La herejía anti litúrgica - Instituciones litúrgicas
Libro I —Capítulo XIV
Sobre
la herejía anti litúrgica y la reforma protestante del siglo XVI, consideradas
desde el punto de vista de sus relaciones con la Liturgia.
La Liturgia es una cosa demasiado importante en la
Iglesia como para no haber sido el blanco de los ataques de la herejía. Pero de
la misma manera en que la autoridad de la Iglesia no fue en absoluto combatida,
como noción, directamente por las sectas de Oriente que desgarraron de tan
diversos modos el Credo, el racionalismo, en esa patria de los Misterios, no
persiguió las formas del culto de manera sistemática. Las sectas orientales,
divididas por desacuerdos violentos, aunaron al cristianismo, algunas un
panteísmo encubierto, otras el principio mismo del dualismo; pero, por sobre
todas las cosas, sintieron la necesidad de creer y de ser cristianas, y su
Liturgia expresa perfectamente su situación. Ciertas fórmulas se encuentran
deshonradas por blasfemias sobre la Encarnación del Verbo, pero ese desorden no
impide que las nociones tradicionales de la Liturgia se conserven en esas
fórmulas y en los ritos que las acompañan: más aún, la fe por muy desfigurada
que esté, ha sido fecunda, casi hasta nuestros días, en esos hombres que creen
mal pero que, sin embargo, quieren creer; y los jacobitas, los nestorianos,
contando solamente a partir del año 1000, produjeron más fórmulas litúrgicas,
más anáforas, por ejemplo, que los griegos melquitas cuyos libros casi no se
acrecentaron desde la separación de la Iglesia Romana, fuera de alguna que otra
colección de himnos compuesta por todo tipo de personas y que fueron agregados
a los libros de oficios. De todas maneras, este último tipo de plegarias —como
son las anáforas, las bendiciones, etc., compuestas por los jacobitas y los
nestorianos modernos, cuyos textos, o la nota sobre ellos, podemos hallar en el
libro de Renaudot sobre las Liturgias de Oriente, o en la biblioteca oriental
de Assemani —no pertenece a la esencia de la Liturgia. El lector se equivocaría,
sin embargo, si pensara que nos proponemos señalar esta extrema abundancia como
una marca de progreso; la antigüedad, la inmutabilidad de las fórmulas del
culto, es la primera de sus virtudes; pero esa fecundidad es, al menos, un
signo de vitalidad, y no es posible dejar de reconocer que el estilo
eclesiástico de esas anáforas, incluso de las más recientes, está en perfecto
acuerdo con el ya consagrado por los siglos. En lo que concierne a las
tradiciones sobre los ritos y las ceremonias, las sectas de Oriente las han
conservado a todas con una fidelidad poco común, y si a veces se encuentran
mezcladas con rasgos supersticiosos, eso mismo es un testimonio, al menos, de
un fondo primitivo de fe, así como en nuestro ámbito la disminución progresiva
de las prácticas exteriores indica la existencia de un racionalismo secreto
cuyos resultados están a la vista.
La Iglesia Griega ha conservado, en general, con gran
cuidado sino el espíritu al menos las formas de la Liturgia. Ya hemos dicho, en
otra parte, como fue predestinada por Dios, al menos por un tiempo, para dar,
con la inmovilidad de sus antiguos usos, un irrecusable testimonio de la pureza
de las tradiciones latinas. Es por ello que Cirilo Lucaris fracasó de manera
vergonzosa en su proyecto de iniciar a la Iglesia Oriental en las doctrinas del
racionalismo de Occidente. De todas formas, el espíritu discutidor y puntilloso
de Marco de Éfeso persiste en el seno de la Iglesia Griega y, cuando esa
Iglesia sea llamada a fundirse en nuestras sociedades europeas, producirá los
frutos que le son naturales. Antes de volver a la unidad, la Iglesia Griega
tiene que pasar fatalmente por el protestantismo, y tenemos muchas razones para
creer que semejante revolución ya se ha llevado a cabo en el corazón de sus pontífices.
En el mismo orden de cosas, la Liturgia, forma oficial de una creencia oficial,
permanecerá estable o variará de acuerdo con la voluntad del soberano. Así, no
hay ninguna posibilidad de herejía litúrgica allí donde el Credo ya está
minado, allí donde sólo se encuentra un cadáver de cristianismo que solamente
se mueve un poco por resortes o algún tipo de galvanismo, hasta que llegue el
momento en que, al desmoronarse, por su propia podredumbre, se volverá tan
incapaz de recibir los impulsos externos como lo es, desde hace tiempo, de
sentir el ímpetu de la vida.
Es, pues, únicamente en el seno de la verdadera
Iglesia donde tiene que fermentar la herejía anti litúrgica, es decir esa
herejía que se constituye en enemiga de las formas del culto. Es, únicamente,
allí donde hay algo para destruir que el espíritu de la destrucción tratará de
instilar ese veneno deletéreo. Oriente sólo padeció una vez, aunque con
violencia, semejantes convulsiones, y eso fue en el tiempo de la unidad con
Roma. En el siglo VIII surgió una secta furiosa que, con el pretexto de liberar
el espíritu del yugo de la forma, destrozó, desgarró, quemó los símbolos de la
fe y del amor del cristiano; corrió la sangre en defensa de la imagen del Hijo
de Dios, como cuatro siglos antes había corrido por el triunfo del verdadero
Dios sobre los ídolos. Pero a la cristiandad occidental le estaba reservado ver
surgir en su seno la guerra más larga, más empecinada, una guerra que dura
todavía, contra el conjunto de los actos litúrgicos. Dos cosas contribuyeron a
mantener a las Iglesias de Occidente en ese continuo infortunio: en primer
lugar, como acabamos de decirlo, la vitalidad inherente al cristianismo romano,
el único que merece el nombre de cristianismo y, por ende, aquel contra el cual
tienen que volverse todas las potencias del error; en segundo lugar, el
carácter racionalmente material de los pueblos de Occidente que, desprovistos
de la flexibilidad mental griega y del misticismo oriental, lo único que saben
hacer, en lo que concierne a las creencias, es negar, es arrojar lejos de sí lo
que los molesta o los humilla; incapaces, por ambas razones, de seguir, como
los pueblos semíticos, la misma herejía durante largos siglos. Esta es la razón
por la cual, en nuestro ámbito, exceptuando ciertos hechos aislados, la herejía
siempre ha actuado negando y destruyendo. Tal es, como veremos, la tendencia de
todos los esfuerzos de la inmensa secta antilitúrgica.
Vigilancio, ese galo inmortalizado por los elocuentes
sarcasmos de San Jerónimo, es el punto de partida que se le conoce. Declamaba
en contra de la pompa de las ceremonias, insultaba groseramente su simbolismo,
blasfemaba contra las reliquias de los santos, atacaba a un mismo tiempo el
celibato de los ministros sagrados y la continencia de las vírgenes; y todo
ello so pretexto de conservar la pureza del cristianismo. Como se puede ver, no
es poco para un galo del siglo IV. El Oriente que sólo produjo una herejía de
este tipo, la iconoclasta, no atacó, aunque fuera por falta de lógica, los
ritos y los usos de la Liturgia que carecían de relación inmediata con las
santas imágenes.
Después de Vigilancio, Occidente descansó durante
varios siglos; pero cuando los pueblos bárbaros, que la Iglesia había iniciado
en la civilización, se familiarizaron un poco con los trabajos intelectuales,
surgieron hombres, primeramente, y luego sectas que negaron groseramente lo que
no comprendían y sostuvieron que no existía ninguna realidad allí donde los
sentidos nada percibían de inmediato. La herejía de los sacramentarios, que
nunca podrá existir en Oriente, empezó en el siglo XI en Occidente, en Francia,
con las blasfemias del archidiácono Berengario. La indignación contra una
doctrina tan monstruosa fue general en la Iglesia; pero debiera previsto que el
racionalismo, una vez desencadenado en contra del más augusto de los actos del
culto cristiano, no pararía allí. El misterio de la presencia real del Verbo
Divino en los símbolos eucarísticos, iba a transformarse en el blanco de todos
los ataques; había que alejar a Dios del hombre y, para atacar con más eficacia
ese dogma fundamental, era necesario cerrar todos los caminos de la Liturgia
que, si se nos permite esta imagen, conducen al misterio eucarístico.
Berengario no había dado más que una señal: sus
ataques iban a ser reforzados en su mismo siglo y en los siguientes, y de ello
resultaría para el catolicismo el más largo y más horroroso ataque que haya
padecido jamás. Todo comenzó, pues, luego del año 1000. Había llegado, quizás,
dice Bossuet, el tiempo de ese terrible desencadenamiento de Satanás que el
Apocalipsis fija para después de mil años; lo que puede significar extremados
desórdenes: mil años después de que el muy armado, es decir el Demonio
victorioso, fuese encadenado por Jesucristo al llegar al mundo (Historia de las
variaciones, libro XI, parágrafo 17).
El infierno agitó la hez más infecta de su pantano, y
mientras el racionalismo despertaba, ocurrió que Satanás ya había arrojado
sobre Occidente, como una ayuda diabólica, la impura simiente que Oriente había
presentido en su seno desde el origen, esa secta a la que San Pablo llama el
misterio de iniquidad, la herejía maniquea. Es sabido cómo, con el falso nombre
de Gnosis, había mancillado los primeros siglos del cristianismo; con qué
perfidia, según la época, se había ocultado en el seno de la Iglesia para
permitirle a sus secuaces orar, comulgar incluso, junto con los católicos y
penetrar hasta en la mismísima Roma en la que fue necesario para
desenmascararla la penetrante mirada de un San León o de un San Gelasio. Esa
secta abominable, que se entregaba, con el pretexto del espiritualismo, a todas
las infamias de la carne, blasfemaba en secreto contra las más santas prácticas
del culto exterior, considerándolas groseras y demasiado materiales. Se puede
leer lo que San Agustín nos enseña sobre ella en el libro contra Fausto el
Maniqueo que consideraba una idolatría el culto de los santos y de sus
reliquias.
Los emperadores de Oriente habían perseguido a esa
secta infame, sin poder acabar con ella, con los más severos edictos. En el
siglo IX volvemos a encontrarla en Armenia bajo la dirección de un jefe llamado
Pablo, del que proviene el nombre de paulicianos
con que se conoció en Oriente a esos heréticos; y se fortalecieron allí tanto
que fueron capaces de sostener varias guerras contra los emperadores de
Constantinopla. Pedro de Sicilia que había sido enviado por Basilio el
Macedonio para negociar con ellos un intercambio de prisioneros tuvo la
posibilidad de conocerlos bien y escribió un libro sobre sus errores.
“En su libro, dice Bossuet, los presenta con las
características que les son propias, sus dos principios, el menosprecio que
profesaban por el Antiguo Testamento, su asombrosa habilidad para ocultarse
cuando lo querían, y las otras rasgos que ya hemos visto. Pero señala en
especial dos o tres que no hay que olvidar: se trata de su particular aversión
por las imágenes de la Cruz, consecuencia natural de su error, puesto que
negaban la pasión y muerte del Hijo de Dios; de su desprecio por la Santísima Virgen
a la que no consideraban Madre de Jesucristo ya que para ellos Él no tenía
carne humana; y, sobre todo, de su alejamiento de la Eucaristía (Historia de
las variaciones, libro XI, parágrafo 14). Decían, además, que los católicos
adoraban a los santos como si fueran divinidades y que era por esta razón que
se les impedía a los laicos leer la Santa Escritura, por miedo a que llegasen a
descubrir otros errores similares.” [Ibidem]
Ya era, como es evidente, la herejía anti litúrgica
plenamente formada. Lo único que le faltaba eran pueblos dispuestos a acogerla.
Camino de Europa, la secta pasó por Bulgaria donde
echó profundas raíces; ésa fue la causa de que, en Occidente, a sus adeptos se
los llamase búlgaros. En 1017, bajo
el reinado del Rey Roberto, varios de éstos fueron descubiertos en Orleans y
muy poco tiempo después, otros lo fueron en el Languedoc y, más tarde, en
Italia donde se hacían llamar cátaros,
es decir puros; por último, se los descubrió hasta en los lugares más
recónditos de Alemania. Su predicación infame había hecho progresos soterrados
como un chancro (2 Timoteo 17) y su doctrina seguía siendo la misma, basada en
la creencia de los dos principios, así como en el odio por todo lo que el culto
tiene de exterior y reforzada con todas
las abominaciones gnósticas. Por otra parte, siempre se comportaban de manera
muy disimulada confundiéndose en la Iglesia con los ortodoxos, y estaban
dispuestos, cuando habían decidido guardar silencio, a cualquier perjurio antes
que dejarse descubrir. En el siglo XII ya eran muy poderosos en el Mediodía
francés, y no es posible dudar de que Pedro de Bruis y Enrique, de cuyas
doctrinas fueron adversarios San Bernardo y Pedro el Venerable, no fuesen sus
dos jefes principales. En 1160 pasaron a Inglaterra donde se los llamó poplicanos o publicanos. En Francia, se los designó con el nombre de albigenses, por el poderío que llegaron
a tener en una de nuestras provincias, y los que llegaban al grado más alto de
iniciación en sus repugnantes misterios eran llamados patarinos. Es conocido el celo con el que los pueblos católicos de
la Edad Media combatieron a esos sectarios. La Iglesia consideró que podía
predicar la cruzada en su contra, y dio comienzo a una guerra de exterminio en
la que tomaron parte, directa o indirectamente, todos los grandes personajes de
la Iglesia y del Estado. La doctrina de los albigenses fue sofocada, al menos
en su predominio exterior, ya que permaneció, solapadamente, como una simiente
de todos los errores que estallarían en el siglo XVI, y las doctrinas de su
monstruoso misticismo se perpetuaron, hasta nuestros días, en la herejía
quietista, un enemigo más poderoso, quizás, de la verdadera doctrina litúrgica
que el propio racionalismo.
Una nueva rama de la secta, menos mística y, por ende,
más apropiada al temperamento occidental, surgió en Lyon del mismo tronco
maniqueo importado de Oriente, en la misma época en que la primera se
encontraba amenazada de destrucción violenta. En 1160 en Lyon, un
comerciante, Pedro Valdo, fundó la secta
de esos fanáticos turbulentos conocidos por el nombre de pobres de Lyon pero, sobre todo, por el de valdenses, debido al apellido de su fundador. Fue entonces que se
pudo augurar la alianza del espíritu de esta secta con el de la secta de la que
Berengario había sido el primer exponente en nuestro ámbito. Pronto se
liberaron de las opiniones maniqueas, impopulares en nuestro país, y
predicaron, principalmente, la reforma de la Iglesia y, para llevarla a cabo,
se dedicaron a socavar audazmente el conjunto entero del culto. Primeramente,
para ellos no existe el sacerdocio, todo laico es sacerdote; el sacerdote por
encontrarse en estado de pecado mortal no puede consagrar, por consiguiente no
es posible tener certeza alguna en cuanto a la validez de la Eucaristía; los clérigos
no pueden poseer bienes terrenales; se debe sentir horror por las iglesias, el
santo crisma, el culto de la Virgen Santísima y de los santos, y las plegarias
por los difuntos. En todas las cosas hay que remitirse a la Sagrada Escritura,
etc. Para los valdenses la moral de la Iglesia era escandalosa por su
relajamiento, y mostraban un rigor en su conducta que contrastaba con los
desbordes de los albigenses.
Francia no fue el único lugar donde se llevaba a cabo
esta reacción violenta contra la forma en el seno del catolicismo. A fines del
siglo XVI, en Inglaterra se había levantado Wyclif que profería casi todas las
blasfemias de los valdenses. Sin embargo, debido a que todo sistema erróneo en
religión necesita apoyarse en mayor o menor medida en el panteísmo, a fin de
lograr cierta consistencia, y puesto que el misticismo gnóstico es ajeno a las
masa occidentales, como ya lo señalamos, Wiclif imaginó sustentar sus doctrinas
disolventes con un sistema fatalista cuya
fuente era la voluntad inmutable de Dios que absorbía la voluntad de todas las
creaturas.
Por la misma época, Jan Huss enseñaba sus dogmas en
Alemania y preparaba la inmensa rebelión que llevaría a naciones enteras a
separarse, durante siglos, de la comunión romana. Él también hacía gran hincapié
en las consecuencias exageradas del dogma de la predestinación y, al pasar de
la teoría a la práctica, humillaba el sacerdocio ante los laicos, predicaba la
lectura de la Sagrada Escritura en detrimento de la Tradición y se oponía de
plano a la autoridad soberana en materia litúrgica por su exigencia de la
comunión de los laicos bajo las dos especies.
Finalmente llegó Lutero que nada dijo que sus
predecesores no hubiesen ya dicho, pero que pretendió liberar, al mismo tiempo,
el pensamiento del hombre del poder del Magisterio y el cuerpo del hombre del
poder litúrgico. Calvino y Zwinglio lo siguieron, llevando tras ellos a Socinio
cuyo puro naturalismo fue la consecuencia inmediata de las doctrinas preparadas
durante tantos siglos. Pero con Socinio ya no hay más errores litúrgicos; la
Liturgia, cada vez más disminuida, no llegó hasta él. Es por eso que para que
se tenga una idea de la devastación que produjo la secta antilitúrgica, nos
pareció necesario hacer un resumen de la sucesión de los pretendidos
reformadores del cristianismo de los últimos trescientos años, y mostrar el
conjunto de sus actos y doctrina en lo que concierne el progresivo
despojamiento del culto divino. No existe un espectáculo más instructivo y más
capaz de hacer comprender las causas de la rápida propagación del
protestantismo. Se puede ver en ello la obra de una sabiduría diabólica que
actúa con seguridad y que tiene que acarrear, infaliblemente, resultados de
vastas proporciones.
1)
El primer rasgo de la herejía anti litúrgica es el
odio de la Tradición expresada en las fórmulas del culto divino. No se puede negar la presencia ese rasgo especial en
todos los heréticos a que nos hemos referido, desde Vigilancio hasta Calvino, y
la razón de ello es muy fácil de explicar. Todo sectario que pretende
introducir una nueva doctrina, se encuentra ineluctablemente en presencia de la
Liturgia, que es la Tradición en su máxima expresión, y no descansará hasta
acallar esa voz, hasta desgarrar esas páginas que contienen la fe de los siglos
pasados. En efecto, ¿cómo hicieron el luteranismo, el calvinismo, el
anglicanismo para establecerse y mantenerse en el pueblo? Lo único que tuvieron
que hacer fue suplantar con libros nuevos y fórmulas nuevas los libros y las
fórmulas antiguas, y así todo fue consumado. Nada podía ya molestar a los
nuevos doctores, podían predicar a sus anchas: la fe de los pueblos ya no tenía
defensa. Lutero entendió esto con una sagacidad digna de nuestros jansenistas,
cuando, en el primer período de sus innovaciones, en la época en que se veía
todavía obligado a conservar una parte de las formas externas del culto latino,
estableció el siguiente reglamento para la misa reformada: “Aprobamos y
conservamos los introitos de los domingos y de las fiestas de Jesucristo, es
decir Pascua, Pentecostés y la Natividad. Preferiríamos, con gusto, los salmos
enteros de los que se han sacado esos introitos, como era el uso antaño; pero
estamos dispuestos a conformarnos con el uso actual. Ni siquiera criticamos a
quienes quieran mantener los introitos de los Apóstoles, de la Virgen y de los
demás santos, CUANDO ESOS TRES INTROITOS ESTÉN SACADOS DE LOS SALMOS Y DE OTRAS
PARTES DE LA ESCRITURA (Lebrun, Explicación de la Misa. Tomo IV, página 13.) A
Lutero le horrorizaban los cánticos que la Iglesia había compuesto para la
expresión pública de la fe. Sentía muy bien en ellos el vigor de la Tradición
que él quería proscribir. Si le reconocía a la Iglesia el derecho de unir su
voz, en las santas asambleas, con los oráculos de las Escrituras, corría el
riesgo de oír a millones de voces anatematizando sus nuevos dogmas. Así pues,
abominó de todo aquello que en la Liturgia no está estrictamente sacado de las
Sagradas Escrituras.
2)
Reemplazar las fórmulas de estilo eclesiástico por
lecturas de la Sagrada Escritura, es el segundo principio de la secta anti
litúrgica. De ello obtiene
dos beneficios: primero, hacer callar la voz de la Tradición a la que no deja
de temer; segundo, es un medio de propagar y de apoyar sus dogmas por vía de
afirmación o de negación. Por vía de negación: al silenciar, por medio de una
hábil selección, los textos que expresan la doctrina opuesta a los errores que
se quiere instaurar; por vía de afirmación: al poner en evidencia los pasajes
truncados que al mostrar uno solo de los aspectos de la verdad ocultan el otro
ante los ojos del vulgo. Es bien sabido, desde hace muchos siglos, que la
preferencia que los heréticos acuerdan a la Sagrada Escritura por encima de las
definiciones eclesiásticas, no tiene otra causa que la facilidad de hacer que
la Palabra de Dios diga lo que ellos quieren, presentándola u ocultándola de
acuerdo con lo que les conviene. Ya veremos, más adelante, lo que hicieron en
este sentido los jansenistas, obligados, por su sistema, a conservar el vínculo
externo con la Iglesia; en cuanto a los protestantes, terminaron reduciendo la
Liturgia, casi por entero, a la lectura de la Escritura, acompañada de
discursos que la interpretan desde el punto de vista de la razón. En lo que
respecta a la elección y al establecimiento de los libros canónicos, terminaron
cayendo en el puro capricho del reformador que, en última instancia, decide no
solamente el sentido de la Palabra de Dios sino qué texto debe considerarse
parte de esa Palabra. Es así que Martín Lutero, para cuyo sistema panteísta la
doctrina de que las obras son inútiles y de que la fe basta son dogmas que
necesitan ser establecidos, declaró que la Epístola de Santiago es una epístola
sin importancia, y no una epístola canónica, por el solo hecho de que allí se
enseña la necesidad de las obras para la salvación. En todos los tiempos y en
todas las circunstancias, ocurrirá lo mismo: ninguna fórmula eclesiástica, nada
más que la Escritura, pero interpretada, elegida, presentada por aquel o
aquellos que sacan provecho de las innovaciones. Es una trampa peligrosa para
los simples y es solamente después de mucho tiempo que es posible percatarse
del engaño y del hecho de que la Palabra de Dios, esa espada de doble filo como
dice el Apóstol, produjo muchas heridas por haber sido blandida por los hijos
de perdición.
3)
El tercer principio de los heréticos de la reforma de la Liturgia—luego
de haber expulsado las fórmulas eclesiásticas y de haber proclamado la
necesidad absoluta de emplear únicamente las palabras de la Escritura en el
servicio divino, y percibiendo que la Escritura no siempre se presta, como
querrían, a sus designios— consiste en
fabricar e introducir diversas fórmulas llenas de perfidia con las que los
pueblos quedan más sólidamente encadenados al error y con las que todo el
edificio de la reforma impía se consolidará por siglos.
4)
No
habrá que sorprenderse de la contradicción que la herejía demuestra en sus
obras una vez se considere que el cuarto
principio impuesto por los sectarios, por la naturaleza misma de su estado
de rebelión, es la contradicción
constante con sus mismos principios. Así tiene que ser para que sean
confundidos ese gran día, que llegará tarde o temprano, en el que Dios pondrá
de manifiesto su desnudez ante la vista de los pueblos que ellos sedujeron; y,
también, porque no es lo propio del hombre el ser consecuente, solamente la
verdad puede serlo. Es así como todos los sectarios, sin excepción, comienzan
por reivindicar los derechos de la antigüedad; quieren liberar el cristianismo
de todo lo falso e indigno de Dios que el error y las pasiones de los hombres
le agregaron; no quieren nada fuera de lo primitivo y pretenden entroncar con
los orígenes de la institución cristiana. Es por eso que podan, borran,
recortan, todo cae bajo de sus golpes; y cuando se espera ver resurgir el culto
divino en su pureza primigenia, resulta que hay una invasión de fórmulas nuevas
que datan de la víspera, que son incuestionablemente humanas puesto que el que
las redactó todavía está vivo. Toda secta pasa necesariamente por esto; lo
vimos en el caso de los monofisitas, en el de los nestorianos; volvemos a
encontrarnos con lo mismo en todas las ramas del protestantismo. La pretensión
de predicar la antigüedad sólo los condujo a rechazar todo el pasado y a
jurarle a los pueblos seducidos que todo está bien, que las exageraciones
papistas desaparecieron, que el culto divino alcanzó la santidad primitiva.
Observemos, también, algo que es característico en el cambio de la Liturgia por
los heréticos: en su furia de innovación, no se contentan con recortar las
fórmulas de estilo eclesiástico que condenan como meras palabras humanas, sino
que extienden su reprobación a las lecturas y a las plegarias mismas que la
Iglesia tomó de la Escritura; cambian y substituyen porque no quieren orar con
la Iglesia, se excomulgan de este modo a sí mismos y temen hasta la menor
parcela de la ortodoxia que dictó la elección de esos pasajes.
5)
Puesto que la reforma de la Liturgia fue emprendida
por los sectarios con el mismo objetivo que la reforma del dogma, de la que es
consecuencia, de esto se
desprende que, así como los protestantes se separaron de la unidad con el fin
de creer menos, aquellos terminan por
verse obligados a eliminar del culto todas las ceremonias, todas las fórmulas
que expresan los Sagrados Misterios. Todo lo que no les parecía puramente
racional fue tachado por ellos de superstición e idolatría, con lo que
disminuyeron las expresiones de la fe, obstruyendo con la duda e incluso con la
negación todos los caminos que llevan al mundo sobrenatural. Es así como ya no
hay más sacramentos, excepto el bautismo —hasta que llegue el socinianismo que
liberará de esa obligación a sus adeptos—, ni sacramentales, bendiciones,
imágenes, reliquias de santos, procesiones, peregrinaciones, etc. Ya no hay más
altar, sólo una simple mesa; ni sacrificio, como en todas las religiones, sino
simplemente una cena; ni iglesia, sólo un templo, como en la época de los
Griegos y los Romanos; ni arquitectura religiosa, puesto que no hay más
misterios; ni pintura ni escultura cristianas, puesto que no hay más religión
sensible; en fin, no hay más poesía en un culto que no está fecundado por el
amor ni por la fe.
6)
La supresión de los elementos del misterio en la
Liturgia Protestante tenía, infaliblemente, que producir la total extinción de
ese espíritu de plegaria al que el catolicismo llama unción. Un corazón rebelde no tiene amor, y un corazón sin
amor podrá, a lo sumo, producir expresiones tolerables de respeto o de temor,
con la frialdad soberbia del fariseo; así es la Liturgia Protestante. Es
perceptible que aquel que la recita se aplaude a sí mismo por no pertenecer a
la muchedumbre de esos cristianos papistas que rebajan a Dios a su propio nivel
con la familiaridad de su lenguaje común.
7)
Puesto que trata noblemente con Dios, la Liturgia
Protestante no tiene necesidad de la mediación de las creaturas. Pensaría que le falta el respeto al Ser Supremo si
invocase la intercesión de la Virgen Santísima o la protección de los santos.
Deja de lado toda esa idolatría papista que le pide a la creatura lo que sólo
hay que pedirle a Dios; limpia el calendario de todos esos nombres humanos que
la Iglesia Romana inscribe, de manera tan temeraria, junto al nombre de Dios;
siente, sobre todo, horror del nombre de los monjes y de otros personajes
recientes que figuran allí junto a los nombres venerados de los Apóstoles
elegidos por Jesucristo, y con los que fue fundada esa Iglesia primitiva que es
la única que mantuvo la fe pura y que estuvo libre de toda superstición en el
culto y de todo relajamiento en la moral.
8)
Como la reforma litúrgica tiene entre sus fines
principales la abolición de los actos y las fórmulas de los Sagrados Misterios,
de ello se desprende, necesariamente, que sus autores tenían que reivindicar el
uso de la lengua vulgar en el servicio divino. Éste es, pues, uno de los puntos más importantes
para los sectarios. Sostienen que el culto no es una cosa secreta, que es
necesario que el pueblo entienda lo que canta. El odio de la lengua latina es algo innato en el corazón de todos los
enemigos de Roma; en ella ven el lazo que une a todos los católicos del
mundo, el arsenal de la ortodoxia en contra de todas las sutilezas del espíritu
de secta, el arma más poderosa del Papado. El espíritu de rebeldía que los
empujó a confiar la plegaria universal al idioma de cada pueblo, de cada
provincia, de cada siglo, produjo, por otra parte, sus frutos, y los reformados
pueden constatar día a día que los pueblos católicos, a pesar de sus plegarias
latinas, aman más y cumplen con mayor celo los deberes del culto que los
pueblos protestantes. A toda hora del día, el servicio divino se lleva a cabo
en las iglesias católicas: el fiel que asiste deja, en el umbral, su lengua
materna; excepto en el momento de la predicación escucha solamente esos
misteriosos acentos que dejan de resonar, incluso, en el momento más solemne,
durante el Canon de la Misa; y, sin embargo, ese misterio lo encanta de tal
manera que no envidia la suerte del protestante, aunque los oídos de éste
último sólo escuchen sonidos cuyo significado entiende. Mientras que al templo
reformado le cuesta reunir, una vez por semana, a los cristianos puristas, la
Iglesia papista ve como, sin cesar, sus numerosos altares son asediados, cada
día, por sus religiosos hijos que dejan un momento sus trabajos para ir a
escuchar esas palabras misteriosas que tienen que ser del mismo Dios porque
nutren la fe y calman el sufrimiento. Confesemos
que fue una jugada maestra del protestantismo el haber declarado la guerra a la
lengua santa; si pudiera llegar a destruirla, su triunfo total estaría cercano.
Desnuda ante las miradas profanas, como una virgen deshonrada, la Liturgia
perdió, a partir de ese momento su carácter sagrado y ha de llegar pronto el
momento en que el pueblo se dé cuenta de que no vale demasiado la pena
abandonar sus labores o sus placeres para ir a oir hablar de la misma manera en
se habla en la plaza pública. Saquémosle a la Iglesia de Francia sus
declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero,
y ya veremos si el pueblo irá a escuchar, por mucho tiempo aún, al así llamado
Primado de las Galias gritar: El Señor
esté con vosotros; y a otros que le responden: Y con tu espíritu. Nos ocuparemos, en otra parte, de manera
especial, de la lengua litúrgica.
9)
Al despojar la Liturgia del misterio que rebaja a la
razón, el protestantismo bien sabía cuál era la consecuencia práctica:
liberarse del cansancio y de la molestia que le imponen al cuerpo las prácticas
de la Liturgia papista. Para
empezar, basta de ayunos y de abstinencias; basta de genuflexiones durante la
plegaria; para los ministros del templo, basta de oficios diarios que cumplir,
y hasta de las plegarias canónicas para rezar en nombre de la Iglesia. Ésta es
una de las formas principales de la gran emancipación protestante: reducir la
suma de las plegarias públicas y particulares. Los hechos mostraron pronto que
la Fe y la Caridad que se nutren de la plegaria se habían apagado en la
Reforma, mientras que en los católicos no dejan de alimentar todos los actos de
entrega a Dios y a los hombres, fecundadas como están por el inefable socorro
de la plegaria litúrgica que lleva a cabo el clero secular y regular, al que se
une la comunidad de los fieles.
10)Como el protestantismo necesitaba una regla para discernir entre las instituciones papistas aquellas
que podían ser las más hostiles a sus principios, tuvo que hurgar en los
cimientos del edificio católico para encontrar la piedra fundamental que lo
sostiene. Su instinto le hizo descubrir de inmediato el dogma inconciliable con cualquier innovación: la autoridad del Papa.
Cuando Lutero escribió en su estandarte: Odio
para Roma y sus leyes, no hizo otra cosa que promulgar una vez más el gran
principio de todas las ramas de la secta anti litúrgica. A partir de allí fue
necesario abrogar en masa el culto y las ceremonias, como idolatría romana; la
lengua latina, el oficio divino, el santoral, el breviario, abominaciones todas
de la gran prostituta de Babilonia. Los dogmas del Pontífice Romano pesan sobre
la razón y las prácticas rituales que impone pesan sobre los sentidos; es
necesario, entonces, proclamar que sus dogmas no son más que error y blasfemia,
y que sus preceptos litúrgicos constituyen una manera de asentar con más fuerza
una dominación usurpada y tiránica. Es por eso que en sus letanías emancipadas,
la Iglesia Luterana continúa cantando ingenuamente: Del homicida furor, calumnia, rabia y ferocidad del Turco y del Papa,
líbranos Señor. (Lutherisches
Gesangbuch. Lepizig. Página 667.) Es el momento oportuno para recordar aquí
las admirables consideraciones que hace Joseph de Maistre en su libro Acerca del Papa en el que muestra, con
gran sagacidad y profundidad que, a pesar de los desacuerdos que tendrían que
aislar unas de otras a las distintas sectas separadas, hay una característica
que la reúne a todas: el no ser romanas. Imaginemos cualquier tipo de
innovación, ya sea en materia de dogma o de disciplina, y ya veremos si es
imposible intentarla sin merecer, de buena o mala manera, el mote de no romano o, si se carece de audacia, de
menos romano. Habría que ver qué tipo
de reposo podría hallar un católico en la primera, o incluso en la segunda, de
esas dos situaciones.
11)La herejía anti litúrgica,
para asentar para siempre su imperio, necesitaba destruir, de hecho y por
principio, todo sacerdocio en el cristianismo; porque se daba cuenta de que allí donde hay un
pontífice hay un altar, y que donde hay un altar hay un sacrificio y, por lo
tanto, un ceremonial misterioso. Luego, pues, de haber abolido la calidad de
Supremo Pontífice, hacía falta aniquilar el carácter del obispo del que emana
la mística imposición de manos que perpetúa la jerarquía sagrada. De allí
proviene un vasto presbiterianismo que no es sino la consecuencia inmediata de
la eliminación del Supremo Pontificado. A partir de ese momento, ya no existe
el sacerdote propiamente dicho; ¿cómo la simple elección, sin consagración,
podría hacer de él una persona sagrada? La reforma de Lutero o de Calvino no
tendrá más que ministros de Dios, o simples hombres, según se prefiera. Pero no
es posible detenerse en este punto. Elegido e instalado por laicos, cubierto en
el templo con la túnica de una vaga magistratura bastarda, el ministro no es
más que un laico revestido de una función accidental; en el protestantismo,
entonces, sólo hay laicos, y así tenía que ser puesto que ya no hay Liturgia, y
ya no hay más Liturgia porque sólo hay laicos.
12)Para terminar, y es éste el último grado de embrutecimiento, como el sacerdocio ya no existe
puesto que la jerarquía está muerta, el
Príncipe, única autoridad posible entre laicos, se proclama Jefe de la Religión,
y así se ve a los más temibles reformadores, después de haber sacudido el yugo
espiritual de Roma, reconocer al soberano temporal como Pontífice Supremo y colocar
el poder sobre la Liturgia entre las atribuciones del derecho real. Así pues,
el dogma, la moral, los sacramentos, el culto, el cristianismo, sólo existirán
en la medida en que le plazca al Príncipe, ya que al serle concedido el poder
absoluto sobre la Liturgia también se le concedió sobre todas esas cosas que
ésta expresa y aplica en la comunidad de los fieles. Ese es, sin embargo, el
axioma fundamental de la Reforma en la práctica y en los escritos de los
doctores protestantes. Un último rasgo completará el cuadro y pondrá al lector
en condiciones de juzgar cuál es la naturaleza de esa pretendida liberación,
llevada a cabo con tanta violencia con respecto al Papado, para luego dar
lugar, necesariamente, a una dominación que destruye la naturaleza misma del
cristianismo. Es cierto que en sus orígenes la secta anti litúrgica no
acostumbraba a halagar de tal modo a los poderosos: albigenses, valdenses, wyclifitas,
husitas, todos enseñaban que era necesario resistir y aun combatir a cualquier
príncipe o magistrado que se encontrase en estado de pecado mortal, sosteniendo
que un príncipe quedaba desposeído de su derecho desde el momento en ya no
estaba en estado de gracia. La razón de esto es que esos sectarios temían la
espada de los príncipes católicos, verdaderos obispos del poder temporal, y que
tenían mucho para ganar socavando su autoridad. Pero desde el momento en que
los soberanos, asociados a la rebelión en contra de la Iglesia, quisieron hacer
de la religión algo nacional, un medio de gobierno, la Liturgia reducida, lo
mismo que el dogma, a los límites de un país, terminó, naturalmente, por
depender de la más alta autoridad del país en cuestión; y los reformadores no
pudieron dejar de sentir el más vivo reconocimiento por quienes prestaban la
ayuda de un brazo poderoso para el establecimiento y la subsistencia de sus
teorías. Es muy cierto que hay una verdadera apostasía en esta preferencia
otorgada, en materia de religión, a lo temporal por sobre lo espiritual; pero
se trataba para los reformadores de una necesidad absoluta de supervivencia. No
sólo hay que ser consecuente, también hay que vivir. Es por eso que el mismo
Lutero que se separó con estruendo del Pontífice Romano, acusándolo de todas
las abominaciones de Babilonia, no se avergonzó al tener que declarar la
legitimidad teológica del doble matrimonio del Landgrave de Hesse; y es por
eso, también, que el abate Grégoire encontró en sus principios el modo de
conciliar su voto en la Convención por la condena a muerte de Luis XVI, con su
defensa, al mismo tiempo, de Luis XIV y de José II en contra de los Romanos
Pontífices.
Tales
son las principales máximas de la secta anti litúrgica. No hemos, por cierto,
exagerado en nada; no hemos hecho más que señalar la doctrina cien veces
profesada en los escritos de Lutero, de Calvino, de los Centuriadores de
Magdeburgo, de Hospiniano, de Kemnitz, etc. Es fácil consultar estos libros o,
más bien, la obra inspirada en ellos y que está a la vista de todo el mundo.
Hemos creído que era útil poner en evidencia sus principales características.
Siempre es algo provechoso conocer el error; la enseñanza directa es a veces
menos ventajosa y menos fácil. Con todos estos datos, el lógico católico puede
establecer las tesis contrarias.
INSTITUTIONS LITURGIQUES
CHAPITRE XIV
De l’hérésie antiliturgique et
de la réforme protestante du XVI siècle, considérée dans ses rapports avec la
liturgie.
La Liturgie est une chose trop excellente dans l’Église,
pour ne pas s’être trouvée en butte aux
attaques de l’hérésie. Mais de même que l’autorité de l’Église ne fut point
combattue directement, comme notion, par les sectes de l’Orient qui déchirèrent
d’ailleurs le Symbole en tant de manières, aussi n’a-t-on point vu dans cette patrie des
mystères, le rationaliste poursuivre
les formes du culte par système. Scindées entre elles par de violents
dissentiments, les sectes orientales ont marié au christianisme, les unes un panthéisme déguisé, les autres le
principe même du dualisme; mais, par-dessus tout, elles ont besoin de croire et
d’être chrétiennes ; leur Liturgie est l’expression complète
de leur situation. Des blasphèmes
sur l’Incarnation du Verbe déshonorent certaines formules; mais ce
désordre n’empêche pas que les notions
traditionnelles de la Liturgie ne
soient conservées dans ces formules et dans les rites qui les
accompagnent : bien plus, la
foi, si défigurée qu’elle soit, a été féconde, presque jusqu’à nos jours, chez
ces hommes qui croient mal, mais qui pourtant veulent croire; et les jacobites,
les nestoriens, seulement depuis l’an 1000, ont produit plus de formules
liturgiques, d’anaphores, par exemple, que les Grecs melchites, dont les livres
n’ont rien gagné depuis leur séparation de l’Église romaine, si l’on excepte certains
recueils d’hymnes composées par toute sorte de personnes, et adjointes aux
livres d’offices. Mais encore ce dernier genre de prières ne tient point au
fond de la Liturgie, comme les anaphores, les bénédictions, etc., composées par
les jacobites et les nestoriens modernes, et dont nous trouvons le texte ou la
notice dans l’ouvrage de Renaudot sur les Liturgies d’Orient, ou dans la
bibliothèque orientale d’Assemani. Le lecteur se tromperait néanmoins, s’il
pensait que nous entendons donner cette abondance extrême comme l’indice d’un
progrès; l’antiquité, l’immutabilité des formules de l’autel, est la première
de leurs qualités; mais cette fécondité est du moins un signe de vie, et l’on
ne peut s’empêcher de reconnaître que le style ecclésiastique de ces anaphores,
même des plus récentes, est parfaitement conforme à celui que les siècles ont
consacré. Quant aux traditions sur les rites et cérémonies, les sectes d’Orient
les ont toutes conservées avec une rare fidélité, et si des circonstances
superstitieuses s’y trouvent quelquefois mêlées, elles attestent du moins un
fonds primitif de foi, comme chez nous la diminution progressive des pratiques
extérieures accuse la présence d’un rationalisme secret qui montre ses
résultats.
L’Église grecque a généralement conservé avec grand soin,
sinon le génie, du moins les formes de la Liturgie. Nous avons dit ailleurs
comment Dieu l’a prédestinée, pour un temps du moins, à rendre, par l’immobilité
de ses usages antiques, un irrécusable témoignage à la pureté des traditions
latines. C’est pourquoi Cyrille Lucaris échoua si honteusement dans son projet
d’initier l’Église orientale aux doctrines du rationalisme d’Occident.
Toutefois, l’esprit disputeur et pointilleux de Marc d’Éphèse est demeuré au
sein de l’Église grecque, et produira ses fruits naturels, du moment que cette
Église sera appelée à se fondre dans nos sociétés européennes. L’Église grecque
doit infailliblement passer par le protestantisme avant de revenir à l’unité,
et l’on a bien des raisons de croire que la révolution est déjà faite dans le
cœur de ses Pontifes. Dans un pareil ordre de choses, la Liturgie, forme
officielle d’une croyance officielle, demeurera stable, ou variera suivant qu’il
plaira au souverain. Ainsi, point d’hérésie liturgique possible là où le
Symbole est déjà miné, où Ton ne trouve plus qu’un cadavre de christianisme
auquel des ressorts ou un galvanisme impriment encore quelques mouvements,
jusqu’au moment où, tombant en lambeaux de pourriture, il deviendra tout aussi
incapable de recevoir les impulsions externes, qu’il l’est depuis longtemps de
sentir les touches de la vie.
C’est donc seulement au sein de la vraie Église que doit
fermenter l’hérésie antiliturgique, c’est-à-dire celle qui se porte l’ennemie
des formes du culte. C’est là seulement où il y a quelque chose à détruire, que
le génie de la destruction tâchera d’infiltrer ce poison délétère. L’Orient n’en
a éprouvé qu’une fois, mais violemment, les atteintes, et c’était aux jours de
l’unité. Une secte furieuse s’éleva, au VIIIe siècle, qui, sous prétexte d’affranchir
l’esprit du joug de la forme, brisa, déchira, brûla les symboles de la foi et
de l’amour du chrétien; le sang coula pour la défense de l’image du Fils de
Dieu, comme il avait coulé quatre siècles plus tôt, pour le triomphe du vrai
Dieu sur les idoles. Mais il était réservé à la chrétienté occidentale de voir
organiser dans son sein la guerre la plus longue, la plus opiniâtre, qui dure
encore, contre l’ensemble des actes liturgiques. Deux choses contribuent à
maintenir les Eglises de l’Occident dans cet état d’épreuve : d’abord, comme
nous venons de le dire, la vitalité propre au christianisme romain, le seul
digne du nom de christianisme, et par conséquent celui contre lequel doivent se
tourner toutes les puissances de l’erreur; en second lieu, le caractère
rationnellement matériel des peuples de l’Occident qui, dépourvus à la fois de
la souplesse de l’esprit grec et du mysticisme oriental, ne savent que nier, en
fait de croyances, que rejeter loin d’eux ce qui les gêne ou les humilie,
incapables, pour cette double raison, de suivre, comme les peuples sémitiques,
une même hérésie pendant de longs siècles. Telle est la raison pour laquelle,
chez nous, si l’on excepte certains faits isolés, l’hérésie n’a jamais procédé
que par voie de négation et de destruction. C’est, ainsi qu’on va le voir, la
tendance de tous les efforts de l’immense secte antiliturgiste.
Son point de départ connu est Vigilance, ce Gaulois
immortalisé par les éloquents sarcasmes de saint Jérôme. Il déclame contre la
pompe des cérémonies, insulte grossièrement à leur symbolisme, blasphème les
reliques des saints, attaque en même temps le célibat des ministres sacrés et
la continence des vierges ; le tout pour maintenir la pureté du christianisme.
Comme on voit, cela n’est pas mal avancé pour un Gaulois du ive siècle. L’Orient,
qui n’a produit en ce genre que l’hérésie iconoclaste, épargna du moins,
quoique par inconséquence, les rites et les usages de la Liturgie qui n’avaient
pas un rapport immédiat avec les saintes images.
Après Vigilance, l’Occident se reposa pendant plusieurs
siècles ; mais quand les races barbares, initiées par l’Église à la
civilisation, se furent quelque peu familiarisées avec les travaux de la
pensée, il s’éleva des hommes d’abord, puis des sectes ensuite, qui nièrent
grossièrement ce qu’elles ne comprenaient pas, et dirent qu’il n’y avait point
de réalité là où les sens ne palpaient pas immédiatement. L’hérésie des
sacramentaires, à jamais impossible en Orient, commença au XI° siècle, en
Occident, en France, par les blasphèmes de l’archidiacre Bérénger. Le
soulèvement fut universel dans l’Église contre une si monstrueuse doctrine;
mais on dut prévoir que le rationalisme, une fois déchaîné contre le plus
auguste des actes du culte chrétien, n’en demeurerait pas là. Le mystère de la
présence réelle du Verbe divin sous les symboles eucharistiques, allait devenir
le point de mire de toutes les attaques ; il fallait éloigner Dieu de l’homme,
et, pour attaquer plus sûrement ce dogme capital, il fallait fermer toutes les
avenues de la Liturgie qui, si l’on peut parler ainsi, aboutissent au mystère
eucharistique.
Bérenger n’avait donné qu’un signal : son attaque allait
être renforcée en son siècle même et dans les suivants, et il en devait résulter,
pour le catholicisme, la plus longue et la plus épouvantable attaque qu’il eût
jamais essuyée. Tout commença donc après l’an 1000 : C’était peut-être, dit
Bossuet, le temps de ce terrible déchaînement de Satan marqué dans l’Apocalypse,
après mille ans ; ce qui peut signifier d’extrêmes désordres : mille ans après
que le fort armé, c’est-à-dire le démon victorieux, fut lié par Jésus-Christ
venant au monde [Histoire des Variations, livre XI, § 17].
L’enfer remua la lie la plus infecte de son bourbier, et
pendant que le rationalisme s’éveillait, il se trouva que Satan avait jeté sur
l’Occident, comme un secours diabolique, l’impure semence que l’Orient avait
sentie, avec horreur, dans son sein, dès l’origine, cette secte que saint Paul
appelle le mystère d’iniquité, l’hérésie manichéenne. On sait comment, sous le
faux nom de gnose, elle avait souillé les premiers siècles du christianisme ;
avec quelle perfidie elle s’était, suivant les temps, cachée au sein de l’Eglise,
permettant à ses sectateurs de prier, de communier même avec les catholiques,
et pénétrant jusque dans Rome même, où il fallut, pour la découvrir, l’œil
pénétrant d’un saint Léon et d’un saint Gélase. Cette secte abominable, livrée
sous le prétexte de spiritualisme à toutes les infamies de la chair,
blasphémait en secret les plus saintes pratiques du culte extérieur, comme
grossières et trop matérielles. On peut voir ce que saint Augustin nous en apprend, dans le livre
contre Fauste le Manichéen, qui traitait d’idolâtrie le culte des saints et de
leurs reliques.
Les empereurs d’Orient avaient poursuivi cette secte
infâme par les ordonnances les plus sévères, sans pouvoir l’éteindre. On la
retrouve, au IX° siècle, en Arménie, sous la direction d’un chef nommé Paul, d’où
le nom de pauliciens fut donné à ces hérétiques en Orient; et ils y deviennent
assez puissants pour soutenir des guerres contre les empereurs de
Constantinople. Pierre de Sicile, envoyé vers eux par Basile le Macédonien,
pour traiter d’un échange de prisonniers, eut le loisir de les connaître, et
écrivit un livre sur leurs erreurs.
« Il y désigne ces hérétiques, dit Bossuet, par leurs
propres caractères, par leurs deux principes, par le mépris qu’ils avaient pour
l’Ancien Testament, par leur adresse prodigieuse à se cacher quand ils
voulaient, et par les autres marques que nous avons vues. Mais il en remarque
deux ou trois qu’il ne faut pas oublier : c’était leur aversion particulière
pour les images de la croix, suite naturelle de leur erreur, puisqu’ils
rejetaient la passion et la mort du Fils de Dieu ; leur mépris pour la sainte
Vierge, qu’ils ne tenaient point pour Mère de Jésus-Christ, puisqu’il n’avait
pas de chair humaine; et surtout leur éloignement pour l’Eucharistie [Histoire des Variations, livre XI, § 14].
Ils disaient encore que les catholiques honoraient les saints comme des
divinités, et que c’était pour cette raison qu’on empêchait les laïques de lire
la sainte Écriture, de peur qu’ils ne découvrissent plusieurs semblables
erreurs [Ibidem]. »
C’était bien déjà, comme l’on voit, l’hérésie
antiliturgiste toute formée. Il ne lui manquait que des populations disposées à
l’accueillir. Pour arriver en Europe, la secte passa par la Bulgarie où elle
jeta de profondes racines; ce qui fut cause qu’on donna, dans l’Occident, le
nom de bulgares à ses adeptes. En 1017,sous le roi Robert, on en découvrit
plusieurs à Orléans, et peu après, d’autres dans le Languedoc, puis en Italie,
où ils se faisaient nommer cathares, c’est-à-dire purs; enfin jusqu’au fond de
l’Allemagne. Leur parole infâme avait miné en dessous comme le chancre (1), et
leur doctrine était toujours la même, fondée sur la croyance aux deux
principes, et sur la haine de tout l’extérieur du culte, renforcée de toutes
les abominations gnostiques. Du reste, fort dissimulés, confondus dans l’Église
avec les orthodoxes, prêts à toute sorte de parjures, plutôt que de se laisser
deviner, quand une fois ils .avaient résolu de ne pas parler. Ils étaient déjà
très-puissants, au XII° siècle, dans le midi de la France, et l’on ne peut
douter que Pierre de Bruis et Henri, dont les doctrines eurent pour adversaires
saint Bernard et Pierre le Vénérable, ne fussent leurs deux chefs principaux.
On les voit en n 60 passer en Angleterre, où ils furent appelés poplicains ou
publicains. En France, on les désigne sous les noms d’albigeois, à cause de
leur puissance dans une de nos provinces, et les plus profondément initiés aux
dégoûtants mystères de la secte sont appelés patarins. On sait avec quel zèle
les populations catholiques du moyen âge se jetèrent contre ces sectaires : l’Église
crut pouvoir publier contre eux la croisade, et une guerre d’extermination
commença, à laquelle prirent part, directe ou indirecte, tous les grands
personnages de l’Église et de l’État. On étouffa la doctrine des albigeois, au
moins quant à sa prédominance extérieure; elle resta sourdement comme semence
de toutes les erreurs qui devaient éclater au XVI° siècle, et les doctrines de
son monstrueux mysticisme se perpétuèrent jusqu’à nos jours dans l’hérésie quiétiste,
plus dangereuse ennemie peut-être de la vraie doctrine liturgique, que le pur
rationalisme lui-même.
Une nouvelle branche de la secte, moins mystique et par
conséquent plus appropriée aux mœurs de l’Occident, poussait à Lyon, sur le
même tronc du manichéisme importé d’Orient, au moment même où le premier rameau
était menacé d’une destruction violente. En 1160, à Lyon, Pierre Valdo,
marchand, formait la secte de ces fanatiques turbulents, connus sous le nom de
pauvres de Lyon, mais surtout sous celui de vaudois, du nom de leur fondateur.
Ce fut alors qu’on put présager l’alliance de l’esprit de la secte avec celui
dont Bérenger avait été chez nous le premier organe. Dégagés bientôt des
opinions manichéennes, impopulaires chez nous, ils prêchent surtout la réforme
de l’Église, et, pour l’effectuer, ils sapent audacieusement tout l’ensemble de
son culte. D’abord, pour eux, il n’y a plus de sacerdoce, tout laïque est
prêtre ; le prêtre, en péché mortel, ne consacre plus; par conséquent, plus d’Eucharistie
certaine ; les clercs ne peuvent posséder les biens de la terre; on doit avoir
en horreur les églises, le saint Chrême, le culte de la sainte Vierge et des
saints, la prière pour les morts. Il faut en référer sur toutes choses à l’Écriture
sainte, etc. Les vaudois trouvent la morale de l’Église scandaleuse pour son
relâchement, et affichent même une rigueur de conduite qui contraste avec les
débordements des albigeois.
Mais la France n’était pas le seul théâtre de cette
réaction violente contre la forme dans le catholicisme. A la fin du XIV°
siècle, Wiclef se levait en Angleterre et faisait entendre presque tous les
blasphèmes des v audois. Cependant, comme tout système d’erreur en religion a
besoin, pour avoir quelque consistance, de, s’appuyer de près ou de loin sur le
panthéisme, le mysticisme gnostique ne pouvant convenir aux masses, chez nous,
comme nous l’avons remarqué, Wiclef imagina d’étayer ses doctrines dissolvantes
sur un système de fatalisme dont la source était une volonté immuable de Dieu
dans laquelle se trouvaient absorbées toutes les volontés des créatures.
Vers le même temps, Jean Huss dogmatisait en Allemagne et
préparait cette immense révolte qui allait séparer, pour des siècles, des
nations entières de la communion romaine. Lui aussi appuyait fortement sur des
conséquences exagérées du dogme de la prédestination, et passant à la pratique,
humiliait le sacerdoce devant le laïcisme, prêchait la lecture de l’Écriture
sainte aux dépens de la Tradition, et rompait en visière à l’autorité souveraine
en matière liturgique, par les réclamations qu’il faisait entendre pour l’usage
du calice dans la communion laïque.
Vint enfin Luther, qui ne dit rien que ses devanciers n’eussent
dit avant lui, mais prétendit affranchir, en même temps, l’homme de la
servitude de la pensée à l’égard du pouvoir enseignant, de la servitude du
corps à l’égard du pouvoir liturgique. Calvin et Zwingle le suivirent, traînant
après eux Socin, dont le naturalisme pur était la conséquence immédiate des
doctrines préparées depuis tant de siècles. Mais à Socin toute erreur
liturgique s’arrête; la Liturgie, toujours de plus en plus réduite, n’arrive
pas jusqu’à lui. Maintenant, pour donner une idée des ravages de la secte
antiliturgiste, il nous a semblé nécessaire de résumer la marche des prétendus
réformateurs du christianisme depuis trois siècles, et de présenter l’ensemble
de leurs actes et de leur doctrine sur l’épuration du culte divin. Il n’est pas
de spectacle plus instructif et plus propre à faire comprendre les causes de la
propagation rapide du protestantisme. On y verra l’œuvre d’une sagesse
diabolique agissant à coup sûr, et devant infailliblement amener de vastes
résultats.
1° Le premier caractère de l’hérésie antiliturgique est
la haine de la Tradition dans les formules du culte divin. On ne saurait
contester ce caractère spécial dans tous les hérétiques que nous avons nommés,
depuis Vigilance jusqu’à Calvin, et la raison en est facile à expliquer. Tout
sectaire voulant introduire une doctrine nouvelle, se trouve infailliblement en
présence de la Liturgie, qui est la tradition à sa plus haute puissance, et il
ne saurait avoir de repos qu’il n’ait fait taire cette voix, qu’il n’ait
déchiré ces pages qui recèlent la foi des siècles passés. En effet, comment le
luthéranisme, le calvinisme, l’anglicanisme se sont-ils établis et maintenus
dans les masses ? Il n’a fallu pour cela que la substitution de livres nouveaux
et de formules nouvelles, aux livres et aux formules anciennes, et tout a été
consommé. Rien ne gênait plus les nouveaux docteurs; ils pouvaient prêcher tout
à leur aise : la foi des peuples était désormais sans défense. Luther comprit
cette doctrine avec une sagacité digne de nos jansénistes, lorsque, dans la
première période de ses innovations, à l’époque où il se voyait obligé de
garder encore une partie des formes extérieures du culte latin, il établit le
règlement suivant pour la messe réformée :
« Nous approuvons et nous conservons les introït des
dimanches et des fêtes de Jésus-Christ, savoir de Pâques, de la Pentecôte et de
Noël. Nous préférerions volontiers les psaumes entiers d’où ces introït sont
tirés, comme on faisait autrefois ; mais nous voulons bien nous conformer à l’usage
présent. Nous ne blâmons pas même ceux qui voudront retenir les introït des
Apôtres, de la Vierge et des autres Saints, LORSQUE CES TROIS INTROÏTS SONT
TIRÉS DES PSAUMES ET D’AUTRES ENDROITS
DE l’ÉCRITURE [Lebrun, Explication
de la Messe, tom. IV, pag. 13.]. » Il avait trop en horreur les cantiques
sacrés composés par l’Église elle-même pour l’expression publique de sa foi. Il
sentait trop en eux la vigueur de la Tradition qu’il voulait bannir. En
reconnaissante l’Église le droit de mêler sa voix dans les assemblées saintes
aux oracles des Ecritures, il s’exposait par là même à entendre des millions de
bouches anathématiser ses nouveaux dogmes. Donc, haine à tout ce qui, dans la
Liturgie, n’est pas exclusivement extrait des Ecritures saintes.
2° C’est en effet le second principe de la secte
antiliturgiste, de remplacer les formules de style ecclésiastique par des
lectures de l’Écriture sainte. Elle y trouve deux avantages : d’abord, celui de
faire taire la voix de la Tradition qu’elle craint toujours; ensuite, un moyen
de propager et d’appuyer ses dogmes, par voie de négation ou d’affirmation. Par
voie de négation, en passant sous silence, au moyen d’un choix adroit, les
textes qui expriment la doctrine opposée aux erreurs qu’on veut faire
prévaloir; par voie d’affirmation, en mettant en lumière des passages tronqués
qui, ne montrant qu’un des côtés de la vérité, cachent l’autre aux yeux du
vulgaire. On sait depuis bien des siècles que la préférence donnée, par tous
les hérétiques, aux Écritures saintes sur les définitions ecclésiastiques, n’a
pas d’autre raison que la facilité qu’ils ont de faire dire à la parole de Dieu
tout ce qu’ils veulent, en la laissant paraître ou l’arrêtant à propos. Nous
verrons ailleurs ce qu’ont fait en ce genre les jansénistes, obligés, d’après
leur système, à garder le lien extérieur avec l’Église ; quant aux protestants,
ils ont presque réduit la Liturgie tout entière à la lecture de l’Écriture,
accompagnée de discours dans lesquels on l’interprète par la raison. Quant au
choix et à la détermination des livres canoniques, ils ont fini par tomber au
caprice du réformateur, qui, en dernier ressort, décide non plus seulement du
sens de la parole de Dieu, mais du fait de cette parole. Ainsi Martin Luther
trouve que, dans son système de panthéisme, l’inutilité des œuvres et la
suffisance de la foi sont dogmes à établir, et dès lors il déclarera que l’Épître
de saint Jacques est une épître de paille, et non une épître canonique, par
cela seul qu’on y enseigne la nécessité des œuvres pour le salut. Dans tous les
temps, et sous toutes les formes, il en sera de même; point de formules
ecclésiastiques; l’Écriture seule, mais interprétée, mais choisie, mais
présentée par celui ou ceux qui trouvent leur profit à l’innovation. Le piège
est dangereux pour les simples, et ce n’est que longtemps après que l’on s’aperçoit
qu’on a été trompé, et que la parole de Dieu, ce glaive à deux tranchants,
comme parle l’Apôtre, a fait de grandes blessures, parce qu’elle était maniée
par les fils de perdition.
3° Le troisième principe des hérétiques sur la réforme ;
de la Liturgie est, après avoir expulsé les formules ecclésiastiques et
proclamé la nécessité absolue de n’employer que les paroles de l’Écriture dans
le service divin, voyant ensuite que l’Écriture ne se plie pas toujours, comme
ils le voudraient, à toutes leurs volontés; leur troisième principe,
disons-nous, est de fabriquer et d’introduire des formules diverses, pleines de
perfidie, par lesquelles les peuples sont plus solidement encore enchaînés à l’erreur,
et tout l’édifice de la réforme impie sera consolidé pour des siècles.
4° On ne doit pas s’étonner de la contradiction que l’hérésie
présente ainsi dans ses œuvres, quand on saura que le quatrième principe, ou,
si l’on veut, la quatrième nécessité imposée aux sectaires par la nature même
de leur état de révolte, est une habituelle contradiction avec leurs propres
principes. Il en doit être ainsi pour leur confusion dans ce grand jour, qui
vient tôt ou tard, où Dieu révèle leur nudité à la vue des peuples qu’ils ont
séduits, et aussi parce qu’il ne tient pas à l’homme d’être conséquent; la
vérité seule peut l’être. Ainsi, tous les sectaires, sans exception, commencent par revendiquer les droits de l’antiquité; ils
veulent dégager le christianisme de tout ce que l’erreur et les passions des
hommes y ont mêlé de faux et d’indigne de Dieu ; ils ne veulent rien que de
primitif, et prétendent reprendre au berceau l’institution chrétienne. A cet
effet, ils élaguent, ils effacent, ils retranchent; tout tombe sous leurs
coups, et lorsqu’on s’attend à voir reparaître dans sa première pureté le culte
divin, il se trouve qu’on est encombré de formules nouvelles qui ne datent que
delà veille, qui sont incontestablement humaines, puisque celui qui les a
rédigées vit encore. Toute secte subit cette nécessité ; nous l’avons vu chez
les monophysites, chez les nestoriens ; nous retrouvons la même chose dans
toutes les branches de protestants. Leur affectation à prêcher l’antiquité n’a
abouti qu’à les mettre en mesure de battre en brèche tout le passé, et puis ils
se sont posés en face des peuples séduits, et leur ont juré que tout était
bien, que les superfétations papistes avaient disparu, que le culte divin était
remonté à sa sainteté primitive. Remarquons encore une chose caractéristique
dans le changement de la Liturgie parles hérétiques. C’est que, dans leur rage
d’innovation, ils ne se contentent pas d’élaguer les formules de style
ecclésiastique qu’ils flétrissent du nom de parole humaine, mais ils étendent
leur réprobation aux lectures et aux prières mêmes que l’Église a empruntées à
l’Écriture; ils changent, ils substituent, ne voulant pas prier avec l’Église,
s’excommuniant ainsi eux-mêmes, et aussi craignant jusqu’à la moindre parcelle
de l’orthodoxie qui a présidé au choix de ces passages.
5° La réforme de la Liturgie étant entreprise par les
sectaires dans le même but que la réforme du dogme dont elle est la
conséquence, il s’ensuit que, de même que les protestants se sont séparés de l’unité
afin de croire moins, ils se sont trouvés amenés à retrancher dans le culte
toutes les cérémonies, toutes les formules qui expriment des mystères. Ils ont
taxé, de superstition, d’idolâtrie, tout ce qui ne leur semblait pas purement
rationnel, restreignant ainsi les expressions de la foi, obstruant par le doute
et même la négation toutes les voies qui ouvrent sur le monde surnaturel.
Ainsi, plus de sacrements, hors le baptême, en attendant le socinianisme qui en
affranchira ses adeptes ; plus de sacramentaux, de bénédictions, d’images, de
reliques des saints, de processions, de pèlerinages, etc. Il n’y a plus d’autel,
mais simplement une table; plus de sacrifice, comme dans toute religion, mais
seulement une cène; plus d’église, mais seulement un temple, comme chez les
Grecs et les Romains; plus d’architecture religieuse, puisqu’il n’y a plus de
mystères; plus de peinture et de sculpture chrétiennes, puisqu’il n’y a plus de
religion sensible ; enfin, plus de poésie dans un culte, qui n’est fécondé ni
par l’amour, ni par la foi.
6° La suppression des choses mystérieuses dans la
Liturgie protestante devait produire infailliblement l’extinction totale de cet
esprit de prière qu’on appelle onction dans le catholicisme. Un cœur révolté n’a
point d’amour, et un cœur sans amour pourra tout au plus produire des
expressions passables de respect ou de crainte, avec la froideur superbe du
pharisien; telle est la Liturgie protestante. On sent que. celui qui la récite
s’applaudit de n’être pas du nombre de ces chrétiens papistes qui rabaissent
Dieu jusqu’à eux par la familiarité de leur langage vulgaire.
7° Traitant noblement avec Dieu, la Liturgie protestante
n’a point besoin d’intermédiaires créés. Elle croirait manquer au respect dû à
l’Etre souverain, en invoquant l’intercession de la sainte Vierge, la
protection des saints. Elle exclut toute cette idolâtrie papiste qui demande à
la créature ce qu’on ne doit demander qu’à Dieu seul; elle débarrasse le
calendrier de tous ces noms d’hommes que l’Église romaine inscrit si
témérairement à côté du nom de Dieu ; elle a surtout en horreur ceux des moines
et autres personnages des derniers temps qu’on y voit figurer à côté des noms
révérés des apôtres que Jésus-Christ a choisis, et par lesquels fut fondée
cette Église primitive, qui seule fut pure dans la foi et franche de toute
superstition dans le culte et de tout relâchement dans la morale.
8° Là réforme liturgique ayant pour une de ses fins
principales l’abolition des actes et des formules mystiques, il s’ensuit
nécessairement que ses auteurs devaient revendiquer l’usage de la langue
vulgaire dans le service divin. Aussi est-ce là un des points les plus
importants aux yeux des sectaires. Le culte n’est pas une chose secrète,
disent-ils ; il faut que le peuple entende ce qu’il chante. La haine de la
langue latine est innée au cœur de tous les ennemis de Rome ; ils voient en
elle le lien des catholiques dans l’Univers, l’arsenal de l’orthodoxie contre
toutes les subtilités de l’esprit de secte, l’arme la plus puissante de la
papauté. L’esprit de révolte qui les pousse à confier à l’idiome de chaque
peuple, de chaque province, de chaque siècle, la prière universelle, a, du
reste, produit ses fruits, et les réformés sont à même tous les jours de s’apercevoir
que les peuples catholiques, en dépit de leurs prières latines, goûtent mieux
et accomplissent avec plus de zèle les devoirs du culte que les peuples
protestants. A chaque heure du jour, le service divin a lieu dans les églises
catholiques; le fidèle qui y assiste laisse sa langue maternelle sur le seuil;
hors les heures de la prédication, il n’entend que des accents mystérieux qui
même cessent de retentir dans le moment le plus solennel, au canon de la messe;
et cependant ce mystère le charme tellement, qu’il n’envie pas le sort du
protestant, quoique l’oreille de celui-ci n’entende jamais que des sons dont
elle perçoit la signification. Tandis que le temple réformé réunit, à grand’peine,
une fois la semaine, les chrétiens puristes, l’Église papiste voit sans cesse
ses nombreux autels assiégés par ses religieux enfants ; chaque jour, ils s’arrachent
à leurs travaux pour venir entendre ces paroles mystérieuses qui doivent être
de Dieu, car elles nourrissent la foi et charment les douleurs. Avouons-le,c’est
un coup de maître du protestantisme d’avoir déclaré la guerre à la langue
sainte; s’il pouvait réussir à la détruire, son triomphe serait bien avancé.
Offerte aux regards profanes, comme une vierge déshonorée, la Liturgie, dès ce
moment, a perdu son caractère sacré, et le peuple trouvera bientôt que ce n’est
pas trop la peine qu’il se dérange de ses travaux ou de ses plaisirs pour aller
entendre parler comme on parle sur la place publique. Otez à l’Église française
ses déclamations radicales et ses diatribes contre la prétendue vénalité du
clergé, et allez voir si le peuple ira longtemps écouter le soi-disant primat
des Gaules crier : Le Seigneur soit avec vous; et d’autres lui répondre : Et
avec votre esprit. Nous traiterons ailleurs, d’une manière spéciale, de la
langue liturgique.
9° En ôtant de la Liturgie le mystère qui abaisse la
raison, le protestantisme n’avait garde d’oublier la conséquence pratique,
savoir l’affranchissement de la fatigue et de la gêne qu’imposent au corps les
pratiques de la Liturgie papiste. D’abord,plus de jeûne, plus d’abstinence;
plus de génuflexion dans la prière; pour le ministre du temple, plus d’offices
journaliers à accomplir, plus même de prières canoniales à réciter, au nom de l’Église.
Telle est une des formes principales de la grande émancipation protestante :
diminuer la somme des prières publiques et particulières. L’événement a montré
bientôt que la foi et la chanté, qui s’alimentent par la prière, s’étaient
éteintes dans la réforme, tandis qu’elles ne cessent, chez les Catholiques, d’alimenter
tous les actes de dévouement à Dieu et aux hommes, fécondées qu’elles sont par les ineffables ressources de la prière
liturgique accomplie par le clergé séculier et régulier, auquel s’unit la
communauté des fidèles.
10° Comme il fallait au protestantisme une règle pour
discerner parmi les institutions papistes celles qui pouvaient être les plus
hostiles à son principe, il lui a fallu fouiller dans les fondements de l’édifice
catholique, et trouver la pierre fondamentale qui porte tout. Son instinct lui
a fait découvrir tout d’abord ce dogme inconciliable avec toute innovation : la
puissance papale. Lorsque Luther écrivit sur sa bannière : Haine à Rome et à
ses lois, il ne faisait que promulguer une fois de plus le grand principe de
toutes les branches de la secte anti-liturgiste. Dès lors, il a fallu abroger
en masse le culte et les cérémonies, comme l’idolâtrie de Rome; la langue
latine, l’office divin, le calendrier, le bréviaire, toutes abominations de la
grande prostituée de Babylone. Le Pontife romain pèse sur la raison par ses
dogmes, sur les sens par ses pratiques rituelles ; il faut donc proclamer que
ses dogmes ne sont que blasphème et erreur, et ses observances liturgiques qu’un
moyen d’asseoir plus fortement une domination usurpée et tyrannique. C’est
pourquoi, dans ses litanies émancipées, l’Église luthérienne continue déchanter
naïvement : De l’homicide fureur, calomnie, rage et férocité du Turc et du
Pape, délivrez-nous, Seigneur [Lutherisches
Gesangbuch. Leipzig. Pag. 667]. C’est ici le lieu de rappeler les
admirables considérations de Joseph de Maistre, dans son livre du Pape, où il
montre, avec tant de sagacité et de profondeur, qu’en dépit des dissonances qui
devraient isoler les unes des autres les diverses sectes séparées, il est une
qualité dans laquelle elles se réunissent toutes, celle de non romaines.
Imaginez une innovation quelconque, soit en matière de dogme, soit en matière
de discipline, et voyez s’il est possible de l’entreprendre sans encourir, bon
gré, mal gré, la note de non romain, ou si vous voulez de moins romain, si on
manque d’audace. Reste à savoir quel genre de repos pourrait trouver un
catholique dans la première, ou même dans la seconde de ces deux situations.
11° L’hérésie antiliturgiste, pour établir à jamais son
règne, avait besoin de détruire en fait et en principe tout sacerdoce dans le
christianisme; car elle sentait que là où il y a un pontife, il y a un autel,
et que là où il y a un autel, il y a un sacrifice, et partant un cérémonial
mystérieux. Après donc avoir aboli la qualité du Pontife suprême, il fallait
anéantir le caractère de l’évêque, duquel émane la mystique imposition des
mains qui perpétue la hiérarchie sacrée. De là un vaste presbytérianisme, qui n’est
que la conséquence immédiate de la suppression du Pontificat souverain. Dès
lors, il n’y a plus de prêtre proprement dit; comment la simple élection, sans
consécration, ferait-elle un homme sacré ? La réforme de Luther et de Calvin ne
connaîtra donc plus que des ministres de Dieu, ou des hommes, comme on voudra.
Mais il est impossible d’en rester là. Choisi, installé par des laïques, portant
dans le temple la robe d’une certaine magistrature bâtarde, le ministre n’est
qu’un laïque revêtu de fonctions accidentelles; il n’y a donc plus que des
laïques dans le protestantisme ; et cela devait être, puisqu’il n’y a plus de
Liturgie; comme il n’y a plus de Liturgie, puisqu’il n’y a plus que des
laïques.
12° Enfin, et c’est là le dernier degré de l’abrutissement,
le sacerdoce n’existant plus, puisque la hiérarchie est morte, le prince, seule
autorité possible entre laïques, se proclamera chef de la Religion, et l’on
verra les plus fiers réformateurs, après avoir secoué le joug spirituel de
Rome, reconnaître le souverain temporel pour pontife suprême, et placer le
pouvoir sur la Liturgie parmi les attributions du droit majestatique. Il n’y
aura donc plus de dogme, de morale, de sacrements, de culte, de christianisme,
qu’autant qu’il plaira au prince, puisque le pouvoir absolu lui est dévolu sur
la Liturgie par laquelle toutes ces choses ont leur expression et leur
application dans la communauté des fidèles. Tel est pourtant l’axiomeïondamental
delà Réforme et dans la pratique et dans les écrits des docteurs protestants.
Ce dernier trait achèvera le tableau, et mettra le lecteur à même de juger de
la nature de ce prétendu affranchissement, opéré avec tant de violence à l’égard
de la papauté, pour faire place ensuite, mais nécessairement, à une domination
destructive de la nature même du christianisme. Il est vrai que, dans les
commencements, la secte antiliturgiste n’avait pas coutume de flatter ainsi les
puissants : albigeois, vaudois, wiclefites, hussites, tous enseignaient qu’il
fallait résister et même courir sus à tous princes et magistrats qui se
trouvaient en état de péché, prétendant qu’un prince était déchu de son droit,
du moment qu’il n’était pas en grâce avec Dieu. La raison de ceci est que ces
sectaires craignant le glaive des princes catholiques, évêques du dehors,
avaient tout à gagner en minant leur autorité. Mais du moment que les
souverains, associés à la révolte contre l’Église, voulaient faire de la
religion une chose nationale,un moyen de gouvernement, la Liturgie réduite,
aussi bien que le dogme, aux limites d’un pays, ressortissait naturellement à
la plus haute autorité de ce pays, et les réformateurs ne pouvaient s’empêcher
d’éprouver une vive reconnaissance envers ceux qui prêtaient ainsi le secours d’un
bras puissant à l’établissement et au maintien de leurs théories. Il est bien
vrai qu’il y a toute une apostasie dans cette préférence donnée au temporel sur
le spirituel, en matière de religion; mais il s’agit ici du besoin même de la
conservation. Il ne faut pas seulement être conséquent, il faut vivre. C’est
pour cela que Luther, qui s’est séparé avec éclat du pontife de Rome, comme
fauteur de toutes les abominations de Babylone, ne rougit pas lui-même de
déclarer théologiquement la légitimité d’un double mariage pour le landgrave de
Hesse, et c’est pour cela aussi que l’abbé Grégoire trouve dans ses principes
le moyen de s’associer tout à la fois au vote de mort contre Louis XVI à la
Convention, et de se faire le champion de Louis XIV et de Joseph II contre les
Pontifes romains.
Telles sont les principales maximes de la secte
antiliturgiste. Nous n’avons, certes, rien exagéré; nous n’avons fait que
relever la doctrine cent fois professée dans les écrits de Luther, de Calvin,
des Centuriateurs de Magdebourg, de Hospinien, de Kemnitz, etc. Ces livres sont
faciles à consulter, ou plutôt l’œuvre qui en est sortie est sous les yeux de
tout le monde. Nous avons cru qu’il était utile d’en mettre en lumière les
principaux traits. Il y a toujours du profit à connaître l’erreur; l’enseignement
direct est quelquefois moins avantageux et moins facile. C’est maintenant au
logicien catholique de tirer la contradictoire.