sábado, 16 de diciembre de 2023

Edgar Lee Masters y Eduardo Gasca: La colina

THE HILL


Where are Elmer, Herman, Bert, Tom and Charley,

The weak of will, the strong of arm, the clown, the boozer, the fighter?

All, all are sleeping on the hill.

 

One passed in a fever,

One was burned in a mine,

One was killed in a brawl,

One died in a jail,

One fell from a bridge toiling for children and wife —

All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill.

 

Where are Ella, Kate, Mag, Lizzie and Edith,

The tender heart, the simple soul, the loud, the proud, the happy one? —

All, all are sleeping on the hill.

 

One died in shameful child-birth,

One of a thwarted love,

One at the hands of a brute in a brothel,

One of a broken pride, in the search for heart's desire,

One after life in far-away London and Paris

Was brought to her little space by Ella and Kate and Mag —

All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill.

 

Where are Uncle Isaac and Aunt Emily,

And old Towny Kincaid and Sevigne Houghton,

And Major Walker who had talked

With venerable men of the revolution? —

All, all are sleeping on the hill.

 

They brought them dead sons from the war,

And daughters whom life had crushed,

And their children fatherless, crying —

All, all are sleeping, sleeping, sleeping on the hill.

 

Where is Old Fiddler Jones

Who played with life all his ninety years,

Braving the sleet with bared breast,

Drinking, rioting, thinking neither of wife nor kin,

Nor gold, nor love, nor heaven?

Lo! he babbles of the fish-frys of long ago,

Of the horse-races of long ago at Clary's Grove,

Of what Abe Lincoln said

One time at Springfield.

EDGAR LEE MASTERS

LA COLINA

 

¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,

el débil de ánimo, el fuerte de brazo, el payaso, el bebedor, el peleador?

Todos, todos durmiendo en la colina.

 

Uno murió de fiebre,

uno ardió en una mina,

uno quedó muerto en una reyerta,

uno pereció en la cárcel,

uno se cayó del puente bregando por su mujer y los niños—

Todos, todos durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.

 

¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith,

la de corazón tierno, la de mente simplona, la escandalosa, la orgullosa, la feliz?

Todas, todas durmiendo en la colina.

 

Una murió de parto deshonroso,

una de amores contrariados,

una a manos de una bestia en un burdel,

una de orgullo roto en pos de un anhelo del corazón,

una, después de haber vivido en Londres y París lejanas,

fue devuelta a su pequeño espacio con Ella, Kate y Mag—

Todas, todas durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.

 

¿Dónde están tío Isaac y tía Emily,

y el viejo Towny Kincaid y Sevigne Houghton,

y el alcalde Walker que había conversado

con los notables de la revolución?

Todos, todos durmiendo en la colina.

 

A ellos les trajeron hijos muertos en la guerra

e hijas demolidas por la vida,

con sus hijos sin padre, que lloraban—

Todos, todos durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.

 

¿Dónde está Jones el viejo violinista

que jugó con la vida durante sus noventa años

afrontando el viento helado a pecho descubierto,

bebiendo, alborotando, sin pensar en esposa o parentela,

ni en el oro, ni el amor, ni el cielo?

¡Aquí está!, chachareando de los pescados fritos de antaño,

de las carreras de antaño en Clary’s Grove,

de lo que Abe Lincoln dijo

una vez en Springfield.

Versión en español de EDUARDO GASCA




martes, 5 de diciembre de 2023

Gustave Thibon: Nietzsche y San Juan de la Cruz, I

NIETZSCHE Y SAN JUAN DE LA CRUZ

I

“Amo a los que mucho desprecian porque son los que mucho veneran y son las flechas del deseo hacia la otra orilla...

“Amo a aquel cuya alma está demasiado llena: así se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él, y todas las cosas se convierten en su decadencia...

“Amo a los que no quieren conservarse: a los que se hunden, los amo con todo mi corazón, porque se van al otro lado...”, cantaba Nietzsche. Escuchemos ahora a Juan de la Cruz:

“El corazón generoso

nunca cura de parar

donde se puede pasar,

si no en más dificultoso…”

 

“Sin arrimo y con arrimo,

sin luz y ascuras viviendo

todo me voy consumiendo”. 

Ambos tuvieron alma de grandes adoradores; una savia esencialmente religiosa alimentaba el follaje de su pensamiento; tuvieron sed hasta la muerte de una plenitud sobrehumana.

El polo negativo de toda búsqueda de lo absoluto reside en la desnudez, en el odio y la expulsión de las impurezas y las mentiras que velan los ojos y atan las manos del hombre caído. En este mundo miserable, donde toda luz “supone una mitad de sombra triste”, como dice el poeta, los adoradores de la luz sin mancha son necesariamente los detractores de las tinieblas. Perseguir lo sobrehumano requiere la estigmatización de lo “demasiado humano”. Su deseo de pureza los convirtió a ambos en barrenderos de máscaras y de ilusiones.

Y ambos sintieron también la necesidad de la superación y de la pérdida del yo: la obsesión por la orilla transhumana del destino siempre pesó en sus corazones. —“¿Qué importamos yo y lo mío? Así habló la boca adoradora”. La posesión de lo absoluto exige la alienación de todo nuestro ser. Ambos siguieron la tracción de su declive. Pero uno se hundió en la luz trascendente, el otro quiso caer en sí mismo; uno dijo: Dios y mi Dios y floreció en la unidad; el otro: Dios, mi profundidad desconocida, y murió de la interiorización devoradora de Saturno y de Narciso.

Tracemos la curva resumida de estos dos grandes declives del espíritu.

El orgullo de Nietzsche fue el orgullo de una inteligencia más que el orgullo de un individuo. La ebriedad de sí mismo de un Napoleón o de un César se apoya en un bloque coherente de tendencias convergentes; abarca a todo el hombre, ningún motivo antagónico la amenaza seriamente. El orgullo diviniza aquí a una persona sin apelación; de ahí la armonía (psicológica, si no moral) de la existencia y la acción de esos grandes hombres imbuídos de sí mismos. Nietzsche, en cambio, no puede hacer de su persona un centro absoluto: une en su alma dos tendencias cuya oposición fundamental lo quebró: la sed de verdad absoluta y el culto al yo. Al final del conflicto entre un ideal extrapersonal y las exigencias desmesuradas de una persona, su mente estalló. La voluntad de verdad no puede ser devorada impunemente por la voluntad de poder.

Sed de verdad, de pureza, de absoluto: las aspiraciones más realistas de su gran alma se desplegaban en este deseo, pero la búsqueda insaciable del yo lo impulsaba simultáneamente al desprecio del objeto. Alcanzó un compromiso —siempre inestable, siempre doloroso—: miró el mundo a través de sí mismo.

Es imposible encontrar un pensador más subjetivo. Su mente no fue el espejo del universo, el universo fue el espejo de su mente. Se burló del “conocimiento inmaculado”, del conocimiento virgen que no contamina ningún átomo de deseo. Fue un mártir del conocimiento, pero de su conocimiento: en cada una de sus sentencias palpita un sueño, una llamada o una rebelión de su yo. Se miró en todas las cosas...

       Podría haberse encontrado —como tantos otros hombres— y podría haberse dormido en esa contemplación impura. Pero una parcela de relativo ahogado en un mar de ilusiones no era una presa digna de su esfuerzo. Los espejismos, las medias tintas, los maquillajes de una civilización obsoleta —todos los oripeles con los que esa cortesana de Goya reviste su senilidad— no bastaban para polarizar sus entusiasmos. Su mirada fue más allá; su hambre exigía otro alimento. La falsedad de los ideales de su siglo hinchó de amargura e invectivas un espíritu que tendía a la pureza de las últimas cumbres: un furioso torrente de negaciones brotó de ese divorcio entre la profundidad de su llamado y la vacuidad de la respuesta de los ídolos del momento. Nietzsche trató de arrancar todas las máscaras de héroes y dioses colocadas en el rostro degenerado del hombre; la alegría de sus manos fue arrancar el revoque lisonjero con el que se adornan las paredes agrietadas del alma.

       Este viejo mundo, ebrio de su “progreso”, se parece los establos de Augías. Si Nietzsche hubiera hablado en nombre de una realidad inmutable y trascendente, quizás habría sido el Hércules que Dios quería para una inmensa limpieza espiritual. Habría purificado, no aniquilado; el río Alfeo habría barrido el estiércol, no los edificios. Pero una misión semejante habría requerido el reconocimiento de la primacía incondicional del objeto. Y el subjetivismo de Nietzsche nunca pudo aceptar la regulación soberana del no-yo. Admitir un orden, las leyes del ser: mutilación insoportable para un pensamiento encerrado en un espejismo de autosuficiencia. ¡Antes la nada que la inteligibilidad! Nietzsche fue destructor hasta el final. Su psicología purificadora se convirtió en una metafísica devastadora; quería trastornar el mundo inmóvil de las esencias —ese orden implacable del que él no era el creador. En lugar de plegarse a las necesidades del ser, proclamó implícitamente: mi alimento es mi hambre. Todos los impulsos liberadores de su corazón y de su mente se inclinaron así mezquinamente hacia su centro divinizado. La relación del sujeto humano con lo absoluto se resorbió en su término contingente: el esse ad se transmutó en esse subsistente, y la plenitud de la meta se hundió en la pobreza de la tendencia. De ahí provienen las deslumbrantes contradicciones de la obra de Nietzsche: las antinomias que se armonizan en Dios despedazan hasta substancia al ser y al pensamiento creados.

       Juicio del hombre, juicio del mundo, llevados hasta sentencias mortales —Nietzsche supo llevar a cabo estas dos tareas simultáneamente. Quería ahogar todas las cosas bajo cataratas de negación, y el arca de su pensamiento flotaba sola en ese diluvio. Su “razón puesta de pie”, como él decía, su razón-represa que cortaba el curso del río de los milenios, se reservaba la posibilidad de sentar las bases de un nuevo orden. Es lícito ser un asesino cuando se puede sentir en el propio corazón el hálito capaz de resucitar. Pero la tercera fase del drama comienza a aparecer. Una voz secreta, surgida de la última oleada hacia la verdad del pensamiento torturado, susurraba a los oídos del desenmascarador: esta pobreza, estos maquillajes, estas muecas del hombre y esta indeterminación de un mundo que pulula bajo el velo ilusorio de las leyes y las causas, todo eso ¿no es lo que descubriste en tu espejo, no es tu propio reflejo, no eres tú mismo? ¿Y no quiere tu lealtad que corones tus asesinatos —con tu suicidio? ¿Qué importa lo que ocurra contigo? Rompe tu espejo, rompe tu negación. —Y Nietzsche, atormentado por esta introversión autofágica de la verdad, intentó superarse a sí mismo —hundiéndose en su centro. Rompió el espejo de su conciencia, cuyos reflejos lo vinculaban al orden universal; se desplomó en un abismo interior donde ya no llega el rayo de la evidencia objetiva. El secreto de la locura de Nietzsche se resume en estas palabras: mi pensamiento está todavía demasiado cerca del pensamiento. Entonces, ¡vamos más allá! —Y ésa fue la caída, no en la unidad de la luz, sino en la confusión de la noche. La curva del subjetivismo se consumó con una lealtad soberana: Zaratustra vivió su declive.

GUSTAVE THIBON

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán



NIETZSCHE ET SAINT JEAN DE LA CROIX

I 

“J'aime les grands contempteurs parce qu'ils sont les grands vénérateurs et les flèches du désir vers l'autre rive...

“J'aime celui dont l'âme est trop pleine : ainsi il s'oublie lui-même, et toutes choses sont en lui, et toutes choses deviennent son déclin...

“J'aime ceux qui ne veulent point se conserver : ceux qui sombrent, je les aime de tout mon cœur, car ils vont de l'autre côté...” chantait Nietzsche. Écoutons maintenant Jean de la Croix :

Jamais ne s'arrête un cœur généreux, lorsqu'il peut encore passer outre...

... Appuyé sans aucun appui, sans lumière et dans les ténèbres, je vais me consumant tout entier...

Ils eurent, l'un et l'autre, des âmes de grands adorateurs ; une sève essentiellement religieuse nourrit les frondaisons de leur pensée ; ils eurent soif jusqu'à la mort d'une plénitude surhumaine.

Le pôle négatif de toute recherche de l'absolu réside dans la mise à nu, la haine et l'expulsion des impuretés et des mensonges qui voilent les yeux et lient les mains de l'homme déchu. En ce monde misérable, où toute clarté “suppose d'ombre une morne moitié comme dit le poète, les adorateurs de la lumière sans tache sont nécessairement les détracteurs des ténèbres. La poursuite du surhumain exige la stigmatisation du “trop humain”. Leur désir de pureté les transforma tous deux en balayeurs de masques et d'illusions.

Et tous deux sentirent aussi la nécessité du dépassement et de la perte de soi : l'obsession de la rive transhumaine de la destinée pesa toujours sur leur cœur. — “Qu'importent le moi et le mien ? Ainsi parla la bouche adorante.” La possession de l'absolu exige l'aliénation de tout notre être. Tous deux suivirent l'attraction de leur déclin. Mais l'un s'abîma dans la lumière transcendante, l'autre voulut tomber en lui-même ; l'un dit : Dieu et mon Dieu et s'épanouit dans l'unité ; l'autre : Dieu, ma profondeur inconnue, et mourut de l'intériorisation dévorante de Saturne et de Narcisse.

Traçons la courbe sommaire de ces deux grands déclins de l'esprit.

L'orgueil de Nietzsche fut l'orgueil d'une intelligence plutôt que l'orgueil d'un individu. L'ivresse de soi d'un Napoléon ou d'un César repose sur un bloc cohérent de tendances convergentes ; elle étreint tout l'homme, aucun mobile antagoniste ne la menace sérieusement. L'orgueil divinise ici sans appel une personne ; d'où l'harmonie (psychologique, sinon morale) de l'existence et de l'action de ces grands hommes remplis d'eux-mêmes. Nietzsche, lui, ne peut faire de sa personne un centre absolu : il unit dans son âme deux tendances dont l'opposition foncière le brisa : la soif de la vérité absolue et le culte du moi. Au terme du conflit entre un idéal extrapersonnel et les exigences démesurées d'une personne, son esprit éclata. La volonté de vérité ne se laisse pas impunément dévorer par la volonté de puissance.

Soif de vérité, de pureté, d'absolu : les aspirations les plus réalistes de sa grande âme se déployaient dans ce désir, mais l'insatiable recherche de soi le poussait simultanément au mépris de l'objet. Un compromis — toujours instable, toujours douloureux — s'établit : il regarda le monde à travers lui-même.

Il est impossible de trouver un penseur plus subjectif. Son esprit ne fut pas le miroir de l'univers, ce fut l'univers qui fut le miroir de son esprit. Il railla “l'immaculée connaissance”, le savoir vierge que ne contamine aucun atome de désir. Il fut martyr de la connaissance, mais de sa connaissance : dans chacun de ses jugements palpite un rêve, un appel ou une révolte de son moi. Il se regarda en toute chose...

Il eût pu — comme tant d'autres hommes — se retrouver et s'endormir dans cette contemplation impure. Mais une parcelle de relatif noyée dans une mer d'illusions n'était pas une proie digne de son effort. Les mirages, les demi-mesures, les fards d'une civilisation caduque — tous les oripeaux dont cette courtisane de Goya drape sa sénilité — ne suffisaient pas à polariser ses enthousiasmes. Son regard alla plus loin ; sa faim demandait d'autres aliments. La fausseté des idéals de son siècle gonfla d'amertumes et d'invectives un esprit tendu vers la pureté des dernières cimes : un torrent furieux de négations jaillit de ce divorce entre la profondeur de son appel et le vide de la réponse des idoles du moment. Nietzsche tenta d'arracher tous les masques de héros et de dieux posés sur le visage dégénéré de l'homme ; la joie de ses mains fut de creuser le crépissage flatteur dont se parent les murs lézardés de l'âme.

Ce vieux monde ivre de son “progrès ressemble aux écuries d'Augias. Si Nietzsche eût parlé au nom d'une réalité immuable et transcendante, peut-être aurait-il été l'Hercule voulu par Dieu pour quelque immense nettoyage spirituel. Il eût ainsi purifié, non anéanti ; le fleuve Alphée aurait balayé le fumier, non les bâtiments. Mais une telle mission eût exigé la reconnaissance du primat inconditionnel de l'objet. Et le subjectivisme de Nietzsche ne put jamais supporter la régulation souveraine du non-moi. Admettre un ordre, des lois de l'être : insupportable mutilation pour une pensée encerclée dans un mirage d'autosuffisance. Plutôt le néant que l'intelligible ! Nietzsche fut destructeur jusqu'au bout. Sa psychologie purifiante se mua en métaphysique dévastatrice ; il voulut bouleverser le monde immobile des essences — cet ordre implacable dont il n'était pas le créateur. Au lieu de s'incliner devant les nécessités de l'être, il proclama implicitement : mon aliment, c'est ma faim. Tous les élans libérateurs de son cœur et de son esprit furent ainsi avarement recourbés vers son centre divinisé. La relation du sujet humain à l'absolu se résorba dans son terme contingent : l'esse ad fut transmué en esse subsistant, et la plénitude du but s'abîma dans la pauvreté de la tendance. D'où les contradictions éclatantes dont vit l'œuvre de Nietzsche : les antinomies qui s'harmonisent en Dieu déchirent jusqu'à la substance l'être et la pensée créés.

Procès de l'homme, procès du monde poussés jusqu'à des sentences mortelles — Nietzsche sut mener de front ces deux tâches. Il voulut noyer toutes choses sous des cataractes de négation, et l'arche de sa pensée surnageait seule sur ce déluge. Sa “raison remise sur pied”, comme il disait, sa raison-barrage qui coupait le cours du fleuve des millénaires se réservait de poser les bases d'un ordre nouveau. Il est permis d'être assassin quand on sent passer dans son cœur les souffles qui ressuscitent. Mais la troisième phase du drame se dessine. Une voix secrète, issue du dernier sursaut vers la vérité de la pensée torturée, murmurait aux oreilles du démasqueur : cette pauvreté, ces fards, ces grimaces de l'homme, et cette indétermination d'un monde grouillant sous le voile illusoire des lois et des causes — tout cela, n'est-ce pas dans ton miroir que tu l'as découvert, n'est-ce pas ton propre reflet, n'est-ce pas toi-même ? Et ta loyauté ne veut-elle pas que tu couronnes tes meurtres — par ton suicide ? Qu'importe de toi ? Brise ton miroir, brise ta négation. — Et Nietzsche supplicié par cette introversion autophagique de la vérité tenta de se dépasser — en s'enfonçant dans son centre. Il brisa le miroir de sa conscience, dont les reflets le rattachaient à l'ordre universel ; il croula dans un abîme intérieur où n'atteint plus le rayon de l'évidence objective. Le secret de la folie de Nietzsche est condensé dans ces mots : ma pensée est trop voisine encore de la pensée. Donc, au-delà ! — Et ce fut la chute, non pas dans l'unité de la lumière, mais dans la confusion de la nuit. La courbe du subjectivisme s'accomplit avec une loyauté souveraine : Zarathustra vécut son déclin.



lunes, 4 de diciembre de 2023

Remy de Gourmont: Sobre Poe y Baudelaire

MARGINALIA SOBRE EDGAR POE Y BAUDELAIRE 

1 a 10

11 a 20

21 a 30

CUARTA Y ÚLTIMA PARTE

31. 

Las circunstancias de la muerte de Edgar Poe nunca han sido del todo claras. En este punto su destino fue bastante parecido al de Gérard de Nerval, sobre el que nunca podremos hacer más que conjeturas; —en este punto se parecen y en otro más, pues ¿no estaban ambos locos, locos con una maravillosa y fecunda locura, pero locos? Edgar Poe, al menos, padecía una enfermedad mental muy extraña, una especie de parálisis de la voluntad. El alcohol le horrorizaba y bebía. Él, que había pronunciado los más terribles anatemas contra el alcohol, que había alabado la templanza, ya no podía trabajar más que en la alucinación de la embriaguez: “No se va en absoluto demasiado lejos”, escribió en sus Marginalia, “cuando se afirma que el movimiento a favor de la templanza es el más importante del mundo. La templanza aumenta la capacidad del hombre para los placeres sanos. El hombre abstemio lleva consigo, en toda circunstancia, la auténtica, la única condición de la felicidad”. Y añade que el hombre debe ser empujado a ello por temores físicos, por razones de higiene; la moral también se beneficiará de paso. En lo que a él concierne, nada lo detuvo, y si se conoce la alta inteligencia de Poe, no cabe duda de que preveía las terribles consecuencias de sus hábitos de embriaguez; las previó y perseveró. Nada caracteriza mejor una enfermedad de la voluntad.

Edgar Poe, que había llegado más lejos en la psicología mórbida que ningún otro escritor de su época, conocía bien esas deficiencias de la fuerza de voluntad, o sus desviaciones. Las estudió dándoles el nombre de espíritu de perversidad, cuando nos muestra a un hombre que hace el mal por el mal, sin placer, sin interés y con terror, pero dominado por un poder misterioso. Es su propia historia la que ha contado en El gato negro, y lo único que falta es la identidad de los desenlaces. Si no llevó el espíritu de la perversidad hasta el punto de torturar inútilmente a los demás, ¿no fue, con una perversidad aún más refinada, el verdugo de su salud, de su inteligencia, de su genio?

Enfermo en Richmond, donde había decidido establecerse, Poe fue llamado a Nueva York por un asunto importante, partió, pero se vio obligado a detenerse en Baltimore. Allí entró en un cabaret y, como era su costumbre, bebió abundantes cantidades de alcohol (o tal vez, como sucede con algunos bebedores empedernidos, necesitó muy poco), aunque, como se ha dicho, sin llegar a beber hasta morir. Incluso hay razones para creer que aquella noche estaba mucho menos borracho que muchas otras, pues estaba con algunos de sus amigos, bebedores ellos mismos, pero no borrachos.

El pequeño cabaret estaba lleno; era la víspera de unas elecciones y se bebía a lo grande a costa de los candidatos representados por sus agentes electorales. Hacia la medianoche, Poe y sus amigos salieron. No habían dado diez pasos en la calle cuando se encontraron rodeados por una banda de hombres de los que no podían defenderse. Estos hombres no eran forajidos —eran agentes honorabilísimos que trabajaban a sueldo para su jefe. De hecho, era costumbre en aquella época, en vísperas de elecciones, secuestrar a todos los borrachos que se podía encontrar en la calle (y en aquellos días las calles eran demasiado estrechas), retenerlos hasta la mañana siguiente en compañía de unas cuantas botellas y arrastrarlos después de sección en sección, haciéndolos votar hasta veinte o treinta veces como a un rebaño de autómatas. Para evitar cualquier protesta o despertar de conciencia en esos desgraciados, se mezclaban drogas soporíferas, opio en particular, con las bebidas.

Poe y sus compañeros fueron encerrados en una estrecha habitación contigua a una máquina de vapor, al fondo de un callejón sin salida de Calvert Street. Allí pasaron la noche en una somnolencia febril, acurrucados en el horrible calor y los horribles olores, bebiendo de tanto en tanto cuando la sequedad de sus gargantas los despertaba a medias.

Es horrible para cualquiera que ame a Edgar Poe, para cualquiera que haya vivido intensos minutos de emoción con sus libros, es horrible imaginarlo en un estado tan degradado —y por muy culpable que fuera el borracho que había en él, ¿merecía semejante degradación?

A la mañana siguiente, los reclutadores volvieron a buscar a su rebaño para llevarlo, sucesivamente, a treinta y un colegios electorales. Aquellos de esos desgraciados que tenían algo de lucidez no se atrevían a decir nada; habrían sido liquidados en el acto. A partir de la tercera o cuarta sección, Edgar Poe ya no podía tenerse en pie; sin duda le habían administrado una dosis demasiado fuerte de opio. Finalmente, se puso tan pálido que los propios verdugos se dieron cuenta y empezaron a decir que “sería mejor hacer votar a un muerto y que aquello podría acarrear problemas con la policía”. Para evitar problemas de ese tipo, decidieron deshacerse de él metiéndolo en un coche y enviándolo al hospital. Allí murió, unas horas más tarde.

Esta espantosa aventura electoral ha sido discutida; además, parece no ser más que una terrible coincidencia. Poe ya estaba perdido para ese época, y probablemente el momento fatal sólo se precipitó un poco:

La enfermedad me invadía cada vez más —¡pues qué enfermedad es comparable al alcohol!

El señor Ugo Ojetti me trajo de su viaje a América una fotografía de la tumba de Edgar Poe. Por una cruel ironía de los poderes invisibles, en el letrero de un cabaret cercano al cementerio leímos esta palabra en letras enormes y llamativas: LIQUOR.

 

32.

 

Por dolorosa que haya sido la muerte de Edgar Poe, es menos espantosa que la de Baudelaire, que se hundió lentamente, como un hermoso barco herido, en el océano del dolor; pues qué dolor morir en semejante estado, haberse convertido en un animal afásico y, en palabras de Trousseau, inteligente como un animal al que no le falta más que el habla. El diario de sus últimos años, Mon cœur mis à nu, contiene páginas todavía admirables, pero ¡qué tono tan desgarrador y humillante! El hombre de boca sarcástica se convierte en un niño taciturno, tímido y obediente. El blasfemo altivo cae, como por un castigo, en plegarias grotescas: invoca a la vez al buen Dios, a Mariette, a Poe, a la Higiene y a la Moral. Hay decadencias y agonías tan espantosas que podrían hacer comprender la llamada a una justicia absoluta y a una bondad infinita.

 

33.

 

Eugène Sue, Gaboriau y Dostoievski, en Crimen y castigo, tomaron lecciones de Edgard Poe. Todos esos policías ingeniosos, esos jueces de instrucción, son sustitutos de Dupin.

 

34.

 

Espíritu altamente aristocrático, que estimaba sólo unas pocas facultades superiores, las suyas propias, las que poseía o creía poseer en alto grado, Poe expresaba fácilmente su desprecio por la humanidad democrática mediante la mistificación. El camelo del globo, El caso del señor Valdemar, La aventura de Hans Pfall, no eran otra cosa que prodigiosos bromas, hoaxes, como dicen los norteamericanos. Y ¡qué éxito tuvieron! No sólo en la ignorante Norte América, sino también en Europa. En el artículo Magnetismo del Dictionnaire des superstitions populaires del abate Migne, leemos: “No podemos terminar esta cuestión del magnetismo animal sin informar a nuestros lectores de un accidente extraordinario, tal vez incluso increíble, del que se ha hablado mucho en el mundo erudito”. Y traduce El caso del señor Valdemar.

 

35.

 

En agosto de 1835, Poe había comenzado a publicar en el Southern Literary Messenger la historia de Hans Pfall, que despertó gran curiosidad; pero al mes siguiente el New York Sun lanzó el famoso Moon Hoax, cuyas repercusiones frenaron el éxito de Hans Pfall. Se trataba de un relato sobre los descubrimientos del astrónomo Herschel hijo: la Luna estaba habitada. Diez años más tarde, cuando ya nadie pensaba en ese “camelo”, el mismo Sun publicó un artículo con el titular en letras grandes:

 

ASOMBROSAS NOTICIAS POR EXPRESO

¡DESDE NORFOLK!

¡EL ATLÁNTICO CRUZADO EN TRES DÍAS!

 

Triunfo de la máquina voladora

¡¡del Sr. Monck Mason!!

 

Llegada a la isla de Sullivan, cerca de Charleston, S.C., de Mr. Mason, Mr. Robert Holland, Mr. Harrison Ainsworth, y otras cuatro personas traídas por el globo Victoria, después de un viaje de sesenta y cinco horas, desde Europa a América.

DETALLES COMPLETOS”.

 

Se trata del cuento de Edgard Poe conocido como El camelo del globo. Esta vez, el éxito fue inmenso. El propio Poe contó cómo se divertía al ver a los curiosos arrebatarse el único periódico en el que aparecía la noticia. Era un modo de vengarse. Sin embargo, Hans Pfall quedó inconcluso, ya que el autor de El camelo de la luna  (The Moon Hoax) le dio a su historia el mismo final que Poe había imaginado; ese escritor, que tuvo la suerte de derrotar por una vez a Edgard Poe, aunque no en el mejor terreno, se llamaba Richard Alton Locke y era descendiente del célebre filósofo.

The Moon Hoax se tradujo al francés como un pequeño folleto titulado: Découvertes dans la Lune, faites au traduit de l’américain de New-York traducido del New York American, París, Louis Babeuf, rue du Jardinet, 3, 1836, in-8°.

La “Luna a un metro” de la Exposición Universal de 1900 fue un auténtico Moon Hoax, cuyo éxito, gracias a la credulidad del público, permitió al menos la construcción de un telescopio de dimensiones sin precedentes. Edgar Poe no habría participado de buen grado en una mistificación utilitaria. Sus “bromas” son recreaciones y experimentos psicológicos. Sin embargo, hay en ellas rastros del particular gusto norteamericano por la publicidad, los carteles, la publicidad bárbara, el periodismo extravagante. Poe es un norteamericano mucho más representativo de Norteamérica que Emerson o Walt Whitman. Su mente tenía un lado práctico. Sin la literatura, habría sido un asombroso hombre de negocios, un “emprendedor” de primer orden. Eso es algo que nos encanta en el autor de Ligeia, como nos encanta el industrial paradójico en el autor de Ursule Mirouët. Baudelaire, que siguió siendo una autoridad en lo que respecta a Edgar Poe, ocultó cuidadosamente esta parte de su carácter.

 

36.

 

   Creo que la mejor definición que podríamos dar de él sería: un espíritu crítico. Esto dista mucho del juicio de un diccionario popular: “Poeta norteamericano de imaginación descabellada”. Quizá también sería muy apropiado para Baudelaire; y quizá para todos los escritores verdaderamente grandes, tanto para un Chateaubriand como para un Goethe, tanto para un Dante como para un Flaubert. No hay nada más absurdo que oponer el espíritu creador al espíritu crítico. Sin la facultad crítica, no puede haber creación alguna; sólo hay poetas cantores, como hay pájaros cantores.

REMY DE GOURMONT

Promenades littéraires, vol. 1

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


31.

Les circonstances de la mort d’Edgar Poe n’ont jamais été bien claires. En ce point sa destinée fut assez pareille à celle de Gérard de Nerval, sur laquelle on ne pourra jamais faire que des conjectures ; — en ce point ils se ressemblent et en un autre encore, car tous les deux furent-ils pas fous, fous d’une merveilleuse et féconde folie, mais fous ? Edgar Poe, du moins, fut atteint d’une bien étrange maladie mentale, d’une sorte de paralysie de la volonté. Il avait horreur de l’alcool et il buvait. Lui qui avait proféré contre l’alcool les plus terribles ana­thèmes, lui qui avait fait l’éloge de la tempérance, il ne pouvait plus travailler que dans l’hallucination de l’ivresse : « On ne va nullement trop loin, écrit-il dans ses Marginalia, quand on affirme que le mouvement en faveur de la tempérance est le plus important du monde. La tempérance augmente, en effet, dans l’homme la capacité des jouissances saines. L’homme tempérant porte en lui, en toute circonstance, la vraie, la seule condition du bonheur. » Et il ajoute qu’il faut y pousser l’homme par des craintes physiques, des raisons d’hygiène ; la morale y trouvera son compte par surcroît. Pour lui, rien ne l’arrêta et quand on connaît la haute intelligence de Poe, on ne doute pas un instant qu’il n’ait prévu les affreuses conséquences de ses habitudes d’ivrognerie ; il les a prévues et il a persévéré. Rien ne caractérise mieux une maladie de la volonté.

Edgar Poe, qui avait été plus loin en psychologie morbide qu’aucun autre écrivain de son temps, connaissait bien ces af­faiblissements de la force du vouloir, ou leurs déviations. Il les a étudiées sous le nom d’esprit de perversité, quand il nous montre un homme faisant le mal pour le mal, sans plaisir, sans intérêt, et avec terreur, mais dominé par une puissance mys­térieuse. C’est sa propre histoire qu’il a racontée dans Le Chat noir, et il n’y manque que l’identité des dénouements. S’il ne poussa pas l’esprit de perversité jusqu’à torturer autrui inutile­ment, ne fut-il pas, avec une perversité encore plus raffinée, le bourreau de sa santé, de son intelligence, de son génie ?

Malade à Richmond, où il avait résolu de se fixer, Poe fut appelé à New-York pour une affaire importante, se mit en route, mais fut obligé de s’arrêter à Baltimore. Là, il entra dans un cabaret et selon son habitude absorba des quantités d’alcool (ou, peut-être comme à certains buveurs invétérés, ne lui en fallait-il que très peu !) — sans cependant aller, comme on l’a dit, jusqu’à rouler ivre-mort. Tout porte même à croire qu’il était peut-être beaucoup moins ivre ce soir-là que bien d’autres soirs, car il était avec quelques-uns de ses amis, buveurs eux-­mêmes, mais non ivrognes.

Le petit cabaret était plein ; c’était la veille d’une élection et on buvait ferme aux frais des candidats représentés par leurs agents électoraux. Vers le minuit, Poe et ses amis sortirent. Ils n’eurent pas fait dix pas dans la rue qu’ils se trouvèrent enve­loppés par une bande d’hommes dont ils ne purent se défendre. Ces hommes n’étaient pas des escarpes, — c’étaient de très hon­nêtes agents travaillant contre salaire pour leur patron. En effet, il était d’usage à cette époque d’enlever ainsi, à la veille d’une élection, tous les ivrognes que l’on rencontrait dans les rues (et ces jours-là les rues étaient trop étroites), de les séques­trer jusqu’au lendemain matin en compagnie de quelques bou­teilles et alors de les traîner de section en section en les faisant voter jusqu’à vingt ou trente fois comme un troupeau d’au­tomates. Afin d’éviter toute protestation, tout réveil de cons­cience chez ces malheureux, on avait eu soin de mêler à leur boisson des drogues soporifiques, notamment de l’opium.

Poe et ses compagnons furent enfermés dans une étroite chambre contiguë à une machine à vapeur, au fond d’une im­passe, dans Calvert Street. Ils durent y passer la nuit dans une somnolence fiévreuse, tassés les uns contre les autres, en proie à une horrible chaleur, à d’affreuses odeurs, buvant de temps à autre quand la sécheresse de leur gosier les réveillait à demi.

Il est horrible pour qui aime Edgar Poe, pour qui a vécu d’intenses minutes d’émotion avec ses livres, horrible de se le figurer dans un tel état d’avilissement, — et si coupable que fût en lui l’ivrogne, avait-il mérité une telle dégradation ?

Le lendemain matin, les racoleurs revinrent chercher leur troupeau pour les conduire successivement dans trente et une sections de vote. Ceux d’entre ces malheureux qui avaient quelque lucidité n’osaient rien dire ; on les aurait assommés sur place ; les autres allaient comme des machines. Dès la troisième ou la quatrième section, Edgar Poe ne pouvait plus tenir de­bout ; on lui avait sans doute administré une trop forte dose d’opium. Enfin, il devint si pâle que les bourreaux eux-mêmes s’en aperçurent, et se mirent à dire « qu’autant valait faire voter un mort et qu’on pourrait bien avoir des démêlés avec la police ». Pour éviter tout ennui de ce genre, ils prirent le parti de se débarrasser de lui en le jetant dans un cab et en l’en­voyant à l’hôpital. Il y mourut, peu d’heures après.

Cette affreuse aventure électorale a été contestée ; elle ne représenterait, d’ailleurs, qu’un terrible hasard. À ce moment déjà, Poe était perdu et le funeste moment n’a été hâté que bien peu sans doute :

Mon mal envahissait de plus en plus, — car quel mal est comparable à l’alcool !

M. Ugo Ojetti m’a rapporté de son voyage en Amérique une photographie du tombeau d’Edgar Poe. Par une cruelle ironie des puissances invisibles, on y lit, sur l’enseigne d’un cabaret voisin du cimetière, ce mot en lettres énormes et qui attirent l’œil : LIQUOR.

32.

Si pénible qu’ait été la mort d’Edgar Poe, elle fait moins peur que celle de Baudelaire qui sombra lentement, comme un beau navire blessé, dans l’océan de la douleur ; car quelle douleur de mourir en un pareil état, d’être devenu semblable à une bête aphasique, et, selon le mot de Trousseau, intelligent comme un animal à qui il ne manque que la parole. Le journal de ses der­nières années : Mon cœur mis à nu, contient des pages encore admirables, mais que le ton en est navrant et humiliant ! L’homme à la bouche sarcastique devient un enfant morose, peureux et obéissant. Le blasphémateur hautain tombe, comme par punition, à des prières grotesques : il invoque à la fois le bon Dieu, Mariette, Poe, l’Hygiène et la Morale. Il y a des dé­chéances et des agonies tellement épouvantables qu’elles fe­raient comprendre les appels à une justice absolue et à une bonté infinie.

33.

Eugène Sue, Gaboriau, Dostoïevski, dans Crime et Châti­ment, ont pris des leçons d’Edgard Poe. Tous ces policiers in­ventifs, ces juges d’instruction analystes, sont des succédanés de Dupin.

34.

Esprit très aristocrate, n’estimant que quelques facultés su­périeures, les siennes, celles qu’il possède ou qu’il croit pos­séder à un haut degré, Poe exprime volontiers son mépris de l’humanité démocratique par la mystification. Le Canard au ballon, Le Cas de M. Valdemar, L’Aventure de Hans Pfall, ne furent pas autre chose que de prodigieuses charges, hoaxes, comme disent les Américains. Et comme elles réussirent ! Non pas seulement près de l’ignorante Amérique, mais en Europe. À l’article Magnétisme, dans le « Dictionnaire des superstitions populaires » de l’abbé Migne, ont lit ceci : « Nous ne pouvons abandonner cette question du magnétisme animal sans faire connaître à nos lecteurs un accident extraordinaire, peut-être même incroyable, dont on a beaucoup parlé dans le monde savant. » Et il traduit Le Cas de M. Valdemar.

35.

En août 1835, Poe avait commencé la publication dans le Southern Literary Messenger de l’histoire de Hans Pfall, qui excita fort la curiosité ; mais le mois suivant le Sun de New- York lançait le fameux Moon Hoax, dont le retentissement arrêta le succès de Hans Pfall. C’était le récit des découvertes de l’astronome Herschel fils : la lune était habitée. Dix ans plus tard, alors que nul ne pensait plus à ce « canard », le même Sun publia un article dont le titre portait en gros caractères :

 

« ÉTONNANTES NOUVELLES PAR EXPRESS

VIA NORFOLK !

L’ATLANTIQUE TRAVERSÉ EN TROIS JOURS !!

Triomphe de la machine volante

de M. Monck Mason !!

 

Arrivée à l’île Sullivan, près de Charleston, S. C., de M. Mason, M. Robert Holland, M. Harrison Ainsworth, et de quatre autres personnes amenées par le ballon Vic­toria, après un voyage de soixante-cinq heures, d’Europe en Amérique.

 

DÉTAILS COMPLETS. »

 

C’est le conte d’Edgard Poe connu sous le nom de Canard au ballon. Cette fois le succès fut énorme. Poe a raconté lui-même son amusement à voir les badauds s’arracher le seul journal qui eût les nouvelles. Il prenait sa revanche. Cependant Hans Pfall est demeuré inachevé, l’auteur du Moon Hoax ayant donné à son histoire le dénouement même que Poe avait imaginé ; cet écrivain qui eut la bonne fortune de vaincre une fois Edgard Poe, non pas il est vrai, sur le meilleur terrain, s’appelait Ri­chard Alton Locke et descendait du fameux philosophe.

Le Moon Hoax fut traduit en français sous la forme d’une petite brochure intitulée : Découvertes dans la Lune, faites au Cap de Bonne-Espérance par Herschel fils, astronome anglais, traduit de l’américain de New-York. Paris, Louis Babeuf, rue du Jardinet, 3, 1836, in-8°.

La « Lune à un mètre », de l’Exposition universelle de 1900, est un véritable Moon Hoax, dont le succès près de la crédulité du public a du moins eu pour résultat de permettre la construc­tion d’un télescope de dimensions inusitées. Edgar Poe n’eût point volontiers participé à une mystification utilitaire. Ses « canards » sont des récréations et des expériences psycho­logiques. Cependant on y découvre des traces du goût particu­lier des Américains pour la réclame, l’affiche, la publicité barbare, le journalisme extravagant. Poe est un Américain bien plus représentatif de l’Amérique qu’Emerson ou Walt Whit­man. Son esprit à des côtés pratiques. Dénué de littérature, il eût été un étonnant homme d’affaires, un « lanceur » de pre­mier ordre. On aime cela dans l’auteur de Ligeia, comme on aime l’industriel paradoxal dans l’auteur d’Ursule Mirouët. Baudelaire, qui continua à faire foi sur Edgar Poe, a dissimulé avec soin cette partie de son caractère.

36.

   Je crois que sa meilleure définition serait celle-ci : un grand esprit critique. Nous voilà loin du jugement d’un petit dic­tionnaire populaire : « Poète américain d’une imagination dé­réglée. » Cela conviendrait peut-être aussi très bien pour Baudelaire ; et peut-être aussi pour tous les véritables grands écrivains, pour un Chateaubriand comme pour un Gœthe, pour un Dante comme pour un Flaubert. Rien de plus absurde que d’opposer l’esprit créateur à l’esprit critique. Sans la faculté critique, il n’y a point de création possible ; on n’a que des poètes chanteurs, comme il y a des oiseaux chanteurs.



sábado, 2 de diciembre de 2023

Francisco Luis Bernárdez y San Ambrosio: Himno de Laudes para el Adviento

EN CLARA VOX REDARGUIT

HIMNO DE LAUDES PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO

 

En clara vox redarguit

Obscura quaeque, personans:

Procul fugentur somnia:

Ab alto Iesus promicat.

 

Mens jam resurgat, torpida

Non amplius jacens humi:

Sidus refulget jam novum,

Ut tollat omne noxium.

 

En Agnus ad nos mittitur

Laxare gratis debitum:

Omnes simul cum lacrimis

Precemur indulgentiam;

 

Ut, cum secundo fulserit,

Metuque mundum cinxerit,

Non pro reatu puniat,

Sed nos pius tunc protegat.

 

Virtus, honor, laus, gloria

Deo Patri cum Filio,

Sancto simul Paraclito,

In seculorum saecula.

 

Oíd la clara voz que, resonando,

Refuta con su luz la sombra inmensa,

Y ved, mientras los sueños se disipan,

Despuntar a Jesús sobre la tierra.

 

Que el alma se levante de este suelo

En que yace postrada y soñolienta,

Pues ya brilla en el cielo el astro nuevo

Que todas las maldades ahuyenta.

 

Ved al Cordero que nos fue mandado

Para pagar nuestra primera deuda,

Y alzando hasta sus ojos nuestros ojos

Pidámosle con lágrimas clemencia.

 

Para que cuando venga finalmente

A ceñir de terror la tierra entera.

No nos castigue por lo que pecamos

Sino que, bondadoso, nos proteja.

 

Alabanza, virtud, honor y gloria

A Dios Padre y al Hijo con quien reina,

En unión del Santísimo Paráclito,

Ahora y por edades sempiternas.

SAN AMBROSIO DE MILÁN

Versión en español de FRANCISCO LUIS BERNÁRDEZ