martes, 30 de septiembre de 2025

Alejandra Pizarnik: Poemas en francés II

Si pour une fois de nouveau le regard bleu…


Si pour une fois de nouveau le regard bleu dans le sac rempli de poussière — je parle de moi, j’ai le droit — cette attente, cette patience – si pour une fois de nouveau – qui me comprend? – je parle des jouets brisés, je parle d’un sac noir, je parle d’une attente, je parle de moi, je peux le faire, je dois le faire. Si tout ce que j’appelle ne vient pas une seule fois encore quelqu’un devra rire, quelqu’un devra fêter une blague atroce — je parle de la lumière sale qui courre à travers la poussière, les yeux bleus qui patientent. Qui me comprend? Une seule fois encore la petite main entre les jouets brisés, le regard de celle qui attend, écoute, comprend. Les yeux bleus comme une réponse à cette mort qui est à côté de moi, qui me parle et c’est moi. Si pour une fois de nouveau mes yeux terrestres, ma tête enfoncée dans un sac noir, mes yeux bleus qui savent lire ce qui exprime la poussière, sa lamentable écriture. Si pour une fois encore.

ALEJANDRA PIZARNIK

The Galloping Hour: French Poems

New York, New Directions Publishing, 2018


 

           Si por una vez de nuevo la mirada azul…

 

Si por una vez de nuevo la mirada azul en la bolsa llena de polvo — hablo de mí, tengo derecho — esa espera, esa paciencia — si por una vez de nuevo — ¿quién me entiende? — hablo de juguetes rotos, hablo de una bolsa negra, hablo de una espera, hablo de mí, puedo hacerlo, debo hacerlo. Si todo lo que llamo no viene ni una sola vez más, alguien tendrá que reír, alguien tendrá que festejar una broma atroz — hablo de la luz sucia que corre a través del polvo, los ojos azules que aguardan. ¿Quién me entiende? Una sola vez más, la pequeña mano entre los juguetes rotos, la mirada de la que espera, escucha, entiende. Los ojos azules como una respuesta a esta muerte que está a mi lado, que me habla y soy yo. Si por una vez de nuevo mis ojos terrenales, mi cabeza enfundada con una bolsa negra, mis ojos azules que saben leer lo que expresa el polvo, su lamentable escritura. Si por una vez nuevamente.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


domingo, 28 de septiembre de 2025

Dom Prosper Guéranger: La herejía anti litúrgica

La herejía anti litúrgica - Instituciones litúrgicas

Libro I —Capítulo XIV

Sobre la herejía anti litúrgica y la reforma protestante del siglo XVI, consideradas desde el punto de vista de sus relaciones con la Liturgia.

La Liturgia es una cosa demasiado importante en la Iglesia como para no haber sido el blanco de los ataques de la herejía. Pero de la misma manera en que la autoridad de la Iglesia no fue en absoluto combatida, como noción, directamente por las sectas de Oriente que desgarraron de tan diversos modos el Credo, el racionalismo, en esa patria de los Misterios, no persiguió las formas del culto de manera sistemática. Las sectas orientales, divididas por desacuerdos violentos, aunaron al cristianismo, algunas un panteísmo encubierto, otras el principio mismo del dualismo; pero, por sobre todas las cosas, sintieron la necesidad de creer y de ser cristianas, y su Liturgia expresa perfectamente su situación. Ciertas fórmulas se encuentran deshonradas por blasfemias sobre la Encarnación del Verbo, pero ese desorden no impide que las nociones tradicionales de la Liturgia se conserven en esas fórmulas y en los ritos que las acompañan: más aún, la fe por muy desfigurada que esté, ha sido fecunda, casi hasta nuestros días, en esos hombres que creen mal pero que, sin embargo, quieren creer; y los jacobitas, los nestorianos, contando solamente a partir del año 1000, produjeron más fórmulas litúrgicas, más anáforas, por ejemplo, que los griegos melquitas cuyos libros casi no se acrecentaron desde la separación de la Iglesia Romana, fuera de alguna que otra colección de himnos compuesta por todo tipo de personas y que fueron agregados a los libros de oficios. De todas maneras, este último tipo de plegarias —como son las anáforas, las bendiciones, etc., compuestas por los jacobitas y los nestorianos modernos, cuyos textos, o la nota sobre ellos, podemos hallar en el libro de Renaudot sobre las Liturgias de Oriente, o en la biblioteca oriental de Assemani —no pertenece a la esencia de la Liturgia. El lector se equivocaría, sin embargo, si pensara que nos proponemos señalar esta extrema abundancia como una marca de progreso; la antigüedad, la inmutabilidad de las fórmulas del culto, es la primera de sus virtudes; pero esa fecundidad es, al menos, un signo de vitalidad, y no es posible dejar de reconocer que el estilo eclesiástico de esas anáforas, incluso de las más recientes, está en perfecto acuerdo con el ya consagrado por los siglos. En lo que concierne a las tradiciones sobre los ritos y las ceremonias, las sectas de Oriente las han conservado a todas con una fidelidad poco común, y si a veces se encuentran mezcladas con rasgos supersticiosos, eso mismo es un testimonio, al menos, de un fondo primitivo de fe, así como en nuestro ámbito la disminución progresiva de las prácticas exteriores indica la existencia de un racionalismo secreto cuyos resultados están a la vista.

La Iglesia Griega ha conservado, en general, con gran cuidado sino el espíritu al menos las formas de la Liturgia. Ya hemos dicho, en otra parte, como fue predestinada por Dios, al menos por un tiempo, para dar, con la inmovilidad de sus antiguos usos, un irrecusable testimonio de la pureza de las tradiciones latinas. Es por ello que Cirilo Lucaris fracasó de manera vergonzosa en su proyecto de iniciar a la Iglesia Oriental en las doctrinas del racionalismo de Occidente. De todas formas, el espíritu discutidor y puntilloso de Marco de Éfeso persiste en el seno de la Iglesia Griega y, cuando esa Iglesia sea llamada a fundirse en nuestras sociedades europeas, producirá los frutos que le son naturales. Antes de volver a la unidad, la Iglesia Griega tiene que pasar fatalmente por el protestantismo, y tenemos muchas razones para creer que semejante revolución ya se ha llevado a cabo en el corazón de sus pontífices. En el mismo orden de cosas, la Liturgia, forma oficial de una creencia oficial, permanecerá estable o variará de acuerdo con la voluntad del soberano. Así, no hay ninguna posibilidad de herejía litúrgica allí donde el Credo ya está minado, allí donde sólo se encuentra un cadáver de cristianismo que solamente se mueve un poco por resortes o algún tipo de galvanismo, hasta que llegue el momento en que, al desmoronarse, por su propia podredumbre, se volverá tan incapaz de recibir los impulsos externos como lo es, desde hace tiempo, de sentir el ímpetu de la vida.

Es, pues, únicamente en el seno de la verdadera Iglesia donde tiene que fermentar la herejía anti litúrgica, es decir esa herejía que se constituye en enemiga de las formas del culto. Es, únicamente, allí donde hay algo para destruir que el espíritu de la destrucción tratará de instilar ese veneno deletéreo. Oriente sólo padeció una vez, aunque con violencia, semejantes convulsiones, y eso fue en el tiempo de la unidad con Roma. En el siglo VIII surgió una secta furiosa que, con el pretexto de liberar el espíritu del yugo de la forma, destrozó, desgarró, quemó los símbolos de la fe y del amor del cristiano; corrió la sangre en defensa de la imagen del Hijo de Dios, como cuatro siglos antes había corrido por el triunfo del verdadero Dios sobre los ídolos. Pero a la cristiandad occidental le estaba reservado ver surgir en su seno la guerra más larga, más empecinada, una guerra que dura todavía, contra el conjunto de los actos litúrgicos. Dos cosas contribuyeron a mantener a las Iglesias de Occidente en ese continuo infortunio: en primer lugar, como acabamos de decirlo, la vitalidad inherente al cristianismo romano, el único que merece el nombre de cristianismo y, por ende, aquel contra el cual tienen que volverse todas las potencias del error; en segundo lugar, el carácter racionalmente material de los pueblos de Occidente que, desprovistos de la flexibilidad mental griega y del misticismo oriental, lo único que saben hacer, en lo que concierne a las creencias, es negar, es arrojar lejos de sí lo que los molesta o los humilla; incapaces, por ambas razones, de seguir, como los pueblos semíticos, la misma herejía durante largos siglos. Esta es la razón por la cual, en nuestro ámbito, exceptuando ciertos hechos aislados, la herejía siempre ha actuado negando y destruyendo. Tal es, como veremos, la tendencia de todos los esfuerzos de la inmensa secta antilitúrgica.

Vigilancio, ese galo inmortalizado por los elocuentes sarcasmos de San Jerónimo, es el punto de partida que se le conoce. Declamaba en contra de la pompa de las ceremonias, insultaba groseramente su simbolismo, blasfemaba contra las reliquias de los santos, atacaba a un mismo tiempo el celibato de los ministros sagrados y la continencia de las vírgenes; y todo ello so pretexto de conservar la pureza del cristianismo. Como se puede ver, no es poco para un galo del siglo IV. El Oriente que sólo produjo una herejía de este tipo, la iconoclasta, no atacó, aunque fuera por falta de lógica, los ritos y los usos de la Liturgia que carecían de relación inmediata con las santas imágenes.

Después de Vigilancio, Occidente descansó durante varios siglos; pero cuando los pueblos bárbaros, que la Iglesia había iniciado en la civilización, se familiarizaron un poco con los trabajos intelectuales, surgieron hombres, primeramente, y luego sectas que negaron groseramente lo que no comprendían y sostuvieron que no existía ninguna realidad allí donde los sentidos nada percibían de inmediato. La herejía de los sacramentarios, que nunca podrá existir en Oriente, empezó en el siglo XI en Occidente, en Francia, con las blasfemias del archidiácono Berengario. La indignación contra una doctrina tan monstruosa fue general en la Iglesia; pero debiera previsto que el racionalismo, una vez desencadenado en contra del más augusto de los actos del culto cristiano, no pararía allí. El misterio de la presencia real del Verbo Divino en los símbolos eucarísticos, iba a transformarse en el blanco de todos los ataques; había que alejar a Dios del hombre y, para atacar con más eficacia ese dogma fundamental, era necesario cerrar todos los caminos de la Liturgia que, si se nos permite esta imagen, conducen al misterio eucarístico.

Berengario no había dado más que una señal: sus ataques iban a ser reforzados en su mismo siglo y en los siguientes, y de ello resultaría para el catolicismo el más largo y más horroroso ataque que haya padecido jamás. Todo comenzó, pues, luego del año 1000. Había llegado, quizás, dice Bossuet, el tiempo de ese terrible desencadenamiento de Satanás que el Apocalipsis fija para después de mil años; lo que puede significar extremados desórdenes: mil años después de que el muy armado, es decir el Demonio victorioso, fuese encadenado por Jesucristo al llegar al mundo (Historia de las variaciones, libro XI, parágrafo 17).

El infierno agitó la hez más infecta de su pantano, y mientras el racionalismo despertaba, ocurrió que Satanás ya había arrojado sobre Occidente, como una ayuda diabólica, la impura simiente que Oriente había presentido en su seno desde el origen, esa secta a la que San Pablo llama el misterio de iniquidad, la herejía maniquea. Es sabido cómo, con el falso nombre de Gnosis, había mancillado los primeros siglos del cristianismo; con qué perfidia, según la época, se había ocultado en el seno de la Iglesia para permitirle a sus secuaces orar, comulgar incluso, junto con los católicos y penetrar hasta en la mismísima Roma en la que fue necesario para desenmascararla la penetrante mirada de un San León o de un San Gelasio. Esa secta abominable, que se entregaba, con el pretexto del espiritualismo, a todas las infamias de la carne, blasfemaba en secreto contra las más santas prácticas del culto exterior, considerándolas groseras y demasiado materiales. Se puede leer lo que San Agustín nos enseña sobre ella en el libro contra Fausto el Maniqueo que consideraba una idolatría el culto de los santos y de sus reliquias.

Los emperadores de Oriente habían perseguido a esa secta infame, sin poder acabar con ella, con los más severos edictos. En el siglo IX volvemos a encontrarla en Armenia bajo la dirección de un jefe llamado Pablo, del que proviene el nombre de paulicianos con que se conoció en Oriente a esos heréticos; y se fortalecieron allí tanto que fueron capaces de sostener varias guerras contra los emperadores de Constantinopla. Pedro de Sicilia que había sido enviado por Basilio el Macedonio para negociar con ellos un intercambio de prisioneros tuvo la posibilidad de conocerlos bien y escribió un libro sobre sus errores.

“En su libro, dice Bossuet, los presenta con las características que les son propias, sus dos principios, el menosprecio que profesaban por el Antiguo Testamento, su asombrosa habilidad para ocultarse cuando lo querían, y las otras rasgos que ya hemos visto. Pero señala en especial dos o tres que no hay que olvidar: se trata de su particular aversión por las imágenes de la Cruz, consecuencia natural de su error, puesto que negaban la pasión y muerte del Hijo de Dios; de su desprecio por la Santísima Virgen a la que no consideraban Madre de Jesucristo ya que para ellos Él no tenía carne humana; y, sobre todo, de su alejamiento de la Eucaristía (Historia de las variaciones, libro XI, parágrafo 14). Decían, además, que los católicos adoraban a los santos como si fueran divinidades y que era por esta razón que se les impedía a los laicos leer la Santa Escritura, por miedo a que llegasen a descubrir otros errores similares.” [Ibidem]

Ya era, como es evidente, la herejía anti litúrgica plenamente formada. Lo único que le faltaba eran pueblos dispuestos a acogerla.

Camino de Europa, la secta pasó por Bulgaria donde echó profundas raíces; ésa fue la causa de que, en Occidente, a sus adeptos se los llamase búlgaros. En 1017, bajo el reinado del Rey Roberto, varios de éstos fueron descubiertos en Orleans y muy poco tiempo después, otros lo fueron en el Languedoc y, más tarde, en Italia donde se hacían llamar cátaros, es decir puros; por último, se los descubrió hasta en los lugares más recónditos de Alemania. Su predicación infame había hecho progresos soterrados como un chancro (2 Timoteo 17) y su doctrina seguía siendo la misma, basada en la creencia de los dos principios, así como en el odio por todo lo que el culto tiene de exterior y  reforzada con todas las abominaciones gnósticas. Por otra parte, siempre se comportaban de manera muy disimulada confundiéndose en la Iglesia con los ortodoxos, y estaban dispuestos, cuando habían decidido guardar silencio, a cualquier perjurio antes que dejarse descubrir. En el siglo XII ya eran muy poderosos en el Mediodía francés, y no es posible dudar de que Pedro de Bruis y Enrique, de cuyas doctrinas fueron adversarios San Bernardo y Pedro el Venerable, no fuesen sus dos jefes principales. En 1160 pasaron a Inglaterra donde se los llamó poplicanos o publicanos. En Francia, se los designó con el nombre de albigenses, por el poderío que llegaron a tener en una de nuestras provincias, y los que llegaban al grado más alto de iniciación en sus repugnantes misterios eran llamados patarinos. Es conocido el celo con el que los pueblos católicos de la Edad Media combatieron a esos sectarios. La Iglesia consideró que podía predicar la cruzada en su contra, y dio comienzo a una guerra de exterminio en la que tomaron parte, directa o indirectamente, todos los grandes personajes de la Iglesia y del Estado. La doctrina de los albigenses fue sofocada, al menos en su predominio exterior, ya que permaneció, solapadamente, como una simiente de todos los errores que estallarían en el siglo XVI, y las doctrinas de su monstruoso misticismo se perpetuaron, hasta nuestros días, en la herejía quietista, un enemigo más poderoso, quizás, de la verdadera doctrina litúrgica que el propio racionalismo.

Una nueva rama de la secta, menos mística y, por ende, más apropiada al temperamento occidental, surgió en Lyon del mismo tronco maniqueo importado de Oriente, en la misma época en que la primera se encontraba amenazada de destrucción violenta. En 1160 en Lyon, un comerciante,  Pedro Valdo, fundó la secta de esos fanáticos turbulentos conocidos por el nombre de pobres de Lyon pero, sobre todo, por el de valdenses, debido al apellido de su fundador. Fue entonces que se pudo augurar la alianza del espíritu de esta secta con el de la secta de la que Berengario había sido el primer exponente en nuestro ámbito. Pronto se liberaron de las opiniones maniqueas, impopulares en nuestro país, y predicaron, principalmente, la reforma de la Iglesia y, para llevarla a cabo, se dedicaron a socavar audazmente el conjunto entero del culto. Primeramente, para ellos no existe el sacerdocio, todo laico es sacerdote; el sacerdote por encontrarse en estado de pecado mortal no puede consagrar, por consiguiente no es posible tener certeza alguna en cuanto a la validez de la Eucaristía; los clérigos no pueden poseer bienes terrenales; se debe sentir horror por las iglesias, el santo crisma, el culto de la Virgen Santísima y de los santos, y las plegarias por los difuntos. En todas las cosas hay que remitirse a la Sagrada Escritura, etc. Para los valdenses la moral de la Iglesia era escandalosa por su relajamiento, y mostraban un rigor en su conducta que contrastaba con los desbordes de los albigenses.

Francia no fue el único lugar donde se llevaba a cabo esta reacción violenta contra la forma en el seno del catolicismo. A fines del siglo XVI, en Inglaterra se había levantado Wyclif que profería casi todas las blasfemias de los valdenses. Sin embargo, debido a que todo sistema erróneo en religión necesita apoyarse en mayor o menor medida en el panteísmo, a fin de lograr cierta consistencia, y puesto que el misticismo gnóstico es ajeno a las masa occidentales, como ya lo señalamos, Wiclif imaginó sustentar sus doctrinas disolventes  con un sistema fatalista cuya fuente era la voluntad inmutable de Dios que absorbía la voluntad de todas las creaturas.

Por la misma época, Jan Huss enseñaba sus dogmas en Alemania y preparaba la inmensa rebelión que llevaría a naciones enteras a separarse, durante siglos, de la comunión romana. Él también hacía gran hincapié en las consecuencias exageradas del dogma de la predestinación y, al pasar de la teoría a la práctica, humillaba el sacerdocio ante los laicos, predicaba la lectura de la Sagrada Escritura en detrimento de la Tradición y se oponía de plano a la autoridad soberana en materia litúrgica por su exigencia de la comunión de los laicos bajo las dos especies.

Finalmente llegó Lutero que nada dijo que sus predecesores no hubiesen ya dicho, pero que pretendió liberar, al mismo tiempo, el pensamiento del hombre del poder del Magisterio y el cuerpo del hombre del poder litúrgico. Calvino y Zwinglio lo siguieron, llevando tras ellos a Socinio cuyo puro naturalismo fue la consecuencia inmediata de las doctrinas preparadas durante tantos siglos. Pero con Socinio ya no hay más errores litúrgicos; la Liturgia, cada vez más disminuida, no llegó hasta él. Es por eso que para que se tenga una idea de la devastación que produjo la secta antilitúrgica, nos pareció necesario hacer un resumen de la sucesión de los pretendidos reformadores del cristianismo de los últimos trescientos años, y mostrar el conjunto de sus actos y doctrina en lo que concierne el progresivo despojamiento del culto divino. No existe un espectáculo más instructivo y más capaz de hacer comprender las causas de la rápida propagación del protestantismo. Se puede ver en ello la obra de una sabiduría diabólica que actúa con seguridad y que tiene que acarrear, infaliblemente, resultados de vastas proporciones.

1)     El primer rasgo de la herejía anti litúrgica es el odio de la Tradición expresada en las fórmulas del culto divino. No se puede negar la presencia ese rasgo especial en todos los heréticos a que nos hemos referido, desde Vigilancio hasta Calvino, y la razón de ello es muy fácil de explicar. Todo sectario que pretende introducir una nueva doctrina, se encuentra ineluctablemente en presencia de la Liturgia, que es la Tradición en su máxima expresión, y no descansará hasta acallar esa voz, hasta desgarrar esas páginas que contienen la fe de los siglos pasados. En efecto, ¿cómo hicieron el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo para establecerse y mantenerse en el pueblo? Lo único que tuvieron que hacer fue suplantar con libros nuevos y fórmulas nuevas los libros y las fórmulas antiguas, y así todo fue consumado. Nada podía ya molestar a los nuevos doctores, podían predicar a sus anchas: la fe de los pueblos ya no tenía defensa. Lutero entendió esto con una sagacidad digna de nuestros jansenistas, cuando, en el primer período de sus innovaciones, en la época en que se veía todavía obligado a conservar una parte de las formas externas del culto latino, estableció el siguiente reglamento para la misa reformada: “Aprobamos y conservamos los introitos de los domingos y de las fiestas de Jesucristo, es decir Pascua, Pentecostés y la Natividad. Preferiríamos, con gusto, los salmos enteros de los que se han sacado esos introitos, como era el uso antaño; pero estamos dispuestos a conformarnos con el uso actual. Ni siquiera criticamos a quienes quieran mantener los introitos de los Apóstoles, de la Virgen y de los demás santos, CUANDO ESOS TRES INTROITOS ESTÉN SACADOS DE LOS SALMOS Y DE OTRAS PARTES DE LA ESCRITURA (Lebrun, Explicación de la Misa. Tomo IV, página 13.) A Lutero le horrorizaban los cánticos que la Iglesia había compuesto para la expresión pública de la fe. Sentía muy bien en ellos el vigor de la Tradición que él quería proscribir. Si le reconocía a la Iglesia el derecho de unir su voz, en las santas asambleas, con los oráculos de las Escrituras, corría el riesgo de oír a millones de voces anatematizando sus nuevos dogmas. Así pues, abominó de todo aquello que en la Liturgia no está estrictamente sacado de las Sagradas Escrituras.

2)     Reemplazar las fórmulas de estilo eclesiástico por lecturas de la Sagrada Escritura, es el segundo principio de la secta anti litúrgica. De ello obtiene dos beneficios: primero, hacer callar la voz de la Tradición a la que no deja de temer; segundo, es un medio de propagar y de apoyar sus dogmas por vía de afirmación o de negación. Por vía de negación: al silenciar, por medio de una hábil selección, los textos que expresan la doctrina opuesta a los errores que se quiere instaurar; por vía de afirmación: al poner en evidencia los pasajes truncados que al mostrar uno solo de los aspectos de la verdad ocultan el otro ante los ojos del vulgo. Es bien sabido, desde hace muchos siglos, que la preferencia que los heréticos acuerdan a la Sagrada Escritura por encima de las definiciones eclesiásticas, no tiene otra causa que la facilidad de hacer que la Palabra de Dios diga lo que ellos quieren, presentándola u ocultándola de acuerdo con lo que les conviene. Ya veremos, más adelante, lo que hicieron en este sentido los jansenistas, obligados, por su sistema, a conservar el vínculo externo con la Iglesia; en cuanto a los protestantes, terminaron reduciendo la Liturgia, casi por entero, a la lectura de la Escritura, acompañada de discursos que la interpretan desde el punto de vista de la razón. En lo que respecta a la elección y al establecimiento de los libros canónicos, terminaron cayendo en el puro capricho del reformador que, en última instancia, decide no solamente el sentido de la Palabra de Dios sino qué texto debe considerarse parte de esa Palabra. Es así que Martín Lutero, para cuyo sistema panteísta la doctrina de que las obras son inútiles y de que la fe basta son dogmas que necesitan ser establecidos, declaró que la Epístola de Santiago es una epístola sin importancia, y no una epístola canónica, por el solo hecho de que allí se enseña la necesidad de las obras para la salvación. En todos los tiempos y en todas las circunstancias, ocurrirá lo mismo: ninguna fórmula eclesiástica, nada más que la Escritura, pero interpretada, elegida, presentada por aquel o aquellos que sacan provecho de las innovaciones. Es una trampa peligrosa para los simples y es solamente después de mucho tiempo que es posible percatarse del engaño y del hecho de que la Palabra de Dios, esa espada de doble filo como dice el Apóstol, produjo muchas heridas por haber sido blandida por los hijos de perdición.

3)     El tercer principio de los heréticos de la reforma de la Liturgia—luego de haber expulsado las fórmulas eclesiásticas y de haber proclamado la necesidad absoluta de emplear únicamente las palabras de la Escritura en el servicio divino, y percibiendo que la Escritura no siempre se presta, como querrían, a sus designios— consiste en fabricar e introducir diversas fórmulas llenas de perfidia con las que los pueblos quedan más sólidamente encadenados al error y con las que todo el edificio de la reforma impía se consolidará por siglos.

4)     No habrá que sorprenderse de la contradicción que la herejía demuestra en sus obras una vez se considere que el cuarto principio impuesto por los sectarios, por la naturaleza misma de su estado de rebelión, es la contradicción constante con sus mismos principios. Así tiene que ser para que sean confundidos ese gran día, que llegará tarde o temprano, en el que Dios pondrá de manifiesto su desnudez ante la vista de los pueblos que ellos sedujeron; y, también, porque no es lo propio del hombre el ser consecuente, solamente la verdad puede serlo. Es así como todos los sectarios, sin excepción, comienzan por reivindicar los derechos de la antigüedad; quieren liberar el cristianismo de todo lo falso e indigno de Dios que el error y las pasiones de los hombres le agregaron; no quieren nada fuera de lo primitivo y pretenden entroncar con los orígenes de la institución cristiana. Es por eso que podan, borran, recortan, todo cae bajo de sus golpes; y cuando se espera ver resurgir el culto divino en su pureza primigenia, resulta que hay una invasión de fórmulas nuevas que datan de la víspera, que son incuestionablemente humanas puesto que el que las redactó todavía está vivo. Toda secta pasa necesariamente por esto; lo vimos en el caso de los monofisitas, en el de los nestorianos; volvemos a encontrarnos con lo mismo en todas las ramas del protestantismo. La pretensión de predicar la antigüedad sólo los condujo a rechazar todo el pasado y a jurarle a los pueblos seducidos que todo está bien, que las exageraciones papistas desaparecieron, que el culto divino alcanzó la santidad primitiva. Observemos, también, algo que es característico en el cambio de la Liturgia por los heréticos: en su furia de innovación, no se contentan con recortar las fórmulas de estilo eclesiástico que condenan como meras palabras humanas, sino que extienden su reprobación a las lecturas y a las plegarias mismas que la Iglesia tomó de la Escritura; cambian y substituyen porque no quieren orar con la Iglesia, se excomulgan de este modo a sí mismos y temen hasta la menor parcela de la ortodoxia que dictó la elección de esos pasajes.

5)     Puesto que la reforma de la Liturgia fue emprendida por los sectarios con el mismo objetivo que la reforma del dogma, de la que es consecuencia, de esto se desprende que, así como los protestantes se separaron de la unidad con el fin de creer menos, aquellos terminan por verse obligados a eliminar del culto todas las ceremonias, todas las fórmulas que expresan los Sagrados Misterios. Todo lo que no les parecía puramente racional fue tachado por ellos de superstición e idolatría, con lo que disminuyeron las expresiones de la fe, obstruyendo con la duda e incluso con la negación todos los caminos que llevan al mundo sobrenatural. Es así como ya no hay más sacramentos, excepto el bautismo —hasta que llegue el socinianismo que liberará de esa obligación a sus adeptos—, ni sacramentales, bendiciones, imágenes, reliquias de santos, procesiones, peregrinaciones, etc. Ya no hay más altar, sólo una simple mesa; ni sacrificio, como en todas las religiones, sino simplemente una cena; ni iglesia, sólo un templo, como en la época de los Griegos y los Romanos; ni arquitectura religiosa, puesto que no hay más misterios; ni pintura ni escultura cristianas, puesto que no hay más religión sensible; en fin, no hay más poesía en un culto que no está fecundado por el amor ni por la fe.

6)     La supresión de los elementos del misterio en la Liturgia Protestante tenía, infaliblemente, que producir la total extinción de ese espíritu de plegaria al que el catolicismo llama unción. Un corazón rebelde no tiene amor, y un corazón sin amor podrá, a lo sumo, producir expresiones tolerables de respeto o de temor, con la frialdad soberbia del fariseo; así es la Liturgia Protestante. Es perceptible que aquel que la recita se aplaude a sí mismo por no pertenecer a la muchedumbre de esos cristianos papistas que rebajan a Dios a su propio nivel con la familiaridad de su lenguaje común.

7)     Puesto que trata noblemente con Dios, la Liturgia Protestante no tiene necesidad de la mediación de las creaturas. Pensaría que le falta el respeto al Ser Supremo si invocase la intercesión de la Virgen Santísima o la protección de los santos. Deja de lado toda esa idolatría papista que le pide a la creatura lo que sólo hay que pedirle a Dios; limpia el calendario de todos esos nombres humanos que la Iglesia Romana inscribe, de manera tan temeraria, junto al nombre de Dios; siente, sobre todo, horror del nombre de los monjes y de otros personajes recientes que figuran allí junto a los nombres venerados de los Apóstoles elegidos por Jesucristo, y con los que fue fundada esa Iglesia primitiva que es la única que mantuvo la fe pura y que estuvo libre de toda superstición en el culto y de todo relajamiento en la moral.

8)     Como la reforma litúrgica tiene entre sus fines principales la abolición de los actos y las fórmulas de los Sagrados Misterios, de ello se desprende, necesariamente, que sus autores tenían que reivindicar el uso de la lengua vulgar en el servicio divino. Éste es, pues, uno de los puntos más importantes para los sectarios. Sostienen que el culto no es una cosa secreta, que es necesario que el pueblo entienda lo que canta. El odio de la lengua latina es algo innato en el corazón de todos los enemigos de Roma; en ella ven el lazo que une a todos los católicos del mundo, el arsenal de la ortodoxia en contra de todas las sutilezas del espíritu de secta, el arma más poderosa del Papado. El espíritu de rebeldía que los empujó a confiar la plegaria universal al idioma de cada pueblo, de cada provincia, de cada siglo, produjo, por otra parte, sus frutos, y los reformados pueden constatar día a día que los pueblos católicos, a pesar de sus plegarias latinas, aman más y cumplen con mayor celo los deberes del culto que los pueblos protestantes. A toda hora del día, el servicio divino se lleva a cabo en las iglesias católicas: el fiel que asiste deja, en el umbral, su lengua materna; excepto en el momento de la predicación escucha solamente esos misteriosos acentos que dejan de resonar, incluso, en el momento más solemne, durante el Canon de la Misa; y, sin embargo, ese misterio lo encanta de tal manera que no envidia la suerte del protestante, aunque los oídos de éste último sólo escuchen sonidos cuyo significado entiende. Mientras que al templo reformado le cuesta reunir, una vez por semana, a los cristianos puristas, la Iglesia papista ve como, sin cesar, sus numerosos altares son asediados, cada día, por sus religiosos hijos que dejan un momento sus trabajos para ir a escuchar esas palabras misteriosas que tienen que ser del mismo Dios porque nutren la fe y calman el sufrimiento. Confesemos que fue una jugada maestra del protestantismo el haber declarado la guerra a la lengua santa; si pudiera llegar a destruirla, su triunfo total estaría cercano. Desnuda ante las miradas profanas, como una virgen deshonrada, la Liturgia perdió, a partir de ese momento su carácter sagrado y ha de llegar pronto el momento en que el pueblo se dé cuenta de que no vale demasiado la pena abandonar sus labores o sus placeres para ir a oir hablar de la misma manera en se habla en la plaza pública. Saquémosle a la Iglesia de Francia sus declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero, y ya veremos si el pueblo irá a escuchar, por mucho tiempo aún, al así llamado Primado de las Galias gritar: El Señor esté con vosotros; y a otros que le responden: Y con tu espíritu. Nos ocuparemos, en otra parte, de manera especial, de la lengua litúrgica.

9)     Al despojar la Liturgia del misterio que rebaja a la razón, el protestantismo bien sabía cuál era la consecuencia práctica: liberarse del cansancio y de la molestia que le imponen al cuerpo las prácticas de la Liturgia papista. Para empezar, basta de ayunos y de abstinencias; basta de genuflexiones durante la plegaria; para los ministros del templo, basta de oficios diarios que cumplir, y hasta de las plegarias canónicas para rezar en nombre de la Iglesia. Ésta es una de las formas principales de la gran emancipación protestante: reducir la suma de las plegarias públicas y particulares. Los hechos mostraron pronto que la Fe y la Caridad que se nutren de la plegaria se habían apagado en la Reforma, mientras que en los católicos no dejan de alimentar todos los actos de entrega a Dios y a los hombres, fecundadas como están por el inefable socorro de la plegaria litúrgica que lleva a cabo el clero secular y regular, al que se une la comunidad de los fieles.

10)Como el protestantismo necesitaba una regla para discernir entre las instituciones papistas aquellas que podían ser las más hostiles a sus principios, tuvo que hurgar en los cimientos del edificio católico para encontrar la piedra fundamental que lo sostiene. Su instinto le hizo descubrir de inmediato el dogma inconciliable con cualquier innovación: la autoridad del Papa. Cuando Lutero escribió en su estandarte: Odio para Roma y sus leyes, no hizo otra cosa que promulgar una vez más el gran principio de todas las ramas de la secta anti litúrgica. A partir de allí fue necesario abrogar en masa el culto y las ceremonias, como idolatría romana; la lengua latina, el oficio divino, el santoral, el breviario, abominaciones todas de la gran prostituta de Babilonia. Los dogmas del Pontífice Romano pesan sobre la razón y las prácticas rituales que impone pesan sobre los sentidos; es necesario, entonces, proclamar que sus dogmas no son más que error y blasfemia, y que sus preceptos litúrgicos constituyen una manera de asentar con más fuerza una dominación usurpada y tiránica. Es por eso que en sus letanías emancipadas, la Iglesia Luterana continúa cantando ingenuamente: Del homicida furor, calumnia, rabia y ferocidad del Turco y del Papa, líbranos Señor. (Lutherisches Gesangbuch. Lepizig. Página 667.) Es el momento oportuno para recordar aquí las admirables consideraciones que hace Joseph de Maistre en su libro Acerca del Papa en el que muestra, con gran sagacidad y profundidad que, a pesar de los desacuerdos que tendrían que aislar unas de otras a las distintas sectas separadas, hay una característica que la reúne a todas: el no ser romanas. Imaginemos cualquier tipo de innovación, ya sea en materia de dogma o de disciplina, y ya veremos si es imposible intentarla sin merecer, de buena o mala manera, el mote de no romano o, si se carece de audacia, de menos romano. Habría que ver qué tipo de reposo podría hallar un católico en la primera, o incluso en la segunda, de esas dos situaciones.

11)La herejía anti litúrgica, para asentar para siempre su imperio, necesitaba destruir, de hecho y por principio, todo sacerdocio en el cristianismo; porque se daba cuenta de que allí donde hay un pontífice hay un altar, y que donde hay un altar hay un sacrificio y, por lo tanto, un ceremonial misterioso. Luego, pues, de haber abolido la calidad de Supremo Pontífice, hacía falta aniquilar el carácter del obispo del que emana la mística imposición de manos que perpetúa la jerarquía sagrada. De allí proviene un vasto presbiterianismo que no es sino la consecuencia inmediata de la eliminación del Supremo Pontificado. A partir de ese momento, ya no existe el sacerdote propiamente dicho; ¿cómo la simple elección, sin consagración, podría hacer de él una persona sagrada? La reforma de Lutero o de Calvino no tendrá más que ministros de Dios, o simples hombres, según se prefiera. Pero no es posible detenerse en este punto. Elegido e instalado por laicos, cubierto en el templo con la túnica de una vaga magistratura bastarda, el ministro no es más que un laico revestido de una función accidental; en el protestantismo, entonces, sólo hay laicos, y así tenía que ser puesto que ya no hay Liturgia, y ya no hay más Liturgia porque sólo hay laicos.

12)Para terminar, y es éste el último grado de embrutecimiento, como el sacerdocio ya no existe puesto que la jerarquía está muerta, el Príncipe, única autoridad posible entre laicos, se proclama Jefe de la Religión, y así se ve a los más temibles reformadores, después de haber sacudido el yugo espiritual de Roma, reconocer al soberano temporal como Pontífice Supremo y colocar el poder sobre la Liturgia entre las atribuciones del derecho real. Así pues, el dogma, la moral, los sacramentos, el culto, el cristianismo, sólo existirán en la medida en que le plazca al Príncipe, ya que al serle concedido el poder absoluto sobre la Liturgia también se le concedió sobre todas esas cosas que ésta expresa y aplica en la comunidad de los fieles. Ese es, sin embargo, el axioma fundamental de la Reforma en la práctica y en los escritos de los doctores protestantes. Un último rasgo completará el cuadro y pondrá al lector en condiciones de juzgar cuál es la naturaleza de esa pretendida liberación, llevada a cabo con tanta violencia con respecto al Papado, para luego dar lugar, necesariamente, a una dominación que destruye la naturaleza misma del cristianismo. Es cierto que en sus orígenes la secta anti litúrgica no acostumbraba a halagar de tal modo a los poderosos: albigenses, valdenses, wyclifitas, husitas, todos enseñaban que era necesario resistir y aun combatir a cualquier príncipe o magistrado que se encontrase en estado de pecado mortal, sosteniendo que un príncipe quedaba desposeído de su derecho desde el momento en ya no estaba en estado de gracia. La razón de esto es que esos sectarios temían la espada de los príncipes católicos, verdaderos obispos del poder temporal, y que tenían mucho para ganar socavando su autoridad. Pero desde el momento en que los soberanos, asociados a la rebelión en contra de la Iglesia, quisieron hacer de la religión algo nacional, un medio de gobierno, la Liturgia reducida, lo mismo que el dogma, a los límites de un país, terminó, naturalmente, por depender de la más alta autoridad del país en cuestión; y los reformadores no pudieron dejar de sentir el más vivo reconocimiento por quienes prestaban la ayuda de un brazo poderoso para el establecimiento y la subsistencia de sus teorías. Es muy cierto que hay una verdadera apostasía en esta preferencia otorgada, en materia de religión, a lo temporal por sobre lo espiritual; pero se trataba para los reformadores de una necesidad absoluta de supervivencia. No sólo hay que ser consecuente, también hay que vivir. Es por eso que el mismo Lutero que se separó con estruendo del Pontífice Romano, acusándolo de todas las abominaciones de Babilonia, no se avergonzó al tener que declarar la legitimidad teológica del doble matrimonio del Landgrave de Hesse; y es por eso, también, que el abate Grégoire encontró en sus principios el modo de conciliar su voto en la Convención por la condena a muerte de Luis XVI, con su defensa, al mismo tiempo, de Luis XIV y de José II en contra de los Romanos Pontífices.

                            Tales son las principales máximas de la secta anti litúrgica. No hemos, por cierto, exagerado en nada; no hemos hecho más que señalar la doctrina cien veces profesada en los escritos de Lutero, de Calvino, de los Centuriadores de Magdeburgo, de Hospiniano, de Kemnitz, etc. Es fácil consultar estos libros o, más bien, la obra inspirada en ellos y que está a la vista de todo el mundo. Hemos creído que era útil poner en evidencia sus principales características. Siempre es algo provechoso conocer el error; la enseñanza directa es a veces menos ventajosa y menos fácil. Con todos estos datos, el lógico católico puede establecer las tesis contrarias.

Traducción de Miguel Ángel Frontán

 

INSTITUTIONS LITURGIQUES


CHAPITRE XIV

De l’hérésie antiliturgique et de la réforme protestante du XVI siècle, considérée dans ses rapports avec la liturgie.

La Liturgie est une chose trop excellente dans l’Église, pour ne pas s’être trouvée en  butte aux attaques de l’hérésie. Mais de même que l’autorité de l’Église ne fut point combattue directement, comme notion, par les sectes de l’Orient qui déchirèrent d’ailleurs le Symbole en tant de manières, aussi  n’a-t-on point vu dans cette patrie des mystères, le rationaliste poursuivre   les formes du culte par système. Scindées entre elles par de violents dissentiments, les sectes orientales ont marié au christianisme, les  unes un panthéisme déguisé, les autres le principe même du dualisme; mais, par-dessus tout, elles ont besoin de croire et d’être chrétiennes ; leur Liturgie est l’expression  complète   de   leur  situation. Des  blasphèmes  sur l’Incarnation du Verbe déshonorent certaines formules; mais ce désordre n’empêche pas  que les notions traditionnelles de la Liturgie  ne soient  conservées dans  ces formules et dans les rites qui  les  accompagnent :   bien plus, la foi, si défigurée qu’elle soit, a été féconde, presque jusqu’à nos jours, chez ces hommes qui croient mal, mais qui pourtant veulent croire; et les jacobites, les nestoriens, seulement depuis l’an 1000, ont produit plus de formules liturgiques, d’anaphores, par exemple, que les Grecs melchites, dont les livres n’ont rien gagné depuis leur séparation de l’Église romaine, si l’on excepte certains recueils d’hymnes composées par toute sorte de personnes, et adjointes aux livres d’offices. Mais encore ce dernier genre de prières ne tient point au fond de la Liturgie, comme les anaphores, les bénédictions, etc., composées par les jacobites et les nestoriens modernes, et dont nous trouvons le texte ou la notice dans l’ouvrage de Renaudot sur les Liturgies d’Orient, ou dans la bibliothèque orientale d’Assemani. Le lecteur se tromperait néanmoins, s’il pensait que nous entendons donner cette abondance extrême comme l’indice d’un progrès; l’antiquité, l’immutabilité des formules de l’autel, est la première de leurs qualités; mais cette fécondité est du moins un signe de vie, et l’on ne peut s’empêcher de reconnaître que le style ecclésiastique de ces anaphores, même des plus récentes, est parfaitement conforme à celui que les siècles ont consacré. Quant aux traditions sur les rites et cérémonies, les sectes d’Orient les ont toutes conservées avec une rare fidélité, et si des circonstances superstitieuses s’y trouvent quelquefois mêlées, elles attestent du moins un fonds primitif de foi, comme chez nous la diminution progressive des pratiques extérieures accuse la présence d’un rationalisme secret qui montre ses résultats.

L’Église grecque a généralement conservé avec grand soin, sinon le génie, du moins les formes de la Liturgie. Nous avons dit ailleurs comment Dieu l’a prédestinée, pour un temps du moins, à rendre, par l’immobilité de ses usages antiques, un irrécusable témoignage à la pureté des traditions latines. C’est pourquoi Cyrille Lucaris échoua si honteusement dans son projet d’initier l’Église orientale aux doctrines du rationalisme d’Occident. Toutefois, l’esprit disputeur et pointilleux de Marc d’Éphèse est demeuré au sein de l’Église grecque, et produira ses fruits naturels, du moment que cette Église sera appelée à se fondre dans nos sociétés européennes. L’Église grecque doit infailliblement passer par le protestantisme avant de revenir à l’unité, et l’on a bien des raisons de croire que la révolution est déjà faite dans le cœur de ses Pontifes. Dans un pareil ordre de choses, la Liturgie, forme officielle d’une croyance officielle, demeurera stable, ou variera suivant qu’il plaira au souverain. Ainsi, point d’hérésie liturgique possible là où le Symbole est déjà miné, où Ton ne trouve plus qu’un cadavre de christianisme auquel des ressorts ou un galvanisme impriment encore quelques mouvements, jusqu’au moment où, tombant en lambeaux de pourriture, il deviendra tout aussi incapable de recevoir les impulsions externes, qu’il l’est depuis longtemps de sentir les touches de la vie.

C’est donc seulement au sein de la vraie Église que doit fermenter l’hérésie antiliturgique, c’est-à-dire celle qui se porte l’ennemie des formes du culte. C’est là seulement où il y a quelque chose à détruire, que le génie de la destruction tâchera d’infiltrer ce poison délétère. L’Orient n’en a éprouvé qu’une fois, mais violemment, les atteintes, et c’était aux jours de l’unité. Une secte furieuse s’éleva, au VIIIe siècle, qui, sous prétexte d’affranchir l’esprit du joug de la forme, brisa, déchira, brûla les symboles de la foi et de l’amour du chrétien; le sang coula pour la défense de l’image du Fils de Dieu, comme il avait coulé quatre siècles plus tôt, pour le triomphe du vrai Dieu sur les idoles. Mais il était réservé à la chrétienté occidentale de voir organiser dans son sein la guerre la plus longue, la plus opiniâtre, qui dure encore, contre l’ensemble des actes liturgiques. Deux choses contribuent à maintenir les Eglises de l’Occident dans cet état d’épreuve : d’abord, comme nous venons de le dire, la vitalité propre au christianisme romain, le seul digne du nom de christianisme, et par conséquent celui contre lequel doivent se tourner toutes les puissances de l’erreur; en second lieu, le caractère rationnellement matériel des peuples de l’Occident qui, dépourvus à la fois de la souplesse de l’esprit grec et du mysticisme oriental, ne savent que nier, en fait de croyances, que rejeter loin d’eux ce qui les gêne ou les humilie, incapables, pour cette double raison, de suivre, comme les peuples sémitiques, une même hérésie pendant de longs siècles. Telle est la raison pour laquelle, chez nous, si l’on excepte certains faits isolés, l’hérésie n’a jamais procédé que par voie de négation et de destruction. C’est, ainsi qu’on va le voir, la tendance de tous les efforts de l’immense secte antiliturgiste.

Son point de départ connu est Vigilance, ce Gaulois immortalisé par les éloquents sarcasmes de saint Jérôme. Il déclame contre la pompe des cérémonies, insulte grossièrement à leur symbolisme, blasphème les reliques des saints, attaque en même temps le célibat des ministres sacrés et la continence des vierges ; le tout pour maintenir la pureté du christianisme. Comme on voit, cela n’est pas mal avancé pour un Gaulois du ive siècle. L’Orient, qui n’a produit en ce genre que l’hérésie iconoclaste, épargna du moins, quoique par inconséquence, les rites et les usages de la Liturgie qui n’avaient pas un rapport immédiat avec les saintes images.

Après Vigilance, l’Occident se reposa pendant plusieurs siècles ; mais quand les races barbares, initiées par l’Église à la civilisation, se furent quelque peu familiarisées avec les travaux de la pensée, il s’éleva des hommes d’abord, puis des sectes ensuite, qui nièrent grossièrement ce qu’elles ne comprenaient pas, et dirent qu’il n’y avait point de réalité là où les sens ne palpaient pas immédiatement. L’hérésie des sacramentaires, à jamais impossible en Orient, commença au XI° siècle, en Occident, en France, par les blasphèmes de l’archidiacre Bérénger. Le soulèvement fut universel dans l’Église contre une si monstrueuse doctrine; mais on dut prévoir que le rationalisme, une fois déchaîné contre le plus auguste des actes du culte chrétien, n’en demeurerait pas là. Le mystère de la présence réelle du Verbe divin sous les symboles eucharistiques, allait devenir le point de mire de toutes les attaques ; il fallait éloigner Dieu de l’homme, et, pour attaquer plus sûrement ce dogme capital, il fallait fermer toutes les avenues de la Liturgie qui, si l’on peut parler ainsi, aboutissent au mystère eucharistique.

Bérenger n’avait donné qu’un signal : son attaque allait être renforcée en son siècle même et dans les suivants, et il en devait résulter, pour le catholicisme, la plus longue et la plus épouvantable attaque qu’il eût jamais essuyée. Tout commença donc après l’an 1000 : C’était peut-être, dit Bossuet, le temps de ce terrible déchaînement de Satan marqué dans l’Apocalypse, après mille ans ; ce qui peut signifier d’extrêmes désordres : mille ans après que le fort armé, c’est-à-dire le démon victorieux, fut lié par Jésus-Christ venant au monde [Histoire des Variations, livre XI, § 17].

L’enfer remua la lie la plus infecte de son bourbier, et pendant que le rationalisme s’éveillait, il se trouva que Satan avait jeté sur l’Occident, comme un secours diabolique, l’impure semence que l’Orient avait sentie, avec horreur, dans son sein, dès l’origine, cette secte que saint Paul appelle le mystère d’iniquité, l’hérésie manichéenne. On sait comment, sous le faux nom de gnose, elle avait souillé les premiers siècles du christianisme ; avec quelle perfidie elle s’était, suivant les temps, cachée au sein de l’Eglise, permettant à ses sectateurs de prier, de communier même avec les catholiques, et pénétrant jusque dans Rome même, où il fallut, pour la découvrir, l’œil pénétrant d’un saint Léon et d’un saint Gélase. Cette secte abominable, livrée sous le prétexte de spiritualisme à toutes les infamies de la chair, blasphémait en secret les plus saintes pratiques du culte extérieur, comme grossières   et trop matérielles.   On peut voir ce que  saint Augustin nous en apprend, dans le livre contre Fauste le Manichéen, qui traitait d’idolâtrie le culte des saints et de leurs reliques.

Les empereurs d’Orient avaient poursuivi cette secte infâme par les ordonnances les plus sévères, sans pouvoir l’éteindre. On la retrouve, au IX° siècle, en Arménie, sous la direction d’un chef nommé Paul, d’où le nom de pauliciens fut donné à ces hérétiques en Orient; et ils y deviennent assez puissants pour soutenir des guerres contre les empereurs de Constantinople. Pierre de Sicile, envoyé vers eux par Basile le Macédonien, pour traiter d’un échange de prisonniers, eut le loisir de les connaître, et écrivit un livre sur leurs erreurs.

« Il y désigne ces hérétiques, dit Bossuet, par leurs propres caractères, par leurs deux principes, par le mépris qu’ils avaient pour l’Ancien Testament, par leur adresse prodigieuse à se cacher quand ils voulaient, et par les autres marques que nous avons vues. Mais il en remarque deux ou trois qu’il ne faut pas oublier : c’était leur aversion particulière pour les images de la croix, suite naturelle de leur erreur, puisqu’ils rejetaient la passion et la mort du Fils de Dieu ; leur mépris pour la sainte Vierge, qu’ils ne tenaient point pour Mère de Jésus-Christ, puisqu’il n’avait pas de chair humaine; et surtout leur éloignement pour l’Eucharistie [Histoire des Variations, livre XI, § 14]. Ils disaient encore que les catholiques honoraient les saints comme des divinités, et que c’était pour cette raison qu’on empêchait les laïques de lire la sainte Écriture, de peur qu’ils ne découvrissent plusieurs semblables erreurs [Ibidem]. »

C’était bien déjà, comme l’on voit, l’hérésie antiliturgiste toute formée. Il ne lui manquait que des populations disposées à l’accueillir. Pour arriver en Europe, la secte passa par la Bulgarie où elle jeta de profondes racines; ce qui fut cause qu’on donna, dans l’Occident, le nom de bulgares à ses adeptes. En 1017,sous le roi Robert, on en découvrit plusieurs à Orléans, et peu après, d’autres dans le Languedoc, puis en Italie, où ils se faisaient nommer cathares, c’est-à-dire purs; enfin jusqu’au fond de l’Allemagne. Leur parole infâme avait miné en dessous comme le chancre (1), et leur doctrine était toujours la même, fondée sur la croyance aux deux principes, et sur la haine de tout l’extérieur du culte, renforcée de toutes les abominations gnostiques. Du reste, fort dissimulés, confondus dans l’Église avec les orthodoxes, prêts à toute sorte de parjures, plutôt que de se laisser deviner, quand une fois ils .avaient résolu de ne pas parler. Ils étaient déjà très-puissants, au XII° siècle, dans le midi de la France, et l’on ne peut douter que Pierre de Bruis et Henri, dont les doctrines eurent pour adversaires saint Bernard et Pierre le Vénérable, ne fussent leurs deux chefs principaux. On les voit en n 60 passer en Angleterre, où ils furent appelés poplicains ou publicains. En France, on les désigne sous les noms d’albigeois, à cause de leur puissance dans une de nos provinces, et les plus profondément initiés aux dégoûtants mystères de la secte sont appelés patarins. On sait avec quel zèle les populations catholiques du moyen âge se jetèrent contre ces sectaires : l’Église crut pouvoir publier contre eux la croisade, et une guerre d’extermination commença, à laquelle prirent part, directe ou indirecte, tous les grands personnages de l’Église et de l’État. On étouffa la doctrine des albigeois, au moins quant à sa prédominance extérieure; elle resta sourdement comme semence de toutes les erreurs qui devaient éclater au XVI° siècle, et les doctrines de son monstrueux mysticisme se perpétuèrent jusqu’à nos jours dans l’hérésie quiétiste, plus dangereuse ennemie peut-être de la vraie doctrine liturgique, que le pur rationalisme lui-même.

Une nouvelle branche de la secte, moins mystique et par conséquent plus appropriée aux mœurs de l’Occident, poussait à Lyon, sur le même tronc du manichéisme importé d’Orient, au moment même où le premier rameau était menacé d’une destruction violente. En 1160, à Lyon, Pierre Valdo, marchand, formait la secte de ces fanatiques turbulents, connus sous le nom de pauvres de Lyon, mais surtout sous celui de vaudois, du nom de leur fondateur. Ce fut alors qu’on put présager l’alliance de l’esprit de la secte avec celui dont Bérenger avait été chez nous le premier organe. Dégagés bientôt des opinions manichéennes, impopulaires chez nous, ils prêchent surtout la réforme de l’Église, et, pour l’effectuer, ils sapent audacieusement tout l’ensemble de son culte. D’abord, pour eux, il n’y a plus de sacerdoce, tout laïque est prêtre ; le prêtre, en péché mortel, ne consacre plus; par conséquent, plus d’Eucharistie certaine ; les clercs ne peuvent posséder les biens de la terre; on doit avoir en horreur les églises, le saint Chrême, le culte de la sainte Vierge et des saints, la prière pour les morts. Il faut en référer sur toutes choses à l’Écriture sainte, etc. Les vaudois trouvent la morale de l’Église scandaleuse pour son relâchement, et affichent même une rigueur de conduite qui contraste avec les débordements des albigeois.

Mais la France n’était pas le seul théâtre de cette réaction violente contre la forme dans le catholicisme. A la fin du XIV° siècle, Wiclef se levait en Angleterre et faisait entendre presque tous les blasphèmes des v audois. Cependant, comme tout système d’erreur en religion a besoin, pour avoir quelque consistance, de, s’appuyer de près ou de loin sur le panthéisme, le mysticisme gnostique ne pouvant convenir aux masses, chez nous, comme nous l’avons remarqué, Wiclef imagina d’étayer ses doctrines dissolvantes sur un système de fatalisme dont la source était une volonté immuable de Dieu dans laquelle se trouvaient absorbées toutes les volontés des créatures.

Vers le même temps, Jean Huss dogmatisait en Allemagne et préparait cette immense révolte qui allait séparer, pour des siècles, des nations entières de la communion romaine. Lui aussi appuyait fortement sur des conséquences exagérées du dogme de la prédestination, et passant à la pratique, humiliait le sacerdoce devant le laïcisme, prêchait la lecture de l’Écriture sainte aux dépens de la Tradition, et rompait en visière à l’autorité souveraine en matière liturgique, par les réclamations qu’il faisait entendre pour l’usage du calice dans la communion laïque.

Vint enfin Luther, qui ne dit rien que ses devanciers n’eussent dit avant lui, mais prétendit affranchir, en même temps, l’homme de la servitude de la pensée à l’égard du pouvoir enseignant, de la servitude du corps à l’égard du pouvoir liturgique. Calvin et Zwingle le suivirent, traînant après eux Socin, dont le naturalisme pur était la conséquence immédiate des doctrines préparées depuis tant de siècles. Mais à Socin toute erreur liturgique s’arrête; la Liturgie, toujours de plus en plus réduite, n’arrive pas jusqu’à lui. Maintenant, pour donner une idée des ravages de la secte antiliturgiste, il nous a semblé nécessaire de résumer la marche des prétendus réformateurs du christianisme depuis trois siècles, et de présenter l’ensemble de leurs actes et de leur doctrine sur l’épuration du culte divin. Il n’est pas de spectacle plus instructif et plus propre à faire comprendre les causes de la propagation rapide du protestantisme. On y verra l’œuvre d’une sagesse diabolique agissant à coup sûr, et devant infailliblement amener de vastes résultats.

 

1° Le premier caractère de l’hérésie antiliturgique est la haine de la Tradition dans les formules du culte divin. On ne saurait contester ce caractère spécial dans tous les hérétiques que nous avons nommés, depuis Vigilance jusqu’à Calvin, et la raison en est facile à expliquer. Tout sectaire voulant introduire une doctrine nouvelle, se trouve infailliblement en présence de la Liturgie, qui est la tradition à sa plus haute puissance, et il ne saurait avoir de repos qu’il n’ait fait taire cette voix, qu’il n’ait déchiré ces pages qui recèlent la foi des siècles passés. En effet, comment le luthéranisme, le calvinisme, l’anglicanisme se sont-ils établis et maintenus dans les masses ? Il n’a fallu pour cela que la substitution de livres nouveaux et de formules nouvelles, aux livres et aux formules anciennes, et tout a été consommé. Rien ne gênait plus les nouveaux docteurs; ils pouvaient prêcher tout à leur aise : la foi des peuples était désormais sans défense. Luther comprit cette doctrine avec une sagacité digne de nos jansénistes, lorsque, dans la première période de ses innovations, à l’époque où il se voyait obligé de garder encore une partie des formes extérieures du culte latin, il établit le règlement suivant pour la messe réformée :

« Nous approuvons et nous conservons les introït des dimanches et des fêtes de Jésus-Christ, savoir de Pâques, de la Pentecôte et de Noël. Nous préférerions volontiers les psaumes entiers d’où ces introït sont tirés, comme on faisait autrefois ; mais nous voulons bien nous conformer à l’usage présent. Nous ne blâmons pas même ceux qui voudront retenir les introït des Apôtres, de la Vierge et des autres Saints, LORSQUE CES TROIS INTROÏTS SONT TIRÉS DES PSAUMES  ET D’AUTRES   ENDROITS   DE   l’ÉCRITURE [Lebrun,  Explication de la Messe, tom. IV, pag. 13.]. » Il avait trop en horreur les cantiques sacrés composés par l’Église elle-même pour l’expression publique de sa foi. Il sentait trop en eux la vigueur de la Tradition qu’il voulait bannir. En reconnaissante l’Église le droit de mêler sa voix dans les assemblées saintes aux oracles des Ecritures, il s’exposait par là même à entendre des millions de bouches anathématiser ses nouveaux dogmes. Donc, haine à tout ce qui, dans la Liturgie, n’est pas exclusivement extrait des Ecritures saintes.

 

2° C’est en effet le second principe de la secte antiliturgiste, de remplacer les formules de style ecclésiastique par des lectures de l’Écriture sainte. Elle y trouve deux avantages : d’abord, celui de faire taire la voix de la Tradition qu’elle craint toujours; ensuite, un moyen de propager et d’appuyer ses dogmes, par voie de négation ou d’affirmation. Par voie de négation, en passant sous silence, au moyen d’un choix adroit, les textes qui expriment la doctrine opposée aux erreurs qu’on veut faire prévaloir; par voie d’affirmation, en mettant en lumière des passages tronqués qui, ne montrant qu’un des côtés de la vérité, cachent l’autre aux yeux du vulgaire. On sait depuis bien des siècles que la préférence donnée, par tous les hérétiques, aux Écritures saintes sur les définitions ecclésiastiques, n’a pas d’autre raison que la facilité qu’ils ont de faire dire à la parole de Dieu tout ce qu’ils veulent, en la laissant paraître ou l’arrêtant à propos. Nous verrons ailleurs ce qu’ont fait en ce genre les jansénistes, obligés, d’après leur système, à garder le lien extérieur avec l’Église ; quant aux protestants, ils ont presque réduit la Liturgie tout entière à la lecture de l’Écriture, accompagnée de discours dans lesquels on l’interprète par la raison. Quant au choix et à la détermination des livres canoniques, ils ont fini par tomber au caprice du réformateur, qui, en dernier ressort, décide non plus seulement du sens de la parole de Dieu, mais du fait de cette parole. Ainsi Martin Luther trouve que, dans son système de panthéisme, l’inutilité des œuvres et la suffisance de la foi sont dogmes à établir, et dès lors il déclarera que l’Épître de saint Jacques est une épître de paille, et non une épître canonique, par cela seul qu’on y enseigne la nécessité des œuvres pour le salut. Dans tous les temps, et sous toutes les formes, il en sera de même; point de formules ecclésiastiques; l’Écriture seule, mais interprétée, mais choisie, mais présentée par celui ou ceux qui trouvent leur profit à l’innovation. Le piège est dangereux pour les simples, et ce n’est que longtemps après que l’on s’aperçoit qu’on a été trompé, et que la parole de Dieu, ce glaive à deux tranchants, comme parle l’Apôtre, a fait de grandes blessures, parce qu’elle était maniée par les fils de perdition.

3° Le troisième principe des hérétiques sur la réforme ; de la Liturgie est, après avoir expulsé les formules ecclésiastiques et proclamé la nécessité absolue de n’employer que les paroles de l’Écriture dans le service divin, voyant ensuite que l’Écriture ne se plie pas toujours, comme ils le voudraient, à toutes leurs volontés; leur troisième principe, disons-nous, est de fabriquer et d’introduire des formules diverses, pleines de perfidie, par lesquelles les peuples sont plus solidement encore enchaînés à l’erreur, et tout l’édifice de la réforme impie sera consolidé pour des siècles.

4° On ne doit pas s’étonner de la contradiction que l’hérésie présente ainsi dans ses œuvres, quand on saura que le quatrième principe, ou, si l’on veut, la quatrième nécessité imposée aux sectaires par la nature même de leur état de révolte, est une habituelle contradiction avec leurs propres principes. Il en doit être ainsi pour leur confusion dans ce grand jour, qui vient tôt ou tard, où Dieu révèle leur nudité à la vue des peuples qu’ils ont séduits, et aussi parce qu’il ne tient pas à l’homme d’être conséquent; la vérité seule peut l’être. Ainsi, tous les sectaires, sans exception,  commencent par  revendiquer les droits de l’antiquité; ils veulent dégager le christianisme de tout ce que l’erreur et les passions des hommes y ont mêlé de faux et d’indigne de Dieu ; ils ne veulent rien que de primitif, et prétendent reprendre au berceau l’institution chrétienne. A cet effet, ils élaguent, ils effacent, ils retranchent; tout tombe sous leurs coups, et lorsqu’on s’attend à voir reparaître dans sa première pureté le culte divin, il se trouve qu’on est encombré de formules nouvelles qui ne datent que delà veille, qui sont incontestablement humaines, puisque celui qui les a rédigées vit encore. Toute secte subit cette nécessité ; nous l’avons vu chez les monophysites, chez les nestoriens ; nous retrouvons la même chose dans toutes les branches de protestants. Leur affectation à prêcher l’antiquité n’a abouti qu’à les mettre en mesure de battre en brèche tout le passé, et puis ils se sont posés en face des peuples séduits, et leur ont juré que tout était bien, que les superfétations papistes avaient disparu, que le culte divin était remonté à sa sainteté primitive. Remarquons encore une chose caractéristique dans le changement de la Liturgie parles hérétiques. C’est que, dans leur rage d’innovation, ils ne se contentent pas d’élaguer les formules de style ecclésiastique qu’ils flétrissent du nom de parole humaine, mais ils étendent leur réprobation aux lectures et aux prières mêmes que l’Église a empruntées à l’Écriture; ils changent, ils substituent, ne voulant pas prier avec l’Église, s’excommuniant ainsi eux-mêmes, et aussi craignant jusqu’à la moindre parcelle de l’orthodoxie qui a présidé au choix de ces passages.

5° La réforme de la Liturgie étant entreprise par les sectaires dans le même but que la réforme du dogme dont elle est la conséquence, il s’ensuit que, de même que les protestants se sont séparés de l’unité afin de croire moins, ils se sont trouvés amenés à retrancher dans le culte toutes les cérémonies, toutes les formules qui expriment des mystères. Ils ont taxé, de superstition, d’idolâtrie, tout ce qui ne leur semblait pas purement rationnel, restreignant ainsi les expressions de la foi, obstruant par le doute et même la négation toutes les voies qui ouvrent sur le monde surnaturel. Ainsi, plus de sacrements, hors le baptême, en attendant le socinianisme qui en affranchira ses adeptes ; plus de sacramentaux, de bénédictions, d’images, de reliques des saints, de processions, de pèlerinages, etc. Il n’y a plus d’autel, mais simplement une table; plus de sacrifice, comme dans toute religion, mais seulement une cène; plus d’église, mais seulement un temple, comme chez les Grecs et les Romains; plus d’architecture religieuse, puisqu’il n’y a plus de mystères; plus de peinture et de sculpture chrétiennes, puisqu’il n’y a plus de religion sensible ; enfin, plus de poésie dans un culte, qui n’est fécondé ni par l’amour, ni par la foi.

6° La suppression des choses mystérieuses dans la Liturgie protestante devait produire infailliblement l’extinction totale de cet esprit de prière qu’on appelle onction dans le catholicisme. Un cœur révolté n’a point d’amour, et un cœur sans amour pourra tout au plus produire des expressions passables de respect ou de crainte, avec la froideur superbe du pharisien; telle est la Liturgie protestante. On sent que. celui qui la récite s’applaudit de n’être pas du nombre de ces chrétiens papistes qui rabaissent Dieu jusqu’à eux par la familiarité de leur langage vulgaire.

7° Traitant noblement avec Dieu, la Liturgie protestante n’a point besoin d’intermédiaires créés. Elle croirait manquer au respect dû à l’Etre souverain, en invoquant l’intercession de la sainte Vierge, la protection des saints. Elle exclut toute cette idolâtrie papiste qui demande à la créature ce qu’on ne doit demander qu’à Dieu seul; elle débarrasse le calendrier de tous ces noms d’hommes que l’Église romaine inscrit si témérairement à côté du nom de Dieu ; elle a surtout en horreur ceux des moines et autres personnages des derniers temps qu’on y voit figurer à côté des noms révérés des apôtres que Jésus-Christ a choisis, et par lesquels fut fondée cette Église primitive, qui seule fut pure dans la foi et franche de toute superstition dans le culte et de tout relâchement dans la morale.

8° Là réforme liturgique ayant pour une de ses fins principales l’abolition des actes et des formules mystiques, il s’ensuit nécessairement que ses auteurs devaient revendiquer l’usage de la langue vulgaire dans le service divin. Aussi est-ce là un des points les plus importants aux yeux des sectaires. Le culte n’est pas une chose secrète, disent-ils ; il faut que le peuple entende ce qu’il chante. La haine de la langue latine est innée au cœur de tous les ennemis de Rome ; ils voient en elle le lien des catholiques dans l’Univers, l’arsenal de l’orthodoxie contre toutes les subtilités de l’esprit de secte, l’arme la plus puissante de la papauté. L’esprit de révolte qui les pousse à confier à l’idiome de chaque peuple, de chaque province, de chaque siècle, la prière universelle, a, du reste, produit ses fruits, et les réformés sont à même tous les jours de s’apercevoir que les peuples catholiques, en dépit de leurs prières latines, goûtent mieux et accomplissent avec plus de zèle les devoirs du culte que les peuples protestants. A chaque heure du jour, le service divin a lieu dans les églises catholiques; le fidèle qui y assiste laisse sa langue maternelle sur le seuil; hors les heures de la prédication, il n’entend que des accents mystérieux qui même cessent de retentir dans le moment le plus solennel, au canon de la messe; et cependant ce mystère le charme tellement, qu’il n’envie pas le sort du protestant, quoique l’oreille de celui-ci n’entende jamais que des sons dont elle perçoit la signification. Tandis que le temple réformé réunit, à grand’peine, une fois la semaine, les chrétiens puristes, l’Église papiste voit sans cesse ses nombreux autels assiégés par ses religieux enfants ; chaque jour, ils s’arrachent à leurs travaux pour venir entendre ces paroles mystérieuses qui doivent être de Dieu, car elles nourrissent la foi et charment les douleurs. Avouons-le,c’est un coup de maître du protestantisme d’avoir déclaré la guerre à la langue sainte; s’il pouvait réussir à la détruire, son triomphe serait bien avancé. Offerte aux regards profanes, comme une vierge déshonorée, la Liturgie, dès ce moment, a perdu son caractère sacré, et le peuple trouvera bientôt que ce n’est pas trop la peine qu’il se dérange de ses travaux ou de ses plaisirs pour aller entendre parler comme on parle sur la place publique. Otez à l’Église française ses déclamations radicales et ses diatribes contre la prétendue vénalité du clergé, et allez voir si le peuple ira longtemps écouter le soi-disant primat des Gaules crier : Le Seigneur soit avec vous; et d’autres lui répondre : Et avec votre esprit. Nous traiterons ailleurs, d’une manière spéciale, de la langue liturgique.

9° En ôtant de la Liturgie le mystère qui abaisse la raison, le protestantisme n’avait garde d’oublier la conséquence pratique, savoir l’affranchissement de la fatigue et de la gêne qu’imposent au corps les pratiques de la Liturgie papiste. D’abord,plus de jeûne, plus d’abstinence; plus de génuflexion dans la prière; pour le ministre du temple, plus d’offices journaliers à accomplir, plus même de prières canoniales à réciter, au nom de l’Église. Telle est une des formes principales de la grande émancipation protestante : diminuer la somme des prières publiques et particulières. L’événement a montré bientôt que la foi et la chanté, qui s’alimentent par la prière, s’étaient éteintes dans la réforme, tandis qu’elles ne cessent, chez les Catholiques, d’alimenter tous les actes de dévouement à Dieu et aux hommes, fécondées qu’elles sont  par les ineffables ressources de la prière liturgique accomplie par le clergé séculier et régulier, auquel s’unit la communauté des fidèles.

10° Comme il fallait au protestantisme une règle pour discerner parmi les institutions papistes celles qui pouvaient être les plus hostiles à son principe, il lui a fallu fouiller dans les fondements de l’édifice catholique, et trouver la pierre fondamentale qui porte tout. Son instinct lui a fait découvrir tout d’abord ce dogme inconciliable avec toute innovation : la puissance papale. Lorsque Luther écrivit sur sa bannière : Haine à Rome et à ses lois, il ne faisait que promulguer une fois de plus le grand principe de toutes les branches de la secte anti-liturgiste. Dès lors, il a fallu abroger en masse le culte et les cérémonies, comme l’idolâtrie de Rome; la langue latine, l’office divin, le calendrier, le bréviaire, toutes abominations de la grande prostituée de Babylone. Le Pontife romain pèse sur la raison par ses dogmes, sur les sens par ses pratiques rituelles ; il faut donc proclamer que ses dogmes ne sont que blasphème et erreur, et ses observances liturgiques qu’un moyen d’asseoir plus fortement une domination usurpée et tyrannique. C’est pourquoi, dans ses litanies émancipées, l’Église luthérienne continue déchanter naïvement : De l’homicide fureur, calomnie, rage et férocité du Turc et du Pape, délivrez-nous, Seigneur [Lutherisches Gesangbuch. Leipzig. Pag. 667]. C’est ici le lieu de rappeler les admirables considérations de Joseph de Maistre, dans son livre du Pape, où il montre, avec tant de sagacité et de profondeur, qu’en dépit des dissonances qui devraient isoler les unes des autres les diverses sectes séparées, il est une qualité dans laquelle elles se réunissent toutes, celle de non romaines. Imaginez une innovation quelconque, soit en matière de dogme, soit en matière de discipline, et voyez s’il est possible de l’entreprendre sans encourir, bon gré, mal gré, la note de non romain, ou si vous voulez de moins romain, si on manque d’audace. Reste à savoir quel genre de repos pourrait trouver un catholique dans la première, ou même dans la seconde de ces deux situations.

11° L’hérésie antiliturgiste, pour établir à jamais son règne, avait besoin de détruire en fait et en principe tout sacerdoce dans le christianisme; car elle sentait que là où il y a un pontife, il y a un autel, et que là où il y a un autel, il y a un sacrifice, et partant un cérémonial mystérieux. Après donc avoir aboli la qualité du Pontife suprême, il fallait anéantir le caractère de l’évêque, duquel émane la mystique imposition des mains qui perpétue la hiérarchie sacrée. De là un vaste presbytérianisme, qui n’est que la conséquence immédiate de la suppression du Pontificat souverain. Dès lors, il n’y a plus de prêtre proprement dit; comment la simple élection, sans consécration, ferait-elle un homme sacré ? La réforme de Luther et de Calvin ne connaîtra donc plus que des ministres de Dieu, ou des hommes, comme on voudra. Mais il est impossible d’en rester là. Choisi, installé par des laïques, portant dans le temple la robe d’une certaine magistrature bâtarde, le ministre n’est qu’un laïque revêtu de fonctions accidentelles; il n’y a donc plus que des laïques dans le protestantisme ; et cela devait être, puisqu’il n’y a plus de Liturgie; comme il n’y a plus de Liturgie, puisqu’il n’y a plus que des laïques.

12° Enfin, et c’est là le dernier degré de l’abrutissement, le sacerdoce n’existant plus, puisque la hiérarchie est morte, le prince, seule autorité possible entre laïques, se proclamera chef de la Religion, et l’on verra les plus fiers réformateurs, après avoir secoué le joug spirituel de Rome, reconnaître le souverain temporel pour pontife suprême, et placer le pouvoir sur la Liturgie parmi les attributions du droit majestatique. Il n’y aura donc plus de dogme, de morale, de sacrements, de culte, de christianisme, qu’autant qu’il plaira au prince, puisque le pouvoir absolu lui est dévolu sur la Liturgie par laquelle toutes ces choses ont leur expression et leur application dans la communauté des fidèles. Tel est pourtant l’axiomeïondamental delà Réforme et dans la pratique et dans les écrits des docteurs protestants. Ce dernier trait achèvera le tableau, et mettra le lecteur à même de juger de la nature de ce prétendu affranchissement, opéré avec tant de violence à l’égard de la papauté, pour faire place ensuite, mais nécessairement, à une domination destructive de la nature même du christianisme. Il est vrai que, dans les commencements, la secte antiliturgiste n’avait pas coutume de flatter ainsi les puissants : albigeois, vaudois, wiclefites, hussites, tous enseignaient qu’il fallait résister et même courir sus à tous princes et magistrats qui se trouvaient en état de péché, prétendant qu’un prince était déchu de son droit, du moment qu’il n’était pas en grâce avec Dieu. La raison de ceci est que ces sectaires craignant le glaive des princes catholiques, évêques du dehors, avaient tout à gagner en minant leur autorité. Mais du moment que les souverains, associés à la révolte contre l’Église, voulaient faire de la religion une chose nationale,un moyen de gouvernement, la Liturgie réduite, aussi bien que le dogme, aux limites d’un pays, ressortissait naturellement à la plus haute autorité de ce pays, et les réformateurs ne pouvaient s’empêcher d’éprouver une vive reconnaissance envers ceux qui prêtaient ainsi le secours d’un bras puissant à l’établissement et au maintien de leurs théories. Il est bien vrai qu’il y a toute une apostasie dans cette préférence donnée au temporel sur le spirituel, en matière de religion; mais il s’agit ici du besoin même de la conservation. Il ne faut pas seulement être conséquent, il faut vivre. C’est pour cela que Luther, qui s’est séparé avec éclat du pontife de Rome, comme fauteur de toutes les abominations de Babylone, ne rougit pas lui-même de déclarer théologiquement la légitimité d’un double mariage pour le landgrave de Hesse, et c’est pour cela aussi que l’abbé Grégoire trouve dans ses principes le moyen de s’associer tout à la fois au vote de mort contre Louis XVI à la Convention, et de se faire le champion de Louis XIV et de Joseph II contre les Pontifes romains.

Telles sont les principales maximes de la secte antiliturgiste. Nous n’avons, certes, rien exagéré; nous n’avons fait que relever la doctrine cent fois professée dans les écrits de Luther, de Calvin, des Centuriateurs de Magdebourg, de Hospinien, de Kemnitz, etc. Ces livres sont faciles à consulter, ou plutôt l’œuvre qui en est sortie est sous les yeux de tout le monde. Nous avons cru qu’il était utile d’en mettre en lumière les principaux traits. Il y a toujours du profit à connaître l’erreur; l’enseignement direct est quelquefois moins avantageux et moins facile. C’est maintenant au logicien catholique de tirer la contradictoire.