BAUDELAIRE
Parece que Baudelaire
ya había previsto su propio caso cuando escribió: «Las naciones son como las
familias: sólo tienen grandes hombres a pesar suyo».
De hecho, resulta sorprendente
pensar que aún se lo cuestione, que los críticos lo tergiversen, que las
antologías lo pasen por alto, que se lo considere, como mucho, un poeta
extraño, malsano y, en cualquier caso, estéril.
Pero la opinión
definitiva será situarlo por fin en primera fila, donde reinan Lamartine y Victor
Hugo, a quienes siempre se cita, pero omitiéndolo a él. La obra de estos
últimos se situaba en el horizonte; el genio de Baudelaire se encuentra en la
profundidad.
¡El genio de
Baudelaire! Una afirmación prematura y a la que no estamos acostumbrados. En
vida, fue incomprendido o mal conocido; los errores y las interpretaciones
erróneas ocultaron su obra, y murió sin poder prever él mismo bajo qué luz de
gloria acabaría un día resplandeciendo —pobre obispo que falleció en el umbral
de su consagración sin haber visto caer los andamios de sus torres. Hoy, esta
obra comienza a aparecer como la catedral católica que realmente es.
Esto es lo que no
sospecharon los escritores que se han ocupado de ella hasta ahora: ni el señor
Brunetière; ni el señor Huysmans en sus páginas coloridas; ni el señor Paul
Bourget, que declara a Baudelaire pesimista —lo cual solo fue a medias— y
místico —lo cual no fue en absoluto—; ni siquiera Théophile Gautier en su
prólogo de un estilo tan maravilloso, sensual, fragante, nielado, un estilo complejo
como la química, rico y manido como la carne de caza, pero que sólo ha puesto
de relieve los aspectos plásticos, por así decirlo externos, de la obra.
Gautier era demasiado artista de los colores y los decorados, demasiado pagano,
para buscar el misterio interior del poema, su motor filosófico y religioso.
Es cierto que aún no
había aparecido la obra póstuma del señor Crépet, que contiene, entre otras
cosas, dos fragmentos inéditos de una especie de confesión, de diario íntimo: Mi corazón al desnudo y Cohetes, que ahora nos permiten llegar
hasta el alma del poeta, desentrañar toda su alma.
Baudelaire se nos
presenta entonces un poco diferente de como se lo ha visto habitualmente. Se
muestra tal y como es en esencia: un POETA CATÓLICO. Ciertamente, un hombre de
decadencia siempre, en el umbral de la vejez de un mundo, en el umbral de lo
que él mismo llama «el otoño de las ideas». Pero este hombre de decadencia
sigue estando también profundamente impregnado por la Iglesia. Entre los vicios
modernos y la corrupción desenfrenada de la que sufre el contagio, sigue siendo
el depositario del dogma, el denunciante del pecado.
Ya, en su aspecto
físico, tenía, al parecer, una reserva sacerdotal, un aire de obispo pálido
que, a decir verdad, habría sido destituido de su diócesis, pero menos por los pecados
de la carne que por el pecado de soberbia.
Por otra parte, se
expresaba con un vocabulario enriquecido por la liturgia, los breviarios y los
catecismos, impregnado de crisma, por así decirlo, e incluso inoculado de
latinidad, ese latín eclesiástico que conocía bien y que amaba hasta el punto
de componer estrofas en él: «Franciscæ meæ laudes», que intercaló en su libro.
Aquí ya no se trata de
una religiosidad vaga como la de Chateaubriand y los románticos, menos enamorados
del dogma que del culto, de la pompa de los oficios, del ceremonial, de la
decoración, de una especie de maravilloso cristiano.
Este había surgido con
el renacimiento de la arquitectura, ese retorno al gótico y al estilo de la
Edad Media, que de repente volvió a salir a la luz gracias a la espléndida
restauración de Notre-Dame.
Esa Notre-Dame de
París, que Hugo se apropió de inmediato, puede decirse que fue el arca de la
alianza del romanticismo. Pero Hugo, al igual que el rey David, se contentó con
bailar ante el arca, junto a Esmeralda y las gitanas de la plaza.
En cambio, la
generación que lo siguió entró en Notre-Dame, se santiguó con agua bendita, se
dirigió hacia el coro y reafirmó su adhesión a la fe y a los misterios: era
Barbey d’Aurevilly; era Hello; era Baudelaire. A decir verdad, su forma de
comportarse en Notre-Dame no tranquilizaba precisamente a los oficiante y a los
suizos, ni siquiera cuando se acercaban a la Mesa Sagrada: «—¿Comulga usted con
el puño en la cadera?», le preguntaba Baudelaire a d’Aurevilly.
Los que vinieron
después de ellos irían más allá, retrocediendo por completo hasta aquella Edad
Media cuyo camino había marcado Hugo. Ellos habían vuelto a Dios; sus
discípulos volvieron a Satanás, que es su polo opuesto. La magia se entremezcló
con la religión, el grimorio con la oración. Esto explica el actual
resurgimiento del ocultismo, del esoterismo, de la misa negra y de los
hechizos, que vemos reaparecer en los hermosos libros de J.-K. Huysmans, en los
tratados especializados de Guaita y en los enredos de Péladan —última
encarnación y culminación suprema del romanticismo—.
Sería una historia
curiosa la que podría escribirse sobre este tipo de católicos: Barbey d’Aurevilly,
Hello, Baudelaire, Villiers de l’Isle-Adam y —más recientes— Huysmans, Verlaine
y Léon Bloy, quienes han reivindicado con blasfemias su condición de creyentes
y siempre han dado la impresión, en sus prácticas más fervientes, de entrenarse
en el sacrilegio.
En cuanto a
Baudelaire, no llegó al satanismo ni al ocultismo, mediante los cuales sólo sus
seguidores iban a cerrar hoy este ciclo de la idea católica en la literatura
moderna.
Sin embargo, Satanás
tiene un lugar en su obra, aunque no muy diferente del que ocupa en el conjunto
del propio catolicismo. Baudelaire redactó las Litanías de Satanás, mientras que Barbey d’Aurevilly escribía Las Diabólicas. Se contentó con las
invocaciones al Diablo que ya se conocían en la Edad Media —lo suficiente para
incluir también algunos rostros de demonios en forma de gárgolas con muecas en
su obra—, lo cual no impide que esta, al igual que la propia Notre-Dame, sea
una catedral, una iglesia católica, a imagen y semejanza de su alma.
Porque su alma es, sin
duda, la de un poeta católico. En algún lugar de su diario dice: «Lo que
importaría es ser un héroe, o un santo, para uno mismo», palabras de renuncia
definitiva, de un pesimismo suave como el del Eclesiastés, que implica
nostalgia y ambición por el cielo. Cree en el cielo, en efecto, en el cielo
puro y simple de los fieles, en el ingenuo paraíso de la balada de Villon,
«donde hay arpas y laúdes», como proclama en la Bendición que abre Las Flores
del Mal. También cree en el infierno, en las llamas reales, en el tormento,
en las quemaduras eternas; y, si le guardaba tanto rencor a George Sand, era
porque ella había negado la existencia del infierno.
Baudelaire cree en el
dogma íntegro de la Iglesia, no sólo en lo que respecta a las verdades de la
eternidad, sino también a las verdades del tiempo. Al mismo tiempo que profesa
sus misterios, acepta sus doctrinas políticas, sus actitudes sociales y su
intransigencia frente a las reivindicaciones de la libertad y el
librepensamiento.
Sin duda, también
considera que la verdad es una sola y que el error no tiene derechos: que la
tolerancia es una debilidad, si no una renuncia. Por lo tanto, el crucifijo ya
no debe ser un árbol de la paz, sino un arma de amenaza y castigo. Rechaza la
teoría del perdón de las ofensas, del olvido de los agravios, de la renuncia a
los valores ante la masa con el pretexto de la igualdad, toda esa religión
humanitaria y blanda que hace que Jesús detenga el brazo de Pedro en el Huerto
de los Olivos y, desdeñoso de la acción, le haga decir: «El que a hierro mata,
a hierro muere».
La prueba de ello se
encuentra en esa obra de actualidad sobre la negación de San Pedro, en la que
aprueba al discípulo por haber traicionado y condena al Maestro por su
mansedumbre o por su miedo:
En verdad dejaré, del todo satisfecho,
un mundo en que la acción no está al sueño
hermanada.
¡Quién pudiera morir y vivir por la espada!
San Pedro renegó de Jesús… ¡y está bien hecho!
¡Hizo bien! Había que
golpear con el hierro e imponerse por la fuerza. Así se manifiesta su
naturaleza dogmática, su religión de inquisidor. Porque el suyo es, sin duda,
un catolicismo político del siglo XVI, según el cual hay que imponerse por la
fuerza al pueblo, ya que éste es incapaz de gobernarse a sí mismo y sólo
entiende los golpes, como el niño y como el animal. Ese catolicismo
autoritario, por un lado, y, por otro, la doctrina liberal de Jesús —que podía
querer, pero sólo quiso poder—, se contraponen de la misma manera en un
admirable relato de Dostoievski titulado «El Gran Inquisidor», cuyo germen es
precisamente el poema de Baudelaire.
Es en Sevilla, frente
a la catedral. El Gran Inquisidor, Torquemada, pasa en silencio, con una
sonrisa enigmática. Ha visto en la esquina de la plaza al pueblo reunido
formando una procesión en torno a un hombre que acaba de resucitar a un niño.
Ese hombre es, evidentemente, Jesús. El Inquisidor ordena a los hombres del
Santo Oficio que lo detengan y lo encierren en las mazmorras. Al caer la noche,
va a visitar al prisionero y a juzgarlo: «¿Por qué regresa? ¿Acaso para
causarles problemas, ahora que ellos lo han puesto todo en orden? Porque
cometió el error de dejar a los hombres la elección y la facultad de creer.
Para ellos, en verdad, no había nada más insoportable que la libertad». Y
Torquemada añade: «Los hemos liberado de la carga de ser libres, del tormento
de tener libre albedrío con el conocimiento del bien y del mal. Hemos corregido
tu obra, y por eso únicamente nosotros, guardianes del misterio, seremos
infelices».
Esta es la teoría de
Baudelaire; lo que él mismo llamaba su «religión disfrazada», pues, en La negación de San Pedro y en otros
lugares, se muestra con un espíritu igualmente autoritario, con un alma sombría
y altiva que podría ser la de un prelado intransigente de la España del siglo
XVI, un alma que no se alegra con las cosas floridas y suaves del ritual, para
quien incluso la devoción a la Virgen —poetizada en otros lugares con cirios,
guirnaldas, telas bordadas y joyas— se transforma en un culto bárbaro y
trágico, tal y como aparece en este curioso poema, A una Virgen, exvoto al estilo español:
... Al fin, para dar cima al papel de María
y mezclar el amor con la barbarie fría,
¡negro placer!, con los Pecados Capitales,
pesaroso Verdugo, haré siete puñales
afilados y, cual juglar indiferente,
los lanzaré a lo hondo de tu amor más ardiente,
¡y ellos penetrarán tu corazón vibrante,
tu corazón gimiente, tu corazón sangrante!
*
*
*
Baudelaire es un poeta
católico. Su obra no es más que la puesta en escena del drama original del
Génesis. Narra la gran caída, la eterna lucha que constituye el fondo de la
religión, entre personajes similares: Dios, el hombre, el Tentador y la mujer,
aquí también aliada del Tentador.
Satanás, en primer
lugar; para el poeta, sigue siendo el Tentador del Paraíso terrenal, el Demonio
ondulante y mentiroso del principio de los tiempos. Pero, en esta sociedad
envejecida y decadente, ha multiplicado y perfeccionado sus artimañas —¡y qué
otros recursos tiene ahora para inducirnos al pecado!
¿Los pecados modernos?
Son precisamente las Flores del Mal.
Baudelaire ha elaborado su lista. Los enumera con una libertad que sólo los
malintencionados han podido tachar de licenciosa, a la manera en que Moisés
enumera, en el Levítico, ciertas abominaciones. Su obra es un examen de
conciencia de la humanidad actual.
Él mismo, sin duda, es
un pecador; lo confiesa y con contrición. Se contempla en su culpa como en un
espejo roto y se lamenta en él.
Porque su obra no es
sólo objetiva, sino también subjetiva; y eso es lo que la hace tan patética: el
poeta confundido con esa multitud, caminando entre esa multitud presa del
pecado, apareciendo cubierto por completo de su propio pecado, al mismo tiempo
que del pecado de los demás.
Por doquier, la teoría
católica de la perversidad original. Pero también por doquier, el rechazo a los
vicios. Los persigue, los denuncia a lo largo y ancho de la enorme capital, ese
París febril que constituye el ambiente ideal para su proliferación.
Así, de vez en cuando,
aparece un poeta parisino (conocemos la serie de poemas titulada: Cuadros parisinos), tras Sainte-Beuve,
que sólo veía en la ciudad pecadora motivos pintorescos y melancólicos.
Baudelaire, por su
parte, ausculta a los transeúntes, desgarra sus ropas de hipocresía, descubre
en ellos úlceras mentales, residuos de maldad, y también una flora de nuevos
vicios, y todo el vino antiguo de los sentimientos puros, de los pensamientos
nobles, agriado, convertido en vinagre y en agua, con un tatuaje de moho en las
almas.
Esto le aflige y le
horroriza, sin ninguna complacencia hacia el vicio. «El vicio es seductor —dice
en su Arte romántico—; hay que
pintarlo seductor». Pero añade: «Arrastra consigo enfermedades y dolores
morales singulares; hay que describirlos». Eso es lo que ha hecho; por todas
partes se percibe el rechazo al mal, el horror ante los éxtasis culpables. Al
final de Las mujeres condenadas, les grita
con la dureza de un padre Bridaine laico, con la amenaza indignada de un
profeta bíblico:
Y vuestro castigo nacerá de vuestros placeres.
*
*
*
En este temible
conflicto del hombre con los pecados modernos, se puede decir que, junto a
Satanás, que está presente en todas partes, la mujer aparece siempre también,
en Las Flores del Mal, incesantemente
como aliada del Tentador, al igual que en el drama primordial del Génesis.
Ahora bien, es
precisamente a través de esta concepción de la mujer como Baudelaire se revela
aún más claramente como un poeta católico y continúa ateniéndose, para la
puesta en escena del eterno drama humano, a la versión del catolicismo.
Su opinión concuerda
con los prejuicios seculares de la literatura sagrada, ya que los Santos Padres
consideran que la mujer es un vaso lleno de pecado, y ya que el propio Bossuet
escribió sobre su vanidad esta frase de suprema ironía: «Las mujeres sólo
tienen que recordar su origen y, sin alardear demasiado de su delicadeza,
pensar, al fin y al cabo, que proceden de un hueso sobrante en el que no había
más belleza que la que Dios quiso poner en él».
La mujer es, ante
todo, para los teólogos, una ocasión de pecado, y Baudelaire piensa lo mismo.
Ella es, aún hoy, la aliada del Tentador. Ella misma es el Tentador. Y el amor
que nos ofrece tiene un carácter satánico. El poeta encontraba la prueba de
ello en la costumbre de los amantes —una costumbre infantil, inconsciente, pero
que se verifica en todas partes— de llamarse entre sí en sus juegos con nombres
de animales: «Mi gatito, mi lobo, mi monito, gran mono, gran serpiente... ».
Tales caprichos lingüísticos, esos apelativos bestiales, dan testimonio de una
influencia satánica en el amor. «¿Acaso los demonios no adoptan formas de
bestias?», preguntaba.
Y eso se aprecia, en
efecto, en los cuadros de los primitivos y también en los de los pequeños
maestros del norte, quienes, al pintar con frecuencia las Tentaciones, como la
de San Antonio u otros santos, siempre representaban (Teniers y Brueghel, por
ejemplo) a un viejo anacoreta en una cueva, asediado por criaturas caóticas,
ranas con rostro humano, inquietantes pájaros cuyo pico se deshoja en pétalos,
formas febriles en las que se encarnan los demonios.
Las mujeres también le
parecían a Baudelaire encarnaciones del espíritu del mal, cuyo único dominio se
debía a nuestra perversidad original, ya que la alegría en el amor, declaraba,
proviene de la conciencia de hacer el mal.
Por lo demás, las
consideraba verdaderamente mediocres: «Siempre me ha sorprendido —decía en su
diario— que se les permita a las mujeres entrar en las iglesias. ¿Qué
conversación pueden tener con Dios?».
Sin embargo, si la
mujer es amarga y vanidosa, ¿por qué amarla? He aquí: pues toda la obra de
Baudelaire es razonada, lógica, filosófica; sin duda, la mujer es el mal;
ofrece el amor, que es el pecado; colabora, pues, con el Infierno, ¡pero qué
más da!
...¿qué importa, Ángel, sirena,
si vuelves con tus ojos de seda, acariciantes
—ritmo, lumbre, perfume, ¡oh, majestad
serena!—,
menos horrible el mundo, más leves los
instantes?
¡Qué importa! Puesto
que el pecado es un medio para el olvido, y para salir de uno mismo y de la
vida. Olvido precioso para Baudelaire y para las naturalezas de élite que
sufren con él, exiliadas en lo imperfecto y que desearían entrar ya aquí abajo
en el Ideal.
Pero, ¿cómo entrar en
el Ideal? ¿Cómo escapar del spleen? Spleen e Ideal es el título de una parte
importante de Las Flores del Mal; es
el lema mismo de la vida del poeta, y como las dos orillas entre las que ha
gemido su pensamiento.
Es, pues, para olvidar
por lo que el hombre acoge con embriaguez a la mujer cuando ella le trae el
fruto de su carne: ¡oh Árbol de la Tentación, enrejado de pechos maduros,
cabellera enroscada como serpiente que acaricia el tronco de su cuerpo desnudo!
Y, como antaño en el Paraíso terrenal, ella nos susurra aún hoy, con su voz
engañosa: «¡Come, y serás como Dios!»
*
*
*
Pero la carne de la
mujer no es el único fruto del olvido que nos ofrece el Tentador. Ahora hay
otros medios para escapar del spleen,
para entrar a la fuerza en el Ideal. He aquí, en primer lugar, el Vino, que
promete deslumbrar con sus encantos incluso a los más desheredados. Y se
suceden varios pasajes: El Vino del
Asesino, El Vino del Solitario, El Vino de los Traperos.
Luego, las otras
embriagueces, los otros medios para escapar de uno mismo: el Juego, el Sueño,
el Viaje, sobre todo el Viaje, que tan maravillosamente inspiró a Baudelaire,
alimentado por sus recuerdos personales de aquel embarque juvenil hacia las
Indias. De hecho, había navegado muy joven, hacia los dieciocho años, embarcado
en un navío que zarpaba rumbo a Calcuta, con el fin, según pensaba su familia,
de que sus ideas se modificaran y se frustrara su vocación literaria. Sin
embargo, ese viaje le proporcionó impresiones que constituirían una de las
características de su obra. Se puede decir que expresó de manera definitiva la
poesía de los puertos, la navegación, los vientos de alta mar, las velas, lo
que él denomina las «arquitecturas delicadas y complicadas de los mástiles y
los barcos». Fue también en esos países orientales donde adquirió el gusto por
los aromas, de los que están llenas sus estrofas, y se forjó una educación
estética del olfato, en una época en la que la literatura apenas había conocido
hasta entonces más que la estética de la vista.
Esta embriaguez del
viaje es breve, como las demás; y a su vez decepciona:
...Hemos visto los astros
y las olas; y arenas también vimos, sin fin;
y pese a conmociones e imprevistos desastres,
nos hemos aburrido mil veces, como aquí.
Entonces, ¿qué? ¿No
hay ningún medio de salvarse del spleen
en lo ideal, de hacer realidad ya aquí abajo el infinito intuido? ¡Sí!
Realmente existen los «paraísos artificiales». Y Baudelaire les dedicó dos
ensayos que conocemos y que se cuentan entre los más profundos y novedosos de
su obra: el del hachís y el del opio, sobre el que habían aparecido en Inglaterra
las extraordinarias Confesiones de un
consumidor de opio, de Thomas de Quincey, que Baudelaire tradujo al tiempo
que las analizaba y desarrollaba.
Esas drogas son el
medio perfecto e inmediato para huir de la vida, para satisfacer el gusto
natural por lo infinito, para ser semejante a Dios. Es la más temible de las
ofertas del Tentador moderno. En ese extraño éxtasis, todo se ennoblece, se
idealiza, se vuelve paradisíaco. No se pierde la conciencia de uno mismo. Es
una conciencia deformada, sublimada. Es lo real ampliado, divinizado, exagerado
hasta los confines de lo posible, hasta la línea del horizonte del cielo y del
mar. ¿Sigue siendo agua, o ya es el cielo? ¿Sigue siendo realidad, o ya es
sueño?
Y eso resultaba
tentador sobre todo para el poeta pobre, enamorado del dandismo, sutil esteta,
que de ese modo se veía inmediatamente transportado al lujo. Hay un poema de Las Flores del Mal: Sueño parisino, que narra ese éxtasis en la habitación.
La mención es la única
en Las Flores del Mal, donde en
ningún momento se hace alusión directa al hachís ni a las visiones del opio. En
esto hay que admirar el gusto supremo del poeta, preocupado únicamente por la
construcción filosófica de su poema, por despojarlo de las contingencias,
admitiendo de las cosas únicamente su porción de eternidad, su transposición al
infinito.
Pero, indirectamente,
se aprecia la huella y el fruto de la frecuentación de esos paraísos
artificiales: las deformaciones de la sensación, la inversión de los sentidos y
esas famosas «correspondencias», tan a menudo señaladas e imitadas:
¡Es pura música su aliento
como su voz es el perfume!
Y en otra parte:
Hay perfumes tan frescos como carne de
infantes,
verdes como los prados, suaves como el oboe...
se responden sonidos, perfumes y colores.
Nadie ha dicho que
esto fuera menos inventado que visto por Baudelaire en el éxtasis del hachís,
mientras que en el segundo período, como él mismo escribió, «llegan los
equívocos, los malentendidos y las transposiciones de ideas. Los sonidos se
revisten de colores y los colores conllevan una música».
Otro efecto del hachís
es una mezcla de matemáticas que apenas se ha señalado en la obra, y que
aparece de forma tan curiosa aquí y allá:
En Las viejecitas:
a menos que, pensando según la geometría...
En Los siete viejos:
... su espina
dorsal, con una pierna, era un ángulo recto:
Así, las matemáticas
se entrelazan con la poesía como se entrelazan con la música, pues el éxtasis
del hachís, al parecer, transpone toda música en cifras, hace que toda música
se manifieste en el aire desnudo como una vasta operación aritmética en la que
los números engendran números.
Sea cual sea el
beneficio que esas drogas eruditas aportaron a la obra, no dejan de ser cosas prohibidas,
al igual que los demás medios artificiales para olvidar la vida: el vino, el
juego, el viaje. Todos son flores del mal, frutos de la tentación, inventos de
Satanás. Solamente la Muerte proviene de Dios. Es la conclusión lógica de la
vida y lo será también del poema, que termina con una serie de sonetos de
profundo análisis: la Muerte de los amantes, la Muerte de los artistas, la
Muerte de los pobres.
Es el único ideal con
el que oponerse al spleen, el único
remedio que no engaña, ese pensamiento de la muerte —pues el poeta es creyente,
y la muerte abre las puertas del cielo, «ese lugar —dice él— de todas las
transfiguraciones», el cielo donde, ya desde el primer poema de su libro,
vislumbraba el trono reservado al poeta:
Sé que guardáis por siempre un lugar al poeta
en las filas benditas de las santas Legiones.
He aquí por qué el
último poema de Las Flores del Mal
debe concluir, con toda lógica, con este grito que por fin anuncia la
liberación:
¡Oh Muerte, capitana, ya es tiempo, el ancla
alcemos!
Nos hastía esta tierra, ¡oh Muerte!, ¡hay que
zarpar!
*
*
*
Como se ve, toda esta
obra de Baudelaire está construida con la lógica, la armonía, las proporciones,
la jerarquía de la arquitectura, pues de él se puede decir, sobre todo, que fue
un hombre cerebral, un genio de la voluntad.
A la mayoría le
sorprenderá esta combinación de palabras, ya que suelen imaginar el genio más
bien como algo innato, inconsciente, un don, un manantial inagotable, una
potencia verbal que llega a ser como el viento, el mar o el fuego, convirtiendo
al hombre en una especie de elemento.
De acuerdo. Pero,
incluso en esta hipótesis, ¿no es también un elemento la pólvora reducida al
mínimo que podría estallar, tener la potencia de un ciclón? ¿No es un elemento
el frasco de esencia prestigiosa cuyas sobrias gotas se destilaron con las
flores de todas las latitudes? Baudelaire fue, en poesía, el químico del
Infinito, y, en las retortas de sus versos, todo el universo también se
condensa, culmina.
Es, pues, un hombre de
genio, para aquel que desentraña el sentido simbólico de sus libros. Pero muy
pocos, aún hoy, se atreven a sostener tal opinión. ¿Qué decir de la opinión que
suscitó en vida y de la acogida que recibió su obra? Un éxito de extrañeza,
casi de escándalo. «Ensayos», como declaró la Revue des Deux-Mondes en una nota restrictiva, cuando publicó por
primera vez algunos fragmentos.
En vano habría querido
Baudelaire imponerse, explicarse. «No tiene sentido explicar nada a nadie»,
decía con desánimo, convencido de la estupidez del mundo, esa estupidez con
frente de toro.
Ahora bien, fue
precisamente el desprecio por la humanidad lo que lo llevó a ese gusto por la
mistificación, un poco infantil, en el fondo, y por el que tanto se le
reprocha, pero que en su caso tiene explicación, y mediante el cual se vengaba
de sentirse incomprendido y solo en la vida. Hay que decir, en su defensa, que
casi todos los escritores de su generación compartían, como él, ese amor por la
mentira. Fue una moda, como la afectación por los trajes ostentosos. El propio
Balzac, en esa pasión puramente cerebral por La Extranjera, no hacía más que amar una mentira, concretarla en
una figura femenina desconocida, es decir, en algo que era como si no existiese.
Último avatar del romanticismo, cabría decir, y de la licantropía de Pétrus
Borel, obstinándose en actitudes para sorprender a la gente común y sobreviviéndose
a sí mismo como en un deporte mental.
Así pueden
considerarse algunas laboriosas mistificaciones de Baudelaire, que ejercía
incluso frente a los humildes y los inofensivos. Por ejemplo, al pasar una
noche por delante de la tienda de un carbonero, lo vio, en una habitación del
fondo, sentado con su familia alrededor de una mesa. Parecía feliz; el mantel
era blanco; el vino reía en las botellas. Baudelaire entró. El comerciante se
acercó a él, obsequioso, contento de tener un cliente, esperando el pedido.
—¿Todo este carbón es
suyo? —preguntó.
El hombre asintió con
la cabeza, sin entenderlo.
—¿Y todos estos leños
alineados?
El hombre volvió a
asentir, creyendo que el comprador estaba indeciso.
—¿Y eso es coque? ¿Son
brasas? ¿También son suyas?
Baudelaire examinaba
con detenimiento toda la mercancía apilada; luego, mirando fijamente al
carbonero, le dijo:
—¿Cómo? ¡Todo eso es
suyo! ¿Y usted no se asfixia?
Las bromas de este
tipo (y se cuentan muchas, más o menos auténticas) eran sin duda el resultado
de un hábito, un juego de solitario y de incomprendido. En un principio,
Baudelaire debió de encontrar en ellas una forma de protegerse contra la
estupidez que podría haberse burlado de él, al no comprenderlo. Se adelantó y
fue el primero en burlarse. Fue una especie de legítima defensa.
Porque, tras reconstruir
el alma esencial de este poeta, uno piensa: «¡Cómo se sintió exiliado en la
vida! Caminó realmente entre extraños. No hablaba el mismo idioma que los
demás. A muchos, su conversación natural debía parecerles ininteligible o
ridícula; sus sutilezas de pensamiento y de lenguaje desconcertaban tanto como
sus engaños».
Y es que contempló la
vida desde el punto de vista de la Eternidad. No fue como los demás; no se
amoldó, lo cual es el gran crimen, como él mismo decía. De ahí su destino
maldito, su genio insospechado, su vida lamentable, a merced del desdén, la
ignorancia y la pobreza.
¡Qué contraste con la
existencia de cuento de hadas de un Hugo que, tras sesenta años de
aclamaciones, es llevado en triunfo a la muerte como un héroe de Wagner! Y es
que Hugo, Lamartine, casi todos los poetas franceses del siglo, tenían una
naturaleza tal que pudieron realmente congeniar con la muchedumbre.
Sus pasiones, sus
tristezas, sus alegrías, sus creencias —la política, la patria, el amor, todos
los grandes lugares comunes de la humanidad—, los compartieron. Cada uno de
ellos fue verdaderamente un «eco sonoro» en el centro de todo.
En cuanto a
Baudelaire, él es excepcional: representa a la élite frente a la mayoría;
frente a los hechos, es la ley; concibe el orden del Universo y desprecia el
desorden de los acontecimientos. Él es incapaz, para siempre, de fundirse con
la multitud. Es tan diferente de ella, tan diferente de los demás, ¡y siempre
fiel a sí mismo! Es el ser disparejo. Es único en su especie. Es el gran soltero,
tal y como se dice en Maldoror acerca
del Océano. Pero ¿no consiste acaso la gloria del Océano en no tener
equivalente? —como también lo es la gloria de Dios. Dios es aquel que es único.
Y se podría decir lo mismo del hombre de genio.
L’élite: écrivains, orateurs sacrés, peintres, sculpteurs, 1899
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
Las citas de los poemas de Baudelaire provienen de la versión en español de Manuel Santayana
BAUDELAIRE
Il semble que
Baudelaire ait prévu son propre cas quand il écrivit: «Les nations sont comme
les familles: elles n’ont de grands hommes que malgré elles.»
En effet, il est surprenant
de penser qu’on le conteste encore, que les critiques le dénaturent, que les
anthologies le négligent, qu’on le tient tout au plus pour un poète étrange,
malsain, stérile en tout cas.
Mais l’opinion finale
sera de le mettre enfin au premier rang où règnent Lamartine et Victor Hugo, qu’on
cite toujours, en l’omettant. L’œuvre de ceux-ci fut en horizon; le génie de
Baudelaire est en profondeur.
Le génie de
Baudelaire! Affirmation prématurée et à laquelle on n’est pas accoutumé. De son
vivant, il fut méconnu ou mal connu; des erreurs, des interprétations fausses
masquèrent son œuvre, et il mourut, ne prévoyant pas lui-même dans quelle
lumière de gloire elle finirait un jour par se dresser—pauvre évêque décédant au
seuil de son sacre sans avoir vu tomber les échafaudages de ses tours. Aujourd’hui,
cette œuvre commence à apparaître comme une cathédrale catholique qu’elle est
vraiment.
Voilà ce que n’ont pas
soupçonné les écrivains qui s’en sont occupés jusqu’ici: ni M. Brunetière; ni
M. Huysmans en ses pages colorées; ni M. Paul Bourget, qui déclare Baudelaire
un pessimiste, qu’il ne fut qu’improprement, et un mystique qu’il ne fut pas du
tout; ni même Théophile Gautier dans sa préface d’un style si merveilleux,
sensuel, odorant, niellé, un style complexe comme une chimie, riche et faisandé
comme une venaison, mais qui n’a dégagé que les aspects plastiques, pour ainsi
dire externes de l’œuvre. Gautier était trop un artiste en couleurs et en
décors, trop un païen, pour chercher le mystère intérieur du poème, son ressort
philosophique et religieux.
Il est vrai que n’avait
point paru encore l’ouvrage posthume de M. Crépet, contenant entre autres deux
fragments inédits d’une sorte de confession, de journal intime: Mon cœur mis à nu et Fusées, qui nous permettent maintenant d’aller
jusqu’à l’âme du poète, d’élucider toute son âme.
Baudelaire surgit dès
lors un peu différent de ce qu’on l’a vu d’ordinaire. Il apparaît ce qu’il est
essentiellement: un POÈTE CATHOLIQUE. Certes, un homme de décadence toujours,
au seuil de la vieillesse d’un monde, au seuil de ce qu’il appelle lui-même «l’automne
des idées». Mais cet homme de décadence demeure aussi tout imprégné de l’Église.
Parmi les vices modernes et la corruption effrénée dont il subit la contagion,
il continue à être le dépositaire du dogme, le dénonciateur du péché.
Déjà, au physique, il
avait, paraît-il, une réserve sacerdotale, un air de pâle évêque qui, à vrai
dire, serait déposé de son diocèse, mais moins pour des péchés de chair que pour
le péché d’orgueil.
Il s’est exprimé d’ailleurs
en un vocabulaire tout enrichi de liturgie, de bréviaires, de catéchismes,
emmiellé de saint-chrême pour ainsi dire, inoculé même de latinité, ce latin d’église
qu’il connut bien et aima jusqu’à en composer des strophes: Franciscæ meæ
laudes, qu’il intercala dans son livre.
Ici il ne s’agit plus
d’une vague religiosité comme celle de Chateaubriand et des romantiques, moins
épris du dogme que du culte, de la pompe des offices, du cérémonial, du décor,
d’une sorte de merveilleux chrétien.
Celui-ci était né avec
le renouveau de l’architecture, ce retour au gothique et au style du moyen âge
remis tout à coup en lumière par la splendide restauration de Notre-Dame.
Cette Notre-Dame de
Paris, aussitôt accaparée par Hugo, on peut dire qu’elle fut l’arche d’alliance
du romantisme. Mais Hugo, comme le roi David, se contenta de danser devant l’arche,
avec Esmeralda et les bohémiennes du parvis.
Or la génération qui
suivit entra, elle, dans Notre-Dame, se signa d’eau bénite, marcha vers le
chœur, affirma son adhésion à la foi et aux mystères: c’était Barbey d’Aurevilly;
c’était Hello; c’était Baudelaire. A vrai dire, leurs façons de se comporter
dans Notre-Dame ne furent pas pour rassurer les officiants et les suisses, même
quand ils s’approchaient de la Sainte Table: «—Vous devez communier le poing
sur la hanche?» demandait Baudelaire à d’Aurevilly.
Ceux qui vinrent après
eux devaient pousser plus loin, rétrograder tout à fait jusqu’à ce moyen âge
dont Hugo avait montré le chemin. Eux étaient retournés à Dieu; leurs disciples
retournèrent à Satan, qui est son pôle contraire. La magie se mêla à la
religion, le grimoire à la prière. C’est ce qui explique ce recommencement
actuel de l’occultisme, de l’ésotérisme, de la messe noire, de l’envoûtement, que
nous voyons reparaître dans les beaux livres de M. J.-K. Huysmans, les traités
spéciaux de M. de Guaita, les imbroglios de M. Péladan,—dernier avatar, suprême
aboutissement du romantisme.
Ce sera une curieuse
histoire à écrire que celle de ces sortes de catholiques: Barbey d’Aurevilly,
Hello, Baudelaire, Villiers de l’Isle-Adam et,—plus récents,—MM. Huysmans,
Verlaine, Léon Bloy, qui auront revendiqué avec des blasphèmes leur titre de
croyants et eurent toujours l’air, dans leurs pratiques les plus ferventes, de
s’essayer au sacrilège.
Quant à Baudelaire, il
n’alla pas jusqu’au satanisme et à l’occultisme par lesquels ses continuateurs
seulement devaient clore aujourd’hui ce cycle de l’idée catholique dans la
littérature moderne.
Satan pourtant a une
place dans son œuvre, mais pas différente de celle qu’il occupe dans l’ensemble
du catholicisme lui-même. Baudelaire rédigea les Litanies de Satan, tandis que Barbey d’Aurevilly écrivait Les Diaboliques. Il se contenta des
postulations au Diable que connut déjà le moyen âge,—de quoi avoir aussi
quelques visages de démons en gargouilles grimaçantes à son œuvre, ce qui n’empêche
pas celle-ci, comme Notre-Dame elle-même, d’être une cathédrale, une église
catholique, à l’image et à la ressemblance de son âme!
Car son âme est bien d’un
poète catholique. Il dit quelque part dans son journal: «Ce qu’il importerait,
c’est d’être un héros, ou un saint, pour soi-même», parole de définitif
renoncement, de pessimisme doux comme celui de l’Ecclésiaste, qui implique la
nostalgie et l’ambition du ciel. Il croit au ciel, en effet, au ciel pur et
simple des fidèles, au naïf paradis de la ballade de Villon, «où sont harpes et
luths», comme il le proclame dans la Bénédiction
qui ouvre les Fleurs du mal. Il croit
aussi à l’enfer, aux flammes réelles, au dam, aux brûlures éternelles; et, s’il
en voulait tant à George Sand, c’est parce qu’elle avait nié l’existence de l’enfer.
Baudelaire croit au
dogme intégral de l’Église, non seulement quant aux vérités de l’éternité, mais
aussi quant aux vérités du temps. En même temps qu’il confesse ses mystères, il
accepte ses doctrines politiques, ses attitudes sociales, son intransigeance
vis-à-vis des revendications de la liberté et de la libre-pensée.
Lui aussi estime sans
doute que la vérité est une et que l’erreur n’a pas de droits: que la tolérance
est une faiblesse, si pas un renoncement. Dès lors, le crucifix ne doit plus
être un arbre de paix, mais une arme de menace et de châtiment. Il répudie la
théorie du pardon des offenses, de l’oubli des injures, de l’abdication des
valeurs devant la masse sous prétexte d’égalité, toute cette religion
humanitaire et molle qui 9fait arrêter le bras de Pierre par Jésus dans le
Jardin des Oliviers et, dédaigneux de l’action, lui fait dire: «Celui qui frappe
par le fer périra par le fer.»
La preuve s’en trouve
dans cette pièce topique du Reniement de saint Pierre où il approuve le
disciple d’avoir trahi, et où il condamne le Maître de sa mansuétude ou de sa
peur:
Certes, je sortirai, quant à moi, satisfait
D’un monde où l’Action n’est pas la sœur du
Rêve;
Puissé-je user du glaive et périr par le
glaive!
Saint Pierre a renié Jésus... il a bien fait!
Il a bien fait! Il
fallait frapper par le fer et s’imposer par la force. Ainsi éclate sa nature
dogmatique, sa religion d’inquisiteur. Car c’est bien un catholicisme politique
du XVIe siècle que le sien, d’après lequel il faut s’imposer de force au
peuple, puisque celui-ci est incapable de se gouverner et ne comprend que les
coups, comme l’enfant et comme l’animal. Ce catholicisme autoritaire d’une part
et, d’autre part, la doctrine libérale de Jésus, qui pouvait vouloir mais n’a
voulu que pouvoir, sont mis en opposition de la même manière dans une admirable
nouvelle de Dostoïewsky intitulée le Grand Inquisiteur, dont le poème de
Baudelaire est tout le germe.
C’est à Séville,
devant la cathédrale. Le Grand Inquisiteur, Torquemada, passe silencieux, avec un
sourire énigmatique. Il a vu au coin de la place le peuple rassemblé faisant
cortège à un homme qui vient de ressusciter un enfant. Cet homme est évidemment
Jésus. L’Inquisiteur ordonne aux hommes du saint-office de le saisir et de l’enfermer
dans les cachots. Le soir venu, il va visiter le prisonnier et lui faire son
procès: «Pourquoi revient-il? Est-ce pour leur susciter des embarras,
maintenant que tout a été remis par eux en bon ordre? Car il avait eu le tort
de laisser aux hommes le choix et la faculté de croire. Pour eux, il n’y avait
en vérité rien de plus insupportable que la liberté.» Et Torquemada ajoute:
«Nous les avons débarrassés du fardeau d’être libres, du tourment d’avoir le
libre choix dans la connaissance du bien et du mal. Nous avons corrigé ton
œuvre, et c’est pourquoi nous seuls, gardiens du mystère, nous serons
malheureux.»
C’est la théorie de Baudelaire;
ce qu’il appelait lui-même sa «religion travestie», car, dans le Reniement de saint Pierre et ailleurs
encore, il se montre d’un pareil esprit autoritaire, avec une âme sombre et
hautaine qui pourrait être celle d’un prélat intransigeant d’Espagne du XVIe
siècle, une âme qui ne s’égaye point aux choses fleuries et suaves du rituel,
pour qui même la dévotion à la Vierge, poétisée ailleurs de cierges, de
guirlandes, d’étoffes brodées et de joyaux, se transpose en un culte barbare et
tragique, comme il apparaît en ce poème curieux, A une Madone, ex-voto dans le
goût espagnol:
... Pour compléter ton rôle de Marie
Et pour mêler l’amour avec la barbarie,
Volupté noire! des sept péchés capitaux,
Bourreau plein de remords, je ferai sept
Couteaux
Bien affilés, et, comme un jongleur insensible,
Prenant le plus profond de ton amour pour
cible,
Je les planterai tous dans ton Cœur pantelant,
Dans ton Cœur sanglotant, dans ton Cœur
ruisselant!
*
*
*
Baudelaire est un
poète catholique. Son œuvre n’est que la mise en scène du drame originel de la
Genèse. Elle raconte la grande chute, l’éternelle lutte qui est le fond de la
religion, entre des comparants pareils: Dieu, l’homme, le Tentateur, et la
femme, ici aussi l’alliée du Tentateur.
Satan d’abord; pour le
poète, il est toujours le Tentateur du Paradis terrestre, le Démon onduleux et
menteur du commencement des temps. Mais, en cette société âgée et décadente, il
a multiplié et perfectionné ses ingéniosités—et quelles autres ressources
maintenant pour nous induire en péchés!
Les péchés modernes?
Ce sont précisément les «Fleurs du mal». Baudelaire en a dressé la liste. Il
les énumère avec une liberté que seul les mal clairvoyants ont pu juger
licencieuse, à la façon dont Moïse énumère, dans le Lévitique, certaines
abominations. Son œuvre est un examen de conscience de l’huanité présente.
Lui-même, certes, est
un pécheur; il le confesse et avec componction. Il se contemple dans sa faute
comme en un miroir brisé et s’y pleure.
Car son œuvre n’est
pas seulement objective, elle est subjective aussi; et c’est ce qui la rend si
pathétique: le poète confondu avec cette foule, marchant parmi cette foule en
proie au péché, apparaissant tout couvert de son péché, en même temps que du
péché des autres.
Partout la théorie catholique
de la perversité originelle. Mais partout aussi la détestation des vices. Il
les poursuit, il les dénonce à travers l’énorme capitale, ce fiévreux Paris qui
est l’atmosphère chaude à merveille pour leur pullulement.
Ainsi,
occasionnellement, il apparaît un poète parisien (on connaît la série de poèmes
intitulés: Tableaux parisiens), après déjà Sainte-Beuve qui ne voyait dans la
ville pécheresse que motifs de pittoresque et de mélancolie.
Baudelaire, lui,
ausculte les passants, déchire leurs linges d’hypocrisie, découvre en eux des
ulcères mentaux, des résidus de méchanceté, et aussi une flore de vices
nouveaux, et tout le vin antique des purs sentiments, des pensées nobles,
aigri, tourné en vinaigre et en eau, avec un tatouage de moisissure dans les âmes.
Il s’en afflige et il
s’en épouvante, sans nulle complaisance pour le vice. «Le vice est séduisant,
dit-il dans son Art romantique; il faut le peindre séduisant.» Mais il ajoute:
«Il traîne avec lui des maladies et des douleurs morales singulières; il faut
les décrire.» C’est ce qu’il a fait; partout on sent la détestation du mal, l’horreur
des coupables ivresses. A la fin des Femmes
damnées, il leur clame avec la dureté d’un Père Bridaine laïque, avec la
menace indignée d’un prophète biblique:
Et votre châtiment naîtra de vos plaisirs.
*
*
*
Dans ce conflit
redoutable de l’homme avec les péchés modernes, on peut dire qu’auprès de
Satan, qui est présent partout, la femme apparaît toujours aussi, dans les
Fleurs du mal, sans cesse l’alliée du Tentateur, comme dans le drame primordial
de la Genèse.
Or c’est précisément
par cette conception de la femme que Baudelaire se prouve plus clairement
encore un poète catholique, et continue de suivre, pour la mise en scène de l’éternel
drame humain, la version du catholicisme.
Son opinion est
conforme aux séculaires préjugés de la littérature sacrée, puisque les saints
Pères estiment que la femme est un vase plein de péché, et puisque Bossuet
lui-même a écrit sur leur vanité cette phrase de suprême ironie: «Les femmes n’ont
qu’à se souvenir de leur origine, et, sans trop vanter leur délicatesse, songer
après tout qu’elles viennent d’un os surnuméraire où il n’y avait de beauté que
celle que Dieu voulut y mettre.»
La femme est avant
tout, pour les théologiens, une occasion de péché, et Baudelaire pense de même.
Elle est, maintenant encore, l’alliée du Tentateur. Elle est elle-même le
Tentateur. Et l’amour qu’elle nous offre a un caractère satanique. Le poète en
trouvait la preuve dans l’habitude des amants—une habitude enfantine,
inconsciente, mais vérifiée partout—de s’interpeller dans leurs jeux par des
noms de bête: «Mon chat, mon loup, mon petit singe, grand singe, grand
serpent...» De pareils caprices de langue, ces appellations bestiales
témoignent d’une influence satanique dans l’amour. «Est-ce que les démons ne
prennent pas des formes de bêtes?» demandait-il.
Et cela se voit, en
effet, dans les tableaux des Primitifs et aussi dans ceux des petits maîtres du
Nord, qui, peignant fréquemment des Tentations, celle de saint Antoine ou d’autres
saints, représentaient toujours (Teniers et Breughel, par exemple) un vieil
anachorète dans une grotte, assiégé par des bestioles chaotiques, des
grenouilles à face humaine, d’inquiétants oiseaux dont le bec s’effeuille en pétales,
formes fiévreuses où s’incarnent les démons.
Les femmes aussi
semblaient à Baudelaire des incarnations de l’esprit du mal, n’ayant d’autre
empire qu’à cause de notre originelle perversité, puisque la joie en amour,
déclarait-il, provient de la conscience de faire le mal.
Pour le reste, il les
trouvait médiocres vraiment: «J’ai toujours été étonné, dit-il dans son
journal, qu’on laissât les femmes entrer dans les églises. Quelle conversation peuvent-elles
avoir avec Dieu?»
Cependant si la femme
est amère et vaine, pourquoi l’aimer? Voici: car toute l’œuvre de Baudelaire
est raisonnée, logique, philosophique—certes la femme est le mal; elle offre l’amour
qui est le péché; elle collabore donc à l’Enfer, mais qu’importe!
Qu’importe! Si tu rends—fée aux yeux de
velours,
Rythme, parfum, lueur, ô mon unique reine!—
L’univers moins hideux et les instants moins
lourds!
Qu’importe! puisque le
péché est un moyen d’oubli, et de sortir de soi-même et de la vie! Précieux
oubli pour Baudelaire, et les natures d’élite qui souffrent avec lui, exilées
dans l’imparfait et qui voudraient entrer dès ici-bas dans l’Idéal.
Or comment entrer dans
l’Idéal? Comment échapper au spleen? Spleen
et Idéal, c’est le titre d’une partie importante des Fleurs du mal; c’est la devise même de la vie du poète, et comme
les deux rives entre lesquelles sa pensée a gémi.
C’est donc pour
oublier que l’homme accueille avec ivresse la femme quand elle lui apporte le
fruit de sa chair:—ô Arbre de la Tentation, espalier des seins mûrs, chevelure
enroulée en serpent câlin au tronc de son corps nu! Et, comme jadis au Paradis
terrestre, elle nous murmure aujourd’hui encore, de sa voix spécieuse: «Mange,
tu seras semblable à Dieu!»
*
*
*
Mais la chair de la
femme n’est pas le seul fruit d’oubli que le Tentateur nous offre. Il y a d’autres
moyens désormais d’échapper au spleen, d’entrer de force dans l’Idéal. Voici le
Vin, d’abord, qui promet d’éblouir de ses prestiges même les plus déshérités.
Et plusieurs morceaux se suivent: le Vin de l’Assassin, le Vin du Solitaire, le
Vin des Chiffonniers.
Puis les autres
ivresses, les autres moyens d’échapper à soi-même: le Jeu, le Sommeil, le Voyage,
le Voyage surtout qui a si merveilleusement inspiré Baudelaire, servi par ses
souvenirs personnels d’embarquement juvénile vers les Indes. En effet, il avait
navigué très jeune, vers dix-huit ans, embarqué sur un vaisseau faisant voile
pour Calcutta, afin, pensait sa famille, que ses idées fussent modifiées et sa
vocation littéraire contrariée. Or ce voyage lui donna des impressions qui
devaient constituer une des caractéristiques de son œuvre. On peut dire qu’il
aura exprimé de façon définitive la poésie des ports, la navigation, les vents
du large, les voilures, ce qu’il appelle les architectures fines et compliquées
des mâts et des navires. C’est encore dans ces pays d’Orient qu’il prit le goût
des parfums, dont ses strophes sont pleines, et se fit une éducation esthétique
de l’odorat, à un moment où la littérature n’avait guère encore connu que l’esthétique
de la vue.
Cette ivresse du
Voyage est brève comme les autres; elle déçoit à son tour:
... Nous avons vu des astres
Et des flots? nous avons vu des sables aussi;
Et, malgré bien des chocs et d’imprévus
désastres,
Nous nous sommes souvent ennuyés comme ici!
Alors, quoi? N’y
a-t-il aucun moyen de se sauver du Spleen dans l’Idéal, de réaliser dès ici-bas
l’infini pressenti? Si! il y a vraiment des «Paradis artificiels». Et
Baudelaire a consacré à les décrire les deux notices qu’on connaît et qui sont
parmi le plus profond et le plus neuf de son œuvre; celle du Haschisch et celle
de l’Opium, à propos duquel avaient paru en Angleterre les extraordinaires
confessions d’un mangeur d’opium par Thomas de Quincey, que Baudelaire
traduisit en les analysant et développant.
Ces stupéfiants, voilà
le moyen parfait et immédiat de fuir la vie, de satisfaire le goût naturel de l’infini,
d’être semblable à Dieu. C’est la plus redoutable des offres du Tentateur
moderne. Dans cette ivresse étrange, tout s’anoblit, s’idéalise, s’emparadise.
On ne perd pas la conscience de soi. C’est une conscience déformée, sublimée. C’est
le réel agrandi, divinisé, exagéré jusqu’aux confins du possible, jusqu’à la
ligne d’horizon du ciel et de la mer. Est-ce encore l’eau, ou est-ce déjà le
ciel? Est-ce encore la réalité, ou est-ce déjà le rêve?
Or c’était tentant
surtout pour le poète pauvre, épris de dandysme, subtil esthète, qui tout de
suite ainsi se trouvait transporté dans le luxe. Il y a un poème des Fleurs du mal: «Rêve parisien», qui raconte
cette ivresse en chambre.
La
notation est unique dans les Fleurs du
mal, où nulle part il n’est fait une allusion directe au haschisch ou aux
visions de l’opium. En cela il faut admirer le goût suprême du poète,
uniquement préoccupé de la construction philosophique de son poème, de le
dépouiller des contingences, en n’admettant des choses que leur portion d’éternité,
leur transposition en infini.
Mais indirectement il
y a la trace et le profit de la fréquentation de ces paradis artificiels: les
déformations de la sensation, interversion des sens et ces fameuses
«correspondances», si souvent signalées et imitées:
Son haleine fait la musique,
Comme sa voix fait le parfum!
Et ailleurs:
Il est des parfums frais comme des chairs d’enfants,
Doux comme les hautbois, verts comme les
prairies...
Les parfums, les couleurs et les sons se
répondent.
Personne n’a dit que
cela était moins inventé que vu, par Baudelaire dans l’ivresse du haschisch,
alors qu’à la seconde période, comme il l’a écrit lui-même, «arrivent les
équivoques, les méprises et les transpositions d’idées. Les sons se revêtent de
couleurs et les couleurs contiennent une musique.»
Un autre résultat du
haschisch, c’est un alliage de mathématiques qu’on n’a guère signalé dans l’œuvre,
et qui se rencontre si curieusement çà et là:
Dans les Petites
Vieilles:
A moins que, méditant sur la géométrie...
Dans les Sept
vieillards:
... Son échine
Faisait avec sa jambe un parfait angle droit:
Ainsi les
mathématiques se lient à la poésie comme elles se lient à la musique, car l’ivresse
du haschisch transpose, paraît-il, toute musique en chiffres, fait apparaître
toute musique sur l’air nu comme une vaste opération arithmétique où les nombres
engendrent les nombres.
Quoi qu’il en soit du
profit que ces drogues savantes apportèrent à l’œuvre, elles n’en restent pas
moins défendues, comme les autres moyens artificiels d’oublier la vie: le vin,
le jeu, le voyage. Tous sont des fleurs du mal, des fruits de tentation, des
inventions de Satan. Seule la Mort vient de Dieu. Elle est la conclusion
logique de la vie et sera celle également du poème qui se termine par une série
de sonnets, d’une analyse profonde: la Mort des amants, la Mort des artistes,
la Mort des pauvres.
C’est le seul idéal à
opposer au spleen, le seul remède qui ne trompe pas, cette pensée de la mort,—car
le poète est croyant, et la mort ouvre sur le ciel, «ce lieu, dit-il, de toutes
les transfigurations», le ciel où, dès le premier poème de son livre, il
entrevoyait le trône réservé au poète:
Je sais que vous gardez une place au Poète
Dans les rangs bienheureux des saintes légions.
Voilà pourquoi le
dernier poème des Fleurs du mal doit
se clore, en toute logique, sur ce cri qui sonne enfin la délivrance:
O Mort, vieux capitaine, il est temps! levons l’ancre!
Ce pays nous ennuie, ô Mort! Appareillons!
*
*
*
Comme on le voit,
toute cette œuvre de Baudelaire est construite avec la logique, l’harmonie, les
proportions, la hiérarchie de l’architecture, car on peut dire surtout de lui
qu’il fut un cérébral, un génie de volonté.
La plupart s’étonneront
de cet accouplement de mots, imaginant le génie plutôt inné, inconscient, un
don, un jaillissement inlassable, une puissance verbale allant jusqu’à être
comme le vent, la mer, le feu, faisant de l’homme une sorte d’élément.
Soit! mais, même dans
cette hypothèse, n’est-ce pas un élément aussi, la poudre toute réduite qui
pourrait faire explosion, avoir la puissance d’un cyclone? N’est-ce pas un
élément, la fiole d’essence prestigieuse dont les gouttes sobres sont
distillées avec les fleurs de toutes les latitudes? Baudelaire fut, en poésie,
le chimiste de l’Infini, et, dans les cornues de ses vers, tout l’univers aussi
se condense, aboutit.
Il est donc un homme
de génie, pour qui démêle le sens symbolique de ses livres. Mais bien peu,
aujourd’hui encore, peuvent oser un tel avis. Que dire de l’opinion qu’il
suscita de son vivant et de l’accueil fait à son œuvre? Succès d’étrangeté,
presque de scandale. «Des essais», comme déclara la Revue des Deux-Mondes dans
une note restrictive, quand elle publia quelques fragments en primeur.
En vain Baudelaire
aurait-il voulu s’imposer, expliquer. «Il est inutile d’expliquer quoi que ce
soit à qui que ce soit», disait-il avec découragement, convaincu de la bêtise
du monde, la bêtise au front de taureau.
Or c’est précisément
le mépris de l’humanité qui le mena à ce goût de la mystification, un peu
puéril, au fond, et dont on lui fait tant grief, mais qui s’explique dans son
cas, et par lequel il se vengeait d’aller incompris et seul dans la vie. Il
faut dire, à sa décharge, que presque tous les écrivains de sa génération
eurent, comme lui, cet amour du mensonge. Ce fut une mode, comme l’affectation
de costumes ostentatoires. Balzac lui-même, dans cette toute cérébrale passion
pour l’Étrangère, ne faisait qu’aimer un mensonge, le concrétiser dans une
forme de femme inconnue, c’est-à-dire dans quelque chose qui était comme s’il n’existait
pas. Dernier avatar du romantisme, pourrait-on dire, et de la lycanthropie de
Pétrus Borel, s’obstinant à des attitudes pour étonner le vulgaire, et se survivant
comme en un sport mental.
On peut considérer de
la sorte telles mystifications laborieuses de Baudelaire, qu’il exerçait jusque
vis-à-vis des humbles et des inoffensifs. Par exemple, passant un soir devant la
boutique d’un charbonnier, il le vit, dans une pièce du fond, assis avec sa
famille autour d’une table. Il semblait heureux; la nappe était blanche; le vin
riait dans les flacons. Baudelaire entra. Le marchand vint vers lui,
obséquieux, joyeux d’un client, attendant la commande.
—C’est à vous, tout ce
charbon? demanda-t-il.
L’homme fit signe que
oui, ne comprenant pas.
—Et toutes ces bûches
alignées?
L’homme acquiesçait
encore, croyant l’acheteur indécis.
—Et cela, c’est du
coke? c’est de la braise? Ils vous appartiennent aussi?
Baudelaire examinait
avec soin toutes les marchandises entassées; puis, dévisageant le charbonnier:
—Comment? C’est à
vous, tout cela! Et vous ne vous asphyxiez pas?
Des mystifications de
ce genre (et on en raconte de nombreuses, plus ou moins authentiques) étaient
sans doute le résultat d’un entraînement, un jeu de solitaire et d’incompris. A
l’origine, Baudelaire dut y trouver un moyen de se mettre en garde contre la
bêtise qui aurait pu rire de lui, ne le comprenant pas. Il prit l’avance et, le
premier, se moqua. Ce fut une sorte de légitime défense.
Car, après avoir
reconstitué l’âme foncière de ce poète, on songe: «Comme il s’est trouvé en
exil dans la vie! Il a marché vraiment parmi des étrangers. Il n’a pas parlé la
même langue que les autres. Sa conversation naturelle devait paraître à
beaucoup inintelligible ou ridicule, ses raffinements de pensée et de langue
ahurir autant que ses mystifications.»
C’est qu’il a
considéré la vie au point de vue de l’Éternité. Il n’a pas été pareil aux
autres; il n’a pas été conforme, ce qui est le grand crime, comme il disait
lui-même. De là son destin maudit, son génie insoupçonné, sa vie lamentable, en
proie à l’affront, à l’ignorance, à la pauvreté.
Quel contraste avec l’existence
féerique d’un Hugo qui, après soixante années d’acclamations, est porté en
triomphe dans la mort comme un héros de Wagner! C’est que Hugo, Lamartine,
presque tous les poètes français du siècle, eurent une nature telle qu’ils ont
pu véritablement épouser la foule.
Ses passions, ses
tristesses, ses joies, ses croyances,—politique, patrie, amour, tous les grands
lieux communs de l’humanité, ils les ont partagés. Chacun d’eux fut vraiment un
«écho sonore» au centre de tout.
Quant à Baudelaire, il est exceptionnel: il représente l’élite en face du nombre; en regard des faits, il est la loi; il conçoit l’ordre de l’Univers et méprise le désordre des événements. Lui est incapable à jamais de pouvoir épouser la foule. Il est si différent d’elle, si différent des autres,—et toujours égal à lui-même! Il est l’être dépareillé. Il est unique de son espèce. Il est le grand célibataire, ainsi qu’il est dit dans Maldoror de l’Océan. Mais n’est-ce pas la gloire de l’Océan de n’avoir point d’équivalent?—comme c’est aussi la gloire de Dieu. Dieu est celui qui est le seul. Et l’on pourrait dire la même chose de l’homme de génie.


