PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN
Este libro va dirigido a unas pocas almas que, en
nuestros días, permanecen sumidas en la aflicción. Llenas de una ternura que
parecía hecha para el cielo, tienen toda una vida por delante en la tierra. El
cristianismo ha creado razas elegidas, y los corazones que han surgido del
tallo de esas nobles generaciones abren su cáliz con éxtasis a la existencia,
para recibir el rocío amargo de las lágrimas. El ser bueno ha comprendido la
palabra del amor, y cuando la vida se la arrebata, la herida ya no sabe cómo
cerrarse.
Los desarrollos de la conciencia, la amplitud de la
imaginación, la perspectiva de las alegrías infinitas y esa aptitud para la
emoción que, en cierto modo, aumenta nuestro ser, todo ello contribuye hoy a
arrojar almas ricas, tiernas y maravillosas en medio de una existencia amarga o
desencantada. Hay una flor del amor que no debe abrirse por completo en esta
vida: cuando la rama ha reverdecido hacia arriba, ya no se sabe dónde
protegerla de las exhalaciones de la
tierra.
La sensibilidad ha adquirido proporciones que no tenía
en la Antigüedad. Ese tipo de dolor que nuestros tiempos llaman melancolía nace
de una inquietud particular cuyo nombre desconocían los antiguos. Hoy parece
venir a raíz de toda gran facultad. ¡Comparemos el alma de Manfredo o de René
con la de los héroes de Homero! Los antiguos se contentaban con la naturaleza:
¿qué decir al moderno agitado por el sentimiento de lo Infinito, y que espera
encontrar en él una satisfacción en este mundo?
El amor se ha vuelto demasiado sensible como para no
dejar el corazón expuesto a todas las heridas en el orden completo de los
afectos, y la conciencia, demasiado iluminada como para encerrarse plácidamente
en la práctica de cada día. Exaltaciones generosas, amores insaciables,
entusiasmos inaplicables injertados en voluntades debilitadas, todo nos asalta
y todo se dispone a devorarnos como una presa interior. El hombre se encuentra
al mismo tiempo cargado con el misterio de su existencia y con el peso cada vez
más grande de su corazón.
Únicamente la exaltación de una Fe que, por desgracia, se apaga podría
sacarlo de sus crueles inquietudes. De hecho, el hombre sólo puede sostenerse
acercándose cada vez más al Creador. Que recuerde, pues, lo que ha venido a
hacer en esta vida. Que sepa que su alma debe formarse y purificarse en ella,
para poder penetrar un día en las alegrías del bien supremo, lo cual no podría
tener lugar sin una transformación del yo obrada por el amor. ¡Es necesario que
nuestra alma se entregue poco a poco al Infinito, para poder contraer con él
una Alianza inefable!
La santidad no es más que el don de la personalidad
humana. Pero hay que ser para entregarse; y, para vivir eternamente, es
necesario que esa personalidad se funde en el mérito. He aquí por qué el
esfuerzo está presente en toda la tierra, y por qué el dolor se suma tan a
menudo al esfuerzo… Pero, en este momento, la confusión aumenta en el seno del
hombre, porque, cada vez más abrumado por su propia debilidad, pierde de vista
el objetivo de sus dolores. Ya no parece convencido de la sublimidad de la
existencia; ya no está lo suficientemente persuadido de que el Infinito se
dedica por completo a la obra de una santificación de la que brotarán nuestras
alegrías eternas. Por fin, ¡ya no ve cómo la vida misma lleva a cabo una operación
tan sabia!
Por temor a que una multitud de hombres lleguen a odiar
su destino, tal vez haya que volver a explicarles el misterio de la vida.
Chateaubriand ya hacía esta observación en 1802: «Las
persecuciones que sufrieron los primeros fieles aumentaron en ellos el disgusto
por las cosas de la vida. La invasión de los bárbaros fue la gota que colmó el
vaso, y el espíritu humano recibió una impresión de tristeza que nunca se ha
borrado del todo. Por todas partes surgieron conventos, a los que se retiraron
los infelices engañados por el mundo, y las almas que preferían ignorar ciertos
sentimientos de la vida antes que exponerse a verlos cruelmente traicionados.
Pero, en nuestros días, cuando los monasterios, o las virtudes que a ellos
conducen, les han faltado a estas almas ardientes, se han encontrado extrañas
en medio de los hombres. Disgustadas de su siglo, tal vez asustadas por la Fe,
se han quedado en el mundo sin entregarse a él. Se han convertido entonces en
presa de mil quimeras, y ha surgido esa melancolía culpable que nace cuando las
pasiones sin objeto se consumen en un corazón solitario. »
Esas almas se encuentran ahora en caminos donde el
corazón sólo encuentra sacrificios que hacer, y la voluntad, obstáculos que
superar. Viven en medio del mundo sólo para ver crecer su abnegación, pues
están rodeadas de personas vanidosas, en quienes la personalidad ha tomado la
delantera al corazón, y que piden ser llevadas en andas o admiradas más que ser
amadas. Por último, la falta de educación, demasiado generalizada, el egoísmo
creciente, la impotencia derivada de las enfermedades y la inestabilidad de las
fortunas crean situaciones sin compensación en este mundo y dan lugar a dolores
ante los cuales se turba la propia piedad, y que la caridad se sorprende a cada
instante de no poder curar.
No hay que sorprenderse demasiado de ciertos dolores.
Las hagiografías dicen también que las almas favorecidas con gracias
extraordinarias están muy a menudo destinadas a sufrir por aquellas que no
sabrían soportar el dolor. Atraviesan entonces circunstancias que se convierten
para ellas mismas en una escuela de renuncia perfecta. Al entrar en lucha con
sus propias debilidades, adquieren las virtudes que más les cuestan y que más
cuestan a los hombres, por quienes se ofrecen a Dios como víctimas expiatorias.
Pero tales almas, es cierto, no se lamentan.
El declive intelectual provocado por la Revolución
también ha aumentado sin medida la masa de los dolores. No hablamos aquí de las
multitudes en las que el abuso de la industria abre el abismo de la pobreza,
sino de innumerables individuos en los que lecturas inoportunas hinchan la
imaginación y producen un desarrollo totalmente artificial del corazón. Las
fortunas rápidas, aquí proporcionadas por la expansión del comercio, allá por
la especulación misma, han multiplicado de repente las familias en las que una
instrucción demasiado superficial, seguida de la lectura de novelas, despliega
la sensibilidad a expensas de la voluntad y del carácter. Antiguamente, las
familias que participaban en la instrucción literaria contaban entre sus
antepasados a hombres formados, ya fuera por la dura vida del campo, ya por la
no menos áspera vida de los campamentos militares. En esos linajes circulaba un
espíritu de valentía que elevaba los corazones. De ellos surgían razas más
aptas para soportar el aumento de sensibilidad e imaginación del que la
instrucción se convierte a menudo en la fuente desafortunada. ¿Cómo podrían las
almas que han florecido en la tibia atmósfera de nuestras ciudades, y que se
ven tristemente reducidas a la búsqueda del bienestar, soportar ahora todo el
peso de la vida y convivir entre hombres cuyos sentimientos no pueden responder
a su delicadeza enfermiza?
Tampoco se puede perder de vista a la multitud cada
vez mayor sobre la que el trabajo industrial, vinculado a diario a la miseria,
se cierne con toda la fuerza de su ley. ¿No habría que explicar a esas almas
desconcertadas el propósito divino del heroico esfuerzo que el trabajo aquí
abajo impone diariamente al hombre para regenerarlo, sacarlo de sí mismo y
conducirlo, purificado, hacia sus sorprendentes destinos? Si pudiéramos
vislumbrar lo que ocurre con respecto a nosotros en la otra vida, cuando, por
la virtud, por el trabajo o por el esfuerzo, luchamos en ésta, nos embargaría
un éxtasis que nos arrebataría el mérito. Pero hay que saber algo al respecto
cuando la voluntad se rebela, o cuando el espíritu, haciéndose más grande que
el corazón, ya no piensa en iluminarlo, y ya no sabe apartarlo de los caminos
que rayan en la desesperación.
Ahora bien, si este libro, oh lector, te abre un paso
hacia la luz, aprovéchalo para ascender por ti mismo hasta donde el autor no
supo llegar. Porque este último no escribe para los santos, sino más bien para
aquellos que, tan turbados como él, tendrían gran necesidad de llegar a serlo.
Y si aquí defiende el lado noble del hombre, guárdate de envanecerte de ello y
confía en sus palabras únicamente redoblando tu humildad. Las almas que se
creen más cerca de Dios apenas pueden asegurarse de ello más que mediante una
mayor sumisión; Dios mira menos la dignidad de las virtudes que la dulzura de
la modestia con la que se llevan.
Estas páginas verán la luz en días en los que ya no es
posible callar. Los dolores del interior siempre ocuparán su lugar; pero los
del exterior amontonan nubes tan densas que, como viajeros en peligro, debemos
reencontrar nuestros caminos. ¡El dolor! Es de temer que esta palabra, y no la
de progreso o de goce, encierre el enigma de los tiempos presentes. Dios, al
ver que su palabra es rechazada por los sabios y despreciada por la multitud,
pone al descubierto los cimientos del mundo para que su enseñanza vuelva a
aparecer viva en los hechos. Los hombres han excavado para sí moradas en las que ya
no entra la luz. Han encontrado la manera de pervertir la Fe y de hacer que la
verdad sea inútil para la tierra. Una mentira ha venido a ocupar violentamente
el lugar de cada enseñanza. Pero, cuando se creían a salvo tras su impostura,
oyeron esta voz:
PORQUE HABÉIS dejado desiertos mis templos, haré crecer
el desierto a vuestro alrededor; y porque ya no poseía un pensamiento en
vuestros corazones, ¡no dejaré en ellos ni una esperanza! Porque habéis
enseñado a otros pueblos a olvidar mi nombre, y porque lo habéis borrado de
vuestras leyes, lo pronunciaréis en la angustia sin que mi oído lo oiga; y
porque os habéis reído de mi palabra, vuestros enemigos, pronto, se reirán de
vuestros gemidos...
Sin embargo, Dios no quiere abandonar a este pueblo,
que ya lleva tanto de la substancia de Su Hijo. Los principios se desvanecen y
las naciones sucumben; pero cuando, con sinceridad, clamen a Él, Él las acogerá
en sus brazos…
Mayo de 1848
¡Apresurada
en el camino de los siglos, oh alma! ¿Qué llevas ahí que no se reconoce? ¿Cómo
encontrar en el Infinito el objeto que proyecta esa sombra sobre ti? ¿Será una
mancha traída de la nada? pues te vemos atravesando la noche con una llama en
el pecho. ¿Es para iluminarte o para consumirte? no te lo has preguntado.
Cuando esa llama se detuvo sobre mí, quise mirar, y tal vez te diré lo que es…
EL DOLOR
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
EL DOLOR DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL INFINITO
El hombre es como una creación del ser fuera del
Infinito.
¿Por qué salir del Infinito? ¿Cómo volver al Infinito?
Ahí radica todo el problema del hombre.
Debe salir del Infinito para establecer su yo y
desplegar su personalidad; debe entrar en el Infinito para ocupar su lugar en
la eterna Bienaventuranza.
Porque la felicidad es el fin supremo del ser.
Pero hay que entrar en el Infinito sin confundirse con
él, y sin embargo hay que tener su naturaleza para poseer su felicidad.
Ahora bien, la personalidad se despliega al penetrar
en el mérito, y el corazón se diviniza en el amor. El mérito es la forma que
hace visible al hombre en medio de la Gloria, y el amor es el signo de la raza
que debe reunirlo con Dios.
Siendo el amor la felicidad del Infinito, el hombre sólo
podrá participar de la felicidad participando del amor. Pero será necesario que
el hombre, que al principio no existía, constituya su persona, mediante el
mérito, para contener esa felicidad.
Tales son los elementos de la formación del hombre. Y
tal vez sea para asegurar estos dos elementos por lo que la esencia humana se
dividió, desde el origen, en dos sexos: uno dotado sobre todo de fuerza, para
el trabajo de la personalidad; el otro, dotado sobre todo de amor, para la
labor del corazón.
Así, todo el destino del hombre en la tierra consiste
en formar su personalidad imprimiéndole el mérito, y en formar su corazón
purificando en él el amor. Forma lo primero mediante la lucha, que está en el
trabajo; prepara lo segundo mediante el amor, que nace en la familia y que la Fe
diviniza.
Así, dos cosas llenan toda su existencia: el trabajo y
la familia. Trabajar y amar, no se cumplen otras funciones aquí abajo. El
hombre sale de su casa para luchar, y regresa de la lucha para amar.
Lucha para establecer su yo y su persona; ama para
abrir su corazón a la felicidad. ¡Dolor y amor, el hombre únicamente conoce dos
suspiros!
De ahí provienen las guerras, las enfermedades y la
miseria universal: todo lo que puede multiplicar el esfuerzo. De ahí, la
sociedad y los afectos dispuestos a lo largo de la vida: todo lo que puede
asegurar el amor. Nuestro propio cuerpo no deja tras de sí más que lágrimas y
sudor.
De ahí, igualmente, existen dos alegrías que no pueden
ser arrancadas del alma, siempre viva en dos aspectos: la alegría que se une a
la personalidad, y la alegría que emana del corazón, el amor propio y el amor.
Quien, perteneciente a otros cielos, viniera por
primera vez a la tierra, vería efectivamente dos hechos universales ligados a
la existencia del hombre: el trabajo y la familia; dos cosas que llenan toda su
vida: el dolor y los afectos. A los ojos del observador, estas dos grandes
condiciones de la vida humana en el tiempo indicarán siempre el fin de esta
vida más allá del tiempo.
Es necesario que el hombre tenga la vida del Infinito,
pero que entre en ella sin confundirse con ella. Parece que el fin de la
creación, en relación con el hombre, es evitar que su naturaleza se absorba en
el Infinito, lo cual se obtiene por el mérito; y luego hacer que esta
naturaleza sea capaz de saborear el Infinito, lo cual se obtiene por el amor.
El hombre vendrá a extraer aquí abajo un principio de
distinción por el mérito, que se le vuelve propio, y un principio de unión por
el amor, que debe reunirlo con lo que es eterno. Porque el Infinito existe por
sí mismo; además, vive del amor de sus tres Personas inefables: el ser llamado
al Infinito deberá, pues, acercarse a esa naturaleza inefable.
Está obligado a atravesar las mismas leyes del Ser:
nada podría eximirlo de estas condiciones gloriosas. Pero, debido a su
debilidad, solamente puede realizar en un orden cronológico lo que en Dios se
opera en un orden lógico infinito, eterno e indivisible.
De ahí que todo lo que pueda purificar y desarrollar
la personalidad, o aumentar la vida del amor, conducirá al alma hacia sus
destinos absolutos. Pero un hecho que favoreciera al mismo tiempo a la
personalidad y al amor sería el hecho inseparable de la condición humana, el
gran auxiliar de la creación.
Ahora bien, junto a la familia y al trabajo, se
encuentra el misterioso hecho del dolor.
La
Douleur, 1848
(continuará)
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
AVANT-PROPOS
DE
LA PREMIÈRE ÉDITION
CE livre
s’adresse à quelques âmes qui, de nos jours, restent dans l’affliction. Pleines
d’un attendrissement qui semblait formé pour le ciel, elles ont toute une vie à
écouler sur la terre. Le Christianisme a créé des races choisies, et les cœurs
venus sur la tige de ces nobles générations ouvrent leur calice avec extase à l’existence,
pour recevoir la rosée amère des pleurs. L’être bon a compris la parole de l’amour,
et quand la vie la lui retire, la blessure ne sait plus se refermer.
Les
développements de la conscience, l’étendue de l’imagination, la perspective des
joies infinies, et cette aptitude à l’émotion qui accroît en quelque sorte
notre être, tout concourt aujourd’hui à jeter des âmes riches, tendres,
merveilleuses, au milieu d’une existence amère ou désenchantée. Il est une
fleur de l’amour qui ne doit pas éclore entièrement en cette vie : quand la
branche a verdi vers le haut, on ne sait plus où l’abriter des souffles de la
terre.
La
sensibilité a pris des proportions qu’elle n’avait pas dans l’antiquité. Cette
sorte de douleur que nos temps appellent mélancolie naît d’une inquiétude particulière
dont les anciens ont ignoré le nom. Elle semble venir aujourd’hui à la suite de
toute grande faculté. Comparons l’âme de Manfred ou de René à celle des héros d’Homère
! Les anciens se contentaient de la nature : que dire au moderne agité du
sentiment de l’Infini, et qui s’attend à y donner une satisfaction en ce monde?
L’amour
est devenu trop sensible pour ne pas tenir le cœur exposé à toutes les
blessures dans l’ordre entier des affections, et la conscience, trop éclairée
pour s’enfermer paisiblement dans la pratique de chaque jour. Exaltations
généreuses, amours irrassasiés, enthousiasmes inapplicables entés sur des
volontés affaiblies, tout nous assaille et tout s’apprête à nous dévorer comme
une proie intérieure. L’homme se trouve en même temps chargé du mystère de son
existence et du poids de plus en plus lourd de son cœur.
Les
transports d’une Foi qui par malheur s’éteint pourraient seuls le tirer de ses
cruelles inquiétudes. En fait, l’homme ne saurait se soutenir qu’en s’approchant
toujours plus près du Créateur. Qu’il se rappelle donc ce qu’il vient faire en
cette vie. Qu’il sache que son âme doit s’y former et s’y purifier, afin de
pénétrer un jour dans les joies du souverain bien, ce qui ne saurait avoir lieu
sans une transformation du moi opérée par l’amour. Il faut nécessairement que
notre âme se donne peu à peu à l’Infini, pour pouvoir contracter avec lui une
ineffable Alliance!
La
sainteté n’est que le don de la personnalité humaine. Mais il faut être pour se
donner ; et, pour vivre éternellement, il faut que cette personnalité se fonde
par le mérite. Voilà pourquoi l’effort est partout sur la terre, et pourquoi la
douleur vient si souvent s’ajouter à l’effort… Mais, à cette heure, le trouble
augmente au sein de l’homme, parce que, toujours plus accablé de sa propre
faiblesse, il perd de vue le but de ses douleurs. Il ne semble plus convaincu
de la sublimité de l’existence ; il n’est plus assez persuadé que l’Infini s’emploie
tout entier à l’œuvre d’une sanctification d’où jailliront nos joies
éternelles. Enfin, il ne voit plus comment la vie conduit elle-même une
opération si savante !
De
crainte qu’une foule d’hommes ne prennent en haine leur destinée, il faut
peut-être de nouveau leur expliquer le mystère de la vie.
M. de
Chateaubriand faisait déjà cette remarque eu 1802 : « Les persécutions qu’éprouvèrent
les premiers fidèles augmentèrent en eux le dégoût des choses de la vie. L’invasion
des Barbares y mit le comble, et l’esprit humain en reçut une impression de
tristesse qui ne s’est jamais bien effacée. De toutes parts s’élevèrent des couvents,
où se retirèrent des malheureux trompés par le monde, et des âmes qui aimaient
mieux ignorer certains sentiments de la vie que de s’exposer à les voir
cruellement trahis. Mais, de nos jours, quand les monastères, ou les vertus qui
y conduisent, ont manqué à ces âmes ardentes, elles se sont trouvées étrangères
au milieu des hommes. Dégoûtées de leur siècle, effrayées peut-être par la Foi,
elles sont restées dans le monde sans se livrer au monde. Elles sont alors
devenues la proie de mille chimères, et l’on a vu naître cette coupable
mélancolie qui s’engendre lorsque les passions sans objet se consument
elles-mêmes dans un cœur solitaire. »
Ces âmes
se trouvent maintenant engagées dans les voies où le cœur ne rencontre que des
sacrifices à faire, et la volonté que des obstacles à surmonter. Elles ne
vivent au milieu du monde que pour voir croître leur abnégation, car elles y
sont entourées de caractères vains, chez qui la personnalité a pris l’avance
sur le cœur, et qui demandent à être portés ou admirés plutôt qu’à être aimés.
Enfin, l’absence trop générale d’éducation, l’égoïsme croissant, l’impuissance
provenant des maladies et l’instabilité des fortunes créent des états sans
compensation ici-bas et donnent cours à des douleurs dont la piété elle-même se
trouble, et que la charité à chaque instant s’étonne de ne pouvoir guérir.
Il ne
faut pas s’étonner trop de certaines douleurs. Les hagiographies disent aussi
que les âmes favorisées de grâces extraordinaires sont très souvent destinées à
souffrir pour celles qui ne sauraient pas supporter la douleur. Elles
traversent alors des circonstances qui deviennent pour elles-mêmes une école de
renoncement parfait. Entrant en lutte avec leurs faiblesses propres, elles
acquièrent les vertus qui leur coûtent le plus et qui coûtent le plus aux
hommes, pour qui elles se voient offertes à Dieu comme victimes expiatoires.
Mais de telles âmes, il est vrai, ne se lamentent pas.
Le
déclassement intellectuel amené par la Révolution a aussi augmenté sans mesure
la masse des douleurs. Nous ne parlons pas ici des multitudes sous lesquelles l’abus
de l’industrie ouvre le gouffre du paupérisme, mais bien des individus sans
nombre chez qui des lectures intempestives enflent l’imagination et produisent
un développement tout factice du cœur. Les fortunes rapides, ici fournies par l’extension
du commerce, là par l’agiotage même, ont tout à coup multiplié les familles où
une instruction trop légère, suivie de la lecture des romans, déploie la
sensibilité aux dépens de la volonté et du caractère. Autrefois, les familles
qui avaient part à l’instruction littéraire comptaient pour ancêtres des hommes
formés, soit par la rude vie des champs, soit par la vie non moins âpre des
camps. Il circulait dans ces lignées un esprit de vaillance qui relevait les
cœurs. Il en sortait des races plus aptes à porter l’accroissement de
sensibilité et d’imagination dontl’instruction devient souvent la source
malheureuse. Comment les âmes écloses dans la tiède atmosphère de nos villes,
et tristement réduites à la recherche du bien-être, seraient-elles capables de
porter maintenant tout le poids de la vie, et d’habiter parmi des hommes dont
les sentiments ne peuvent répondre à leur délicatesse maladive?
On ne
saurait non plus perdre de vue la foule toujours croissante sur laquelle le
travail industriel, journellement lié à la misère, s’appesantit de toute la
force de sa loi. Ne faut-il pas expliquer à ces âmes déconcertées le but divin
de l’héroïque effort que le travail ici-bas impose quotidiennement à l’homme pour
le régénérer, le tirer de lui-même et le conduire, purifié, à ses destinées
surprenantes? Si nous pouvions apercevoir ce qui se passe à notre égard dans l’autre
vie, lorsque, par la vertu, par le travail ou par l’effort, nous combattons
dans celle-ci, nous serions saisis d’une extase qui nous ravirait le mérite.
Mais il faut en savoir quelque chose quand la volonté se cabre, ou quand l’esprit,
se faisant plus grand que le cœur, ne pense plus à l’éclairer, et ne sait plus
le retirer des chemins qui confinent au désespoir.
Or, si ce
livre, ô lecteur, te fraye un passage vers la lumière, profites-en pour monter
de toi-même où ne sut point aller l’auteur. Car ce dernier n’écrit pas pour les
saints, mais bien plutôt pour ceux qui, tout aussi troublés que lui, auraient
grand besoin de le devenir. Et s’il tient ici le côté noble de l’homme,
garde-toi de t’en prévaloir et ne te fie à ses paroles qu’en redoublant d’humilité.
Les âmes qui se croiraient plus près de Dieu ne peuvent guère s’en assurer que
par une soumission plus grande; Dieu regarde moins la dignité des vertus que la
douceur de modestie avec laquelle on les porte.
Ces pages
vont paraître en des jours où il n’est plus possible de se taire. Les douleurs
du dedans occuperont toujours leur place ; mais celles du dehors amoncellent de
si gros nuages que, comme des voyageurs en péril, il faut retrouver nos
sentiers. La douleur! il est à craindre que ce mot, et non celui de progrès ou
de jouissance, ne renferme l’énigme des temps présents. Dieu, voyant sa parole
repoussée par les sages et méprisée par la foule, remet à nu les fondements du
monde pour que son enseignement reparaisse tout vivant dans les faits. Les
hommes se sont creusé des demeures où la lumière n’entre plus. Ils ont trouvé
moyen de tourner la Foi, et de rendre la vérité inutile à la terre. Un mensonge
est venu violemment se mettre à la place de chaque enseignement Mais, lorsqu’ils se croyaient à l’abri
derrière leur imposture, ils ont entendu cette voix :
PARCE QUE
VOUS avez rendu mes temples déserts, je ferai le désert autour de vous; et
parce que je ne possédais plus une pensée dans vos cœurs, je n’y laisserai pas
un espoir! Parce que vous avez appris aux autres peuples à oublier mon nom, et
parce que vous l’avez effacé de vos lois, vous le prononcerez dans la détresse
sans que mon oreille l’entende ; et parce que vous avez ri de ma parole, vos
ennemis, bientôt, riront de vos gémissements.....
Cependant,
Dieu ne veut point abandonner ce peuple, qui porte déjà tant de la substance de
son Fils. Les principes s’en vont, et les nations succombent; mais lorsque,
avec sincérité, elles crieront vers Lui, Il les reprendra dans ses bras…
Mai 1848
PRESSÉE sur la route des âges, ô âme! que portes-tu là qu’on ne reconnaît point? Comment trouver dans l’Infini l’objet qui projette cette ombre sur toi? Serait-ce une tache apportée du néant? car on te voit traversant la nuit avec une flamme sur la poitrine. Est-ce pour t’éclairer ou pour te consumer? tu ne te l’es pas demandé. Quand cette flamme s’est arrêtée sur moi, j’ai voulu regarder, et je te dirai peut- être ce que c’est…
LA
DOULEUR
PREMIÈRE
PARTIE
CHAPITRE
PREMIER
LA
DOULEUR AU POINT DE VUE DE L’INFINI
L’homme
est comme une production de l’être en dehors de l’Infini.
Pourquoi
sortir de l’Infini? comment rentrer dans l’Infini? c’est là tout le problème de
l’homme.
Il doit
sortir de l’Infini pour établir son moi et déployer sa personnalité; il doit
rentrer dans l’Infini pour prendre place dans l’éternelle Béatitude.
Car le
bonheur est la fin suprême de l’être.
Mais il
faut rentrer dans l’Infini sans s’y confondre, et cependant il faut en avoir la
nature pour en posséder le bonheur.
Or, la
personnalité se déploie en pénétrant dans le mérite, et le cœur se divinise
dans l’amour. Le mérite est la forme qui rend l’homme visible au milieu de la
Gloire, et l’amour est le signe de race qui doit le réunir à Dieu.
L’amour
étant la félicité de l’Infini, l’homme ne pourra participer à la félicité qu’en
participant de l’amour. Mais il faudra que l’homme, qui d’abord n’était pas,
constitue sa personne, par le mérite, pour contenir cette félicité.
Tels sont
les éléments de la formation de l’homme. Et c’est peut-être pour assurer ces
deux éléments que l’essence humaine a été, dès l’origine, divisée en deux sexes
: l’un surtout doué de force, pour le travail de la personnalité; l’autre
surtout doué d’amour, pour le travail du cœur.
Ainsi
toute la destination de l’homme sur la terre est de former sa personnalité en y
imprimant le mérite, et de former son cœur en y purifiant l’amour. Il forme la
première par la lutte, qui est dans le travail ; il prépare le second par l’amour,
qui naît dans la famille et que divinise la foi.
Aussi
deux choses remplissent toute son existence : le travail et la famille.
Travailler et aimer, on n’accomplit pas d’autres fonctions ici-bas. L’homme
sort de chez lui pour lutter, et il rentre de la lutte pour aimer.
Il lutte,
pour établir son moi et sa personne; il aime, pour ouvrir son cœur à la
félicité. Douleur et amour, l’homme ne connaît que deux soupirs !
De là les
guerres, les maladies et l’universelle misère : tout ce qui peut multiplier l’effort.
De là, la société et les affections disposées le long de la vie : tout ce qui
peut assurer l’amour. Notre corps même ne laisse sur ses traces que des larmes
et des sueurs.
De là,
pareillement, deux joies ne sauraient être ôtées de l’âme, toujours vivante sur
deux points : la joie qui s’attache à la personnalité, et la joie qui relève du
cœur, l’amour-propre et l’amour.
Celui
qui, appartenant à d’autres cieux, viendrait pour la première fois sur la
terre, y verrait effectivement deux faits universels se lier à l’existence de l’homme
: le travail et la famille; deux choses remplir toute sa vie : la peine et les
affections. Aux yeux de l’observateur, ces deux grandes conditions de la vie
humaine dans le temps indiqueront toujours le but de cette vie au delà du
temps.
Il faut
que l’homme ait la vie de l’Infini, mais qu’il y entre sans s’y confondre. Il
semble que le but de la création, par rapport à l’homme, est d’éviter que sa
nature ne s’absorbe dans l’Infini, ce qu’on obtient par le mérite; puis de
rendre cette nature capable de goûter l’Infini, ce qu’on obtient par l’amour.
L’homme
viendra puiser ici-bas un principe de distinction par le mérite, qui lui
devient propre, et un principe d’union par l’amour, qui doit le réunir à ce qui
est éternel. Car l’Infini existe par lui-même; de plus, il vit de l’amour de
ses trois ineffables Personnes: l’être appelé dans l’Infini devra donc se
rapprocher de cet ineffable nature.
II est
tenu de traverser les lois même de l’Être : rien ne saurait le dispenser de ces
conditions glorieuses. Mais, par suite de sa faiblesse, il ne peut réaliser que
dans un ordre chronologique ce qui en Dieu s’opère dans un ordre logique
infini, éternel et indivisible.
Dès lors,
tout ce qui pourra purifier et déployer la personnalité, ou augmenter la vie de
l’amour, conduira l’âme à ses destinées absolues. Mais un fait qui favoriserait
en même temps la personnalité et l’amour serait le fait inséparable de la
condition humaine, le grand auxiliaire de la création.
Or, à
côté de la famille et du travail, on voit le fait mystérieux de la douleur.



