miércoles, 28 de marzo de 2012

Azorín: Théophile Gautier




THÉOPHILE GAUTIER

El nombre de Gautier debe ser dilecto para todo español amante de España y de las letras. Difiere esencialmente el españolismo de Gautier del de Mérimée, del de Stendhal, del de Hugo y del de Musset. Gautier es el color, el esplendente espectáculo de las catedrales, la visión de las ciudades viejas. Théophile Gautier expresó su amor a España en un libro de viajes, en una colección de poesías y en una novela. Lo conocido del público español —en general— es la primera de las obras citadas. Las poesías lo son menos; de la novela acaba de hacer una edición popular la casa editora Nelson. Tiene Théophile Gautier un lugar en la historia —y aun se podría decir que en la evolución— literaria de su país; pero representa también no poco en cierta fase de las letras españolas.
Conocidos son los detalles del viaje de Gautier a nuestra Patria. Por los años en que Gautier vino a España vinieron otras grandes personalidades francesas de la literatura y algunos distinguidos pintores. Dumas, Gautier, Mérimée figuran entre las personalidades eminentes que en aquellos años de la primera mitad del siglo XIX fueron nuestros huéspedes: Cuvillier-Fleury —redactor del Diario de los Debates—, Roger de Beauvoir, Amadée Uchard, son escritores discretos, estimables, que también entonces hicieron tal viaje. España para todos era el país de lo desconocido; la pasión romántica, dominante a la sazón, ponía un atractivo de misterio, de peligro, de fantasía desvariada, en la tierra española. Y unos, como Mérimée, veían, más concretamente, el carácter indomable y trágico; otros, como Stendhal, el honor caballeresco y desdeñoso del detalle prosaico; y unos terceros, como Gautier y Hugo, el color, lo exótico, el panorama de ciudades y campos.
Pero en este último grupo cabría hacer una distinción entre Gautier y Víctor Hugo; en el autor de Hernani hay algo más, en su españolismo, que el ansia y la dilección por la descripción. Ya lo veremos cuando tratemos de su obra. En Théophile Gautier sí que todo está subordinado a la visión del mundo exterior. La España de Gautier es una España sin hombres, sin habitantes. Recorred su famoso Viaje y no encontraréis ni figuras, ni multitudes. Los españoles, la vida social de España no le interesan a Gautier. Nada de política, de historia, de movimientos y aspectos de la vida humana. Todo son paisajes y descripciones de ciudades. Se cuenta que la señora de una de las casas en que se reunían literatos y artistas en París  creemos que la princesa Matilde— como leyera la relación de Gautier, le preguntó a éste, al ver que en su libro no había rastro de seres humanos: «Pero, Gautier, en España, ¿no hay habitantes?»
Gautier compone un libro pura y exclusivamente descriptivo. La posición de nuestro autor es en absoluto la contraria de Mérimée: para uno no hay en España más que pintura de cosas, y para el otro más que pintura de caracteres. Gautier, en la historia de la literatura francesa, no llega a ser una personalidad de primer orden; figura, ciertamente, entre los insignes; mas le falta la hondura, la genialidad, el estro que marca a los grandes creadores. A nuestro entender, el beneficio que este escritor aporta a las letras francesas estriba en el elemento de exotismo y de novedad que, gracias a su obra, se introduce e infiltra en el espíritu francés. Gautier, viajero, autor de libros descriptivos sobre países como España, Rusia, Turquía (aparte de su novela de asunto egipcio), hace que Francia, al ensanchar su visión estética del mundo, se afirme en su papel de divulgadora de todas las novedades y bizarrías del pensamiento. En una palabra, Gautier ha contribuido poderosamente a que la atención del mundo haya ido convergiendo hacia Francia.
Esto en cuanto al lugar de nuestro autor en la literatura de su Patria. ¿Y en lo que respecta a España? Durante mucho tiempo ha sido tratado desdeñosamente el libro de Gautier; aun se ha llegado a creer que tal obra era depresiva para España. Se ha necesitado para deshacer este error, primero, de las palabras entusiastas que a dicho Viaje dedica Menéndez Pelayo en su Historia de las ideas estéticas; luego, del entusiasmo que por esta obra sintiera el núcleo de escritores que nace a la vida de las letras en 1898. No somos partidarios de que se empleen cierto género de denominaciones para designar estos o los otros literatos; no acaba de gustarnos esto de la generación de 1898. Diríase que hay cierta impertinencia (cuando no pedantería) en esta manera de designar. No parece sino que, por arte mágico, inopinadamente, ha surgido en la marcha de nuestras letras un grupo de escritores que han hecho lo que los demás no han realizado: los demás, tanto los anteriores como los subsiguientes. Pero, en fin, pase, como recurso de comodidad, la denominación. El Viaje de Gautier fue para los escritores de 1898 una revelación; fue la revelación de España, de sus ciudades viejas, de sus monumentos, de sus campiñas. ¡Cómo en las excursiones a Toledo se leían fervorosamente las páginas de Gautier dedicadas a la gloriosa ciudad! La generación del 98 trajo al arte el sentido, hondo y entusiasta, del paisaje y de las ciudades españolas. Pero ¿es que no había antecedentes serios y continuados de este sentir? Los había ; existía toda una tradición.
Una cosa interesantísima sería el hacer ver de qué manera Toledo ha sido, en estética, como el nexo espiritual de la España literaria; de qué modo Toledo sirve como de hilo conductor —a través de las generaciones— para hacer que el sentido de España, el amor a España, la dilección por la historia y las tradiciones españolas, vayan transmitiéndose y perdurando. Toledo juega un papel importante en el movimiento romántico (recuérdese las célebres poesías de Zorrilla), y Toledo sirve de iniciación en el conocimiento de España a los escritores de 1898. Los escritores de esa generación han traído al arte el paisaje y las ciudades de España; su visión y su amor han sido más intensos que los de las generaciones anteriores (que han traído al arte otras cosas, tan considerables como esta, pero de otro género) ; mas la tradición no se había interrumpido. Habría que estudiar detenidamente esos esfuerzos que se venían realizando. Hemos citado a Zorrilla; tendríamos que señalar también la influencia de un pintor, no de primera línea, aunque estimadísimo, don Jenaro Villamil, que consagró sus pinceles a pintar la España vieja; en el mismo sentido, popular y castizo, pintó también Valeriano Bécquer, el hermano del poeta. En literatura, aunque refiriéndonos a tiempos más cercanos a los nuestros, ¿no es de 1891 el segundo volumen de Ángel Guerra, de Galdós, volumen dedicado precisamente a Toledo, descripción soberbia, maravillosa de la España castiza?
Théophile Gautier, con su Viaje, y muchos años después de publicado, aviva poderosamente en un grupo de escritores españoles el amor a su Patria y el ansia de conocer su Patria. Una corriente iniciada por el romanticismo (en literatura y en pintura) es reforzada con ahínco por el libro de Gautier. Un literato francés ha operado tal obra bienhechora y patriótica. España se ha conocido mejor a sí misma. Y esto es lo que a Francia deberemos siempre, entre otras cosas, los españoles.

AZORÍN (Entre España y Francia. Hispanistas.)