viernes, 24 de julio de 2020

Samuel Beckett y José Bianco: Malone muere

MALONE MUERE

El hombre se llama Saposcat. Como su padre. ¿Nombre de pila? No lo sé. No habrá de necesitarlo. Sus parientes lo llaman Sapo. ¿Quiénes? No lo sé. Algunas palabras sobre su juventud. Es necesario.
Era un muchacho precoz. Poco dotado para los estudios, no veía la utilidad de los que le hacían seguir. Asistía a las clases con la cabeza en otra parte, o vacía.
Asistía a las clases con la cabeza en otra parte. Pero le gustaba la aritmética. Pero no le gustaba el modo que tenían de enseñársela. Le gustaba el manejo de números concretos. Todo cálculo le parecía ocioso cuando no se precisaba la naturaleza de la unidad. Se aplicaba, en público y en privado, al cálculo mental. Y las cifras que entonces maniobraba en su cabeza la poblaban de colores y de formas.

Qué tedio.

Era el mayor. Sus padres eran pobres y enfermizos. A menudo les oía hablar de lo que habría que hacer para sentirse mejor y tener más dinero. Siempre le llamaba la atención la vaguedad de aquellas palabras y no lo sorprendía que a nada condujeran. Su padre era vendedor en una tienda. Le decía a su mujer: “Será necesario que encuentre trabajo por la noche y el sábado por la tarde”. Agregaba con voz moribunda: “Y el domingo”. Su mujer respondía: “Pero si trabajas más caerás enfermo”. Y el señor Saposcat convenía en que haría mal, en efecto, no descansando el domingo. Pero no era débil hasta el punto de no poder trabajar por la noche los días de semana y el sábado por la tarde. “¿Trabajar en qué?”, preguntaba su mujer. “En llevar libros, quizá”, respondía él. “¿Y quién se ocupará del jardín?”, decía su mujer. La vida de los Saposcat estaba llena de axiomas, uno de los cuales establecía el criminal absurdo que es un jardín sin rosas, con el césped y los caminos descuidados. “Si cultivara legumbres”, decía él. “Cuesta menos comprarlas”, decía ella. Sapo escuchaba maravillado estas conversaciones. “Piensa en el precio del abono”, decía su madre. Durante el silencio que seguía a estas palabras el señor Saposcat reflexionaba, con esa aplicación que ponía en todos sus actos, en el costo del abono que le impedía dar a los suyos una vida más holgada, esperando que su mujer se acusara, a su vez, de no rendir el máximo de que era capaz. Pero ella se dejaba persuadir fácilmente de que no podría trabajar más aún sin poner su vida en peligro. “Piensa en los gastos de médico que nos ahorramos”, decía el señor Saposcat. “Y de farmacia”, decía su mujer. Sólo les quedaba la posibilidad de mudarse a una casa más modesta. “Pero ya estamos bastante estrechos”, decía la señora Saposcat. Daban por cierto que lo estarían cada año más y más, hasta que el día de la partida de los mayores, compensando la llegada de los recién nacidos, estableciera una especie de equilibrio. Después la casa se vaciaría poco a poco. Y por fin quedarían ellos dos solos, con sus recuerdos. Entonces sería tiempo de mudarse. El estaría jubilado. Ella, exánime. Alquilarían una casita de campo. Allí, como no necesitarían abono, podrían comprar una carreta. Sus hijos, sensibles a los sacrificios que hicieron por ellos, los ayudarían a subsistir. Así, en pleno ensueño, terminaban casi siempre esos conciliábulos. Diríase que los Saposcat extraían la fuerza de vivir de la perspectiva de su impotencia. Pero a veces, antes de llegar a ese término, examinaban el caso de su hijo mayor. “¿Qué edad tiene?”, preguntaba el señor Saposcat. Su mujer se lo decía. Estaba convenido en que esos informes eran de su resorte. Pero ella se equivocaba siempre. El señor Saposcat tomaba por su cuenta la cifra equivocada, la repetía varias veces en voz baja, pasmado, como si se tratara del alza de un artículo de primera necesidad, el precio de la carne, por ejemplo. Y al mismo tiempo buscaba en el aspecto de su hijo un alivio a lo que acababa de enterarse. ¿Era, a lo menos, un buen trozo de carne? Sapo miraba el rostro de su padre, triste, asombrado, afectuoso, decepcionado y, no obstante ello, esperanzado. ¿Pensaba en la fuga implacable de los años, o en el tiempo que pondría a su hijo en condiciones de llegar a ser un hombre asalariado? A veces expresaba con cansancio su pesar por no ver a su hijo más empeñado en volverse útil. “Es preferible que prepare sus exámenes”, decía su mujer. A partir de un motivo dado, sus cerebros pensaban al unísono. No tenían conversación propiamente dicha. Usaban de la palabra un poco como el maquinista de sus banderas, o de su linterna. O bien se decían: Bajemos aquí. Una vez señalado su hijo, se preguntaban con tristeza si no era propio de los espíritus superiores fracasar en el escrito y cubrirse de ridículo en el oral. Y no siempre les bastaba contemplar en silencio el mismo paisaje. “A lo menos, su salud es buena”, decía el señor Saposcat. “No tanto”, decía su mujer. “Pero no tiene nada serio”, decía él. “A su edad, sería el colmo”, decía ella. Ignoraban por qué estaba destinado a una profesión liberal. Eso también iba de suyo. Era por lo tanto inconcebible que fuera inapto para ella. Preferentemente, lo veían médico. “Nos cuidará cuando seamos viejos”, decía la señora Saposcat. Y su marido respondía: “Lo veo más bien cirujano”, como si a partir de cierta edad las personas fueran inoperables.
Qué tedio. Y a esto llamo jugar. Me pregunto si, a pesar de mis precauciones, no continúa tratándose de mí. ¿Seré incapaz, hasta el fin, de mentir sobre otra cosa? Siento acumularse ese negro, distribuirse esa soledad en los cuales me reconozco, y me siento llamado por esa ignorancia que podría ser hermosa y que sólo es cobardía. No sé muy bien lo que digo. No es así como se juega. Bien pronto no sabré ya de dónde sale mi pequeño Sapo, ni qué le espera. Tal vez haría mejor en abandonar este cuento y pasar al segundo, o, inclusive, al tercero, el de la piedra. No, sería lo mismo. Sólo tengo que prestar más atención. Antes de ir más lejos voy a reflexionar en lo que digo. A cada amenaza de ruina me detendré para inspeccionarme tal cual soy. Eso quería evitar, precisamente. Pero es el único medio, sin duda. Después de este baño de cieno sabré admitir mejor un mundo donde no llame la atención. Qué manera de razonar. Abriré los ojos, me miraré temblar, tragaré mi sopa, miraré el hatillo de mis posesiones, daré a mi cuerpo las viejas órdenes que lo sé incapaz de obedecer, consultaré mi conciencia caduca, arruinaré mi agonía para vivirla mejor, ya lejos del mundo que por fin se dilata y me deja pasar.
He tratado de reflexionar en el principio de mi cuento. Hay en él cosas que no comprendo. Pero son insignificancias. No tengo más que continuar.
Sapo no tenía amigos. No, eso no anda.
Sapo estaba en buenos términos con sus pequeños camaradas, sin ser exactamente querido por ellos. Rara vez el holgazán es un solitario. Boxeaba y luchaba bien, corría con agilidad, hablaba mal, con humorismo, de sus profesores y en ocasiones hasta llegaba a responderles con insolencia. ¿Corría con agilidad? Bueno, al diablo. Un día, acosado por preguntas, exclamó: “¡Puesto que le digo a usted que no sé!" Pasaba en el colegio la mayor parte del tiempo a causa de los deberes y penitencias que debía hacer y cumplir fuera de hora, y por lo común no volvía a su casa hasta las ocho de la tarde. Se sometía filosóficamente a estas vejaciones. Pero no se dejaba pegar. La primera vez que un maestro, harto ya de dulzura y razonamientos, avanzó férula en mano hasta Sapo, éste se la arrancó y la tiró por la ventana, que estaba cerrada a causa del invierno. Había motivos para expulsarlo. Pero Sapo no fue expulsado, ni entonces ni después. Buscaré con la cabeza fresca las razones por las cuales Sapo no fue expulsado, si bien lo merecía ampliamente. Porque quiero que en su historia haya la menor sombra posible. Una sombra pequeña, en sí misma, en el momento, no es nada. No se piensa más en ella y se continúa en la claridad. Pero conozco la sombra. Se acumula, se hace más densa, de pronto estalla y lo sumerge todo.
No he podido saber por qué no fue expulsado. Me veo en la obligación de dejar este problema sin resolver. Trato de no regocijarme por ello. Pronto alejaré a mi Sapo de esta incomprensible indulgencia, lo haré vivir como si hubiera sido castigado de acuerdo con sus méritos. Volveremos la espalda a esa nubecita, pero no la olvidaremos. No cubrirá el cielo cuando estemos desprevenidos, no levantaremos de pronto los ojos, en pleno campo raso, lejos de todo refugio, a un cielo de tinta. Está decidido ya. No veo otra solución. Trato de arreglármelas lo mejor posible.
A los catorce años era un muchacho robusto, sonrosado. Tenía las muñecas y los tobillos gruesos, lo que hacía decir a su madre que algún día sería más alto que su padre. Curiosa deducción. Pero lo que tenía de más llamativo era su cabezota redonda, con los cabellos rubios, duros y erizados como los pelos de un cepillo. Hasta sus maestros no podían menos de encontrarle una cabeza inteligente y les era tanto más penoso no poder inculcar nada en ella. “Nos asombrará a todos un día”, decía su padre cuando estaba de buen humor. El cráneo de Sapo era la causa de que se hubiera formado esta buena opinión y de que pudiera mantenerla contra viento y marea. Pero soportaba mal la mirada de su hijo, evitaba encontrarla. “Tiene tus ojos”, le decía su mujer. Entonces el tiempo se le hacía largo al señor Saposcat para quedarse a solas y escrutar sus ojos en el espejo. Eran apenas azules. “En más claro”, decía la señora Saposcat.

Sapo amaba la naturaleza, se interesaba.

Qué idioteces.

Sapo amaba la naturaleza, se interesaba en los animales y las plantas y levantaba de buena gana los ojos al cielo, día y noche. Pero no sabía mirar esas cosas, nada le enseñaban acerca de ellas las miradas que les prodigaba. Confundía los pájaros entre sí, y los árboles, y no lograba distinguir unos cereales de otros. No asociaba los azafranes con la primavera, ni los crisantemos con el otoño. El sol, la luna, los planetas y las estrellas no le planteaban problemas. Aceptaba con una suerte de alegría no comprender todas esas cosas extrañas y a veces hermosas que habrían de rodearlo durante su vida entera y cuyo conocimiento lo tentaba por instantes, como todo aquello que venía a inflar el murmullo: Tú eres un simple. Pero le gustaba el vuelo del gavilán y sabía reconocerlo entre todos. Inmóvil, seguía con los ojos los largos vuelos planeados, la espera temblorosa, las alas que se alzan para caer a plomo, la nueva, rabiosa ascensión, fascinado por tanta necesidad, altivez, paciencia, soledad.
No abandonaré todavía. He terminado mi sopa y he vuelto a mandar la mesita a su sitio, junto a la puerta. Acaba de iluminarse una de las dos ventanas de la casa de enfrente. Por las dos ventanas quiero decir la que puedo ver siempre, sin levantar la cabeza de la almohada. A decir verdad, no son dos ventanas enteras, sino una entera y parte de la otra. Esta última acaba de iluminarse. Durante un segundo he podido ver a la mujer que iba y venía. Después ha corrido las cortinas. Hasta mañana no habré de verla, quizá su sombra de tiempo en tiempo. No siempre corre las cortinas. El hombre no ha vuelto aún. He pedido cierto movimientos a mis piernas, a mis pies. Tan bien los conozco que he podido sentir el esfuerzo que hacían para obedecerme. He vivido con ellos ese pequeño espacio de tiempo en que cabe todo un drama, entre el mensaje recibido y la respuesta desolada. A los viejos perros les llega la hora en que, silbados por el dueño que se va con el bastón en la mano, al alba, no pueden ya precipitarse hacia él. Entonces permanecen en su nicho, o en la canasta, aunque no estén atados, y escuchan alejarse los pasos. También el hombre está triste, pero el aire y el sol lo consuelan pronto y hasta la noche no piensa en su viejo compañero. Las luces de su casa le desean la bienvenida y un débil ladrido le hace decir: “Ya es tiempo de que lo haga matar”. Lindo fragmento. Y en seguida saldrá todavía mejor. Voy a hurgar un poco en mis cosas. Después meteré la cabeza debajo de las mantas. Después saldrá mejor, para Sapo y para aquel que lo sigue, que sólo quiere seguirlo y dejarse guiar por él, y por caminos claros y sufridos.
La tranquilidad y los silencios de Sapo no estaban hechos para agradar. En medio de los tumultos, en la escuela y en su familia, continuaba inmóvil en su sitio, a menudo de pie, mirando de frente con sus ojos claros y fijos como los de una gaviota. Era de preguntarse en qué podía estar soñando así, durante largas horas. Su padre lo suponía turbado por el despertar del sexo. “A los dieciséis años yo era igual”, decía. “A los dieciséis años, ya te ganabas la vida”, decía su mujer. “Es verdad”, decía el señor Saposcat. Pero en aquellos ensueños los maestros de Sapo veían más bien un puro y simple embrutecimiento. Sapo dejaba caer la mandíbula y respiraba por la boca. No veo en qué puede ser incompatible esta expresión con los pensamientos eróticos. Pero, efectivamente, más que en las muchachas pensaba en sí mismo, en su propia vida, en su futuro. Hay en ello motivo suficiente para hacer caer la mandíbula de un muchacho clarividente y sensible y taparle temporariamente las narices. Pero voy a concederme un pequeño alto, para mayor seguridad.
Esos ojos de gaviota me sobresaltan. Me recuerdan un antiguo naufragio, no sé bien cuál. Es un detalle, evidentemente. Pero me he vuelto temeroso. Conozco esas frasecitas que parecen inofensivas y que, una vez emitidas, pueden infestar toda una lengua. Nada es más real que nada. Salen del abismo y no se dan paz hasta precipitarnos en él. Pero esta vez sabré defenderme de ellas.
Entonces lamentaba no haber aprendido el arte de pensar, comenzando por replegar el dedo mayor y el anular a fin de posar mejor el índice sobre el sujeto y el meñique sobre el verbo, como quería su profesor, y nada oír, o muy poco, de la algarabía de dudas, deseos, imaginaciones y temores que reventaban en su cabeza. Y provisto de un poco menos de fuerza y valor, él también habría abandonado, renunciando a saber de qué modo estaba hecho e iba a poder vivir, y viviendo vencido, ciegamente, en un mundo insensato, en medio de extraños.
De tales ensueños salía fatigado y pálido, lo que confirmaba a su padre en la impresión de que era presa de especulaciones lascivas. “Debe hacer más deporte’’, decía. “Eso hace bien, eso hace bien. Me habían dicho que sería un buen atleta, y ahora no forma parte de ningún equipo”. “Sus estudios le toman todo el tiempo”, decía la señora Saposcat. “Es siempre el último de la clase”, decía el señor Saposcat. “Le gusta caminar”, decía la señora Saposcat. “Las caminatas largas le hacen bien”. Entonces el señor Saposcat se permitía bromear, pensando en el bien que hacían a su hijo esas largas caminatas solitarias. Y a veces llevaba el aturdimiento hasta decir: “Habríamos hecho mejor en enseñarle un oficio”. Y en estos casos era usual, si no forzoso, que Sapo se alejara, mientras exclamaba su madre: “¡Oh, Adrián, lo has herido!”
Esto anda. Nadie se me parece menos que ese muchacho razonable y paciente, encarnizándose solo durante años en ver un poco claro en sí mismo. Es éste el aire leve y flaco que yo necesitaba, lejos de la sombra. Es éste el aire leve y flaco que yo necesitaba, lejos de la niebla alimenticia que acaba conmigo. Ya nunca volveré a entrar en esta osamenta sino para saber la hora. Quiero estar allí un poco antes de la zambullida, descender por última vez a la querida y vieja escotilla, despedirme de las bodegas donde he vivido, naufragar con mi refugio. Sentimental, bueno. Pero de aquí a entonces tengo tiempo de retozar en tierra firme, en esta buena compañía que siempre he deseado, que siempre he buscado y que nunca quiso saber nada conmigo. Sí, ahora estoy tranquilo, sé que la partida está ganada. He perdido todas las otras, pero sólo la última cuenta. Diría que he hecho un buen trabajo si no tuviera miedo de contradecirme. ¡Miedo de contradecirme! Si esto continúa, voy a perderme a mí mismo, y perderé los mil caminos que hacia mí conducen. Llegaré a parecerme a esos desgraciados de la fábula, aplastados bajo el peso de sus votos escuchados favorablemente. Y hasta siento que se apodera de mí un extraño deseo, el deseo de saber lo qué he hecho, y por qué, y el deseo de decirlo.
Así llego a la meta que me había propuesto en mi juventud y que me ha impedido vivir. Y en la víspera de no ser ya, llego a ser otro. Lo que no deja de tener gracia.
Las vacaciones. Por las mañanas tomaba lecciones particulares. “Va a arruinarnos”, decía la señora Saposcat. “Es una buena inversión”, respondía su marido. Después de almorzar se iba, con los libros bajo el brazo, so pretexto de que trabajaba mejor al aire libre. No, sin explicaciones. Al salir de la ciudad, escondía los libros bajo una piedra y corría por el campo. Era la estación en que los trabajos de los campesinos llegaban al paroxismo y cuya lenta y generosa claridad no basta para todo lo que tienen que hacer. Y a menudo aprovechan del claro de luna para hacer un último viaje entre dos campos, a menudo lejanos, o entre la granja y la parva, o para revisar las máquinas y prepararlas para el amanecer próximo. El amanecer próximo.
Me he dormido. Y me importa mucho no dormirme. No hay espacio para el sueño en mi empleo del tiempo. Me importa mucho... pero no tengo que dar explicaciones. El coma es bueno para los vivos. Todos me han agobiado siempre, aunque no es ésa la palabra justa. Yo los seguía con los ojos, gimiendo de tedio, después los mataba, o me ponía en su lugar, o huía. Siento en mí el calor de este viejo frenesí, pero sé que no habrá de consumirme ya. Detengo todo y espero. Sapo se inmoviliza en una pierna, con sus extraños ojos cerrados. La agitación que lo ilumina se fija en mil posturas absurdas. La nubecita que pasa ante el glorioso sol oscurecerá la tierra por tanto tiempo como se me dé la gana.
Vivir e inventar. Lo he intentado. He debido intentarlo. Inventar. No es la palabra justa. Tampoco vivir. No importa. Lo he intentado. Mientras que por mí iba y venía la gran fiera de lo serio, rabiando, rugiendo, lacerándome. Hice todo eso. Completamente solo, bien escondido, hice el fatuo, completamente solo, inmóvil, a menudo de pie, en una actitud de hechizado, gimiendo. Eso es, gimiendo. No he sabido jugar. Daba vueltas, golpeaba las manos, corría, gritaba, me veía perder, me veía ganar, exultante, sufriente. De pronto me lanzaba sobre los instrumentos del juego, si el juego los tenía, para destruirlos, o sobre un niño, para cambiar su felicidad en aullidos, o huía, corría rápidamente a esconderme. Me perseguían los mayores, los justos, me atrapaban, me golpeaban, me obligaban a entrar de nuevo en el círculo, en el partido, en la alegría. Es que ya por entonces era yo presa de lo serio. Esa ha sido mi gran enfermedad. Nací grave como otros nacen sifilíticos. Y ha sido gravemente como intenté no serlo más, como intenté vivir, inventar, yo me entiendo. Pero a cada nueva tentativa perdía la cabeza, me precipitaba en las tinieblas como en mi salvación, me prosternaba ante aquel que no puede vivir, ni soportar ese espectáculo en los demás. Vivir. Hablo de ello sin saber lo qué significa. Lo he intentado sin saber lo qué intentaba. Quizá he vivido a pesar de todo, sin saberlo. Me pregunto por qué hablo de todo esto. Ah, sí, es para no aburrirme. Vivir y hacer vivir. No vale la pena hacer cuestión de palabras. No son más vacías que lo que arrastran. Después del fracaso, el consuelo, el reposo, vuelta a comenzar, a querer vivir, a hacer vivir, a ser otro, en mí, en otro. Qué falso es todo esto. Nunca he encontrado nada parecido. Ahora parto con la mayor rapidez. Recomienzo. Pero, insensiblemente, en otra dirección. No la del triunfo, sino la del fracaso. Hay entre ellas un matiz. A esto quería llegar. Izándome, al principio, fuera de mi agujero, después, en una luz fustigadora, hacia inaccesibles alimentos, quería llegar a los éxtasis del vértigo, del abandono, de la caída, del hundimiento, de la vuelta a lo negro, a la nada, a lo serio, a la casa, a quien me esperaba siempre, a quien tenía necesidad de mí y que yo necesitaba, a quien me tomaba en sus brazos y me decía que no partiera más, que me cedía su lugar y que velaba por mí, que sufría cada vez que yo lo abandonaba, a quien mucho hice sufrir y poco he contentado, a quien nunca he visto. De nuevo comienzo a exaltarme. No es de mí de quien hablo sino de otro que vale menos que yo y que trato de envidiar, de quien estoy en trance de contar las aventuras más chatas, no sé cómo. Pero tampoco he sabido nunca contar las mías, así como vivir o contar las ajenas. ¿Y cómo habría de saberlo puesto que nunca lo he intentado? Mostrarme ahora, en vísperas de desaparecer, yo y el otro al mismo tiempo, gracias a la misma gracia, no dejaría de ser chistoso. Después vivir, el tiempo de sentir, detrás de mis ojos cerrados, cerrarse otros ojos. Qué fin.
El mercado. La imperfección de las relaciones entre los labrantíos y la ciudad no había escapado al excelente muchacho. .Sobre ese tema hizo las siguientes consideraciones, unas cerca, quizá, de la verdad, otra lejos, sin duda.
En su comarca, en el plan alimenticio, los... No, no puedo.

Los campesinos. Sus visitas a los campesinos. No puedo. Reunidos en el patio, lo veían alejarse a pasos inciertos, babosos, como si sus pies sintieran mal el suelo. A menudo se detenía. Después de un alto de duración vacilante, volvía a partir en las direcciones más inesperadas. Había en su andar algo flotante, inerte, la tierra parecía zarandearlo. Y cuando tomaba de nuevo impulso, después de un alto, hacía pensar en un gran pulmón que el viento arranca del lugar donde está posado.

Traducción de JOSÉ BIANCO
RevistaSur nº 255, noviembre y diciembre de 1958


L’homme s’appelle Saposcat. Comme son père. Petit nom ? Je ne sais pas. Il n’en aura pas besoin. Ses familiers l’appellent Sapo. Lesquels ? Je ne sais pas. Quelques mots sur sa jeunesse. Il le faut.
  C’était un garçon précoce. Il était peu doué pour les études et ne voyait pas l’utilité de celles qu’on lui faisait faire. Il assistait aux cours l’esprit ailleurs, ou vide.
  Il assistait aux cours l’esprit ailleurs. Mais il aimait le calcul. Mais il n’aimait pas la façon dont on l’enseignait. C’était le maniement des nombres concrets qui lui plaisait. Tout calcul lui semblait oiseux où la nature de l’unité ne fût pas précisée. Il s’adonnait, en public et dans le privé, au calcul mental. Et les chiffres qui alors manœuvraient dans sa tête la peuplaient de couleurs et de formes.

  Quel ennui.

  Il était l’aîné. Ses parents étaient pauvres et maladifs. Il les entendait souvent parler de ce qu’il faudrait faire pour mieux se porter et pour avoir plus d’argent. Il était frappé chaque fois par le vague de ces propos et ne s’étonnait pas qu’ils n’eussent jamais de suite. Son père était vendeur dans un magasin. Il disait à sa femme, Il va falloir que je trouve à travailler le soir et le samedi après-midi. Il ajoutait, d’une voix mourante, Et le dimanche. Sa femme répondait, Mais si tu travailles davantage tu tomberas malade. Et M. Saposcat de convenir qu’en effet il aurait tort de ne pas se reposer le dimanche. Voilà au moins des gens faits. Mais il n’était pas souffrant au point de ne pouvoir travailler les soirs de la semaine et le samedi après-midi. Travailler à quoi ? disait sa femme. À des écritures peut-être, répondait-il. Et qui s’occupera du jardin ? disait sa femme. La vie des Saposcat était pleine d’axiomes, dont un établissait la criminelle absurdité d’un jardin sans roses, aux pelouses et aux allées mal soignées.
Si je faisais des légumes, disait-il. Ils coûtent moins cher à acheter, disait-elle. Sapo écoutait ces conversations avec émerveillement. Pense au prix du fumier, disait sa mère. Dans le silence qui s’ensuivait M. Saposcat réfléchissait, avec cette application qu’il apportait à tout ce qu’il faisait, à la cherté du fumier qui l’empêchait de faire aux siens une vie un peu plus large, en attendant que sa femme s’accusât, à son tour, de ne pas donner le maximum de ce dont elle était capable. Mais elle se laissait convaincre facilement qu’elle ne saurait faire davantage sans mettre ses jours en danger. Pense aux frais de médecin que nous économisons, disait M. Saposcat. Et de pharmacie, disait sa femme. Il ne leur restait plus qu’à envisager une maison plus modeste. Mais nous sommes déjà à l’étroit, disait Mme Saposcat. Et il était sous-entendu qu’ils le seraient chaque année davantage, jusqu’au jour où, le départ des aînés compensant l’arrivée des nouveau-nés, il s’établirait une sorte d’équilibre.
  Ensuite la maison se viderait peu à peu. Et finalement ils seraient seuls, avec leurs souvenirs. Il serait alors temps de déménager. Lui serait à la retraite, elle à bout de forces. Ils prendraient un cottage à la campagne où, n’ayant plus besoin de fumier, ils pourraient s’en payer des tombereaux. Leurs enfants, sensibles aux sacrifices consentis pour eux, leur viendraient en aide. C’est ainsi en plein rêve que s’achevaient ces conciliabules le plus souvent. On aurait dit que les Saposcat puisaient la force de vivre dans la perspective de leur impotence. Mais quelquefois, avant d’en arriver là, ils se penchaient sur le cas de leur fils aîné. Quel âge a-t-il ? demandait M. Saposcat. Sa femme fournissait le renseignement, il était convenu que cela était de son ressort. Elle se trompait toujours. Le faux chiffre, M. Saposcat le reprenait à son compte, le répétait plusieurs fois, à voix basse et avec ébahissement, comme s’il eût été question de la hausse d’une denrée de première nécessité, telle la viande de boucherie. Et en même temps il cherchait dans l’aspect de son fils des adoucissements à ce qu’il venait d’apprendre. S’agissait-il au moins d’un beau morceau ? Sapo regardait le visage de son père, triste, étonné, affectueux, déçu, confiant quand même. Songeait-il à la fuite impitoyable des années ou au temps que mettait son fils à devenir un homme salarié ? Quelquefois il exprimait avec lassitude son regret de ne pas voir son fils plus empressé à se rendre utile. Il vaut mieux qu’il prépare ses examens, disait sa femme. À partir d’un motif donné leurs cerveaux peinaient à l’unisson. Ils n’avaient donc pas de conversation proprement dite. Ils usaient de la parole un peu comme le chef de train de ses drapeaux, ou de sa lanterne. Ou bien ils se disaient, Descendons ici. Leur fils une fois signalé, ils se demandaient avec tristesse si ce n’était pas le propre des esprits supérieurs d’échouer à l’écrit et de se couvrir de ridicule à l’oral. Ils ne se contentaient pas toujours de contempler en silence le même paysage. Sa santé au moins est bonne, disait M. Saposcat. Pas tant que ça, disait sa femme. Mais rien de déclaré, disait-il. À son âge ce serait le comble, disait-elle. Ils ne savaient pas pourquoi il était voué à une profession libérale. C’était là encore une chose qui allait de soi. Il était par conséquent inconcevable qu’il y fût inapte. Ils le voyaient médecin de préférence. Il nous soignera quand nous serons vieux, disait Mme Saposcat. Et son mari répondait, Je le vois plutôt chirurgien, comme si à partir d’un certain âge les gens étaient inopérables.

  Quel ennui. Et j’appelle ça jouer. Je me demande si ce n’est pas encore de moi qu’il s’agit, malgré mes précautions. Vais-je être incapable, jusqu’à la fin, de mentir sur autre chose ? Je sens s’amonceler ce noir, s’aménager cette solitude, auxquels je me reconnais, et m’appeler cette ignorance qui pourrait être belle et n’est que lâcheté. Je ne sais plus très bien ce que j’ai dit. Ce n’est pas ainsi qu’on joue. Je ne saurai bientôt plus d’où il sort, mon petit Sapo, ni ce qu’il espère. Je ferais peut-être mieux de laisser cette histoire et de passer à la deuxième, ou même à la troisième, celle de la pierre. Non, ce serait la même chose. Je n’ai qu’à faire plus attention. Je vais bien réfléchir à ce que j’ai dit avant d’aller plus loin. À chaque menace de ruine je m’arrêterai pour m’inspecter tel quel. C’est justement ce que je voulais éviter. Mais c’est sans doute le seul moyen. Après ce bain de boue je saurais mieux admettre un monde où je ne fasse pas tache. Quelle façon de raisonner. J’ouvrirai les yeux, je me regarderai trembler, j’avalerai ma soupe, je regarderai le petit tas de mes possessions, je donnerai à mon corps les vieux ordres que je le sais incapable d’exécuter, je consulterai ma conscience périmée, je gâcherai mon agonie pour mieux la vivre, loin déjà du monde qui se dilate enfin et me laisse passer.
  J’ai essayé de réfléchir au début de mon histoire. Il y a des choses que je ne comprends pas. Mais c’est insignifiant. Je n’ai qu’à continuer.
Sapo n’avait pas d’amis. Non, ça ne va pas.

  Sapo était bien avec ses petits camarades, sans en être exactement aimé. Il est rare que le cancre soit un solitaire. Il boxait et il luttait bien, était léger à la course, disait avec humour du mal des professeurs et même à l’occasion leur répondait avec insolence. Léger à la course ? Ça alors. Harcelé de questions il s’écria un jour, Mais puisque je vous dis que je ne sais pas ! Il passait la plus grande partie de son temps à l’école à cause de ses pensums et retenues, ne rentrant souvent à la maison que vers huit heures du soir. Il se soumettait avec philosophie à ces vexations. Mais il ne se laissait pas frapper. La première fois qu’un maître, à bout de douceur et de raisons, avança sur Sapo la férule à la main, il la lui arracha des mains et la jeta à travers la fenêtre, qui était fermée, à cause de l’hiver. Il y avait là matière à renvoi. Mais Sapo ne fut pas renvoyé ni alors ni plus tard. Je vais chercher à tête reposée les raisons pour lesquelles Sapo ne fut pas renvoyé, alors qu’il méritait amplement de l’être. Car je veux le moins possible d’ombre, dans son histoire. Une petite ombre, en elle-même, sur le moment, ce n’est rien. On n’y pense plus, on continue, dans la clarté. Mais je connais l’ombre, elle s’accumule, se fait plus dense, puis soudain éclate et noie tout.

  Je n’ai pas pu savoir pourquoi il ne fut pas renvoyé. Je vais être obligé de laisser cette question en suspens. J’essaie de ne pas m’en réjouir. Vite je l’éloignerai, mon Sapo, de cette indulgence incompréhensible, je le ferai vivre comme s’il avait été puni selon ses mérites. Nous tournerons le dos à ce petit nuage, mais nous l’aurons à l’œil. Il ne couvrira pas le ciel à notre insu, nous ne lèverons pas soudain les yeux, en rase campagne, loin de tout abri, vers un ciel d’encre. Voilà ce que j’ai décidé. Je ne vois pas d’autre solution. J’essaie de faire pour le mieux.
À quatorze ans c’était un garçon bien en chair, au teint rose. Il avait les attaches épaisses, ce qui faisait dire à sa mère qu’il serait un jour encore plus grand que son père. Curieuse déduction. Mais ce qu’il avait de plus frappant, c’était sa grosse tête ronde aux cheveux blonds, durs et hérissés comme les poils d’une brosse. Même ses maîtres ne pouvaient s’empêcher de lui trouver une tête intelligente et il leur en était d’autant plus pénible de ne pouvoir rien y insérer. Il nous étonnera tous un jour, disait son père, quand il était de bonne humeur. C’était au crâne de Sapo qu’il devait d’avoir pu former cette opinion et de pouvoir s’y maintenir, contre vents et marées. Mais il supportait mal le regard de son fils et évitait de le rencontrer. Il a tes yeux, disait sa femme. Alors il tardait à M. Saposcat d’être seul, pour pouvoir inspecter ses yeux dans la glace. Ils étaient bleus à peine. En plus clair, disait Mme Saposcat.

  Sapo aimait la nature, s’intéressait.

  Quelle misère.

  Sapo aimait la nature, s’intéressait aux animaux et aux plantes et levait volontiers les yeux au ciel, de jour et de nuit. Mais il ne savait pas regarder ces choses, les regards qu’il leur prodiguait ne lui apprenaient rien sur elles. Il confondait les oiseaux entre eux, et les arbres, et n’arrivait pas à distinguer les une des autres les céréales. Il n’associait pas les safrans avec le printemps ni les chrysanthèmes avec l’arrière-saison. Le soleil, la lune, les planètes et les étoiles, ne lui posaient pas de problème. Ces choses étranges et parfois belles, qu’il aurait toute sa vie autour de lui et dont la connaissance le tentait par moments, il acceptait avec une sorte de joie de ne rien y comprendre, comme tout ce qui venait enfler le murmure, Tu es un simple. Mais il aimait le vol de l’épervier et savait le reconnaître entre tous. Immobile il suivait des yeux les longs vols planés, l’attente tremblante, les ailes se relevant pour la chute à plomb, la remontée rageuse, fasciné par tant de besoin, de fierté, de patience, de solitude.
  Je n’abandonnerai pas encore. J’ai fini ma soupe et renvoyé la petite table à sa place près de la porte.
  L’une des deux fenêtres de la maison d’en face vient de s’éclairer. Par les deux fenêtres j’entends celles que je peux voir toujours, sans lever ma tête de l’oreiller. À vrai dire ce ne sont pas deux fenêtres entières, mais une entière et seulement une partie de l’autre. C’est cette dernière qui vient de s’éclairer. Pendant un moment j’ai pu voir la femme qui allait et venait. Puis elle a tiré les rideaux. Jusqu’à demain je ne la verrai plus, son ombre peut-être de temps en temps. Elle ne tire pas toujours les rideaux. L’homme n’est pas encore rentré. J’ai demandé certains mouvements à mes jambes, à mes pieds. Je les connais si bien que j’ai pu sentir l’effort qu’ils faisaient pour m’obéir. J’ai vécu avec eux ce petit espace de temps où tout un drame tient, entre le message reçu et la réponse désolée. Aux vieux chiens l’heure vient où, sifflés par le maître s’en allant à l’aube son bâton à la main, ils ne peuvent plus s’élancer. Alors ils restent dans la niche, ou dans le panier, quoiqu’ils ne soient pas attachés, et écoutent les pas s’éloigner. L’homme aussi est triste. Mais le grand air et le soleil ont vite fait de le consoler, il ne pense plus à son vieux compagnon, jusqu’au soir. Les lumières de sa maison lui souhaitent la bienvenue et un faible aboiement lui fait dire, Il est temps que je le fasse piquer. Voilà un joli morceau. Ça ira encore mieux tout à l’heure. Je vais fouiller un peu dans mes affaires. Puis je mettrai la tête sous les couvertures. Ensuite ça ira mieux, pour Sapo et pour celui qui le suit, qui veut seulement le suivre et se laisser guider par lui, par des chemins clairs et endurables.
  Le calme et les silences de Sapo n’étaient pas faits pour plaire. Au milieu des tumultes, à l’école et dans sa famille, il restait immobile à sa place, souvent debout, et regardait droit devant lui de ses yeux clairs et fixes comme ceux d’une mouette. On se demandait à quoi il pouvait rêver ainsi, pendant de longues heures. Son père supposait qu’il était troublé par l’éveil du sexe. À seize ans j’étais pareil, disait-il. À seize ans tu gagnais déjà ta vie, disait sa femme. C’est vrai, disait M. Saposcat. Ses maîtres, eux, y voyaient plutôt de l’abrutissement pur et simple. Sapo laissait tomber sa mâchoire et respirait par la bouche. On ne voit pas très bien en quoi cette expression est incompatible avec les pensées érotiques. Mais effectivement il rêvait moins aux filles qu’à lui, à sa vie à lui, à sa vie à venir. Il y a là largement de quoi faire tomber la mâchoire, à un garçon clairvoyant et sensible, et lui boucher temporairement le nez. Mais je vais m’octroyer une petite halte, pour plus de sécurité.
  Ces yeux de mouette me font tiquer. Ils me rappellent un vieux naufrage, je ne me rappelle plus lequel. C’est un détail évidemment. Mais je suis devenu craintif. Je connais ces petites phrases qui n’ont l’air de rien et qui, une fois admises, peuvent vous empester toute une langue. Rien n’est plus réel que rien. Elles sortent de l’abîme et n’ont de cesse qu’elles n’y entraînent. Mais cette fois je saurai m’en défendre.
  Alors il regrettait de ne pas avoir voulu apprendre l’art de penser, en commençant par replier les deuxième et troisième doigts afin de mieux poser l’index sur le sujet et sur le verbe l’auriculaire, comme le voulait son professeur de latin, et de ne rien entendre, ou si peu, au charabia de doutes, désirs, imaginations et craintes qui déferlaient dans sa tête. Et pourvu d’un peu moins de force et de courage lui aussi aurait abandonné, renonçant à savoir de quelle façon il était fait et allait pouvoir vivre, et vivant vaincu, aveuglément, dans un monde insensé, parmi des étrangers.
  De ces rêveries il sortait fatigué et pâli, ce qui confirmait son père dans l’impression qu’il était la proie de spéculations lascives. Il devrait faire plus de sport, disait-il. Ça avance, ça avance. On m’avait dit qu’il serait bon athlète, disait M. Saposcat, et maintenant il ne fait plus partie d’aucune équipe. Ses études lui prennent tout son temps, disait Mme Saposcat. Et il est toujours dernier, disait M. Saposcat. Il aime la marche, disait Mme Saposcat, les longues marches lui font du bien. M. Saposcat ricanait alors, en pensant au bien que faisaient à son fils les longues marches solitaires. Et il poussait quelquefois l’étourderie jusqu’à dire, On aurait sans doute mieux fait de lui donner un métier manuel. Sur quoi il était d’usage, sinon de rigueur, que Sapo s’éloignât, pendant que sa mère s’écriait, Oh Adrien, tu lui as fait de la peine !
  Ça avance. Rien ne me ressemble moins que ce gamin raisonnable et patient, s’acharnant tout seul pendant des années à voir un peu clair en lui, avide de la moindre lueur, fermé à l’attrait de l’ombre. Voilà bien l’air léger et maigre qu’il me fallait, loin du brouillard nourricier qui m’achève. Je ne rentrerai plus dans cette carcasse qu’afin d’en savoir l’heure. Je veux être là un peu avant le plongeon, rabattre sur moi une dernière fois la chère vieille écoutille, dire adieu aux soutes où j’ai vécu, sombrer avec mon refuge. Sentimental, va. Mais d’ici là j’ai le temps de folâtrer, à terre, dans cette brave compagnie que j’ai toujours désirée, toujours recherchée, et qui n’a jamais voulu de moi. Oui, je suis tranquille maintenant, je sais que la partie est gagnée, j’ai perdu toutes les autres, mais c’est la dernière qui compte. Je dirais que c’est du bon travail si je n’avais pas peur de me contredire. Peur de me contredire ! Si ça continue c’est moi que je vais perdre et les mille chemins qui y mènent. Et je ressemblerai à ces infortunés de fable, écrasés sous le poids de leur vœu exaucé. Et je sens même une étrange envie me gagner, celle de savoir ce que je fais, et pourquoi, et de le dire. Ainsi je touche au but que je m’étais proposé dans mon jeune âge et qui m’a empêché de vivre. Et à la veille de ne plus être j’arrive à être un autre. Ce qui ne manque pas de sel.
  Les grandes vacances. Le matin il prenait des leçons particulières. Tu vas nous ruiner, disait Mme Saposcat. C’est un bon placement, répondait son mari. L’après-midi il s’en allait, ses livres sous le bras, sous prétexte qu’il travaillait mieux en plein air, non, sans explication. Sorti de la ville il cachait ses livres sous une pierre et courait la campagne. C’était la saison où les travaux des paysans atteignent leur paroxysme et dont la lente et généreuse clarté ne suffit pas à tout ce qu’il y a à faire. Et souvent on profitait du clair de lune pour faire un dernier voyage entre les champs, souvent lointains, et la grange ou l’aire, ou pour réviser les machines et les apprêter pour l’aube proche. L’aube proche.
  Je me suis endormi. Or je ne tiens pas à dormir. Il n’y a plus de place pour le sommeil dans mon emploi du temps. Je ne tiens pas – mais je n’ai pas d’explications à donner. Le coma est bon pour les vivants. Tous m’ont toujours accablé, ce n’est pas le mot, je les suivais des yeux en geignant d’ennui, puis je les tuais, ou me mettais à leur place, ou m’enfuyais. Je sens en moi la chaleur de cette vieille frénésie, mais je sais qu’elle ne m’embrasera plus. J’arrête tout et j’attends. Sapo s’immobilise sur une jambe, ses étranges yeux fermés. L’agitation qui l’éclaire se fige en mille postures absurdes. Le petit nuage qui passe devant leur glorieux soleil obscurcira la terre aussi longtemps qu’il me plaira.
  Vivre et inventer. J’ai essayé. J’ai dû essayer. Inventer. Ce n’est pas le mot. Vivre non plus. Ça ne fait rien. J’ai essayé. Pendant qu’en moi allait et venait le grand fauve du sérieux, rageant, rugissant, me lacérant. J’ai fait ça. Tout seul aussi, bien caché, j’ai fait le fat, tout seul, pendant des heures, immobile, souvent debout, dans une attitude d’ensorcelé, en gémissant. C’est ça, gémis. Je n’ai pas su jouer. Je tournais, battais des mains, courais, criais, me voyais perdre, me voyais gagner, exultant, souffrant. Puis soudain je me jetais sur les instruments du jeu, s’il y en avait, pour les détruire, ou sur un enfant, pour changer son bonheur en hurlement, ou je fuyais, je courais vite me cacher. Ils me poursuivaient les grands, les justes, me rattrapaient, me battaient, me faisaient rentrer dans la ronde, dans la partie, dans la joie. C’est que j’étais déjà en proie au sérieux. Ça a été ma grande maladie. Je suis né grave comme d’autres syphilitiques. Et c’est gravement que j’ai essayé de ne plus l’être, de vivre, d’inventer, je me comprends. Mais à chaque nouvelle tentative je perdais la tête, me précipitais comme vers le salut dans mes ténèbres, me jetais aux genoux de celui qui ne peut ni vivre ni supporter ce spectacle chez les autres. Vivre. J’en parle sans savoir ce que ça veut dire. Je m’y suis essayé sans savoir à quoi je m’essayais. J’ai peut-être vécu après tout, sans le savoir. Je me demande pourquoi je parle de tout ça. Ah oui, c’est pour me désennuyer. Vivre et faire vivre. Plus la peine de faire le procès aux mots. Ils ne sont pas plus creux que ce qu’ils charrient. Après l’échec, la consolation, le repos, je recommençais, à vouloir vivre, faire vivre, être autrui, en moi, en autrui. Que tout ça est faux. Je n’ai jamais rencontré de semblable. Je pare maintenant au plus pressé. Je recommençais. Mais peu à peu dans une autre intention. Non plus celle de réussir, mais celle d’échouer. Il y a une nuance. Ce à quoi je voulais arriver, en me hissant hors de mon trou d’abord, puis dans la lumière cinglante vers d’inaccessibles nourritures, c’était aux extases du vertige, du lâchage, de la chute, de l’engouffrement, du retour au noir, au rien, au sérieux, à la maison, à celui qui m’attendait toujours, qui avait besoin de moi et dont moi j’avais besoin, qui me prenait dans ses bras et me disait de ne plus partir, qui me cédait la place et veillait sur moi, qui souffrait chaque fois que je le quittais, que j’ai beaucoup fait souffrir et peu contenté, que je n’ai jamais vu. Voilà que je commence à m’exalter. Ce n’est pas de moi qu’il s’agit, mais d’un autre, qui ne me vaut pas et que j’essaie d’envier, dont je suis enfin à même de raconter les plates aventures, je ne sais comment. Moi non plus je n’ai jamais su me raconter, pas plus que vivre ou raconter les autres. Comment l’aurais-je fait, n’ayant jamais essayé ? Me montrer maintenant, à la veille de disparaître, en même temps que l’étranger, grâce à la même grâce, voilà qui ne serait pas dépourvu de piquant. Puis vivre, le temps de sentir, derrière mes yeux fermés, se fermer d’autres yeux. Quelle fin.
  Le marché. L’imperfection des rapports entre les campagnes et la ville n’avait pas échappé à l’excellent garçon. Il avait réuni, à ce sujet, les considérations suivantes, les unes près peut-être, les autres sans doute loin, de la vérité.
  Dans son pays, sur le plan alimentaire, les – non, je ne peux pas.

Les paysans. Ses visites chez les paysans. Je ne peux pas. Assemblés dans la cour ils le regardaient s’éloigner d’un pas incertain, baveux, comme si ses pieds sentaient mal le sol. Souvent il s’arrêtait, pour repartir, après un temps de station chancelante, dans les directions les plus inattendues. Il y avait dans sa démarche quelque chose de flottant, d’inerte, la terre semblait le ballotter. Et quand il se remettait en branle, après une halte, il faisait penser à un gros duvet que le souffle arrache de l’endroit où il s’était posé.