lunes, 8 de abril de 2024

Alfonso Reyes: Culto a Mallarmé (Tercera parte)

III

LAS TRIBULACIONES DE UN PROFESOR

 

Au dessus du bétail ahuri des humains.

 

Tournon (1863), Besançon (1866), Avignon (1868), y, ya en París, el Fontanes, hoy Condorcet (1871); también el Liceo Janson (1884), y luego el Colegio Rollin (1885): he aquí los hitos de su carrera como profesor de la lengua inglesa.1

Supongamos, sin embargo, propter elegantiam sermonis, que se trata de una sola y única jauría de muchachos, puesto que todos son iguales, indiferenciados en su masa ruidosa.

Ya lo hemos visto quejarse de su sueldo escaso y, sobre todo, del acaparamiento de sus horas. ¡Y si sólo pudiera quejarse de eso! “El Liceo, el Liceo es lo que me mata”, exclama una y otra vez en sus cartas. No es difícil figurarse lo que puede ser el contacto continuo con la rudeza y la travesura escolar para un hombre todo exquisitez y finura, ridículamente inadaptable a una función que supone autoridad a todo trance. Tampoco es difícil figurarse —problema éste mucho más agudo— lo que significa para un abstractor de quintaesencia el tener que devolver todos los días, a las palabras y las ideas, su sentido mínimo y burdo, bajando a cada instante desde el paraíso poético donde vive tan embriagado que a veces cree volverse loco. Con razón el pobre poeta confesaba un día a Paul Adam: “No puedo pasar por el viaducto de Batignolles —y lo pasaba todos los días— sin sentir deseos de precipitarme en el vacío”. Y no es que le faltara vocación de maestro, ni amor a la materia de su enseñanza. De aquella vocación da fe el magisterio que ejerció entre la juventud literaria. De este amor dan prueba sus traducciones, entre las cuales no hay que olvidar la Mitología, de Cox (donde hay mucho de Mallarmé) y singularmente sus obras para el aprendizaje del inglés: Les Mots Anglais, L’Anglais en cinq tableaux (preciosa divagación filológica la primera, ingeniosa síntesis la segunda), y hasta aquel juguete que nos hace pensar en su imaginado “reloj poético” y que puesto en manos de un empresario le hubiera producido alguna ganancia: L’anglais récréatif ou Boîte pour apprendre l’anglais en jouant et seul, sistema de doce tablas que se adelantó al “ latín sin lágrimas” de nuestros días. Pero era el maestro nacido para alumnos por él escogidos y no impuestos por la casualidad, el maestro medieval que trae a los aprendices a su casa; era el professor de inglés que no podía plegarse a métodos escolares ajenos, ni a fines utilitarios inmediatos, capaz de escribir verdaderos tratados por mero gusto y afición, a condición que no le fueran impuestos por una exigencia exterior, sino que nacieran solos de su espíritu por una interior necesidad.

Aquella juventud vasta y sin labrar que se sentaba en los bancos —aunque, por lo general, no entendiera a aquel hombrecito pulcro y alambicado, y aun cuando trajera de la calle o de la casa familiar un vago recelo contra él, adquirido en las conversaciones sorprendidas a sus mayores, sean los padres, sean los demás catedráticos erigidos en guardianes de las formas vulgares—, aquella juventud, sin duda mezclada de muchas cosas divinas como lo está siempre la juventud, se le ofrecía de tiempo en tiempo con la lealtad con que la materia prima se ofrece a la gula del artista, y de seguro que, entre algunos malos ratos, daba también a Mallarmé la occasion de ejercitar su pericia de modelador de almas y dibujante en conceptos. Algún consuelo en sus amarguras de forzado.

Pero ¿y el trato con los colegas, con los profesores de provincia, con la chusma gregaria de la cátedra? El tipo medio del profesor de liceo es aquel que trabajó un tiempo, hace muchos años; se arregló para siempre un peinado intelectual y se trajeó el espíritu conforme a la moda del momento. Después, la repetición mecánica de las mismas labores, y también la falta de tiempo, lo fueron obligando a prescindir de toda curiosidad y a negar cuanto no se encuentra en su librito —como dice la gente—, cuando perturba su sistema ya hecho. Y luego, hay un pecado intelectual, el cansancio, que es inseparable de la función misma del espíritu. Para eso se inventó el Domingo, pero el reposo periódico no basta siempre a recobrar las fuerzas gastadas; y una vez que el cansancio empieza, resbala vértigo abajo en una proporción geométrica a que nunca puede dar alcance la parsimoniosa serie aritmética de un domingo y otro domingo. Aun el mismo que ama su trabajo y quisiera renovarse con el sol de cada mañana, se va llenando de hastío, porque las novedades de una ciencia no son tan frecuentes que compensen y sacudan, con sus ocasionales apariciones, el marasmo de la repetición diaria en los cursos escolares.

La vieja Salamanca, dígase lo que se quiera de sus espinas escolásticas, tenía una sabia costumbre: obligaba a sus catedráticos a “asistir al poste” . Después de la conferencia oficial, ya en libre conversación de amigos, el Doctor salía del aula y venía a reclinarse negligentemente, como quien no da importancia a la cosa, en el poste que había en el patio. Allí se plegaba a las preguntas que los alumnos quisieran hacerle; entraba en sus dudas y hasta confesaba las suyas propias, libre ya de la solemnidad ritual que lo obligaba a la autoridad ex-cátedra. Allí se improvisaba un seminario de charlas, una compenetración mayor entre el maestro y los discípulos, lo cual corregía las austeridades del régimen. Allí, mientras los jóvenes perdían el pavor a la enseñanza, el viejo recobraba un tanto la flexibilidad de sus años mozos.

Por lo demás, parece que nada puede detener el conocido fenómeno de la decadencia de las cátedras. Llega un día en que el sabio mismo, y mientras más sabio peor, se fatiga de rodear siempre los elementos de una ciencia que ya domina en sus menores resortes y de que está ya bien saturado. “Escribir sobre lo que ya se conoce ¡qué aburrimiento!”, decía Gourmont. ¡Qué aburrimiento hablar otra vez sobre lo que ya se sabe de memoria, y hablar en los mismos términos cada día! A menos que el investigador se remonte por su cuenta y riesgo, olvidando las necesidades modestas del educando; a menos que el pastor ascienda sin cuidarse del abismo que lo separa ya del mundo ordinario, y como decía Fray Luis de León, deje a su grey en este valle hondo, oscuro… Pero este catedrático que sigue siendo investigador es el caso menos frecuente, aunque el preferible a fin de cuentas, porque podrá suceder que arrastre consigo, en su turbión de ciencia antipedagógico y desordenado, a dos o tres discípulos fieles que habrán de recoger su antorcha. Y lo más frecuente —volvamos a nuestros carneros liceanos— será siempre el repetidor mecánico, el maestrito de un solo librito.

Un profesor vivaz, joven y lleno de iniciativas —peor aún: poeta, y poeta incomprensible y humoso— no puede menos de inquietar al profesor rutinario, de irritarle primero y exasperarlo al fin, por lo mismo que desorganiza su pequeña y cómoda jardinería del mundo. ¿Qué venía a hacer entre personas cuerdas aquel profesorcillo estrafalario y de maneras untuosas, que entreveía misterios psicológicos en las palabras, adelantándose un siglo a las concepciones idealistas de Vossler y a las aventuras de la moderna estilística? A lo major se le ocurría entrar en explicaciones sin utilidad práctica ninguna sobre la historia de la lengua inglesa; sobre el elemento gótico o anglosajón, de lucha con la lengua de oil y su fusion con ella para determinar el inglés propiamente dicho. Otra vez le daba por encontrar espíritu en las letras. Y así, de la inglesa, escribía: “Esta letra parecería a veces impotente para expresar por sí misma otra cosa que un apetito nunca seguido de resultado, la lentitud, el estancamiento de todo aquello que se arrastra, yace simplemente, o bien perdura; con todo, cobra cierta espontaneidad para expresar ciertos sentidos…” Inútil continuar la cita. El director de una institución pedagógica tiene responsabilidades muy serias. No es negar que el joven profesor sea un hombre inteligente, cultísimo y de muy honestas costumbres; pero educar es educar. Ya sabemos que la salida de Tournon tiene su secreto, y que los colegas de Besançon se muestran algo desconfiados a la llegada de Mallarmé. ¿Qué había sucedido? Muy sencillo: un día el “Provisor” de Tournon le dijo que necesitaba hacer economías —lo de siempre; que, en consecuencia, era indispensable concentrar en una persona las cátedras de inglés y de alemán. Y Mallarmé fue sacrificado a esta economía. Una vez que se libraron de él, expidiéndolo a la tierra bisontina, no hicieron concentración de cátedra, sino que simplemente lo sustituyeron por otro profesor que no sabía hacer versos.

Sospecho que aquí intervino la influencia del prefecto De l’Angle-Beaumanoir, quien se figuró ver en Mallarmé un bromista de la peor especie al leer los poemas Le Guignon y Les Fenêtres: de aquí la desgracia, el “mal de ojo” y la “ defenestración” de Mallarmé. Por cierto que Raoul de l’Angle-Beaumanoir, hijo del prefecto, novelista nada mallarmeano, solía concurrir más tarde a los Martes de la calle de Roma, sin duda, como se ha dicho, a título de peregrinación expiatoria y para purgar las culpas paternas. Pero la verdad es que el prefecto no haría más que seguir la opinión reinante. Por aquel tiempo, nadie ponía en duda, en las redacciones de los periódicos, que Mallarmé, en la vida y en la obra, fuera un perpetuo mixtificador, y su poesía un lenguaje convencional, con cifra y traza, para esconder imaginaciones grotescas y hasta obscenas.

Y ya que de tal ofuscación se trata, es el momento de contar un caso curioso: el inglés Beckford, a fines del siglo XVIII, escribió en francés un cuento oriental, Vathek. Algún Mallarmé abuelo se encargó de la lujosa edición. Nuestro Mallarmé desenterró el libro, y logró que, acompañado ahora de un espléndido y largo prólogo, lo reeditara, en 1876, el librero de la Biblioteca Nacional, Adolphe Labitte. El ejemplar dedicado por Labitte a la Nacional de París lleva, de su puño y letra, esta inscripción reveladora de la opinión corriente en su tiempo: “Entrego este ejemplar a la Biblioteca Nacional, no sin advertir al lector que el prefacio es una mixtificación”. El editor, pues, pensaba lo mismo que los profesores y los periodistas baratos.

Entre la gente escolar hay un sujeto que merece mención aparte. Entreguemos a la posteridad su nombre: es el censor Fallex, del Liceo Fontanes. Es el mismo que después pasó al Charlemagne, de donde expulsó a Buchotte y a Jules Renard, y por poco expulsa también a Ernest Raynouard. Sépase que Fallex componía unos versos mediocres, y al muy bribón le hacía mal descubrir talento en el prójimo. La envidia es una mala enfermedad, duele mucho. Magnard, director del Fígaro, le decía candorosamente al autor del Tartarín: “Daudet, ¡no puede usted figurarse el daño que hace eso!” Mallarmé era subordinado del oscuro Fallex ¿y se atrevía a crecer en fama, a los ojos de todo el mundo, dejando debajo a su superior? Y Fallex, cada vez que podía, agobiaba con su autoridad al quieto y seguro Mallarmé.

Naturalmente que el cumplimiento del deber, por parte del concienzudo profesor, era compatible con su poco de ironía práctica. Hay así pequeños desquites que a nadie dañan, y nos ayudan a conllevar la carga y hasta la embellecen por instantes. Por ejemplo, se hizo un día patente que Mallarmé demostraba cierta preferencia por un alumno negro, y frecuentemente se servía de él durante la clase. El pintor Renoir le preguntó la razón de esta preferencia. “ Es —le contestó Mallarmé con su sonrisa de conejo— que me encanta ver al negro expresarse por medio de la tiza blanca sobre el plano negro del encerado”.

Claro es que los muchachos también tomaban su parte en los placeres de este mundo, aprovechando la menor circunstancia. Mallarmé, en el Fontanes, solicitaba siempre el auxilio de un chico que había entrado ya al Liceo hablando inglés, y éste era el que se encargaba de recoger los deberes y otras materialidades del curso, permitiendo así que el maestro, de tiempo en tiempo, se entretuviera en leer, en tomar notas, en meditar. Y los muchachos: “¡Este Mallarmé! ¡El tiempo que pierde uno en su clase! ¡Sólo se ocupa en escribir para los periódicos de modas!” Porque la fama de “Marasquin”, director de una revista social, había llegado hasta ellos. Pero lo peor le aconteció años antes, cuando un número del Parnasse Contemporain cayó en manos de la chiquillería. En este número aparecía L’Azur. ¿Cómo? ¿Aquel señor divagado, maniático, lleno de papelitos de apuntes, siempre metido en un triste macferlane, con sus zapatos de tacón alto y sus calcetines de seda blanca, se permitía escribir versos incomprensibles? Desde aquel día, al entrar a clase, Mallarmé tenía que borrar pacientemente las caricaturas que encontraba en el encerado, y en que se le representaba tapándose las narices y gritando: “Je suis hanté: l’Azur, l’Azur, l’Azur, l’Azur!

Pasaba sobre el agravio, y ocupado en cosas mejores, lo olvidaba. Joseph Caillaux, el conocido político, fue su discípulo en el Liceo Fontanes, y acabó por ser su discípulo distinguido y cobrarle verdadero cariño. Cuando llegó al Liceo, sus compañeros le dijeron: “Está chiflado: quiere hacernos entender El cuervo, de Poe”. (Y, comenta Léon Treich, los padres de los chicos seguramente pensarían lo mismo.) “Por lo demás, muy buena persona. Ya verás cómo puede uno jugar en su clase”. Caillaux aprovechó el primer momento para poner el consejo en práctica. El viento cerró con estrépito una ventana, y Caillaux gritó: “¡Socorro!” Pero con espanto se dio cuenta de que nadie lo secundaba. El profesor, tras reprenderlo ligeramente, llamó al alumno en jefe, Tamburini, y le dijo: “Mil líneas de castigo al alumno Caillaux”. Tamburini hizo que escribía, mientras guiñaba el ojo a Caillaux. A los ocho días, el profesor preguntó por los castigos. “No hay castigos esta vez, señor. Todos los alumnos se han portado bien”. Y Mallarmé no volvió a acordarse, o fingió que no se acordaba.

El historiador Charles Seignobos lo recuerda como mal profesor de inglés, pero el testimonio de Seignobos trae no sé qué resabio amargo, y se complace en cargar las sombras, sea que evoque el aspecto personal de Mallarmé o la casa en que habitaba en Tournon. El pintor Jacques-Émile Blanche confiesa que no aprendió nada en el curso de Mallarmé. Fontainas asegura, sin embargo que, ya en el sexto del Fontanes, un respetuoso silencio rodeaba a Mallarmé, y aunque reinaba cierta libertad, ninguno se atrevía al desorden, porque al instante una palabra seca —como un hondazo a la oveja descarriada— clavaba en su sitio al atrevido. El grito: “ ¡Basta!”, repetido tres veces, y un golpe con la regla en la mesa eran el anuncio de los castigos. A posteriori, Fontainas cree recordar —pero desconfío de su recuerdo— que todos tenían el presentimiento de habérselas con un grande hombre, y que mientras éste tomaba notas en sus papeletas, escribiendo palabras sueltas a intervalos calculados y exactos, asistían a una labor sagrada. Entre la expectación de los alumnos, el maestro se abstraía de pronto, o con aquella mano nerviosa de que sacó tanto partido Manet, alcanzaba un libro y se ponía a examinarlo.

Por entonces, ocupado ya en sus traducciones de Poe, solía traer a clase las primicias de su versión francesa, como lo hizo valientemente para todo el poema Eldorado. ¡Perlas margaritas a los muchachos, que dudaban de la utilidad de tales ejercicios! Durante la enfermedad de cierto Monsieur Balagué, el señor Stéphane Mallarmé, del Liceo Fontanes, fue llamado a suplir la cátedra de inglés en el Colegio Rollin, adonde llegó precedido de una reputación de amable extravagancia. Venía “metido en Poe”, como los andaluces dicen “metido en jerez”, y lo primero que hizo fue escribir en el encerado esta linda estrofa:

 

In the greenest of our valleys

By good angels tenanted,

Once a fair and stately place,

Radiant palace reared its head.

 

Es el comienzo del poema que Mallarmé tradujo bajo el nombre de Le Palais hanté, poema que se encuentra en La caída de la casa Usher, y que aparece también en la traducción de las Nuevas historias extraordinarias, por Baudelaire.

Tal vez los alumnos del Rollin se preocupaban más de aprender que sus contemporáneos de los otros liceos. Ello es que uno interpeló respetuosamente al profesor, preguntándole si, antes de entrar en los primores de la poesía, no les convendría más dominar las frases de uso corriente. El poeta, con aquella lengua elíptica que ya para entonces pasaba de su obra a su conversación, contestó:

O le laid, déjà pratique!

Pero, aceptando el reparo, borró lo que había escrito. Y he aquí que se lanza entonces, entre el asombro y el entusiasmo de los alumnos, durante una hora larga, a una brillante improvisación sobre la cocina inglesa, como si durante sus escaseces de Londres no hubiera hecho más que practicarla: Wrexham soup, Pepperpot, Cock-a-Leekie, Harvey sauce, Oyster forcemeat, Hindostanee curry, Wyvern pudding, Queen Mab’s pudding, Porcupine pudding, Muffins, Gooseberrie tarts: todo esto desfiló ante la clase, en aquella pronunciación exacta, aunque no tan ostentosamente británica como lo pretendían las caricaturescas imitaciones de Paul Verlaine. Y después, volviéndose al alumno de la objeción, le lanzó esta otra flechita elíptica:

Relevé ai-je le gant?

 

Encuentro en Fabureau la mejor crítica retrospectiva del curso Mallarmé:

 

De seguro que Mallarmé no se preocupaba de buscar una interpretación racional al enredijo de las instrucciones ministeriales. Con una independencia de criterio que le costaba cara, desdeñaba resueltamente las reglas de la Universidad oficial. Adversario del llamado método directo, preconizado por la escuela Berlitz, no se empeñaba en transformar a sus alumnos en viajantes de comercio o en guía de turistas. Su mismo inglés era demasiado puro y elegante.

 

Aquel “profesor pequeño, tan extraño, tan sabio, tan profundo, tan familiar y tan cómico —dice Grillot de Givry a quien cito a través de Fabureau— acabó por seducir a un grupo de alumnos del Rollin. Imitaban sus oscuridades y elipsis, daban caza a sus preferencias literarias, a las fuentes de su erudición filológica. Abrían los clásicos griegos y latinos para seguirlo en sus investigaciones etimológicas, aun cuando los textos fueran tan oscuros como aquella primera sátira de Persio que San Jerónimo, desesperado, arrojó al fuego. Entraban en Calímaco para ofrecer a su profesor citas curiosas. Se atrevían con la Biblia visigótica del obispo Ulfilas, que lo habían visto consultar. Compraban la Gramática gótica de Loebe, “para darse el gusto de saludarlo al entrar a clase en la lengua guerrera del siglo IV, como si fuera un jefe de horda”.

Y ahora se nos ocurre pensar que Mallarmé no era un professor para liceanos, ni para universitarios tal vez, sino más bien para aficionados en el sentido más generoso de la palabra; para gente ya formada, en suma, que quiere seguir cultivando su afición.

 

APÉNDICE 

Después de escritas y publicadas estas páginas, han venido apareciendo nuevos estudios, nuevas memorias —como las de Mauclair 2— que añaden nuevos datos al conocimiento íntimo de Mallarmé. De otros libros, publicados hace mucho tiempo, sólo he tenido conocimiento muy tarde. Así aquella crónica de Rodrigo Soriano en que cuenta cómo visitó a Mallarmé, en París, acompañado del pintor Regoyos; cómo le hablaron de Góngora y la posible simpatía de ideales estéticos entre el maestro cordobés del siglo XVII y el maestro del simbolismo francés; y cómo Mallarmé, que ignoraba a Góngora, se manifestó sorprendido e interesado y quiso, en lo posible, conocer de cerca a su vago precursor español.

En la imposibilidad de seguir recogiendo —por ahora, al menos— estas aportaciones, me limito, en cuanto al Mallarmé profesor, a remitir al volumen de Daniel Halévy, Pays parisiens, en cuyo capítulo “Un Paris enfantin” hay algunos documentos curiosos. Según Halévy, la precisión didáctica, la autoridad escolar de los demás profesores contrastaban con cierta distracción y cierta “negligencia mágica” de Mallarmé. Los chicos sentían que este profesor estaba de su lado, que a él también le incomodaba la clase, que también él estaba pensando en otra cosa, e inconscientemente le agradecían esta disposición de espíritu y se le entregaban mejor. “La gente mesurada es mucho más sensible a la magia que las personas mayores”. Este profesor ni siquiera pasaba lista de presentes. Toda realidad era, en torno a él, un poco indecisa. Los deberes eran siempre cortos. El 8 de octubre de 1882, dio cuatro versos ingleses a Halévy:

 

I saw a ship a saling

A saling on the sea;

And it was deeply laden

With pretty things for thee.

 

que el alumno tradujo así:

 

Je vis un vaisseau navigueur,

Navigueur sur la mer;

Et il était profondemenl chargé

De jolies choses pour toi.

 

Y el tema anexo, que tiene el valor de un pequeño poema en prosa para uso infantil:

 

—¡Lindo barco!

—No lo veo.

—Un barquito por la mar.

—¿Crees, mamá, que vendrá cargado de ricos presentes para mí, de bombones sobre todo?

—Tal vez.

—No logro verlo aún.

—Cierra los ojos y óyeme cantar; entonces acabarás por verlo, con todas las cosas que trae.

 

Un día Halévy, distraído, al entrar a clase un poco tarde, dejó su sombrero sobre la prominencia que formaba el pie del profesor, bajo la manta que envolvía sus piernas cruzadas. Se produjo un rumor general. Mallarmé se detuvo un instante a contemplar aquel espectáculo insólito —al fin gustador de rarezas— y se limitó a sonreír y dejar caer el sombrero.

Los chicos tenían la costumbre de cambiarse billetitos durante la clase. Mallarmé logró atrapar uno en que Halévy, jefe de banda, proponía, en estilo napoleónico, una tregua al jefe de otra banda enemiga: “Sire: nuestros pueblos vienen padeciendo de tiempo atrás por los incontables males de la guerra, etcétera”. Mallarmé se limitó a anotar al margen, con tinta roja:

 

Le petit Daniel

est un petit sot.

 

“No deja de ser humillante para mí —dice el antiguo discípulo— que este dístico sea el más claro en toda la obra del poeta”.

Al acercarse las vacaciones de Pascuas, los profesores solían hacer lecturas para su clase. Ni qué decir que las mejores y más gustadas eran siempre las de Mallarmé, aunque cierto padre se quejó de que su hijo no había podido dormir pensando en los tigres y leones de cierto libro de aventuras… Los compañeros pensaron muy mal del alumno delator. Decididamente, no era posible incomodar a aquel profesor que tan poco los incomodaba. Decididamente, aquel leve personaje no pertenecía a la odiosa secta de las “personas mayores”.

 

ALFONSO REYES

NOTAS:

1. Además de su Mallarmé universitaire (Mercure de France, 1° de octubre de 1912) y sus Lettres de Mallarmé à Mistral (Mercure de France, 15 de abril y 1° de mayo de 1924), Charles Chassé ha ofrecido una biografía universitaria de Mallarmé que no creo se haya publicado [Nota del autor].

2. Camille Mauclair, Stéphane Mallarmé, prince de l'esprit, disponible en formato digital.