jueves, 11 de junio de 2026

Paul Groussac: El judío errante

 

EL JUDÍO ERRANTE

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΩ

Es en Chicago, en el Memorial Art Palace, a orillas del lago Michigan, al día siguiente de que el Parlamento de las Religiones haya clausurado su larga sesión.

Son las diez de la noche. El amplio anfiteatro del Columbus Hall, donde el Congreso celebró sus ruidosas sesiones ante una multitud cosmopolita, está ahora vacío y en silencio.

La amplia tarima del fondo, frente a las gradas, está iluminada únicamente por una lámpara eléctrica; delante de la mesa cubierta con un tapete de terciopelo, los tres sillones del presidente y los asesores; y, a su alrededor, una treintena de sillas. A pocos pasos de la tribuna, la sombra comienza y se va espesando hasta las últimas filas del hemiciclo, que ya no se distinguen: se tiene la sensación de un espacio inmenso, ilimitado, como en una catedral al caer la tarde. Pero no se puede soñar despierto: el duro tic-tac de un reloj invisible actúa como un recordatorio implacable del prosaísmo del lugar y, minuto a minuto, el pesado silencio se ve rasgado por el silbato estridente de los trenes que, desde la estación vecina, parten hacia la World’s Fair.

Vulgar y apresurado, el timbre de ese reloj marca las diez. Se levanta el telón del estrado y, por la pequeña puerta oculta, hace su entrada una extraña procesión, lentamente, con un aire deliberadamente litúrgico. Los rostros son tan diversos como los trajes: hay dos o tres obispos griegos o latinos con sotana violeta, pastores afeitados con levita negra; turbantes de seda o de lino coronan rostros morenos, imberbes o con larga barba gris; hay también un rabino con kipá forrada, un zoroastriano bajo el alto gorro persa, un derviche amarillo cuyo cuerpo demacrado flota en una túnica oscura, un mandarín chino con una delgada trenza brillante; otros más que se adivinan lamas, bonzos, parsis, archimandritas: el personal exótico de un templo abierto a todos los dioses, el estado mayor sacerdotal de un nuevo Panteón de Agripa. Una mujer velada se mezcla con el grupo.

Toman asiento, con solemnidad; un arzobispo estadounidense preside, entre el rabino y la mujer velada. El presidente abre la sesión con voz neutra y nasal:

EL ARZOBISPO

The chair is taken.

Uno tras otro, sin prisas, toman la palabra, la mayoría en un inglés extraño en el que se suceden todos los acentos asiáticos, europeos y africanos sin provocar una sonrisa, desde el mandarín que no puede pronunciar las erres hasta el rabino alemán que las acentúa en todas las palabras.

Dialogan con serenidad, se felicitan con fórmulas escogidas, cada uno dando la impresión de preferir las diez religiones de sus oyentes a la propia, y empleando únicamente términos amorfos, que halagan a todos sin ofender a nadie. Celebran con compostura el pacto universal que reconoce la igual legitimidad de todos esos cultos, que durante siglos se han devorado entre sí. Hoy, apaciguados, proclaman la tolerancia que, dejando a un lado la pasión, hace que las creencias populares y las prácticas religiosas sirvan, sobre todo, al bienestar profesional de los cleros. Y, en ese pacto a puerta cerrada, que sella la alianza de todos los sacerdocios contra la ciencia, que es el enemigo común, se revela el verdadero sentido del Congreso público: los nombres de Buda, Moisés, Confucio, Zoroastro, Lutero y Jesús no se pronuncian...

Es en ese momento cuando se oyen tres golpes en la puerta del fondo; los diálogos cesan bruscamente.

EL ARZOBISPO

dándose vuelta a medias en su sillón:

¿Quién anda ahí? ¡Adelante!

La cortina se levanta y vuelve a caer: un anciano de estatura gigantesca permanece allí, de pie, recortándose contra la oscura cortina. Viste a la antigua usanza hebrea: el chaluk de lino de mangas estrechas bajo el amplio manto a rayas; del sudar enrollado alrededor de la frente curtida se escapan largos mechones grises, que se mezclan con la barba esponjosa; apoya sus dos manos cruzadas sobre un pesado bastón de viaje, y unos tefilín de plata brillan en su brazo izquierdo. Parece octogenario; pero de todo su cuerpo nudoso emana un vigor sobrehumano, como retorcido por tormentas seculares; y, bajo sus cejas blancas, los ojos le brillan como el fuego de un pastor a través de la maleza. La asamblea lo contempla, estupefacta e inmóvil.

EL ARZOBISPO

¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

EL ANCIANO

da tres pasos hacia delante: se ven sus pies descalzos bajo la túnica; habla con el más puro acento inglés.

Soy Ahasverus.

Susurros de sorpresa se escapan de todos los labios y se unen en un murmullo ahogado.

LA ASAMBLEA

¡El judío errante!

EL RABINO

saltando de su asiento, se yergue ante Ahasverus.

Has mentido, impostor. ¡Maranáta!

Y, como el otro guarda silencio, todos se han levantado, irritados y amenazantes; entonces el anciano, sin moverse, suelta estas palabras:

AHASVERUS

Rabino Hakkadosch, te vi nacer en la Judengasse de Fráncfort, donde tu abuelo, el sastre Johannan, alquiló la tienda del anticuario Mayer, el primero de los Rothschild...

Se dirige sucesivamente al budista japonés Kinza Hirai, a Dionisio, obispo de Zante, al mandarín Pung Quang Yu, a los hindúes, a todos los demás: los conoce a todos y habla a cada uno en su lengua, con el acento en el que todos encuentran el eco de la dulzura natal. Se han sentado de nuevo, uno a uno, y bajan la cabeza, confundidos, bajo el torrente de palabras del anciano. Se ha acercado a la mesa y ahora se expresa en inglés, para que todos lo entiendan.

AHASVERUS

¿Están convencidos, maestros míos, o debo remontarme en sus genealogías, más allá de lo que ustedes mismos podrían hacer? Soy Ahasverus, el judío maldito, errante desde hace dieciocho siglos, aquel que muere cada cien años pero renace al día siguiente...

EL RABINO

tímidamente:

¿Cómo has cruzado el mar, eterno caminante que no puedes descansar?

AHASVERUS

He venido por el norte: el hielo marino de Bering es, en invierno, un camino demasiado fácil para quien no puede morir; y el áspero contacto de los hielos polares no lastima mi carne más que el sol africano. ¡Ay! ¡envidio a quienes caen para no volver a levantarse! Sé demasiado bien que, al igual que Caín, soy respetado por las fuerzas de la naturaleza, y que mi sentencia no terminará con el impacto de una muerte violenta!...

EL ARZOBISPO

¿Es cierto, pues? —Pero, entonces, ¿qué vienes a buscar aquí?

AHASVERUS

en voz más baja:

Busco el descanso por todas partes. Solamente llegará, con la dulce eutanasia, en los días predichos por el Otro: cuando su reinado haya pasado en la tierra y su culto no sea ya más que un vago recuerdo. Será entonces cuando reaparecerá, quizá bajo otro nombre, para que las naciones se engañen con una nuevo ilusión. La vana esperanza de acabar me ha sonreído veinte veces, desde la caída de Jerusalén y la dispersión. Con los bárbaros que arrasaban las ciudades, los hunos de Atila, que dejaban tras de sí ríos teñidos de sangre, las hambrunas y los terrores del año mil, —he acechado durante mucho tiempo en el cielo la señal del Apocalipsis... Luego vinieron las masacres de las Cruzadas, las pestes y las destrucciones de la Edad Media, los crímenes abominables de la barbarie feudal; y atravesé las multitudes que aullaban como manadas de lobos, esperando cada día ver el culto cristiano barrido de la faz de un mundo enloquecido. Pero las agujas de las catedrales se alzaban más numerosas y más altas que las picas de los barones asesinos; los saqueos de las ciudades se redimían con peregrinaciones y, en la noche del crimen secular, la creencia ideal, aunque debilitada y moribunda, seguía brillando como una lámpara en una tumba...

EL ARZOBISPO

¡La fe de Cristo es inmortal!

AHASVERUS

alzando la voz poco a poco:

... Entonces florecieron corrupciones más sutiles sobre el antiguo estiércol de la barbarie. Entré en la Roma renovada; sonreí ante el paganismo papal, más disolvente que el otro, y encontré la Iglesia de los Borgia más escandalosa que el palacio de los emperadores bizantinos: era la descomposición final, sin duda. El árbol sagrado, esta vez, estaba carcomido desde la raíz. Pero llegó la Reforma, que lo salvó todo... Surgió otra esperanza, con ese Nuevo Mundo, que esparcía sobre el Viejo la lepra del oro, y el egoísmo, y la avaricia, madre del crimen; pero las nacionalidades emergieron de las guerras incesantes y el patriotismo devolvió al género humano una virtud... Por fin, hace un siglo, cuando su vacía filosofía desembocó en el odio de clases y en el asesinato de reyes, yo me encontraba en ese París inmenso, caldero donde hierve siempre la mezcla desconocida que será la historia del mañana: asistí al triunfo del ateísmo y a las saturnales de la Razón... ¡Ay! La Libertad, el Heroísmo, la Gloria, hicieron resplandecer sus tres colores sobre las ruinas del pasado, y todo resucitó, hasta la propia religión... Así han transcurrido los siglos bajo mis pasos, y aquí estoy de nuevo, siempre en busca de la quimera que me devolverá a la nada bienaventurada...

EL ARZOBISPO

con acento triunfal:

¡Y llegas para ser testigo de una victoria deslumbrante!...

AHASVERUS

sonríe con amargura.

He visto a las multitudes ateas, a las sectas anárquicas sembrar los artilugios de la muerte, burlándose del derecho, del deber, de la familia, de la patria, de todos los principios sociales que se creían eternos: nunca me he sentido tan cerca del ansiado fin como al escuchar los coloquios farisaicos de ustedes, ¡ah ustedes (como Él decía de sus padres) «sepulcros blanqueados»! Ustedes son la chusma que pulula sobre el cadáver de la religión. El fuego del Ideal ya no arde en sus altares dorados, y es una lámpara apagada la que ustedes llevan en las tinieblas. La fe de Cristo pronto habrá llegado a su fin: siento mi corazón milenario rebosante de esperanza. ¡Es el fin de Aquel que me golpeó y maldijo!

Todos los sacerdotes se han levantado airados; está a punto de estallar un tumulto. Pero la mujer velada ha agarrado a Ahasverus por el borde de su manto y, con un grito agudo que impone silencio, repite esta súplica:

LA MUJER VELADA

¡Tú lo conociste! ¡Tú lo conociste! ¡Ah! ¡Háblanos de Él!...

La calma se restablece bajo un impulso de violenta curiosidad; todos regresan a sus asientos y permanecen con la boca abierta, bebiendo las palabras de Ahasverus.

AHASVERUS

con una voz sorda que la emoción rompe cada vez más:

¡Si conocí al Hijo del Hombre! Tenía su edad y, como él, nací en Nazaret. El doloroso villorrio es el único que ha permanecido casi intacto en Palestina, y allí vuelvo a ver, dos o tres veces por siglo, la fuente donde María, con la jarra al hombro, venía a sacar agua, mañana y tarde; vuelvo a encontrar la colina que domina el país, todas las callejuelas, todos los senderos donde jugábamos de niños. Ya entonces hacía prodigios contrarios a la Ley. Un día modeló pájaros con barro, a pesar de las quejas de su madre; y cuando José quiso llevarse al niño, Yeshua dio una palmada y los pájaros alzaron el vuelo. María lloraba a menudo por aquella infancia llena de inquietud y misterio; y además, parecía que no quería a nadie a su alrededor... A menudo abandonaba el taller de su padre y desaparecía: lo encontrábamos en las sinagogas, escuchando las lecturas del escriba y asustándolo con sus objeciones. Más tarde, sus ausencias se hicieron más largas; y reaparecía una noche en la casa de Nazaret, como un huésped extraño al que ya no nos atrevíamos a hacerle preguntas. Luego, vivió con los esenios, en el mar Muerto, en el oasis de Engadi, y volvió a nosotros vestido de blanco, siguiendo su costumbre... Finalmente, se fue a Judea, hacia Juan el Bautista, y no volví a verlo hasta los últimos meses de su misión, en Jerusalén...

Ahasverus deja escapar un profundo suspiro; en el silencio que se ha hecho, se oye la respiración entrecortada de quienes escuchan y esperan la continuación sin atreverse a pedirla.

AHASVERUS

reanuda su relato, con la cabeza gacha y como hablándose a sí mismo:

Habían pasado muchos años; yo vivía en Jerusalén y había montado un puesto de vendedor en el Templo, en el patio de los gentiles: cambiaba la moneda romana por la moneda sagrada de los sacrificios, vendía a las mujeres tórtolas de Hanan y pájaros a los leprosos. Un día, un hombre irrumpió en el atrio, rodeado de unos artesanos y pescadores que eran sus discípulos, volcó mi mesa sobre el pavimento y me golpeó. Lo reconocí, lo llamé por su nombre, le hablé de su madre y de sus hermanos: «¡Ahí están —me dijo, señalando a sus fieles—, mi familia y mi madre!». Fue entonces cuando empecé a odiarlo...

Lo volví a ver en la ciudad santa, con motivo de la fiesta de Purim, el decimoquinto día de Adar; se hablaba mucho de él, de sus ataques a los fariseos, e incluso al Templo, cuya destrucción anunciaba de forma velada; se contaban sus milagros: demonios expulsados; paralíticos, ciegos y leprosos curados... Apareció en el atrio exterior del Hieron, llamado el patio de las Mujeres, el único al que ellas podían acceder: esta vez estaba rodeado, no sólo de sus numerosos discípulos, sino también de algunas jóvenes, e incluso de una samaritana; entre ellas se distinguían dos hermanas de Betania, María y Marta, y sobre todo una pecadora muy bella, María de Magdala, que lo siguió siempre, hasta el final...

LA MUJER VELADA

Pero Él, ¿cómo era? ¡Háblanos sólo de Él!...

AHASVERUS

Era alto y esbelto, bello como uno de esos jóvenes dioses griegos cuyas estatuas he visto en mis viajes. Su cabello pelirrojo se desbordaba de su turbante de lino; y su rostro pálido, con una corta barba rubia, se iluminaba con sus ojos azules, límpidos como el lago de Genesaret; iba vestido de blanco, como los esenios; y su voz era tan dulce, su andar tan noble, que las jóvenes, de pie en el umbral de las puertas, lo miraban pasar deseando seguirlo... Y ese amor puro de las mujeres tal vez avivaba el odio de los hombres...

LA MUJER VELADA

adelanta la cabeza para no perderse las palabras del judío; una punta de su velo se ha corrido y ella aparece de perfil, pálida y muy joven. Balbucea en voz muy baja:

Pero Él, ¿las amaba?

AHASVERUS

Ignoraba los afectos particulares: ni la familia, ni la mujer, virgen o pecadora, existían para Él. Era el Mesías, el salvador del mundo; y su pecho se había ensanchado demasiado, conteniendo a la humanidad, como para posarse en un ser. Su alma era semejante a esos grandes ríos encauzados, que fecundan un imperio y dejan marchitarse los arbustos de sus orillas. Al igual que una estatua de mármol es insensible a las ofrendas votivas que la multitud deposita a sus pies, Él siempre ignoró el sentimiento real de aquellas que lo siguieron al Gólgota y lo adoraron más allá del suplicio y la muerte... Fue entonces cuando lo volví a ver...

Los demás temen que no pueda terminar, tanto se le ha quebrado la voz; sin embargo, continúa, entrecortando sus frases, pues tiene prisa por acabar:

AHASVERUS

Me enteré de su condena por el Sanedrín, de su arresto en el Monte de los Olivos, cerca del torrente de Cedrón; y del acto de Judas, que aprobé, no solo porque odiaba al Rabí, sino porque detestaba sus predicaciones, contrarias a la ley judía. Era la víspera de la Pascua, el catorce de Nisán; esa misma noche lo llevaron a la casa de Hanán, que vivía en lo alto de la colina. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, lo llevaron a la residencia de Pilatos, cerca de la torre de Antonia, quien lo envió a Herodes Antipas... Pero el mundo entero conoce esas escenas desgarradoras que, entonces, me dejaban casi indiferente... Yo vivía cerca del montículo desnudo donde debía morir en la cruz, entre dos ladrones, frente a la torre Hípico... Hacia las nueve de la mañana, salí al oír el ruido de la multitud y me quedé en el umbral de mi puerta para verlo pasar. Lo rodeaban soldados, al mando de un centurión, luego hombres del pueblo que lo insultaban; por fin, detrás del cortejo, un grupo de mujeres con los cabellos revueltos... Pero yo lo miraba únicamente a Él. Delgado, con el rostro pálido y ensangrentado, arrastraba su pesada cruz de infamia, y su pobre cuerpo frágil se doblaba bajo la carga... Yo llevaba a mi hijo pequeño de la mano. Pidió que se detuvieran frente a mi casa, pues se quedaba sin fuerzas; y al reconocerme, dijo: «Ahasverus, dame un vaso de agua». Me quedé inmóvil. Él continuó: «¡En nombre de nuestra infancia, hermano, la sed me quema!». Respondí con una risa burlona: «Camina, Yeshua, ha llegado tu hora». Entonces se enderezó y su rostro severo me hizo estremecer; con una voz terrible, exclamó: «En nombre de mi Padre, sé maldito: ¡Cherem! Caminarás para siempre, hasta el día en que tengo que volver, una vez cumplidos los tiempos».

Se alejó, y quise volver a entrar, con mi hijo... Pero, de repente, una fuerza desconocida me hizo soltar la mano de mi hijo y me empujó hacia delante: un torbellino me arrastraba, una tormenta que únicamente soplaba para mí, pues la hierba del suelo no se movía y los arbustos extendían sus ramas, inmóviles... Ya estaba lejos y, por última vez, volví la cabeza para ver a mi hijo, que lloraba tendiéndome los brazos... Cuando pasé por el sendero del Gólgota, las tres cruces siniestras se alzaban contra el cielo pálido. Pero no pude detenerme y, como una hoja arrancada por el huracán, comencé mi viaje secular y maldito a través del mundo...

Se ha callado. Un silencio angustioso se cierne sobre la audiencia; cada uno, con la mirada baja, sigue su imaginación interior, a la sombra del Calvario evocado; una oración mental hace temblar algunos labios. La mujer velada gira la cabeza para una pregunta suprema... El gran anciano ha desaparecido.

FIN

PAUL GROUSSAC

Del Plata al Niágara

Traducción del francés, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán 

 

LE JUIF ERRANT

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΟ

 

C’est à Chicago, dans le Memorial Art Palace, au bord du lac Michigan, le lendemain du jour où le Parlement des Religions a clos sa longue session.

Il est dix heures du soir. Le vaste amphithéàtre de Columbus Hall, où le Congrès a tenu ses bruyantes séances devant une foule cosmopolite, est à présent vide et muet.

La large estrade du fond, faisant face aux gradins, est seule éclairée d’une lampe électrique; devant la table recouverte d’un tapis de velours, les trois fauteuils du président et des assesseurs; et, tout autour, une trentaine de chaises. A quelques pas de l’estrade, l’ombre commence et va s’épaississant jusqu’aux dernières rangées de l’hémicycle qu’on ne distingue plus: on a la sensation d’un espace immense, illimité, ainsi que dans une cathédrale à la tombée du jour. Mais on ne peut rêver: un dur tic tac de pendule invisible fait comme un rappel impitoyable au prosaïsme du milieu, et, de minute en minute, le lourd silence est déchiré par le sifflet strident des trains qui, de la gare voisine, partent pour la World’s Fair.

Vulgaire et pressé, le timbre de cette pendule sonne dix heures. La tenture de l’estrade se soulève et, par la petite porte dissimulée, une procession bizarre fait son entrée, lentement, d’une allure volontiers liturgique. Les physionomies sont aussi diverses que les costumes: on trouve deux ou trois évêques grecs ou latins en soutane violette, des pasteurs rasés en lévite noire; des turbans de soie ou de lin couronnent des faces basanées,  glabres ou à longue barbe grise; il y a encore un rabbin à calotte fourrée, un guèbre sous le haut bonnet persan, un derviche jaune dont le corps émacié flotte dans une souquenille sombre, un mandarin chinois à la mince tresse luisante; d’autres encore qu’on devine lamas, bonzes, parsis, archimandrites: le personnel exotique d’un temple ouvert à tous les dieux, l’état-major sacerdotal d’un nouveau Panthéon d’Agrippa. Une femme voilée est mêlée au groupe.

Ils prennent place, gravement; un archevêque américain préside, entre le rabbin et la femme voilée. Le président ouvre la séance d’une voix blanche et nasillarde:

L’ARCHEVÊQUE

The chair is taken.

L’un après l’autre, sans se presser, ils prennent la parole, la plupart en un anglais bizarre où tous les accents asiatiques, européens, africains, se succèdent sans provoquer un sourire, depuis le mandarin qui ne peut prononcer les r, jusqu’au rabbin allemand qui en cuirasse tous les mots.

Ils dialoguent posément, se félicitent en formules choisies, chacun ayant l’air de préférer les dix religions de ses auditeurs à la sienne propre, et n’employant que des termes amorphes, qui flattent tout le monde sans blesser personne. Ils célèbrent avec componction le pacte universel qui reconnaît l’égale légitimité de tous ces cultes, qui pendant des siècles se sont entre-dévorés. Aujourd’hui, calmés, ils proclament la tolérance qui, écartant la passion, fait surtout servir les croyances populaires et les pratiques religieuses au bien-être professionnel des clergés. Et, dans ce covenant à huis clos, qui scelle l’alliance de tous les sacerdoces, contre la science qui est l’ennemi commun, le sens vrai du Congrès public se révèle: les noms du Bouddha, de Moïse, de Confucius, de Zoroastre, de Luther, de Jésus ne sont pas prononcés ...

C’est à ce moment que trois coups sont frappés à la porte du fond; les dialogues cessent brusquement.

L’ARCHEVÊQUE

se tournant à demi sur son fauteuil:

Qui est là? Entrez!

La portière se soulève, puis retombe: un vieillard de stature gigantesque est resté là, debout, se détachant sur la draperie sombre. Il est vêtu à l’ancienne mode hébraïque: le chalouk de lin à manches étroites sous l’ample manteau rayé; du sudar enroulé autour du front bruni s’échappent de longues mèches grises, qui se mêlent à la barbe floconneuse; il appuie ses deux mains croisées sur un lourd bâton de voyage, et des téfillin d’argent scintillent à son bras gauche. Il semble octogénaire; mais une vigueur surhumaine se dégage de tout son corps noueux, comme tordu par des tempêtes séculaires; et, sous leurs sourcils blancs, ses yeux luisent comme un feu de pâtre à travers la broussaille. L’assemblée le contemple, stupéfaite et immobile.

L’ARCHEVÊQUE

Qui êtes-vous? Que faites-vous ici?

LE VIEILLARD

fait trois pas en avant: on voit ses pieds nus sous sa tunique; il parle avec le plus pur accent anglais.

Je suis Ahasvérus.

Des chuchotements de surprise s’échappent de toutes les lèvres et se joignent en une rumeur étouffée.

L’ASSEMBLÉE

Le Juif errant!

LE RABBIN

bondissant de son siège, se dresse devant Ahasvérus.

Tu en as menti, imposteur. Maranâtha!

Et, comme l’autre se tait, ils se sont tous levés, irrités et menaçants: alors le vieillard, sans bouger, laisse tomber ces mots:

AHASVÉRUS

Rabbi Hakkadosch, je t’ai vu naître dans la Judengasse de Francfort, où ton grand-père, le tailleur Johannan, loua la boutique du brocanteur Mayer, le premier des Rothschild ...

Il s’adresse successivement au boudhiste japonais Kinza Hiraï, à Dionysios, évêque de Zante, au mandarin Pung Quang Yu, aux hindous, à tous les autres: il les connaît tous et parle à chacun dans sa langue, avec l’accent où tous retrouvent l’écho de la douceur natale. Ils se sont rassis, un à un, et baissent la tête, confus, sous le flot des paroles du vieillard. Il s’est avancé vers la table et s’exprime maintenant en anglais, pour être compris de tous.

AHASVÉRUS

Êtes-vous convaincus, mes maîtres, ou faut-il que je remonte dans vos généalogies, plus haut que vous-mêmes ne sauriez le faire? Je suis Ahasvérus, le juif maudit, toujours errant depuis dix-huit siècles, celui qui meurt tous les cent ans mais pour renaître le lendemain ...

LE RABBIN

timidement:

Comment as-tu passé la mer, éternel marcheur qui ne peux prendre de repos?

AHASVÉRUS

Je suis venu par le Nord: la banquise de Behring est, en hiver, un chemin trop facile à qui ne peut mourir; et l’âpre contact des glaces polaires ne mord pas plus sur ma chair que le soleil africain. Hélas! j’envie ceux qui tombent pour ne plus se lever! Je sais trop bien que, pareil à Caïn, je suis respecté des forces naturelles, et que ce n’est point au choc d’une mort violente que ma sentence prendra fin!...

L’ARCHEVÊQUE

Il est donc vrai?—Mais, alors, que viens-tu chercher ici?

AHASVÉRUS

d’une voix plus basse:

Je cherche partout le repos. Il ne viendra, avec la douce euthanasie, qu’aux jours prédits par l’Autre: quand son règne sera passé sur la terre et que son culte n’y sera plus qu’un vague souvenir. C’est alors qu’il reparaîtra, sous un autre nom peut-être, afin que les nations se bercent d’un rêve nouveau. Le vain espoir de finir m’a vingt fois souri, depuis la chute de Jérusalem et la dispersion. Avec les Barbares qui rasaient les cités, les Huns d’Attila, qui laissaient derrière eux les fleuves rougis de sang, les famines et les terreurs de l’an Mille,—j’ai longtemps épié dans le ciel le signe de l’Apocalypse ... Puis, vinrent les massacres des Croisades, les pestes et les destructions du moyen âge, les crimes abominables de la barbarie féodale; et je traversai les foules hurlantes comme des bandes de loups, m’attendant chaque jour à voir le culte chrétien balayé de la face du monde en délire. Mais les flèches des cathédrales montaient plus nombreuses et plus hautes que les piques des barons assassins; les pillages des villes se rachetaient par des pèlerinages, et, dans la nuit du crime séculaire, la croyance idéale, quoique affaiblie et mourante, brillait toujours comme une lampe dans un tombeau ...

L’ARCHEVÊQUE

La foi du Christ est immortelle!

AHASVÉRUS

élevant la voix peu à peu:

... Alors des corruptions plus subtiles fleurirent sur l’ancien fumier de la barbarie. J’entrai dans Rome renouvelée; je souris au paganisme papal, plus dissolvant que l’autre, et je trouvai l’Eglise des Borgia plus scandaleuse que le palais des empereurs byzantins: c’était la décomposition finale, sans doute. L’arbre sacré, cette fois, était rongé à la racine. Mais la Réforme vint qui sauva tout ... Un autre espoir surgit, avec ce Nouveau Monde, qui répandait sur l’Ancien la lèpre de l’or, et l’égoïsme, et l’avarice, mère du crime; mais les nationalités émergèrent des guerres incessantes et le patriotisme refit au genre humain une vertu ... Enfin, il y a un siècle, quand leur creuse philosophie aboutit à la haine des classes et au meurtre des rois, j’étais dans ce Paris immense, cuve où bouillonne toujours la mixture ignorée qui sera l’histoire du lendemain: j’assistai au triomphe de l’athéisme et aux saturnales de la Raison ... Hélas! la Liberté, l’Héroïsme, la Gloire, firent flamboyer leurs trois couleurs sur les ruines du passé, et tout ressuscita,—jusqu’à la religion elle-même ... Ainsi les siècles ont coulé sous mes pas, et me voici encore, toujours en quête de la chimère qui me rendra au néant bienheureux...

L’ARCHEVÊQUE

d’un accent de triomphe:

Et tu arrives pour être témoin d’une victoire éclatante!...

AHASVÉRUS

sourit amèrement.

J’ai vu les foules athées, les sectes anarchiques semer les engins de mort, en se raillant du droit, du devoir, de la famille, de la patrie, de tous les principes sociaux qu’on croyait éternels: je ne me suis jamais senti si près de la fin convoitée qu’en écoutant vos colloques de Pharisiens,—ô vous (comme Il disait de vos pères) «sépulcres blanchis!»—Vous êtes la vermine qui pullule sur le cadavre de la religion. Le feu de l’Idéal ne brûle plus sur vos autels dorés, et c’est une lampe éteinte que vous promenez dans les ténèbres. La foi du Christ aura bientôt vécu: je sens mon cœur millénaire débordant d’espérance. C’est la fin de Celui qui m’a frappé et maudit!

Tous les prêtres se sont levés avec colère; un tumulte est près d’éclater. Mais la femme voilée a saisi Ahasvérus par le pan de son manteau, et, dans un cri aigu qui impose silence, elle répète cette supplication:

LA FEMME VOILÉE

Tu l’as connu! Tu l’as connu! Oh! parle-nous de Lui!...

Le calme s’est rétabli sous une poussée de curiosité violente; tous regagnent leurs sièges et restent la bouche ouverte, buvant les paroles d’Ahasvérus.

AHASVÉRUS

d’une voix sourde que l’émotion brise de plus en plus:

Si j’ai connu le Fils de l’homme! J’étais de son âge et né comme lui à Nazareth. Le douloureux village est seul resté presque intact en Palestine, et j’y revois, deux ou trois fois par siècle, la fontaine où Marie, la cruche sur l’épaule, venait puiser l’eau, matin et soir; je retrouve la colline qui domine le pays, toutes les ruelles, tous les sentiers où nous jouions, enfants. Il faisait déjà des prodiges contraires à la Loi. Il façonna un jour des oiseaux avec de la boue, malgré les plaintes de sa mère; et quand Joseph voulut reprendre l’enfant, Jeschoua frappa des mains et les oiseaux prirent leur vol. Marie pleurait souvent sur cette enfance pleine de trouble et de mystère; et puis, il semblait n’aimer personne autour de lui ... Souvent, il quittait l’établi de son père et disparaissait: on le retrouvait dans les synagogues, écoutant les lectures du Scribe et l’effrayant de ses contradictions. Plus tard, ses absences furent plus longues; et il reparaissait un soir dans la maison de Nazareth, comme un hôte étrange et qu’on n’osait plus interroger. Puis, il vécut avec les Esséniens, sur la mer Morte, dans l’oasis d’Engaddi, et il nous revint vêtu de blanc, suivant leur coutume ... Enfin, il alla en Judée, vers Jean le Baptiste, et je ne le revis plus jusqu’aux derniers mois de sa mission, à Jérusalem ...

Ahasvérus pousse un profond soupir; dans le silence qui s’est fait, on entend la respiration haletante de ceux qui écoutent et attendent la suite sans oser la demander.

AHASVÉRUS

reprend son récit, la tête basse et comme se parlant à lui-même:

Bien des années s’étaient écoulées; j’habitais Jérusalem et j’avais pris une table de vendeur au Temple, dans la cour des Gentils: j’échangeais la monnaie romaine pour la monnaie sacrée des sacrifices, je vendais aux femmes des tourterelles de Hanan et des passereaux aux lépreux. Un homme bondit un jour dans le parvis, entouré de quelques artisans et pêcheurs qui étaient ses disciples, renversa ma table sur le pavé et me frappa. Je le reconnus, l’appelai par son nom, lui parlai de sa mère et de ses frères: «Voilà, me dit-il, en me montrant ses fidèles, ma famille et ma mère!» Ce fut alors que je commençai à le haïr ...

Je le revis dans la ville sainte, pour la fête des Pourim, le quinzième jour d’Adar; on parlait beaucoup de lui, de ses attaques aux Pharisiens, et même au Temple dont il annonçait la destruction à mots couverts; on racontait ses miracles: des démons chassés; des paralytiques, des aveugles, des lépreux guéris ... Il apparut dans le parvis extérieur du Hiéron, appelé la cour des Femmes, le seul où elles pussent pénétrer: il était cette fois entouré, non seulement de ses nombreux disciples, mais encore de quelques jeunes filles, et même d’une Samaritaine; on remarquait parmi elles deux sœurs de Béthanie, Marie et Marthe—et surtout une pécheresse très belle, Marie de Magdala, qui le suivit toujours, jusqu’à la fin ...

LA FEMME VOILÉE

Mais Lui, comment était-il? Ne parle que de Lui!...

AHASVÉRUS

Il était grand et souple, beau comme un de ces jeunes dieux grecs dont j’ai vu les statues dans mes voyages. Ses cheveux roux s’écoulaient de son turban de lin; et son visage pâle, à la courte barbe blonde, s’illuminait de ses yeux bleus, limpides comme le lac de Génézareth; il allait vêtu de blanc, comme les Esséniens; et sa voix était si douce, sa démarche si noble, que les jeunes filles, debout sur le seuil des portes, le regardaient passer en souhaitant de le suivre ... Et ce pur amour des femmes fouettait peut-être la haine des hommes ...

LA FEMME VOILÉE

avance la tête pour boire les paroles du Juif; un coin de son voile s’est écarté et elle apparaît de profil, pâle et toute jeune. Elle balbutie très bas:

Mais Lui, les aimait-il?

AHASVÉRUS

Il ignorait les affections particulières: pas plus que la famille, la femme, vierge ou pécheresse, n’existait pour lui. Ilmétait le Messie, le sauveur du monde; et, pour se poser sur un être, sa poitrine s’était trop élargie à contenir l’humanité. Son âme était semblable à ces grands fleuves encaissés, qui fécondent un empire et laissent dépérir l’arbuste de leurs bords. Comme une statue de marbre est insensible aux offrandes votives que la foule dépose à ses pieds, il ignora toujours le sentiment réel de celles qui le suivirent sur le Golgotha et l’adorèrent par delà le supplice et la mort ... Ce fut alors que je le revis ...

On craint qu’il ne puisse achever, tant sa voix s’est brisée; il continue, pourtant, en coupant ses phrases, car il est pressé de finir:

AHASVÉRUS

J’appris sa condamnation par le Sanhédrin, son arrestation au mont des Oliviers, près du torrent de Cédron; et l’acte de Judas que j’approuvai, non seulement parce que je haïssais le Rabbi, mais parce que détestais ses prédications, contraires à la loi juive. C’était la veille de la Pâque, le quatorze de Nisan; il fut conduit la nuit même chez Hanan, qui avait sa maison au haut de la colline. Le lendemain, de grand matin, il fut emmené à la maison de Pilate, près de la tour Antonia, qui le renvoya devant Hérode Antipas ... Mais le monde entier connaît ces scènes déchirantes qui, alors, me laissaient presque indifférent ... J’habitais près du tertre dénudé où il devait mourir sur la croix, entre deux voleurs, en face de la tour Hippicus ... Vers neuf heurs du matin, je sortis au bruit de la foule, et restai sur le seuil de ma porte pour le voir passer. Des soldats l’entouraient, commandés par un centurion, puis des hommes du peuple qui l’insultaient; enfin, derrière le cortége, un groupe de femmes échevelées ... Mais je ne regardai que Lui. Maigre, le pâle visage ensanglanté, il traînait son lourd gibet d’infâmie, et son pauvre corps frêle pliait sous le fardeau ... Je tenais mon petit garçon par la main. Il demanda à faire halte devant ma demeure, car il succombait; et me reconnaissant, il dit: «Ahasvérus, tends-moi un vase d’eau.» Je restai immobile. Il reprit: «Au nom de notre enfance, frère, la soif me brûle!» Je répondis en ricanant: «Marche, Jeschoua, ton heure est venue.» Alors il se redressa et son visage sévère me fit frissonner; d’une voix terrible, il s’écria: «Au nom de mon Père, sois maudit: Chèrem! Tu marcheras à jamais, jusqu’au jour où je devrai revenir, après les temps accomplis!»

Il s’éloigna, et je voulus rentrer, avec mon enfant ... Mais, soudain, une force inconnue me fit lâcher la main de mon fils et me poussa en avant: un tourbillon m’emportait, une tempête qui ne soufflait que pour moi, car les herbes du sol ne bougeaient pas et les arbustes étalaient leurs rameaux, immobiles ... J’étais déjà loin, et, une dernière fois, je retournai la tête pour voir mon enfant, qui pleurait en me tendant les bras ... Quand je passai dans le sentier du Golgotha, les trois croix sinistres se dressaient sur le ciel livide. Mais je ne pus m’arrêter, et, comme une feuille arrachée par l’ouragan, je commençai à travers le monde mon voyage séculaire et maudit ...

Il s’est tu. Un silence d’angoisse pèse sur l’assistance; chacun, les yeux baissés, suit son rêve intérieur, dans l’ombre du Calvaire évoqué; une oraison mentale fait trembler quelques lèvres. La femme voilée tourne la tête pour une question suprême ... Le grand vieillard a disparu.

FIN