miércoles, 31 de diciembre de 2025

Marina Tsvetáyeva: A Anna Ajmátova. Oh musa del llanto

 


О, МУЗА ПЛАЧА…

 

О, Муза плача, прекраснейшая из муз!

О ты, шальное исчадие ночи белой!

Ты чёрную насылаешь метель на Русь,

И вопли твои вонзаются в нас, как стрелы.

 

И мы шарахаемся и глухое: ох! —

Стотысячное — тебе присягает: Анна

Ахматова! Это имя — огромный вздох,

И в глубь он падает, которая безымянна.

 

Мы коронованы тем, что одну с тобой

Мы землю топчем, что небо над нами — то же!

И тот, кто ранен смертельной твоей судьбой,

Уже бессмертным на смертное сходит ложе.

 

В певучем граде моём купола горят,

И Спаса светлого славит слепец бродячий…

И я дарю тебе свой колокольный град,

— Ахматова! — и сердце своё в придачу.

МАРИНА ЦВЕТАЕВА


MUSE OF LAMENT

Muse of lament, you are the most beautiful of

all muses, a crazy emanation of white night:

and you have sent a black snow storm over all Russia.

We are pierced with the arrows of your cries

 

so that we shy like horses at the muffled

many times uttered pledge — Ah! — Anna

Akhmatova — the name is a vast sigh

and it falls into depths without name

 

and we wear crowns only through stamping

the same earth as you, with the same sky over us.

Whoever shares the pain of your deathly power will

lie down immortal — upon his death bed.

 

In my melodious town the domes are burning

and the blind wanderer praises our shining Lord.

I give you my town of many bells,

Akhmatova, and with the gift: my heart.

Trnslated by Elaine Feinstein

OH MUSA DEL LLANTO
A ANNA AJMÁTOVA



¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!

¡Oh tú, alocado engendro de la noche blanca!

Tú envías la negra borrasca sobre Rusia

y tus gritos se nos clavan como lanzas.

 

Y nos echamos a un lado y un sordo: ¡Oh! -

cien mil veces — te rinde juramento —¡Anna

Ajmátova! — Es tu nombre — aliento grandioso,

que cae en la profundidad por nadie nombrada.

 

¡Coronados estamos porque juntos contigo

la tierra pisamos bajo el mismo cielo!

Y el que es herido de tu mortal destino

inmortal entra ya en el mortal lecho.

 

Las cúpulas brillan en mi ciudad cantora,

al radiante Salvador un ciego errante alaba…

Yo te doy mi ciudad de campanas sonoras,

¡Ajmátova! y además te regalo mi alma.

MARINA TSVETÁYEVA

19 Junio de 1916
Traducción de José Luis Reina Palazón


viernes, 26 de diciembre de 2025

Francisco de Quevedo y Willis Barnstone: Dos sonetos

ENSEÑA CÓMO TODAS LAS COSAS AVISAN DE LA MUERTE

 

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

 

Salime al campo, vi que el sol bebía

los arroyos del hielo desatados;

y del monte, quejosos, los ganados,

que con sombras hurtó su luz al día.

 

Entré en mi casa, vi que amancillada

de anciana habitación era despojos;

mi báculo más corvo y menos fuerte,

 

vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

 

A ROMA, SEPULTADA EN SUS RUINAS

 

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.

 

Yace, donde reinaba, el Palatino;

y limadas del tiempo las medallas,

más se muestran destrozo a las batallas

de las edades que blasón latino.

 

Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya sepultura

la llora con funesto son doliente.

 

¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura,

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.

FRANCISCO DE QUEVEDO

HE SHOWS HOW ALL THINGS WARN OF DEATH

 

I gazed upon my country’s tottering walls,

one day grandiose, now rubble on the ground,

worn out by vicious time; only renowned

for weakness in a land where courage fails.

 

I went into the fields. I saw the sun

drinking the springs just melted from the ice,

and cattle moaning as the forests climb

against the thinning day, now overrun

 

with shade. I went into my house. I saw

my old room yellowed with the sickening breath

of age, my cane flimsier than before.

 

I felt my sword coffined in rust, and walked

about, and everything I looked at bore

a warning of the wasted gaze of death.

 

TO ROME, BURIED IN ITS RUINS

 

You look in Rome for Rome, O peregrine!

You cannot find the site of Rome in Rome.

What glowed as walls is now a corpse’s home,

a tomb for its own being, the Aventine.

 

The Palatine lies ruined, a mere cage,

and its medallions are filed down by time;

destruction from the battle wounds of age

command great Latin emblems now in slime.

 

Only the Tiber flows, yet its current

watering the city now is watering a tomb

for which it mourns in painful funeral song.

 

Rome! of your magnificence a tent

remains; gone is your beauty, depth. A room

of darting lights endures to make us long.

Translated by WILLIS BARNSTONE

Six Masters of the Spanish Sonnet : Essays and Translations

Southern Illinois University Press, 1993




sábado, 20 de diciembre de 2025

Robert Graves y Rolando Costa Picazo: It´s a Queer Time

IT´S A QUEER TIME

 

It’s hard to know if you’re alive or dead

When steel and fire go roaring through your head.

One moment you’ll be crouching at your gun

Traversing, mowing heaps down half in fun:

The next, you choke and clutch at your right breast —

No time to think —  leave all —  and off you go ...

To Treasure Island where the Spice winds blow,

To lovely groves of mango, quince and lime —  

Breathe no good-bye, but ho, for the Red West!

It’s a queer time.

..............

You’re charging madly at them yelling “Fag!”

When somehow something gives and your feet drag.

You fall and strike your head; yet feel no pain

And find ... you’re digging tunnels through the hay

In the Big Barn, ‘cause it’s a rainy day.

Oh, springy hay, and lovely beams to climb!

You’re back in the old sailor suit again.

It’s a queer time.

..............

Or you’ll be dozing safe in your dug-out —

A great roar —  the trench shakes and falls about

you’re struggling, gasping, struggling, then ... hullo!

Elsie comes tripping gaily down the trench,

Hanky to nose —  that lyddite makes a stench -

Getting her pinafore all over grime.

Funny! because she died ten years ago!

It’s a queer time.

..............

The trouble is, things happen much too quick;

Up jump the Boches, rifles thump and click,

You stagger, and the whole scene fades away:

Even good Christians don’t like passing straight

From Tipperary or their Hymn of Hate

To Alleluiah-chanting, and the chime

Of golden harps ... and ... I’m not well today ...

It’s a queer time.

ROBERT GRAVES 

ES UN TIEMPO EXTRAÑO

Es un tiempo extraño

Es difícil saber si se está vivo o muerto

cuando acero y fuego pasan rugiendo por la cabeza.

En un momento uno está agazapado tras el fusil

escudriñando, partiendo pilas en dos por diversión;

al momento siguiente, uno se asfixia y se agarra el pecho…

sin tiempo para pensar… deja todo y parte…

a la Isla del Tesoro donde soplan los vientos de las Especias,

a encantadores huertos de mangos, membrillos y limas…

sin decir adiós, y viaja al Rojo Ocaso.

Es un tiempo extraño.

................

Uno está cargando como loco contra ellos, gritando “¡Un cigarrillo!”

Cuando de alguna manera algo cede y uno arrastra los pies.

Se cae y se pega en la cabeza; no siente dolor

y encuentra… que está abriendo túneles en el heno

del Gran Granero, porque es un día lluvioso.

¡Ay, heno flexible, y bellas vigas para escalar!

Está de nuevo con el trajecito de marinero puesto.

Es un tiempo extraño.

................

O uno está dormitando a salvo en su refugio…

un gran rugido… la trinchera tiembla y se desmorona…

uno está luchando, sin aliento, luchando, luego… ¡hola!

Elsie viene brincando alegremente trinchera abajo,

con un pañuelo en la nariz (esa lidita es más hedionda…)

y se le ensucia el delantal con la mugre.

¡Qué raro! ¡Ella murió hace diez años!

Es un tiempo extraño.

................

El problema es que las cosas suceden demasiado rápido;

se lanzan los germanos, chasqueando y golpeando los fusiles,

uno se tambalea y la escena entera se esfuma:

ni siquiera a los buenos cristianos les gusta pasar derecho

de Tipperary o de un Himno del odio

a cantos de aleluya y al son

de las doradas arpas… y… hoy no me siento bien…

Es un tiempo extraño.

Traducción y nota de Rolando Costa Picazo

NOTA

Poema fechado 27 de septiembre de 1915 en el Archivo Digital de la Primera Guerra Mundial 109, aunque la fecha parece improbable, debido a que el 27 de septiembre Graves estaba en el Frente, en el fragor de la batalla de Loos, que tuvo lugar entre el 25 de septiembre y el 3 de octubre de 1915.

“It´s a Queer Time” se publicó en la antología de Georgian Poetry III, noviembre de 1917, y se lo incluyó en el poemario Over the Brazier (London: Poetry Bookshop, 1916).

Graves incluyó este poema en una carta del 22 de mayo de 1915 a Edward Marsh, director de las antologías Georgians, en que le daba el pésame por la muerte de su amigo Rupert Brooke. Le dice allí a Marsh que pronto irá a las trincheras.

“It´s a Queer Time” consta de un heroic couplet (pentámetro yámbico pareado) inicial y 4 estrofas de 8 versos en que riman el primero y segundo versos, el tercero y el séptimo, el cuarto y el quinto y el sexto y el octavo. Las cuatro estrofas tienen un refrán, “ It´s a queer time ” [Es un tiempo extraño].

Se trata de un monólogo dramático. La voz poética es la de un soldado que participa en una batalla y se refiere a su situación en el tiempo presente. El uso de gerundios, que hemos conservado (rugiendo, escudriñando, cargando, gritando…) contribuye de manera eficaz a reforzar la cualidad presente de la situación. El registro del habla es coloquial; la situación, de extremo peligro, rebosante de agitación y vértigo, se corresponde con la realidad caótica del fragor de la batalla. Recuerdos de un pasado de paz y felicidad, de una infancia edénica, irrumpen en los pensamientos del soldado y le dan momentáneo alivio. El primero de estos recuerdos es de “la Isla del Tesoro donde soplan los vientos de las Especias”, de “encantadores huertos de mangos, membrillos y limas…”. Otro retrotrae a la voz poética a su infancia, y se recuerda con “el trajecito de marinero” que vestía de niño y jugando un día de lluvia en el granero. Un tercer recuerdo es de su adolescencia, de una muchacha llamada Elsie, que murió diez años atrás, pero que ahora parece venir caminando por la trinchera. La realidad actual (el olor nauseabundo de la lidita, un golpe en la cabeza, los enemigos) interrumpe los recuerdos placenteros, pero es principalmente el refrán, “It´s a queer time”, el que hace patente el irrevocable presente. Nuestra pobre equivalencia de queer, “extraño”, lamentablemente no evoca la fuerza irónica y ricamente connotativa del término en inglés, que va de raro a anormal, pasando por singular, cuestionable, sospechoso, incierto y trastornado.




 


lunes, 15 de diciembre de 2025

Delmira Agustini y Alejandro Cáceres: Íntima

ÍNTIMA

Yo te diré los sueños de mi vida

En lo más hondo de la noche azul...

Mi alma desnuda temblará en tus manos,

Sobre tus hombros pesará mi cruz.

 

Las cumbres de la vida son tan solas,

Tan solas y tan frías! Yo encerré

Mis ansias en mí misma, y toda entera

Como una torre de marfil me alcé.

 

Hoy abriré a tu alma el gran misterio;

Ella es capaz de penetrar en mí.

En el silencio hay vértigos de abismo:

Yo vacilaba, me sostengo en ti.

 

Muero de ensueños; beberé en tus fuentes

Puras y frescas la verdad, yo sé

Que está en el fondo magno de tu pecho

El manantial que vencerá mi sed.

 

Y sé que en nuestras vidas se produjo

El milagro inefable del reflejo…

En el silencio de la noche mi alma

Llega a la tuya como a un gran espejo.

 

Imagina el amor que habré soñado

En la tumba glacial de mi silencio!

Más grande que la vida, más que el sueño.

Bajo el azur sin fin se sintió preso.

DELMIRA AGUSTINI

INTIMATE

I will tell you the dreams of my life

In the deepest corner of the blue night...

My naked soul will tremble in your hands,

On your shoulders will weigh my cross.

 

The peaks of life are so lonesome,

So lonesome and so cold! I confined

My hopes in myself, and vigorous

Like an ivory tower I rose.

 

Today I will open the great mystery to your soul;

Your soul is capable of penetrating in me.

In the silence there is the vertigo of the abyss:

I hesitated, leaning on you.

 

I die of reverie; I will drink the truth

In your fountains pure and fresh;

I know in the great vault of your chest

Is the spring that will vanquish my thirst.

 

And I know that in our lives occurred

The ineffable miracle of reflection...

In the silence of the night my soul

Reaches yours like a great mirror.

 

Imagine the love I must have dreamed of

In the glacial tomb of my silence!

Greater than life, greater than the dream itself

Under the endless azure it felt captured.

Traducción al inglés de Alejandro Cáceres



miércoles, 10 de diciembre de 2025

Jorges Luis Borges y Jorge Luis Borges: 1982

 
1982

Un cúmulo de polvo se ha formado en el fondo del anaquel, detrás de la fila de libros. Mis ojos no lo ven. Es una telaraña para mi tacto.

Es una parte ínfima de la trama que llamamos la historia universal o el proceso cósmico. Es parte de la trama que abarca estrellas, agonías, migraciones, navegaciones, lunas, luciérnagas, vigilias, naipes, yunques, Cartago y Shakespeare.

También son parte de la trama esta página, que no acaba de ser un poema, y el sueño que soñaste en el alba y que ya has olvidado.

¿Hay un fin en la trama? Schopenhauer la creía tan insensata como las caras o los leones que vemos en la configuración de una nube. ¿Hay un fin de la trama? Ese fin no puede ser ético, ya que la ética es una ilusión de los hombres, no de las inescrutables divinidades.

Tal vez el cúmulo de polvo no sea menos útil para la trama que las naves que cargan un imperio o que la fragancia del nardo.

JORGE LUIS BORGES

 

1982

A heap of dust has gathered in the depths of the shelf, behind the row of books.

My eyes do not see it. It is a cobweb to my touch.

It is but a point of that other web we call the history of the world or the cosmic process.

It is but a point of the web that encircles stars, deathbeds, migrations, thorns, agonies, vigils, pyramids, glow worms, Carthage and Shakespeare.

A point of the web are also this page, that may not be a poem, and the dream you had this morning, at dawn, and that you have altogether forgotten.

Has the web a meaning? Schopenhauer believed it to be as senseless as the faces or lions we make out in the shifting shapes of a cloud.

Has the web a meaning? The meaning cannot be ethical, since ethics is an illusion of men, not of the unfathomable gods.

Perhaps the heap of dust may be no less useful to the aims of the web than the ships loaded with an empire or the scent of a rose.


Translated by JORGE LUIS BORGES

Twenty-Four Conversations With Borges

Including a Selection of Poems

translated by Willis Barnstone, Jorge Luis Borges and Nicomedes Suárez Araúz

Lascaux Publishers, 1984




viernes, 5 de diciembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Segunda parte

LOS POETAS FELICES

Fuerza, prestigio; la gran flota y esos buques mercantes que surcan todos los mares; el Banco de Francia; la Constitución; un poder industrial y comercial sólidamente establecido; riqueza, lujo sereno, orden, dignidad, moralidad, decencia, religión; la certeza de que el cielo justo sabe discernir los méritos de una nación y recompensar sus virtudes; una satisfacción de sí misma que sigue siendo discreta, pero es inquebrantable: así es la Inglaterra de la sapientísima y gloriosísima reina Victoria.

Para los escritores, ya no se trataba de ser desenfrenados, incrédulos, anárquicos: habían entrado en razón. El gran poeta era Tennyson: ¿hubo alguna vez una vida más feliz? Evoquémoslo en su ambiente de la isla de Wight: al fondo, un castillo que domina el mar; bosques; un gran parque, caballos, galgos; en primer plano, el poeta que se pasea por la orilla, pidiéndoles a las tranquilas olas que le revelen el secreto de sus armonías. En él, todo es nobleza y serenidad. Domina la naturaleza, que no es ni la fuerza inmensa que escapa a nuestro control y permanece indiferente a nuestras desdichas, ni el ser universal en el que el individuo quiere disolverse. El amor, que a veces hace sufrir, no tiene sin embargo derecho a convertirse en la pasión salvaje que se rebela contra las leyes de la sociedad. Enoch Arden, al regresar a su casa tras una ausencia tan larga que se lo creyó muerto, y al encontrar a su esposa Annie casada con su antiguo rival, comprenderá lo que debe hacer: aceptar, callar, desaparecer; tan sólo después de su muerte, Annie sabrá que él siempre la amó. Así, todos los temas líricos se tratan con belleza y grandeza. La historia, si se entiende bien, es el símbolo de la lucha entre el vicio y la virtud, y la virtud siempre acaba imponiéndose. La muerte no tiene nada de horrendo: el justo se duerme en paz en los brazos del Señor.

Era hermoso y serio, digno y piadoso. Pero lo más admirable en su caso es su perfecta armonía, su armonía ideal, con su época, su entorno, su país: su noble país, tan hermoso, tan grande y, sin comparación posible, el primero de todos. Su celebridad no proviene de ninguna novedad audaz, sino más bien de la excelencia de su conformismo, adornado con la dulzura virgiliana de sus versos. Si les canta a los héroes de su patria, Nelson, Wellington, no es para obedecer a ningún pedido, sino al impulso espontáneo de su alma; se diría que nació poeta laureado. Profesa por la reina una admiración matizada de respeto y ternura; él le escribe, ella le responde: ella es la nación, él es el ornamento de la nación. Se lo colma de honores oficiales; cuando muere, “la reina llora con profundo dolor a su noble poeta laureado”; el pueblo acude en masa a su funeral y desfila ante su tumba, en Westminster. Ningún poeta, escribió Wyzeva, podría esperar un destino semejante, jamás.

Tal destino no lo tuvo Elizabeth Barrett, su contemporánea; pero no sé si no obtuvo de los dioses un favor más precioso. Las imaginaciones de los adolescentes, que creen que la vida de los poetas es completamente romántica y completamente hermosa, un sueño de un día de primavera, quedan en su caso superadas. Yacía en su chaise longue, en su cama; tan enfermiza y frágil que no podía salir, que se escondía del viento, del aire, del sol; ya ni siquiera veía la luz del día. No es que se hubiera rendido por completo; tenía la mente lúcida y el alma ardiente; escribía versos. Pero todos los días creía que iba a morir. Entonces, un poeta, Robert Browning, al regresar de un viaje y hojear los libros que lo esperaban en su casa, encuentra su nombre en una recopilación que le ha enviado Elizabeth Barrett. Él le escribe para darle las gracias; ella le responde; él la visita; se enamoran. Se casan en secreto; y luego Robert Browning rapta a Elizabeth Barrett.

Todo el mundo conoce esta novela, que incluso se ha popularizado gracias al cine: la tiranía de un padre demasiado obstinado; la primera salida de la joven y su éxtasis al volver a ver los árboles y el cielo; la boda furtiva; la partida hacia Italia. Pero pensemos en este otro milagro: la vida perdonó a Elizabeth esa provocación; esa felicidad no se destruyó apenas se saboreó; ni la enfermedad, ni la maternidad, ni la convivencia cotidiana, ni los celos profesionales, ni las rivalidades de la vanidad, ni la gloria lograron disminuir ese gran amor. Se siente un temor retrospectivo al leer las admirables elevaciones que ella dio en 1847 bajo el título de Sonetos portugueses: ¿es posible que semejante bienaventuranza sea duradera? Imprudente es la mujer que se atreve a despertar así los poderes celosos que les prohíben a los mortales ser felices. Ella expresa la sorpresa que sintió cuando un ser misterioso apareció en su vida como un conquistador: creía que era la muerte, y era el amor. Expresa su dicha, su gratitud: su corazón, cargado de pena, se aligeró; yacía en el lecho del dolor, se levantó: ¿cómo podría darle las gracias a quien la ha transfigurado con la felicidad? Débiles serían sus ofrendas —sus versos, su vida, su alma— si no pudiera ofrecerle la llama que él mismo encendió. Ahora están unidos, él y ella; ni el océano ni las montañas lograrían separarlos: “nuestras manos sabrían como encontrarse en el infinito”...

Así, ella pudo elevarse hasta lo sublime, sin que nada obstaculizara su vuelo; sus días carecieron de nubes y sus años de invierno; conservó el privilegio de un amor que nada alteró y que siguió siendo lo que había sido el primer día, tan confiado, tan intenso y tan puro.

En cuanto a él, si alguna vez ese gran aficionado a las almas se sorprendía al discernir en Elizabeth un corazón tan profundamente abnegado y un espíritu tan libre y tan diferente al suyo; si se irritaba al verla preguntarles a las sombras lo que los vivos no pueden saber; si sentía que su propio carácter era más brusco y menos tierno; si a veces pensaba en la muerte, que no llama al mismo tiempo a los que se aman, se tranquilizaba rápidamente, porque llevaba en sí mismo una convicción capaz de apaciguar todas las inquietudes y calmar todas las penas. No dudaba ni por un instante de que la vida que llevamos en esta tierra no es más que un ensayo; las almas acceden a una vida superior que completa su sueño. Todo lo que, por improbable que fuera, le faltara para alcanzar la perfección de su felicidad, lo obtendría en ese segundo nacimiento. Y en base a eso ya no temía nada, ni siquiera a la muerte. “Siempre he sido un luchador. ¡Una lucha más, la mejor y la última! Odiaría una muerte que me vendara los ojos, que me tratara con contemplaciones, que me pidiera que pasara arrastrándome. No, yo quiero saborearla por entero, comportarme como mis pares, los héroes de antaño, soportar el golpe y, en un minuto, pagar las deudas atrasadas que mi vida feliz tiene en dolor, tinieblas y frío. Porque, de repente, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente; el minuto negro ha terminado, y la furia de los elementos, las voces delirantes de los demonios va a debilitarse, a fundirse, a cambiar, primero se transformarán en paz sin sufrimiento, luego en luz, luego  en tu seno, oh alma de mi alma. ¡Te abrazaré de nuevo! El resto queda en manos de Dios”.

Baudelaire no conocía la felicidad; no conocía nada que no tuviera alguna mancha de confusión y de impureza. Entre su vida y la de esos señores de las letras no había ninguna medida en común, ningún punto de comparación. Era pobre y no siempre conseguía colocar sus escritos; el dinero que había tenido en otro tiempo lo había gastado tan rápidamente que le parecía no haberlo tenido nunca. Estaba enfermo y se sentía derrotado. El amor no era para él más que una búsqueda ansiosa, siempre frustrada; su compañera habitual era Jeanne Duval, la mulata que había conocido por casualidad, la mujer perdida. Un poeta maldito: era un poeta maldito, nada más. Los castillos y los parques, los palacios a orillas del Arno, las cabalgatas por las suaves colinas toscanas, los honores, la gloria: ¡qué ironía! Sus nervios exasperados lo convertían todo en sufrimiento, incluso la alegría de escribir. Ignoraba las efusiones del corazón, los impulsos y esos momentos magníficos en los que el poeta solo tiene que dejar que su pluma sea guiada por su demonio interior. Por el contrario, se esforzaba, corregía, retocaba, para conseguir darles a sus versos la calidad única que Théophile Gautier reconocía en ellos: punzantes como las nieblas de Inglaterra y sólidos como el mármol. La facilidad verbosa de Aurora Leigh, que apareció el mismo año que Las flores del mal, en 1857, la oscuridad en la que se complacía Robert Browning, semidiós fulgurante entre las nubes, le habrían parecido crímenes contra el arte y contra el espíritu. Su pueblo, amigo del sentido común y la razón, no lo entendía; los tribunales franceses lo habían condenado. Cuando se marchó a Bélgica para reunir lo necesario para ganarse la vida, no hizo más que sentir más cruelmente su miseria; y ya no figuraba entre los vivos. ¿Cómo podría, al fin y al cabo, refugiarse en la fe? ¿Era cristiano? Para serlo, no basta con el sentimiento del pecado —pesada carga—, las aspiraciones, las nostalgias, el deseo de lo infinito. También es preciso adoptar una regla de vida, una moral; abandonar el mundo de la carne. Para encontrar el puerto tranquilo donde ya no llegan los vientos malignos, también es preciso, en primer lugar, quererlo y después merecerlo.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


LES POÈTES HEUREUX

DE la force, du prestige; la grande flotte, et ces vaisseaux marchands qui sillonnent toutes les mers; la Banque; la Constitution; une puissance industrielle et commerciale solidement établie; de la richesse, du luxe paisible, de l’ordre, de la dignité, de la moralité, de la décence, de la religion; la certitude que le juste ciel sait discerner les mérites d’une nation et récompenser ses vertus; un contentement de soi qui reste discret, mais inébranlable: c’est l’Angleterre de la très sage et très glorieuse reine Victoria.

Il ne s’agissait plus, pour les gens de lettres, d’être débridés, incroyants, anarchiques: ils s’étaient mis à la raison. Le grand poète était Tennyson: fut-il jamais plus heureuse vie? Évoquons-le dans son décor de l’île de Wight: au fond, un château qui domine la mer; des bois; un grand parc, des chevaux, des lévriers; au premier plan, le poète qui se promène sur la grève, en demandant aux flots paisibles de lui dire le secret de leurs harmonies. En lui, tout est noblesse et sérénité. Il domine la nature, qui n’est ni la force immense qui échappe à nos prises et reste indifférente à nos malheurs, ni l’être universel dans lequel l’individu veut se dissoudre. L’amour, qui fait quelquefois souffrir, n’a pourtant pas le droit de devenir la passion sauvage qui se rebelle aux lois de la société. Enoch Arden, revenant au logis après une absence si longue qu’on l’a cru mort, et retrouvant sa femme Annie mariée à son ancien rival, comprendra ce qu’il convient de faire: accepter, se taire, disparaître; après sa mort seulement, Annie saura qu’il l’a toujours aimée. Ainsi tous les thèmes lyriques se traitent en beauté, en grandeur. L’histoire, à la bien comprendre, est le symbole de la lutte entre le vice et la vertu, la vertu finissant toujours par l’emporter. La mort n’a rien d’affreux: le juste s’endort en paix dans les bras du Seigneur.

Il était beau et grave, il était digne et pieux. Mais le plus admirable dans son cas est son accord parfait, son accord idéal, avec son temps, son milieu, son pays: son noble pays, si beau, si grand, et sans comparaison possible le premier de tous. Sa célébrité ne vient pas de quelque nouveauté audacieuse, mais bien plutôt de l’excellence de son conformisme, paré de la douceur virgilienne de ses vers. S’il chante les héros de sa patrie, Nelson, Wellington, ce n’est pas pour obéir à quelque commande, mais à l’élan spontané de son âme; on dirait qu’il est né poète lauréat. Il professe pour la reine une admiration nuancée de respect et de tendresse; il lui écrit, elle lui répond: elle est la nation, il est la parure de la nation. On le charge d’honneurs officiels; quand il meurt, «la reine pleure avec une profonde douleur son noble poète lauréat»; le peuple se presse à son service funèbre, et défile devant sa tombe, à Westminster. Aucun poète, a écrit Wyzeva, ne saurait espérer pareille fortune, jamais.

Pareille fortune, Elizabeth Barrett, sa contemporaine, ne l’a pas eue; mais je ne sais si elle n’a pas obtenu des dieux une plus précieuse faveur. Les imaginations des adolescents, qui croient que la vie des poètes est toute romanesque et toute belle, songe d’un jour de printemps, sont ici dépassées. Elle gisait sur sa chaise longue, sur son lit; si maladive et si frêle, qu’elle ne pouvait sortir, qu’elle se dérobait au vent, à l’air, au soleil; elle ne voyait même plus la lumière du jour. Ce n’est pas qu’elle s’abandonnât tout à fait; elle avait l’esprit lucide et l’âme ardente; elle écrivait des vers. Mais tous les jours elle croyait mourir. Or, un poète, Robert Browning, rentrant de voyage et feuilletant les livres qui l’attendaient au logis, trouve son nom dans un recueil que lui a envoyé Elizabeth Barrett. Il lui écrit pour la remercier; elle lui répond: il lui rend visite; ils s’aiment. Secrètement ils se marient; et puis Robert Browning enlève Elizabeth Barrett.

Ce roman-là, tout le monde le connaît et le cinéma même l’a rendu populaire: la tyrannie d’un père trop obstiné; la première sortie de la jeune fille, et son ravissement de revoir les arbres et le ciel; le mariage furtif; le départ pour l’Italie. Mais songez à cet autre miracle: la vie a pardonné à Elizabeth cette provocation; ce bonheur n’a pas été détruit à peine goûté; ni la maladie, ni la maternité, ni le contact quotidien, ni les jalousies de métier, ni les concurrences de vanité, ni la gloire, n’ont réussi à amoindrir ce grand amour. On éprouve une crainte rétrospective, en lisant les admirables élévations qu’elle donna en 1847 sous le titre de Sonnets du Portugais: est-il possible qu’une telle béatitude soit durable? Imprudente, la femme qui ose réveiller ainsi les puissances jalouses qui défendent aux mortels d’être heureux. Elle exprime la surprise qu’elle éprouva, lorsqu’un être mystérieux apparut dans son existence en conquérant: elle croyait que c’était la mort, et c’était l'amour. Elle dit sa joie, sa reconnaissance: son cœur, lourd de chagrin, s’est allégé; elle gisait, elle s’est relevée: comment pourrait-elle rendre grâces à celui qui l’a transfigurée par le bonheur? Faibles seraient ses dons, —ses vers, sa vie, son âme, —si elle ne pouvait lui offrir la flamme qu’il a lui-même allumée. Maintenant ils sont unis, lui et elle; ni l’océan, ni les montagnes ne réussiraient à les séparer: «nos mains dans l’infini sauraient se rencontrer»…

Or, elle put s’élever ainsi jusqu’au sublime, sans que son vol fût entravé; ses jours furent sans nuages, et ses années sans hiver; elle garda le privilège d’un amour que rien ne vint altérer, et qui resta ce qu’il avait été au premier jour, aussi confiant, aussi intense, et aussi pur.

Pour lui, s’il arrivait que ce grand amateur d’âmes s’étonnât quelquefois de distinguer chez Elizabeth un cœur si profondément dévoué, et un esprit si libre et si différent du sien; s'il s’irritait de la voir demander aux ombres ce que les vivants ne peuvent savoir; s’il se sentait de caractère plus brusque et moins attendri; s’il songeait quelquefois à la mort, qui n’appelle pas au même moment ceux qui s’aiment, il se rassurait vite; car il portait en lui une conviction capable d’apaiser toutes les inquiétudes et de calmer tous les chagrins. La vie que nous menons sur cette terre, il n’en doutait pas un seul instant, n’est qu’un essai; les âmes accèdent à une vie supérieure qui complète leur rêve. Tout ce qui, par impossible, manquerait à la perfection de son bonheur, il l’obtiendrait lors de cette seconde naissance. Et dès lors il ne craignait plus rien, pas même la mort. «J’ai toujours été un lutteur. Une lutte de plus, la meilleure et la dernière! Je haïrais une mort qui me banderait les yeux, qui m’épargnerait, qui me demanderait de passer en rampant. Non, je veux la goûter tout entière, me comporter comme mes pairs, les héros de jadis, supporter le choc, et en une minute payer ce que doit ma vie heureuse en arrérages de douleur, de ténèbres et de froid. Car tout d’un coup, le pire devient le meilleur pour le brave; la minute noire est terminée, et la rage des éléments, les voix délirantes des démons vont s’affaiblir, se fondre, changer, devenir d’abord la paix exempte de souffrance, puis une lumière, puis ton sein, ô âme de mon âme. Je t’étreindrai de nouveau! Le reste, à la garde de Dieu.»

Le bonheur, Baudelaire ne le connaissait pas; il ne connaissait rien qui ne fût entaché de trouble et d’impureté. Entre sa vie, et celle de ces seigneurs des lettres, il n’y avait aucune mesure, aucun point de comparaison. Il était pauvre, et ne parvenait pas toujours à placer sa copie; l’argent qu’il avait eu jadis, il l’avait gaspillé si vite qu’il lui semblait n’en avoir jamais eu. Il était malade et déchu. L’amour n’était pour lui qu’une recherche anxieuse, toujours trompée; sa compagne familière était Jeanne Duval, la mulâtresse rencontrée d’aventure, la femme perdue. Un poète maudit: il était un poète maudit, rien d’autre. Les châteaux et les parcs, les palais aux bords de l’Arno, les chevauchées au milieu des douces collines toscanes, les honneurs, la gloire: quelle ironie! Ses nerfs exaspérés transformaient tout en souffrance, même la joie d’écrire. Il ignorait les effusions du cœur, les élans, et ces moments magnifiques où le poète n’a plus qu’à laisser conduire sa plume par son démon intérieur. Au contraire, il peinait, corrigeait, retouchait, pour arriver à donner à ses vers la qualité unique que Théophile Gautier reconnaissait en eux: pénétrants comme les brouillards d’Angleterre et solides comme du marbre. La facilité verbeuse d’Aurora Leigh, qui paraît la même année que les Fleurs du mal, en 1857; l’obscurité où se complaisait Robert Browning, demi-dieu fulgurant parmi les nuages, lui auraient paru des crimes contre l’art et contre l’esprit. Son peuple, ami du bon sens et de la raison, ne le comprenait pas; les tribunaux français l’avaient condamné. Lorsqu’il était parti pour la Belgique, afin d’y récolter de quoi vivre, il n’avait fait que sentir plus cruellement sa misère; et déjà il n'était plus au nombre des vivants. Comment eût-il pu, enfin, se réfugier dans la croyance? Etait-il chrétien? Pour l’être, il ne suffit pas du sentiment du péché, lourd fardeau; des aspirations, des nostalgies; du désir de l’infini. Encore faut-il qu’on adopte une règle de vie, une morale; qu’on abandonne le monde de la chair. Encore faut-il, pour trouver le port paisible où n’arrivent plus les vents mauvais, le vouloir d’abord; et ensuite, le mériter.