SOBRE EL CRISTIANISMO
Y EL ISLAM
Carta a Arthur de
Gobineau
Tocqueville, 2 de octubre de 1843.
He recibido, señor, sus dos
análisis sobre Priestley y Bentham. Son dos trabajos muy buenos que, en mi
opinión, encajan mejor en la idea de la obra que tenemos que realizar que
cualquiera de los que ha realizado hasta ahora para mí. Creía que Bentham tenía,
en relación con la doctrina de lo útil, algo más dogmático y más explícito que
su gran libro sobre las recompensas y los castigos. ¿Me equivoco?
Ahora paso a la larga carta
que usted me escribió hace tres semanas. No quiero responderle en detalle; para
ello se necesitaría un libro. Mi intención es tan sólo plantear bien la
cuestión entre nosotros y, a partir de ahí, saber cómo dirigir nuestros
trabajos.
Le confieso que profeso una
opinión absolutamente contraria a la suya sobre el cristianismo. En mi opinión,
es mucho más diferente de lo que lo precedió de lo que usted cree, y nosotros
somos mucho menos diferentes de él de lo que usted dice... Nunca he podido
evitar sentir una profunda emoción al leer el Evangelio. Varias de las
doctrinas que contiene, y de las más importantes, siempre me han parecido
absolutamente nuevas, y el conjunto, sobre todo, forma algo completamente
diferente del corpus de ideas filosóficas y leyes morales que habían regido
anteriormente las sociedades humanas. No concibo que, al leer ese libro admirable,
su alma no haya experimentado, como la mía, esa especie de aspiración libre que
provoca una atmósfera moral más vasta y más pura. Cuando se quiere criticar el
cristianismo, hay que prestar mucha atención a dos cosas.
La primera es la siguiente:
el cristianismo nos ha llegado a través de siglos de profunda ignorancia y rudeza,
de desigualdad social, de opresión política; ha sido un arma en manos de reyes
y sacerdotes. Es justo juzgarlo por sí mismo y no por el entorno por el que se
ha visto obligado a pasar. Casi todas las tendencias exageradas, casi todos los
abusos que a menudo se le reprochan con razón al cristianismo, deben atribuirse
a estas causas secundarias, como creo que me resultaría muy fácil demostrar, y
no al código de moral cuyo primer precepto es esta sencilla máxima: ama a Dios
con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo, esto resume la ley y los
profetas.
La segunda cosa a la que
hay que prestar atención es que el cristianismo no es una filosofía, sino una
religión. Hay ciertas doctrinas que forman parte necesariamente de cualquier
religión y que no deben atribuirse a la naturaleza específica de ninguna. Tales
son el mérito atribuido a la fe, la utilidad, la necesidad de la fe, la
insuficiencia de las obras sin la fe y, por consiguiente, en cierta medida,
la intolerancia de la que tanto nos felicita usted por estar exentos. Todo ello
es inherente a las religiones... y está necesariamente ligado al bien que
pueden producir. No se puede tener uno sin lo otro. Y, por mi parte, le
confieso que estoy convencido de que el mal que estas ideas le hacen a la moral
es, en definitiva, mucho menor que el que esta última sufre cuando pierde la
sanción necesaria que le da la fe. Cuanto más avanzo en la vida menos veo que
los pueblos puedan prescindir de una religión positiva; eso me hace menos
severo que usted con respecto a los inconvenientes que presentan todas las
religiones, incluso la mejor.
La mayoría de los rasgos en
los que usted cree reconocer una nueva moral no son para mí más que los signos
que siempre han acompañado al debilitamiento de la fe religiosa.
Cuando ya no se cree en una
religión, cuando no se atribuye ningún valor moral a la fe y cuando únicamente
se valoran los actos en sí mismos, esto queda muy claro.
Del mismo modo, cuando la
noción del otro mundo se vuelve oscura, es natural que los hombres que no
pueden prescindir de la ley moral busquen encontrar su sanción en esta vida y
creen todos esos sistemas que, bajo diferentes nombres, pertenecen a la
doctrina del interés.
Del mismo modo, cuando se
pierden de vista los gozos celestiales, es muy sencillo que uno se apegue cada
vez más a los únicos bienes que le quedan, los de este mundo, y que se aferre a
ellos tanto más cuanto más problemática se vuelve la existencia de los demás.
Creo que todo esto se vio
en parte con la decadencia del paganismo y se verá cada vez que una religión
pierda su imperio. Entonces habrá una multitud que mostrará esos instintos y
habrá filósofos que reducirán esos instintos a doctrina.
Le confieso que no me
maravilla lo que se llama la rehabilitación de la carne. Quizás el
cristianismo llevó al extremo la glorificación del espíritu. Pero el
cristianismo fue en esto una admirable reacción contra su época y el espíritu
de las antiguas religiones. ¿No le parece a usted que había una belleza
incomparable en esa lucha abierta del espíritu contra la materia triunfante? Si
el cristianismo se dejó arrastrar demasiado lejos por la grandeza misma de su
esfuerzo, en mi opinión el peligro no era tan de temer. Porque todos los
instintos de la masa de los hombres empujan en sentido contrario, y la carne se
habría rehabilitado por sí misma, si los filósofos no se hubieran entrometido.
Al plasmar en el papel estas
ideas, de forma apresurada y desordenada, mi objetivo no es convencerlo a usted,
sino solo hacerle comprender en qué difiero de su opinión. La mayoría de las
cosas que le parecen novedades en materia de moral me parecen efectos naturales
y necesarios del debilitamiento de la fe religiosa y de la duda sobre el más
allá. Creo que siempre se ha visto algo similar en circunstancias parecidas.
Entre las cosas
verdaderamente nuevas (y entre ellas hay varias que me parecen muy hermosas),
la mayoría me parecen derivadas directamente del cristianismo. Es el
cristianismo aplicado con una visión más amplia, otras formas políticas, un estado
social diferente. Son, en una palabra, consecuencias nuevas derivadas de un principio
antiguo.
Usted cree, pues, que la
revolución que se está produciendo entre nosotros es más original y, en
general, más beneficiosa de lo que yo creo. Pero usted la ve, y eso es lo
importante para lo que tenemos que hacer. La mayoría de los signos que la
manifiestan a sus ojos, la muestran también a los míos, y cuanto más consiga
señalarla, más útil me resultará su trabajo. Creo, pues, que la especie de
conversación epistolar que acabamos de mantener habrá tenido un resultado muy
satisfactorio, el de precisar, en la medida de lo posible, la dirección en la
que deben orientarse sus investigaciones y los aspectos de cada libro a los que
debe prestarse atención. El cristianismo es la gran fuente de la moral moderna;
todo lo que en las leyes, los usos, las ideas, los sistemas filosóficos le
parezca contrario a los datos proporcionados por el cristianismo o simplemente
diferente de él, debe ser señalado por usted y bien destacado, esa es la
primera regla a seguir; pues lo que yo sobre todo debo dar a conocer no es la
moral de nuestro tiempo, sino lo que tiene de nuevo y diferente respecto a la
que la precedió. El tema así delimitado es una tarea de una inmensidad
desesperante. ¿Qué es lo que no abarca? Las diversas aplicaciones serán todavía
más difíciles de mostrar que los nuevos principios. Las modificaciones
introducidas desde hace medio siglo en las legislaciones civiles y penales,
como manifestación de ese nuevo espíritu, serían por sí solas, si se quisiera,
materia para un gran libro. Cuando pienso en ello, estoy constantemente a punto
de enviar inmoralmente al diablo tanto a la Academia de Ciencias Morales, que
me ha impuesto esta gran tarea, como a la política, que me impide cumplirla.
Volviendo a usted, ¿me dice
que va a seguir con los autores ingleses? Apruebo ese propósito, pues, como ya
le he dicho, sus últimos trabajos sobre esos autores me parecen excelentes.
Creo que después haría bien en volver a Alemania. En primer lugar, es un
terreno en el que no puedo prescindir de usted, ya que no sé alemán; en segundo
lugar, reconozco que nuestros trabajos sobre este tema aún no me han
proporcionado las aclaraciones que me satisfacen; al menos, ese tipo de
aclaraciones que busco y que consisten sobre todo en mostrar lo que hay de
nuevo en los sistemas morales, lo que se aleja de los datos del
cristianismo. Me parece que Kant no se queda por debajo del cristianismo sino
que va más allá de él. ¿Tienen los autores más modernos que él una visión
diferente sobre este punto? Le ruego que se esfuerce por destacar este aspecto
del tema. En cuanto a los autores franceses, dudo un poco en pedirle que se
ocupe de ellos, ya que, de todos los documentos que necesito, son los que mejor
conozco y los que tengo más fácilmente al alcance de mi mano.
Lo que más me sería útil
sería investigar no tanto los nuevos principios, sino las diversas aplicaciones
de esos principios en las instituciones, principalmente en las de los pueblos
extranjeros, ya que es lo que más me cuesta conocer. Tomaré como ejemplo sus
propias ideas.
Usted dice con razón que
uno de los rasgos característicos de nuestras opiniones morales es que sólo nos
fijamos en las obras, independientemente de las creencias. Esto se manifiesta
en las leyes modernas, que han otorgado los mismos derechos, impuesto los
mismos deberes y tratado de la misma manera a los hombres de todas las sectas
cristianas. En Francia, esto se ha extendido hasta los judíos. Las
legislaciones extranjeras y las obras de derecho extranjero deben contener
huellas menos visibles, pero aún así muy evidentes, de este mismo espíritu.
Usted dice que la limosna,
de privada, se ha convertido en social; que se ha vuelto más desinteresada, más
esclarecida. Lo creo en parte, aunque no saco las mismas conclusiones del mismo
hecho y veo en ello más bien la doctrina cristiana de una época muy civilizada,
muy administrativa, muy democrática, que un sistema nuevo. Los signos que
demuestran esta tendencia son los recursos acumulados por los poderes públicos
para acudir regularmente, de forma administrativa, en ayuda de las diferentes
miserias, en definitiva, el perfeccionamiento de todas las instituciones
caritativas del cristianismo. Es la caridad legal directa. Todo lo que
se haya hecho en este sentido, especialmente en Alemania, debería recopilarse
con gran cuidado.
Existe la caridad legal
indirecta, que consiste en proporcionarles a los pobres medios fáciles para que
ellos por sí mismos salgan de la necesidad. Son las cajas de ahorros, los
asilos y otras instituciones del mismo tipo. Todas las combinaciones administrativas
de esta clase en el extranjero son para mí hechos capitales.
Los esfuerzos realizados
por los gobiernos para difundir la educación, la obligación social que se han
impuesto de difundirla; en consecuencia, los reglamentos y las leyes que tienen
por objeto multiplicar las escuelas, facilitar el acceso a ellas y proporcionar
una educación de carácter más democrático; las obras que han tenido por objeto
iluminar e impulsar a los gobiernos en esta vía, entran particularmente en
nuestro tema.
No le hablo de las
prisiones ni del derecho penal, creo que en este punto puedo prescindir de
cualquier ayuda.
Usted dice que es una
máxima de nuestro tiempo que todo el mundo tiene el mismo derecho al trabajo
(lo cual, por cierto, no realza la idea del trabajo ni la doctrina cristiana de
que todo hombre, sea quien sea, está condenado de una forma u otra al
trabajo). ¿Qué libros modernos franceses o extranjeros han formulado esta
doctrina? ¿En qué legislación se ha hecho un esfuerzo por garantizar a cada
hombre el ejercicio de este derecho?
Podría decirle mucho más
sobre este tema. Pero por ahora es inútil, ya que aún no ha terminado usted sus
análisis de los filósofos. Cuando haya terminado, y le ruego que se de prisa en
la medida de lo posible, retomaremos este aspecto práctico del tema. Aunque no
podamos entrar en grandes detalles, para mí ya sería mucho poder recopilar
nociones sobre lo que existe en este ámbito y sobre las fuentes en las que
habrá que basarse más adelante.
Termino esta interminable
carta rogándole que crea en mi más sincero afecto.
Usted es, mi querido señor
de Gobineau, un interlocutor muy amable, muy ingenioso y muy poco ortodoxo con
el que no quiero seguir en guerra. Lo propio de todas las disputas filosóficas
es dejar a cada uno de los filósofos precisamente con las opiniones que tenía
antes. Siendo así, es mucho mejor no discutir, ya que así se llega al mismo
resultado sin esfuerzo. Las batallas de los filósofos son especialmente
improductivas cuando se libran con la pluma en la mano. Porque entonces la
dificultad para entenderse se hace mucho mayor. Así, su carta me atribuye
varias ideas que yo no tengo y que le habría demostrado desde el primer momento
que no tengo si hubiéramos hablado en lugar de escribirnos. Ejemplo: es mi
opinión, así lo cree usted, que el cristianismo es una obra absolutamente diferente
de todo lo que le precedió. Nunca he pensado eso y no creo haberlo dicho. Sin
duda, hay una multitud de máximas e ideas que, antes de ser reunidas y concatenadas
con un mismo fin por el Evangelio, estaban dispersas y, por lo tanto, inertes
en los libros de Grecia y Oriente. Incluso encontré muchas de ellas el otro día
en las leyes de Manú y sé de antemano que se encontrarían igualmente en todas
las recopilaciones del mismo tipo. El cristianismo ha seleccionado,
desarrollado, clasificado y concatenado entre sí máximas e ideas que, en su
mayoría, ya se habían presentado por separado o de forma oscura en la mente de
los hombres, y ha convertido el conjunto en un instrumento de gobierno moral
absolutamente nuevo. Esto es lo que pienso.
Otro ejemplo: hoy en día no
hay nada nuevo en materia de moral. Esta idea que usted parece atribuirme
tampoco es mía. Creo tan sólo que casi todo lo que llamamos principios nuevos
no deben considerarse más que como nuevas consecuencias que el estado de
nuestra civilización, nuestras leyes políticas y nuestra situación social nos
llevan a extraer de los antiguos principios del cristianismo. Por lo tanto, no
niego lo nuevo, solo discuto su alcance. Como ve, mi querido colaborador, mi
doctrina no tiene nada que deba desanimarle. La única diferencia entre nosotros
es que usted tiene más ambición que yo. Yo me limito a ver consecuencias nuevas
donde usted quiere descubrir a toda costa nuevos principios. Usted necesita
cambiar la faz del mundo; no se conforma con menos. Yo soy más modesto.
Por desgracia, tenemos
otras discrepancias mucho más graves. Me parece que usted cuestiona incluso la
utilidad política de las religiones. En este punto, usted y yo vivimos en las
antípodas. El temor a Dios, dice usted, no impide los asesinatos. Si así fuera,
lo cual es muy dudoso, ¿qué conclusión habría que sacar? La eficacia de las
leyes, ya sean civiles o religiosas, no consiste en impedir los grandes
crímenes (que suelen ser producto de instintos excepcionales y pasiones
violentas que atraviesan las leyes como si fueran telarañas), la eficacia de
las leyes consiste en actuar sobre la gente común, en regular las acciones
cotidianas, en dar un giro habitual a las ideas, un tono general a las
costumbres. Reducidas a eso, las leyes, y sobre todo las leyes religiosas, son
tan necesarias que aún no se han visto en el mundo grandes sociedades que hayan
podido prescindir de ellas. Sé que hay muchos hombres que piensan que algún día
se verá tal cosa y que cada mañana se asoman a la ventana con la idea de que
tal vez por fin vean salir ese nuevo sol. Por mi parte, estoy convencido de que
siempre mirarán en vano. Yo creería más bien en la llegada de una nueva
religión que en la grandeza y la prosperidad creciente de nuestras sociedades
modernas sin religión...
Un último punto de
discordia y me despido. Al mismo tiempo que es usted tan severo con esta
religión que tanto ha contribuido a situarnos a la cabeza de la especie humana,
me parece que tiene cierta debilidad por el islamismo. Esto me recuerda a otro
amigo mío que encontré en África y que se había hecho mahometano. Eso no me
atrajo en absoluto. He estudiado mucho el Corán, sobre todo debido a nuestra
posición con respecto a las poblaciones musulmanas en Argelia y en todo
Oriente. Le confieso que salí de ese estudio con la convicción de que, en
definitiva, ha habido pocas religiones en el mundo tan funestas para los
hombres como la de Mahoma. En mi opinión, es la principal causa de la
decadencia tan visible hoy en día del mundo musulmán y, aunque menos absurda
que el politeísmo antiguo, sus tendencias sociales y políticas son, en mi
opinión, infinitamente más temibles, por lo que la considero, en relación con
el paganismo mismo, más una decadencia que un progreso. Esto es lo que yo creo
que podría demostrarle claramente, si alguna vez se le ocurriera la mala idea
de circuncidarse.
Mil perdones, mi querido
señor de Gobineau, por toda este inútil parloteo. Quería ser muy breve y ya voy
por la quinta página. Es el placer de conversar con usted lo que me ha hecho
hablar tanto, más que el deseo de convencerle, y sin embargo me entristece que
estemos tan poco de acuerdo. Le tengo demasiado aprecio y amistad como para no
desear que coincida a menudo con mi opinión. Sin embargo, me consuelo pensando
que, en lo que respecta a los sentimientos elevados y delicados, somos y
siempre seremos de la misma secta.
Me pregunta, señor, si hay
que analizar la obra de Bentham sobre la usura. No necesito que haga un
análisis detallado. Creo conocer ya el sistema de este autor, sistema que él
lleva demasiado lejos, siguiendo la costumbre de los lógicos de su especie,
pero del que apruebo varias partes. Basta con indicar resumidamente los puntos
principales por los que pasa y el punto al que llega. No veo la utilidad de que
se lance en este momento a leer su libro sobre la legislación. Es una obra que
yo mismo leeré y analizaré con mucha facilidad. Ya conozco una buena parte.
Espero con impaciencia el análisis de los otros autores ingleses de los que habla.
Adiós, señor, le ruego que
crea siempre en mis más sinceros sentimientos de afecto.
Correspondance entre Alexis de Tocqueville et Arthur de Gobineau 1843-1859.
Publiée par Ludwig Schemann.
Paris, Librairie Plon, 1909.
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
SUR LE CHRISTIANISME
ET L’ISLAM
Lettre à Arthur de
Gobineau
Tocqueville, ce 2 octobre 1843.
J’ai reçu, monsieur, vos deux analyses de Priestley et de
Bentham. Ce sont deux très bons travaux et qui entrent plus, à mon avis, dans l’idée
de l’ouvrage que nous avons à faire qu’aucun de ceux que vous avez encore
exécutés pour moi. Je croyais que Bentham avait, relativement à la doctrine de
l’utile, quelque chose de plus dogmatique et de plus explicite que son grand
livre sur les récompenses et les peines. Suis-je dans l’erreur?
J’en viens maintenant à la grande lettre que vous m’avez
écrite il y a trois semaines. Je ne veux pas y répondre en détail; il faudrait
pour cela un livre. Mon intention est seulement de bien poser la question entre
nous et partant de là de savoir comment diriger nos travaux.
Je vous avoue que je professe une opinion absolument
contraire à la vôtre sur le christianisme. Il est à mon avis beaucoup plus
différent de ce qui l’a précédé que vous ne le pensez et nous sommes bien moins
différents de lui que vous ne le dites... Je n’ai jamais pu me défendre d’une
émotion profonde en lisant l’Évangile. Plusieurs des doctrines qui y sont
contenues et des plus importantes m’ont toujours frappé comme absolument
nouvelles, et l’ensemble surtout forme quelque chose d’entièrement différent du
corps d’idées philosophiques et de lois morales qui avaient régi auparavant les
sociétés humaines. Je ne conçois pas qu’en lisant cet admirable livre, votre
âme n’ait pas éprouvé comme la mienne cette sorte d’aspiration libre que cause
une atmosphère morale plus vaste et plus pure. Quand on veut critiquer le
christianisme, il faut bien faire attention à deux choses.
La première est celle-ci: le christianisme nous est
arrivé à travers des siècles de profonde ignorance et de grossièreté,
d’inégalité sociale, d’oppression politique; il a été une arme dans les mains
des rois et des prêtres. Il est équitable de le juger en lui-même et non par le
milieu à travers lequel il a été obligé de passer. Presque toutes les tendances
exagérées, presque tous les abus que vous reprochez souvent avec raison au
christianisme, doivent être attribués à ces causes secondaires, ainsi qu’il me
serait, je crois, bien facile de le prouver, et non au code de morale dont le
premier précepte est cette simple maxime: aimez Dieu de tout votre cœur et
votre prochain comme vous- même, ceci renferme la loi et les prophètes.
La seconde chose à quoi il faut faire attention, c’est
que le christianisme n’est pas une philosophie mais une religion. Il y a
certaines doctrines qui font nécessairement partie d’une religion quelle
qu’elle soit et qu’il ne faut pas assigner au génie particulier d’aucune. Tel
est le mérite attribué à la foi,
l’utilité, la nécessité de la foi, l’insuffisance des œuvres sans la foi
et, par conséquent, dans une certaine mesure l’intolérance dont vous vous
félicitez si fort de nous voir exempts. Tout cela est inhérent aux religions...
et lié nécessairement au bien qu’elles peuvent produire. On ne peut avoir l’un
sans l’autre. Et, pour mon compte, je suis convaincu, je vous l’avoue, que le
mal que ces idées font à la morale est à tout prendre bien moindre que celui
qu’elle souffre lorsqu’elle vient à perdre la sanction nécessaire que la foi
lui donne. Plus je vis et moins j’aperçois que les peuples puissent se passer
d’une religion positive; cela me rend moins sévère que vous sur les
inconvénients que présentent toutes les religions, même la meilleure.
La plupart des traits auxquels vous croyez reconnaître
une morale nouvelle ne sont pour moi que les signes qui ont toujours accompagné
l’affaiblissement d’une foi religieuse.
Quand on ne croit plus à une religion, qu’on ne place
aucune valeur morale dans la foi et qu’on n’estime plus les actes qu’en
eux-mêmes, cela est bien clair.
De même, quand la notion de l’autre monde devient
obscure, il est naturel encore que les hommes qui ne peuvent se passer de loi
morale, cherchent à en trouver la sanction dans cette vie et créent tous ces
systèmes qui sous différents noms appartiennent à la doctrine de l’intérêt.
De même aussi, lorsqu’on perd de vue les jouissances
célestes, il est tout simple qu’on s’attache de plus en plus aux seuls biens
qui vous restent, ceux de ce monde, et qu’on tienne d’autant plus à ceux-là que
l’existence des autres devient plus problématique.
Je crois que tout cela s’est vu en partie au déclin du
paganisme et se verra toutes les fois qu’une religion perdra son empire. Il se
trouvera alors une foule qui montrera ces instincts et des philosophes qui réduiront
ces instincts en doctrine.
Je vous avoue encore que je ne suis pas émerveillé de ce
qu’on appelle la réhabilitation de la
chair. Le christianisme avait peut-être poussé jusqu’à l’excès la
glorification de l’esprit. Mais le christianisme était en cela une réaction
admirable contre son temps et l’esprit des anciennes religions. Est-ce que vous
ne trouvez pas qu’il y avait une beauté incomparable dans cette lutte ouverte
de l’esprit contre la matière triomphante? Si le christianisme a été entraîné
trop loin par la grandeur même de son effort, le danger à mon sens n’était pas
fort à craindre. Car tous les instincts de la masse des hommes poussent en sens
contraire, et la chair se serait bien réhabilitée d’elle-même, quand les
philosophes ne s’en seraient pas mêlés.
En jetant pêle-mêle et à la hâte sur le papier ces idées,
je n’ai pas pour but de vous convaincre, mais seulement de vous faire
comprendre en quoi je diffère de votre opinion. La plupart des choses qui vous
paraissent des nouveautés en morale, me semblent les effets naturels et
nécessaires de l’affaiblissement de la foi religieuse et du doute sur l’autre
monde. Quelque chose d’analogue s’est toujours vu, je crois, dans des
circonstances semblables.
Parmi les choses vraiment nouvelles (et parmi celles-là
il y en a plusieurs que je trouve très belles) la plupart me paraissent
découler directement du christianisme. C’est du christianisme appliqué par des
lumières plus étendues, des formes politiques autres, un état social différent.
Ce sont, en un mot, de nouvelles conséquences tirées d’un ancien principe.
Vous croyez donc la révolution qui s’opère parmi nous
plus originale et plus généralement bienfaisante que je ne le pense. Mais vous
la voyez, et c’est là l’important pour ce que nous avons à faire. La plupart
des signes qui la manifestent à vos yeux, la montrent également aux miens et
plus vous parviendrez à la signaler, plus votre travail me sera utile. Je crois
donc que l’espèce de conversation épistolaire que nous venons d’avoir aura eu
un résultat très satisfaisant, celui de préciser, autant que la chose se peut,
la direction dans laquelle il faut pousser vos recherches et les traits de
chaque livre auxquels il faut s’attacher. Le christianisme est le grand fonds
de la morale moderne; tout ce qui dans les lois, les usages, les idées, les
systèmes philosophiques vous paraîtra contraire aux données fournies par le
christianisme ou seulement différent de lui, doit être recueilli par vous et
bien mis en lumière, c’est la première règle à suivre; car ce que j’ai surtout
à faire connaître, ce n’est pas la morale de notre temps, mais ce qu’elle a de
nouveau et de différent de celle qui l’a précédée. Le sujet ainsi limité est
œuvre d’une immensité désespérante. Que n’embrasse-t-il pas? Les applications
diverses seront bien plus difficiles encore à montrer que les nouveaux
principes. Les modifications introduites depuis un demi-siècle dans les
législations civiles et criminelles, en tant que manifestation de cet esprit
nouveau, seraient seules, si on le voulait, la matière d’un gros livre. Quand
je songe à cela je suis sans cesse sur le point d’envoyer immoralement au
diable soit l’Académie des sciences morales qui m’a imposé cette grande tâche,
soit la politique qui m’empêche de la remplir.
Pour en revenir à vous, vous continuez avec les auteurs
anglais, me dites-vous? J’approuve ce dessein, car ainsi que je vous le disais,
vos derniers travaux sur ces auteurs me paraissent excellents. Je crois
qu’après, vous ferez bien de retourner à votre Allemagne. D’abord, c’est un
terrain sur lequel je ne puis me passer de vous, puisque je ne sais pas
l’allemand, secondement, j’avoue que nos travaux sur ce point ne m’ont pas
encore fourni de lumières qui me satisfassent; du moins, de cette espèce de
lumière que je cherche et qui consiste surtout à montrer ce qui est nouveau dans des systèmes moraux, ce qui
s’écarte des données du christianisme. Il me semble que Kant va plutôt au delà
qu’en deçà du christianisme. Les auteurs plus modernes que lui ont-ils sur ce
point une physionomie différente? Veuillez, je vous prie, vous attacher à bien
mettre en relief ce côté du sujet. Quant aux auteurs français, j’hésite un peu
à vous prier de vous en occuper, car de tous les documents dont j’ai besoin, ce
sont eux qui me sont déjà le plus connus et que je trouve plus facilement sous
ma main.
Ce qui me serait le plus utile, ce serait de rechercher
non plus les principes nouveaux, mais les applications diverses de ces
principes dans les institutions, principalement dans celles des peuples
étrangers; car c’est ce qui m’est le plus difficile de connaître. Je prendrai
pour exemple vos propres idées.
Vous dites avec raison qu’un des traits caractéristiques
de nos opinions morales, c’est de ne s’attacher qu’aux œuvres indépendamment de
la croyance. Cela se manifeste dans les lois modernes qui ont donné les mêmes
droits, imposé les mêmes devoirs et traité de la même manière les hommes de
toutes les sectes chrétiennes. Cela s’est étendu en France jusqu’aux juifs. Les
législations étrangères, les ouvrages de droit étranger doivent contenir des
traces moins visibles, mais encore très sensibles, de ce même esprit.
Vous dites que l’aumône, de privée, est devenue sociale;
qu’elle a été plus désintéressée, plus éclairée. Je crois cela en partie;
quoique je ne tire pas du même fait les mêmes conséquences et que j’y voie
plutôt la doctrine chrétienne d’une époque très civilisée, très administrative,
très démocratique qu’un système nouveau. Les signes qui démontrent cette
tendance, ce sont les ressources amassées par les pouvoirs publics pour venir
régulièrement, administrativement au secours des différentes misères, le
perfectionnement en un mot de toutes les institutions charitables du
christianisme. C’est la charité légale directe.
Tout ce qui peut avoir été fait dans ce sens en Allemagne surtout devrait être
recueilli avec grand soin.
Il y a la charité légale indirecte qui consiste à fournir
aux pauvres des moyens faciles de se tirer eux-mêmes du besoin. Ce sont les
caisses d’épargnes, les salles d’asile et autres institutions du même genre,
Toutes les combinaisons administratives de cette espèce à l’étranger sont pour
moi des faits capitaux.
Les efforts faits par les gouvernements pour répandre
l’instruction, l’obligation sociale qu’ils se sont imposée de la répandre; en
conséquence, les règlements, les lois qui ont pour objet de multiplier les
écoles, d’en faciliter les abords, d’y donner une instruction d’une nature plus
démocratique; les ouvrages qui ont eu pour objet d’éclairer et de pousser les
gouvernements dans cette voie, rentrent particulièrement dans notre sujet.
Je ne vous parle pas des prisons, ni du droit pénal, je
crois sur ce point pouvoir me passer de tout secours.
Vous dites que c’est une maxime de notre temps que tout
le monde a un droit égal au travail (ce qui, pour le dire en passant, ne relève
pas plus l’idée du travail que la doctrine chrétienne que tout homme quel qu’il soit est condamné dans un
genre ou dans un autre au travail). Quels sont les livres modernes français ou
étrangers qui ont formulé cette doctrine? Dans quelle législation a-t-on fait
effort pour assurer à chaque homme l’exercice de ce droit?
Je pourrais vous en dire encore bien long sur ce sujet.
Mais cela est inutile quant à présent puisque vous n’avez pas fini vos analyses
de philosophes. Quand vous en serez sorti, et je vous prie de vous hâter autant
que possible, nous reprendrons ce côté pratique du sujet. Lors même que nous ne
pourriez pas y entrer dans un grand détail, ce serait déjà beaucoup faire pour
moi que de recueillir des notions sur ce qui existe en ce genre, et sur les
sources où il faudra puiser plus tard.
Je finis cette interminable lettre en vous priant de
croire à mon bien sincère attachement.
Vous êtes, mon cher monsieur de Gobineau, un très
aimable, très spirituel et très peu orthodoxe discuteur avec lequel je ne veux
point continuer la guerre. Le propre de toutes les disputes philosophiques est
de laisser chacun des philosophes précisément dans les opinions qu’il avait
auparavant. Cela étant, il vaut bien mieux ne pas disputer puisqu’ainsi on
arrive au même résultat sans faire d’effort. Les batailles des philosophes sont
particulièrement improductives quand elles se livrent la plume à la main. Car
la difficulté de s’entendre devient alors bien plus grande. C’est ainsi que
votre lettre me suppose plusieurs idées que je n’ai pas et que je vous aurais
du premier mot montré ne pas avoir si nous avions causé au lieu de correspondre.
Exemple: le christianisme suivant moi, croyez-vous, est une œuvre absolument
différente de tout ce qui l’a précédé. Je n’ai jamais pensé cela et je ne crois
pas l’avoir dit. Il y a assurément une foule de maximes et d’idées qui, avant
d’être rassemblées et enchaînées dans un même but par l’Evangile, étaient
éparses et, par conséquent, inertes dans les livres de la Grèce et de l’Orient.
J’en retrouvais même un grand nombre l’autre jour dans les lois de Manou et je
sais d’avance qu’elles se rencontreraient de même dans tous les recueils de
même espèce. Le christianisme a choisi, développé, classé, enchaîné les unes
aux autres des maximes et des idées dont la plupart s’étaient déjà présentées
séparément ou obscurément à l’esprit des hommes, et il a fait de l’ensemble un
instrument de gouvernement moral absolument nouveau. Voilà ma pensée.
Autre exemple: il n’y a de nos jours rien de nouveau en
matière de morale. Cette pensée que vous avez l’air de m’attribuer n’est pas
non plus mienne. Je crois seulement que presque tout ce que nous appelons des
principes nouveaux, ne doit être considéré que comme des conséquences nouvelles
que l’état de notre civilisation, nos lois politiques et notre état social nous
font tirer des vieux principes du christianisme. Je ne nie donc pas le nouveau,
j’en conteste seulement l’étendue. Vous voyez donc, mon très cher
collaborateur, que ma doctrine n’a rien qui doive vous décourager. La seule
différence qu’il y ait entre nous c’est que vous avez plus d’ambition que moi.
Je me borne à voir des conséquences nouvelles là où vous voulez absolument
découvrir de nouveaux principes. Il vous faut changer la face du monde; vous ne
voulez pas vous contenter à moins. Je suis plus modeste.
Malheureusement, nous avons bien d’autres dissidences et
de plus graves. Vous me semblez contester même l’utilité politique des
religions. Ici, vous et moi, nous habitons les antipodes. La crainte de Dieu,
dites-vous, n’empêche point d’assassinat. Quand cela serait, ce qui est fort
douteux, que faudrait-il en conclure? L’efficacité des lois soit civiles soit
religieuses n’est pas d’empêcher les grands crimes (ceux-là sont d’ordinaire le
produit d’instincts exceptionnels et de passions violentes qui passent à
travers les lois comme à travers des toiles d’araignées), l’efficacité des lois
consiste à agir sur le commun des hommes, à régir les actions ordinaires de
tous les jours, à donner un tour habituel aux idées, un ton général aux mœurs.
Réduites à cela, les lois et surtout les lois religieuses sont si nécessaires
qu’on n’a pas encore vu dans le monde de grandes sociétés qui aient pu s’en
passer. Je sais qu’il y a beaucoup d’hommes qui pensent que cela se verra un
jour et qui se mettent tous les matins à la fenêtre dans l’idée que peut-être
ils vont enfin apercevoir se lever ce nouveau soleil. Quant à moi je suis
convaincu qu’on regardera toujours en vain. Je croirais plutôt à la venue d’une
nouvelle religion qu’à la grandeur et à la prospérité croissante de nos sociétés
modernes sans religion...
Une dernière querelle et je vous quitte. En même temps
que vous êtes si sévère pour cette religion qui a tant contribué cependant à
nous placer à la tête de l’espèce humaine, vous me paraissez avoir un certain
faible pour l’islamisme. Cela me rappelle un autre de mes amis que j’ai
retrouvé en Afrique devenu mahométan. Cela ne m’a point entraîné. J’ai beaucoup
étudié le Koran à cause surtout de notre position vis-à-vis des populations
musulmanes en Algérie et dans tout l’Orient. Je vous avoue que je suis sorti de
cette étude avec la conviction qu’il y avait eu dans le monde, à tout prendre,
peu de religions aussi funestes aux hommes que celle de Mahomet. Elle est, à
mon sens, la principale cause de la décadence aujourd’hui si visible du monde
musulman et quoique moins absurde que le polythéisme antique, ses tendances
sociales et politiques étant, à mon avis, infiniment plus à redouter, je la
regarde relativement au paganisme lui-même comme une décadence plutôt que comme
un progrès. Voilà ce qu’il me serait possible, je crois, de vous démontrer
clairement, s’il vous venait jamais la mauvaise pensée de vous faire
circoncire.
Mille pardons, mon cher monsieur de Gobineau, de tout ce
bavardage inutile. Je voulais être très court et j’entre dans ma cinquième page.
C’est le plaisir de causer avec vous qui m’a fait tant parler plus que l’envie
de vous convaincre, et cependant je suis affligé que nous soyons si peu
d’accord. J’ai pour vous trop d’estime et d’amitié pour ne pas désirer de vous
trouver souvent de mon avis. Je me console pourtant en songeant qu’en fait de sentiments
élevés et délicats nous sommes et serons toujours de la même secte.
Vous me demandez, monsieur, s’il faut analyser l’ouvrage
de Bentham sur l’usure. Je n’ai pas besoin que vous en fassiez une analyse
détaillée. Je crois déjà connaître le système de cet auteur, système qu’il
pousse trop loin suivant la coutume des logiciens de son espèce, mais dont
j’approuve plusieurs parties. Il suffit d’indiquer sommairement les principaux
points par où il passe et le point auquel il arrive. Je ne vois pas d’utilité à
ce que vous vous jetiez en ce moment dans son livre sur la législation. C’est
un ouvrage que je lirai et analyserai moi-même très aisément. J’en connais déjà
une bonne portion. J’attends avec impatience l’analyse des autres auteurs
anglais dont vous parlez.
Adieu, monsieur, croyez toujours, je vous prie, à tous
mes sentiments de sincère affection.


