domingo, 19 de junio de 2016

Xul Solar: Un poema en neo criollo


PRIMERA VISIÓN

Es un Hades fluido, casi vapor, sin cielo, sin suelo, rufo, color en ojos cérrados so el s agítado en endotempestá, vórtices, ondas y hervor. En sus grumos i espumas dismultitú omes flotan pasivue, disdestellan, hai también solos, mayores, péjoides, i perluzen suavue
Se transpenvén fantasmue las casas i gente i suelo de una ciudá sólida terri, sin ning rapor con este Hades, qes aora lo real.
Toda esta región rufa densa se montona redor gran hueco ho valle sin fondo, de aire a; gris, do floto en vientos oscuros, con polvareda gente, i otros omes solos ávoides i glóboid Aqise flota más upa. I siga fantasmue la ciudá sólida yu i su pópulo.
Paso luego a mejor vida, gris plata. Yi qierflotan flojue muchos crupos, procesionar pensan reúnidos. Yi bogan nubes con qioscos grises --de nácar, metal, fieltro-- con pén res circunsiéntados.
Lentue me hallo en cielo leve ciéleste. Su ánimo es de tarde verani, niebli.
Plantas de a un zigzag se biomuevan i canturrian. Xu color qiervaría de granate a rós~ Están sobrs loma floti del mismo aire mas denso, soesfúminse. Yi yuxtavuelan pájaros co huevos pintos, no con alas, sino con muchas cintas.
Otrur hai muchas columnas color, sin suelo, qe sostienen nube techo: es templo floti qe oran muchos. Cuando se teocoexaltan se hinchan, xus auras irradian vita, talue qe alz la nube techo i circunseparan las columnas, i todo se ferviagranda i sanluze.
Otrur hai obelisco ancho ho torre, bambolea por su base flotifloja. Su primer piso, libros piedra, encima libros barro, encima libros leña, encima libros rollo, la cima libr Casi como torre naipes, erizada de cintas papel i banderolas, perivuélada de letrienjamb moscue, yuxtarodeada de qizás mangente vaga estudi. En el poco suelo floti sueñan much yi mérgidos.
Floto voi allén lejos. Hónduer en niebla plurcambicolor veo ciudá. Sas biopalacia biochozas, de armazón i pienso. Se pertransforman, se agrandan o achican; ya son de pos i cimbras i cúpulas, ya de muros lisos en parches fosfi, ya pululan en biocúmulos, ya temt qean de andamios seudocristal. Se desplazan, suben, se hunden, se interpenetran, se sepa i reidem.
Casas hai qe arden, flamean upa, pero no se destruyen, se ñe construyen más. Xu fuego es vita, i a mayor incendio, más palacio senancha i crece. Casas hal qe contagian incendian a las vecinas qe ídem ídem, i así sextiendan los barrios. Xu yi gente también, coflamea i se coabulta: debe ser ella la causa fuegui, por pensiardor.
Casas hai qe fervihiervan hasta qe revientan como bomba ho geiser o humo; pero no se ñe destruyen, se circunreconstruyen; xas trozos fervicrecen en sucursales lejos qe alfin se crecijuntan, dismontón torre mahimás, sobre circumbaldio menoimenos.
Casas hai qe suicrecen en todo séntido, sesgue, horizue, yuso, upa, gordue; i zumban, chirrian, crujen, disparlan.
Casas hai que se atrofian i encojen hasta no verse más, cuando xa gente muertinace a mejor vida en mejor cielo.
Casas hai de ilusión sobre cerros humo: se cambipierden.
Entonces abarco el suelo desa ciudad, el qes una sunnube, qes varios titanes vagos flotiacuéstados.
Grandes mangas o tubos ñe circunsalgan a lo vacuo: serian cloacas o chúpores, no sé.
I so esa ciudá hai otra ciudá'l revés, hosca, oscura i lenta qe vive i crece yuso, i sa gente también. El nadir es hondo, hosco, oscuro, brúmoso: qizás el manmundo, algún gran yermo.
Reveo la otra ciudá upa. Columnatas como cienpiés viaján a distrancos. Son discípulos tiesos, llevan maestros cúpulas, de rópaje ancho techue. A tumbos sobre chusma cieli suifeliz, qierrevuelta en bruma i cuágulos i bocetos de pienso: gelatina menti. Van a lejos, a lo vacuo.
Veo hai algunas mui moles pagodas de solos libros, qe se incuerpan a xus tantos léctores --qe no leen, masbién vitichupan ciencia i sofia.
Sexpandan, ondulan vocerios de todas las linguas i de muchas otras pósibles. I xas enjambres letras, i marañas glifos, i disfonéticas i copluracentos, como muchos qierhumos, se apartan o juntan, se contramueven o aqietan, en orden o no, forman, reforman séntido i argu siempre neo.
Estrellas, sólcitos, lunas, lúnulas, luciérnagas, linternas, luces, lustres; doqier se vidienredan a la ciudá se constelan i disconstelan, se qeman, se apagan, cholucen, llueven, vuelan.
Es un perflujo i reflujo de brisa i flúido i ráfaga i sones i humos olor; la luz percambia, en lampos color, calor, claroscuros, en ánimo.
Yo ya veicánsado me aturdo i olvido, disveo.
Todo palidece, i se borra. Ya parece qentro a mayor cielo qes otra noche, qes luego más noche, qes más, teonoche honda sólida neara. ae mantemo i mistiamo; yo me yi exdisolver~'o.
Pero algo vago inmenso se interpone'ntre mi i lo teonoche; como gas plurcolor. Se define más, i es un mandivo indefinido, cielidiámetro. Su testa tras mí, sus pies ante mí, en el contrahorizonte, i sus manos sobre mí, ganchipuntitóqinse, son oranje; su rópaje, cambicolor indeciso en parches.
Sobre su testa florece aora flor luz blanca. Su cuore punzó irradia luz rósea, su pudenda granate's sólodeluz.
Sento como qentro al mandivo, qe me yi arrobo.
Pero ya la llámada desta Terra desde yu me oprime'l pecho cuerpi; i vuelvo a mí mui perDenue.


 Es un Hades fluido, casi vapor, sin cielo, sin suelo, de color bermejo, como el color que se ve con los ojos cerrados debajo del sol, agitado por una tempestad interior, en vértices y ondas y hervor. En sus grumos y espumas distintas multitudes de hombres flotan pasivamente y destellan de distintas maneras, hay también seres solos, más grandes, en forma de peces, y emiten luz continua y suavemente.
 A través de todo esto, apenas se pueden ver fantasmalmente las casas y la gente y el suelo de una sólida ciudad terrestre sin ninguna relación con este Hades que es ahora lo real.
 Toda esta densa región bermeja se amontona alrededor de un gran hueco o valle sin fondo, de aire azul grisáceo, donde floto en vientos oscuros, con una polvareda de gente, y otros hombres solos en forma de aves y globos. Aquí se flota más para arriba. Y abajo sigue fantasmalmente la ciudad sólida y su población. 
 Paso luego a mejor vida de color plata grisácea. Allí van como quieran flotando vagamente muchos grupos, andan en procesiones o piensan reuinidos. Allí bogan nubes con kioscos grises –de nácar, metal y fieltro- con pensadores sentados alrededor de ellos.
 Paulatinamente me hallo en un cielo celeste claro. Su sensación es de una tarde de verano con niebla.
 Las plantas se mueven orgánicamente en un zigzag y canturrean. Su color cambia a voluntad de granate a róseo. Están sobre una loma flotante del mismo aire pero más denso que se esfumina para abajo. Allí al lado vuelan pájaros como huevos pintados, no con alas sino con muchas cintas.
 En otra parte hay muchas columnas de colores, sin suelo, que sostienen un techo de nubes: es un templo flotante en que rezan muchos. Cuando el dios está con ellos, se exaltan y se hincha, y sus auras irradian vida, de tal manera que alzan el techo de nubes y separan las columnas alrededor de ellos, y todo fervorosamente se agranda y emite luz santa.
 En otra parte hay un ancho obelisco o torre, se bambolea por su base flotante y floja. Su primer piso es de libros de piedras, encima hay libros de barro, encima libros de madera, encima libros de rollos y en la cima libros comunes. Es casi como una torre de naipes, enrizadas de cintas de papel y banderolas, con enjambres de letras volando alrededor como moscas, rodeada de seres al lado que son quizás gente humana que vaga estudiosamente. En el poco suelo flotante que hay, muchos sueñan allí sumergidos.
  Voy flotando allá lejos. En el fondo, veo una ciudad en una niebla de muchos colores cambiantes. Sus palacios orgánicos y chozas biológicas son de armazón y pensamiento. Se transforman continuamente, se agrandan o se achican; ya son de postes y cimbras y cúpulas, ya de muros lisos de parches fosforescentes, ya pululan en cúmulos orgánicos, ya temblequean como andamios hechos en cúmulos orgánicos, ya temblequean como andamios hechos de un material como vidrio. Se mudan, suben, se hunden, se interpenetran, se separan, y repiten lo mismo.
 Hay casas que arden y flamean para arriba, pero no se destruyen, se construyen más Su fuego es vida, y cuanto mayor es el incendio cuanto más se ensancha y crece el palacio. Hay casas que contagian y encienden a sus vecinas que hacen lo mismo repetidamente, y así se extienden los barrios. La gente allí también, flamea junto con ellas y se abulta a la vez: debe ser ella la causa flamígera, por el ardor de su pensamiento.
 Hay casas que hierven fervorosamente hasta que revientan como una bomba o un géiser o humo; pero no se destruyen, se reconstruyen alrededor; sus trozos crecen fervorosamente en sucursales alejadas que al final se juntan por su crecimiento, en un montón distinto que se convierte más y más en una torre sobre el baldío circundante que es cada vez menos.
 Hay casas que crecen a su manera para dondequiera, oblicuamente, horizontalmente, para abajo, para arriba, en grosor; y zumban, chirrían, crujen, hablan de distintas maneras.
 Hay casas que se atrofian y se encogen hasta no verse más, cuando su gente nace por la muerte a mejor vida en mejor cielo.
 Hay casas de ilusión sobre cerros de humo: se pierden en cambios.
  Entonces abarco el suelo de esta ciudad, el cual es una nube superior que es varios titanes vagos acostados de manera flotante.
 Grandes mangueras o  tubos salen de ellos hacia el vacío: serían cloacas o chupadores, no sé.
 | Y debajo de esa ciudad hay otra ciudad al revés, hosca, oscura y lenta que vive y crece para abajo, y su gente también. El nadir es hondo, hosco, oscuro, brumoso: quizás es el mundo humano, algún gran yermo.
 Veo otra vez la otra ciudad hacia arriba. Columnatas como ciempiés viajan a trancos separados. Son discípulos tiesos, llevan cúpulas que son maestros, de ancho ropaje a manera de techo. Van a tumbos sobre la chusma celeste, feliz a su modo, revuelta como quiera en bruma y coágulos y bocetos de pensamientos: una gelatina mental. Van a lo lejos, hacia el vacío.
 Veo que hay algunas pagodas muy macizas sólo de libros que se incorporan a sus tantos lectores –que no leen sino más bien se chupan de manera vital el conocimiento  la sabiduría.
 Vocerías de todas las lenguas y de muchas otras posibles se expanden y ondulan. Y sus enjambres de letras y marañas de grifos y fonéticas distintas y múltiples acentos y juntos, como muchos humos de deseo, se apartan o se juntan, se contrapuntean o se aquietan, en orden o no forman  y reforman sentido y argumento siempre nuevo.
 Estrellas, soles pequeños, lunas, lúnulas, luciérnagas, linternas, luces, lustres; dondequiera que se enreden en la vista de la ciudad, forman y deshacen constelaciones, se queman, se apagan, lucen de golpe, llueven, vuelan.
 Hay un continuo flujo y reflujo de brisa y fluido y ráfagas y sonido y humos que se pueden oler; la luz cambia continuamente en relámpagos de colores, en claroscuro, en ánimo.
 Yo ya cansado de mirar me aturdo y olvido, me falla la vista.
 Todo palidece y se borra. Ya parece que entro a un cielo mayor que es otra noche, que luego es más noche, que es algo más, noche divina honda, sólida, negra, que temo por ser humano y que amo místicamente; y allí me disolvería en lo exterior.
 Pero algo vago e inmenso se interpone entre yo y la noche divina; como un gas de muchos colores. Se define más hasta que es un ser humano divino, indefinido, tan grande como el diámetro del cielo. Su cabeza está detrás de mí, sus pies delante de mí, en el horizonte opuesto, y sus manos sobre mí, con las puntas de los dedos tocándose como ganchos, son anaranjadas; su ropaje revela un indeciso cambio de color en parches.
 Sobre su cabeza florece ahora una flor de luz blanca. Su corazón punzó irradia luz rósea, su sexo granate es sólo de luz.
 Me siento como si entrara al dios humano, como si allí me extasiara.
 Pero ya la llamada de esta Tierra desde abajo me oprime el pecho del cuerpo físico, y vuelvo a mí, muy afligido por mucho tiempo.

GLOSA:

 xu= su de ellos. (shu)
sur= sobre, super.
g’ral= en general.
man=humano.
chi=chico.
circ=alrededor.
bau=edificio, construcción.
dootri=en otra parte.
Bria=mundo de almas.
per=que dura, continuo.
fon=fónico, que suena.
kin=kinético, que ese mueve.
pir=de fuego, de ardor.
pun=de punición.
c’len=caliente, de calor, térmico.
sui=especial, a su modo.
tro=trop, demasiado.
epi  o ‘pi=encima.
tun (de tum latin)=temporario, provisorio.
je (de ge, antiguo español)=se impersonal, (francés, on).
‘ indica supresión.
in ‘ final=-ando, -endo.
Todos los participios pasivos terminan en –ido o –io. Ejemplos: amio, pasio, mirio.

martes, 7 de junio de 2016

Jorge Luis Borges: Walt Whitman





WALT WHITMAN

Quienes pasan del deslumbramiento y del vértigo de Hojas de hierba a la laboriosa lectura de las piadosas biografías del escritor, se sienten siempre defraudados. En las grisáceas y mediocres páginas que he mencionado, buscan al vagabundo semidivino que les revelaron los versos y les asombra no encontrarlo. Tal, por lo menos, ha sido mi experiencia personal y la de todos mis amigos. Uno de los propósitos de este prólogo es explicar, o intentar una explicación, de esa desconcertante discordia.

  Dos libros memorables aparecieron en Nueva York el año 1855, ambos de índole experimental, ambos muy distintos. El primero, inmediatamente famoso y ahora relegado a las antologías escolares o a la curiosidad de los eruditos y de los niños, fue el Hiawatha de Longfellow. Este quiso donar a los pieles rojas que habían habitado New England una epopeya profética y mitológica en lengua inglesa. En pos de un metro que no recordara los habituales y que pudiera parecer aborigen, recurrió al Kalevala finlandés que había forjado —o reconstruido— Elías Lönnrot. El otro libro, entonces ignorado y ahora inmortalizado, fue Hojas de hierba.

  He escrito que los dos eran distintos. Innegablemente lo son. Hiawatha es la obra meditada de un buen poeta que ha explorado las bibliotecas y que no carece de imaginación y de oído; Hojas de hierba, la inaudita revelación de un hombre de genio. Las diferencias son tan notorias que resulta increíble que ambos volúmenes fueran contemporáneos. Un hecho, sin embargo, los une: los dos son epopeyas americanas.

América era entonces el símbolo famoso de un ideal, ahora un tanto gastado por el abuso de las urnas electorales y por los elocuentes excesos de la retórica, aunque millones de hombres le hayan dado, y sigan dándole, su sangre. El orbe entero tenía puestos los ojos en América y en su «atlética democracia». Entre los testimonios innumerables, básteme ahora recordar al lector uno de los epígrafes de Goethe (Amerika, du hast es besser…). Bajo el influjo de Emerson, que de algún modo siempre fue su maestro, Whitman se impuso la escritura de una epopeya de ese acontecimiento histórico nuevo: la democracia americana. No olvidemos que la primera de las revoluciones de nuestro tiempo, la que inspiró la revolución francesa y las nuestras, fue la de América y que la democracia fue su doctrina.

  ¡Cómo cantar de un modo condigno esa nueva fe de los hombres! Había una respuesta evidente; la que hubiera elegido, tentado por las facilidades de la retórica o por la mera inercia, casi cualquier otro escritor. Urdir laboriosamente una oda o tal vez una alegoría, no desprovista de interjecciones vocativas y de letras mayúsculas. Whitman, felizmente, la rechazó.

  Pensó que la democracia era un hecho nuevo y que su exaltación requería un procedimiento no menos nuevo.

  He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central —Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parece conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulación y del caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente ese riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.

Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.

  En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela infinita, poblada de infinitos personajes, todos con sus aureolas. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo.

  Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la populosa democracia, tenía que ser innumerable y ubicuo, como el disperso dios de los panteístas. Elaboró una extraña criatura que no hemos acabado de entender y le dio el nombre de Walt Whitman. Esa criatura es de naturaleza biforme; es el modesto periodista Walter Whitman, oriundo de Long Island, que algún amigo apresurado saludaría en las aceras de Manhattan, y es, asimismo, el otro que el primero quería ser y no fue, un hombre de aventura y de amor, indolente, animoso, despreocupado, recorredor de América. Así, en alguna página de la obra, Whitman nace en Long Island; en otras en el Sur. Así, en una de las piezas más auténticas del Canto de mí mismo, refiere un episodio heroico de la guerra de México y dice haberlo oído contar en Texas, donde no estuvo nunca. Así, declara haber sido testigo de la ejecución del abolicionista John Brown. Los ejemplos podrían multiplicarse abrumadoramente; casi no hay página en que no se confundan el Whitman de su mera biografía y el Whitman que anhelaba ser y que ahora es, en la imaginación y en el afecto de las generaciones humanas.

  Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo del héroe de Hojas de hierba una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector. Este ha tendido siempre a identificarse con el protagonista de la obra; leer Macbeth es de algún modo ser Macbeth. Walt Whitman, que sepamos, fue el primero en aprovechar hasta el fin, hasta el interminable y complejo fin, esa identificación momentánea. Al principio recurrió al diálogo; el lector conversa con el poeta y le pregunta qué oye y qué ve o le confía la tristeza que siente por no haberlo conocido y querido. Whitman responde a sus preguntas:
 
    «Veo al gaucho que cruza la llanura, veo al incomparable jinete de caballos con el lazo en la mano, veo sobre las pampas la persecución de la hacienda brava.»
 
  Y también:
 
    «Estos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas las épocas y países; no son originales míos.

    Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada,

    Si no son el enigma y la solución del enigma, son nada,

    Si no son tan cercanos como lejanos, son nada.

    Esta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua,

    Este es el aire común que baña el planeta
».

  Innumerables son los que han imitado, con éxito diverso, la entonación de Whitman: Sandburg, Lee Masters, Maiakovski, Neruda… Nadie, salvo el autor del inextricable y ciertamente ilegible Finnegans Wake, ha vuelto a acometer la creación de un personaje múltiple. Whitman, insisto, es el modesto hombre que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser y también cada uno de nosotros y de quienes poblarán el planeta.

  Mi conjetura de un triple Whitman, héroe de su epopeya, no se propone insensatamente anular, o de algún modo disminuir, lo prodigioso de sus páginas. Antes bien, se propone su exaltación. Tramar un personaje doble y triple y a la larga infinito, pudo haber sido la ambición de un hombre de letras meramente ingenioso; llevar a feliz término ese propósito es la proeza no igualada de Whitman. En una polémica de café sobre la genealogía del arte, sobre los diversos influjos de la educación, de la raza y del medio ambiente, el pintor Whistler se limitó a decir: Art happens (El arte sucede), lo cual equivale a admitir que el hecho estético es, por esencia, inexplicable. Así lo comprendieron los hebreos, que hablaban del Espíritu; así los griegos, que invocaban la musa.

En cuanto a mi traducción… Paul Valéry ha dejado escrito que nadie como el ejecutor de una obra conoce a fondo sus deficiencias; pese a la superstición comercial de que el traductor más reciente siempre ha dejado muy atrás a sus ineptos predecesores, no me atreveré a declarar que mi traducción aventaje a las otras. No las he descuidado, por lo demás; he consultado con provecho la de Francisco Alexander (Quito, 1956), que sigue pareciéndome la mejor, aunque suele incurrir en excesos de literalidad, que podemos atribuir a la reverencia o tal vez a un abuso del diccionario inglés-español.

  El idioma de Whitman es un idioma contemporáneo; centenares de años pasarán antes que sea una lengua muerta. Entonces podremos traducirlo y recrearlo con plena libertad, como Jáuregui lo hizo con la Farsalia, o Chapman, Pope y Lawrence con la Odisea. Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado.

  Un hecho me conforta. Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo hará.

Buenos Aires, 19 de junio de 1969.
http://delamirandola.com/

jueves, 2 de junio de 2016

Walt Whitman y Jorge Luis Borges

http://www.metmuseum.org/art/collection/search/10068


¡ADIÓS!

1
Para concluir, anuncio lo que vendrá después.
Recuerdo que dije antes de que brotaran mis hojas,
Que alcanzaría mi voz jocunda y fuerte para honrar las consumaciones.

Cuando América ejecute lo prometido,
Cuando recorran estos Estados cien millones de personas espléndidas,
Cuando los otros se abran para dar paso a los mejores y colaboren con ellos,
 Cuando los hijos de las madres más perfectas sean el signo de América,
 Entonces para mí y para los míos, nuestra fruición cabal.

Me he adelantado por derecho propio,
He cantado el cuerpo y el alma, la guerra y la paz, he cantado las canciones de la vida y la muerte,
Y las canciones del nacimiento, y he probado que hay muchos nacimientos.
He ofrecido mi estilo a cada cual, he viajado con paso firme;
En esta plenitud de mi alegría, yo susurro: ¡Hasta luego!
Y por última vez estrecho la mano de la muchacha y del muchacho.

2
Anuncio el advenimiento de personas elementales,
Anuncio a la justicia triunfante,
Anuncio intransigentes igualdades y libertades,
Anuncio la justificación de la sinceridad y la justificación del orgullo.

Anuncio que la unidad de estos Estados es una sola unidad,
Anuncio que la Unión será indisoluble y compacta,
Anuncio majestades y esplendores que harán palidecer a todas las políticas de la tierra.

Anuncio afinidades, declaro que serán firmes, ilimitadas,
Digo que encontrarás al amigo que buscas.

Anuncio que un hombre o una mujer vendrán; tal vez eres tú (|hasta luego!).
Anuncio al gran individuo, fluido como la Naturaleza, casto, afectuoso, compasivo, armado plenamente.
Anuncio una abundante vida, vehemente, espiritual, audaz,
Anuncio un fin que aceptará serena y alegremente su transición.
Anuncio miles de muchachos, hermosos, gigantescos, de dulce sangre,
Anuncio una raza de ancianos espléndidos y salvajes.

3
Ya se apresuran y se agolpan (¡hasta luego!),
Ya se amontonan sobre mí,
Preveo demasiado, es más de lo que yo esperaba,
Siento que estoy muriéndome.

Apresúrate, garganta, canta por última vez,
Salúdame, saluda una vez más a los días. Lanza el antiguo grito una vez más.

Doy eléctricos gritos, uso la atmósfera,
Miro al azar, absorbo cada cosa que veo,
Avanzo velozmente pero me detengo un instante,
Entrego extraños y secretos mensajes,
Dejo caer en el barro chispas ardientes y semillas etéreas,
Sin saberlo, fiel a un mandato, sin atreverme a discutirlo jamás,
Que los siglos de los siglos se encarguen de la germinación de las simientes,
Promulgo las anunciadas tareas a las tropas que vuelven de la guerra,
A las mujeres dejo como herencia ciertos secretos íntimos; su afecto hace que yo me entienda mejor,
Ofrezco mis problemas a los muchachos —no me demoro—, pongo a prueba la fuerza de su cerebro,
Así paso: durante un breve tiempo soy locuaz, visible, contradictorio.
Después un eco melodioso que recogerá con pasión (la muerte me hace verdaderamente inmortal),
Lo mejor de mí quedará cuando yo no sea visible; para ese fin me he preparado sin tregua.

¿Qué más hay que me demoro y me detengo y me agazapo con la boca abierta?
 ¿Hay acaso un adiós definitivo?

4
Mis cantos han cesado, los abandono,
Desde la mampara que me ocultó, me acerco a ti, sólo a ti.

Camarada, esto no es un libro,
El que lo toca, toca a un hombre,
 (¿Es de noche? ¿Estamos solos los dos?)
Me tienes a mí y yo te tengo, me sujetas y te sujeto,
Salto desde las páginas a tus brazos, la muerte me llama.

Oh, cómo me adormecen tus dedos,
Tu aliento me llega como un rocío, tu pulso arrulla el tímpano de mi oído,
Me inunda de pies a cabeza,
Es delicioso; basta.

Basta, oh acto imprevisto y secreto,
Basta, oh presente que me dejas, basta, oh tiempo rescatado.

5
Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso,
Especialmente te lo doy. No me olvides,
Me siento como aquel que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar,
Vuelvo a recibir uno de mis innumerables tránsitos, asciendo de mis avatares; mas otros indudablemente me esperan, otros esperan por mí.
Una esfera desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. ¡Hasta luego!
Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,
Te amo, abandono lo material,
Soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
Traducción de  JORGE LUIS BORGES.



SO LONG

1
To conclude—I announce what comes after me;  
I announce mightier offspring, orators, days, and then, for the present, depart.
  
I remember I said, before my leaves sprang at all,  
I would raise my voice jocund and strong, with reference to consummations.  
  
When America does what was promis’d,
When there are plentiful athletic bards, inland and seaboard,  
When through These States walk a hundred millions of superb persons,  
When the rest part away for superb persons, and contribute to them,  
When breeds of the most perfect mothers denote America,  
Then to me and mine our due fruition.
  
I have press’d through in my own right,  
I have sung the Body and the Soul—War and Peace have I sung,  
And the songs of Life and of Birth—and shown that there are many births:  
I have offer’d my style to everyone—I have journey’d with confident step;  
While my pleasure is yet at the full, I whisper, So long!
And take the young woman’s hand, and the young man’s hand, for the last time.  
    

2
I announce natural persons to arise;  
I announce justice triumphant;  
I announce uncompromising liberty and equality;  
I announce the justification of candor, and the justification of pride.
  
I announce that the identity of These States is a single identity only;  
I announce the Union more and more compact, indissoluble;  
I announce splendors and majesties to make all the previous politics of the earth  insignificant.  
  
I announce adhesiveness—I say it shall be limitless, unloosen’d;  
I say you shall yet find the friend you were looking for.
  
I announce a man or woman coming—perhaps you are the one, (So long!)  
I announce the great individual, fluid as Nature, chaste, affectionate,  compassionate, fully armed.  
  
I announce a life that shall be copious, vehement, spiritual, bold;  
I announce an end that shall lightly and joyfully meet its translation;  
I announce myriads of youths, beautiful, gigantic, sweet-blooded;
I announce a race of splendid and savage old men.  
  

3
O thicker and faster! (So long!)  
O crowding too close upon me;  
I foresee too much—it means more than I thought;  
It appears to me I am dying.
  
Hasten throat, and sound your last!  
Salute me—salute the days once more. Peal the old cry once more.  
  
Screaming electric, the atmosphere using,  
At random glancing, each as I notice absorbing,  
Swiftly on, but a little while alighting,
Curious envelop’d messages delivering,  
Sparkles hot, seed ethereal, down in the dirt dropping,  
Myself unknowing, my commission obeying, to question it never daring,  
To ages, and ages yet, the growth of the seed leaving,  
To troops out of me, out of the army, the war arising—they the tasks I have  set promulging, 
To women certain whispers of myself bequeathing—their affection me more clearly explaining, 
To young men my problems offering—no dallier I—I the muscle of their  brains trying,  
So I pass—a little time vocal, visible, contrary;  
Afterward, a melodious echo, passionately bent for—(death making me really    undying;)  
The best of me then when no longer visible—for toward that I have been    incessantly preparing.
  
What is there more, that I lag and pause, and crouch extended with unshut mouth?  
Is there a single final farewell?  
  

4

My songs cease—I abandon them;  
From behind the screen where I hid I advance personally, solely to you.  
  
Camerado! This is no book;
Who touches this, touches a man;  
(Is it night? Are we here alone?)  
It is I you hold, and who holds you;  
I spring from the pages into your arms—decease calls me forth.  
  
O how your fingers drowse me!
Your breath falls around me like dew—your pulse lulls the tympans of my ears;  
I feel immerged from head to foot;  
Delicious—enough.  
  
Enough, O deed impromptu and secret!  
Enough, O gliding present! Enough, O summ’d-up past!
  

5

Dear friend, whoever you are, take this kiss,  
I give it especially to you—Do not forget me;  
I feel like one who has done work for the day, to retire awhile;  
I receive now again of my many translations—from my avataras ascending—while others doubtless await me;  
An unknown sphere, more real than I dream’d, more direct, darts awakening rays about me—So long!
Remember my words—I may again return,  
I love you—I depart from materials;  
I am as one disembodied, triumphant, dead. 

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