lunes, 17 de octubre de 2011

Rubén Darío: De la necesidad de París


DE LA NECESIDAD DE PARÍS

Cuando uno ha habitado la ciudad de París por algún tiempo, se convence de que, desde luego, vale más que una misa. Se padece fuera de París la enfermedad de París. No da uno un paso sin recordar a propósito de cualquier cosa el ambiente y el encanto parisienses, y la nostalgia se acentúa de manera que hay que volver lo más pronto posible. Es que hay una especie de brujería en la villa divina e  infernal que posee y no suelta jamás. ¿Una misa? Todo el ritual romano lo dais por retornar al imperio de París y de la parisiense.

El florido anciano de antaño que echaba a volar sus canciones en París como gorriones, cantaba:

Ris et chante, chante et ris;
Prends tes gants et cours le monde;
Mais, la bourse vide ou ronde,
Reviens dans ton Paris;
Ah! reviens, ah! reviens, Jean de Paris.

Sí, Béranger tenía razón. Para el verdadero parisiense de Paris, la bolsa más o menos provista es cosa secundaria. El rastacuero no comprenderá eso. El parisiense de París sabe acomodarse. Sabe que la gran ciudad, al que llega a conocerla bien y a  amarla de veras, le enseñará el arte de servirse, con igual relativa satisfacción tanto del franco como del luis.

Toujours, dit la chronique ancienne,
Jean sur son grand sabre a sauté,
Quand de leur ville avec la sienne
Des sots, comparaient la beauté.

Proclamant sur son âme,
En prose ainsi qu'en vers,
Les tours de Notre-Dame
Centre de l'Univers.

El parisiense de París, como Jean de Paris, cuya crónica tradujese o modernizase Jean Moréas, que padecía gozosamente de parisitis, no admite comparación alguna. Apenas os reconocerá paridades retrocediendo en lo pasado, y si nombráis a Roma o Atenas, y esto con una clara condescendencia, y porque no puede haber celos posibles al tratarse de ciudades muertas. Mas los Londres, las Vienas, los Berlines y las Romas, no son admitidos sino como lugares secundarios. El "quien no ha visto a Sevilla, no ha visto maravilla" y el "ver Nápoles y morir", no hacen sino sonreír vagamente al verdadero parisiense de París.

S'il franchit la grande muraille.
S'il cocufie un mandarin,
Du peuple magot s'il se raille,
A Paris s'il revient grand train,
L'espoir qui le domine
C'est, chez son vieux portier,
De parler de la Chine
Aux badauds du quartier.

Anatole France en Buenos Aires, como Charcot en el polo, como Voltaire en el infierno, tened por seguro que no están preocupados sino de su París. Si algo hacen es por esperar un recuerdo o una sonrisa de la diosa tutelar. La urbe coronada de torres, con su barca que flota y no se sumerge, es el ideal de sus pensamientos y de sus acciones. Volver a París y contar lo que se ha hecho y lo que se ha visto, ese es el objetivo del parisiense de París que se ausenta, personaje, por otra parte, no común, pues el neto parisiense de París no sale de su ciudad sino para su “villégiature”. En tiempo del segundo imperio, se decía que no salía de los bulevares, y que nunca había pasado a la orilla izquierda del Sena. Y la canción os lo seguirá explicando mejor:

Je veux de l'or beaucoup et vite,
Dit-il, au Pérou débarquant.
A s'y fixer chacun l’invite:
Me prend-on pour un trafiquant
Loin de mes dix maîtresses,
Fi de ce vil métal!
Je préfère  aux richesses
Paris et l’hôpital.

El parisiense no es colonizador ni emigrante. No se transplanta, no se desarraiga. No le importa el resto del mundo. No es el francés, sino el parisiense de París, el famoso monsieur condecorado, que ignora la geografía. Ahora empieza a saber algo, y Buenos Aires está en su lección, por lo cual debéis regocijaros.

Je préfère  aux richesses
Paris et l'hôpital.

Se dirá que eso esta dicho por Verlaine, si no se supiese lo que amaba "les ors" el pobre Lelián. El parisiense, no por ser tan apegado a su terruño y tan amigo de los placeres que en el “couplet” anterior se señala con indiferencia diez queridas, deja de ser gentil, entusiasta y valiente.

A la guerre gaiment il vole,
Pour la croix ou pour Saladin,
Se bat, jure, pille et viole,
Puis a  Paris écrit soudain:

Que ma gloire s'étende
Du Louvre aux boulevards,
Qu'un ramoneur y vende
Mon buste pour six liards.

En Perse, il prétend qu'une reine
Lui dit un soir: Je te fais roi,
—Soit! répond-il; mais pour ma peine,
Jusqu'au Pont-Neuf viens avec moi;
Pendant huit jours de fête,
Tout Paris me verra
Montrer, couronne en tête,
Mon nez a l'Opéra.

Jean de Paris, dans ta chronique,
C'est nous qu'on peint, nous francs badauds.
Quittons-nous cette ville unique,
Nous voyageons Paris à  dos.

Quel amour incroyable,
Maintenant et jadis.
Pour ces murs dont le diable
A fait son Paradis!

Ris et chante, chante et ris;
Prends tes gants et cours le monde;
Mais, la bourse vide ou ronde,
Reviens dans ton Paris;
Ah! reviens, ah! reviens Jean de Paris.

Y esa canción del buen Béranger me ha venido a la memoria hoy que tengo otra vez que dejar París, aunque yo no me considere con títulos suficientes para aspirar a parisiense de París.

A la verdad, París se infiltra en la sangre, penetra en el espíritu, se convierte en necesidad. Es su cielo, que no es puro ni cristiano, como los cielos de Italia y España; son sus calles bulliciosas y vibrantes, por las cuales va una onda de fluido parisiense perturbador y acariciador. Son sus museos y sus jardines, sus teatros y sus restaurantes, y el bullir cosmopolita y la confusión babélica de los idiomas, y los rostros satisfechos de los extranjeros de paso y de los metecos residentes; y, sobre todo, es el pájaro del dulce encanto y la flor que danza y que sonríe, la figura de amor y de deseo en que habitan los siete pecados y los mil hechizos que se llama la parisiense.

Se diría que uno desea ausentarse para tener después el placer del retorno. Juan de París ríe y canta, canta y ríe, toma sus guantes y va por el mundo; pero, con dinero y sin dinero, vuelve a su París.

RUBÉN DARÍO (Todo al vuelo. Madrid, 1912)


sábado, 15 de octubre de 2011

Jacopone da Todi, Sacchetti, Lope, Gourmont y Edward Caswall


STABAT MATER

Stabat mater dolorosa

juxta Crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.


Cujus animam gementem,
contristatam et dolentem,
pertransivit gladius.

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta
Mater Unigeniti.

Quae moerebat et dolebat,
Pia Mater cum videbat
Nati poenas incliti.

Quis est homo qui non fleret,
Matrem Christi si videret
in tanto supplicio?

Quis non posset contristari,
Christi Matrem contemplari
dolentem cum Filio?

Pro peccatis suae gentis
vidit Jesum in tormentis
et flagellis subditum.

Vidit suum dulcem natum
moriendo desolatum,
dum emisit spiritum.

Eia Mater, fons amoris,
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.

Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.

Sancta mater, istud agas,
crucifixi fige plagas
cordi meo valide.

Tui nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.

Fac me tecum pie flere,
crucifixo condolere,
donec ego vixero.

Iuxta crucem tecum stare,
et me tibi sociare
in planctu desidero.

Virgo virginum praeclara,
mihi iam non sis amara:
fac me tecum plangere.

Fac ut portem Christi mortem,
passionis fac consortem,
et plagas recolere.

Fac me plagis vulnerari,
fac me cruce inebriari,
et cruore Filii.

Flammis ne urar succensus
per te Virgo, sim defensus
in die judicii

Christe, cum sit hinc exire,
da per matrem me venire
ad palmam victoriae.

Quando corpus morietur,
fac ut animae donetur
Paradisi gloria.





STABAT MATER

Stava Madre dolorosa
a la croce lagrimosa,
dov’era il suo Filio;

la cui anima piangente,
abattuta e dolente
trapassò il gladio.

O quanto trist e aflitta
fue quella beneditta
Madre de l’Unigenito,

che piangeva e doleva
e tremava, ché vedeva
le pene al Figliuol inclito.

Qual è l’uomo che non piagnesse
se questa Madre vedesse
nel tormento asprissimo?

Chi non si può contristare,
pia Madre, contemplare
il tuo dolore grandissimo?

Pe’ peccati di sue genti
Iesú vide ne’ tormenti
e ne’ flagelli suddito.

Vide il suo dolce nato
moriente desolato
quando amise il spirito.

E però, fonte d’amore,
fa’ ch’io senta il tuo dolore,
fammi teco piagnere;

Fa’ ch’egli arda il cor mio
in amare Cristo Dio
e ’l suo compiacer cogliere.

Santa Madre, fammi questo,
le suo piaghe io abbia presto
al core si ch’elle vagliano;

del tuo nato traforato,
al morire per me degnato,
le pene in me compartano.

Fammi sempre piagner teco,
al Crocifisso doler meco,
mentre ch’io viverò;

a la Croce teco stare
volentieri acompagnare
pianto con desiderio.

Virgo de le vergine preclara,
a me non esser avara,
fammi teco piagnere.

Fa’ ch’io porti in Cristo morte
de la sua passion la sorte
e le piaghe raccogliere;

da le piaghe essere piagato,
da la Croce inebriato,
ne l’amor del Filio.

Infiamato ed acceso,
per te, Madre, io sia diffeso
nel dí del iudicio.

Fa’ che la Croce mi guardi
e la passion raguardi
a ciò ch’io trovi grazia.

Quando il corpo será morto,
fa’ che l’anima abbia porto
di Paradiso e gloria.




LA MADRE PIADOSA ESTABA



La Madre piadosa estaba

 junto a la cruz y lloraba
 mientras el Hijo pendía.
 Cuya alma, triste y llorosa,
 traspasada y dolorosa,
 fiero cuchillo tenía.

¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
 se vio la Madre bendita,
 de tantos tormentos llena!
 Cuando triste contemplaba
 y dolorosa miraba
 del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
 si a la Madre contemplara
 de Cristo, en tanto dolor?
 Y ¿quién no se entristeciera,
 Madre piadosa, si os viera
 sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
 vio a Jesús en tan profundo
 tormento la dulce Madre.
 Vio morir al Hijo amado,
 que rindió desamparado
 el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
 hazme sentir tu dolor
 para que llore contigo.
 Y que, por mi Cristo amado,
 mi corazón abrasado
 más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
 en mi corazón imprime
 las llagas que tuvo en sí.
 Y de tu Hijo, Señora,
 divide conmigo ahora
 las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
 y de veras lastimar
 de sus penas mientras vivo.
 Porque acompañar deseo
 en la cruz, donde le veo,
 tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
 llore ya con ansias tantas,
 que el llanto dulce me sea.
 Porque su pasión y muerte
 tenga en mi alma, de suerte
 que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
 y que en ella viva y more
 de mi fe y amor indicio.
 Porque me inflame y encienda,
 y contigo me defienda
 en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
 de Cristo, cuando en tan fuerte
 trance vida y alma estén.
 Porque, cuando quede en calma
 el cuerpo, vaya mi alma
 a su eterna gloria. Amén.




PLAINTES DE LA BIENHEUREUSE VIERGE

La Mère était là, tout en pleurs
Au pied de la croix des douleurs,
Quand son fils agonisa :
Son âme hélas I tant gémissante,
Tant contristée et tant dolente,
Un glaive la transperça.

Oh ! qu'elle fut triste et affligée,
La bénie, la prédestinée,
La mère du fils unique !
S'apitoyait, s'adolorait.
Si fort tremblait, quand elle voyait
Des peines si véridiques.

Quels yeux pourraient garder leurs larmes
A voir la mère de l'Adorable
Sous le poids d'un tel supplice :
Quel homme au monde sans se contrire
Pourrait contempler le martyre
De la mère et de son fils ?

Pour nos péchés, ô race humaine,
Elle vit Jésus en grand'géhenne
Très durement flagellé :
Elle vit son fils, son fils très doux
Baisser la tête, mourir pour nous
Et mourir abandonné.

Source d'amour, douloureux-cœur.
Fais que je souffre à ta douleur,
Fais que je pleure avec toi :
Fais que mon âme soit tout en feu,
Que je plaise à Jésus, mon Dieu.
Fais que j'adore avec toi.

Ô mère très sainte, daigne enfoncer
Les clous sacrés du crucifié
En mon cœur très fortement :
Je veux pâtir de ses blessures
Et je veux que ma chair endure
La moitié de son tourment.

Verser de vraies larmes, ô Mère,
Avec toi gémir au Calvaire
Jusques à ma dernière heure !
Permets qu'à l'ombre de la croix,
Debout, côte à côte avec toi,
Je me lamente et je pleure.

Vierge entre toutes claire et insigne.
Oh ! laisse-moi, cœur très indigne,
Me lamenter avec toi :
Fais que je meure la mort du Christ,
Qu'à si grand deuil je me contriste,
Que ses plaies saignent en moi!

Des plaies de Jésus tout blessé,
Je veux à la croix m'enivrer
Pour l'amour de ton doux fils :
Pour tant d'amour daigne me prendre
Ô Vierge, et daigne me défendre
À l'heure de la justice.

Que la croix m'enchaîne et me tienne,
Jésus me garde et me soutienne
Au nom de son agonie :
Fais qu'à mon âme, après ma mort,
Advienne, quand mourra mon corps,
La gloire du Paradis.





STABAT MATER

At the Cross her station keeping,
stood the mournful Mother weeping,
close to Jesus to the last.

Through her heart, His sorrow sharing,
all His bitter anguish bearing,
now at length the sword has passed.

O how sad and sore distressed
was that Mother, highly blest,
of the sole-begotten One.

Christ above in torment hangs,
she beneath beholds the pangs
of her dying glorious Son.

Is there one who would not weep,
whelmed in miseries so deep,
Christ's dear Mother to behold?

Can the human heart refrain
from partaking in her pain,
in that Mother's pain untold?

Bruised, derided, cursed, defiled,
she beheld her tender Child
All with scourges rent:

For the sins of His own nation,
saw Him hang in desolation,
Till His spirit forth He sent.

O thou Mother! fount of love!
Touch my spirit from above,
make my heart with thine accord:

Make me feel as thou hast felt;
make my soul to glow and melt
with the love of Christ my Lord.

Holy Mother! pierce me through,
in my heart each wound renew
of my Savior crucified:

Let me share with thee His pain,
who for all my sins was slain,
who for me in torments died.

Let me mingle tears with thee,
mourning Him who mourned for me,
all the days that I may live:

By the Cross with thee to stay,
there with thee to weep and pray,
is all I ask of thee to give.

Virgin of all virgins blest!,
Listen to my fond request:
let me share thy grief divine;

Let me, to my latest breath,
in my body bear the death
of that dying Son of thine.

Wounded with His every wound,
steep my soul till it hath swooned,
in His very Blood away;

Be to me, O Virgin, nigh,
lest in flames I burn and die,
in His awful Judgment Day.

Christ, when Thou shalt call me hence,
by Thy Mother my defense,
by Thy Cross my victory;

While my body here decays,
May my soul Thy goodness praise,
Safe in Paradise with Thee. Amen.


miércoles, 12 de octubre de 2011

Rubén Darío, Georges Jean Aubry y Gabriel Soulages


VERLAINE

RESPONSO

Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
¡al son del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
que se humedezca el áspero hocico de la fiera
de amor si pasa por allí;
que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne
y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,
ahuyenten la negrura del pájaro protervo
el dulce canto de cristal
que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
o la armonía dulce de risas y de besos
de culto oculto y florestal.

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
sino rocío, vino, miel:
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
¡bajo un simbólico laurel!

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,
tu nombre ponga en la canción;
y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche
con ansias y temores entre las linfas luche,
llena de miedo y de pasión.

De noche, en la montaña, en la negra montaña
de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
sombra de un Sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extrahumana flauta la melodía ajuste
a la armonía sideral.

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
tu rostro de ultratumba bañe la luna casta
de compasiva y blanca luz;
y el Sátiro contemple sobre un lejano monte
una cruz que se eleva cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!



RÉPONS
A la mémoire de Paul Verlaine.
Père et magicien, porte-lyre céleste
Qui, au luth olympique, à la syrinx agreste
Sut donner un accent d'amour
Ô divin fils de Pan, toi qui conduis le chœur
Aux propylées sacrés qu'aimait ton triste cœur
Au son du sistre et du tambour.

Que ta tombe, au printemps, de roses se parsème
Et que le mufle bestial du faune même
Soudain s'attendrisse en passant.
Que vienne à ce tombeau Pan à la double corne
Que de roses de sang et d'œillets pourpres t'orne
Le jeune Avril éblouissant.

Et si le noir corbeau sur ta tombe se pose,
Qu'à l'arrogant oiseau tout à l'instant s'oppose
Le chant céleste et cristallin
Que Philomèle sur tes vestiges égrène,
Délice de baisers et de rires, fontaine
D'un amour sylvestre et divin.

Et que la canéphore offre l'acanthe en fleurs.
Il faut sur ce tombeau ne point verser de pleurs,
Mais de la rosée et du vin.
Qu'ici pousse le pampre et la fleur de Cythère
Et que, sous le laurier symbolique et doux, erre
Un vague soupir féminin.

Et si quelque pasteur sous la fraîcheur d'un hêtre
Essaye aux jours d'amour son pipeau, que pénètre
En sa chanson ton nom vainqueur,
En attendant ce nom, que les naïades blondes
En un effroi soudain luttent parmi les ondes,
Pleines de faiblesse et d'ardeur.

Sur la montagne au soir, sur la montagne sombre
Des Visions, passe, étrange et géante, une ombre,
Ombre d'un Satyre spectral,
Que sa grandeur effraie le farouche centaure,
D'un pipeau surhumain que la courbe sonore
S'ajuste au rythme sidéral.

Un galop d'étalons par la montagne vaste
Fuit. Ton visage blême est par la lune chaste
Baigné de paisible lueur.
Et le Satyre, au loin, voit du sommet d'un mont,
S'élever une croix qui couvre l'horizon,
Et sur la croix une splendeur...




RÉPONS
A la mémoire de Paul Verlaine.

Ô Père et maître magique, ô céleste porte-lyre qui, à l'instrument olympien et à l'agreste syrinx, dispensas ton accent enchanteur ; ô émule de Pan ; ô Pan toi-même, qui, au son du sistre et du tambourin conduisis les chœurs jusqu'au seuil des propylées sacrés que chérissait ton âme triste ;

Puisse le printemps joncher de fleurs ton sépulcre ; puisse, si, par hasard, quelques fauves s'en approchant, leur gueule féroce baver d'amour ; et Pan à la double corne visiter ton enclos funèbre ; et le tendre Avril l'enguirlander de roses sanglantes et de rubescents œillets !

Si le corbeau vient se poser sur ta tombe, que la noirceur de l'impudent oiseau soit mise en fuite par les deux trilles cristallines que verse à tes tristes os Philomèle, mystérieuse et bocagère prêtresse.

Que les jeunes canéphores t'offrent des gerbes d'acanthe ; que, sur ton tertre, ne coulent point de larmes, mais, seulement, de la rosée, du vin, du miel ; que les pampres y poussent, et les fleurs de Cythère ; et qu'on y entende, sous le laurier symbolique, de plaintifs soupirs de femme !

Si, un jour, quelque pâtre amoureux, sous la fraîcheur du hêtre — comme dans Virgile — essaie son chalumeau, qu'il mêle ton nom à ses appogiatures ; et que la pudique Naïade, en l'entendant, ce nom, devienne soudain la proie des plus ardents effluves, et soit toute anxieuse et craintive, et frissonne de peur et de désir !

La nuit, sur les sommets, sur les obscurs sommets hallucinés, passe, gigantesque, un fantôme étrange, ombre d'un satyre spectral. Que sa taille démesurée épouvante le sauvage centaure ! Que, d'un souffle surhumain, il mette le chant de sa flûte à l'unisson de celui des étoiles !

Et que l'équestre troupeau prenne la fuite par la vaste montagne ! Et que ton visage d'outre-tombe soit baigné parla chaste lune d'une attendrie et blanche clarté ! Et que le Satyre, stupéfait, voie, au faîte d'un pic lointain, une croix qui, surgie tout à coup, barre l'entier horizon, et qu'il voie, sur cette croix, étinceler une splendeur !