EL ENTUSIASMO EN EL ARTE
SONATA ROMÁNTICA
A MODO DE PREFACIO
Madame de Staël tendría hoy casi ciento diez años si
hubiera sido inmortal, y no dudo de que, al igual que Calipso, se sentiría
desconsolada por ese horrible destino. No que se fuera a acordar del Ulises de
sus jóvenes años, ya irremediablemente hecho pedazos, ¡ay!, pero ¡con qué amargura
profunda, con qué invencibles repugnancias los Telémacos de la literatura
moderna abrumarían su chocheante caducidad!
Madame de Staël habló del entusiasmo con la elocuencia
desenfrenada de las setenta y siete pasiones ardientes que llevaba consigo.
Habló del entusiasmo como las santas hablaban del amor divino que las consumía.
Salamandra de sus propios sentimientos, mostró el sorprendente ejemplo de la
más violenta existencia de mujer en el centro mismo de una explosión de
esplendores morales que purifican su recuerdo y nos la hacen parecer, hoy, casi
inocente.
De todas las mujeres fue la más alejada de la
perversidad, su corazón fue siempre más grande que su vida, más grande que su genio
y que sus errores, más grande que todo, y ese corazón ardía con una llama
inextinguible que apuntaba al cielo por encima de todas las cabezas de todas
las serpientes enroscadas en torno de los árboles de su Edén. El entusiasmo
fluía y refluía sin cesar en esa alma con ruidos inmensos, clamores de muchedumbre,
toques de rebato, cánticos, rugidos subterráneos y hosanas en los espacios
luminosos del cielo; el entusiasmo del orgullo y el entusiasmo de la humildad;
el entusiasmo por María Antonieta la Guillotinada; el entusiasmo por Benjamin
Constant, ese Trissotin del jacobinismo moderado; el entusiasmo contra
Napoleón, ese Dios mortal de los Despreciativos invencibles; el entusiasmo por
Rousseau, esa bestia de melancolía y de paternidad; el entusiasmo por Necker,
ese claro de luna de la cara obscena de Gibbon o de Beccaria; el entusiasmo por
Roma o por Inglaterra; por Alemania o por Rusia, por la Revolución o por las
monarquías, por los hombres y por las cosas, por las ideas y por las
sensaciones; ¡el entusiasmo por lo que fuera, incomprensible, irreprimible,
eterno!... Esa es toda esa vida, absurda en cuanto al pensamiento, casi sublime
en cuanto al corazón. Como tengo que hablar del entusiasmo, he nombrado en
primer lugar a esta mujer. Ningún otro nombre de este siglo podría, en tal
caso, preceder a este en mi pensamiento. Madame de Staël fue la gran
apasionada, la gran Sibila del entusiasmo, y es por eso había que mencionarla
al principio de un prefacio escrito únicamente con el objetivo de constatar con
desesperación la ausencia radical, esencial, de entusiasmo en este tiempo.
Después de ella, en efecto, casi no veo entusiasmo en
el mundo. Esta admirable mujer colgó su manto, como san Goar, de un rayo de sol
y, cuando el sol se puso, el manto volvió a caer al suelo. Ninguna otra mujer
ha recogido esa vieja moda y los hombres fabricaron con ella una alfombrita. Incluso
Genio no se agachó por tan poco. Se pudo ver a algunos poetas, sin embargo, e
incluso muy grandes. Pero no se han visto entusiastas, sino de modo
intermitente e irregular.
El entusiasmo es un Dios en el corazón, y
cuando el corazón está lleno de él, irresistiblemente es arrastrado a lo alto
de la vida y a lo alto del mundo, infinitamente por encima de todo lo que ama,
todo lo que ve y todo lo que juzga, hasta el empíreo de su propio sueño
interiormente realizado. Es el movimiento sublime por el cual los sentimientos
envueltos y adormecidos en el alma humana estallan de repente en la vida moral
y resuenan en todos los actos externos de la vida física. Es una lámpara ardiente
colocada fisiológica y psicológicamente debajo del pensamiento, como debajo de
un jarrón lleno de un líquido helado, y que lo calienta, lo purifica, lo
colorea y lo sutiliza sin llegar nunca a consumirlo. El entusiasmo, en fin, es
una rabia de vida superior y una divina insatisfacción ante las condiciones
inflexibles de la vida normal. Amar no es nada, incluso el más chato de los burgueses
es capaz de ello, pero amar con entusiasmo, sólo un héroe puede hacerlo, ¡y
sigue siendo lo más hermoso que se puede encontrar en esta esfera rugosa donde,
desde hace seis mil años, pasta la raza humana!
El alma entusiasta es un alma liberada que
puede permitirse hablar sola y sobre la que los prejuicios, las objeciones y
los reproches del pensamiento carecen de fuerza alguna tanto tiempo como dura la vibración sobrenatural. Es un estado
de embriaguez, pero una embriaguez divina, que no altera ni deshonra la razón,
sino que se la lleva como un águila se lleva al hijo de un rey en la tempestad,
en el trueno, a esos espacios ilimitados que extienden hasta nuestro planeta la
mirada de Dios.
¿Qué es, después de todo, la literatura? ¿La
literatura sola, sin entusiasmo? Es el más vil de los servilismos y la más
deshonrosa de las invenciones que embrutecen. Es la acrobacia del pensamiento
sin la excusa de tener que ganarse el pan, porque uno se muere de hambre en
todos los niveles, si no se añade el muy lucrativo negocio del chanchullo
político o del escándalo irreligioso y pornográfico, y ya se sabe que la
literatura moderna apenas se ocupa de otra cosa. Atea, hija de ateos, madre de
ateos, tres veces sacrílega, setenta y siete veces marquesa de la lujuria y la
impiedad, esa literatura se ha convertido en algo así como el vómito de los
siglos en el estercolero definitivo del pensamiento y del lenguaje. Pido perdón
por estas horrendas expresiones, pero si mentamos las obras recientes del señor
Zola, por ejemplo, jefe reconocido y aclamado de toda la nueva escuela, ¿quién
se atreverá a encontrarlas injustas o exageradas?
Un escritor católico del más brillante ingenio,
Barbey d'Aurevilly, decía que Hércules ya no podía limpiar los establos de
Augías después de que ese novelista hubiera pasado por ellos. Esa literatura
surgió como una infecta supuración del absceso horrible que el siglo XVIII
confundió con la gordura y que acabó reventando durante la Revolución. Doy fe
de que aún no lo ha dado todo, aunque haya envenenado la tierra. El señor Zola
encontrará a alguien más bajo que él que lo devorará. Desgraciadamente, no hay cataplasma
para semejante mal y no veo la manera de resignarse a tan perfectos envilecimientos.
No, mil veces no, yo no me resigno, yo no acepto
este abominable silencio del corazón en asuntos en los que, para algunos
hombres, toda la vida moral está en juego. Cuando pienso que se ha vuelto casi
imposible encontrar en los libros más modernos, casi todos escritos por
jóvenes, no digo el entusiasmo, sino el más imperceptible movimiento de
generosidad, me parece que sólo queda romper la pluma de rabia, mandar la
literatura y a los literatos a todos los diablos, y refugiarse, como en tiempo
de los bárbaros, en alguna soledad infinita donde el mundo entero pueda ser
olvidado.
Pero nuestros padres, nuestros padres burgueses
de 1830, ¡valían mil veces más que nosotros! Había algo por lo que se
apasionaban. Creían en el general Foy y en Béranger; berreaban en el templo de
la Libertad; se atropellaban por Victor Hugo; adoraban la Columna de Julio y
exigían con aullidos frenéticos la abolición de la miseria. Era algo inefablemente
estúpido, era idiota, incluso criminal, pero al fin y al cabo seguía habiendo
alma y alma humana; había movimiento y había vida. Y aún se podía pasar por
jóvenes, coronarse con las rosas de la esperanza y profetizar esplendores.
Muy bien, la sociedad que no tiene promesas puede
ahora perecer del todo, puesto que tan cobardemente consiente en ello y que el
alma tan completamente la abandonó. Sólo pido que se me permita maldecirla por
ello y renegar de ella como, desde hace mucho tiempo, renegó de mi Dios y como
quiso que yo renegara de Él. Exijo, en nombre del sentido común más
rudimentario que se me permita encontrar absurda, contradictoria,
escandalosamente imbécil, la más adorada pretensión de todos mis queridos
amigos, los jóvenes. Quieren crear arte y belleza literaria y, sin embargo,
seguir siendo modernos de pensamiento y de moral, es decir, permanecer fuera de
todas las condiciones intelectuales y psicológicas sin las cuales ninguna
belleza en la invención es humana, experimentalmente posible. Quieren estar sin
Dios y no sufrir. Tan simple es su estupidez.
Pero ¿no saben ustedes, siniestros idiotas, que
sueltan una banalidad tal que haría encogerse de hombros, esos hombros cargados
de iniquidades, a los más mediocres y más aberrantes sofistas que jamás hayan
levantado sus cabezas de reptil contra Dios? ¿No hubo nunca nadie para enseñarles
que un hombre que formula así su credo está irrevocablemente condenado a no
poder abandonarlo jamás, a no poder añadirle ni un solo artículo, y que,
literariamente, estéticamente, esa formulación, que ni siquiera tiene el honor
de ser un entimema presentable, es, al fin y al cabo, la pantufla universitaria
y filosófica más gastada, más reparada y con más cambio de suela que jamás haya
sido arrastrada por la corriente del libre pensamiento por el innoble pie de algún
sabiondo demente?
¿Está la razón tan deplorablemente contaminada en ustedes,
la facultad elemental de soldar dos pobres ideas, ha desaparecido tan
lamentablemente de sus cerebros, que ya ni siquiera les es posible ver que tienen
la cabeza exactamente alineada con el martillo de la locura que va a aplastarlos
sobre el inmóvil yunque del consentimiento universal del género humano? Hablan
de disfrutar y ni siquiera tienen el triste genio de gozar con la intensa
profundidad de los voluptuosos del paganismo, de quienes sólo han mamado las
viejas frases sin conservar el diabolismo esencial, por la razón de que no
combinaba con la educación más o menos cristiana que les habían dado. Ahora
bien, esa razón los deshonra porque pone en evidencia la mentira de su ateísmo
y la charlatanería perversa de su infantilismo eterno.
Donoso Cortés se lo decía a más temibles caballeros: “Por
mucho que ustedes se esfuercen, nunca conseguirán ser otra cosa que malos
católicos”. En cuanto a la literatura, o más bien al Arte, ya verán si es algo
fácil cuando no se ha sufrido y no se quiere sufrir. No se puede cambiar la
naturaleza de las cosas y no se puede decretar que los poetas felices sean
sublimes. El Dolor es la esencia misma de la belleza en la poesía, y la poesía
es una porfirogéneta nacida en la púrpura de la sangre del corazón de los
poetas. Que esa sangre caiga de sus ojos llorosos o salga de sus costados
desgarrados, que surja de los pozos más ocultos y más misteriosos de sus almas
o brote de las heridas abiertas de sus cuerpos mortales, es siempre el mismo
rocío fecundador del avaro genio que los inspira y alimenta su inmortalidad.
El Dolor es algo tan grande, tan sustancialmente santo
y sublime, que la imaginación humana no ha inventado jamás nada que se le iguale
para domar la libertad de los corazones. “La raza humana”, dijo el más grande
de los oradores modernos, “se habría indignado con Roma si hubiera permitido
que César muriera como los demás hombres; la gloria de César es tan grande que
merecía la corona de una gran desgracia. Morir tranquilamente en la cama, investido
del poder soberano, es algo que apenas se le permite a un Cromwell. Napoleón
tenía que morir de otra manera, tenía que morir derrotado en Waterloo; era preciso
que, proscrito por Europa, fuera depositado en la tumba hecha para él por la
mano de Dios desde el principio de los tiempos; era preciso que entre el mundo
y él hubiera un foso ancho y profundo, un foso en el que pudiera caber el
Océano”.
Hay en el hombre una afinidad misteriosa, una
preferencia soberbia que hace de él el contemporáneo eterno de la Belleza
divina y le da el privilegio inaudito de tiranizar las almas por medio de la
admiración, mucho tiempo después de que haya dejado de existir en la tierra.
Esta afinidad se llama Dolor, y es tan profunda, tan verdadera, tan fuertemente
marcada y grabada en la conciencia de su ser, que es para su imaginación e
incluso para su pensamiento una especie de polo donde convergen todos los
meridianos de la vida moral y el eje mismo de su libertad.
Los cristianos explican esto, y de hecho lo explican
todo de este modo. El Varón de Dolores, prefigurado por el Hombre de Deseo,
está en la cumbre de su Fe, y toda verdad, toda virtud, toda belleza, toda
grandeza conducen a él y se cumplen en él. Todo, por consiguiente, debe
conformarse a él, y la incomparable magnificencia del Cristianismo consiste
precisamente en haber edificado la vida humana sobre este Arquetipo sangriento.
Los tumultos escondidos del corazón, las contradicciones del pensamiento, las
angustias más terribles, todo lo que se arrastra con espanto por los caminos de
la vida, todo esto se resuelve con el derramamiento de la sangre de UNO SOLO a
quien el entusiasmo de su amor devoró hasta la muerte.
En todo dolor terreno hay, como en el infierno, la
pena de daño y la pena de sentido. El sacrificio único de la Cruz ha venido a
librarnos de la primera, la más terrible de las dos, la que ahoga la esperanza.
Cualquier dolor que sufra un cristiano queda así liberado de ese Indefinido
aterrador, de ese insondable repliegue del sufrimiento que tan espantoso debió
hacerlo en el pasado y que aún lo hace tan espantoso a los ojos de los
incrédulos que, para no verlo, se precipitan a la muerte. La doctrina católica
encierra toda la posibilidad del dolor humano dentro de los límites
infranqueables de un Dolor divino, absoluta y sintéticamente perfecto. Y puesto
que ese Dolor es el resultado de un movimiento infinito de piedad combinado con
el movimiento contrario de una prodigiosa prevaricación —puesto que se trataba
de procurar el remedio sin destruir la libertad del hombre—, resulta evidente
que sólo podía producirse sin falta acompañado del entusiasmo perpetuo de un amor
sin límites. Es lo que el lenguaje católico llama enérgicamente la Locura de la
Cruz.
Si, como se ha dicho con elocuencia, “la corona de
laurel es un signo de dolor”, también puede decirse que la corona de dolor es
un signo de realeza mucho más propio de la verdadera grandeza que cualquier
otra diadema que se recoja de la tierra. El hombre siempre será el esclavo
apasionado del dolor. Siempre hará de él su belleza, su fuerza y su gloria. Se encomendará
a él siempre que necesite producir un átomo de su libertad, igual que los
prisioneros se encomiendan a sus cadenas para derribar las puertas de su
prisión. El dolor es un diamante de Golconda, sobreabundante hasta la más extravagante
sobreabundancia. Pavimentamos con él nuestras ciudades y carreteras, e incluso
nuestros solitarios caminos en las campiñas más remota. Construimos con él
nuestras casas y nuestros palacios. La columna de la plaza Vendôme es un
monolito de ese inestimable mineral humano. Es una cosa tan preciosa que es
imposible prescindir de ella, y tan vulgar que hace falta genio para darse
cuenta de lo que vale. Cuando aparece un gran hombre, pregunten primero dónde
está su dolor. A veces no se lo ve a primera vista, cuando se eleva en lo alto
del cielo, pero es el ave de rapiña más atenta y veloz, y es sobre ella que se posan
las sandalias de Júpiter.
El Viernes Santo, en la puerta occidental de
Jerusalén, se le demostró al mundo que el Amor por sí mismo no basta, a menos
que sea insensato, delirante, frenético, moribundo y crucificado. El
Cristianismo enseña que fue un Dios que hizo eso, y Entusiasmo es precisamente
la palabra que significa: un Dios en el corazón. Primogénito del Dolor, el Amor
intenso exige pues el Entusiasmo y el Entusiasmo, a su vez, exige la Belleza
suprema. Cualquiera que sea el objeto adorado, glorioso o incluso infame,
cuando es verdaderamente adorado, el mundo entero no podría hacer nada, porque
el entusiasmo es incompresible y el dolor es su alimento. Es el más perfecto florecimiento
del alma y la absoluta condición de toda magnificencia y todo esplendor. En
Poesía y en Arte, un hombre sin entusiasmo, es decir, sin Dios y que no sabe
sufrir, no tiene nada que hacer y ni siquiera tiene derecho a existir. Un
escritor que no le dice nada a nuestras almas es el más vil de los esclavos y
el más idignante de los histriones. Profana el lenguaje humano —¡el lenguaje
que Dios habló!— y es culpable del misterioso crimen que el Evangelio de los cristianos
declara irremisible.
En lo que me concierne, como es sabido, no espero nada
fuera del catolicismo más resueltamente desinteresado de toda gloria humana.
Hay que retornar a él o morir. Pienso que la humanidad está acabada, gastada,
podrida, moribunda. Sé que Dios puede devolverle la fuerza y la vida por un
milagro. Pero es obvio que todo está perdido, pasado por las llamas y cocinado,
sobre todo en Francia, donde el abuso de todos los dones se ha llevado a un exceso
increíble, y se puede afirmar sin caer en la temeridad que el orden esencial no
será resucitado por los naturalistas y los parnasianos. Únicamente, yo querría,
antes de morir, que me fuese concedido contemplar todavía a un entusiasta, a un
fanático, a un adorador de algo...
Traducción, para Literatura &Traducciones de
Miguel Ángel Frontán
L’ENTHOUSIASME
EN ART
Sonate romantique
pour servir de préface
Madame de Staël aurait aujourd’hui à peu près cent dix
ans si elle avait été immortelle et je ne doute pas que, comme Calypso, elle ne
se trouvât inconsolable de cette horrible destinée. Non pas qu’elle se souvînt
de l’Ulysse de ses jeunes ans, désormais irrémédiablement démantibulé,
hélas ! mais, de quelle amertume profonde, de quels invincibles dégoûts
les Télémaques de la littérature moderne n’abreuveraient-ils pas sa radotante
caducité ?
Madame de Staël a parlé de l’enthousiasme avec
l’éloquence éperdue des soixante-dix-sept passions brûlantes qu’elle portait en
elle. Elle en a parlé comme les saintes parlaient de l’amour divin qui les
consumait. Salamandre de ses propres sentiments, elle a offert l’étonnant exemple
de la plus violente existence de femme dans le centre même d’une flambée de
splendeurs morales qui purifient sa mémoire et nous la font paraître,
aujourd’hui, presque innocente.
De toutes les femmes, la plus éloignée de la perversité,
son cœur fut toujours plus grand que sa vie, plus grand que son génie et que
ses erreurs, plus grand que tout, et ce cœur brûlait d’une flamme inextinguible
qui dardait le ciel par-dessus toutes les têtes de tous les serpents
entortillés autour des arbres de son Éden. L’enthousiasme fluant et refluant
sans cesse dans cette âme avec des bruits immenses, des clameurs de multitude,
des tocsins, des cantiques, des grondements souterrains ou des hosannahs dans
les espaces lumineux du ciel ; l’enthousiasme de l’orgueil et l’enthousiasme
de l’humilité ; l’enthousiasme pour Marie-Antoinette la Guillotinée ;
l’enthousiasme pour Benjamin Constant, ce Trissotin du jacobinisme
tempéré ; l’enthousiasme contre Napoléon, ce Dieu mortel des Méprisants
invincibles ; l’enthousiasme pour Rousseau, ce cuistre de mélancolie et de
paternité ; l’enthousiasme pour Necker, ce clair de lune de
la face obscène de Gibbon ou de Beccaria; l’enthousiasme pour Rome ou pour
l’Angleterre, pour l’Allemagne ou pour la Russie, pour la Révolution ou pour
les monarchies, pour les hommes et pour les choses, pour les idées et pour les
sensations ; l’enthousiasme à propos de tout, incompressible,
inétouffable, éternel !… Voilà toute cette vie, absurde pour la pensée,
presque sublime pour le cœur. Ayant à parler de l’enthousiasme, j’ai d’abord
nommé cette femme. Aucun autre nom de ce siècle, ne pouvait, en pareil cas,
précéder celui-là dans ma pensée. Madame de Staël fut la grande passionnée, la
grande Sybille de l’enthousiasme, et c’est pour cela qu’il fallait la mentionner
au début d’une préface écrite uniquement en vue de constater avec désespoir
l’absence radicale, essentielle, de l’enthousiasme en ce temps-ci.
Après elle, en effet, je n’en vois guère dans le monde.
Cette admirable femme avait accroché son manteau, comme saint Goar, à un rayon
de soleil, et, le soleil couché, le manteau est retombé par terre. Aucune autre
femme n’a ramassé cette vieille mode et les hommes en ont fait un tapis de
pied. Le Génie même ne s’est pas baissé pour si peu. Il s’est vu des poètes,
cependant, et même de très grands. Mais il ne s’est pas vu d’enthousiastes,
sinon par intermittences et par saccades.
L’enthousiasme est un Dieu dans le cœur, et quand le cœur
en est rempli, il est irrésistiblement porté en haut de la vie et en haut du monde,
infiniment au-dessus de tout ce qu’il aime, de tout ce qu’il voit et de tout ce
qu’il juge, dans l’empyrée de son propre rêve intérieurement réalisé. C’est le
mouvement sublime par lequel les sentiments enveloppés et sommeillant dans
l’âme humaine éclatent soudainement dans la vie morale et retentissent dans
tous les actes extérieurs de la vie physique. C’est une lampe ardente placée
physiologiquement et psychologiquement au-dessous de la pensée, comme
au-dessous d’un vase plein d’un liquide glacé et qui l’échauffe, le purifie, le
colore et le subtilise sans jamais parvenir à le consumer. L’enthousiasme,
enfin, est une rage de vie supérieure et un divin mécontentement des conditions
inflexibles de la vie normale. Aimer n’est rien, le plus plat bourgeois en est
capable, mais aimer avec enthousiasme, un héros seul le peut faire et c’est
encore ce qu’on a pu trouver de plus beau sur cette sphère raboteuse où, depuis
six mille ans, pâture le genre humain !
Lorsque, s’échappant d’une âme toujours impuissante à le
contenir, l’enthousiasme se répand dans une œuvre littéraire quelconque, il
n’existe pas plus de littérature où il passe qu’il ne reste de spéculation, de
sophisme, de logique, de grammaire humaine dans l’esprit de la Pythonisse quand
le Dieu est venu et qu’il brûle en elle sur le trépied oraculaire. C’est un
cri, c’est un sanglot, c’est un râle, c’est toute une poussée de clameurs
farouches dont le désordre même atteste la puissance et qui révèlent, par la
profondeur de l’abîme d’où elles jaillissent, la formidable présence de
l’Esprit surnaturel qui les inspire.
L’âme enthousiaste est une âme affranchie qui peut se
permettre de parler seule et sur laquelle les préjugés, les objections et les
objurgations de la pensée demeurent sans aucune force aussi longtemps que dure
la vibration surnaturelle. C’est un état d’ivresse, mais d’ivresse divine, qui
n’altère ni ne déshonore la raison, mais qui l’emporte comme un aigle emporte
un enfant de roi dans la tempête, dans le tonnerre, dans ces espaces illimitées
qui prolongent jusqu’à notre planète le regard de Dieu.
Qu’est-ce donc après tout que la littérature ? la
littérature seule, sans enthousiasme ? C’est la plus vile des
courtisaneries et la plus déshonorée des inventions qui abrutissent. C’est
l’acrobatie de la pensée sans l’excuse du gagne-pain, car on y crève de misère
à tous les niveaux, si l’on n’y ajoute pas le très lucratif négoce du
maquignonnage politique ou du scandale irréligieux et pornographique, et l’on
sait que la littérature moderne fait à peine autre chose. Athée, fille
d’athées, mère d’athées, trois fois sacrilège, soixante-dix-sept fois marquise
de la luxure et de l’impiété, cette littérature est devenue quelque chose comme
le vomissement des siècles sur le fumier définitif de la pensée et du langage.
Je demande pardon pour ces affreuses expressions, mais si l’on veut bien se
souvenir des récents travaux de M. Zola, par exemple, le chef reconnu et
acclamé de toute la nouvelle école, qui donc osera les trouver injustes ou
exagérées ?
Un écrivain catholique de l’esprit le plus éclatant,
M. Barbey d’Aurevilly, disait qu’Hercule ne pourrait plus nettoyer les
étables d’Augias après que ce romancier y aurait passé. Cette littérature est
sortie comme une infecte suppuration de l’abcès horrible que le
dix-huitième siècle prenait pour de l’embonpoint et qui a fini par crever à la
Révolution. Il n’a pas encore tout donné, j’en réponds, quoiqu’il ait
empoisonné la terre. M. Zola trouvera plus bas que lui qui le dévorera.
Malheureusement, il n’y a pas d’emplâtre pour un tel mal et je ne vois pas le
moyen de se résigner à d’aussi parfaits avilissements.
Non, mille fois non, je ne me résigne pas, je n’accepte
pas cet abominable silence du cœur dans des questions où, pour de certains
hommes, la vie morale tout entière se trouve engagée ! Quand je pense
qu’il est devenu à peu près impossible de rencontrer dans les livres les plus
modernes, écrits presque tous par des jeunes gens, je ne dis pas de
l’enthousiasme, mais le plus imperceptible mouvement de générosité, il me
semble qu’il ne reste plus qu’à briser sa plume avec rage, qu’à renvoyer la
littérature et les littérateurs à tous les diables et qu’à se réfugier, comme
au temps des Barbares, dans quelque solitude infinie où le monde entier pût
être oublié.
Mais nos pères, nos pères bourgeois de 1830, valaient
mille fois mieux que nous ! Ils se passionnaient pour quelque chose. Ils
croyaient au général Foy et à Béranger ; ils braillaient dans le temple de
la Liberté ; ils se bousculaient pour M. Victor Hugo ; ils adoraient
la colonne de Juillet et demandaient avec des hurlements frénétiques
l’abolition de la misère. C’était ineffablement bête, c’était idiot, criminel
même, mais enfin, c’était encore de l’âme et de l’âme humaine ; c’était du
mouvement et de la vie. Et l’on pouvait encore passer pour jeunes, se couronner
des roses de l’espérance et prophétiser des splendeurs.
C’est bien, la société qui n’a pas de promesses peut
maintenant périr tout à fait puisque si lâchement elle y consent et que l’âme
l’a si complètement désertée. Je demande seulement qu’il me soit permis de la
maudire pour cela et de la renier comme elle a, depuis longtemps, renié mon
Dieu et comme elle a voulu que je le reniasse. Je réclame, au nom du bon sens
le plus rudimentaire, qu’il me soit accordé de trouver absurde, contradictoire,
scandaleusement imbécile, la plus adorée prétention de tous mes chers amis les
jeunes gens. Ils veulent faire de l’art et de la beauté littéraire et cependant
demeurer modernes par la pensée et par les mœurs, c’est-à-dire en dehors de
toutes les conditions intellectuelles et psychologiques sans lesquelles nulle
beauté dans l’invention n’est humainement, expérimentalement possible. Ils
veulent être sans Dieu et ne pas souffrir. C’est une aussi simple bêtise que cela.
Mais, sinistres idiots que vous êtes ! ne savez-vous
donc pas que vous rabâchez une platitude à faire hausser les épaules chargées
d’iniquités des plus médiocres et des plus aberrants sophistes qui aient jamais
dressé leurs têtes de reptiles contre Dieu ? Ne s’est-il donc jamais
rencontré personne pour vous apprendre qu’un homme qui formule ainsi son
symbole est irrémissiblement condamné à n’en pouvoir jamais sortir, à n’y
pouvoir jamais ajouter un seul article et que, littérairement, esthétiquement,
cette donnée qui n’a pas même l’honneur d’être un enthymème sortable, est, en
somme, la savate universitaire et philosophique la plus éculée, la plus retapée
et la plus ressemelée qui ait jamais été traînée dans le ruisseau de la libre
pensée par l’ignoble pied d’un cuistre en démence ?
La raison chez vous est-elle si déplorablement
contaminée, l’élémentaire faculté de souder ensemble deux pauvres idées
a-t-elle si lamentablement disparu de vos cervelles qu’il ne vous soit même
plus possible d’apercevoir que votre tête est exactement dans l’axe du marteau
de la folie qui va vous aplatir sur l’immobile enclume de l’assentiment
universel du genre humain ? Vous parlez de jouir et vous n’avez pas même
le triste génie de jouir avec l’intense profondeur des voluptueux du paganisme,
dont vous n’avez sucé que les vieilles phrases sans en retenir le diabolisme
essentiel, par cette raison qu’il ne se combinait pas avec l’éducation plus ou
moins chrétienne qu’on vous avait donnée. Or, cette raison vous déshonore
puisqu’elle rend évidents le mensonge de votre athéisme et le charlatanisme
pervers de votre enfantillage éternel !
Donoso Cortès le disait à de plus redoutables
bonshommes : « Vous aurez beau faire, vous ne parviendrez jamais qu’à
être de mauvais catholiques. » Quant à la littérature ou plutôt à l’Art,
vous verrez si c’est une chose facile quand on n’a pas souffert et qu’on ne
veut pas souffrir. On ne change pas la nature des choses et on ne décrète pas
que les poètes heureux seront sublimes. La Douleur est l’essence même du beau
en poésie et la Poésie est une porphyrogénète née dans la pourpre du sang du
cœur des poètes. Que ce sang tombe de leurs yeux en pleurs ou qu’il coule de
leurs flancs déchirés, qu’il s’élance des puits les plus cachés et les plus
mystérieux de leurs âmes ou qu’il jaillisse des blessures ouvertes de leurs
corps mortels, c’est toujours la même rosée fécondante de l’avare génie qui les
inspire et qui nourrit leur immortalité.
La Douleur est une chose si grande, si substantiellement
sainte et sublime que l’imagination humaine n’a jamais rien inventé qui lui fût
égal, pour dompter la liberté des cœurs. « Le genre humain, disait le plus
grand des orateurs modernes, se serait indigné contre Rome, si elle avait
permis à César de mourir comme les autres hommes ; la gloire de César est
si grande qu’elle méritait la couronne d’une grande infortune. Mourir tranquillement
dans son lit, revêtu de la puissance souveraine est chose à peine permise à un
Cromwell. Napoléon devait mourir autrement, il devait mourir vaincu à
Waterloo ; il fallait que, proscrit par l’Europe, il fût mis dans le
tombeau fait pour lui de la main de Dieu depuis le commencement des
temps ; il fallait entre le monde et lui un fossé large et profond, un
fossé où pût tenir l’Océan. »
Il y a dans l’homme une affinité mystérieuse, une
préférence superbe qui fait de lui le contemporain éternel de la Beauté divine
et qui lui donne le privilège inouï de tyranniser les âmes par l’admiration
longtemps encore après qu’il a cessé d’exister sur la terre. Cette affinité
s’appelle la Douleur et elle est si profonde, si vraie, si fortement marquée et
engravée dans la conscience de son être qu’elle est pour son imagination et
même pour sa pensée comme une sorte de pôle où viennent aboutir tous les
méridiens de la vie morale et l’axe même de sa liberté.
Les chrétiens expliquent cela et même ils expliquent tout
par cela. L’Homme de douleurs, préfiguré par l’Homme de désir, est au sommet de
leur Foi et toute vérité, toute vertu, toute beauté, toute grandeur aboutissent
à lui et s’accomplissent en lui. Tout, par conséquent, doit s’y conformer et
l’incomparable magnificence du christianisme est justement d’avoir édifié la
vie humaine sur ce Type sanglant. Les tumultes cachés du cœur, les
contradictions de la pensée, les angoisses les plus terribles, tout ce qui
traîne d’épouvante dans les chemins de la vie, tout cela est résolu par
l’effusion du sang d’UN SEUL que l’enthousiasme de son amour a dévoré jusqu’à
la mort.
Dans toute douleur terrestre, il y a, comme en enfer, la
peine du dam et la peine du sens. Le sacrifice unique de la Croix est venu nous
délivrer de la première, de la plus terrible des deux, celle qui noie
l’espérance. Toute douleur soufferte par un chrétien est dès lors affranchie de
cet Indéfini terrifiant, de cet insondable repli de la souffrance qui devait la
rendre auparavant si épouvantable et qui la rend telle encore aux yeux des
incroyants que, pour ne pas la voir, ils se précipitent à la mort. La doctrine
catholique enferme toute la possibilité de la douleur humaine dans les limites
infranchissables d’une Douleur divine, absolument et synthétiquement parfaite.
Et comme cette Douleur est le résultat d’un mouvement infini de pitié combiné
avec le mouvement contraire d’une prodigieuse prévarication – puisqu’il
s’agissait d’y remédier sans détruire la liberté de l’homme – il devient
évident qu’elle ne pouvait se produire sans défaillance qu’accompagnée de
l’enthousiasme perpétuel d’un amour sans bornes. C’est là ce que le langage
catholique appelle énergiquement la Folie de la Croix.
Si, comme on l’a dit avec éloquence, « la couronne
de laurier est un signe de douleur, » on peut dire aussi que la couronne
de douleur est un signe de royauté qui convient beaucoup mieux à la vraie
grandeur que tout autre diadème qui se ramasse dans la terre. L’homme sera
toujours l’esclave passionné de la douleur. Il en fera toujours sa beauté, sa
force et sa gloire. Il se recommandera d’elle, toujours, quand il lui faudra
produire un atome de sa liberté, comme les prisonniers se recommandent de leurs
chaînes pour enfoncer les portes de leur prison. La douleur est un diamant de Golconde
surabondant jusqu’à la plus extravagante profusion. Nous en pavons nos cités et
nos routes et jusqu’à nos solitaires chemins vicinaux dans les campagnes les
plus reculées. Nous en bâtissons nos maisons et nos palais. La colonne de la
place Vendôme est un monolithe de cet inestimable minéral humain. C’est une
chose tellement précieuse qu’il est impossible de s’en passer et tellement
vulgaire qu’il faut avoir du génie pour s’apercevoir de ce qu’elle vaut.
Lorsqu’un grand homme apparaît, demandez d’abord où est sa douleur.
Quelquefois, on ne la voit pas du premier coup, quand elle plane très haut dans
le ciel, mais c’est l’oiseau de proie le plus attentif et le plus rapide et
c’est sur lui que portent les sandales de Jupiter.
Le Vendredi Saint, à la porte occidentale de Jérusalem,
il fut démontré au monde que l’Amour lui-même ne suffit pas, s’il n’est
insensé, délirant, éperdu, agonisant et crucifié. Le christianisme enseigne que
c’était un Dieu qui faisait cela et l’Enthousiasme est justement le mot qui
veut dire : un Dieu dans le cœur. Premier né de la Douleur, l’Amour
intense appelle donc l’Enthousiasme et l’Enthousiasme, à son tour, appelle la
Beauté suprême. Quel que puisse être l’objet adoré, glorieux ou même infâme,
quand il est vraiment adoré, le monde entier n’y pourrait rien faire, parce que
l’enthousiasme est incompressible et que la douleur est son aliment. C’est le
plus parfait épanouissement de l’âme et l’absolue condition de toute
magnificence et de toute splendeur. Dans la Poésie et dans l’Art, un homme sans
enthousiasme, c’est-à-dire sans Dieu et ne sachant pas souffrir, n’a rien à
faire et n’a pas même le droit d’exister. Un écrivain qui ne dit rien à nos
âmes est le plus vil des esclaves et le plus révoltant des histrions. Il
profane le langage humain – le langage que Dieu a parlé ! – et se
rend coupable du crime mystérieux que l’Évangile des chrétiens déclare
irrémissible.
Pour moi, on le sait, je n’espère rien en dehors du catholicisme le plus résolument désintéressé de toute gloire humaine. Il faut y revenir ou mourir. Je pense que l’humanité est finie, usée, pourrie, expirante. Je sais que Dieu peut lui redonner la force et la vie par un miracle. Mais, naturellement, tout est bien perdu, flambé et fricassé, surtout en France, où l’abus de tous les dons a été porté à un excès incroyable, et l’on peut affirmer sans témérité que l’ordre essentiel ne sera pas ressuscité par les Naturalistes et les Parnassiens. Seulement, je voudrais, avant de mourir, qu’il me fût accordé de contempler encore un enthousiaste, un fanatique, un adorateur de quelque chose…
(Propos à un entrepreneur en démolissions)


