a-t-il de commun entre vous et moi ?

 

LES DIVERS ASPECTS DE LA LIMITE

La limite considérée dans la créature est une négation.

En Dieu elle est une affirmation : de là, la création du monde. Ajoutée aux types, la limite édifie au lieu de détruire. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima mea Dominum.

L’amour-propre est l’amour de la limite adorée pour elle-même. La charité est l’amour de la créature limitée, aperçue en Dieu avec sa limite.

La transfiguration est la splendeur de la limite clarifiée par le feu.

La Sainte Vierge Marie Immaculée est la glorification de la limite ; l’humilité est l’épée de feu qui fait la garde autour de la limite glorifiée.

La Sainte Vierge représente à la fois l’Être de Dieu et la limite de la créature.

La croix est la forme de la limite, symbole elle-même du néant.

L’angle est celui qui n’est pas, la surface sans substance.

La croix glorifiée est donc l’arme de la puissance.

Le signe de la croix contient le nom de l’Être et la forme du néant transfiguré.

Chez les créatures, la beauté est une limite aperçue dans la lumière.

La laideur est une limite aperçue en elle- même.

La beauté est dans les mains de la lumière qui la distribue par le ministère de la limite. La tête de mort, le squelette sont laids parce que l’angle s’y voit en lui-même.

La beauté est la transfiguration de l’angle aperçu dans la lumière et dans la vie.

Le soleil fait resplendir les gouttes de rosée et les toiles d’araignée. Il n’a pas la science du bien et du mal : il transfigure les plus indignes.

Les choses hideuses, les animaux hideux cherchent l’ombre comme leur patrie, et plus ils la trouvent plus ils sont hideux. Leur horreur augmente, la nuit, dans les coins et dans les ombres. Elle diminuerait le matin, à la campagne, au grand soleil. La lumière visible les atténuerait en les enveloppant.

La lumière invisible leur enlèverait leur horreur parce que leur horreur est leur propriété. Elle les prendrait sur ses ailes et les transporterait dans l’ordre où tout est beau.

Dans l’ordre tout est beau parce que les limites sont transfigurées.

Par la science du bien et du mal, l’homme qui voyait les choses dans la lumière les aperçut en elles-mêmes. Au lieu de les rapporter à Dieu, il se les rapporta à lui- même, il se les attribua à lui-même afin d’être comme un dieu, sachant le bien et le mal et déterminant par rapport à lui ces deux choses considérées désormais comme deux accidents placés l’un en face de l’autre.

Il avait su les noms des animaux, c’est-à- dire il les avait connus dans leur type.

Désormàis il les connut en eux-mêmes et ils cessèrent de lui obéir, car voici une loi générale : Toute créature obéit à celui qui sait son nom.

La limite n’a de réalité qu’en Dieu ; le moi qui est la limite n’a de réalité qu’en Dieu. En dehors de Lui nous sommes le rien.Voilà pourquoi la croix, figure du néant, était un signe de honte avant l’incarnation du Verbe en qui fut circonscrit l’abîme. Elle est maintenant un signe de gloire parce que le néant est glorifié en Dieu. Voilà pourquoi saint Paul dit de ne se glorifier que dans la croix, c'est-à-dire dans le néant visité par le Seigneur.

 

LA LIMITE DE LA PAROLE : LES INTENTIONS DU SILENCE

S’il est vrai que l’homme ne sait le tout de rien, il est vrai aussi qu’il ne peut dire le tout de rien, même dans la mesure où il le sait, ou plutôt où il le sent. L’âme voudrait comprendre Dieu parce qu’elle est infinie en puissance. Elle ne comprend pas Dieu parce qu’il est infini en acte, mais la parole humaine voudrait au moins exprimer complètement l’âme humaine ; elle ne le peut pas non plus, parce que l’âme est infinie en puissance.

Quelle ressource reste-t-il aux vaincus : à l’âme pour loucher Dieu, à la parole pour exprimer l’âme ? Le silence.

Le silence est la parole suprême qui exprime l’inexprimable, très incomplètement mais autant que possible.

Quand chacune des paroles humaines passées en revue par un coup d’oeil de l’âme lui dit : « Ce n’est pas moi, ce n’est pas moi, ce n’est pas moi qui suis ton expression », le silence arrive et, à genoux sur le bord de l'abîme, déclare que l’homme se tait,et laisse la parole à la parole de Dieu. La parole de Dieu, voyant l’homme réduit au silence, lui dit : Tu as bien fait de te taire, car de toutes tes paroles, ton silence est la plus haute : c’est elle qui déclare que tu ne me comprends pas, que tu ne comprends pas, et qu’il y a un médiateur. Tais-toi, toi qui fus néant. Moi, qui suis l’Être, entre le Père et toi, je rendrai compte et je rendrai grâce. Ne te préoccupe de rien. J’entends ce que tu ne dis pas, et j’exprime ce que tu ignores.

Ce que l’homme dit de plus beau ne laisse pas de trace dans le monde visible: ce sont des paroles inarticulées, des prières inex-primables que les anges entendent et portent aux pieds du trône. Ce que l'homme fait et dit d’accessible aux hommes, est l’écho affaibli d’un cri immense, c’est la monnaie du grand trésor.

 

LA PORTÉE DU SILENCE

Dans les moments solennels où l’homme nage en pleine lumière, dans le sentiment de l'infini, s’il éprouve le besoin du silence, ce n’est pas parce qu’il n’a rien à dire, c’est parce qu’il a tout à dire ; ce n’est pas l’objet qui fait défaut à la parole, c’est la parole qui fait défaut à l’objet. Il a peur d’employer des mots qui s’appellent aussi des termes, et de circonscrire et d’anéantir, en la déterminant, cette joie immense et timide qui se lève du fond de son âme et plane sur le monde sans se poser sur lui, le sentant trop petit pour elle. Il a peur d’éteindre la flamme s’il l’emprisonne. Il a peur de retomber dans l’esclavage, à l’instant même où il essaierait d’exprimer l’inexprimable et de raconter la délivrance.

 

NATURE ET LIBERTÉ

La vie humaine est-elle seulement l’oeuvre de la liberté humaine? Non. Nous sommes maîtres de nos déterminations, mais nous n’en tenons pas dans nos mains les conséquences. La vie humaine est-elle l’oeuvre d’une force étrangère, et notre liberté est-elle sans puissance sur notre destinée ? Non. L'homme dépend de lui, c’est-à-dire de sa liberté, et des circonstances extérieures, c’est-à-dire de la nature, et l’histoire de l’humanité est la résultante de ces deux forces.

Mais que peuvent créer ces deux actions séparées, indifférentes, ennemies même, et qui ne s’entendent pas, qui se contredisent? Nous voulons et nous ne pouvons pas. La résistance la plus stupide, au moins en apparence, arrête nos plus grands projets.

Une mouche qui vole empêche un homme de penser. Un grain de sable a fait mourir Cromwell. L’homme désire, la nature résiste : elle ne se prête pas. La liberté veut, la nature ne veut pas. Elle manque essentiellement de complaisance. Nos combinaisons les plus savantes, les plus profondes sont déjouées par l’accident le plus étrange, quelquefois aussi le plus simple, le plus facile à prévoir et pourtant le plus inattendu.

Et pourtant, toute seule, que peut la liberté ? Tout comme intention, rien comme résultat. D’où vient donc que l’homme commence, entreprend? Il n’entreprendrait pas s’il n’espérait jamais terminer. Or il sent que tout seul il ne peut rien mener à terme, qu’il ne peut se passer du concours des choses extérieures, qu’il ne peut les soumettre par son propre pouvoir, que la nature est une ennemie nécessaire, à la fois obstacle et moyen.

Si la liberté et la nature étaient irréconciliables, si ces deux quantités restaient éternellement incommensurables entre elles, un invincible découragement s’emparerait de l’homme. Il n’agirait plus, n’osant pas espérer la fin de son action. Et cependant il agit. D’où vient donc qu’il agit ? Ce problème est simple et fondamental : Comment se fait-il que l’homme agisse ?

Il agit, et cette vérité est vraie en tous sens ; il agit en vertu d’une croyance sous- entendue dont il n’a pas toujours conscience. Il agit parce qu’il sent au fond de lui, sans la voir, cette conviction : la nature n'est pas autonome, n’est pas aveugle, pas plus que l’homme. La nature a sa loi, comme l’homme a la sienne : ces deux lois, qui semblent se contrarier dans leurs différentes applications, se fondent, s’harmonisent dans leur essence, et se résolvent dans le Verbe. Seulement, cette loi adhère à la nature, qui obéit invinciblement et par force. Elle sollicite l’homme, qui obéit librement et par amour. La loi unique, qui régit Dieu comme la création, s’impose à la nature et se propose à la liberté. Si donc la liberté et la nature tendent, chacune suivant son mode d’exercice, à manifester la même essence et à glorifier la même loi, leur désaccord ne peut être qu’apparent, et quand elles se reconnaîtront, la paix se fera entre elles. Les oppositions que fait la nature à la liberté sont les jeux de l’amour qui ne combat que pour se rendre. Si donc, renonçant aux apparences, nous pénétrons dans l’essence des choses, c’est-à-dire dans leur réalité idéale, notre liberté saluera d’avance la nature comme une amie masquée, dont les entraves mêmes conduisent au but, et qui n’embarrasse la route que pour inciter les voyageurs. Au-dessus de toutes deux, l’homme sent une puissance qui se charge de la synthèse, attendu qu’elle est la vie et la loi, loi unique que toutes deux doivent manifester et qui, par sa vertu propre, doit faire surgir des profondeurs de sa sagesse la concordance des manifestations.

 

LE NÉANT VOULU ET LE NÉANT SENTI : PÉCHÉ ET MALHEUR

L’être créé et libre, cédant à la tendance qu’il avait vers le néant d’où il était sorti, préféra librement le néant à l’Être, et il sentit les atteintes de ce néant préféré vers lequel il venait de faire un pas. En d’autres termes il pécha et fut malheureux : car le péché, c’est le néant voulu; et le malheur, c’est le néant senti.

La souffrance est au péché ce qu’est un sentiment à une volonté. Elle est la conséquence, le retentissement du péché dans l’ordre sensible, sa marque, sa preuve, son avertissement. Elle devient son remède, en vertu de la loi qui veut qu’au fond du mal germe, comme conséquence dernière, son remède, tant que le mal n’est pas entré dans le domaine des choses éternelles.

L’homme a préféré la créature à l’infini : voilà le péché. Il est livré à la créature, voilà la souffrance.Toute souffrance est le sentiment du néant. Toute joie est le sentiment de l’infini. L’Infini a dit à l’homme: Tu as préféré la créature, la femme, la pomme, à moi. Jouis de la créature, de la femme et de la pomme, et sois heureux si tu peux.

Comment la souffrance devient-elle l’instrument du retour à l’Être ? Je ne sais. Je n’en ai pas la moindre idée. Comment le néant senti compense-t-il le néant voulu ? Serait-ce parce que la négation doit contenir en soi un principe qui, passant à l’état d’acte, retourne à l’affirmation?

La naissance du Christ étant dans cette hypothèse l’affirmation première ; la croix étant la négation; le péché absolu, la douleur absolue, et la résurrection née de la croix étant l'affirmation souveraine et définitive, la synthèse de la vie…

Et chacun de nous n’aurait-il pas dans sa vie à recommencer l’histoire de l’humanité, l’affirmation, la négation ? Puis la question est celle-ci : La négation restera-t-elle maîtresse du champ de bataille, ou sera-t-elle niée à son tour?

 

ORDRE ET DÉSORDRE : SCIENCE ET VIE

La science c’est l’affirmation, la vie c’est la négation. La science constate les lois de l’ordre : la vie montre le désordre. Elle peut produire le désespoir qui est le sentiment du désordre non corrigé, du désordre considéré comme permanent et éternel.

Contre la vie qui est l’épreuve et qui peut aboutir au désespoir, il n’y a de refuge que dans la soumission complète du fini à l’infini.

La soumission délivre le fini et désarme l’infini.

Vis-à-vis de toute loi,cette vérité se trouve vraie. Révoltez-vous contre les lois physiques, contre celles qui régissent la pesanteur, la vapeur, l’électricité, vous serez broyé par elles.

Obéissez-leur et les voilà vaincues.

Quiconque obéit à la nature peut commander à la nature. Les deux étincelles de l’électricité donnent la lumière à qui connaît et observe les lois de l’électricité.

La science est affirmative parce qu’elle est dans l’ordre de la loi.

La vie est négative parce qu’elle est dans l’ordre de l’accident.

Cet homme,après avoir entendu parlerait:

— Oui, cela est vrai.

— Alors, dites-vous, agissez en conséquence.

— Non pas, répondra-t-il, j’ai trouvé vos raisonnements bons, mais la chose qui en résulte est-elle vraie ? je n’en sais rien.

Cet homme dit : oui et non. Il peut être de bonne foi dans les deux cas, mais il est double et ce n’est pas le même qui a fait les deux réponses.

Il croit quand il s’agit de parler.

Il ne croit pas quand il s’agit de faire.

La pensée purement scientifique, quand elle est transplantée sur le terrain des faits, doute d’elle-même et ne se reconnaît plus, ce n’est pas là qu’elle est née, elle n’est pas dans sa patrie.

L’Esprit veut affirmer, il a besoin de croire à la loi, à l’ordre. Il a besoin de la science qui dit : oui, mais toute affirmation provoque dans l’esprit qui vient de la faire une réaction contre elle-même :

Oui — mais cela est-il vrai ?

Oui, première parole. Cela est-il vrai? Deuxième parole.

Voici ce qu’il importe de constater, ces deux paroles ne sont pas prononcées par la même voix.

Quand la science se fait des objections à elle-même, ses objections sont puériles et ridicules. Ce sont les objections des livres. La science n’a pas d’objections à faire. De sa part toute objection serait un suicide. L’objection qu’elle élèverait contre l’ordre se dresserait contre elle-même et équivaudrait à cette parole : est-ce que j’existe ?

L’objection part d’ailleurs. Elle part de la vie. La misère et l’ennui sont là. En face de ce laid désordre, la voix qui déteste l’ordre s’écrie : l’ordre n’est pas.

L’objection court les rues. Elle est dans le ruisseau qui roule ses ordures, dans le coeur fatigué, dans le corps malade, dans la laideur de l’araignée qui a l’air de dire à Dieu :

Ô Beauté dont on parle, si tu étais, je ne serais pas!

 

LA PLÉNITUDE PAR LE VIDE

La loi de ce monde, c’est l’alternance. La nature la subit, l’esprit créé la subit. Dieu donne quelque chose de l’Être,puis le retire, et rapproche la créature de son néant primitif. C’est le flux et le reflux de la grande mer.

Plus l’homme est élevé, plus la loi s’applique de haut. Plus Dieu fait sentir à l’âme le voisinage de l’Être, plus il lui fait sentir le voisinage du néant. Plus il la remplit, plus il la vide.

Mais ce vide appelle le plein, quand il est accepté. Ainsi la liberté humaine s’exerce comme la liberté divine, et les lois, qui sont l’expression des habitudes de Dieu, s’exercent par la nature qui ne le sait pas, par l’homme qui peut le savoir, et qui, s’il voit d’assez haut pour voir sa misère et sa grandeur, peut s’élever encore au point de les vouloir. À la parole qui dit : « Je suis Celui qui est, et tu es Celui qui n’est pas », l’homme a le droit de répondre librement et de répondre : Amen, Amen, Seigneur, Amen, Tu autem, Domine, miserere nostri.

 

LES DEUX MOUVEMENTS DE LA VIE : EXPANSION ET CONTRACTION

L’expansion est la loi de la vie, et tout être qui a plus de vie qu’il n’en peut contenir souffre et tend à la communiquer à d’autres êtres semblables à lui. Mais la vie, après s’être épanchée, se contracte.

Le ciel, à la vérité, inonde la terre des rayons de son soleil. Mais les corps terrestres renvoient tous au ciel de chaudes émanations.Ce qu'elle reçoit en lumière, la terre le rend en chaleur.

Et quand l’homme qui parle éclaire l'homme qui écoute, celui-ci tressaille, renvoie l’étincelle reçue là d’où elle est partie : tous deux jouissent de l’esprit qui va et vient. Celui qui a reçu l’aumône de la lumière a fait l’aumône de la chaleur.

Les planètes décrivant une courbe autour des soleils obéissent à une loi synthétique comme l’amour que cette force représente, et qui est la résultante de deux forces, la force centripète, en vertu de laquelle toute vie se contracte vers le centre, et la force centrifuge, en vertu de laquelle toute vie se dilate vers les extrémités. De là naît la forme sphérique, qui est la forme universelle des globes et de leurs mouvements dans l’espace, la forme de la vue, quand elle plane sur la montagne, la forme de l’horizon, la forme de la beauté, la forme du féminin qui affecte d arrondir les contours.

Si ces deux forces régnent sur la terre et au ciel, pour produire cette forme, c’est qu’elles font au ciel et sur la terre la volonté de celui qui a établi dans le monde moral la loi centrifuge et la loi centripète, la loi de la retraite et celle de l’action.

Pourquoi le flux et le reflux? Pourquoi cet immense va et vient de toutes choses, vie et mort, sommeil et veille, jour et nuit, lumière, ténèbres ? Pourquoi l’alternance est-elle la loi de ce monde ? La création physique ne peut être que l’image du monde invisible. La création reflète Dieu qui est immuable. Comment vit-elle dans une incessante évolution ? Pourquoi l’aller, pourquoi le retour, quand on n’a qu’une chose à faire qui est de manifester un Dieu éternel ?

 

LES LOIS DE LA NATURE ET LE DIEU DE GLOIRE

Il semble que les lois connues, ou du moins vues, ou du moins entrevues par leurs effets, les lois de la vie et de la mort, par exemple, révèlent, signifient quelque chose de Dieu, quelque chose dont nous avons une idée, idée imperceptible, tremblante, presque nulle, idée quelconque pourtant.

Mais il y des faits qui ne relèvent pas de lois connues, l’Eucharistie, par exemple,qui semble une création à part, le miracle qui semble révéler non telle ou telle perfection divine mais la gloire elle-même.

Le fait naturel qui rend le miracle opportun a manifesté une loi naturelle, laquelle manifestait un peu de Dieu, comme si ce mot avait un sens. Le miracle manifeste le Dieu supérieur à ses lois, supérieur à lui même, car ces lois sont des images, et celui-là c’est le Dieu de gloire. La gloire, c’est le transport de l’Être au-dessus de l’Être. On dirait la résurrection de celui qui n’est pas mort. La gloire est au-dessus de la loi : car nous appelons loi la force divine qui régit un système dont nous apercevons l’unité.

Quand l’unité de la conception est en dehors de notre horizon visuel, nous croyons la loi brisée et la chose nous fait l’effet d’un accident. Mais cette unité pour être au-dessus de nous n’en est que plus réelle, et au lieu de sortir de la loi, nous nous sommes rapprochés d’elle. Plus la loi est haute, plus elle est inconnue, plus elle est simple, plus elle ressemble à la loi primordiale et radicale qui domine toutes les lois à une distance incommensurable. La loi qui rend les corps impénétrables est vaincue par la loi qui les rend pénétrables, et celle-ci est la loi de gloire.

Les lois sont le voile du Temple ; mais quelquefois le voile se déchire et la Loi est entrevue une seconde dans le Saint des Saints. Cette loi simple, qui se laisse quelquefois entrevoir, comme par une fente à travers les rochers ouverts, à travers l’océan divisé qui monte à droite et à gauche, à travers la déchirure d’un univers brisé, cette loi c’est la gloire elle-même qui a pour essence d’être au-dessus des lois, de marcher sur elles et de les faire trembler.

 

LE VERTIGE DEVANT L’ABSOLU

L’absolu ne peut pas être abordé par l’analyse. Il se refuse aux arguments de la tête et ne rend les armes que quand le coeur a prié. Voilà pourquoi la prière de l’enfant qui ne sait rien et celle du grand homme qui a dépassé la science, épuisé le multiple, et vit dans l’unité doivent se ressembler beaucoup.

Les apôtres qui ne comprenaient pas encore, parce que l’amour n’était pas descendu en eux, cherchaient la grandeur et écartaient les enfants. Celui qui a ou, plutôt, qui est la grandeur, appelle à lui toute faiblesse, caresse les petites têtes de cette main royale qui brise les grandes, et bénit la création nouvelle dans la personne des plus simples.

Le vertige est un monstre qui se tient au fond de tous les abîmes. Toute pensée profonde, tout sentiment profond a le sien. Le génie et l’amour sont constamment penchés sur des précipices qui les appellent. Les grandes natures, parce qu’elles aiment plus les profondeurs, sont entraînées plus terriblement vers elles en vertu de l’arrêt : mon poids c’est mon amour.

Mais la loi de ce monde, qui veut que toute chose provoque son contraire, a placé chez ces mêmes hommes un contrepoids, dont je ne sais pas le nom, quoique j’en connaisse la nature. C’est une puissance d’arrêt qui est en raison directe de la vitesse acquise. Peut-être une émotion semble-t-elle annulée par son excès même, comme un mouvement  trop rapide pour être aperçu ressemble à l’immobilité. Peut-être la pensée, même quand elle semble éteinte, conserve encore le haut domaine et apaise de sa voix mourante la voix tonnante de l’abîme.

Peut-être enfin la Souveraineté veille-t-elle sur les siens. En rêve, à l’instant du frisson, l’homme se dit quelquefois : « Je n'ai pas peur ». Et dans ses rêves éveillés, dans ses délires, l’homme marqué pour la victoire prononce une parole calme, et ce calme,bien que trompeur, pénètre quelque peu de ses lèvres dans son âme.

Penché sur l’abîme, il observe au fond le jeu d’un ruisseau glissant sur des cailloux, et ce courageux regard est récompensé par je ne sais quelle force intime et inconsciente qui le soutient sans qu’il le sente : il va tomber et il ne tombe pas.

Telle est la puissance de la parole qu’un acte de foi prononcé sans conviction par des lèvres tremblantes peut armer l’âme contre le vertige du doute. Peut-être l’homme, dans ces heures de grande bataille où il a l’air de mentir, parce que sa parole est au-dessus de sa pensée, parle-t-il, au contraire, la vérité suprême, d’accord non avec lui, mais avec la voix qui parle en lui, qui est plus haut que lui, et qui le dirige à son insu.