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viernes, 23 de octubre de 2026

Remy de Gourmont: La vida de Barbey d'Aurevilly, III

LA VIDA DE BARBEY D’AUREVILLY

III

(Partie I, partie II)

Barbey, que fue el primero, en relación con La Leyenda de los Siglos, en caracterizar tan acertadamente a Hugo calificándolo de "genio épico", se indignó ante la insolente publicidad que ensalzaba Los Miserables como si se tratara de un producto industrial. Escribía en Le Pays; los republicanos y los monárquicos, muy unidos en aquella época, creían que el orgulloso crítico obedecía una orden de las autoridades: lo trataron muy mal. El mismo odio que había perseguido el misticismo precursor del pintor Galimard persiguió a Barbey d'Aurevilly. La limitada imaginación de las juventudes republicanas escribió "idiota" en cada piedra disponible. Fue un buen momento de popularidad a la inversa. Se discutió el valor y la conveniencia de las sílabas ingenuas. Un artículo desafortunado sobre Goethe, pero dirigido a Sainte-Beuve, acrecentó la muchedumbre; dos errores garrafales hicieron más por Barbey d'Aurevilly que treinta años de bella y valiente literatura. La demanda presentada contra él por la Revue des Deux Mondes, ridiculizada en una columna publicada en Le Figaro, confirmó la autoridad de una firma temida. Condenado por el alegato de Gambetta, que seguía siendo su amigo y se lo demostró más tarde, cuando se trató de hacerle juicio por Las diabólicas, d'Aurevilly se vengó del mundo oficial publicando sus Cuarenta medallones de la Academia —que la Academia nunca le perdonó. En medio de todo ese tumulto, se justificó completando una de sus mejores novelas, El caballero Des Touches (1863).

Las opiniones literarias de Barbey d'Aurevilly son bastante seguras cuando se trata de los románticos; con muchos jóvenes fue injusto. Su actitud agresiva contra el Parnaso contemporáneo se explica quizás por el aspecto académico o al menos cenacular de la asamblea de esos nuevos poetas. El viejo individualista, que habría acogido con alegría a un Verlaine o a un Heredia aislados, los malinterpretó entre un grupo demasiado numeroso. Pero ¡qué difícil es! ¿Cómo se puede adivinar a Villiers de L'Isle-Adam en el joven sentimental que tartamudea? Sin embargo, la caracola del Parnaso tenía un sonido nuevo; había que notarlo, escuchar, esperar. Cuando hay un florecimiento repentino de treinta y siete poetas, y cuando Théophile Gautier se ha hecho el guía de todos esos pollitos, el crítico, aunque no entienda, si no siente, está obligado a una cierta prudencia. Barbey d'Aurevilly se enfadó, no sabemos por qué, y dijo algunas tonterías. La polémica, en la que se vio envuelto Verlaine, fue ridícula; pero quedó, en algunas sensibilidades, un rencor que buscó y encontró su venganza.

A pesar de estos errores, su reputación como crítico creció considerablemente, hasta el punto de que en 1870 heredó la planta baja de Sainte-Beuve en Le Constitutionnel. Pero aquí hay un hecho más importante: en noviembre de 1874 apareció Las Diabólicas, que llevaba más de veinte años de trabajo. Es el florecimiento del genio de Barbey d'Aurevilly: Las Diabólicas, si fueran de Balzac, serían la obra maestra de Balzac. En todas partes tenemos una pasión elocuente y expansiva; aquí es una pasión con los labios cerrados, con gestos nulos. Tragedias, con las que no se podrían hacer tragedias, más que con mímica, ¡y aun así! Los defectos de Las Diabólicas nos resultan evidentes desde Flaubert; retrocediendo a su verdadera fecha, a la de su nacimiento, un cuento como Los entresijos de una partida de whist no tiene más imperfecciones que las que también estropean El Verdugo o La Grande Bretèche. Pero hay que reaccionar contra una delicadeza que tal vez sólo sea sentimentalismo estético y aceptar, y saborear como son, estas prodigiosas historias de amor, odio o mentira, La cortina carmesí o La felicidad en el crimen.

El autor de Las Diabólicas y de La hechizada posee el verdadero carácter del novelista, un carácter muy raro: se interesa profundamente por la vida; y esto lo vincula de nuevo a Balzac. Para ellos, los amores de los hombres, sus gestos, sus palabras, son cosas serias, incluso cuando son bufonescas. La sociedad es su absoluto; son sociólogos. Flaubert es un físico: la vida le es indiferente; es una materia que mide y pesa. El novelista vulgar, que abunda, es puramente anecdótico, incluso cuando amalgama en sus historias drogas morales, sociales o humanitarias en dosis inmoderadas. La sociología puede ocuparse de clasificar los actos humanos según su beneficencia o su nocividad; la física de la moral expone fríamente los resultados de sus observaciones y cálculos. A Barbey d'Aurevilly le falta compostura; la pasión lo perturba y le hace temblar un poco las manos; pero se pone rígido, respira y completa el experimento. Su debilidad consiste en interpretar los resultados; pero como la religión por la que se guía no es optimista, sus amonestaciones al menos no son vulgares.

Hay, en definitiva, dos tipos de novelistas, los prosistas y los poetas. No creo que esta distinción se haya establecido todavía; sin embargo, es esencial para cualquiera que quiera entender algo de la evolución de la novela en los últimos cien años. Está generalmente aceptado que el mejor novelista del siglo pasado es Balzac. Sí, si pensamos sólo en los escritores que fueron únicamente novelistas; pero esto sería quizás cuestionable si pensamos también en los poetas que fueron tanto poetas como novelistas. Algunas de las novelas modernas más famosas, y a la vez más bellas, tienen como autores a poetas. Stello y Cinq-Mars de Alfred de Vigny; Mademoiselle de Maupin y El capitán Fracasse de Théophile Gautier; Los Miserables y Los trabajadores del mar de Victor Hugo; Graziella de Lamartine, y muchas otras que todo el mundo ha leído. Esta nueva tradición del poeta-novelista continúa ante nuestros ojos con las obras de Catulle Mendès o Henri de Régnier, poetas que se convirtieron en novelistas sin dejar de ser poetas.

Hay dos cosas principales en la novela: la observación de la vida y el estilo. El poeta no siempre es un buen observador, pero se venga con el estilo. Por otra parte, el novelista que sólo es novelista es muy raramente un buen escritor: véase Balzac. Es cierto que tal afirmación es desmentida por Flaubert, maravilloso observador, maravilloso escritor, e incluso por los Goncourt, que supieron mirar la vida desde fuera y plasmar su visión en un estilo curioso y nuevo. Pero si se tuvieran en cuenta las excepciones, no se podría construir ningún razonamiento general; las excepciones se tratan por separado, con especial cuidado, y, cuando se saben manejar las herramientas de la lógica, se acaba por hacerlas encajar en la regla. Al final, Flaubert era, como Chateaubriand, un poeta que escribía en prosa, y los Goncourt eran pintores que se equivocaron sobre su verdadera vocación. El hecho es que las novelas bien escritas son casi siempre obra de un poeta declarado o encubierto, y que las novelas de escritores puramente de prosa suelen tener un valor literario mediocre.

La novela tiene su origen en el poema. La Ilíada y la Eneida son novelas en verso, al igual que Los Mártires y Salammbô son poemas en prosa. En definitiva, sólo hay un género en la literatura, el poema. Todo lo que no es un poema no es nada, o cae, lo que está lejos de ser una deshonra, en esa vasta categoría, la ciencia.

Las novelas de Balzac deben situarse en el ámbito de la ciencia; son estudios de psicología. Las novelas de Victor Hugo, en cambio, son poemas, y ese es su mérito, porque, desde el punto de vista psicológico, nadie discute su vacuidad. Esta doble clasificación sería aplicable a todas las novelas modernas de cualquier interés, según sus tendencias, según domine la observación científica o la preocupación por el estilo.

Según sus tendencias, pues se trata de tendencias y no de logros absolutos: la literatura se mueve en lo relativo. Las novelas más áridas, como las de Stendhal, no carecen de valor artístico, y hay, incluso en Los Miserables, páginas de exactísima observación. Tanto en la historia literaria como en la natural, las clasificaciones se basan en generalidades y no en detalles. Creo que, con estas reservas, la distinción entre poetas-novelistas y prosadores-novelistas es inatacable.

Sin embargo, será difícil situar a Barbey d'Aurevilly en una u otra de estas categoría.

Fue poeta, sin duda, y lo siguió siendo hasta el final de su vida; pero poeta oculto, que sólo comunicaba sus versos, por muy bellos que fueran, a unos pocos amigos suyos. Entre su obra, que es considerable, ya que llena cerca de cincuenta volúmenes, sin contar lo que ha quedado disperso en los periódicos, los poemas en verso o en prosa sólo ocupan un pequeño número de páginas. Es cierto, pero la preocupación por el arte, el gusto por el estilo, se encuentra incluso en el más fugaz de sus artículos, incluso en la más breve de sus cartas. Amaba las palabras por sí mismas, componía frases por el mero placer de su sonido. Su sensibilidad literaria era muy aguda. Le resultaba muy difícil perdonar a Balzac, al que admiraba apasionadamente, por la torpeza de su estilo, y la belleza de la forma le hacía ser indulgente con ideas que, expresadas con malas palabras, lo habrían hecho enfadar. En segundo lugar, es más imaginativo que observador. Le gustan las anécdotas reales, pero las ordena a su manera, las complica y las agranda. Cuando observa la vida más de cerca, ve cosas que sólo son visibles para él mismo, es decir, en el mismo momento en que cree que está observando, está imaginando. La realidad es para él sólo un pretexto, un punto de partida. Es un poeta. Barbey d'Aurevilly, como novelista, está quizás mucho más cerca de Théophile Gautier que de Balzac.

Sin embargo, hay un realista en él. Esta faceta de su carácter se revela cuando describe los paisajes y las costumbres de su tierra natal, los alrededores de Valognes, en Normandía. Nadie mejor que él, o con más precisión, ha pintado en todas sus facetas la tristeza o el esplendor de ese país caprichoso que, en la misma mañana, estalla al sol como una inmensa y alegre esmeralda o parece hundirse y disolverse en la niebla y la lluvia. Pero cuando está en Normandía, es tan feliz, que la propia lluvia no puede ponerle de mal humor: "He tenido aquí", escribe, "dos días de un tiempo regio, pero ahora son lluvias, de carácter soberbio en esta región del oeste hecha para ellas...".

En estas cartas, que acaban de ser publicadas y que están todas fechadas en Valognes o sus alrededores, la confesión de su profundo amor por ese rincón del mundo sólo se expresa en frases más bien breves; la reservaba para otros corresponsales y, sobre todo, para sus libros, para sus novelas, que están casi todas ambientadas en la península del Cotentin, entre Cherburgo y Coutances.

Este poeta tenía una idea al pintar siempre paisajes normandos, personajes normandos. Quería descentralizar la novela y mostrar que las provincias, y una de las que entonces se consideraban más atrasadas, la Baja Normandía, es tan "romántica" como Italia o las orillas del Rin, cuando el novelista tiene genio. En aquella época, antes de la guerra, la imaginación era romántica y Francia se complacía en despreciarse a sí misma, mostrando gusto o estima sólo por los países extranjeros. Barbey d'Aurevilly hizo mucho para curarnos de esta enfermedad. Así habla de Valognes, de la vieja ciudad muda, triste y abandonada, la ciudad venida a menos por excelencia, la Brujas normanda:

"El gran aspecto de la Rue de la Poterie ya no existe. Los dos anchos arroyos que burbujean con agua pura, como de manantial, en los que antes se lavaba y golpeaba la ropa sobre piedras pulidas en la orilla, y que pasaban por pequeños puentes de madera móviles, han sido desviados de su curso. Ahora sólo fluye un escaso hilo de agua; sólo que tiene una forma de fluir, temblorosa, y el agua conserva tanto la pureza que conocí, que me detuve hace un momento para ver esa pureza temblar. Eran mis recuerdos los que observaba temblando en esa agua transparente y huidiza. El tiempo era suave y gris, intercalado con un sol pálido. Ayer, anteayer, lluvias furiosas y vientos locos. La naturaleza parecía un hamadríade gritando. Me quedé junto al fuego, en mi habitación de la posada, levantando de vez en cuando la punta de la cortina para ver los adoquines azotados por esas lluvias que parecen puñados de varas. Enfrente, un encantador hotel, un elegante y blanco sepulcro, como el que tiene aquí esta pobre aristocracia moribunda, duerme bajo sus persianas cerradas..."

Las frases de Barbey d'Aurevilly tienen la belleza de estar vivas, y ésta es también la belleza de sus novelas y de sus cuentos normandos, en los que la observación y la imaginación nunca son más que los servidores de la sensibilidad. Ya no hay dudas: es efectivamente un novelista-poeta y uno de los más curiosos de nuestra literatura.

A Les Diaboliques se le hizo un juicio por la denuncia del Charivari. Merece la pena recordar esta circunstancia para los que desean pintar la justicia moderna. Ya no es arbitraria; estamos de acuerdo en que es peor, es estúpida. El ministro era un tal M. Tailhand; Arsène Houssaye y Raoul Duval por un lado, Théophile Silvestre y Gambetta por otro, intervinieron. Creo que hubo un compromiso; prueba de ello es la nota que el editor Lemerre puso al frente del séptimo volumen de las obras de Barbey d'Aurevilly: "No pudiendo reimprimirse Las diabólicas en una edición aislada y especial...". Desde entonces, esto se ha ignorado y, además, Las diabólicas de Lemerre siempre se han vendido por separado. No se sabe de quién era la palabra que tenía más peso; Tailhand cedió a ambos grupos al mismo tiempo, feliz, como buen político, de complacer a dos amigos o a dos enemigos a la vez. Es bastante curioso ver a Gambetta solicitar a un ministro reaccionario en favor de un escritor católico: "Usted es uno de esos", le escribió entonces a d'Aurevilly, "a los que incluso la política no puede hacer olvidar".

Siguiendo con la división de fuerzas, el autor de Las diabólicas juzgó siempre "las obras y los hombres", admirando los Orígenes de Taine, despreciando La taberna, burlándose de las marisabidillas, equivocándose con el mismo entusiasmo con Goethe y Diderot; pero fue una Diabólica, la última, Una historia sin nombre, la que lo llevó a buen puerto, por encima del banco de arena, como si una poderosa ola levantara la barca y la lanzara hacia delante. Esto fue en 1882. A la edad de setenta y cuatro años, tras más de cincuenta años de literatura, Barbey d'Aurevilly alcanzó la fama. Era un hermoso espectáculo, pues en la larga vida que iba a terminar en la luz, se podían encontrar errores o enojos, pero ni una sola bajeza, ni una sola cobardía; y era toda la opinión la que lo aceptaba al fin, sin que ni el escritor ni el hombre hubieran sacrificado ni una idea ni un sentimiento. Al mismo tiempo que el público, las más diversas inteligencias se acercaron a él: fue admirado por Goncourt y por Fustel de Coulanges, por Caro y por Banville, por Huysmans y por Ernest Havet. Paul Bourget era su espejo familiar.

Pasó los últimos seis años de su vida revisando su obra crítica y murió el 23 de abril de 1889, mientras se imprimía por primera vez su poema Amaïdée, escrito en 1834 "bajo la mirada de Maurice de Guérin". Murió en paz, pero arisco todavía, soñando con profundas soledades, habiendo dicho: "No quiero a nadie en mi funeral”.

REMY DE GOURMONT

Promenades littéraires, vol.1

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

Barbey, qui avait le premier, à propos de La Légende des siècles, si justement caractérisé Hugo, en l’appelant un « génie épique », s’indigna de l’insolente réclame qui chantait Les Misérables ainsi qu’un produit industriel. Il écrivait dans Le Pays ; les républicains et les royalistes, alors très unis, crurent que le fier critique obéissait à un ordre du pouvoir : il fut fort malmené. La même haine qui avait poursuivi le mysticisme précurseur du peintre Galimard persécuta Barbey d’Aurevilly. L’imagination restreinte de la jeunesse républicaine l’écrivait « idiot » sur toutes les pierres disponibles. Ce fut un bon moment de popularité à l’envers. On discuta la valeur et l’opportunité des syllabes naïves. Un article fâcheux sur Gœthe, mais qui visait Sainte-Beuve, augmenta l’attroupement ; deux maladresses faisaient plus pour Barbey d’Aurevilly que trente ans de belle et courageuse littérature. Le procès que lui intenta la Revue des Deux Mondes ridiculisée dans une chronique parue au Figaro acheva d’assurer l’autorité d’une signature que l’on redoutait. Condamné sur une plaidoirie de Gambetta, qui demeura son ami et le lui prouva plus tard, quand il fut question de poursuivre Les Diaboliques, d’Aurevilly se vengea du monde officiel en publiant ses Quarante Médaillons de l’Académie, — que l’Académie ne lui pardonna jamais. Au milieu de tout ce tumulte, il se justifiait en achevant un de ses plus beaux romans, Le Chevalier des Touches (1863).

Les opinions littéraires de Barbey d’Aurevilly sont assez sûres quand il s’agit des romantiques ; il fut injuste pour quantité de jeunes gens. Son attitude agressive contre Le Parnasse contemporain s’expliquerait peut-être par l’apparence académique ou du moins cénaculaire qu’affectait l’assemblée de ces nouveaux poètes. Le vieil individualiste, qui eût accueilli avec joie un Verlaine ou un Heredia isolés, les méconnut parmi une trop nombreuse troupe. Mais que c’est difficile ! Comment deviner Villiers de L’Isle-Adam dans le jeune homme sentimental qui balbutie ? Tout de même, la conque du Parnasse avait une sonorité nouvelle ; il fallait s’en apercevoir, écouter, attendre. Quand il se produit une soudaine éclosion de trente-sept poètes, et qu’un Théophile Gautier s’est fait le guide de la poussinée, le critique, même s’il ne comprend pas, s’il ne sent pas, est tenu à quelque prudence. Barbey d’Aurevilly se fâcha, on ne sait pourquoi, et proféra des bêtises. La polémique, où se mêla Verlaine, fut ridicule ; mais il demeura, en quelques sensibilités, une rancune qui chercha et trouva sa revanche.

Malgré ces erreurs, son renom de critique grandissait singulièrement, si bien qu’il hérita, en 1870, du rez-de-chaussée de Sainte-Beuve, au Constitutionnel. Mais voici un événement plus important : en novembre 1874 paraissent Les Diaboliques, sur le chantier depuis plus de vingt ans. Cela, c’est la floraison du génie de Barbey d’Aurevilly : Les Diaboliques, si elles étaient de Balzac, seraient le chef-d’œuvre de Balzac. Nous avons partout la passion éloquente, expansive ; ici c’est la passion aux lèvres fermées, aux gestes nuls. Tragédies, avec quoi on ne saurait faire des tragédies, autrement que mimées, et encore ! Les défauts des Diaboliques nous sont devenus sensibles depuis Flaubert ; remis à sa vraie date, à celle de sa naissance, un conte tel que Les Dessous de cartes d’une partie de whist n’a pas d’autres imperfections que celles qui nous gâtent également El Verdugo ou La Grande Bretèche. Mais il faut réagir contre une délicatesse qui n’est peut-être que de la sensiblerie esthétique et accepter, et goûter telles qu’elles sont, ces prodigieuses histoires d’amour, de haine ou de mensonge, Le Rideau Cramoisi ou Le Bonheur dans le crime.

L’auteur des Diaboliques et de L’Ensorcelée possède le vrai caractère du romancier, caractère très rare : il s’intéresse profondément à la vie ; et cela encore le rattache à Balzac. Pour eux, les amours des hommes, leurs gestes, leurs paroles, sont des choses sérieuses, même quand elles sont bouffonnes. La société est leur absolu ; ce sont des sociologues. Flaubert est un physicien : la vie lui est indifférente ; c’est une matière qu’il mesure et qu’il pèse. Le romancier vulgaire, qui foisonne, est purement anecdotique, même quand il amalgame à ses récits, en doses immodérées, la drogue morale, sociale ou humanitaire. La sociologie peut s’occuper à classer les actes humains selon leur bienfaisance ou leur nocuité ; la physique des mœurs expose avec froideur le résultat de ses observations et de ses calculs. Barbey d’Aurevilly manque de sang-froid ; la passion le trouble et fait un peu trembler ses mains ; mais il se raidit, respire, achève l’expérience. Sa faiblesse est d’en interpréter les résultats ; mais comme la religion où il se guide n’est pas optimiste, ses admonestations du moins ne sont pas vulgaires.

Il y a, en somme, deux sortes de romanciers, les prosateurs et les poètes. Je ne pense pas que l’on ait encore établi cette distinction ; elle est cependant capitale, pour qui veut comprendre quelque chose à l’évolution du roman depuis cent ans. Il est généralement admis que le plus grand romancier du dernier siècle, c’est Balzac. Oui, si l’on ne songe qu’aux écrivains qui furent uniquement des romanciers ; mais cela serait peut-être contestable, si l’on pense aussi aux poètes qui furent en même temps des poètes et des romanciers. Quelques-uns des romans modernes les plus célèbres, et en même temps les plus beaux, ont pour auteurs des poètes. C’est le Stello et le Cinq-Mars, d’Alfred de Vigny ; c’est Mademoiselle de Maupin et Le Capitaine Fracasse, de Théophile Gautier ; ce sont Les Misérables et Les Travailleurs de la mer, de Victor Hugo ; c’est Graziella, de Lamartine, et bien d’autres que tout le monde a lus. Cette tradition nouvelle du poète-romancier se continue jusque sous nos yeux avec les œuvres de Catulle Mendès ou de Henri de Régnier, poètes qui sont devenus romanciers sans cesser d’être poètes.

Il y a deux choses principales dans le roman, l’observation de la vie et le style. Le poète n’est pas toujours un très bon observateur, mais il prend sa revanche dans le style. D’autre part, le romancier qui n’est que romancier est très rarement un bon écrivain : témoin Balzac. Il est vrai qu’une telle affirmation est contredite par Flaubert, observateur merveilleux, écrivain merveilleux, et même par les Goncourt qui surent regarder la vie extérieure et rendre leur vision en un style curieux et neuf. Mais si l’on tenait compte des exceptions, on ne pourrait construire aucun raisonnement général ; les exceptions se traitent à part, avec un soin particulier, et, quand on sait manier les outils de la logique, on finit bien par les faire rentrer dans la règle. Au fond, Flaubert était, comme Chateaubriand, un poète qui écrivait en prose, et les Goncourt étaient des peintres qui se sont trompés sur leur vocation véritable. Il reste que les romans bien écrits sont presque toujours l’œuvre d’un poète avoué ou caché, et que les romans des écrivains purement prosateurs n’ont, le plus souvent, qu’une médiocre valeur littéraire.

Le roman prend son origine dans le poème. L’Iliade, L’Énéide sont des romans en vers, comme Les Martyrs ou Salammbô sont des poèmes en prose. En somme, il n’y a qu’un seul genre, en littérature, le poème. Tout ce qui n’est pas poème n’est rien du tout, ou bien rentre, ce qui est loin d’être un déshonneur, dans cette vaste catégorie, la science.

C’est dans la science qu’il faut placer les romans de Balzac ; ce sont des études de psychologie. Les romans de Victor Hugo, au contraire, sont des poèmes, et c’est tout leur mérite, car, au point de vue psychologique, personne n’en conteste la vacuité. Cette double classification serait applicable à tous les romans modernes de quelque intérêt, selon leurs tendances, selon que l’observation scientifique y domine ou le souci du style.

Selon leurs tendances, car il s’agit de tendances et non de réalisations absolues : la littérature se meut dans le relatif. Les romans les plus secs, comme ceux de Stendhal, ne sont pas sans aucune valeur artistique et il y a, même dans Les Misérables, des pages d’une observation très exacte. C’est sur les généralités et non sur les détails que les classifications reposent, aussi bien en histoire littéraire qu’en histoire naturelle. Je crois qu’avec ces réserves la distinction entre les poètes romanciers et les prosateurs romanciers est inattaquable.

On éprouvera cependant quelque embarras en voulant ranger Barbey d’Aurevilly dans l’une ou dans l’autre de ces catégories.

Il fut poète, sans doute, et le demeura jusqu’à la fin de sa vie ; mais poète caché, qui n’avouait ses vers, pourtant très beaux, qu’à quelques-uns seulement de ses amis. Parmi son œuvre, qui est considérable, puisqu’elle remplit près de cinquante volumes, sans compter ce qui est demeuré épars dans les journaux, les poèmes en vers ou en prose ne tiennent qu’un petit nombre de feuillets. Cela est vrai, mais le souci de l’art, le goût du style, se retrouvent jusque dans le plus fugitif de ses articles, jusque dans la plus brève de ses lettres. Il aimait les mots pour eux-mêmes, composait des phrases pour le seul plaisir de leur sonorité. Sa sensibilité littéraire était très vive. Il a beaucoup de peine à pardonner à Balzac, qu’il admire passionnément, la maladresse de son style, et la beauté de la forme le rend indulgent pour des idées qui, exprimées en mauvais langage, le mettraient en colère. Ensuite, c’est un imaginatif plutôt qu’un observateur. Il aime les anecdotes véritables, mais il les arrange à sa façon, les complique, les grandit. Quand il regarde la vie le plus attentivement, il y voit des choses visibles pour lui seul, c’est-à-dire qu’au moment même où il croit observer, il imagine. La réalité n’est pour lui qu’un prétexte, un point de départ. C’est un poète. Barbey d’Aurevilly, comme romancier, est peut-être bien plus près de Théophile Gautier que de Balzac.

Il y a cependant en lui un réaliste. Ce côté de son caractère se révèle quand il décrit les paysages et les mœurs de sa terre natale, les environs de Valognes, en Normandie. Nul mieux que lui, ni plus exactement, n’a peint sous toutes ses faces la tristesse ou la splendeur de ce pays capricieux qui, dans la même matinée, éclate au soleil comme une immense et joyeuse émeraude ou semble s’affaisser et se dissoudre dans le brouillard et dans la pluie. Mais quand il est en Normandie, il est si heureux, que la pluie elle-même ne peut le mettre de mauvaise humeur : « J’ai eu ici, écrit-il, deux jours d’un temps royal, mais à présent ce sont des pluies, superbes de caractère dans ce pays d’Ouest fait pour elles… »

En ces lettres qu’on vient de publier et qui sont toutes datées de Valognes, ou des environs, l’aveu de son profond amour pour ce coin de terre ne s’exprime qu’en phrases assez brèves ; il l’a réservé pour d’autres correspondants et surtout pour ses livres, pour ses romans, qui se passent presque tous dans la presqu’île du Cotentin, entre Cherbourg et Coutances.

Ce poète avait une idée en peignant toujours des paysages normands, des caractères normands. Il voulait décentraliser le roman et montrer que la province, et une de celles qui passaient alors pour les plus arriérées, la Basse-Normandie, est tout aussi « romanesque » que l’Italie ou les bords du Rhin, quand le romancier a du génie. En ce temps-là, avant la guerre, les imaginations étaient romantiques et la France prenait plaisir à se mépriser elle-même, en ne montrant du goût ou de l’estime que pour les pays étrangers. Barbey d’Aurevilly a beaucoup contribué à nous guérir de cette maladie. Voici comment il parle de Valognes, de la vieille ville muette, triste et abandonnée, la ville déchue par excellence, la Bruges normande :

« Le grand aspect de la rue de la Poterie n’existe plus. Les deux larges ruisseaux bouillonnant d’une eau pure, comme de l’eau de source, dans lesquels on lavait autrefois du linge qu’on battait au bord sur des pierres polies, et qu’on passait sur de petits ponts de bois mobiles, ont été détournés de leur cours. Il n’y a plus qu’un maigre filet d’eau qui coule ; seulement il a une manière de couler, en frissonnant, et l’eau est si bien de la pureté que j’ai connue, que je me suis tout à l’heure arrêté à voir frissonner cette pureté. C’étaient mes souvenirs que je regardais frissonner dans cette eau transparente et fuyante. Un temps doux et gris, entremêlé d’un soleil pâle. Hier, avant-hier, des pluies furieuses et des vents fous. La nature ressemblait à une Hamadryade qui crie. Je suis resté au coin du feu, dans ma chambre d’auberge, allant de temps en temps lever le coin du rideau pour voir les pavés flagellés par ces pluies qui ressemblent à des poignées de verges ! En face, un charmant hôtel, un élégant et blanc sépulcre, comme en a ici cette pauvre aristocratie mourante, dort sous ses volets fermés… »

Les phrases de Barbey d’Aurevilly ont cette beauté d’être vivantes, et c’est aussi la beauté de ses romans et de ses contes normands, où l’observation et l’imagination ne sont jamais que les servantes de la sensibilité. Il n’y a plus d’hésitation : c’est bien un romancier-poète et l’un des plus curieux de notre littérature.

Les Diaboliques furent poursuivies sur la dénonciation du Charivari. Le trait est à retenir pour qui voudra peindre la justice moderne. Elle n’est plus arbitraire ; c’est convenu ; elle est pire, elle est bête. Le ministre était un certain M. Tailhand ; Arsène Houssaye et Raoul Duval d’un côté, Théophile Silvestre et Gambetta de l’autre, s’interposèrent. Il y eut, je crois, un compromis ; on en trouve la preuve dans la note que l’éditeur Lemerre mit en tête du septième volume des Œuvres de Barbey d’Aurevilly : « Les Diaboliques ne pouvant être réimprimées dans une édition isolée et spéciale… » Depuis, on a passé outre et d’ailleurs Les Diaboliques de Lemerre se sont toujours vendues séparément. On ne sait de qui la parole eut le plus de poids ; Tailhand céda aux deux groupes, au même moment, heureux, en bon politique, de contenter à la fois deux amis ou deux ennemis. Il est assez curieux de voir Gambetta solliciter en faveur d’un écrivain catholique un ministre réactionnaire : « Vous êtes de ceux, écrivait-il alors à d’Aurevilly, que la politique elle-même ne peut faire oublier. »

Continuant à diviser ses forces, l’auteur des Diaboliques jugeait toujours « les œuvres et les hommes », admirant les Origines de Taine, dépréciant L’Assommoir, raillant les bas-bleus, méconnaissant avec le même emportement Gœthe et Diderot ; mais c’est une Diabolique, la dernière, Une histoire sans nom, qui le fit entrer au port, par dessus le banc de sable, comme une lame puissante dont la barque est soulevée et lancée en avant. C’était en 1882. À l’âge de soixante-quatorze ans, après plus de cinquante de littérature, Barbey d’Aurevilly arrivait à la gloire. Le spectacle est beau, car dans la longue vie qui allait finir lumineuse, on pouvait relever des erreurs ou des colères, mais pas une bassesse, pas une lâcheté ; et c’est tout entier que l’opinion l’acceptait enfin, sans que ni l’écrivain ni l’homme lui eût sacrifié ni une idée ni un sentiment. En même temps que le public, les intelligences les plus diverses viennent à lui : il est admiré à la fois par Goncourt et par Fustel de Coulanges, par Caro et par Banville, par Huysmans et par Ernest Havet. M. Bourget était son miroir familier.

Il passa les six dernières années de sa vie à réviser son œuvre critique et mourut le 23 avril 1889, pendant que l’on imprimait pour la première fois son poème Amaïdée, écrit, en 1834, « sous le regard de Maurice de Guérin ». Il mourut apaisé, mais encore farouche, rêvant à de profondes solitudes, ayant dit : « Je ne veux personne à mes funérailles. »



lunes, 13 de julio de 2026

Marcel Proust: Contra la oscuridad

CONTRA LA OSCURIDAD

«¿Pertenece usted a la nueva escuela?», le pregunta a cualquier estudiante de veinte años que se dedica a la literatura cualquier señor de cincuenta que no lo hace. «Yo, por mi parte, confieso que no la entiendo, hay que ser un iniciado… Por lo demás, nunca ha habido tanto talento; hoy en día casi todo el mundo tiene talento».

Al intentar extraer de la literatura contemporánea algunas verdades estéticas que estoy tanto más seguro de percibir cuanto que ella misma las señala al negarlas, me expondré a la acusación de haber querido desempeñar antes de tiempo el papel del señor de cincuenta años; sin embargo, no utilizaré su lenguaje. De hecho, creo que, al igual que todos los misterios, la Poesía nunca ha podido ser comprendida por completo sin iniciación e incluso sin vocación. En cuanto al talento, que nunca ha sido muy común, parece que rara vez ha habido menos que hoy en día. Ciertamente, si el talento consiste en cierta retórica ambiental que enseña a escribir «versos libres» como antes se enseñaba a escribir «versos latinos» —cuyas «princesas», «melancolías», «apoyadas» o «sonrientes», y «berilos» les pertenecen a todos—, se puede decir que hoy en día todo el mundo tiene talento. Pero no son más que caracolas vanas, sonoras y vacías, trozos de madera podrida o chatarra oxidada que la marea ha arrojado a la orilla y que el primero que pase puede tomar, si le place, siempre y cuando la generación que se retira no se los haya llevado. Pero ¿qué hacer con madera podrida, a menudo restos de una antigua y hermosa flota —imagen irreconocible de Chateaubriand o de Hugo…

Pero es hora de abordar el error estético que he querido señalar aquí y que me parece que anula el talento de tantos jóvenes originales, si es que el talento es, en efecto, algo más que la originalidad del temperamento; me refiero a la capacidad de someter un temperamento original a las leyes generales del arte, al genio permanente de la lengua. Sin duda, esta capacidad brilla por su ausencia en muchos, pero otros, lo suficientemente dotados para adquirirla, parecen no aspirar a ella de forma sistemática. ¿Es justificable en literatura la doble oscuridad que se deriva de ello en sus obras —oscuridad de las ideas y las imágenes, por un lado, y oscuridad gramatical, por el otro?—? Voy a intentar examinarlo aquí.

***

Los jóvenes poetas (en verso o en prosa) tendrían un argumento preliminar que esgrimir para eludir mi pregunta.

«Nuestra oscuridad —podrían decirnos— es la misma oscuridad que se le reprochaba a Hugo, que se le reprochaba a Racine. En la lengua, todo lo nuevo es oscuro. ¿Y cómo no iba a ser nueva la lengua, cuando el pensamiento y el sentimiento ya no son los mismos? Para mantenerse viva, la lengua debe cambiar con el pensamiento, adaptarse a sus nuevas necesidades, como las patas que se transforman en palmas en las aves que tienen que desplazarse por el agua. Un gran escándalo para quienes nunca habían visto a las aves más que caminar o volar; pero, una vez consumada la evolución, nos hace gracia que eso escandalizara. Un día, el asombro que les causamos nos sorprenderá a nosotros, igual que hoy nos sorprenden los insultos con los que el clasicismo agonizante recibió los inicios del romanticismo».

Esto es lo que nos dirían los jóvenes poetas. Pero, tras felicitarlos primero por estas ingeniosas palabras, les diríamos: «Sin duda, al no querer aludir a las escuelas preciosistas, han jugado ustedes con la palabra “oscuridad” al remontar tan alto la nobleza de la suya. Por el contrario, es muy reciente en la historia de las letras. Es algo distinto de las primeras tragedias de Racine y las primeras odas de Victor Hugo. Ahora bien, el sentimiento de la misma necesidad, de la misma constancia de las leyes del universo y del pensamiento, que me impide imaginar, a la manera de los niños, que el mundo va a cambiar a mi antojo, me impide creer que, al modificarse repentinamente las condiciones del arte, las obras maestras sean ahora lo que nunca han sido a lo largo de los siglos: prácticamente ininteligibles.

***

Pero los jóvenes poetas podrían responder: «A ustedes les sorprende que el maestro se vea obligado a explicar sus ideas a sus discípulos. Pero ¿no es eso lo que siempre ha ocurrido en la historia de la filosofía, donde los Kant, los Spinoza, los Hegel, tan oscuros como profundos, no se dejan comprender sin grandes dificultades? Se han equivocado ustedes sobre el carácter de nuestros poemas: no son fantasías, son sistemas».

El novelista que atiborra de filosofía una novela que resultará inestimable tanto para el filósofo como para el literato no comete un error más peligroso que el que acabo de atribuir a los jóvenes poetas y que ellos no sólo han puesto en práctica, sino que han elevado a la categoría de teoría.

Olvidan, al igual que ese novelista, que si el literato y el poeta pueden, en efecto, adentrarse tan profundamente en la realidad de las cosas como el propio metafísico, es por otro camino, y que la ayuda del razonamiento, lejos de fortalecerlo, paraliza el ímpetu del sentimiento, que es el único que puede llevarlos al corazón del mundo. No es mediante un método filosófico, sino mediante una especie de poder instintivo por lo que Macbeth es, a su manera, una filosofía. El fondo de una obra así, al igual que el fondo mismo de la vida, de la que es imagen, incluso para el espíritu que la aclara cada vez más, permanece sin duda oscuro.

Pero se trata de una oscuridad de un género totalmente distinto, fecunda para profundizar en ella, y sería despreciable volver imposible su acción mediante la oscuridad del lenguaje y del estilo.

Al no dirigirse a nuestras facultades lógicas, el poeta no puede acogerse al derecho que tiene todo filósofo profundo de parecer, en un primer momento, oscuro. ¿Y si, por el contrario, se dirigiera a ellas? Sin llegar a hacer metafísica —que exige un lenguaje mucho más riguroso y definido—, dejaría de hacer poesía.

Puesto que se nos dice que no se puede separar el lenguaje de la idea, aprovecharemos para señalar aquí que, si bien la filosofía —en la que los términos tienen un valor casi científico— debe hablar un lenguaje especial, la poesía no puede hacerlo. Las palabras no son meros signos para el poeta. Los simbolistas serán sin duda los primeros en reconocer que lo que cada palabra conserva, en su forma o en su armonía, del encanto de su origen o de la grandeza de su pasado, ejerce sobre nuestra imaginación y nuestra sensibilidad un poder evocador al menos tan grande como su poder de significado estricto. Son estas afinidades antiguas y misteriosas entre nuestra lengua materna y nuestra sensibilidad las que, en lugar de un lenguaje convencional como son las lenguas extranjeras, la convierten en una especie de música latente que el poeta puede hacer resonar en nosotros con una dulzura incomparable. Rejuvenece una palabra al tomarla en un antiguo sentido, oscila entre dos imágenes inconexas de armonías olvidadas y, en todo momento, nos hace respirar con deleite el aroma de la tierra natal. Ahí reside para nosotros el encanto natal de la lengua de Francia —que parece ser lo que hoy en día representa la lengua de Anatole France, ya que es uno de los pocos que aún quiere o sabe utilizarla. El poeta renuncia a ese poder irresistible de despertar tantas Bellas Durmientes que hay en nosotros, si habla una lengua que no conocemos, en la que los adjetivos —si no incomprensibles, al menos demasiado recientes como para no resultarnos mudos— se suceden en oraciones que parecen traducidas en adverbios intraducibles.

Con la ayuda de sus glosas, quizá consiga entender el poema de ustedes como un teorema o como un acertijo. Pero la poesía exige un poco más de misterio y la impresión poética, que es totalmente instintiva y espontánea, no se producirá.

***

Casi pasaré por alto la tercera razón que podrían alegar los poetas, me refiero al interés por las ideas o sensaciones oscuras, más difíciles de expresar, pero también más raras, que las sensaciones claras y más comunes.

Sea cual sea la veracidad de esta teoría, resulta demasiado evidente que, si las sensaciones oscuras son más interesantes para el poeta, es a condición de que se eluciden. Si recorre la noche, que sea como el Ángel de las tinieblas, llevando a ella la luz.

Por último, llego al argumento que los poetas oscuros suelen esgrimir con mayor frecuencia en favor de su oscuridad, a saber, el deseo de proteger sus obras de los ataques del vulgo. Aquí me parece que el vulgo no está donde se cree. Aquel que se forma de un poema una concepción tan ingenuamente material como para creer que puede ser comprendido de otra forma que no sea mediante el pensamiento y el sentimiento (y si el vulgo pudiera comprenderlo así, no sería el vulgo), ese tiene de la poesía la idea infantil y burda que precisamente se le puede reprochar al vulgo. Esta precaución contra los ataques del vulgo es, por lo tanto, innecesaria para las obras. Cualquier mirada hacia atrás, hacia el vulgo, ya sea para halagarlo con una expresión fácil, ya sea para desconcertarlo con una expresión oscura, hacen que el arquero divino falle siempre el blanco. Su obra conservará implacablemente la huella de su deseo de agradar o de desagradar a la multitud, deseos igualmente mediocres que, por desgracia, deleitarán a lectores de segunda categoría…

Permítaseme añadir algo más sobre el simbolismo —que, en definitiva, es de lo que se trata aquí sobre todo—: al pretender ignorar los «accidentes del tiempo y del espacio» para mostrarnos únicamente verdades eternas, ignora otra ley de la vida, que consiste en hacer realidad lo universal o lo eterno, pero únicamente por medio de los individuos. Tanto en las obras como en la vida, los hombres, por muy generosos que sean, deben ser profundamente individuales (véase Guerra y Paz, El molino del Floss), y se puede decir de ellos, como de cada uno de nosotros, que es cuando más son ellos mismos cuando más expresan plenamente el alma universal.

Las obras puramente simbólicas corren, por lo tanto, el riesgo de carecer de vida y, en consecuencia, de profundidad. Si, además, en lugar de conmover el espíritu, sus «princesas» y sus «caballeros» ofrecen un sentido impreciso y difícil de comprender, los poemas, que deberían ser símbolos vivos, no son más que frías alegorías.

Que los poetas se inspiren más en la naturaleza, donde, si bien el fondo de todo es uno y oscuro, la forma de todo es individual y clara. Con el secreto de la vida, ella les enseñará a desdeñar la oscuridad. ¿Acaso la naturaleza nos oculta el sol, o los miles de estrellas que brillan sin velos, resplandecientes e indescifrables a los ojos de casi todos? ¿Acaso la naturaleza no nos hace sentir, de forma cruda y descarnada, la fuerza del mar o del viento del oeste? A cada hombre le permite expresar con claridad, durante su paso por la tierra, los misterios más profundos de la vida y de la muerte. ¿Acaso por eso son comprendidos por el vulgo, a pesar del lenguaje vigoroso y expresivo de los deseos y los músculos, del sufrimiento, de la carne en descomposición o floreciente? Y, sobre todo, debería mencionar —puesto que es la verdadera hora del arte de la naturaleza— el claro de luna, donde, únicamente para los iniciados, a pesar de que brille tan suavemente sobre todos, la naturaleza, sin un solo neologismo desde hace tantos siglos, crea luz con la oscuridad y toca la flauta con el silencio.

Estas son las observaciones que he considerado útil exponer sobre la poesía y la prosa contemporáneas. Su severidad hacia la juventud, a la que uno desearía ver mejorar cuanto más se la quiere, las habría hecho más apropiadas en la boca de un anciano. Que se disculpe su franqueza, quizá más meritoria en la boca de un joven.

MARCEL PROUST

Revue Blanche, 15 de julio de 1896

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

CONTRE L’OBSCURITÉ

« Êtes-vous de la jeune école ? » demande à tout étudiant de vingt ans qui fait de la littérature tout monsieur de cinquante qui n’en fait pas. « Moi, j’avoue que je ne comprends pas, il faut être initié… D’ailleurs, il n’y a jamais eu plus de talent ; aujourd’hui presque tout le monde a du talent. »

En essayant de dégager de la littérature contemporaine quelques vérités esthétiques que je suis d’autant plus certain d’apercevoir qu’elle les signale elle-même, en les niant, je vais m’exposer à l’accusation d’avoir voulu jouer avant l’âge le rôle du monsieur de cinquante ans : je ne tiendrai pourtant pas son langage. Je crois en effet que, comme tous les mystères, la Poésie n’a jamais pu être entièrement pénétrée sans initiation et même sans élection. Quant au talent qui n’a jamais été très commun, il semble qu’il y en eut rarement moins qu’aujourd’hui. Certes si le talent consiste dans une certaine rhétorique ambiante qui apprend à faire des « vers libres » comme une autre apprenait à faire des « vers latins », dont les « princesses », les « mélancolies », « accoudées » ou « souriantes », les « béryls » sont à tout le monde, on peut dire qu’aujourd’hui tout le monde a du talent. Mais ce ne sont là que vains coquillages, sonores et vides, morceaux de bois pourris ou ferrailles rouillées que le flux a jetés sur le rivage et que le premier venu peut prendre, s’il lui plaît, tant qu’en s’en retirant la génération ne les a pas emportés. Mais que faire avec du bois pourri, souvent débris d’une belle flotte ancienne – image méconnaissable de Chateaubriand ou d’Hugo…

Mais il est temps d’en venir à l’erreur d’esthétique que j’ai voulu signaler ici et qui me semble dénuer de talent tant de jeunes gens originaux, si le talent est en effet plus que l’originalité du tempérament, je veux dire le pouvoir de réduire un tempérament original aux lois générales de l’art, au génie permanent de la langue. Ce pouvoir fait certainement défaut à beaucoup, mais d’autres, assez doués pour l’acquérir, semblent systématiquement n’y pas prétendre. La double obscurité qui en résulte dans leurs œuvres, obscurité des idées et des images d’une part, obscurité grammaticale de l’autre, est-elle justifiable en littérature ? Je vais essayer de l’examiner ici.

***

Les jeunes poètes (en vers ou en prose) auraient un argument préliminaire à faire valoir, pour éluder ma question.

« Notre obscurité, pourraient-ils nous dire, est cette même obscurité qu’on reprochait à Hugo, qu’on reprochait à Racine. Dans la langue tout ce qui est nouveau est obscur. Et comment la langue ne serait-elle pas nouvelle, quand la pensée, quand le sentiment ne sont plus les mêmes ? La langue pour rester vivante doit changer avec la pensée, se prêter à ses besoins nouveaux, comme les pattes qui se palment chez les oiseaux qui auront à aller sur l’eau. Grand scandale pour ceux qui n’avaient jamais vu les oiseaux que marcher ou voler ; mais, l’évolution accomplie, on sourit qu’elle ait choqué. Un jour, l’étonnement que nous vous causons étonnera, comme étonnent aujourd’hui les injures dont le classicisme finissant salua les débuts du romantisme. »

Voilà ce que nous diraient les jeunes poètes. Mais les ayant félicités d’abord pour ces paroles ingénieuses, nous leur dirions : Ne voulant pas sans doute faire allusion aux écoles précieuses, vous avez joué sur le mot « obscurité » en faisant remonter si haut la noblesse de la vôtre. Elle est au contraire bien récente dans l’histoire des lettres. C’est autre chose que les premières tragédies de Racine et les premières odes de Victor Hugo. Or le sentiment de la même nécessité, de la même constance des lois de l’univers et de la pensée, qui m’interdit d’imaginer, à la façon des enfants, que le monde va changer au gré de mes désirs, m’empêche de croire que les conditions de l’art, étant subitement modifiées, les chefs-d’œuvre seront maintenant ce qu’ils n’ont jamais été, au cours des siècles : à peu près inintelligibles.

***

Mais les jeunes poètes pourraient répondre : « Vous vous étonnez que le maître soit obligé d’expliquer ses idées à ses disciples. Mais n’est-ce pas ce qui est toujours arrivé dans l’histoire de la Philosophie où les Kant, les Spinoza, les Hegel, aussi obscurs qu’ils sont profonds, ne se laissent pas pénétrer sans des difficultés bien grandes. Vous vous serez mépris sur le caractère de nos poèmes : ce ne sont pas des fantaisies, ce sont des systèmes. »

Le romancier bourrant de philosophie un roman qui sera sans prix aux yeux du philosophe aussi bien que du littérateur ne commet pas une erreur plus dangereuse que celle que je viens de prêter aux jeunes poètes et qu’ils ont non seulement mise en pratique, mais érigée en théorie.

Ils oublient, comme ce romancier, que si le littérateur et le poète peuvent aller en effet aussi profond dans la réalité des choses que le métaphysicien même, c’est par un autre chemin, et que l’aide du raisonnement, loin de le fortifier, paralyse l’élan du sentiment qui seul peut les porter au cœur du monde. Ce n’est pas par une méthode philosophique, c’est par une sorte de puissance instinctive que Macbeth est, à sa manière, une philosophie. Le fond d’une telle œuvre, comme le fond même de la vie, dont elle est l’image, même pour l’esprit qui l’éclaircit de plus en plus, reste sans doute obscur.

Mais c’est une obscurité d’un tout autre genre, féconde à approfondir et dont il est méprisable de rendre l’action impossible par l’obscurité de la langue et du style.

Ne s’adressant pas à nos facultés logiques, le poète ne peut bénéficier du droit qu’a tout philosophe profond de paraître d’abord obscur. S’y adresse-t-il au contraire ? Sans arriver à faire de la métaphysique qui veut une langue autrement rigoureuse et définie, il cesse de faire de la poésie.

Puisqu’on nous dit qu’on ne peut séparer la langue de l’idée, nous en profiterons pour faire remarquer ici que si la philosophie où les termes ont une valeur à peu près scientifique doit parler une langue spéciale, la poésie ne le peut pas. Les mots ne sont pas de purs signes pour le poète. Les symbolistes seront sans doute les premiers à nous accorder que ce que chaque mot garde, dans sa figure ou dans son harmonie, du charme de son origine ou de la grandeur de son passé, a sur notre imagination et sur notre sensibilité une puissance d’évocation au moins aussi grande que sa puissance de stricte signification. Ce sont ces affinités anciennes et mystérieuses entre notre langage maternel et notre sensibilité qui, au lieu d’un langage conventionnel comme sont les langues étrangères, en font une sorte de musique latente que le poète peut faire résonner en nous avec une douceur incomparable. Il rajeunit un mot en le prenant dans une vieille acception, il oscille entre deux images disjointes des harmonies oubliées, à tout moment il nous fait respirer avec délices le parfum de la terre natale. Là est pour nous le charme natal du parler de France – ce qui semble signifier aujourd’hui le parler de M. Anatole France, puisqu’il est un des seuls qui veuille ou qui sache s’en servir encore. Le poète renonce à ce pouvoir irrésistible de réveiller tant de Belles au bois dormant en nous, s’il parle une langue que nous ne connaissons pas, où des adjectifs, sinon incompréhensibles, au moins trop récents pour ne pas être muets pour nous, succèdent dans des propositions qui semblent traduites à des adverbes intraduisibles.

À l’aide de vos gloses, j’arriverai peut-être à comprendre votre poème comme un théorème ou comme un rébus. Mais la poésie demande un peu plus de mystère et l’impression poétique, qui est tout instinctive et spontanée, ne sera pas produite.

***

Je passerai presque sous silence la troisième raison que pourraient alléguer les poètes, je veux dire l’intérêt des idées ou des sensations obscures, plus difficiles à exprimer, mais aussi plus rares, que les sensations claires et plus courantes.

Quoi qu’il en soit de cette théorie, il est trop évident que si les sensations obscures sont plus intéressantes pour le poète, c’est à conditions de les rendre claires. S’il parcourt la nuit, que ce soit comme l’Ange des ténèbres, en y portant la lumière.

Enfin j’arrive à l’argument le plus souvent invoqué par les poètes obscurs en faveur de leur obscurité, à savoir le désir de protéger leurs œuvres contre les atteintes du vulgaire. Ici le vulgaire ne me semble pas être où l’on pense. Celui qui se fait d’un poème une conception assez naïvement matérielle pour croire qu’il peut être atteint autrement que par la pensée et le sentiment (et si le vulgaire pouvait l’atteindre ainsi il ne serait pas le vulgaire), celui-là a de la poésie l’idée enfantine et grossière qu’on peut précisément reprocher au vulgaire. Cette précaution contre les atteintes du vulgaire est donc inutile aux œuvres. Tout regard en arrière vers le vulgaire, que ce soit pour le flatter par une expression facile, que ce soit pour le déconcerter par une expression obscure, ont fait à jamais manquer le but à l’archer divin. Son œuvre gardera impitoyablement la trace de son désir de plaire ou de déplaire à la foule, désirs également médiocres, qui raviront, hélas, des lecteurs de second ordre…

Qu’il me soit permis de dire encore du symbolisme, dont en somme il s’agit surtout ici, qu’en prétendant négliger les « accidents de temps et d’espace » pour ne nous montrer que des vérités éternelles, il méconnaît une autre loi de la vie qui est de réaliser l’universel ou éternel, mais seulement dans des individus. Dans les œuvres comme dans la vie, les hommes pour plus généreux qu’ils soient, doivent être fortement individuels (Cf. La Guerre et la Paix, Le Moulin sur la Floss) et on peut dire d’eux, comme de chacun de nous, que c’est quand ils sont le plus eux-mêmes qu’ils réalisent le plus largement l’âme universelle.

Les œuvres purement symboliques risquent donc de manquer de vie et par là de profondeur. Si, de plus, au lieu de toucher l’esprit, leurs « princesses » et leurs « chevaliers » proposent un sens imprécis et difficile à sa perspicacité, les poèmes, qui devraient être de vivants symboles, ne sont plus que de froides allégories.

Que les poètes s’inspirent plus de la nature, où, si le fond de tout est un et obscur, la forme de tout est individuelle et claire. Avec le secret de la vie, elle leur apprendra le dédain de l’obscurité. Est-ce que la nature nous cache le soleil, ou les milliers d’étoiles qui brillent sans voiles, éclatantes et indéchiffrables aux yeux de presque tous ? Est-ce que la nature ne nous fait pas toucher, rudement et à nu, la puissance de la mer ou du vent d’ouest ? À chaque homme elle donne d’exprimer clairement pendant son passage sur la terre, les mystères les plus profonds de la vie et de la mort. Sont-ils pour cela pénétrés du vulgaire, malgré le vigoureux et expressif langage des désirs et des muscles, de la souffrance, de la chair pourrissante ou fleurie ? Et, je devrais citer surtout, puisqu’il est la véritable heure d’art de la nature, le clair de lune où pour les seuls initiés, malgré qu’il luise si doucement sur tous, la nature, sans un néologisme depuis tant de siècles fait de la lumière avec de l’obscurité et joue de la flûte avec le silence.

Telles sont les remarques que j’ai cru utile d’exposer, à propos de la poésie et de la prose contemporaines. Leur sévérité pour la jeunesse qu’on voudrait, plus on l’aime, voir mieux faire, les aurait rendues plus seyantes dans la bouche d’un vieillard. Qu’on excuse leur franchise, plus méritoire peut-être dans la bouche d’un jeune homme.

jueves, 11 de junio de 2026

Paul Groussac: El judío errante

 

EL JUDÍO ERRANTE

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΩ

Es en Chicago, en el Memorial Art Palace, a orillas del lago Michigan, al día siguiente de que el Parlamento de las Religiones haya clausurado su larga sesión.

Son las diez de la noche. El amplio anfiteatro del Columbus Hall, donde el Congreso celebró sus ruidosas sesiones ante una multitud cosmopolita, está ahora vacío y en silencio.

La amplia tarima del fondo, frente a las gradas, está iluminada únicamente por una lámpara eléctrica; delante de la mesa cubierta con un tapete de terciopelo, los tres sillones del presidente y los asesores; y, a su alrededor, una treintena de sillas. A pocos pasos de la tribuna, la sombra comienza y se va espesando hasta las últimas filas del hemiciclo, que ya no se distinguen: se tiene la sensación de un espacio inmenso, ilimitado, como en una catedral al caer la tarde. Pero no se puede soñar despierto: el duro tic-tac de un reloj invisible actúa como un recordatorio implacable del prosaísmo del lugar y, minuto a minuto, el pesado silencio se ve rasgado por el silbato estridente de los trenes que, desde la estación vecina, parten hacia la World’s Fair.

Vulgar y apresurado, el timbre de ese reloj marca las diez. Se levanta el telón del estrado y, por la pequeña puerta oculta, hace su entrada una extraña procesión, lentamente, con un aire deliberadamente litúrgico. Los rostros son tan diversos como los trajes: hay dos o tres obispos griegos o latinos con sotana violeta, pastores afeitados con levita negra; turbantes de seda o de lino coronan rostros morenos, imberbes o con larga barba gris; hay también un rabino con kipá forrada, un zoroastriano bajo el alto gorro persa, un derviche amarillo cuyo cuerpo demacrado flota en una túnica oscura, un mandarín chino con una delgada trenza brillante; otros más que se adivinan lamas, bonzos, parsis, archimandritas: el personal exótico de un templo abierto a todos los dioses, el estado mayor sacerdotal de un nuevo Panteón de Agripa. Una mujer velada se mezcla con el grupo.

Toman asiento, con solemnidad; un arzobispo estadounidense preside, entre el rabino y la mujer velada. El presidente abre la sesión con voz neutra y nasal:

EL ARZOBISPO

The chair is taken.

Uno tras otro, sin prisas, toman la palabra, la mayoría en un inglés extraño en el que se suceden todos los acentos asiáticos, europeos y africanos sin provocar una sonrisa, desde el mandarín que no puede pronunciar las erres hasta el rabino alemán que las acentúa en todas las palabras.

Dialogan con serenidad, se felicitan con fórmulas escogidas, cada uno dando la impresión de preferir las diez religiones de sus oyentes a la propia, y empleando únicamente términos amorfos, que halagan a todos sin ofender a nadie. Celebran con compostura el pacto universal que reconoce la igual legitimidad de todos esos cultos, que durante siglos se han devorado entre sí. Hoy, apaciguados, proclaman la tolerancia que, dejando a un lado la pasión, hace que las creencias populares y las prácticas religiosas sirvan, sobre todo, al bienestar profesional de los cleros. Y, en ese pacto a puerta cerrada, que sella la alianza de todos los sacerdocios contra la ciencia, que es el enemigo común, se revela el verdadero sentido del Congreso público: los nombres de Buda, Moisés, Confucio, Zoroastro, Lutero y Jesús no se pronuncian...

Es en ese momento cuando se oyen tres golpes en la puerta del fondo; los diálogos cesan bruscamente.

EL ARZOBISPO

dándose vuelta a medias en su sillón:

¿Quién anda ahí? ¡Adelante!

La cortina se levanta y vuelve a caer: un anciano de estatura gigantesca permanece allí, de pie, recortándose contra la oscura cortina. Viste a la antigua usanza hebrea: el chaluk de lino de mangas estrechas bajo el amplio manto a rayas; del sudar enrollado alrededor de la frente curtida se escapan largos mechones grises, que se mezclan con la barba esponjosa; apoya sus dos manos cruzadas sobre un pesado bastón de viaje, y unos tefilín de plata brillan en su brazo izquierdo. Parece octogenario; pero de todo su cuerpo nudoso emana un vigor sobrehumano, como retorcido por tormentas seculares; y, bajo sus cejas blancas, los ojos le brillan como el fuego de un pastor a través de la maleza. La asamblea lo contempla, estupefacta e inmóvil.

EL ARZOBISPO

¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

EL ANCIANO

da tres pasos hacia delante: se ven sus pies descalzos bajo la túnica; habla con el más puro acento inglés.

Soy Ahasverus.

Susurros de sorpresa se escapan de todos los labios y se unen en un murmullo ahogado.

LA ASAMBLEA

¡El judío errante!

EL RABINO

saltando de su asiento, se yergue ante Ahasverus.

Has mentido, impostor. ¡Maranáta!

Y, como el otro guarda silencio, todos se han levantado, irritados y amenazantes; entonces el anciano, sin moverse, suelta estas palabras:

AHASVERUS

Rabino Hakkadosch, te vi nacer en la Judengasse de Fráncfort, donde tu abuelo, el sastre Johannan, alquiló la tienda del anticuario Mayer, el primero de los Rothschild...

Se dirige sucesivamente al budista japonés Kinza Hirai, a Dionisio, obispo de Zante, al mandarín Pung Quang Yu, a los hindúes, a todos los demás: los conoce a todos y habla a cada uno en su lengua, con el acento en el que todos encuentran el eco de la dulzura natal. Se han sentado de nuevo, uno a uno, y bajan la cabeza, confundidos, bajo el torrente de palabras del anciano. Se ha acercado a la mesa y ahora se expresa en inglés, para que todos lo entiendan.

AHASVERUS

¿Están convencidos, maestros míos, o debo remontarme en sus genealogías, más allá de lo que ustedes mismos podrían hacer? Soy Ahasverus, el judío maldito, errante desde hace dieciocho siglos, aquel que muere cada cien años pero renace al día siguiente...

EL RABINO

tímidamente:

¿Cómo has cruzado el mar, eterno caminante que no puedes descansar?

AHASVERUS

He venido por el norte: el hielo marino de Bering es, en invierno, un camino demasiado fácil para quien no puede morir; y el áspero contacto de los hielos polares no lastima mi carne más que el sol africano. ¡Ay! ¡envidio a quienes caen para no volver a levantarse! Sé demasiado bien que, al igual que Caín, soy respetado por las fuerzas de la naturaleza, y que mi sentencia no terminará con el impacto de una muerte violenta!...

EL ARZOBISPO

¿Es cierto, pues? —Pero, entonces, ¿qué vienes a buscar aquí?

AHASVERUS

en voz más baja:

Busco el descanso por todas partes. Solamente llegará, con la dulce eutanasia, en los días predichos por el Otro: cuando su reinado haya pasado en la tierra y su culto no sea ya más que un vago recuerdo. Será entonces cuando reaparecerá, quizá bajo otro nombre, para que las naciones se engañen con una nuevo ilusión. La vana esperanza de acabar me ha sonreído veinte veces, desde la caída de Jerusalén y la dispersión. Con los bárbaros que arrasaban las ciudades, los hunos de Atila, que dejaban tras de sí ríos teñidos de sangre, las hambrunas y los terrores del año mil, —he acechado durante mucho tiempo en el cielo la señal del Apocalipsis... Luego vinieron las masacres de las Cruzadas, las pestes y las destrucciones de la Edad Media, los crímenes abominables de la barbarie feudal; y atravesé las multitudes que aullaban como manadas de lobos, esperando cada día ver el culto cristiano barrido de la faz de un mundo enloquecido. Pero las agujas de las catedrales se alzaban más numerosas y más altas que las picas de los barones asesinos; los saqueos de las ciudades se redimían con peregrinaciones y, en la noche del crimen secular, la creencia ideal, aunque debilitada y moribunda, seguía brillando como una lámpara en una tumba...

EL ARZOBISPO

¡La fe de Cristo es inmortal!

AHASVERUS

alzando la voz poco a poco:

... Entonces florecieron corrupciones más sutiles sobre el antiguo estiércol de la barbarie. Entré en la Roma renovada; sonreí ante el paganismo papal, más disolvente que el otro, y encontré la Iglesia de los Borgia más escandalosa que el palacio de los emperadores bizantinos: era la descomposición final, sin duda. El árbol sagrado, esta vez, estaba carcomido desde la raíz. Pero llegó la Reforma, que lo salvó todo... Surgió otra esperanza, con ese Nuevo Mundo, que esparcía sobre el Viejo la lepra del oro, y el egoísmo, y la avaricia, madre del crimen; pero las nacionalidades emergieron de las guerras incesantes y el patriotismo devolvió al género humano una virtud... Por fin, hace un siglo, cuando su vacía filosofía desembocó en el odio de clases y en el asesinato de reyes, yo me encontraba en ese París inmenso, caldero donde hierve siempre la mezcla desconocida que será la historia del mañana: asistí al triunfo del ateísmo y a las saturnales de la Razón... ¡Ay! La Libertad, el Heroísmo, la Gloria, hicieron resplandecer sus tres colores sobre las ruinas del pasado, y todo resucitó, hasta la propia religión... Así han transcurrido los siglos bajo mis pasos, y aquí estoy de nuevo, siempre en busca de la quimera que me devolverá a la nada bienaventurada...

EL ARZOBISPO

con acento triunfal:

¡Y llegas para ser testigo de una victoria deslumbrante!...

AHASVERUS

sonríe con amargura.

He visto a las multitudes ateas, a las sectas anárquicas sembrar los artilugios de la muerte, burlándose del derecho, del deber, de la familia, de la patria, de todos los principios sociales que se creían eternos: nunca me he sentido tan cerca del ansiado fin como al escuchar los coloquios farisaicos de ustedes, ¡ah ustedes (como Él decía de sus padres) «sepulcros blanqueados»! Ustedes son la chusma que pulula sobre el cadáver de la religión. El fuego del Ideal ya no arde en sus altares dorados, y es una lámpara apagada la que ustedes llevan en las tinieblas. La fe de Cristo pronto habrá llegado a su fin: siento mi corazón milenario rebosante de esperanza. ¡Es el fin de Aquel que me golpeó y maldijo!

Todos los sacerdotes se han levantado airados; está a punto de estallar un tumulto. Pero la mujer velada ha agarrado a Ahasverus por el borde de su manto y, con un grito agudo que impone silencio, repite esta súplica:

LA MUJER VELADA

¡Tú lo conociste! ¡Tú lo conociste! ¡Ah! ¡Háblanos de Él!...

La calma se restablece bajo un impulso de violenta curiosidad; todos regresan a sus asientos y permanecen con la boca abierta, bebiendo las palabras de Ahasverus.

AHASVERUS

con una voz sorda que la emoción rompe cada vez más:

¡Si conocí al Hijo del Hombre! Tenía su edad y, como él, nací en Nazaret. El doloroso villorrio es el único que ha permanecido casi intacto en Palestina, y allí vuelvo a ver, dos o tres veces por siglo, la fuente donde María, con la jarra al hombro, venía a sacar agua, mañana y tarde; vuelvo a encontrar la colina que domina el país, todas las callejuelas, todos los senderos donde jugábamos de niños. Ya entonces hacía prodigios contrarios a la Ley. Un día modeló pájaros con barro, a pesar de las quejas de su madre; y cuando José quiso llevarse al niño, Yeshua dio una palmada y los pájaros alzaron el vuelo. María lloraba a menudo por aquella infancia llena de inquietud y misterio; y además, parecía que no quería a nadie a su alrededor... A menudo abandonaba el taller de su padre y desaparecía: lo encontrábamos en las sinagogas, escuchando las lecturas del escriba y asustándolo con sus objeciones. Más tarde, sus ausencias se hicieron más largas; y reaparecía una noche en la casa de Nazaret, como un huésped extraño al que ya no nos atrevíamos a hacerle preguntas. Luego, vivió con los esenios, en el mar Muerto, en el oasis de Engadi, y volvió a nosotros vestido de blanco, siguiendo su costumbre... Finalmente, se fue a Judea, hacia Juan el Bautista, y no volví a verlo hasta los últimos meses de su misión, en Jerusalén...

Ahasverus deja escapar un profundo suspiro; en el silencio que se ha hecho, se oye la respiración entrecortada de quienes escuchan y esperan la continuación sin atreverse a pedirla.

AHASVERUS

reanuda su relato, con la cabeza gacha y como hablándose a sí mismo:

Habían pasado muchos años; yo vivía en Jerusalén y había montado un puesto de vendedor en el Templo, en el patio de los gentiles: cambiaba la moneda romana por la moneda sagrada de los sacrificios, vendía a las mujeres tórtolas de Hanan y pájaros a los leprosos. Un día, un hombre irrumpió en el atrio, rodeado de unos artesanos y pescadores que eran sus discípulos, volcó mi mesa sobre el pavimento y me golpeó. Lo reconocí, lo llamé por su nombre, le hablé de su madre y de sus hermanos: «¡Ahí están —me dijo, señalando a sus fieles—, mi familia y mi madre!». Fue entonces cuando empecé a odiarlo...

Lo volví a ver en la ciudad santa, con motivo de la fiesta de Purim, el decimoquinto día de Adar; se hablaba mucho de él, de sus ataques a los fariseos, e incluso al Templo, cuya destrucción anunciaba de forma velada; se contaban sus milagros: demonios expulsados; paralíticos, ciegos y leprosos curados... Apareció en el atrio exterior del Hieron, llamado el patio de las Mujeres, el único al que ellas podían acceder: esta vez estaba rodeado, no sólo de sus numerosos discípulos, sino también de algunas jóvenes, e incluso de una samaritana; entre ellas se distinguían dos hermanas de Betania, María y Marta, y sobre todo una pecadora muy bella, María de Magdala, que lo siguió siempre, hasta el final...

LA MUJER VELADA

Pero Él, ¿cómo era? ¡Háblanos sólo de Él!...

AHASVERUS

Era alto y esbelto, bello como uno de esos jóvenes dioses griegos cuyas estatuas he visto en mis viajes. Su cabello pelirrojo se desbordaba de su turbante de lino; y su rostro pálido, con una corta barba rubia, se iluminaba con sus ojos azules, límpidos como el lago de Genesaret; iba vestido de blanco, como los esenios; y su voz era tan dulce, su andar tan noble, que las jóvenes, de pie en el umbral de las puertas, lo miraban pasar deseando seguirlo... Y ese amor puro de las mujeres tal vez avivaba el odio de los hombres...

LA MUJER VELADA

adelanta la cabeza para no perderse las palabras del judío; una punta de su velo se ha corrido y ella aparece de perfil, pálida y muy joven. Balbucea en voz muy baja:

Pero Él, ¿las amaba?

AHASVERUS

Ignoraba los afectos particulares: ni la familia, ni la mujer, virgen o pecadora, existían para Él. Era el Mesías, el salvador del mundo; y su pecho se había ensanchado demasiado, conteniendo a la humanidad, como para posarse en un ser. Su alma era semejante a esos grandes ríos encauzados, que fecundan un imperio y dejan marchitarse los arbustos de sus orillas. Al igual que una estatua de mármol es insensible a las ofrendas votivas que la multitud deposita a sus pies, Él siempre ignoró el sentimiento real de aquellas que lo siguieron al Gólgota y lo adoraron más allá del suplicio y la muerte... Fue entonces cuando lo volví a ver...

Los demás temen que no pueda terminar, tanto se le ha quebrado la voz; sin embargo, continúa, entrecortando sus frases, pues tiene prisa por acabar:

AHASVERUS

Me enteré de su condena por el Sanedrín, de su arresto en el Monte de los Olivos, cerca del torrente de Cedrón; y del acto de Judas, que aprobé, no solo porque odiaba al Rabí, sino porque detestaba sus predicaciones, contrarias a la ley judía. Era la víspera de la Pascua, el catorce de Nisán; esa misma noche lo llevaron a la casa de Hanán, que vivía en lo alto de la colina. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, lo llevaron a la residencia de Pilatos, cerca de la torre de Antonia, quien lo envió a Herodes Antipas... Pero el mundo entero conoce esas escenas desgarradoras que, entonces, me dejaban casi indiferente... Yo vivía cerca del montículo desnudo donde debía morir en la cruz, entre dos ladrones, frente a la torre Hípico... Hacia las nueve de la mañana, salí al oír el ruido de la multitud y me quedé en el umbral de mi puerta para verlo pasar. Lo rodeaban soldados, al mando de un centurión, luego hombres del pueblo que lo insultaban; por fin, detrás del cortejo, un grupo de mujeres con los cabellos revueltos... Pero yo lo miraba únicamente a Él. Delgado, con el rostro pálido y ensangrentado, arrastraba su pesada cruz de infamia, y su pobre cuerpo frágil se doblaba bajo la carga... Yo llevaba a mi hijo pequeño de la mano. Pidió que se detuvieran frente a mi casa, pues se quedaba sin fuerzas; y al reconocerme, dijo: «Ahasverus, dame un vaso de agua». Me quedé inmóvil. Él continuó: «¡En nombre de nuestra infancia, hermano, la sed me quema!». Respondí con una risa burlona: «Camina, Yeshua, ha llegado tu hora». Entonces se enderezó y su rostro severo me hizo estremecer; con una voz terrible, exclamó: «En nombre de mi Padre, sé maldito: ¡Cherem! Caminarás para siempre, hasta el día en que tengo que volver, una vez cumplidos los tiempos».

Se alejó, y quise volver a entrar, con mi hijo... Pero, de repente, una fuerza desconocida me hizo soltar la mano de mi hijo y me empujó hacia delante: un torbellino me arrastraba, una tormenta que únicamente soplaba para mí, pues la hierba del suelo no se movía y los arbustos extendían sus ramas, inmóviles... Ya estaba lejos y, por última vez, volví la cabeza para ver a mi hijo, que lloraba tendiéndome los brazos... Cuando pasé por el sendero del Gólgota, las tres cruces siniestras se alzaban contra el cielo pálido. Pero no pude detenerme y, como una hoja arrancada por el huracán, comencé mi viaje secular y maldito a través del mundo...

Se ha callado. Un silencio angustioso se cierne sobre la audiencia; cada uno, con la mirada baja, sigue su imaginación interior, a la sombra del Calvario evocado; una oración mental hace temblar algunos labios. La mujer velada gira la cabeza para una pregunta suprema... El gran anciano ha desaparecido.

FIN

PAUL GROUSSAC

Del Plata al Niágara

Traducción del francés, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán 

 

LE JUIF ERRANT

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΟ

 

C’est à Chicago, dans le Memorial Art Palace, au bord du lac Michigan, le lendemain du jour où le Parlement des Religions a clos sa longue session.

Il est dix heures du soir. Le vaste amphithéàtre de Columbus Hall, où le Congrès a tenu ses bruyantes séances devant une foule cosmopolite, est à présent vide et muet.

La large estrade du fond, faisant face aux gradins, est seule éclairée d’une lampe électrique; devant la table recouverte d’un tapis de velours, les trois fauteuils du président et des assesseurs; et, tout autour, une trentaine de chaises. A quelques pas de l’estrade, l’ombre commence et va s’épaississant jusqu’aux dernières rangées de l’hémicycle qu’on ne distingue plus: on a la sensation d’un espace immense, illimité, ainsi que dans une cathédrale à la tombée du jour. Mais on ne peut rêver: un dur tic tac de pendule invisible fait comme un rappel impitoyable au prosaïsme du milieu, et, de minute en minute, le lourd silence est déchiré par le sifflet strident des trains qui, de la gare voisine, partent pour la World’s Fair.

Vulgaire et pressé, le timbre de cette pendule sonne dix heures. La tenture de l’estrade se soulève et, par la petite porte dissimulée, une procession bizarre fait son entrée, lentement, d’une allure volontiers liturgique. Les physionomies sont aussi diverses que les costumes: on trouve deux ou trois évêques grecs ou latins en soutane violette, des pasteurs rasés en lévite noire; des turbans de soie ou de lin couronnent des faces basanées,  glabres ou à longue barbe grise; il y a encore un rabbin à calotte fourrée, un guèbre sous le haut bonnet persan, un derviche jaune dont le corps émacié flotte dans une souquenille sombre, un mandarin chinois à la mince tresse luisante; d’autres encore qu’on devine lamas, bonzes, parsis, archimandrites: le personnel exotique d’un temple ouvert à tous les dieux, l’état-major sacerdotal d’un nouveau Panthéon d’Agrippa. Une femme voilée est mêlée au groupe.

Ils prennent place, gravement; un archevêque américain préside, entre le rabbin et la femme voilée. Le président ouvre la séance d’une voix blanche et nasillarde:

L’ARCHEVÊQUE

The chair is taken.

L’un après l’autre, sans se presser, ils prennent la parole, la plupart en un anglais bizarre où tous les accents asiatiques, européens, africains, se succèdent sans provoquer un sourire, depuis le mandarin qui ne peut prononcer les r, jusqu’au rabbin allemand qui en cuirasse tous les mots.

Ils dialoguent posément, se félicitent en formules choisies, chacun ayant l’air de préférer les dix religions de ses auditeurs à la sienne propre, et n’employant que des termes amorphes, qui flattent tout le monde sans blesser personne. Ils célèbrent avec componction le pacte universel qui reconnaît l’égale légitimité de tous ces cultes, qui pendant des siècles se sont entre-dévorés. Aujourd’hui, calmés, ils proclament la tolérance qui, écartant la passion, fait surtout servir les croyances populaires et les pratiques religieuses au bien-être professionnel des clergés. Et, dans ce covenant à huis clos, qui scelle l’alliance de tous les sacerdoces, contre la science qui est l’ennemi commun, le sens vrai du Congrès public se révèle: les noms du Bouddha, de Moïse, de Confucius, de Zoroastre, de Luther, de Jésus ne sont pas prononcés ...

C’est à ce moment que trois coups sont frappés à la porte du fond; les dialogues cessent brusquement.

L’ARCHEVÊQUE

se tournant à demi sur son fauteuil:

Qui est là? Entrez!

La portière se soulève, puis retombe: un vieillard de stature gigantesque est resté là, debout, se détachant sur la draperie sombre. Il est vêtu à l’ancienne mode hébraïque: le chalouk de lin à manches étroites sous l’ample manteau rayé; du sudar enroulé autour du front bruni s’échappent de longues mèches grises, qui se mêlent à la barbe floconneuse; il appuie ses deux mains croisées sur un lourd bâton de voyage, et des téfillin d’argent scintillent à son bras gauche. Il semble octogénaire; mais une vigueur surhumaine se dégage de tout son corps noueux, comme tordu par des tempêtes séculaires; et, sous leurs sourcils blancs, ses yeux luisent comme un feu de pâtre à travers la broussaille. L’assemblée le contemple, stupéfaite et immobile.

L’ARCHEVÊQUE

Qui êtes-vous? Que faites-vous ici?

LE VIEILLARD

fait trois pas en avant: on voit ses pieds nus sous sa tunique; il parle avec le plus pur accent anglais.

Je suis Ahasvérus.

Des chuchotements de surprise s’échappent de toutes les lèvres et se joignent en une rumeur étouffée.

L’ASSEMBLÉE

Le Juif errant!

LE RABBIN

bondissant de son siège, se dresse devant Ahasvérus.

Tu en as menti, imposteur. Maranâtha!

Et, comme l’autre se tait, ils se sont tous levés, irrités et menaçants: alors le vieillard, sans bouger, laisse tomber ces mots:

AHASVÉRUS

Rabbi Hakkadosch, je t’ai vu naître dans la Judengasse de Francfort, où ton grand-père, le tailleur Johannan, loua la boutique du brocanteur Mayer, le premier des Rothschild ...

Il s’adresse successivement au boudhiste japonais Kinza Hiraï, à Dionysios, évêque de Zante, au mandarin Pung Quang Yu, aux hindous, à tous les autres: il les connaît tous et parle à chacun dans sa langue, avec l’accent où tous retrouvent l’écho de la douceur natale. Ils se sont rassis, un à un, et baissent la tête, confus, sous le flot des paroles du vieillard. Il s’est avancé vers la table et s’exprime maintenant en anglais, pour être compris de tous.

AHASVÉRUS

Êtes-vous convaincus, mes maîtres, ou faut-il que je remonte dans vos généalogies, plus haut que vous-mêmes ne sauriez le faire? Je suis Ahasvérus, le juif maudit, toujours errant depuis dix-huit siècles, celui qui meurt tous les cent ans mais pour renaître le lendemain ...

LE RABBIN

timidement:

Comment as-tu passé la mer, éternel marcheur qui ne peux prendre de repos?

AHASVÉRUS

Je suis venu par le Nord: la banquise de Behring est, en hiver, un chemin trop facile à qui ne peut mourir; et l’âpre contact des glaces polaires ne mord pas plus sur ma chair que le soleil africain. Hélas! j’envie ceux qui tombent pour ne plus se lever! Je sais trop bien que, pareil à Caïn, je suis respecté des forces naturelles, et que ce n’est point au choc d’une mort violente que ma sentence prendra fin!...

L’ARCHEVÊQUE

Il est donc vrai?—Mais, alors, que viens-tu chercher ici?

AHASVÉRUS

d’une voix plus basse:

Je cherche partout le repos. Il ne viendra, avec la douce euthanasie, qu’aux jours prédits par l’Autre: quand son règne sera passé sur la terre et que son culte n’y sera plus qu’un vague souvenir. C’est alors qu’il reparaîtra, sous un autre nom peut-être, afin que les nations se bercent d’un rêve nouveau. Le vain espoir de finir m’a vingt fois souri, depuis la chute de Jérusalem et la dispersion. Avec les Barbares qui rasaient les cités, les Huns d’Attila, qui laissaient derrière eux les fleuves rougis de sang, les famines et les terreurs de l’an Mille,—j’ai longtemps épié dans le ciel le signe de l’Apocalypse ... Puis, vinrent les massacres des Croisades, les pestes et les destructions du moyen âge, les crimes abominables de la barbarie féodale; et je traversai les foules hurlantes comme des bandes de loups, m’attendant chaque jour à voir le culte chrétien balayé de la face du monde en délire. Mais les flèches des cathédrales montaient plus nombreuses et plus hautes que les piques des barons assassins; les pillages des villes se rachetaient par des pèlerinages, et, dans la nuit du crime séculaire, la croyance idéale, quoique affaiblie et mourante, brillait toujours comme une lampe dans un tombeau ...

L’ARCHEVÊQUE

La foi du Christ est immortelle!

AHASVÉRUS

élevant la voix peu à peu:

... Alors des corruptions plus subtiles fleurirent sur l’ancien fumier de la barbarie. J’entrai dans Rome renouvelée; je souris au paganisme papal, plus dissolvant que l’autre, et je trouvai l’Eglise des Borgia plus scandaleuse que le palais des empereurs byzantins: c’était la décomposition finale, sans doute. L’arbre sacré, cette fois, était rongé à la racine. Mais la Réforme vint qui sauva tout ... Un autre espoir surgit, avec ce Nouveau Monde, qui répandait sur l’Ancien la lèpre de l’or, et l’égoïsme, et l’avarice, mère du crime; mais les nationalités émergèrent des guerres incessantes et le patriotisme refit au genre humain une vertu ... Enfin, il y a un siècle, quand leur creuse philosophie aboutit à la haine des classes et au meurtre des rois, j’étais dans ce Paris immense, cuve où bouillonne toujours la mixture ignorée qui sera l’histoire du lendemain: j’assistai au triomphe de l’athéisme et aux saturnales de la Raison ... Hélas! la Liberté, l’Héroïsme, la Gloire, firent flamboyer leurs trois couleurs sur les ruines du passé, et tout ressuscita,—jusqu’à la religion elle-même ... Ainsi les siècles ont coulé sous mes pas, et me voici encore, toujours en quête de la chimère qui me rendra au néant bienheureux...

L’ARCHEVÊQUE

d’un accent de triomphe:

Et tu arrives pour être témoin d’une victoire éclatante!...

AHASVÉRUS

sourit amèrement.

J’ai vu les foules athées, les sectes anarchiques semer les engins de mort, en se raillant du droit, du devoir, de la famille, de la patrie, de tous les principes sociaux qu’on croyait éternels: je ne me suis jamais senti si près de la fin convoitée qu’en écoutant vos colloques de Pharisiens,—ô vous (comme Il disait de vos pères) «sépulcres blanchis!»—Vous êtes la vermine qui pullule sur le cadavre de la religion. Le feu de l’Idéal ne brûle plus sur vos autels dorés, et c’est une lampe éteinte que vous promenez dans les ténèbres. La foi du Christ aura bientôt vécu: je sens mon cœur millénaire débordant d’espérance. C’est la fin de Celui qui m’a frappé et maudit!

Tous les prêtres se sont levés avec colère; un tumulte est près d’éclater. Mais la femme voilée a saisi Ahasvérus par le pan de son manteau, et, dans un cri aigu qui impose silence, elle répète cette supplication:

LA FEMME VOILÉE

Tu l’as connu! Tu l’as connu! Oh! parle-nous de Lui!...

Le calme s’est rétabli sous une poussée de curiosité violente; tous regagnent leurs sièges et restent la bouche ouverte, buvant les paroles d’Ahasvérus.

AHASVÉRUS

d’une voix sourde que l’émotion brise de plus en plus:

Si j’ai connu le Fils de l’homme! J’étais de son âge et né comme lui à Nazareth. Le douloureux village est seul resté presque intact en Palestine, et j’y revois, deux ou trois fois par siècle, la fontaine où Marie, la cruche sur l’épaule, venait puiser l’eau, matin et soir; je retrouve la colline qui domine le pays, toutes les ruelles, tous les sentiers où nous jouions, enfants. Il faisait déjà des prodiges contraires à la Loi. Il façonna un jour des oiseaux avec de la boue, malgré les plaintes de sa mère; et quand Joseph voulut reprendre l’enfant, Jeschoua frappa des mains et les oiseaux prirent leur vol. Marie pleurait souvent sur cette enfance pleine de trouble et de mystère; et puis, il semblait n’aimer personne autour de lui ... Souvent, il quittait l’établi de son père et disparaissait: on le retrouvait dans les synagogues, écoutant les lectures du Scribe et l’effrayant de ses contradictions. Plus tard, ses absences furent plus longues; et il reparaissait un soir dans la maison de Nazareth, comme un hôte étrange et qu’on n’osait plus interroger. Puis, il vécut avec les Esséniens, sur la mer Morte, dans l’oasis d’Engaddi, et il nous revint vêtu de blanc, suivant leur coutume ... Enfin, il alla en Judée, vers Jean le Baptiste, et je ne le revis plus jusqu’aux derniers mois de sa mission, à Jérusalem ...

Ahasvérus pousse un profond soupir; dans le silence qui s’est fait, on entend la respiration haletante de ceux qui écoutent et attendent la suite sans oser la demander.

AHASVÉRUS

reprend son récit, la tête basse et comme se parlant à lui-même:

Bien des années s’étaient écoulées; j’habitais Jérusalem et j’avais pris une table de vendeur au Temple, dans la cour des Gentils: j’échangeais la monnaie romaine pour la monnaie sacrée des sacrifices, je vendais aux femmes des tourterelles de Hanan et des passereaux aux lépreux. Un homme bondit un jour dans le parvis, entouré de quelques artisans et pêcheurs qui étaient ses disciples, renversa ma table sur le pavé et me frappa. Je le reconnus, l’appelai par son nom, lui parlai de sa mère et de ses frères: «Voilà, me dit-il, en me montrant ses fidèles, ma famille et ma mère!» Ce fut alors que je commençai à le haïr ...

Je le revis dans la ville sainte, pour la fête des Pourim, le quinzième jour d’Adar; on parlait beaucoup de lui, de ses attaques aux Pharisiens, et même au Temple dont il annonçait la destruction à mots couverts; on racontait ses miracles: des démons chassés; des paralytiques, des aveugles, des lépreux guéris ... Il apparut dans le parvis extérieur du Hiéron, appelé la cour des Femmes, le seul où elles pussent pénétrer: il était cette fois entouré, non seulement de ses nombreux disciples, mais encore de quelques jeunes filles, et même d’une Samaritaine; on remarquait parmi elles deux sœurs de Béthanie, Marie et Marthe—et surtout une pécheresse très belle, Marie de Magdala, qui le suivit toujours, jusqu’à la fin ...

LA FEMME VOILÉE

Mais Lui, comment était-il? Ne parle que de Lui!...

AHASVÉRUS

Il était grand et souple, beau comme un de ces jeunes dieux grecs dont j’ai vu les statues dans mes voyages. Ses cheveux roux s’écoulaient de son turban de lin; et son visage pâle, à la courte barbe blonde, s’illuminait de ses yeux bleus, limpides comme le lac de Génézareth; il allait vêtu de blanc, comme les Esséniens; et sa voix était si douce, sa démarche si noble, que les jeunes filles, debout sur le seuil des portes, le regardaient passer en souhaitant de le suivre ... Et ce pur amour des femmes fouettait peut-être la haine des hommes ...

LA FEMME VOILÉE

avance la tête pour boire les paroles du Juif; un coin de son voile s’est écarté et elle apparaît de profil, pâle et toute jeune. Elle balbutie très bas:

Mais Lui, les aimait-il?

AHASVÉRUS

Il ignorait les affections particulières: pas plus que la famille, la femme, vierge ou pécheresse, n’existait pour lui. Ilmétait le Messie, le sauveur du monde; et, pour se poser sur un être, sa poitrine s’était trop élargie à contenir l’humanité. Son âme était semblable à ces grands fleuves encaissés, qui fécondent un empire et laissent dépérir l’arbuste de leurs bords. Comme une statue de marbre est insensible aux offrandes votives que la foule dépose à ses pieds, il ignora toujours le sentiment réel de celles qui le suivirent sur le Golgotha et l’adorèrent par delà le supplice et la mort ... Ce fut alors que je le revis ...

On craint qu’il ne puisse achever, tant sa voix s’est brisée; il continue, pourtant, en coupant ses phrases, car il est pressé de finir:

AHASVÉRUS

J’appris sa condamnation par le Sanhédrin, son arrestation au mont des Oliviers, près du torrent de Cédron; et l’acte de Judas que j’approuvai, non seulement parce que je haïssais le Rabbi, mais parce que détestais ses prédications, contraires à la loi juive. C’était la veille de la Pâque, le quatorze de Nisan; il fut conduit la nuit même chez Hanan, qui avait sa maison au haut de la colline. Le lendemain, de grand matin, il fut emmené à la maison de Pilate, près de la tour Antonia, qui le renvoya devant Hérode Antipas ... Mais le monde entier connaît ces scènes déchirantes qui, alors, me laissaient presque indifférent ... J’habitais près du tertre dénudé où il devait mourir sur la croix, entre deux voleurs, en face de la tour Hippicus ... Vers neuf heurs du matin, je sortis au bruit de la foule, et restai sur le seuil de ma porte pour le voir passer. Des soldats l’entouraient, commandés par un centurion, puis des hommes du peuple qui l’insultaient; enfin, derrière le cortége, un groupe de femmes échevelées ... Mais je ne regardai que Lui. Maigre, le pâle visage ensanglanté, il traînait son lourd gibet d’infâmie, et son pauvre corps frêle pliait sous le fardeau ... Je tenais mon petit garçon par la main. Il demanda à faire halte devant ma demeure, car il succombait; et me reconnaissant, il dit: «Ahasvérus, tends-moi un vase d’eau.» Je restai immobile. Il reprit: «Au nom de notre enfance, frère, la soif me brûle!» Je répondis en ricanant: «Marche, Jeschoua, ton heure est venue.» Alors il se redressa et son visage sévère me fit frissonner; d’une voix terrible, il s’écria: «Au nom de mon Père, sois maudit: Chèrem! Tu marcheras à jamais, jusqu’au jour où je devrai revenir, après les temps accomplis!»

Il s’éloigna, et je voulus rentrer, avec mon enfant ... Mais, soudain, une force inconnue me fit lâcher la main de mon fils et me poussa en avant: un tourbillon m’emportait, une tempête qui ne soufflait que pour moi, car les herbes du sol ne bougeaient pas et les arbustes étalaient leurs rameaux, immobiles ... J’étais déjà loin, et, une dernière fois, je retournai la tête pour voir mon enfant, qui pleurait en me tendant les bras ... Quand je passai dans le sentier du Golgotha, les trois croix sinistres se dressaient sur le ciel livide. Mais je ne pus m’arrêter, et, comme une feuille arrachée par l’ouragan, je commençai à travers le monde mon voyage séculaire et maudit ...

Il s’est tu. Un silence d’angoisse pèse sur l’assistance; chacun, les yeux baissés, suit son rêve intérieur, dans l’ombre du Calvaire évoqué; une oraison mentale fait trembler quelques lèvres. La femme voilée tourne la tête pour une question suprême ... Le grand vieillard a disparu.

FIN