viernes, 15 de mayo de 2026

Louis de Bonald: Reflexiones sobre diversos temas I

 
ADVERTENCIA

He escrito estas Reflexiones tal y como se me han presentado en la mente: las publico en el mismo orden, o, si se quiere, en el mismo desorden en que fueron escritas. Las Reflexiones son una conversación a menudo interrumpida, a menudo retomada, sobre todo tipo de temas; y no exigen, como un tratado dogmático, una división en capítulos recogidos en un índice.

La variedad, que es inevitable en este tipo de obras y que también puede hacer que su lectura resulte menos fatigosa, multiplica los puntos débiles y los flancos vulnerables; y, en este sentido, una Recopilación de Reflexiones se asemeja a esas líneas militares demasiado extensas, que el enemigo puede penetrar en mil lugares. Lo sé; pero no es por haber defendido la necesidad de la censura para las obras serias por lo que voy a menospreciar los justos derechos de la crítica.

Expreso mis sentimientos con mi franqueza habitual; si pueden parecer cortantes se debe únicamente a la forma breve y sentenciosa de un escrito del género de éste. Los expongo con la consideración y el respeto debidos a los hombres y a las leyes: no se puede exigir más. Concedo a los gobiernos quizá más poder del que piden; pero no puedo reconocerles el de prohibir la discusión grave y seria sobre cualquier asunto de orden público. La verdad es el primer bien de los hombres, el fundamento más seguro de los Estados; no estamos aquí abajo más que para conocerla, y no tenemos otro medio de descubrirla que buscarla.

 

REFLEXIONES SOBRE DIVERSOS TEMAS

Puesto que la sociedad fue primero familia y luego Estado, la instrucción de los hombres debió comenzar con proverbios y debe terminar con reflexiones. El proverbio es una máxima de conducta aplicada al gobierno moral o material de la familia, y la fábula o el cuento moral no es ni debe ser más que una máxima o, a veces, incluso un proverbio revestido de una imagen familiar. Las reflexiones tienen un objeto más general, y deben ofrecer reglas de opinión o de conducta para los hombres reunidos en sociedad estatal o pública; convienen tanto a los hombres más ocupados como a las mentes más ejercitadas. Son en doctrina lo que el análisis es en geometría, lo que los billetes de banco son para la circulación del dinero: por un lado, reducen un gran número de ideas a una expresión más abreviada; por otro, ofrecen, como fórmulas generales, aplicaciones positivas a un mayor número de circunstancias. Así deben ser las reflexiones morales y políticas; y siento que es más fácil dar su definición que su ejemplo.

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Incluso tras el ejemplo de Francia, a Europa le falta una última lección. ¡Ay del pueblo destinado a impartírsela!

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La religión había colocado la monarquía en el corazón. La filosofía la ha sacado de allí y la ha puesto en la cabeza. Era un sentimiento; es un sistema. La sociedad no gana nada con ello.

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¿Qué ha sucedido, pues, en la sociedad, que ya solamente se pueda hacer funcionar a la fuerza una máquina desmontada que antes funcionaba sola, sin ruido y sin esfuerzo?

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La cinta que los convencionales tendían a lo largo de la terraza de los Feuillants para impedir que el pueblo pasara más allá representa, en la realidad, las precauciones que la política moderna toma para defender a la sociedad de las tentativas del poder popular.

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Los rusos siguen siendo un pueblo nómada, al menos en su inclinación, y las casas de Moscú no eran más que las carretas de los escitas a las que se les habían quitado las ruedas. Por eso los rusos tienen una singular inclinación a variar la distribución y el mobiliario de sus casas; parece que, al no poder cambiarlas de lugar, cambian en ellas todo lo que pueden. Esta disposición aumenta su fuerza de agresión e incluso su fuerza de resistencia. Es una empresa insensata ir con un pueblo sedentario a atacar en su propio territorio a un pueblo nómada. Mal les fue a los romanos y a los franceses.

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Tonterías cometidas por gente capaz; extravagancias pronunciadas por gente ingeniosa; crímenes cometidos por gente honrada… Eso son las revoluciones.

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En el estado en que se encuentran hoy los dos mundos, se necesitaría un tercero donde pudieran refugiarse todos los desdichados y todos los descontentos. América, en el siglo pasado, tal vez salvó a Inglaterra de una convulsión total. Este último recurso falta hoy al pobre género humano, y ya no le queda más nuevo mundo que el otro mundo.

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En las crisis políticas, lo más difícil para un hombre honrado no es cumplir con su deber, sino saber cuál es.

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Una conducta desordenada agudiza el ingenio y falsea el juicio.

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La administración debe hacer poco por los placeres del pueblo, lo suficiente por sus necesidades y todo por sus virtudes.

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Una revolución tiene sus leyes, como un cometa tiene su órbita: y la primera de todas es que quienes creen dirigirla no son más que instrumentos; unos destinados a iniciarla, otros a continuarla o a terminarla. El obrero cambia a medida que avanza la obra. Bonaparte se sometió a esta ley como los demás, y más que los demás.

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La justicia, tras una revolución, es el arcoíris tras la tormenta.

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El estado agrícola, primera condición del hombre, es esencialmente monárquico. La propiedad territorial es un pequeño reino gobernado por la voluntad del jefe y el servicio de los subordinados. Por eso el Evangelio, que es el código de las sociedades, compara perpetuamente el reino con la familia agrícola. El sentido común o las costumbres de un pueblo de agricultores están mucho más cerca de las nociones más elevadas y sanas de la política que todo el espíritu de los ociosos de nuestras ciudades, sean cuales sean sus conocimientos en las artes y las ciencias físicas.

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Los agricultores viven en paz, y entre ellos no puede haber rivalidad ni competencia; los comerciantes, por el contrario, se encuentran entre sí en un conflicto inevitable de intereses; y se puede decir que la agricultura, que deja a cada uno en su tierra, reúne a los hombres sin acercarlos, y que el comercio, que los amontona en las ciudades y los pone en relación continua, los acerca sin reunirlos.

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Cuando el Estado es monárquico, los municipios son y deben ser Estados populares. La autoridad monárquica se sentiría allí demasiado, porque el súbdito está demasiado cerca del poder. Así, antiguamente en Francia, se burlaban un poco de los alcaldes, de los concejales, incluso de los intendentes, y los asuntos no iban peor por ello. Pero cuando la política moderna quiso trasladar al Estado el régimen popular, hubo que otorgar a los alcaldes y a los prefectos una autoridad despótica.

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No es, sin duda, por ambición o por interés, y menos aún por vanidad, por lo que algunos hombres se obstinan en defender opiniones aparentemente desacreditadas, que no conducen ni a los honores ni a la fortuna, y hacen que sus escritos sean tachados de paradójicos o incluso de exagerados. Es únicamente por respeto a su nombre, y por temor a que la posteridad, si llegan a ella, los acuse de haber cedido ante la avalancha de falsas doctrinas y malos ejemplos.

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Cuando la política ha perdido de vista los principios, hace experimentos e intenta descubrimientos.

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En un Estado donde las costumbres clasifican a la mayoría de las familias en profesiones hereditarias, los hombres que ascienden tienen un obstáculo más que superar; le deben más a la naturaleza que al arte y a la instrucción, y eso los hace aún más fuertes.

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Los gobiernos que exigen fuertes impuestos a los pueblos no se atreven ni pueden exigirles otra cosa. ¿Cómo, por ejemplo, imponer el descanso religioso del domingo a hombres que no tienen suficiente con el trabajo de toda la semana para alimentar a su familia y pagar los impuestos? Los pueblos lo perciben, y compensan con libertinaje lo que pagan con dinero. El gobierno más fuerte y represivo sería aquel que tuviera menos necesidades y que pudiera exigir a los pueblos únicamente que fueran buenos.

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El lujo de las artes, y sobre todo del arte de la guerra, ha puesto a los reyes en la dependencia de los pueblos.

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Los reyes deben castigar todo lo que se desvíe del orden, todo, pues hay hombres y faltas que ya están suficientemente castigados por el perdón; pero el perdón no es ni olvido ni silencio.

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Entre los judíos, parece que no había ninguna profesión infame, ni siquiera había verdugo, al menos en los primeros tiempos, ya que el propio pueblo lapidaba a los culpables; como aún hoy, en los cuerpos militares, los soldados ejecutan sobre sus compañeros las sentencias de pena aflictiva o capital. Los pueblos modernos no tienen el mismo respeto por el hombre, y unos degradan a otros por el placer o la utilidad de los demás.

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Francia, primogénita de la civilización europea, será la primera en renacer al orden o en perecer.

(continuará)

LOUIS DE BONALD

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

AVERTISSEMENT

J’ai écrit ces Pensées comme elles se sont présentées à mon esprit : je les publie dans le même ordre, ou, si l’on veut, dans le même désordre qu’elles ont été écrites. Des Pensées sont une conversation souvent interrompue, souvent reprise, sur toutes sortes de sujets ; et elles ne demandent pas, comme un traité dogmatique, une division par chapitres enregistrés dans une table des matières.

La variété, qui est inévitable dans ces sortes d’ouvrages, et qui peut aussi en rendre la lecture moins fatigante, multiplie les parties faibles et les points d’attaque ; et, sous ces rapports, un Recueil de Pensées ressemble à ces lignes militaires trop éten-dues, que l’ennemi peut percer en mille endroits. Je le sais ; mais ce n’est pas après avoir défendu la nécessité de la censure pour les ouvrages sérieux, que je méconnaîtrai les justes droits de la critique.

J’expose mes sentiments avec ma franchise accoutumée ; mais ce qu’ils paraîtraient avoir de tranchant, tient uniquement à la forme briève et sentencieuse d’un écrit du genre de celui-ci. Je les expose avec les égards et le respect dus aux hommes et aux lois : on ne peut en exiger davantage. J’accorde aux gouver-nements plus de pouvoir peut-être qu’ils n’en demandent ; mais je ne saurais leur reconnaître celui d’interdire la discussion grave et sérieuse sur quelque objet que ce soit d’ordre public. La vérité est le premier bien des hommes, le plus sûr fondement des États ; nous ne sommes ici-bas que pour la connaître, et nous n’avons pas d’autre moyen de la découvrir, que de la chercher.

 

PENSÉES SUR DIVERS SUJETS

Comme la société a été d’abord famille, et puis État, l’ins-truction des hommes a dû commencer par des proverbes, et doit finir par des pensées. Le proverbe est une maxime de conduite appliquée au gouvernement moral ou matériel de la famille, et l’apologue ou la fable n’est et ne doit être qu’une maxime ou quelquefois même un proverbe revêtu d’une image familière. Les pensées ont un objet plus général, et doivent offrir des règles d’opinions ou de conduite pour les hommes réunis en société d’État ou publique ; elles conviennent à la fois à des hommes plus occupés et à des esprits plus exercés. Elles sont en doctrine ce que l’analyse est en géométrie, ce que les billets de banque sont pour la circulation d’argent : d’un côté, elles réduisent un grand nombre d’idées sous une expression plus abrégée ; de l’autre, elles offrent, comme des formules gé¬nérales, des applications positives à un plus grand nombre de circonstances. C’est là ce que doivent être des pensées morales et politiques ; et je sens qu’il est plus facile d’en donner la défi¬nition que l’exemple.

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Même après l’exemple de la France, il manque à l’Europe une dernière leçon. Malheur au peuple destiné à la lui donner !

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La religion avait placé la monarchie dans le cœur. La philosophie l’en a tirée et l’a mise dans la tête. Elle était sentiment ; elle est système. La société n’y gagne rien.

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Que s’est-il donc passé dans la société, qu’on ne puisse plus faire aller qu’à force de bras une machine démontée qui allait autrefois toute seule, sans bruit et sans effort ?

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Le ruban que les conventionnels tendaient le long de la terrasse des Feuillants pour empêcher le peuple de passer outre, représente au naturel les précautions que la politique moderne prend pour défendre la société des entreprises du pouvoir populaire.

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Les Russes sont encore un peuple nomade, au moins d’incli-nation, et les maisons de Moscou n’étaient que les chariots des Scythes dont on avait ôté les roues. Aussi les Russes ont un singulier penchant à varier la distribution et l’ameublement de leurs maisons ; on dirait que, ne pouvant les changer de place, ils y changent tout ce qu’ils peuvent. Cette disposition ajoute à leur force d’agression et même à leur force de résistance. C’est une entreprise insensée que d’aller avec un peuple sédentaire attaquer chez lui un peuple nomade. Mal en a pris aux Romains et aux Français.

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Des sottises faites par des gens habiles ; des extravagances dites par des gens d’esprit ; des crimes commis par d’honnêtes gens… Voilà les révolutions.

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Dans l’état où se trouvent aujourd’hui les deux mondes, il en faudrait un troisième où pussent se réfugier tous les malheu¬reux et tous les mécontents. L’Amérique, dans l’autre siècle, sauva peut-être l’Angleterre d’un bouleversement total. Cette dernière ressource manque aujourd’hui au pauvre genre hu¬main, et il ne lui reste plus de nouveau monde que l’autre monde.

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Dans les crises politiques, le plus difficile pour un honnête homme n’est pas de faire son devoir, mais de le connaître.

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Une conduite déréglée aiguise l’esprit et fausse le jugement.

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L’administration doit faire peu pour les plaisirs du peuple, assez pour ses besoins, et tout pour ses vertus.

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Une révolution a ses lois, comme une comète a son orbite : et la première de toutes est que ceux qui croient la diriger ne sont que des instruments ; les uns destinés à la commencer, les autres à la continuer ou à la finir. L’ouvrier change à mesure que l’ouvrage avance. Bonaparte a été soumis à cette loi comme les autres, et plus que les autres.

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La justice, après une révolution, est l’arc-en-ciel après l’orage.

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L’état agricole, première condition de l’homme, est essen-tiellement monarchique. La propriété territoriale est un petit royaume gouverné par la volonté du chef et le service des subalternes. Aussi l’Évangile, qui est le code des sociétés, com-pare perpétuellement le royaume à la famille agricole. Le bon sens ou les habitudes d’un peuple d’agriculteurs sont bien plus près des plus hautes et des plus saines notions de la politique que tout l’esprit des oisifs de nos cités, quelles que soient leurs connaissances dans les arts et les sciences physiques.

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Les agriculteurs vivent en paix, et il ne peut y avoir entre eux de rivalité ni de concurrence ; les commerçants, au contraire, sont les uns avec les autres en conflit nécessaire d’intérêts ; et l’on peut dire que l’agriculture, qui laisse chacun à sa terre, réunit les hommes sans les rapprocher, et que le commerce, qui les entasse dans les villes et les met en relation continuelle, les rapproche sans les réunir.

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Quand l’État est monarchique, les municipalités sont et doivent être des États populaires. L’autorité monarchique y serait trop sentie, parce que le sujet y est trop près du pouvoir. Ainsi autrefois en France, on se moquait un peu des maires, des échevins, même des intendants, et les affaires n’en allaient pas plus mal. Mais lorsque la politique moderne a voulu transporter dans l’État le régime populaire, il a fallu donner aux maires et aux préfets une autorité despotique.

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Ce n’est assurément pas par ambition ou par intérêt, encore moins par vanité, que quelques hommes s’obstinent à soutenir des opinions en apparence décréditées, qui ne conduisent ni aux honneurs ni à la fortune, et font taxer leurs écrits de para¬doxe ou même d’exagération. C’est uniquement par respect pour leur nom, et de peur que la postérité, s’ils y parviennent, ne les accuse d’avoir cédé au torrent des fausses doctrines et des mauvais exemples.

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Quand la politique a perdu de vue les principes, elle fait des expériences et tente des découvertes.

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Dans un État où les mœurs classent le plus grand nombre des familles dans des professions héréditaires, les hommes qui s’élèvent ont un obstacle de plus à vaincre ; ils doivent plus à la nature qu’à l’art et à l’instruction, et n’en sont que plus forts.

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Les gouvernements qui exigent des peuples de forts impôts, n’osent ni ne peuvent en exiger autre chose. Comment, par exemple, commander le repos religieux du dimanche à des hommes qui n’ont pas assez du travail de toute la semaine pour nourrir leur famille et payer les subsides ? Les peuples le sentent, et se dédommagent en licence de ce qu’ils paient en argent. Le gouvernement le plus fort et le plus répressif serait celui qui aurait le moins de besoins, et qui pourrait n’exiger des peuples que d’être bons.

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Le luxe des arts, et surtout de l’art de la guerre, a mis les rois dans la dépendance des peuples.

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Les rois doivent punir tout ce qui s’écarte de l’ordre, tout, car il y a des hommes et des fautes assez punis par le pardon ; mais le pardon n’est ni oubli ni silence.

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Chez les Juifs, il paraît qu’il n’y avait point de profession infâme, il n’y avait pas même de bourreau, au moins dans les premiers temps, puisque le peuple lapidait lui-même les cou-pables ; comme encore aujourd’hui, dans les corps militaires, les soldats exécutent sur leurs camarades les sentences à peine afflictive ou capitale. Les peuples modernes n’ont pas le même respect pour l’homme, et ils avilissent les uns pour le plaisir ou l’utilité des autres.

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La France, premier né de la civilisation européenne, sera la première à renaître à l’ordre ou à périr.