miércoles, 10 de junio de 2020

Harriet de Onís: Emily Dickinson

EMILY DICKINSON

Aquel 18 de mayo de 1886, entre la pompa resplandeciente de hojas y flores con que la primavera de Nueva Inglaterra cubre la desnudez aún no olvidada del invierno, ningún amigo del pequeño grupo reunido para despedir de este mundo a Emily Dickinson advirtió que estaba diciendo adiós al poeta lírico más memorable de su país. El coronel Higginson, director de la revista The Atlantic Monthly, a quien ella había erigido en su maestro y mentor literario (era, en cierta forma, como si una alondra hubiese pedido a un ave de corral que le enseñara a volar), leyó junto al ataúd abierto el poema de Emily Brontë que empieza No es alma cobarde la mía, “versos predilectos —dijo— de nuestra amiga que ha entrado ahora en esa inmortalidad que siempre tuvo en cuenta”. No podemos culparlos demasiado por haber tratado a un ángel sin percatarse de ello. Excepción hecha de tres poemas, la obra de Emily Dickinson es póstuma. Además, aquella época era la edad de oro de la poesía norteamericana. Entre las voces de hombres como Whitman, Emerson, Longfelow, Poe, Whittier, Lowell, Bryant, para nombrar sólo a los más grandes, se hubiese necesitado un oído singularmente afinado para captar la belleza de las wood notes wild de Emily basándose en las escasas muestras de su obra contenidas en los breves poemas que dedicó a los amigos íntimos, con ocasión de algún pequeño regalo o aniversario, o de sus cartas, que son de la misma naturaleza que su poesía. El mismo coronel Higginson había visto apenas cincuenta de los mil y tantos poemas que conocemos hoy. Mas fue saliendo a luz el contenido de las gavetas que ella había guardado tan celosamente, cedido poco a poco por Lavinia Dickinson, indecisa entre el deseo de hacer conocer la obra de su hermana y su respeto por el sigilo que ésta siempre guardó, y así el mundo pudo darse cuenta gradualmente de la verdadera talla poética de Emily. Sin embargo, su visión original y sorprendente de los aspectos más hondos de la experiencia humana, la científica precisión de su idioma, el carácter funcional, casi matemático, de su técnica literaria, tan de acuerdo con otras manifestaciones de su época y, no obstante, tan avanzada con respecto a ella, han necesitado del transcurso de casi dos generaciones para ser apreciados en su justo valor. La intuición que de esto tenía Emily Dickinson influyó, sin duda, para que rechazara toda invitación a publicar su obra. Era hipersensible y lúcida, como los grandes artistas. Sabía que el mundo no estaba aún preparado para su poesía y, como afirmó una vez, “no quería que su canguro saliera a pasear entre las beldades”. No era esto falsa humildad de su parte. Emily pertenecía a esos “tremendos” pobres de espíritu que, como dice acertadamente la Biblia, poseerán la tierra.


Goethe dice que las dos pruebas del genio son “una infinita capacidad para interesarse en las cosas” y “una visión nueva de lo cotidiano”. De acuerdo con ellas, pues, podemos incluir a Emily en tan alta categoría. Su propia definición de lo que es un poeta la retrata perfectamente:

This was a Poet
It is that
Distills amazing sense
From ordinary
Meanings
And attars so immense
From the familiar species
That perished by the door,
We wonder it was not
Ourselves
Arrest it before.

Esto era un poeta:
Lo que destila
un asombroso sentido
de significados corrientes
y esencias tan inmensas
de las especies familiares
que perecieron junto a la puerta,
que nos preguntamos
si no fuimos nosotros
que lo detuvimos antes.

Como en la poesía de Emily Dickinson está la quintaesencia del espíritu de Nueva Inglaterra, antes de valorarla es necesario comprender el medio en que surgió. Para muchos el término New England lleva consigo una connotación de stern and rock-bound coast, una farisaica arrogancia puritana, las tenebrosas doctrinas calvinistas de la predestinación y condenación eterna, y la astucia yanqui. De todo esto hay en New England, sin duda; pero todo esto no es sino una parte de la verdad, y nada hay más engañoso que la verdad a medias. Pese a que algún chusco ha dicho que las descripciones líricas del nuevo país, enviadas por los primeros colonizadores a sus amigos ingleses, “debieron haber sido escritas en la temporada de las fresas”, nadie que conozca aquel Estado puede discutir la belleza de su campiña. No es orgullo local —yo no soy oriunda de Nueva Inglaterra—, pero dudo que la naturaleza ofrezca un panorama más deleitoso que el de esta región en primavera, con la exuberancia de sus dogwood, cerezos y manzanos florecidos, sus ondulantes colinas de verde aterciopelado, salpicadas de limpios pueblecitos blancos entre los cuales se alza gravemente la torre de la iglesia, o el espectáculo de belleza irreal que adquiere en otoño cuando los arces, los nogales y los olmos muestran toda la gama del rojo y del amarillo y, recortados contra el aire transparente de octubre, parecen nimbados de luz. En cuanto a los puritanos, si bien formaban un grupo altanero e intolerante, también es cierto que habían desarrollado el sentido de la responsabilidad individual hasta un grado poco común; eran capaces de subordinar sus intereses privados al bien público y de armonizar las necesidades del grupo con la independencia del individuo. De ellos se ha dicho que las normas que sostenían representan uno de los más altos ejemplos de organización social que conoce la historia. Esta sociedad intensamente democrática, aunque reconocía las diferencias de rango, no hizo nunca distingos crueles entre pobres y ricos. Basta asistir hoy en cualquier pueblo de Nueva Inglaterra a una reunión de vecinos, donde se discutan problemas locales de interés común, para comprobar hasta qué punto ha sobrevivido el espíritu de antaño. Ni debe olvidarse que, por diluidos que se hallen en la actualidad, los valores de aquellos viejos patricios constituyen todavía el nódulo del carácter nacional. Samuel Eliot Morison, descendiente él mismo de puritanos, ha estudiado un aspecto del ethos puritano que tiene gran significación en lo que respecta a la actitud de Emily Dickinson hacia la vida y la poesía: “Independientemente de lo que el puritanismo ha llegado a significar en años posteriores, hace trescientos años significaba una elevada sinceridad de propósitos, una integridad de vida y una anhelosa búsqueda de la voz de Dios. Ningún puritano habrá dicho, como decían los hijos de Israel cuando oían bramar los truenos y las trompetas en el Monte de Sinaí: Que no nos hable Dios, no sea que vayamos a morir”. Las reverberaciones de aquella voz tremenda y benigna, que el puritano escuchaba con el oído en acecho, colmaban su hogar, su taller, su iglesia. Si rechazaba la intercesión de los santos, era porque estaba seguro de verse un día cara a cara con su Dios. Aunque Emily Dickinson no aceptó nunca la ortodoxia de su tiempo, el tema dominante de su poesía fue esa relación intensamente personal con un Dios a quien no podía comprender del todo, pero en quien confiaba a pesar de sus momentos de duda. Señalemos que pertenecía a la secta congregacionalista, o sea a uno de los primeros grupos disidentes con las doctrinas sombrías de Calvino. Se llamaron los Covenanters. El Dios de Calvino era un Dios absoluto y arbitrario. Aunque el pecado de Adán había condenado  a la humanidad a la perdición eterna, Dios, por la intercesión y los méritos de Cristo, consintió en salvar a cierto número de predestinados. Y sólo Él conocía las razones de su elección. El Dios de Nueva Inglaterra era absoluto, pero no arbitrario. En sus relaciones con los hombres se había sometido voluntariamente a un convenio, el convenio de la gracia. Y la gracia redentora de Dios, según los teólogos del siglo XVII, estaba al alcance de cualquiera que creyera en Él sinceramente. El creyente, por mucho que hubiera pecado, podía valerse de la gracia implícita en el convenio. Como dice el profesor Morison, cuando Samuel Sewall, uno de los primeros y más estimados puritanos de Boston, escribe en su diario: “Recé este mediodía para que Dios perdonara mis pecados bajo el Ancho Sello del Cielo”, quiere decir: “Yo hice mi parte; ahora, Dios, haz la Tuya”.
Aunque en los antípodas del fariseísmo, Emily no dice como el puritano: “Señor, ten compasión de mí que soy pecador”. Rara vez alude en sus versos al pecado y a la expiación. Supone que ella —y la humanidad entera— merece salvarse. A esa compensación tiene derecho el hombre en su paso por la tierra. Además, sólo la inmortalidad puede aclarar lo inescrutable, lo que Emily llama “el revés de la Divinidad”. A veces parafrasea las palabras del Evangelio: “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad”, pero nunca rehúye la idea de la muerte, y en ocasiones ésta se convierte en una jovial aventura:

Tie the strings to my life, my Lord,
Then I am ready to go!
Just a look at the horses
Rapid! That will do!
Put me in on the firmest side,
So I shall never fall;
For we must ride to the Judgement,
And it’s partly down hill.
But never I mind the bridges,
And never I mind the sea;
Held, fast in everlasting race
By my own choice and thee.
Good-by ti the life l used to live,
And the world I used to know;
And kiss the hills for me, just once;
Now I am ready to go!

¡Ata las cuerdas de mi vida, Señor!
Entonces estaré preparada para ir.
Apenas una mirada a los caballos:
¡Rápido! ¡Eso basta!
Colócame del lado más firme
de modo que nunca caiga;
pues debemos cabalgar rumbo al Juicio
y haremos parte del camino cuesta abajo.
Pero no me preocupan los puentes
ni me preocupa el mar;
firme en la carrera perdurable
por mí propia elección y por la tuya.
Digo adiós a la vida que solía vivir
y al mundo que solía conocer.
Besa las colinas por mí, una vez sola:
¡Ahora estoy preparada para ir!

La familiaridad, rayana en la impertinencia, que se permitía a menudo en sus conversaciones con Dios, sólo puede explicarse por la certeza de Su gracia final, como la del niño mimado que se toma libertades con el padre más adusto:

I hope the father in the skies
Will lift his little girl,
Old-fashioned, naughty, everything
Over the stile of pearl.

Espero que el padre en los cielos
alzará a su niñita
anticuada, desobediente, de todo,
sobre el portillo de nácar.

A diferencia de Milton, Emily no se proponía justificar la conducta de Dios con los hombres; pedíale a Él que la justificara; pocas veces la Divinidad habrá sido increpada más irónicamente que en su poema sobre Moisés, uno de los personajes bíblicos que Emily prefería, junto con Elías, el profeta que, trascendiendo la disolución y la sepultura, ascendió al cielo en un carro de fuego, medio de locomoción que mucho hubiese complacido a Emily:

It always felt to me a wrong
To that old Moses done,
To let him see the Canaan
Without the entering.

And though in soberer moments
No Moses there can be,
I’m satisfied the romance
In point of injury
Surpasses sharper stated
Of Stephen or of Paul;
For these were only put to death,
While God’s adroiter will
On Moses seemed to fasten
In tantalizing play
As a Boy should deal
With a lesser Boy
To show supremacy.

The fault was doubtless
Israel’s
Myself had banned the Tribes,
And ushered grand old Moses
In Pentateuchal robes

Upon the broad possession
But titled him to see.
Old Man on Nebo! Late as this
One justice bleeds for thee.

Siempre sentí la injusticia
hecha a ese viejo Moisés:
dejarlo ver la tierra de Canaán
y no dejarlo entrar.

Y aunque en momentos más sosegados
no pueda haber ningún Moisés,
me satisface que el romance
en materia de daño
supere otros más agudos ocurridos
a Esteban o a Pablo;
porque éstos fueron tan sólo muertos,
mientras que la voluntad de Dios, más hábil,
pareció aferrarse a Moisés en un juego tantálico,
como obraría un Muchacho
con un Muchacho más pequeño
para demostrar supremacía.

Sin duda la culpa
era de Israel.
Yo había proscripto a las Tribus
e introduje al gran Moisés
en vestimentas pentatéuquicas

a la vasta posesión
y le di títulos para mirar.
¡Viejo del Nabor! Ahora tan tarde
una justicia sangra por ti.

Tampoco puede concebirse una negación más completa de la responsabilidad del hombre que cuando dice:

“Heavenly Father” take to thee
The supreme iniquity
Fashioned by they candid hand
In a moment contraband.
Though to trust us seem to us
More respectful— “we are dust”.
We apolozige to Thee
For Thine own Duplicity.

“Padre Celestial” toma para ti
la suprema iniquidad
modelada por tu sincera mano
en un contrabando momentáneo.
Aunque confiar en nosotros nos parece
más respetuoso... “somos polvo”.
Pedímoste disculpas
por tu propia Duplicidad.

Además, impone condiciones. Quiere saber si el cielo no se diferencia demasiado de Amherst, su pueblo nativo. Ansia menos la presencia eterna de Dios, que hasta puede llegar a ser fatigosa por momentos, que la compañía de los pájaros, las abejas, las flores y los amigos que la precedieron en su partida hacia lo desconocido.
Se había identificado de modo asombroso con la campiña donde nació, vivió y murió. Exceptuando algunos semestres en el colegio vecino de Northampton, un viaje a Washington y Philadelphia y unas cuantas idas a Boston para consultar al médico a causa de su vista delicada, no salió del pueblo universitario de Amherst. Conoció y amó el perfil de sus montañas, sus estaciones variables, las maneras y el habla de sus moradores: hombres, animales, insectos, flores. Sus compañeros predilectos fueron las abejas, los pájaros, la brisa y las mariposas del prado que rodeaba la ancha casa familiar, sombreada por antiguos olmos. Su poesía ha encarnado para siempre la esencia de Nueva Inglaterra, el modo de pensar y de sentir de sus habitantes. Más que en la voz de ningún otro poeta, la comarca se articuló en su voz. Y Emily lo sabía perfectamente.

The Robin’s my criterion of tune
Because I grow where robins do…
The Buttercup’s my whim
For bloom
Because we’re orchard-sprung…
Without the snow’s tableau
Winter were lie to me—
Because I see New Englandly.

El petirrojo es el modelo de mi canto
porque crezco donde crecen los petirrojos...
El ranúnculo es mi antojo
como flor
porque nacemos en los huertos…
Sin el cuadro de la nieve
el invierno sería falso para mí
porque veo Nueva Inglaterramente.

La historia exterior de su vida es casi una página en blanco. Sus experiencias juveniles fueron las de cualquier señorita de su clase. Ella y el colegio de Amherst crecieron juntos, con sólo una diferencia de nueve años de edad. Podría decirse que el colegio era también un Dickinson, pues el abuelo de Emily fue uno de sus fundadores, y su padre y su hermano se sucedieron por más de sesenta años en el puesto de tesorero de la institución. El colegio no sólo dio al pueblo un elevado tono intelectual, sino que también lo humanizó por el contacto con la gente joven que acudía a educarse.
Emily recibió una esmerada instrucción, primero en la Academia de Amherst, luego en el Mary Lyon’s Female Seminary, en Northampton, que más tarde se convirtió en Mt. Holyoke College. Cuarenta años después, las compañeras de Emily todavía recordaban su ingenio y vivacidad. Participó en las diversiones sencillas que el pueblo podía ofrecerle: viajes a los alrededores, excursiones campestres, reuniones en el club literario juvenil. Pero la influencia definitiva de sus años adolescentes, cuando se echan los cimientos del carácter, fue su padre. Los críticos freudianos han subrayado esta quieta dominación de Edward Dickinson sobre su familia. Fue uno de los próceres de Amherst; Squire Dickinson, lo llamaban sus vecinos. Era un hombre forjado en el molde puritano, recto, reservado, al servicio del bien público, para quien el deber —tal como lo entendía— orientaba su vida. Y acostumbrado a hacer su voluntad en todo. Emily, la hija predilecta, se formó consciente e inconscientemente a su imagen y semejanza. Pero no sólo heredó de su padre rasgos adustos. En cierta ocasión, los asustados vecinos de Amherst salieron alborotados de sus casas al toque de incendio que sonó una tarde de verano. Squire Dickinson los llamaba para ver una magnífica puesta de sol. ¡Lo que gozaría Emily! Y Squire Dickinson conducía la yunta de caballos más veloz y briosa del pueblo. La señora Dickinson era una mujer de poco carácter, una pálida luna que giraba en torno del espléndido sol de su marido. Lavinia, la Marta de la familia, parece haber tenido como función principal el preservar a Emily de toda molestia, y Austin, el hermano, tan querido de todos, era con su mujer e hijos el lazo de Emily con el mundo durante sus años de reclusión.
El jardín fue uno de los mayores placeres de su vida. Nada le dio tanta satisfacción como cuidar de sus flores, y tenía condiciones innatas de jardinera. Las plantas más delicadas y difíciles de lograr florecían bajo sus manos. Alguien escribió: “El jardín de Miss Emily tenía un toque especial que faltaba a todos los otros”. Durante esas largas horas pasadas en el jardín adquirió ese conocimiento casi científico de las costumbres de los pájaros, de las plantas, de la naturaleza toda, que constituye la trama de sus versos y del cual provienen muchas de las metáforas e imágenes que trasmiten al lector su famosa definición de la poesía: “Cuando siento físicamente como si se me hubiera levantado el cuero cabelludo, entonces sé que aquello es poesía”. Con la sensación de completa aquiescencia que nace de su justeza esencial, lee uno su descripción de la primavera:

An altered look about the hills;
A Tyrian light the village fills;
A wider sunrise in the dawn;
A deeper twilight, on the lawn;
The print of a vermilion foot;
A purple finger on the slope;
A flippant fly upon the pane;
A spider at his trade again

Un aspecto alterado en las colinas;
 una luz tiria colma la aldea;
 el sol nace con más amplitud en la aurora;
el atardecer es más profundo sobre el césped;
la huella de un pie bermellón;
 un dedo de púrpura en la ladera;
 una mosca impertinente sobre el vidrio;
 de nuevo la araña entregada a su tarea...

Se nos acongoja el alma ante la intensidad del dolor sublimado por los cambios del mundo exterior:

I dreaded that first robin so,
But he is mastered now,
And I’m accustomed to him grown,—
He hurts a little, though.

The bee is not afraid of me,
I know the butterfly;
The pretty people in the woods
Receive me cordially.
The brooks laugh louder when I come,
The breezes madder play.
Wherefore, mine eyes, thy silver mists?
Wherefore, O summer’s day?

Me dio tanto miedo aquel petirrojo,
pero ahora está domesticado,
y yo estoy habituada a verlo crecido...
Sin embargo, da un poco de pena.

            La abeja no se asusta de mí,
conozco la mariposa;
los lindos moradores de los bosques
me reciben cordialmente.
Los arroyuelos ríen con más fuerza cuando llego,
las brisas juegan más alocadas.
¿Por qué, ojos míos, tus brumas de plata?
¿Por qué, oh día de verano?

A uno de los temas más manoseados de la poesía logra dar una gracia y una ternura peculiarmente suyas:

I’ll tell you how the sun rose,
A ribbon at a time.
The steeples swam in amethyst,
The news like squirrels ran.
The hills untied their bonnets,
The bobolinks begun.
Then I said softly to myself,
“That must have been the sun!”
But how he set, I know not.
There seemed a purple stile
Which little yellow boys and girls
Were climbing all the while
Till when they reached the other side.
A dominie in gray
But gently up the evening bars,
And led the flock away.

Te contaré cómo ascendió el sol,
una cinta por vez.
Los campanarios nadaron en amatista,
las nuevas corrieron como ardillas.
Las colinas desataron sus cofias,
los pájaros arroceros empezaron.
Entonces me dije por lo bajo:
¡debe de haber sido el sol!
Pero cómo se puso, no lo sé.
Parecía un portillo de púrpura
al que niños y niñitas rubios
trepaban sin cesar.
Y cuando llegaron al otro lado
un dómine vestido de gris
bajó las barreras del anochecer
y se llevó a su grey.

Aun después de haberse encerrado en su casa como en un convento, se la podía vislumbrar, a la hora del crepúsculo, aleteando como una mariposa blanca sobre sus plantas tan queridas.
El comadreo pueblerino, en vida de Emily, sus críticos y biógrafos después, han explicado de muchas maneras su retiro del mundo. Estas hipótesis me parecen ociosas. En rigor, no explican nada. Saber quién era la "dama morena” de Shakespeare ¿añadiría algo al placer que nos procuran sus sonetos? Y Helena y Paris, que duermen a orillas del Escamandro ¿qué otra cosa son sino nombres animados por la vida que le dieron los poetas? Emily calló las heridas que recibió del mundo, pero nos dio su esencia transmutada en poesía. Aceptemos lo que ella nos dijo; no indaguemos más:

Essential oils are wrung:
The attar from the rose
Is mot expressed by suns alone,
It is the gift of screws.

Los aceites esenciales son exprimidos:
 el extracto de rosas
no está expresado sólo por los soles;
 es el regalo de los alambiques.

Señalaremos, de paso, que no había nada insólito en su voluntaria reclusión. Lavinia Dickinson, de un sentido práctico y de una impertinencia que no daban pábulo, por cierto, a que en torno a su figura se tejieran leyendas románticas junto a las cuales resulta anodina y prosaica la huida de Elisabeth Barret de Wimpole Street, vivió más o menos la misma vida claustral. La madre de Hawthorne, después que murió su marido en un naufragio, pasó treinta años en un cuarto oscuro, sin ver apenas a sus hijos. Tampoco es éste un rasgo distintivo de las mujeres. Thoreau prefirió la soledad de Walden Pond, entre las nutrias y las ratas de agua, a la compañía de sus semejantes. Y el famoso ensayo de Brook Farm fue esencialmente un retiro en común.
Emily Dickinson ha escrito algunos de los poemas de amor más hermosos de la lengua inglesa, estremecidos por el éxtasis de haber encontrado un alma gemela, por el dolor de la separación, por la esperanza de reunirse con ella después de la muerte. Los biógrafos han discutido la identidad de este ser que inspiró sus poemas. Me parece, asimismo, una tarea inútil. ¿Desde cuándo ha sido la obra de un gran poeta el reflejo de la realidad? Así como en otros aspectos de su arte, Emily supo tejer la intrincada urdimbre de su poesía amorosa con el hilo más tenue de la experiencia. A semejanza de Arquímedes, no necesitaba más que un punto de apoyo para mover el mundo. Paseando por los prados, alrededor de su casa, obtuvo un vasto conocimiento de la naturaleza; apenas vislumbró el mar en sus viajes a Boston, y sin embargo el mar es un tema constante de su poesía. Todo hace suponer que “la vida amorosa de Emily Dickinson”, como dirían en Hollywood, es de naturaleza igualmente sutil.
Hay una explicación que está más de acuerdo con todo lo que de ella sabemos: Emily tenía que realizar un trabajo de primordial importancia y no podía dispersar su tiempo en las pequeñeces de la vida mundana. No pocas horas perdía en cumplir deberes ineludibles. A su padre no le gustaba otro pan que el cocido por ella y, como Emily misma escribió al coronel Higginson, “además, tengo que hacer pasteles”. Despachaba por carta pésames y felicitaciones, y por las noches, en la soledad de su cuarto, escribía casi todos sus poemas.

I was the slightest in the house
I took the smallest room,
At night, my little lamp and book
And one geranium.

Yo era la más menuda de la casa
ocupaba el cuarto más pequeño,
 de noche, con mi lamparita, mi libro
y un geranio.

Durante un período de más de veinte años llevó cuenta de lo que casi llegan a ser observaciones clínicas de los fenómenos de su mente y de su alma en relación con el mundo exterior y en relación con Dios. Claramente señala esta ocupación constante:

The only news I know
Is bulletins all day
From Eternity.
The only One I meet
Is God, —the only street
Existence

Las únicas noticias que recibo
son boletines diarios
de la Eternidad.
El único con quien me encuentro
es Dios; la única calle que conozco
la Existencia...

¡Cómo extrañar que no tuviera tiempo para las minucias de la vida!
“El verdadero poeta —dice Santayana— se adueña del encanto de una cosa, de cualquier cosa, desechando la cosa en si.” Esto explica por qué los poetas formados en la tradición de Nueva Inglaterra estaban preparados para tratar poéticamente los hechos materiales. El puritano auténtico no llegó nunca a identificarse con los hechos externos al punto de no advertir en segundo plano otra serie de hechos, los datos de la conciencia, que a menudo correspondían con los hechos materiales, pero que a veces divergían de ellos. Estas percepciones interiores eran más reales que las cosas palpables y exigían un análisis y un recuento más minucioso. El puritano había aprendido a escrutar diariamente su corazón en busca de pruebas de la gracia de Dios; por ese medio alcanzaría la salvación eterna. La literatura primitiva de Nueva Inglaterra revela hasta dónde habían llevado esta técnica de la introspección. Se ha dicho de Jonathan Edwards, el gran teólogo y místico puritano, que “reconstruía la historia natural del libre albedrío y de las emociones religiosas con la misma escrupulosa exactitud que había demostrado en sus estudios juveniles sobre las costumbres de la araña voladora”. Para el puritano la inteligencia existía por sí misma y, aliada con el poder infinito, podía vencer cualquier obstáculo tangible. El puritano no buscaba perderse en Dios. En su religión persistía la misma obstinada independencia que ponía de manifiesto en sus demás actividades. Quería conocer a Dios y continuar siendo él mismo. Necesitaba llegar a una ecuación entre la fe y la razón.

Faith is a fine invention
For gentlemen who see;
But microscopes are prudent
In an emergency.

La fe es una bella invención
para caballeros que ven;
¡pero es prudente usar microscopios
en situaciones de emergencia!

Esta exploración de todos y cada uno de los recovecos de su alma era una lucha sin tregua que no terminaba sino con la muerte:

Me from Myself to banish
Had I art,
Impregnable my fortress
Unto foreing heart.
But since Myself assault Me
Haw have I peace,
Except by subjugating
Consciousness?
And since We’re mutual
Monarch,
How this be
Except by abdication
Me... or Me?

Para desterrarme de mí misma
tuve destreza,
inexpugnable es mi fortaleza
para corazones extraños.
Pero desde que yo misma me sitio
cómo tendré paz,
de no ser
subyugando
mi conciencia?
Y desde que reinamos por igual
cómo será posible
a no ser abdicando
¿Yo... o Yo?

Me parece que una de las mayores influencias en la poesía de Emily Dickinson, no señalada debidamente por los críticos, es la guerra civil o, como la llaman algunos, la guerra de secesión. La obra de Emily llegó a su plenitud en 1861, o sea cuando estalló la guerra. Emily tenía entonces treinta y un años. Es inconcebible que esta catástrofe dejara de repercutir en ella, como en todos los grandes poetas del momento. Con la dualidad a que antes aludimos, Emily, al mismo tiempo que recibía sus “boletines de la eternidad”, mantenía estrecho contacto con lo que pasaba a su alrededor. No habría podido evitarlo aunque lo hubiese querido. Su padre, miembro destacado del partido de los Whigs, que luchaba por la unión de los Estados y la abolición de la esclavitud, se ocupó activamente en reclutar voluntarios en Amherst para el ejército del Norte. Muchos de los jóvenes que Emily había conocido fueron a la guerra; no pocos murieron en ella. Entre las cartas de Emily abundan las de condolencia a familias que habían perdido a un hijo, a un hermano, a un pariente. Su tutor, el coronel Higginson, se alistó y fue herido. Aunque Emily no se ocupa directamente del hecho en ninguno de sus poemas, me parece que sólo la guerra puede explicar las reiteradas metáforas e imágenes tomadas del campo de batalla. Emily sabe resumir en pocas líneas la tragedia de los caídos durante el combate —otra variación del tema de la muerte que tanto la preocupaba— con más emoción que ninguno de los poetas contemporáneos —y eran grandes poetas— en poemas que tratan explícitamente de la guerra:

Are we that wait sufficient
Worth
That such enormous pearl
As Life should be dissolved
For us
In battle’s horrid bowl?

¿Somos bastante dignos los que esperamos
de que perla tan enorme como la Vida
sea disuelta
para nosotros
en la copa horrenda de la batalla?


Es difícil dar la sensación de la tremenda finalidad de la muerte de manera más escueta:

And men too straight to bend again,
And piles of solid moan,
And chips of blank in boyish eyes...

Y hombres demasiado erguidos para encorvarse de nuevo
Y pilas de sólidos lamentos,
y briznas de vacío en ojos de muchacho...

Si consideramos las influencias literarias que han gravitado en su poesía, huelga señalar la influencia de la Biblia. Su obra está impregnada de ella. Cuando el coronel Higginson la interroga sobre sus lecturas, Emily contesta: “En verso leo a Keats y a Robert y Elizabeth Browning; en prosa, a Ruskin, a Sir Thomas Browne y el Apocalipsis”. Había muchos otros. Tenía una admiración sin límites por las hermanas Brontë, por George Eliot, y en la biblioteca de su casa abundaban los clásicos. Con toda probabilidad no seguía el consejo de su padre “que me compra muchos libros, pero me pide que no los lea porque teme que perturben mi espíritu”. Aunque a veces, de acuerdo con la mejor tradición puritana, se pregunta si hacen falta más libros que Shakespeare y la Biblia. Podemos distinguir ecos de Emerson en su obra, como en la de otros escritores de la época; pero el parecido que existe entre la mejor poesía de Emerson y la de Emily Dickinson no es nunca imitación; se debe tan sólo a que ambos han brotado del mismo suelo y nunca perdieron contacto con el medio que los produjo. En Emily Dickinson las influencias fueron tan completamente asimiladas y transmutadas en poesía como la tierra de la cual una flor extrae su sustento. Servíase de ellas cuando se habían vuelto carne de su carne. Cuando elegía su vocabulario empleaba la cautela del tendero yanqui más desconfiado; utilizó el equivalente poético de hacer sonar las monedas sobre el mostrador o morderlas, probando las palabras de mil maneras hasta asegurarse de que no eran falsas. El coronel Higginson fracasó por completo cuando quiso que Emily se disciplinara en su trabajo y que ajustara la rima y el metro de sus versos a las modas poéticas del día. Con un respeto sólo comparable a su firmeza, Emily se negó a introducir ningún cambio en ellos.
Hoy es para nosotros el poeta más vivido de su época por la asombrosa modernidad de su técnica poética. Con la brevedad y aparente sencillez de su forma —empleaba preferentemente la cuarteta que le recordaba los himnos que oyó en la iglesia durante su niñez— logró el máximo de efecto poético. Mucho antes de que fuera un procedimiento corriente en la poesía, empleaba la metáfora pura, eliminando los medios y dejando sólo el fin. Como a Wordsworth, le gustaba jugar con imágenes. Conocía muy bien el valor de los contrastes incisivos; era tan audaz como recatada, y prestaba a los temas de carácter trascendental, que abundan en su poesía, un humorismo típicamente norteamericano. En sus poemas hace gala de la misma incontenible vivacidad que recordaban tan bien sus condiscípulas. En uno de estos poemas —uno de los más conmovedores— pasa rozando como un pájaro la superficie de una irreverencia casi escandalosa:

I taste a liquor never brewed
From tankards scooped in pearl;
Not all the vats upon the Rhine
Yield such an alcohol.
Inebriate of air am I,
And debauchee of dew,
Reeling through endless summer days,
From inns of molten blue.
When landlords turn the drunken bee
Out of the foxglove’s door,
When butterflies renounce their drams,
1 shall but drink the more!
Till seraphs swing their snowy hats,
And saints to windows run,
To see the little tippler
Leaning against the sun!

Gusto un licor nunca destilado
sacado de los cuencos con cucharas de nácar;
ni todas las bodegas del Rin
han producido licor semejante.
Estoy ebria de aire
y corrompida de rocío,
tambaleo a través de interminables días estivales
al salir de tabernas de azul fundido.
Cuando los dueños echen a la abeja borracha
de la puerta del digital,
cuando las mariposas renuncien a sus sueños,
¡habré de beber más aún!
Hasta que los serafines saluden con sus sombreros de nieve
y los santos corran a la ventana
para ver a la pequeña borracha,
¡recostándose al sol!

Si esto es pecado, me tendré que condenar con Emily, “y como al fin de la cuenta, tanto da ocho como ochenta”, agregaré que si Dios no se sonreía al oírla, es porque no tiene humorismo. Los motivos por los cuales la criticaron sus contemporáneos —irregularidades métricas, casi siempre justificadas por la prosodia inglesa antigua; aparentes transgresiones a la gramática convencional; preferencia por los giros familiares— no hacen sino aumentar su valor a nuestros ojos. Como todo gran poeta, creó su propio idioma. Sus temas abarcan toda la gama poética: Dios, la Eternidad, el dolor, el amor y la naturaleza en sus múltiples aspectos. Rindió a Dios el mayor homenaje que estaba en su mano hacerle: miró el mundo creado por Él, lo vio en su totalidad y, a semejanza de Él en el sexto día de la creación, lo halló bueno. Es difícil encontrar una afirmación de fe más convincente que la de estos versos:

My faith is larger than the hills
So when the hills decay,
My faith must take the purple wheel
To show the Sun the way.
Tis first he steps upon the vane
And then upon the hill;
And then abroad the world he goes
To do his golden will.
And if his yellow feet should miss
The birds would not arise,
The flowers would slumber on their stems,
No bells have Paradise.
How dare I therefore stint a faith
On which so vast demands,
Lest Firmament should fail for me:
The rivet in the bands.

Mi fe es más grande que las montañas
de modo que, cuando declinen las colinas,
mi fe empuñará la rueda de púrpura
para mostrar al sol el camino.
Pisa primero la veleta
y luego la colina,
y luego va por el ancho mundo
haciendo su dorada voluntad.
Y si sus amarillos pies faltaran
los pájaros no se abrazarían,
las flores dormitarían sobre sus tallos,
en el Paraíso no habría campanas.
Cómo atreverme entonces a escatimar una fe
que afinca tantas demandas,
a menos que el Firmamento me faltara:
El remache en los flejes.

Da miedo pensar qué cerca estuvimos de perder su obra y no conocer su “carta al mundo, que a mí nunca me escribió”. Hubiera sido tan natural que Lavinia Dickinson, después de la muerte de Emily y respetando sus escrúpulos, destruyera los pequeños fascículos en los que había encuadernado parte de su obra y las cajas llenas de poesías escritas en sobres viejos, retazos de papel para envolver y márgenes recortados de los periódicos. Felizmente, prevaleció en ella el deseo de que su hermana alcanzara la fama que merecía y, felizmente también, vivía en Amherst una señora que presintió, si no entendió del todo, el valor de Emily. Mrs. Mabel Loomis Todd, una de las pocas amigas que aquélla siguió tratando, cuenta las tardes que pasaba en la sala de los Dickinson tocando música de Bach, Beethoven y Scarlatti, mientras la poetisa, que tanto amaba la música, acechaba como un menudo duende desde el pasillo. Fue una verdadera tarea de amor por parte de Mrs. Todd la de ordenar como mejor pudo las poesías y descifrar la letra tenue y minúscula como patas de mosca. En 1890 ella y el coronel Higginson dieron a la imprenta el primer tomo de la obra de Emily Dickinson titulado Poesías completas; título equivocado: la familia no había entregado todos los poemas, y después han aparecido tres tomos más, el último en 1937, así como un volumen de cartas, algunas de las cuales podrían ser incluidas con toda propiedad entre las poesías.
“Santo” como “genio” son palabras que deben usarse con mucha parsimonia para que no pierdan su valor. Ambas pueden aplicarse sin vacilar a esta flor del florecimiento de Nueva Inglaterra. Su poesía es única y rara como el espíritu que la produjo. Tan ajena estaba Emily Dickinson de los siete pecados capitales que parece ignorar su existencia. Si a veces, en sus relaciones con Dios, parece también carecer de la humildad a que nos tienen acostumbrados otros santos, es porque necesitaba conocerlo, y la inteligencia que Él le había dado era el único instrumento de que disponía para ese fin. Con aquel otro santo, Don Quijote, ella podría decir: [los santos] pelearon a lo divino... y yo peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, y yo, hasta ahora, no sé lo que conquisto con mis trabajos”. Pero el lema de Emily fue la valentía en la oscuridad.
Para los educados en la fe puritana existía la arraigada convicción de que el sello inconfundible de la gracia de Dios se revelaba en la conformidad ante la muerte. Emily escribió al pastor de un joven cuya amistad había apreciado mucho: “...dígame usted si estaba conforme en morir y si cree usted que ha llegado ya a su hogar. Me gustaría tanto pensar que está hoy en el cielo...” Cuando Emily murió, los amigos comentaron la belleza y serenidad de su semblante. Los años parecían haberse desvanecido de su rostro; de nuevo era una niña —nunca había perdido, ni en su persona, ni en su obra, cierta gracia infantil— y de los niños es el reino de los cielos. Tenía la frente tersa; el pelo, de color castaño bruñido, no mostraba ni un hilo plateado. Lavinia le había puesto en las manos un ramo de heliotropo.

Then, Midnight, 1 have passed from thee
Unto the East and Victory.
Midnight, “Good Night”
1 hear them call.
The angels hustle in the hall,
Softly my Future climbs the stair,
I fumble at my childhood's prayer—
So soon to be a child no more!
Eternity, I'm coming, Sir,
Master, I've seen that face before.

Así pues, Medianoche, he pasado de ti
hacia el Este y la Victoria.
Medianoche, ’’Nochebuena”
oigo que la llaman.
Los ángeles bullen en el salón,
mi Futuro sube delicadamente las escaleras,
busco a tientas las plegarias de mi niñez,
¡tan pronto haber dejado de ser una niña!
Eternidad, voy, Señor,
Dueño mío, he visto antes esta cara.

Todos los que la vieron pensarían, como nosotros tantos años después: Emily estaba en su casa.

Revista Sur, octubre de 1949, año XVII