viernes, 5 de julio de 2019

Dostoievski y Fernando Otero Macías: La confesión de Stavroguin

LA CONFESIÓN DE STAVROGUIN

I

Nikolái Vsévolodovich no pegó ojo en toda la noche; se la pasó entera sentado en el diván, dirigiendo a menudo la mirada inquieta a un punto en el rincón, al lado de la cómoda. Toda la noche tuvo la luz encendida. A eso de las siete de la mañana se quedó dormido y, cuando Alekséi Yegórovich, según costumbre inveterada, entró en el cuarto a las nueve y media en punto para traerle el café y lo despertó con su presencia, pareció sorprenderse desagradablemente de haber dormido tanto y de que fuese ya tan tarde. Se bebió el café de un trago, se vistió a toda prisa y salió de casa a la carrera, sin responder siquiera a la cautelosa pregunta de Alekséi Yegórovich sobre si disponía mandarle alguna cosa. Iba por la calle mirando al suelo, hondamente ensimismado, aunque de vez en cuando alzaba la vista y levantaba la cabeza, como asaltado por un indefinido pero violento desasosiego. En una bocacalle, cerca aún de su casa, se cruzó con una cuadrilla de campesinos, unos cincuenta o más; caminaban en orden, casi en silencio, con andar pausado. Tuvo que pararse un momento a la altura de un puesto callejero y oyó decir a alguien que eran «los obreros de los Shpigulin», pero apenas reparó en ellos. Al fin, a eso de las diez y media, llegó a la verja del monasterio del Salvador y San Eutimio en Bogorodsk, en las afueras de la ciudad, en la orilla del río. Solo entonces pareció recordar de improviso algo preocupante y molesto; se paró en seco, hurgó nervioso en el bolsillo en busca de algo… y se sonrió. Después de entrar en el recinto, le preguntó al primer novicio que vio dónde podía encontrar al obispo Tijon, que vivía retirado en el monasterio. El novicio, con una reverencia, le indicó que lo siguiera. Cerca ya del pequeño porche que había al final del alargado edificio de dos plantas, fue arrebatado al novicio, con autoritaria impaciencia, por un monje gordo de pelo cano que lo condujo por un largo y estrecho pasillo, dedicándole también continuas reverencias —si bien, a causa de su gordura no podía inclinarse demasiado, limitándose a dar frecuentes y abruptos cabezazos— y rogándole a cada paso que lo siguiera, cosa que Nikolái Vsévolodovich ya hacía sin necesidad de exhortaciones. El monje lo atosigó a preguntas y le habló del padre archimandrita, pero, al no obtener respuesta, fue adoptando una actitud cada vez más respetuosa. Stavroguin observó que parecían conocerlo en aquel lugar, a pesar de que, hasta donde alcanzaban sus recuerdos, no había estado allí más que de niño. Cuando llegaron a la puerta que había al final del pasillo, el monje la abrió, como si estuviera autorizado a hacerlo, y preguntó con familiaridad a un hermano lego, que apareció al instante, si se podía pasar; acto seguido, sin aguardar contestación, abrió la puerta de par en par y, con otra reverencia, invitó a entrar al «querido» visitante. Una vez gratificado, desapareció en un santiamén, como si estuviera huyendo de alguien. Nikolái Vsévolodovich accedió a una pequeña estancia y, casi al mismo tiempo, asomó a la puerta del cuarto contiguo un hombre alto y delgado, de unos cincuenta y cinco años, ataviado con una sencilla sotana, con aspecto de estar bastante enfermo, con una vaga sonrisa y una expresión peculiar, en cierto modo tímida. Así que aquél era el tal Tijon, del que Nikolái Vsévolodovich había oído hablar por primera vez a Shátov, y sobre el que luego había ido recabando cierta información.
Esa información era variada y contradictoria, pero había algo en lo que todos coincidían: tanto los partidarios de Tijon como sus detractores (que también los tenía) se reservaban en parte su opinión. Aquellos que lo criticaban posiblemente callaban por desdén, y sus adeptos, hasta los más fervientes, por una especie de pudor, como si quisieran ocultar algo (alguna flaqueza, tal vez cierto desvarío). Nikolái Vsévolodovich se había enterado de que Tijon llevaba ya unos seis años viviendo en el monasterio y que tanto la gente más humilde como los personajes más distinguidos tenían por costumbre visitarlo; que incluso en el lejano San Petersburgo contaba con entusiastas admiradores entre los hombres y, sobre todo, entre las mujeres. Pero también había escuchado de un dignísimo señor perteneciente a nuestro «club» —un anciano devoto, por más señas— la siguiente opinión: «Ese Tijon es una especie de loco; desde luego, es un individuo sin ningún talento y, sin duda, muy dado a la bebida». Vaya por delante que lo último es un completo disparate, pues lo que ocurre es que padece de una afección reumática crónica en las piernas que en ocasiones le produce temblores nerviosos. Por otra parte, Nikolái Vsévolodovich tenía conocimiento de que el obispo que vivía allí retirado no había logrado despertar excesivas simpatías dentro del propio monasterio, ya fuera por falta de carácter o por su indolencia, imperdonable e impropia en alguien de su rango. Se decía asimismo que el padre archimandrita, un hombre severo, concienzudo en el cumplimiento de sus deberes como superior de la orden y de notoria erudición, abrigaba incluso cierta animadversión contra él, condenaba su extravagante modo de vida y lo acusaba (no a la cara, sino por medio de alusiones) poco menos que de herejía. Los mismos monjes trataban al obispo enfermo, si no con irreverencia, sí con una inaudita familiaridad. Por otra parte, las dos estancias que formaban la celda de Tijon estaban decoradas de un modo un tanto extraño. Junto a una serie de muebles viejos y toscos, forrados de cuero raído, había unas cuantas piezas de valor: una imponente butaca, una enorme escribanía de excelente factura, una estantería delicadamente labrada, mesitas, anaqueles, todo lo cual, sin duda, le había sido entregado como obsequio. Había una costosa alfombra de Bujará, pero también esterillas. Había grabados de naturaleza «mundana» y asunto mitológico y, junto a éstos, en un rincón, una amplia urna con refulgentes iconos de plata y oro, uno de ellos antiquísimo y con reliquias. También su biblioteca, según se decía, era excesivamente variopinta y contradictoria: convivían en ella los escritos de los grandes eclesiásticos y padres de la Iglesia con «obras dramáticas, y puede que hasta cosas peores».
Tras los saludos iniciales, que ambos pronunciaron con evidente incomodidad, deprisa y casi farfullando, Tijon condujo al huésped a su gabinete y, como si tuviera en todo momento mucha prisa, lo hizo acomodarse en el diván, enfrente de la mesa, mientras él tomaba asiento a su lado en una silla de rejilla. Nikolái Vsévolodovich aún seguía muy confuso, debido a la agitación interior que lo abrumaba. Parecía como si tratara de decidirse a dar un paso extraordinario e incuestionable y que, al mismo tiempo, le resultase poco menos que imposible. Estuvo como un minuto examinando el gabinete, evidentemente, sin reparar en lo que veía; estaba pensando en algo, aunque, desde luego, no sabía en qué. El silencio lo reanimó y, de pronto, tuvo la impresión de que Tijon bajaba los ojos púdicamente, exhibiendo al mismo tiempo una sonrisa del todo innecesaria. Eso le produjo una repulsión inmediata, y le faltó poco para levantarse e irse; sobre todo porque Tijon estaba indiscutiblemente borracho. Pero de repente alzó los ojos y lo miró con una mirada tan firme y tan llena de sentido, con una expresión tan inesperada y enigmática, que estuvo a punto de estremecerse. Por alguna razón, tuvo la sensación de que Tijon ya sabía a qué había ido, de que estaba prevenido de antemano (aunque nadie en el mundo podía conocer la causa), y de que, si no había sido el primero en hablar, había sido solo por ahorrarle un mal trago, porque temía humillarlo.
—¿Sabe quién soy? —le preguntó de forma abrupta—. ¿Me he presentado al llegar o no? Soy tan distraído…
—No se ha presentado, pero tuve el gusto de verle en otra ocasión, hará unos cuatro años, aquí en el monasterio… casualmente.
Tijon hablaba muy despacio, regularmente, con voz suave, vocalizando con claridad.
—Yo no he estado en este monasterio hace cuatro años —replicó Nikolái Vsévolodovich con sorprendente brusquedad—. Únicamente vine aquí de niño, cuando usted aún no estaba.
—¿No lo habrá olvidado? —observó Tijon con cautela, sin querer insistir.
—No, no lo he olvidado, sería absurdo que no lo recordara —insistió Stavroguin con gran vehemencia—. A lo mejor ha oído hablar de mí y se ha hecho la idea, sin duda errónea, de que me conoce.
Tijon guardó silencio. Nikolái Vsévolodovich advirtió que de cuando en cuando una crispación temblorosa le contraía el semblante, un síntoma de su agotamiento nervioso crónico.
—Pero veo que hoy no se encuentra bien —dijo—. Creo que será mejor que me retire.
Hizo incluso ademán de incorporarse.
—Sí, desde ayer tengo un tremendo dolor de piernas y esta noche no he dormido apenas…
Tijon se calló. Su huésped quedó sumido de nuevo, de forma repentina, en un vago ensimismamiento. El silencio fue largo, de unos dos minutos.
—¿Me estaba usted observando? —preguntó de repente Stavroguin, nervioso y suspicaz.
—Mirándole, los rasgos de su rostro me han recordado a los de su madre. No se parecen exteriormente, pero hay una gran semejanza íntima, espiritual.
—¡No nos parecemos en nada, y menos espiritualmente! ¡En absoluto! —Nikolái Vsévolodovich volvió a acalorarse desmesuradamente y sin motivo aparente; ni él mismo sabía por qué—. Eso lo dice… solo porque le doy lástima —dijo sin pensar—. Ah, entonces, ¿es que mi madre viene a verlo?
—Así es.
—No lo sabía. Nunca me lo ha dicho. ¿Con frecuencia?
—Casi todos los meses, a veces más a menudo.
—Nunca, nunca me ha dicho nada. No lo sabía. —Parecía terriblemente inquieto ante aquella revelación—. Y ella, naturalmente, ¡le habrá dicho que estoy loco! —añadió.
—No, no diría yo que loco. Aunque algo de eso he oído, pero dicho por otros.
—Debe de tener una memoria magnífica, para recordar tales nimiedades… Y ¿le han contado lo de la bofetada?
—Algo he oído, sí.
—Vamos, todo. Se ve que tiene usted mucho tiempo libre. Y ¿lo del duelo también?
—También lo del duelo.
—Ha oído usted muchas cosas. Aquí no hacen falta periódicos. ¿Shátov le habrá predispuesto en mi contra? ¿Eh?
—No. Es verdad que conozco al señor Shátov, pero hace bastante tiempo que no lo veo.
—Hum… ¿Qué mapa es ese de ahí? ¡Ah, el mapa de la última guerra! ¿Para qué lo necesita?
—Lo he estado cotejando con este libro. Es una descripción de lo más interesante.
—Déjeme ver. Sí, no es una mala presentación. Aunque, bien mirado, qué lectura más extraña para alguien como usted.
Se hizo con el libro y lo hojeó someramente. Era un relato pormenorizado y brillante de las circunstancias de la última guerra, no tanto desde un punto de vista militar como en un sentido puramente literario. Tras darle algunas vueltas al libro, lo dejó donde estaba con repentina impaciencia.
—Lo cierto es que no sé por qué he venido —dijo con desagrado, mirando a Tijon a los ojos, como si aguardase su respuesta.
—Usted tampoco parece encontrarse bien…
—No, no muy bien.
Y de pronto pasó a contarle, de un modo tan abrupto y entrecortado que algunas palabras resultaban casi incomprensibles, que era víctima, sobre todo por las noches, de una especie de alucinaciones, que veía o sentía a veces a su lado a un ser malicioso, burlón y «racional», «bajo formas diversas y con distintas personalidades, pero siempre es el mismo, y siempre acabo montando en cólera»…
Fueron unas confidencias apasionadas y confusas, como si efectivamente viniesen de un loco; y, sin embargo, Nikolái Vsévolodovich habló con una franqueza tan desusada, nunca vista en él, con tal sencillez, del todo ajena a su naturaleza, que parecía como si el hombre que había sido hasta entonces se hubiera evaporado por completo, de golpe e inesperadamente. No le dio ninguna vergüenza mostrar su miedo al hablar de sus visiones. Pero fue algo momentáneo, que desapareció tal y como había venido.
—Todo esto es absurdo —dijo rápidamente, con irritada incomodidad, una vez que se rehízo—. Iré a ver a un médico.
—Debería, sin duda —asintió Tijon.
—Lo dice usted con una seguridad… ¿Ha conocido a otros como yo, con estas visiones?
—Sí, pero muy raramente. De hecho, que yo recuerde, solo he conocido un caso parecido en toda mi vida. Se trataba de un oficial del ejército; fue después de haber perdido a su mujer, a su compañera de toda una vida. Sé de otro caso, pero solo de oídas. Ambos siguieron tratamientos en el extranjero… ¿Hace mucho tiempo que le ocurre?
—Aproximadamente un año, pero no son más que tonterías. Iré a ver a un médico. Todo esto es absurdo, completamente absurdo. Soy yo mismo bajo distintas formas y nada más. Pero seguro que usted piensa, aunque le esté diciendo lo contrario, que todavía dudo y no estoy convencido de que se trate de mí y no del diablo, realmente.
Tijon lo miró inquisitivo.
—Y… ¿lo ve usted de verdad? —preguntó, descartando de hecho cualquier duda de que no fuese una alucinación falsa y morbosa—. ¿Ve usted realmente alguna figura?
—Es curioso que insista tanto, cuando ya le he dicho que sí la veo —Stavroguin empezó otra vez a irritarse más y más a cada palabra—. Por supuesto que la veo; la veo tan claramente como le estoy viendo a usted… y a veces la veo y no estoy seguro de verla, aunque la estoy viendo… y a veces no distingo qué es lo real, si él o yo… Todo esto es absurdo. No me irá a decir que cree que se trata realmente del diablo —añadió, echándose a reír y adoptando bruscamente un tono burlón—; sin duda eso estaría más en consonancia con su profesión.
—Parece más bien una enfermedad, aunque…
—Aunque ¿qué?
—Los demonios ciertamente existen, pero puede haber muy distintas formas de entenderlos.
—Acaba de bajar usted los ojos otra vez —lo interrumpió Stavroguin con irritante ironía—, porque le ha dado vergüenza pensar que yo pudiera creer en el demonio, pero que hacía como si no creyera en él, astutamente, para poder plantearle a usted la pregunta de si existe o no existe en realidad.
Tijon esbozó una vaga sonrisa.
—Pues sepa que no tiene usted por qué bajar los ojos: resulta poco natural, ridículo y amanerado; y para compensar mi descortesía le diré sin ningún pudor y completamente en serio que creo en el demonio, creo de forma canónica en un demonio no alegórico, sino personal, y en modo alguno pretendo sacarle a nadie una respuesta. Ahora ya lo sabe. Seguro que está usted enormemente satisfecho… —Soltó una risa nerviosa, antinatural.
Tijon lo miró con curiosidad, con ojos afables y un tanto cohibidos.
—¿Cree en Dios? —soltó de repente Stavroguin.
—Sí, creo.
—Se dice que si uno cree y ordena moverse a una montaña, se moverá… Bah, tonterías. Aunque, de todos modos, tengo curiosidad por saberlo: ¿podría usted mover una montaña?
—Si Dios quiere, podría —dijo Tijon suavemente, sin alterarse, bajando de nuevo los ojos.
—Bueno, eso es como decir que sería Dios mismo quien la moviera. No, no, usted; y ¿usted como premio por su fe en Dios?
—Tal vez pudiera moverla.
—¿«Tal vez»? No está mal del todo. ¿Cómo es que todavía tiene dudas?
—Porque no creo por completo.
—¿Cómo? ¿Que usted no cree por completo? ¿No del todo?
—Sí… es posible, y no de un modo perfecto.
—¡Vaya! Al menos usted cree que, aunque fuera con la ayuda de Dios, podría moverla, y eso no es poca cosa. En cualquier caso, ya es más que el très peu de ese otro arzobispo, bien es verdad que bajo la amenaza de la espada. Usted, naturalmente, es cristiano, ¿no?
—Que de Tu Cruz, ¡oh Señor!, no me avergüence —dijo Tijon, casi en un susurro, con apasionamiento, y agachó todavía más la cabeza. Las comisuras de los labios le empezaron a temblar nerviosa y rápidamente.
—Y ¿se puede creer en el demonio no creyendo en Dios? —se mofó Stavroguin.
—Claro, eso le pasa a mucha gente. —Tijon alzó la vista y sonrió.
—Y seguro que usted encuentra eso más respetable, después de todo, que la completa incredulidad… ¡Oh, pope! —Stavroguin se carcajeó.
Tijon volvió a sonreírle.
—Al contrario, el ateísmo absoluto es más respetable que la indiferencia mundana —replicó Tijon, con regocijo y llaneza.
—Ajá, así que eso es lo que piensa.
—Un ateo convencido está un peldaño por debajo de la fe más perfecta (llegue o no a subir ese peldaño), pero un hombre indiferente no tiene ya fe en nada, solo un miedo atroz.
—No obstante… habrá leído el Apocalipsis…
—Así es.
—¿Recuerda: «Y escribe al ángel de la Iglesia en Laodicea»?
—Sí. Preciosas palabras.
—¿Preciosas? Es una extraña expresión para un obispo, y en general es usted un tipo extravagante… ¿Dónde tiene el libro? —Stavroguin, con una rara urgencia y ansiedad, se puso a rastrear la mesa en busca del libro—. Me gustaría leérselo… ¿Tiene la traducción rusa?
—Conozco ese pasaje, me acuerdo muy bien —murmuró Tijon.
—¿Se lo sabe memoria? ¡Recítelo!…
Sin más, fijó la vista en el suelo, apoyó las manos en las rodillas, y se dispuso a escuchar con impaciencia. Tijon recitó, palabra por palabra:
—«Y escribe al ángel de la Iglesia en Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz del principio de la creación de Dios: Conozco tus obras; tú no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca. Porque tú dices: Soy rico; lo tengo todo y nada necesito. Pero no te das cuenta de que eres infeliz y miserable, y pobre y ciego y desnudo»…
—Suficiente —le interrumpió Stavroguin—. Esto para los del medio, esto para los indiferentes, ¿verdad? Sepa que le quiero a usted mucho.
—Y yo también a usted —contestó Tijon en voz baja.
Stavroguin guardó silencio y volvió de pronto a sumirse en su anterior ensimismamiento. Era como si le dieran ataques, y ya iban tres. Y lo que le había dicho a Tijon también había sido poco menos que un ataque, o al menos un arranque inesperado para él. Transcurrió más de un minuto.
—No se enfade —le susurró Tijon, rozándole apenas el codo con un dedo, como si le faltara valor. Stavroguin se estremeció y frunció el ceño malhumorado.
—¿Cómo ha sabido que estaba enfadado? —dijo atropelladamente. Tijon se disponía a contestar cuando él lo interrumpió de nuevo con un inexplicable sobresalto—: ¿Por qué ha pensado que yo no tenía más remedio que enfadarme? Sí, estaba enfadado, tiene razón, y precisamente por haberle dicho que le quería. Tiene razón, pero es usted un cínico redomado, estima en muy poco la naturaleza humana. Cualquier otro que no fuera yo no tendría por qué haberse enfadado… Aunque no se trata de los otros: se trata de mí. Al fin y al cabo, es usted un tipo extravagante y un chiflado… —Su irritación crecía por momentos y, curiosamente, ya no hacía el menor esfuerzo por moderar su lenguaje—: Entérese, no me gustan los espías ni los psicólogos, al menos los que tratan de colarse en mi alma. No he invitado a nadie a entrar en mi alma; no necesito a nadie; me las arreglo solo. ¿Se piensa que le tengo miedo? —alzó la voz y lo miró desafiante—. ¿Está plenamente convencido de que he venido para confiarle algún «terrible» secreto, y lo aguarda con toda la curiosidad de que es capaz un ermitaño como usted? Pues entérese bien: no voy a confiarle nada, ningún secreto, porque puedo pasarme perfectamente sin usted…
Tijon le sostuvo la mirada.
—Le sorprende el hecho de que el Cordero prefiera a un hombre frío que a uno meramente tibio —dijo—. Usted no quiere ser meramente tibio. Algo me dice que se ha apoderado de usted una extraordinaria, acaso terrible, resolución. Si es así, se lo ruego, deje de atormentarse y cuéntemelo todo.
—Ha sabido usted que he traído algo conmigo…
—Yo… lo he adivinado por su rostro —susurró Tijon, bajando los ojos.
Nikolái Vsévolodovich estaba muy pálido; las manos le temblaban levemente. Por unos segundos se quedó inmóvil, mirando a Tijon en silencio, como si no acabara de decidirse. Al fin, se sacó del bolsillo de la levita unas cuantas hojas impresas y las puso sobre la mesa.
—Estas hojas están destinadas a ser distribuidas —dijo con voz trémula—. Sepa que, con que las lea una sola persona, no las ocultaré más tiempo y podrán ser leídas por todos. Así lo he establecido. No le necesito a usted para nada, pues ya está todo decidido. Pero léalas… No diga nada mientras las lee; cuando acabe… diga todo lo que quiera.
—¿Las leo entonces? —preguntó Tijon, indeciso.
—Léalas; hace tiempo que estoy tranquilo.
—No creo que pueda sin gafas: la impresión es fina, extranjera.
—Aquí tiene las gafas.
Stavroguin las cogió de la mesa, se las dio y se recostó en el respaldo del diván. Tijon se concentró en la lectura.

II

En efecto, era una impresión hecha en el extranjero: tres pliegos de papel corriente de cartas, de pequeño tamaño, impresos y encuadernados. Debían de haberse imprimido clandestinamente en alguna tipografía rusa del extranjero y, a primera vista, tenían todo el aspecto de un panfleto político. El encabezamiento rezaba: «De Stavroguin».
Reproduzco este documento al pie de la letra en mi crónica. Me he permitido corregir la ortografía porque las faltas son muy numerosas, algo que me ha sorprendido un tanto considerando que, al fin y al cabo, el autor era un hombre educado e incluso leído (hasta cierto punto, desde luego). En cuanto al estilo, sin embargo, no he introducido cambios, a pesar de sus irregularidades. Salta a la vista, sin duda, que el autor no era un literato.
De Stavroguin.
Yo, Nikolái Stavroguin, oficial retirado, vivía en el año 186… en San Petersburgo entregado a los vicios, que no me daban ninguna satisfacción. En esa época, por un tiempo, tuve tres viviendas. Una de ellas, en la que residía, era una casa de huéspedes, con comidas y servicio, y allí se hospedaba por entonces Maria Lebiádkina, actualmente mi legítima esposa. Mis otras dos viviendas las alquilaba por meses para mis aventuras: en una recibía a cierta dama que estaba enamorada de mí, y en la otra a su doncella, y por un tiempo me atrajo enormemente la idea de ingeniármelas para que la señora y la doncella se encontrasen, en presencia de mis amistades y del marido. Conociendo el carácter de las dos, esperaba divertirme enormemente con aquella broma estúpida.
Mientras iba preparando aquel encuentro, tuve que visitar con más frecuencia uno de los dos domicilios, situado en una casa de la calle Gorójovaia, pues allí era donde me veía con la doncella. Disponía en aquel lugar únicamente de una habitación, en el cuarto piso, que me habían alquilado unos menestrales rusos. Ellos ocupaban el cuarto contiguo, que era más pequeño que el mío, tanto que la puerta que los comunicaba siempre estaba abierta, que era lo que yo quería. El marido era empleado en una oficina y se pasaba fuera de casa todo el día, desde primera hora de la mañana hasta la noche. Su mujer, de unos cuarenta años, se dedicaba a confeccionar prendas nuevas con los retales de otras viejas y también salía de casa a menudo para entregar sus pedidos. Yo me quedaba solo con su hija, de unos catorce años, si no me equivoco, aunque tenía un aspecto muy infantil. Se llamaba Matriosha. La madre la quería, aunque con frecuencia la golpeaba y, como acostumbran estas gentes, le soltaba unos gritos espantosos. Aquella chiquilla me servía y recogía mi cuarto, separado por un biombo. Debo confesar que he olvidado el número de la casa. Me he estado informando y así he podido saber que la han derribado y que donde antes había dos o tres casas viejas se alza hoy un enorme edificio nuevo. Tampoco me acuerdo del nombre de aquellos menestrales (o puede que ni siquiera entonces lo supiera). Sé que la mujer se llamaba Stepanida, creo recordar que Mijáilovna, pero él no sabría decir. Supongo que, si se abriera una investigación y la policía de San Petersburgo pusiese todo su empeño, podrían ser localizados. La vivienda daba a un rincón en un patio. Todo ocurrió en un mes de junio. El edificio estaba pintado de azul celeste muy vivo.
Un día me desapareció del escritorio un cortaplumas que no utilizaba para nada y que ni sé qué hacía allí. Se lo dije a la casera, sin caer en la cuenta de que probablemente zurraría a su hija por ese motivo. Precisamente acababa de regañar a la niña (yo vivía con sencillez, y ellos no se andaban con miramientos) porque no encontraba un retal y, figurándose que se lo había cogido ella, hasta le había tirado del pelo. Cuando el retal apareció debajo del mantel, la niña no dijo esta boca es mía ni se quejó, solo se quedó mirando en silencio. Eso me llamó la atención y, por primera vez, me fijé en su cara, en la que apenas había reparado hasta ese momento. Era rubia y pecosa, de rasgos vulgares, pero había algo en ella muy infantil y sereno, extraordinariamente sereno. A la madre le sentó mal que su hija no se quejara por haberla zurrado sin motivo y volvió a levantarle la mano, aunque sin llegar a darle; y, justo en ese momento, saqué yo lo del cortaplumas. Lo cierto era que, aparte de nosotros tres, no había nadie más que pudiera haberlo cogido, y que solo la niña traspasaba el biombo. La mujer, furiosa por haberse equivocado la primera vez y haberla castigado injustamente, se abalanzó sobre la escoba, le arrancó algunas ramas y se puso a azotar a la niña en mi presencia hasta dejarle el cuerpo lleno de marcas. Matriosha aguantó los azotes sin chillar, si bien a cada golpe dejaba escapar un extraño gemido. Cuando todo hubo acabado, se pasó una hora entera sollozando desconsoladamente.
Pero antes ya había sucedido lo siguiente: en el mismo instante en que la casera agarró la escoba y empezó a arrancarle ramas, vi que el cortaplumas estaba encima de mi cama, adonde debía de haber caído desde el escritorio. Inmediatamente pensé en callármelo, para que la niña sufriese el castigo. Lo decidí en el acto; esos momentos siempre me dejan sin aliento. Pero tengo la intención de contar las cosas con toda firmeza, para que no quede nada en secreto.
Toda situación extraordinariamente ignominiosa, humillante sin medida, abyecta y, ante todo, grotesca en que me he encontrado en mi vida me ha inspirado siempre, a la vez que una rabia extrema, un deleite increíble. Eso es exactamente lo que he sentido cuando he cometido algún delito y cuando he puesto mi vida en peligro. Si robaba algo, mientras cometía el hurto me extasiaba la conciencia de lo profundo de mi vileza. No era la vileza en sí lo que me embriagaba (en ese aspecto, estaba en mi sano juicio), sino que el placer derivaba de la atormentada conciencia de mi degradación. De igual modo, cada vez que aguardaba a pie firme en la barrera a que mi adversario disparase, experimentaba esa sensación humillante y violenta; y hubo una ocasión en que llegué al paroxismo. Confieso que yo mismo, a menudo, buscaba estos lances, porque es para mí la emoción más fuerte que existe. Al recibir una bofetada en el rostro (y he recibido dos en toda mi vida), lo he sentido igualmente, a la par que una ira tremenda. Pero, al verse refrenada la ira por la humillación, el placer sobrepasa todo lo imaginable. Nunca le he contado esto a nadie, ni siquiera por medio de insinuaciones, y siempre lo he ocultado como algo infamante y vergonzoso. Pero, cuando una vez, en una taberna de San Petersburgo, me pegaron brutalmente y me arrastraron de los pelos, no experimenté esa sensación, sino solo una furia incontenible, aunque no había bebido, y les planté cara. En cambio, si aquel vicomte francés que, estando yo en el extranjero, me dio una bofetada a la que respondí descerrajándole un tiro en la mandíbula me hubiera, en vez de eso, tirado del pelo hasta derribarme, me habría embargado el éxtasis y, quizá, no habría sentido ira. Así me lo pareció entonces.
Cuento todo esto para que se sepa que esa emoción nunca me ha dominado por entero, sino que he conservado siempre la conciencia más plena (de hecho, todo se basaba en esa conciencia). Y, aun cuando se apoderaba de mí hasta situarme al borde de la irracionalidad, nunca llegó al extremo de llevarme al olvido de mí mismo. Crecía en mi interior hasta alcanzar el ardor de una hoguera perfecta, pero al mismo tiempo yo podía contenerla enteramente, e incluso detenerla en su punto más alto si quería; solo que nunca quise detenerla. Estoy convencido de que yo sería capaz de vivir como un monje, a despecho de la voluptuosidad animal con que me ha dotado la naturaleza y a la cual siempre me he entregado. Después de haberme entregado hasta los dieciséis años, con inaudita desmesura, a un vicio del que se confesaba Jean-Jacques Rousseau, lo abandoné en el momento mismo en que me pareció oportuno, en mi decimoséptimo año de vida. Cuando quiero, soy siempre dueño de mí mismo. Por eso, que quede claro que no pretendo zafarme de la responsabilidad de mis crímenes, ni con la excusa del ambiente ni con la excusa de la enfermedad.
Cuando acabó la ejecución del castigo, me guardé el cortaplumas en el bolsillo del chaleco y, sin decir palabra, salí de la casa y me deshice de él en la calle, lo bastante lejos de allí para que nadie pudiera encontrarlo. Luego esperé dos días antes de volver por la casa. La niña, después de aquella llantina, se había vuelto aún más callada que de costumbre; a mí, de eso estoy seguro, no me guardaba ningún rencor, aunque estaba evidentemente avergonzada de que la hubieran castigado de aquella manera en mi presencia. Pero de esa vergüenza, como niña que era, seguramente no culpaba a nadie más que a sí misma. Es posible que hasta entonces solo me hubiera tenido miedo, pero no personalmente, sino como inquilino, como un extraño, y, por lo que se ve, era bastante tímida.
Precisamente en aquellos dos días, me pregunté por primera vez si no podría renunciar y abandonar el plan que había concebido, y me di cuenta en el acto de que sí podría, de que podría dejarlo correr sin más en cualquier momento. Fue por entonces cuando pensé en matarme, enfermo de indiferencia, aunque en realidad no sé por qué motivo; pero el caso es que en aquellos dos o tres días (no había más remedio que esperar hasta que a la niña se le olvidase todo aquello), probablemente para distraer mi atención de la idea que me obsesionaba, o por mera diversión, cometí un hurto en la pensión. Fue el primer y único robo en toda mi vida.
Aquella pensión estaba atestada de huéspedes. Entre otros, vivía allí un funcionario con su familia, en dos habitaciones amuebladas; tenía unos cuarenta años, no era nada estúpido y tenía buen aspecto, aunque era pobre. Yo apenas me trataba con él, y a él le daban miedo las amistades de las que yo me rodeaba. Acababa de cobrar su sueldo: treinta y cinco rublos. Más que nada, lo que me llevó a decidirme fue que necesitaba dinero con cierta urgencia (y eso que iba a recibirlo por correo al cabo de cuatro días), de modo que robé como si me hiciera falta y no tanto por diversión. Cometí el robo con total descaro y sin disimulo: me metí sin más en su dormitorio mientras el funcionario estaba comiendo, con su mujer y sus hijos, en la estancia contigua. Encima de una silla que había al lado de la puerta estaba su uniforme doblado. La idea se me ocurrió de repente, cuando todavía estaba en el pasillo. Metí la mano en el bolsillo y cogí el monedero. En ésas, el funcionario oyó ruido y se asomó desde la otra pieza; incluso puede que de hecho viera algo, pero, como no acabó de verlo todo con claridad, no dio crédito a sus ojos, como es natural. Me excusé diciendo que me había asomado desde el pasillo para ver la hora en su reloj de pared. «Está parado, señor», contestó, y yo me marché.
Por entonces yo bebía mucho, y en mis habitaciones se juntaba una buena tropa, en la que nunca faltaba Lebiadkin. Me deshice del monedero y de la calderilla y me guardé los billetes. Había treinta y dos rublos, tres billetes rojos y dos amarillos. Cambié inmediatamente uno rojo y mandé traer champán; luego cambié el segundo billete, y más tarde el tercero. Unas cuatro horas después, ya al atardecer, me encontré al oficial esperándome en el pasillo.
—Oiga, Nikolái Vsévolodovich, cuando entró usted en mi cuarto, ¿no dejaría caer por casualidad mi uniforme de la silla que estaba junto a la puerta?
—No, no me acuerdo. ¿Estaba allí su uniforme?
—Sí, estaba allí.
—¿En el suelo?
—Primero en la silla, y luego en el suelo.
—Y ¿lo recogió?
—Sí.
—Bueno, y entonces, ¿qué es lo que quiere usted?
—No, en ese caso, nada, señor…
No se atrevió a ir más lejos, ni tampoco a contárselo a nadie en la pensión: así de apocada es esa gente. En aquella casa, todo el mundo me tenía mucho miedo y me trataba con deferencia. Después de aquello, un par de veces me divertí cambiando una mirada con él al cruzarnos en el pasillo, pero enseguida me aburrí.
Al cabo de tres días, volví a la calle Gorójovaia. La madre se disponía en ese momento a salir con un hatillo de ropa; el menestral, por descontado, no estaba en casa. Me habían dejado solo con Matriosha. Las ventanas estaban abiertas. En el edificio únicamente vivían artesanos, y todo el santo día se oían, provenientes de todos los pisos, martillazos o canciones. Pasó más o menos una hora. Matriosha estaba sentada en una banqueta en su habitación, dándome la espalda, ocupada en la costura. Al fin, se puso a cantar bajito, muy bajito, como acostumbraba a veces. Saqué el reloj y miré la hora: eran las dos en punto. El corazón me palpitaba. Pero de pronto volví a preguntarme si sería capaz de refrenarme, y enseguida me dije que sí. Me levanté y me fui acercando a ella con sigilo. En sus ventanas había macetas con geranios y brillaba un sol cegador. Me senté en el suelo a su lado, sin hacer ruido. Se sobresaltó y, con un susto de muerte, se puso en pie de un brinco. Yo le cogí la mano y se la besé en silencio, la hice sentar de nuevo en la banqueta y empecé a mirarla a los ojos. Que le besara la mano hizo que le diera la risa, pero solo por un segundo, porque de inmediato volvió a levantarse de un salto impetuoso, y tan asustada que un espasmo le contrajo la cara. Se quedó mirándome con los ojos fijos por el terror y empezó a fruncir los labios como si estuviera a punto de echarse a llorar, pero no lloró. Yo volví a besarle la mano, me la senté en las rodillas y le besé la cara y los pies. En ese momento trató de zafarse de mí y sonrió como si le diera vergüenza, con una sonrisa burlona, y se ruborizó hasta ponerse completamente colorada. Yo le susurré algo. Finalmente, sin transición, ocurrió algo extraordinario, que nunca podré olvidar y que me dejó completamente desconcertado: la chiquilla me echó los brazos al cuello y empezó a besarme apasionadamente. En su rostro se reflejaba el éxtasis más completo. A punto estuve de levantarme e irme, por pura lástima: tan desagradable me parecía esa conducta en una cría tan pequeña. Pero me sobrepuse al repentino sentimiento de terror y me quedé.
Cuando todo hubo acabado, parecía confusa. Yo no intenté tranquilizarla ni seguí acariciándola. Ella me miraba, sonriendo con timidez. De repente, me pareció que tenía cara de estúpida. Su turbación iba aumentando por momentos, hasta apoderarse de ella. Finalmente, se tapó la cara con las manos, fue hasta un rincón y se quedó allí de pie, inmóvil, de cara a la pared. Yo temí que volviera a entrarle el pánico, como poco antes, y sigilosamente me marché de la casa.
Imagino que todo lo ocurrido debió de parecerle, en definitiva, una abominación infinita, un horror mortal. A pesar de haber escuchado desde la cuna, a buen seguro, todo tipo de palabrotas rusas y conversaciones peregrinas, estoy plenamente convencido de que aún no entendía nada. Seguramente debió de tener la impresión, finalmente, de haber cometido un crimen monstruoso, de ser culpable de un pecado mortal: «He matado a Dios».
Aquella noche fue cuando tuve la riña en la taberna que antes he mencionado de pasada. No obstante, amanecí en mi cuarto en la pensión; Lebiadkin me había llevado a casa. Mi primer pensamiento al despertarme fue si la niña lo habría contado o no. Fue un momento de auténtico terror, aunque no demasiado intenso todavía. Esa mañana estaba muy contento y de excelente humor con todo el mundo, cosa que sorprendió agradablemente a mis camaradas. No obstante, los dejé a todos ellos para dirigirme a la calle Gorójovaia. Me la encontré abajo, en el portal; venía de la tienda, adonde la habían mandado a comprar achicoria. Al verme, echó a correr escaleras arriba como alma que lleva el diablo. Cuando entré, su madre ya le había dado un par de cachetes por haber entrado en casa «como una loca», lo cual ocultó la verdadera causa de su pánico. De momento, todo estaba tranquilo. Se escondió por ahí y no se dejó ver hasta que me fui. Me quedé aproximadamente una hora y luego me marché.
Al atardecer, volví a sentir miedo, ahora incomparablemente más intenso. Por supuesto, podía negar los hechos, pero a lo mejor me cogían en un renuncio. Me vino a la cabeza la visión del penal. Nunca he sido cobarde y, salvo en este caso, nunca antes ni después he temido nada. Tampoco Siberia, y eso que en más de una ocasión han podido deportarme allí. Pero esta vez estaba asustado de verdad, no sé por qué, por primera vez en mi vida, y era una sensación sumamente angustiosa. Al margen de eso, aquella tarde en mi habitación llegué a odiarla hasta tal punto que resolví matarla. Lo más odioso para mí era el recuerdo de su sonrisa. Empecé a sentir desprecio y una inmensa repugnancia por el hecho de que, después de lo ocurrido, hubiera corrido a esconderse en un rincón tapándose la cara con las manos; me entró una rabia inexplicable, seguida de una tiritona, y luego, cuando cerca ya del amanecer empezó a subirme la fiebre, otra vez se apoderó de mí el terror, pero de tal intensidad que juro que nunca he experimentado un tormento mayor. Sin embargo, ya no odiaba a la niña; o, al menos, mi odio no llegaba al paroxismo de la noche anterior. Me di cuenta así de que un miedo intenso ahuyenta del todo el odio y el afán de venganza.
Me desperté hacia el mediodía, ya sin malestar y hasta sorprendido de la intensidad de las sensaciones del día anterior. No obstante, seguía de mal humor y me sentí impelido a acercarme otra vez a la calle Gorójovaia, a pesar de mis resquemores. Recuerdo que, de camino hacia allí, deseé con todas mis fuerzas que me saliera al paso la oportunidad de enzarzarme en alguna pelea con quien fuera, siempre que fuese una pelea violenta. Pero al llegar a la calle Gorójovaia me encontré inopinadamente en mi cuarto a Nina Savélievna, la doncella, que llevaba ya una hora esperándome. No quería yo a aquella muchacha, y ella lo sabía, hasta el punto de que estaba medio asustada, temiendo que pudiera enfadarme con ella por haber aparecido sin avisar; pero en aquel momento me alegré mucho de verla. No era una muchacha nada fea, aunque era modesta y tenía esos modales que tanto les gustan a los menestrales, por lo que mi casera siempre me la estaba ensalzando. Encontré a las dos tomando café, y a la casera se la veía encantada con aquella agradable conversación. En un rincón de la habitación de mis caseros vi a Matriosha. Miraba a su madre y a la visita sin mover un músculo. Cuando aparecí yo, no se escondió como la vez anterior ni tampoco salió corriendo, únicamente me dio la impresión de estar muy delgada y como febril. Me mostré cariñoso con Nina y cerré la puerta cuando la casera nos dejó a solas, algo que no había hecho en mucho tiempo, así que Nina se marchó totalmente satisfecha. Yo me fui a la vez que ella, y estuve dos días sin volver por la calle Gorójovaia. Estaba harto de todo aquello.
Decidí poner fin a la situación, renunciar a mis viviendas y marcharme de San Petersburgo. Pero, cuando fui a comunicárselo a la casera, la hallé muy preocupada y angustiada: Matriosha llevaba tres días enferma, con fiebre alta y delirios nocturnos. Naturalmente, le pregunté —hablábamos en voz muy baja y en mi cuarto— qué decía cuando deliraba, y ella, con un hilo de voz, me contó que desvariaba acerca de «cosas horribles»: «He matado a Dios, dice». Yo me ofrecí a pagar la visita de un médico, pero ella no aceptó. «Si Dios quiere, se le pasará sin necesidad de médicos; tampoco está todo el rato acostada, de día se levanta… Hace un momento ha bajado a la tienda». Decidí que tenía que verme a solas con Matriosha y, como la casera dejó caer que debía ir a la Peterbúrgskaiaa eso de las cinco, decidí volver por la tarde.
Comí en una taberna. A las cinco y cuarto en punto estaba de vuelta. Abrí, como siempre, con mi llave. No había nadie más que Matriosha. Estaba acostada en la cama de su madre, oculta tras el biombo, y vi cómo se asomaba a mirar, pero hice como que no me había dado cuenta. Estaban abiertas todas las ventanas. Entraba una brisa tibia, casi caliente. Me puse a dar vueltas por la habitación y finalmente me senté en el diván. Lo recuerdo todo hasta el último detalle. No sé por qué, pero lo cierto es que me complacía en mantener a Matriosha en vilo, sin dirigirle la palabra. Dejé que pasara así una hora entera, hasta que repentinamente ella salió de detrás del biombo, abandonando la cama. Primero oí el golpe seco de sus pies al dar en el suelo, y después unos pasos muy ligeros, y en ésas apareció en el umbral de mi habitación. Se quedó de pie mirándome en silencio. Observé que, en esos días en que no había tenido ocasión de verla de cerca, había adelgazado muchísimo. Tenía la cara chupada y un aspecto indudablemente febril. Sus ojos, más grandes que antes, estaban fijos en mí y muy abiertos, con una expresión de curiosidad embobada, o esa sensación me dio al principio. Yo seguía sentado, mirándola sin moverme. Y entonces, de repente, volví a odiarla, aunque no tardé en darme cuenta de que no le inspiraba ningún miedo, sino que más bien estaba delirando. Pero tampoco se trataba de un delirio. De repente se puso a cabecear repetidamente, sin dejar de mirarme, como suelen hacer en señal de reproche las personas simples y sin educación, y acto seguido levantó su diminuto puño en el aire como si me amenazase con él. En un primer momento, el gesto me pareció ridículo, pero luego no pude soportarlo. Su cara reflejaba una desesperación que resultaba intolerable en una niña. Siguió agitando el puñito de modo amenazante y sacudiendo la cabeza en señal de reproche. Yo me levanté y me acerqué a ella atemorizado y, cautelosamente, empecé a hablarle con dulzura y afecto, pero enseguida vi que no entraría en razón. De pronto, se tapó impulsivamente la cara con las dos manos, como había hecho la otra vez, se retiró hasta la ventana de su cuarto y se quedó allí dándome la espalda. Yo me volví a mi cuarto y me senté al lado de la ventana. No soy capaz de comprender por qué, en lugar de marcharme, me quedé allí como si esperase algo. Pronto volví a oír sus pasos apresurados, ahora por la galería de madera que conducía a las escaleras. Me acerqué a toda prisa hasta la puerta, la abrí y solo me dio tiempo a ver cómo Matriosha se metía en el minúsculo trastero, que parecía un gallinero, al lado de otro sitio. Una idea muy curiosa me vino a la cabeza. Aún hoy no consigo discernir por qué, sin previo aviso, todo empezó a girar en torno a esa idea. Entrecerré la puerta y volví a sentarme al lado de la ventana. Por supuesto, yo todavía no daba crédito a aquella idea repentina; «y, sin embargo…». (Me acuerdo de todo).
Al cabo de un minuto miré el reloj y registré la hora con total exactitud. Empezó a caer la tarde. Una mosca revoloteaba sobre mi cabeza y venía a posarse una y otra vez en mi cara. La atrapé, la retuve entre los dedos y la eché por la ventana. Una telega entró en el patio haciendo mucho ruido. También en voz muy alta (y desde hacía ya rato), un sastre, asomado a una ventana que daba a una esquina del patio, cantaba una canción. Desde mi ventana podía verlo, sentado y afanado en su trabajo. De golpe caí en que, como no me había cruzado con nadie al entrar en el edificio y subir por la escalera, tampoco convenía que me viera nadie ahora, ni cuando tuviera que bajar, y aparté deliberadamente la silla de la ventana para quedar fuera de la vista de los vecinos. Cogí un libro, pero volví a dejarlo y me puse a observar una diminuta araña rojiza posada en la hoja de un geranio, y me quedé adormilado. Lo recuerdo todo hasta el último instante.
De repente, miré el reloj: habían pasado veinte minutos desde que Matriosha había salido de su cuarto. La conjetura empezaba a cobrar forma de probabilidad. No obstante, decidí esperar exactamente quince minutos más. También podía ser, se me ocurrió, que ella hubiera vuelto y que yo, a lo mejor, no la hubiera oído. Pero eso era imposible: reinaba un silencio de muerte en el que se podía oír el vuelo de una mosca. Otra vez se me desbocó el corazón. Miré el reloj: faltaban aún tres minutos para el cuarto de hora; aguanté como pude, aunque las palpitaciones eran tan fuertes que el pecho me dolía. Al fin me levanté, me puse el sombrero, me abotoné el abrigo y eché un vistazo a la habitación, por si hubiera dejado alguna señal de mi presencia. Arrimé más la silla a la ventana, igual que estaba antes. Por último, abrí con cuidado la puerta, la cerré con mi llave y me fui hacia el trastero. Estaba cerrado, pero no con llave; yo sabía que tenía mal la cerradura, pero no me atrevía a abrir, de modo que me puse de puntillas para poder mirar por la rendija del vano de la puerta. En aquel momento, estando de puntillas, recordé que, cuando me hallaba sentado junto a la ventana mirando aquella arañita roja y a punto de dormirme, había pensado que más tarde tendría que ponerme de puntillas y espiar por esa misma rendija. Menciono este detalle porque quiero que quede completamente claro hasta qué punto estaba yo en plena posesión de mis facultades mentales, y que me hago enteramente responsable de todo. Estuve atisbando por la rendija mucho tiempo, pero allí dentro estaba a oscuras, aunque no del todo. Así que acabé por ver lo que quería… Quería cerciorarme por completo.
Finalmente, decidí marcharme. No me encontré con nadie en la escalera. Tres horas más tarde estábamos todos en la pensión, en mangas de camisa, tomando té y jugando a las cartas con una baraja vieja; Lebiadkin recitaba poemas. Todo el mundo contaba anécdotas y, como si se hubieran puesto de acuerdo, resultaban todas amenas e interesantes, y en modo alguno tan idiotas como de costumbre. También estaba Kiríllov. Nadie bebía, a pesar de que había una botella de ron, salvo Lebiadkin, que de cuando en cuando echaba un trago. Prójor Málov había comentado en cierta ocasión: «Cuando Nikolái Vsévolodovich está de buen humor y no protesta, todos estamos contentos y decimos cosas sensatas». En esos momentos, me acordé de sus palabras.
A eso de las once, apareció la hija pequeña de la portera de la casa de la calle Gorójovaia para comunicarme, de parte de mi casera, que Matriosha se había ahorcado. Me fui con ella y, cuando llegué, comprobé que la casera ni sabía para qué me había hecho venir. Lloraba a gritos y se golpeaba la cabeza; había mucha gente y se había presentado la policía. Me quedé allí un rato, y luego me fui.
Apenas me molestaron a raíz de aquello, si bien me hicieron las preguntas de rigor. Lo único que dije fue que la chica había estado enferma y delirando, por lo que yo me había ofrecido a costearle un médico. También me preguntaron sobre el cortaplumas, y les conté que la madre la había castigado por ese motivo, pero que no había tenido mayor importancia. Nadie se había enterado de que yo había estado allí aquella tarde. De los resultados de la investigación de los médicos no oí nada.
Me abstuve de ir por allí más o menos una semana. Fui a dar aviso a la patrona de que dejaba la habitación, pero eso fue bastante tiempo después del entierro. La casera seguía llorando, aunque andaba ya trajinando con sus retales y cosiendo, como de costumbre. «Por culpa de su cortaplumas la reñí sin motivo», me dijo, pero sin excesivo reproche. Saldé mi cuenta con ella, utilizando como pretexto para marcharme que, después de lo ocurrido, no podía recibir más a Nina Savélievna en aquella casa. Cuando ya me iba, volvió a deshacerse en elogios de Nina Savélievna. Antes de salir, le di cinco rublos de más.
Por encima de todo, sentía un hartazgo de la vida casi enloquecedor. Pasado el peligro, habría olvidado por completo el suceso de la calle Gorójovaia, igual que olvidé todos los demás hechos acaecidos en aquella época, si no hubiera sido porque por algún tiempo no pude dejar de acordarme con rabia de lo cobarde que había sido. Di rienda suelta a mi rabia con todo aquel que tuve a mi alcance. Más o menos por entonces, aunque en realidad sin ningún motivo concreto, se me metió en la cabeza la idea de malograr mi vida, utilizando para ello el método más repugnante que se pueda imaginar. Ya llevaba cerca de un año dándole vueltas a la posibilidad de pegarme un tiro, pero en eso se me presentó una oportunidad mejor. Así, un día, según miraba a la pobre Maria Timoféievna Lebiádkina, la mujer que echaba una mano en la pensión, y que por entonces aún no había enloquecido, aunque sí era una pobre idiota sin remisión y estaba perdidamente enamorada de mí en secreto (cosa que mis amigos habían averiguado), tomé de pronto la decisión de casarme con ella. La idea de la boda de un Stavroguin con la más mísera de las criaturas puso mis nervios en tensión. Era imposible concebir nada más monstruoso. Ahora bien, no acabo de tener claro si en esa decisión mía entraba inconscientemente (¡inconscientemente, claro que sí!) la cólera que me dominaba por la despreciable cobardía que había mostrado después de lo de Matriosha. Francamente, no lo creo. En cualquier caso, me casé con ella, y no por «una apuesta hecha estando borracho después de una comilona». Los testigos fueron Kiríllov, Piotr Verjovenski, que se hallaba casualmente en San Petersburgo, y, por último, el propio Lebiadkin y Prójor Málov (que ya ha muerto). Nadie más estuvo nunca al corriente, y los que lo sabían juraron guardar silencio. Ese silencio siempre me ha parecido una suerte de ruindad, pero hasta ahora nadie lo ha roto jamás, aunque yo he tratado de hacerlo público; lo hago ahora, junto con todo lo demás.
Después de la boda, me fui a la provincia, a pasar una temporada con mi madre, con el propósito de distraerme. En nuestra ciudad corría el rumor desde tiempo atrás de que yo estaba loco; un convencimiento que aún hoy persiste y que, sin ninguna duda, me perjudica, como luego explicaré. Poco más tarde me marché al extranjero, y estuve fuera del país cuatro años.
Estuve en Oriente, en un monasterio del Monte Athos asistí a oficios de vísperas que duraban ocho horas; estuve en Egipto, viví en Suiza, viajé incluso hasta Islandia; pasé un año entero en la Universidad de Gotinga. En mi último año fuera, entablé una estrecha amistad con una distinguida familia rusa en París, y con dos jóvenes rusas en Suiza. Hará unos dos años, en Fráncfort, según pasaba por delante del escaparate de una papelería, me llamó la atención, entre una serie de fotografías que estaban a la venta, el retrato de una niña, ataviada con un elegante vestido infantil pero muy parecida a Matriosha. Compré el retrato sin dudar un instante y, de vuelta en el hotel, lo coloqué sobre la repisa de la chimenea de mi habitación. Allí estuvo una semana intacto, sin que yo lo mirase ni una sola vez, y cuando me fui de Fráncfort me lo dejé allí olvidado.
Menciono este episodio solo para demostrar hasta qué punto era dueño de mis recuerdos y cuán indiferente me había vuelto a ellos. Los desechaba todos en bloque, y en bloque desaparecían, obedientes, en cuanto lo deseaba. Siempre me aburrió rememorar el pasado y nunca fui capaz de tener conversaciones sobre él, como casi todo el mundo hace, sobre todo porque, como todo lo demás que me concernía, el pasado me resultaba odioso. En cuanto a Matriosha, hasta me olvidé de coger el retrato de la chimenea.
Hará cosa de un año, en primavera, viajando por Alemania, dejé pasar por pura distracción la estación de ferrocarril en la que tenía que haber cambiado de tren, y de ese modo seguí adelante en dirección equivocada. Tuve que apearme en la siguiente estación; eran las dos de la tarde pasadas y hacía muy buen día. Se trataba de un pequeño pueblecillo. Me indicaron un hotel; me tocaba hacer tiempo, porque no pasaría otro tren hasta las once de la noche. La verdad era que estaba encantado con mi aventura, dado que no tenía prisa por llegar a ningún sitio. El hotel resultó ser una fonda pequeña y cochambrosa, pero toda de madera y enteramente rodeada de macizos de flores. Me dieron una habitación minúscula. Comí copiosamente y, como llevaba toda la noche de viaje, caí profundamente dormido después del almuerzo, a eso de las cuatro de la tarde.
En el transcurso de aquella siesta tuve un sueño completamente insólito para mí, un sueño como nunca había tenido. En Dresde, en una galería, hay un cuadro de Claude Lorrain que en el catálogo figura con el título de Acis y Galatea, me parece, pero que yo siempre he llamado La edad de oro, no sé por qué. Ya lo había visto otras veces, pero unos tres días antes, de paso por Dresde, había aprovechado para ir otra vez a verlo. Fue con ese cuadro con lo que soñé, pero no como una pintura, sino como una realidad viva.
Era un rincón de las islas griegas; envolventes olas azules, islas y rocas; una ribera feraz, una vista mágica en el horizonte, el encanto del sol poniente: no hay palabras para describirlo. Allí estaba la cuna de la civilización europea, allí se habían desarrollado las primeras escenas del mundo mitológico, allí estuvo el paraíso terrenal… Allí había vivido en otro tiempo una hermosa estirpe. Eran felices e inocentes de la mañana a la noche; los bosques se henchían con sus alegres cánticos; la prodigiosa abundancia de sus dones virginales se expresaba a través del amor y la más pura felicidad. El sol bañaba con sus rayos este mar y estas islas, recreándose en sus espléndidos hijos. ¡Qué sueño maravilloso, qué deslumbrante ilusión! El sueño más increíble de todos cuantos han sido soñados, pero ante el que la humanidad entera se ha rendido con todas sus fuerzas a lo largo de la historia; por él lo ha sacrificado todo, por él los hombres han muerto en la cruz y los profetas han sido aniquilados; sin él, las naciones no querrían vivir y no sabrían morir siquiera. Atravesé todas estas sensaciones en mi sueño; no sabría decir exactamente con qué soñé, pero las rocas, el mar, los oblicuos rayos del sol poniente, todo parecía estar todavía ante mis ojos cuando desperté y los abrí y, por primera vez en mi vida, los hallé bañados en lágrimas. Un sentimiento de felicidad hasta ese momento desconocido para mí me inundó el corazón de un modo casi doloroso. Estaba atardeciendo; por la ventana de mi diminuta habitación, a través de las hojas verdes de las flores que adornaban el alféizar, se filtraba un haz de rayos oblicuos del sol en su ocaso que me bañaba con su luz. Cerré los ojos de inmediato, como queriendo convocar de nuevo el desvanecido sueño, pero en eso, en medio de todo el brillo y fulgor, distinguí un punto diminuto. El punto fue cobrando progresivamente una forma definida y, de golpe, se me apareció con perfecta claridad una minúscula araña rojiza. De inmediato la recordé posada en la hoja del geranio, cuando también se derramaban sobre ella los rayos del sol poniente. Fue como si algo se precipitara en mi interior; me incorporé y me quedé sentado en la cama. (¡Así fue como sucedió todo!).
La vi delante de mí (¡oh, no; no en carne y hueso!; ¡ojalá hubiera sido una visión real!); ante mis ojos tenía a Matriosha, demacrada, con la mirada febril, idéntica a la de entonces, cuando, de pie en el umbral de mi cuarto, movía la cabeza y me amenazaba con el puño. Jamás había vivido nada tan mortificante como la patética desesperación de una criatura de diez años, desamparada, ignorante de todo, que me amenazaba (¿con qué?, ¡Dios mío!, ¿qué podía hacerme?), pero que, al mismo tiempo, se echaba a sí misma toda la culpa. Nunca he sentido nada parecido. Estuve sentado sin moverme hasta que se hizo de noche, y perdí la noción del tiempo. ¿Será eso lo que llaman arrepentimiento o remordimiento de conciencia? No lo sé, ni siquiera ahora podría asegurarlo. Pero me resultaba intolerable aquella imagen suya, de pie en el umbral con el pequeño puño alzado en señal de amenaza, su aspecto de entonces, aquel preciso instante, aquella forma suya de mover la cabeza. Es eso en concreto lo que no puedo soportar, porque desde aquella tarde he vuelto a revivirlo prácticamente a diario. No sucede espontáneamente, sino que soy yo quien lo invoca y no puedo evitar invocarlo, aunque me haga la vida imposible. ¡Ah, si pudiera verla alguna vez en carne y hueso, aunque no fuese más que una alucinación!
Tengo otros viejos recuerdos, quizá peores que éste. Traté muy mal a una mujer, que murió por ese motivo. Maté en duelo a dos hombres que no me habían hecho ningún mal. En cierta ocasión sufrí un agravio mortal y no me vengué. En mi haber figura también un envenenamiento, deliberado y consumado, y del que nadie sabe nada. (De ser necesario, lo confesaré todo).
Entonces, ¿por qué ningún otro recuerdo despierta en mí nada parecido? Tal vez sea solo por el odio debido a mi situación actual, pues antes me desentendía y olvidaba con toda frialdad.
Después de eso, anduve de acá para allá casi todo el resto del año y traté de ocuparme en alguna cosa. Sé que podría, incluso ahora, ahuyentar el recuerdo de Matriosha en cuanto quisiese. Soy tan dueño absoluto de mi voluntad como siempre lo he sido. Pero es el caso que nunca he querido hacerlo; tampoco quiero ahora, ni querré nunca. Así que dejaré que siga su curso hasta que me haga enloquecer.
Dos meses más tarde, en Suiza, sufrí un ataque de esa misma pasión furiosa e impulsiva que ya me había atacado otras veces. Tuve la terrible tentación de cometer un nuevo crimen; en esta ocasión, el de bigamia (puesto que por entonces ya estaba casado). Pero logré evitarlo gracias al consejo de cierta joven a la que le había confiado prácticamente todo, incluso que no la amaba, sino que tan solo la deseaba ardientemente y que jamás podría yo amar a nadie. Además, ese nuevo crimen no me habría librado de Matriosha.
Por consiguiente, decidí hacer imprimir estas cuartillas y enviar trescientas copias a Rusia. A su debido tiempo, haré llegar algunas de ellas a la policía y las autoridades locales; simultáneamente, las enviaré a los editores de los periódicos con el ruego de que las publiquen; asimismo las distribuiré entre la gente que me conoce en San Petersburgo y en toda Rusia. También las haré circular, traducidas, por el extranjero. Ya sé que no tendrá, probablemente, ninguna consecuencia legal, o en cualquier caso ninguna demasiado grave. Soy yo mismo quien declara en mi contra y no pesa sobre mí ninguna acusación; además, las pruebas son muy escasas o directamente inexistentes. Por si fuera poco, la arraigada convicción sobre mi desequilibrio mental y, a buen seguro, los desvelos de mis parientes, que no dudarían en recurrir a ella, invalidarían de partida cualquier procedimiento legal que se emprendiera. Aunque, precisamente, hago esta declaración con el objeto de probar que actualmente estoy en pleno uso de mis facultades y que comprendo el alcance de lo expuesto. Pero siempre habrá quienes sepan la verdad, y ahora podrán mirarme a los ojos como yo a ellos. Quiero que todos me miren. ¿Me aliviará en algo? No lo sé. Me acojo a ello como a un último recurso.
Lo repito: si la policía de San Petersburgo lleva a cabo una adecuada investigación, es posible que descubra algo. Puede que la casera y su marido sigan viviendo aún en San Petersburgo. Lógicamente, habrá quien recuerde la casa. Estaba pintada de azul celeste muy vivo. En cuanto a mí, no tengo pensado ir a ninguna parte y, al menos por un tiempo (uno o dos años), podrán localizarme en Skvoréshniki, la hacienda de mi madre. Si se me requiere, me presentaré donde haga falta.

NIKOLÁI STAVROGUIN

 
III

La lectura duró aproximadamente una hora. Tijon leía despacio y, probablemente, releyó algunos pasajes. Entretanto, Stavroguin estuvo sentado en silencio y sin moverse. Extrañamente, el amago de impaciencia, aturdimiento y aun delirio evidente que se había reflejado en su rostro toda esa mañana había desaparecido; había sido reemplazado por una expresión de sosiego y de algo así como franqueza, que daba a su semblante casi un aire de dignidad. Tijon se quitó las gafas, titubeó y, mirándolo a los ojos, rompió el silencio con mucha cautela.
—¿No podrían hacerse algunas correcciones en este documento?
—¿Por qué tendrían que hacerse? Lo escribí con mucha sinceridad —objetó Stavroguin.
—Ciertas correcciones de estilo podrían…
—Me olvidé de advertirle de que todo cuanto diga será en vano; no desistiré de mi empeño, así que no trate de disuadirme. Lo voy a publicar.
—Sí, eso ya me lo dijo usted, antes de empezar a leer.
—Da lo mismo. Se lo vuelvo a repetir: por muy sólidas que fueran sus objeciones, no me harían cambiar de idea. Y observe que con tal frase, feliz o infeliz, júzguela como quiera, no pretendo que empiece usted a contradecirme y rogarme —añadió sin poder contenerse y volviendo por un momento a adoptar el tono de antes, aunque enseguida se sonrió tristemente de sus propias palabras.
—No querría discutir, y menos aún tratar de convencerle de que abandone su propósito, ni creo que esté en mi mano conseguirlo. Su idea es una gran idea, y es imposible encontrar una forma más cristiana de proceder: no cabe mayor acto de contrición que el escrito que usted ha concebido, siempre y cuando…
—Siempre y cuando, ¿qué?
—Siempre y cuando se arrepienta de verdad y sea una idea cristiana de verdad.
—Eso son sutilezas, ¿no da lo mismo? Lo escribí con sinceridad.
—Es como si usted quisiera presentar un retrato de sí mismo más adverso de lo que desea su corazón… —Tijon se iba volviendo más atrevido; el «documento», evidentemente, le había causado una fuerte impresión.
—¿«Presentar un retrato»? Le repito que no «presento ningún retrato» y, desde luego, no he «posado».
Tijon se apresuró a bajar los ojos.
—Este documento surge directamente de la necesidad de un corazón mortalmente herido. ¿Lo he entendido bien? —siguió diciendo éste enfáticamente y con extraordinaria vehemencia—. Sí, es el arrepentimiento, una humana necesidad de arrepentirse, lo que le ha doblegado y le ha llevado por un camino de insólita grandeza. Pero da la impresión de que usted aborrece y desprecia de antemano a todos cuantos hayan de leer lo que aquí está escrito, y los desafía. No le dio vergüenza admitir su crimen, ¿por qué se avergüenza de arrepentirse de él? Que todos me miren, dice; bueno, y usted ¿cómo piensa mirarlos a ellos? Hay ciertos pasajes en su declaración en los que se le va la mano; es como si se regodeara en su psicología, y se jacta de cualquier minucia solo para escandalizar al lector con una insensibilidad que realmente no le es propia. ¿Qué es eso sino un arrogante desafío del acusado a sus jueces?
—¿Dónde está el desafío? He dejado al margen toda consideración personal.
Tijon calló. Hasta sus pálidas mejillas estaban encendidas.
—Vamos a dejarlo —dijo Stavroguin, tajante—. Permítame que sea yo ahora quien le plantee otra cuestión: llevamos ya cinco minutos hablando desde que ha acabado de leer esto —señaló las hojas— y no veo en usted la menor expresión de aversión ni de escándalo… ¡No parece usted excesivamente remilgado!…
No pudo acabar, y se sonrió.
—Es decir, que usted quería que le manifestara inmediatamente mi desprecio —dijo Tijon con firmeza—. No voy a ocultárselo ni muchísimo menos: me ha horrorizado toda esa energía desperdiciada y deliberadamente empleada en algo abominable. Por lo que al crimen se refiere, es un pecado que muchos cometen, pero viven en paz y con la conciencia tranquila y hasta lo consideran un inevitable pecadillo de juventud, aunque también hay ancianos que pecan de ese modo, sí, con toda indulgencia y ligereza. De esos horrores está lleno el mundo. Pero usted ha tocado fondo hasta un extremo que rara vez se encuentra.
—¿Acaso me respeta más después de estas páginas? —dijo Stavroguin, con una sonrisa irónica.
—No voy a contestar a eso. Pero ciertamente no hay ni puede haber un crimen mayor ni más terrible que su comportamiento con esa niña.
—Basta de establecer comparaciones. A lo mejor no sufro tanto como le he hecho creer, o a lo mejor incluso he contado muchas mentiras para perjudicarme —añadió inesperadamente.
Tijon volvió a dejarlo pasar sin hacer comentarios.
—Y la muchacha —cambió de tema Tijon— con la que rompió usted en Suiza, ¿me permite preguntarle dónde se encuentra… en estos momentos?
—Aquí.
Otro nuevo silencio.
—Sí, puede que yo haya acumulado mentiras en contra de mí mismo —insistió una vez más Stavroguin—. De todos modos, ¿qué importa que los desafíe con la brutalidad de mi confesión si, como usted, se dan cuenta del desafío? Así me odiarán más todavía, eso es todo. Y eso sin duda me pondrá las cosas más fáciles.
—Por tanto, su rabia despertará en ellos una rabia semejante, y encontrará usted más llevadero su odio que aceptar su compasión…
—Ahí lo tiene. Ya lo ha entendido —se rió de repente—. A lo mejor me tachan de jesuita y de beato hipócrita después de este documento, ¡ja, ja, ja!, ¿no le parece?
—Sin duda es muy posible que algunos se formen esa opinión. Y ¿piensa llevar a cabo sus planes enseguida?
—Hoy, mañana, pasado mañana, ¿qué sé yo? Pero dentro de muy poco. Tiene razón: de hecho, creo que lo que pasará al final será que lo publicaré sin previo aviso y, aún más, en un arrebato de odio y de venganza, en el momento en que más odio sienta contra ellos.
—Contésteme a una pregunta, pero sinceramente y solo a mí, solo aquí, entre nosotros: si alguien le concediera el perdón por esto —señaló las páginas—, y no uno de aquellos a quienes respeta o teme, sino un desconocido, un hombre al que no volverá a ver en la vida, si, tras leer su terrible confesión, le perdonase desde lo más profundo de su corazón, ¿se sentiría liberado o le daría exactamente lo mismo?
—Sería todo más fácil —dijo Stavroguin en voz baja—. Si usted me perdonase, sentiría una gran liberación —añadió, bajando los ojos.
—Siempre que usted me perdonase a mí a su vez —murmuró Tijon con voz penetrante.
—¿Por qué? ¿Qué me ha hecho usted a mí? Ah, ya, ¿se trata de una fórmula monasterial?
—Por mis pecados voluntarios e involuntarios. Al pecar, cada hombre peca contra todos los demás, y todo el mundo es, al menos en parte, culpable de los pecados de otros. No hay pecados aislados. Y yo soy un gran pecador, quizá mayor que usted.
—Le diré la pura verdad: deseo que me perdone. Pero, aparte de usted y de uno o dos más, en cuanto al resto, dejemos que me odien. Pero deseo su perdón, para poder soportar lo otro con humildad…
—Y la compasión general, ¿no podría soportarla con la misma humildad?
—Tal vez no pudiera. Lo ha formulado de un modo muy sutil. Pero… ¿por qué lo hace?
—Puedo sentir hasta qué grado es usted sincero y sé que la culpa es, en gran parte, mía, porque no se me da bien inspirar confianza en los demás. Siempre lo he considerado mi mayor defecto —dijo Tijon con sinceridad y llaneza, mirando a Stavroguin a los ojos—. Le he dicho eso porque temo por usted —añadió—; tiene delante un abismo casi infranqueable.
—¿Teme que no sea capaz de soportarlo? ¿Que no pueda resistir con humildad su odio? —Stavroguin dio un respingo.
—No solo su odio.
—¿Qué más?
—Sus risas —Tijon medio susurró estas palabras, como si no le llegaran las fuerzas para pronunciarlas.
Stavroguin se ruborizó; la alarma se reflejó en su rostro.
—Lo presentía —dijo—. Debo de haberle parecido un personaje de lo más cómico después de leerse mi «documento». No se apure; no me mire con esa cara de asombro… Lo presentía.
—El horror será general y, por supuesto, más falso que sincero; la gente solo teme aquello que pone directamente en peligro sus propios intereses. No me refiero, claro está, a las almas puras: ésas se espantarán y se culparán a sí mismas, pero pasarán desapercibidas. Pero las carcajadas resonarán por todas partes.
—Añada a eso aquella observación de aquel pensador de que en la desgracia ajena siempre hallamos algo que nos agrada.
—Es una observación justa.
—Aunque usted… precisamente usted… Me sorprende la pésima opinión que tiene de la gente y lo mal que la considera —dijo Stavroguin con cierto enfado.
—¡Créame, lo digo más juzgando por mí mismo que por los demás! —exclamó Tijon.
—¿De verdad? Entonces, ¿es que también hay algo en su alma que se regocija de mi vileza?
—¿Quién sabe? Podría ser… ¡Podría ser!
—¡Basta! Dígame, en tal caso, ¿qué es concretamente lo que encuentra ridículo en mi manuscrito? Yo ya lo sé, pero quiero que usted mismo me lo indique. Y dígamelo con la mayor crudeza posible, con toda la sinceridad de la que sea capaz. Y vuelvo a repetirle que es usted de lo más extravagante.
—Ya la sola forma de esta gran penitencia tiene algo de ridículo. ¡Ah, pero no piense por eso que no va a convencer! —exclamó de pronto, casi arrebatado—. Convencerá, incluso de esta forma —señaló las hojas—, siempre que esté dispuesto a aceptar sinceramente los golpes y los escupitajos. La más ignominiosa cruz acaba siempre por convertirse en una gran gloria y un gran poder cuando la humildad del acto es verdadera. ¡Tal vez hasta en esta vida obtenga usted consuelo!…
—Así que lo único que le parece ridículo es la forma, el estilo… —insistió Stavroguin.
—Y el fondo. La fealdad lo matará —susurró Tijon, bajando la vista.
—¿Cómo? ¿Fealdad? ¿Qué fealdad?
—La del crimen. Hay crímenes realmente feos. Los crímenes, sean cuales sean, cuanto más horror y más sangre contienen, más imponentes se vuelven, más plásticos, por así decirlo. Pero los hay también vulgares, sórdidos, de un horror grotesco, crímenes casi podríamos decir demasiado poco elegantes…
Tijon no pudo terminar.
—Lo que usted quiere decir —le interrumpió, agitado, Stavroguin— es que me encuentra un personaje muy ridículo cuando, por ejemplo, le besé los pies a una chiquilla sucia… Sé muy bien a lo que se refiere, y por eso desespera usted de mí, porque lo encuentra feo, asqueroso; no, no asqueroso, sino bochornoso, ridículo, y cree que es precisamente eso, de entre todo lo demás, lo que menos seré capaz de soportar si se hace público.
Tijon no dijo nada.
—Sí, sabe usted cómo es la gente, esto es, sabe exactamente qué es lo que no voy a ser capaz de sobrellevar… Ahora comprendo por qué me preguntó si la señorita de Suiza estaba aquí.
—Usted no está preparado, no está curtido —murmuró Tijon tímidamente, y bajó la vista.
—Escúcheme, padre Tijon: yo quiero perdonarme a mí mismo, ¡ése es mi objetivo, mi único objetivo! —dijo de pronto Stavroguin con una exaltación sombría en los ojos—. Sé que solo así me libraré de esa visión. Por eso busco un sufrimiento infinito. Por eso me lo procuro yo mismo. Así que no me asuste.
—Si cree que puede perdonarse a sí mismo y alcanzar ese perdón en este mundo, ¡entonces es que usted ya cree en todo! —exclamó Tijon, entusiasmado—. ¿Por qué ha dicho, entonces, que no creía en Dios?
Stavroguin no respondió.
—Dios te perdonará por tu falta de fe, pues veneras al Espíritu Santo sin conocerlo.
—Por cierto, Cristo no perdona, ¿verdad? —preguntó Stavroguin, y en el tono de su pregunta se apreciaba un ligero matiz de ironía—; pues está escrito: «Y el que escandalice a uno de estos pequeños…», ¿recuerda? Según el Evangelio, no hay un crimen mayor ni lo puede haber. ¡Está en este libro!
Señaló el Evangelio.
—Le daré una nueva gozosa sobre eso —contestó Tijon conmovido—. También Cristo le perdonará con tal de que sea usted capaz de perdonarse a sí mismo… Oh, no, no, no crea que he blasfemado: incluso si no consigue reconciliarse consigo mismo y perdonarse a sí mismo, Él de todos modos le perdonará por su buena intención y su inmenso sufrimiento… pues no hay palabras en el lenguaje humano ni pensamientos para expresar todos los caminos y designios del Cordero «hasta que sus propósitos nos sean revelados». ¿Quién podría abarcar en sus brazos a Aquel que es inabarcable? ¿Quién podría comprender en su totalidad a Aquel que es infinito?
Las comisuras de los labios volvieron a temblarle, y un espasmo apenas visible le recorrió el rostro. Tras un instante de fortaleza, desfalleció de nuevo y bajo rápidamente los ojos.
Stavroguin cogió el sombrero del diván.
—Ya volveré otra vez —dijo con cara de extremo agotamiento—; usted y yo… aprecio mucho el placer de esta charla y el honor de… y sus sentimientos. Créame que ahora comprendo por qué otros le estiman tanto. Le pido que me encomiende en sus oraciones a Aquel a quien tanto ama…
—¿Se marcha usted ya? —Tijon se puso rápidamente en pie como si no esperase tan repentina despedida—. Y yo que… —pareció perder el hilo— iba a pedirle algo por mi parte, pero… ahora no sé… ahora no me atrevo.
—Oh, se lo ruego. —Stavroguin volvió a sentarse en el acto, con el sombrero en la mano. Tijon miró ese sombrero, esa postura, la postura de un hombre alterado y medio enloquecido, convertido de pronto en hombre de mundo que le daba cinco minutos para concluir un asunto que le interesaba, y se turbó aún más.
—Toda mi petición se reduce a que usted… porque usted se hace cargo, Nikolái Vsévolodovich (creo que ésos son su nombre y patronímico), de que, si hace públicas esas hojas, echa a perder sus posibilidades en lo referente a una carrera, por ejemplo, y… en lo referente a todo lo demás.
—¿Una carrera? —Nikolái Vsévolodovich frunció el ceño de un modo desagradable.
—¿Por qué echarla a perder? ¿Por qué, a lo que parece, es usted tan inflexible? —concluyó Tijon, casi implorante, con la clara conciencia de su torpeza. El rostro de Nikolái Vsévolodovich adoptó una expresión enfermiza.
—Ya se lo he pedido, y vuelvo a pedírselo: todas sus palabras estarán de más… y, en general, esta conversación empieza a resultarme inaguantable.
Se dio la vuelta en su asiento de un modo significativo.
—No me comprende usted. Escuche y no se enoje. Ya conoce mi opinión: su hazaña, si procede de la humildad, sería una hazaña cristiana de las más sublimes, si es que puede sobrellevarla. Incluso si no puede, el Señor tomará en cuenta su sacrificio inicial. Todo se tomará en cuenta: ni una sola palabra, ni un solo movimiento espiritual, ni medio pensamiento serán en vano. Pero en lugar de esa hazaña yo le propongo otra aún más grande, algo indudablemente más sublime…
Nikolái Vsévolodovich callaba.
—Contra usted combate el deseo de martirio y de inmolación. Sobrepóngase a ese deseo, olvídese de esas hojas y de ese propósito… y entonces lo superará todo. ¡Humillará su orgullo, humillará a su demonio! Saldrá victorioso y alcanzará la libertad…
Se le encendieron los ojos; juntó las manos en un gesto implorante.
—En resumidas cuentas, usted no quiere un escándalo y me está tendiendo una trampa, venerable padre Tijon —farfulló Stavroguin desdeñoso y enojado, e hizo ademán de levantarse—; por decirlo en pocas palabras, me recomienda que siente la cabeza, que me case, tal vez, y que acabe mis días como miembro del club local y visitando su monasterio los días festivos. ¡Eso sí que es penitencia! Aunque, como lector de corazones, puede que prevea que va a ser así, y lo único que hace falta ahora es pedírmelo amablemente con la excusa de guardar las formas, puesto que yo mismo lo estoy deseando, ¿no es verdad?
Se rió con amarga ironía.
—No, ésa no es la penitencia, ¡le tengo preparada otra! —Tijon siguió hablando con seriedad, sin conceder a la sonrisa ni a los comentarios de Stavroguin la menor atención—. Conozco a un stárets, no de aquí, aunque tampoco de muy lejos, ermitaño y asceta, cuya sabiduría cristiana es tal que está más allá de nuestra capacidad de comprensión. Él escuchará mi ruego. Le hablaré de usted. Vaya con él, de retiro, como novicio bajo su guía, por cinco años, por siete, por el tiempo que estime necesario. Impóngase ese voto, y con ese gran sacrificio adquirirá todo lo que anhela y hasta lo que no espera, porque ahora es imposible saber lo que logrará.
Stavroguin escuchó muy, pero que muy serio, esta última propuesta.
—¿Me está sugiriendo, así, sin más, que ingrese en ese monasterio para profesar? A pesar de lo mucho que le respeto, tendría que haberme esperado esto. Pues bien, le confieso que en momentos de cobardía se me ha ocurrido esta idea: una vez hechas públicas estas hojas, esconderme de la gente en un monasterio, aunque sea por un tiempo. Sin embargo, una cosa tan mezquina me hizo ruborizarme de inmediato. Ahora bien, recibir la tonsura, eso es algo que no se me ha pasado por la cabeza ni aun en mis momentos de mayor cobardía.
—No tiene por qué vivir en el monasterio ni tomar los votos; puede ser sencillamente un hermano lego, en secreto, no abiertamente; eso es posible hasta viviendo enteramente en el mundo…
—Déjelo, padre Tijon —Stavroguin lo interrumpió con aversión, y se levantó de la silla. Tijon también se puso en pie—. ¿Qué le pasa? —exclamó Stavroguin de pronto, casi asustado, mirando fijamente a Tijon. Éste estaba delante de él, con las manos muy juntas y el rostro convulso, contraído dolorosamente en un gesto fugaz de terror—. ¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa? —repitió Stavroguin, mientras se apresuraba a sujetarlo; le pareció que Tijon iba a desplomarse.
—Ahora lo veo… lo veo, como si lo tuviera aquí delante —exclamó Tijon con una voz que partía el alma y una expresión de la más profunda pena—, que usted, pobre joven descarriado, nunca ha estado tan cerca como en este momento de un nuevo y aún más horrendo crimen.
—¡Cálmese! —suplicó Stavroguin, ahora alarmado de veras—. Es posible que todavía lo aplace… Tiene usted razón, a lo mejor no resisto y, enfurecido, cometo un nuevo crimen… Sí, es cierto… Tiene razón, voy a aplazarlo.
—No, no después de la publicación, sino antes, un día, quizá una hora antes de dar el gran paso, se entregará a un nuevo crimen, como vía de escape, y lo cometerá solamente para evitar la publicación de estas páginas.
Stavroguin temblaba de rabia, casi aterrado.
—¡Maldito psicólogo! —soltó de pronto con furia y, sin volver la vista, salió de la celda.

Traducción de FERNANDO OTERO MACÍAS