viernes, 15 de octubre de 2010

Jules Barbey d´Aurevilly y Teresa de Jesús



SAINTE TÉRÈSE

Sainte Térèse est toujours pour l’imagination ou l’ignorance française le fameux portrait de Gérard ; la belle Sainte à genoux, avec sa blancheur de rose macérée, son œil espagnol qui garde, sous la neige du calme bandeau, un peu trop de cette mélancolie, qui ne vient pas de Dieu, car il n’en vient nulle mélancolie, et ces mains de fille noble qui, jointes très correctement sur le sein, disent aussi un peu trop à la bure sur laquelle elles tranchent, qu’elles étaient faites pour la pourpre. Telle est la Térèse de Gérard. Peinte pour Chateaubriand et pour la société qui était redevenue chrétienne en lisant le Génie du christianisme, c’est la Sainte Térèse de ce livre rhétorico-religieux, mais ce n’est pas la Térèse de la Tradition espagnole et de l’histoire. [...].

En effet, fermez cette poitrine entr’ouverte. Essuyez la sueur de sang qui perle au lin de ce bandeau. Tarissez ces larmes dans ces yeux pâmés vers le Ciel, et qui, fermes et attentifs, redescendent tout à coup su la terre, et vous avez la seconde grandeur de Sainte Térèse, vous avez la Térèse des Fondations ! La Térèse des Fondations et la Marthe de la Volonté, calme et toute-puissante, après la Marie de l’Amour, après la Marie des Sept-Douleurs et des Sept-Joies ! La Térèse des Fondations est une des plus majestueuses femmes d’Etat qui se soient assises par terre ou sur un escabeau, au lieu de s’asseoir sur un trône ! [...]

Si des hommes comme Cuvier et Geoffroy Saint-Hilaire sont des colosses d’investigation et de profondeur dans les sciences naturelles, dans le monde extérieur de la vie, une Sainte Térèse est un colosse du même ordre, à l’opposite de ces sciences, dans le monde interne de la spiritualité. Elle a percé, comme eux ont percé dans leur sphère. Elle a retourné les racines du cœur en nous étalant le sien. Ce n’était pas uniquement, comme ceux qui ne l’ont pas lue ont la bonté de le concéder, une femme supérieure par l’imagination, par la disposition poétique, exaltée par la prière et trouvant dans l’échauffante macération de la Règle et du Cloître l’expression embrasée qui ressemble chez elle à un encensoir inextinguible, le cri qui épouvante presque tous les cœurs et qui fait croire que le Génie a des rugissements comme l’Amour ! Non, elle était encore la femme puissamment rassise dans la raison, quand l’Extase, qui enlève l’esprit au ciel et ce corps de boue volatilisé dans les airs, la lâchait et la mettait par terre C’était une grande scrutatrice humaine, un esprit trempé et aiguisé pour découvrir. Cette Voyante en tout ne voyait pas que le monde surnaturel. Elle voyait l’autre aussi. Elle plongeait dans les ténèbres des âmes pour elle transparentes. Il fallait qu’elle les sût pour les conduire, cette grande Directrice, qui les a conduites et soumises à un gouvernement inconnu des hommes, —le gouvernement de l’Amour ! Sa vie, comme elle nous l’a laissée, cette longue poésie écrite tout en élans, est un des plus beaux livres assurément de la littérature espagnole, mais elle est aussi le plus beau traité de psychologie appliquée qu’il y ait dans quelque littérature que ce soit.





SANTA TERESA

Santa Teresa, para la imaginación o la ignorancia francesa, continúa siendo el famoso retrato de Gérard; la hermosa Santa de rodillas, con su blancura de rosa macerada, con sus ojos españoles que conservan, bajo la nieve del calmo velo, demasiado de esa melancolía que no viene de Dios, ya que de Él no viene melancolía alguna, y esas manos de hija noble que, muy correctamente juntas sobre el pecho, dicen, un poco demasiado, al paño sobre el que brillan, que estaban hechas para la púrpura. Ésa es la Teresa de Gérard. Pintada para Chateaubriand y para la sociedad que había vuelto a ser cristiana leyendo el Genio del cristianismo, es la Santa Teresa de ese libro retórico-religioso, pero no es la Teresa de la tradición española y de la historia [...].

No, la Teresa que se ve allí bien podría llamarse Heloísa. No es la ardiente Visionaria de la Vida, la lluvia de lágrimas que no deja de caer, ni la Extática torturada, la ardiente poetisa que luego de comulgar nos dejó ese libro de las Exclamaciones en el que las frases no son más que gritos; y tampoco es la Santa Teresa del Libro de las Fundaciones. La Santa Teresa de las Fundaciones fue devorada por el fuego de la otra Teresa para la mirada de los pobres hombres a los que siempre les cuesta aceptar que un único ser posea dos grandezas. En efecto, cierren ustedes ese pecho entreabierto. Enjuguen ese sudor de sangre que brilla en el lino de ese velo. Sequen esas lágrimas en esos ojos fijos en el Cielo y que, firmes y atentos, vuelven, de pronto, a bajar a la tierra, y tendrán la segunda grandeza de Santa Teresa, tendrán a la Teresa de las Fundaciones. La Teresa de las Fundaciones y la Marta de la Voluntad, serena y todopoderosa, después de la María del Amor, después de la María de los Siete Dolores y de los Siete Gozos. La Teresa de las Fundaciones es una de las más majestuosas mujeres de Estado que se hayan sentado en el suelo o en un banco, en vez de sentarse en un trono. [...] 

Si hombres como Cuvier o Geoffroy Saint-Hilaire son gigantes de investigación y profundidad en las ciencias naturales, en el mundo exterior de la vida, una Santa Teresa es un gigante del mismo orden en el polo opuesto de esas ciencias, en el mundo interno de la espiritualidad. Así como ellos se destacaron en su esfera, ella se destacó en la suya. Puso al descubierto las raíces del corazón al mostrarnos el suyo. No era tan sólo, como los que no la han leído tienen la bondad de conceder, una mujer superior por la imaginación, por la disposición poética, exaltada por la plegaria y que encontraba en la ardiente maceración de la Regla y del Claustro la expresión ígnea que en ella semeja un incensario inextinguible, el grito que espanta a casi todos los corazones y que hace creer que el genio tiene rugidos como el Amor. ¡No!, era, también, la mujer firmemente instalada en la razón, la razón tal como los hombres la conciben, cuando el Éxtasis, que levanta el espíritu hasta el cielo y volatiliza en el aire este cuerpo de cieno, la abandonaba y la dejaba en el suelo. Era una gran escrutadora humana, una mente templada y aguda para el descubrimiento. Esa Vidente en todo no sólo veía el mundo sobrenatural. También veía el otro. Hundía la mirada en las tinieblas de las almas, que eran para ella transparentes. Tenía que conocerlas para conducirlas, esa gran Directora que las condujo y las sometió a un gobierno desconocido para los hombres: el gobierno del Amor. Su Vida, tal como nos la ha dejado, esa larga poesía llena de arrebatos, es uno de los libros más bellos, sin lugar a dudas, de la literatura española, pero es, también, el más bello tratado de psicología de todas las literaturas.


Traducción de Miguel Ángel Frontán y Carlos Cámara.
Jules Barbey d'Aurevilly - Memoranda. Diarios 1836-1864. ©Ediciones De La Mirándola, 2012.





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