lunes, 22 de febrero de 2010

Hector Berlioz: Una visita a Pulgarcito



Une visite à Tom-Pouce

La scène représente… un provincial français extrêmement naïf, qui se dit grand amateur de musique, et, à ce titre, se désespère de n’avoir pu assister aux soirées données par le nain Tom-Pouce. Il sait que phénomène lilliputien a fait les délices de la capitale française pendant un nombre de mois indéterminé ; il a entrepris le voyage de Paris uniquement pour admirer le petit général qu’on dit si spirituel, si gracieux, si galant ; et le malheur veut que les représentations de ce prodige soient en ce moment interrompues. Comment faire ?… Une lettre de recommandation dont notre provincial est pourvu lui ouvre le salon d’un artiste célèbre par son talent de mystification. À l’énoncé de la déconvenue de l’admirateur de Tom-Pouce, l’artiste lui répond : En effet, monsieur, je conçois que pour un ami des arts tel que vous, ce soit un cruel désappointement… Vous venez de Quimper, je crois ? —De Quimper-Corentin, monsieur. —Faire sans fruit un pareil voyage… Ah ! attendez ! il me vient une idée ; Tom-Pouce, à la vérité, ne donne plus de représentations, mais il est à Paris ; et, parbleu, allez le voir, c’est un gentilhomme, il vous recevra à merveille. —Oh ! monsieur, que ne vous devrai-je pas, si je puis parvenir jusqu’à lui ! j’aime tant la musique ! —Oui, il ne chante pas mal. Voici son adresse : rue Saint-Lazare, au coin de la rue de La Rochefoucauld, une longue avenue ; au fond, la maison où Tom-Pouce respire ; c’est un séjour sacré qu’habitèrent successivement Talma, mademoiselle Mars, mademoiselle Duchesnois, Horace Vernet, Thalberg, et que Tom-Pouce partage maintenant avec le célèbre pianiste. Ne dites rien au concierge, montez jusqu’au bout de l’avenue, et, suivant le précepte de l’Évangile, frappez et l’on vous ouvrira. —Ah ! monsieur, j’y cours ; je crois le voir, je crois déjà l’entendre. J’en suis tout ému… C’est que vous n’avez pas d’idée de ma passion pour la musique.

Voilà l’amateur pantelant qui court à l’adresse indiquée ; il monte, il frappe d’une main tremblante ; un colosse vient lui ouvrir. Le hasard veut que Lablache, qui habite son gendre Thalberg, sorte à l’instant même. —Qui demandez-vous, monsieur ? dit-il à l’étranger l’illustre chanteur. —Je demande le général Tom-Pouce. —C’est moi, monsieur, réplique Lablache avec un foudroyant aplomb et de sa voix la plus formidable. —Mais… comment… on m’avait dit que le général n’était pas plus haut que mon genou, et que sa voix charmante… ressemblait… à celle… des… cigales. Je ne reconnais pas… —Vous ne reconnaissez pas Tom-Pouce ? c’est pourtant moi, monsieur, qui ai l’honneur d’être cet artiste fameux : Ma taille et ma voix sont bien ce qu’on vous a dit ; elles sont ainsi en public, mais vous comprenez que quand je suis chez moi je me mets à mon aise.

Là-dessus, Lablache de s’éloigner majestueusement, et l’amateur de rester ébahi, rouge d’orgueil et de joie, d’avoir vu le général Tom-Pouce en particulier et dans son entier développement.

(Les soirées de l'orchestre)

HECTOR BERLIOZ



Una visita a Pulgarcito (1)

La escena representa a un provinciano francés sumamente ingenuo que dice ser un gran amante de la música y como tal se siente desesperado por no haber podido asistir a las funciones ofrecidas por el enano Pulgarcito. Sabe que ese fenómeno liliputiense ha deleitado a la capital francesa durante algunos meses; emprendió el viaje a París únicamente para admirar al pequeño general que, dicen, es tan ocurrente, tan encantador, tan galante; y quiere la desgracia que las actuaciones de ese prodigio estén interrumpidas por el momento. ¿Cómo hacer?... Una carta de recomendación que trae nuestro provinciano le abre las puertas de un artista célebre por su talento de bromista. Al enterarse del chasco sufrido por el admirador de Pulgarcito, el artista le responde:

—En efecto, señor, imagino que para un amigo de las artes como usted esto sea una cruel desilusión... Usted viene de Quimper, ¿no es cierto?

—De Quimper-Corentin, señor.

—Hacer semejante viaje para nada... ¡Ah!, espere, se me ocurre una idea. Pulgarcito, en realidad, ya no dará más funciones, pero se encuentra en París; caramba, vaya a verlo, es un caballero, lo recibirá espléndidamente.

—¡Ay, señor, qué deuda tendré con usted, si puedo llegar hasta él! ¡Amo tanto la música!

—Sí, canta bastante bien. Aquí tiene su dirección: Rue Saint-Lazare, en la esquina de la Rue de la Rochefoucauld, una larga alameda; al final está la casa en que respira Pulgarcito; es una morada sagrada en la que vivieron, sucesivamente, Talma, Mademoiselle Mars, Mademoiselle Duchesnois, Horace Vernet, Thalberg, y que Pulgarcito comparte ahora con el famoso pianista. No le diga nada al portero, vaya hasta el final de la alameda y, siguiendo el precepto del Evangelio, llame y le abrirán.

—¡Ah, señor, voy corriendo! Me parece que ya lo veo, que ya lo oigo. Estoy muy conmovido... Usted no tiene idea de mi pasión por la música.

Y el jadeante aficionado corre a la dirección indicada, va hasta el final de la alameda, y llama con mano temblorosa; un gigante le abre la puerta. La casualidad dispone que Lablache que vive con su yerno Thalberg salga en ese instante.

—¿A quién busca, señor? —le dice al extraño el cantante ilustre.

—Busco al general Pulgarcito.

—Soy yo, señor —replica Lablache con un aplomo fulminante y con su voz más formidable.

—Pero... cómo... Me habían dicho que el general apenas si me llega a las rodillas, y que su voz encantadora... se parece... a la... de las... cigarras... No lo reconozco...

—¿No reconoce a Pulgarcito? Sin embargo, señor, soy yo quien tengo el honor de ser ese artista famoso. Mi altura y mi voz son realmente las que le han dicho; son así en público, pero usted podrá entender que cuando estoy en casa me pongo cómodo.

Con esto, Lablache se alejó majestuosamente y el aficionado se quedó allí boquiabierto, ruborizado de orgullo y de alegría de haber visto al general Pulgarcito en privado y en todo su desarrollo.

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

Nota: Se trata del célebre Charles Sherwood Stratton (1838-1883), conocido por su apodo General Tom Thumb, actor cómico y cantante, una de las mayores atracciones del Circo Barnum. A los catorce años su estatura era de sesenta y cuatro centímetros.

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