viernes, 2 de enero de 2026

Alexis de Tocqueville: Sobre el Cristianismo y el Islam. Carta a Arthur de Gobineau

SOBRE EL CRISTIANISMO Y EL ISLAM

Carta a Arthur de Gobineau

 

Tocqueville, 2 de octubre de 1843.

 

     He recibido, señor, sus dos análisis sobre Priestley y Bentham. Son dos trabajos muy buenos que, en mi opinión, encajan mejor en la idea de la obra que tenemos que realizar que cualquiera de los que ha realizado hasta ahora para mí. Creía que Bentham tenía, en relación con la doctrina de lo útil, algo más dogmático y más explícito que su gran libro sobre las recompensas y los castigos. ¿Me equivoco?

    Ahora paso a la larga carta que usted me escribió hace tres semanas. No quiero responderle en detalle; para ello se necesitaría un libro. Mi intención es tan sólo plantear bien la cuestión entre nosotros y, a partir de ahí, saber cómo dirigir nuestros trabajos.

    Le confieso que profeso una opinión absolutamente contraria a la suya sobre el cristianismo. En mi opinión, es mucho más diferente de lo que lo precedió de lo que usted cree, y nosotros somos mucho menos diferentes de él de lo que usted dice... Nunca he podido evitar sentir una profunda emoción al leer el Evangelio. Varias de las doctrinas que contiene, y de las más importantes, siempre me han parecido absolutamente nuevas, y el conjunto, sobre todo, forma algo completamente diferente del corpus de ideas filosóficas y leyes morales que habían regido anteriormente las sociedades humanas. No concibo que, al leer ese libro admirable, su alma no haya experimentado, como la mía, esa especie de aspiración libre que provoca una atmósfera moral más vasta y más pura. Cuando se quiere criticar el cristianismo, hay que prestar mucha atención a dos cosas.

    La primera es la siguiente: el cristianismo nos ha llegado a través de siglos de profunda ignorancia y rudeza, de desigualdad social, de opresión política; ha sido un arma en manos de reyes y sacerdotes. Es justo juzgarlo por sí mismo y no por el entorno por el que se ha visto obligado a pasar. Casi todas las tendencias exageradas, casi todos los abusos que a menudo se le reprochan con razón al cristianismo, deben atribuirse a estas causas secundarias, como creo que me resultaría muy fácil demostrar, y no al código de moral cuyo primer precepto es esta sencilla máxima: ama a Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo, esto resume la ley y los profetas.

    La segunda cosa a la que hay que prestar atención es que el cristianismo no es una filosofía, sino una religión. Hay ciertas doctrinas que forman parte necesariamente de cualquier religión y que no deben atribuirse a la naturaleza específica de ninguna. Tales son el mérito atribuido a la fe, la utilidad, la necesidad de la fe, la insuficiencia de las obras sin la fe y, por consiguiente, en cierta medida, la intolerancia de la que tanto nos felicita usted por estar exentos. Todo ello es inherente a las religiones... y está necesariamente ligado al bien que pueden producir. No se puede tener uno sin lo otro. Y, por mi parte, le confieso que estoy convencido de que el mal que estas ideas le hacen a la moral es, en definitiva, mucho menor que el que esta última sufre cuando pierde la sanción necesaria que le da la fe. Cuanto más avanzo en la vida menos veo que los pueblos puedan prescindir de una religión positiva; eso me hace menos severo que usted con respecto a los inconvenientes que presentan todas las religiones, incluso la mejor.

    La mayoría de los rasgos en los que usted cree reconocer una nueva moral no son para mí más que los signos que siempre han acompañado al debilitamiento de la fe religiosa.

   Cuando ya no se cree en una religión, cuando no se atribuye ningún valor moral a la fe y cuando únicamente se valoran los actos en sí mismos, esto queda muy claro.

   Del mismo modo, cuando la noción del otro mundo se vuelve oscura, es natural que los hombres que no pueden prescindir de la ley moral busquen encontrar su sanción en esta vida y creen todos esos sistemas que, bajo diferentes nombres, pertenecen a la doctrina del interés.

    Del mismo modo, cuando se pierden de vista los gozos celestiales, es muy sencillo que uno se apegue cada vez más a los únicos bienes que le quedan, los de este mundo, y que se aferre a ellos tanto más cuanto más problemática se vuelve la existencia de los demás.

   Creo que todo esto se vio en parte con la decadencia del paganismo y se verá cada vez que una religión pierda su imperio. Entonces habrá una multitud que mostrará esos instintos y habrá filósofos que reducirán esos instintos a doctrina.

    Le confieso que no me maravilla lo que se llama la rehabilitación de la carne. Quizás el cristianismo llevó al extremo la glorificación del espíritu. Pero el cristianismo fue en esto una admirable reacción contra su época y el espíritu de las antiguas religiones. ¿No le parece a usted que había una belleza incomparable en esa lucha abierta del espíritu contra la materia triunfante? Si el cristianismo se dejó arrastrar demasiado lejos por la grandeza misma de su esfuerzo, en mi opinión el peligro no era tan de temer. Porque todos los instintos de la masa de los hombres empujan en sentido contrario, y la carne se habría rehabilitado por sí misma, si los filósofos no se hubieran entrometido.

    Al plasmar en el papel estas ideas, de forma apresurada y desordenada, mi objetivo no es convencerlo a usted, sino solo hacerle comprender en qué difiero de su opinión. La mayoría de las cosas que le parecen novedades en materia de moral me parecen efectos naturales y necesarios del debilitamiento de la fe religiosa y de la duda sobre el más allá. Creo que siempre se ha visto algo similar en circunstancias parecidas.

  Entre las cosas verdaderamente nuevas (y entre ellas hay varias que me parecen muy hermosas), la mayoría me parecen derivadas directamente del cristianismo. Es el cristianismo aplicado con una visión más amplia, otras formas políticas, un estado social diferente. Son, en una palabra, consecuencias nuevas derivadas de un principio antiguo.

  Usted cree, pues, que la revolución que se está produciendo entre nosotros es más original y, en general, más beneficiosa de lo que yo creo. Pero usted la ve, y eso es lo importante para lo que tenemos que hacer. La mayoría de los signos que la manifiestan a sus ojos, la muestran también a los míos, y cuanto más consiga señalarla, más útil me resultará su trabajo. Creo, pues, que la especie de conversación epistolar que acabamos de mantener habrá tenido un resultado muy satisfactorio, el de precisar, en la medida de lo posible, la dirección en la que deben orientarse sus investigaciones y los aspectos de cada libro a los que debe prestarse atención. El cristianismo es la gran fuente de la moral moderna; todo lo que en las leyes, los usos, las ideas, los sistemas filosóficos le parezca contrario a los datos proporcionados por el cristianismo o simplemente diferente de él, debe ser señalado por usted y bien destacado, esa es la primera regla a seguir; pues lo que yo sobre todo debo dar a conocer no es la moral de nuestro tiempo, sino lo que tiene de nuevo y diferente respecto a la que la precedió. El tema así delimitado es una tarea de una inmensidad desesperante. ¿Qué es lo que no abarca? Las diversas aplicaciones serán todavía más difíciles de mostrar que los nuevos principios. Las modificaciones introducidas desde hace medio siglo en las legislaciones civiles y penales, como manifestación de ese nuevo espíritu, serían por sí solas, si se quisiera, materia para un gran libro. Cuando pienso en ello, estoy constantemente a punto de enviar inmoralmente al diablo tanto a la Academia de Ciencias Morales, que me ha impuesto esta gran tarea, como a la política, que me impide cumplirla.

   Volviendo a usted, ¿me dice que va a seguir con los autores ingleses? Apruebo ese propósito, pues, como ya le he dicho, sus últimos trabajos sobre esos autores me parecen excelentes. Creo que después haría bien en volver a Alemania. En primer lugar, es un terreno en el que no puedo prescindir de usted, ya que no sé alemán; en segundo lugar, reconozco que nuestros trabajos sobre este tema aún no me han proporcionado las aclaraciones que me satisfacen; al menos, ese tipo de aclaraciones que busco y que consisten sobre todo en mostrar lo que hay de nuevo en los sistemas morales, lo que se aleja de los datos del cristianismo. Me parece que Kant no se queda por debajo del cristianismo sino que va más allá de él. ¿Tienen los autores más modernos que él una visión diferente sobre este punto? Le ruego que se esfuerce por destacar este aspecto del tema. En cuanto a los autores franceses, dudo un poco en pedirle que se ocupe de ellos, ya que, de todos los documentos que necesito, son los que mejor conozco y los que tengo más fácilmente al alcance de mi mano.

   Lo que más me sería útil sería investigar no tanto los nuevos principios, sino las diversas aplicaciones de esos principios en las instituciones, principalmente en las de los pueblos extranjeros, ya que es lo que más me cuesta conocer. Tomaré como ejemplo sus propias ideas.

   Usted dice con razón que uno de los rasgos característicos de nuestras opiniones morales es que sólo nos fijamos en las obras, independientemente de las creencias. Esto se manifiesta en las leyes modernas, que han otorgado los mismos derechos, impuesto los mismos deberes y tratado de la misma manera a los hombres de todas las sectas cristianas. En Francia, esto se ha extendido hasta los judíos. Las legislaciones extranjeras y las obras de derecho extranjero deben contener huellas menos visibles, pero aún así muy evidentes, de este mismo espíritu.

   Usted dice que la limosna, de privada, se ha convertido en social; que se ha vuelto más desinteresada, más esclarecida. Lo creo en parte, aunque no saco las mismas conclusiones del mismo hecho y veo en ello más bien la doctrina cristiana de una época muy civilizada, muy administrativa, muy democrática, que un sistema nuevo. Los signos que demuestran esta tendencia son los recursos acumulados por los poderes públicos para acudir regularmente, de forma administrativa, en ayuda de las diferentes miserias, en definitiva, el perfeccionamiento de todas las instituciones caritativas del cristianismo. Es la caridad legal directa. Todo lo que se haya hecho en este sentido, especialmente en Alemania, debería recopilarse con gran cuidado.

   Existe la caridad legal indirecta, que consiste en proporcionarles a los pobres medios fáciles para que ellos por sí mismos salgan de la necesidad. Son las cajas de ahorros, los asilos y otras instituciones del mismo tipo. Todas las combinaciones administrativas de esta clase en el extranjero son para mí hechos capitales.

    Los esfuerzos realizados por los gobiernos para difundir la educación, la obligación social que se han impuesto de difundirla; en consecuencia, los reglamentos y las leyes que tienen por objeto multiplicar las escuelas, facilitar el acceso a ellas y proporcionar una educación de carácter más democrático; las obras que han tenido por objeto iluminar e impulsar a los gobiernos en esta vía, entran particularmente en nuestro tema.

   No le hablo de las prisiones ni del derecho penal, creo que en este punto puedo prescindir de cualquier ayuda.

   Usted dice que es una máxima de nuestro tiempo que todo el mundo tiene el mismo derecho al trabajo (lo cual, por cierto, no realza la idea del trabajo ni la doctrina cristiana de que todo hombre, sea quien sea, está condenado de una forma u otra al trabajo). ¿Qué libros modernos franceses o extranjeros han formulado esta doctrina? ¿En qué legislación se ha hecho un esfuerzo por garantizar a cada hombre el ejercicio de este derecho?

   Podría decirle mucho más sobre este tema. Pero por ahora es inútil, ya que aún no ha terminado usted sus análisis de los filósofos. Cuando haya terminado, y le ruego que se de prisa en la medida de lo posible, retomaremos este aspecto práctico del tema. Aunque no podamos entrar en grandes detalles, para mí ya sería mucho poder recopilar nociones sobre lo que existe en este ámbito y sobre las fuentes en las que habrá que basarse más adelante.

   Termino esta interminable carta rogándole que crea en mi más sincero afecto.

Alexis de Tocqueville.

 

   Usted es, mi querido señor de Gobineau, un interlocutor muy amable, muy ingenioso y muy poco ortodoxo con el que no quiero seguir en guerra. Lo propio de todas las disputas filosóficas es dejar a cada uno de los filósofos precisamente con las opiniones que tenía antes. Siendo así, es mucho mejor no discutir, ya que así se llega al mismo resultado sin esfuerzo. Las batallas de los filósofos son especialmente improductivas cuando se libran con la pluma en la mano. Porque entonces la dificultad para entenderse se hace mucho mayor. Así, su carta me atribuye varias ideas que yo no tengo y que le habría demostrado desde el primer momento que no tengo si hubiéramos hablado en lugar de escribirnos. Ejemplo: es mi opinión, así lo cree usted, que el cristianismo es una obra absolutamente diferente de todo lo que le precedió. Nunca he pensado eso y no creo haberlo dicho. Sin duda, hay una multitud de máximas e ideas que, antes de ser reunidas y concatenadas con un mismo fin por el Evangelio, estaban dispersas y, por lo tanto, inertes en los libros de Grecia y Oriente. Incluso encontré muchas de ellas el otro día en las leyes de Manú y sé de antemano que se encontrarían igualmente en todas las recopilaciones del mismo tipo. El cristianismo ha seleccionado, desarrollado, clasificado y concatenado entre sí máximas e ideas que, en su mayoría, ya se habían presentado por separado o de forma oscura en la mente de los hombres, y ha convertido el conjunto en un instrumento de gobierno moral absolutamente nuevo. Esto es lo que pienso.

   Otro ejemplo: hoy en día no hay nada nuevo en materia de moral. Esta idea que usted parece atribuirme tampoco es mía. Creo tan sólo que casi todo lo que llamamos principios nuevos no deben considerarse más que como nuevas consecuencias que el estado de nuestra civilización, nuestras leyes políticas y nuestra situación social nos llevan a extraer de los antiguos principios del cristianismo. Por lo tanto, no niego lo nuevo, solo discuto su alcance. Como ve, mi querido colaborador, mi doctrina no tiene nada que deba desanimarle. La única diferencia entre nosotros es que usted tiene más ambición que yo. Yo me limito a ver consecuencias nuevas donde usted quiere descubrir a toda costa nuevos principios. Usted necesita cambiar la faz del mundo; no se conforma con menos. Yo soy más modesto.

   Por desgracia, tenemos otras discrepancias mucho más graves. Me parece que usted cuestiona incluso la utilidad política de las religiones. En este punto, usted y yo vivimos en las antípodas. El temor a Dios, dice usted, no impide los asesinatos. Si así fuera, lo cual es muy dudoso, ¿qué conclusión habría que sacar? La eficacia de las leyes, ya sean civiles o religiosas, no consiste en impedir los grandes crímenes (que suelen ser producto de instintos excepcionales y pasiones violentas que atraviesan las leyes como si fueran telarañas), la eficacia de las leyes consiste en actuar sobre la gente común, en regular las acciones cotidianas, en dar un giro habitual a las ideas, un tono general a las costumbres. Reducidas a eso, las leyes, y sobre todo las leyes religiosas, son tan necesarias que aún no se han visto en el mundo grandes sociedades que hayan podido prescindir de ellas. Sé que hay muchos hombres que piensan que algún día se verá tal cosa y que cada mañana se asoman a la ventana con la idea de que tal vez por fin vean salir ese nuevo sol. Por mi parte, estoy convencido de que siempre mirarán en vano. Yo creería más bien en la llegada de una nueva religión que en la grandeza y la prosperidad creciente de nuestras sociedades modernas sin religión...

   Un último punto de discordia y me despido. Al mismo tiempo que es usted tan severo con esta religión que tanto ha contribuido a situarnos a la cabeza de la especie humana, me parece que tiene cierta debilidad por el islamismo. Esto me recuerda a otro amigo mío que encontré en África y que se había hecho mahometano. Eso no me atrajo en absoluto. He estudiado mucho el Corán, sobre todo debido a nuestra posición con respecto a las poblaciones musulmanas en Argelia y en todo Oriente. Le confieso que salí de ese estudio con la convicción de que, en definitiva, ha habido pocas religiones en el mundo tan funestas para los hombres como la de Mahoma. En mi opinión, es la principal causa de la decadencia tan visible hoy en día del mundo musulmán y, aunque menos absurda que el politeísmo antiguo, sus tendencias sociales y políticas son, en mi opinión, infinitamente más temibles, por lo que la considero, en relación con el paganismo mismo, más una decadencia que un progreso. Esto es lo que yo creo que podría demostrarle claramente, si alguna vez se le ocurriera la mala idea de circuncidarse.

   Mil perdones, mi querido señor de Gobineau, por toda este inútil parloteo. Quería ser muy breve y ya voy por la quinta página. Es el placer de conversar con usted lo que me ha hecho hablar tanto, más que el deseo de convencerle, y sin embargo me entristece que estemos tan poco de acuerdo. Le tengo demasiado aprecio y amistad como para no desear que coincida a menudo con mi opinión. Sin embargo, me consuelo pensando que, en lo que respecta a los sentimientos elevados y delicados, somos y siempre seremos de la misma secta.

   Me pregunta, señor, si hay que analizar la obra de Bentham sobre la usura. No necesito que haga un análisis detallado. Creo conocer ya el sistema de este autor, sistema que él lleva demasiado lejos, siguiendo la costumbre de los lógicos de su especie, pero del que apruebo varias partes. Basta con indicar resumidamente los puntos principales por los que pasa y el punto al que llega. No veo la utilidad de que se lance en este momento a leer su libro sobre la legislación. Es una obra que yo mismo leeré y analizaré con mucha facilidad. Ya conozco una buena parte. Espero con impaciencia el análisis de los otros autores ingleses de los que habla.

    Adiós, señor, le ruego que crea siempre en mis más sinceros sentimientos de afecto.

 

ALEXIS DE TOCQUEVILLE

Correspondance entre Alexis de Tocqueville et Arthur de Gobineau 1843-1859.

Publiée par Ludwig Schemann.

Paris, Librairie Plon, 1909.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 


SUR LE CHRISTIANISME ET L’ISLAM

Lettre à Arthur de Gobineau

 

Tocqueville, ce 2 octobre 1843.

 

J’ai reçu, monsieur, vos deux analyses de Priestley et de Bentham. Ce sont deux très bons travaux et qui entrent plus, à mon avis, dans l’idée de l’ouvrage que nous avons à faire qu’aucun de ceux que vous avez encore exécutés pour moi. Je croyais que Bentham avait, relativement à la doctrine de l’utile, quelque chose de plus dogmatique et de plus explicite que son grand livre sur les récompenses et les peines. Suis-je dans l’erreur?

J’en viens maintenant à la grande lettre que vous m’avez écrite il y a trois semaines. Je ne veux pas y répondre en détail; il faudrait pour cela un livre. Mon intention est seulement de bien poser la question entre nous et partant de là de savoir comment diriger nos travaux.

Je vous avoue que je professe une opinion absolument contraire à la vôtre sur le christianisme. Il est à mon avis beaucoup plus différent de ce qui l’a précédé que vous ne le pensez et nous sommes bien moins différents de lui que vous ne le dites... Je n’ai jamais pu me défendre d’une émotion profonde en lisant l’Évangile. Plusieurs des doctrines qui y sont contenues et des plus importantes m’ont toujours frappé comme absolument nouvelles, et l’ensemble surtout forme quelque chose d’entièrement différent du corps d’idées philosophiques et de lois morales qui avaient régi auparavant les sociétés humaines. Je ne conçois pas qu’en lisant cet admirable livre, votre âme n’ait pas éprouvé comme la mienne cette sorte d’aspiration libre que cause une atmosphère morale plus vaste et plus pure. Quand on veut critiquer le christianisme, il faut bien faire attention à deux choses.

La première est celle-ci: le christianisme nous est arrivé à travers des siècles de profonde ignorance et de grossièreté, d’inégalité sociale, d’oppression politique; il a été une arme dans les mains des rois et des prêtres. Il est équitable de le juger en lui-même et non par le milieu à travers lequel il a été obligé de passer. Presque toutes les tendances exagérées, presque tous les abus que vous reprochez souvent avec raison au christianisme, doivent être attribués à ces causes secondaires, ainsi qu’il me serait, je crois, bien facile de le prouver, et non au code de morale dont le premier précepte est cette simple maxime: aimez Dieu de tout votre cœur et votre prochain comme vous- même, ceci renferme la loi et les prophètes.

La seconde chose à quoi il faut faire attention, c’est que le christianisme n’est pas une philosophie mais une religion. Il y a certaines doctrines qui font nécessairement partie d’une religion quelle qu’elle soit et qu’il ne faut pas assigner au génie particulier d’aucune. Tel est le mérite attribué à la foi, l’utilité, la nécessité de la foi, l’insuffisance des œuvres sans la foi et, par conséquent, dans une certaine mesure l’intolérance dont vous vous félicitez si fort de nous voir exempts. Tout cela est inhérent aux religions... et lié nécessairement au bien qu’elles peuvent produire. On ne peut avoir l’un sans l’autre. Et, pour mon compte, je suis convaincu, je vous l’avoue, que le mal que ces idées font à la morale est à tout prendre bien moindre que celui qu’elle souffre lorsqu’elle vient à perdre la sanction nécessaire que la foi lui donne. Plus je vis et moins j’aperçois que les peuples puissent se passer d’une religion positive; cela me rend moins sévère que vous sur les inconvénients que présentent toutes les religions, même la meilleure.

La plupart des traits auxquels vous croyez reconnaître une morale nouvelle ne sont pour moi que les signes qui ont toujours accompagné l’affaiblissement d’une foi religieuse.

Quand on ne croit plus à une religion, qu’on ne place aucune valeur morale dans la foi et qu’on n’estime plus les actes qu’en eux-mêmes, cela est bien clair.

De même, quand la notion de l’autre monde devient obscure, il est naturel encore que les hommes qui ne peuvent se passer de loi morale, cherchent à en trouver la sanction dans cette vie et créent tous ces systèmes qui sous différents noms appartiennent à la doctrine de l’intérêt.

De même aussi, lorsqu’on perd de vue les jouissances célestes, il est tout simple qu’on s’attache de plus en plus aux seuls biens qui vous restent, ceux de ce monde, et qu’on tienne d’autant plus à ceux-là que l’existence des autres devient plus problématique.

Je crois que tout cela s’est vu en partie au déclin du paganisme et se verra toutes les fois qu’une religion perdra son empire. Il se trouvera alors une foule qui montrera ces instincts et des philosophes qui réduiront ces instincts en doctrine.

Je vous avoue encore que je ne suis pas émerveillé de ce qu’on appelle la réhabilitation de la chair. Le christianisme avait peut-être poussé jusqu’à l’excès la glorification de l’esprit. Mais le christianisme était en cela une réaction admirable contre son temps et l’esprit des anciennes religions. Est-ce que vous ne trouvez pas qu’il y avait une beauté incomparable dans cette lutte ouverte de l’esprit contre la matière triomphante? Si le christianisme a été entraîné trop loin par la grandeur même de son effort, le danger à mon sens n’était pas fort à craindre. Car tous les instincts de la masse des hommes poussent en sens contraire, et la chair se serait bien réhabilitée d’elle-même, quand les philosophes ne s’en seraient pas mêlés.

En jetant pêle-mêle et à la hâte sur le papier ces idées, je n’ai pas pour but de vous convaincre, mais seulement de vous faire comprendre en quoi je diffère de votre opinion. La plupart des choses qui vous paraissent des nouveautés en morale, me semblent les effets naturels et nécessaires de l’affaiblissement de la foi religieuse et du doute sur l’autre monde. Quelque chose d’analogue s’est toujours vu, je crois, dans des circonstances semblables.

Parmi les choses vraiment nouvelles (et parmi celles-là il y en a plusieurs que je trouve très belles) la plupart me paraissent découler directement du christianisme. C’est du christianisme appliqué par des lumières plus étendues, des formes politiques autres, un état social différent. Ce sont, en un mot, de nouvelles conséquences tirées d’un ancien principe.

Vous croyez donc la révolution qui s’opère parmi nous plus originale et plus généralement bienfaisante que je ne le pense. Mais vous la voyez, et c’est là l’important pour ce que nous avons à faire. La plupart des signes qui la manifestent à vos yeux, la montrent également aux miens et plus vous parviendrez à la signaler, plus votre travail me sera utile. Je crois donc que l’espèce de conversation épistolaire que nous venons d’avoir aura eu un résultat très satisfaisant, celui de préciser, autant que la chose se peut, la direction dans laquelle il faut pousser vos recherches et les traits de chaque livre auxquels il faut s’attacher. Le christianisme est le grand fonds de la morale moderne; tout ce qui dans les lois, les usages, les idées, les systèmes philosophiques vous paraîtra contraire aux données fournies par le christianisme ou seulement différent de lui, doit être recueilli par vous et bien mis en lumière, c’est la première règle à suivre; car ce que j’ai surtout à faire connaître, ce n’est pas la morale de notre temps, mais ce qu’elle a de nouveau et de différent de celle qui l’a précédée. Le sujet ainsi limité est œuvre d’une immensité désespérante. Que n’embrasse-t-il pas? Les applications diverses seront bien plus difficiles encore à montrer que les nouveaux principes. Les modifications introduites depuis un demi-siècle dans les législations civiles et criminelles, en tant que manifestation de cet esprit nouveau, seraient seules, si on le voulait, la matière d’un gros livre. Quand je songe à cela je suis sans cesse sur le point d’envoyer immoralement au diable soit l’Académie des sciences morales qui m’a imposé cette grande tâche, soit la politique qui m’empêche de la remplir.

Pour en revenir à vous, vous continuez avec les auteurs anglais, me dites-vous? J’approuve ce dessein, car ainsi que je vous le disais, vos derniers travaux sur ces auteurs me paraissent excellents. Je crois qu’après, vous ferez bien de retourner à votre Allemagne. D’abord, c’est un terrain sur lequel je ne puis me passer de vous, puisque je ne sais pas l’allemand, secondement, j’avoue que nos travaux sur ce point ne m’ont pas encore fourni de lumières qui me satisfassent; du moins, de cette espèce de lumière que je cherche et qui consiste surtout à montrer ce qui est nouveau dans des systèmes moraux, ce qui s’écarte des données du christianisme. Il me semble que Kant va plutôt au delà qu’en deçà du christianisme. Les auteurs plus modernes que lui ont-ils sur ce point une physionomie différente? Veuillez, je vous prie, vous attacher à bien mettre en relief ce côté du sujet. Quant aux auteurs français, j’hésite un peu à vous prier de vous en occuper, car de tous les documents dont j’ai besoin, ce sont eux qui me sont déjà le plus connus et que je trouve plus facilement sous ma main.

Ce qui me serait le plus utile, ce serait de rechercher non plus les principes nouveaux, mais les applications diverses de ces principes dans les institutions, principalement dans celles des peuples étrangers; car c’est ce qui m’est le plus difficile de connaître. Je prendrai pour exemple vos propres idées.

Vous dites avec raison qu’un des traits caractéristiques de nos opinions morales, c’est de ne s’attacher qu’aux œuvres indépendamment de la croyance. Cela se manifeste dans les lois modernes qui ont donné les mêmes droits, imposé les mêmes devoirs et traité de la même manière les hommes de toutes les sectes chrétiennes. Cela s’est étendu en France jusqu’aux juifs. Les législations étrangères, les ouvrages de droit étranger doivent contenir des traces moins visibles, mais encore très sensibles, de ce même esprit.

Vous dites que l’aumône, de privée, est devenue sociale; qu’elle a été plus désintéressée, plus éclairée. Je crois cela en partie; quoique je ne tire pas du même fait les mêmes conséquences et que j’y voie plutôt la doctrine chrétienne d’une époque très civilisée, très administrative, très démocratique qu’un système nouveau. Les signes qui démontrent cette tendance, ce sont les ressources amassées par les pouvoirs publics pour venir régulièrement, administrativement au secours des différentes misères, le perfectionnement en un mot de toutes les institutions charitables du christianisme. C’est la charité légale directe. Tout ce qui peut avoir été fait dans ce sens en Allemagne surtout devrait être recueilli avec grand soin.

Il y a la charité légale indirecte qui consiste à fournir aux pauvres des moyens faciles de se tirer eux-mêmes du besoin. Ce sont les caisses d’épargnes, les salles d’asile et autres institutions du même genre, Toutes les combinaisons administratives de cette espèce à l’étranger sont pour moi des faits capitaux.

Les efforts faits par les gouvernements pour répandre l’instruction, l’obligation sociale qu’ils se sont imposée de la répandre; en conséquence, les règlements, les lois qui ont pour objet de multiplier les écoles, d’en faciliter les abords, d’y donner une instruction d’une nature plus démocratique; les ouvrages qui ont eu pour objet d’éclairer et de pousser les gouvernements dans cette voie, rentrent particulièrement dans notre sujet.

Je ne vous parle pas des prisons, ni du droit pénal, je crois sur ce point pouvoir me passer de tout secours.

Vous dites que c’est une maxime de notre temps que tout le monde a un droit égal au travail (ce qui, pour le dire en passant, ne relève pas plus l’idée du travail que la doctrine chrétienne que tout homme quel qu’il soit est condamné dans un genre ou dans un autre au travail). Quels sont les livres modernes français ou étrangers qui ont formulé cette doctrine? Dans quelle législation a-t-on fait effort pour assurer à chaque homme l’exercice de ce droit?

Je pourrais vous en dire encore bien long sur ce sujet. Mais cela est inutile quant à présent puisque vous n’avez pas fini vos analyses de philosophes. Quand vous en serez sorti, et je vous prie de vous hâter autant que possible, nous reprendrons ce côté pratique du sujet. Lors même que nous ne pourriez pas y entrer dans un grand détail, ce serait déjà beaucoup faire pour moi que de recueillir des notions sur ce qui existe en ce genre, et sur les sources où il faudra puiser plus tard.

Je finis cette interminable lettre en vous priant de croire à mon bien sincère attachement.

Alexis de Tocqueville.

 

Vous êtes, mon cher monsieur de Gobineau, un très aimable, très spirituel et très peu orthodoxe discuteur avec lequel je ne veux point continuer la guerre. Le propre de toutes les disputes philosophiques est de laisser chacun des philosophes précisément dans les opinions qu’il avait auparavant. Cela étant, il vaut bien mieux ne pas disputer puisqu’ainsi on arrive au même résultat sans faire d’effort. Les batailles des philosophes sont particulièrement improductives quand elles se livrent la plume à la main. Car la difficulté de s’entendre devient alors bien plus grande. C’est ainsi que votre lettre me suppose plusieurs idées que je n’ai pas et que je vous aurais du premier mot montré ne pas avoir si nous avions causé au lieu de correspondre. Exemple: le christianisme suivant moi, croyez-vous, est une œuvre absolument différente de tout ce qui l’a précédé. Je n’ai jamais pensé cela et je ne crois pas l’avoir dit. Il y a assurément une foule de maximes et d’idées qui, avant d’être rassemblées et enchaînées dans un même but par l’Evangile, étaient éparses et, par conséquent, inertes dans les livres de la Grèce et de l’Orient. J’en retrouvais même un grand nombre l’autre jour dans les lois de Manou et je sais d’avance qu’elles se rencontreraient de même dans tous les recueils de même espèce. Le christianisme a choisi, développé, classé, enchaîné les unes aux autres des maximes et des idées dont la plupart s’étaient déjà présentées séparément ou obscurément à l’esprit des hommes, et il a fait de l’ensemble un instrument de gouvernement moral absolument nouveau. Voilà ma pensée.

Autre exemple: il n’y a de nos jours rien de nouveau en matière de morale. Cette pensée que vous avez l’air de m’attribuer n’est pas non plus mienne. Je crois seulement que presque tout ce que nous appelons des principes nouveaux, ne doit être considéré que comme des conséquences nouvelles que l’état de notre civilisation, nos lois politiques et notre état social nous font tirer des vieux principes du christianisme. Je ne nie donc pas le nouveau, j’en conteste seulement l’étendue. Vous voyez donc, mon très cher collaborateur, que ma doctrine n’a rien qui doive vous décourager. La seule différence qu’il y ait entre nous c’est que vous avez plus d’ambition que moi. Je me borne à voir des conséquences nouvelles là où vous voulez absolument découvrir de nouveaux principes. Il vous faut changer la face du monde; vous ne voulez pas vous contenter à moins. Je suis plus modeste.

Malheureusement, nous avons bien d’autres dissidences et de plus graves. Vous me semblez contester même l’utilité politique des religions. Ici, vous et moi, nous habitons les antipodes. La crainte de Dieu, dites-vous, n’empêche point d’assassinat. Quand cela serait, ce qui est fort douteux, que faudrait-il en conclure? L’efficacité des lois soit civiles soit religieuses n’est pas d’empêcher les grands crimes (ceux-là sont d’ordinaire le produit d’instincts exceptionnels et de passions violentes qui passent à travers les lois comme à travers des toiles d’araignées), l’efficacité des lois consiste à agir sur le commun des hommes, à régir les actions ordinaires de tous les jours, à donner un tour habituel aux idées, un ton général aux mœurs. Réduites à cela, les lois et surtout les lois religieuses sont si nécessaires qu’on n’a pas encore vu dans le monde de grandes sociétés qui aient pu s’en passer. Je sais qu’il y a beaucoup d’hommes qui pensent que cela se verra un jour et qui se mettent tous les matins à la fenêtre dans l’idée que peut-être ils vont enfin apercevoir se lever ce nouveau soleil. Quant à moi je suis convaincu qu’on regardera toujours en vain. Je croirais plutôt à la venue d’une nouvelle religion qu’à la grandeur et à la prospérité croissante de nos sociétés modernes sans religion...

Une dernière querelle et je vous quitte. En même temps que vous êtes si sévère pour cette religion qui a tant contribué cependant à nous placer à la tête de l’espèce humaine, vous me paraissez avoir un certain faible pour l’islamisme. Cela me rappelle un autre de mes amis que j’ai retrouvé en Afrique devenu mahométan. Cela ne m’a point entraîné. J’ai beaucoup étudié le Koran à cause surtout de notre position vis-à-vis des populations musulmanes en Algérie et dans tout l’Orient. Je vous avoue que je suis sorti de cette étude avec la conviction qu’il y avait eu dans le monde, à tout prendre, peu de religions aussi funestes aux hommes que celle de Mahomet. Elle est, à mon sens, la principale cause de la décadence aujourd’hui si visible du monde musulman et quoique moins absurde que le polythéisme antique, ses tendances sociales et politiques étant, à mon avis, infiniment plus à redouter, je la regarde relativement au paganisme lui-même comme une décadence plutôt que comme un progrès. Voilà ce qu’il me serait possible, je crois, de vous démontrer clairement, s’il vous venait jamais la mauvaise pensée de vous faire circoncire.

Mille pardons, mon cher monsieur de Gobineau, de tout ce bavardage inutile. Je voulais être très court et j’entre dans ma cinquième page. C’est le plaisir de causer avec vous qui m’a fait tant parler plus que l’envie de vous convaincre, et cependant je suis affligé que nous soyons si peu d’accord. J’ai pour vous trop d’estime et d’amitié pour ne pas désirer de vous trouver souvent de mon avis. Je me console pourtant en songeant qu’en fait de sentiments élevés et délicats nous sommes et serons toujours de la même secte.

Vous me demandez, monsieur, s’il faut analyser l’ouvrage de Bentham sur l’usure. Je n’ai pas besoin que vous en fassiez une analyse détaillée. Je crois déjà connaître le système de cet auteur, système qu’il pousse trop loin suivant la coutume des logiciens de son espèce, mais dont j’approuve plusieurs parties. Il suffit d’indiquer sommairement les principaux points par où il passe et le point auquel il arrive. Je ne vois pas d’utilité à ce que vous vous jetiez en ce moment dans son livre sur la législation. C’est un ouvrage que je lirai et analyserai moi-même très aisément. J’en connais déjà une bonne portion. J’attends avec impatience l’analyse des autres auteurs anglais dont vous parlez.

Adieu, monsieur, croyez toujours, je vous prie, à tous mes sentiments de sincère affection.

Alexis de Tocqueville.