EL MANTO DE DIOS
El sol es una mancha y la luz una sombra. La creación
es una nube que oculta a Aquel que Es, y cuyo Rostro es el esplendor que atrae
los deseos inexpresables y sacia a los insaciables. Todo pensamiento humano es
una sombra, una nube, una disminución, una negación, incluso cuando afirma.
Siendo toda criatura negación por naturaleza, y siendo el límite nuestro
carácter, para soportar a las personas y las cosas, y la salida del sol y el
genio humano, y las rosas, y las estrellas, hay que penetrarlas con el Espíritu
que es la alegría, hay que considerarlas no en sí mismas, donde serían
aburrimiento y vacío, sino como el manto de Aquel que es la alegría.
Aleluya. Amén.
LO INFINITO Y EL LÍMITE
Somos tan finitos que para expresar lo infinito nos
servimos de una palabra negativa: infinito, no finito. Nos vemos obligados a
tomar lo finito como base de la palabra, y luego a negarlo. La palabra infinito
tiene tres sílabas, y lo finito ocupa dos de ellas. Dos de tres es mucho.
Cuando intentamos hablar de lo infinito, lo finito nos llena la boca. La
afirmación absoluta se convierte en nuestros labios en una negación. Lo mismo
hay que decir de lo inmenso. Nos vemos obligados a hablar de medida para decir
que no hay ninguna.
Nuestro límite estalla y se afirma a través de los
mismos esfuerzos que hacemos por hablar de otra cosa. Para hablar de lo
infinito, parece que tengamos que tomar la palabra «finito» como víctima y
ofrecerla en sacrificio. ¿Habría alguna relación entre este acto del lenguaje
humano y ese acto de la llama que, queriendo hablar de lo infinito a su manera,
busca una víctima para quemarla? En un caso como en el otro, ¿nos diría lo
infinito: «¿Qué hay de común entre ustedes y yo?»
LOS DIVERSOS ASPECTOS DEL LÍMITE
El límite considerado en la criatura es una negación.
En Dios es una afirmación: de ahí la creación del
mundo. Añadido a los tipos, el límite edifica en lugar de destruir. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima
mea Dominum.
El amor propio es el amor al límite adorado por sí
mismo. La caridad es el amor a la criatura limitada, percibida en Dios con su
límite.
La transfiguración es el esplendor del límite
clarificado por el fuego.
La Santísima Virgen María Inmaculada es la
glorificación del límite; la humildad es la espada de fuego que monta guardia
alrededor del límite glorificado.
La Santísima Virgen representa a la vez el Ser de Dios
y el límite de la criatura.
La cruz es la forma del límite, símbolo en sí mismo de
la nada.
El ángulo es lo que no es, la superficie sin
sustancia.
La cruz glorificada es, pues, el arma del poder.
El signo de la cruz contiene el nombre del Ser y la
forma de la nada transfigurada.
En las criaturas, la belleza es un límite percibido en
la luz.
La fealdad es un límite percibido en sí mismo.
La belleza está en manos de la luz que la distribuye
por medio del ministerio del límite. La calavera, el esqueleto son feos porque
el ángulo se ve en ellos en sí mismo.
La belleza es la transfiguración del ángulo percibido
en la luz y en la vida.
El sol hace resplandecer las gotas de rocío y las
telas de araña. No tiene conocimiento del bien y del mal: transfigura a los más
indignos.
Las cosas horribles, los animales horribles buscan la
sombra como su patria, y cuanto más la encuentran, más horribles son. Su horror
aumenta, por la noche, en los rincones y en las sombras. Podría disminuir por
la mañana, en el campo, bajo el sol radiante. La luz visible los atenuaría
envolviéndolos.
La luz invisible les quitaría su horror porque su
horror es su propiedad. Los tomaría en sus alas y los transportaría al orden
donde todo es bello.
En el orden todo es bello porque los límites se
transfiguran.
Por la ciencia del bien y del mal, el hombre que veía
las cosas en la luz las percibió en sí mismas. En lugar de referirlas a Dios,
se las refirió a sí mismo, se las atribuyó a sí mismo para ser como un dios,
conociendo el bien y el mal y determinando en relación con él estas dos cosas
consideradas desde entonces como dos accidentes situados uno frente al otro.
Había conocido los nombres de los animales, es decir,
los había conocido en su esencia.
A partir de entonces los conoció en sí mismos y
dejaron de obedecerle, pues he aquí una ley general: toda criatura obedece a
quien conoce su nombre.
El límite solamente tiene realidad en Dios; el yo, que
es el límite, solamente tiene realidad en Dios. Fuera de Él somos la nada. Por
eso la cruz, figura de la nada, era un signo de vergüenza antes de la
encarnación del Verbo en quien fue circunscrito el abismo. Ahora es un signo de
gloria porque la nada es glorificada en Dios. Por eso San Pablo dice que únicamente
hay que gloriarse en la cruz, es decir, en la nada visitada por el Señor.
LOS LÍMITES DE LA PALABRA: LAS INTENCIONES DEL
SILENCIO
Si bien es cierto que el hombre no conoce el todo de
la nada, también lo es que no puede expresar el todo de la nada, ni siquiera en
la medida en que lo conoce, o más bien en que lo siente. El alma querría
comprender a Dios porque es infinita en potencia. No comprende a Dios porque Él
es infinito en acto, pero la palabra humana querría al menos expresar
completamente el alma humana; tampoco puede hacerlo, porque el alma es infinita
en potencia.
¿Qué recurso les queda a los vencidos: al alma para
contemplar a Dios, a la palabra para expresar el alma? El silencio.
El silencio es la palabra suprema que expresa lo
inexpresable, de manera muy incompleta, pero tanto como es posible.
Cuando cada una de las palabras humanas repasadas de
un vistazo por el alma le dice: «No soy yo, no soy yo, no soy yo quien soy tu
expresión», llega el silencio y, de rodillas al borde del abismo, declara que
el hombre calla y deja la palabra a la palabra de Dios. La palabra de Dios, al
ver al hombre reducido al silencio, le dice: Has hecho bien en callar, pues de
todas tus palabras, tu silencio es la más elevada: es ella la que declara que
no me comprendes, que no comprendes, y que hay un mediador. Cállate, tú que
fuiste la nada. Yo, que soy el Ser, entre el Padre y tú, daré cuenta y daré
gracias. No te preocupes por nada. Yo oigo lo que no dices, y expreso lo que
ignoras.
Lo más bello que el hombre dice no deja huella en el
mundo visible: son palabras inarticuladas, oraciones inefables que los ángeles
oyen y llevan a los pies del trono. Lo que el hombre hace y dice, accesible a
los hombres, es el eco debilitado de un grito inmenso, es la moneda del gran
tesoro.
EL ALCANCE DEL SILENCIO
En los momentos solemnes en que el hombre nada en
plena luz, en el sentimiento de lo infinito, si siente la necesidad del
silencio, no es porque no tenga nada que decir, es porque tiene todo que decir;
no es el objeto lo que le falta a la palabra, es la palabra lo que le falta al
objeto. Teme emplear palabras que también se llaman términos, y circunscribir y
aniquilar, al determinarla, esa alegría inmensa y tímida que surge del fondo de
su alma y planea sobre el mundo sin posarse en él, sintiéndolo demasiado
pequeño para ella. Teme apagar la llama si la aprisiona. Teme volver a caer en
la esclavitud, en el mismo instante en que intentara expresar lo inefable y
narrar la liberación.
NATURALEZA Y LIBERTAD
¿Es la vida humana únicamente obra de la libertad
humana? No. Somos dueños de nuestras decisiones, pero no tenemos en nuestras
manos las consecuencias. ¿Es la vida humana obra de una fuerza ajena, y carece
nuestra libertad de poder sobre nuestro destino? No. El hombre depende de sí
mismo, es decir, de su libertad, y de las circunstancias externas, es decir, de
la naturaleza, y la historia de la humanidad es el resultado de estas dos
fuerzas.
Pero, ¿qué pueden crear estas dos acciones separadas,
indiferentes, incluso enemigas, que no se entienden y se contradicen? Queremos
y no podemos. La resistencia más estúpida, al menos en apariencia, pone un
freno a nuestros proyectos más grandiosos.
Una mosca que vuela le impide a un hombre pensar. Un
grano de arena mató a Cromwell. El hombre desea, la naturaleza se resiste: no
se presta. La libertad quiere, la naturaleza no quiere. Carece esencialmente de
complacencia. Nuestras combinaciones más ingeniosas, las más profundas, se ven
frustradas por el accidente más extraño, a veces también el más simple, el más
fácil de prever y, sin embargo, el más inesperado.
Y, sin embargo, por sí sola, ¿qué puede la libertad?
Todo como intención, nada como resultado. ¿De dónde viene, pues, que el hombre
comience, emprenda? No emprendería si nunca esperara terminar. Ahora bien,
siente que por sí solo no puede llevar nada a buen término, que no puede
prescindir de la ayuda de las cosas externas, que no puede someterlas por su
propio poder, que la naturaleza es una enemiga necesaria, a la vez obstáculo y
medio.
Si la libertad y la naturaleza fueran
irreconciliables, si estas dos magnitudes permanecieran eternamente
inconmensurables entre elllas, un desánimo invencible se apoderaría del hombre.
Ya no actuaría, sin atreverse a esperar el final de su acción. Y, sin embargo,
actúa. ¿De dónde viene, pues, que actúe? Este problema es simple y fundamental:
¿Cómo es que el hombre actúa?
Actúa, y esta verdad es cierta en todos los sentidos;
actúa en virtud de una creencia implícita de la que no siempre es consciente.
Actúa porque siente en lo más profundo de sí, sin verla, esta convicción: la
naturaleza no es autónoma, no es ciega, no más que el hombre. La naturaleza
tiene su ley, como el hombre tiene la suya: esas dos leyes, que parecen
contradecirse en sus diferentes aplicaciones, se funden, se armonizan en su
esencia y se resuelven en el Verbo. Sólo que esta ley se adhiere a la
naturaleza, que obedece de manera invencible y por la fuerza. Ella solicita al
hombre, que obedece libremente y por amor. La ley única, que rige tanto a Dios
como a la creación, se impone a la naturaleza y se ofrece a la libertad. Si,
pues, la libertad y la naturaleza tienden, cada una según su modo de ejercicio,
a manifestar la misma esencia y a glorificar la misma ley, su desacuerdo no
puede ser más que aparente, y cuando se reconozcan, se hará la paz entre ellas.
Las oposiciones que la naturaleza opone a la libertad son los juegos del amor
que solo lucha para rendirse. Si, pues, renunciando a las apariencias,
penetramos en la esencia de las cosas, es decir, en su realidad ideal, nuestra
libertad saludará de antemano a la naturaleza como a una amiga enmascarada,
cuyos mismos obstáculos conducen a la meta, y que entorpece el camino tan sólo para
incitar a los viajeros. Por encima de ambas, el hombre siente un poder que se
encarga de la síntesis, puesto que es la vida y la ley, ley única que ambas
deben manifestar y que, por su propia virtud, debe hacer surgir de las
profundidades de su sabiduría la concordancia de las manifestaciones.
LA NADA DESEADA Y LA NADA SENTIDA: PECADO Y DESGRACIA
El ser creado y libre, cediendo a la tendencia que
tenía hacia la nada de la que había salido, prefirió libremente la nada al Ser,
y sintió los efectos de esa nada preferida hacia la que acababa de dar un paso.
En otras palabras, pecó y fue infeliz: pues el pecado es la nada querida; y la
desgracia, la nada sentida.
El sufrimiento es al pecado lo que un sentimiento es a
una voluntad. Es la consecuencia, el eco del pecado en el orden sensible, su
marca, su prueba, su advertencia. Se convierte en su remedio, en virtud de la
ley que quiere que en el fondo del mal germine, como consecuencia última, su
remedio, mientras el mal no haya entrado en el ámbito de las cosas eternas.
El hombre prefirió la criatura al infinito: ahí está
el pecado. Se entregó a la criatura, ahí está el sufrimiento. Todo sufrimiento
es el sentimiento de la nada. Toda alegría es el sentimiento del infinito. El
Infinito le dijo al hombre: Preferiste a la criatura, a la mujer, a la manzana,
antes que a mí. Disfruta de la criatura, de la mujer y de la manzana, y sé
feliz si puedes.
¿Cómo se convierte el sufrimiento en el instrumento del
retorno al Ser? No lo sé. No tengo la menor idea. ¿Cómo compensa la nada
sentida a la nada querida? ¿Será porque la negación debe contener en sí misma
un principio que, al pasar al estado de acto, retorna a la afirmación?
Siendo el nacimiento de Cristo, en esta hipótesis, la
afirmación primera; la cruz, la negación; el pecado absoluto, el dolor
absoluto, y la resurrección nacida de la cruz, la afirmación soberana y
definitiva, la síntesis de la vida…
¿Y no tendría cada uno de nosotros que volver a
comenzar en su vida la historia de la humanidad, la afirmación, la negación?
Entonces la pregunta es esta: ¿Seguirá la negación dominando el campo de
batalla, o será a su vez negada?
ORDEN Y DESORDEN: CIENCIA Y VIDA
La ciencia es la afirmación, la vida es la negación.
La ciencia constata las leyes del orden; la vida muestra el desorden. Puede
producir la desesperación, que es el sentimiento del desorden no corregido, del
desorden considerado como permanente y eterno.
Contra la vida, que es la prueba y que puede conducir
a la desesperación, solamente hay refugio en la sumisión completa de lo finito
a lo infinito.
La sumisión libera lo finito y desarma lo infinito.
Frente a cualquier ley, esta verdad resulta cierta. Si
uno se rebela contra las leyes físicas, contra las que rigen la gravedad, el
vapor, la electricidad, será aplastado por ellas.
Si uno las obedece quedarán vencidas.
Quien obedece a la naturaleza puede mandar sobre la
naturaleza. Las dos chispas de la electricidad dan luz a quien conoce y observa
las leyes de la electricidad.
La ciencia es afirmativa porque está en el orden de la
ley.
La vida es negativa porque está en el orden del
accidente.
Este hombre, tras haberlo oído, diría:
— Sí, eso es cierto.
—Entonces, mire, actúe en consecuencia.
—No —responderá—, me han parecido buenos sus
razonamientos, pero ¿es cierta la consecuencia que se deriva de ellos? No lo
sé.
Este hombre dice: sí y no. Puede ser sincero en ambos
casos, pero es doble y no es el mismo quien ha dado las dos respuestas.
Cree cuando se trata de hablar.
No cree cuando se trata de actuar.
El pensamiento puramente científico, cuando se
trasplanta al terreno de los hechos, duda de sí mismo y ya no se reconoce; no
es allí donde nació, no está en su patria.
El Espíritu quiere afirmar, necesita creer en la ley,
en el orden. Necesita de la ciencia que dice: sí, pero toda afirmación provoca
en el espíritu que la acaba de hacer una reacción contra sí misma:
Sí, pero ¿es eso cierto?
Sí, primera palabra. ¿Es eso cierto? Segunda palabra.
Esto es lo que importa constatar: estas dos palabras
no son pronunciadas por la misma voz.
Cuando la ciencia se plantea objeciones a sí misma,
sus objeciones son pueriles y ridículas. Son las objeciones de los libros. La
ciencia no tiene objeciones que plantear. Por su parte, cualquier objeción
sería un suicidio. La objeción que plantearía contra el orden se levantaría
contra ella misma y equivaldría a esta palabra: ¿existo?
La objeción parte, por otra parte, de la vida. La
miseria y el aburrimiento están ahí. Ante ese feo desorden, la voz que detesta
el orden exclama: el orden no existe.
La objeción corre por las calles. Está en el arroyo
que arrastra sus basuras, en el corazón cansado, en el cuerpo enfermo, en la
fealdad de la araña que parece decirle a Dios:
¡Oh Belleza de la que se habla, si existieras, yo no
existiría!
LA PLENITUD A TRAVÉS DEL VACÍO
La ley de este mundo es la alternancia. La naturaleza
la sufre, el espíritu creado la sufre. Dios da algo del Ser, luego lo retira, y
acerca a la criatura a su nada primitiva. Es el flujo y reflujo del gran mar.
Cuanto más elevado es el hombre, más se aplica la ley
desde lo alto. Cuanto más hace sentir Dios al alma la cercanía del Ser, más le
hace sentir la cercanía de la nada. Cuanto más la llena, más la vacía.
Pero este vacío llama a la plenitud, cuando es
aceptado. Así, la libertad humana se ejerce como la libertad divina, y las
leyes, que son la expresión de los hábitos de Dios, se ejercen por la
naturaleza que no lo sabe, por el hombre que puede saberlo y que, si ve desde
lo suficientemente alto como para ver su miseria y su grandeza, puede elevarse
aún más hasta el punto de desearlas. A la palabra que dice: «Yo soy el que es,
y tú eres el que no es», el hombre tiene derecho a responder libremente y a
decir: Amén, Amén, Señor, Amén, Tu autem,
Domine, miserere nostri.
LOS DOS MOVIMIENTOS DE LA VIDA: EXPANSIÓN Y
CONTRACCIÓN
La expansión es la ley de la vida, y todo ser que
tiene más vida de la que puede contener sufre y tiende a comunicársela a otros
seres semejantes a él. Pero la vida, tras haberse derramado, se contrae.
El cielo, en verdad, inunda la tierra con los rayos de
su sol. Pero todos los cuerpos terrestres le devuelven al cielo cálidas
emanaciones. Lo que recibe en forma de luz, la tierra lo devuelve en forma de
calor.
Y cuando el hombre que habla ilumina al hombre que
escucha, éste se estremece y devuelve la chispa recibida al lugar de donde
partió: ambos disfrutan del espíritu que va y viene. El que ha recibido la
limosna de la luz ha dado la limosna del calor.
Los planetas que describen una curva alrededor de los
soles obedecen a una ley de síntesis como el amor que esta fuerza representa, y
que es la resultante de dos fuerzas: la fuerza centrípeta, en virtud de la cual
toda vida se contrae hacia el centro, y la fuerza centrífuga, en virtud de la
cual toda vida se dilata hacia los extremos. De ahí nace la forma esférica, que
es la forma universal de los globos y de sus movimientos en el espacio, la
forma de la vista cuando se posa sobre la montaña, la forma del horizonte, la
forma de la belleza, la forma de lo femenino que tiende a redondear los
contornos.
Si esas dos fuerzas reinan en la tierra y en el cielo
para producir esta forma, es porque cumplen en el cielo y en la tierra la
voluntad de Aquel que estableció en el mundo moral la ley centrífuga y la ley
centrípeta, la ley del retiro y la de la acción.
¿Por qué el flujo y el reflujo? ¿Por qué este inmenso
ir y venir de todas las cosas, vida y muerte, sueño y vigilia, día y noche,
luz, tinieblas? ¿Por qué la alternancia es la ley de este mundo? La creación
física no puede ser más que la imagen del mundo invisible. La creación refleja
a Dios, que es inmutable. ¿Cómo vive en una evolución incesante? ¿Por qué el
ir, por qué el volver, cuando solamente hay una cosa que hacer, que es
manifestar a un Dios eterno?
LAS LEYES DE LA NATURALEZA Y EL DIOS DE LA GLORIA
Parece que las leyes conocidas, o al menos vistas, o
al menos vislumbradas por sus efectos, las leyes de la vida y de la muerte, por
ejemplo, revelan, significan algo de Dios, algo de lo que tenemos una idea,
idea imperceptible, vacilante, casi nula, idea cualquiera, sin embargo.
Pero hay hechos que no se rigen por leyes conocidas,
la Eucaristía, por ejemplo, que parece una creación aparte, el milagro que
parece revelar no tal o cual perfección divina, sino la gloria misma.
El hecho natural que hace oportuno el milagro ha
manifestado una ley natural, la cual manifestaba un poco de Dios, como si esa
palabra tuviera sentido. El milagro manifiesta al Dios superior a sus leyes,
superior a sí mismo, pues esas leyes son imágenes, y aquel es el Dios de la
gloria. La gloria es la exaltación del Ser por encima del Ser. Parece la
resurrección de quien no ha muerto. La gloria está por encima de la ley: pues
llamamos ley a la fuerza divina que rige un sistema cuya unidad percibimos.
Cuando la unidad de la concepción está fuera de
nuestro horizonte visual, creemos que la ley se ha roto y la cosa nos parece un
accidente. Pero esta unidad, al estar por encima de nosotros, no es sino más
real, y en lugar de salir de la ley, nos hemos acercado a ella. Cuanto más
elevada es la ley, más desconocida es; cuanto más simple es, más se asemeja a
la ley primordial y radical que domina todas las leyes a una distancia
inconmensurable. La ley que hace a los cuerpos impenetrables es vencida por la
ley que los hace penetrables, y esta es la ley de la gloria.
Las leyes son el velo del Templo; pero a veces el velo
se rasga y la Ley se vislumbra por un instante en el Santo de los Santos. Esta
ley simple, que a veces se deja entrever, como por una rendija entre las rocas
abiertas, a través del océano dividido que se eleva a derecha e izquierda, a
través del desgarro de un universo quebrantado, esta ley es la gloria misma,
cuya esencia es estar por encima de las leyes, pisotearlas y hacerlas temblar.
EL VÉRTIGO ANTE LO ABSOLUTO
Lo absoluto no puede abordarse mediante el análisis.
Se niega a los argumentos de la mente y únicamente se rinde cuando el corazón
ha rezado. Por eso la oración del niño que no sabe nada y la del gran hombre
que ha superado la ciencia, agotado lo múltiple y vive en la unidad deben
parecerse mucho.
Los apóstoles, que aún no comprendían porque el amor
no había descendido en ellos, buscaban la grandeza y apartaban a los niños.
Aquel que tiene, o más bien, que es la grandeza, llama a sí toda debilidad,
acaricia las cabecitas con esa mano real que rompe las grandes, y bendice la
nueva creación en la persona de los más sencillos.
El vértigo es un monstruo que se encuentra en el fondo
de todos los abismos. Todo pensamiento profundo, todo sentimiento profundo
tiene el suyo. El genio y el amor se asoman constantemente a los precipicios
que los llaman. Las grandes naturalezas, porque aman más las profundidades, son
arrastradas más terriblemente hacia ellas en virtud del veredicto: mi peso es
mi amor.
Pero la ley de este mundo, que quiere que toda cosa
provoque su contrario, ha colocado en esos mismos hombres un contrapeso, cuyo
nombre desconozco, aunque conozco su naturaleza. Es una fuerza que frena y que
está en relación directa con la velocidad adquirida. Quizás una emoción parezca
anulada por su propio exceso, como un movimiento demasiado rápido para ser
percibido se asemeja a la inmovilidad. Quizás el pensamiento, incluso cuando
parece apagado, conserve aún el dominio supremo y apacigüe con su voz moribunda
la voz atronadora del abismo.
Quizás, al fin y al cabo, la Soberanía vela por los
suyos. En sueños, en el instante del escalofrío, el hombre se dice a veces: «No
tengo miedo». Y cuando sueña despierto, en sus delirios, el hombre destinado a
la victoria pronuncia una palabra tranquila, y esa calma, aunque engañosa, pasa
un poco de sus labios a su alma.
Inclinado sobre el abismo, observa en el fondo el
juego de un arroyo que se desliza sobre las piedras, y esa mirada valiente es
recompensada por no sé qué fuerza íntima e inconsciente que lo sostiene sin que
él la sienta: va a caer y no cae.
Tal es el poder de la palabra que un acto de fe
pronunciado sin convicción por unos labios temblorosos puede armar el alma
contra el vértigo de la duda. Quizá el hombre, en esos momentos de gran lucha
en los que parece mentir, porque su palabra está por encima de su pensamiento,
pronuncia, por el contrario, la verdad suprema, en sintonía no con él, sino con
la voz que habla en su interior, que está por encima de él y que lo guía sin
que él lo sepa.
Traducción, para Literatura & Traducciones, de
Miguel Ángel Frontán
LE MANTEAU DE DIEU
Le soleil est une tache et la lumière une ombre. La création est une
nuée qui cache Celui qui Est, et dont la Face est la splendeur qui attire les
désirs inexprimables et qui rassasie les insatiables. Toute pensée humaine est
une ombre, une nuée, une diminution, une négation, même quand elle
affirme.Toute créature étant négation par nature, et la limite étant notre
caractère, pour supporter les personnes et les choses, et le lever du soleil et
le génie humain, et les roses, et les étoiles, il faut les pénétrer de l’Esprit
qui est la joie, il faut les considérer non en eux-mêmes où ils seraient ennui
et vide, mais comme le manteau de Celui qui est la joie.
Alléluia. Amen.
L’INFINI ET LA LIMITE
Nous sommes tellement finis que pour exprimer l’infini nous nous servons
d’un mot négatif : infini, non fini. Nous sommes obligés de prendre le fini
pour base du mot, et puis de le nier. Le mot infini a trois syllabes, et le
fini occupe deux d’entre elles. Deux sur trois c'est beaucoup.Quand nous
essayons de parler de l’infini, le fini nous remplit la bouche. L’affirmation
absolue devient entre nos lèvres une négation.Autant faut-il en dire de
l’immense. Nous sommes obligés de parler de mesure pour dire qu’il n’y en a
pas.
Notre limite éclate et s’affirme par les efforts même que nous faisons
pour parler d’autre chose. Pour parler d’infini, on dirait qu’il nous faut
prendre le mot : fini, comme victime, et l’offrir en sacrifice. Est-ce qu’il y
aurait quelque rapport entre cet acte de la langue humaine et cet acte de la
flamme qui, voulant parler d’infini à sa manière, cherche une victime pour la
brûler ? Dans un cas comme dans l’autre, est-ce que l’infini nous dirait : Qu’y
a-t-il de commun entre vous et moi ?
LES DIVERS ASPECTS DE LA LIMITE
La limite considérée dans la créature est une négation.
En Dieu elle est une affirmation : de là, la création du monde. Ajoutée
aux types, la limite édifie au lieu de détruire. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima mea Dominum.
L’amour-propre est l’amour de la limite adorée pour elle-même. La
charité est l’amour de la créature limitée, aperçue en Dieu avec sa limite.
La transfiguration est la splendeur de la limite clarifiée par le feu.
La Sainte Vierge Marie Immaculée est la glorification de la limite ;
l’humilité est l’épée de feu qui fait la garde autour de la limite glorifiée.
La Sainte Vierge représente à la fois l’Être de Dieu et la limite de la
créature.
La croix est la forme de la limite, symbole elle-même du néant.
L’angle est celui qui n’est pas, la surface sans substance.
La croix glorifiée est donc l’arme de la puissance.
Le signe de la croix contient le nom de l’Être et la forme du néant
transfiguré.
Chez les créatures, la beauté est une limite aperçue dans la lumière.
La laideur est une limite aperçue en elle- même.
La beauté est dans les mains de la lumière qui la distribue par le
ministère de la limite. La tête de mort, le squelette sont laids parce que
l’angle s’y voit en lui-même.
La beauté est la transfiguration de l’angle aperçu dans la lumière et
dans la vie.
Le soleil fait resplendir les gouttes de rosée et les toiles d’araignée.
Il n’a pas la science du bien et du mal : il transfigure les plus indignes.
Les choses hideuses, les animaux hideux cherchent l’ombre comme leur
patrie, et plus ils la trouvent plus ils sont hideux. Leur horreur augmente, la
nuit, dans les coins et dans les ombres. Elle diminuerait le matin, à la campagne,
au grand soleil. La lumière visible les atténuerait en les enveloppant.
La lumière invisible leur enlèverait leur horreur parce que leur horreur
est leur propriété. Elle les prendrait sur ses ailes et les transporterait dans
l’ordre où tout est beau.
Dans l’ordre tout est beau parce que les limites sont transfigurées.
Par la science du bien et du mal, l’homme qui voyait les choses dans la
lumière les aperçut en elles-mêmes. Au lieu de les rapporter à Dieu, il se les
rapporta à lui- même, il se les attribua à lui-même afin d’être comme un dieu,
sachant le bien et le mal et déterminant par rapport à lui ces deux choses
considérées désormais comme deux accidents placés l’un en face de l’autre.
Il avait su les noms des animaux, c’est-à- dire il les avait connus dans
leur type.
Désormàis il les connut en eux-mêmes et ils cessèrent de lui obéir, car
voici une loi générale : Toute créature obéit à celui qui sait son nom.
La limite n’a de réalité qu’en Dieu ; le moi qui est la limite n’a de
réalité qu’en Dieu. En dehors de Lui nous sommes le rien.Voilà pourquoi la
croix, figure du néant, était un signe de honte avant l’incarnation du Verbe en
qui fut circonscrit l’abîme. Elle est maintenant un signe de gloire parce que
le néant est glorifié en Dieu. Voilà pourquoi saint Paul dit de ne se glorifier
que dans la croix, c'est-à-dire dans le néant visité par le Seigneur.
LA LIMITE DE LA PAROLE : LES INTENTIONS DU SILENCE
S’il est vrai que l’homme ne sait le tout de rien, il est vrai aussi
qu’il ne peut dire le tout de rien, même dans la mesure où il le sait, ou
plutôt où il le sent. L’âme voudrait comprendre Dieu parce qu’elle est infinie
en puissance. Elle ne comprend pas Dieu parce qu’il est infini en acte, mais la
parole humaine voudrait au moins exprimer complètement l’âme humaine ; elle ne le
peut pas non plus, parce que l’âme est infinie en puissance.
Quelle ressource reste-t-il aux vaincus : à l’âme pour loucher Dieu, à
la parole pour exprimer l’âme ? Le silence.
Le silence est la parole suprême qui exprime l’inexprimable, très incomplètement
mais autant que possible.
Quand chacune des paroles humaines passées en revue par un coup d’oeil
de l’âme lui dit : « Ce n’est pas moi, ce n’est pas moi, ce n’est pas moi qui
suis ton expression », le silence arrive et, à genoux sur le bord de l'abîme,
déclare que l’homme se tait,et laisse la parole à la parole de Dieu. La parole
de Dieu, voyant l’homme réduit au silence, lui dit : Tu as bien fait de te
taire, car de toutes tes paroles, ton silence est la plus haute : c’est elle
qui déclare que tu ne me comprends pas, que tu ne comprends pas, et qu’il y a
un médiateur. Tais-toi, toi qui fus néant. Moi, qui suis l’Être, entre le Père
et toi, je rendrai compte et je rendrai grâce. Ne te préoccupe de rien.
J’entends ce que tu ne dis pas, et j’exprime ce que tu ignores.
Ce que l’homme dit de plus beau ne laisse pas de trace dans le monde
visible: ce sont des paroles inarticulées, des prières inex-primables que les
anges entendent et portent aux pieds du trône. Ce que l'homme fait et dit d’accessible
aux hommes, est l’écho affaibli d’un cri immense, c’est la monnaie du grand
trésor.
LA PORTÉE DU SILENCE
Dans les moments solennels où l’homme nage en pleine lumière, dans le
sentiment de l'infini, s’il éprouve le besoin du silence, ce n’est pas parce qu’il
n’a rien à dire, c’est parce qu’il a tout à dire ; ce n’est pas l’objet qui
fait défaut à la parole, c’est la parole qui fait défaut à l’objet. Il a peur
d’employer des mots qui s’appellent aussi des termes, et de circonscrire et
d’anéantir, en la déterminant, cette joie immense et timide qui se lève du fond
de son âme et plane sur le monde sans se poser sur lui, le sentant trop petit
pour elle. Il a peur d’éteindre la flamme s’il l’emprisonne. Il a peur de
retomber dans l’esclavage, à l’instant même où il essaierait d’exprimer
l’inexprimable et de raconter la délivrance.
NATURE ET LIBERTÉ
La vie humaine est-elle seulement l’oeuvre de la liberté humaine? Non.
Nous sommes maîtres de nos déterminations, mais nous n’en tenons pas dans nos
mains les conséquences. La vie humaine est-elle l’oeuvre d’une force étrangère,
et notre liberté est-elle sans puissance sur notre destinée ? Non. L'homme
dépend de lui, c’est-à-dire de sa liberté, et des circonstances extérieures,
c’est-à-dire de la nature, et l’histoire de l’humanité est la résultante de ces
deux forces.
Mais que peuvent créer ces deux actions séparées, indifférentes,
ennemies même, et qui ne s’entendent pas, qui se contredisent? Nous voulons et
nous ne pouvons pas. La résistance la plus stupide, au moins en apparence,
arrête nos plus grands projets.
Une mouche qui vole empêche un homme de penser. Un grain de sable a fait
mourir Cromwell. L’homme désire, la nature résiste : elle ne se prête pas. La
liberté veut, la nature ne veut pas. Elle manque essentiellement de
complaisance. Nos combinaisons les plus savantes, les plus profondes sont
déjouées par l’accident le plus étrange, quelquefois aussi le plus simple, le
plus facile à prévoir et pourtant le plus inattendu.
Et pourtant, toute seule, que peut la liberté ? Tout comme intention,
rien comme résultat. D’où vient donc que l’homme commence, entreprend? Il
n’entreprendrait pas s’il n’espérait jamais terminer. Or il sent que tout seul
il ne peut rien mener à terme, qu’il ne peut se passer du concours des choses
extérieures, qu’il ne peut les soumettre par son propre pouvoir, que la nature
est une ennemie nécessaire, à la fois obstacle et moyen.
Si la liberté et la nature étaient irréconciliables, si ces deux
quantités restaient éternellement incommensurables entre elles, un invincible
découragement s’emparerait de l’homme. Il n’agirait plus, n’osant pas espérer
la fin de son action. Et cependant il agit. D’où vient donc qu’il agit ? Ce
problème est simple et fondamental : Comment se fait-il que l’homme agisse ?
Il agit, et cette vérité est vraie en tous sens ; il agit en vertu d’une
croyance sous- entendue dont il n’a pas toujours conscience. Il agit parce
qu’il sent au fond de lui, sans la voir, cette conviction : la nature n'est pas
autonome, n’est pas aveugle, pas plus que l’homme. La nature a sa loi, comme
l’homme a la sienne : ces deux lois, qui semblent se contrarier dans leurs
différentes applications, se fondent, s’harmonisent dans leur essence, et se
résolvent dans le Verbe. Seulement, cette loi adhère à la nature, qui obéit
invinciblement et par force. Elle sollicite l’homme, qui obéit librement et par
amour. La loi unique, qui régit Dieu comme la création, s’impose à la nature et
se propose à la liberté. Si donc la liberté et la nature tendent, chacune
suivant son mode d’exercice, à manifester la même essence et à glorifier la
même loi, leur désaccord ne peut être qu’apparent, et quand elles se
reconnaîtront, la paix se fera entre elles. Les oppositions que fait la nature
à la liberté sont les jeux de l’amour qui ne combat que pour se rendre. Si
donc, renonçant aux apparences, nous pénétrons dans l’essence des choses,
c’est-à-dire dans leur réalité idéale, notre liberté saluera d’avance la nature
comme une amie masquée, dont les entraves mêmes conduisent au but, et qui
n’embarrasse la route que pour inciter les voyageurs. Au-dessus de toutes deux,
l’homme sent une puissance qui se charge de la synthèse, attendu qu’elle est la
vie et la loi, loi unique que toutes deux doivent manifester et qui, par sa vertu
propre, doit faire surgir des profondeurs de sa sagesse la concordance des
manifestations.
LE NÉANT VOULU ET LE NÉANT SENTI : PÉCHÉ ET MALHEUR
L’être créé et libre, cédant à la tendance qu’il avait vers le néant
d’où il était sorti, préféra librement le néant à l’Être, et il sentit les
atteintes de ce néant préféré vers lequel il venait de faire un pas. En
d’autres termes il pécha et fut malheureux : car le péché, c’est le néant
voulu; et le malheur, c’est le néant senti.
La souffrance est au péché ce qu’est un sentiment à une volonté. Elle
est la conséquence, le retentissement du péché dans l’ordre sensible, sa
marque, sa preuve, son avertissement. Elle devient son remède, en vertu de la
loi qui veut qu’au fond du mal germe, comme conséquence dernière, son remède,
tant que le mal n’est pas entré dans le domaine des choses éternelles.
L’homme a préféré la créature à l’infini : voilà le péché. Il est livré
à la créature, voilà la souffrance.Toute souffrance est le sentiment du néant.
Toute joie est le sentiment de l’infini. L’Infini a dit à l’homme: Tu as
préféré la créature, la femme, la pomme, à moi. Jouis de la créature, de la
femme et de la pomme, et sois heureux si tu peux.
Comment la souffrance devient-elle l’instrument du retour à l’Être ? Je
ne sais. Je n’en ai pas la moindre idée. Comment le néant senti compense-t-il
le néant voulu ? Serait-ce parce que la négation doit contenir en soi un
principe qui, passant à l’état d’acte, retourne à l’affirmation?
La naissance du Christ étant dans cette hypothèse l’affirmation première
; la croix étant la négation; le péché absolu, la douleur absolue, et la
résurrection née de la croix étant l'affirmation souveraine et définitive, la
synthèse de la vie…
Et chacun de nous n’aurait-il pas dans sa vie à recommencer l’histoire
de l’humanité, l’affirmation, la négation ? Puis la question est celle-ci : La
négation restera-t-elle maîtresse du champ de bataille, ou sera-t-elle niée à
son tour?
ORDRE ET DÉSORDRE : SCIENCE ET VIE
La science c’est l’affirmation, la vie c’est la négation. La science
constate les lois de l’ordre : la vie montre le désordre. Elle peut produire le
désespoir qui est le sentiment du désordre non corrigé, du désordre considéré
comme permanent et éternel.
Contre la vie qui est l’épreuve et qui peut aboutir au désespoir, il n’y
a de refuge que dans la soumission complète du fini à l’infini.
La soumission délivre le fini et désarme l’infini.
Vis-à-vis de toute loi,cette vérité se trouve vraie. Révoltez-vous
contre les lois physiques, contre celles qui régissent la pesanteur, la vapeur,
l’électricité, vous serez broyé par elles.
Obéissez-leur et les voilà vaincues.
Quiconque obéit à la nature peut commander à la nature. Les deux
étincelles de l’électricité donnent la lumière à qui connaît et observe les
lois de l’électricité.
La science est affirmative parce qu’elle est dans l’ordre de la loi.
La vie est négative parce qu’elle est dans l’ordre de l’accident.
Cet homme,après avoir entendu parlerait:
— Oui, cela est vrai.
— Alors, dites-vous, agissez en conséquence.
— Non pas, répondra-t-il, j’ai trouvé vos raisonnements bons, mais la
chose qui en résulte est-elle vraie ? je n’en sais rien.
Cet homme dit : oui et non. Il peut être de bonne foi dans les deux cas,
mais il est double et ce n’est pas le même qui a fait les deux réponses.
Il croit quand il s’agit de parler.
Il ne croit pas quand il s’agit de faire.
La pensée purement scientifique, quand elle est transplantée sur le terrain
des faits, doute d’elle-même et ne se reconnaît plus, ce n’est pas là qu’elle
est née, elle n’est pas dans sa patrie.
L’Esprit veut affirmer, il a besoin de croire à la loi, à l’ordre. Il a
besoin de la science qui dit : oui, mais toute affirmation provoque dans
l’esprit qui vient de la faire une réaction contre elle-même :
Oui — mais cela est-il vrai ?
Oui, première parole. Cela est-il vrai? Deuxième parole.
Voici ce qu’il importe de constater, ces deux paroles ne sont pas
prononcées par la même voix.
Quand la science se fait des objections à elle-même, ses objections sont
puériles et ridicules. Ce sont les objections des livres. La science n’a pas
d’objections à faire. De sa part toute objection serait un suicide. L’objection
qu’elle élèverait contre l’ordre se dresserait contre elle-même et équivaudrait
à cette parole : est-ce que j’existe ?
L’objection part d’ailleurs. Elle part de la vie. La misère et l’ennui
sont là. En face de ce laid désordre, la voix qui déteste l’ordre s’écrie :
l’ordre n’est pas.
L’objection court les rues. Elle est dans le ruisseau qui roule ses
ordures, dans le coeur fatigué, dans le corps malade, dans la laideur de
l’araignée qui a l’air de dire à Dieu :
Ô Beauté dont on parle, si tu étais, je ne serais pas!
LA PLÉNITUDE PAR LE VIDE
La loi de ce monde, c’est l’alternance. La nature la subit, l’esprit
créé la subit. Dieu donne quelque chose de l’Être,puis le retire, et rapproche
la créature de son néant primitif. C’est le flux et le reflux de la grande mer.
Plus l’homme est élevé, plus la loi s’applique de haut. Plus Dieu fait
sentir à l’âme le voisinage de l’Être, plus il lui fait sentir le voisinage du
néant. Plus il la remplit, plus il la vide.
Mais ce vide appelle le plein, quand il est accepté. Ainsi la liberté
humaine s’exerce comme la liberté divine, et les lois, qui sont l’expression
des habitudes de Dieu, s’exercent par la nature qui ne le sait pas, par l’homme
qui peut le savoir, et qui, s’il voit d’assez haut pour voir sa misère et sa
grandeur, peut s’élever encore au point de les vouloir. À la parole qui dit : «
Je suis Celui qui est, et tu es Celui qui n’est pas », l’homme a le droit de
répondre librement et de répondre : Amen, Amen, Seigneur, Amen, Tu autem, Domine, miserere nostri.
LES DEUX MOUVEMENTS DE LA VIE : EXPANSION ET CONTRACTION
L’expansion est la loi de la vie, et tout être qui a plus de vie qu’il
n’en peut contenir souffre et tend à la communiquer à d’autres êtres semblables
à lui. Mais la vie, après s’être épanchée, se contracte.
Le ciel, à la vérité, inonde la terre des rayons de son soleil. Mais les
corps terrestres renvoient tous au ciel de chaudes émanations.Ce qu'elle reçoit
en lumière, la terre le rend en chaleur.
Et quand l’homme qui parle éclaire l'homme qui écoute, celui-ci
tressaille, renvoie l’étincelle reçue là d’où elle est partie : tous deux
jouissent de l’esprit qui va et vient. Celui qui a reçu l’aumône de la lumière
a fait l’aumône de la chaleur.
Les planètes décrivant une courbe autour des soleils obéissent à une loi
synthétique comme l’amour que cette force représente, et qui est la résultante
de deux forces, la force centripète, en vertu de laquelle toute vie se
contracte vers le centre, et la force centrifuge, en vertu de laquelle toute
vie se dilate vers les extrémités. De là naît la forme sphérique, qui est la
forme universelle des globes et de leurs mouvements dans l’espace, la forme de
la vue, quand elle plane sur la montagne, la forme de l’horizon, la forme de la
beauté, la forme du féminin qui affecte d arrondir les contours.
Si ces deux forces régnent sur la terre et au ciel, pour produire cette
forme, c’est qu’elles font au ciel et sur la terre la volonté de celui qui a
établi dans le monde moral la loi centrifuge et la loi centripète, la loi de la
retraite et celle de l’action.
Pourquoi le flux et le reflux? Pourquoi cet immense va et vient de
toutes choses, vie et mort, sommeil et veille, jour et nuit, lumière, ténèbres
? Pourquoi l’alternance est-elle la loi de ce monde ? La création physique ne
peut être que l’image du monde invisible. La création reflète Dieu qui est
immuable. Comment vit-elle dans une incessante évolution ? Pourquoi l’aller,
pourquoi le retour, quand on n’a qu’une chose à faire qui est de manifester un
Dieu éternel ?
LES LOIS DE LA NATURE ET LE DIEU DE GLOIRE
Il semble que les lois connues, ou du moins vues, ou du moins entrevues
par leurs effets, les lois de la vie et de la mort, par exemple, révèlent,
signifient quelque chose de Dieu, quelque chose dont nous avons une idée, idée
imperceptible, tremblante, presque nulle, idée quelconque pourtant.
Mais il y des faits qui ne relèvent pas de lois connues, l’Eucharistie,
par exemple,qui semble une création à part, le miracle qui semble révéler non
telle ou telle perfection divine mais la gloire elle-même.
Le fait naturel qui rend le miracle opportun a manifesté une loi
naturelle, laquelle manifestait un peu de Dieu, comme si ce mot avait un sens.
Le miracle manifeste le Dieu supérieur à ses lois, supérieur à lui même, car
ces lois sont des images, et celui-là c’est le Dieu de gloire. La gloire, c’est
le transport de l’Être au-dessus de l’Être. On dirait la résurrection de celui
qui n’est pas mort. La gloire est au-dessus de la loi : car nous appelons loi
la force divine qui régit un système dont nous apercevons l’unité.
Quand l’unité de la conception est en dehors de notre horizon visuel,
nous croyons la loi brisée et la chose nous fait l’effet d’un accident. Mais
cette unité pour être au-dessus de nous n’en est que plus réelle, et au lieu de
sortir de la loi, nous nous sommes rapprochés d’elle. Plus la loi est haute,
plus elle est inconnue, plus elle est simple, plus elle ressemble à la loi
primordiale et radicale qui domine toutes les lois à une distance
incommensurable. La loi qui rend les corps impénétrables est vaincue par la loi
qui les rend pénétrables, et celle-ci est la loi de gloire.
Les lois sont le voile du Temple ; mais quelquefois le voile se déchire
et la Loi est entrevue une seconde dans le Saint des Saints. Cette loi simple,
qui se laisse quelquefois entrevoir, comme par une fente à travers les rochers
ouverts, à travers l’océan divisé qui monte à droite et à gauche, à travers la
déchirure d’un univers brisé, cette loi c’est la gloire elle-même qui a pour
essence d’être au-dessus des lois, de marcher sur elles et de les faire
trembler.
LE VERTIGE DEVANT L’ABSOLU
L’absolu ne peut pas être abordé par l’analyse. Il se refuse aux
arguments de la tête et ne rend les armes que quand le coeur a prié. Voilà
pourquoi la prière de l’enfant qui ne sait rien et celle du grand homme qui a
dépassé la science, épuisé le multiple, et vit dans l’unité doivent se
ressembler beaucoup.
Les apôtres qui ne comprenaient pas encore, parce que l’amour n’était
pas descendu en eux, cherchaient la grandeur et écartaient les enfants. Celui
qui a ou, plutôt, qui est la grandeur, appelle à lui toute faiblesse, caresse
les petites têtes de cette main royale qui brise les grandes, et bénit la
création nouvelle dans la personne des plus simples.
Le vertige est un monstre qui se tient au fond de tous les abîmes. Toute
pensée profonde, tout sentiment profond a le sien. Le génie et l’amour sont
constamment penchés sur des précipices qui les appellent. Les grandes natures,
parce qu’elles aiment plus les profondeurs, sont entraînées plus terriblement
vers elles en vertu de l’arrêt : mon poids c’est mon amour.
Mais la loi de ce monde, qui veut que toute chose provoque son
contraire, a placé chez ces mêmes hommes un contrepoids, dont je ne sais pas le
nom, quoique j’en connaisse la nature. C’est une puissance d’arrêt qui est en
raison directe de la vitesse acquise. Peut-être une émotion semble-t-elle
annulée par son excès même, comme un mouvement
trop rapide pour être aperçu ressemble à l’immobilité. Peut-être la
pensée, même quand elle semble éteinte, conserve encore le haut domaine et
apaise de sa voix mourante la voix tonnante de l’abîme.
Peut-être enfin la Souveraineté veille-t-elle sur les siens. En rêve, à
l’instant du frisson, l’homme se dit quelquefois : « Je n'ai pas peur ». Et
dans ses rêves éveillés, dans ses délires, l’homme marqué pour la victoire
prononce une parole calme, et ce calme,bien que trompeur, pénètre quelque peu
de ses lèvres dans son âme.
Penché sur l’abîme, il observe au fond le jeu d’un ruisseau glissant sur
des cailloux, et ce courageux regard est récompensé par je ne sais quelle force
intime et inconsciente qui le soutient sans qu’il le sente : il va tomber et il
ne tombe pas.
Telle est la puissance de la parole qu’un acte de foi prononcé sans
conviction par des lèvres tremblantes peut armer l’âme contre le vertige du
doute. Peut-être l’homme, dans ces heures de grande bataille où il a l’air de
mentir, parce que sa parole est au-dessus de sa pensée, parle-t-il, au
contraire, la vérité suprême, d’accord non avec lui, mais avec la voix qui
parle en lui, qui est plus haut que lui, et qui le dirige à son insu.

