martes, 6 de abril de 2021

Ernest Hello: El hombre mediocre

EL HOMBRE MEDIOCRE

 

El hombre mediocre, entonces, ¿es el que llamamos en filosofía, en política, en literatura, el justo medio? ¿Pertenece necesaria y seguramente a esa opinión?

No, todavía no.

El que es justo medio lo sabe: tiene la intención de serlo. El hombre mediocre es justo medio sin saberlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, no por accidente. Por más que sea violento, iracundo, extremado; por más que se aleje todo lo posible de las opiniones del justo medio, será mediocre. Habrá mediocridad en su violencia.

El rasgo característico, absolutamente característico del hombre mediocre, es su deferencia para con la opinión pública. Nunca habla, siempre repite. Juzga a un hombre por su edad, su posición, su éxito, su fortuna. Siente el más profundo respeto por los que son conocidos, no importa en calidad de qué, por los que han impreso mucho. Cortejaría a su enemigo más cruel, si éste se hiciera famoso; pero haría poco caso de su mejor amigo, si nadie lo alabara. No concibe que un hombre todavía oscuro, un hombre pobre, con el que uno se codea, al que se trata sin miramientos, al que se lo tutea, pueda ser un hombre de genio.

Aunque tú fueras el más grande de los hombres, pensaría que te hace demasiado honor al compararte con Marmontel, si le hubieras conocido de niño. No se atreverá a tomar la iniciativa en nada. Sus admiraciones son cautelosas, sus entusiasmos son oficiales. Desprecia a los que son jóvenes. Sólo que, cuando se reconozca tu grandeza, gritará: ¡Lo había adivinado bien! Pero nunca dirá ante la aurora de un hombre aún desconocido: ¡Aquí está la gloria y el futuro! Aquel que puede decir a un trabajador desconocido: ¡Hijo mío, tú eres un hombre de genio! merece la inmortalidad que promete. Comprender es igualar, dijo Rafael.

El hombre mediocre puede tener esta o aquella aptitud especial: puede tener talento. Pero la intuición le está prohibida. No tiene la segunda visión; no la tendrá nunca. Puede aprender; no puede adivinar. A veces admite una idea, pero no la sigue en sus diversas aplicaciones; y si se la presentas en términos diferentes, ya no la reconoce: la rechaza.

A veces admite un principio; pero si tú llegas a las consecuencias de ese principio, te dirá que estás exagerando.

Si la palabra exageración no existiera, el hombre mediocre la inventaría.

El hombre mediocre piensa que el cristianismo es una precaución útil, de la que sería imprudente prescindir. Sin embargo, lo odia interiormente; a veces, también le tiene un cierto respeto convencional, el mismo que tiene por los libros de moda. Pero aborrece el catolicismo: lo encuentra exagerado: prefiere, con mucho, el protestantismo, que considera moderado. Es amigo de todos los principios y de todos sus contrarios.

El hombre mediocre puede tener estima por las personas virtuosas y por los hombres de talento.

Teme y aborrece a los santos y a los hombres de genio; los encuentra exagerados.

Pregunta para qué sirven las órdenes religiosas, especialmente las contemplativas. Admite a las Hermanas de San Vicente de Paúl, porque su acción se desarrolla, al menos parcialmente, en el mundo visible. Pero las carmelitas, dice, ¿para qué sirven?

Si el hombre naturalmente mediocre se vuelve seriamente cristiano, deja absolutamente de ser mediocre. Puede que no se convierta en un hombre superior, pero la mano que sostiene la espada lo arranca de la mediocridad. El hombre que ama nunca es mediocre.

El hombre verdaderamente mediocre admira un poco todas las cosas; no admira nada con fervor. Si le presentas tus propios pensamientos, tus propios sentimientos, interpretados con cierto entusiasmo, se disgustará. Repetirá que exageras; le gustarán más sus enemigos si son fríos, que sus amigos si son fervientes. Lo que más odia es el fervor.

 

El hombre mediocre sólo tiene una pasión, y es el odio a la belleza. Tal vez repita a menudo una verdad banal con un tono banal. Expresa tú la misma verdad con esplendor, y te maldecirá; porque se habrá encontrado con lo bello, su enemigo personal.

El hombre mediocre ama a los escritores que no dicen ni sí ni no sobre ninguna cuestión, que no afirman nada, que tratan con indulgencia todas las opiniones contradictorias. Ama a Voltaire, a Rousseau y a Bossuet al mismo tiempo. Quiere que se niegue el cristianismo, pero que se niegue con educación, con cierta moderación en las palabras. Tiene cierto amor por el racionalismo y, curiosamente, también por el jansenismo. Adora la profesión de fe del vicario saboyano.

Le parece insolente cualquier afirmación, porque cualquier afirmación excluye la proposición contradictoria. Pero si eres un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, le parecerás sabio y reservado. Admirará la delicadeza de tu pensamiento y dirá que tienes talento para las transiciones y los matices.

Para escapar al reproche de intolerancia dirigido por él a todo cuanto piensa fuertemente, habría que refugiarse en la duda absoluta; pero además a la duda no hay que llamarla por su nombre. Hay que darle la forma de una opinión modesta, que reserva los derechos de la opinión contraria, que hace como si dijera algo y no dice absolutamente nada. Hay que añadir una perífrasis suavizante a cada frase: parece, si se me permite decirlo, si está permitido expresarse así.

Al hombre mediocre en actividad, en el cargo, le queda una preocupación: es el miedo a comprometerse. Así expresa unos pensamientos robados al Sr. de Perogrullo con la reserva, la timidez, la prudencia de un hombre que teme que sus palabras demasiado atrevidas hagan temblar el mundo.

 

La primera palabra del mediocre que juzga un libro es siempre sobre un detalle, y generalmente sobre un detalle de estilo. Está bien escrito, dice, cuando el estilo es fluido, tibio, incoloro, tímido. Está mal escrito, dice, cuando la vida fluye a través de tu obra, cuando creas tu lenguaje hablando, cuando dices tus pensamientos con ese brío que es la franqueza del escritor. Le gusta la literatura impersonal, odia los libros que obligan a reflexionar. Le gustan los libros que se parecen a todos los demás, los libros que se adaptan a sus hábitos, que no rompen su molde, que se ajustan a su marco, los libros que uno se sabe de memoria antes de haberlos leído, porque son como todos los demás que uno leyó desde que sabe leer.

 

El hombre mediocre dice que Jesucristo debería haberse limitado a predicar la caridad y no tendría que haber hecho milagros; pero odia aún más los milagros de los santos, especialmente los de los santos modernos. Si le citas un hecho sobrenatural y contemporáneo, te dirá que las leyendas pueden tener un buen efecto en la vida de los santos, pero que hay que dejarlas ahí; y si le señalas que el poder de Dios es el mismo que en el pasado, te responderá que exageras.

El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y algo de malo en todas las cosas, que no hay que ser absoluto en los juicios, etc., etc.

Si afirmas con fuerza la verdad, el hombre mediocre dirá que tienes demasiada confianza en ti mismo. ¡Él, que tiene tanto orgullo, no sabe lo que es el orgullo! Es modesto y orgulloso, sumiso ante Voltaire y rebelde ante la Iglesia. Su lema es el grito de Joiada: ¡Intrépido sólo contra Dios!

 

El hombre mediocre, con su temor a las cosas superiores, dice que estima el sentido común por encima de todo; pero no sabe lo que es el sentido común. Con estas palabras quiere expresar la negación de todo lo que es grande.

Puede que el hombre mediocre tenga esa cosa sin valor que se llama, en los salones, ingenio; pero no puede tener inteligencia, que es la facultad de leer la idea en el hecho.

El hombre inteligente levanta la cabeza para admirar y adorar; el hombre mediocre la levanta para burlarse: todo lo que está por encima de él le parece ridículo, lo infinito le parece nada.

El hombre mediocre no cree en el diablo.

El hombre mediocre lamenta que la religión cristiana tenga dogmas: le gustaría que enseñara únicamente la moral; y si le dices que su moral proviene de sus dogmas, como la consecuencia sale del principio, te responderá que exageras.

Confunde la falsa modestia, que es la mentira oficial de los orgullosos de baja estofa, con la humildad, que es la virtud ingenua y divina de los santos.

Entre esa modestia y la humildad, ésta es la diferencia:

El hombre falsamente modesto cree que su razón es superior a la verdad divina e independiente de ella, pero la cree inferior a la de Monsieur de Voltaire. Se cree inferior a los imbéciles más insulsos del siglo XVIII, pero se burla de Santa Teresa.

El hombre humilde desprecia todas las mentiras, aunque sean glorificadas por la tierra entera, y se arrodilla ante cualquier verdad.

El hombre mediocre parece, a menudo, modesto; no puede ser humilde, o deja de ser mediocre.

El hombre mediocre adora a Cicerón, ciegamente y sin restricciones; no lo llama por su nombre: lo llama el orador romano. Cita de vez en cuando: ubinam gentium vivimus? [Catilinarias: O di inmortales! ubinam gentium sumus? in qua urbe vivimus? ¡Oh dioses inmortales! ¡Entre qué gentes estamos! ¡En qué ciudad vivimos!]

El hombre mediocre es el más frío y feroz enemigo del hombre de genio.

Le opone la fuerza de la inercia, resistencia cruel; le opone sus hábitos mecánicos e invencibles, la ciudadela de sus viejos prejuicios, su indiferencia malévola, su escepticismo mezquino, ese odio profundo que se parece a la imparcialidad; le opone el arma de los desalmados, la dureza de la estupidez.

El genio cuenta con el entusiasmo; pide que uno se rinda. El hombre mediocre nunca se rinde. No tiene entusiasmo ni piedad: esas dos cosas siempre van juntas.

Cuando el hombre de genio se desanima y se cree próximo a la muerte, el hombre mediocre lo mira con satisfacción; se complace en esa agonía; dice: Lo adiviné bien; este hombre seguía un camino equivocado; ¡tenía demasiada confianza en sí mismo! Si el hombre de genio triunfa, el hombre mediocre, lleno de envidia y de odio, le opondrá al menos los grandes modelos clásicos, como él dice, los hombres célebres del siglo pasado, y tratará de creer que el futuro lo vengará del presente.

El hombre mediocre es mucho más malvado de lo que piensa, y de lo que nosotros pensamos, porque su frialdad vela su maldad. Nunca se enfurece. En el fondo, le gustaría aniquilar a las razas superiores: se venga por no poder hacerlo, burlándose de ellas. Hace pequeñas infamias que, por ser pequeñas, no parecen ser infames. Pincha con alfileres y se alegra cuando sale sangre, mientras que el asesino, en cambia, tiene miedo de la sangre que derrama. El hombre mediocre nunca tiene miedo. Se siente apoyado por la multitud de los que son como él.

 

El hombre mediocre es, en el orden literario, lo que en el orden social llamamos un hombre de buena fortuna. El éxito fácil es su elemento. Olvidando el lado esencial y aferrándose al lado accidental de cada cosa, corre detrás de las circunstancias; está al acecho de las oportunidades; y cuando ha tenido éxito, es diez veces más mediocre todavía. Se juzga a sí mismo, como juzga a los demás, por el éxito. Mientras que el hombre superior siente su fuerza internamente, y la siente especialmente si los demás no la sienten, el hombre mediocre se creería un tonto si pasara por tal, y encuentra la seguridad en los cumplidos que recibe; su mediocridad aumenta en proporción de su importancia.

¿Pero por qué y cómo, me preguntas, alcanza el éxito?

Sentado en tu escritorio, frente a un libro firmado con un nombre conocido, y que el rumor público señaló a tu atención, ¿nunca lo has cerrado con una tristeza inquieta, y te has dicho a ti mismo: — ¿Cómo estas páginas llevaron al autor a la fama, en lugar de condenarlo al olvido? ¿Y cómo es que tal nombre, que podría figurar al lado de los grandes nombres, es absolutamente desconocido para la humanidad? ¿Por qué los pocos amigos del que estoy pensando en este momento susurran tímidamente su nombre entre ellos, sin atreverse a pronunciarlo ante todos, por qué no ha tenido la sanción de todos? ¿La gloria tiene secretos o bien tiene caprichos?

Aquí está la respuesta: la fama y el éxito no son lo mismo; la fama tiene secretos, el éxito tiene caprichos.

El hombre mediocre no lucha: puede alcanzar el éxito primero, pero siempre fracasa después.

El hombre superior lucha primero y luego triunfa.

El hombre mediocre triunfa porque sigue la corriente; el hombre superior triunfa porque va contra la corriente.

El procedimiento del éxito es caminar con los demás; el procedimiento de la gloria es caminar contra los demás.

Todo hombre que hace que su nombre sea conocido produce este efecto, porque es el representante de una determinada parte de la especie humana.

Ésta es la palabra de todos los enigmas.

Las razas superiores están representadas por los grandes; las razas inferiores, por los pequeños.

Ambas tienen sus diputados en la asamblea universal.

Pero las unas les dan el éxito a sus diputados, y las otras a sus diputados les dan la gloria.

Los que halagan los prejuicios, las costumbres de sus contemporáneos, medran y van al éxito: son los hombres de su tiempo.

Los que rechazan los prejuicios, las costumbres, los que respiran por adelantado el aire del siglo que les seguirá, hacen medrar a los demás y van hacia la gloria: ésos son los hombres de la eternidad.

Por eso el valor, inútil para el éxito, es la condición absoluta de la gloria. Son grandes los que se imponen a los hombres en lugar de someterse a ellos, los que se imponen a sí mismos en lugar de someterse a sí mismos, los que sofocan con el mismo esfuerzo sus propios desalientos y las resistencias exteriores. Lo que llamamos grandeza es el resplandor de la soberanía.

El hombre mediocre que tiene éxito responde a los deseos actuales de otros hombres.

El hombre superior que triunfa responde a los presentimientos desconocidos de la humanidad.

El hombre mediocre puede mostrar a los hombres la parte de sí mismos que conocen.

El hombre superior revela a los hombres la parte de sí mismos que desconocen.

El hombre superior se adentra en nosotros más de lo que estamos acostumbrados a aventurarnos. Les da voz a nuestros pensamientos. Es más íntimo con nosotros que nosotros mismos.

Nos irrita y nos deleita, como un hombre que nos despertara para ver un amanecer con él. Al sacarnos de nuestra casa para llevarnos a su dominio, nos inquieta y, al mismo tiempo, nos da una paz superior.

El hombre mediocre, que nos deja allí donde estamos, nos inspira una tranquilidad muerta que no es la calma.

El hombre superior, incesantemente atormentado, desgarrado por la oposición de lo ideal y lo real, siente la grandeza humana mejor que cualquier otro, y la miseria humana mejor que cualquier otro. Se siente más fuertemente llamado al esplendor ideal, que es el fin de todos nosotros, y más mortalmente dañado por la antigua degradación de nuestra pobre naturaleza: nos comunica estos dos sentimientos que él padece. Enciende en nosotros el amor al ser, y despierta en nosotros, sin descanso, la conciencia de nuestra nada.

El hombre mediocre no siente ni la grandeza ni la miseria, ni el Ser ni la nada. No se deleita ni se precipita; permanece en el penúltimo peldaño de la escalera, incapaz de subir, demasiado perezoso para bajar. En sus juicios como en sus obras, sustituye la realidad por la convención, aprueba lo que halla un lugar en su casillero, condena lo que escapa a las denominaciones, a las categorías que conoce, teme el asombro, y, sin acercarse nunca al terrible misterio de la vida, evita las montañas y los abismos por los que aquella pasea a sus amigos.

El hombre de genio, es superior a lo que hace. Su pensamiento es superior a su obra.

El hombre mediocre es inferior a lo que hace. Su obra no es la realización de un pensamiento: es un trabajo realizado según ciertas reglas.

El hombre de genio siempre encuentra su obra inacabada.

El hombre mediocre está lleno de la suya, lleno de sí mismo, lleno de nada, lleno de vacío, lleno de vanidad. ¡Vanidad! Ese odioso personaje cabe por entero en estas dos palabras: ¡frialdad y vanidad!

 

ERNEST HELLO

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

L'HOMME MÉDIOCRE

 

L’homme médiocre est-il donc celui qu’on appelle en philosophie, en politique, en littérature, un juste milieu ? Appartient-il nécessairement et certainement à cette opinion-là ?

Non pas encore.

Celui qui est juste-milieu le sait : il a l’intention de l’être. L’homme médiocre est juste-milieu sans le savoir. Il l’est par nature, et non par opinion ; par caractère, et non par accident. Qu’il soit violent, emporté, extrême ; qu’il s’éloigne autant que possible des opinions du juste-milieu, il sera médiocre. Il y aura de la médiocrité dans sa violence.

Le trait caractéristique, absolument caractéristique de l’homme médiocre, c’est sa déférence pour l’opinion publique. Il ne parle jamais, il répète toujours. Il juge un homme sur son âge, sa position, son succès, sa fortune. Il a le plus profond respect pour ceux qui sont connus, n’importe à quel titre, pour ceux qui ont beaucoup imprimé. Il ferait la cour à son plus cruel ennemi, si cet ennemi devenait célèbre ; mais il ferait peu de cas de son meilleur ami, si personne ne lui en faisait l’éloge. Il ne conçoit pas qu’un homme encore obscur, un homme pauvre, qu’on coudoie, qu'on traite sans façon, qu’on tutoie, puisse être un homme de génie.

Fussiez-vous le plus grand des hommes, il croira vous faire trop d’honneur en vous comparant à Marmontel, s’il vous a connu enfant. Il n’osera prendre l'initiative de rien. Ses admirations sont prudentes, ses enthousiasmes sont officiels. Il méprise ceux qui sont jeunes. Seulement, quand votre grandeur sera reconnue, il s’écriera : Je l’avais bien deviné ! Mais il ne dira jamais devant l’aurore d’un homme encore ignoré : Voilà la gloire et l’avenir ! Celui qui peut dire à un travailleur inconnu : Mon entant, tu es un homme de génie ! celui-là mérite l’immortalité qu'il promet. Comprendre, c'est égaler, a dit Raphaël.

L'homme médiocre peut avoir telle ou telle aptitude spéciale : il peut avoir du talent. Mais l'intuition lui est interdite. Il n’a pas la seconde vue ; il ne l’aura jamais. Il peut apprendre; il ne peut pas deviner. Il admet quelquefois une idée, mais il ne la suit pas dans ses diverses applications ; et si vous la lui présentez en termes différents, il ne la reconnaît plus : il la repousse.

Il admet quelquefois un principe ; mais si vous arrivez aux conséquences de ce principe, il vous dira que vous exagérez.

Si le mot exagération n'existait pas, l’homme médiocre l’inventerait.

L'homme médiocre pense que le christianisme est une précaution utile, dont il serait imprudent de se passer. Néanmoins il le déteste intérieurement; quelquefois aussi, il a pour lui un certain respect de convention, le même respect qu’il a pour les livres en vogue. Mais il a horreur du catholicisme : il le trouve exagéré : il aime bien mieux le protestantisme, qu’il croit modéré. Il est ami de tous les principes et de tous leurs contraires.

L’homme médiocre peut avoir de l’estime pour les gens vertueux et pour les hommes de talent.

Il a peur et horreur des saints et des hommes de génie; il les trouve exagérés.

Il demande à quoi servent les ordres religieux, surtout les ordres contemplatifs. Il admet les sœurs de Saint-Vincent de Paul, parce que leur action se fait, au moins partiellement, dans le monde visible. Mais les carmélites, dit-il, à quoi bon ?

Si l'homme naturellement médiocre devient sérieusement chrétien, il cesse absolument d’être médiocre. Il peut ne pas devenir un homme supérieur, mais il est arraché à la médiocrité par la main qui tient le glaive. L’homme qui aime n'est jamais médiocre.

L'homme vraiment médiocre admire un peu toutes choses ; il n'admire rien avec chaleur. Si vous lui présentez ses propres pensées, ses propres sentiments rendus avec un certain enthousiasme, il sera mécontent. Il répétera que vous exagérez; il aimera mieux ses ennemis s'ils sont froids, que ses amis s'ils sont chauds. Ce qu’il déteste par-dessus tout, c’est la chaleur.

 

L'homme médiocre n'a qu'une passion, c'est la haine du beau. Peut-être répétera-t-il souvent une vérité banale sur un ton banal. Exprimez la même vérité avec splendeur, il vous maudira; car il aura rencontré le beau, son ennemi personnel.

L’homme médiocre aime les écrivains qui ne disent ni oui ni non sur aucune question, qui n'affirment rien, qui ménagent toutes les opinions contradictoires. Il aime à la fois Voltaire, Rousseau et Bossuet. Il veut bien qu'on nie le christianisme, mais qu'on le nie poliment, avec une certaine modération dans les mots. Il a un certain amour pour le rationalisme, et, chosé bizarre, pour le jansénisme aussi. Il adore la profession de foi du vicaire savoyard.

Il trouve insolente toute affirmation, parce que toute affirmation exclût la proposition contradictoire. Mais si vous êtes un peu ami et un peu ennemi de toutes choses, il vous trouvera sage et réservé. Il admirera la délicatesse de votre pensée, et dira que vous avez le talent des transitions et des nuances.

Pour échapper au reproche d’intolérance adressé par lui à tout ce qui pense fortement, il faudrait se réfugier dans le doute absolu ; mais encore ne faut-il pas appeler le doute par son nom. Il faut lui donner la forme d'une opinion modeste, qui réserve les droits de l’opinion contraire, fait semblant de dire quelque chose et ne dit absolument rien. Il faut ajouter à chaque phrase une périphrase adoucissante : ce semble, si j'ose le dire, s’il est permis de s'exprimer ainsi.

Il reste à l'homme médiocre en activité, en fonction, une inquiétude : c'est la crainte de se compromettre. Aussi il exprime quelques pensées volées à M. de La Palisse, avec la réserve, la timidité, la prudence d'un homme qui craint que ses paroles trop hardies n'ébranlent le monde.

 

Le premier mot de l’homme médiocre qui juge un livre porte toujours sur un détail, et habituellement sur un détail de style. C’est bien écrit, dit-il, quand le style est coulant, tiède, incolore, timide. C’est mal écrit, dit-il, quand la vie circule dans votre œuvre, quand vous créez votre langue en parlant, quand vous dites vos pensées avec cette verdeur qui est la franchise de l’écrivain. Il aime la littérature impersonnelle, il déteste les livres qui obligent à réfléchir. Il aime ceux qui ressemblent à tous les autres, ceux qui rentrent dans ses habitudes, qui ne font pas éclater son moule, qui tiennent dans son cadre, ceux qu'on sait par cœur avant de les avoir lus, parce qu’ils sont semblables à tous ceux qu’on lit depuis qu’on sait lire.

 

L’homme médiocre dit que Jésus-Christ aurait dû se borner à prêcher la charité, et ne pas faire de miracles ; mais il déteste encore plus les miracles des saints, surtout ceux des saints modernes. Si vous lui citez un fait à la fois surnaturel et contemporain, il vous dira que les légendes peuvent faire bon effet dans la vie des saints, mais qu'il faut lès y laisser ; et si vous lui faites observer que la puissance de Dieu est la même qu’autrefois, il vous répondra que vous exagérez.

L’homme médiocre dit qu’il y a du bon et du mauvais dans toutes choses, qu’il ne faut pas être absolu dans ses jugements, etc., etc.

Si vous affirmez fortement la vérité, l’homme médiocre dira que vous avez trop de confiance en vous-même. Lui, qui a tant d’orgueil, il ne sait pas ce que c'est que l’orgueil ! II est modeste et orgueilleux, soumis devant Voltaire et révolté contre l’Église. Sa devise, c’est le cri de Joad : Hardi contre Dieu seul !

 

L'homme médiocre, dans sa crainte des choses supérieures, dit qu’il estime avant tout le bon sens ; mais il ne sait pas ce que c’est que le bon sens. Il entend par ce mot-là la négation de tout ce qui est grand.

L’homme médiocre peut très bien avoir cette chose sans valeur qu’on appelle, dans les salons, de l’esprit ; mais il ne peut avoir l'intelligence, qui est la faculté de lire l’idée dans le fait.

L’homme intelligent lève la tête pour admirer et pour adorer ; l’homme médiocre lève la tête pour se moquer : tout ce qui est au-dessus de lui, lui paraît ridicule, l’infini lui parait néant.

L’homme médiocre ne croit pas au diable.

L’homme médiocre regrette que la religion chrétienne ait des dogmes : il voudrait qu’elle enseignât la morale toute seule ; et si vous lui dites que sa morale sort de ses dogmes, comme la conséquence sort du principe, il vous répondra que vous exagérez.

Il confond la fausse modestie, qui est le mensonge officiel des orgueilleux de bas étage, avec l’humilité, qui est la vertu naïve et divine des saints.

Entre cette modestie et l’humilité, voici la différence :

L’homme faussement modeste croit sa raison supérieure à la vérité divine et indépendante d’elle, mais il la croit en- même temps inférieure à celle de M. de Voltaire. Il se croit inférieur aux plus plats imbéciles du dix-huitième siècle, mais il se moque de sainte Thérèse.

L’homme humble méprise tous les mensonges, fassent-ils glorifiés par toute la terre, et s’agenouille devant toute vérité.

L’homme médiocre semble habituellement modeste; il ne peut pas être humble, ou bien il cesse d’être médiocre.

L’homme médiocre adore Cicéron, aveuglément et sans restriction ; il ne l’appelle pas par son nom : il l’appelle l’orateur romain. Il cite de temps en temps : ubinam gentium vivimus?

L’homme médiocre est le plus froid et le plus féroce ennemi de l’homme de génie.

Il lui oppose la force d’inertie, résistance cruelle; il lui oppose ses habitudes machinales et invincibles, la citadelle de ses vieux préjugés, son indifférence malveillante, son scepticisme méchant, cette haine profonde qui ressemble à de l'impartialité ; il lui oppose l’arme des gens sans cœur, la dureté de la bêtise.

Le génie compte sur l'enthousiasme; il demande qu’on s’abandonne. L’homme médiocre ne s’abandonne jamais. Il est sans enthousiasme et sans pitié : ces deux choses vont toujours ensemble.

Quand l’homme de génie est découragé et se croit près de mourir, l’homme médiocre le regarde avec satisfaction; il est bien aise de cette agonie; il dit : Je l’avais bien deviné ; cet homme-là suivait une mauvaise voie ; il avait trop de confiance en lui-même ! Si l’homme de génie triomphe, l’homme médiocre, plein d’envie et de haine, lui opposera au moins les grands modèles classiques, comme il dit, les gens célèbres du siècle dernier, et tâchera de croire que l’avenir le vengera du présent.

L’homme médiocre est beaucoup plus méchant qu’il ne le croit, et qu’on ne le croit, parce que sa froideur voile sa méchanceté. Il ne s’emporte jamais. Au fond, il voudrait anéantir les races supérieures : il se venge de ne le pouvoir pas, en les taquinant. Il fait de petites infamies, qui, à force d’être petites, n’ont pas l’air d’être infâmes. Il pique avec des épingles, et se réjouit quand le sang coule, tandis que l’assassin a peur, lui, du sang qu'il verse. L’homme médiocre n’a jamais peur. Il se sent appuyé sur la multitude de ceux qui lui ressemblent.

 

L’homme médiocre est, dans l’ordre littéraire, ce qu’on appelle dans l'ordre social un homme de bonne fortune. Les succès faciles sont pour lui. Oubliant le côté essentiel et saisissant le côté accidentel de chaque chose, il court après les circonstances  ; il est à l’affût des occasions ; et quand il a réussi, il est dix fois plus médiocre encore. Il se juge, comme il juge les autres, sur le succès. Tandis que l’homme supérieur sent sa force intérieurement, et la sent surtout si les autres ne la sentent pas, l’homme médiocre se croirait un sot s'il passait pour tel, et trouve son aplomb dans les compliments qu'on lui fait; sa médiocrité augmente en raison de son importance.

Mais enfin, me dites-vous, pourquoi et comment réussit-il?

Assis à votre bureau, en face d'un livre signé d'un nom connu, et que le bruit public désignait à votre attention, ne vous est-il jamais arrivé de le fermer avec une tristesse inquiète, et de vous dire : — Comment ces pages ont-elles conduit l'auteur à la réputation, au lieu de le condamner à l'oubli ? Et comment tel nom : qui pourrait figurer à côté des grands noms, est-il absolument inconnu aux hommes? Pourquoi les quelques amis, les rares amis de celui à qui je pense en ce moment murmurent-ils timidement son nom entre eux, n’osant pas le prononcer devant tous, parce qu'il n’a pas eu la sanction de tous? La gloire a-t-elle des secrets, ou bien a-t-elle des caprices ?

Voici la réponse : La gloire et le succès ne se ressemblent pas ; la gloire a des secrets, le succès a des caprices.

L'homme médiocre ne lutte pas : il peut réussir d’abord ; il échoue toujours ensuite.

L’homme supérieur lutte d’abord et réussit ensuite.

L’homme médiocre réussit parce qu’il suit le courant ; l’homme supérieur triomphe parce qu'il va contre le courant.

Le procédé du succès, c’est de marcher avec les autres ; le procédé de la gloire, c’est de marcher contre les autres.

Tout homme qui fait connaître son nom produit cet effet, parce qu’il est le représentant d’une certaine partie de l’espèce humaine.

Voilà le mot de toutes les énigmes.

Les races supérieures se font représenter par les grands; les races inférieures se font représenter par les petits.

Les unes et les autres ont leurs députés dans l’assemblée universelle.

Mais les unes donnent à leurs députés le succès, et les autres donnent à leurs députés la gloire.

Ceux qui flattent les préjugés, les habitudes de leurs contemporains, sont poussés et vont au succès : ce sont les hommes de leur temps.

Ceux qui refoulent les préjugés, les habitudes ; ceux qui respirent d’avance l’air du siècle qui les suivra, ceux-là poussent les autres, et vont à la gloire : ce sont les hommes de l’éternité.

Voilà pourquoi le courage, qui est inutile au succès, est la condition absolue de la gloire. Ceux-là sont grands qui s’imposent aux hommes au lieu de les subir, qui s’imposent à eux-mêmes au lieu de se subir, qui étouffent du même effort leurs propres découragements et les résistances extérieures. Ce que nous appelons grandeur, c’est le rayonnement de la souveraineté.

L’homme médiocre qui a du succès répond aux désirs actuels des autres hommes.

L’homme supérieur qui triomphe répond aux pressentiments inconnus de l’humanité.

L’homme médiocre peut montrer aux hommes la partie d’eux-mêmes qu’ils connaissent.

L’homme supérieur révèle aux hommes la partie d’eux-mêmes qu’ils ne connaissent pas.

L’homme supérieur descend au fond de nous plus profondément que nous n'avons l’habitude d’y descendre. Il donne la parole à nos pensées. Il est plus intime avec nous que nous-mêmes.

Il nous irrite et nous réjouit, comme un homme qui nous réveillerait pour aller voir avec lui un lever de soleil. En nous arrachant à nos maisons pour nous entraîner dans ses domaines, il nous inquiète et nous donne en même temps la paix supérieure.

L’homme médiocre, qui nous laisse là où nous sommes, nous inspire une tranquillité morte qui n’est pas le calme.

L’homme supérieur, incessamment tourmenté, déchiré par l’opposition de l’idéal et du réel, sent mieux  qu’un autre la grandeur humaine, et mieux qu’un autre la misère humaine. Il se sent plus fortement appelé vers la splendeur idéale, qui est notre fin à tous, et plus mortellement endommagé par la vieille déchéance de notre pauvre nature : il nous communique ces deux sentiments qu’il subit. Il allume en nous l’amour de l’être, et éveille en nous sans relâche la conscience de notre néant.

L'homme médiocre ne sent ni la grandeur, ni la misère, ni l'Être, ni le néant. Il n'est ni ravi, ni précipité ; il reste sur l'avant-dernier degré de l'échelle, incapable de monter, trop paresseux pour descendre. Dans ses jugements comme dans ses œuvres, il substitue la convention à la réalité, approuve ce qui trouve place dans son casier, condamne ce qui échappe aux dénominations, aux catégories qu'il connaît, redoute l'étonnement, et n'approchant jamais du mystère terrible de la vie, évite les montagnes et les abîmes à travers lesquels elle promène ses amis.

L’homme de génie est supérieur à ce qu'il exécute. Sa pensée est supérieure à son œuvre.

L’homme médiocre est inférieur à ce qu’il exécute. Son œuvre n'est pas la réalisation d’une pensée : c'est un travail fait d’après certaines règles.

L'homme de génie trouve toujours son œuvre inachevée.

L’homme médiocre est plein de la sienne, plein de lui-même, plein du néant, plein de vide, plein de vanité. Vanité ! cet odieux personnage est tout entier dans ces deux mots : froideur et vanité !