martes, 3 de marzo de 2020

Leonardo Castellani y Robert Hugh Benson: Señor del Mundo

SEÑOR DEL MUNDO

He traducido este libro para una persona, y si ella lo lee, lo demás no importa, pero puede ser útil, si no me engaño, a muchos otros.
“Qui scribit, bis legit”, decían los romanos; bien pudieran decir: “qui vertit, ter legit”, el que traduce, lee tres veces… Quiero decir que traducirlo me ha sido extraordinariamente provechoso también a mí. Entre otras cosas, para traducir bien una obra maestra, hay que ir hasta el tuétano del pensamiento y de la técnica del artista; y se le revela a uno la delicada fábrica de ambos, oculta allá detrás.


En julio de 1956, estando en Londres, busqué con afán las obras de R.H. Benson que aún no poseo, y un ejemplar bueno de LORD OF THE WORLD, su obra maestra, que poseo en una edición barata (Hutchinson Company) hecha para los “Dominios”, sin fecha, mala impresión, mal papel, deplorable presentación… La búsqueda fue infructuosa; aparentemente, las obras del admirable novelista no se reimprimen más; y en Foyles, la librería mayor del mundo, que tiene un stock de 1.400.000 libros de segunda mano, me dijeron que no los encontraría. Supongo que los estragos de la guerra y el ambiente protestante de Inglaterra explican esto.
Este libro religioso, que para nosotros puede ponerse al lado del Pilgrim Progress de Bunyan y el Paradise Lost de Milton, tiene mala suerte. Juan Mateos Pbro., lo tradujo pobremente, por no decir mal, para Gili, de Barcelona, tomándose la libertad de hacerle añadiduras, y ésas, chabacanas, estropeando por ejemplo el § 3 del capítulo IV. Además, parece que antepuso al comienzo del “Prólogo” este pegote insolente: “Los que son enemigos de prólogos fastidiosos, pueden omitir la lectura de éste, que no ingresa en la acción de la novela” (cito de memoria), lo cual es falso, y es una broma pesada del autor; pues siendo éste un soberano artista, si el Prólogo fuese superfluo, lo hubiese omitido él mismo. Un artista no pone nada innecesario en su obra.
Una “editorial” de Buenos Aires tomó esta traducción y la reprodujo con los siguientes empeores: 1°) cambió el título del libro; 2°) omitió dos páginas de “la muerte de Mabel”, arruinando el capítulo IV del Libro Tercero; y 3°) suprimió tranquilamente el prólogo calumniado.
Yo no quería que esta obra se perdiera. La leí a los quince o dieciséis años en la traducción de Mateos, y me hizo una impresión indeleble. Releída más tarde en el texto inglés, la juzgué una de las más interesantes de la riquísima novelística inglesa, superior a las de Wells como “novela anticipatoria”, comparable a las de Meredith en estudio psicológico y pulcritud de forma, cargada de un mensaje religioso de alta actualidad e importancia; en suma, un poema teológico en prosa que se puede poner al lado del Paradise Lost, y superior a él en algunos aspectos; desde luego, el de la amenidad…y la ortodoxia.
Pasando por Barcelona este año, vi que Gili Hijos había reeditado su traducción de hace cuarenta años, sin retoques. Como dijimos, esa traducción es deficiente, es “aguada”, ha puesto demasiadas palabras de más, además de verba y retórica española; ha “rebajado” el texto, en el sentido en que se “rebaja” el vino; y este rebajar, tratándose de una gran obra literaria, puede equivaler a “anular”. Nosotros hemos añadido a veces; pero para reforzar, no para diluir. Hemos añadido graduación, no agua. Reparar algún olvido del autor, es lícito; y también sacar en limpio, por medio de una palabra más, una conclusión que el autor sabe que sus lectores ingleses sacarán por sí mismos; pero yo sé que mis lectores no.
En suma, he hecho mi oficio a conciencia, tomándome todas las libertades que eran necesarias, pero ni una sola más que las necesarias; cotejando de paso con asombro las cualidades de ambas lenguas; y notando que aunque la inglesa es “la más breve, bella y bárbara del Universo”, con todo es posible emular hasta cierto punto (como notó ese gran “scholar” que fue don Carlos Obligado) su heroica concisión con la española; no con la enormidad de monosílabos, las preposiciones separables y las palabras compuestas, que son su privilegio regio, sino por medio de la elipsis, la metáfora, las frases hechas y modismos, y la rica flexión de los verbos castellanos.


Lord of the World a su aparición suscitó una gran resistencia en muchos católicos, que lo acusaron de “sombrío” y aun de “desesperado”, estimando que la “Iglesia no podía ser derrotada (es decir, perseguida) en tal forma, pues poseía las promesas divinas, etc.” Eso oí declamar con mucho énfasis cuando era mozuelo al P. Irribaren, un sacerdote vasco. El escándalo ante el Apocalipsis y la Segunda Venida de Cristo (que son dogmas de Fe) es común en el catolicismo actual; y creo que se ha acentuado desde Benson acá. Viene quizá de que se adhiere a la Iglesia como a un partido político; y además, los que están muy enfermos no aman oír hablar de la muerte; y así el mundo actual. Como se ve por la correspondencia de Benson (publicada por Martindale s.j.) la resistencia en Inglaterra fue enorme. Benson podía haber contestado tranquilamente: “Más sombrío, si acaso, es el Apocalipsis y el capítulo XXIV de San Mateo”. Mas él escribió otra novela, llamada “Aurora Total” (The Dawn of All) –traducida al español con el título de Alba Triunfante  – para darse a entender mejor.
Estotra novela contempla la “Otra posibilidad” abierta en tiempo de Benson, y que en realidad no está cerrada nunca al Poder imprevisible que gobierna la historia: la posibilidad de un gran triunfo de la Iglesia: esa “conversión de Europa” que invoca Hillaire Belloc como único albur de salvar el mundo actual. Pero… “nunca segundas partes fueron buenas”; y esta segunda parte (en realidad, contraparte) no tiene la fuerza, la grandeza ni la convicción de su gemela-antípoda. Se ve que las presunciones de su autor (llámense “pesimistas” si se quiere) no corrían por ese cauce, y se inclinaban al otro polo, al de las grandes derrotas inminentes de la cristiandad; y los acontecimientos de este último medio siglo ciertamente no lo han desmentido.
Muchas de las cosas previstas por Benson en su fantasía poética (en la cual no hizo sino prolongar algunas líneas de fuerza de su tiempo, proyectándolas al futuro) se han verificado. Apoyándose en el libro del Apocalipsis (que siendo él todavía niño, su padre, el arzobispo de Cantórbery, había comentado), Benson sin embargo no lo asume por entero, a fin de lograr, con certero tacto artístico, la unidad de la obra; y esquivar los temas que, por su vastitud desmesurada, eran inabarcables a la representación artística; escollo que quizás no supo salvar del todo nuestro Hugo Wast en su 666, novela del tema análogo. Benson se ciñó al motivo del Anticristo y la Última Tribulación, siguiendo en esto quizá la gran tradición medieval, resumida por Newman en sus cuatro sermones de 1835 sobre “el Anticristo según la doctrina de los Padres”.
En lo que no acertó Benson, como les pasa generalmente a los profetas, fue en el cálculo del tiempo, en el cual se quedó generalmente corto; lo mismo que le ocurrió, por ejemplo, a Nietzsche en sus predicciones. También rehuyó el tema de la Guerra de los Continentes, que está predicha en la Revelación de San Juan; haciéndola evitar por obra del Anticristo Felsenburgh, que procura la paz, y por medio de este gran triunfo se convierte en “Señor del Mundo”. Benson esquivó, además, la profecía de San Pablo acerca de la Conversión de los Judíos y la Restauración del Reino de Israel; las Siete Fialas de la Ira de Dios; y el misterioso pasaje de los Dos Testigos Taumaturgos, así como el de la “Segunda Bestia”.
Robert Hugh Benson nació en 1871, hijo del primado protestante de Inglaterra, arzobispo de Cantórbery, Edgard White Benson, también notable escritor, como toda esta familia (Edgard, Arturo, Edward, Estela…) y autor de varios libros religiosos, uno de ellos sobre el Apocalipsis, como dijimos. Su hijo menor, Robert Hugh, se convirtió al catolicismo después de ordenado clérigo anglicano y desempeñados algunos curatos de la “Iglesia Establecida”. Hizo un viaje a Roma, donde se ordenó sacerdote católico, cuyo recuerdo emocionado pasó a este libro. Soportó mucho tiempo la aversión y la persecución de su hermano mayor Edward Frederic, arqueólogo y también autor de novelas, como Dodo, novela costumbrista decididamente fútil y floja, y Spook Stories, cuentos de duendes; las cuales sí existen actualmente en librerías y se reeditan y propalan, a pesar de ser inferiores a las del hermano menor, según nuestra opinión; que no todos comparten. Edward escribió en su larga vida más de cincuenta novelas, además de algunas piezas de teatro y libros de viaje; Robert Hugh escribió en su corta vida dos o tres obras maestras. La madre sostuvo, apoyó y consoló constantemente al hijo sacerdote, como puede verse en la tierna correspondencia citada en la biografía de Martindale s.j.: Robert Hugh Benson, his Life and Work. Murió en 1914, de cuarenta y cuatro años.
Sin disculpar al hermano, era natural que Robert Hugh Benson fuera perseguido en Inglaterra, aunque honrado en Roma con el título de monsignore; en aquellos tiempos, los monsignori del Vaticano honraban todavía a los profetas. Con lo que dice Robert Hugh Benson de la Iglesia establecida y del Imperio Británico tenía que lastimar al anglicanismo y al jingoísmo (o patrioterismo inglés), las dos religiones más vigentes en Gran Bretaña, y suscitar, ende, el odium theologicum. Dijo verdades tremendas, tanto más cuanto proferidas por el hijo mismo de la cabeza suprema de ambas religiones, el arzobispo-príncipe de la Iglesia Nacional Protestante. Pero, en fin, es el lote de todos los profetas.
Publicó diecinueve novelas, además de varios libros teológicos, como Las Paradojas del Cristianismo, tan amado por Chesterton; El amor a Jesús, Santo Tomás de Canterbury, La Religión del Hombre Medio, Denominaciones No-Católicas y La Amistad de Cristo. Los títulos de sus novelas, además de las dos nombradas, son:
The King’s Achievement (Lo que hizo del Rey);
By what Authority? (¿Con qué autoridad?);
The Queen Tragedy (La tragedia de la Reina) trilogía histórica acerca del nacimiento del cisma inglés;
Come, Rack! Come, Rope! (¡Ven, potro, ven, cuerda!) novela histórica acerca de los mártires ingleses del reino isabelino;
El espejo de Shalot (cuentos de duendes);
Ricardo Raynal, solitario;
La luz invisible (cuentos de misterio);
Los nigromantes (acerca del espiritismo);
Los sentimentales;
Los convencionales;
Bicho Raro (Oddfish);
El cobarde;
Soledad (Loneliness);
Iniciación;
Un hombre medio;
Un cribado (A winnowing) y
¡Un solo Dios!, otra obra maestra genuina, traducida al francés y al italiano con el título de La conversión de Frank Guilesley… (None other Gods).


La corta vida del sacerdote artista resplandeció de todas las virtudes, y de un estudio y un trabajo incansables. Todas sus novelas, aun las más flojas o inmaduras (como Loneliness o Iniciation) muestran maestría y saber y contienen valores apreciables. Su hermano las calificaba públicamente de “panfletos de propaganda papista sensacionalista y folletinescos” –indicando así, sin querer, las dos cualidades máximas de Robert que a él le faltaron, a saber: el don de la invención novelesca y la trascendencia del mensaje. El Dictionary of English Litterature, publicado por John W. Cousin en la colección Everyman’s, omite tranquilamente a Robert Hugh como si no existiera, en tanto que incluye los datos biográficos y bibliográficos de su hermano (edición 7ª, 1929), lo mismo que otras obras de referencia que hemos visto. Puede que me equivoque, pero me parece una injusticia manifiesta.
Vertere, ter quaterque legere…Traduciendo un libro, mucho más que leyéndolo, uno entra en el arte y la inteligencia del autor; y también en sus limitaciones.
Algunos críticos han descalificado el desenlace de este libro (recordemos a Mateos, su primer traductor, y a León Bloy en su Diario) considerándolo inferior al resto de la obra, un descenso, colapso.
No nos parece. Pero en último caso hay que tomar lo que a uno le dan, cuando se lo dan gratis; y si el autor no nos dio más, es que no pudo darnos más. Inconmensurable como era el tema, preferible es que nos haya dado el fin del mundo en una especie de poema lírico-abstracto-místico en prosa, que no una barroca pintura a lo Wells llena de truculencias, de un suceso que de suyo es inefable.
Pero en realidad el final nos parece, bien mirado, egregio. Desarrolla una idea sencilla y profunda, que todo cristiano tiene, pero es misteriosa; a saber, que lo sobrenatural es de suyo más poderoso que todo lo natural, como el viento es más poderoso que la tierra (y el espíritu que la materia) y en una batalla formal lo derrotaría.
No lo derrotaría arrollándolo por violencia, como un huracán se lleva por delante los árboles, sino penetrándolo como un ácido y disolviéndolos; porque el espíritu penetra la materia, si es que no constituye su raíz misma. Por lo menos hay continuidad entre ellos

car le surnaturel est lui-même charnel;

y aunque no lo parezca en la actual condición y economía de la creación, el espíritu es el más fuerte.
Por eso Benson discurre armar a los inermes cristianos enfrentados al enorme poder material del Príncipe de este Mundo con la misa, el santísimo sacramento y los inofensivos cantos litúrgicos; y a estas armas las hace triunfar de modo inesperado pero lógico sobre la tremenda flota aérea del Anticristo; la cual no es precipitada en llamas, como pensó durante siglos la imaginación vulgar sobre los textos del Profeta, sino simplemente, en virtud del fuego esencial, desvanecida en la nada.
Para concebir la muerte del mundo, Benson se apoya con excelsa intuición poética en la muerte del hombre ¿y qué cosa más lógica?, en el desvanecimiento gradual de los sentidos y los vínculos vitales entre cuerpo y alma (tema iniciado en la muerte de Mabel, que hace pendant y preludio a la muerte del universo mundo), no porque el alma se debilite, sino al contrario. Basta que lo sobrenatural devuelva al espíritu su fuerza congénita, para que éste domine a la materia –como ocurre en los milagros.
Sin negar los fuegos pirotécnicos de los diversos Apocalipsis (terremotos, granizos, calor excesivo, luna sangrienta, estrellas que caen, bramidos del mar) al contrario, afirmándolos al sublimarlos, Benson hace ver la última catástrofe desde adentro y no desde afuera: desde la visión mística (visión de la realidad más honda que la sensible) del Sacerdote Sirio, puesto en un trance de agonía o parecido a la agonía. Y esto es un soberano acierto artístico, propio de un gran poeta.
“Libro sombrío”… El mencionado reproche de que Benson pintaría los últimos tiempos con colores demasiado negros, me parece carente de sentido; yo diría que más bien se queda corto.
Desde luego, y aunque “cela va sans dire, mais nous le disons”, esto no es una Suma Teológica ni un Apocalipsis ni un Libro de los Reyes; es una imaginación, es decir, una novela, con la verdad propia de este género. Inventa una manera como la cosa puede pasar, sabiendo que puede haber otras maneras. Lo importante es que la Cosa va a pasar, de esta manera u otra.
Por lo pronto, ya hoy, a los cincuenta años, algunas líneas de 1906 que Benson proyectó al futuro (como la de Gustavo Hervé, por ejemplo) se han cortado, otras han desviado camino. Algunas nuevas han surgido imprevistamente, como el fenomenal Imperio Soviético Ateo, o la creación del Nuevo Reino Israelí, suceso eminentemente profetal.
Fácilmente se podría objecionar ahora (en parte) la concepción de Benson y proponer otra; pero eso sería pecar contra los derechos de autor: los derechos de la imaginación poética.
Los cristianos de Benson, por ejemplo, son admirables. En realidad, retrata de cerca a uno solo, Percy Franklin; y de lejos, una gran masa de cristianos sin rostro, los miembros de la Orden de Cristo. Todos son admirables.
Frente a estos cristianos admirables… renegados como el Padre Francis, seres dolorosamente equivocados como Mabel y perversos como Felsenburgh, o simplemente malos (egoístas) como Oliver Brand. Los dos extremos: seres demoníacos y seres admirables.
Pero hoy día nos encontramos en medio de inmensa cantidad de cristianos NO ADMIRABLES. El término medio –“los imbéciles”, como dice Bernanos– escapó a Benson, o no lo quiso considerar… a no ser fugazmente, en Mister Phillips, quizá.
El Vaticano de Benson es un modelo, tal como lo pudo ver la mente idealista de un joven sacerdote convertido que fue dos años a estudiar a Roma; como lo vimos (con la imaginación) nosotros mismos durante nuestros estudios.
El Vaticano convertido en un nidal de intrigas políticas, en una burocracia impersonal e insensible, en una sucursal del Quay d’Orsay… o en una Beocia (como la historia nos enseña puede darse) Benson no podía verlo. Sin embargo, muchos Santos Padres antiguos creyeron que sería en la Roma de los últimos tiempos (atención, amigos Adventistas, ¡de los últimos tiempos solamente!) donde se asentaría el Anticristo. Benson prefiere hacer volar a Roma… Es preferible. No es seguro.
Puede que Benson haya visto algo de esto, mas no haya querido “desnudar las vergüenzas de su madre”, como prohíbe el Levítico. Tampoco yo lo haré.
Anoto esto al vuelo, solamente para esclarecer la novela. Benson no se sintió con inspiración o con voluntad para retratar el fariseísmo. Sin embargo, sabemos que cuando Cristo retorne encontrará la religión más o menos –más y no menos– como cuando vino. Cuando vino la encontró plagada por el fariseísmo; el cual desconoció al Mesías y dio muerte deicida al Hijo de Dios.
“Si no hubiese fariseísmo en la Iglesia, no habría comunismo en el mundo”, nos dijo antaño en Roma un judío converso, don Benjamín Benavides.


Así, pues, el autor de Señor del Mundo concibe la Gran Tribulación como una persecución externa, que hace mártires de los valerosos y apóstatas de los tímidos, reduciendo el número de los cristianos a un puñado de héroes del espíritu, a través de grandes matanzas y defecciones innúmeras; pero ha velado la tribulación de adentro, la corrupción introducida en el seno de la Iglesia, mucho más temerosa. Ha prescindido de lo que llama el Apocalipsis “la Segunda Bestia”. La Iglesia, apretada más y más, se conserva más y más pura, como un grano de oro en el crisol. Benson no ha tenido la idea (o la ha perdonado al lector) de la corrupción interna específica de la religión; de la confusión dentro del redil, y no solamente fuera.
Con ligereza indigna de un católico, algunos católicos que no eran católicos llegaron a insinuar al aparecer este libro la sospecha de que el novelista “hubiera perdido la fe”… Lo que sí se puede conceder es que quizás esta novela represente una tentación contra la fe ya rechazada, lo cual es justamente lo contrario: una tentación de desaliento vencida.
Mas, como ya hemos dicho, cuando Cristo venga por segunda vez “en gloria y majestad”, encontrará la religión en el mismo estado (y un poco peor) que en su primera venida: Él mismo lo dijo. Y ese fenómeno es mucho más espantable que el de la violencia externa y corporal; la cual no faltará tampoco. Por lo menos, así leemos nosotros las profecías; sujetándonos, si erramos, al juicio de la Santa Madre Iglesia. “Cuando veáis la abominación de la desolación en el lugar donde no debe estar… entonces es”.
“La última corrupción ya ha comenzado, porque la Iglesia ya está tocada: en el Atrio, no en el Santuario”, nos dijo también don Benjamín Benavides.

Las palabras que Cristo habló acerca del misterio de la agonía del mundo que habitamos y su definitiva transformación, son extremosas, tanto en la amenaza como en el consuelo; y van en su desmesura sublime más allá de donde el arte humano puede seguirlas. El Predicador y el Profeta humano (que de esto oficia Benson en este libro) ante un suceso que es mayor que el Diluvio y comparable a la creación misma, debe contentarse con balbuceos. Pero esos balbuceos son también necesarios a la propagación de la Palabra

Día de San Juan Evangelista de 1956.
Buenos Aires, Revista Itinerarium, 1958.