sábado, 25 de julio de 2020

Léon Bloy: Barbey d'Aurevilly o El cítiso de los unicornios


EL CÍTISO DE LOS UNICORNIOS
EN LITERATURA
BARBEY D’AUREVILLY Y SUS MEMORANDA

I

“Para el que ama la belleza en las obras del espíritu — escribió cierta vez el autor de Las Diabólicas —, para el que no la teme, como aquel desdichado Pascal que creía que era una tentación de voluptuosidad, es sobre todo el yo lo que se amará en un gran escritor. Es su yo el que será siempre el interés más apasionado de sus obras. Al decir que el yo era odioso, Pascal sólo dijo una frase de jansenista envidioso y feroz — frase que él destruía, por lo demás, casi al mismo tiempo que la decía, ya que lo que deseaba era, según añadía, encontrar al hombre en el autor. Ahora bien, si buscaba al hombre en el autor, buscaba en él el yo, ya que el autor nunca es más que algo superpuesto al hombre, y Pascal, por muy Pascal que fuera, atascaba su cuello de Hércules en una contradicción y se estrangulaba”.
Los Pascales de la información literaria, que no son ni Hércules ni feroces jansenistas y que generalmente no le tienen ningún miedo a ninguna tentación, de buena gana dejan que les digan que el yo no es tan odioso como lo pretendía su antepasado, el gran denunciante de la perversidad jesuítica. Sólo apartan de su benevolencia el yo de los demás, y así es como se refrena sabiamente la cofradía del periodismo. Barbey d’Aurevilly, que sólo tiene en mente a los grandes escritores en la cita anterior, sabe mejor que nadie qué manía de invasión amenaza constantemente a cualquier hombre de una individualidad literaria lo bastante excitante como para mantener despierta la curiosidad del público durante mucho tiempo. Personalmente, ha tenido que soportarlo todo de la insaciable sed de artículos de los subastadores de la fama. Por el solo hecho de que era un hombre diferente de los demás, cualquier pluma idiota se dedicó a atacar su persona física, su ropa, costumbres, etc. — ¡Dios sabe con qué innoble maldad! Pero en cuanto a su yo de escritor, no percibo que se lo haya servido mucho en el gran comedero del periodismo.
Esto redunda en una pregunta bastante considerable que podría, creo, formularse de la siguiente manera. ¿Es bueno o malo que cualquier hombre superior sea necesariamente, hoy en día, ciudadano de esta fatídica Jericó cuyos muros se desmoronan al sonido de las trompetas de la fama? En términos menos sagrados, ¿debe deplorarse esa especie de ley no escrita, pero por lo mismo tanto más imperiosa, que dictamina que todo escritor de algún brillo debe ser expropiado de su vida privada? Esa ley es de este siglo, y es el periodismo quien la hizo.
Sería infantil responder que una servidumbre tan mortificante no tiene derecho a existir. Existe, desgraciadamente, ¡y cómo!, por la fuerza del derecho superior de esa celosa Providencia que no admite que seamos Dioses y que entrega a la voracidad del imbécil Minotauro a los que ha privilegiado y se alimentan de ordinario con el “cítiso de los unicornios”.
Antiguamente existía la Gloria, que vivía sin ruido ni magnificencia, y aunque era la gran soberana, nunca revestía otra púrpura que no fuera la de su propia sangre, cuando la derramaba para volverse inmortal. Ahora que la inmortal ha fallecido, la infame mujerzuela que la destronó, la Opinión Pública, se refocila en los esplendores, ya que su concubino favorito es el más incontinente de los ricos ciegos, y se llama Éxito.
En una sociedad igualitaria, toda superioridad es, por lo tanto, un crimen, y el mayor de los crímenes, ya que cae sobre todas las cabezas a la vez y atenta contra la sórdida majestad del Número. ¡De modo que la noble gloria ya no es posible en esta rebelde ergástula!
Pues bien, ¡así sea! Barbey d'Aurevilly le da las buenas noches a la gloria y se burla del éxito, y de este modo resuelve la cuestión en lo que a él atañe. Si su entera vida de artista desinteresado de todo, excepto de la belleza, no es suficiente y tiene que bajar de su torre para cruzar la recalcitrante manada de turiferarios en la llanura, no hay nada que agregar y él decide alegremente que no bajará. “Escribo para treinta y seis amigos desconocidos”, decía a menudo. Paul Bourget, un joven poeta de espíritu más encantador que profundo, lo expresa muy bien en el prefacio que tuvo el honor de escribir para encabezar los Memoranda.
“Cuando este hombre le cuenta a usted el detalle de las pasiones excesivas de Ryno de Marigny (Una vieja amante), o evoca ante sus ojos la cara cicatrizada del gigantesco abate de La Croix-Jugan (La hechizada), puede creer que no se propone asombrarlo con lo inesperado de su fantasía. Usted, el lector futuro de la novela, está totalmente ausente de su pensamiento, a esa hora de la noche en que, con las ventanas cerradas y las velas encendidas, este alquimista elabora su propia gran obra, que a usted le interesará o no —a él poco le importa. Es muy probable que durante el día haya discutido algún asunto, lo que irritó su nobleza innata; que haya leído artículos que lo hartaron, oído palabras que le repugnaron, adivinado sentimientos que lo indignaron. Esas bajas miserias de la experiencia cotidiana se desvanecen y, en cuanto la imaginación pronuncia su Ábrete Sésamo, la caverna mágica revela sus encantamientos”.
Después, si el Sr. de Montépin o el Sr. Richebourg son los Alejandros de una publicidad popular en la que este altivo  artista no posee los seis pies cuadrados de una más que modesta sepultura; si una apariencia de éxito le llega después de un cuarto de siglo de oscuridad y obras maestras y si, finalmente, una fama analfabeta y famélica se pone a pregonar a todos los pueblos el nombre de su sastre o la dirección de su sombrerero, ¿qué le importa? Las pompas prostituidas de una apoteosis tan tonta y tardía son como el barro en los ojos de este hombre magnánimo que ciertamente daría todo el clamor con que se lo cree honrar hoy en día por la más imperceptible palpitación de auténtico entusiasmo de un corazón franco y directo.
(continuará)
LÉON BLOY
Palabras de un empresario de demoliciones
Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

LE CYTISE DES LICORNES
EN LITTÉRATURE
M. BARBEY D'AUREVILLY ET SES MEMORANDA

I

« Pour qui s'éprend de la beauté dans les œuvres de l'esprit, — écrivait un jour l'auteur des Diaboliques, — pour qui ne la craint pas, comme ce malheureux Pascal qui la prenait pour une tentation de volupté, c'est surtout le moi qu'on aimera dans un grand écrivain. C'est son moi qui sera toujours l'intérêt le plus passionné de ses œuvres. En disant que le moi était haïssable, Pascal ne disait qu'un mot de janséniste envieux et farouche, — qu'il détruisait, du reste, presque en même temps qu'il le disait, car ce qu'il voulait, c'était, dans l'auteur, de trouver l'homme, ajoutait-il. Or, s'il cherchait l'homme dans l'auteur, il y cherchait le moi, l'auteur n'étant jamais qu’une superposition à l'homme et Pascal, tout Pascal qu'il fût, prenait son cou d'Hercule dans une contradiction et s'étranglait. »
Les Pascals de l'information littéraire qui ne sont ni des Hercules ni des jansénistes farouches et qui n'ont généralement aucune crainte d'aucune tentation, se laissent dire volontiers que le moi n'est pas aussi haïssable que le prétendait leur ancêtre, le grand dénonciateur de la scélératesse jésuitique. Ils n'écartent de leur bienveillance que le moi des autres et c'est ainsi que se trouve sagement refrénée la chevalerie du reportage. M. Barbey d'Aurevilly qui n'a en vue que les grands écrivains dans la précédente citation, sait mieux que personne de quelle manie d'invasion est sans cesse menacé tout homme d'une individualité littéraire assez excitante pour tenir en appétit, depuis longtemps, la curiosité du public. Personnellement, il lui a fallu tout endurer de l'inextinguible soif de copie des commissaires priseurs de la célébrité. Par cela seul qu'il s'agissait d'un homme non semblable aux autres, toute sotte plume s'est exercée sur sa personne physique, sur ses vêtements, ses habitudes, etc. — Dieu sait avec quelle ignoble malveillance ! Mais son moi d écrivain, je ne remarque pas qu'il ait été beaucoup servi dans la grande mangeoire du journalisme.
Cela fait une assez grosse question qui pourrait, je crois, se poser ainsi. Est-ce un bien ou un mal que n'importe quel homme supérieur soit nécessairement aujourd'hui citoyen de cette funeste Jéricho dont les murailles croulent au bruit des trompettes de la célébrité ? En termes moins sacrés, faut-il déplorer cette espèce de loi non écrite, mais d'autant plus impérieuse, qui veut que tout écrivain de quelque éclat soit exproprié de sa vie privée ? Cette loi est de ce siècle et c'est le journalisme qui l'a faite.
Il serait puéril de répondre qu'une aussi mortifiante servitude n'a pas le droit d'exister. Elle n'existe que trop, hélas ! en force du droit supérieur de cette jalouse Providence qui n'entend pas que nous soyons des Dieux et qui donne en pâture à l'imbécile Minotaure ceux qu'elle a privilégiés et qui font leur nourriture ordinaire du « cytise des licornes. »
Autrefois, il y avait la Gloire qui vivait sans bruit comme sans magnificence et, quoiqu'elle fût la grande souveraine, elle ne revêtait jamais d autre pourpre que celle de son propre sang quand elle le répandait pour devenir immortelle. Aujourd'hui que l'immortelle est décédée, l'infâme drôlesse qui l'a détrônée, l'Opinion publique, nage dans les splendeurs, car son concubin préféré est le plus incontinent des aveugles riches et il s'appelle le Succès.
Dans une société égalitaire toute supériorité est donc un crime et le plus grand des crimes, puisqu'il tombe sur toutes les têtes à la fois et qu'il lèse la sordide majesté du Nombre. Aussi la noble gloire n'est-elle plus possible dans cet ergastule révolté !
Eh bien soit ! M. Barbey d'Aurevilly dit bonsoir à la gloire et nargue le succès et c'est comme cela qu'il résout la question pour son propre compte. Si sa vie entière d'artiste désintéressé de tout, excepté du beau, ne suffit pas et qu'il lui faille descendre de sa tour pour crosser dans la plaine le troupeau récalcitrant des thuriféraires, tout est dit et il décide gaiement qu'il n'en descendra pas. « J'écris pour trente-six amis inconnus, » a-t-il dit souvent. M. Paul Bourget, un jeune poète d'un esprit plus gracieux que profond, l'exprime fort bien dans la préface qu'il a eu l'honneur d'écrire en tête des Memoranda.
« Quand cet homme vous raconte le détail des excessives passions de Ryno de Marigny (Une Vieille Maîtresse), ou qu'il évoque devant vos yeux la face cicatrisée du gigantesque abbé de la Croix Jugan (L'Ensorcelée), croyez qu'il ne se propose pas de vous étonner par l'inattendu de sa fantaisie. Vous êtes parfaitement absent de sa pensée, vous, le lecteur futur du roman, à l'heure de nuit où, fenêtres closes, bougies allumées, cet alchimiste élabore son grand œuvre à lui, qui vous intéressera ou non, — peu lui soucie. Vraisemblablement, il a débattu quelque affaire dans sa journée, où sa noblesse native s'est irritée ; il a lu des articles qui l'ont excédé, entendu des paroles qui l'ont dégoûté, deviné des sentiments qui l'ont indigné. Ces basses misères de la quotidienne expérience s'évanouissent, et le Sésame, ouvre-toi, de l'imagination à peine prononcé, voici que la caverne magique dévoile ses enchantements. »
Après cela, que M. de Montépin ou M. Richebourg soient les Alexandres d'une publicité populaire où cet artiste fier ne possède pas les six pieds carrés d'une sépulture plus que modeste ; qu'un semblant de succès lui vienne après un quart de siècle d'obscurité et de chefs-d’œuvres et, qu'enfin, une renommée illettrée et famélique s'en aille clabauder chez tous les peuples le nom de son tailleur ou l'adresse de son chapelier, que lui importe ? Les pavois prostitués d'une apothéose si bête et si tard venue sont comme de la boue dans les yeux de ce magnanime qui donnerait certainement tout le bruit dont on croit l'honorer aujourd'hui pour la plus imperceptible palpitation d’enthousiasme vrai d'un cœur sans détours.