jueves, 7 de marzo de 2019

Apuleyo y Diego López de Cortegana: El Asno de Oro



En este libro, compuesto al estilo de Mileto, podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con las cuales deleitarás tus oídos y sentidos, si quisieres leer y no menospreciares ver esta escritura egipciaca, compuesta con ingenio de las riberas del Nilo; porque aquí verás las fortunas y figuras de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su misma forma. De manera que te maravillarás de lo que digo. Y si quieres saber quién soy, en pocas palabras te lo diré: Mi antiguo linaje tuvo su origen y nacimiento en las colinas del Himeto ateniense, en el istmo de Efirea y en el Tenaro de Esparta, que son ciudades muy fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta ciudad de Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a Roma, donde con mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la lengua natural de los Romanos. Así que pido perdón si en algo ofendiere, siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma mudanza de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que comienzo a escribir. La historia es griega, entiéndela bien y habrás placer.

DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA.
Medina del Campo,1543.


PRIMER LIBRO
Argumento

Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde estas artes se sabían; en el camino se juntó tercero compañero a dos caminantes, y andando en aquel camino iban contando ciertas cosas maravillosas e increíbles de un embaidor y de dos brujas hechiceras que se llamaban Meroe y Panthia, y luego dice de cómo llegó a la ciudad Hipata y de su huésped Milón, y lo que la primera noche le aconteció en su casa. Lee y verás cosas maravillosas.

Capítulo I

Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber el arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde al presente más se usaba que en otra parte alguna, y llegando cerca de la ciudad de Hipata, se juntó con dos compañeros, los cuales, hasta llegar a la ciudad, fueron contando admirables acontecimientos de magas hechiceras.

Y yendo a Tesalia sobre cierto negocio, porque también de allí era mi linaje, de parte de mi madre, de aquel noble Plutarco y Sesto, su sobrino, filósofos, de los cuales viene nuestra honra y gloria, después de haber pasado sierras y valles, prados herbosos y campos arados, ya el caballo que me llevaba iba cansado. Y así por esto como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de venir cabalgando, salté en tierra y comencé a estregar el sudor y frente de mi caballo. Quitele el freno y tirele las orejas, y llevelo delante de mí, poco a poco, hasta que fuese bien descansado, haciendo lo que natura suele. Caminando de tal manera, él iba mordiendo por esos prados a una parte y a otra, torciendo la cabeza, y comía lo que podía, en tanto que a dos compañeros que iban un poco delante de mí yo me llegué y me hice tercero, escuchando qué era lo que hablaban. Uno de ellos, con una gran risa, dijo:
—Calla ya; no digas esas palabras tan absurdas y mentirosas.
Como oí esto, deseando saber cosas nuevas, dije:
—Antes, señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, no porque yo sea curioso de vuestra habla, mas porque deseo saber todas las cosas, o al menos muchas, y también, como subimos la aspereza de esta cuesta, el hablar nos aliviará del trabajo.
Entonces, aquel que había comenzado a hablar dijo:
—Por cierto, no es más verdad esta mentira que si alguno dijese que con arte mágica los ríos caudalosos tornan para atrás, y que el mar se cuaja, y los aires se mueren, y el Sol está fijo en el cielo, y la Luna dispuma en las hierbas, y que las estrellas se arrancan del cielo, y el día se quita, y la noche se detiene.
Entonces yo, con un poco de más osadía, dije:
—Oye tú, que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proceder adelante.
Así mismo, dije al otro:
—Tú paréceme que con grueso entendimiento y rudo corazón menosprecias lo que por ventura es verdad. ¿No sabes que muchas cosas piensan los hombres, con sus malas opiniones, ser mentira, porque son nuevamente oídas, o porque nunca fueron vistas, o porque parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si con astucia las mirases y contemplases, no solamente serían claras de hallar, pero muy ligeras de hacer? Pues a mí me aconteció que yendo a Atenas un día, ya tarde, y comiendo con otros, yo, por hacer como ellos, mordí un gran bocado en una quesadilla, a causa de que los convidados se daban prisa en comer. Y como aquél es manjar blanco y pegajoso, atravesóseme en el gallillo, no dejándome resollar, hasta que poco menos quedé muerto; pero con todo mi trabajo llegué a la ciudad, y en el portal grande que llaman Pecile vi con estos ambos ojos a un caballero de estos que hacen juegos de manos que se tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le daban, tomó una lanza por el hierro y lanzósela por la barriga, de manera que el hierro de la lanza, que entró por la ingle, le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y apareció un niño lindo en el hierro de la lanza, trepando y volteando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los remos, y así ñudoso, con una serpiente volteando encima. Así que tú, que comenzaste a hablar, vuélvemela a contar, que yo sólo te creeré, en lugar de este otro, y además de esto te prometo que en el primer mesón que entremos te convidaré a comer conmigo. Ésta será la paga de tu trabajo.
Él respondió:
—Pláceme aceptar lo que me dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado; mas primeramente juro por este Sol que ve a Dios que he de contarte cosas que se han hallado y son verdaderas, porque vosotros, de adelante, no dudéis, si llegáis a Tesalia, esta ciudad que está aquí cerca, lo que en cada parte de ella se dice por todo el pueblo. Y para que sepáis quién soy y de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina, y ando por estas provincias de Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros; y como oyese decir que en la ciudad de Hipata, la cual es la más principal de Tesalia, hubiese muy buen queso y de buen sabor y provechoso para comprar, corrí luego allá, por comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me vino como yo esperaba, porque otro día antes había venido allí un negociador que se llamaba Lobo y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino y de la pereza que llevaba, si os place, hacia la tarde fuime al baño, y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra, medio vestido con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía otro: así como uno de aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles y encrucijadas. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y bien conocido, pero dudé si lo conocía, y llegueme cerca de él, diciendo: «¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto, qué gesto es ése? ¿Qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado y plañido, y a tus hijos han dado tutores los alcaldes; tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, casi ha perdido los ojos; es compelida e importunada por sus parientes a que se case y con nuevo marido alegre la tristeza y daño de su casa, y tú estás aquí, como estatua del diablo, con nuestra injuria y deshonra.» Él entonces me respondió: «¡Oh Aristómenes! No sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos y alternas variaciones.» Y diciendo esto, con su falda rota cubriose la cara, que, de vergüenza, estaba bermeja, de manera que se descubrió desde el ombligo arriba. Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él por que se levantase, y él así, como tenía la cara cubierta, dijo: «Déjame; use la fortuna de su triunfo; siga lo que comenzó y tiene fijo.» Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente lo vestí, aunque mejor diría que lo cubrí; hícele ir a lavar al baño, y le di todo lo que fue menester para untarse y limpiar su mucha y enorme suciedad que tenía. Después de bien curado, aunque yo estaba cansado, como mejor pude llevelo al mesón e hícelo sentar a la mesa y comer a su placer; amanselo con el beber, alegrelo con el hablar, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juegos y placer para burlar y jugar, como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro y con la mano derecha diose un gran golpe en su cara, diciendo:
—¡Oh mezquino de mí, que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias; porque, como tú muy bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí, que había diez meses que ganaba dineros, torné rico y con mucho dinero; y un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pensando hacer allí alguna cosa de mi oficio, pasé por un valle muy grande, sin camino, lleno de montes y descendidas y subidas. En este valle caí en ladrones, que me cercaron y robaron cuanto traía; yo escapé robado, y así, medio muerto, víneme a posar en casa de una tabernera vieja, llamada Meroe, algo sabida y parlera, a la cual conté las causas de mi camino y robo y la gana y ansia que tenía de tornar a mi casa; contándole yo mis penas con mucha fatiga y miseria, ella comenzome a tratar humanamente y diome de cenar muy bien y de balde. Así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama; yo, mezquino, luego como llegué a ella una vez contraje tanta enfermedad y vejez, que por huir de allí todo cuanto tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas cosillas que había ganado cargando sacos cuando estaba bueno. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajo a este gesto que poco antes me viste.
Yo respondí:
—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier extremo, mal que te viniese, aunque hubiese algo que pudiese decir último de los extremos, pues que una mala mujer y un vicio carnal tan sucio antepusiste a tu casa, mujer e hijos.
Sócrates, entonces, poniendo el dedo en la boca y como atónito mirando en derredor, a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:
—Calla, calla; no digas mal contra esta mujer, que es maga; por ventura, no recibas algún daño por tu lengua.
A lo cual yo respondí:
—¿Cómo dices tú que esta tabernera es tan poderosa y reina? ¿Qué mujer es?
Él dijo:
—Es muy astuta hechicera, que puede bajar los cielos, hacer temblar la tierra, cuajar las aguas, deshacer los montes, invocar diablos, conjurar muertos, resistir a los dioses, obscurecer las estrellas, alumbrar los infiernos.
Cuando yo le oí decir estas cosas, dije:
—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta; bajémonos en cosas comunes.
Sócrates dijo:
—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Ella sabe tanto, que hacer que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente de aquí, de los naturales, pero aun de los de las Indias, etíopes y antípodas, es, en comparación de su saber, cosa muy liviana y de poca importancia. Oye ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra suya lo convirtió en un animal que se llama castor, el cual tiene esta propiedad: que temiendo de ser tomado por los cazadores, cortase su natura por que lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, le tornó en aquella bestia. Así mismo, a otro su vecino tabernero, y por ello enemigo, convirtió en rana; y ahora el viejo mezquino andaba nadando en la tinaja del vino, y, lanzándose debajo las heces, canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprarlo. También a otro procurador de sus casas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero, y así, hecho carnero, procura ahora las causas y pleitos; esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria por donaire, la cerró de tal manera que quedó preñada, y así con la carga de su preñez anda, que nunca más pudo parir; y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre como preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que acordaron de apedrearla otro día y vengarse de ella; pero con sus encantamientos ella supo lo que estaba acordado. Y como aquella Medea que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa y su hija con el mismo rey quemó en vivas llamas, así ésta, con sus imprecaciones infernales, que dentro en un sepulcro hizo y procuró, según que la beoda me contó, todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamientos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras, ni abrir las puertas, ni horadar las paredes, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no tocarla ni hacerle mal alguno, antes, de darle toda ayuda y favor saludable contra quien algo de mal le pensase hacer. De esta manera ella amansada, absolvió y desligó toda la ciudad; pero al autor de este escándalo, con su casa como estaba cerrada y con las paredes y el suelo y sus cimientos, a media noche lo traspasó y llevó a otra ciudad, cien millas de allí, que estaba asentada en una sierra muy áspera donde no había agua; y porque en la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad de ella, asentola ante la puerta de la ciudad y partiose luego.
Cuando yo le oí esto, díjele:
—Por cierto, mi Sócrates, tú me dices cosas muy maravillosas y no menos crueles; sin duda no me has dado pequeño cuidado y miedo; lanzado me has, no solamente escrúpulo, más una lanza. Por ventura, esta vieja, usando de su encantamiento, no haya conocido nuestras palabras y pláticas; por tanto, vámonos pronto a dormir; pues aunque hayamos quebrantado un poco el sueño de la noche, ante el día, huyamos de aquí cuanto más lejos podremos.


Capítulo II

Cómo Aristómenes, que así se llamaba el segundo compañero, prosiguiendo en su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo las dos magas hechiceras Meroe y Panthia degollaron aquella noche a Sócrates, indignadas de él.

Aún no había acabado de decir esto, cuando Sócrates, así por el beber, del que no había acostumbrado, como por la luenga fatiga que había padecido, ya dormía altamente y roncaba. Yo entonces cerré la puerta de la cámara y echele la aldaba, y echeme sobre una camilla que estaba cerca de los quicios de la puerta. Así que, primeramente, del miedo que tenía, velé un poco; después, casi a media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos: mi fe, si os place, ya dormía; y súbitamente, con mayor ímpetu y ruido que ladrones vienen, las puertas se abrieron, y para decir verdad, quebradas y arrancadas de los quicios cayeron por tierra. Mi camilla en que estaba, como era pequeña y cojo el banco de un pie y podrido de los otros, con la violencia y fuerza del ímpetu cayó en tierra; yo caí debajo en el suelo, y como la cama se volvió, tomome debajo y cubriome. Entonces yo sentí algunos afectos, que, naturalmente, me venían en contrario de lo que quería. Que, como acontece muchas veces que, con placer, salen lágrimas, así en aquel gran miedo que tenía no podía sufrir la risa, porque estaba de hombre hecho tortuga. Estando así echado en tierra, así cubierto con la cama, volví los ojos por ver qué cosa era aquélla, y vi dos mujeres viejas: la una traía un candil ardiendo; la otra, un puñal y una esponja, y con esto paráronse en derredor de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el puñal dijo a la otra:
—Hermana Panthia, éste es el gran enamorado Endimión; éste es mi Ganimedes, que días y noches burló de mi juventud. Éste es, que no solamente, pospuestos mis amores, me difama y deshonra, sino que ahora quería huir y que yo quede desamparada y llorando perpetuamente mi soledad, como hizo Calipso, cuando Ulises la dejó y se fue.
Diciendo esto, señalome con la mano y dijo a la Panthia:
—Y también este buen consejero Aristómenes, que era el autor de esta huida, aun él cercano está de la muerte; echado en tierra yace debajo de la cama; todo esto bien lo ha mirado, pues no crea que ha de pasar sin pena por las injurias que me dijo: yo le haré que tarde, y aun luego y ahora, que se arrepienta de lo que dijo contra mí poco antes, y de la curiosidad de ahora.
Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío, y comenzome a temblar todo el cuerpo y sacudir en tanta manera, que la camilla saltaba temblando encima de mis espaldas.
La buena de la Panthia dijo entonces:
—Pues, hermana, ¿por qué a éste no despedazamos primero, o ligado pies y manos le cortamos su natura?
A esto respondió Meroe, que así se llamaba la tabernera, lo cual yo conocí de ella más por su gesto de vino que por la conseja que me había dicho Sócrates:
—Antes me parece que debe vivir éste, porque siquiera entierre el cuerpo de este cuitado.
Y tomó la cabeza de Sócrates, y volviéndola a la otra parte, por la parte siniestra de la garganta, le lanzó el puñal hasta los cabos, y como la sangre comenzó a salir, llegó allí un barquino, en la que recibió toda, de manera que una gota nunca pareció. Todo vi yo con estos mis ojos, y aun creo que porque no hubiese diferencia del espiritual sacrificio que hacen a los dioses, lanzó la mano derecha por aquella degolladura hasta las entrañas la buena Meroe, y sacó el corazón de mi triste compañero. El cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar voz ni solamente un gemido. Panthia tomó la esponja que traía y metiola en la boca de la llaga, diciendo:
—Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río.
Esto dicho, ambas juntamente vinieron a mí y quitáronme la cama de encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto que me remojaron bien con su orina sucia. Y entonces saliéronse por la puerta fuera, y luego las puertas se tornaron a su primer estado, cerradas como estaban; los quicios tornaron a su lugar, los postes se enderezaron, la aldaba se atravesó y cerró como antes. Yo, como estaba echado en tierra, sin ánimo, desnudo y frío y remojado de orines, como si entonces hubiera nacido del vientre de mi madre, o casi medio muerto, que yo mismo resucitaba a mí, o como si hubiera huido de la horca, dije:
—¿Qué será de mí cuando éste se hallare a la mañana degollado? ¿Quién podrá creer que yo digo cosas verosímiles, pareciendo, en efecto, las verdaderas? Porque luego me dirán: «Si tú, hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras voces, llamaras socorro. ¿Cómo en presencia de tus ojos degollaban un hombre y tú callabas? ¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti también, como a él? A lo menos, su crueldad no te debiera de perdonar ni dejar para que pudieses descubrir el homicidio; así que, pues escapaste de la muerte, torna a ella.» Considerando yo estas cosas muchas veces, y replicándolas entre mí, íbase la noche y venía el día. Así que me pareció buen consejo irme antes del alba furtivamente y tomar mi camino, aunque temblando. Así que tomé mis alforjas y mi capa y comencé de abrir la puerta de la cámara con la llave; y aquellas puertas buenas y muy fieles que esa noche de su propia gana se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo pude abrir, teniendo la llave y dándole treinta vueltas. Después que salí de la cámara fuime a la puerta del mesón, y dije al portero:
—Oye tú, ¿dónde estás? Ábreme la puerta del mesón, que quiero caminar de mañana.
El portero, que estaba acostado en tierra cerca de la puerta, díjome casi soñoliento:
—¿Cómo te quieres partir a esta hora, que aún es de noche? ¿No sabes que andan ladrones por los caminos? Por ventura, si tú, culpado de algún crimen que tú mismo sabes, deseas morir, nosotros no tenemos cabezas de calabazas que queramos morir por ti.
Yo dije:
—No hay mucho de aquí al día, cuanto más que a hombre pobre ¿qué pueden robar los ladrones? ¿No sabes tú, necio, que a hombre desnudo diez valientes hombres no le pueden despojar?
A esto él, embeleñado y medio dormido, dio una vuelta sobre el otro lado, diciendo:
—¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien dormiste anoche y te vas huyendo?
En aquella hora que le oí aquello, me pareció abrirse la tierra y que vi el profundo del infierno y el cancerbero hambriento por tragarme. Recordábaseme que aquella buena de Meroe no me había perdonado y dejado de degollar por misericordia, sino por crueldad, por guardarme para la horca. Así que torneme a la cámara y deliberaba entre mí del linaje de la muerte, con ruido y alboroto, que me habían de dar. Y como en la cámara no me daba la fortuna otra arma ni cuchillo, salvo solamente mi camilla, díjele:
—¡Oh mi lecho muy amado, que has conmigo padecido tantas penas y fatigas, tú eres sabedor y juez de lo que esta noche se hizo! Tú solo eres el que yo podría citar en este homicidio por testigo de mi inocencia. Ruégote que si tengo de morir me des algún socorro. Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido y echela de un madero que estaba sobre una ventana de la parte de dentro, y di un nudo en el otro cabo de la cuerda, y subido encima de la cama, ensalzado para la muerte, ateme el lazo al pescuezo; y como di con él un pie para derribar la cama, porque con el peso del cuerpo la soga apretase la garganta y me ahogase súbitamente, la cuerda, que era vieja y podrida, se rompió, y yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí. Y luego, en ese momento, entró el portero dando voces:
—¿Dónde estás tú, que a media noche con gran prisa te querías partir y ahora te estás en la cama?
A esto no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda del portero, Sócrates se levantó primero que yo diciendo:
—No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; ved ahora a este necio importuno, cómo entró de rondón en la cámara: creo que por hurtar alguna cosa; con sus voces y clamores el borracho me despertó de mi buen sueño. Entonces, cuando yo vi esto, salgo muy alegre, lleno de gozo no esperado, diciendo:
—¡Oh!, fiel portero, ves aquí mi compañero, mi padre y mi hermano, el cual tú anoche, estando borracho, decías y me acusabas que yo había muerto.
Y diciendo yo esto, abrazaba y besaba a Sócrates. Él, como olió los orines sucios con que aquellas brujas o diablos me habían remojado, comenzó a rufar diciendo:
—Quítate allá, que hiedes como una letrina.
Y preguntome blandamente qué era la causa de este hedor tan grande. Yo comencé a fingir otras palabras de burlas, como al tiempo convenía por mudarle su intención y echele la mano diciendo:
—¿Por qué no nos vamos y no tomamos nuestro camino de mañana?
Y luego tomó mis alforjas, y pagada la posada, comenzamos nuestra vía. Habíamos andado algún tanto, cuando ya el Sol alumbraba toda la tierra; y todavía yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta, por aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí:
«Cierto; anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas maravillosas. He aquí Sócrates, vivo, sano y entero: ¿Dónde está la herida? ¿Dónde está la esponja? Cuanto más una herida tan honda y tan fresca.» Y díjele:
—No sin causa los buenos médicos dicen que los que mucho cenan y beben sueñan crueles y graves cosas: así me ha a mí acontecido, que anoche, como me desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me parecía que estaba rociado y ensuciado, con sangre de hombre.
A esto él, viéndome, dijo:
—Antes me parece que estás rociado, no con sangre, mas con meados.
Pero también soñaba yo que me degollaban, y aun que me dolió esta garganta, y que me arrancaban el corazón, y aun ahora no puedo resollar; y las piernas me tiemblan, y los pies andan titubeando; querría comer alguna cosa para esforzarme.
Yo entonces díjele:
—Pues he aquí el almuerzo.
Y luego quité mis alforjas del hombro y saqué pan y queso y díselo diciendo:
—Sentémonos aquí, cerca de este plátano.
Y sentados, yo también comencé a comer alguna cosa. Así que yo le miraba de cómo comía, tragando y con una flaqueza intrínseca y amarillo que parecía muerto. En tal manera se le había turbado el color de la vida, que pensando en aquellas furias o brujas de la noche pasada, el bocado de pan que había mordido, aunque harto pequeño, se me atravesó en el gallillo, que no podía ir abajo ni tornar arriba, y también me crecía el miedo, porque ninguno pasaba por el camino. ¿Quién podría creer que de dos compañeros fuese muerto el uno sin daño del otro? Pero Sócrates, de que mucho había tragado, comenzó a tener gran sed, porque se había comido buena parte de queso. Cerca de las raíces del plátano corría un río mansamente, que parecía lago muy llano y el agua clara como un plato o vidrio. Yo le dije:
—Anda, hártate de aquella agua tan hermosa.
Él se levantó y fue por la ribera del río a lo más llano. Y allí hincó las rodillas y echose de bruces sobre el agua, con aquel deseo que tenía de beber, y casi no había llegado los labios al agua, cuando se le abrió la degolladura, que le pareció una gran abertura, y súbitamente cayó la esponja en el agua con una poquilla de sangre. Así que el cuerpo sin ánima poco menos hubiera caído en el río, sino porque yo le trabé de un pie y con mucho trabajo le tiré arriba. Después que, según el tiempo y lugar, lloré al triste de mi compañero, yo lo cubrí en la arena del río para siempre, y con grande miedo por esas sierras fuera de camino fui cuanto pude. Y casi como yo mismo me culpase de la muerte de aquel mi compañero, dejada mi tierra y mi casa, tomando voluntario destierro, me casé de nuevo en Etiopía, donde ahora moro y soy vecino.
De esta manera nos contó Aristómenes su historia; y el otro su compañero, que luego al principio muy incrédulo menospreciaba oírlo, dijo:
—No hay fábula tan fabulosa como ésta. No hay cosa tan absurda como esta mentira.
Y volviose hacia mí, diciendo:
—Tú, hombre de bien, según tu presencia y hábito lo muestran, ¿crees esta conseja?
Yo le respondí:
—Cierto no pienso que hay cosa imposible en cualquier manera que los hados lo determinaren: así pueden venir a los hombres todas las cosas. Porque muchas veces acaece a mí y a ti y a todos los hombres venir cosas maravillosas y que nunca acontecieron, que si las contáis a personas rústicas no son creídas. Mas por Dios, a éste yo le creo y le doy muchas gracias que, con la suavidad de su graciosa conseja, nos hizo olvidar el trabajo, y sin fatiga y enojo anduvimos nuestro áspero camino. Del cual beneficio también creo que se alegra mi caballo, porque sin trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, cabalgando no encima de él, mas de mis orejas.
Aquí fue el fin de nuestro común hablar y de nuestro camino, porque ambos mis compañeros tomaron a la mano izquierda hacia unas aldeas.


Capítulo III

En el cual cuenta Lucio Apuleyo cómo llegó a la ciudad de Hipata, fue bien recibido de su huésped Milón y de lo que le aconteció con un antiguo amigo suyo llamado Pithias, que al presente era almotacén en la ciudad.

Yo entreme en el primer mesón que hallé y pregunté a una vieja tabernera:
—¿Es ésta la ciudad de Hipata?
Dijo que sí. Preguntele:
—¿Conoces a uno de los principales de esta ciudad, que se llama Milón?
La vieja se rió, diciendo:
—Por cierto, así se dice aquí, que este Milón sea de los principales que viven fuera de los muros y de toda la ciudad.
Yo dije:
—¡Madre buena, dejemos ahora la burla y dime dónde está y en qué casa mora!
Ella respondió:
—¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad y a la parte de dentro están frente de una calleja sin salida? Allí mora este Milón, bien harto de dineros y muy gran rico, pero muy mayor avariento y de baja condición; hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino continuo dar a usura sobre buenas prendas de oro, de plata, metido en una casilla pequeña, y siempre atento al polvo del dinero: allí mora con su mujer, compañera de su tristeza y avaricia, que no tiene en su casa persona, salvo una mozuela, que aun tan avariento es que anda vestido como un pobre, que pide por Dios.
Cuando yo oí estas cosas, reíme entre mí, diciendo:
«Por cierto, liberalmente lo hizo conmigo, y me aconsejó mi amigo Demeas, que me enderezó a tal hombre como éste, en cuya casa no tendré miedo de humo ni de olor de la cocina.»
Como esto dije, yendo un poco adelante, llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy bien cerrada, comencé a llamar y tocar. En esto salió una moza, que me dijo:
—Oye tú, que tan reciamente llamas a nuestra puerta, ¿qué prenda traes para que te presten sobre ella dineros? ¿No sabes tú que no hemos de recibir prenda sino de oro o de plata?
Yo dije:
—Mejor lo haga Dios. Respóndeme si está en casa tu señor.
Ella dijo:
—Sí está; mas dime qué es lo que quieres.
Yo respondí:
—Tráigole cartas de Corinto de su amigo Demeas.
Ella díjome:
—Pues en tanto que se lo digo espérame aquí.
Y diciendo esto, cerró muy bien su puerta y entrose dentro. Dende a poco tornó a salir, y abierta la puerta, díjome que entrase. Yo entré, y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña, que aquel tiempo comenzaba a cenar. La mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o casi nada que comer.
Él me dijo:
—Ésta es tu posada.
Yo le di muchas gracias y luego le di las cartas de Demeas, las cuales por él leídas, dijo:
—Yo quiero bien y tengo en merced a mi amigo Demeas, que tan honrado huésped envió a mi casa.
Y diciendo esto, mandó levantar a su mujer y que yo me posase en su lugar. Yo, con alguna vergüenza, deteníame, y él tomome por la falda, diciendo:
—Siéntate aquí, que, por miedo de ladrones, no tenemos otra silla, ni alhajas, las que nos conviene.
Yo senteme. Él me dijo:
—Según muestras en tu presencia y cortesía, bien pareces ser de noble linaje, y así lo conocerá luego quien te viere; pero, además de esto, mi amigo Demeas así lo dice por sus cartas; por tanto, te ruego que no menosprecies la brevedad o angostura de mi casa, que está aparejada por lo que mandares, y ves allí aquella cámara, que es razonable, en que puedes estar a tu placer. Porque, cierto, tu presencia hará mayor la casa y tú serás alabado de no menospreciar mi pequeña posada. Además de esto, imitarás a las virtudes de tu padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en una casilla de aquella buena vieja Hecales.
Entonces llamó a la moza y díjole:
—Fotis, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo en aquella cámara; y saca presto de la despensa aceite para untarse y un paño para limpiarlo, y lleva a mi huésped a este baño más cercano, porque él viene harto fatigado del malo y largo camino.
Cuando yo oí estas cosas, conociendo las costumbres y miseria de Milón, y queriendo tomar amistad con él, díjele:
—No es menester nada de estas cosas, que dondequiera las hallamos en el camino; pero yo preguntaré por el baño. Lo que más principalmente ahora he menester es que, para mi caballo, que me ha traído muy bien hasta aquí, me compres tú, señora Fotis, heno y cebada; ves aquí los dineros.
Esto hecho y puesta toda mi ropa en aquella cámara, yendo yo al baño, acordé primero de proveer de alguna cosa para comer; y fuime a la plaza de Cupido, adonde vi abundancia de pescados, y preguntando el precio, no quise tomar de lo caro, que valía cien maravedís, y compré otro por veinte maravedís. Al tiempo que yo salía con mi pescado, viene tras de mí Pithias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en Atenas. El cual había días que no me había visto, y como me conoció, vínose a mí con mucho amor y abrazome, dándome paz amorosamente, y dijo:
—¡Oh mi Lucio!, mucho tiempo ha que no te he visto: por Dios que después que nos partimos de nuestro maestro Clytias, nunca más nos vimos; mas ¿qué es ahora la causa de tu venida?
Yo dije:
—Mañana lo sabrás; pero, ¿qué es esto? Yo he mucho placer en verte con vara de justicia y acompañado de gente de pie. Según tu hábito, oficio debes de tener en la ciudad.
Él me dijo:
—Tengo cargo del pan y soy almotacén; por eso, si quieres comprar algo de comer, yo te podré aprovechar.
Yo no quise, porque ya tenía comprado el pescado necesario para mi comer; pero él, como vio la espuerta del pescado, tomola y en un llano sacudiola, y vistos los peces, dijo:
—¿Y cuánto te costó esta basura?
Yo respondí:
—Apenas lo pude sacar del que lo vendió por veinte maravedís.
Lo cual, como él oyó, tomome por la falda y tornome otra vez a la plaza de Cupido y preguntome:
—¿De cuál de éstos compraste esta nada?
Yo mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón; el cual, con voces ásperas como a su oficio convenía, comenzó a maltratar al viejo, diciendo:
—Ya, ya, vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los huéspedes que aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan grandes precios y hacéis con vuestra carestía que una ciudad como ésta, que es la flor de Tesalia, se torne en un desierto y soledad; pero no lo haréis sin pena, a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo: yo mostraré en qué manera se deben castigar los malos.
Y arrebató la espuerta, y derramada por tierra, hizo a un su oficial que saltase encima y lo rehollase bien con los pies. Así que mi amigo Pithias, contento con este castigo, dijo que me fuese, diciendo:
—Lucio, bien me basta la injuria que hice a este vejezuelo.
Esto hecho y enfadado y malcontento voyme al baño, sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel discreto de Pithias mi compañero; así que después de lavado torneme a la posada de Milón y entreme en mi cámara; y luego vino Fotis y díjome:
—Ruégote, señor, que vayas allá.
Yo, conociendo la miseria de Milón, excuseme blandamente, diciendo que la fatiga del camino más necesidad tenía de sueño que no de comer.
Como él oyó esto, vino a mí y tomome por la mano, para llevarme, y porque me tardaba y honestamente me excusaba, díjome:
—Cierto no iré de aquí si no vas conmigo, lo cual juro.
Yo, viendo su porfía, aunque contra mi voluntad, me hubo de llevar a aquella su mesilla, donde me hizo sentar y luego me preguntó:
—¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿Cómo están su mujer y hijos y criados?
Yo contele de todo lo que me preguntaba. Asimismo me preguntó ahincadamente la causa de mi camino, la cual, después que muy bien le relaté, empezome a preguntar de la tierra y del estado de la ciudad, y de los principales de ella, y quién era el gobernador; así que, después que me sintió estar fatigado de tan luengo camino y de tanto hablar y que me dormía, que no acertaba en lo que decía, tartamudeando en las palabras, medio dichas, finalmente concedió que me fuese a dormir. Plugo a Dios que ya escapé del convite hambriento y de la plática del viejo rancioso y parlero, más hambriento de sueño que harto del manjar. Habiendo cenado con solas sus parlas, entreme en la cámara y echeme a dormir.


SEGUNDO LIBRO
Argumento

En tanto que Lucio Apuleyo andaba muy curioso en la ciudad de Hipata, mirando todos los lugares y cosas de allí, conoció a su tía Birrena, que era una dueña rica y honrada; y declara el edificio y estatuas de su casa, y cómo fue con mucha diligencia él avisado que se guardase de la mujer de Milón, porque era gran hechicera; y cómo se enamoró de la moza de casa, con la cual tuvo sus amores; y del gran aparato del convite de Birrena, donde ingiere algunas fábulas graciosas y de placer; y de cómo guardó uno a un muerto, por lo cual le cortaron las narices y orejas, y después cómo Apuleyo tornó de noche a su posada, cansado de haber muerto no a tres hombres, más a tres odres.

Capítulo I

Cómo andando Lucio Apuleyo por las calles de la ciudad de Hipata, considerando todas las cosas, por hallar mejor el fin deseado de su intención, se topó con una su tía llamada Birrena, la cual le dio muchos avisos en muchas cosas de que se debía guardar.

Cuando otro día amaneció y el Sol fue salido, yo me levanté con ansia y deseo de saber y conocer las cosas que son raras y maravillosas, pensando cómo estaba en aquella ciudad, que es en medio de Tesalia, adonde por todo el mundo es fama que hay muchos encantamientos de arte mágica; también consideraba aquella fábula de Aristómenes mi compañero, la cual había acontecido en esta ciudad. Y con esto andaba curioso, atónito, escudriñando todas las cosas que oía. Y no había otra cosa en aquella ciudad que, mirándola, yo creyese que era aquello que era; mas parecíame que todas las cosas con encantamientos estaban tornadas en otra figura: las piedras, hallaba que eran endurecidas de hombres; las aves que cantaban, asimismo de hombres convertidas; los árboles, que eran los muros de la ciudad, por semejante eran tornados; las aguas de las fuentes, que eran sangre de cuerpos de hombres: pues ya las estatuas e imágenes parecían que andaban por las paredes, y que los bueyes y animales hablaban y decían cosas de presagios o adivinanzas. También me parecía que del cielo y del Sol había de ver alguna señal. Andando así atónito, con un deseo que me atormentaba, no hallando comienzo ni rastro de lo que yo codiciaba, andaba cercando y rodeando todas las cosas que veía; así que andando con este deseo, mirando de puerta en puerta, súbitamente, sin saber por dónde andaba, me hallé en la plaza de Cupido; y he aquí dónde veo venir una dueña bien acompañada de servidores y vestida de oro y piedras preciosas, lo cual mostraba bien que era una mujer honrada; venía a su lado un viejo ya grave en edad, el cual, luego que me miró, dijo:
—Por Dios, éste es Lucio.
Y diome paz, y llegose a la oreja de la dueña y no sé qué le dijo muy pasico. Y tornose a mí, diciendo:
—¿Por qué no llegas a tu madre y le hablas?
Yo dije:
—He vergüenza, porque no la conozco.
Y en esto, la cara colorada y la cabeza abajada, detúveme; ella puso los ojos en mí, diciendo:
—¡Oh bondad generosa de aquella muy honrada Salvia, tu madre, que en todo le pareces igualmente como si con un compás te midieran! De buena estatura, ni flaco ni gordo, la color templada, los cabellos rojos como ella, los ojos verdes y claros, que resplandecen en el mirar como ojos de águila; a cualquier parte que lo miréis es hermoso y tiene decencia, así en el andar como en todo lo otro.
Y añadió más, diciendo:
—¡Oh Lucio!, en estas mis manos te crié, y ¿por qué no?, pues que tu madre no solamente era mi amiga y compañera por ser mi prima, pero porque nos criamos juntas, que ambas somos nacidas de aquella generación de Plutarco, y una ama nos crió, y así crecimos juntamente como dos hermanas, y nunca otra cosa nos apartó, salvo el estado, porque ella casó con un caballero, yo con un ciudadano. Yo soy aquella Birrena cuyo nombre muchas veces quizás tú oíste a tus padres. Así que te ruego vengas a mi posada.
A esto yo, que ya con la tardanza de su hablar tenía perdida la vergüenza, respondí:
—Nunca plega a Dios, señora, que sin causa o queja deje la posada de Milón. Pero lo que con entera cortesía se podrá hacer será que cada vez que hubiere de venir a esta ciudad, me vendré a tu casa.
En tanto que hablamos estas cosas, andando un poco adelante, llegamos a casa de Birrena. La cual era muy hermosa: había en ella cuatro órdenes de columnas de mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la diosa Victoria, tan artificiosamente labrada con sus rostros, alas y plumas, que, aunque las columnas estaban quedas, parecía que se movían y que ellas querían volar. De la otra parte estaba otra estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, frente de como entran. Sobre la cual estaba cargada la mitad de aquel edificio. Era esta diosa muy pulidamente obrada: la vestidura parecía que el aire se la llevaba y que ella se movía y andaba y mostraba majestad honrada en su forma. Alrededor de ella estaban sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos: las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas; y si cerca de allí ladraban algunos perros, pensaras que salen de las bocas de piedra.
En lo que más el maestro de aquella obra quiso mostrar su gran saber, es que puso los lebreles con las manos alzadas y los pies bajos, que parece que van corriendo con gran ímpetu. A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva: en la cual había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus ástiles y hojas; pámpanos y parras y otras flores, que resplandecían dentro, en la cueva, con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro y resplandeciente. En el margen debajo de la piedra había manzanas y uvas, que colgaban labradas muy artificiosamente: las cuales el arte, imitadora de la natura, explicó y compuso semejantes a la verdad; pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si mirares las fuentes que a los pies de la diosa corren como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras son verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón, cómo estaba mirando a Diana por las espaldas cuando ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba en un ciervo montés. Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena:
—Tuyo es todo esto que ves.
Y diciendo esto, mandó a todos los que allí estaban que se apartasen, que me quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, dijo:
—¡Oh Lucio!, hijo mío amado, por esta diosa que tengo mucha ansia y miedo por ti y como a cosa mía deseo proveerte y remediarte. Guárdate y guárdate fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Panfilia mujer de ese tu huésped Milón: cuanto a lo primero, ella es gran mágica y maestra de cuantas hechiceras se pueden creer, que con cogollos de árboles y pedrezuelas y otras semejantes cosillas, con ciertas palabras hace que esta luz del día se torne en tinieblas muy obscuras y del todo se confunda la mar con la tierra. Y si ve algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de su gentileza y pone sobre él los ojos y el corazón: comiénzale a hacer regalos, de manera que le enlaza el ánima y el cuerpo que no puede desasirse. Y después que está harta de ellos, si no hacen lo que ella quiere, tórnalos en un punto piedras y bestias o cualquier otro animal que ella quiere; otros, mata del todo; y esto te digo temblando, porque te guardes que ella ame fuertemente, y tú como eres mozo y gentil hombre, agradarle has.
Esto me decía Birrena, con harta congoja y pena. Yo, cuando oí el nombre de la Magia, como estaba deseoso de la saber, tanto me escondí de la cautela o arte de Panfilia, que antes yo mismo me ofrecí de mi propia gana a su disciplina y magisterio, queriendo en un salto lanzarme en el profundo de aquella ciencia. Así que con la más priesa que pude, alterado de lo que me había dicho, despedime de mi tía, soltándome de su mano como de una cadena y diciendo:
—Señora, con vuestra merced, yo me voy corriendo a la posada de Milón.



Capítulo II

Cómo despedido Lucio Apuleyo de Birrena, su tía, se vino para la posada de su huésped Milón, donde, llegado, halló a Fotis la moza de casa, que guisaba de comer. Y enamorándose el uno del otro, concertaron de juntarse a dormir.

Yendo por la calle como un hombre sin seso, digo entre mí: «Ea, Lucio, vela bien y está contigo; ahora tienes en la mano lo que hasta aquí deseabas; ahora satisfarás a tu luengo deseo de cosas maravillosas. Aparta de ti todo miedo: júntate cerca, porque puedas prestamente alcanzar lo que buscas; pero mira bien que te apartes y excuses de no hacer vileza con la mujer de tu huésped Milón, ni de ensuciar su cama y honra. Con todo eso, bien puedes requerir de amores a Fotis, su criada, que parece ser bonica, agudilla y alegre. Aun bien te debes recordar, cuando anoche, te ibas a dormir, cómo ella te acompañó, mostrándote la cama y cubriéndote la ropa, después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí, contra su voluntad, según se le mostró en su gesto; finalmente, que cuando se iba ella volvía la cara atrás y se detenía, lo cual es buena señal, y así sea adelante. De manera que no será malo que esta Fotis sea requerida de amores.» Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, y como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había pensado. Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran entrambos idos fuera, sino a mi muy amada Fotis, que aparejaba de comer para sus señores pasteles y cazuelas: lo cual olía tan bien, que ya me parecía que lo estaba comiendo, tan sabroso era. Ella estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y una facha blanca linda ceñida por debajo del pecho; y con sus manos blancas y muy lindas estaba haciendo las cajas de los pasteles redondas; y como traía la masa alrededor, también ella se movía, sacudiéndose toda, tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba maravillado, mirando en hito, y como maravillado de su lindeza, lo mejor y más cortésmente que yo pude, le dije:
—Señora Fotis, con tanta gracia aparejas este manjar, que yo creo que es el más dulce y sabroso que puede ser. Cierto será dichoso y muy bienaventurado aquel que tú dejaras tocarte a lo menos con el dedo.
Ella, como era discreta moza y decidora, díjome:
—Anda, mezquino, apártate de aquí; vete de la cocina, no te llegues al fuego; porque si un poco de fuego te toca, arderás de dentro, que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien mecer la olla y la cama.
Diciendo esto, mirome y riose. Pero yo no me partí de allí hasta que tenté y conocí toda la lindeza de su persona; y dejadas aparte todas las otras particularidades, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos por más los gozar después en secreto. Así que conocí y tuve por cierto juicio y razón que la cabeza y cabellos es la principal parte de la hermosura de las mujeres, por dos razones: o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos y se nos demuestra, o porque lo que la vestidura y ropas de colores adorna en los otros miembros y los alegra, esto hace en la cabeza el resplandor natural de los cabellos. Y muchas veces acontece que algunas por mostrar su gracia y hermosura a quien bien quieren, se quitan todas las vestiduras y la camisa, preciándose muy mucho más de la lindeza de sus personas que no del color de los brocados y sedas. Y aunque sea cosa de no decir, ni nunca hubiese tan mal ejemplo, si trasquilasen a una mujer que fuese la más hermosa y acabada en perfección del mundo, aunque fuese venida del cielo y criada en el mar, y aunque fuese la diosa Venus acompañada de sus ninfas y graciosas con su Cupido y toda la compaña que le sigue, con su arreo de cinta de cadenas y olores de cinamomo y bálsamo, si viniere calva y sin cabellos, no podrá placer a nadie, ni tampoco a su marido Vulcano. ¿Qué color se puede igualar ni agradar tanto como el lustre natural de los cabellos, que contra el resplandor del Sol relumbra y varía el color en diversas gracias? Ahora, de una parte, resplandece como oro, de la otra de color mellada; ahora parece verde obscuro imitando a las plumas y fleco del cuello de las palomas o al cuervo que le luce el color negro. Mayormente, cuando ellas se peinan y hacen la partidura con ungüento arábigo, después que juntan sus cabellos y los trenzan en las espaldas, si las ven sus amadores, míranse en ellas como en un espejo; especialmente si los cabellos, siendo muchos y espesos, están sueltos y tendidos por las espaldas. Finalmente, tanta es la gracia de los cabellos, que aunque una mujer esté vestida de seda y de oro y piedras preciosas, y tenga todo el atavío y joyas que quisiere, si no mostrare sus cabellos, no puede estar bien adornada ni ataviada; pero en mi señora Fotis, no el atavío de su persona, mas estando revuelta como estaba, le daba muy mucha gracia. Ella tenía muchos cabellos espesos que le llegaban bajo la cintura con una redecilla de oro, ligados con un nudo cerca del principio. De manera que yo no me pude sufrir más; inclineme y tomela por cerca del nudo de los cabellos y suavemente la comencé a besar. Ella volvió la cabeza, y mirándome astuta con el rabillo del ojo, me dijo:
—Oye tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas: pues guárdate, que con mucho sabor de la miel, no ganes continua amargura de hiel.
Yo le dije:
—¿Qué es esto, mi bien y mi señora? Aparejado estoy, que por ser recreado solamente con un beso, sufriré que me ases en ese fuego. Y diciendo esto, abracela reciamente y comencela a besar; ya que ella estaba encendida en la igualdad del amor conmigo, ya que yo le conocía que con su boca y lengua olorosa ocurría a mi deseo y que también quería ella como yo, díjele:
—¡Oh señora mía!, yo muero, y más cierto puedo decir que soy muerto, si no has merced de mí.
A esto ella, besándome, respondió:
—Está de buen ánimo, que yo te amo tanto como tú a mí; y no se dilatará mucho nuestro placer, que a prima noche yo seré contigo en tu cámara: anda, vete de aquí y apareja, que toda esta noche entiendo pelear contigo.
Así que con estas palabras y burletas nos partimos por entonces. Después, ya casi era mediodía, Birrena me envió un presente de media docena de gallinas y un lechón y un barril de vino añejo fino. Yo llamé a mi Fotis y díjele:
—Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer, que viene sin llamarlo, de su propia gana; bebámoslo, sin que gota quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra alegría, que ésta es la vitualla o provisión que ha menester el navío de Venus: conviene a saber, que, en la noche sin sueño, abunde en el candil aceite y vino en la copa.
Todo lo otro del día que restaba, gastamos en el baño, y después en la cena; porque a ruego del bueno de Milón, mi huésped, yo me senté a cenar a su pequeña y muy breve mesilla, guardándome cuanto podía de la vista de Pánfila, su mujer; porque recordándome del aviso de Birrena, con temor me parecía que, mirando en su cara miraba en la boca del infierno; pero miraba muchas veces a mi amada Fotis, que andaba sirviendo a la mesa, y en ésta recreaba mi ánimo. En esto, como vino la noche y encendieron candelas, la mujer de Milón dijo:
—¡Cuán grande agua hará mañana!
El marido le preguntó que cómo sabía ella aquello. Respondió que la lumbre se lo decía. Entonces Milón riose de lo que ella decía, y burlando de ella, dijo:
—Por cierto, la gran sibila profeta mantenemos en este candil, que todos los negocios del cielo y lo que el Sol ha de hacer se ven en el candelero.
Yo entremetime a hablar en sus razones, diciendo:
—Pues sabed que éste es el principal experimento de esta adivinación, y no os maravilléis, porque como quiera que éste es un poquito de fuego encendido por manos de hombres, pero recordándose de aquel fuego mayor que está en el cielo, como de su principio y padre, sabe lo que ha de hacer en el cielo, y así nos lo dice acá y anuncia por este presagio o adivinanza. Yo vi en Corinto, antes que de allá partiese, un sabio, que allí es venido, que toda la ciudad se espanta de sus respuestas maravillosas que da a lo que le preguntan, y por un cuarto que le dan dice el secreto de la ventura y el hado que ha de venir a quienquiera; qué día es bueno para hacer casamientos o cuál será bueno para fundar una fortaleza, que sea muy perpetua, o cuál será más provechoso para mercaderes, o cuál más afamado para mejor poder caminar, o cuál más oportuno para el navegar. Finalmente, a mí me dijo cuándo quería partirme para esta tierra, preguntándole cómo me sucedería en este viaje, muy muchas y varias cosas: ora que tendría prosperidad asaz grande, ora que sería de mí una muy grande historia y fábula increíble, y que había de escribir libros.
A esto Milón, riéndose, dijo:
—¿Qué señas tiene ese hombre o cómo se llama?
Yo díjele que era hombre de buena estatura y entre rojo y negrillo, que se llamaba Diófanes. Entonces Milón dijo:
—Ése es y no otro, porque aquí en esta ciudad hablaba muchas cosas semejantes a esas que dices, por donde él ganó no poco, sino muy muchos dineros, y alcanzó muy grandes mercedes y dádivas; después él, mezquino, cayó en manos de la fortuna severa y cruel, que estando un día cercado de gente, diciéndoles a cada uno su ventura, un negociante que se llamaba Cerdón llegose a él por preguntarle si era aquel día provechoso para caminar, porque él quería ir a cierto negocio; él, como le dijo que era muy bueno, ya que el zapatero abría la bolsa y sacaba los dineros, y aun tenía contados cien maravedís para darle un galardón de la adivinación que le había hecho, he aquí súbitamente un mancebo de los principales de la ciudad le tomó de la falda por detrás, y como aquel sabio volvió la cabeza, abrazolo y besolo. El sabio, como lo vio, hízolo sentar cerca de sí, y atónito de la repentina vista de aquel su amigo, no recordándose del negocio que tenía entre manos, dijo al mancebo:
—¡Oh deseado de muchos tiempos! ¿Cuándo eres venido?
Respondió él:
—Si os place, ayer tarde; pero tú, hermano, dime también cómo te aconteció cuando navegaste de la isla de Eubea. ¿Cómo te fue por mar y por tierra?
A esto respondió aquel Diófanes, sabio muy señalado, que estaba privado de su memoria y fuera de sí:
—Nuestros enemigos y adversarios caían en tanta ira de los dioses y tan gran destierro, que fue más que el de Ulises. Porque la nave en que veníamos fue quebrada con las ondas y tempestades de la mar y perdido el gobernalle, y el piloto apenas llegó con nosotros a la ribera de la mar, y allí se hundió, donde perdido cuanto traíamos, nadando escapamos. Después, salidos de este peligro, todo lo que de allí sacamos y lo que nos habían dado, así los que no nos conocían, por mancilla que habían de nosotros, como lo que los amigos por su liberalidad, todo nos lo robaron los ladrones, a los cuales, resistiendo por defender lo nuestro, delante de estos ojos, mataron a un hermano mío que había nombre Arignoto.
Estando hablando estas cosas, aquel sabio enojado y triste, Cerdón, el negociante, tomó sus dineros, que había sacado para pagarle su adivinanza y huyó entre la gente; finalmente, Diófanes, tornado en sí, sintió la culpa de su necedad, mayormente que vio que todos los que estábamos alrededor nos reíamos de él, pues que conocía el hado de los otros y no el de su hacienda.
—Pero tú, señor Lucio, ¿crees que aquel sabio dijo verdad a ti sólo más que a otro? Dios te dé buenaventura y que hagas buen viaje.
Milón tardaba tanto en contar estas patrañas, que yo entre mí me deshacía todo y me enojaba conmigo mismo, que de mi gana había dado causa de poner a Milón en oportunidad de contar fábulas: por lo cual yo había perdido de gozar buena parte de la noche de placer que esperaba. Finalmente, tragada la vergüenza, dije a Milón:
—Allá se lo haya Diófanes, pase su fortuna, y si quiere torne otra vez a dar a la mar y a la tierra lo que despojare y robare a los pueblos; pero como aún estoy fatigado del camino de ayer, dame licencia que me vaya temprano a dormir.
Y diciendo esto, fuime de allí y entreme en mi cámara, adonde yo hallé bien aparejado de cenar.


Capítulo III

Que trata cómo levantado Lucio Apuleyo de la mísera mesa de Milón, apesarado con los cuentos y pronósticos del candil, se fue a su cámara, adonde halló aparejado muy cumplidamente de cenar, y después de haber cenado se gozaron en uno, por toda la noche, su amada Fotis y él.

Fuera de la puerta de la cámara estaba en el suelo hecha una cama para los mozos, creo por que no oyesen lo que entre nosotros pasaba. Cerca de mi cama estaba una mesa pequeña con muy muchas cosas de comer y sus copas llenas de vino templado, con su agua; demás de esto había allí un vaso lleno de vino, que tenía la boca muy ancha, aparejado para beber. Lo cual todo era buena antecena para la batalla de amores. Luego, como yo fui acostado, he aquí dónde viene mi Fotis, que ya dejaba acostada a su señora, con una guirnalda de rosas y otras deshojadas en el seno, y como llegó, fueme a besar, y después de echar aquellas rosas encima, tomó una taza y templó el vino con agua caliente y diome que bebiese, y antes que lo acabase de beber, arrebató la taza y aquello que quedaba comenzolo a beber, mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez hasta la tercera. Después que ya estaba harto de beber, y no solamente con el deseo, pero también con el cuerpo aparejado a la batalla, dije, enardecido, a Fotis enseñándole las muestras de mi impaciencia:
—Ten compasión de mí, y acuéstate pronto, ya tú ves cuánta pena me has dado; porque estando yo con esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa que mi arco se extendiese tanto, que si no lo aflojas tengo miedo que con el mucho tesón la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.
No tardó ella, que, nadando había alzado la mesa prestamente, con todas aquellas cosas que en ella estaban, y, desnudada de todas sus vestiduras, hasta la camisa, y los cabellos sueltos, que parecía la diosa Venus cuando sale del mar, blanca y hermosa, sin vello ni otra fealdad, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas, antes haciendo sombra que cubriéndose, dijo:
—Ahora haz lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida, ni te volveré las espaldas. Si eres hombre, acomete resuelto y mata muriendo, que hoy la lucha es sin cuartel.
Y diciendo esto, acostose, donde cansamos, velando hasta la mañana, recreando nuestra fatiga con el beber de rato en rato, y de esta manera pasamos algunas otras noches.


Capítulo IV

Cómo Birrena convidó a cenar a su sobrino Lucio Apuleyo y él lo aceptó; descríbese el aparato de la cena y cuéntanse donosos acontecimientos entre los convidados.

Después aconteció que un día Birrena me rogó muy ahincadamente que fuese una noche a cenar con ella. Yo me excusé cuanto pude y al cabo hube de hacer lo que mandaba; pero cumplíame tomar licencia de mi amiga Fotis, y de su acuerdo tomar consejo como de un oráculo: la cual, como quiera que no quisiera me apartara de ella tanto como una uña; pero, en fin, hubo de dar licencia breve a la milicia de amores, alegremente, diciendo:
—Oye tú, señor, cata que tornes del convite temprano, porque hay bandos aquí de los principales, que en cada parte hallarás hombres muertos; y el gobernador no puede remediar esta ciudad de tanto mal, y a ti, así por ser rico, como también ser tenido en poco, por ser extraño, te puede venir algún peligro.
Yo le respondí:
—No tengas tú, señora, cuidado ni pena de esto; porque demás de yo no preferir a mis placeres el convite de casa ajena, con mi presta vuelta te quitaré de este miedo, y aun también no voy sin compañía, que mi espada llevo debajo de mí, que es ayuda de mi salud.
Con esto me despedí y fui a la cena, donde hallamos otros convidados, que, como aquélla era dueña principal y flor de la ciudad, el convite era bien acompañado y suntuoso. Allí había las mesas ricas de cedro y de marfil cubiertas con paños de brocado; muchas copas y tazas de diversas formas, pero todas de muy gran precio; las unas eran de vidrio, artificiosamente labrado, otras de cristal pintado, otras de plata y de oro resplandeciente, otras de ámbar, maravillosamente cavado, y todas adornadas de piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo lo que parece que no puede haber allí lo había; los pajes y servidores de la mesa eran muchos y muy bien ataviados; los manjares eran en abundancia y muy discretamente administrados; los pajes, en cabello y vestidos hermosamente, traían aquellas copas hechas de piedras preciosas con vino añejo, muy fino y mucho.
Ya traídas a la mesa velas encendidas, comenzó a crecer el hablar entre los convidados y el burlar y reír y motejar unos de otros. Entonces Birrena me preguntó, diciendo:
—¿Cómo te va en esta nuestra tierra? Que cierto, a cuanto yo puedo saber, en templos y baños y otros edificios precedemos a todas las otras ciudades. Además de esto, somos ricos de alhajas de casa. Aquí hay mucha libertad y seguridad; hay grandes negociaciones y mercaderías, cuando vienen mercaderes romanos; tanta seguridad y reposo para los extranjeros como tendrían en su casa. Basta decir que somos el retiro y reposo de placeres para todos los de otras provincias que aquí vienen.
A esto yo respondí:
—Por cierto, señora, dices verdad, que yo nunca me hallé más libre en parte ninguna como aquí. Pero cierto, tengo miedo de las inevitables y ciegas obscuridades del arte mágica, que he oído decir que aquí aun los muertos no están seguros en sus sepulcros; porque de allí sacan y buscan ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras de uñas para hacer mal a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el momento que alguno muere, en tanto que le aparejan las exequias, con gran celeridad previenen su sepultura para tomar alguna cosa de su cuerpo.
Diciendo yo esto, respondió otro que allí estaba:
—Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aun no sé quién padeció lo semejante, que tiene la cara cortada, disforme y fea por todas partes.
Como aquel dijo estas palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y mirando a uno que estaba sentado al canto de la mesa; el cual, confuso y turbado de la burla que los otros hacían de él, comenzó a reñir entre sí, y como se quiso levantar para irse, díjole Birrena:
—Antes te ruego, mi Theleforon, que no te vayas; siéntate un poco y por cortesía, que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque este mi hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.
Él respondió:
—Señora, tú me ruegas, como noble y virtuosa; pero no es de sufrir la soberbia y necedad de algunos hombres.
De esta manera Theleforon enojado, Birrena con mucha instancia le rogaba y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo contase y dijese. Así que él hizo lo que ella mandaba, y cogidos los manteles sobre la mesa, puso el codo encima, y con la mano derecha, a manera de los que predican, señalando con los dos dedos, los otros dos cerrados y el pulgar un poco alzado, comenzó y dijo:
—Siendo yo huérfano de padre y madre partí de Mileto para ir a ver una fiesta olimpia, y como oí decir la gran fama de esta provincia, deseaba verla. Así que, andada y vista por mí toda Tesalia, llegué a la ciudad de Larisa, con mal agüero de aves negras, y andando, mirando todas las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a buscar remedio de mi pobreza, y andando así veo en medio de la plaza un viejo alto de cuerpo encima de una piedra, que, a altas voces, decía:
—Si alguno quisiere guardar un muerto, véngase conmigo en el precio.
Yo pregunté a uno de los que pasaban:
—¿Qué cosa es ésta? ¿Suelen aquí huir los muertos?
Respondiome aquél:
—Calla, que bien parece que eres mozo y extranjero, y por eso no sabes que estás en medio de Tesalia, donde las mujeres hechiceras cortan con los dientes las narices y orejas de los muertos, en cada parte, porque con esto hacen sus artes y encantamientos.
Yo le dije entonces:
—Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es ésta de los difuntos?
Él me respondió:
—Primeramente, toda la noche ha de velar muy bien, abiertos los ojos y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar a otra parte, ni solamente volver los ojos, porque estas malas mujeres, convertidas en cualquier animal que ellas quieren, en volviendo la cara, luego se meten y esconden, que, aunque fuesen los ojos del Sol y de la justicia, los engañarían; que una vez se tornan aves y otra vez perros y ratones, y luego se hacen moscas, y cuando están dentro, con sus malditos encantamientos oprimen y echan sueños a los que guardan; de manera que no hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres, por su vicio y placer, inventan y hallan, y por este tan mortal trabajo, no dan de salario más de cuatro o seis ducados de oro, poco más o menos. ¡Oh, oh!, y lo que principalmente se me olvidaba: si alguno de estos que guardan no restituye el cuerpo entero, a la mañana, todo lo que le fue cortado o disminuido es obligado y apremiado a reponerlo, cortándole otro tanto de su misma cara.
Oído esto, esforceme lo mejor que pude, y luego llegueme al que pregonaba, diciendo:
—Deja ya de pregonar, que he aquí aparejada guarda para eso que dices. Dime qué salario me has de dar.
Él dijo:
—Te darán mil maravedís; pero mira bien, mancebo, con diligencia; cata que este cuerpo es de un hijo de los principales de esta ciudad; guárdalo bien de estas malas arpías.
Yo dije entonces:
—¿Qué me estáis ahí contando, necedades y mentiras? ¿No ves que soy hombre de hierro, que nunca entra sueño en mí? Más veo que un lince y más lleno de ojos estoy que Argos.
Casi yo no había acabado de hablar cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas las puertas, y entramos por un postigo, por donde entrome en un palacio obscuro y mostrome una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, cerca de la cual él se sentó diciendo:
—Éste viene obligado para guardar fielmente a tu marido.
Ella, como estaba con sus cabellos echados ante la cara, aunque tenía luto, estaba hermosa, y mirándome dijo:
—Mira bien; cata que te ruego que con gran diligencia hagas lo que has tomado a cargo.
Yo le dije:
—No cures, señora: mándame aparejar la colación.
Lo cual le plugo, y luego se levantó y metiome en una camarilla, donde estaba el difunto cubierto con sábanas muy blancas, y metidos dentro unos siete testigos; alzada la sábana y descubierto el muerto, llorando y demostrando todas las cosas de su cuerpo, pidiendo que fuesen testigos los que estaban presentes, lo cual un escribano asentaba en su registro, ella decía de esta manera:
—Veis aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, los labios sin faltarles cosa, la barba maciza. Vosotros, buenos hombres, dadme por testimonio lo que digo.
Y como esto dijo y el escribano lo asentó y signó, partiose de allí. Yo díjele:
—Señora, mandad que me provean de todo lo necesario.
Ella respondió:
—¿Qué es lo que has menester?
Yo le dije:
—Un candil grande y aceite para que baste hasta el día, y vino en el jarro y agua con su taza, y el plato hecho de lo que os sobra.
Ella, moviendo la cabeza, dijo:
—Anda vete, loco, que en casa llorosa pides cena y sobras de ella, en la cual ha tantos días continuos que no se ha visto humo; ¿piensas que viniste aquí a comer? ¿Por qué antes no lloras y tomas luto como conviene al lugar donde estás?
Diciendo esto, miró a una moza y díjole:
—Mirrena, trae presto un candil y aceite, y, encerrado este guarda en la cámara, vete luego.
Yo quedé así desconsolado, para consuelo del muerto, y refregados los ojos y armados para velar, halagaba y esforzaba mi corazón cantando así que ya anochecía. Después, la noche comenzada, ya era bien alta y hora de acostar, ya que dormían y callaban todos, a mí me vino un miedo muy grande; y con esto entró una comadreja, la cual me estaba mirando, e hincó los ojos en mí fuertemente, de manera que yo me turbé y enojé porque un animal tan pequeño tuviese tanta audacia de así mirar, y díjele:
—¡Oh bestia sucia y mala! ¿Por qué no te vas de aquí y te encierras con los ratoncillos, tus semejantes, antes que experimentes el daño presente que te puedo hacer? ¿Por qué no te vas?
En esto volvió las espaldas y luego salió de la cámara. No tardó nada que me vino un sueño tan profundo, como que me lanzó en el fondo del abismo, de tal manera, que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de ambos los que estábamos echados fuese más muerto. Estando así, sin ánima, y habiendo menester otro que me guardase, casi que no estaba allí donde estaba, el canto de los gallos quebrantó las treguas de la noche; finalmente, que yo desperté, y asombrado de un gran pavor corrí presto al muerto, y traída una lumbre descubrile la cara y comencé con diligencia a mirar todas las cosas de su persona, y hallé que todo estaba sano y entero. En esto entra la mezquinilla de su mujer, llorando y mostrando mucha pena, y entraron con ella los testigos que el día antes había traído. Ella se lanzó sobre el cuerpo muchas veces, besándolo, y con una lumbre en la mano reconociendo y mirándolo todo, y vuelta la cabeza, llamó a un su mayordomo y mandole que pagase luego al buen guardián su premio, el cual luego me fue dado, diciendo:
—Mancebo, toma lo tuyo, y muchas gracias te damos, que por cierto por este tu buen servicio te tendremos como uno de los amigos y familiares de la casa.
A esto, yo, que no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis ducados resplandecientes, y como atónito, pasándolos de una mano a otra, dije:
—Antes, señora, me has de tener como uno de tus servidores, y cuando de mí te quieras servir, con confianza lo puedes mandar.
Aún no había yo acabado de hablar esto, cuando salen tras mí todos los mozos de casa con armas y palos: el uno me daba de puñadas en la cara; otros, porradas en las espaldas; otros me rompían los costados a coces y me tiraban de los cabellos, me rasgaban los vestidos: hasta que yo fui maltratado y despedazado de la manera que lo fue aquel mancebo Adonis; y así me lanzaron de casa y me fui a una plaza cerca de allí. Y estando tomando algún descanso, recordeme que merecía y era digno de aquellos azotes y mucho más por la descortesía de mi hablar. En esto, he aquí que asoma el muerto ya llorado y plañido, el cual, según la costumbre de aquella tierra, especialmente siendo uno de los principales, lo llevaban públicamente por la plaza con gran pompa de su entierro. Como allí llegaron, vino un viejo con mucha ansia y pena, llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos se agarró a la tumba, dando grandes voces entre sollozos y lloros, diciendo:
—Por la fe que mantenéis, ¡oh ciudadanos!, y por la piedad de la república, que socorráis al triste muerto; vengad con mucha atención y severidad tan gran traición y maldad contra esta nefanda y mala mujer: porque ésta, y no otro alguno, mató con hierbas a este mezquino mancebo, hijo de mi hermana, por complacer a su adúltero y por robarle su hacienda.
De esta manera aquel viejo lloraba, quejándose a todos. Cuando el vulgo oyó aquellas palabras, indignáronse contra la mujer, por ser el hecho verosímil y creíble el crimen, y comienzan a dar voces que traigan fuego para quemarla; otros piden piedras y que la entreguen a los muchachos, que la apedreen. Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, para excusarse juraba cuanto podía por todos los dioses y negaba tan gran traición. El viejo dijo entonces:
—Pues que así es, pongamos el albedrío de esta verdad en la divina Providencia para que lo descubra. Aquí está presente Zaclas, egipcio, principal profeta, el cual se comprometió conmigo por cierto precio a hacer salir de los infiernos el espíritu de este difunto y animar este cuerpo después del paso de la muerte.
Y como el viejo esto dijo, llamó allí en medio de todos a un mancebo vestido de lienzo blanco y calzados unos alpargates y la cabeza casi rapada, al cual besaba la mano muchas veces, hincándose de rodillas delante de él y diciendo:
—¡Oh sacerdote! Ten piedad de mí, por las estrellas del cielo y por los dioses de la tierra, por los elementos de Natura, por el silencio de la noche, por el crecimiento del Nilo y por la munición y reparo hecho por las golondrinas al crecimiento de este río cerca del castillo de Copto, y por los secretos de Menfis, y por la trompa de la diosa Isis, que desea este mi sobrino vivir brevemente, y a los ojos que ya son para siempre cerrados dales una poca de lumbre; no te ruego yo esto para negar a la tierra lo que es suyo; mas para solaz de nuestra venganza, te pido un poco espacio de vida. El profeta, de esta manera aplacado, tomó una cierta hierba y de ella puso tres ramos en la boca del muerto y otro en el pecho; y vuelto hacia Oriente, donde es el crecimiento del Sol, comenzó entre sí a rezar, y con aquel aparato venerable convirtió a sí a todos los que allí estaban por ver un tan grande milagro. Yo metime en medio de la gente y detrás del túmulo, subime encima de una piedra que estaba un poco alta, desde donde con mucha diligencia miraba todo lo que allí pasaba. Comenzó el muerto poco a poco a vivir: ya el pecho se le alzaba, ya las venas palpitaban, ya el cuerpo, que estaba lleno de espíritu, se levantó y comenzó a hablar, diciendo:
—¿Por qué ahora me has hecho tornar a vivir un momento de vida, después de haber bebido del río Leteo y haber ya nadado por el lago Estigio? Déjame, por Dios, déjame, y permite que me esté en mi reposo.
Como esta voz fue oída del cuerpo, el profeta se enojó algún tanto y díjole:
—¿Por qué no manifiestas al pueblo todas las cosas y declaras los secretos de tu muerte? ¿No sabes tú que con mis encantamientos puedo llamar las furias infernales que te atormenten los miembros cansados?
Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y desde allí comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
—Yo fui muerto por las artes de mi nueva mujer, y matome con veneno que me dio de beber, por lo cual muy presto y arrebatadamente dejé mi cama y casa al adúltero.
Entonces la buena mujer tomó de las palabras audacia, y con ánimo sacrílego altercaba con el marido resistiendo a sus argumentos. El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones; unos decían que aquella pésima mujer viva la debían enterrar con el cuerpo del marido; otros, que no era de dar fe a la mentira del cuerpo muerto; pero estas alteraciones atajó el habla del difunto, el cual, dando un gran gemido, dijo:
—Yo os daré muy clara razón de la inviolable y entera verdad, y manifestaré lo que otro ninguno sabe.
Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió, diciendo:
—Porque a este muy sagacísimo y astuto guardador de mi cuerpo, que me velaba muy bien y con muy gran diligencia, las viejas encantadoras, que deseaban cortarme las narices y orejas, por la cual causa muchas veces se habían tornado en otras figuras, no pudiendo engañar su industria y buena guarda, le echaron un gran sueño, y estando él como enterrado en este profundo sueño, las hechiceras comenzaron a llamar mi nombre, y como mis miembros estaban fríos y sin calor, no pudiendo así presto esforzarse para el servicio del arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque con el sueño casi muerto, y llamábase como yo, levantose a su nombre, sin saber que lo llamaban; de manera que él, de su propia voluntad, andando en forma de ánima de muerto, aunque las puertas de la cámara estaban con diligencia cerradas, por un agujero, cortadas primero las narices, después las orejas, recibió por mí el destrozo y carnicería que para mí se aparejaba. Y porque el engaño no pareciese, pegáronle allí con mucha destreza cera formada a manera de orejas cortadas, y otra nariz semejante a la suya; y ahora está aquí el mezquino, gozoso, que alcanzó y fue pagado del salario que ganó no por su industria y trabajo, sino por la pérdida y lesión de sus narices y orejas.
Como esto dijo, yo, espantado, luego me eché mano de las narices y trájelas en la mano; agarré las orejas y cayéronseme. Cuando vieron esto los que estaban alrededor comenzaron todos a señalarme con los dedos, haciendo gesto con las cabezas. En tanto que ellos se reían, yo, cayendo a sus pies como mejor pude, me escapé de allí, y nunca después volví a mi tierra, por estar así lisiado, para que burlasen de mí. Así, que con los cabellos de una parte y otra encubro la falta de las orejas. Y con este plañizuelo que traigo puesto en la cara, la fealdad y lesión de las narices.
Cuando Theleforon acabó de contar su historia, los que estaban a la mesa, ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risotadas; y en tanto que bebían lo acostumbrado, díjome Birrena de esta manera:
—Mañana se hace en esta ciudad, desde que se fundó, una fiesta muy solemne, la cual nosotros solos y no en otra parte festejamos con mucho placer y gritos de alegría al santísimo dios de la risa. Esta fiesta será más alegre y graciosa por tu presencia, y pluguiese a Dios que de tus propias gracias alguna cosa alegre inventases con que sacrifiquemos y honremos a tan gran dios como éste.
Yo entonces le dije:
—Muy bien, señora; hacerse ha como mandes, y por Dios que querría hallar alguna materia con que este gran dios fuese honrado.
Después de dicho esto, mi criado me dijo que era ya tarde, y como también yo estaba alegre, levanteme luego de la mesa, y tomada licencia de Birrena, titubeando los pasos, me fui para casa, y llegando a la primera plaza un aire recio nos apagó el hacha que nos guiaba; de manera que, según la obscuridad de la noche, tropezando en las piedras, con mucha fatiga, llegamos a la posada. Como llegamos junto a la puerta, yo vi tres hombres, valientes de cuerpo y fuerzas, que estaban combatiendo en las puertas de casa. Y aunque nos veían, no se espantaban ni apartaban siquiera un poquillo; antes, mucho más y más echaban sus fuerzas, a menudo porfiando quebrar las puertas; de manera que no sin causa a mí me parecieron ladrones y muy crueles. Cuando esto vi, eché mano a mi espada, que para cosas semejantes yo traía conmigo, y sin más tardanza salté en medio de ellos, y como a cada uno hallaba luchando con las puertas, dile de estocadas, hasta tanto que ante mis pies, con las grandes heridas que les había dado, cayeron muertos. Andando en esta batalla, el ruido despertó a Fotis y abriome las puertas; yo, fatigado y lleno de sudor, lanceme en casa, y como estaba cansado de haber peleado con tres ladrones, como Hércules cuando mató al Gerión, acosteme luego a dormir.