lunes, 15 de septiembre de 2025

Léon Bloy: El entusiasmo en el arte. Sonata romántica a modo de prefacio

 

EL ENTUSIASMO EN EL ARTE

SONATA ROMÁNTICA A MODO DE PREFACIO

Madame de Staël tendría hoy casi ciento diez años si hubiera sido inmortal, y no dudo de que, al igual que Calipso, se sentiría desconsolada por ese horrible destino. No que se fuera a acordar del Ulises de sus jóvenes años, ya irremediablemente hecho pedazos, ¡ay!, pero ¡con qué amargura profunda, con qué invencibles repugnancias los Telémacos de la literatura moderna abrumarían su chocheante caducidad!

Madame de Staël habló del entusiasmo con la elocuencia desenfrenada de las setenta y siete pasiones ardientes que llevaba consigo. Habló del entusiasmo como las santas hablaban del amor divino que las consumía. Salamandra de sus propios sentimientos, mostró el sorprendente ejemplo de la más violenta existencia de mujer en el centro mismo de una explosión de esplendores morales que purifican su recuerdo y nos la hacen parecer, hoy, casi inocente.

De todas las mujeres fue la más alejada de la perversidad, su corazón fue siempre más grande que su vida, más grande que su genio y que sus errores, más grande que todo, y ese corazón ardía con una llama inextinguible que apuntaba al cielo por encima de todas las cabezas de todas las serpientes enroscadas en torno de los árboles de su Edén. El entusiasmo fluía y refluía sin cesar en esa alma con ruidos inmensos, clamores de muchedumbre, toques de rebato, cánticos, rugidos subterráneos y hosanas en los espacios luminosos del cielo; el entusiasmo del orgullo y el entusiasmo de la humildad; el entusiasmo por María Antonieta la Guillotinada; el entusiasmo por Benjamin Constant, ese Trissotin del jacobinismo moderado; el entusiasmo contra Napoleón, ese Dios mortal de los Despreciativos invencibles; el entusiasmo por Rousseau, esa bestia de melancolía y de paternidad; el entusiasmo por Necker, ese claro de luna de la cara obscena de Gibbon o de Beccaria; el entusiasmo por Roma o por Inglaterra; por Alemania o por Rusia, por la Revolución o por las monarquías, por los hombres y por las cosas, por las ideas y por las sensaciones; ¡el entusiasmo por lo que fuera, incomprensible, irreprimible, eterno!... Esa es toda esa vida, absurda en cuanto al pensamiento, casi sublime en cuanto al corazón. Como tengo que hablar del entusiasmo, he nombrado en primer lugar a esta mujer. Ningún otro nombre de este siglo podría, en tal caso, preceder a este en mi pensamiento. Madame de Staël fue la gran apasionada, la gran Sibila del entusiasmo, y es por eso había que mencionarla al principio de un prefacio escrito únicamente con el objetivo de constatar con desesperación la ausencia radical, esencial, de entusiasmo en este tiempo.

Después de ella, en efecto, casi no veo entusiasmo en el mundo. Esta admirable mujer colgó su manto, como san Goar, de un rayo de sol y, cuando el sol se puso, el manto volvió a caer al suelo. Ninguna otra mujer ha recogido esa vieja moda y los hombres fabricaron con ella una alfombrita. Incluso Genio no se agachó por tan poco. Se pudo ver a algunos poetas, sin embargo, e incluso muy grandes. Pero no se han visto entusiastas, sino de modo intermitente e irregular.

El entusiasmo es un Dios en el corazón, y cuando el corazón está lleno de él, irresistiblemente es arrastrado a lo alto de la vida y a lo alto del mundo, infinitamente por encima de todo lo que ama, todo lo que ve y todo lo que juzga, hasta el empíreo de su propio sueño interiormente realizado. Es el movimiento sublime por el cual los sentimientos envueltos y adormecidos en el alma humana estallan de repente en la vida moral y resuenan en todos los actos externos de la vida física. Es una lámpara ardiente colocada fisiológica y psicológicamente debajo del pensamiento, como debajo de un jarrón lleno de un líquido helado, y que lo calienta, lo purifica, lo colorea y lo sutiliza sin llegar nunca a consumirlo. El entusiasmo, en fin, es una rabia de vida superior y una divina insatisfacción ante las condiciones inflexibles de la vida normal. Amar no es nada, incluso el más chato de los burgueses es capaz de ello, pero amar con entusiasmo, sólo un héroe puede hacerlo, ¡y sigue siendo lo más hermoso que se puede encontrar en esta esfera rugosa donde, desde hace seis mil años, pasta la raza humana!

El alma entusiasta es un alma liberada que puede permitirse hablar sola y sobre la que los prejuicios, las objeciones y los reproches del pensamiento carecen de fuerza alguna tanto tiempo como  dura la vibración sobrenatural. Es un estado de embriaguez, pero una embriaguez divina, que no altera ni deshonra la razón, sino que se la lleva como un águila se lleva al hijo de un rey en la tempestad, en el trueno, a esos espacios ilimitados que extienden hasta nuestro planeta la mirada de Dios.

¿Qué es, después de todo, la literatura? ¿La literatura sola, sin entusiasmo? Es el más vil de los servilismos y la más deshonrosa de las invenciones que embrutecen. Es la acrobacia del pensamiento sin la excusa de tener que ganarse el pan, porque uno se muere de hambre en todos los niveles, si no se añade el muy lucrativo negocio del chanchullo político o del escándalo irreligioso y pornográfico, y ya se sabe que la literatura moderna apenas se ocupa de otra cosa. Atea, hija de ateos, madre de ateos, tres veces sacrílega, setenta y siete veces marquesa de la lujuria y la impiedad, esa literatura se ha convertido en algo así como el vómito de los siglos en el estercolero definitivo del pensamiento y del lenguaje. Pido perdón por estas horrendas expresiones, pero si mentamos las obras recientes del señor Zola, por ejemplo, jefe reconocido y aclamado de toda la nueva escuela, ¿quién se atreverá a encontrarlas injustas o exageradas?

Un escritor católico del más brillante ingenio, Barbey d'Aurevilly, decía que Hércules ya no podía limpiar los establos de Augías después de que ese novelista hubiera pasado por ellos. Esa literatura surgió como una infecta supuración del absceso horrible que el siglo XVIII confundió con la gordura y que acabó reventando durante la Revolución. Doy fe de que aún no lo ha dado todo, aunque haya envenenado la tierra. El señor Zola encontrará a alguien más bajo que él que lo devorará. Desgraciadamente, no hay cataplasma para semejante mal y no veo la manera de resignarse a tan perfectos envilecimientos.

No, mil veces no, yo no me resigno, yo no acepto este abominable silencio del corazón en asuntos en los que, para algunos hombres, toda la vida moral está en juego. Cuando pienso que se ha vuelto casi imposible encontrar en los libros más modernos, casi todos escritos por jóvenes, no digo el entusiasmo, sino el más imperceptible movimiento de generosidad, me parece que sólo queda romper la pluma de rabia, mandar la literatura y a los literatos a todos los diablos, y refugiarse, como en tiempo de los bárbaros, en alguna soledad infinita donde el mundo entero pueda ser olvidado.

Pero nuestros padres, nuestros padres burgueses de 1830, ¡valían mil veces más que nosotros! Había algo por lo que se apasionaban. Creían en el general Foy y en Béranger; berreaban en el templo de la Libertad; se atropellaban por Victor Hugo; adoraban la Columna de Julio y exigían con aullidos frenéticos la abolición de la miseria. Era algo inefablemente estúpido, era idiota, incluso criminal, pero al fin y al cabo seguía habiendo alma y alma humana; había movimiento y había vida. Y aún se podía pasar por jóvenes, coronarse con las rosas de la esperanza y profetizar esplendores.

Muy bien, la sociedad que no tiene promesas puede ahora perecer del todo, puesto que tan cobardemente consiente en ello y que el alma tan completamente la abandonó. Sólo pido que se me permita maldecirla por ello y renegar de ella como, desde hace mucho tiempo, renegó de mi Dios y como quiso que yo renegara de Él. Exijo, en nombre del sentido común más rudimentario que se me permita encontrar absurda, contradictoria, escandalosamente imbécil, la más adorada pretensión de todos mis queridos amigos, los jóvenes. Quieren crear arte y belleza literaria y, sin embargo, seguir siendo modernos de pensamiento y de moral, es decir, permanecer fuera de todas las condiciones intelectuales y psicológicas sin las cuales ninguna belleza en la invención es humana, experimentalmente posible. Quieren estar sin Dios y no sufrir. Tan simple es su estupidez.

Pero ¿no saben ustedes, siniestros idiotas, que sueltan una banalidad tal que haría encogerse de hombros, esos hombros cargados de iniquidades, a los más mediocres y más aberrantes sofistas que jamás hayan levantado sus cabezas de reptil contra Dios? ¿No hubo nunca nadie para enseñarles que un hombre que formula así su credo está irrevocablemente condenado a no poder abandonarlo jamás, a no poder añadirle ni un solo artículo, y que, literariamente, estéticamente, esa formulación, que ni siquiera tiene el honor de ser un entimema presentable, es, al fin y al cabo, la pantufla universitaria y filosófica más gastada, más reparada y con más cambio de suela que jamás haya sido arrastrada por la corriente del libre pensamiento por el innoble pie de algún sabiondo demente?

¿Está la razón tan deplorablemente contaminada en ustedes, la facultad elemental de soldar dos pobres ideas, ha desaparecido tan lamentablemente de sus cerebros, que ya ni siquiera les es posible ver que tienen la cabeza exactamente alineada con el martillo de la locura que va a aplastarlos sobre el inmóvil yunque del consentimiento universal del género humano? Hablan de disfrutar y ni siquiera tienen el triste genio de gozar con la intensa profundidad de los voluptuosos del paganismo, de quienes sólo han mamado las viejas frases sin conservar el diabolismo esencial, por la razón de que no combinaba con la educación más o menos cristiana que les habían dado. Ahora bien, esa razón los deshonra porque pone en evidencia la mentira de su ateísmo y la charlatanería perversa de su infantilismo eterno.

Donoso Cortés se lo decía a más temibles caballeros: “Por mucho que ustedes se esfuercen, nunca conseguirán ser otra cosa que malos católicos”. En cuanto a la literatura, o más bien al Arte, ya verán si es algo fácil cuando no se ha sufrido y no se quiere sufrir. No se puede cambiar la naturaleza de las cosas y no se puede decretar que los poetas felices sean sublimes. El Dolor es la esencia misma de la belleza en la poesía, y la poesía es una porfirogéneta nacida en la púrpura de la sangre del corazón de los poetas. Que esa sangre caiga de sus ojos llorosos o salga de sus costados desgarrados, que surja de los pozos más ocultos y más misteriosos de sus almas o brote de las heridas abiertas de sus cuerpos mortales, es siempre el mismo rocío fecundador del avaro genio que los inspira y alimenta su inmortalidad.

El Dolor es algo tan grande, tan sustancialmente santo y sublime, que la imaginación humana no ha inventado jamás nada que se le iguale para domar la libertad de los corazones. “La raza humana”, dijo el más grande de los oradores modernos, “se habría indignado con Roma si hubiera permitido que César muriera como los demás hombres; la gloria de César es tan grande que merecía la corona de una gran desgracia. Morir tranquilamente en la cama, investido del poder soberano, es algo que apenas se le permite a un Cromwell. Napoleón tenía que morir de otra manera, tenía que morir derrotado en Waterloo; era preciso que, proscrito por Europa, fuera depositado en la tumba hecha para él por la mano de Dios desde el principio de los tiempos; era preciso que entre el mundo y él hubiera un foso ancho y profundo, un foso en el que pudiera caber el Océano”.

Hay en el hombre una afinidad misteriosa, una preferencia soberbia que hace de él el contemporáneo eterno de la Belleza divina y le da el privilegio inaudito de tiranizar las almas por medio de la admiración, mucho tiempo después de que haya dejado de existir en la tierra. Esta afinidad se llama Dolor, y es tan profunda, tan verdadera, tan fuertemente marcada y grabada en la conciencia de su ser, que es para su imaginación e incluso para su pensamiento una especie de polo donde convergen todos los meridianos de la vida moral y el eje mismo de su libertad.

Los cristianos explican esto, y de hecho lo explican todo de este modo. El Varón de Dolores, prefigurado por el Hombre de Deseo, está en la cumbre de su Fe, y toda verdad, toda virtud, toda belleza, toda grandeza conducen a él y se cumplen en él. Todo, por consiguiente, debe conformarse a él, y la incomparable magnificencia del Cristianismo consiste precisamente en haber edificado la vida humana sobre este Arquetipo sangriento. Los tumultos escondidos del corazón, las contradicciones del pensamiento, las angustias más terribles, todo lo que se arrastra con espanto por los caminos de la vida, todo esto se resuelve con el derramamiento de la sangre de UNO SOLO a quien el entusiasmo de su amor devoró hasta la muerte.

En todo dolor terreno hay, como en el infierno, la pena de daño y la pena de sentido. El sacrificio único de la Cruz ha venido a librarnos de la primera, la más terrible de las dos, la que ahoga la esperanza. Cualquier dolor que sufra un cristiano queda así liberado de ese Indefinido aterrador, de ese insondable repliegue del sufrimiento que tan espantoso debió hacerlo en el pasado y que aún lo hace tan espantoso a los ojos de los incrédulos que, para no verlo, se precipitan a la muerte. La doctrina católica encierra toda la posibilidad del dolor humano dentro de los límites infranqueables de un Dolor divino, absoluta y sintéticamente perfecto. Y puesto que ese Dolor es el resultado de un movimiento infinito de piedad combinado con el movimiento contrario de una prodigiosa prevaricación —puesto que se trataba de procurar el remedio sin destruir la libertad del hombre—, resulta evidente que sólo podía producirse sin falta acompañado del entusiasmo perpetuo de un amor sin límites. Es lo que el lenguaje católico llama enérgicamente la Locura de la Cruz.

Si, como se ha dicho con elocuencia, “la corona de laurel es un signo de dolor”, también puede decirse que la corona de dolor es un signo de realeza mucho más propio de la verdadera grandeza que cualquier otra diadema que se recoja de la tierra. El hombre siempre será el esclavo apasionado del dolor. Siempre hará de él su belleza, su fuerza y su gloria. Se encomendará a él siempre que necesite producir un átomo de su libertad, igual que los prisioneros se encomiendan a sus cadenas para derribar las puertas de su prisión. El dolor es un diamante de Golconda, sobreabundante hasta la más extravagante sobreabundancia. Pavimentamos con él nuestras ciudades y carreteras, e incluso nuestros solitarios caminos en las campiñas más remota. Construimos con él nuestras casas y nuestros palacios. La columna de la plaza Vendôme es un monolito de ese inestimable mineral humano. Es una cosa tan preciosa que es imposible prescindir de ella, y tan vulgar que hace falta genio para darse cuenta de lo que vale. Cuando aparece un gran hombre, pregunten primero dónde está su dolor. A veces no se lo ve a primera vista, cuando se eleva en lo alto del cielo, pero es el ave de rapiña más atenta y veloz, y es sobre ella que se posan las sandalias de Júpiter.

El Viernes Santo, en la puerta occidental de Jerusalén, se le demostró al mundo que el Amor por sí mismo no basta, a menos que sea insensato, delirante, frenético, moribundo y crucificado. El Cristianismo enseña que fue un Dios que hizo eso, y Entusiasmo es precisamente la palabra que significa: un Dios en el corazón. Primogénito del Dolor, el Amor intenso exige pues el Entusiasmo y el Entusiasmo, a su vez, exige la Belleza suprema. Cualquiera que sea el objeto adorado, glorioso o incluso infame, cuando es verdaderamente adorado, el mundo entero no podría hacer nada, porque el entusiasmo es incompresible y el dolor es su alimento. Es el más perfecto florecimiento del alma y la absoluta condición de toda magnificencia y todo esplendor. En Poesía y en Arte, un hombre sin entusiasmo, es decir, sin Dios y que no sabe sufrir, no tiene nada que hacer y ni siquiera tiene derecho a existir. Un escritor que no le dice nada a nuestras almas es el más vil de los esclavos y el más idignante de los histriones. Profana el lenguaje humano —¡el lenguaje que Dios habló!— y es culpable del misterioso crimen que el Evangelio de los cristianos declara irremisible.

En lo que me concierne, como es sabido, no espero nada fuera del catolicismo más resueltamente desinteresado de toda gloria humana. Hay que retornar a él o morir. Pienso que la humanidad está acabada, gastada, podrida, moribunda. Sé que Dios puede devolverle la fuerza y la vida por un milagro. Pero es obvio que todo está perdido, pasado por las llamas y cocinado, sobre todo en Francia, donde el abuso de todos los dones se ha llevado a un exceso increíble, y se puede afirmar sin caer en la temeridad que el orden esencial no será resucitado por los naturalistas y los parnasianos. Únicamente, yo querría, antes de morir, que me fuese concedido contemplar todavía a un entusiasta, a un fanático, a un adorador de algo...

 

Traducción, para Literatura &Traducciones de Miguel Ángel Frontán

 

L’ENTHOUSIASME EN ART

Sonate romantique pour servir de préface

Madame de Staël aurait aujourd’hui à peu près cent dix ans si elle avait été immortelle et je ne doute pas que, comme Calypso, elle ne se trouvât inconsolable de cette horrible destinée. Non pas qu’elle se souvînt de l’Ulysse de ses jeunes ans, désormais irrémédiablement démantibulé, hélas ! mais, de quelle amertume profonde, de quels invincibles dégoûts les Télémaques de la littérature moderne n’abreuveraient-ils pas sa radotante caducité ?

Madame de Staël a parlé de l’enthousiasme avec l’éloquence éperdue des soixante-dix-sept passions brûlantes qu’elle portait en elle. Elle en a parlé comme les saintes parlaient de l’amour divin qui les consumait. Salamandre de ses propres sentiments, elle a offert l’étonnant exemple de la plus violente existence de femme dans le centre même d’une flambée de splendeurs morales qui purifient sa mémoire et nous la font paraître, aujourd’hui, presque innocente.

De toutes les femmes, la plus éloignée de la perversité, son cœur fut toujours plus grand que sa vie, plus grand que son génie et que ses erreurs, plus grand que tout, et ce cœur brûlait d’une flamme inextinguible qui dardait le ciel par-dessus toutes les têtes de tous les serpents entortillés autour des arbres de son Éden. L’enthousiasme fluant et refluant sans cesse dans cette âme avec des bruits immenses, des clameurs de multitude, des tocsins, des cantiques, des grondements souterrains ou des hosannahs dans les espaces lumineux du ciel ; l’enthousiasme de l’orgueil et l’enthousiasme de l’humilité ; l’enthousiasme pour Marie-Antoinette la Guillotinée ; l’enthousiasme pour Benjamin Constant, ce Trissotin du jacobinisme tempéré ; l’enthousiasme contre Napoléon, ce Dieu mortel des Méprisants invincibles ; l’enthousiasme pour Rousseau, ce cuistre de mélancolie et de paternité ; l’enthousiasme pour Necker, ce clair de lune de la face obscène de Gibbon ou de Beccaria; l’enthousiasme pour Rome ou pour l’Angleterre, pour l’Allemagne ou pour la Russie, pour la Révolution ou pour les monarchies, pour les hommes et pour les choses, pour les idées et pour les sensations ; l’enthousiasme à propos de tout, incompressible, inétouffable, éternel !… Voilà toute cette vie, absurde pour la pensée, presque sublime pour le cœur. Ayant à parler de l’enthousiasme, j’ai d’abord nommé cette femme. Aucun autre nom de ce siècle, ne pouvait, en pareil cas, précéder celui-là dans ma pensée. Madame de Staël fut la grande passionnée, la grande Sybille de l’enthousiasme, et c’est pour cela qu’il fallait la mentionner au début d’une préface écrite uniquement en vue de constater avec désespoir l’absence radicale, essentielle, de l’enthousiasme en ce temps-ci.

Après elle, en effet, je n’en vois guère dans le monde. Cette admirable femme avait accroché son manteau, comme saint Goar, à un rayon de soleil, et, le soleil couché, le manteau est retombé par terre. Aucune autre femme n’a ramassé cette vieille mode et les hommes en ont fait un tapis de pied. Le Génie même ne s’est pas baissé pour si peu. Il s’est vu des poètes, cependant, et même de très grands. Mais il ne s’est pas vu d’enthousiastes, sinon par intermittences et par saccades.

L’enthousiasme est un Dieu dans le cœur, et quand le cœur en est rempli, il est irrésistiblement porté en haut de la vie et en haut du monde, infiniment au-dessus de tout ce qu’il aime, de tout ce qu’il voit et de tout ce qu’il juge, dans l’empyrée de son propre rêve intérieurement réalisé. C’est le mouvement sublime par lequel les sentiments enveloppés et sommeillant dans l’âme humaine éclatent soudainement dans la vie morale et retentissent dans tous les actes extérieurs de la vie physique. C’est une lampe ardente placée physiologiquement et psychologiquement au-dessous de la pensée, comme au-dessous d’un vase plein d’un liquide glacé et qui l’échauffe, le purifie, le colore et le subtilise sans jamais parvenir à le consumer. L’enthousiasme, enfin, est une rage de vie supérieure et un divin mécontentement des conditions inflexibles de la vie normale. Aimer n’est rien, le plus plat bourgeois en est capable, mais aimer avec enthousiasme, un héros seul le peut faire et c’est encore ce qu’on a pu trouver de plus beau sur cette sphère raboteuse où, depuis six mille ans, pâture le genre humain !

Lorsque, s’échappant d’une âme toujours impuissante à le contenir, l’enthousiasme se répand dans une œuvre littéraire quelconque, il n’existe pas plus de littérature où il passe qu’il ne reste de spéculation, de sophisme, de logique, de grammaire humaine dans l’esprit de la Pythonisse quand le Dieu est venu et qu’il brûle en elle sur le trépied oraculaire. C’est un cri, c’est un sanglot, c’est un râle, c’est toute une poussée de clameurs farouches dont le désordre même atteste la puissance et qui révèlent, par la profondeur de l’abîme d’où elles jaillissent, la formidable présence de l’Esprit surnaturel qui les inspire.

L’âme enthousiaste est une âme affranchie qui peut se permettre de parler seule et sur laquelle les préjugés, les objections et les objurgations de la pensée demeurent sans aucune force aussi longtemps que dure la vibration surnaturelle. C’est un état d’ivresse, mais d’ivresse divine, qui n’altère ni ne déshonore la raison, mais qui l’emporte comme un aigle emporte un enfant de roi dans la tempête, dans le tonnerre, dans ces espaces illimitées qui prolongent jusqu’à notre planète le regard de Dieu.

Qu’est-ce donc après tout que la littérature ? la littérature seule, sans enthousiasme ? C’est la plus vile des courtisaneries et la plus déshonorée des inventions qui abrutissent. C’est l’acrobatie de la pensée sans l’excuse du gagne-pain, car on y crève de misère à tous les niveaux, si l’on n’y ajoute pas le très lucratif négoce du maquignonnage politique ou du scandale irréligieux et pornographique, et l’on sait que la littérature moderne fait à peine autre chose. Athée, fille d’athées, mère d’athées, trois fois sacrilège, soixante-dix-sept fois marquise de la luxure et de l’impiété, cette littérature est devenue quelque chose comme le vomissement des siècles sur le fumier définitif de la pensée et du langage. Je demande pardon pour ces affreuses expressions, mais si l’on veut bien se souvenir des récents travaux de M. Zola, par exemple, le chef reconnu et acclamé de toute la nouvelle école, qui donc osera les trouver injustes ou exagérées ?

Un écrivain catholique de l’esprit le plus éclatant, M. Barbey d’Aurevilly, disait qu’Hercule ne pourrait plus nettoyer les étables d’Augias après que ce romancier y aurait passé. Cette littérature est sortie comme une infecte suppuration de l’abcès horrible que le dix-huitième siècle prenait pour de l’embonpoint et qui a fini par crever à la Révolution. Il n’a pas encore tout donné, j’en réponds, quoiqu’il ait empoisonné la terre. M. Zola trouvera plus bas que lui qui le dévorera. Malheureusement, il n’y a pas d’emplâtre pour un tel mal et je ne vois pas le moyen de se résigner à d’aussi parfaits avilissements.

Non, mille fois non, je ne me résigne pas, je n’accepte pas cet abominable silence du cœur dans des questions où, pour de certains hommes, la vie morale tout entière se trouve engagée ! Quand je pense qu’il est devenu à peu près impossible de rencontrer dans les livres les plus modernes, écrits presque tous par des jeunes gens, je ne dis pas de l’enthousiasme, mais le plus imperceptible mouvement de générosité, il me semble qu’il ne reste plus qu’à briser sa plume avec rage, qu’à renvoyer la littérature et les littérateurs à tous les diables et qu’à se réfugier, comme au temps des Barbares, dans quelque solitude infinie où le monde entier pût être oublié.

Mais nos pères, nos pères bourgeois de 1830, valaient mille fois mieux que nous ! Ils se passionnaient pour quelque chose. Ils croyaient au général Foy et à Béranger ; ils braillaient dans le temple de la Liberté ; ils se bousculaient pour M. Victor Hugo ; ils adoraient la colonne de Juillet et demandaient avec des hurlements frénétiques l’abolition de la misère. C’était ineffablement bête, c’était idiot, criminel même, mais enfin, c’était encore de l’âme et de l’âme humaine ; c’était du mouvement et de la vie. Et l’on pouvait encore passer pour jeunes, se couronner des roses de l’espérance et prophétiser des splendeurs.

C’est bien, la société qui n’a pas de promesses peut maintenant périr tout à fait puisque si lâchement elle y consent et que l’âme l’a si complètement désertée. Je demande seulement qu’il me soit permis de la maudire pour cela et de la renier comme elle a, depuis longtemps, renié mon Dieu et comme elle a voulu que je le reniasse. Je réclame, au nom du bon sens le plus rudimentaire, qu’il me soit accordé de trouver absurde, contradictoire, scandaleusement imbécile, la plus adorée prétention de tous mes chers amis les jeunes gens. Ils veulent faire de l’art et de la beauté littéraire et cependant demeurer modernes par la pensée et par les mœurs, c’est-à-dire en dehors de toutes les conditions intellectuelles et psychologiques sans lesquelles nulle beauté dans l’invention n’est humainement, expérimentalement possible. Ils veulent être sans Dieu et ne pas souffrir. C’est une aussi simple bêtise que cela.

Mais, sinistres idiots que vous êtes ! ne savez-vous donc pas que vous rabâchez une platitude à faire hausser les épaules chargées d’iniquités des plus médiocres et des plus aberrants sophistes qui aient jamais dressé leurs têtes de reptiles contre Dieu ? Ne s’est-il donc jamais rencontré personne pour vous apprendre qu’un homme qui formule ainsi son symbole est irrémissiblement condamné à n’en pouvoir jamais sortir, à n’y pouvoir jamais ajouter un seul article et que, littérairement, esthétiquement, cette donnée qui n’a pas même l’honneur d’être un enthymème sortable, est, en somme, la savate universitaire et philosophique la plus éculée, la plus retapée et la plus ressemelée qui ait jamais été traînée dans le ruisseau de la libre pensée par l’ignoble pied d’un cuistre en démence ?

La raison chez vous est-elle si déplorablement contaminée, l’élémentaire faculté de souder ensemble deux pauvres idées a-t-elle si lamentablement disparu de vos cervelles qu’il ne vous soit même plus possible d’apercevoir que votre tête est exactement dans l’axe du marteau de la folie qui va vous aplatir sur l’immobile enclume de l’assentiment universel du genre humain ? Vous parlez de jouir et vous n’avez pas même le triste génie de jouir avec l’intense profondeur des voluptueux du paganisme, dont vous n’avez sucé que les vieilles phrases sans en retenir le diabolisme essentiel, par cette raison qu’il ne se combinait pas avec l’éducation plus ou moins chrétienne qu’on vous avait donnée. Or, cette raison vous déshonore puisqu’elle rend évidents le mensonge de votre athéisme et le charlatanisme pervers de votre enfantillage éternel !

Donoso Cortès le disait à de plus redoutables bonshommes : « Vous aurez beau faire, vous ne parviendrez jamais qu’à être de mauvais catholiques. » Quant à la littérature ou plutôt à l’Art, vous verrez si c’est une chose facile quand on n’a pas souffert et qu’on ne veut pas souffrir. On ne change pas la nature des choses et on ne décrète pas que les poètes heureux seront sublimes. La Douleur est l’essence même du beau en poésie et la Poésie est une porphyrogénète née dans la pourpre du sang du cœur des poètes. Que ce sang tombe de leurs yeux en pleurs ou qu’il coule de leurs flancs déchirés, qu’il s’élance des puits les plus cachés et les plus mystérieux de leurs âmes ou qu’il jaillisse des blessures ouvertes de leurs corps mortels, c’est toujours la même rosée fécondante de l’avare génie qui les inspire et qui nourrit leur immortalité.

La Douleur est une chose si grande, si substantiellement sainte et sublime que l’imagination humaine n’a jamais rien inventé qui lui fût égal, pour dompter la liberté des cœurs. « Le genre humain, disait le plus grand des orateurs modernes, se serait indigné contre Rome, si elle avait permis à César de mourir comme les autres hommes ; la gloire de César est si grande qu’elle méritait la couronne d’une grande infortune. Mourir tranquillement dans son lit, revêtu de la puissance souveraine est chose à peine permise à un Cromwell. Napoléon devait mourir autrement, il devait mourir vaincu à Waterloo ; il fallait que, proscrit par l’Europe, il fût mis dans le tombeau fait pour lui de la main de Dieu depuis le commencement des temps ; il fallait entre le monde et lui un fossé large et profond, un fossé où pût tenir l’Océan. »

Il y a dans l’homme une affinité mystérieuse, une préférence superbe qui fait de lui le contemporain éternel de la Beauté divine et qui lui donne le privilège inouï de tyranniser les âmes par l’admiration longtemps encore après qu’il a cessé d’exister sur la terre. Cette affinité s’appelle la Douleur et elle est si profonde, si vraie, si fortement marquée et engravée dans la conscience de son être qu’elle est pour son imagination et même pour sa pensée comme une sorte de pôle où viennent aboutir tous les méridiens de la vie morale et l’axe même de sa liberté.

Les chrétiens expliquent cela et même ils expliquent tout par cela. L’Homme de douleurs, préfiguré par l’Homme de désir, est au sommet de leur Foi et toute vérité, toute vertu, toute beauté, toute grandeur aboutissent à lui et s’accomplissent en lui. Tout, par conséquent, doit s’y conformer et l’incomparable magnificence du christianisme est justement d’avoir édifié la vie humaine sur ce Type sanglant. Les tumultes cachés du cœur, les contradictions de la pensée, les angoisses les plus terribles, tout ce qui traîne d’épouvante dans les chemins de la vie, tout cela est résolu par l’effusion du sang d’UN SEUL que l’enthousiasme de son amour a dévoré jusqu’à la mort.

Dans toute douleur terrestre, il y a, comme en enfer, la peine du dam et la peine du sens. Le sacrifice unique de la Croix est venu nous délivrer de la première, de la plus terrible des deux, celle qui noie l’espérance. Toute douleur soufferte par un chrétien est dès lors affranchie de cet Indéfini terrifiant, de cet insondable repli de la souffrance qui devait la rendre auparavant si épouvantable et qui la rend telle encore aux yeux des incroyants que, pour ne pas la voir, ils se précipitent à la mort. La doctrine catholique enferme toute la possibilité de la douleur humaine dans les limites infranchissables d’une Douleur divine, absolument et synthétiquement parfaite. Et comme cette Douleur est le résultat d’un mouvement infini de pitié combiné avec le mouvement contraire d’une prodigieuse prévarication – puisqu’il s’agissait d’y remédier sans détruire la liberté de l’homme – il devient évident qu’elle ne pouvait se produire sans défaillance qu’accompagnée de l’enthousiasme perpétuel d’un amour sans bornes. C’est là ce que le langage catholique appelle énergiquement la Folie de la Croix.

Si, comme on l’a dit avec éloquence, « la couronne de laurier est un signe de douleur, » on peut dire aussi que la couronne de douleur est un signe de royauté qui convient beaucoup mieux à la vraie grandeur que tout autre diadème qui se ramasse dans la terre. L’homme sera toujours l’esclave passionné de la douleur. Il en fera toujours sa beauté, sa force et sa gloire. Il se recommandera d’elle, toujours, quand il lui faudra produire un atome de sa liberté, comme les prisonniers se recommandent de leurs chaînes pour enfoncer les portes de leur prison. La douleur est un diamant de Golconde surabondant jusqu’à la plus extravagante profusion. Nous en pavons nos cités et nos routes et jusqu’à nos solitaires chemins vicinaux dans les campagnes les plus reculées. Nous en bâtissons nos maisons et nos palais. La colonne de la place Vendôme est un monolithe de cet inestimable minéral humain. C’est une chose tellement précieuse qu’il est impossible de s’en passer et tellement vulgaire qu’il faut avoir du génie pour s’apercevoir de ce qu’elle vaut. Lorsqu’un grand homme apparaît, demandez d’abord où est sa douleur. Quelquefois, on ne la voit pas du premier coup, quand elle plane très haut dans le ciel, mais c’est l’oiseau de proie le plus attentif et le plus rapide et c’est sur lui que portent les sandales de Jupiter.

Le Vendredi Saint, à la porte occidentale de Jérusalem, il fut démontré au monde que l’Amour lui-même ne suffit pas, s’il n’est insensé, délirant, éperdu, agonisant et crucifié. Le christianisme enseigne que c’était un Dieu qui faisait cela et l’Enthousiasme est justement le mot qui veut dire : un Dieu dans le cœur. Premier né de la Douleur, l’Amour intense appelle donc l’Enthousiasme et l’Enthousiasme, à son tour, appelle la Beauté suprême. Quel que puisse être l’objet adoré, glorieux ou même infâme, quand il est vraiment adoré, le monde entier n’y pourrait rien faire, parce que l’enthousiasme est incompressible et que la douleur est son aliment. C’est le plus parfait épanouissement de l’âme et l’absolue condition de toute magnificence et de toute splendeur. Dans la Poésie et dans l’Art, un homme sans enthousiasme, c’est-à-dire sans Dieu et ne sachant pas souffrir, n’a rien à faire et n’a pas même le droit d’exister. Un écrivain qui ne dit rien à nos âmes est le plus vil des esclaves et le plus révoltant des histrions. Il profane le langage humain – le langage que Dieu a parlé ! – et se rend coupable du crime mystérieux que l’Évangile des chrétiens déclare irrémissible.

Pour moi, on le sait, je n’espère rien en dehors du catholicisme le plus résolument désintéressé de toute gloire humaine. Il faut y revenir ou mourir. Je pense que l’humanité est finie, usée, pourrie, expirante. Je sais que Dieu peut lui redonner la force et la vie par un miracle. Mais, naturellement, tout est bien perdu, flambé et fricassé, surtout en France, où l’abus de tous les dons a été porté à un excès incroyable, et l’on peut affirmer sans témérité que l’ordre essentiel ne sera pas ressuscité par les Naturalistes et les Parnassiens. Seulement, je voudrais, avant de mourir, qu’il me fût accordé de contempler encore un enthousiaste, un fanatique, un adorateur de quelque chose…

(Propos à un entrepreneur en démolissions)