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sábado, 8 de diciembre de 2012

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lunes, 4 de junio de 2012

Enrique Gómez Carrillo: Una visita a Verlaine



UNA VISITA A PAUL VERLAINE

Hace pocos días estuve a ver en el hospital Broussais, al poeta genial de La buena canción y de Las Fiestas Galantes que, como hace dos inviernos, busca hoy en el brasero de la caridad pública algún calor reconfortante para sus viejos huesos enfermos. Un billete arrugado, cuyas frases burlanas se helaban entre la amargura del fondo, anunciome, hace algunas semanas, lo que Verlaine llama su cambio de domicilio. —« Ya estoy instalado en mi palacio de invierno —me decía. —Venid a verme para que hablemos de Calderón y de Góngora — ¡ese simbolista! —Mi día de recepción es el domingo. »
Y allí le encontré, siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha del hospital. — Su rostro enorme y simpático, cuya palidez extrema me hizo pensar en las figuras pintadas por Ribera, tiene un aspecto hierático. Su nariz pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo de la pipa. Sus labios gruesos, que se entreabren para recitar con amor las estrofas de Villon o para maldecir contra los poemas de Ronsard, conservan siempre su mueca original en donde el vicio y la bondad se mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho. Algunos meses de no verle y las noticias de su enfermedad, me hicieron creer que, con su salud, habría cambiado su figura. Esperé encontrarme ante un hombre débil e impotente, y me encontré ante un viejo robusto, que aún promete a Francia algunos poemas inmortales. Lo único que le hace sufrir es la pierna derecha cuyas articulaciones fatigadas ya no quieren moverse como siempre.
«Sin embargo —me decía él mismo, —no hay que blasfemar contra las cosas del mundo. ¡Esta pata enferma que me hace sufrir un poco, me proporciona, en cambio, más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese por el reumatismo, yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo admiten a uno en el hospital... »
Y cambiando su actitud socrática, que me hacía recordar el retrato, famoso de Carrière, por un aire pierratesco que explica el grabado bizarro y caprichoso de Baur, repetía entre dientes un adagio español que pretende haber leído en Cervantes : « No hay mal que por bien no venga; no hay mal que por bien no venga... »

***

En lo que también se equivocó mi fantasía, fue en la esperanza de encontrar el lecho triste del genio enfermo, rodeado de literatos y de amigos. Cuando, hace ya algunos años, tuvo Verlaine que pedir por primera vez un puesto en el hospital, la prensa diaria de París se indignó contra la indiferencia de público, y las visitas caritativas menudearon.
Anatole France reclamaba entonces, en Le Temps, una situación mejor para « el más grande de los poetas contemporáneos » y Catulle Mendès proponía, en L’Écho de Paris, un beneficio teatral a su favor. Hoy, ya nadie se preocupa del asunto. La imagen de Verlaine y la imagen de la Miseria, han sido encuadradas en el mismo marco, entre los lienzos que forman el museo de las visiones parisienses.
Las ciudades y los públicos son siempre burgueses, y cuando una vez se acostumbran a cualquier idea, no hay nadie que les haga cambiar. Lo difícil es acostumbrarles. Pedidles dinero para que Zola no abandone su palacio de Medan, y os lo darán en el acto. Pedidles dinero para que Henri Murger cambie su cama de hospital por un cuarto de hotel, y ni siquiera os escucharán. Cuando hace poco tiempo se representó en el Vaudeville Los Unos y los Otros a beneficio de Paul VerIaine, el valor de las entradas bastó, apenas, para darle de comer durante tres meses al poeta ilustre; cuando, más tarde, se abrió una suscripción para ofrecer un banquete a Zola, los mismos periódicos que la iniciaron tuvieron que suspenderla por haber pasado, en mucho, de los límites señalados.
Así es París. Más que el amor de las letras que desde fuera se le supone, ha tenido siempre el amor de la moda. Catulle Mendès, que sólo es un versificador adorable, hace una fortuna con sus versos, mientras Luis Le Cardonnel, que es un poeta distinguido, me confesaba hace días que si aún no ha publicado ninguna colección de sus poemas deliciosos, ha sido por falta de editor. A Víctor Hugo, que fue un genio al lado de Richepin y al lado de Coppée, le da más de un millón su libro de Los Castigos y a Paul Verlaine, que es genio al lado de Homero y al lado de Shakespeare, apenas le produce setecientos francos la colección más completa de sus poesías. El ilustre autor de Pepita Jiménez se quejaba hace mucho tiempo de los editores españoles porque, su obra maestra no le había producido sino veinte mil reales. A Paul Verlaine no le produjo más que doscientos francos la primera edición de Mes hôpitaux.

***

Y sin embargo Verlaine no se queja. Su insouciance en materia de intereses, es proverbial en el país latino. « Si yo fuese malin —me decía hace poco el gran poeta— bien podría ganar mucho dinero; pero tengo pereza.» La última vez que tuve el gusto de encontrarle, antes de mi visita al hospital, fue unos días después de la aparición en volumen de sus últimas poesías, Canciones para ella. El éxito del libro le tenía contento, no sólo por los tres o cuatro francos diarios que su venta le proporcionaba, sino por la ocasión que le había dado de contentarse con la muchacha bonita a quién él lo dedicara. — « Anoche le llevé un ejemplar —me confesó con un gesto en que la seriedad extrema se confundía con la burla— y después de dárselo, me quedé a dormir con ella... » Esta frase, naïve en su brutalidad y pronunciada por unos labios marchitos de sesenta años, ayuda en gran manera a conocer el carácter del poeta maravilloso que escribió Sagesse y que escribió también Les Poémes Saturniens. creando ese contraste de sentimientos y de ideas que en otro poeta cualquiera no podría explicarse, pero que forma, en mi sentir, la nota triunfal de su talento.

***

Paul Verlaine es uno de esos espíritus desequilibrados por la neurosis, que se pasan la mañana en oración ante un altar de Cristo, y que luego, por la noche, se emborrachan y blasfeman. Empleó los cinco primeros años de su vida literaria en escribir un libro de poemas amargos, saturnianos,

…dessinés ligne a ligne
Par la logique d'une influence maligne,

y luego compuso, con las mismas manos pecadoras, un manojo de flores místicas cuyo perfume penetrante tiene mucho del tomillo y del romero sagrados de la Biblia; volvió a blasfemar en otro libro de prosa sonora, y luego recogió, por segunda vez, la lira cristiana, para cantar otro cántico ardiente y dulce a la Virgen del cielo,

... a la Rose
¡mmense des purs vents de l'Amour,
... À la chaste abeille qui se pose
Sur la seule fleur d'une innocence mi-close,

Fue un día
... Pierrot, Pierrot, Pierrot
Qui sied au subtil génie,
De la malice infinie.
De poète grimacier,
y convirtiose al siguiente en

Calme orphelin
Riche de ses seuls yeux tranquilles,

…Considerarse humilde pecador cristiano y no desear

Plus aimer que sa mère Marie,
porque
Tous les autres amours sont des commandements,


después de haber pertenecido a esos hijos tristes de Saturno que

Ont entre tous, d'après les grimoires anciens,
Bonne part de malheurs et bonne part de bile,

ser, en fin, un niño inocente y un loco malvado en una pieza, y encontrar en el mal acentos de bondad, como en el bien blasfemias; sentir en la fe los rudos sacudimientos de la neurosis y sentir en el abandono los dulces escalofríos de la fe; poseer esa música divina que sólo da Dios al genio, y merecer que a su temperamento de poeta pueda aplicarse la estrofa de Sagesse, que dice al Todopoderoso:
Votre voix
Me fait comme du bien et du mal à la fois
Et le mal et le bien, tout a les mêmes charmes

es don singular que sólo a Verlaine ha sido otorgado por el genio del Bien y por el genio del Mal, en premio, sin duda, de haber sentido las más encantadoras perversidades y las más humildes canciones que posee la tierra de San Luis y de Voltaire.

***

Y tanto como su obra es complicada, su vida es rara  y singular. De sus aventuras juveniles se cuentan, en secreto, algunas historias abracadabrantes que explican el pliegue trágico de su frente. He he oído decir a uno de mis amigos, que es al mismo tiempo familiar del gran poeta, que, en noches de insomnio y de alcoholismo, suele presentarse ante la vista de Verlaine la imagen del remordimiento llevando de la mano a una sombra querida con el pecho desgarrado por un puñal. Su biografía verdadera, sin embargo, es aún un misterio para todo el mundo, y apenas creo que existan sino dos personas de quien la historia literaria puede esperarla completa: Stéphane Mallarmé, el viejo amigo de Verlaine, y Charles Morice, el discípulo querido. Su personalidad, a pesar de todo, y aun envuelta, como hoy se nos presenta, en el manto gris del misterio, es la más interesante entre las personalidades modernas. Ninguna figura como la suya para apasionar los temperamentos enfermizos de nuestro siglo literario. El mismo Oscar Wilde, naturaleza fría y poco dada a la admiración hiperbólica, me confesaba hace algún tiempo que cada una de sus visitas al autor de Sagesse le habían costado una noche de reflexiones amargas o de sacudimientos neuróticos. Y yo de mí sé decir que entre todas las impresiones de juventud, ninguna quedará grabada en mi retina con tintes tan fuertes, como la visión, aún palpitante, de aquella noche de estío en que encontré por primera vez al más genial de los poetas contemporáneos, recostando su cabeza de atleta y de borracho sobre la ennegrecida mesa de un cabaret de París.

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO - Intimidades parisienses (París, Garnier hermanos, 1900.)


martes, 1 de mayo de 2012

Enrique Gómez Carrillo: Una visita a Oscar Wilde



UNA VISITA A OSCAR WILDE

LA FIGURA DE OSCAR WILDE. — SU CARÁCTER. — SUS OPINIONES. — UNA CARTA DE MALLARMÉ. — INTENCIONES, — EL RETRATO DE DORIAN GRAY.

Fue en casa de Stuart Merril, el poeta adorable de Los Fastos, donde encontré por primera vez, una noche de crudo invierno, al autor ilustre de Salomé y de El Retrato de Dorian Gray. Su manera singular e insinuante de hablar francés, cambiando, como el dibujante Sterner, el valor de las vocales, me llamó desde luego la atención; y su enorme rostro de adolescente triste y soñador, me llenó de interés. Oscar Wilde no es hermoso, pero goza, en su envoltura atlética, de cierta distinción especial que atrae las miradas femeninas. Cuando en mis visitas matinales a su deliciosa habitación del Boulevard des Capucines, suelo encontrarle, vestido apenas con una camiseta descotada de lana roja, su robusto torso de luchador me hace pensar en las figuras inmortales de Rubens; y cuando, trajeado ya con esa cuidadosa tenue de los ingleses, le encuentro en cualquier café literario del barrio latino, su talle gigantesco me trae a la memoria un viejo retrato de Tourguénief, que vi hace ya bastante tiempo y ni aun recuerdo dónde. Sus ojos largos, húmedos y oblicuos, tienen cierta expresión en las pupilas, que ni la voz tristeza, ni la voz melancolía alcanzan a denotar; son ojos pálidos, como era pálida la sonrisa de aquella heroína de Catulle Mendès, con la palidez en el dibujo y no en el color. Su cabellera blanda, fina y sedeña, esta tallada, por detrás, como la de cualquier empleado del gobierno, pero se reparte, por delante, en bandeaux rizados que cubren hasta la mitad sus finas orejas. Su nariz es recta, su boca es sensual, su cuello es firme.
Y con todo esto, cierto amaneramiento que constituye su encanto propio y verdadero. Sus labios carnosos no se entreabren nunca, como los labios de todo el mundo, para hablar en serio. Cuando no sonríen, se quejan. La nota triunfante de su singularidad, es la exageración en las medias tintas. Durante todo el tiempo en que un cariño casi fraternal me ligó a él, creo que nunca le oí dar un grito. Cuando blasfema, lo hace de la misma manera femenil e insinuante con que diría un requiebro. Y blasfema con frecuencia, porque, en su modo raro de pensar, querría, a cada momento, enmendarle a Dios la plana. Una tarde, no hace aun mucho tiempo, vino a su casa un redactor del Fígaro para hacerle decir algo sobre sí mismo, « ¡Ah! — le respondió Oscar Wilde — yo me he levantado hoy con la idea de que soy muy pequeño, muy insignificante. Ayer estuve a visitar la torre Eiffel y la encontré demasiado enorme al lado mío. Es terrible eso de llegarse a convencer de que hay algo más grande que nosotros. Si Dios supiese hacer las cosas, no habría creado ni montañas abracadabrantes, ni encinas gigantescas. Yo no amo la Naturaleza, cuya monotonía desesperante me enferma; pero cuando estoy en el campo, me gusta buscar las plantas pequeñitas para deshacerlas con el pie. Eso me prueba mi poder. Los artistas que se creen menos grandes que el resto del mundo, no producen nunca una obra maestra. Casi no comprendo cómo Verlaine, que es tan pequeño, pudo escribir su poema admirable de Sagesse, pensando en Dios que es tan grande... »
Así son todas sus ideas. Cuando el naturalismo, hoy muerto y enterrado, estaba a la moda, Oscar Wilde se entretenía en atacarlo; y de tal intensidad fue su fiebre idealista, que hasta hizo un viaje de propaganda a los Estados Unidos, para decir, en cincuenta conferencias, a los yankees, entusiasmados en aquel entonces con L’Assommoir de Zola: « Señores: vosotros creéis en la belleza del Naturalismo porque no sois sino unos burgueses. El arte verdadero es algo de que vosotros no podéis gustar. Tenedlo por seguro: lo que os parece tonto a vosotros, eso es arte. Los que preferís una novela de Zola a un poema de Baudelaire, me hacéis el mismo efecto que cierto aficionado de Inglaterra que encontraba más estimables las fotografías de Downey que los lienzos de Chavannes. » Y en vez de pagarle en moneda de insultos, el buen pueblo de los Estados Unidos le pagó en libras esterlinas. Tan estimado fue en esos días su volumen titulado Intentions, que, en menos de dos años, se agotaron de él unas cien ediciones de a 1.000 ejemplares cada una. En ese libro, efectivamente admirable, se encuentran resumidas casi todas las ideas estéticas del autor. « Los novelistas modernos pretenden que el arte debe imitar a la naturaleza, cuando, al contrario, es la naturaleza la que debe imitar el arte ». Y esta frase rara que hizo sonreír a Edmond de Goncourt y que habría entusiasmado al Flaubert de los primeros tiempos, al buen Flaubert, en fin, contiene más substancia artística que toda la Novela Experimental de Zola. ¿Qué es, en realidad la naturaleza sin adornos? Una inmensidad siempre igual, siempre monótona y casi siempre horrible. Para mí, una montaña de piedra no es bella sino cuando la mano del hombre la ha convertido en columna o en obelisco... Y así todo lo demás... Las ideas escritas de Oscar Wilde tienen esa ventaja. De una sola de sus frases podría hacerse un libro, mientras que de un libro de Zola apenas podría hacerse una frase. Oscar Wilde es un gran crítico, gracias a cuya influencia el naturalismo francés no ha hecho muchos estragos en la joven literatura de Inglaterra.
***
No se crea, sin embargo, que la propaganda « romanesca » del autor de Salomé, se ha reducido a predicar teorías idealistas en discursos sonoros. Jefe de los esthètes de la Gran Bretaña, es, por tanto, mejor artista que teórico. Su novela famosa, El retrato de Dorian Gray, es una historia conmovedora, que, según Hugues Le Roux, ha conquistado a su autor, en todos los países que hablan inglés, fama parecida a la que Víctor Hugo gozó en Francia en los buenos tiempos del Romanticismo. De esa obra maestra decía hace poco poco tiempo Stephane Mallarmé en una carta dirigida al autor, y que soy yo el primero en publicar:
« J'achève le livre, un des seuls qui puissent émouvoir, vu que d'une rêverie essentielle et de parfums d’âme les plus étrangers et compliques, est fait son orage: redevenir poignant a travers l’inouï raffinement d'intellect, et humain en une pareille perverse atmosphère de beauté est un miracle que vous accomplissez, el selon quel emploi de tous les arts de l’écrivain ! C'est le portrait qui a été cause de tout. Ce tableau en pied, inquiétant, d’un Dorian Gray hantera, mais écrit, étant livre lui-même. »
La acción de la novela, sin embargo, aparece simple en su síntesis. Dorian Gray es un muchacho de veinte años, bello como Narciso y casi ignorante de su hermosura. Sólo a los veintiún años, al fijarse detenidamente en una de sus fotografías, se encuentra joven, se encuentra guapo; y en vez de inspirarle contento, su juventud y su belleza le inspiran amargura. El demonio de la filosofía rara se introduce en su alma y le hace razonar, le hace soñar, mejor dicho. «¡Oh, la vida! ¡Oh, la mocedad! ¡Oh, la vejez!» Y sus palabras semejan entonces versículos pesimistas de la Imitación. Pero hay, un momento en que sus ojos se iluminan con el fuego de la esperanza, y en que sus labios exclaman con la alegría del deseo: «Si uno de esos genios antiguos que hacían contratos en las comedias de Calderón y en los poemas de Goethe, quisiese hacerme cambiar de suerte con esta fotografía, ¡cuán dichoso fuera yo!... » Y el genio se presenta y el tratado se firma; y desde aquel día la imagen del cartón comienza a envejecer, mientras el buen Dorian sigue siendo bello y sigue siendo joven... Treinta años, cincuenta años, setenta años; y el muchacho hermoso que trata siempre de olvidar su antiguo pacto diabólico, se encuentra un día, al abrir un mueble, con su retrato de antaño, que es ya el retrato de un viejo horrible. « Así estaría yo — se dice a sí mismo—así estaría yo, lleno de arrugas en la cara, lleno de debilidad en las piernas, lleno de mal olor en la boca, a no haber cambiado la problemática salvación de mi alma por la eterna belleza de mi cuerpo...» Y en un momento de cólera y de disgusto, atraviesa el retrato, con un puñal antiguo. Entonces la decoración cambia: la atmósfera de vago gris que envuelve la primera parte del libro, se trueca, para hacer el epílogo, en nube espesa de negro y rojo. Un camarero oye, allá adentro, en el otro extremo de la casa, un grito ronco; acude; y al entrar en las habitaciones de su amo, pierde el sentido encontrando sobre el lujoso tapiz flamenco a un anciano repugnante con el pecho atravesado por un puñal, y sobre el reloj de la chimenea un hermoso retrato de Dorian Gray joven y bello.
La complicación y el refinamiento admirable de que habla Mallarmé, están casi por completo en el estilo. Adorador apasionado de la forma, Oscar Wilde escribe tomos enteros de novelas, —según me lo confesaba él mismo hace pocos días— con el solo objeto de aprovechar algunas frases hermosas que en su contemplación eterna de lo bello se le ocurren.

(Este artículo fue escrito en el año 1890. No tiene mérito ninguno, pero creo que reproducirlo ahora, en los momentos en que Oscar Wilde se encuentra en la cárcel por crimen de inmoralidad, es un homenaje de simpatía invariable que será grato al gran escritor en desgracia.)

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO - Almas y cerebros (París, Garnier, 1900.)



jueves, 26 de abril de 2012

Enrique Gómez Carrillo: Las grandes escritoras del Japón




LAS GRANDES ESCRITORAS

—¿Cómo explica usted —me pregunta una escritora— que habiendo siempre sido las mujeres tan despreciadas en el Japón, hayan producido tan bellas obras?... ¿O nos engañan los que nos dicen que la literatura japonesa ha sido en ciertas épocas una labor femenina?... ¿O nos engaña usted?
No; nadie os engaña. El desprecio que los japoneses tienen hoy por la mujer, no es un sentimiento originario de la nación. Galantes y caballerescos, los antiguos nipones demostraban, al contrario, por sus compañeras, un respeto tal vez mayor que el de los europeos. En el Palacio imperial, la favorita era todopoderosa. En la familia, la madre tenía más influencia que el padre. En las letras, en el estudio, en las ciencias, en fin, el primer puesto correspondía siempre a la mujer. «Es un hecho digno de mención y tal vez sin ejemplo —dice M. Aston— que una parte muy importante de las mejores obras literarias que el Japón ha producido, esté escrita por mujeres. La poesía Nara es, en gran parte, femenina, y en el período Heian, la mujer desempeñó un papel aún más saliente en el desarrollo de la literatura nacional. Las dos obras más notables que han llegado hasta nosotros de esa época, se deben igualmente a mujeres. Esto obedece, sin duda, a que las inteligencias masculinas hallábanse en aquellos tiempos absortas en los estudios chinos y a que el sexo fuerte consideraba como ocupación frívola componer novelas y poemas. También existía otra causa más efectiva: la situación de las mujeres era entonces muy diferente a la de hoy. Los hombres de aquella época no abundaban en las ideas comunes a la mayoría de las naciones de Extremo Oriente, en las cuales considerábase como una necesidad la sujeción de la mujer, y a ser posible, su reclusión.» Tan verdad es esto, que muchos libros chinos del siglo duodécimo hablan del Japón como de un país afeminado y le llaman el pueblo de las reinas. Esta frase fue fatal a la mujer nipona.
Orgullosos locamente y sensibles de un modo increíble al ridículo, los guerreros del Yamato sintiéronse heridos en su dignidad de hombres, de señores absolutos, y comenzaron, a principios del siglo XIII, a practicar el antifeminismo a la manera china. En la literatura, esta reacción se marca de un modo visible. Antes del año 1300, casi todas las obras grandes y bellas, son escritas por mujeres. Después de 1300 las mujeres ilustres abundan menos.
La obra más célebre del siglo X, el Genji Monogatari, que aún leen los japoneses con religiosa admiración, fue escrita por una dama de la corte de Kioto, llamada Murasaki Shikibu. Hija de un erudito, esta escritora pudo desde un principio consagrarse a los estudios literarios. Sin embargo, durante su juventud no escribió nunca una línea. Casó con un noble del clan Fushiwara y vivió en la corte. Viuda a los cincuenta años, retirose a un convento y se consagró a escribir su novela.
El personaje principal del famoso libro, es el príncipe Genji, que vive feliz al lado de dulces y sutiles amigas. El amor es su ocupación favorita. Pero también las letras y la filosofía le entusiasman. A cada momento la autora pone en sus labios discretos discursos sobre la naturaleza humana. Hablando de las mujeres, dice: «Algunas no tienen estimación más que por el talento que ellas poseen, y consideran el de los demás con desdén provocativo. Otras pueden causar honda impresión en el corazón de los hombres que no han tenido ocasión de conocerlas bien. Si son jóvenes y tienen atractivos físicos y modales comedidos, sus amigos pondrán gran empeño en disimular sus defectos morales, presentándonos sólo sus buenas cualidades. ¿Quién se atreverá a condenarlas sin pruebas y a decir: todo eso es falso? Pero después de conocerlas bien, seguramente a pesar de ser bellas, no siendo buenas, perderán mucho nuestra estimación».  Mas estos bellos razonamientos no impiden al príncipe enamorarse con suma facilidad de todas las bellas damas que pasan. Su ardor no conoce límites ni respetos sociales. Las mujeres casadas, las niñas apenas púberes, las maritornes, las mismas religiosas, le seducen. Su última aventura, la más bella de todas, comenzó en un convento. Genji, curioso, se había acercado al muro del santo monasterio y ocultándose entre los árboles veía lo que pasaba dentro. Muchas niñas jugaban. Entre ellas hallábase una que todo lo más tendría diez años, una linda y noble musmé, ataviada con un vestido blanco bordado de amarillo.
Su gracia era divina; sus cabellos caían en espesas ondulaciones sobre los hombres y sus hermosos ojos habíalos enrojecido el llanto. La religiosa que guardaba el convento, volvió la vista hacia ella y le dijo: — ¿Qué tenéis? ¿Habéis disputado con alguna compañera?...
Entretanto Genji, que las estaba contemplando, observó que entre la niña y la religiosa existía una gran semejanza. «Tal vez sea hija suya » — pensó. — «Imiki ha abierto la puerta de la jaula de mi pajarito y éste se ha escapado» —respondió la niña tristemente. «¡Ah! siempre Imiki comete travesuras de esa índole y atormenta a esta pobre niña —exclamó una sirvienta. —Todo porque no se le reprende nunca. ¿Dónde estara el pajarito? Tal vez los cuervos lo habrán cogido ya...» — Y diciendo esto, alejose. La cabellera de la religiosa caía libre y abundante sobre sus hombros y su figura era risueña y agradable. En el convento la llamaban el «ama Shonagon», y parecía tener por principal misión el cuidado de aquella niña. —¡Vamos, vamos, consolaos y sed buena! — díjole la religiosa. No olvidéis que mañana podemos morir, y olvidad vuestro pajarito. Ya os he dicho que es pecado tener encerrados a los pajaritos. ¡Venid, venid a mi lado!... La niña, con expresión de infinita pena y con los ojos llenos de lágrimas, acercose a la religiosa. —¡Qué divina será esta criatura cuando sea mujer! — pensaba Genji al contemplar sus lindos cabellos peinados hacia atrás y sus ojos enrojecidos por el llanto. En efecto, la niña a quien tanto admiraba, parecíase grandemente a una mujer que en otros tiempos habíale entregado todo su corazón. Y la religiosa entretanto acariciaba aquella preciosa cabeza y decía: «Hermosa cabellera tenéis, niña mía; lástima que os apene tanto tener que peinarla. ¡Cuánto me entristece que seáis tan frívola! —A vuestra edad, otras niñas son ya diferentes. Cuando vuestra difunta madre se casó, tenía doce años, y tampoco era muy juiciosa. Si me perdierais ahora ¿qué sería de vos?... La religiosa lloraba al pronunciar esas palabras. Aquel espectáculo emocionó profundamente a Genji... Poco después la niña y el príncipe se casaron para vivir muchos años perfectamente felices. Y así termina el delicioso cuento azul.
Otra figura de primer orden en la galería de mujeres de letras japonesas, es la de Sei Shonagon, autora de un libro titulado Makura No Soshi, lo que significa aproximadamente « notas de mi almohada ». Cuando uno lee estas notas tan ligeras, tan risueñas, no puede menos que envidiar a los nipones del año 1000 que, mientras los europeos se morían de miedo pensando en el fin deI mundo, sólo pensaban en vivir, en gozar, en amar. La existencia del palacio imperial, pintada por esta poetisa, que era al mismo tiempo dama de su majestad, tiene encantos de leyenda.
«Un día —dice— en el instante en que charlábamos de flores y de placeres en la terraza del palacio, su Excelencia el Dáinagon, hermano de la Emperatriz, entró. Llevaba una túnica color de cereza, y pantalones de púrpura obscura. Su vestido interior era blanco y ostentaba bordado en el cuello un precioso dibujo de tonos escarlatas. Como el Mikado estaba con la Emperatriz, se sentó en la terraza para leer un informe sobre asunto de Estado. Las damas de honor vestidas con telas de púrpura, de oro, de plata, de malva y de otros colores encantadores, resaltaban admirablemente sobre la suntuosa decoración del jardín. Después se sirvió la comida en las habitaciones imperiales. Por todas partes oíase el ruido del ir y venir de los criados. El aspecto del cielo era admirable. Cuando todo estuvo dispuesto, un mayordomo vino a pronunciar las sacramentales palabras: « La cena está servida ». El Mikado penetró por la puerta del centro seguido de su excelencia el Dáinagon; ambos fueron a colocarse entre las flores. Entonces la Emperatriz vino a sentarse a su lado y el Emperador la recibió haciéndola observar la belleza del espectáculo y terminó citando estos versos:
Los días y los meses desaparecen
Pero el Monte Mimoro permanece siempre.
»Yo me hallaba profundamente impresionada y desde el fondo de mi alma rogaba a los dioses porque todo aquello continuara así durante miles de años.»
 El voto de la poetisa no fue oído. Poco después la Emperatriz murió y con ella murieron también las frivolidades deliciosas de su corte. Las luchas civiles, las guerras de conquista, los grandes cambios de régimen, dieron a la corte de Kioto un carácter menos suave. Sobre las túnicas de claros matices, la mano del destino bordó vuelos obscuros de aves nocturnas. Pero Sei Shonagon no quiso nunca, ni aun en los últimos años de su vida, pasados en un convento, quejarse de sus amarguras. La mayor concesión que hizo a la adversa suerte, fue la de confesar un día que en la vida no todo es color de rosa : «Hay cosas detestables» —dijo. Y luego, como una marquesita Luis XVI, de las que oyendo rugir al pueblo que tenía hambre le ofrecían bombones, explica : «Sí; hay cosas detestables y helas aquí: El visitante que os cuenta una historia interminable cuando estáis de prisa. Si se trata de alguien con quien tenéis intimidad, podéis despedirlo prometiéndole escucharlo otra día; pero si se trata de gente a quien no podéis tratar con esa confianza, estáis perdidos; el exorcista que enviáis a buscar en un caso de enfermedad repentina y os recita los encantos en tono soñoliento; los niños que lloran y los perros que ladran cuando estáis escuchando a alguien; los ronquidos de un hombre a quien tratáis de ocultar y se queda dormido en el escondrijo; las gentes que viajan en un carruaje que cruje. Esas gentes son detestables, y si somos nosotros los que vamos en el vehículo, entonces el detestable es el propietario. Los que interrumpen vuestra conversación para hacer gala de su inteligencia. Todos los que interrumpen, jóvenes o viejos, son detestables. Los que cuando estáis refiriendo un suceso os interrumpen con un « ¡oh, ya lo sé!» y os dan una versión completamente diferente a la vuestra; el estar obligado a levantarse para recibir un visitante importuno, cuando precisamente os quedabais en la cama para no recibirlo, el estar en buenos términos con un hombre y oírle las alabanzas de una mujer que conoció hace muchos años; los que murmuran una oración cuando estornudan, y, por último, las pulgas cuando se meten entre vuestros vestidos y saltan de un lado a otro.»
¡Oh deliciosa, y tierna, y suave ironía! Leyendo estas páginas ligeras, toda la vida de la corte en que pasó su juventud la poetisa, resucita. Se ve que lo solemne era para fuera y que por dentro, entre las puertas erizadas de dragones, una frivolidad invencible reinaba. Las armas de los daimios podían llenarse de sangre en los cerros cercanos. No importaba. Las damas de la corte y de los claustros reían. Pero en cambio ¡cuánta emoción cuando un detalle cualquiera hería la coqueta susceptibilidad de las camareras de honor! En el Makura no Soshi, una de las páginas más vibrantes, es la que refiere la desventurada visita de la corte al Palacio del Daichin Narimasa. La carroza de su majestad penetró por la puerta del Este. Las damas nobles de servicio dieron un rodeo para entrar por los jardines, con objeto de no pasar ante los oficiales de la guardia. « Porque —dice la poetisa— estábamos todas despeinadas y queríamos que no nos viera nadie. Pero ¡ay, de nosotras!... Los coches cubiertos de palmas se encontraron de pronto detenidos en su marcha, por culpa de la estrechez del portal. Entonces colocaron el clásico camino de alfombras y nos invitaron a apearnos a pesar de nuestro enojo y grande indignación, y no hubo otro remedio; y era irritante ver cómo los cortesanos y los servidores, reunidos en la sala de la guardia, nos miraban pasar. Cuando nos presentamos ante Su Majestad y le contamos lo ocurrido, se burló de nosotras, diciéndonos: ¿Y ahora no os mira acaso nadie? ¿Por qué os presentáis ante mí en tal estado...? Aquí —repliqué yo— todo el mundo está acostumbrado a vernos, y llamaría la atención que nos hubiéramos adornado más de lo regular. Y además, ¿quién podía pensar que en un palacio como éste no pudieran entrar los coches por las puertas?... ¡Ah! Cuando encuentre al Daichin me voy a burlar lindamente de él. » ¿No hay algo de Versalles, algo de Trianón, algo de coquetería florida y de tierno mal humor parisiense, en esta escena tan lejana en el tiempo y tan lejana en el espacio?
Algunos lustros más tarde florecieron dos poetisas que tuvieron tanta fama como Sei Shonagon. La primera, Daini no Sammi, escribió en el año 1040 una larga historia amorosa titulada Gagoromo Monogatari. La segunda fue una hija del noble Suguroano Takasuye. Su única obra conocida, es una melancólica narración de viaje de Limosa a Kioto en 1046.
Ninguna de estas dos obras ha sido traducida en lenguas europeas.
Pero no sólo poetisas, ni contadoras de galantes aventuras produjo el Japón antiguo. El historiador más notable de la época clásica, es una mujer. De su vida, se sabe poco. Llamose Akazome Emon y floreció a fines del siglo XI. Su obra titulada Eiga Monogatari (Relato glorioso), es la crónica del reinado de Kuazan y de sus predecesores. Yo no conozco sino la última parte de esta obra y la encuentro tan bella, que siento no poder leer en el texto los libros anteriores. Con una sencillez llena de emoción, la historiógrafa imperial refiere las hazañas religiosas de aquel pobre Mikado que hace pensar, con sus amores por la reina muerta y con su locura mística, en Carlos II de España. Cuando Kuazan hubo enterrado a su augusta esposa, echose a llorar y llorando pasó días y días. AI fin se dijo: « ¡Ay de mí!... ¡Cuán grandes debieron ser los pecados de Kokiden!... ¡Cuán grandes sus faltas en una existencia pasada!... ¿Por qué murió tan joven?... ¡Ah, si yo encontrara algún medio de olvidar todo eso! » La historiadora, después de reproducir tales lamentaciones, explica lo que pasaba en el alma del monarca: « Su augusto corazón —dice— sentíase con frecuencia turbado por extraños pensamientos religiosos. El primer ministro y el Tchiounagon veían con pena esas manifestaciones que fatalmente encaminaban al monarca a un alarmante misticismo. Gonkiou, superior del monasterio de Kuazan, era diariamente llamado para explicarle las escrituras. Abandonar el mundo y abrazar el estado religioso, decíase en la Corte, es cosa fácil para dicha ¿pero qué ocurriría después? Y el monarca continuaba manoseando sus negros pensamientos. Ya no cabía admitir duda; esa influencia del espíritu tétrico era hereditaria; su padre Reizei-in había muerto loco. Y la conducta insólita, inconsciente, del Mikado, era vigilada atentamente; pero en la noche del duodécimo día del sexto mes de aquel año, el monarca desapareció repentinamente. La alarma fue grande, y todos, sin excepción, nobles, servidores, guardias y hasta domésticos humildes, provistos de antorchas, buscáronle por mil partes. Pero inútilmente. El primer ministro y sus colegas, con los nobles, pasaron la noche reunidos en asamblea; la consternación era general. EI Tchiunagon prosternado ante el altar de los dioses protectores del Palacio, suplicábales con lágrimas en los ojos y grandes lamentos, que descubrieran el lugar en que hallábase oculto su magnífico señor... Algunas tropas fueron enviadas también a todos los templos budistas; pero sin resultado alguno. Al mismo tiempo las reales esposas del monarca lloraban atribuladas sin saber qué terrible acontecimiento había ocurrido. Apareció el alba. Todas las pesquisas habían resultado infructuosas. Por fin, el Tchiunagon y Satchiu-ben-Korenari decidieron ir al monasterio de Kuazan, y allí encontráronle vestido ya de fraile. Al verlo, los dos se prosternaron ante él lanzando exclamaciones y lamentos y gritos de inquietud. El ejemplo cundió y los dos se hicieron religiosos.
 Pocas páginas hay para mí, no sólo en la Iiteratura japonesa sino en los anales del mundo entero, tan intensas como ésta.
Después de la gran historiadora, he aquí a la gran viajera literaria. Se llama Abutsu Ni y es de estirpe imperial. De su vida no se sabe sino muy poca cosa. Como todas las damas nobles del siglo XIII, vivió encerrada en su palacio al lado de su esposo. Al enviudar, hizo un viaje a Kamakura, en donde vivía un hijo suyo. Su célebre Izakoi-Nikki es el relato poético de este viaje, en el cual, más que aventuras, hay paisajes, cielos, puestas de sol, espectáculos de belleza.
Después de Abutsu Ni, ninguna escritora nipona ha sido, como sus abuelas de siglos lejanos, digna de que los hombres conserven su nombre con religioso entusiasmo. Al matar el respeto por la mujer, la influencia china secó la más pura fuente de arte literario japonés.

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO - El alma japonesa (París, Garnier, 1907.)