miércoles, 9 de agosto de 2017

Georges Bernanos: El impostor y la impostura


EL IMPOSTOR Y LA IMPOSTURA

Para merecer el nombre de impostor sería necesario que uno fuese enteramente responsable de su mentira, que la hubiese engendrado, pero todas las mentiras tienen un único Padre, y ese Padre no es de este mundo. Creo que la mentira es un parásito y el mentiroso un parasitado que se rasca donde le pica. Ciertamente no está prohibido defenderse de las mentiras de los demás, ya que por más ajena que parezca a nuestra naturaleza, sea cual sea la repugnancia que nos inspire —o quizás debido a esa repugnancia—, nunca estamos seguros de que no hallará en lo más recóndito de nosotros mismos otra mentira cómplice, con la que de antemano se encuentra misteriosamente en armonía, para una abyecta fecundación. Ya que no hay mentira, hay generaciones de mentiras, la mentira no es en modo alguno una creación abstracta del hombre ni el mentir un juego análogo al ajedrez, como están dispuestos a creerlo los diplomáticos de iglesia o de otros ámbitos; cada mentira está viva, bien viva; una mentira, en terreno favorable, se reproduce más rápido que la mosca del vinagre. Pretender clasificarlas por especies y géneros sería una empresa vana, y no menos vana la ilusión de juzgar al mentiroso de acuerdo con su mentira, cuando la experiencia nos enseña tan poco sobre la evolución de esta enfermedad que, a la manera de la sífilis, deja indemnes casi siempre a gentes mediocres y pudre de golpe hasta el tuétano a seres sanos, fuertes y puros. Son pocos los hombres que, llegada cierta hora de la vida, avergonzados de su debilidad o de sus vicios, incapaces de hacerles frente, de superar su humillación redentora, no hayan sentido la tentación de escurrirse fuera de sí mismos, en puntas de pie, como de un lugar de perdición. Muchos corrieron más de una vez, impunemente, esa suerte atroz. El impostor no salió acaso más que una vez, pero no pudo volver a entrar. Es muy fácil decir que lo hace adrede, pero ¿qué sabemos? El lugar que ha abandonado apenas se distinguía de los demás, y frente a tantas puertas que se parecen, no tiene esperanzas de reconocer la suya, ya ni siquiera se atreve a introducir la llave en las cerraduras, de miedo a recibir en la cabeza la escupidera del propietario encolerizado. ¿Para qué, por otra parte? La sociedad lo reclutará tal cual es, e incluso lo prefiere así. “Sé muy bien que usted no es lo que dice ser, pero tampoco yo soy lo que proclamo. Me llaman Orden y sólo merezco que me llamen Compromiso. Me río de que por encima de mí esté todo el Bien al que renuncio, puesto que por debajo de mí sólo está lo Peor. Yo o Nada. Le lancé este desafío al propio Dios y él no lo aceptó. La maldición arrojada sobre el mundo, el espíritu del mundo, sólo me alcanza al sesgo, como de mala gana. Lo esencial, por lo demás, es que no me hayan cortado los víveres. 'Dad al César lo que es del César', ése es un lenguaje que comprendo y que garantiza hasta el fin de los tiempos el equilibrio de mi presupuesto. Soy lo bastante rica como para darle una buena posición social a quien me la pida. Lo que ustedes son realmente, lo ignoro, jamás sondeo ni los corazones ni las entrañas, ya que mis servicios no disponen del instrumental indispensable para ello. No tienen, pues, por qué preocuparse. No les sacaré más que lo que ya me pertenece, una mentira que para ustedes prácticamente carecería de provecho pero no de riesgo, y a la que, con mi ayuda, harán rendir por cien. En cuanto a lo que perdieron voluntariamente, me guardaré muy bien de devolvérselo. Ustedes se han condenado a no valer nada por sí mismos, a debérselo todo al título, a la función, es decir a mí. Yo odio al individuo, sólo me importan las instituciones. Incluso cuando es experto en su oficio, el hombre sincero me hace perder, con sus vanos escrúpulos y su control incesante, más de lo que podría dar su trabajo concienzudo. El falso juez, el falso soldado, el falso pensador, el falso sacerdote, sin duda no me dan gran cosa, pero lo dan con el espíritu que a mí me gusta. Se adhieren a la función a falta de adherirse a sí mismos, se aferran a la función como el ácaro sarcopto se adhiere a la piel, y dependen del prestigio que les confiere tal como este animal de la sangre de quien lo alimenta. Arden por servir, con el suyo, a todos los prestigios, ya que todos los prestigios son solidarios e irradian de mí. La multiplicación de los impostores, lejos de comprometerme, refuerza el poder del Estado. En una sociedad en que sólo hubiese impostores el Estado sería dios, los impostores lo harían dios. Sería necesario todo un dios, en efecto, para dar alguna realidad a lo que no es sino apariencia y hacer algo de lo que no es nada. Avancen ustedes, pues, intrépidamente, no hacia la meta que la Providencia les había asignado sino por la ruta estrecha que yo trazo delante de ustedes a medida que avanzan y que, no se lo ocultaré, gira en redondo. Girar en redondo se llama avanzar. No les prometo un porvenir, les garantizo que avancen. Sería descabellado que esperasen de mí que yo agregue nada a su mediocre substancia, no poseo los secretos de la vida. Los honores y las dignidades con que los cubro sólo darán la ilusión de un aumento de estatura y de peso. En el momento de la muerte, Dios no tendrá más trabajo que el de desenroscar los metros de papel de oro, de plata o de estaño, y sacarlos de ese voluminoso envoltorio como un minúsculo caramelo.”


L’IMPOSTEUR ET L’IMPOSTURE

Pour mériter le nom d’imposteur, il faudrait qu’on fût totalement responsable de son mensonge, il faudrait qu’on l’eût engendré, or tous les mensonges n’ont qu’un Père, et ce Père n’est pas d’ici. Je crois que le mensonge est un parasite, le menteur un parasité, qui se gratte où cela le démange. Il n’est certainement pas interdit de se défendre contre les mensonges, par ce que si étranger qu’il paraisse à notre nature, quelque répugnance qu’il nous inspire —ou peut-être en raison de cette répugnance— nous ne sommes jamais sûrs qu’il ne trouvera pas en notre propre fonds un autre mensonge complice, à quoi il est par avance mystérieusement accordé, pour une abjecte fécondation. Car il n’y a pas de mensonge, il y a des générations de mensonges, le mensonge n’est nullement une création abstraite de l’homme et le mentir un jeu analogue à celui des échecs, comme le croient volontiers les diplomates d’église ou d’ailleurs, chaque mensonge est vivant, bien vivant, un mensonge, en terrain favorable, se reproduit plus vite que la mouche du vinaigre. Prétendre les classer par espèces et par genres serait une entreprise vaine, non moins vaine l’illusion de juger du menteur sur son mensonge, alors que l’expérience nous apprend si peu de chose touchant l’évolution de cette maladie qui, à l’exemple de la vérole, épargne presque indéfiniment des médiocres et pourrit d’un coup jusqu’à l’os des être sains, forts et purs. Il est peu d’hommes qui, à une heure de la vie, honteux de leurs faiblesses ou de leurs vices, incapables de leur faire front, d’en surmonter l’humiliation rédemptrice, n’aient été tentés de se glisser hors d’eux-mêmes, à pas de loup, ainsi que d’un mauvais lieu. Beaucoup ont couru plus d’une fois, impunément, cette chance atroce. L’imposteur n’est peut-être sorti qu’une seule fois, mais il n’a pu rentrer. C’est bien joli de dire qu’il le fait exprès, qu’en sait-on ? Ce qu’il a quitté ne se signalait guère au regard, et face à tant de portes qui se ressemblent, il désespèrent de reconnaître la sienne, il n’ose même plus engager sa clef aux serrures, par crainte de recevoir sur la tête le pot de chambre du propriétaire courroucé. D’ailleurs, à quoi bon ? La société l’embauchera tel quel, et même elle le préfère ainsi. —« Je sais parfaitement que vous n’êtes pas ce que vous dites, mais je ne suis pas non plus ce que je prétends être. On me donne le nom d’Ordre et je ne mérite que celui de Compromis. Je me moque qu’il y ait au-dessus de moi tout le Bien que renonce, puisqu’il n’y a au-dessous de moi que le Pire. Moi ou Rien. J’ai porté ce défi au bon Dieu lui-même et il ne l’a pas relevé. La malédiction lancée sur le monde, l’esprit du monde, ne m’atteint que de biais, comme à regret. L’essentiel, d’ailleurs, est qu’on m’ait pas coupé les vivres. « Rendez à César ce qui appartient à César », voilà un langage que je comprends, et il assure jusqu’à la fin des temps l’équilibre de mon budget. Je suis assez riche pour fournir un état civil à qui m’en demande. Ce que vous êtes réellement, je l’ignore, je ne sonde jamais les cœurs ni les reins, mes services ne disposant pas de l’outillage indispensable à cet effet. N’ayez donc aucune inquiétude. Je ne prendrai de vous que ce qui m’appartient déjà, un mensonge qui serait pour vous sans grand profit mais non sans risque, et à quoi, par mon aide, vous ferez rendre cent pour un. Quant à ce que vous avez volontairement perdu, je me garderai bien de vous le restituer. Vous vous êtes condamnés à ne rien valoir par vous même, à tenir tout du titre, de la fonction, c’est à dire de moi. Je hais l’individu, les institutions seules m’importent. Même expert en son métier, l’homme sincère me fait perdre par ses vains scrupules et son incessant contrôle plus que ne saurait me rapporter son travail consciencieux. Le faux juge, le faux soldat, le faux penseur, le faux prêtre ne me donnent assurément pas grand-chose, mais ils le donnent dans l’esprit qui me plaît. Ils tiennent à la fonction faute de tenir à eux-mêmes, ils tiennent à la fonction comme l’acarus sarcopte à la peau, et dépendent du prestige qu’elle leur confère ainsi que cet animal du sang de son nourricier. Ils brûlent de servir, avec le leur, tous les prestiges, car tous les prestiges sont solidaires et rayonnent de moi. La multiplication des imposteurs, loin de me compromettre, renforce la puissance de l’État. Dans une société qui ne compterait que des imposteurs, l’État serait dieu, les imposteurs le feraient dieu. Il ne faudrait pas moins d’un dieu, en effet, pour donner une réalité à des apparences et faire quelque chose de rien. Marchez donc hardiment, non vers le but que la Providence vous assigna jadis, mais dans la route étroite que je trace à mesure devant vous et qui, je ne vous le cèle pas, tourne en rond. Tourner en rond, cela s’appelle avancer. Je ne vous promets pas un avenir, je garantis votre avancement. Il serait fou que vous attendiez de moi que j’ajoute quoi que ce soit à votre médiocre substance, je ne dispose pas des secrets de la vie. Les honneurs et les dignités dont je vous couvre donneront seulement l’illusion d’un accroissement de taille et de poids. À la mort, le bon Dieu n’aura que la peine de détortiller les mètres de papier d’or, d’argent ou d’étain, et de vous sortir de cette volumineuse enveloppe ainsi qu’un minuscule berlingot. »
GEORGES BERNANOS
(Les enfants humiliés)