jueves, 10 de mayo de 2018

Rosa Chacel: Kierkegaard y el pecado

KIERKEGAARD Y EL PECADO

Un libro de Léon Chestov recientemente traducido, Kierkegaard y la Filosofía Existencial{*}, nos sugiere algunas breves consideraciones psicológicas sobre Kierkegaard.
Hablar de un pensador a través de otro es arriesgarse a incurrir en vaguedad y confusión, pues la atención solicitada simultáneamente por dos centros se ve obligada a recorrer un área elíptica. El peligro es enorme cuando se trata de un espíritu insondable como Kierkegaard y de un exégeta como Chestov, apasionado pero no muy sistemático.
Debemos advertir, ante todo, que la importancia del libro está en el tema que su título señala y que no hemos de desarrollar aquí, por ser vastísimo, y sobre todo por estar tan íntimamente vinculado a la actualidad última del pensamiento filosófico que no sabríamos prescindir de sus ramificaciones incalculables; no sabríamos cómo ponerle término, pues, en realidad, no nos atrevemos a juzgar si el pensamiento actual que tan directamente dimana del de Kierkegaard está destinado a morir alejándose de él o a retroceder nuevamente hasta él para recobrar la vida.
Contemplar a Kierkegaard desde el presente de la filosofía existencial es un espectáculo tan inaudito como si viésemos al pájaro disecado que decora nuestra biblioteca aletear de pronto y caer, sangrante y agonizante, sobre nuestra mesa. La vida que se puede encontrar en Kierkegaard no es más que eso; pura agonía, es una vida comprada con la muerte, y, acaso, como toda vida trascendente, es en puridad resurrección.   
En el libro de Chestov figura a modo de introducción una conferencia pronunciada en la “Sociedad Rusa de Religión y de Filosofía” de París sobre Kierkegaard y Dostoievski. El parangón que Chestov establece entre ellos no vuelve a ser notable en el texto hasta el final, donde Chestov lo recoge como redondeando con él su tesis. Aunque tesis no es el término exacto. Se trata más bien de una afirmación que, no teniendo gran importancia a lo largo de las trescientas páginas que componen el libro, queda sentada firmemente en las primeras y las últimas como broche o abrazadera que encierra el total: se trata de la semejanza de Kierkegaard y Dostoievski en el modo de concebir el pecado original, de la semejanza de su posición ante la verdad especulativa y la verdad revelada.
Como comentario a esta afirmación diremos únicamente: sí, es cierto, tal semejanza existe, pero al igual de Chestov no podemos determinarnos a demostrarla largamente. No es posible centrar los dos mundos Kierkegaard-Dostoievski más que en una breve conjunción; si consideramos la coherencia y continuidad de sus procesos personales tenemos en seguida que distanciarlos.
Es extraño que Chestov en Las Revelaciones de la Muerte, donde tanto realza la personalidad de Dostoievski, no la enmarque en el vasto, profundo e hirviente contorno del pensamiento ruso inmediatamente anterior a él. Acaso lo ha hecho en algún otro estudio que no conocemos, pues en este mismo libro queda bien demostrado que lo tiene presente. De un modo casi interjectivo dice al comentar la teoría kierkegaardiana de lo Absurdo, vinculada a las concepciones de Tertuliano sobre la revelación bíblica: “No hay, no debe haber paz entre Jerusalén y Atenas. De Atenas procede la verdad racional; de Jerusalén, la revelación”.
Detrás de Dostoievski y de Chestov muchas generaciones han vivido esta pugna: pensadores, filósofos y almas, simples almas adictas a su iglesia, sin ponerse en paz con Atenas, ni con Roma, ni con Lutero, ni con Hegel. La fenomenal humanidad que puebla la obra de Dostoievski lleva todo esto en su sangre. Y de todo esto no se ha hablado bastante. Dostoievski exige capítulo aparte: quede para otra vez. Si hemos aludido a él ha sido únicamente para esbozar la tercera dimensión de Chestov. Uno y otro llevan vividas como historia de su pueblo todas estas contraposiciones; no así Kierkegaard.
Kierkegaard va por sus pasos contados hasta escribir sobre el Don Juan de Mozart y “de pronto”, como una víbora cortada por un hacha, queda escindido de sí mismo por el golpe de su voluntad. Si su suplicio duró quince o veinte años, si su obra alcanzó un número considerable de volúmenes, ¿qué importa? todo fue un momento, todo fue sólo la duración de esas convulsiones que, siendo una sola vida y una sola fuerza, no podían franquear el espacio abierto entre él y él mismo.
En ese momento brota para él la filosofía existencial, “filosofía de la desesperación”. Una sabiduría nacida de la singularidad del dolor. Un orden de secretos, ajenos a la lógica y a la razón, que traspasa las leyes establecidas abriéndose camino hacia la fe. Una adopción de lo inexplicable. Una definición de la Nada y de la posibilidad, de la paradoja y de lo absurdo. Y al mismo tiempo una idea de la vida “como una consecuencia infinita y cerrada”. “Toda existencia dominada por el espíritu, incluso si ese espíritu se pretende autónomo, está sometida a una consecuencia interior, consecuencia de fuente trascendente que depende al menos de una idea. Pero en una vida semejante, el hombre teme infinitamente a su vez —por una idea infinita de consecuencias posibles— toda ruptura de consecuencias”.

Encuentro citado por otro autor un párrafo de Chestov que, aunque largo, creo necesario trascribir aquí:     “...como si las opiniones de un mortal pudieran y debieran ser inmortales. ¿Por qué piensan esto los hombres? ¿Por qué admiten que Platón, Aristóteles, Spinoza hayan sido presa de la nada y se estremecen de horror al sospechar que las ideas de esos grandes hombres puedan quedar sometidas al mismo destino? Me parece que más es para desesperarse el hecho de que la muerte nos haya arrebatado al divino Platón qua no sus ideas”.
Pero Kierkegaard dice: “...el yo es una síntesis de finito que limita y de infinito que ilimita” y los que no tememos pensar como la mayoría encontramos soportable la idea de que lo finito de Platón haya tenido fin, y nos aterrorizamos, como el más elemental salvaje ante el eclipse, si lo infinito de Platón amenaza obscurecerse.
Kierkegaard vuelve su ira contra Hegel, porque describe en su Lógica la esencia del pensamiento en esta forma:    “Cuando yo pienso renuncio a todas mis particularidades subjetivas; me sumerjo en el objeto y pienso mal si agrego a él cualquier cosa de mí mismo”, y se refugia en el “pensador privado”, Job, oponiendo la fuerza del lamento a la de la razón. “¿Qué poder es éste que me ha arrebatado mi honor y mi orgullo, y esto de una manera tan estúpida?” Chestov añade: “Aúlla como si sus aullidos poseyeran alguna fuerza, como si esperara que al modo de las trompetas de Jericó pudiesen hacer desplomar los muros”.
Es cierto que “abandonar a Hegel significa renegar de la razón y echarse directamente en brazos de lo Absurdo”, pero, sigue Chestov: “¿Qué es lo absurdo? ¿Es el poder que ha arrancado a Job (más exactamente a Kierkegaard) el honor y el orgullo o es el mismo Kierkegaard al creer que sus gritos harán desplomar los muros?”
Lo primero que hay que señalar es que Chestov y Kierkegaard no aluden exactamente a la misma cosa cuando hablan de lo Absurdo. Ya que estamos ocupándonos de dos pensadores que no han renunciado a sus particularidades subjetivas, no es superfluo hacer notar una pequeña diferencia de acento entre ellos: Kierkegaard cree arrojarse en la revelación bíblica, cuando el hecho es que cae natural o sobrenaturalmente en ella, clama por el milagro, cuando el hecho es que está en el milagro, pues igualmente milagroso es el castigo.
En Temor y Temblor, su obra de más alta tensión, considera “paralizado y cegado” el hecho sublime de Abraham, el padre de la fe, en el momento en que éste “se coloca como Individuo en una relación absoluta con lo absoluto”. Para comprender que con el acto inaudito del sacrificio de Isaac, Abraham obtuviese el milagro —que Isaac le fuese devuelto—, para admitir que este acto pueda a la humana comprensión parecer santo, Kierkegaard cree necesario “suspender la ética”. Si es o no santo no es cosa discutible, Kierkegaard mismo lo afirma, pues si no, no sería Abraham el padre de la fe. Queda por lo tanto patente que en ese grado de relación con lo absoluto el individuo está más allá de la ética, pero no porque discierna o conciba algo superior a ella, sino simplemente porque está en la relación, absolutamente, y no está en lo discernible. Así también sólo podemos comprender que Kierkegaard quede fuera de la razón, en la infinitud de su pecado, donde le ha sido suspendida la vida. No podemos estudiar la idea del pecado en Kierkegaard sin considerar el pecado de Kierkegaard y su castigo como hecho milagroso. “Lo contrario del pecado es la fe”: lo contrario del milagro es el castigo.
Chestov estudia la filosofía de Kierkegaard aplicándole la medida de una larga, secular polémica. Cita el párrafo de La Repetición en que, oponiendo a la sabiduría universal de Hegel las advertencias y reflexiones de Job, concluye: “La verdad se revela aquí más convincente, más bella, más confortadora que en el Symposium griego”. Esto hace a Chestov preguntarse: “¿Le es posible al hombre moderno renunciar a Sócrates y buscar la verdad en Abraham y en Job? Por lo común esta cuestión ni siquiera suele plantearse. Se prefiere preguntar cómo conciliar las verdades de Sócrates y del Symposium griego con las de Abraham y de Job”. Chestov salta a los primeros intentos de esta conciliación y lanza anatemas contra Filón de Alejandría. Parece ser que Kierkegaard no le citó nunca, pero Chestov supone que si hubiera pensado en él lo habría considerado como una anticipación de Judas. “Aquí se ha cometido ya una primera traición tan penetrante como la de Judas. Todo estaba en ella, hasta el beso en los labios. Filón elevaba la Escritura Santa a las nubes, mas para entregarla a la filosofía griega, es decir al pensamiento natural, a la especulación, a la visión intelectual”. Chestov no concibe otro género de conciliación porque no concibe la Iglesia de Roma y por lo tanto no sospecha lo que son en su realidad los pueblos que han vivido siglos en el clima de esa conciliación —conciliación vital, no intelectual—. Si Kierkegaard hubiera sufrido su crisis en ese clima no hubiera sentido el horizonte cerrado por la disciplina racional de Hegel y, sobre todo, no hubiera tenido que presenciar el espectáculo sublevante para todo cristiano de un obispo Münster.
Es puro disparate pensar: si Kierkegaard hubiera hecho esto o lo otro, pero, desde el momento en que entran en la filosofía los valores subjetivos, es inevitable pensarlo. Kierkegaard se manifiesta irreductible a este respecto: “Si se me permite expresar un deseo pediré que a ninguno de mis lectores se le ocurra llevar adelante su penetración hasta formular la siguiente pregunta: ¿Qué habría ocurrido si Adán no hubiese pecado?”, y añade que cuando se nos formule una pregunta necia nos guardemos de contestar a ella; “seríais entonces tan necios como el que os pregunta”. Pero como muy bien Chestov advierte, el mismo Kierkegaard la formula implícitamente varias veces. La formula cuando nos propone suprimir la serpiente como agente de la tentación, y su mismo modo característico de expresión indirecta es un supuesto de afirmación a esa pregunta (lo que no impide que a toda mente rigurosa le repugne la posibilidad de tal pregunta, tanto que no podríamos seguir esta inevitable propugnación de ella sin manifestarnos abiertamente en contra) pues es el caso que da lo mismo decir: si Adán no hubiese pecado que decir “mi amigo” donde se debería decir “yo”. Porque no se trata de una sustitución de términos, como sería un cambio de nombres propios, meramente tangente a los sujetos. No, se trata de una alteración de particularidades subjetivas. Si decimos “mi amigo” y conferimos al personaje las mismas, exactamente las mismas condiciones y cualidades que poseemos, es evidente que esto equivale a decir “yo”. Pero Kierkegaard no obra así; tanto habla con su voz cuando se lamenta de “no poder llegar a ser un esposo” como cuando dice “yo que soy casado”, cosa que es en puridad igual a decir: “si yo fuese casado” o “si yo no fuese como soy”. Y esto no excluye el horror de toda mente rigurosa a tal cuestión. Pero acaso sea ésta la brecha para penetrar esta antinomia: Kierkegaard afirma: “la insanidad de esta pregunta no reside tanto en la pregunta misma como en el hecho de que sea planteada a la ciencia”, y Chestov añade: “está en efecto fuera de toda duda que no puede hacerse tal pregunta a la ciencia”. Pues bien, sin apoyar esta afirmación más que en una ley íntima de veracidad, sostenemos que a la ciencia y únicamente a la ciencia tal pregunta puede ser planteada; el horror que dimana de ella es porque es totalmente nula e inane ante la vida. “En el mismo instante en que la realidad queda establecida, la posibilidad como si fuese una nada se desvanece”. Pero en la especulación la posibilidad es susceptible de cambiar de lugar, desplazándose con arreglo a ciertas leyes como un peón sobre el tablero.
Hace tiempo hemos señalado la importancia que tiene en la literatura de nuestra época, y también en la ciencia, la trabazón —realidad estática, textura; y dinámica, proceso— de estos dos elementos: la ley del juego y el azar de las jugadas. Podemos perfectamente, cuando imaginamos el tablero en el techo de nuestro cuarto, corregir el juego mentalmente, volvernos atrás y hacer lo que no hicimos, pero no así cuando el tablero es la vida y hemos puesto al juego nuestro único bien. Ley que se mantiene hoy hasta en la más última filosofía existencial, que juega con finitudes, que excluye la trascendencia y la eternidad. Pero ya en todo este largo siglo, pues es difícil delimitarlo exactamente, la literatura venía ejercitándose en esta prestidigitación, haciendo aparecer de pronto lo que no estaba antes, poniendo y quitando, suponiendo cómo sería tal cosa si tal otra fuera o dejase de ser. Así toda la literatura de intriga, en la que el crimen es un artefacto que se arma con ingenio y se desarma con habilidad, no teniendo el sujeto ninguna importancia entre sus engranajes, o, si la tiene por sus particularidades características —locura, belleza, perversidad—, convirtiéndose estas particularidades mismas, a su vez, en engranajes que pueden girar hacia la derecha o hacia la izquierda, dejando en suspenso la posibilidad de que el individuo sea al fin triturado por tal o cual diente, por tal o cual martillo. Las construcciones sobre supuestos imaginarios: si hubiese un país de ciegos o un reino de hormigas; y últimamente esos colosos que, como los grupos escultóricos fabricados para ornamentar las exposiciones industriales, toros, obreros atléticos, matronas cargadas con haces de espigas, todos en majestuosas actitudes y de color broncíneo, retiemblan por la trepidación de los tranvías próximos o cabecean por el empuje del viento... Me refiero a la frustrada guerra de Troya y a los espectros de diversos héroes prestigiosos, desplegados en abanico sobre todos los ángulos posibles.
Se argüirá que estos últimos, para los que pueden comprenderlos, tienen un sentido. Evidentemente, y también tienen el poder de dejar sin sentido a los demás, de emponzoñar, trastrocar o raer todo sentido, pues no son exégesis, no; son azares caleidoscópicos, sin más eficacia que la frescura sorpresiva de sus combinaciones, estimulantes para los nervios cansados de este siglo sangriento. De este siglo, el más sangriento entre los siglos, que lleva en un estrato verdaderamente adámico de sus representaciones al hombre de Frankestein, una finitud perdurable, que insiste y se levanta en cualquier momento y cuya sangre no se puede derramar de una vez para siempre. Todos ellos, héroes, hormigas, criminales, autómatas, son la prole de la pregunta inepta: ¿Qué pasaría si tal cosa no hubiera sido o si tal otra cosa fuera?
Y por más que la repudiemos no podemos aniquilarla, ella es la que hace a Chestov lamentar más la muerte de Platón que la de sus ideas (aparte, claro está, la ambición humana de sentirse cada uno humanamente ante la humanidad de Platón), pues siempre imaginamos que si Platón perdurase seguiría dialogando ininterrumpidamente con todo lo que pasara por delante de sus ojos, aunque lo cierto es que si así fuera nadie dialogaría, pues dialogamos únicamente para comunicarnos nuestra infinitud en el momento finito que nos es dado. Y sin embargo...
Lo que queríamos, en realidad, es que así como la sabiduría universal especulativa se sedimenta al paso de los tiempos, uniendo en congruentes enlaces las distintas voces del diálogo, lo que querríamos en realidad ardientemente es que las particularidades subjetivas se correspondieran, libres en su singular soledad, pero atentas las unas a las otras, apasionadamente enfrentadas, violentamente contrapuestas. Creemos que esta atención a la relación finita no merma en nada la eternidad de la relación absoluta. Por creerlo así se nos ha ocurrido decir antes: “si Kierkegaard hubiera sufrido su crisis en otro medio”, cosa completamente imposible y sin embargo persistente como ambicionable experiencia.
Pero en vista de que Kierkegaard nos vedaría tan monstruoso supuesto, acojámonos a su característico subterfugio y digamos: “Nuestro amigo” aludiendo simplemente a un hombre cualquiera que posea, vivida, la cultura mediterránea, no sólo adquirida en aulas o recibida en sagrados principios de sus mayores; que la posea por haberla respirado entre los pastores de su país o junto a alguna aya analfabeta “entre los pucheros”; este hombre, que no habría tenido nunca que soportar un sermón del obispo Münster, se habría acercado desde pequeño a Abraham con temor y temblor sin dejar por eso de afilar bien el precioso instrumento de su razón; habría discurrido, a la sombra de los olivos de su tierra natal, contemplando en su mente el Symposium griego, porque, bajo el sol, no se ha creado nada más digno de contemplación, y conformado los movimientos de su alma con los diez mandamientos, porque bajo el sol no se ha creado ninguna otra pauta que sea mejor elemento para el alma. Pues bien, un hombre de esas condiciones puede lograr o no lograr, como Kierkegaard, “hacer el movimiento último de la fe”, pero lo que no puede es extrañar la razón del milagro.
Esa relación absoluta con lo absoluto, eficiente como las trompetas de Jericó, le será comprensible matemáticamente, y esta palabra no es paradoja ni hipérbole, pues matemáticas son la mayor parte de las cosas que menos podemos comprender. Si nos dicen que la nota de un violín puede derrumbar un puente, sólo comprendemos que matemáticamente debe ser comprensible. Y la relación absoluta con lo absoluto es —si con lenguaje humano se puede decir— igual, matemáticamente igual. Podríamos hacer el experimento y fallar cien veces, o cien millones de veces, sin que ello desmintiese la ley, pues sabemos que si la nota llegara a emitirse desde el punto exacto, necesario para la perfecta relación de sus vibraciones con el arco del puente, los sillares se conmoverían y el violinista sería lapidado.
Kierkegaard odiaba con todas sus fuerzas lo necesario, creía que la necesidad avasalla la voluntad e incluso a Dios, pero necesidad es algo muy complejo; necesario es como antes dijimos un punto de relación, una ley de armonía, que es la más gloriosa libertad, y necesario es también que no sea lo que no puede ser. Fuera de esta necesidad sólo queda Dios que es la posibilidad pura. Creer con vital asentimiento la idea ‘“para Dios todo es posible” es penetrar en la verdad de la fe, pues la verdad es cosa interior, indiferente a las verdades emancipadas, externas, necesarias; la verdad es la naturaleza de Dios, su particularidad subjetiva. Dios no puede ser coaccionado por la verdad, y este no puede no es un no poder, porque el hecho de que algo o alguien no pueda ser más que lo que es no denota ineptitud más que en quien se plantea el problema. La verdad absoluta, donde todos los posibles están encerrados, determina un punto exacto de relación posible. Punto de relación son los términos que se emplean para designar una realidad material, espacial, relativa; pero estamos hablando de algo no material, no espacial: esencial absoluto. En resumen, cuando el hombre alcanza ese punto de relación con la verdad absoluta, los sillares de la potencia divina se conmueven y cae sobre el hombre la Gracia. No importa cuántos millones de millones de veces falle el experimento. La ley es ésa.

Todo lo que va dicho es hasta ahora vago, árido, confuso. Quede así. Tiende únicamente a contestar algunos puntos del pensamiento de Kierkegaard con verdades distintas y muy próximas que pretenden sólo poner de relieve su diferencia y su convergencia. Confesando los límites que nos definen, si logramos penetrar profundamente en otras almas, definidas por sus límites propios, demostraremos con ello que los límites no son una limitación.
Chestov se sitúa ante la verdad revelada con una serenidad tradicional, como quien ha vivido secularmente esta antítesis. Kierkegaard se arroja en ella como quien no puede vivir por haberla descubierto. Desde un tercer punto de vista quisiéramos alcanzar a distinguir las dos vertientes de Kierkegaard que, como dos trozos de una unidad fracturada, penden del hilo impalpable e infinitamente doloroso de su eternidad.
Si el libro de Chestov, que apenas sirve de guía a estas consideraciones, en un detallado examen del pensamiento de Kierkegaard sólo abarca las obras posteriores  a su decisión, sin citar el estudio sobre Don Juan, In Vino Veritas, El diario de un seductor, no podemos pretender ni siquiera esquemáticamente diseñar tan enorme conjunto; por lo tanto, iremos directamente a lo psicológico, a lo más vivamente interior a toda idea.
Para hablar de algo tan íntimo e intangible tenemos que auxiliarnos nuevamente con el ejemplo anterior: la exactitud del centro en un círculo se puede buscar con instrumentos de precisión, sabiendo que es inalcanzable el punto virtual. Los errores gruesos se aprecian a simple vista.
Si meditamos en el sacrificio de Abraham y meditamos integralmente, no que reflexionemos, ni siquiera que imaginemos cómo fue; si hacemos por vivir el sacrificio de Abraham, efectuando la inmersión material que prescribe la técnica ignaciana: trayendo los cinco sentidos sobre la contemplación y sacando provecho de ello, todo lo que podemos lograr es un tanteo. Viviremos unas veces lo posible y otras lo imposible del hecho, experimentaremos y diremos, empleando —en el sentido de Hölderin— “la voz del Pueblo” unas veces, “frío” otras, “caliente” según estemos más cerca o más lejos del núcleo ígneo de la fe.
Si meditamos en el suplicio de Kierkegaard —pues el suyo no fue sacrificio: Kierkegaard está más cerca de Job que de Abraham—, lo primero que se hace objeto de nuestra meditación es su lamento. “¿Qué fuerza es ésta que quiere privarme de mi honor y de mi orgullo?” Esta pregunta que Kierkegaard hace al cielo nos descubre el lugar desde donde lanza el dardo de sus lamentos y sus plegarias. Es cierto que nadie ha llegado a conocer mejor que él la meta de sus lamentos, la meta del lamento humano, pero a simple vista notamos que desde el punto en que lanza su lamento no puede alcanzarla. Si Dios es amor no puede conmoverle el lamento del honor y el orgullo, y él lo sabe bien. Dice con frecuencia: “Si hubiese poseído la fe no me hubiera visto obligado a abandonar a Regina”. Y también repite a veces: “No he podido realizar el movimiento último de la fe”. Ante esto Chestov se pregunta : “¿Porqué?” “¿A causa de su negativa a obedecer? ¿Por orgullo?” No, en nuestra opinión el orgullo de Kierkegaard no está ahí. Su orgullo y la herida de su honor se irritan cuando su secreto es descubierto, y como la plegaria lleva el acento último del secreto, Kierkegaard no pide que no le sea arrebatado el amor: pide que no le sea arrebatado el honor porque sabe que no posee el amor.
En el estudio del Don Juan se encuentra la definición de la pasión como lo inmediato, que es exactamente como después, ya en la otra vertiente, en El concepto de la Angustia, dice que no se debe definir la fe. Cuando escribía el Don Juan todavía hablaba del amor como pasión, todavía no sabía que el amor y la fe son una misma cosa.
Pero ¿por qué no podía amar aunque lo creyese? ¿Por qué no podía efectuar el movimiento de la fe? Lo que se hace más verosímil a través de sus libros es que Kierkegaard no pudo deshacerse nunca de la responsabilidad del acto terrible de su padre. Ya casi al final de su vida, llega a escribir. “El amor perfecto consiste en amar a quien nos ha hecho desdichados. Ningún hombre tiene derecho a que se le ame de este modo, pero Dios tiene derecho a ello y en esto reside algo infinitamente majestuoso”. Antes de llegar a esta fórmula Kierkegaard no podía amar al Dios a quien su padre había maldecido, no podía amar al Dios que había hecho desdichado a su padre, y por lo tanto no podía amar —aunque lo creyese—. Cuando quería vivir su amor, la vida le era suspendida.
Así como a Abraham, al alcanzar el punto último inconcebiblemente exacto, real, de su relación con Dios, le era dado suspender la ética, esto es, toda ley de relación con los hombres, a Kierkegaard, al querer vivir su relación humana en el acto trascendente del encadenamiento eterno, Dios proyectaba sobre él su ausencia.
Para llegar a la comprensión de la idea citada tuvo que pagar con la vida, tuvo que vivir la muerte durante quince o veinte años, y no sólo eso; tuvo que pagar también su superioridad. Cuando habla de sus padecimientos dice que los ha aceptado “como una astilla metida en mi carne, como mi límite, como mi cruz, como el inmenso precio de rescate al cual Dios me ha vendido una fuerza espiritual que no tiene apenas igual entre mis contemporáneos”. Esa fuerza espiritual era su único bien, era lo único que podía amar, y ésta es la más terrible condena que puede pesar sobre un hombre. Está solo sobre la tierra, ante Dios a quien no ama, y los hombres no existen. Regina Olsen es una sombra, pero no es ni siquiera la sombra de Regina Olsen: es una sombra cualquiera, la sombra de la femineidad y la adhesión. Por toda su obra no pasa una sola forma humana, si no es la detestada forma del obispo Münster. Éste, sí, tiene una realidad imborrable porque es el que posee el honor que a Kierkegaard le ha sido arrebatado, y Kierkegaard sabe que el punto de relación en que este hombre se halla con la Divinidad es erróneo, es enteramente falso.
Este hombre, dice Chestov, “había permanecido durante muchos años a la cabeza de la Iglesia danesa, pero esto no le había impedido casarse, ser rico, respetado por todos, venerado”. Su cristianismo no entraba en discusión con la razón. La decepción que pueda causar al verdadero cristiano el espectáculo del pecado en el hombre consagrado a la vida religiosa no es comparable con la repugnancia que le inspira el espectáculo estulto de una vida que se llama religiosa y no está basada en el sacrificio.
Para Kierkegaard “ser cristiano quiere decir en verdad ser desdichado (humanamente hablando) en esta vida, y tú serás (humanamente hablando) tanto más desdichado, sufrirás tanto más en esta vida cuanto más te entregues a Dios, cuanto más éste te ame”; sigue: “Esta idea es para el hombre débil algo terrible, mortal, casi sobrehumanamente difícil. Lo sé por una doble experiencia. Ante todo ni yo mismo puedo soportarla y sólo de lejos alcanzo a presentir esa idea auténticamente cristiana del cristianismo”. Así, para Kierkegaard, Münster era el representante máximo del cristianismo que había suprimido a Cristo. Ahora bien —tenemos que volver a la cuestión reprobada—, si Kierkegaard no hubiera vivido ese cristianismo no se daría en él el fenómeno supremamente angustioso —angustioso sobre todo porque no está entre los que él clasifica como tales y por lo tanto tenemos que suponerle hundido a tan gran profundidad bajo su angustia que él no alcanzaba siquiera a distinguirle—, el fenómeno de que era exactamente la vida de Münster lo que, como un deseo inconfesable, ambicionaba.
Münster es para él un ejemplo de posibilidad —para Kierkegaard la posibilidad de lo peor era mejor que la imposibilidad de lo mejor; así, pues, a través del vacío de imposibilidad que se le abría allí donde estaba el bien —el amor—, se transparentaba la posibilidad conocida, comprobada, vista, objetivada, del mal —el error— que era Münster.
Toda la mascarada o fantasmagoría de sus adolescentes enamorados de princesas, de sus jovencitas, poetas, etc., personajes sin sangre, más que elaborados, alcanzados como boyas flotantes en el supremo bracear de su naufragio, sólo sirven para demostrar que desconocía la forma real de su deseo. En el libro fundamental, O lo uno o lo otro, puerta fatídica de su purgatorio, al desdoblarse en los personajes de “él” y “su amigo”, sometiéndose así al imperio de la cuestión inepta: si yo fuera, si yo no fuera, esto es “yo que soy casado”, la imagen que nos da de ese matrimonio, que pudo pero que no pudo ser, es exactamente la imagen del matrimonio de un cristiano feliz, de un pastor. Los sermones son insuperables y en ellos hierven todos los fermentos de su alma, pero la imagen de la esposa, “unida a él de todo corazón”, ¿quién es? ¿Aparecen allí, siquiera como un relámpago, las cualidades subjetivas de Regina Olsen? No... Hay una sombra que se proyecta intermitentemente a lo largo de toda la obra y que es sin duda la sombra de Regina, pero no es una sombra de contornos definidos como la de una visión: es una penumbra que, como el halo de una obsesión sin pasión, aparece de cuando en cuando y enfría o más bien hace descender la tensión del pensamiento. En suma, la no igualada fuerza espiritual de Kierkegaard refrena el vuelo, al contrario de lo que pasa en la generalidad de los poetas —si es que estas dos palabras pueden ir una detrás de otra— cuando se hace sensible la presencia de la musa. Kierkegaard recuerda de pronto que está escribiendo para Regina y adopta un tono pueril, balbucea, desciende hasta ella. Una de las cosas que no pudo fue elevarla hasta él.
No hemos conseguido, después de tanto, más que considerar con perplejidad y emoción el pecado vivido por Kierkegaard: diremos al menos dos palabras sobre su idea del pecado.
“El pecado no es una negación sino una posición”. “Todo pecado es cometido ante Dios o, más bien, lo que hace de la falta humana un pecado es la conciencia que tiene el culpable de estar ante Dios”. “Se peca cuando ante Dios, o con la idea de Dios, desesperado, no se quiere ser uno mismo o se quiere serlo. El pecado es así debilidad o desafío elevados a la suprema potencia”. Estos párrafos entresacados del Tratado de la Desesperación son los que señalan su faceta ética-religiosa. En nuestra opinión son los más valiosos, pero señalemos que no son los que han tenido más éxito. Es la concepción del pecado original expuesta en El Concepto de la Angustia: “La angustia es el vértigo de la libertad”; “para hablar psicológicamente, la caída ha tenido lugar siempre en un síncope”, la que ha permanecido hasta el presente a través de los innumerables avatares de la filosofía existencial — la dimensión de tales transformaciones puede calcularse considerando esta frase de Chesíov: “La fe es para Kierkegaard la conditio sine qua non de la filosofía existencial”.
Y precisamente en El Concepto de la Angustia es donde Kierkegaard hace una concesión al procedimiento especulativo, a la que el mismo Chestov le reconoce consecuencias fatales para el pensamiento: su modo racional de rechazar la idea de la serpiente. “En Temor y Temblor podía Kierkegaard hablar todavía de “tentación” a propósito del sacrificio de Abraham y en sus obras posteriores recordaba a cada momento la “tentación” y repetía constantemente que ninguna ciencia podía explicar lo que el término bíblico “tentación” oculta”, dice Chestov, y ciertamente la grandeza de Kierkegaard, más que como colonizador de la Nada —pues él fue quien llevó a las huestes de desesperados sin Dios a acampar en esa marisma—, está en ese “cuerpo a cuerpo” de la “tentación” y la “plegaria”.
Y como la idea del pecado no cierra su circuito hasta llegar a la idea de la Redención, no podemos menos de notar que a pesar de la pasión con que ahonda en ella, la recarga con consideraciones racionales: el escándalo de que alguien tome sobre sí los pecados de otro, “¿es posible?” “Cristo ¿tenía el poder o la autoridad?”, etcétera.
A Kierkegaard le faltaba un dato para saber enteramente lo que poseía Cristo: le faltaba la dialéctica de la sangre. Y Kierkegaard hubiera podido comprenderla: “un vigoroso y pletórico antropomorfismo siempre tiene su valor”, dice hablando de Schelling, pero se refiere a los estados y sentimientos de Dios: angustia, ira, sufrimiento. No ha vivido la presencia de Dios en la imagen, su infancia religiosa ha transcurrido entre la maldición de su padre —horror— y los sermones de Münster —tedio—. Kierkegaard no conocía la acción de la imagen sobre el alma, consideraba la estética como lo inmediato intrascendente. No sabía que en la belleza greco-latina hay “tentación” y “plegaria” —invitación a la piedad—, ni que al hombre de la cultura mediterránea —el que es cristiano, se entiende— no le escandaliza el ser redimido. Las imágenes de la realidad inaudita de la Crucifixión y la Resurrección le acompañan. No necesita creer lo que resulta increíble, a contrapelo de la razón. Más bien, por el contrario, cree en todo ello porque lo ha visto.
No sabemos si esto resultará comprensible o si la sugestión que perseguimos carecerá enteramente de fuerza. Insistimos en hablar de lo que vio o no vio, realzamos la importancia de la dialéctica de la visión, porque creemos que Kierkegaard tocaba el fondo de su pecado cuando cerraba los ojos a lo exterior, Regina inclusive.
Y es sobremanera difícil explicar, siquiera con la más fugaz claridad, la forma en que era castigado con su pecado. Por decirlo con un término bíblico, la forma en que Dios “le hería con su herida”.

Cuando declaraba que todos sus sufrimientos eran el precio de rescate a que Dios le había vendido su fuerza espiritual, confiesa por esto que aquella fuerza era para él infinitamente preciosa. Esa fuerza era su pecado: pecaba con ella contra Dios y adulteraba contra Regina. En el Don Juan, hundido en la irresponsable inmediatez de la música, dilapidaba su fuerza con su fuerza, amaba su amor por Regina, sin dejar para ella un mínimum de caridad, una posibilidad de acto.
Estas consideraciones se nos han ocurrido por encontrar poco explicitado en el libro de Chestov el hecho psicológico de Kierkegaard, y no porque no hable harto abiertamente de su tragedia, sino porque al hacerlo le da un cierto carácter contingente. Chestov dice que en vista de lo que le pasó renegó de la razón y se arrojó en el absurdo, y después desenvuelve, de modo más bien abstruso, la teoría del pecado como concupiscencia del conocimiento; los frutos del árbol de la ciencia impiden al hombre volver a alcanzar los del árbol de la vida. Pero así como, según Kierkegaard, la libertad no consiste en poder elegir entre el bien y el mal, sino sencillamente en la posibilidad, el pecado no consiste en acumular frutos del árbol de la ciencia, leyes, datos del conocimiento; el pecado consiste en encarcelar al amor, que es la fe y el Ser mismo, en la mera posibilidad del saber, en la reflexión, sin gratitud hacia Dios ni caridad hacia la criatura.
De la experiencia de esta vanidad dimana su aversión a los místicos. No puede creer que el alma sea morada de Dios sino sólo lugar de pecado o de expiación.
El pecado-castigo de Kierkegaard se exacerbaba con la mediocridad de sus prójimos: su capacidad de desprecio era sólo comparable a su capacidad de sufrimiento, y no le salió al paso ninguna visión de piedad que con su fulgor le hiciera saltar las lágrimas. Tuvo que atravesar la selva obscura sin más que presentir la fe a lo lejos.
Por esto hemos aludido tantas veces a la aridez de su medio religioso y hemos lamentado que viviese desamparado de la belleza trascendente que es el misterio evidente. Por eso hemos pensado que, acaso, si hubiera visto...
Podríamos seguir indefinidamente y la pregunta estúpida seguiría repitiéndose, pero no para contradecirle ni turbar su reposo, sino, simplemente, porque es como la sombra o el eco de lo que era para Kierkegaard la cúspide de la posibilidad: “la repetición”. La repetición devuelve el honor perdido, el brazo cortado, Regina desvanecida en el pretérito. Y la pregunta murmura solamente: ¿si no los hubiera perdido?...
La Eternidad de Kierkegaard irá siempre seguida de la pregunta estúpida como de una bestia doméstica fiel y grotesca.
Revista Sur, abril de 1948, año XVI.
NOTA:
{*} Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1947.