viernes, 23 de noviembre de 2018

Madame de Staël: Impresiones de Rusia

LO QUE HE VISTO EN RUSIA

Me propongo escribir algún día lo que he visto de Rusia. No obstante, diré, sin apartarme de mi tema, que es un país mal conocido, porque casi no se ha observado de esa nación más que un número reducido de hombres de la corte, cuyos defectos son tanto mayores cuanto que el poder del soberano está menos limitado. En la mayor parte de los casos sólo sobresalen por el intrépido coraje que es común a todas las clases; pero los campesinos rusos, esa nutrida parte de la nación que sólo conoce la tierra que cultiva y el cielo que contempla, tienen algo de realmente admirable. La afabilidad de esos hombres, su hospitalidad, su elegancia natural, son extraordinarias; para su modo de ver, los peligros no existen; no creen que haya nada imposible cuando su amo lo ordena. Esta palabra, amo, que los cortesanos transforman en objeto de adulación y de cálculo, no produce el mismo efecto en un pueblo casi asiático. El monarca, como jefe del culto, forma parte de la religión; los campesinos se prosternan en presencia del emperador, del mismo modo en que saludan la iglesia delante de la que pasan; ningún sentimiento servil se mezcla con lo que expresan en ambos casos.
Gracias a la sabiduría ilustrada del soberano actual, todas las mejoras posibles se llevarán a cabo gradualmente en Rusia. Pero no hay nada más absurdo que los discursos que, por lo común, repiten los que temen las luces de Alejandro. “¿Por qué —dicen— este emperador, que tanto entusiasma a los amigos de la libertad, no establece en su país el régimen constitucional que aconseja a los demás?”. Ésta es una de las mil y una astucias de los enemigos de la razón humana: querer impedir lo que es posible y deseable para una nación, pidiendo aquello que actualmente no lo es en otra. Todavía no existe un Tercer Estado en Rusia: ¿cómo podría, entonces, crearse allí un gobierno representativo? Falta casi del todo la clase intermedia entre los boyardos y el pueblo. Se podría aumentar el peso político de los grandes señores y deshacer, en lo que a esto se refiere, la obra de Pedro I; pero esto sería retroceder en lugar de avanzar, ya que el poder del emperador, por muy absoluto que sigue siendo, es una mejora social si se lo compara con lo que era antaño la aristocracia rusa. En lo que respecta a la civilización, Rusia recién se encuentra en esa época de la historia en la que, por el bien de las naciones, era necesario limitar el poder de los privilegiados mediante el poder de la corona. Treinta y seis religiones, incluyendo los cultos paganos, treinta y seis pueblos diferentes están, no reunidos, sino esparcidos en un territorio inmenso. Por una parte, el culto griego es compatible con una tolerancia perfecta, y por la otra, el vasto espacio que ocupan los hombres les deja a todos la libertad de vivir de acuerdo con sus costumbres. En este orden de cosas, no existen todavía luces que puedan concentrarse, individuos que puedan hacer funcionar las instituciones. El único lazo que une a pueblos casi nómadas, y cuyas casas parecen cabañas de madera levantadas en la llanura, es el respeto por el monarca y el orgullo nacional; el tiempo desarrollará en lo sucesivo otros lazos.
Yo me encontraba en Moscú exactamente un mes antes de que entrase el ejército de Napoleón, y no me atreví a permanecer allí mucho rato, temiendo ya su llegada. Mientras me paseaba en lo alto del Kremlin, el palacio de los antiguos zares que domina la inmensa capital de Rusia y sus mil ochocientas iglesias, pensaba que le había sido concedido a Bonaparte ver los imperios a sus pies, así como Satanás se los ofreció a Nuestro Señor. Pero cuando ya no le quedaba nada por conquistar en Europa, el destino lo atrapó para hacerlo caer tan rápidamente como se había elevado. Quizás desde entonces ha aprendido que, sean cuales sean los acontecimientos de las primeras escenas, existe un poder de virtud que siempre vuelve a aparecer en el quinto acto de las tragedias; así como, en el mundo antiguo, un dios cortaba el nudo cuando la acción era digna de ello.

Ediciones De la Mirándola, 2015 (epub), 2018 (en papel).

Je me propose d’écrire un jour ce que j’ai vu de la Russie. Toutefois je dirai, sans me détourner de mon sujet, que c’est un pays mal connu, parce qu’on n’a presque observé de cette nation qu’un petit nombre d’hommes de cour, dont les défauts sont d’autant plus grands que le pouvoir du souverain est moins limité. Ils ne brillent pour la plupart que par l’intrépide bravoure commune à toutes les classes ; mais les paysans russes, cette nombreuse partie de la nation qui ne connaît que la terre qu’elle cultive, et le ciel qu’elle regarde, a quelque chose en elle de vraiment admirable. La douceur de ces hommes, leur hospitalité, leur élégance naturelle, sont extraordinaires ; aucun danger n’a d’existence à leurs yeux ; ils ne croient pas que rien soit impossible quand leur maître le commande. Ce mot de maître, dont les courtisans font un objet de flatterie et de calcul, ne produit pas le même effet sur un peuple presque asiatique. Le monarque, étant chef du culte, fait partie de la religion ; les paysans se prosternent en présence de l’empereur, comme ils saluent l’église devant laquelle ils passent ; aucun sentiment servile ne se mêle à ce qu’ils témoignent à cet égard.
  Grâce à la sagesse éclairée du souverain actuel, toutes les améliorations possibles s’accompliront graduellement en Russie. Mais il n’est rien de plus absurde que les discours répétés d’ordinaire par ceux qui redoutent les lumières d’Alexandre. « Pourquoi, disent-ils, cet empereur, dont les amis de la liberté sont si enthousiastes, n’établit-il pas chez lui le régime constitutionnel qu’il conseille aux autres pays ? » C’est une des mille et une ruses des ennemis de la raison humaine, que de vouloir empêcher ce qui est possible et désirable pour une nation, en demandant ce qui ne l’est pas actuellement chez une autre. Il n’y a point encore de Tiers-État en Russie : comment donc pourrait-on y créer un gouvernement représentatif ? La classe intermédiaire entre les boyards et le peuple manque presque entièrement. On pourrait augmenter l’existence politique des grands seigneurs, et défaire, à cet égard, l’ouvrage de Pierre Ier ; mais ce serait reculer au lieu d’avancer ; car le pouvoir de l’empereur, tout absolu qu’il est encore, est une amélioration sociale, en comparaison de ce qu’était jadis l’aristocratie russe. La Russie, sous le rapport de la civilisation, n’en est qu’à cette époque de l’histoire où , pour le bien des nations, il fallait limiter le pouvoir des privilégiés par celui de la couronne. Trente-six religions, en y comprenant les cultes païens, trente-six peuples divers sont, non pas réunis, mais épars sur un terrain immense. D’une part, le culte grec s’accorde avec une tolérance parfaite, et de l’autre, le vaste espace qu’occupent les hommes leur laisse la liberté de vivre chacun selon ses mœurs. Il n’y a point encore dans cet ordre de choses, des lumières qu’on puisse concentrer, des individus qui puissent faire marcher des institutions. Le seul lien qui unisse des peuples presque nomades, et dont les maisons ressemblent à des tentes de bois établies dans la plaine, c’est le respect pour le monarque, et la fierté nationale ; le temps en développera successivement d’autres.
  J’étais à Moscou un mois, jour pour jour, avant que l’armée de Napoléon y entrât, et je n’osai m’y arrêter que peu de moments, craignant déjà son approche. En me promenant au haut du Kremlin, palais des anciens czars, qui domine sur l’immense capitale de la Russie et sur ses dix-huit cents églises, je pensais qu’il était donné à Bonaparte de voir les empires à ses pieds, comme Satan les offrit à notre Seigneur. Mais c’est lorsqu’il ne lui restait plus rien à conquérir en Europe, que la destinée l’a saisi, pour le faire tomber aussi rapidement qu’il était monté. Peut-être a-t-il appris depuis que, quels que soient les événements des premières scènes, il existe une puissance de vertu qui reparaît toujours au cinquième acte des tragédies ; comme, chez les anciens un dieu tranchait le nœud quand l’action en était digne.

KIEV Y EL CULTO ORTODOXO

 No hay que imaginarse que al aproximarse a Kiev, ni a la mayoría de lo que en Rusia se les llama ciudades, se vea algo que se parezca a las ciudades de Occidente; los caminos no están mejor cuidados, las casas de campo no anuncian una región más poblada. Al llegar a Kiev, lo primero que vi fue un cementerio: es así como me enteré de que estaba cerca de un lugar donde los hombres viven reunidos. La mayoría de las casas de Kiev parecen tiendas de campaña, y de lejos la ciudad presenta el aspecto de un campamento; uno no puede dejar de pensar que han tomado como modelo las casas ambulantes de los tártaros para levantar con maderas casas que tampoco parecen tener una gran solidez. Pocos días bastan para construirlas; incendios frecuentes las destruyen, y se va al bosque para encargarse una casa como se va al mercado a hacer provisiones para el invierno. Sin embargo, en medio de esas chozas, se yerguen palacios y, sobre todo, iglesias cuyas cúpulas verdes y doradas impresionan particularmente la vista. Cuando, al atardecer, el sol lanza sus rayos sobre esas cúpulas brillantes, se diría que vemos, más que un edificio permanente, una iluminación para una fiesta.
Los rusos no pasan nunca delante de una iglesia sin persignarse, y su larga barba contribuye en mucho a la expresión religiosa  de su fisonomía. La mayoría usan una larga túnica azul, ceñida por un cinturón rojo; el vestido de las mujeres también tiene algo de asiático, y se puede observar en ellos ese gusto por los colores intensos que nos vienen  de los países donde el sol es tan hermoso que se acostumbra hacer resaltar el propio brillo con los objetos que él hace relucir. Tan rápidamente tomé el gusto de esas vestimentas orientales, que no me agradaba ver a los rusos vestidos como los demás europeos; me parecía que iban a entrar así en esa regularidad del despotismo de Napoleón que a todas las naciones primero les regala el servicio militar, luego los impuestos de guerra, y después el código napoleónico, para regir del mismo modo a naciones del todo diferentes.
El Dniéper, al que los antiguos llamaban el Boristenes, pasa por Kiev, y la antigua tradición del país asegura que un barquero encontró, al atravesarlo, que sus aguas eran tan puras que quiso fundar una ciudad en sus orillas. En efecto, los ríos son las mayores bellezas de la naturaleza en Rusia. Apenas si existen arroyos, debido a la arena que obstruye sus cauces. Casi no hay variedad de árboles; el triste abedul se repite sin cesar en esa naturaleza poco imaginativa: hasta se podría llegar a extrañar las piedras, hasta tal punto uno se cansa de no encontrar colinas ni valles, y de ir siempre adelante sin encontrar objetos nuevos. Son los ríos los que liberan a la mente de ese cansancio: los sacerdotes bendicen esos ríos. El emperador, la emperatriz y toda la corte asisten a la ceremonia de la bendición del Neva, en medio del frío más riguroso del invierno. Se dice que Vladimir, a principios del siglo XI, declaró que todas las aguas del Boristenes eran sagradas, y que bastaba con sumergirse en ellas para ser cristiano; como el bautismo de los griegos se hace por inmersión, miles de hombres fueron al río a abjurar de su idolatría. Es ese mismo Vladimir que había enviado embajadores a distintos países para saber, de todas las religiones, cual le convenía mas adoptar; se decidió por el culto griego, debido a la pompa de las ceremonias. Quizás lo prefirió por motivos más importantes: de hecho, el culto griego, al excluir el dominio del papa, le concede a un tiempo al soberano de Rusia el poder temporal y espiritual.
La religión griega es necesariamente menos intolerante que el catolicismo, ya que al ser acusada de cismática, no tiene mucho derecho a quejarse de los heréticos; por lo cual todas las religiones son aceptadas en Rusia y, desde la orillas del Don hasta las orillas del Neva, la fraternidad de la patria reúne a los hombres, a pesar de que las opiniones teológicas los separan. Los sacerdotes son casados, y casi nunca los nobles eligen ese estado; de lo cual resulta que el clero no tiene mucho peso político, tiene influencia sobre el pueblo, pero está sometido al emperador.
Las ceremonias de la religión griega son por lo menos tan bellas como las de los católicos; los cantos eclesiásticos son maravillosos: todo en ese culto conduce a la reflexión profunda; tiene algo de poético y sensible, pero me parece que es más capaz de cautivar la imaginación que de dirigir la conducta. Cuando el sacerdote sale del santuario, en el que permanece encerrado durante la comunión, se diría que se abren las puertas del día; la nube de incienso que lo rodea, la plata, el oro y las piedras preciosas que brillan en los ornamentos y en la iglesia, parecen provenir del país en que se adoraba al sol.


Il ne faut pas s’imaginer qu'en approchant de Kiew, ni de la plupart de ce qu'on appelle des villes en Russie, on voie rien qui ressemble aux villes de l’Occident ; les chemins ne sont pas mieux soignés, des maisons de campagne n'annoncent pas une contrée plus peuplée. En arrivant dans Kiew, le premier objet que j’aperçus, ce fut un cimetière : j’appris ainsi que j’étais près d’un lieu où des hommes étaient rassemblés. La plupart des maisons de Kiew ressemblent à des tentes, et de loin la ville a l’air d’un camp ; on ne peut s’empêcher de croire qu’on a pris modèle sur les demeures ambulantes des Tartares pour bâtir en bois des maisons qui ne paraissent pas non plus d’une grande solidité. Peu de jours suffisent pour les construire ; de fréquents incendies les consument, et l’on envoie à la forêt pour se commander une maison, comme au marché pour faire ses provisions d’hiver. Au milieu de ces cabanes s’élèvent pourtant des palais, et surtout des églises dont les coupoles vertes et dorées frappent singulièrement les regards. Quand, le soir, le soleil darde ses rayons sur ces voûtes brillantes, on croit voir une illumination pour une fête, plutôt qu’un édifice durable.
Les Russes ne passent jamais devant une église sans faire le signe de la croix, et leur longue barbe ajoute beaucoup à l’expression religieuse de leur physionomie. Ils portent pour la plupart une grande robe bleue, serrée autour du corps par une ceinture rouge ; l’habit des femmes a aussi quelque chose d’asiatique, et l’on y remarque ce goût pour les couleurs vives qui nous vient des pays où le soleil est si beau, qu’on aime à faire ressortir son éclat par les objets qu’il éclaire. Je pris en peu de temps tellement de goût à ces habits orientaux, que je n’aimais pas à voir des Russes vêtus comme le reste des Européens ; il me semblait alors qu’ils allaient entrer dans cette grande régularité du despotisme de Napoléon, qui fait présent à toutes les nations de la conscription d’abord, puis des taxes de guerre, puis du Code Napoléon, pour régir de la même manière des nations toutes différentes.
Le Dnieper, que les anciens appelaient Borysthène, passe à Kiew, et l’ancienne tradition du pays assure que c’est un batelier qui, en le traversant, trouva ses ondes si pures, qu’il voulut fonder une ville sur ses bords. En effet, les fleuves sont les plus grandes beautés de la nature en Russie. À peine si l’on y rencontre des ruisseaux, tant le sable en obstrue le cours. Il n’y a presque point de variété d’arbres ; le triste bouleau revient sans cesse dans cette nature peu inventive : on y pourrait regretter même les pierres, tant on est quelque-fois fatigué de ne rencontrer ni collines ni vallées, et d’avancer toujours sans voir de nouveaux objets. Les fleuves délivrent l’imagination de cette fatigue : aussi les prêtres bénissent-ils ces fleuves. L’Empereur, l’Impératrice et toute la Cour vont assister à la cérémonie de la bénédiction de la Neva, dans le moment du plus grand froid de l’hiver. On dit que Wladimir, au commencement du XIe siècle, déclara que toutes les ondes de Borysthène étaient saintes, et qu'il suffisait de s’y plonger pour être chrétien ; le baptême des Grecs se faisant par immersion, des milliers d’hommes allèrent dans ce fleuve abjurer leur idolâtrie. C’est ce même Wladimir qui avait envoyé des députés dans divers pays pour savoir laquelle de toutes les religions il lui convenait le mieux d’adopter ; il se décida pour le culte grec, à cause de la pompe des cérémonies. Il le préféra peut-être encore par des motifs plus importants : en effet, le culte grec, en excluant l’empire du Pape, donne au souverain de la Russie les pouvoirs spirituels et temporels tout ensemble.
La religion grecque est nécessairement moins intolérante que le catholicisme ; car étant accusée de schisme, elle ne peut guère se plaindre des hérétiques : aussi toutes les religions sont admises en Russie, et, depuis les bords du Don jusqu’à ceux de la Neva, la fraternité de patrie réunit les hommes, lors même que les opinions théologiques les séparent. Les prêtres grecs sont mariés, et presque jamais les gentilshommes n’entrent dans cet état : il en résulte que le clergé n’a pas beaucoup d’ascendant politique ; il agit sur le peuple, mais il est très soumis à l’Empereur.
Les cérémonies du culte grec sont au moins aussi belles que celles des catholiques ; les chants d’église sont ravissants : tout porte à la rêverie dans ce culte ; il a quelque chose de poétique et de sensible, mais il me semble qu’il captive plus l’imagination qu’il ne dirige la conduite. Quand le prêtre sort du sanctuaire, où il reste enfermé pendant qu’il communie, on dirait qu’on voit s’ouvrir les portes du jour ; le nuage d’encens qui l’environne, l’argent, l’or et les pierreries qui brillent sur ses vêtements et dans l'église, semblent venir du pays où l’on adorait le soleil.

Extraits de Dix années d'exil.